Título original: Olympos
Traducción: Rafael Marín Trechera
1.ª edición: febrero, 2016
© 2016 by Dan Simmons
© Ediciones B, S. A., 2016
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-226-4
Publicado por acuerdo con el autor, c/o Baror International, Inc., Armonk, New York, U.S.A.
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Contenido
Portadilla
Créditos
Presentación
Tercera parte
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Cuarta parte
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Agradecimientos
El autor
Presentación
Los lectores estadounidenses de Hyperion (1989 - NOVA 41) tuvieron que esperar un año para poder leer La caída de Hyperion (1990 - NOVA 42), su imprescindible continuación. Más pacientes han tenido que ser ahora con este brillante díptico Ilión/Olympo, que se ha demorado dos años, entre 2003 y 2005, en aparecer completo en el mercado estadounidense. Y, si bien en 1990 fue posible publicar en España los dos primeros libros de Hyperion casi uno a continuación del otro, en esta ocasión el lector español ha tenido que sufrir también esos mismos dos años de espera para poder conocer al completo la compleja y espectacular visión de Dan Simmons sobre la recreación de la Ilíada de Homero en clave de ciencia ficción. Aunque, evidentemente, hay mucho más que eso en esta maravilla formada por los cuatro volúmenes que, en nuestra edición (y en casi todas las europeas), va a tener la nueva y también inolvidable obra de Dan Simmons.
Los hoy llamados Cantos de Hyperion, formados por Hyperion (1989 - NOVA 41) y La caída de Hyperion (1990 - NOVA 42), son ya un hito en la ciencia ficción moderna. Unos años más tarde les siguieron Endymion (1996 - NOVA 98) y El ascenso de Endymion (1997 - NOVA 120). Pero iba pasando el tiempo y Dan Simmons parecía haber olvidado esa temática de la ciencia ficción que tan brillante y satisfactoriamente supo abordar.
Profesional sobresaliente y polimorfo como pocos, Simmons se ha dedicado también, y siempre con gran éxito, a la novela de terror con la que obtuvo sus primeros éxitos, como La canción de Kali (1985) o Los vampiros de la mente (1989) y, más recientemente, incluso a la novela de suspense y espionaje con The Crook Factory (1999) y El bisturí de Darwin (2000).
Sólo The Hollow Man (1992 - prevista en NOVA para el año 2007), con disquisiciones casi metafísicas en torno a la telepatía y la soledad, podía, en cierta forma, emparentarse con la ciencia ficción. Y debo decir que, dado el peso relativo del mercado editorial en uno y otro géneros, casi me temía que Simmons decidiera no volver a la ciencia ficción.
Afortunadamente me equivocaba.
Si pasaron seis años desde Hyperion a Endymion, otros seis han transcurrido desde el final de esa saga hasta el inicio de otra llamada incluso a superarla.
Hyperion venía a ser la reconstrucción de los Cuentos de Canterbury de Chaucer en clave de ciencia ficción; la nueva saga, formada por Ilión (2003- NOVA 167 y 176) y Olympo (2005- NOVA 194 y 195) podría considerarse, en una primera aproximación, la reconstrucción de la Ilíada de Homero en clave de ciencia ficción. Pero sólo en una primera aproximación: cualquier obra de Simmons incluye demasiados elementos para reducirla a una única caracterización...
Por eso, si junto a los Cuentos de Canterbury hallábamos en Hyperion un análisis de diversas culturas religiosas de la humanidad y la brillante intervención de un personaje como el poeta John Keats, en Ilión/Olympo hay también múltiples referencias a otras obras y personajes capitales de la mejor literatura de la humanidad: En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, La tempestad de William Shakespeare, sin olvidar el papel de esos humanos de la Tierra del futuro convertidos en émulos de los «eloi» de Herbert G. Wells (La máquina del tiempo), eso sí, no enfrentados a ningún tipo de «morlock», pero sí bajo la atenta vigilancia y supervisión aquí de unos misteriosos voynix de origen desconocido.
A juzgar por estos comentarios, algún lector que no conozca la obra de Simmons podría pensar que en el caso de Ilión/Olympo nos hallamos ante una obra que, debido a su erudición, ha de resultar pesada e incómoda de leer. Nada más lejos de la realidad: los lectores que conocen a Simmons recuerdan (diré que con suma satisfacción) el carácter absorbente y dinámico de todas sus novelas, escritas con las mejores y atrayentes técnicas de los best-séllers más al uso, pero dotadas de una mucho mayor profundidad reflexiva y emotiva. Simmons es uno de los mejores escritores de hoy y a sus obras me remito.
La trama de Ilión/Olympo se estructura en torno a tres grandes ejes. Por una parte está esa épica aventura del asedio y conquista de Troya (Ilión), presenciada con el distanciamiento que proporcionan los comentarios de un observador como el escolástico Thomas Hockenberry. Se trata de un personaje misteriosamente revivido y presente en este Marte cuyo Monte Olimpo se ha convertido en la morada de los post-humanos, quienes, gracias a su tecnología, se comportan como los dioses de la saga homérica. Curiosamente, la publicación española de Ilión coincidió con la distribución de la nueva versión cinematográfica de la historia del asedio de Troya: la película de ese título dirigida por Wolfgang Petersen. En ella resultaba fácil constatar que la ausencia de los dioses en el film es un grave handicap (¿qué sería de la Ilíada y la Odisea sin las intervenciones divinas?) que, afortunadamente no lastra la novela de Simmons. La Ilíada no es sólo una historia heróica, es algo más que Homero y Simmons (éste por mediación del personaje Hockenberry) no dejan de recordarnos a cada momento: los seres humanos como marionetas en las manos de unos dioses que a veces tienen comportamientos y motivaciones sumamente humanos...
Si la reconstrucción de la aventura homérica en clave de ciencia ficción puede ser, tal vez, el eje central de la trama, lo cierto es que Simmons proporciona otros ejes temáticos que le permita conectar con otras obras también indiscutibles de la historia de la literatura. En nuestro mismo sistema solar, más allá de los asteroides, viven los «moravecs» (en claro homenaje al famoso robotista actual Hans Moravec), entidades robóticas semiorgánicas, independientes de los humanos desde hace tiempo. Conocedores del gran incremento de la actividad cuántica que se manifiesta en Marte, los moravecs inician una expedición cuyo alcance sólo conocen algunos de sus miembros. Eso permite a Simmons introducir a dos moravecs obsesionados respectivamente con la obra de Shakespeare (los sonetos y La tempestad, primordialmente) y con En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.
Y todo ello sin olvidar a esos humanos de la Tierra del futuro, que parecen aceptar gozosos y tal vez inconscientes una vida insulsa y con escaso sentido al margen de todo lo que sea lúdico. Como ya se ha dicho, se trata de un nuevo homenaje literario, en este caso a los «eloi» los ociosos personajes de La máquina del tiempo de H. G. Wells. Dejo para los lectores interesados la búsqueda de las muchas otras referencias literarias y culturales que este excepcional díptico Ilión/Olympo encierra. Es uno de los «bonus» añadidos del mismo.
Literatura dentro de la literatura, lo cierto es que, como ocurriera en Hyperion, Simmons demuestra su incuestionable maestría como narrador y su profundo conocimiento de las mejores obras de los mejores escritores que le han precedido. En realidad, con un sentido casi teatral, Simmons propone un relato a tres voces que va alternando con mesura y juicio, componiendo un fresco impresionante que intriga al lector.
Los lectores que conocen mi tendencia a divagar en estas presentaciones tal vez se hayan sorprendido de la parquedad que he mostrado en las de Ilión/Olympo. Desde el primer momento, la sorpresa por la excepcional magnitud que tomaba el aspecto épico de la narración, la multitud de hilos temáticos y las muchas referencias literarias utilizadas me llevaron a temer básicamente dos cosas: por una parte, que Simmons no acertara a «cerrar» adecuadamente esta prometedora aventura y, por otra, el que yo mismo en estas presentaciones pudiera revelar aspectos de la trama y los contenidos cuya averiguación, creo yo, son uno de los mejores alicientes para satisfacción del lector de esta gran saga. Como era de esperar, Simmons no defrauda y, en mi caso, simplemente he optado por «callar» bastante en estas presentaciones y repetir una y otra vez lo que se dijo en la primera entrega.
No les voy a decir ahora nada nuevo, sólo certificar mi convicción de que la conclusión de este gran fresco narrativo que es Ilión/Olympo resulta francamente satisfactoria. Se trata de la mejor conjunción que he visto en las últimas décadas de una preocupación claramente humanista (Homero, Shakespeare, Proust lo avalan) unida a la visión tecnocientífica ya inevitable en el siglo que acaba casi de comenzar en donde la nanotecnología, la mecánica cuántica, lo «ultra-tec» en suma están también al orden del día. Simmons ha hecho muy bien sus deberes y nos ofrece lo que el autor Peter F. Hamilton considera van a ser «los nuevos estándares para la ciencia ficción del nuevo siglo». Ojalá fuera así, aunque me temo que autores con la capacidad narrativa y el poso cultural de Simmons hay muy pocos... En cualquier caso, ahora el modelo existe, Ilión/Olympo va a convertirse en un referente inevitable y es también evidente que, tal como suele decirse, el listón ha quedado muy alto.
Sí les voy a citar el párrafo final de la inteligente e interesante reseña que T. M. Wagner ha hecho de Olympo en SF Rewiews (http://www.sfreviews.net/olympos.html), que les recomiendo encarecidamente. Creo que explica bien el sentido (o, al menos, uno de los sentidos...) de la saga Ilión/Olympo:
Una de las maneras en que el pasado informa el presente es a través de la narrativa mítica que pasa de generación en generación. A medida que la humanidad evoluciona, también lo hacen nuestros mitos y Olympo en sí mismo se ofrece como un ejemplo de ello. Al revisar y recontextualizar la épica de Homero y Shakespeare, Simmons parece intensamente consciente de que las futuras generaciones pueden ver esas revisiones como la épica de nuestro propio tiempo. ¿Pretencioso? A grandes rasgos, es posible que sí. Pero no lo es en la manera en que lo maneja Simmons. Para él, narrar y volver a narrar las grandes historias es algo que está en el núcleo de lo que somos. No podemos dejar de narrar historias de la misma manera que no podemos dejar de comer, dormir o hacer el amor. Es ese homenaje a ese proceso de narrar historias lo que hace que Olympo sea una obra maestra.
Es fácil estar de acuerdo, al menos en el hecho de que Ilión/Olympo es una verdadera obra maestra y, además, añado yo, un hito ya imprescindible en la historia de la moderna ciencia ficción. No es poca cosa.
