Título original: The Scourge of God
Traducción: Juanjo Estrella
1.ª edición: diciembre, 2013
© 2013 by William Dietrich
© Ediciones B, S. A., 2013
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
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Depósito Legal: B. 29.278-2013
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-497-3
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A mi madre, y en memoria de mi padre.
Fueron ellos los que me regalaron un libro infantil
sobre la batalla de los Campos Cataláunicos,
que despertó en mí una curiosidad
que ha perdurado toda la vida
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Autor
El mundo de los romanos y los hunos 451 A.de C.
Personajes principales
Introducción
Primera parte
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
Segunda parte
15
16
17
18
19
20
21
22
Tercera parte
23
24
25
26
27
28
29
Epílogo
Nota histórica
Autor
WILLIAM DIETRICH (1951, EE. UU.), autor del best-séller internacional El muro de Adriano, es novelista, periodista y ganador de un premio Pulitzer. Es, además, historiador y naturalista. Actualmente, vive en una isla del estado de Washington. Es también autor de La clave Rosetta (Ediciones B). Su obra ha sido traducida a más de treinta lenguas.
El mundo de los romanos y los hunos 451 A.de C.

Personajes principales
Romanos y aliados
Jonás: joven enviado y escriba romano.
Ilana: doncella romana cautiva.
Zerco: bufón enano amigo de Jonás.
Julia: esposa de Zerco.
Aecio: general romano.
Valentiniano III: emperador del Imperio romano de Occidente.
Placidia: madre de Valentiniano
Honoria: hermana de Valentiniano.
Jacinto: eunuco de Honoria.
Teodosio II: emperador del Imperio romano de Oriente.
Crisafio: ministro eunuco de Teodosio.
Maximino: embajador de Atila.
Bigilas: traductor y conspirador.
Rusticio: traductor.
Aniano: obispo y (cuando le conviene) eremita.
Hunos
Atila: rey de los hunos.
Skilla: guerrero huno enamorado de Ilana.
Edeco: tío de Skilla y guerrero de Atila.
Suecca: esposa de Edeco.
Eudoxio: doctor griego enviado de Atila.
Hereka: primera esposa de Atila.
Elak, Dengizik e Irnak: hijos de Atila.
Onegesh: lugarteniente de Atila de origen romano.
Germanos
Guernna: comparte cautiverio con Ilana.
Teodorico: rey de los visigodos.
Berta: hija de Teodorico.
Genserico: rey de los vándalos.
Sangibano: rey de los alanos.
Anto: rey de los francos.
Introducción
Trescientos setenta y seis años después del nacimiento de nuestro Salvador, el mundo seguía siendo uno. Nuestro Imperio romano perduró, tal como había sido, durante mil años. Se extendía desde los fríos páramos de Britania hasta las abrasadoras arenas de Arabia, desde el nacimiento del Éufrates hasta las costas atlánticas del norte de África. Las fronteras de Roma habían sido atacadas en innumerables ocasiones por celtas y germanos, por persas y escitas. Sin embargo, con hierro y sangre, con astucia y con oro, a todos los habían vencido. Siempre había sucedido de ese modo, y en el año 376 parecía que siempre habría de ser así.
¡Cómo me gustaría haber conocido aquella certeza!
Pero a mí, Jonás Alabanda, historiador, diplomático y soldado a mi pesar, sólo me cabe imaginar la venerable estabilidad del viejo imperio como quien escucha el relato de un marinero que habla de una costa lejana y oculta tras la niebla. Mi destino me ha llevado a existir en estos tiempos más duros, a conocer a los grandes y a vivir con mayor desesperación a causa de ello. Este libro narra mi historia y la de aquellos a quienes tuve la ventura y la desdicha de conocer, pero sus raíces se hunden en el pasado. En ese año 376, más de medio siglo antes de mi nacimiento, circuló el primer rumor de la tempestad que lo cambió todo para siempre.
En ese año, según relatan los historiadores, se recibieron las primeras noticias de los hunos.
Tened presente que yo soy, por origen, oriental, que hablo el griego con fluidez, que soy versado en filosofía y estoy acostumbrado a los soles cegadores de mi tierra. Nací en Constantinopla, ciudad que fundó Constantino el Grande en el Bósforo para que se convirtiera en segunda capital de nuestro imperio y que debía agilizar su administración. En ese punto donde se unen Europa y Asia, el mar Negro y el Mediterráneo, se alzó la Nueva Roma, escenario estratégico de la antigua Bizancio. La división proporcionó a Roma dos emperadores, dos senados y dos culturas: el occidente latino y el oriente griego. Pero no se trataba de dos imperios: los dos ejércitos romanos seguían acudiendo en ayuda mutua, y las leyes imperiales se coordinaban y unificaban. El Mediterráneo seguía siendo una laguna romana, y una misma arquitectura, una misma moneda, un mismo estilo en foros, fortalezas e iglesias podía observarse desde el Nilo hasta el Támesis. El cristianismo eclipsaba a todas las demás religiones, y el latín a todas las demás lenguas. Hasta entonces, el mundo no había conocido un período tan dilatado de paz, estabilidad y unidad relativas.
Y jamás volvería a conocerlo.
