Créditos
Título original: Hyperion
Traducción: Carlos Gardini
1.ª edición: noviembre, 2015
© 1989 by Dan Simmons
© Ediciones B, S. A., 2015
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-217-2
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Contenido
Portadilla
Créditos
Presentación para la edición original en Nova
Dedicatoria
Prólogo
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Epílogo
Presentación para la edición original en Nova
Presentación para la edición original en Nova
Para el fanzine LOCUS y para muchos aficionados a la ciencia ficción, 1989 fue «el año de Dan Simmons». Así se afirma en un insólito e inusual reportaje especial que el mencionado prozine dedicaba a este nuevo autor en febrero de 1990.
Pero ¿quién es Dan Simmons?, ¿quién era ese recién llegado al género de la ciencia ficción?
No abundan los datos sobre la persona de Simmons. Sabemos que ha sido profesor de literatura y redacción, así como director de programas de enseñanza para jóvenes superdotados. En 1982 ganó el primer concurso Rod Sterling Story Contest de relatos cortos, y la popular revista Twilight Zone le consideró el mejor escritor novel del año. Tres años más tarde llegó la confirmación: su primera novela. LA CANCIÓN DE KALI (1985, Ediciones B), obtuvo el premio mundial de fantasía (World Fantasy Award).
Sin embargo, hubo que esperar hasta 1989 para que se produjera el definitivo salto a la fama de este sorprendente autor. Ese año, Simmons publicó tres nuevas novelas de temáticas y géneros diversos, todas ellas con gran éxito de crítica y muy apreciadas por el público lector.
Al margen de la ciencia ficción, FASES DE GRAVEDAD (1991, Ediciones B) es una novela contemporánea que narra la vida y los problemas psicológicos de un astronauta tras haber estado en la Luna. Siguiendo con la multiplicidad de géneros y temáticas que ya resulta habitual en Simmons, LOS VAMPIROS DE LA MENTE (1992, Ediciones B) aborda con gran éxito y eficacia el tema de la novela de terror. Finalista del World Fantasy Award, obtuvo finalmente el Bram Stoker Award y el premio Locus.
La tercera novela de Dan Simmons publicada en 1989 fue la que hoy presentamos: HYPERION. La estructura de los Cuentos de Canterbury, de Chaucer, se reconstruye en clave de ciencia ficción con una novela brillante, claro homenaje al poeta inglés John Keats y a toda la literatura. La obra sorprendió gratamente, fue muy alabada por toda la crítica y cosechó un gran éxito entre el público. Obtuvo el premio Hugo de 1990 y también el premio Locus de ese mismo año.
La compleja trama de HYPERION finaliza admirablemente en LA CAÍDA DE HYPERION (1990, Nova ciencia ficción, número 42) que, tras obtener el premio Locus de 1991, fue finalista de los premios Hugo y Nebula. En una entrevista con el fanzine LOCUS (mayo de 1991), Simmons anunció que volvería al universo de HYPERION con una nueva novela que llevaría por título ENDYMION y a la que más tarde le seguiría EL ASCENSO DE ENDYMION.
La trama de la primera novela de esta brillante saga es, a un mismo tiempo, simple y de gran riqueza. En el mundo llamado Hyperion, más allá de la Red de la Hegemonía del Hombre, aguarda el Alcaudón (Shrike en inglés), una sorprendente y temible criatura a la que los miembros de la Iglesia de la Expiación Final veneran como Señor del Dolor. En vísperas del Armagedón y con el trasfondo de la posible guerra entre la Hegemonía, los enjambres éxter y las inteligencias artificiales del TecnoNúcleo, siete peregrinos acuden a Hyperion para resucitar un antiguo rito religioso. Todos son portadores de esperanzas imposibles y, también, de terribles secretos.
Un diplomático, un sacerdote, un militar, un poeta, un profesor, una detective y un navegante entrecruzan sus vidas y sus destinos durante su peregrinaje en busca del Alcaudón y de las Tumbas de Tiempo, majestuosas e incomprensibles construcciones que albergan un secreto procedente del futuro. Sus historias personales componen una sugerente visión caleidoscópica de la compleja sociedad en la que viven y a la que, tal vez, puedan salvar. La aventura épica de HYPERION alcanza su clímax cuando los peregrinos se reúnen ante las Tumbas de Tiempo y estas se abren para liberar el Alcaudón... pero de ello se ocupa la segunda novela, LA CAÍDA DE HYPERION, de la que ya tendremos oportunidad de hablar.