Y nada más por ahora. Les dejo con la amena y a la vez compleja narración que Simmons ha elaborado para su vuelta, por la puerta grande, a la mejor ciencia ficción de todos los tiempos. Tal como dice el New York Times Book Review: «Ciencia ficción a gran escala... Ilión/Olympo aborda un alegre acercamiento al apocalipsis.»
Una gozada. De verdad. Que ustedes la disfruten.
Miquel Barceló
Tercera parte
41
Harman cayó con Ariel a través de la oscuridad durante lo que le pareció una imposible cantidad de tiempo.
Cuando aterrizaron, no fue con un estrépito fatal en la base de la Puerta Dorada de Machu Picchu, sino con un suave golpe en el suelo de una jungla cubierto con una acumulación de siglos de hojas y otros restos vegetales.
Durante un segundo de aturdimiento, Harman no pudo creer que no estuviera muerto, pero luego se puso en pie, empujó la pequeña figura de Ariel (aunque Ariel ya había brincado para alejarse) y se incorporó, parpadeando en la oscuridad.
Oscuridad. Era de día en la Puerta Dorada. Se encontraba... en otra parte. Dondequiera que fuese, además de estar en el lado oscuro del planeta, Harman sabía que se hallaba en la jungla. La noche olía a riqueza y podredumbre, el aire denso y húmedo se le pegaba a la piel como una manta empapada, la camisa se le empapó inmediatamente y colgó flácida contra su cuerpo; de todas partes, en la noche impenetrable, llegaba el zumbido de los insectos y el rumor de hojas, palmeras, maleza, bichos, criaturas grandes y pequeñas. Mientras sus ojos se adaptaban a la penumbra, con los puños cerrados, esperando que Ariel volviera para alcanzarlo con un golpe, Harman echó la cabeza atrás y vio el atisbo de la luz de las estrellas entre diminutas aberturas en el follaje muy, muy por encima de su cabeza.
Un momento después, distinguió la figura pálida, casi espectral, sin género, de Ariel, brillando tenuemente a tres metros de distancia.
—Llévame de vuelta —gruñó Harman.
—¿De vuelta adónde?
—Al Puente. O a Ardis. Pero hazlo inmediatamente.
—No puedo. —La voz sin género era enloquecedora, insultante.
—Vas a hacerlo ahora mismo —gruñó Harman—. Igual que me has traído aquí, llévame de vuelta. Ahora mismo.
—¿O cuál será la consecuencia? —preguntó la figura brillante en la oscuridad de la jungla. La voz de Ariel sonaba levemente divertida.
—O te mataré —dijo Harman llanamente. Advirtió que lo decía en serio. Estrangularía a ese ser verdoso, lo dejaría sin vida y escupiría sobre el cadáver. «Y entonces estarás perdido en una jungla desconocida», advirtió la última parte sensata de su mente. Harman la ignoró.
—Oh, cielos —dijo Ariel, fingiendo terror—. Me van a estrangular.
Harman saltó, los brazos extendidos. La pequeña figura (ni metro veinte de altura medía) lo pilló en mitad del salto y lo lanzó a diez metros a través de las hojas y las enredaderas de la jungla.
Harman tardó un minuto o dos en recuperar el aliento y otro más en ponerse de rodillas. Advirtió de inmediato que si Ariel le hubiera hecho eso mismo en otra parte (pongamos la Puerta Dorada de Machu Picchu donde estaban hacía un rato), le hubiese roto la espalda. Se incorporó de nuevo en el denso humus, deseó que su visión se aclarara en la oscuridad que lo rodeaba y se abrió paso entre las enredaderas y la densa vegetación hasta el pequeño claro donde esperaba Ariel.
El espíritu ya no estaba solo.
—Oh, mira —dijo feliz, en tono casual—, hay más de nosotros.
Harman se detuvo. Ya veía mejor gracias a la luz de las estrellas que se filtraba entre la maleza hasta ese pequeño claro en la jungla, y lo que vio lo dejó boquiabierto.
Había al menos cincuenta o sesenta formas en el claro y bajo los árboles y entre los helechos y enredaderas de más allá. No eran humanas, pero tampoco se trataba de voynix o calibani ni de ninguna otra forma bípeda que Harman hubiera visto en sus noventa y nueve años y seis meses de vida. Esas criaturas humanoides eran como burdos bocetos de personas: bajas, no mucho más altas que Ariel y, como Ariel, de piel transparente, con órganos que flotaban en un líquido verdoso. Pero donde Ariel tenía labios, mejillas, nariz, los ojos de un joven o una joven, con rasgos físicos y músculos que uno asociaba al cuerpo humano, aquellas formas verdes y bajas no tenían ni boca ni ojos humanos (miraban a Harman a la luz de las estrellas con los puntos negros que tenían en la cara, y que bien podían haber sido trozos de carbón), y desde sus estructuras aparentemente invertebradas hasta sus manos de tres dedos, parecían carecer de toda identidad.
—Creo que no conoces a mis amigos —dijo Ariel en voz baja, haciendo un gesto femenino con la mano hacia la multitud de formas de las sombras—. Instrumentos de este mundo inferior, fueron expulsados antes de que naciera tu especie. Tienen diferentes nombres (su Prosperosidad se digna a llamarlos esto y lo otro, según le place) pero se parecen más bien a mí, descienden de la clorofila y las motas colocadas en el bosque en la época anterior a los posthumanos. Son los zeks: auxiliadores y obreros y prisioneros todos, ¿y quién de nosotros no es todas esas cosas?
Harman contempló las formas verdosas. Ellos le devolvieron la mirada fijamente.
—Cogedlo —susurró Ariel.
Cuatro de los zeks avanzaron. Se movían con una gracia especial que Harman no había esperado en unas formas tan toscas, y antes de que pudiera darse la vuelta y echar a correr dos lo agarraron con tenazas de hierro. El tercer zek se inclinó hacia delante, sin respirar, hasta que su pecho sin rasgos tocó la túnica, sobre el pecho de Harman, y el cuarto agarró la mano de Harman, igual que Ariel había agarrado la mano de Hannah sólo un rato antes, y le hizo atravesar la membrana verdosa del pecho del tercer zek. Harman sintió el suave órgano-corazón en la mano, casi acudiendo a él como un cachorrillo, y entonces las palabras no pronunciadas resonaron en su cerebro:
NO IRRITES
A ARIEL,
TE MATARÁ
POR CAPRICHO.
VEN
CON NOSOTROS
Y NO HAGAS NINGÚN
ESFUERZO
POR RESISTIRTE.
ES POR TU BIEN
Y EL DE TU DAMA
ADA
VEN CON NOSOTROS
AHORA.
—¿Cómo sabéis de Ada? —gritó Harman.
VEN
Ésa fue la última palabra transmitida a través de la mano pulsátil de Harman a su dolorido cráneo antes de que la mano se soltara, con el suave corazón del zek todavía en ella, retorciéndose, muriendo. Entonces el zek se desplomó hacia atrás, cayendo silenciosamente en el suelo de la jungla, donde se encogió, se secó y murió. Ariel y los otros zeks ignoraron el cadáver del comunicador mientras el primero se volvía y los guiaba por un sendero indefinible en la oscura jungla.
Los zeks que Harman tenía a cada lado todavía le sujetaban los brazos, pero suavemente ahora, y Harman no hizo ningún esfuerzo por resistirse. Se limitó a seguir el ritmo de la fila que se movía a través de la oscura maleza.
La mente de Harman corría más veloz que sus pies mientras se esforzaba por mantener el ritmo. En ocasiones, cuando el follaje sobre su cabeza era demasiado espeso, no podía ver nada, ni siquiera sus pies ni sus piernas en la oscuridad casi absoluta, así que dejaba que los zeks lo guiaran como si fuera ciego y se concentraba en pensar. Sabía que si quería volver a ver alguna vez a Ada y Ardis Hall tendría que ser mucho más listo en las siguientes horas de lo que había sido en los últimos meses.
Primera pregunta: ¿dónde estaba? Era por la mañana cuando se hallaba en la Puerta Dorada de Machu Picchu, con la tormenta, pero allí en la jungla parecía ser muy tarde. Trató de recordar la geografía que se había enseñado a sí mismo, pero los mapas y las esferas se confundieron en su mente: palabras como Asia y Europa no significaban casi nada. Pero la oscuridad que había allí le sugería que Ariel no lo había enviado a alguna jungla del mismo continente sur donde se encontraba el Puente. No podría regresar caminando a Machu Picchu y Hannah y Petyr y el sonie.
Lo cual lo llevaba a la segunda pregunta: ¿cómo lo había llevado allí Ariel? No había ningún pabellón de faxnódulo visible en los glóbulos verdes de la Puerta Dorada. Si los hubiera habido, si Savi hubiera sugerido alguna vez una conexión fax con el Puente, sin duda no habrían ido hasta allí en sonie para conseguir armas y municiones y llevar a Odiseo al nido curador. No... Ariel había usado otro medio para transportarlo a través del espacio hasta ese lugar oscuro que olía a podredumbre y estaba lleno de insectos.
Mientras lo arrastraban por la oscuridad, ni a diez pasos por detrás del avatar de la biosfera (o así lo había identificado una vez Próspero), Harman advirtió que podía preguntarse esas cosas. Lo peor que el pálido espíritu (su cuerpo brillaba visiblemente a la luz de las estrellas cada vez que cruzaban alguna pequeña abertura ocasional en la jungla) podía hacer era no contestar.
Ariel respondió a ambas preguntas, la segunda primero.
—Sólo tendré tu compañía durante unas cuantas horas más —dijo la pequeña forma—. Luego debo entregarte a mi amo, no mucho después de que oigamos el canto del gallo cacareador... del gallo cacareador que había en este horrible lugar.
—¿Tu amo Próspero? —preguntó Harman.
Ariel no contestó.
—¿Y cuál es el nombre de este espantoso lugar? —preguntó Harman.
El espíritu se echó a reír, un sonido como el tintineo de campanitas, pero no del todo desagradable.