El Danubio es el gran río europeo. Nace en las laderas de los Alpes y discurre hacia levante a lo largo de casi mil ochocientas millas antes de ir a morir en aguas del mar Negro. En el año 376, su curso trazaba gran parte de la frontera septentrional del imperio. Aquel verano, a varias guarniciones romanas apostadas a lo largo del río comenzaron a llegar historias de guerra, desórdenes y migración entre los pueblos bárbaros. Una nueva forma de terror, desconocida hasta entonces, obligaba a huir a pueblos enteros, según se decía, y en su marcha topaban con los que vivían al oeste. Los fugitivos hablaban de la existencia de un pueblo poco agraciado, maloliente, de tez oscura, que vestía con pieles de animales hasta que éstas se pudrían, inmune al hambre y a la sed, que bebía la sangre de sus caballos y comía la carne cruda que guardaba bajo sus monturas para que se ablandara. Esos nuevos invasores llegaban silenciosos como el viento, mataban con sus potentes arcos desde distancias insólitas, mataban con sus espadas a los que hubieran sobrevivido, y se alejaban al galope sin dar tiempo a sus enemigos a organizar la resistencia. Rechazaban alojarse a cubierto, quemaban cuanto encontraban a su paso y, casi siempre, vivían al aire libre. Sus ciudades se componían de tiendas de fieltro y sus calzadas eran las vastas estepas. Avanzaban por las praderas en pesados carros tirados por esclavos cargados con el botín de sus conquistas, y su lengua era dura y gutural.
Se llamaban a sí mismos los hunos.
Para tranquilizarse, nuestros centinelas se decían que aquéllos eran sin duda relatos exagerados. Roma contaba con una larga experiencia con los bárbaros y sabía que, por más valerosos que fuesen individualmente, en la táctica eran malos y en la estrategia, pésimos. Temidos como enemigos, resultaban valiosos como aliados. ¿Acaso no habían acabado los terribles germanos, con el transcurrir de los siglos, convertidos en el baluarte del ejército romano en Occidente? ¿Acaso no se habían civilizado los indómitos celtas? Los mensajeros llevaron a Roma y a Constantinopla la noticia de que algo anormal parecía suceder más allá del Danubio, pero su peligro aún no se había concretado.
Entonces, el rumor se convirtió en una marea de refugiados.
Huyendo de los hunos, un cuarto de millón de miembros de la tribu germana de los godos llegó a la orilla septentrional del río en busca de asilo. Como nada, salvo una guerra, iba a detener semejante desplazamiento de población, mis antepasados les permitieron, a su pesar, cruzar el Danubio. Tal vez aquellos recién llegados, como había sucedido con muchas otras tribus que lo habían hecho antes que ellos, se instalarían sin problemas y se convertirían en «federados». Tal había sido el caso de los salvajes francos, aliados en la defensa contra aquel misterioso pueblo de las estepas.
Sin embargo, en aquel caso se trataba de una esperanza vana, fruto de la conveniencia. Los godos eran orgullosos y no habían sido conquistados. Nosotros, los pueblos civilizados, les parecíamos consentidos, indecisos y débiles. Los romanos y los godos no tardaron en enfrentarse. Los refugiados se vendían al mejor postor y, a su vez, robaban ganado. Primero se convirtieron en saqueadores, y más tarde en invasores. Así, el 9 de agosto del año 378, Valente, el emperador romano de Oriente, combatió contra los godos a las puertas de Adrianópolis, ciudad situada a menos de cuatrocientas millas de Constantinopla. Los efectivos estaban muy igualados, y los romanos confiábamos en la victoria. Pero nuestra caballería se batió en retirada, nuestra infantería fue presa del pánico y, rodeados por los jinetes godos, nuestros soldados se apiñaron hasta el punto de no poder alzar las armas y los escudos para luchar con eficacia. Valente y su ejército fueron derrotados en el peor desastre militar que sufrían los romanos desde que Aníbal los había aniquilado en Cannas seis siglos atrás.
Así fue como se estableció un negro precedente: los bárbaros eran capaces de vencer a los romanos. En realidad, éstos podían ser derrotados por unos bárbaros que huían de otros aún más temibles.
Lo peor no tardaría en llegar.
Los godos iniciaron un saqueo itinerante por todo el imperio que no cesó en décadas. Entretanto, los hunos causaban estragos en el valle del Danubio y, más al este, saquearon Armenia, Capadocia y Siria. Naciones bárbaras enteras fueron desplazadas, y algunas de sus tribus, en su huida, llegaron y se instalaron a orillas del Rin. Cuando el río se heló el último día del año 406, vándalos, alanos, suevos y borgoñones lo cruzaron y se internaron en la Galia. Los bárbaros siguieron su imparable marcha hacia el sur, quemando, matando, saqueando, en una orgía de violencia que suscitó los relatos de horror y fascinación con los que mi generación creció. Se descubrió que una mujer romana cocinó y se comió a sus cuatro hijos, uno por uno. Explicó a las autoridades que esperaba que cada sacrificio sirviera para salvar a los demás. Murió lapidada por sus vecinos.
Los invasores cruzaron los Pirineos y avanzaron por Iberia, llegaron a Gibraltar, atravesaron el Estrecho y por él accedieron a África. San Agustín murió cuando su ciudad natal, Hipona, se encontraba sitiada. Britania quedó aislada del imperio. Los godos, que seguían buscando una tierra en la que asentarse, avanzaron sobre Italia y, en el año 410, asombraron al mundo saqueando la mismísima Roma. Aunque se retiraron tras apenas tres días de pillaje, la sensación de inviolabilidad de la ciudad santa desapareció de un plumazo.
