Creemos a veces que ya no queda ni siquiera un dragón. Ni un caballero andante, ni una sola princesa deslizándose por secretos bosques, encantando con su sonrisa a los venados y a las mariposas.

Creemos a veces que nuestra era ha dejado atrás toda frontera, ha dejado atrás toda aventura. El destino está lejos, más allá del horizonte; las sombras refulgentes pasaron al galope hace ya tiempo y han desaparecido.

Qué gusto da equivocarse. Princesas, caballeros, hechizos y dragones, misterio y aventura... no sólo existen aquí-y-ahora: ¡son todo lo que siempre ha habitado la Tierra!

En nuestro siglo han cambiado sus vestimentas, por supuesto. Los dragones llevan hoy ropajes de gobierno, y trajes de fracaso, y equipos de desastre. Los demonios de la sociedad chirrían, y bajan en remolino hacia nosotros si apartamos del suelo la mirada, si osamos girar a la derecha en los recodos donde se nos ordenó virar hacia la izquierda. Tan hábiles se han vuelto las apariencias que princesas y caballeros pueden esconderse los unos de los otros y también de sí mismos.

Sin embargo, los que dominan la realidad aún nos salen al encuentro en nuestros sueños para decirnos que jamás perdimos el escudo necesario para enfrentarnos a dragones, que un voltaje de fuegos azulados ondula por nosotros ahora mismo, para cambiar el mundo tal como queramos. La intuición nos susurra, veraz: «¡No somos polvo, sino magia!»

Ésta es la historia de un caballero que agonizaba, y de la princesa que le salvó la vida. Es una historia de bellas y bestias, de hechizos y fortalezas, de poderes mortales que parecen y de poderes vitales que son. Es el relato de la principal aventura, en cualquier época.

Lo que aquí reza ocurrió, en verdad, de modo muy aproximado al que figura impreso. Me he tomado algunas libertades con la cronología, algunos personajes de este libro son imaginarios, casi todos los nombres son ficticios. El resto no lo hubiera podido inventar aunque lo hubiese intentado; la verdad no era lo bastante creíble para haber sido ficción.

Como los lectores ven tras la máscara del escritor, vosotros veréis lo que me impulsó a plasmar estas palabras. Pero a veces, cuando la luz cae en cierto ángulo, también el escritor puede ver tras la careta de sus lectores. Bajo esa luz, tal vez os encuentre, a ti y a tu amor, transitando algún punto de estas páginas conmigo y con mi amor.

Capítulo 1

1

Hoy ella estará aquí.

Miré hacia abajo desde la cabina, entre el viento y la corriente de la hélice, a través de un kilómetro de otoño, hacia mi henar alquilado, hacia la esquirla de azúcar que era mi letrero, VUELE-$3-VUELE, colgado sobre el portón abierto.

El camino, junto al cartel, estaba atestado de coches. Debían de ser alrededor de sesenta, y también estaba la multitud consiguiente, que había acudido a ver los vuelos. Ella podía estar allí en ese momento. Eso me hizo sonreír. ¡Ojalá!

Moderé la marcha del motor, reduciendo potencia; levanté más el morro del biplano Fleet y dejé que las alas perdieran sustentación. Luego pisé a fondo el pedal del timón de dirección hacia la izquierda y tiré hacia atrás de la palanca de control.

La verde tierra, maíz y soja, granjas y praderas serenos como el mediodía, estallaron en el borrón arremolinado de una barrena de exhibición, algo que, desde tierra, debía de parecer una vieja máquina voladora súbitamente fuera de control.

El morro bajó bruscamente y el mundo giró, convertido en un tornado de colores que se enroscaba en mis gafas, cada vez más rápido.

¿Cuánto tiempo llevo sintiendo tu falta, querida alma gemela, querida señora sabia, mística y encantadora?, pensé. Hoy, por fin, la coincidencia te traerá a Russell, Iowa; te tomará de la mano para conducirte hasta ese campo de alfalfa, que yace ahí abajo. Caminarás hasta el borde de la multitud, sin saber muy bien por qué, con curiosidad por contemplar una página de la historia aún viva, brillantes pinturas enroscándose en el aire.

El biplano giró en una espiral hacia abajo; sentí la vibración de los pedales y al alcanzar los trescientos metros el tornado se volvió más agudo, más cerrado, más estruendoso a cada segundo.

Girar... hasta... Ahora.

Empujé la palanca hacia delante y pisé con fuerza el pedal derecho del timón. Los borrones se hicieron más apretados, más rápidos, una, dos veces; la barrena cesó y nos lanzamos en picado, a toda la velocidad posible.

Ella estará hoy aquí, pensé, porque también se encuentra sola. Porque ha aprendido todo lo que quiere aprender por sí misma. Porque hay una persona en el mundo hacia la cual está siendo guiada. Y esa persona, en este mismo instante, está pilotando este avión.

Viraje cerrado, moderar la marcha, apagar el motor, hélice detenida..., planear hacia abajo, flotar silenciosamente hasta tocar tierra, seguir por inercia hasta detenerse frente a la multitud.

La reconoceré en cuanto la vea, pensé con una luminosa anticipación. La reconoceré en cuanto la vea.

Alrededor del avión había hombres y mujeres, familias con la cesta de la merienda, niños en bicicleta, observando. Dos perros cerca de los niños.

Emergí de la cabina, miré a la gente y la gente me gustó. Y entonces me encontré escuchando mi propia voz, curiosamente ajeno; al mismo tiempo que la buscaba entre la multitud.

—¡Russell desde el aire, amigos! ¡Véanla flotar a la deriva sobre los campos de Iowa! ¡Última oportunidad antes de que nieve! Asciendan hasta donde sólo vuelan los pájaros y los ángeles...

Unos cuantos rieron y aplaudieron para que otro fuera el primero. Vi caras suspicaces, llenas de preguntas; algunas caras ansiosas y aventureras; también algunas caras bonitas, divertidas, intrigadas. Pero por ninguna parte la cara que yo estaba buscando.

—¿Seguro que no hay peligro? —me preguntó una mujer—. ¡Con lo que acabo de ver, no podría jurar que usted sea un buen piloto!

Bronceada, de ojos castaño claro, quería que la convencieran.

—No existe el menor peligro, señora, será suave como una pluma. Este Fleet vuela desde el 24 de diciembre de 1928... Probablemente sirva para un vuelo más antes de hacerse pedazos...

Me miró parpadeando, sobresaltada.

—Era una broma —la tranquilicé—. Seguirá volando años después de que usted y yo nos hayamos ido, se lo garantizo.

—Creo que ya he tardado bastante —comentó—. Siempre he tenido ganas de volar en uno de éstos...

—Le va a encantar.

Hice girar la hélice para poner en marcha el motor, le enseñé cómo entrar en la carlinga delantera y la ayudé con el cinturón de seguridad.

Imposible, pensé. Ella no está. ¡No-estar no es posible!

¡Todos los días me convenzo de que hoy-será-el-día, y todos los días me equivoco!

A esa primera pasajera siguieron otros treinta antes de que anocheciera. Volé y hablé, hasta que todos se fueron a su casa para cenar y pasar la noche juntos, dejándome solo.

Solo.

¿Acaso ella es una ficción?

Silencio.

Un minuto antes de que hirviera el agua, saqué el cazo del fuego, vertí un poco de preparado para chocolate caliente y revolví con un tallo de heno. Con el entrecejo fruncido, me dije:

—Es absurdo buscarla aquí.

Ensarté en un palo un bollo de la semana anterior y lo tosté sobre el fuego.

Esta aventura de pasarme la década de los setenta haciendo exhibiciones ambulantes con un viejo biplano, pensé, en otros tiempos había estado condimentada con signos de interrogación. Ahora es tan conocida y carente de peligro que lo mismo daría vivir en un álbum de recortes. Después de entrar cien veces en barrena, puedo hacerlo con los ojos cerrados. Después de buscar en la enésima multitud, comienzo a dudar de que las almas gemelas aparezcan en los campos de heno.

