Título original: Olympos
Traducción: Rafael Marín Trechera
1.ª edición: febrero, 2016
© 2016 by Dan Simmons
© Ediciones B, S. A., 2016
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
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Publicado por acuerdo con el autor, c/o Baror International, Inc., Armonk, New York, U.S.A.
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-225-7
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Esta novela es para Harold Bloom,
quien (por su negativa a colaborar en esta
Era del Resentimiento) me ha causado gran placer.
¿Cómo pudo Homero saber estas cosas?
Cuando todo esto sucedió, él era un camello en Bactria!
LUCANO, El sueño
... la verdadera historia de la tierra debe ser en último término la historia de una guerra interminable. Ni sus amigos, ni sus dioses, ni sus pasiones dejarán al hombre en paz.
JOSEPH CONRAD, Notas sobre la vida y cartas
Oh, no escribas más la historia de Troya si tierra debe ser el pergamino de la Muerte.
Ni mezcles con cólera laya la alegría que amanece sobre los libres:
aunque una sutil esfinge renueve acertijos de muerte que Tebas nunca supo.
Otra Atenas surgirá y a tiempos más remotos
lega, como el ocaso a los cielos, el esplendor de su cenit;
y deja, si nada tan brillante puede vivir, todo lo que la tierra puede tomar o puede dar el Cielo.
PERCY BYSSHE SHELLEY, Hellas
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Cita
Presentación
Primera parte
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Segunda parte
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El autor
Presentación
Los lectores estadounidenses de Hyperion (1989 - NOVA 41) tuvieron que esperar un año para poder leer La caída de Hyperion (1990 - NOVA 42), su imprescindible continuación. Más pacientes han tenido que ser ahora con este brillante díptico Ilión/Olympo, que se ha demorado dos años, entre 2003 y 2005, en aparecer completo en el mercado estadounidense. Y, si bien en 1990 fue posible publicar en España los dos primeros libros de Hyperion casi uno a continuación del otro, en esta ocasión el lector español ha tenido que sufrir también esos mismos dos años de espera para poder conocer al completo la compleja y espectacular visión de Dan Simmons sobre la recreación de la Ilíada de Homero en clave de ciencia ficción. Aunque, evidentemente, hay mucho más que eso en esta maravilla formada por los cuatro volúmenes que, en nuestra edición (y en casi todas las europeas), va a tener la nueva y también inolvidable obra de Dan Simmons.
Los hoy llamados Cantos de Hyperion, formados por Hyperion (1989 - NOVA 41) y La caída de Hyperion (1990 - NOVA 42), son ya un hito en la ciencia ficción moderna. Unos años más tarde les siguieron Endymion (1996 - NOVA 98) y El ascenso de Endymion (1997, NOVA 120). Pero iba pasando el tiempo y Dan Simmons parecía haber olvidado esa temática de la ciencia ficción que tan brillante y satisfactoriamente supo abordar.
Profesional sobresaliente y polimorfo como pocos, Simmons se ha dedicado también, y siempre con gran éxito, a la novela de terror con la que obtuvo sus primeros éxitos, como La canción de Kali (1985) o Los vampiros de la mente (1989) y, más recientemente, incluso a la novela de suspense y espionaje con The Crook Factory (1999) y El bisturí de Darwin (2000).
Sólo The Hollow Man (1992 - prevista en NOVA para el año 2007), con disquisiciones casi metafísicas en torno a la telepatía y la soledad, podía, en cierta forma, emparentarse con la ciencia ficción. Y debo decir que, dado el peso relativo del mercado editorial en uno y otro géneros, casi me temía que Simmons decidiera no volver a la ciencia ficción.
Afortunadamente me equivocaba.
Si pasaron seis años desde Hyperion a Endymion, otros seis han transcurrido desde el final de esa saga hasta el inicio de otra llamada incluso a superarla.
Hyperion venía a ser la reconstrucción de los Cuentos de Canterbury, de Chaucer, en clave de ciencia ficción; la nueva saga, formada por Ilión (2003- NOVA 167 y 176) y Olympo (2005- NOVA 194 y 195) podría considerarse, en una primera aproximación, la reconstrucción de la Ilíada de Homero en clave de ciencia ficción. Pero sólo en una primera aproximación: cualquier obra de Simmons incluye demasiados elementos para reducirla a una única caracterización...
Por eso, si junto a los Cuentos de Canterbury hallábamos en Hyperion un análisis de diversas culturas religiosas de la humanidad y la brillante intervención de un personaje como el poeta John Keats, en Ilión/Olympo hay también múltiples referencias a otras obras y personajes capitales de la mejor literatura de la humanidad: En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, La tempestad, de William Shakespeare, sin olvidar el papel de esos humanos de la Tierra del futuro convertidos en émulos de los «eloi» de Herbert G. Wells (La máquina del tiempo), eso sí, no enfrentados a ningún tipo de «morlock», pero sí bajo la atenta vigilancia y supervisión aquí de unos misteriosos voynix de origen desconocido.
A juzgar por estos comentarios, algún lector que no conozca la obra de Simmons podría pensar que en el caso de Ilión/Olympo nos hallamos ante una obra que, debido a su erudición, ha de resultar pesada e incómoda de leer. Nada más lejos de la realidad: los lectores que conocen a Simmons recuerdan (diré que con suma satisfacción) el carácter absorbente y dinámico de todas sus novelas, escritas con las mejores y atrayentes técnicas de los best-séllers más al uso, pero dotadas de una mucho mayor profundidad reflexiva y emotiva. Simmons es uno de los mejores escritores de hoy y a sus obras me remito.
La trama de Ilión/Olympo se estructura en torno a tres grandes ejes. Por una parte está esa épica aventura del asedio y conquista de Troya (Ilión), presenciada con el distanciamiento que proporcionan los comentarios de un observador como el escolástico Thomas Hockenberry. Se trata de un personaje misteriosamente revivido y presente en este Marte cuyo monte Olimpo se ha convertido en la morada de los post-humanos, quienes, gracias a su tecnología, se comportan como los dioses de la saga homérica. Curiosamente, la publicación española de Ilión coincidió con la distribución de la nueva versión cinematográfica de la historia del asedio de Troya: la película de ese título dirigida por Wolfgang Petersen. En ella resultaba fácil constatar que la ausencia de los dioses en el film es un grave handicap (¿qué sería de la Ilíada y la Odisea sin las intervenciones divinas?) que, afortunadamente no lastra la novela de Simmons. La Ilíada no es sólo una historia heróica, es algo más que Homero y Simmons (éste por mediación del personaje Hockenberry) no dejan de recordarnos a cada momento: los seres humanos como marionetas en las manos de unos dioses que a veces tienen comportamientos y motivaciones sumamente humanos...
Si la reconstrucción de la aventura homérica en clave de ciencia ficción puede ser, tal vez, el eje central de la trama, lo cierto es que Simmons proporciona otros ejes temáticos que le permite conectar con otras obras también indiscutibles de la historia de la literatura. En nuestro mismo sistema solar, más allá de los asteroides, viven los «moravec» (en claro homenaje al famoso robotista actual Hans Moravec), entidades robóticas semiorgánicas, independientes de los humanos desde hace tiempo. Conocedores del gran incremento de la actividad cuántica que se manifiesta en Marte, los moravecs inician una expedición cuyo alcance sólo conocen algunos de sus miembros. Eso permite a Simmons introducir a dos moravecs obsesionados respectivamente con la obra de Shakespeare (los sonetos y La tempestad, primordialmente) y con En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.
Y todo ello sin olvidar a esos humanos de la Tierra del futuro, que parecen aceptar gozosos y tal vez inconscientes una vida insulsa y con escaso sentido al margen de todo lo que sea lúdico. Como ya se ha dicho, se trata de un nuevo homenaje literario, en este caso a los «eloi» los ociosos personajes de La máquina del tiempo, de H. G. Wells. Dejo para los lectores interesados la búsqueda de la muchas otras referencias literarias y culturales que este excepcional díptico Ilión/Olympo encierra. Es uno de los bonus añadidos del mismo.
Literatura dentro de la literatura, lo cierto es que, como ocurriera en Hyperion, Simmons demuestra su incuestionable maestría como narrador y su profundo conocimiento de las mejores obras de los mejores escritores que le han precedido. En realidad, con un sentido casi teatral, Simmons propone un relato a tres voces que va alternando con mesura y juicio, componiendo un fresco impresionante que intriga al lector.
Un último comentario final. Personalmente me encuentro estos últimos años añorando ese interesante período de la narrativa cuando los autores se conformaban con escribir una buena novela en doscientas cincuenta o trescientas páginas. No es la moda actual. Y menos en la ciencia ficción.
Ahora cualquier libro se acerca peligrosamente al millar de páginas, y algunos de los más recientes éxitos de NOVA lo demuestran, desde Tránsito, de Connie Willis, a Crisis psicohistórica, de Donald Kinsgbury, pasando por Un abismo en el cielo, de Vernor Vinge, sin olvidar el exagerado (en todos los sentidos) Criptonomicón, de Neal Stephenson, y sus dilatadas continuaciones que forman El ciclo barroco.