Los pueblos bárbaros empezaron a instalarse y a gobernar en grandes zonas del Imperio de Occidente. Incapaces de vencer a los invasores, los emperadores, cada vez más desesperados, trataban de comprarlos, de confinarlos en territorios bien delimitados y de enemistar a unos con otros. La corte imperial, incapaz de garantizar su propia integridad en Roma, se trasladó primero a Milán y luego a Rávena, una base naval situada en tierras pantanosas del Adriático. Mientras, los visigodos ocuparon el sudoeste de la Galia e Hispania, los borgoñones el este de la Galia, los alanos el valle del Loira, y los vándalos el norte de África. Las herejías cristianas competían unas con otras al tiempo que la religión bárbara se mezclaba con la del Mesías y creaba una amalgama de nuevas creencias. El estado de las calzadas empeoraba, pues nadie se dedicaba a su mantenimiento, la delincuencia aumentaba, los impuestos quedaban sin recaudar, algunas de las mentes más brillantes se refugiaban en los monasterios..., y aun así la vida seguía en aquella confederación poco definida de gobiernos romanos y bárbaros. Entretanto, en Oriente, Constantinopla seguía floreciendo. En Rávena se construían nuevos palacios e iglesias. Las guarniciones romanas seguían guerreando, pues no quedaba otra alternativa. ¿Cómo iba a desaparecer Roma? El lento derrumbamiento de la civilización resultaba tan inconcebible como inevitable.
Entretanto, el poder de los hunos crecía.
Lo que en el siglo iv había sido un rumor misterioso, en el v se convirtió en siniestra y terrorífica realidad. Cuando los hunos, a lomos de sus caballos, penetraron en Europa y ocuparon la gran llanura húngara, sometieron a las tribus bárbaras con que se encontraron a un nuevo y siniestro imperio. Desconocedores de la industria y recelosos de la tecnología, recurrían a los pueblos esclavizados, las expediciones de saqueo, la extorsión de tributos y el pago a mercenarios para el mantenimiento de su sociedad. Roma, fatigada y decadente, contrataba en ocasiones a los hunos para someter a otras tribus instaladas en sus territorios, en un intento de ganar tiempo. Éstos aprovechaban esas ocasiones para atraerse a más aliados e incrementar así su poder. En los años 443 y 447 protagonizaron incursiones desastrosas en la mitad oriental del imperio con las que borraron del mapa más de cien ciudades balcánicas. Y aunque la nueva y fabulosa muralla triple de Constantinopla se revelaba eficaz contra los asaltos, nosotros, los bizantinos, nos veíamos obligados a pagar a los hunos para garantizarnos cierta paz, por lo demás precaria y humillante.
A mediados del siglo v, cuando llegué a la edad adulta, el imperio de los hunos se extendía desde el río Elba, en Germania, hasta el mar Caspio, y desde el Danubio hasta el Báltico. Su jefe, que había hecho de Hunuguri su capital, se había convertido en el monarca más poderoso de Europa. Una palabra suya bastaba para poner en guardia a más de cien mil de los más temidos guerreros que el mundo había conocido hasta entonces. Y entre las tribus conquistadas hallaría otros cien mil dispuestos a unirse a su ejército. Su palabra era ley, jamás había conocido la derrota, y sus esposas e hijos temblaban en su presencia.
Se llamaba Atila.
Lo que sigue es su historia verdadera y la mía propia, contada a través de los ojos de aquellos a quienes conocí bien, y a través de los míos en aquellos episodios en los que desempeñé algún papel. Dejo constancia de ello por escrito para que algún día mis hijos entiendan qué me llevó, en estos tiempos extraños, a esta diminuta isla, tan alejada del lugar donde nací, en compañía de la mejor de las esposas.
Primera parte
La embajada al campamento de Atila
1
Hermano y hermana
Rávena, 449 d.C.
—Obispo, mi hermana es una mujer malvada, y estamos aquí para salvarla de sí misma —dijo el césar del Imperio romano de Occidente.
Se trataba de Valentiniano III, y su carácter constituía la prueba desgraciada del declive de su dinastía. Poseía una inteligencia nada excepcional, carecía de arrojo militar, así como del más mínimo interés por el gobierno. Valentiniano prefería dedicarse al deporte y al placer, y frecuentaba la compañía de magos, cortesanas y esposas de senadores, a las que seducía por el simple gusto de humillar a sus maridos. Sabía que su talento no era el de sus antepasados, y aquella conciencia íntima de su inferioridad le producía resentimiento y temor. Creía que siempre había hombres y mujeres celosos o rencorosos dispuestos a conspirar contra él. Así, había mandado llamar al prelado para que bendijera la ejecución de esa noche, pues necesitaba contar con la aprobación de la Iglesia. Valentiniano se apoyaba en las creencias de los demás para creer en sí mismo.
El emperador había persuadido al obispo; para su hermana Honoria era importante reconocer que carecía de apoyos tanto en el mundo secular como en el religioso. Se había encaprichado de un guardia, como una ramera barata, y aquella pequeña sorpresa había representado todo un regalo.
—Así libro a mi hermana de un juicio por traición en este mundo, y la salvo de la condena eterna en el otro.
—A ningún hijo le está vedada la salvación, César —objetó el obispo Milo. Compartía la complicidad ante aquella desagradable sorpresa, pues a él y a la astuta madre del emperador, Gala Placidia, les hacía falta dinero para terminar una nueva iglesia en Rávena que había de garantizarles su propio ascenso a los cielos. Placidia estaba tan avergonzada con el desliz de su hija como temeroso se mostraba Valentiniano, y su apoyo a la decisión del emperador se vería recompensado con una generosa donación a la Iglesia por parte del tesoro romano. Al obispo le parecía que los caminos del Señor eran inescrutables. Placidia, por su parte, estaba convencida de que los deseos de Dios y los suyos propios coincidían plenamente.