Se gana bastante llevando pasajeros; no me voy a morir de hambre. Pero tampoco estoy aprendiendo nada nuevo. Estoy anclado.

Mi último verdadero aprendizaje se había producido dos veranos atrás, cuando vi en un campo un biplano Travel Air blanco y dorado: otro aviador ambulante. Al aterrizar conocí a Donald Shimoda, mesías retirado, ex salvador-del-mundo. Nos hicimos amigos y en los últimos meses de su vida me confió algunos secretos de su extraña misión.

El diario que llevé de aquella temporada se había convertido en un libro publicado no hacía mucho. Como yo seguía casi todas sus lecciones, rara vez me veía puesto a prueba, pero no encontraba el modo de resolver el problema del alma gemela.

Cerca de la cola del Fleet sonó un leve crujido: pasos subrepticios rozando el heno.

Se interrumpieron cuando me volví para aguzar el oído; luego avanzaron lentamente, acechándome.

Agucé la vista en la oscuridad.

—¿Quién anda ahí?

¿Una pantera? ¿Un leopardo? En Iowa era imposible; no hay leopardos en Iowa desde...

Otro paso lento entre el heno. Tiene que ser... ¡un lobo!

Me lancé hacia la caja de herramientas, buscando un cuchillo o una llave inglesa grande, pero ya era demasiado tarde. En ese momento, por detrás de la rueda del avión, asomó un antifaz de bandido, blanco y negro, unos ojos brillantes que me estudiaban, un hocico peludo que olfateaba inquisitivamente en dirección a la caja de provisiones.

No era un lobo.

—Caramba... Bueno, hola... —dije.

Me reí de mi corazón, que palpitaba alocadamente, y fingí guardar la llave inglesa.

Los cachorros de mapache, rescatados y criados como mascotas en el Medio Oeste, son puestos en libertad cuando ya tienen un año, pero siempre siguen siendo mascotas.

No tiene nada de malo andar por los campos, ¿verdad? Ni detenerse en algún campamento después de oscurecer para preguntar si hay, bueno, algo dulce para entretener el rato, mientras la noche pasa lentamente.

—Está bien... ¡Ven, ven, amiguito! ¿Tienes hambre?

Cualquier cosa dulce me vendría bien; una barrita de chocolate o... ¿gominolas? Yo sé que tienes gominolas.

El mapache se alzó sobre las patas traseras por un instante, moviendo la nariz y olfateando el aroma de la comida. Me miró.

El resto de las gominolas, si no te las vas a comer, me vendrían bien.

Saqué la bolsa y volqué un montoncito de esas cosas suaves, empolvadas, sobre mi ropa de cama.

—Aquí tienes. Acércate.

Aquella especie de minioso se llenó la boca de gominolas y se puso a masticarlas con feliz gratitud.

Rechazó mi pan frito casero después de darle medio mordisco; terminó con las golosinas, engulló casi todo mi cereal con miel y se bebió la olla de agua que le serví. Después se pasó un rato sentado, contemplando el fuego. Al fin decidió que era hora de seguir su camino.

—Gracias por la visita —le dije.

Sus ojos oscuros se fijaron solemnemente en los míos.

Gracias por la comida. No eres mal humano. Nos veremos mañana por la noche. Tu pan frito es horrible.

Con eso, la bestezuela peluda se alejó; la cola anillada desapareció entre las sombras, los pasos crujieron más levemente por el heno, dejándome solo con mis pensamientos y la añoranza de mi dama.

Todo vuelve siempre a ella.

No es imposible, pensé, ¡tampoco es demasiado pedir!

¿Qué me diría Donald Shimoda si estuviera sentado aquí conmigo esta noche? ¿Qué diría si supiera que aún no la he encontrado?

Diría algo obvio, seguro. Lo extraño de sus secretos consistía en que todos eran evidentes.

Si yo le dijera que había fracasado en mi búsqueda, él estudiaría su bollo, buscando inspiración, se pasaría los dedos por el pelo negro y diría:

—Esto de volar con el viento, Richard, de ciudad en ciudad, ¿no se te ha ocurrido que no es el modo de hallarla, sino más bien de perderla?

Simple. Y luego esperaría, sin pronunciar palabra, la respuesta que yo acertara a darle.

—De acuerdo —habría respondido yo—: volar por los horizontes no es el modo. Renuncio. Dímelo tú. ¿Cómo la busco?

Él habría entornado los ojos, fastidiado por el hecho de que se lo preguntara a él y no a mí mismo.

—¿Eres feliz? ¿Estás haciendo exactamente lo que más deseas hacer en el mundo?

Por hábito habría respondido que sí, por supuesto, que estoy haciendo de mi vida justamente lo que se me antoja.

Llegó el frío de la noche, sin embargo; su misma pregunta, y algo había cambiado. ¿Estoy haciendo, en este momento, lo que más deseo?

—¡No!

—¡Qué sorpresa! —habría dicho Shimoda—. ¿Y eso qué significa?

Parpadeé, abandoné la imaginación y exclamé:

—¡Bueno, significa que estoy harto de volar llevando pasajeros! En este momento estoy contemplando mi última fogata; ese pequeño de Russell, al atardecer, ha sido el último pasajero que llevaré.

Traté de repetirlo:

—Estoy harto de volar llevando pasajeros.

Sentí un miedo lento y silencioso, un zumbido de preguntas.

Por un instante saboreé mi nueva ignorancia, la paladeé. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué será de mí?

Tras la seguridad económica del aviador ambulante, estalló por sorpresa un nuevo placer que se desplomó sobre mí como una fresca ola surgida de las profundidades. ¡No sabía qué hacer!

Dicen que cuando una puerta se cierra, otra se abre. Veo la puerta que acaba de cerrarse; tiene un letrero que reza AVIADOR AMBULANTE, y detrás hay cajas y cajones de aventuras que me han convertido en quien soy. Ha llegado la hora de seguir. ¿Dónde está la puerta que acaba de abrirse?

Si ahora mismo yo fuera un espíritu avanzado, pensé, no Shimoda, pero avanzado de todos modos, ¿qué me diría a mí mismo?

Pasó un momento y supe lo que diría:

—Mira todo cuanto tienes alrededor en este momento, Richard, y pregunta: «¿Qué hay de malo en este cuadro?»

Miré alrededor en la oscuridad. El cielo no estaba mal. ¿Cómo puede estar mal algo con estrellas que refulgen como diamantes a miles de años luz, mientras yo disfrutaba de los fuegos artificiales desde un lugar seguro? ¿Qué hay de malo en un avión tan robusto y leal como el Fleet, listo para llevarme a donde yo quisiera? No hay nada de malo.

Lo que falla es esto: ¡ella no está conmigo! ¡Y voy a hacer algo para solucionar eso ahora mismo!

Despacio, Richard, pensé. Esta vez, para variar, no actúes como siempre. ¡No tan rápido, por favor! Por favor. Primero piensa. Con atención.

Era de esperar. Otra pregunta aguardaba en la oscuridad, algo que no le había preguntado a Donald Shimoda, algo que él no había contestado.

¿Por qué ocurría siempre que las personas más avanzadas, aquellas cuyas enseñanzas se convertían en religiones perdurables, por qué siempre estaban invariablemente solas?

¿Por qué nunca vemos radiantes cónyuges o milagrosas parejas que compartan sus aventuras y su amor? Estos pocos tan admirados viven rodeados de discípulos y curiosos, acuciados por quienes acuden a ellos en busca de curación y luz. Pero ¿con qué frecuencia vemos cerca a sus almas gemelas, a sus gloriosos y potentes seres amados? ¿Algunas veces? ¿Una vez cada cierto tiempo?

Tragué saliva; de pronto sentí que se me secaba la garganta.

Nunca.