—Deberían llamar a este bosque la Cuna de Ariel, pues aquí hace diez veces doscientos años yo nací, ascendiendo a la conciencia desde un billón de pequeños transpodedores-sensores que los humanos antiguos, tu propia ralea, invitado, llamaban motas. Los árboles hablaban con sus amos humanos y entre sí, parloteando en la vieja red mohosa que se había convertido en la naciente datasfera, farfullando sobre temperaturas y nidos de pájaros y huevos y kilos por centímetro cuadrado de presión osmótica y tratando de cuantificar la fotosíntesis igual que un empleado reumático cuenta sus bagatelas y las considera un tesoro. Los zeks, mis amados instrumentos de acción, demasiados me fueron robados por ese amo monstruo-magus para que trabajaran en el mundo rojo, se alzaron igualmente, sí, pero no aquí, honorable invitado, no aquí, no.
Harman casi no entendió nada, pero Ariel hablaba, farfullaba, y sabía que si podía enzarzar a la criatura en la conversación se enteraría de algo importante tarde o temprano.
—Próspero, tu amo, te llamó avatar de la biosfera cuando le hablé, hace nueve meses, en su isla orbital —dijo Harman.
—Sí —dijo Ariel, riendo de nuevo—, y yo llamo a Próspero, a quien tú llamas mi amo, Tom Mierda.
Ariel lo miró, su carita verdosa brillaba como una planta tropical fosforescente mientras entraban en un sendero sumido en una oscuridad absoluta bajo las hojas.
—Harman, esposo de Ada, amigo de Nadie, eres, a mis ojos, un hombre de pecado, un hombre cuyo destino tiene importancia, en este mundo inferior, como mínimo, menos por lo que no es que por su pálida forma. Tú, entre todos los hombres, eres el más inadecuado para vivir... mucho menos para vivir Cinco Veintes como una de las comidas largamente preparadas del hermano Calibán, ya que el tiempo y las mareas del tiempo te han vuelto loco. E incluso con ese valor, sabes, los hombres cuelgan y ahogan sus propios yoes.
Harman no entendió nada de aquello y, a pesar de que le hizo muchas más preguntas, Ariel no contestó ni volvió a hablar durante tres horas y muchos kilómetros.
Al cabo de una hora Harman estaba seguro de que no le quedaban energías. Lo dejaron detenerse y se apoyó contra un enorme peñasco para recuperar el aliento. Cuando la luz se alzó, se dio cuenta de que no se trataba de ningún peñasco.
El peñasco era en realidad una pared, la pared formaba parte de un gran edificio con pisos escalonados según ascendía, y el edificio era algo que supo, por sus lecturas, que se llamaba templo. Entonces Harman advirtió lo que sus manos estaban tocando y lo que estaban viendo sus ojos.
Cada centímetro del templo estaba tallado. Algunas tallas eran grandes, tan anchas como todo el brazo de Harman, pero la mayoría eran tan pequeñas que podía cubrirlas con la palma de la mano.
En las tallas (cada una se hacía más y más clara a medida que el amanecer tropical arrojaba luz sobre la jungla), hombres y mujeres hacían el amor (practicaban el sexo), y había hombres y más de una mujer, hombres y hombres, mujeres y mujeres, mujeres y hombres y lo que parecían ser caballos, hombres y elefantes, mujeres y toros, mujeres y mujeres y monos y hombres y hombres y hombres...
Harman se quedó asombrado. Nunca había visto nada parecido en sus noventa y nueve años de vida. En un nivel de las tallas, a la altura de los ojos, vio a un hombre con la cabeza entre las piernas de una mujer, mientras otro hombre, a caballo sobre el primero, ofrecía su pene erecto a la boca abierta de la mujer, mientras tras ella, una segunda mujer que llevaba una especie de pene artificial penetraba a la primera mujer desde atrás, al tiempo que ésta, atendiendo a los dos hombres y a la mujer que tenía detrás, extendía el brazo hacia un animal que Harman reconoció por el drama turín como caballo y masturbaba al excitado semental. Su otra mano libre acariciaba los genitales de una figura humana masculina que estaba de pie junto al caballo.
Harman se apartó de la pared del templo, contemplando la estructura de piedra cuajada de enredaderas. Había miles, tal vez decenas de miles de variaciones de este tema, mostrando a Harman aspectos del sexo que nunca había imaginado, que nunca podría haber imaginado. Sólo algunas imágenes del elefante... Las figuras humanas eran estilizadas, rostros y pechos ovalados, ojos almendrados, las bocas de los hombres y las mujeres curvadas en sonrisas satisfechas y decadentes.
—¿Qué es este lugar? —preguntó.
Ariel cantó en falsete:
Arriba, apenas vistas, en la suave penumbra,
extrañas obras de un pueblo largamente muerto.
¿Qué significaban para aquellos que ahora son polvo,
estas figuras podridas de amor y lujuria?
—¿Qué es este lugar? —insistió Harman.
Por una vez, Ariel respondió con sencillez.
—Khajuraho. —La palabra no significaba nada para Harman.
El espíritu de la biosfera hizo un gesto, dos de los pequeños zeks verdes y casi transparentes tomaron a Harman del brazo y la procesión se alejó del templo, siguiendo un sendero apenas discernible en la jungla. Al mirar atrás, Harman vio un último atisbo del edificio de piedra. «Edificios», se dijo entonces, pues había más de uno, todos tallados con frisos eróticos, y vio cómo la jungla casi había devorado las estructuras. Las figuras que se apareaban estaban rodeadas de enredaderas, parcialmente oscurecidas por la hierba y envueltas en raíces y ramas verdes.
Luego el lugar llamado Khajuraho desapareció en la espesura verde y Harman se concentró en caminar detrás de Ariel.
Cuando la luz del sol iluminó la salvaje densidad de la jungla que los rodeaba (diez mil tonos de verde, la mayoría de los cuales Harman nunca había imaginado) en lo único en que podía pensar era en regresar a Ardis con Ada, o al menos al Puente, antes de que Petyr se marchara con el sonie. No quería esperar tres días a que Petyr regresara para recoger a Hannah y el restaurado Nadie/Odiseo... si aquella cuna podía restaurarle la vida y la salud.
—¿Ariel? —dijo de pronto a la pequeña forma que parecía flotar delante de la fila de zeks que le precedía.
—¿Sí, señor? —La cualidad andrógina de la voz, por lo demás agradable, perturbaba a Harman.
—¿Cómo me transportaste desde la Puerta Dorada a esta jungla?
—¿No lo hice de manera lo suficientemente amable, oh, Hombre?
—Sí —respondió Harman, temiendo que la pálida figura volviera a farfullar cosas sin sentido—. Pero ¿cómo?
—¿Cómo viajas de un sitio a otro, cuando no estás tumbado boca abajo en tu platillo sonie?
—Faxeamos —dijo Harman—. Pero no había ningún faxpabellón en la Puerta Dorada... ningún faxnódulo.
Ariel flotó más alto, apartando ramas y enviando una lluvia de hojitas sobre los zeks y Harman.
—¿Fue tu amigo Daeman a un faxpabellón cuando el alosaurio lo devoró hace diez meses?
Harman se detuvo. Los zeks que todavía le sujetaban los brazos se detuvieron con él, sin tirar para que avanzara.
«Naturalmente», pensó Harman. Lo había tenido delante de las narices toda la vida. Lo había visto siempre... pero había estado ciego. Cuando alguien faxeaba a los Anillos en cualquiera de sus Cuatro Veintes normales de vida iba al faxpabellón más cercano. Cuando alguien quería faxear a alguna parte, iba al pabellón de faxnódulo más cercano. Pero cuando alguien resultaba herido (o moría, devorado como Daeman, destrozado en un extraño accidente), los Anillos te faxeaban.
Harman había estado allí, en la isla de Próspero, en los tanques regeneradores adonde llegaban los cuerpos desnudos y eran arreglados por el borboteante nutriente y los gusanos azules antes de ser faxeados de vuelta. Harman y Daeman se habían encargado de faxear ellos mismos, siguiendo las instrucciones de Próspero, destruyendo todos los servidores y haciendo que los diales y palancas virtuales faxearan a tantos cuerpos-en-reparación como fuera posible.
«Los humanos podrían ser faxeados sin tener que ir a un faxpabellón, sin empezar desde uno de los trescientos y pico faxnódulos conocidos.» Harman lo había visto toda su vida (casi cien años), pero nunca había visto lo que podía ver. La idea estaba demasiado arraigada: los posthumanos te llevaban a casa cuando resultabas herido o morías antes de tu Quinto Veinte. Los faxnódulos eran ciencia: ir a la fermería para recibir reparaciones de emergencia era algo parecido a la religión.
Pero la fermería de la isla de Próspero tenía maquinaria que podía faxear a cualquiera desde cualquier parte sin utilizar nódulos ni pabellones.
Y Harman y Daeman habían destruido la fermería y la isla de Próspero.
Los zeks le tiraron de los brazos para ponerlo de nuevo en marcha, pero con amabilidad. Harman no se movió todavía. La intensidad de sus pensamientos lo mareaba; si los zeks no lo hubieran estado sujetando, podría haberse caído al suelo.
La isla de Próspero había sido destruida. Harman y todos los humanos antiguos habían visto las piezas arder durante meses en el cielo nocturno. Pero Ariel todavía podía faxear... una especie de faxeo libre, independiente de nódulos, portales y pabellones. Algo, allí arriba, en los Anillos (o en la Tierra misma), encontraba al espíritu, lo codificaba y lo faxeaba, y aquel día a Harman con él, o con ella, desde el Puente hasta aquel lugar, dondequiera que aquel lugar y Khajuraho estuvieran. Al otro lado del Tierra, por lo menos.
Harman tal vez pudiera faxear de vuelta con Ada, si conseguía que Ariel revelara el secreto del faxeo libre.
Los zeks tiraron de nuevo, amable pero insistentemente. Ariel iba muy por delante, flotando hacia un claro de brillante luz en la jungla. Harman no quería meter en líos a los zeks. Tampoco quería perder de vista a Ariel: el espíritu era su faxbillete de vuelta a casa.
Harman se apresuró, dando tumbos, para alcanzar al avatar de la biosfera de la Tierra.
Cuando salieron al claro el sol brillaba tanto que Harman tuvo que protegerse los ojos y, durante varios segundos, no vio la estructura que se alzaba sobre él. Cuando lo hizo, se detuvo en seco.
La cosa-estructura (no llegaba a ser un edificio) era gigantesca. Se alzaba durante lo que Harman calculaba (y sus estimaciones del tamaño de las cosas siempre habían sido sorprendentemente buenas) al menos trescientos metros. Tal vez un poco más. No tenía recubrimiento; es decir, toda la estructura era un esqueleto de oscuras vigas de metal que se alzaban hacia un centro a partir de una enorme base cuadrada unida por medio de arcos metálicos semicirculares a la copa de los árboles y que luego continuaba ascendiendo para curvarse hacia dentro y convertirse en una pura aguja, su oscuro remate en una cumbre muy, muy elevada. Un término que Hannah, que trabajaba el metal, le había dicho una vez acudió a su mente: «hierro forjado». Harman estaba seguro de que los armazones, arcos, vigas y el entramado abierto que estaba contemplando desde allí abajo, al cálido sol de la jungla, estaban todos hechos de alguna especie de hierro.