Eso crea graves problemas en las ediciones en algunas lenguas que tienden a una mayor extensión que el inglés original. Y el español es una de ellas. Aunque inicialmente planeábamos publicar Ilión en un solo libro, al ver la extensión de la traducción acabamos publicando la obra en dos volúmenes, al igual que se había hecho en Italia y otros lugares de Europa. Esa dilatada extensión y las bajas tiradas de la ciencia ficción en algunos países europeos como España explican esa mala costumbre en la que hemos incurrido la mayoría de editores europeos de ciencia ficción, al menos en los últimos años. Admito que no me gusta tener que hacerlo, pero la realidad y sus presiones acaban imponiéndose. Y en ello hemos recaído ahora con la publicación de Olympo.
En cualquier caso, de momento, aquí tienen ustedes, por fin, la primera parte de Olympo. La hemos subtitulado La Guerra, ya que la denominación italiana («La guerra de los inmortales», presentada, además, como el volumen 3 de Ilión...) no nos parecía adecuada. En pocos meses más dispondrán ustedes de la segunda parte que concluye el ciclo y que vamos a conocer en España como Olympo 2: La Caída.
Y, hablando de Olympo, déjenme contarles algunas curiosidades más.
Aunque en inglés el monte Olimpo recibe el nombre de Olympus, lo cierto es que Simmons ha elegido como título de la novela una variación sobre esa grafía y, en el original inglés, la novela se llama Olympos, con «o» y no con «u». Para intentar mantener esta diferencia, hemos optado por usar Olympo como título de nuestra edición, tal como parece querer Simmons: similar pero no igual a Olimpo.
En el texto de su novela (las dos partes) Simmons usa 180 veces la grafía Olympus y sólo 22 veces la grafía Olympos, y debo reconocer que he sido incapaz de comprender si hay alguna razón para el uso de una u otra. Me inclino por pensar que no la hay... Por ello, llevados por el mayor de los pragmatismos, hemos dejado la grafía tradicional Olimpo en todas las referencias al monte Olimpo que salen en la novela.
Y nada más por ahora. Les dejo con la amena y a la vez compleja narración que Simmons ha elaborado para su vuelta, por la puerta grande, a la mejor ciencia ficción de todos los tiempos. Tal como dice el New York Times Book Review: «Ciencia ficción en gran escala... Ilión/Olympo aborda un alegre acercamiento al apocalipsis.»
Una gozada. De verdad. Que ustedes la disfruten.
Miquel Barceló
Primera parte
1
Justo antes del amanecer, Helena de Troya despierta con el sonido de las alarmas antiaéreas. Palpa los cojines de su cama pero su actual amante, Hockenberry, se ha marchado: ha vuelto a perderse en la oscuridad antes de que las criadas despierten, como hace siempre después de sus noches de amor, como si se tratara de un acto vergonzoso. Sin duda ahora se encamina furtivamente hacia su casa por los callejones y callejas menos iluminados por las antorchas. Helena piensa que Hockenberry es un hombre extraño y triste. Entonces recuerda: «Mi marido ha muerto.»
Paris muerto en combate singular con el implacable Apolo, es realidad un hecho acaecido hace ya nueve días: los grandes funerales en los que participarán tanto troyanos como aqueos comenzarán dentro de tres horas si el dios auriga que ahora se alza sobre la ciudad no destruye Ilión por completo en los próximos minutos... pero Helena no puede creer que Paris haya muerto. ¿Paris, hijo de Príamo, derrotado en el campo de batalla? ¿Paris muerto? ¿Paris arrojado a las oscuras cavernas del Hades sin belleza de cuerpo ni elegancia de acción? Impensable. Se trata de «Paris», el hermoso muchacho que se la robó a Menelao, burlando a los guardias y cruzando los verdes prados de Lacedemonia. Se trata de Paris, su amante más atento incluso después de una larga década de guerra, a quien secretamente se refería como su «brioso semental cebado en la cuadra».
Helena se levanta de la cama y sale al balcón abriendo las cortinas de seda a la luz previa al amanecer de Ilión. A mediados de invierno nota el mármol frío bajo sus pies descalzos. El cielo está aún lo bastante oscuro para que resulten visibles cuarenta o cincuenta reflectores enfocados hacia las alturas rastreando dioses o diosas y carros voladores. Apagadas explosiones de plasma ondean sobre la semicúpula del campo de energía de los moravecs que protege la ciudad. De repente, múltiples rayos de luz coherente (sólido lapislázuli, verde esmeralda, rojo sangre) brotan del perímetro defensivo de Ilión. Mientras Helena observa, una enorme explosión sacude el cuadrante norte de la ciudad; su onda expansiva sacude las torres de Ilión y los rizos de su largo y oscuro cabello. Los dioses han empezado a utilizar bombas físicas para vencer el campo de fuerza durante las últimas semanas, y las bombas unicelulares proyectan cambios de fase cuánticos en el escudo de los moravecs. O eso han tratado de explicarle Hockenberry y la divertida criatura de metal, Mahnmut.
A Helena de Troya le importan un comino las máquinas.
«Paris ha muerto.» La idea le resulta insoportable. Helena estaba preparada para morir con Paris el día en que los aqueos, dirigidos por Menelao, su ex marido, y por su hermano Agamenón, derribaran las murallas, como debían hacer según su amiga la profetisa Casandra, y dieran muerte a cada hombre y niño de la ciudad, violaran a las mujeres y se las llevaran como esclavas a las islas griegas. Helena estaba preparada para ese día, preparada para morir por su propia mano o por la espada de Menelao, pero nunca creyó realmente que su amado, engreído, divino Paris, su brioso semental, su hermoso marido guerrero, pudiera morir antes que ella. Durante más de nueve años de asedio y gloriosa batalla, Helena confiaba en que los dioses mantuvieran a su amado Paris vivo e intacto en su cama. Y lo habían hecho. Pero ahora lo habían matado.
Recuerda la última vez que vio a su marido troyano, diez días antes, saliendo de la ciudad para enfrentarse en combate singular con el dios Apolo. Paris nunca había parecido más confiado con su elegante armadura de bronce resplandeciente, la cabeza bien alta, su largo cabello sobre los hombros como la crin de un garañón, sus dientes blancos brillando mientras Helena y miles de personas observaban y aplaudían desde la muralla, sobre las puertas Esceas. Sus rápidos pies lo habían llevado siempre «seguro y arropado en su gloria», como le gustaba cantar al bardo favorito del rey Príamo. Pero aquel día lo llevaron a su propia muerte a manos del furioso Apolo.
Y ahora está muerto y, si los informes entre susurros que Helena ha oído son ciertos, su cuerpo está calcinado y destrozado, los huesos rotos, el rostro dorado y perfecto convertido en un cráneo obscenamente sonriente, los ojos azules derretidos y reducidos a sebo, jirones de carne chamuscada cuelgan de sus pómulos calcinados como... como esos primeros trozos de carne ceremonial apartados del fuego del sacrificio porque han sido considerados indignos. Helena se estremece con el frío viento que trae el amanecer y contempla el humo que se alza sobre los tejados de Troya.
Tres cohetes antiaéreos del campamento aqueo situado al sur saltan al cielo en busca del dios auriga en retirada. Helena capta un atisbo de ese carro, un breve destello, tan brillante como la estrella de la mañana, perseguido por la cola de los cohetes griegos. Sin advertencia, la brillante mota cuántica se esfuma, dejando vacío el cielo matutino. «Volved al asediado Olimpo, cobardes», piensa Helena de Troya.
Las sirenas que anuncian que todo está despejado empiezan a ulular. La calle que pasa bajo los apartamentos de Helena en la mansión de Paris, tan cercana al derruido palacio de Príamo, se llena de pronto de hombres a la carrera, brigadas de bomberos que corren hacia el noroeste, donde se alza el humo en el aire invernal. Las máquinas voladoras moravec zumban sobre los tejados, como brillantes moscardones negros con sus sistemas de aterrizaje y sus proyectores giratorios. Algunos, ella lo sabe por experiencia y por los balbuceos nocturnos de Hockenberry, volarán con lo que él llama la cobertura aérea, demasiado tarde para ayudar, mientras que otros intervendrán para apagar el fuego. Luego troyanos y moravecs sacarán los cuerpos destrozados de los escombros durante horas. Como Helena conoce a casi todo el mundo en la ciudad, se pregunta aturdida quién estará en las filas de aquellos que han sido enviados al oscuro Hades tan temprano por la mañana.
«La mañana del funeral de Paris. Mi amante. Mi tonto y traicionado amante.»
Helena oye a las criadas que empiezan a agitarse. La más anciana de todas (la vieja, Aitra, antigua reina de Atenas y madre del real Teseo hasta que fue secuestrada por los hermanos de Helena en venganza por el secuestro de su hermana) está de pie en la puerta del dormitorio.