Las personas más avanzadas, pensé, ¡son las más solitarias!

El cielo hacía girar lentos y escarchados mecanismos de relojería allá en lo alto, ajeno a mí.

¿Acaso estos seres perfectos no tienen almas gemelas porque han superado, al crecer, las necesidades humanas?, me pregunté.

No hubo respuesta de parte de la azul Vega, que reverberaba en su arpa de estrellas.

Alcanzar la perfección no sería mi problema durante un montón de vida más, pero se supone que esas personas nos señalan el camino. ¿Acaso han dicho: «Olvidaos de las almas gemelas, porque las almas gemelas no existen»?

Los grillos cantaban lentamente: «Tal vez; tal vez.»

Mi noche se estrelló definitivamente contra ese muro de piedra. Si eso es lo que dicen, dije para mis adentros, se equivocan.

Me pregunté si ella estaría de acuerdo, dondequiera que se hallara en ese minuto. ¿Se equivocan, mi querida desconocida?

Dondequiera que estuviese, no respondió.

A la mañana siguiente, para cuando la escarcha se hubo derretido de las alas del avión, yo ya tenía la manta con que cubría el motor, el equipo de herramientas, la caja del almacén y la cocina pulcramente instalados en el asiento delantero, la cubierta bajada y bien asegurada. Lo que quedaba del cereal del desayuno se lo dejé al mapache.

El sueño había hallado mi respuesta: los seres avanzados, los perfectos, pueden sugerir, pueden insinuar lo que deseen, pero soy yo quien decide qué debo hacer. Y he decidido que no quiero pasar la vida solo.

Me puse los guantes, hice girar la hélice, puse en marcha el motor por última vez, me acomodé en la carlinga.

¿Qué haría si la viera ahora, caminando por el heno?, me pregunté. Siguiendo un impulso irrazonable, una extraña sensación en la nuca, me volví a mirar.

El campo estaba desierto.

El Fleet ascendió rugiendo, viró hacia el este y aterrizó en el aeropuerto de Kankakee, Illinois. Vendí el avión ese mismo día por once mil dólares en efectivo, y guardé el dinero en mi petate.

A solas durante un largo minuto, con la mano sobre la hélice, di las gracias a mi biplano, le dije adiós y me marché rápidamente del hangar, sin mirar atrás.

En tierra, con dinero, sin hogar, salí a las calles de un planeta habitado por cuatro mil quinientos millones de almas y, en ese momento, comencé la búsqueda, con dedicación total, de la única mujer que, según las mejores personas jamás nacidas, no existía siquiera.

Capítulo 2

2

Aquello que encanta también guía y protege. Apasionadamente obsesionados por cualquier cosa que amemos (barcos de vela, aviones, ideas), una avalancha de magia allana el camino hacia el frente, nivela reglas, razona, disiente, nos arrastra por encima de los abismos, los miedos, las dudas. Sin el poder de ese amor...

—¿Qué estás escribiendo?

Me miró con extraño desconcierto, como si nunca hubiese visto a nadie trabajar con estilográfica y cuaderno, viajando en autobús hacia el sur, en dirección a Florida.

Cuando alguien interrumpe mi intimidad con preguntas, a veces contesto sin explicar, para silenciarlo con el susto que se lleva.

—Estoy escribiendo una carta al yo que era hace veinte años: «Cosas que me gustaría haber sabido cuando era tú.»

A pesar de mi disgusto, su cara era agradable a la vista, encendida por la curiosidad y por el ansia de satisfacerla. Tenía unos ojos pardos de mirada profunda, y su cabello era una oscura catarata cepillada.

—Léemelo —dijo, sin arredrarse.

Lo hice: el último párrafo, hasta donde se interrumpía.

—¿Es verdad?

—Nómbrame una cosa que hayas amado —dije—. Con que te haya gustado no basta. Tiene que ser una pasión irresistible, obsesiva, indomable...

—Los caballos —dijo ella de inmediato—. Me encantaban los caballos.

—Cuando estabas con tus caballos, ¿el mundo tenía un color diferente del de otras veces?

Ella sonrió.

—Sí. Era la reina del sur de Ohio. Mi madre tenía que bajarme a la fuerza de la montura para que la acompañara a casa. ¿Miedo? ¡No! Tenía ese caballo enorme entre las piernas, Sandy...; era mi amigo, y nadie me iba a hacer daño si estaba con él. Yo amaba a Sandy.

Creí que había dejado de hablar. Pero agregó:

—Ya nada me hace sentir así.

No contesté, y ella cayó en su propio e íntimo tiempo, otra vez con Sandy. Volví a mi carta.

Sin el poder de ese amor, somos barcas varadas en mares de aburrimiento, y éstos resultan mortíferos...

—¿Cómo harás para mandar una carta a veinte años atrás? —preguntó ella.

—No lo sé —respondí, mientras terminaba de escribir la frase—. Pero si llegara el día en que supiéramos cómo enviar algo en el tiempo, ¿no sería terrible no tener nada para hacerlo? Por eso, primero quiero tener la carta preparada. Después me preocuparé por el franqueo.

¡Cuántas veces me había dicho: «Qué lástima no haber sabido esto a los diez años. Si hubiera aprendido eso a los doce... Qué desperdicio comprender con veinte años de retraso»!

—¿Adónde vas? —preguntó ella.

—¿Geográficamente?

—Sí.

—Lejos del invierno —repuse—. Al sur. Al centro de Florida.

—¿Qué hay en Florida?

—No estoy seguro. Voy a encontrarme con una amiga, pero no sé muy bien dónde está.

Esto sí que es ser ambiguo, pensé.

—La encontrarás —dijo.

Ante ese comentario reí y la miré.

—¿Sabes lo que estás diciendo con eso de «la encontrarás»?

—Sí.

—Explícate, por favor.

—No —dijo ella, y sonrió misteriosamente. Le brillaban los ojos, tan oscuros que eran casi negros. Su piel era suave, bronceada, sin una arruga, sin una marca que sugiriese quién era, tan joven que no había terminado de construir su cara.

—Como quieras —dije, devolviéndole la sonrisa.

El autobús avanzaba por la autopista; las granjas que dejábamos atrás eran como borrones de otoño. El biplano habría podido aterrizar en ese sembrado, pensé. Había unos cables de teléfono altos en el límite, pero el Fleet habría podido pasar por debajo.

¿Quién era esa desconocida que iba sentada a mi lado? ¿Una sonrisa cósmica por mis temores, tal vez, una coincidencia enviada para desvanecer mis dudas? Era posible. Cualquier cosa lo era. Incluso podía tratarse de Shimoda, bajo un disfraz.

—¿Sabes pilotar aviones? —pregunté, como sin darle importancia.

—¿Te parece que estaría en este autobús? Con sólo pensarlo me pongo nerviosa —dijo—. ¡Aviones! —Se estremeció y sacudió la cabeza—. Detesto volar. —Abrió su cartera y hurgó en el interior—. ¿Te molesta si fumo?

Me encogí en un acto reflejo.

—¿Que si me molesta? ¿Un cigarrillo? ¡Mujer, por favor...! —Traté de explicárselo sin resultar ofensivo—. ¿O sea que... pretendes soplar humo en este pequeño espacio cerrado? ¿A mí, que no te he hecho nada malo, vas a obligarme a respirar humo?

De haber sido Shimoda, ella habría sabido lo que yo pensaba del cigarrillo.

Mis palabras la dejaron azorada.

—Bueno, lo lamento —dijo por fin.

Recogió su cartera y se trasladó a un asiento alejado. Lo lamentaba, sí, y también estaba ofendida y enfadada.

Lástima. Con esos ojos tan oscuros...

Volví a coger la estilográfica para escribirle al niño de hacía tiempo. ¿Qué podía decirle sobre la búsqueda de un alma gemela? La pluma esperaba, suspendida sobre el papel.