Se suponía que el emperador se encontraba en Roma, la vieja y decadente Roma, tratando con el Senado, recibiendo a los embajadores, participando en cacerías y reuniones sociales. Pero había partido hacía cuatro noches, sin previo aviso, acompañado por seis soldados escogidos personalmente por su chambelán Heraclio. Descubrirían a Honoria antes de que pudiera hacer realidad sus planes. Habían sido los espías del chambelán quienes habían revelado que la hermana del emperador no sólo se acostaba con su guardián de palacio —un necio imprudente llamado Eugenio—, sino que planeaba asesinar a su hermano y hacerse con el poder. ¿Había algo de cierto en aquella historia? No era ningún secreto que Honoria consideraba a su hermano indolente y estúpido, y que se creía más capacitada que él para gobernar los asuntos del imperio, a imagen y semejanza de su enérgica madre. Los rumores que habían comenzado a circular apuntaban a que pretendía colocar a su amante en el trono y convertirse en augusta, o reina. Sí, por supuesto, sólo se trataba de rumores, pero escondían una verdad: a la vanidosa Honoria nunca le había caído bien su hermano. Si Valentiniano los sorprendía en la cama, no le costaría acusarla por inmoralidad y enajenación, así como, tal vez, por traición. En cualquier caso, tendría la excusa perfecta para casarla y librarse de ella.
El emperador excusaba sus propias conquistas románticas con tanta naturalidad como condenaba las de su hermana. Él era hombre y ella mujer, y por ello su lujuria, a ojos de los hombres y de Dios, resultaba más ofensiva.
El séquito de Valentiniano había dejado atrás los Apeninos italianos y se acercaba a los palacios de Rávena. Ya había caído la noche y los cascos de los caballos resonaban en el largo camino que los conducía a su pantanoso refugio. Aunque resultaba fácil defenderla de los ataques bárbaros, para el emperador la nueva capital tenía algo de ensoñación, allí, separada de la tierra pero sin pertenecer del todo al mar. Flotaba al margen de los campos y de la industria, y la burocracia que se había asentado en ella la aferraba apenas a la realidad. El agua era tan poco profunda y el barro tan hondo que Apolinar, con su característico ingenio, había asegurado que las leyes de la naturaleza no estaban vigentes en Rávena, «donde los muros eran planos y el agua se alzaba, donde las torres flotaban y los barcos descansaban en la tierra». La única ventaja de la nueva ciudad era que, nominalmente, resultaba segura y eso, en los tiempos que corrían, no era poca cosa; la traición estaba a la orden del día.
Valentiniano sabía muy bien que la vida de los grandes conllevaba riesgos. Al propio Julio César lo habían asesinado hacía quinientos años. Desde entonces, los finales trágicos de los emperadores ocupaban una lista tan larga que casi costaba memorizarla: Claudio había muerto envenenado. Nerón y Otón se habían suicidado, Caracalla se había convertido en asesino de su hermano, y a su vez había tenido el mismo fin. Los hermanastros y los sobrinos de Constantino habían sido eliminados violentamente casi en su totalidad, Graciano había sido asesinado, y a Valentiniano II lo habían encontrado misteriosamente ahorcado. Algunos emperadores habían encontrado la muerte en el campo de batalla, otros habían sucumbido a la enfermedad o el libertinaje, e incluso estaban quienes habían fallecido a causa de los efluvios tóxicos de un yeso recién aplicado, pero la mayoría había muerto por las conjuras de sus allegados. Lo raro habría sido que su taimada hermana no hubiera conspirado contra él. Al emperador no le sorprendía oír a su chambelán hablar en voz baja de sus intrigas, pues desde que había accedido a la púrpura a la edad de cuatro años, no esperaba otra cosa. Si había alcanzado los veintiocho había sido sólo gracias a su cautela, a su constante desconfianza y a su proceder necesariamente despiadado. O atacaba o era atacado. Además, sus astrólogos confirmaban sus temores. Él encontraba satisfactorias sus predicciones, y los recompensaba por ellas.
Ahora, la impresionante comitiva desmontaba discretamente ante la puerta en penumbra, pues no deseaba que el ruido de los caballos anunciara su presencia. Los hombres llevaban largas espadas, aunque muy pegadas a las piernas para impedir, en lo posible, que destellaran en la oscuridad. Embozados y encapuchados, se dirigieron al palacio de Honoria igual que fantasmas. Las calles de Rávena se encontraban envueltas en la penumbra, sus canales apenas brillaban, y la luna creciente se ocultaba a ratos tras el velo de las nubes. En tanto que ciudad administrativa que no se dedicaba al comercio, la capital siempre tenía algo de provisional y parecía medio desierta.
La visión del emperador causó asombro entre los centinelas.
—¡César! No esperábamos...
—Apartaos.
Casi todos los que habitaban en palacio dormían ya; la oscuridad teñía tapices y cortinas, y el aceite de las lámparas se consumía despacio. Las cúpulas y los arcos se encontraban revestidos de mosaicos con imágenes de santos que observaban serenos los pecados del mundo. El aire se impregnaba de incienso y perfumes. El séquito del emperador avanzaba por los oscuros corredores de mármol con gran sigilo, para evitar ser descubierto, y el guardián de los aposentos de Honoria, un corpulento nubio llamado Goar, se desplomó con un leve gruñido sin llegar a saber quién se aproximaba, instantes después de que alguien que se hallaba a veinte pasos de él le disparara una flecha. Cayó al suelo de mármol con un ruido sordo. A un niño del servicio que despertó, sobresaltado, y que tal vez hubiese alertado de su presencia, le retorcieron el pescuezo como a una gallina. Después, los soldados irrumpieron en los aposentos de la princesa, volcando mesas cubiertas de dulces impregnados en miel. Uno de ellos le dio una patada a un cojín, que fue a caer a la piscina poco profunda del baño, antes de abrir de par en par la puerta de su alcoba.