—¿Ordeno a las muchachas que te preparen el baño, mi señora? —pregunta Aitra.
Helena asiente. Contempla el cielo un instante más: ve el humo al noroeste espesarse y luego reducirse mientras las brigadas de bomberos y los motores de los moravecs lo controlan; observa otro instante los moscardones de batalla moravec que siguen abalanzándose hacia el este en inútil persecución del carro que ya se ha teletransportado cuánticamente, y luego se vuelve para entrar, los pies descalzos susurrando sobre el frío mármol. Tiene que prepararse para los ritos funerarios de Paris y para ver a su cornudo esposo, Menelao, por primera vez desde hace diez años. Ésta será también la primera vez que Héctor, Aquiles, Menelao, Helena y muchos otros aqueos y troyanos estén presentes en un acto público. Podría pasar cualquier cosa.
«Sólo los dioses saben qué será de este aciago día», piensa Helena. Y tiene que sonreír a pesar de su tristeza. Las oraciones a los dioses no obtienen respuesta. Los dioses, vengativos, ya no comparten nada con los mortales... o al menos nada excepto la muerte y la perdición y la terrible destrucción que sus manos divinas descargan sobre la tierra.
Helena de Troya se dispone a bañarse y a vestirse para el funeral.
2
El pelirrojo Menelao, engalanado con su mejor armadura, erguido, inmóvil, regio y orgulloso, guardaba silencio entre Odiseo y Diomedes. Encabezaba la delegación aquea de héroes congregados dentro de las murallas de Ilión para los ritos funerarios, para honrar a su ladrón enemigo, el hijo de Príamo, aquel cerdo miserable, Paris. Menelao no paraba de preguntarse cómo y cuándo matar a Helena.
Tenía que ser fácil. Estaba al otro lado de la ancha calle, en la muralla, a menos de quince metros, frente a la delegación aquea, en el corazón del enorme patio interior de Troya, en el balcón real, con el viejo Príamo. Con suerte, Menelao podría correr más rápido que nadie sin que fueran capaces de interceptarlo. E incluso sin suerte, si los troyanos tenían tiempo de interponerse entre su esposa y él, los abatiría como hierbajos.
Menelao no era un hombre alto, no era un noble gigante como su hermano ausente, Agamenón, ni un gigante innoble como el remilgado Aquiles, de modo que sabía que no podría saltar hasta el balcón; tendría que subir por las escaleras entre la multitud de troyanos allí congregados, abatiendo y empujando y matando a su paso. No le importaba.
Helena no iba a escapar. El balcón de la muralla del templo de Zeus sólo tenía una escalera que condujera a ese patio. Ella podía entrar en el templo, pero él podía seguirla, acorralarla allí. Menelao sabía que la mataría antes de ceder al ataque de docenas de airados troyanos, incluido Héctor, que dirigía la procesión funeraria que aparecía en aquel momento. Luego aqueos y troyanos se enzarzarían de nuevo en una guerra entre sí, olvidando su loca lucha contra los dioses. Naturalmente, Menelao perdería sin ninguna duda la vida si la guerra de Troya recomenzaba en aquel mismo lugar, aquel mismo día, como la perderían Odiseo, Diomedes y tal vez incluso el invulnerable Aquiles, ya que sólo había treinta aqueos en el funeral del cerdo de Paris, y miles de troyanos en el patio y las murallas y agrupados entre los aqueos y las puertas Esceas que tenían detrás.
«Merece la pena.»
Este pensamiento cruzó la mente de Menelao como la punta de una lanza. «Merece la pena, cualquier precio merece la pena por matar a esa perra infiel.» A pesar del clima (era un día de invierno, fresco y gris), el sudor le corría por debajo del casco, chorreaba por su corta barba roja y le goteaba sobre el peto de bronce. Había oído ese goteo, ese sonido de las salpicaduras contra el metal muchas veces, por supuesto, pero siempre era de sangre de sus enemigos manchando su armadura. La mano derecha de Menelao agarraba la empuñadura de su espada repujada de plata con ferocidad.
«¿Ahora?»
«Ahora no.»
«¿Por qué no ahora? Si no ahora, ¿cuándo?»
«Ahora no.»
Las dos voces que discutían dentro de su dolorido cráneo (ambas suyas, puesto que los dioses ya no le hablaban) estaban volviendo loco a Menelao.
«Espera a que Héctor encienda la pira funeraria y actúa entonces.»
Menelao parpadeó para apartarse el sudor de los ojos. No sabía qué voz era ésta, si la que lo urgía a la acción o la que cobardemente lo instaba a la contención, pero estuvo de acuerdo con la sugerencia. La procesión funeraria acababa de entrar en la ciudad por las enormes puertas Esceas. Traían el cadáver calcinado de Paris (oculto ahora bajo una mortaja de seda) al patio central de Troya, donde esperaban filas y filas de dignatarios y héroes, mientras las mujeres, Helena incluida, lo observaban todo desde el balcón superior. En cuestión de minutos, el hermano mayor del muerto, Héctor, prendería fuego a la pira y toda la atención se desviaría hacia las llamas que devorarían el cuerpo ya quemado. «Un momento perfecto para actuar: nadie reparará en mí hasta que mi hoja esté a un palmo del traicionero pecho de Helena.»
Tradicionalmente, los funerales por miembros de la familia real, como Paris, hijo de Príamo, uno de los príncipes de Troya, duraban nueve días. Muchos de esos días se dedicaban a los juegos funerarios: carreras de carros, competiciones atléticas y competiciones de tiro de lanza. Pero Menelao sabía que los nueve días de rigor desde que Apolo había convertido a Paris en un tizón se habían invertido en el largo viaje de carros y leñadores hacia los bosques que todavía quedaban en el monte Ida, a muchos kilómetros al sureste. Los pequeños seres-máquina llamados moravecs habían sido requeridos para acompañar con sus moscardones y artilugios mágicos a los leñadores y proporcionarles campos de fuerza como defensa contra un eventual ataque de los dioses. Y los dioses habían atacado, naturalmente. Pero los leñadores habían hecho su trabajo.
Al décimo día la madera estaba ya en Troya, lista para la pira, aunque Menelao y muchos de sus amigos, incluso Diomedes, que estaba de pie junto a él formando parte del contingente aqueo, pensaban que quemar el putrefacto cadáver de Paris en una pira funeraria era un absoluto desperdicio de buena leña, ya que tanto la ciudad de Troya como los muchos campamentos aqueos situados a lo largo de la orilla llevaban muchos meses sin troncos para encender las hogueras, tan agotados estaban los matorrales y antiguos bosques que rodeaban a la propia Ilión después de diez años de guerra. El campo de batalla estaba lleno de tocones. Incluso las ramitas habían sido saqueadas hacía mucho. Los esclavos aqueos cocinaban para sus amos con hogueras de estiércol, cosa que no mejoraba ni el sabor de la carne ni el agrio estado de ánimo de los guerreros aqueos.
Abriendo el cortejo funerario hacia Ilión iba una procesión de carros troyanos en fila de a uno. Los cascos de los caballos, forrados de fieltro negro, apenas hacían ruido sobre las anchas losas de la vía y la plaza de la ciudad. Montando aquellos carros, en silencio junto a sus aurigas, iban algunos de los más grandes héroes de Ilión, guerreros que habían sobrevivido a más de nueve años de la guerra original y a ocho meses de la guerra aún más terrible contra los dioses. El primero, Polidoro, también hijo de Príamo, iba seguido por el otro hermanastro de Paris, Méstor. El siguiente carro traía a Ifeo, el aliado troyano, y luego venía Laodoco, hijo de Antenor. Detrás, en su propio carro con incrustaciones de piedras preciosas iba el viejo Antenor en persona, entre los guerreros, como siempre, en vez de estar en la muralla, con los ancianos; lo seguían el capitán Polifetes y el famoso auriga de Sarpedón, Trasmelo, en lugar del propio Sarpedón, comandante de los licios, muerto a manos de Patroclo meses antes, cuando los troyanos todavía combatían a los griegos en vez de a los dioses. Luego venía el noble Pilartes; naturalmente, no el troyano a quien mató Áyax el Grande justo antes de que empezara la guerra contra los dioses, sino el otro Pilartes, el que tan a menudo combatía junto con Elaso y Mulio. En la procesión iban también el hijo de Megas, Perimo, además de Epistor y Melanipo.
Menelao reconoció a todos esos hombres, esos héroes, esos enemigos. Había visto sus rostros contorsionados y ensangrentados bajo los cascos de bronce un millar de veces al otro lado del letal espacio formado por las lanzas y las espadas que lo separaba de sus dos objetivos: Ilión y Helena.
«Está a quince metros de distancia. Y nadie espera mi ataque.»
A la cola de los silenciosos carruajes, algunos jóvenes conducían los animales para sacrificar: diez de los segundos mejores caballos de Paris y sus perros de caza, docenas de gruesas ovejas (un sacrificio considerable, ya que la lana y la carne escaseaban bajo el asedio de los dioses) y algunos toros viejos y tambaleantes de cuernos torcidos. El ganado no iba a ser sacrificado a los dioses (¿a quién había que sacrificarlos ahora que los dioses eran enemigos?), sino para que la pira funeraria ardiera más y mejor con su grasa.