—¿Qué es esto? —jadeó. Los zeks lo habían soltado y regresaron a la sombra de la jungla, como temerosos de acercarse a la base de la increíble torre. Harman advirtió que nada crecía en un espacio que rodeaba la base de la torre excepto una hierba baja y perfectamente cultivada. Era como si la fuerza de la estructura misma mantuviera la jungla a raya.
—Pesa siete mil toneladas —dijo Ariel, con una voz mucho más masculina que ninguna de las que el espíritu de la biosfera había empleado hasta entonces—. Dos millones y medio de remaches. Cuatro mil trescientos once años de antigüedad... o al menos el original los tiene. Hay más de seis mil de éstas en la eiffelbahn de Khan Ho Tep.
—Eiffelbahn... —repitió Harman—. Yo no...
—Ven —ordenó Ariel. Su voz era ahora poderosamente masculina, grave, amenazadora, imposible de desobedecer.
Había una especie de jaula de hierro forjado en la base de una de las patas arqueadas.
—Entra —dijo Ariel.
—Tengo que saber...
—Entra y aprenderás todo lo que necesitas saber —dijo el avatar de la biosfera—. Incluyendo cómo volver con tu preciosa Ada. Quédate aquí y morirás.
Harman entró en la jaula. Una reja de hierro se cerró. Las marchas resonaron, el metal rechinó y la jaula empezó a alzarse sobre la curva, siguiendo una serie de cables y vías de metal.
—¿Tú no vienes? —le preguntó Harman a Ariel.
El espíritu no contestó. El ascensor de Harman continuó subiendo por la torre.
42
La torre parecía tener tres grandes rellanos. El primero y más ancho se hallaba por encima del nivel de la copa de los árboles de la jungla. Harman contempló una sólida alfombra de verde. El ascensor no se detuvo.
El segundo rellano estaba tan alto que el ascensor viajaba casi en vertical, y Harman tuvo que moverse al centro de la pequeña cabina. Al mirar hacia arriba y hacia fuera, vio que una serie de cables corrían desde lo alto de la torre y desaparecían al este y el oeste, oscilando un poco en la distancia. El ascensor no se detuvo en el segundo rellano.
El tercer y último rellano estaba a trescientos metros sobre el nivel del suelo, justo por debajo de la cúpula de la torre con su pico de antena. El ascensor redujo la velocidad y se detuvo: las antiguas marchas rechinaron y resbalaron, la cabina retrocedió dos metros y Harman se agarró a los barrotes de hierro forjado y se dispuso a morir.
Un freno detuvo la cabina. La puerta de hierro forjado se abrió. Harman cruzó tembloroso dos o tres metros de puente de hierro con tablas de madera podridas. Delante de él, una puerta mucho más elaborada (piezas pulidas de caoba insertadas en una filigrana de hierro forjado) chasqueó, se agitó y se abrió con un susurro. Harman se detuvo sólo un segundo antes de entrar en el oscuro interior. Cualquier lugar era preferible a aquel puentecito expuesto a trescientos metros por encima de un entramado de vigas que desaparecía en un vértigo de hierro abajo.
Se hallaba en una sala. Cuando la puerta siseó y se cerró a su espalda, Harman advirtió que la temperatura era cinco o diez grados más baja en el interior que al sol. Se quedó donde estaba unos segundos, permitiendo que sus ojos se adaptaran a la relativa penumbra.
Se encontraba en un vestíbulo pequeño, alfombrado, cubierto de libros, parte de una sala mayor. Del vestíbulo, una escalera de hierro forjado bajaba en espiral hasta la planta principal de la sala y subía hasta lo que parecía una segunda planta.
Harman bajó.
Nunca había visto un mobiliario como ése: muebles de extraño estilo, tapizados de terciopelo rojo, gruesos cortinajes sobre una pared de ventanas en la parte sur cuyos borlones rojos colgaban sobre la alfombra roja y marrón de sofisticado dibujo. Había una chimenea en la pared norte: Harman contempló el diseño de hierro negro y cerámica verde. Una mesa larga con patas profusamente talladas se extendía al menos tres metros de los seis del ventanal, cuyos cristales, cerca de las esquinas, eran tan complicados como una telaraña. Otros muebles eran sillas tapizadas, otomanas tapizadas, sillones tallados de madera oscura reluciente con incrustaciones de metal dorado y, por todas partes, muestras de lo que Hannah le había dicho una vez que era bronce pulido.
Había una extraña manguera con un tubo para hablar en forma de campana, también de bronce, y muchas palancas de bronce pulido insertadas en las cajas de madera de cerezo de las paredes; sobre la larga mesa varios instrumentos de bronce, algunos con llaves de bronce que pulsar y marchas que giraban lentamente. Más allá había un astrolabio con círculos de bronce girando dentro de otros círculos más grandes, una lámpara de bronce pulida que brillaba suavemente. Había mapas abiertos sobre la mesa con pequeños hemisferios de bronce sujetándolos, más mapas recogidos en una cesta de bronce en el suelo.
Harman echó a correr y estudió ansiosamente los mapas, sacando más y desplegándolos, colocándoles encima los hemisferios de bronce.
Nunca había visto mapas como aquéllos. Todo quedaba dentro de una cuadrícula pero dentro de aquellos recuadros había diez mil líneas paralelas, algunas muy juntas, donde el mapa se volvía marrón o verde, algunas líneas separadas donde el mapa mostraba extensiones blancas. Había manchas irregulares de azul que Harman supuso que eran lagos o mares y líneas azules más largas y serpenteantes que imaginó que eran ríos con nombres improbables: Tungabhadra, Krishna, Godavari, Normada, Mahanadi y Ganga.
En las paredes este y oeste de la sala, rodeando ventanas más pequeñas pero con múltiples paneles, había más estantes, más libros, más abalorios de bronce, estatuas de jade, máquinas de bronce.
Harman corrió a la estantería y sacó tres libros. Olió el aroma de siglos que surgía del antiguo pero aún firme papel y de las gruesas cubiertas de cuero. Los títulos hicieron que su corazón latiera con fuerza: La tercera dinastía de Khan Ho Tep, 2601-2939 d.C. y el Ramayana y el Mahabbarata revisados por Ganesh el cyborg y Mantenimiento Eiffelbahn e Interfaz IA. Harman colocó la palma derecha sobre el libro de arriba, cerró los ojos para convocar la función sigl y, entonces, vaciló. Si tenía tiempo, preferiría leer aquellos libros, sondeando cada palabra y sacando por contexto sus definiciones. Era lento, laborioso, doloroso, pero siempre ganaba más leyendo que sigleyendo.
Colocó reverentemente los tres volúmenes sobre la mesa, libre de polvo, y subió las escaleras circulares hasta el piso de arriba.
Era un dormitorio. La cabecera de la cama estaba hecha de cilindros de bronce pulido, la colcha era de grueso terciopelo rojo con complicados bordados. Había otro sillón junto a una lámpara de bronce, un sillón más grande y cómodo con diseños florales, con una otomana tapizada al lado. Había también una habitación más pequeña, un cuarto de baño con una extraña taza de porcelana bajo un tanque de porcelana y una cadena colgando con un tirador de bronce, con vidrieras en la pared occidental, apliques de bronce en los grifos del lavabo, una enorme bañera sostenida sobre patas en forma de garras con más apliques de bronce. Harman salió de nuevo al dormitorio. La pared norte estaba también llena de ventanas. No, eran puertas de cristal con pomos de hierro forjado.
Harman abrió dos de las hojas y salió a un balcón de hierro forjado, a trescientos metros sobre la jungla. El sol y el calor lo golpearon como un puño húmedo. Parpadeando, no se fió del lugar: podía ver el entramado de la torre debajo pero no hacía falta más que un suave empujoncito para hacerlo caer a trescientos metros de aire.
Todavía agarrado a la puerta, se asomó lo suficiente para ver unos muebles de hierro con cojines rojos y una mesa en el balcón. Al mirar hacia arriba vio el saliente de hierro sobre la habitación de dos pisos, un enorme saliente de metal bajo la cúpula de mica dorada de la cúspide de la torre, cables más gruesos que su antebrazo y su muslo corriendo al este y el oeste. Tras escrutar en dirección este, Harman distinguió la línea vertical de otra torre... ¿a qué distancia? A sesenta kilómetros al menos. Miró al oeste, hacia donde la docena de cables desaparecían, pero allí sólo había nubes oscuras de una tormenta visible en el horizonte.
Harman volvió a entrar en el dormitorio, cerró con cuidado las puertas y regresó a las escaleras. Las bajó limpiándose el sudor de la frente con la manga de su túnica. Se estaba tan deliciosamente fresco allí arriba que no tenía ninguna prisa por regresar a la jungla.
—Hola, Harman —dijo una voz familiar desde la penumbra, cerca de la mesa y las oscuras cortinas.
Próspero era mucho más sólido de lo que Harman recordaba de su encuentro, ocho meses antes, en la roca orbital del anillo-e. La arrugada piel del magus ya no era levemente transparente como había sido la de su holograma. Su túnica de seda azul y lana, bordada con planetas dorados, cometas grises y ardientes estrellas de seda roja, colgaba ahora en pliegues más pesados y se arrastraba tras él sobre la alfombra turca. Harman vio la larga melena de pelo blanco plateado cayendo en cascada tras las afiladas orejas del anciano y advirtió las marcas de la edad en su ceño y sus manos, además del leve tono amarillento de sus uñas como garras. Harman advirtió la aparente solidez del báculo tallado que el viejo magus sostenía en la mano derecha y cómo las zapatillas azules de Próspero parecían tener peso cuando rozaban el suelo de madera y la gruesa alfombra.
—Envíame a casa —exigió Harman, avanzando hacia el anciano—. Ahora mismo.
—Paciencia, paciencia, humano llamado Harman amigo de Nadie —dijo el magus, mostrando sus dientes amarillentos en una leve sonrisa.
—Al carajo la paciencia —replicó Harman. Hasta ese instante no tenía idea de lo profunda que era su furia por haber sido secuestrado en el Puente por Ariel, alejado de Ardis y su hijo aún por nacer, casi con toda seguridad siguiendo las órdenes de aquella figura de túnica azul. Dio otro paso más hacia el anciano, extendió la mano, agarró un trozo de la manga ondulante del magus...