Construida, pues, al estilo de los famosos Cuentos de Canterbury y tomando la forma de un claro homenaje a John Keats y a toda la literatura, HYPERION es efectivamente, como dijo el Denver Post, «una maravillosa y original mezcla de temas y estilos».
El título de las novelas procede de dos poemas inacabados de John Keats: Hyperion (1818), revisado en 1819 como The Fall of Hyperion: A Dream; referencia literaria que no debe confundirse con la novela (también inacabada) del mismo título del germano Friedrich Hölderlin. De hecho, el homenaje a Keats no se reduce al título, y algunos de los nombres de los personajes corresponden a seres, reales o ficticios, que tuvieron relación con el poeta inglés: Fanny Brawne, Joseph Severn, Leigh Hunt, Gladstone, Lamia, etc.
Hyperion (Hiperión es la traducción habitual al castellano) es uno de los titanes de la mitología griega, hijo de Urano y Gea y padre de Helio, el dios del Sol. Uno de los temas posibles en los poemas de Keats es precisamente el de la posible sustitución de una raza de dioses por otra raza de dioses. En palabras del mismo Simmons: «Keats lo trató en términos de la mitología clásica y yo lo trato en términos de la ciencia ficción clásica.» Ese es el tema central del segundo de los libros, LA CAÍDA DE HYPERION, donde el dilema se plantea entre los humanos y las inteligencias artificiales que ellos mismos han creado. Aunque de ello ya hablaremos en otra ocasión.
El comentario antes citado sobre la «maravillosa y original mezcla de temas y estilos» que forman HYPERION no es único. Un artículo de la australiana Janeen Webb, en Foundation (una prestigiosa revista académica sobre la literatura de ciencia ficción), lo expresa con mayor rotundidad y detalle al referirse a los dos libros de la saga:
Escritos con gran amplitud de miras, estos libros ofrecen un discurso sobre la escatología y la predestinación. Se dirigen directamente a los conocedores de la literatura [...]. También están repletos de alusiones literarias que incluyen el Beowulf, Chaucer, Dante, Marlowe, Shakespeare, Milton, Hawthorne, Eliot, Yeats, Durrell, Chandler y Hammett, y todo ello además de alusiones específicas a escritores de ciencia ficción como Gibson, Ballard, Farmer, Heinlein, Herbert, Niven, Delany... La lista es prácticamente interminable.
Y, aunque pueda parecer exagerado, es cierto. En LA CAÍDA DE HYPERION Simmons muestra más claramente su propio estilo literario. Las historias narradas en HYPERION por su parte, están escritas con registros distintos, en un curioso homenaje o parodia que compone una brillante y sorprendente amalgama. Bajo la estructura chauceriana de los Cuentos de Canterbury, cada una de las narraciones de los peregrinos tiene su propio estilo. La narración del cónsul sobre una historia de amor intergaláctica se basa en Romeo y Julieta; la narración de la detective utiliza el estilo tenso y las frases cortas tan característico de Dashiell Hammett; la historia de Silenus, el poeta, reconstruye el estilo de Lawrence Durrell e incluso hace referencia al Balthazar de El cuarteto de Alejandría, etc.
Tal como señala Webb, otra riqueza de HYPERION es la singularidad de los siete peregrinos que parten a la busca del Alcaudón y el misterio de las Tumbas de Tiempo. En ellos hallamos un completo muestrario de ideologías y religiones: Lenar Holy es un sacerdote católico, Sol Weintraub es un filósofo judío, Fedmahn Kassad es un soldado de origen islámico, Martin Silenus es un poeta pagano, Het Masteen es un templario conservacionista (una religión que, como hace notar Webb, podría derivarse de los escritos del americano John Muir), el cónsul es un ateo y la detective Brawne Lamia podría ser considerada una agnóstica romántica. Un muestrario completo de diversas religiones e ideologías.
Y en el centro de todo, está el Alcaudón, ese deus ex machina que centra y polariza la historia, y actúa, junto a las misteriosas Tumbas de Tiempo, como agente de predestinación en feliz expresión de la ya exageradamente citada Janeen Webb.
Todas las referencias un tanto eruditas tan solo muestran el creciente interés del mundo académico por la riqueza temática y estilística de la buena ciencia ficción, de la que HYPERION es un título imprescindible.
No obstante, el hecho de que la novela haya sido muy apreciada por los eruditos no la aleja, en absoluto, de la gran mayoría del público lector. Al margen de la brillante valoración académica y estilística de HYPERION para la totalidad de sus lectores resulta una novela de gran amenidad, emotiva e interesantísima, dotada, además, de una gran capacidad de sugerencia. Sus personajes, entrañables, conectan sus historias con el destino y las preocupaciones de la propia Humanidad y nos hacen sufrir con ellos. La religión, la política, el arte y la milicia son elementos imprescindibles en el fresco que compone Simmons en la presente saga que encuentra, en esta su primera parte, su punto focal en la vida, la muerte y la resurrección.