Tras los animales para el sacrificio desfilaba la infantería de Troya, millares de hombres con pulidas armaduras en aquel oscuro día de invierno, fila tras fila de ellos desde las puertas Esceas hasta las llanuras de Ilión. En medio de esta masa de hombres avanzaba el catafalco de Paris, transportado por doce de sus camaradas más íntimos, hombres que hubiesen dado su vida por el segundo hijo de Príamo y que lloraban mientras llevaban el enorme palanquín.
El cadáver de Paris estaba cubierto por una mortaja azul, que a su vez ya cubrían miles de mechones de pelo, símbolo de duelo por parte de los hombres de Paris y sus parientes, ya que Héctor y sus familiares más cercanos se cortarían el pelo cuando encendieran la pira. Los troyanos no les habían pedido a los aqueos que contribuyeran con mechones al duelo, y si lo hubieran hecho (y si Aquiles, el principal aliado de Héctor en esos días de locura hubiera transmitido la petición, o peor aún, hubiera dado a sus mirmidones la orden de acatarla) Menelao habría liderado en persona la revuelta.
Menelao deseaba que su hermano Agamenón estuviera presente. Agamenón siempre parecía acertar el curso de acción. Agamenón era su auténtico líder argivo, no aquel usurpador, Aquiles; mucho menos ese bastardo troyano, Héctor, que presumía de dar órdenes a argivos, aqueos, mirmidones y troyanos por igual. No, Agamenón era el verdadero jefe de los griegos, y si hubiese estado allí, hubiera impedido a Menelao que atacara a Helena o se hubiese unido a él en la muerte llevando a cabo el intrépido ataque. Pero Agamenón y quinientos de sus leales habían dirigido sus negras naves de vuelta a Esparta y las islas griegas hacía siete semanas, y se esperaba que estuviesen fuera otro mes por lo menos, en teoría para buscar nuevos reclutas para la guerra contra los dioses, pero, en realidad, para reclutar en secreto nuevos aliados para una revuelta contra Aquiles.
Aquiles. Allí estaba aquel monstruo traidor, caminando apenas un paso por detrás del lloroso Héctor, que caminaba tras el catafalco sosteniendo en sus dos enormes manos la cabeza del hermano muerto.
Al ver a Héctor y el cadáver de Paris, un gran gemido escapó de las gargantas de los miles de troyanos congregados en las murallas y la plaza. Las mujeres que estaban en las terrazas y la muralla (las plebeyas, no las de la familia real de Príamo ni Helena) dieron comienzo a un agudo aullido. A su pesar, Menelao sintió que se le ponía la carne de gallina. Los gritos funerarios de las mujeres siempre lo afectaban de esta forma.
«Mi brazo roto y torcido», pensó Menelao, avivando su ira como se aviva una hoguera que se apaga.
Aquiles, el hombre-dios que pasaba de largo mientras el catafalco de Paris desfilaba solemnemente ante el contingente honorario de capitanes, le había roto el brazo a Menelao ocho meses antes, el día en que el asesino de los pies ligeros había contado a todos los aqueos que Palas Atenea había matado a su amigo Patroclo y se había llevado el cadáver al Olimpo para burlarse. Aquiles anunció entonces que griegos y troyanos ya no guerrearían entre sí, sino que asediarían el monte Olimpo.
Agamenón se había opuesto a aquello, se había opuesto a todo: a la arrogancia de Aquiles y a que le usurpara el poder como rey de reyes de todos los griegos reunidos en Troya; a la blasfemia de atacar a los dioses, no importaba de quién fuera el amigo asesinado por Atenea (eso en el caso de que Aquiles dijera la verdad), y a que miles y miles de combatientes aqueos quedaran bajo el mando de Aquiles.
La respuesta de Aquiles aquel aciago día había sido breve y sencilla: combatiría a cualquier hombre, cualquier griego, que se opusiera a su liderazgo y su declaración de guerra. Lucharía en combate singular o con todos a la vez. Y que el último hombre que quedara en pie liderara a los aqueos de esa mañana en adelante.
Agamenón y Menelao, los orgullosos hijos de Atreo, habían atacado juntos a Aquiles, con lanza, espada y escudo, mientras centenares de capitanes aqueos y miles de soldados de infantería observaban en pasmado silencio.
Menelao era veterano de guerra pero no un héroe de Troya de primera fila. Su hermano mayor, sin embargo, estaba considerado (al menos mientras Aquiles estuvo recluido en su tienda durante semanas) el más feroz luchador de todos los aqueos. Sus lanzas alcanzaban casi siempre el objetivo, su espada se abría paso a través de los escudos reforzados de los enemigos como una aguja a través de la tela, y no tenía piedad alguna ni siquiera con los más nobles enemigos que suplicaban por sus vidas. Agamenón era tan alto y musculoso y divino como el rubio Aquiles, pero su cuerpo soportaba una década más de cicatrices de batalla y sus ojos ese día estaban ensombrecidos por una furia demoníaca. Aquiles por su parte se mantuvo frío, con una expresión casi distraída en el rostro aniñado.
Aquiles desarmó a ambos hermanos como si fueran chiquillos. La poderosa lanza de Agamenón se desvió de la carne de Aquiles como si el hijo de Peleo y la diosa Tetis estuviera rodeado por uno de los invisibles escudos de energía de los moravecs. El salvaje mandoble de Agamenón (capaz, pensó Menelao en su momento, de atravesar un bloque de piedra) se estrelló en el hermoso escudo de Aquiles.
Luego Aquiles los desarmó a ambos, arrojó al océano las lanzas de repuesto y la espada de Menelao, los derribó sobre la arena y los despojó de la armadura con la facilidad con que un águila arranca la ropa de un cadáver indefenso. El de los pies ligeros le rompió primero a Menelao el brazo izquierdo (el círculo de capitanes y soldados de infantería jadeó al oír el chasquido del hueso) y luego la nariz a Agamenón de un empujón, aparentemente sin esfuerzo, con la palma de la mano. Luego le pateó las costillas al rey de reyes y puso su sandalia sobre el pecho del quejoso Agamenón mientras Menelao yacía gimiendo junto a su hermano.
Sólo entonces desenvainó Aquiles la espada.
—Jurad rendiros y obedecerme este día y os trataré a ambos con el respeto debido a los hijos de Atreo y os honraré como capitanes y aliados en la guerra que se avecina —dijo Aquiles—. Vacilad un segundo y enviaré al Hades vuestras almas de perro antes de que vuestros amigos puedan parpadear, y arrojaré vuestros cadáveres a los buitres para que nunca encuentren sepultura.
Agamenón, jadeando y gimiendo, casi vomitando la bilis que lo llenaba, se rindió y prometió obediencia a Aquiles. Menelao, sufriendo la agonía de una pierna herida, las costillas rotas y el brazo partido, lo imitó un segundo más tarde.
En total, treinta y cinco capitanes aqueos decidieron oponerse a Aquiles ese día. Todos fueron derrotados en menos de una hora. Los más valientes fueron decapitados cuando se negaron a rendirse y sus cadáveres arrojados a las aves y los peces y los perros, tal como Aquiles había amenazado con hacer, pero los otros veintiocho juraron lealtad y se rindieron. Ninguno de los grandes héroes aqueos de la talla de Agamenón (ni Odiseo, ni Diomedes, ni Néstor, ni los dos Áyax, ni Teucro) desafió al de los pies ligeros ese día. Todos juraron en voz alta, después de escuchar más sobre el asesinato de Patroclo a manos de Atenea y los detalles sobre el asesinato de Astianacte, el hijo de Héctor, cometido por la misma diosa, declarar la guerra a los dioses esa misma mañana.
Menelao notaba el brazo dolorido, porque los huesos no se habían soldado adecuadamente, a pesar de las atenciones de su famoso médico, Asclepio, y todavía le molestaba en los días húmedos y frescos como aquél, pero contuvo las ganas de frotárselo mientras el catafalco funerario de Paris y Apolo desfilaban lentamente ante la delegación aquea.
Ahora colocan el catafalco amortajado y cubierto de mechones de pelo junto a la pira funeraria, justo bajo el balcón de la muralla del templo de Zeus. La infantería se detiene. Los gemidos de las mujeres y los aullidos de las murallas cesan. En medio del súbito silencio, Menelao oye la áspera respiración de los caballos y ve luego el vapor de un animal que orina sobre una piedra.