Yo había crecido en una casa rodeada por una cerca; en la cerca había un portón de madera con agujeros perforados a baja altura, juntos, para que el perro pudiera ver a través de ellos. Una noche, estando alta la luna, al volver tarde a casa de un baile escolar, recuerdo que me detuve con la mano en el portón y hablé conmigo mismo y la mujer a quien amaría, en voz tan baja que ni siquiera el perro pudo oírme.

—No sé dónde estás —dije—, pero en este mismo instante vives en algún lugar de esta tierra, y un día tú y yo vamos a tocar este portón, aquí donde lo estoy tocando ahora. Tu mano tocará esta misma madera. Y luego entraremos y estaremos llenos de un futuro y un pasado, y seremos el uno para el otro como nadie lo ha sido jamás. Ahora no podemos encontrarnos, ignoro por qué, pero algún día nuestras preguntas serán respuestas y nos veremos atrapados en algo tan luminoso... Y cada paso que doy es un paso más hacia un puente que debemos cruzar para encontrarnos.

He olvidado gran parte de mi niñez, pero ese momento ante el portón ha permanecido palabra por palabra.

¿Qué puedo decirle sobre ella? «Querido Dick: Qué te parece, han pasado veinte años y sigo solo.»

Dejé el cuaderno y miré por la ventanilla, pero no vi nada. Sin duda, a esas alturas mi incansable subconsciente tenía respuestas para él. Y para mí.

Lo que tenía eran excusas. ¡Es difícil hallar a la mujer adecuada, Richard! Ya no eres tan maleable; has dejado atrás la etapa de la amplitud de miras. Caramba, las cosas que has elegido creer, las cosas por las que estarías dispuesto a morir, son para la mayoría de la gente absurdas o, como mucho, divertidas.

Mi dama, pensé, tendrá que hallar por su cuenta las mismas respuestas que he hallado yo: que este mundo no es ni remotamente lo que parece; que cuanto tenemos en el pensamiento se torna realidad en nuestra vida, que los milagros no son milagrosos. Ella y yo no nos entenderemos jamás, a menos que... Parpadeé. ¡Tendrá que ser exactamente igual que yo!

Mucho más bella físicamente que yo, por supuesto, ya que tanto amo la belleza; pero no sólo tendrá que compartir mis prejuicios sino también mi pasión. No me imagino compartiendo mi vida con una mujer que deje un rastro de humo y de cenizas a su paso. Si necesita fiestas y cócteles para ser feliz, o drogas, o si teme a los aviones, si tiene miedo a cualquier cosa, o si no es dueña de una suprema confianza en sí misma, si le falta el entusiasmo por la aventura, si no se ríe de las cosas tontas que yo llamo cómicas, seguro que no funcionará. Si no quisiera compartir el dinero cuando lo tengamos y la fantasía cuando no lo haya, si no le gustaran los mapaches... Oh, Richard, esto no será fácil. Sin todo lo enumerado, y aún más, estarás mejor solo.

En el dorso del cuaderno, escribiendo mientras tomábamos la interestatal 65, entre Louisville y Birmingham, a cuatrocientos cincuenta kilómetros, hice una lista en relación con «La mujer perfecta». Hacia la novena página comencé a sentirme desalentado. Cada línea que escribía era importante, debía serlo. Pero nadie podía cumplir... ¡Ni siquiera yo mismo podía cumplir con todos esos requisitos!

Se produjo un estallido de objetividad, que cayó alrededor de mi cabeza como cruel confeti. Estoy arruinado como pareja, pensé, aun antes de llegar a convertirme en un alma avanzada. Y al avanzar, las cosas se ponen peor.

Cuanto más avanzamos, menos se puede esperar que nadie, en ninguna parte, viva a nuestra altura. Cuanto más aprendemos, más cabe esperar que vivamos solos.

Escribí eso con toda celeridad. En el espacio en blanco, al pie de la última página, agregué, casi sin darme cuenta: «Incluso yo.»

Pero cambiar mi lista... ¿Se puede decir que sea errónea? ¿Acaso no importa que fume, que deteste profundamente los aviones?

No. Sí que importa.

El crepúsculo se instaló a mi lado en el autobús. Todo estaba oscuro, y allí, en esa oscuridad, lo sabía, existían pequeñas granjas triangulares, diminutos polígonos de campo en los que ni siquiera el Fleet podía aterrizar.

Nunca se te concede un deseo sin que también se te dé el poder de hacerlo realidad.

Ah, el Manual del Mesías, pensé. ¿Y dónde estaba ahora? Sepultado, muy probablemente, entre la hierba donde yo lo había arrojado el día de la muerte de Shimoda. Con esas páginas que se abrían allí donde el lector más necesitaba saber. En cierta ocasión yo había dicho que era un libro mágico y Shimoda se había ofendido. «Puedes obtener tus respuestas de cualquier parte, del periódico del año pasado, por ejemplo —había dicho—. Cierra los ojos, formúlate mentalmente cualquier pregunta, pon el dedo sobre cualquier texto escrito, y allí encontrarás tu respuesta.»

El papel impreso que más a mano tenía en el autobús era mi propio y estropeado ejemplar del libro sobre el que estaba escribiendo, la última prueba de imprenta que los editores dan a los escritores para recordarles que «diésel» se escribe con ese, y para preguntarles la conveniencia de que ése sea precisamente el único libro en la historia de la literatura que termine con una coma.

Me puse el libro en el regazo, cerré los ojos y pregunté: «¿Cómo busco a la mujer más querida, más perfecta para mí?» Mantuve la pregunta bien iluminada, abrí el libro, apoyé el dedo y miré.

Página 114. Mi dedo estaba apoyado en la palabra «traer»: «Para traer algo a tu vida, imagina que ya lo tienes.»

Un escalofrío recorrió mi espalda. Hacía mucho tiempo que no practicaba eso; había olvidado que daba tan buenos resultados.

Miré hacia la ventanilla convertida en espejo nocturno por la luz interior del autobús, en busca de un reflejo de lo que ella pudiera ser. El cristal estaba desierto. Yo nunca había visto un alma gemela; ni siquiera imaginaba cómo imaginarla. ¿Se trataría de un retrato físico en el pensamiento, como si ella fuera un objeto? No muy alta, con los ojos del color del mar, del color del cielo, conocedores de encantamientos, con una belleza que cambiase hora a hora.

¿O debía imaginar cualidades? Imaginación iridiscente, intuición de cien vidas recordadas, honradez cristalina y decisión férrea, sin temores. ¿Cómo visualizar todo eso?

Hoy en día es fácil visualizar esos aspectos; entonces no lo era. Las imágenes parpadeaban y desaparecían, aun cuando yo sabía que era preciso mantener las imágenes claras para que apareciesen vivas a mi alrededor.

Una vez más intenté distinguirla, pero sólo conseguí sombras, fantasmas que apenas aminoraban la marcha ante el cartel de «cuidado, escuela» de mi pensamiento. Yo, que podía visualizar en sus mínimos detalles cualquier cosa que me atreviera a imaginar, no lograba retratar, siquiera vagamente, a la persona que había de ser la más importante de mi vida.

Una vez más traté de visualizarla, de imaginarla allí.

Nada. Luces de un espejo roto, oscuridades móviles. Nada.

¡No veo nada!

Al cabo de un rato, renuncié a ello.

De los poderes psíquicos se puede afirmar que, cuando se los necesita, parece que hubiesen salido a cenar.

En cuanto me hube quedado dormido en el autobús, mortalmente cansado del viaje y del esfuerzo por ver, una voz interior me sacudió, despertándome con sobresalto.

—¡Eh, Richard! ¡Si con esto te sientes mejor, escucha! ¿Tu mujer única en el mundo? ¿Tu alma gemela? —dijo—. ¡Pero si ya la conoces!

Capítulo 3

3

Bajé del autobús por la mañana temprano, en el centro de Florida, hambriento.