Para finalizar, unas precisiones en cuanto a la terminología de la traducción. Supongo que Shrike es una palabra tan poco usual en inglés como Alcaudón en castellano. Para mí, ambas eran desconocidas antes de leer a Simmons. En ambos casos se trata de un pájaro carnívoro que se empleó como ave de cetrería. Espero que ambas transmitan esa sensación de poder y, tal vez, de maldad o frialdad que uno asocia a tales animales.
Otra decisión difícil que debimos tomar fue la de traducir o no el título de la obra, que da nombre al planeta eje de la trama de las dos novelas. El traductor optó por «Hiperión», utilizando el nombre castellano del titán al que se refería el poema original de Keats, pero yo preferí respetar el original inglés. En las novelas, Hyperion es el nombre de un planeta y preferí mantener nuestra costumbre de respetar los patronímicos en el idioma original. Cierto es que el original remoto de Hyperion podría ser el griego, pero, en el contexto de la novela, creo que las referencias al planeta y al mismo John Keats (que escribía en inglés) avalan la opción que he tomado. En cualquier caso, la diferencia del acento tónico entre Hyperion e Hiperión, me hacían casi imposible imaginar el planeta con el nombre de Hiperión.
Y nada más. Tan solo repetir que estoy convencido de que HYPERION es una de esas obras excepcionales que surgen solo muy de vez en cuando. Una de esas novelas que contribuyen eficazmente a aumentar el prestigio y el reconocimiento de un género como la ciencia ficción. En mis ratos de mayor optimismo, se me ocurre pensar que esta obra de Dan Simmons pueda aportar a la ciencia ficción algo parecido al reconocimiento que supuso para el género una obra como las Crónicas marcianas de Ray Bradbury. Hay en ella suficiente calidad literaria y capacidad de sugerencia para lograrlo y, además, HYPERION dispone también de una gran riqueza temática claramente extraída de lo mejor del gran acervo de la ciencia ficción.
Aunque pueda parecer un tópico, me siento verdaderamente orgulloso de que se haya publicado en esta colección.
MIQUEL BARCELÓ
Dedicatoria
Para Ted
Prólogo
Prólogo
En el balcón de su negra nave espacial, el cónsul de Hegemonía tocaba el Preludio en do menor de Rajmaninov en un antiguo pero inmaculado Steinway, mientras grandes y verdes saurios bramaban en los pantanos. Una tormenta avanzaba hacia el norte. Negros nubarrones cubrían el bosque de gimnospermas gigantes mientras los estratocúmulos se elevaban a nueve kilómetros de altura en un cielo violento. Los relámpagos rasgaban el horizonte. Cerca de la nave, formas reptilianas tropezaban con el campo de interdicción, ululaban y se alejaban entre brumas azules. El cónsul se concentró en una parte espinosa del Preludio e ignoró la proximidad de la tormenta y el anochecer.
Sonó el receptor ultralínea. El cónsul se detuvo, los dedos aleteando sobre el teclado, y escuchó. Rodaban truenos en el aire denso. En el bosque de gimnospermas aulló una manada de bestias carroñeras. En la oscuridad, un animal de cerebro pequeño chilló su respuesta y calló. El campo de interdicción añadió subtonos sónicos al repentino silencio. La ultralínea sonó de nuevo.
—Demonios —masculló el cónsul, y se levantó para responder.
Mientras el ordenador convertía y decodificaba la explosión de taquiones desintegrados, el cónsul se sirvió un vaso de whisky. Cuando se acomodó en el foso de proyección, el panel ya parpadeaba con un fulgor verde.
—Adelante —dijo.
—Has sido escogido para regresar a Hyperion —le anunció una acariciante voz femenina. Aún no se habían formado las imágenes; no había nada en el aire salvo pulsátiles códigos de transmisión indicando que la comunicación procedía del mundo administrativo de la Hegemonía, el Centro Tau Ceti. El cónsul no necesitaba las coordenadas para saberlo. La envejecida pero aún bella voz de Meina Gladstone resultaba inconfundible—. Te han elegido para regresar a Hyperion como peregrino del Alcaudón —continuó la voz.
Qué diablos, pensó el cónsul, levantándose.
—Tú y otros seis habéis sido escogidos por la Iglesia del Alcaudón y confirmados por el Entidad Suma —dijo Meina Gladstone—. Conviene a la Hegemonía que aceptes.