En la muralla, Heleno, el viejo oráculo que está junto a Príamo, el principal profeta y consejero de Ilión, recita un breve responso que se pierde en el viento que sopla desde el mar y llega como un frío y recriminatorio aliento de los dioses. Heleno tiende un cuchillo ceremonial a Príamo, quien, aunque calvo, ha conservado unos cuantos mechones de pelo gris sobre las orejas para tan solemnes ocasiones. Príamo usa la afilada daga para cortarse un mechón. Un esclavo (el esclavo personal de Paris durante muchos años) lo recoge en un cuenco de oro y se lo pasa a Helena, que recibe el cuchillo de manos de Príamo y mira la hoja largamente, como si estuviera decidiendo si usarla contra sí misma y hundírsela en el pecho. Menelao siente una súbita alarma: eso lo privaría de su venganza, ahora tan próxima. Pero Helena alza el cuchillo, sujeta una de sus largas trenzas, y corta el extremo. El rizo castaño cae en el cuenco dorado y el esclavo se acerca a la loca Casandra, una de las muchas hijas de Príamo.
A pesar del esfuerzo y el peligro de traer la madera del monte Ida, la pira merece la pena. Como no han podido llenar la plaza de la ciudad con una pira real tradicional de cien pies de lado y que quedara todavía espacio para la gente, la pira sólo tiene treinta pies de lado, pero es más alta que de costumbre y llega hasta el balcón de la muralla. Anchos escalones de madera, pequeñas plataformas en sí mismos, han sido construidos en ascenso hasta la cima de la pira. Fuertes vigas, traídas de las murallas del palacio del propio Paris, sostienen la enorme montaña de leña.
Los fuertes porteadores llevan el catafalco de Paris hasta la pequeña plataforma situada encima de la pira. Héctor espera al pie de las anchas escaleras.
Los animales son rápida y eficazmente sacrificados por expertos carniceros especialistas en rituales religiosos (y, después de todo, piensa Menelao, ¿cuál es la diferencia entre las dos cosas?). Cortan las gargantas de ovejas y toros, su sangre se vierte en cuencos ceremoniales, se desollan y se les saca la grasa en cuestión de minutos. El cadáver de Paris es envuelto en pliegues de grasa animal, como un pan blando relleno de carne quemada.
Luego los cadáveres despellejados son transportados escaleras arriba y colocados alrededor del cuerpo calcinado de Paris. Del templo de Zeus salen mujeres (vírgenes con túnicas ceremoniales y el rostro cubierto por un velo) que llevan ánforas de aceite y miel. Como no pueden acercarse a la pira, entregan las ánforas a los guardaespaldas de Paris, convertidos ahora en porteadores del féretro, quienes las llevan escalones arriba y las colocan alrededor del catafalco con mucho cuidado.
Los diez caballos favoritos de Paris avanzan; eligen los cuatro mejores y Héctor rebana la garganta de los animales con el largo cuchillo de su hermano, moviéndose de un animal al siguiente con tanta rapidez que ni siquiera esos inteligentes, animosos y soberbios animales entrenados para la guerra tienen tiempo de reaccionar.
Es Aquiles quien, con salvaje celo y fuerza inhumana, arroja los cuerpos de los cuatro enormes garañones a la pira, uno tras otro, cada uno más arriba en la pirámide de vigas y troncos.
El esclavo personal de Paris conduce a seis de los perros favoritos de su amo a un claro, junto a la pira. Héctor pasa de un perro al siguiente, acariciándolos y rascándolos tras las orejas. Después se detiene a pensar un instante, como recordando todos los momentos en que ha visto a su hermano dar de comer a esos perros en la mesa y llevarlos a expediciones de caza a las montañas o los páramos, tierra adentro.
Héctor elige a dos de los animales, asiente para que se lleven a los demás, los abraza afectuosamente un minuto, sujetándolos por la piel suelta del cuello, como si fuera a ofrecerles un hueso o un regalo y, entonces, corta la garganta de ambos tan violentamente que la hoja casi separa la cabeza de los animales de sus cuerpos. El propio Héctor arroja los cadáveres de los dos perros a la pira, lanzándolos tan por encima de los cadáveres de los caballos que aterrizan al pie del mismo catafalco.
Luego, una sorpresa.
Diez troyanos acorazados de bronce y diez lanceros aqueos hacen avanzar un carro. En el carro hay una jaula. Dentro de la jaula, un dios.
3
En el balcón situado en la muralla del templo de Zeus, Casandra observaba la ceremonia funeraria de Paris con una creciente sensación de desastre inminente. Cuando el carro apareció en el patio central de Troya (tirado por ocho escogidos lanceros troyanos, no por caballos ni bueyes), con su única carga de un dios condenado, Casandra estuvo a punto de desmayarse.
Helena la sostuvo por el codo.
—¿Qué es eso? —preguntó la griega, su amiga, quien, con Paris, había traído todo aquel dolor y aquella tragedia a Troya.
—Una locura —susurró Casandra, apoyándose contra la pared de mármol, aunque no dejó claro si se refería a su locura, a la locura de sacrificar a un dios, a la locura de toda esa larga guerra o a la locura de que Menelao estuviera abajo en el patio, una locura que había sentido crecer a lo largo de la última hora como una terrible tormenta enviada por Zeus. Ni ella misma sabía lo que pretendía decir.
El dios capturado, retenido no sólo por los barrotes de hierro clavados en el carro sino también por la clara forma oval del campo de fuerza moravec que había logrado atraparlo, se llamaba Dionisos, o Dionisio, hijo de Zeus y Sémele, dios del vino y el sexo y los placeres. Casandra, cuyo señor personal desde la infancia había sido Apolo, el asesino de Paris, había sin embargo comulgado con Dionisos en más de una ocasión íntima. Aquel dios era la única divinidad capturada hasta entonces en combate desde el inicio de la nueva guerra. Había sido sometido por el divino Aquiles, la magia moravec había anulado su capacidad de teletransporte cuántico, el astuto Odiseo lo había convencido para que se rindiera y el campo de fuerza producido por el moravec que ahora titilaba a su alrededor como ondas de calor un día de verano lo controlaba.
Dionisos era poco imponente para tratarse de un dios: bajo de estatura, de apenas metro ochenta, pálido, regordete incluso para los cánones mortales, con una masa de rizos dorados y un esbozo de barba adolescente.
El carro se detuvo. Héctor abrió la jaula y atravesó con la mano el campo de fuerza semipermeable para arrastrar a Dionisos hasta el primer escalón de la pira. Aquiles también agarró por el cuello al pequeño dios.
—Deicidio —susurró Casandra—. Locura y deicidio.
Helena y Príamo y Andrómaca y el resto de los presentes en el balcón la ignoraron. Todos los ojos estaban fijos en el pálido dios y en los dos mortales, más altos y broncíneos, que tenía a cada lado.
A diferencia de la voz meliflua del oráculo Heleno, que se había perdido en el frío viento y los murmullos de la multitud, el vibrante grito de Héctor llegó hasta el abarrotado centro de la ciudad y reverberó en las altas torres y murallas de Ilión; probablemente era también claramente audible en la cima del monte Ida, situado varios kilómetros al este.
—Paris, amado hermano, estamos aquí para decirte adiós y decirlo de un modo que nos oigas incluso allí donde resides ahora, en las profundidades de la Casa de los Muertos.
»Te enviamos dulce miel, raro aceite, tus caballos favoritos y tus perros más leales... y ahora te ofrezco a este dios del Olimpo, hijo de Zeus, cuya grasa alimentará las ansiosas llamas y acelerará el viaje de tu alma camino del Hades.
Héctor desenvainó la espada. El campo de fuerza fluctuó y desapareció, pero Dionisos permaneció encadenado de pies y manos.
—¿Puedo hablar? —dijo el pálido diosecillo. Su voz no llegó tan lejos como la de Héctor.
Héctor vaciló.
—¡Dejad hablar al dios! —gritó el oráculo Heleno desde el lugar que ocupaba junto a Príamo en el balcón del templo de Zeus.
—¡Dejad hablar al dios! —gritó el oráculo aqueo Calcas desde su lugar junto a Menelao.
Héctor frunció el ceño pero asintió.
—Di tus últimas palabras, hijo bastardo de Zeus. Pero aunque sean una súplica a tu padre, no te salvarán hoy. Nada te salvará. Eres combustible para la pira de mi hermano.
Dionisos sonrió, pero su sonrisa fue trémula: trémula para un mortal, más para un dios.
—Troyanos y aqueos —exclamó el grueso diosecillo de barba insignificante—. No podéis matar a uno dios inmortal. Nací del vientre de la muerte, idiotas. Como niño-dios, hijo de Zeus, mis juguetes fueron aquellos profetizados como los juguetes del nuevo amo del mundo: dados, pelota, trompo, manzanas de oro, bocina y lana.
»Pero los titanes, a quienes mi padre había derrotado y arrojado al Tártaro, el infierno subterráneo, el reino de pesadilla situado bajo el reino de los muertos donde flota ahora vuestro hermano Paris como un pedo olvidado, vinieron con las caras blanqueadas con tiza como espíritus de los muertos y me atacaron con sus manos blancas y desnudas y me cortaron en siete trozos y me arrojaron a un caldero que se alzaba sobre un trípode colocado sobre un fuego mucho más caliente que esta débil pira que habéis construido aquí hoy.