El dinero no era problema; no podía serlo para nadie que llevara tantos billetes en el petate. Lo que me preocupaba era otra cosa: ¿Y ahora qué?, pensé. He aquí la cálida Florida. No sólo no hay un alma gemela que me esté esperando en la parada del autobús; tampoco me esperan amigos, ni hogar, ni nada.

El letrero del café, al entrar, anunciaba que se reservaba el derecho de admisión.

Uno se reserva el derecho de hacer absolutamente cualquier cosa que le venga en gana, pensé. ¿Para qué poner carteles para anunciarlo? Da la impresión de que se está asustado. ¿De qué? ¿Acaso entran aquí gamberros que lo rompen todo? ¿Delincuentes organizados? ¿En este pequeño café?

El camarero me echó un vistazo; luego, a mi petate. Mi chaqueta de lona azul tenía una pequeña desgarradura en la manga, a la que se le estaba soltando el hilo del remiendo; en el petate había unas cuantas manchitas de grasa y aceite del motor del Fleet. Comprendí que el hombre se estaba preguntando si hacer uso de su derecho. Lo saludé con una sonrisa.

—¿Cómo van las cosas? —pregunté.

—Bastante bien. —El local estaba casi desierto. Decidió que yo podía pasar—. ¿Café?

¿Café en el desayuno? ¡Puaj! Qué cosa tan amarga... Lo hacen con corteza molida o algo por el estilo.

—No, gracias —dije—. ¿Puede ser un trozo de ese pastel de limón, calentado medio minuto en el microondas? Y un vaso de leche.

—Claro —repuso.

En otro tiempo hubiera pedido tocino o salchichas para desayunar, pero últimamente ya no lo hacía. Cuanto más me convencía de la indestructibilidad de la vida, menos quería participar de un asesinato, por ilusorio que fuera. Si un cerdo entre un millón tenía la posibilidad de pasar una vida contemplativa en vez de verse descuartizado para que yo desayunara, valía la pena desechar la carne para siempre. Así pues, pastel de limón caliente.

Saboreé el pastel, mirando la ciudad por la ventana. ¿Hallaría a mi amor en ese sitio? Era improbable. No hay sitio probable contra miles de millones de posibilidades en contra.

¿Y cómo era posible que ya la conociese?

Según las almas más sabias, conocemos a cuantos existen en cualquier lugar sin necesidad de verlos; no es un gran consuelo cuando uno está tratando de limitar la búsqueda. «Eh, usted, señorita. ¿Se acuerda de mí? Como la conciencia no está limitada por el tiempo ni por el espacio, recordará que somos viejos amigos...»

Como presentación, es poco adecuada, pensé. Casi todas las señoritas saben que en el mundo hay unos cuantos tipos raros con los que conviene ser precavidos, y ésa era una presentación decididamente rara.

Evoqué a todas las mujeres que había conocido a lo largo de los años. Estaban todas casadas: con una carrera, con un hombre o con modos de pensar diferentes del mío.

A veces las casadas se descasan, pensé; la gente cambia. Podía llamar a todas las mujeres que conocía.

—Hola —diría ella.

—Hola.

—¿Quién habla?

—Richard Bach.

—¿Quién?

—Nos conocimos en una tienda. Tú estabas leyendo un libro, yo te dije que era genial, tú preguntaste cómo lo sabía y te contesté que lo había escrito yo.

—¡Ah! Hola.

—Hola. ¿Sigues casada?

—Sí.

—Bueno, ha sido un placer volver a hablar contigo. Que lo pases bien, ¿eh?

—Sí, claro...

—Adiós.

Tiene que haber una guía mejor que pasar por esa conversación con todas las mujeres... Cuando llegue el momento la encontraré, pensé; ni un segundo antes.

El desayuno costó setenta y cinco centavos. Después de pagar, salí a la calle. Iba a ser un día caluroso. Montones de mosquitos por la noche, probablemente. Pero ¿qué importa?, pensé. ¡Esta noche dormiré bajo techo!

Entonces recordé que había olvidado mi petate en el café.

Qué vida tan diferente la que se lleva en tierra. No es cuestión de liar las cosas por la mañana, arrojarlas en la carlinga y volar hacia la jornada. Las cosas se llevan encima; si no, uno busca un techo y se queda debajo de él. Sin el Fleet, sin mi Alfalfa Hilton, ya no sería bien recibido en los campos de heno.

En el café había otra clienta sentada a la mesa que yo acababa de dejar. Cuando me acerqué levantó la vista, sobresaltada.

—Disculpe —dije, cogiendo el petate del otro asiento—. Me he dejado esto hace un momento. Me dejaría hasta el alma, si no la llevara atada.

Ella sonrió y siguió leyendo el menú.

—Cuidado con el pastel de limón —añadí—. A menos que le guste con poco limón. En ese caso le parecerá delicioso.

Volví a salir al sol, balanceando el petate a mi costado, hasta que recordé lo que había aprendido en la Fuerza Aérea de Estados Unidos: un militar nunca balancea la mano en que lleva algo, aunque se trate de una simple moneda.

Siguiendo un impulso, al ver un teléfono público en su pequeña cabina decidí hacer una llamada de negocios a alguien con quien no hablaba desde hacía tiempo. La empresa que había publicado mi libro estaba en Nueva York, pero ¿por qué preocuparse? Llamaría y que ellos pagaran la conferencia. Cada oficio tiene sus privilegios: a los aviadores ambulantes se les paga para pasear en avión, en vez de cobrarles por ello; los escritores pueden llamar a su editorial a cobro revertido.

Llamé.

—Hola, Eleanor.

—¡Richard! —exclamó ella—. ¿Dónde te habías metido?

—Déjame pensar —respondí—. ¿Desde la última vez que hablamos?; en Wisconsin, Iowa, Nebraska, Kansas, Misuri y, después, en Indiana, en Ohio, otra vez en Iowa y en Illinois. He vendido el biplano. Ahora estoy en Florida. Déjame ver cómo está el tiempo en la ciudad: estratos a dos mil metros, cubierto en lo alto, visibilidad de cinco kilómetros, reducida por neblinas y humo.

—¡Te hemos buscado hasta volvernos locos! ¿Sabes lo que está pasando?

—¿La visibilidad es de cuatro kilómetros?

—¡Tu libro! —dijo ella—. ¡Se está vendiendo extraordinariamente bien!

—Ya sé que parece una tontería —dije—, pero me estoy obsesionando con esto. ¿Puedes mirar por la ventana?

—Sí, Richard, claro que puedo mirar por la ventana.

—¿A qué distancia?

—Hay neblinas. A unas diez manzanas, quizá quince. ¿Has escuchado lo que te he dicho? Hay programas de televisión que quieren presentarte; hay periódicos que piden entrevistas, y programas de radio y librerías que quieren que vayas a firmar ejemplares. ¡Estamos vendiendo cientos de miles de ejemplares! ¡Por todo el mundo! Hemos firmado contratos en Japón, Inglaterra, Alemania, Francia. Derechos para ediciones en rústica. Hoy, un contrato con España...

¿Qué se dice cuando se oye todo eso por teléfono?

—¡Qué buena noticia! ¡Felicidades!

—Felicidades a ti —replicó ella—. ¿Cómo es posible que no te hayas enterado? Ya sé que vives oculto en la maleza, pero estás en la lista de éxitos del New York Times, ¡en todas! Te hemos estado enviando los cheques al banco. ¿Sabes cuál es?

—No.

—Deberías averiguarlo. Se te oye terriblemente lejos. ¿Tú me oyes bien?

—Muy bien. No estoy en la selva, Eleanor. No todo es páramo al oeste de Manhattan.

—Desde el comedor de ejecutivos se puede ver hasta Nueva Jersey, y me parece que más allá del río todo está cubierto de maleza.

El comedor de ejecutivos. ¡Qué tierra tan diferente la que ella habitaba!

—¿Así que has vendido el biplano? —añadió Eleanor, como si acabara de oírme—. No pensarás abandonar la aviación, ¿verdad?