La pareja despertó sobresaltada y se incorporó, apretujándose y gritando tras la gasa de las cortinas, al tiempo que todas aquellas figuras en sombra rodeaban su enorme lecho. ¿Iban a asesinarlos? ¿Por qué nadie había dado la voz de alarma?
—Iluminadlos —ordenó Valentiniano.
Sus hombres prendieron las antorchas que habían llevado y de pronto la escena se hizo visible, estridente. Eugenio, el guardián, se volvió un poco y siguió incorporándose hasta tocar con la espalda la pared donde reposaba el cabecero de la cama, mientras se cubría con las manos para protegerse. Su gesto era el del hombre que acaba de caer por un precipicio y que, en un último momento de lucidez y terror, sabe que no puede hacer nada para salvarse. Por su parte, Honoria se movía a gatas hacia el otro extremo del lecho, desnuda, cubierta sólo por la sábana de seda que se pegaba a su cuerpo. Sus caderas, a pesar del horror que experimentaba, seguían resultando seductoras, y se alejaba de su amante plebeyo como si ese gesto bastara para negar la evidencia.
—De modo que es cierto —exclamó el emperador entre dientes.
—¿Cómo te atreves a entrar así en mi alcoba?
—Hemos venido a salvarte, criatura —intervino el obispo.
La desnudez de su hermana excitó a Valentiniano de un modo extraño. Se había sentido insultado por sus burlas, pero ahora, ¿quién era la necia? Ahí estaba, humillada ante más de diez hombres. Sus pecados se hallaban expuestos ante todos ellos, como así también los hombros desnudos, el cabello suelto, los pechos que se marcaban bajo la sábana. Aquella escena le proporcionaba una innegable satisfacción. Volvió la vista atrás. En la entrada se recortaba la silueta amorfa de Goar, que yacía en el suelo de mármol rodeado de un charco de sangre. Había sido la vanidad y la ambición de su hermana la que había condenado a quienes se encontraban a su alrededor, igual que se había condenado a sí misma. El emperador se fijó en un bordón dorado que sujetaba las telas que rodeaban el lecho y tiró de él. El diáfano refugio cayó entonces al suelo y los dejó más expuestos aún. Entonces se adelantó y empezó a azotar a su hermana en las caderas y las nalgas, que se agitaban bajo la sábana, con la respiración cada vez más agitada.
—¡Te revuelcas con un sirviente y planeas elevarlo por encima de mí!
Honoria se retorció y aulló, e indignada tiró de la tela para cubrirse mejor, destapando por completo al pobre Eugenio.
—¡Maldito seas! Se lo contaré a nuestra madre.
—¡Fue ella quien me dijo cuándo y dónde podría encontrarte!
El dolor que provocó en Honoria aquella traición provocó en Valentiniano una satisfacción especial. Siempre habían rivalizado por el afecto de Placidia. Seguía azotándola sin parar, más para humillarla que para lastimarla, y no cesó hasta quedar sin aliento. Tanto Honoria como él habían enrojecido, aunque por diferentes razones.
Los soldados sacaron de la cama al guardián, le pusieron las manos a la espalda y lo obligaron a arrodillarse. Su hombría menguó al momento, y no tuvo ocasión siquiera de intentar una disculpa. Mantenía la vista fija en la princesa, a la que miraba suplicante, aterrorizado, como si ella pudiera salvarlo. Pero lo único que tenía Honoria eran sueños, no poder. ¡Era mujer! Y ahora, a cambio de su afecto, Eugenio acababa de condenarse.
Valentiniano se volvió a contemplar a quien había de ser futuro emperador de Rávena y Roma. El amante de Honoria era apuesto, sí, y sin duda inteligente, pues había ascendido a guardián de palacio, pero qué necio había sido al pretender arrebatarle el cargo. La lujuria había alimentado la ocasión, y la ambición había alentado el orgullo, pero al fin todo había quedado en un patético capricho.
—Miradlo —dijo Valentiniano en tono de burla—. Ahí tenéis al futuro césar. —Bajó la mirada—. Deberíamos cortársela.
A Eugenio se le quebró la voz.
—No le hagáis daño a Honoria. Fui yo quien...
—¿Hacerle daño a Honoria? —Las carcajadas del emperador denotaban desprecio—. Ella pertenece a la casa imperial, guardia, y no necesita tus súplicas. Se merece unos buenos azotes, pero en realidad no se le hará daño, pues ella tampoco es capaz de infligirlo. ¿Acaso no ves lo desvalida que se encuentra?
—Ella jamás pensó en traicionarte...
—¡Silencio! —Valentiniano volvió a agitar el bordón, aunque esta vez azotó con él al guardián en la boca—. Deja de preocuparte de la ramera de mi hermana y empieza a rogar clemencia para ti mismo. ¿Crees que no sé qué planeabais?
—¡Valentiniano, basta ya! —suplicó Honoria—. No es lo que crees. No es como te han dicho. Tus consejeros y tus magos te han desquiciado.
—¿Ah, sí? Pues acabo de encontrar lo que temía encontrar, ¿no es así, obispo?
—El tuyo es un deber de hermano —dijo Milo.
—Como lo es éste —replicó el emperador—. Hacedlo.
Un tribuno corpulento anudó un pañuelo alrededor del cuello de la víctima.
—Por favor —suplicó la mujer—. Lo amo.
—Por eso mismo debe hacerse.
El tribuno tiró de los dos extremos y se le marcaron los músculos de los brazos. Honoria comenzó a gritar. El guardián enrojeció al momento y sacó la lengua intentando en vano respirar. Los ojos se le salían de las órbitas y se agitaba. Entonces se le heló la mirada, se desplomó y tras unos instantes que se hicieron interminables y que sirvieron para asegurarse de que estaba muerto, su verdugo lo dejó caer.