—¿Has terminado? —preguntó Héctor, alzando la espada.
—Casi —dijo, la voz más alegre y más fuerte, su poder resonando en las lejanas paredes que habían devuelto antes el grito de Héctor—. Me hirvieron y luego me asaron sobre el fuego en siete hogueras, y el olor de mi comida fue tan delicioso que atrajo a mi padre, el propio Zeus, al festín de los titanes. Esperaba ser invitado a la cena, pero cuando vio mi cráneo de niño en el fuego y mis manos de niño en el guiso, atacó a los titanes con sus rayos y los devolvió al Tártaro, donde han residido aterrorizados los miserables hasta el día de hoy.
—¿Es eso todo? —dijo Héctor.
—Casi —respondió Dionisos. Alzó el rostro hacia el rey Príamo y los miembros de la familia real. La voz del diosecillo era ahora el bramido de un toro—. Otros dicen que mis miembros hervidos fueron arrojados a la tierra, donde Deméter los reunió... y así llegaron al hombre las primeras parras que os surten de vino. Sólo uno de mis infantiles miembros sobrevivió al fuego y la muerte, y Palas Atenea llevó ese miembro a Zeus, quien confió mi kradiaios Dionisos a Hipta, el nombre asiático de la Gran Madre Reaso, para que pudiera llevarlo en la cabeza. Mi padre usó ese término en broma, kradiaios Dionisos, ya que kradia, en la antigua lengua, significa «corazón» y krada significa «higuera», así que...
—Ya basta —exclamó Héctor—. Parlotear no prolongará tu vida de perro. Termina en diez palabras o menos, o yo terminaré por ti.
—Cómeme —dijo Dionisos.
Héctor blandió su gran espada con ambas manos y decapitó al dios de un solo golpe.
La multitud de troyanos y griegos jadeó. Todas las filas congregadas dieron un paso atrás. El cuerpo sin cabeza de Dionisos permaneció allí de pie, en la plataforma inferior, varios segundos, tambaleándose pero todavía erguido, hasta que de pronto se desplomó como una marioneta con los hilos rotos. Héctor agarró la cabeza caída, la boca aún abierta, la alzó por la escasa barba y la arrojó a la pira funeraria, tan alto que aterrizó entre los cadáveres de los caballos y los perros.
Usando luego la espada a modo de hacha, Héctor dio un paso atrás y cercenó los brazos de Dionisos y luego las piernas y después los genitales. Arrojó cada pedazo a un lugar distinto de la pira. Tuvo, no obstante, cuidado de no arrojarlos demasiado cerca del catafalco de Paris, pues él y los demás tendrían luego que rebuscar entre las cenizas para separar los reverenciados huesos de Paris de la indigna basura ósea de los perros, los caballos y el dios. Finalmente, Héctor cortó el torso en docenas de pequeños trozos carnosos y echó la mayoría a la pira y algunos a la jauría de perros supervivientes, a quienes los hombres que los sujetaban en la procesión funeraria habían soltado por la plaza.
Mientras los últimos trozos de hueso y cartílago eran reducidos a pedazos, una nube negra brotó de los penosos restos del cadáver de Dionisos, alzándose como un remolino de invisibles insectos negros, como un pequeño ciclón de negro humo, tan espeso que durante unos segundos el propio Héctor tuvo que detener su sombría labor y apartarse. La multitud, incluso las filas de infantería troyana y los héroes aqueos, también retrocedió. Las mujeres de la muralla gritaron y se cubrieron la cara con los velos que tenían en las manos.
Cuando la nube desapareció, Héctor arrojó los últimos pedazos de carne rosada y blancuzca a la pira y de una patada lanzó la caja torácica y la espina dorsal entre los haces de madera amontonada. Luego se despojó de su peto de bronce ensangrentado y permitió que sus ayudantes se llevaran la armadura manchada. Un esclavo trajo una bacina de agua y el alto guerrero se lavó los brazos, las manos y la frente, y aceptó luego de otro esclavo una toalla limpia.
Una vez aseado, vestido sólo con túnica y sandalias, Héctor alzó el cuenco dorado lleno de mechones recién cortados de pelo para el luto, subió los anchos escalones hasta la cima de la pira, donde descansaba el catafalco en su plataforma de resina y madera, y vertió el pelo de los seres queridos, amigos y camaradas de su hermano sobre la mortaja. Un corredor (el corredor más rápido de los juegos de la historia reciente de Troya) entró por las puertas Esceas con una antorcha, cruzó la multitud de guerreros y espectadores (una multitud que se abrió para dejarle paso) y subió los anchos escalones de la plataforma hasta el lugar donde Héctor esperaba.
El corredor le tendió a Héctor la fluctuante antorcha, hizo una reverencia y bajó de espaldas los escalones, sin incorporarse.
Menelao alza la cabeza cuando una nube oscura aparece en el cielo.
—Febo Apolo ensombrece el día —susurra Odiseo.
Un frío viento sopla del oeste cuando Héctor deja caer la antorcha entre los maderos empapados de grasa y resina, bajo el catafalco. La madera humea, pero no arde.
Menelao, que siempre ha sido más excitable en batalla que su hermano Agamenón o que muchos otros de los más fríos guerreros y más grandes héroes griegos, siente que su corazón empieza a latir con fuerza mientras se aproxima el momento de pasar a la acción. No le importa mucho que tal vez sólo le queden instantes de vida, mientras esa perra Helena caiga gritando al Hades antes que él. Si Menelao, hijo de Atreo, se sale con la suya, la mujer será arrojada al más profundo infierno del Tártaro donde los titanes de quienes hablaba el dios muerto Dionisos aún gritan y se revuelven llenos de desesperación y dolor.
Héctor hace un gesto y Aquiles acerca dos rebosantes copas a su antiguo enemigo y luego vuelve a bajar los escalones. Héctor alza las copas.
—¡Vientos del Oeste y el Norte —exclama con las copas alzadas—, ardiente Céfiro y Bóreas de fríos dedos, venid con fuerte ráfaga y encended la pira donde yace Paris de cuerpo presente, con todos los troyanos e incluso los honorables argivos llorando a su alrededor! ¡Ven, Bóreas, ven, Céfiro, ayudadnos a encender esta pira con vuestro aliento y os prometo espléndidas víctimas y generosas y rebosantes copas de libación!
—Esto es una locura —le susurra Helena a Andrómaca en el balcón superior—. Una locura. Nuestro amado Héctor invocando la ayuda de los dioses, a quienes combatimos, para que quemen el cadáver del dios que acaba de sacrificar.
Antes de que Andrómaca pueda responder, Casandra se ríe en voz alta entre las sombras, dirigiendo ceñudas miradas a Príamo y los ancianos que lo rodean.
Casandra ignora las miradas de reproche y le susurra a Helena y Andrómaca:
—Locura, sssí. Osssss dije que todo era locura. Es locura lo que Menelao planea, Helena: tu muerte, dentro de un instante, no menos sangrienta que la de Dionisos.
—¿De qué estás hablando, Casandra? —el susurro de Helena es áspero, pero se ha puesto muy pálida.
Casandra sonríe.
—Estoy hablando de tu muerte, mujer, dentro de unos minutos, pospuesta sólo por la negativa de un cadáver a arder.
—¿Menelao?
—Tu digno esposo —ríe Casandra—. Tu antiguo y digno esposo. El que no se pudre ahora como carbón en una pila de leña. ¿No oyes la respiración entrecortada de Menelao mientras se prepara para abatirte? ¿No hueles su sudor? ¿No escuchas los latidos de su oscuro corazón? Yo sí.
Andrómaca se aparta y da un paso hacia Casandra, dispuesta a conducirla al interior del templo, donde nadie pueda oírla ni verla.
Casandra vuelve a reírse y muestra una daga corta pero muy afilada que lleva en la mano.
—Tócame, perra, y te abriré como abriste a ese bebé esclavo que dijiste que era tu propio hijo.
—¡Silencio! —susurra Andrómaca. Sus ojos de pronto se llenan de furia.
Príamo y los otros ancianos se vuelven y fruncen de nuevo el ceño. Obviamente su senil semisordera no les ha permitido distinguir las palabras, pero el tono furioso, en susurros y siseos, debe resultarles inconfundible.
A Helena le tiemblan las manos.
—Casandra, tú misma me has dicho que todas tus predicciones de tantos años anunciando calamidades eran falsas. Troya aguanta, meses después de que predijeras su destrucción. Príamo está vivo, no muerto, en este mismo templo de Zeus como profetizaste. Aquiles y Héctor viven, cuando durante años dijiste que morirían antes de que cayera la ciudad. Ninguna de las mujeres ha sido arrastrada a la esclavitud como predijiste, ni tú a la casa de Agamenón (donde nos dijiste que Clitemnestra asesinaría al gran rey además de a ti y a tus hijos), ni Andrómaca a...