—No, claro que no —aseguré.

—Me alegro. No te imagino sin tu máquina voladora.

Qué aterradora idea: ¡no volar nunca más!

—Bueno —prosiguió ella, volviendo a los negocios—, ¿cuándo puedes hacer esas presentaciones en televisión?

—No estoy seguro —respondí—. ¿Querré hacerlas?

—Piénsalo, Richard. Será bueno para las ventas; podrías contar lo que pasó a muchas personas, contarles la historia.

Los estudios de televisión están en las ciudades. Las ciudades, o la mayor parte de ellas, son sitios de los que prefiero mantenerme alejado.

—Bueno, lo pensaré y ya volverá a llamarte.

—Llámame, por favor. Te has convertido en un fenómeno, y todo el mundo quiere conocerte. Sé bueno y avísame en cuanto te decidas.

—Está bien.

—¡Enhorabuena, Richard!

—Gracias.

—¿No te alegras?

—¡Sí! Pero no sé qué decir.

—Piensa en esos programas de televisión. Espero que decidas hacer algunos, al menos los más importantes.

—Bueno —concedí—. Te llamaré.

Colgué y miré por el cristal. La ciudad estaba igual que antes. Sin embargo, todo había cambiado.

Qué te parece, pensé. El diario, esas páginas enviadas a Nueva York casi por capricho, ¡un éxito de ventas! ¡Hurra!

Pero las ciudades, entrevistas, televisión... No sé.

Me sentía como una polilla ante una lámpara; de pronto un buen número de posibilidades se extendía ante mí, pero yo no sabía muy bien hacia adónde volar.

Por impulso, levanté el auricular, me abrí camino a fuerza de códigos por el laberinto de números necesarios para comunicarme con el banco de Nueva York y convencí a una empleada que quien llamaba era yo, y que necesitaba saber el saldo de mi cuenta corriente.

—Un minuto —dijo ella—. Tengo que consultar el ordenador.

¿Cuánto sería? ¿Veinte mil, cincuenta mil dólares? ¿Cien mil? Veinte mil. Más los once mil que tenía en el petate y podía considerarme rico.

—¿Señor Bach? —dijo ella.

—Sí, señorita.

—Su saldo en esa cuenta es de un millón, trescientos noventa y siete mil, trescientos cincuenta y cinco dólares con sesenta y ocho centavos.

Se produjo un silencio muy largo.

—¿Está segura? —dije.

—Sí, señor. —El silencio fue entonces breve—. ¿Algo más, señor?

Silencio.

—¿Eh? —dije—. Ah. No. Gracias.

En las películas, cuando llamamos a alguien y el otro cuelga, se oye el largo y zumbante tono en la línea. Pero en la vida real, cuando es el otro quien cuelga, el teléfono se limita a quedarse mudo en nuestra mano. Horriblemente mudo. Durante todo el tiempo que estemos ahí, de pie, sosteniendo el auricular.

Capítulo 4

4

Al cabo de un rato, dejé otra vez el auricular en su soporte, recogí mi petate y eché a andar. ¿Alguna vez, después de ver una película impactante, maravillosamente escrita y filmada, con buenas interpretaciones, te ha ocurrido salir del cine reconciliado con la humanidad, deseando que toda esa gente gane un montón de dinero con eso? ¡Espero que los actores y el director ganen un millón de dólares por lo que me han ofrecido, por lo que me han regalado hoy! Y vuelves a ver esa película, y te sientes feliz por formar parte, aunque sólo sea en pequeñísima medida, de un sistema que está recompensando a esa gente con cada entrada: los actores que veo en la pantalla recibirán veinte centavos de este mismo dólar que estoy pagando ahora; podrán comprarse un helado de cualquier sabor que les apetezca, sólo con su parte de mi entrada. Los momentos gloriosos del arte, los libros, las películas y la danza son deliciosos porque nos vemos a nosotros mismos en el espejo de la gloria. Comprar un libro, sacar una entrada son modos de aplaudir, de agradecer una buena obra. Nos regocijamos cuando una película, cuando un libro que nos gusta se convierte en éxito de público. Pero ¿un millón de dólares para mí? De pronto comprendí lo que significaba estar al otro lado del regalo que tantos escritores me hicieron con sus libros desde el día en que fui capaz de leer por mí mismo: «Bam-bi. De Fe-lix Salten.» Me sentí como un aficionado al surf que descansara en su tabla y de repente se viera arrastrado por una energía monstruosa, henchida de repente, sin preguntarle si estaba dispuesto; ya vuela la espuma en la proa de la tabla, del medio de la popa; se ve atrapado por esa potencia profunda y gigantesca; el viento le arranca una sonrisa. Realmente es apasionante saber que mucha gente está leyendo tu libro. Tanto, que mientras desciendes por la pared de una ola a un kilómetro y medio por minuto, puedes llegar a olvidar que si no eres tremendamente hábil, la próxima sorpresa puede ser la aniquilación.

Capítulo 5

5

Crucé la calle, y pedí en la farmacia que me indicaran el camino para llegar a un sitio en donde tal vez hallara lo que necesitaba. Seguí los no-puede-perderse y la calle Lake Roberts, bajo enormes árboles de denso follaje, hasta la biblioteca Gladys Hutchinson.

Cualquier cosa que necesitemos saber se puede aprender en un libro. Si leemos, estudiamos con atención y practicamos un poco, podemos convertirnos en expertos lanzadores de cuchillos, hábiles mecánicos o avezados políglotas.

Toca todos los libros de Nevil Shute: son hologramas en código de un hombre decente: Trustee from the Toolroom, The Rainbow and the Rose. El escritor imprimió la persona que es en cada página de sus libros, y nosotros, si queremos, podemos convocarlo mediante la lectura a nuestra propia vida, en la intimidad de las bibliotecas.

El fresco silencio de la gran sala atestada de libros: sentí que se estremecía de entusiasmo ante la posibilidad de enseñarme. No veía la hora de sumergirme en un ejemplar de ¡Conque ha ganado un millón de dólares! Cosa extraña: el título no figuraba en los catálogos. Busqué en Conque, en Millón. Nada. Por si se llamaba Cómo actuar si uno enriquece inesperadamente, revisé Cómo, Enriquecer e Inesperadamente.

Probé con otra referencia. «Tu problema no consiste en que el libro buscado no esté en esta biblioteca —me dijo Libros Editados—, es que no ha sido publicado.»

No es posible, pensé. Si me ha caído encima una fortuna, lo mismo debe de haberle pasado a mucha gente, y alguien tiene que haber escrito ese libro. Nada de acciones, bonos y bancos; no era eso lo que necesitaba saber, sino cómo debía sentirme ante eso, qué oportunidades se me presentaban, qué pequeños desastres me amenazaban, qué otros, grandes como cuervos, podían estar lanzándose en picado hacia mí, en ese preciso momento. Que alguien me diga qué debo hacer, por favor.

No hubo respuestas en el fichero.

—Disculpe, señorita... —dije.

—¿Sí, señor?

Sonreí, pidiéndole ayuda. Era la primera vez, desde que tenía diez años, que veía un sello de caucho sujeto a un lápiz de madera; ella tenía uno en la mano, en ese momento, con la fecha del día.

—Necesito un libro que diga cómo ser rico. No cómo ganar dinero. Algo sobre lo que debe hacer una persona cuando gana mucho dinero. ¿Podría sugerirme...?

Por lo visto, estaba habituada a las peticiones extrañas. Aunque tal vez mi petición no era tan extraña: en Florida abundan los reyes de los cítricos, las baronesas latifundistas, los millonarios repentinos.

Pómulos altos, ojos de avellana, melenita hasta los hombros, con ondas del color del chocolate oscuro. Eficiente, reservada con quienes no conoce desde tiempo atrás.