Y fue lanzado tres metros al otro lado de la sala, hasta que resbaló por fin de la alfombra al suelo pulido y quedó tendido de espaldas, parpadeando imágenes retinales de círculos anaranjados.
—No tolero el contacto de nadie —dijo Próspero en voz baja—. No me hagas demostrarlo con este bastón de anciano. —Alzó su báculo de magus ligeramente.
Harman se apoyó en una rodilla.
—Envíame de vuelta. Por favor. No puedo dejar a Ada sola. Ahora no.
—Ya has elegido ese rumbo, ¿no? Ningún hombre te obligó a llevar a Nadie a Machu Picchu, ni tampoco te detuvo.
—¿Qué quieres, Próspero? —Harman se puso en pie, trató sin éxito de parpadear para librarse de los círculos anaranjados de su visión y se sentó en la silla de madera más cercana—. ¿Y cómo sobreviviste a la destrucción del asteroide orbital? Creía que tu holograma estaba allí atrapado con Calibán.
—Oh, lo estaba —dijo Próspero, caminando de un lado a otro—. Una pequeña parte de mí, tal vez, confundida con el todo, pero vital de todas formas. Tú me llevaste de vuelta a la Tierra.
—Yo... —empezó a decir Harman—. ¿El sonie? ¿Cargaste de algún modo tu holograma en la memoria del sonie?
—Así es.
Harman sacudió la cabeza.
—Podrías haber llamado a ese sonie a la isla orbital en cualquier momento.
—No —dijo el magus—. Era la máquina de Savi y sólo hace viajes orbitales para pasajeros humanos. Yo no encajo en la definición... totalmente.
—Entonces, ¿cómo escapó Calibán? —preguntó Harman—. Sé que no estaba en el sonie con Daeman, Hannah y conmigo.
Próspero se encogió de hombros.
—Las aventuras de Calibán son asunto de Calibán nada más. Ese despojo ya no me sirve.
—Vuelve a servir a Setebos.
—Sí.
—Pero Calibán sobrevivió y regresó a la Tierra después de siglos.
—Sí.
Harman suspiró y se pasó la mano por la cara. De repente se sentía muy cansado y muy sediento.
—La caja de madera que hay bajo la entrada es una especie de nevera —dijo Próspero—. Hay comida allí dentro... y botellas de agua pura.
Harman se enderezó.
—¿Me estás leyendo la mente, magus?
—No. La cara. No hay mapa más obvio que el rostro humano. Ve, bebe. Yo me quedaré aquí sentado junto a la ventana y esperaré tu regreso, refrescado, como interlocutor.
Harman sintió lo mucho que le temblaban los brazos y las piernas mientras se encaminaba hacia la gran caja de madera con el pomo de bronce. Luego contempló un instante todas las botellas de agua y los montones de comida envasada. Bebió copiosamente.
Tras regresar al centro de la alfombra roja y parda donde Próspero esperaba, junto a la mesa, con el sol a la espalda, dijo:
—¿Por qué hiciste que Ariel me trajera aquí?
—En realidad, para ser exactos, hice que mi espíritu de la biosfera te llevara a la jungla cerca de Khajuraho, ya que no se permite faxear a menos de veinte kilómetros de la eiffelbahn.
—¿Eiffelbahn? —repitió Harman, todavía bebiendo de la botella de agua fría—. ¿Así es como llamas a esta torre?
—No, no, mi querido Harman. Así es como yo, o el Khan Ho Tep, para ser precisos, ya que ese caballero construyó la eiffelbahn hace varios milenios, llamo a este sistema. Ésta es una de... oh, déjame ver... las catorce mil ochocientas torres que hay.
—¿Por qué tantas?
—Le gustaban al Khan —dijo el magus—. Y hacen falta todas esas torres Eiffel para conectar los cables de la costa este de China con la Brecha Atlántica de la costa de España, con todas las líneas, puentes, ramas laterales y todo eso.
Harman no tenía ni idea de lo que estaba diciendo el anciano.
—¿La eiffelbahn es una especie de sistema de transporte?
—Una oportunidad para que viajes con estilo, para variar —dijo Próspero—. O, más bien, para que viajemos con estilo, pues yo te acompañaré un breve trecho del camino.
—No voy a viajar contigo a ninguna parte hasta que... —empezó a decir Harman. Pero se calló, dejó caer al suelo la botella de agua y se agarró con ambas manos a la pesada mesa.
Toda la plataforma de dos pisos de la cima de la torre se había disparado. Hubo un rechinar y rasgar de metal, un horrendo gemido y toda la estructura se ladeó, volvió a abalanzarse, se ladeó más.
—¡La torre se está cayendo! —exclamó Harman. Por los muchos paneles de cristal en sus elaborados marcos de hierro vio el lejano horizonte verde ladearse, agitarse, volverse a ladear.
—En absoluto —contestó Próspero.
El habitáculo de dos plantas estaba cayendo, deslizándose por la torre, chirriando y cruzando el metal seco como si gigantescas manos metálicas lo estuvieran empujando.
Harman se puso en pie de un salto, decidió correr hacia la puerta, pero cayó a cuatro patas mientras el habitáculo se liberaba de la torre, caía al menos diez metros y luego se sacudía violentamente antes de empezar a deslizarse hacia el oeste.
Con el corazón desbocado, Harman permaneció de rodillas mientras todo el habitáculo se balanceaba peligrosamente adelante y atrás sobre su largo eje y luego se reafirmaba. Por encima de ellos, los chirridos se convirtieron en un agudo zumbido. Harman se puso en pie, recuperó el equilibrio, avanzó tambaleándose hasta la mesa y miró por la ventana.
La torre estaba a su izquierda y quedaba atrás, con un parche abierto de cielo visible donde antes se encontraba el apartamento de dos pisos, a trescientos metros de altura. Harman vio los cables más arriba y comprendió que el zumbido estaba conectado de algún modo con alguna especie de volador que tenían encima. La eiffelbahn era una especie de sistema de transporte por cable y aquella gran casa de hierro era la cabina. La línea vertical que había visto al este antes era otra torre, igual que la que acababan de dejar atrás. Y la cabina se movía velozmente hacia el oeste.
Se volvió hacia Próspero y avanzó un paso más pero se detuvo antes de llegar al alcance del sólido báculo del magus.
—Tienes que dejarme volver con Ada —dijo, intentando ser firme pero oyendo el detestable gemido de súplica en la voz—. Los voynix están rodeando Ardis Hall. No puedo dejarla allí en peligro... sin mí. Por favor, lord Próspero. Por favor.
—Es demasiado tarde para que intercedas allí, Harman, amigo de Nadie —dijo Próspero con su rasposa voz de anciano—. Lo hecho en Ardis Hall hecho está. Pero dejemos a un lado las penas del mar, señor, y no carguemos nuestros recuerdos con una pesadez desaparecida. Pues ahora nos embarcamos en un viaje nuevo, sin duda la materia del cambio marino, amigo de Nadie, y uno de nosotros pronto será un hombre más sabio, más profundo y más pleno, mientras que nuestros enemigos (sobre todo esa oscuridad que engendré y crié de Sycórax) beberán agua del mar y serán obligados a comer las raíces podridas del fracaso y los restos del desprecio.
43
Barruntaba tormenta en los alrededores del monte Olimpo. Una tormenta de polvo planetario había envuelto a Marte en una mortaja roja, los vientos aullaban en torno a la égida del campo de fuerza que el ausente Zeus había dejado en su sitio, en el hogar de los dioses. Partículas electrostáticas excitaban tanto el escudo que los relámpagos restallaban día y noche alrededor de la cumbre del Olimpo y los truenos rugían en el subsónico. La luz del sol, cerca de la cima de la montaña, se difuminaba en un resplandor apagado y sangriento, recalcado por cortinas de rayos y el omnipresente rumor del viento y los truenos.
Aquiles, todavía cargando a su amada reina muerta, la amazona Pentesilea, se había teletransportado cuánticamente al hogar de su cautivo, Hefesto, dios del fuego, principal artificiero de todos los dioses, esposo de Aglaya, también conocida como Caris, una de las más hermosas Gracias. Algunos decían que el artificiero había construido también a su esposa.
Hefesto se había teletransportado cuánticamente no a su hogar, sino a la puerta. Una mirada superficial al hogar del dios lisiado y parecía igual que otras moradas inmortales: piedra blanca, columnas blancas, pórtico blanco; pero sólo en la entrada: en realidad, Hefesto había construido su casa y sus enormes talleres en la empinada pendiente sur del Olimpo, lejos del lago de la Caldera y el puñado de enormes casas-templo de tantos otros dioses. Vivía en una cueva.
Era una cueva impresionante, según vio Aquiles, mientras el renqueante Hefesto lo guiaba y aseguraba múltiples puertas de hierro tras ellos.
La cueva había sido excavada en la sólida roca negra del Olimpo y la sala se extendía cientos de metros hasta perderse en la oscuridad. Por todas partes había mesas, arcanos artilugios, lupas, herramientas y máquinas en diversos estados de creación y desmembramiento. En las profundidades de la cueva rugía un horno abierto con acero líquido borboteando como lava anaranjada. Cerca del extremo delantero, donde varias herramientas, divanes, mesas bajas, un lecho y braseros mostraban el sitio donde vivía Hefesto en el interminable taller, había unas mujeres doradas, de pie, sentadas y caminando: las célebres ayudantes de Hefesto: mujeres mecánicas con remaches, ojos humanos, pechos de metal y suaves vaginas de piel sintética pero también, o eso decían las historias, con las almas robadas de seres humanos.
—Puedes acostarte aquí —dijo el dios enano, indicando un banco de trabajo repleto de cosas. Con un barrido de su peludo antebrazo, despejó la mesa.
Tras soltar a Hefesto, Aquiles depositó sobre la mesa su carga envuelta en lino con suavidad y reverencia.
El rostro de Pentesilea era visible y Hefesto lo contempló un momento.
—Era hermosa, en efecto. Y veo la obra de Atenea en la conservación del cadáver. Han pasado varios días desde la muerte y no hay decoloración ni putrefacción. La amazona aún tiene color en las mejillas. ¿Te importa si bajo un poco el lino para echarle una ojeada a sus tetas?
—Si la tocas a ella o su mortaja, te mataré —dijo Aquiles.
Hefesto alzó las manos.