Casandra echa atrás la cabeza en un silencioso aullido. Bajo ellas, Héctor sigue ofreciendo sacrificios y vino con miel a los dioses de los vientos si encienden la pira de su hermano. De haberse inventado ya el teatro, a los espectadores el drama les parecería más bien una farsa.
—Todo eso se perdió —susurra Casandra, cruzándose el antebrazo con el filo de su daga. La sangre mana de su pálida carne y gotea sobre el mármol, pero no la mira. Sus ojos están fijos en Andrómaca y Helena—. El antiguo futuro ya no existe, hermanas. Los Hados nos han abandonado. Nuestro mundo y su futuro han dejado de existir, y otro ha cobrado vida, otro extraño kosmos. Pero la maldición de la segunda visión que me dio Apolo no me ha abandonado, hermanas. Menelao correrá hacia aquí dentro de unos segundos y hundirá su espada en tu hermoso pecho, Helena de Troya. —Escupe las últimas tres palabras con sarcasmo.
Helena agarra a Casandra por los hombros. Andrómaca logra quitarle el cuchillo. Juntas, las dos empujan a la joven entre las columnas y las sombras del interior del templo de Zeus. La joven clarividente se apretuja contra la balaustrada de mármol, mientras las otras dos mujeres mayores se alzan sobre ella como Furias.
Andrómaca acerca la hoja a la pálida garganta de Casandra.
—Hace años que somos amigas, Casandra —susurra la esposa de Héctor—, pero una palabra más, loca, y te cortaré la garganta como a un cerdo en el matadero.
Casandra sonríe.
Helena pone una mano sobre la muñeca de Andrómaca (aunque es difícil decir si para contenerla o para contribuir al asesinato) y la otra sobre el hombro de Casandra.
—¿Va a matarme Menelao? —susurra al oído de la atormentada vidente.
—Dos veces vendrá por ti hoy, y las dos veces se verá frustrado —susurra Casandra con voz átona. Sus ojos no enfocan a ninguna mujer. Su sonrisa es un rictus.
—¿Cuándo vendrá? ¿Y quién lo frustrará?
—Primero cuando la pira de Paris se encienda —dice Casandra, su tono tan plano y desinteresado como si recitara de un viejo libro infantil—. Y después cuando la pira de Paris se apague.
—¿Y quién lo frustrará? —repite Helena.
—Primero Menelao será detenido por la esposa de Paris —dice Casandra. Tiene los ojos en blanco—. Luego por Agamenón y por la que quiere ser la futura asesina de Aquiles, Pentesilea.
—¿La amazona Pentesilea? —dice Andrómaca, tan sorprendida que su voz resuena en el templo de Zeus—. Está a mil kilómetros de aquí, igual que Agamenón. ¿Cómo van llegar cuando se apague la pira funeraria de Paris?
—Calla —susurra Helena. A Casandra, cuyos párpados aletean, le dice—: Dices que la esposa de Paris impide que Menelao me asesine cuando se encienda la pira. ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo?
Casandra se desploma en el suelo, exánime. Andrómaca guarda la daga en los pliegues de su túnica y abofetea varias veces a la joven, con fuerza. Casandra no despierta.
Helena da una patada al cuerpo caído.
—Que los dioses la maldigan. ¿Cómo voy a impedir que Menelao me asesine? Puede que falten minutos para...
Fuera del templo se alza el clamor de los troyanos y aqueos que abarrotan la plaza. Ambas mujeres oyen el chisporroteo y el rugido.
Los vientos han entrado obedientes por las puertas Esceas. La madera y la leña han capturado la chispa. La pira se enciende.
4
Menelao observaba cómo los vientos llegaban del oeste y sacudían las ascuas de la pira de Paris y las convertían primero en fluctuantes lenguas de fuego y luego en una ardiente hoguera. Héctor apenas tuvo tiempo de bajar corriendo los escalones y dar un salto antes de que toda la pira estallara en llamas.
«Ahora», pensó Menelao.
Las ordenadas filas de aqueos se habían roto al apartarse la multitud del calor del fuego y Menelao aprovechó la confusión para ocultar sus movimientos mientras dejaba atrás a sus compañeros argivos y atravesaba las filas de soldados troyanos que contemplaban las llamas. Se dirigió a la izquierda, al templo de Zeus y la escalinata. Menelao advirtió que el calor y las chispas del fuego (el viento soplaba hacia el templo) habían hecho que Príamo, Helena y los demás se apartaran del balcón y (lo más importante), lo mismo habían hecho los soldados de las escaleras, de modo que su camino estaba despejado.
«Es como si los dioses me estuvieran ayudando.»
Tal vez fuera así, se dijo Menelao. Había informes a diario de contactos entre argivos y troyanos y sus antiguos dioses. El hecho de que dioses y mortales estuvieran guerreando no significaba que los lazos y las viejas costumbres hubieran desaparecido por completo. Menelao conocía a docenas de iguales suyos que ofrecían en secreto sacrificios a los dioses por la noche, como habían hecho siempre, a pesar de que combatían a los dioses de día. ¿No había invocado el propio Héctor a los dioses de los vientos del Oeste y el Norte, a Céfiro y Bóreas para que le ayudaran a encender la pira de su hermano? ¿Y no habían aceptado los dioses, aunque los huesos y las tripas de Dionisos, el hijo del mismísimo Zeus, habían sido esparcidos sobre la misma pira como la carne inadecuada para el sacrificio que uno arroja a los perros?
«Es una época confusa para vivir.»
«Bueno —respondió la otra voz mental de Menelao, la voz cínica que no estaba dispuesta a matar a Helena—, no vivirás mucho tiempo, muchacho.»
Menelao se detuvo al pie de las escaleras y desenvainó la espada. Nadie se dio cuenta. Todos los ojos estaban clavados en la pira funeraria que ardía y chisporroteaba a varios metros de distancia. Cientos de soldados apartaron la mano de la espada para cubrirse los ojos y protegerse el rostro del calor de las llamas.
Menelao subió el primer escalón.
Una mujer, una de las vírgenes con velo que habían llevado el aceite y la miel a la pira, salió del pórtico del templo de Zeus a poco más de diez pies de Menelao y caminó directamente hacia las llamas. Todos los ojos se volvieron hacia ella y Menelao tuvo que detenerse en el último escalón y bajar la espada, ya que estaba de pie casi directamente detrás de ella y no quería llamar la atención.
La mujer se despojó del velo. La multitud de troyanos que había al otro lado del fuego, frente a Menelao, se quedó boquiabierta.
—¡Oenone! —exclamó una mujer desde el balcón.
Menelao miró hacia arriba. Príamo, Helena, Andrómaca y algunos otros habían vuelto al balcón al oír los gritos y jadeos de la multitud. No había sido Helena la que había hablado, sino una de las esclavas.
«¿Oenone?» El nombre le resultaba a Menelao vagamente familiar, un recuerdo anterior a los diez últimos años de guerra, pero no podía situarlo. Sus pensamientos estaban centrados en el próximo medio minuto. Helena se hallaba en el extremo de aquellos quince escalones, sin ningún hombre que se interpusiera entre ambos.
—¡Soy Oenone, la verdadera esposa de Paris! —gritó la mujer. Su voz fue apenas audible a pesar de lo cerca que estaba, debido a la furia del viento y al feroz chisporroteo del fuego.
«¿La verdadera esposa de Paris?» Desconcertado, Menelao vaciló. Había más troyanos que salían del templo y los callejones adyacentes para contemplar el espectáculo. Varios hombres subieron las escaleras hasta situarse junto a Menelao e incluso más arriba. El pelirrojo argivo recordó entonces lo que se comentaba en Esparta después del secuestro de Helena: que Paris estaba casado con una mujer de aspecto sencillo (diez años mayor que él el día de su boda) a la que había repudiado cuando los dioses lo ayudaron a secuestrar a Helena. «Oenone».
—Febo Apolo no mató al hijo de Príamo, Paris —gritó la mujer llamada Oenone—. ¡Yo lo hice!
Hubo gritos, incluso se dijeron obscenidades. Algunos guerreros troyanos avanzaron dispuestos a agarrar a aquella loca, pero sus camaradas los refrenaron. La mayoría quería oír lo que la perra tenía que decir.
Menelao vio a Héctor a través de las llamas. Incluso el más grande héroe de Ilión carecía de poder para interceder aquí, ya que el cadáver ardiente de su hermano se interponía entre él y la mujer de mediana edad.
Oenone estaba tan cerca de las llamas que sus ropas humeaban. Parecía mojada, como si se hubiera rociado de agua en preparación de esta acción. Sus grandes pechos caídos se transparentaban bajo la túnica empapada.
—¡Paris no murió debido a las llamas surgidas de las manos de Febo Apolo! —gritó la arpía—. Cuando mi marido y los dioses desaparecieron de la vista en Tiempo Lento hace diez días, intercambiaron flechazos: fue un duelo de arqueros, tal como Paris había planeado. Hombre y dios fallaron su objetivo. ¡Fue un mortal, el cobarde Filoctetes, quien disparó la flecha fatal que condenó a mi esposo!