Me observó mientras yo formulaba mi pregunta; después desvió la mirada hacia arriba y hacia la izquierda, como hacemos cuando recordamos viejos conocimientos. Hacia arriba y a la derecha (lo aprendí en un libro) es donde miramos cuando buscamos los nuevos.

—No sabría decirle... —respondió—. ¿Y si prueba con biografías de multimillonarios? Tenemos muchos libros sobre los Kennedy, uno sobre Rockefeller; de eso estoy segura. The Rich and the Super Rich, lo tenemos.

—No es exactamente eso lo que busco, sino algo más parecido a Cómo manejar una fortuna inesperada.

Sacudió la cabeza, grave, pensativa. ¿Acaso todas las personas pensativas son hermosas?

Tocó un intercomunicador en el escritorio y habló en voz baja.

—¿Sara Jean? Cómo manejar una fortuna inesperada. ¿Tenemos algún ejemplar?

—Nunca lo he oído nombrar. Está Cómo gané millones en el negocio inmobiliario. Tenemos tres ejemplares.

Por ahí no íbamos a ninguna parte.

—Bueno, pues me quedaré un rato aquí sentado para reflexionar. Me cuesta creerlo. Ese libro tiene que existir en alguna parte.

Ella miró mi petate, que en ese momento quedaba bajo una luz que le daba un aspecto bastante manchado y sucio, y volvió a mirarme de frente.

—Si no le molesta —dijo, en voz baja—, ¿podría dejar el bulto de la ropa sucia en el suelo? Está todo recién tapizado.

—Por supuesto.

Sin duda, pensé, en estos estantes de libros tiene que haber uno que pueda ayudarme sobre lo que debo hacer a continuación. El único consejo que se me ocurre en estos momentos, sin libros, es que en manos del tonto el dinero se va pronto.

Cuando se trata de aterrizar con un biplano Fleet en un pequeño campo de heno, muy pocos me ganan; pero en ese momento, en la biblioteca Gladys Hutchinson, pensé que, tratándose de una fortuna, incluso era posible que nadie pudiera ganarme: yo bien podía ser un desastre inigualable. Siempre he sido negado para el papeleo; por eso dudaba de que las cosas anduvieran bien con respecto al dinero.

Bueno, pensé. Me conozco, y es evidente que mis debilidades no van a cambiar, ni tampoco mis fuerzas. Un detalle sin importancia, como una cuenta bancaria, no puede hacer de mí otra cosa que el aviador desenvuelto y despreocupado que siempre me ha gustado ser.

Después de pasar diez minutos más sumergido en el fichero, llevado hasta Suerte-Buena e incluso hasta Suerte-Mala, renuncié. ¡Increíble! ¡El libro que yo necesitaba no existía!

Perdido en mis dudas, salí al sol, sentí los fotones, las partículas beta, los rayos cósmicos que golpeaban y rebotaban a la velocidad de la luz, siseando y susurrando calladamente a través de la mañana y a través de mí.

Estaba llegando otra vez a las cercanías del café cuando me di cuenta de que mi petate había desaparecido. Con un suspiro, di media vuelta y volví a caminar hasta la biblioteca, aún más cálida bajo el sol, para recuperar el objeto que había dejado al pie del fichero.

—Disculpe —dije a la bibliotecaria.

—Ay, menos mal que no se ha olvidado —contestó ella, y lo hizo con tanto alivio por no haberse visto forzada a archivar la ropa sucia de ese tipo en Hallazgos y Extravíos que no me cupo la menor duda de que era sincera.

—Disculpe —repetí.

Con tantos libros como tenemos, ¡cuántos esperan aún ser escritos! Como ciruelas frescas escondidas en la copa del árbol. No es muy divertido subir por una escalerilla tambaleante, serpentear entre las ramas y asomarse al vacío para recogerlas, pero qué deliciosas son cuando acaba el trabajo.

Y la televisión, ¿es deliciosa? ¿O con la publicidad para el libro se agravaría mi fobia a las multitudes? ¿Cómo escapar cuando no se tiene un biplano listo para volar por encima de los árboles?

Me dirigí al aeropuerto, el único lugar donde un aviador se siente como en su casa, por desconocida que le resulte la ciudad. Lo encontré observando el circuito de aterrizaje, los rastros invisibles que los aparatos pequeños dejan al partir y al llegar. Me encontraba en la parte de la trayectoria de aterrizaje previa a la aproximación final, de modo que no necesitaba caminar mucho para llegar al aeropuerto.

El dinero es una cosa, y otra muy distinta son las multitudes, que lo reconozcan a uno cuando quiere estar solo y tranquilo. ¿No es eso la celebridad, la fama? Un poquito puede resultar divertido, pero ¿qué pasa si uno no puede desconectarla? Y si decidía salir por televisión y después, a donde fuera, alguien me decía: «¡Yo lo conozco, no me diga nada! ¡Es el tipo que escribió tal libro!»

La gente pasaba en coche, pasaba caminando bajo la luz del mediodía inminente, sin mirar. Yo era poco menos que invisible. Ellos sólo sabían de mí que era una persona que se dirigía al aeropuerto, con un petate bien atado, alguien libre de hacer eso sin que nadie lo mirara fijamente.

Cuando una persona decide ser famosa, renuncia a este privilegio. Aunque, en el caso de los escritores, no es así necesariamente. Los escritores pueden publicar libros que lea muchísima gente, y sus nombres pueden ser célebres, sin que nadie los reconozca a donde vayan. Los actores, en cambio, no. Los locutores de televisión, tampoco. Los escritores, sí.

Si alguna vez me convertía en un personaje público, ¿no me arrepentiría? De inmediato supe que sí. Tal vez en alguna vida anterior yo había tratado de ser famoso. No es excitante, no es atractivo, me advertía esa vida; si sales por televisión, lo lamentarás.

Allí estaba el faro. El reflector de cristal verde y blanco que gira por las noches, indicando el aeropuerto. Descendiendo para la aproximación final volaba un Aeronca Champion, un modelo para enseñanza de 1946, dos plazas, pintura y tela, con rueda de cola en vez de rueda delantera en el morro. Me gustó el aeropuerto antes de haberlo visto, sólo por ese Champion.

¿Cómo afectaría a la búsqueda de mi amor eso de volverme un tanto famoso? La primera respuesta salió disparada a tal velocidad que ni siquiera vi el destello: la matará. Nunca sabrás si está enamorada de ti o de tu dinero. Escucha, Richard. Si quieres encontrarla, no te conviertas en una celebridad. De ningún tipo.

Todo eso en menos tiempo que el de un suspiro, y también menos recordado de forma consciente.

La segunda respuesta era mucho más sensata, de modo que sólo escuché ésa. Mi brillante, encantadora alma gemela no iba en automóvil de ciudad en ciudad, buscando a algún tipo que ofreciera paseos aéreos desde un campo de hierba. ¿Mis posibilidades de hallarla no mejorarían cuando ella supiera de mi existencia? ¡He aquí una oportunidad de oro, aparecida por casualidad justo cuando necesito encontrarla!

Y sin duda, la casualidad hará que mi alma gemela vea el programa debido de televisión a la hora debida, y nos indicará cómo encontrarnos. Entonces desaparecerá la popularidad. Cuestión de ocultarme una semana en Red Oak, Iowa, o en el Velódromo Estrella, en el desierto al sur de Phoenix; con eso recobraré mi intimidad y, a cambio, ella estará conmigo. No está tan mal.

Abrí la puerta de la oficina, en el aeropuerto.

—Hola —dijo ella—. ¿En qué podemos ayudarlo?

Estaba haciendo facturas en el mostrador y tenía una sonrisa deslumbrante. Entre la sonrisa y la pregunta me cortó el saludo; no supe qué decir.