Honoria lloraba en silencio.
—Has vuelto a la casa de Dios —la calmó el obispo.
—¡Estáis todos condenados al infierno!
Los soldados estallaron en carcajadas.
—Hermana, te traigo buenas noticias —dijo Valentiniano—. Tus días de soltera están contados. Como te has mostrado incapaz de encontrar por ti misma a un pretendiente adecuado, he dispuesto que te desposes con Flavio Baso Herculano, en Roma.
—¡Herculano! ¡Es gordo y viejo! ¡Nunca me casaré con él! —Aquél era el peor de los destinos imaginables.
—Te pudrirás en Rávena hasta que accedas.
Honoria se negó a casarse y Valentiniano cumplió con su palabra de confinarla, a pesar de sus súplicas. Las peticiones que hizo a su madre cayeron en saco roto. ¡Qué tortura la de vivir encerrada en su palacio! ¡Qué humillación la de obtener la libertad sólo si se avenía a desposarse con un aristócrata decrépito! Con la muerte de su amante había muerto una parte de ella misma. O eso creía. Su hermano no sólo había estrangulado a Eugenio, sino también su orgullo, su fe en la familia, su lealtad al gobierno de Valentiniano. ¡Había estrangulado su corazón! Así que, a principios del año siguiente, cuando las noches eran más largas, Honoria, que había perdido toda esperanza en el futuro, mandó llamar a su eunuco.
A Jacinto lo habían castrado siendo un niño esclavo. Lo sumergieron en un baño de agua caliente y le aplastaron los testículos. Había sido un acto cruel, por supuesto, pero la misma mutilación que le había negado el matrimonio y la paternidad le había permitido alcanzar una posición de confianza en la corte imperial. El eunuco se había reído en más de una ocasión de su sino, y a veces se había sentido aliviado por quedar exento de las pasiones físicas a las que se entregaban quienes lo rodeaban. Si se sentía menos hombre por estar castrado, también le parecía que su sufrimiento era menor. El dolor de la emasculación no representaba más que un recuerdo lejano, pero su privilegiada posición constituía una fuente constante de satisfacción. A él nunca lo percibirían como una amenaza, que era lo que le había sucedido a Eugenio. Así, los eunucos solían vivir más que aquellos a quienes servían.
Jacinto se había convertido no sólo en sirviente de Honoria, sino también en su amigo y confidente. En los días posteriores a la muerte de Eugenio, sus brazos la habían consolado mientras ella lloraba sin poder controlarse. Apoyaba su mejilla imberbe en la de ella y, entre murmullos, le daba la razón y alimentaba las llamas del odio que sentía hacia su hermano. El emperador era una bestia, tenía el corazón de piedra, y a Jacinto la idea de que la obligaran a casarse con un senador viejo en la exhausta Roma le resultaba tan indigna como a su señora.
Ahora ella había ordenado que lo llamaran en plena noche.
—Jacinto, te libero.
El eunuco palideció. En el mundo exterior no sobreviviría más que un animal doméstico.
—Te lo ruego, señora. La tuya es la única bondad que conozco.
—Y en ocasiones la tuya parece ser la única con la que cuento. Hasta mi madre, que aspira a la santidad, piensa hacer caso omiso de mí hasta que me someta. De modo que los dos somos prisioneros en este lugar. ¿No es así, querido eunuco?
—Hasta que te desposes con Herculano.
—¿Acaso no es ésa una prisión de otra clase?
Jacinto suspiró.
—Tal vez el matrimonio sea un destino que debamos aceptar.
Honoria negó con la cabeza. Era muy hermosa, y disfrutaba demasiado de los placeres del lecho como para malgastar su vida con un viejo patricio. Herculano tenía fama de ser un hombre severo, antipático y frío. El plan de Valentiniano de casarla suponía ahogarla tan eficazmente como había asfixiado a Eugenio.
—Jacinto, ¿recuerdas que a mi madre, Gala Placidia, se la llevaron los godos tras saquear Roma, y la casaron con su jefe, Ataúlfo?
—Eso fue antes de que yo naciera, princesa.
—Cuando Ataúlfo murió, mi madre regresó a Roma, pero entretanto ayudó a civilizar a los visigodos. En una ocasión comentó que los pocos años que había pasado con ellos no habían sido tan desagradables, y creo que conserva algunos recuerdos picantes de su primer esposo. Los bárbaros son hombres fuertes; más que la raza que se cría hoy en Italia.
—Tu madre realizó curiosos viajes, señora, y vivió extrañas aventuras antes de asegurar la ascensión al trono de tu hermano.
—Es una mujer de mundo que ha acompañado a ejércitos, se ha casado con dos hombres y ha puesto la vista más allá de los muros de palacio, así como ahora los pone en el cielo. Y siempre me ha animado a hacer lo mismo.
—Todo el mundo siente veneración por la augusta.
Honoria cogió al eunuco por los hombros y lo miró fijamente.
—Por eso debemos seguir su valeroso ejemplo, Jacinto. Hay un bárbaro aún más fuerte que los godos. Lo es incluso más que mi hermano; un bárbaro que se ha convertido en el hombre más fuerte del mundo. ¿Sabes de quién te hablo?
El eunuco sintió que el miedo se apoderaba lentamente de él.
—Te refieres al rey de los hunos —susurró como si estuvieran hablando de Satán. El mundo entero temía a Atila, y rezaba por que su ojo saqueador se posara en otro confín del imperio. En los informes se aseguraba que parecía un mono, que iba siempre bañado en sangre, y que mataba a todo el que osaba llevarle la contraria, excepto a sus esposas. Decían que disfrutaba de la compañía de cientos de ellas, y que todas eran tan hermosas como horrendo resultaba él.