El cónsul se quedó inmóvil, de espaldas a los fluctuantes códigos de transmisión. Sin volverse, alzó el vaso y engulló el resto del whisky.
—La situación es muy confusa —prosiguió Meina Gladstone con voz fatigada—. El consulado y el Consejo Interno nos transmitieron hace tres semanas que al parecer las Tumbas de Tiempo se estaban abriendo. Los campos antientrópicos que las rodean se expandían rápidamente y el Alcaudón merodea muy al sur, por la Cordillera de la Brida.
El cónsul se volvió y se sentó en los almohadones. Se había formado un holograma del anciano rostro de Meina Gladstone. Los ojos parecían tan cansados como la voz.
—De inmediato se despachó una flota FUERZA para evacuar a los ciudadanos de la Hegemonía que están en Hyperion antes de que se abran las Tumbas de Tiempo. Su deuda temporal ascenderá a poco más de tres años de Hyperion. —La FEM Meina Gladstone hizo una pausa. El cónsul pensó que nunca había visto tan adusta a la Funcionaria Ejecutiva Máxima del Senado—. Ignoramos si la flota de evacuación llegará a tiempo, pero la situación es aún más compleja. Hemos detectado un enjambre migratorio éxter de por lo menos cuatro mil unidades acercándose al sistema de Hyperion. Nuestra fuerza especial debería llegar poco antes que los éxters.
El cónsul comprendió los titubeos de Gladstone. Una flota migratoria éxter podía consistir en naves de todo tipo, desde exploraciones-ariete monoplazas hasta ciudades y fuertes que contuvieran decenas de miles de esos bárbaros interestelares.
—La jefatura conjunta de FUERZA opina que es la gran embestida de los éxters —dijo Meina Gladstone. El ordenador de la nave había situado el holo de tal modo que los tristes ojos castaños de la mujer parecían observar directamente al cónsul—. Está por ver si procuran controlar solo Hyperion, por las Tumbas de Tiempo, o si es un ataque a gran escala contra la Red de Mundos. Entre tanto, una flota espacial de combate FUERZA, con un batallón de construcción de teleyectores, ha salido del sistema de Camn para unirse a la fuerza de evacuación, pero la intervención de esta flota dependerá de las circunstancias.
El cónsul asintió y se llevó el whisky a los labios. Miró el vaso vacío con el ceño fruncido y lo dejó caer en la mullida alfombra del holofoso. Aun sin adiestramiento militar, entendía la difícil decisión táctica a que se enfrentaba Gladstone y la jefatura conjunta. Si no construían rápidamente un teleyector en el sistema de Hyperion —a un precio desorbitante—, no resistirían la invasión éxter. Los secretos de las Tumbas de Tiempo quedarían en manos del enemigo de la Hegemonía. Si la flota lograba construir un teleyector a tiempo y la Hegemonía comprometía todos los recursos de FUERZA en la defensa del distante mundo colonial de Hyperion, la Red de Mundos corría el tremendo riesgo de sufrir un ataque éxter en otras zonas del perímetro o —en el peor de los casos— de permitir que los bárbaros capturaran el teleyector y penetraran en la Red. El cónsul trató de imaginar la realidad de tropas blindadas éxter irrumpiendo por los portales del teleyector en las indefensas ciudades de cien mundos.
El cónsul atravesó el holo de Meina Gladstone, cogió el vaso y se sirvió otro whisky.
—Te han escogido para participar en la Peregrinación del Alcaudón —repitió la imagen de la anciana FEM, a quien la prensa siempre comparaba con Lincoln, Churchill, Álvarez-Temp o cualquier personaje en boga de las leyendas anteriores a la Hégira—. Los templarios enviarán su nave arbórea Yggdrasill y el comandante de la fuerza de evacuación tiene órdenes de dejarla pasar. Con una deuda temporal de tres semanas, puedes establecer contacto con la Yggdrasill antes de que efectúe el salto cuántico para salir del sistema Parvati. Los otros seis peregrinos escogidos por la Iglesia del Alcaudón viajarán a bordo de la nave arbórea. Nuestros informes del servicio secreto sugieren que por lo menos uno de los siete peregrinos es un agente de los éxters. Por el momento ignoramos cuál.
El cónsul sonrió. Sin duda Gladstone había sopesado la posibilidad de que él fuera el espía y ella estuviera suministrando información crucial a un agente éxter. Pero ¿acaso le había suministrado información crucial? Los movimientos de la flota se detectaban en cuanto las naves usaban sus motores Hawking, y si el cónsul era el espía, la revelación de la FEM podía ser un modo de intimidarlo. El cónsul abandonó su sonrisa y bebió whisky.