¿Cómo explicarle que yo formaba parte de eso? Que el aeropuerto, el faro, el hangar, el Aeronca y hasta la aeronáutica costumbre de intercambiar un saludo amistoso después de aterrizar, todo eso formaba parte de mi vida. De hecho, había sido mi vida durante mucho tiempo, aunque ahora se me estaba escapando, estaba cambiando por lo que yo había hecho. No estaba muy seguro de que me gustara el cambio, porque yo conocía todo eso y era mi único hogar sobre la Tierra.

¿En qué podía ayudarme ella? ¿Me diría que el hogar está en cualquier sitio conocido y amado, que el hogar va con nosotros allí a donde escojamos ir? ¿Me diría que conocía a quien estaba buscando, o que un tipo había aterrizado hacía una hora, en un Travel Air blanco y dorado, y que había dejado para mí un nombre de mujer y una dirección? ¿Me sugeriría planes para manejar con prudencia un millón cuatrocientos mil dólares? ¿En qué podía ayudarme ella?

—Bueno, no sé en qué puede ayudarme —admití—. Creo que me encuentro un poco desorientado. ¿Hay algún avión antiguo en el hangar?

—Allá fuera está el Porterfield de Jill Handley, que es bastante antiguo. El Tiger Moth de Chet Davidson. Morris Jackson tiene un Waco, pero lo guarda bajo llave en un hangar... —Se echó a reír—. Los Champ ya van siendo bastante antiguos. ¿Busca un Aeronca Champ?

—Es uno de los mejores aviones de la historia —dije.

Ella abrió mucho los ojos.

—¡No, era broma! No creo que la señorita Reed quiera vender los Champ. Jamás.

Debo de tener pinta de comprador. ¿Es posible que se note algo cuando un desconocido tiene un millón de dólares?

Ella siguió con las facturas; reparé en su alianza, oro trenzado.

—¿Hay problema si echo un vistazo en el hangar durante un minuto?

—Vaya. —Sonrió—. El mecánico se llama Chet; ha de estar por ahí si todavía no ha salido para almorzar.

—Gracias.

Recorrí un pasillo y abrí la puerta que daba al hangar. Era como estar en casa, sin duda. Una Cessna 172, roja y crema, sometida a su inspección anual: el carenaje del motor fuera, las bujías sacadas, un cambio de aceite en marcha. Una Beech Bonanza, plateada, con una banda azul a lo largo del costado, delicadamente encaramada sobre caballetes amarillos para un examen del tren de aterrizaje. Aviones ligeros; yo los conocía todos. Las historias que ellos podían contar, las historias con que yo podía contestarles. En un hangar silencioso existe la misma suave tensión que en un claro en la selva profunda... El forastero siente los ojos que lo observan, la acción en suspenso, la vida conteniendo el aliento.

Había allí un gran anfibio Grumman Widgeon, con dos motores radiales de trescientos caballos, el nuevo parabrisas de una sola pieza, espejos en los flotadores de los extremos para que el piloto comprobara que las ruedas estaban recogidas antes de descender en el agua. Cuando se amerizaba en la bahía con las ruedas fuera, el agua despedida por el descenso vendía montones de espejitos a los pilotos de los anfibios.

Me detuve junto al Widgeon para atisbar dentro de la cabina, con las manos respetuosamente cruzadas a la espalda. En aviación, a nadie le gusta que los desconocidos toquen su avión sin permiso, no tanto porque el aparato pueda resultar dañado como porque es una familiaridad injustificada, algo así como si un curioso cualquiera tocara a nuestra esposa, al pasar, para ver qué tal es.

Al fondo, junto a las puertas del hangar, estaba el Tiger Moth; su ala superior sobresalía por encima de los otros aviones, como el pañuelo que un amigo agita para hacerse ver entre una muchedumbre. El ala estaba pintada con los colores del avión de Shimoda: ¡blanco y dorado! Cuanto más me acercaba, buscando el camino entre el laberinto de alas, colas, equipos de taller, más me impresionaba el color del aparato.

¡Qué historias se han vivido en los Moth de Havilland! Hombres y mujeres, gente heroica, volaron en Tiger Moth, Gypsy Moth, Fox Moth, desde Inglaterra, alrededor de todo el mundo. Amy Lawrence, David Garnett, Francis Chichester, Constantine Shak Lin, Nevil Shute en persona... Esos nombres y las aventuras por ellos vividas tiraban de mí hacia los Moth. ¡Qué bonito el pequeño biplano! Todo blanco, dorados salientes curvos de veinticinco centímetros, las V apuntando hacia delante como puntas de flecha, convertidas en ángulos de oro a lo largo de las alas y el estabilizador horizontal.

Allí, las llaves de contacto, en el lado exterior del aeroplano, claro, y si fuera una restauración fidedigna... ¡Sí, en el suelo de la carlinga, una auténtica brújula militar británica! Me costaba mantener las manos a la espalda, tan bello era el aparato. Y allí, los pedales de timón deberían estar provistos de...

—Le gusta el avión, ¿no?

Me sobresalté tanto que por poco suelto un grito. Hacía medio minuto que estaba allí de pie, limpiándose el aceite de las manos con un trapo y observándome, mientras yo inspeccionaba su Moth.

—¿Que si me gusta? —dije—. ¡Es bellísimo!

—Gracias. Hace un año que está terminado. Hubo que reconstruirlo por completo.

Me fijé con atención en la tela. A través de la pintura se veía un poco de tejido.

—Parece Ceconite —dije—. Buen trabajo. —No hacía falta otra presentación; no se aprende en un día a diferenciar el algodón Grado A del dacrón Ceconite en un aeroplano antiguo—. ¿Y dónde consiguió la brújula?

Sonrió, satisfecho de que me hubiera fijado.

—La encontré en un negocio de segunda mano, en Dothan, Alabama. ¿Se imagina? Una auténtica brújula de la Real Fuerza Aérea, modelo de 1942. Siete dólares con cincuenta centavos. No me pregunte cómo fue a parar allí, ¡pero le aseguro que me la traje enseguida!

Caminamos alrededor del Moth, yo escuchando mientras él hablaba, y al hacerlo comprendí que me estaba aferrando a mi pasado, a la vida de piloto, conocida y, por lo tanto, simple. ¿Me había mostrado demasiado impulsivo al vender el Fleet y cortar las ataduras de mi pasado, para salir a la búsqueda de un amor desconocido? Allí, en el hangar, fue como si mi mundo se hubiera convertido en un museo, en una vieja fotografía; una balsa dejada a la deriva que se alejaba flotando suavemente, lentamente, rumbo a la historia.

Sacudí la cabeza, fruncí el ceño e interrumpí al mecánico.

—Chet, ¿el Moth está en venta?

No me tomó en serio.

—Todos los aviones están en venta. Como suele decirse, todo es cuestión de precio. A mí me gusta más construir que volar, pero sólo vendería el Moth por muchísimo dinero.

Me agaché para mirar debajo del avión. No había una sola marca de aceite en el carenado.

Reconstruido hace un año por un mecánico de aviación, pensé, y desde entonces en el hangar. El Moth era todo un hallazgo, en verdad. Entonces comprendí que en realidad mi intención no había sido dejar de volar. En el Moth podría cruzar todo el país. Podía ir en ese avión a las entrevistas televisadas. ¡Y en el camino tal vez encontrara a mi alma gemela!

Puse mi petate en el suelo, a manera de almohadón. Cuando me senté en él, crujió.

—¿Cuánto dinero es muchísimo dinero, hablando en efectivo?

Una hora y media después, Chet Davidson salió a almorzar. Yo me llevé los libros de bitácora y los manuales del Moth a la oficina.

—Disculpe, señorita. Tienen teléfono aquí, ¿verdad?

—Claro. ¿Para una llamada local?

—No.

—El teléfono público está fuera, junto a la puerta, señor.

—Gracias. ¿Sabe que tiene una sonrisa encantadora?

—¡Gracias a usted, señor!

Buena costumbre, la de llevar alianzas.

Llamé a Eleanor a Nueva York para anunciarle que había decidido salir por la tele.