—Quiero que te reúnas con Atila, Jacinto —reveló al fin Honoria, con un brillo en los ojos. Las mujeres fuertes no recurrían sólo a su ingenio, sino a sus alianzas con hombres fuertes. Los hunos contaban con el ejército más temido del mundo, y la sola mención de su jefe haría que su hermano se arredrara. Si Atila la solicitaba, Valentiniano debería dejarla partir. Si Atila prohibía su matrimonio con Herculano, Valentiniano habría de desistir. ¿O no?
—¡Reunirme con Atila! —murmuró Jacinto tragando saliva—. Pero, mi señora, si yo apenas llego a la otra punta de la ciudad. No soy viajero, ni embajador. Ni siquiera soy hombre.
—Te proporcionaré hombres para que te escolten. Nadie te echará de menos. Quiero que te armes de valor y vayas a su encuentro, porque nuestro futuro, el mío y el tuyo, dependen de él. Quiero que le expliques lo que me ha sucedido. Como prueba de que tus palabras son ciertas, llévale el anillo con mi sello. Jacinto, mi más querido esclavo: quiero que le pidas a Atila el Huno que acuda en mi rescate.
2
La doncella de Axiópolis
—Padre, ¿qué has hecho?
Setecientas millas al este de Rávena, donde el valle del Danubio se ensancha en su avance hacia el mar Negro, los hunos se hallaban al fin en una pequeña colonia romana llamada Axiópolis. Como todas aquellas plazas, la ciudad también había sido trazada en un principio con la cuadrícula clásica de los campamentos legionarios, con sus foros, sus templos y sus edificios administrativos distribuidos cual piezas de un tablero. Como todas ellas, la habían amurallado en el siglo iii, cuando proliferaron las guerras causadas por el descontento. En el siglo iv, tras la conversión de Constantino al cristianismo, sus templos paganos se habían convertido en iglesias. Y, como las demás, también había sido presa del miedo cada vez que otros asentamientos hermanos del Danubio resultaban saqueados.
Ahora, por fin, los hunos habían llegado. Su entrada había sido como el estallido de una tormenta, y había producido un creciente grito de terror que se colaba por las puertas como el ondulante quejido de las sirenas. Con él llegó el falso amanecer del fuego, rojizo, palpitante. En el comedor de su familia, Ilana intentaba no oír lo que llevaba tanto tiempo temiendo: súplicas y gritos, el chasquido de las pezuñas desnudas de los caballos contra las calles empedradas, los gruñidos y los golpes desesperados de una resistencia inútil, y el crepitar del fuego. Con el rabillo del ojo creyó ver el destello de un pájaro surcando el cielo, pero no era sino una flecha que, habiendo errado su blanco, descendía en dirección a la calle, hacia otra diana que estaba a punto de cruzarse en su camino: un avispero que resonaba, tenue, en medio de aquella oscuridad estigia. Sus vecinos corrían como si huyeran de las puertas del infierno. El Apocalipsis había llegado al fin.
—Creo que así lograremos salvarnos —respondió Simón Publio, aunque su ligero temblor revelaba que no se sentía del todo seguro. El rostro del rechoncho mercader había envejecido mil años en el transcurso de las últimas semanas; tenía la barbilla hundida, los ojos vacíos, soñolientos, la piel rosada, sudorosa, moteada, como carne rancia. Acababa de cometer un acto de traición para salvar a su familia.
—Les has abierto las puertas, ¿verdad?
—Habrían entrado de todos modos.
La calle se iba llenando de hombres a caballo que gritaban en una lengua áspera y desagradable. Curiosamente, Ilana distinguía ese silbido tan peculiar de las espadas al surcar el aire, que suena como una tela al desgarrarse, y el golpe seco que corresponde al impacto que le sucede. Era como si todos sus sentidos se hubieran exacerbado y hasta ella llegaran todos los gritos, todos los susurros, todos los rezos.
—Pero íbamos a esperar a las legiones.
—¿Como Marcianópolis? Entonces no tendrían compasión, hija. Cuento con la promesa de Edeco de que, por haberlos ayudado, salvarán a algunos de nosotros.
Se oyó un grito, una retahíla ininteligible de súplicas desesperadas, que evidenciaba que no todos serían tan afortunados. Miró por la ventana. La penumbra se llenaba de sombras que se alejaban y caían, y, esporádicamente, de algún rostro redondo como la luna, con la boca abierta de par en par a la luz de una antorcha, antes de desaparecer de nuevo en la oscuridad. Ilana se sentía aturdida. Llevaba tanto tiempo asustada que le parecía vivir en una eternidad de miedo; en realidad llevaba años atemorizada, a medida que aquellas terroríficas historias avanzaban río abajo. Luego llegó el temor paralizador, cuando los hunos y sus aliados aparecieron por fin bajo una columna de polvo que se alzaba como si de humo se tratara. De eso hacía dos días. Habían rodeado Axiópolis al galope y amenazaban con la aniquilación si la ciudad no se rendía. La rendición no había llegado, a pesar de las súplicas y de la insistencia de algunos. Por las venas de sus habitantes corría el orgullo de Mesia y el fuego de Tracia, y casi todos preferían defenderse combatiendo. Desde entonces, la resistencia romana había sido feroz: bravos contraataques, momentos de valeroso heroísmo e incluso algunas pequeñas y momentáneas victorias. Pero también había ido instalándose una creciente desesperanza a medida que a los muertos y a los heridos los bajaban de las murallas, y cada día parecía más duro que el anterior, y cada noche más larga, y cada rumor más descarnado. Cada viuda desconsolada, cada criatura huérfana, se sumaba al fatalismo de la ciudad. En las iglesias humeaba el incienso, el eco de las oraciones se elevaba al cielo, los sacerdotes desfilaban sobre las murallas, los mensajeros intentaban escapar para pedir ayuda, pero no llegaban refuerzos y no había respiro. Los débiles muros de piedra empezaron a desmoronarse cual pedazos de queso. El fuego destruía los tejados. Fuera, el enemigo quemaba las cosechas y destrozaba los barcos. Dentro, esforzados ancianos a quienes habían entregado arcos y flechas caían desde lo alto de las murallas, pues permanecían allí más tiempo del debido, intentando vislumbrar al enemigo con sus ojos miopes.