—De acuerdo, de acuerdo. Sólo era curiosidad. —Volvió a unir las manos—. Ahora, a comer. Luego, a planear cómo traer a tu dama de vuelta.
Las doradas ayudantes empezaron a traer bandejas de comida caliente y grandes copas de vino a la mesa redonda situada en el centro del círculo de divanes de Hefesto. Aquiles, el de los pies ligeros, y el velludo Hefesto comieron ambos con fruición, sin hablar más que para pedir comida o que pasaran el vino compartido.
Las ayudantes trajeron humeante hígado frito envuelto en intestinos de cordero como aperitivo: uno de los platos favoritos de Aquiles. Trajeron un lechón asado entero relleno con la carne de muchos pájaros pequeños, uvas, nueces, yemas de huevo y carnes aliñadas. Sirvieron cuencos de guiso de cerdo borboteantes con manzanas y peras. Trajeron puras exquisiteces como vientre asado de cerda y aceitunas con puré de garbanzos. Como plato principal sirvieron un gran pescado frito con una crujiente capa marrón por fuera.
—Pescado en el propio lago de la Caldera de Zeus, en la cima del Olimpo —dijo Hefesto con la boca llena.
De postre y entre plato y plato tomaron frutas, dulces y nueces. Las mujeres de metal dorado trajeron cuencos de higos y montones de almendras, más cuencos de gruesos dátiles y fuentes de deliciosos pastelillos de miel que Aquiles sólo había probado una vez, en una visita a la pequeña ciudad de Atenas. Finalmente llegó el postre más apreciado por Agamenón, Príamo y otros reyes de reyes: tarta de queso.
Después de la comida, las ayudantes robot limpiaron la mesa y el suelo y trajeron más barriles y copas de vino de doble asa: diez tipos de vino al menos. Hefesto tuvo el honor de mezclar el agua con el vino y pasar las enormes copas.
El dios enano y el hombre-dios bebieron durante dos horas, pero ninguno entró en el estado que el pueblo de Aquiles llamaba paroinia, «frenesí por intoxicación».
Los dos varones permanecieron casi todo el tiempo en silencio, pero las doradas ayudantes desnudas festejaron para ellos, poniéndose en fila y bailando alrededor de la mesa en la sensual conga que estetas como Odiseo llamaban komos.
Se turnaron para usar los urinarios de la cueva y, cuando volvieron a beber vino, Aquiles dijo:
—¿Ya es de noche? ¿Es hora de que me lleves al Salón del Curador?
—¿De verdad crees que los tanques sanadores del Olimpo devolverán a la vida a tu muñeca amazona, hijo de Tetis la de los húmedos senos? Esos tanques y gusanos fueron diseñados para reparar inmortales, no a una zorra humana... por hermosa que sea.
Aquiles estaba demasiado borracho y demasiado distraído para ofenderse.
—La diosa Atenea me dijo que los tanques renovarían la vida de Pentesilea y Atenea no miente.
—Atenea no hace otra cosa que mentir —bufó Hefesto, alzando la enorme copa y bebiendo copiosamente—. Y hace unos cuantos días estabas esperando al pie del Olimpo, lanzando rocas contra la impenetrable égida de Zeus, aullando para que Atenea bajara a luchar para poder matarla atravesando con una lanza sus hermosas tetas. ¿Qué ha cambiado, oh, noble asesino de hombres?
Aquiles miró al dios del fuego con el ceño fruncido.
—Esta guerra de Troya ha sido... complicada, Lisiado.
—Brindo por eso. —Rió Hefesto, y alzó de nuevo la gran copa.
Cuando estuvieron preparados para TCear al Salón del Curador, Aquiles se colocó de nuevo la armadura, afiló la espada en la rueda del dios del fuego y pulió su escudo, y luego el hijo de Peleo se acercó a la mesa para cargarse al hombro el cuerpo de Pentesilea.
—No, déjala —dijo Hefesto.
—¿De qué estás hablando? —gruñó Aquiles—. Ella es el motivo por el que vamos al Salón del Curador. No puedo dejarla aquí.
—No sabemos cuál de los dioses o guardias estará aquí esta noche —dijo el artificiero—. Puede que tengas que luchar contra una falange. ¿Quieres hacerlo con el cadáver de la amazona al hombro? ¿O planeabas usar su hermoso cuerpo como escudo? —Aquiles vaciló—. Aquí no hay nada que vaya a dañar su cuerpo —dijo Hefesto—. Antes tenía ratas y murciélagos y cucarachas, pero construí gatos y halcones y mantis religiosas mecánicas para librar la cueva de ellos.
—De todas formas...
—Si el Salón del Curador está vacío, tardaremos tres segundos en TCear de vuelta aquí y recoger su cadáver. Mientras tanto, haré que las muchachas doradas cuiden de ella —dijo el dios artificiero. Chasqueó sus gruesos dedos y seis de las ayudantes de metal ocuparon sus posiciones alrededor del cuerpo de la amazona—. ¿Estás dispuesto ya?
—Sí.
Aquiles agarró el antebrazo de Hefesto, cubierto de cicatrices, y los dos desaparecieron de la existencia.
El Salón del Curador estaba vacío. No había ningún inmortal haciendo guardia. Más sorprendente aún, incluso para Hefesto, era que los muchos cilindros de cristal estaban vacíos. No se estaba curando ni resucitando a ningún dios allí dentro esa noche. En el enorme espacio, iluminado sólo por unos cuantos braseros y la luz violeta de los tanques borboteantes, nada se movía aparte del renqueante Hefesto y el ágil Aquiles, que avanzaba con el escudo en alto.
Entonces el Curador emergió de las sombras de las burbujeantes tinas.
Aquiles alzó el escudo aún más.
Atenea le había dicho junto al cadáver de Pentesilea: «Mata al Curador: un ciempiés grande y monstruoso con demasiados brazos y ojos. Destruye todo lo que hay en el Salón del Curador», pero Aquiles había supuesto que Atenea estaba insultando al Curador, no haciendo una descripción literal.
La criatura tenía el cuerpo segmentado de un ciempiés, pero se alzaba diez metros, haciendo oscilar el cuerpo, los anillos de ojos negros del segmento superior clavados en Aquiles y Hefesto. El Curador tenía palpos y brazos segmentados (demasiados) y manos articuladas con dedos arácnidos en los extremos de media docena de brazos. Un segmento, cerca de la parte superior del cuerpo, tenía un chaleco de muchos bolsillos, lleno de herramientas, y había tiras y bandas y cinturones negros sujetando otras herramientas en otros segmentos del oscilante torso.
—Curador —llamó Hefesto—, ¿dónde está todo el mundo?
El enorme ciempiés se bamboleó, agitó los brazos y eructó con un traqueteo de ruido surgido de bocas invisibles.
—¿Has entendido eso? —le preguntó Hefesto a Aquiles.
—¿Entender qué? Parecía un niño que mete una vaina vacía en los radios de un carro en marcha.
—Habla buen griego —dijo Hefesto—. Tienes que frenarlo en tu mente, escuchar con más atención.
El dios enano se volvió hacia el Curador.
—Mi amigo mortal no te ha entendido. ¿Podrías repetirlo, oh, Curador?
—LasÓrdenesDeNuestroSeñorZeusSonQueNingúnMortalSea ColocadoJamásEnUnoDeLosTanquesDeRegeneraciónSinSuOrdenExpresa. NuestroSeñorZeusNoSeEncuentraPorNingunaParte.
»YComoSóloASuOrdenObedeceElCuradorEnElOlimpoNoPuedoPermitirPasarAUnMortalHastaQueZeusRegreseASuTronoEn ElOlimpo.
—¿Has entendido eso?
—¿Algo referido a que esta cosa sólo obedece a Zeus y no permitirá que meta a Pentesilea en una de las tinas sin la orden expresa de Zeus?
—Exactamente.
—Puedo matar a este bicho.
—Es posible —dijo Hefesto—. Aunque se rumorea que el Curador es aún más inmortal que nosotros los dioses recién llegados. Pero si lo matas, Pentesilea nunca volverá a la vida. Sólo el Curador sabe cómo hacer funcionar las máquinas y dar órdenes a los gusanos azules que son parte del proceso sanador.
—Tú eres el artificiero —dijo Aquiles, golpeando la espada contra el borde de su escudo dorado—. Debes saber cómo funcionan estas máquinas.
—Una mierda, sé —gruñó Hefesto—. No es tecnología simple como la que usábamos cuando éramos meros posthumanos. Nunca he podido entender las máquinas cuánticas del Curador... y si lo hiciera, nunca podría ordenar a los gusanos azules que trabajen. Creo que sólo responden a telepatía y sólo al Curador.
—Ese bicho ha dicho que sólo obedecía a Zeus en el Olimpo —dijo Aquiles, que estaba peligrosamente a punto de perder la paciencia y matar al dios del fuego, el ciempiés gigante y a todos los dioses que quedaran en el Olimpo—. ¿Quién más puede ordenarlo?
—Cronos —dijo Hefesto con una sonrisa enloquecedora—. Pero Cronos y los otros titanes han sido desterrados al Tártaro para siempre. Sólo Zeus en este universo puede decirle al Curador lo que tiene que hacer.
—Entonces, ¿dónde está Zeus?
—Nadie lo sabe —gruñó Hefesto—, pero en su ausencia los dioses guerrean entre sí por tomar el control. La lucha está centrada ahora en la Tierra de Ilión, donde los dioses aún apoyan a sus troyanos o sus griegos, y el Olimpo es un lugar vacío y pacífico... por eso me aventuré a venir a las faldas de este puñetero volcán para inspeccionar los daños de mi escalera mecánica.
—¿Por qué iba a darme Atenea este cuchillo capaz de matar a los dioses y ordenarme que matara al Curador después de que esa criatura devolviera la vida a Pentesilea? —preguntó Aquiles.
Los ojos de Hefesto se abrieron de par en par.
—¿Te dijo que mataras al Curador? —La voz del barbudo dios enano era baja y sorprendida—. No tengo ni idea de por qué pudo ordenar algo semejante. Tiene algún plan y debe ser una locura. Con el Curador muerto, las tinas serían inútiles... Toda nuestra inmortalidad sería un chiste. Podríamos vivir mucho tiempo, pero sufriríamos, hijo de Peleo. Sufriríamos terriblemente sin el nanorrejuvenecimiento.
Aquiles avanzó hacia el Curador, sujetando con fuerza su famoso escudo hasta que sus ojos ardieron a través de las rendijas de su brillante casco de guerra. Echó atrás la espada.