Oenone señaló al grupo de aqueos entre los que el viejo Filoctetes se encontraba, cerca de Áyax el Grande.
—¡Mentira! —gritó el arquero, que había sido rescatado hacía poco de su isla de exilio y enfermedad por Odiseo, meses después de que comenzara la guerra con los dioses.
Oenone lo ignoró y dio un paso más hacia las llamas. La piel de sus brazos desnudos y su rostro enrojecieron por el calor. El vapor de su vestimenta se volvió denso como niebla a su alrededor.
—¡Cuando Apolo TCeó al Olimpo lleno de frustración, fue el cobarde argivo Filoctetes, por antiguos resentimientos, quien disparó su flecha envenenada contra la ingle de mi esposo!
—¿Cómo puedes saber eso, mujer? Ninguno de nosotros siguió al hijo de Príamo y a Apolo al Tiempo Lento. ¡Ninguno de nosotros vio la batalla! —gritó Aquiles, su voz un centenar de veces más clara que la de la viuda.
—Cuando Apolo vio la traición, TCeó a mi esposo a las faldas del monte Ida, donde yo llevo viviendo en el exilio desde hace más de una década... —continuó Oenone.
Hubo unos cuantos gritos, pero en su mayor parte los que llenaban la gigantesca plaza de la ciudad, los miles de guerreros troyanos, y quienes estaban en las murallas y los terrados de las casas, guardaron silencio. Todos esperaban.
—Paris me suplicó que lo acogiera.... —gritó la llorosa mujer, su pelo húmedo desprendiendo ahora tanto vapor como sus ropas. Incluso sus lágrimas parecían evaporarse—. Se moría por el veneno griego, sus pelotas y su amado miembro y su bajo vientre negros ya, pero me suplicó que lo curara.
—¿Como podría una mera arpía curarlo de un veneno mortal? —gritó Héctor, hablando por primera vez, y su voz resonó a través de las llamas como la de un dios.
—Un oráculo le había dicho a mi esposo que sólo yo podría curarlo de una herida mortal —replicó Oenone, su voz débil o derrotada por el calor y el rugido. Menelao oyó sus palabras, pero dudaba que en la plaza pudieran hacerlo.
—En su agonía, me imploró que aplicara bálsamo a su herida envenenada —gritó la mujer—. «No me odies, te dejé sólo porque los Hados me ordenaron que fuera con Helena. Ojalá hubiera muerto antes de traer a esa perra al palacio de Príamo. Te imploro, Oenone, por el amor que nos tuvimos y por los votos que una vez compartimos, que me perdones y me sanes ahora», me suplicó Paris.
Menelao la vio dar un par de pasos más hacia la pira, hasta que las llamas bailaron a su alrededor, ennegreciendo sus tobillos y haciendo que sus sandalias se encogieran.
—¡Me negué! —gritó ella, la voz ronca pero de nuevo fuerte—. Y murió. Mi único amor y mi único amante y mi único marido murió. Con horribles dolores, gritando obscenidades. Mis criadas y yo tratamos de quemar su cuerpo para darle a mi pobre marido condenado por los Hados la pira funeraria de héroe que se merecía, pero los árboles eran fuertes y difíciles de cortar y nosotras éramos mujeres, y débiles, y no conseguí hacer ni siquiera esta simple tarea. Cuando Febo Apolo vio lo pobremente que habíamos honrado los restos de Paris, se apiadó de su enemigo caído por segunda vez, TCeó su cuerpo profanado de vuelta al campo de batalla y dejó que el cadáver calcinado cayera de Tiempo Lento como si hubiera ardido en el combate.
»Lamento no haberlo curado. Lo lamento todo. —Oenone se volvió a mirar al balcón, pero parecía dudoso que pudiese ver a la gente con claridad a través de la bruma de calor y humo y dolor de sus ojos ardientes—. Pero al menos esa perra de Helena nunca volvió a verlo vivo.
Las filas de troyanos empezaron a murmurar hasta que el sonido se convirtió en un rugido.
Demasiado tarde, una docena de guardias troyanos corrieron hacia Oenone para retenerla e interrogarla.
Ella subió a la pira.
Primero su pelo estalló en llamas y luego su vestido. Increíble, imposiblemente, siguió escalando por la montaña de madera mientras su carne ardía y se ennegrecía y se desgajaba como pergamino calcinado. Sólo en los últimos segundos antes de caer se rebulló visiblemente en agonía. Pero sus gritos llenaron la plaza durante lo que parecieron minutos, aturdiendo a la multitud y silenciándola.
Cuando los troyanos volvieron a hablar, el suyo fue un grito para exigir que la guardia de honor de aqueos entregara a Filoctetes.
Furioso, confuso, Menelao contempló la escalinata. La guardia real de Príamo había rodeado a todos cuantos ocupaban el balcón. El camino hacia Helena quedaba bloqueado por una muralla de escudos troyanos y un bosque de lanzas.
Menelao bajó de su escalón y cruzó corriendo el espacio despejado junto a la pira. El calor le golpeó el rostro como un puño y se dio cuenta de que sus cejas empezaban a chamuscarse. En cuestión de segundos se unió a las filas de sus camaradas argivos, con la espada desenfundada. Áyax, Diomedes, Odiseo, Teucro y los demás habían formado su propio círculo alrededor de Filoctetes, también con las armas alzadas y dispuestas.
La abrumadora masa de troyanos que los rodeaba alzó sus escudos, aprestó sus lanzas y avanzó hacia las dos docenas de griegos condenados.
De repente el rugido de la voz de Héctor los inmovilizó a todos.
—¡Alto! ¡Lo prohíbo! Las locuras de Oenone, si es que esa mujer que se ha matado hoy era Oenone, pues no la he reconocido, no significan nada. ¡Estaba loca! Mi hermano murió en mortal combate con Febo Apolo.
Los furiosos troyanos no parecían convencidos. Las puntas de las lanzas y las espadas continuaron prestas y ansiosas. Menelao miró a su grupo de condenados y advirtió que, aunque Odiseo fruncía el ceño y Filoctetes se acobardaba, Áyax el Grande sonreía como si anticipara la masacre inminente que pondría fin a su vida.
Héctor se abrió paso y se interpuso entre las lanzas troyanas y el círculo de griegos. Seguía sin llevar armadura ni armas, pero de repente pareció el guerrero más formidable del campo.
—Estos hombres son nuestros aliados y mis huéspedes de honor en el funeral de mi hermano —gritó Héctor—. No los dañaréis. Todo aquel que desafíe mi orden morirá por mi mano. ¡Lo juro por los huesos de mi hermano!
Aquiles se bajó de la plataforma y alzó el escudo. Todavía iba vestido con su mejor armadura y armado. No dijo nada y no hizo ningún movimiento, pero todos los troyanos de la ciudad fueron conscientes de su presencia.
Los cientos de troyanos miraron a su líder, examinaron a Aquiles, contemplaron por última vez la pira funeraria donde el cadáver de la mujer había sido consumido por las llamas, y renunciaron. Menelao pudo sentir el espíritu de lucha huyendo de la multitud que los rodeaba, pudo ver la confusión en los curtidos rostros troyanos.
Odiseo condujo a los aqueos hacia las puertas Esceas. Menelao y los otros hombres bajaron sus espadas pero no las envainaron. Los troyanos les dejaron paso como un mar reacio pero aún hambriento de cadáveres.
—Por los dioses... —susurró Filoctetes desde el centro de su círculo mientras atravesaban las puertas y dejaban atrás más filas de troyanos—. Os juro que...
—Cierra el pico, viejo —dijo el poderoso Diomedes—. Si dices una palabra más antes de que lleguemos a las negras naves, te mataré yo mismo.
Más allá de las filas aqueas, tras las trincheras defensivas y bajo los campos de fuerza moravec, la confusión se extendía por toda la costa, aunque en los campamentos no podían haberse enterado del desastre que había estado a punto de producirse en la ciudad de Troya. Menelao se apartó de los demás y corrió a la playa.
—¡El rey ha vuelto! —gritó un lancero, que siguió corriendo e hizo sonar con fuerza un cuerno de concha—. El comandante ha regresado.
«No puede ser Agamenón —pensó Menelao—. No volverá al menos hasta dentro de un mes. Quizá dos.»
Pero era su hermano quien estaba en la proa de las más alta de las treinta naves negras que componían su flota. Su armadura dorada resplandecía mientras los remeros conducían el largo y fino navío hacia la playa.
Menelao se internó en el agua hasta que le cubrió las grebas de bronce que protegían sus espinillas.
—¡Hermano! —exclamó, agitando los brazos sobre la cabeza como un niño—. ¿Qué noticias hay de casa? ¿Dónde están los nuevos guerreros con los que juraste regresar?
Todavía a quince o veinte metros de la orilla, con el agua salpicando alrededor de la proa de su negro barco mientras remontaba la marea, Agamenón se cubrió los ojos como si el sol de la tarde lo deslumbrara y respondió:
—¡Desaparecidos, hermano! ¡Todos desaparecidos!