—Sol Weintraub y Fedmahn Kassad figuran entre los siete peregrinos escogidos —puntualizó Gladstone.
El cónsul frunció el ceño. Miró la nube de dígitos que rodeaban la imagen de la anciana como motas de polvo. Quedaban quince segundos de transmisión.
—Necesitamos tu ayuda —insistió Meina Gladstone—. Es esencial que se descubran los secretos de las Tumbas de Tiempo y del Alcaudón. Esta peregrinación puede ser nuestra última oportunidad. Si los éxters conquistan Hyperion, tendremos que eliminar a su agente y cerrar las Tumbas de Tiempo a toda costa. El destino de la Hegemonía tal vez depende de ello.
La transmisión terminó, salvo por la pulsación de las coordenadas de contacto.
—¿Respuesta? —preguntó el ordenador de a bordo. A pesar del tremendo coste de energía, la nave era capaz de lanzar un breve borbotón de códigos al incensante parloteo ultralumínico que unía las regiones humanas de la galaxia.
—No —respondió el cónsul, y salió para apoyarse en la baranda del balcón. Había anochecido y las nubes estaban bajas. No se veían estrellas. Reinaba una oscuridad absoluta salvo por el relámpago intermitente en el norte y la suave fosforescencia que irradiaban los pantanos. De pronto el cónsul cayó en la cuenta de que era el único ser consciente en ese mundo sin nombre. Los sonidos de la noche antediluviana se elevaban de los pantanos. Al amanecer el cónsul había partido en su vehículo electromagnético Vikkem para pasar el día al sol, cazar en los helechales del sur y retornar a la nave con el ocaso, para comer un buen bistec y tomar una cerveza fría. El cónsul pensó en el agudo placer de la cacería y el agudo solaz de la soledad: se había ganado esa soledad mediante el dolor y las pesadillas que ya había sufrido en Hyperion.
Hyperion.
El cónsul entró, replegó el balcón y cerró la nave cuando empezaban a caer los goterones. Subió por la escalera de caracol hasta la cabina del ápice de la nave. La habitación circular estaba a oscuras salvo por las silenciosas explosiones de los relámpagos, que perfilaban los remolinos de lluvia atravesando el cielo. El cónsul se desnudó, se tendió en el duro colchón y conectó el sistema de sonido y los sensores externos de audio. La furia de la tormenta se fundió con la violencia de la Cabalgata de las Valquirias de Wagner. Vientos huracanados azotaban la nave. El retumbar de los truenos inundó la habitación mientras el cielo se ponía blanco y trazaba imágenes ardientes en las retinas del cónsul.
Wagner solo es adecuado para las tormentas, pensó. Cerró los ojos, pero aún veía los relámpagos a través de los párpados. Recordó el fulgor de arremolinados cristales de hielo entre las ruinas de las colinas bajas, cerca de las Tumbas de Tiempo, y el acerado destello del árbol de cuernos metálicos del Alcaudón. Recordó gritos en la noche y los facetados ojos de rubí del Alcaudón.
Hyperion.
El cónsul pidió al ordenador que cerrara los altavoces y se cubrió los ojos con el antebrazo. En el repentino silencio, pensó en la locura de regresar a Hyperion. Durante sus once años de cónsul en aquel mundo remoto y enigmático, la misteriosa Iglesia del Alcaudón había permitido que una docena de barcas de peregrinos extranjeros partieran hacia los ventosos páramos que rodeaban las Tumbas de Tiempo, al norte de las montañas. Ninguno había regresado. Eso había ocurrido en tiempos normales, cuando el Alcaudón era prisionero de las mareas del tiempo y de fuerzas que nadie comprendía, y los campos antientrópicos solo actuaban a pocos metros de las Tumbas de Tiempo. Cuando no existía la amenaza de una invasión éxter.
El Alcaudón era libre de recorrer todo Hyperion, millones de aborígenes y miles de ciudadanos de la Hegemonía quedaban indefensos ante una criatura que desafiaba las leyes físicas y solo se comunicaba mediante la muerte. El cónsul tiritó a pesar de la tibieza de la cabina.
Hyperion.
Transcurrió la noche y se alejó la tormenta. Antes del alba se avecinaron más nubarrones. La inminente borrasca agitaba las gimnospermas de doscientos metros. Poco antes del alba, la negra nave del cónsul se elevó en una columna de plasma azul y atravesó las densas nubes, trepando hacia el espacio y el punto de contacto.