—Haré que esta cosa active las tinas para Pentesilea.
Hefesto se apresuró a agarrar el brazo de Aquiles.
—No, mi mortal amigo. Créeme cuando te digo que el Curador no teme a la muerte y no se conmoverá. Sólo obedece a Zeus. Sin el puñetero Curador, los gusanos azules no actuarán. Sin los puñeteros gusanos azules, las tinas son inútiles. Sin las puñeteras tinas, tu reina amazona se quedará puñeteramente muerta toda la puñetera eternidad.
Aquiles se zafó airado de la mano del artificiero.
—Este... bicho... tiene que meter a Pentesilea en una de las tinas sanadoras.
Incluso mientras lo decía, Aquiles recordó de nuevo la orden de Atenea de que matara al Curador. «¿Qué pretende esa zorra diosa? ¿Cómo me está utilizando? ¿Con qué propósito? No está loca y desde luego no tiene motivos.»
—El Curador no te teme, hijo de Peleo. Puedes matarlo, pero eso sólo significará que nunca verás a tu reina con vida.
Aquiles se apartó del dios enano, pasó junto al enorme Curador y golpeó con su hermoso escudo el plástico transparente del enorme tanque de regeneración. El sonido resonó en la penumbra de la sala.
Se volvió hacia Hefesto.
—De acuerdo. Este bicho obedece a Zeus. ¿Dónde está Zeus?
El dios del fuego empezó a reír, pero calló al ver que los ojos de Aquiles ardían por las aberturas de su casco.
—¿Hablas en serio? ¿Tu plan es doblegar al dios del relámpago, al padre de todos los dioses a tu voluntad?
—¿Dónde está Zeus?
—Nadie lo sabe —murmuró Hefesto. El dios cojo se acercó a las altas puertas, arrastrando su pierna más corta. Los relámpagos restallaban en el exterior mientras la tormenta de polvo hacía que el campo de fuerza de la égida chispeara en un millar de puntos.
»Zeus ha estado ausente estas dos semanas y más —gritó el dios del fuego por encima del hombro. Se tiró de la barba enmarañada—. La mayoría de nosotros sospecha de algún puñetero plan de Hera. Tal vez arrojó a su esposo al pozo del Tártaro para que se reuniera con su padre desterrado Cronos y su madre Rea.
—¿Puedes encontrarlo? —Aquiles le dio la espalda al Curador y envainó la espada. Se cargó a la espalda el pesado escudo—. ¿Puedes llevarme con él?
Hefesto se quedó boquiabierto.
—¿Descenderías al Tártaro para intentar doblegar a tu voluntad al dios de dioses? Sólo hay una forma de vida en el panteón de los dioses originales además de Zeus que podría saber dónde está. Ese terrible poder es también el único otro inmortal, aquí en Marte, que podría enviarnos al Tártaro. ¿Irías al Tártaro si tuvieras que hacerlo?
—Pasaría entre los dientes de la muerte y regresaría para devolver la vida a mi amazona —dijo Aquiles en voz baja.
—Descubrirás que el Tártaro es mil veces peor que la muerte y las oscuras mansiones del Hades, hijo de Peleo.
—Llévame con ese inmortal del que hablas —ordenó Aquiles. A través de las rendijas de su casco, sus ojos eran muy brillantes.
Durante un largo minuto el barbudo artificiero permaneció allí de pie, encorvado, jadeando levemente, los ojos desenfocados, la mano todavía tirando ausente de su enmarañada barba.
—Sea —dijo por fin, arrastrando su pierna mala por el pulido mármol más rápidamente de lo que parecía posible, y agarró con sus dos manazas el antebrazo de Aquiles.
44
Harman no quería dormirse. Pese a lo agotado que estaba, había accedido solamente a comer y beber algo. Calentó un guiso excelente y comió en la mesa situada junto a la ventana mientras Próspero permanecía sentado en silencio en el sillón tapizado. El magus leía un libro enorme y gastado encuadernado en cuero.
Cuando Harman se volvió para hablar de nuevo con Próspero, para exigirle en términos más contundentes que lo devolviera a Ardis, el anciano se había ido, al igual que el libro. Harman se quedó sentado a la mesa unos cuantos minutos, sólo consciente a medias de la jungla que pasaba veloz a ochenta metros por debajo de la crujiente cabina en movimiento. Entonces (sólo para echar un vistazo al piso de arriba otra vez, se dijo), se puso en pie y subió por la escalera de caracol de hierro, se quedó contemplando la gran cama un minuto, y luego se desplomó de bruces en ella.
Cuando despertó era de noche. La luz de la luna y los anillos entraba por las ventanas del extraño dormitorio, pintando el terciopelo y el bronce de una luminosidad tan rica que los haces parecían franjas de pintura blanca. Harman abrió las puertas y salió a la terraza.
El aire era frío casi a trescientos metros por encima del suelo de la jungla y, la brisa, constante debido al movimiento de la cabina, pero siguieron asaltándolo la humedad, el calor y los olores orgánicos de toda la vida verde de abajo. El dosel de la jungla se extendía casi ininterrumpidamente, encalado por la luz de la luna creciente y los anillos, y de vez en cuando llegaban extraños sonidos, audibles incluso por encima del firme zumbido de la maquinaria y el crujido del largo cable. Harman tardó un minuto en orientarse por los anillos e y p.
Estaba seguro de que la cabina se dirigía al oeste cuando habían dejado la primera torre horas antes (había dormido diez horas al menos), pero ya no había duda de que seguía un rumbo nor-noreste. Podía ver la punta iluminada de una de las torres de la eiffelbahn asomando por encima del horizonte, al suroeste de su dirección de procedencia, y otra más cerca, a menos de treinta kilómetros al noreste. En alguna parte, mientras él dormía, la cabina en la que viajaba debía de haber cambiado de dirección en la encrucijada de alguna torre. Todo lo que Harman sabía de geografía lo había aprendido por su cuenta, en los libros que él mismo se había enseñado a leer, y estaba seguro de que hasta hacía pocos meses era el único humano antiguo en la Tierra que tenía alguna idea de lo que era la geografía, algún conocimiento de que la Tierra era un globo, pero nunca había prestado mucha atención al subcontinente en forma de flecha situado al sur de lo que solía ser Asia. De todas formas, no hacía falta tener los conocimientos de un cartógrafo para saber que si Próspero había dicho la verdad, si su destino era la costa de Europa donde comenzaba la Brecha Atlántica, a lo largo del Paralelo 40, entonces iba en dirección contraria.
No importaba. Harman no tenía ninguna intención de quedarse en ese extraño aparato los meses o semanas necesarios para recorrer toda aquella distancia. Ada lo necesitaba inmediatamente.
Recorrió el balcón, agarrándose de vez en cuando a la barandilla cuando la casa-cabina se mecía levemente. Fue en su tercera ronda cuando advirtió una escalera de peldaños de hierro que corría por el costado de la estructura, más allá de la barandilla. Harman se asomó, agarró un peldaño y pasó a la escalerilla. No había nada bajo él y el suelo de la cabina más que trescientos metros de aire y el dosel de la jungla.
La escalerilla conducía al techo de la cabina. Harman se aupó y dejó colgando las piernas un segundo antes de encontrar un asidero y subir al techo plano.
Se incorporó con cuidado, los brazos extendidos para equilibrarse cuando la cabina se sacudió al empezar a escalar hacia las luces parpadeantes de una torre de la eiffelbahn que estaba a unos quince kilómetros por delante. Tras la siguiente torre, una cordillera montañosa acababa de hacerse visible en el horizonte, sus picos nevados casi brillantes a la luz de la luna y los anillos.
Entusiasmado por la noche y la sensación de velocidad, Harman advirtió algo. Había un leve titilar a unos tres palmos del borde de la cabina, un leve difuminado de la luna, los anillos y el panorama. Se acercó al borde y extendió la mano cuanto le fue posible.
Había un campo de fuerza. No muy poderoso (sus dedos lo atravesaron como si fuera una membrana resistente pero permeable, lo que recordó a Harman la entrada a la fermería en la isla orbital de Próspero), pero sí lo bastante fuerte para que el viento rebotara del costado romo y poco aerodinámico de la casa-cabina. Más allá del campo de fuerza sus dedos notaron la verdadera fuerza del viento, suficiente para doblarle la mano hacia atrás. La cosa se movía más rápido de lo que creía.
Después de media hora de caminar por el techo, escuchando los cables zumbar, viendo acercarse la próxima torre eiffelbahn y elaborando estrategias para regresar con Ada, Harman bajó mano sobre mano por la escalerilla, saltó al balcón y volvió a entrar en la casa.
Próspero lo estaba esperando en el primer piso. El magus estaba sentado en la misma silla, sin apoyar las piernas en la otomana, el gran libro abierto sobre su regazo y el báculo cerca de su mano derecha.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Harman.
Próspero alzó la cabeza.
—Veo, joven señor, que eres tan desproporcionado en tus modales como nuestro mutuo amigo Calibán lo es en sus formas.
—¿Qué quieres de mí? —repitió Harman, cerrando los puños.
—Es hora de que vayas a la guerra, Harman de Ardis.
—¿Ir a la guerra?
—Sí. Hora de que los tuyos luchen. Los tuyos, tu clase, tu especie, tu ralea... tú mismo.
—¿De qué estás hablando? ¿Ir a la guerra contra quién?
—Contra qué sería una expresión más acertada —dijo Próspero.
—¿Estás hablando de los voynix? Ya hemos luchado contra ellos. Llevé a Odiseo-Nadie al Puente de Machu Picchu principalmente para conseguir más armas.
—No, los voynix, no —dijo Próspero—. Ni los calibani, aunque todas esas criaturas esclavas han sido entrenadas para matar a los de tu especie, los detalles de su plan han sido revelados por fin. Estoy hablando del Enemigo.
—¿Setebos?
—Oh, sí. —Próspero posó la anciana mano en la ancha página del libro, colocó una larga hoja como marcador, cerró el volumen cuidadosamente y se levantó, apoyándose en su báculo—. Setebos, el que tiene tantas manos como un pulpo, está aquí por fin, en tu mundo y el mío.
—Lo sé. Daeman lo vio en Cráter París. Setebos ha tejido una especie de telaraña de hielo azul sobre ese faxnódulo y una docena más, incluidos Chom y...
—¿Y sabes por qué el de las muchas manos ha venido ahora a la Tierra? —interrumpió Próspero.
—No.
—Para alimentarse —dijo Próspero en voz baja—. Para alimentarse.
—¿De nosotros?
Harman notó que la cabina reducía la velocidad y se estremecía, y advirtió que la siguiente torre eiffelbahn los rodeaba durante un segundo: la estructura de dos pisos de la cabina encajaba en el rellano del nivel de trescientos metros igual que lo había hecho en la primera torre. Sintió la cabina estremecerse, oyó las marchas rechinar y claquetear, y se separaron de la torre siguiendo un rumbo diferente, dirigiéndose ahora más al este que al norte.
—¿Setebos ha venido a alimentarse de nosotros? —preguntó de nuevo.
Próspero sonrió.
—No exactamente. No directamente.
—¿Qué demonios significa eso?
—Significa, joven humano Harman, que Setebos es un espectro. Nuestro amigo de las muchas manos se alimenta de los residuos del miedo y el dolor, de la oscura energía del terror repentino y el nutritivo residuo de la muerte igualmente repentina. Esta memoria del dolor se encuentra en el suelo de tu mundo, de cualquier mundo con criaturas sentientes y guerreras, igual que el carbón o el petróleo, toda la salvaje energía de una era perdida mana del subsuelo.
—No entiendo.
—Quiere decir que Setebos, el Devorador de Mundos, ese gourmet de la historia oscura, ha asegurado algunos de vuestros faxnódulos en estasis azul, sí... para poner sus huevos, para enviar su semilla por todo tu mundo, para sorber el calor de esos lugares como un súcubo sorbe el aliento de un alma dormida... pero es vuestra memoria y vuestra historia lo que lo engordará como a un insecto de muchas manos.
—Sigo sin comprenderlo.
—Su nido está ahora en Cráter París, Chom y esos otros lugares provincianos donde los humanos celebráis fiestas y dormís y malgastáis vuestras inútiles vidas —dijo Próspero—, pero se alimentará en Waterloo, HoTepSa, Stalingrado, Zona Cero, Kursk, Hiroshima, Saigón, Ruanda, Ciudad del Cabo, Montreal, Gettysburg, Riyad, Camboya, Khanstaq, Chancellorsville, Okinawa, Tarawa, My Lai, Bergen Belsen, Auschwitz, el Somme... ¿Significan algo para ti alguno de estos nombres, Harman?
—No.
Próspero suspiró.
—Ése es nuestro problema. Hasta que parte de los humanos recuperen la memoria de vuestra raza, no podréis combatir a Setebos, no podréis comprender a Setebos. No podréis comprenderos a vosotros mismos.
—¿Por qué es ése tu problema, Próspero?
El anciano volvió a suspirar.
—Si Setebos se come el dolor humano y la memoria de este mundo, una fuente de energía que llamo umana, este mundo estará físicamente vivo pero espiritualmente muerto para cualquier ser sentiente... incluido yo.
—¿Espiritualmente muerto? —repitió Harman. Conocía la palabra de sus lecturas y siglecturas (espíritu, espiritual, espiritualidad), vagas ideas relacionadas con antiguos mitos de fantasmas y religión, pero no tenía sentido que procedieran de ese holograma de un avatar de la logosfera, la construcción inteligente de algún conjunto de antiguos programas de software y protocolos de comunicación.
—Espiritualmente muerto —repitió el magus—. Física, filosófica, orgánicamente muerto. A nivel cuántico, un mundo viviente registra la mayoría de las energías sentientes que experimentan sus habitantes, Harman de Ardis: el amor, el odio, el miedo, la esperanza. Como partículas de magnetita que apuntan a un polo norte o sur. Los polos pueden cambiar, oscilar, desaparecer, pero los registros permanecen. El campo de energía resultante es tan real, aunque más difícil de medir y localizar, como la magnetosfera que produce un planeta que tiene un núcleo caliente que gira, protegiendo a sus habitantes con su campo de fuerza de las durísimas realidades del espacio. Así protege la memoria del dolor y el sufrimiento el futuro de una raza sentiente. ¿Tiene esto sentido para ti?
—No.
Próspero se encogió de hombros.
—Entonces acepta mi palabra. Si quieres volver a ver a Ada con vida, tendrás que aprender... mucho. Quizá demasiado. Pero después de todo este aprendizaje, podrás al menos unirte a la lucha. Puede que no haya ninguna esperanza, normalmente no la hay cuando Setebos empieza a devorar la memoria de un mundo, pero al menos podemos luchar.
—¿Y a ti qué te importa? —preguntó Harman—. ¿Qué más te da si los humanos sobreviven o no? ¿O sus recuerdos?
Próspero sonrió débilmente.
—¿Por qué me tomas? ¿Crees que soy una mera función de antiguos e-mails, el icono de un anticuado Internet con báculo y túnica?
—No sé qué demonios eres —dijo Harman—. Un holograma.
Próspero se acercó un paso y abofeteó con fuerza a Harman en la cara.
Harman dio un paso atrás, boquiabierto. Se llevó la mano a la dolorida mejilla, cerró el puño.
Próspero sonrió e interpuso el báculo entre ambos.
—Si no quieres despertarte en el suelo dentro de diez minutos con el peor dolor de cabeza de tu vida, ni lo pienses.
—Quiero irme a casa con Ada —dijo Harman lentamente.
—¿Has intentado encontrarla con tus funciones? —preguntó el magus.
Harman parpadeó.
—Sí.
—¿Y funcionaron alguna de tus funciones, aquí, en la cabina, o en la jungla antes?
—No.
—Ni funcionarán hasta que hayas dominado el resto de las funciones que están a tus órdenes —dijo el anciano, regresando a su silla y sentándose con cuidado.
—El resto de las funciones... —empezó a decir Harman—. ¿A qué te refieres?
—¿Cuántas funciones has dominado?
—Cinco —contestó Harman. Una de ellas la conocía todo el mundo desde hacía siglos: la función buscadora que incluía un cronómetro, pero Savi les había enseñado otras tres. Luego él había descubierto la quinta.
—Menciónalas.
Harman suspiró.
—Función buscadora, cercanet, lejosnet, todonet, y sigleer... leer a través de la palma.
—¿Y has dominado la función todonet, Harman de Ardis?
—En realidad no.
Era demasiada información, demasiada anchura de banda como había dicho Savi.
—¿Y crees que los humanos antiguos... los auténticos humanos antiguos, vuestros antepasados sin diseñar y sin modificar, tenían esas cinco funciones, Harman de Ardis?
—Yo... no lo sé.
Nunca se lo había planteado.
—No las tenían —dijo Próspero llanamente—. Sois el resultado de cuatro mil años de alteraciones genéticas y divisiones nanotécnicas. ¿Cómo descubriste la función sigl, Harman de Ardis?
—Yo... Experimenté con imágenes mentales, triángulos, cuadrados, círculos, hasta que una funcionó.
—Eso es lo que les dijiste a Ada y los demás, pero es mentira. ¿Cómo aprendiste de verdad a sigleer?
—Soñé con el código de función sigl —admitió Harman. Había sido demasiado extraño (demasiado precioso) para contárselo a los otros.
—Ariel te ayudó con ese sueño —dijo Próspero, mostrando de nuevo su leve sonrisa—. Nos impacientamos. ¿Te gustaría saber cuántas funciones tiene cada uno de vosotros, cada uno de los «humanos antiguos», en sus células y su sangre y su materia cerebral?
—¿Más de cinco funciones? —preguntó Harman.
—Cien —dijo Próspero—. Cien justas.
—Enséñamelas —dijo Harman, dando un paso hacia el magus.
Próspero negó con la cabeza.
—No puedo. No podría. Pero tienes que aprenderlas de todas formas. En este viaje las aprenderás.
—Vamos en dirección equivocada —dijo Harman.
—¿Qué?
—Dijiste que la eiffelbahn me llevaría a la costa de Europa, donde comienza la Brecha Atlántica, pero ahora nos dirigimos al este, lejos de Europa.
—Giraremos de nuevo al norte dentro de dos torres —dijo Próspero—. ¿Estás impaciente por llegar?
—Sí.
—No lo estés —dijo el magus—. Todo el aprendizaje tendrá lugar durante el viaje, no después. Tuyo será el cambio marino de todos los cambios marinos. Y confía en mí, no querrás tomar la ruta más corta, por los antiguos pasos de Pakistán hasta la desolación llamada Afganistán, al sur a lo largo de la Cuenca Mediterránea y cruzando las Marismas del Sáhara.
—¿Por qué no? —preguntó Harman. Savi y Daeman y él habían volado al este sobre el Atlántico y luego sobre las Marismas del Sáhara hasta Jerusalén, y luego habían usado un reptador para recorrer la seca Cuenca Mediterránea. Era un sitio de la Tierra que conocía. Y quería ver si el rayo azul de taquiones aún surgía del Monte del Templo, en Jerusalén. Savi había dicho que tenía la información codificada de todos sus contemporáneos perdidos hacía mil cuatrocientos años.
—Los calibani andan sueltos —dijo Próspero.
—¿Han dejado la Cuenca?
—Están libres de sus antiguas ataduras, el centro no puede aguantar. La anarquía se ha adueñado del mundo. O al menos de esa parte.
—Entonces, ¿adónde vamos?
—Paciencia, Harman de Ardis. Paciencia. Mañana cruzaremos una cadena montañosa que creo que te parecerá interesante. Luego llegaremos a Asia... donde podrás contemplar las obras de los poderosos y los muertos, y después iremos de nuevo al oeste. La Brecha puede esperar.
—Demasiado tiempo —dijo Harman, caminando de un lado a otro—. Demasiado tiempo. Si las funciones no actúan aquí, no tengo modo de saber cómo está Ada. Tengo que ir. Tengo que ir a casa.
—¿Quieres saber cómo le va a tu Ada? —preguntó Próspero. No sonreía. El magus señaló un paño rojo que cubría el sofá—. Usa eso. Sólo esta vez.
Harman frunció el ceño, se acercó al paño, lo estudió.
—¿Un paño turín? —dijo. Era rojo: todos los turines eran pardos. Los microcircuitos bordados no eran iguales.
—Hay una miríada de paños turín receptores —dijo Próspero—. Igual que hay una miríada de transmisores sensoriales. Cada persona puede ser uno.
Harman negó con la cabeza.
—Me importa un rábano el drama turín... Troya, Agamenón, todas esas tonterías. No estoy de humor para diversiones.
—Este paño no te contará nada de Ilión. Te mostrará el destino de tu Ada. Inténtalo.
Temblando, Harman se sentó en el sofá, se ajustó el paño rojo sobre la cara, se llevó el bordado a la frente y cerró los ojos.