Ilana se había refugiado en una desesperanza callada y, en vez de temer al fin que se avecinaba, había empezado a darle la bienvenida. Después de todo, ¿qué tenía la vida de bueno? Sólo esperaba que la muerte no le resultara demasiado dolorosa. Pero ahora su padre, el mercader más importante de la ciudad, los había traicionado.
—Una vez que hubieran tomado por asalto las murallas, nos habrían matado a todos —dijo—. En cambio, de este modo...
—Son jinetes —lo interrumpió ella con voz pausada—. Les falta pericia...
—Sus mercenarios saben sitiar y conocen las torres de asedio. Tenía que hacer algo, mi niña.
¿Niña? Qué lejano parecía todo aquello. ¿Niña? Su gran amor, Tasio, el hombre con quien iba a casarse, había muerto al tercer día. La flecha de un huno se le había clavado en un ojo, y había fallecido tras cuatro largas horas de agónicos gritos. No sabía que del cuerpo humano pudiera brotar tanta sangre durante tanto tiempo. ¿Niña? Aquélla era la palabra que se usaba para referirse a las benditas ignorantes, criaturas que aún conservaban la esperanza, inocentes que algún día, tal vez, engendraran sus propios hijos. Pero ahora...
—He escondido algunas monedas. Me han prometido un salvoconducto. Marcharemos a Constantinopla y empezaremos una nueva vida. Tus tías, el servicio... Sus espías me prometieron que nos dejarían libres a todos. Y otros también se salvarán. Estoy seguro. Esta noche he salvado muchas vidas.
Ilana deseaba creerlo. Necesitaba confiar en algún adulto, y en el futuro. Pero en esos momentos todo se reducía a un interminable y furibundo presente, a ese viento tormentoso de gritos, al chasquido de las flechas, a los despiadados gruñidos de los guerreros que se llevaban lo que les placía.
—Padre...
—Vamos —dijo él, arrastrándola a su pesar—. Debemos ir a encontrarnos con el jefe a la iglesia de San Pablo. Dios nos protegerá, niña.
Las calles eran un hormiguero de seres humanos, y su pequeño grupo se abría paso, asustado, como una falange entre cuerpos, lamentos, puertas reventadas y resplandor de llamas. Se aferraban a objetos del todo inútiles: un busto ancestral, un viejo arcón de novia, un fajo con las cuentas de un negocio ya destruido, un perro atemorizado. El saqueo era anárquico. Entraban en una casa y dejaban intacta la vecina, pasaban por la espada a un grupo y hacían caso omiso de otro, cuyos miembros se acurrucaban en la penumbra. Aquí un pagano clamaba que Júpiter lo había salvado, allí una cristiana atribuía su salvación a Jesús, aunque lo cierto era que los hunos aniquilaban por igual a gentes de todos los credos. Todo se había convertido en una cuestión de azar, de suerte, la vida y la muerte resultaban tan impredecibles como el aleteo de una mariposa. Los hunos entraban al galope en las sacristías, en las cocinas, sin temor a encontrar resistencia, disparando flechas como si participaran en algún juego inocente, despreciando a quien fuera tan lento como para quedar atrapado debajo. La única piedad la traía la noche, que les hacía imposible identificar a sus amigos, a sus familiares, a los tenderos, a los profesores. La muerte se había vuelto anónima. La ciudad sucumbía sin que nadie llamara a nadie por su nombre.
Cuando Ilana y su padre llegaron al foro, la iglesia empezaba a llenarse de ciudadanos que esperaban milagros de un Dios que parecía haberlos olvidado. Un grupo de hunos observaba a los romanos entrar en el santuario y, a lomos de sus caballos, se limitaban a conversar entre sí como si comentaran las incidencias de un desfile. De vez en cuando, enviaban a algún mensajero, que partía al galope para impartir alguna orden, lo que daba a entender que, contrariamente a lo que Ilana había supuesto, aquellos saqueos respondían a una disciplina. Las hogueras ardían con más brío.
—¡Edeco! —exclamó Simón Publio, ronco tras pasarse la noche gritando—. Te traigo a mi familia para que la protejas, tal como acordamos. Agradecemos tu gracia. Esta matanza no es en absoluto necesaria, entregaremos lo que nos pidáis...
Un lugarteniente de rasgos griegos hacía de intérprete. El cabecilla de los hunos, que se distinguía por su bella loriga confeccionada con la cota de malla capturada a algún romano, bajó la vista y su rostro velludo y surcado de cicatrices quedó en sombra.
—¿Quién eres tú?
—¡Publio, el mercader! ¡El que dio aviso y abrió las puertas, como exigía vuestro emisario! Claro, todavía no nos conocíamos. Soy yo, vuestro aliado, que sólo pide poder marchar río abajo. Embarcaremos lejos de aquí.
El huno se mostraba pensativo, como si todo aquello fuera nuevo para él. Posó la vista en Ilana.
—¿Y quién es ella?
Simón dio un respingo, como traspasado por un rayo.
—Mi hija, una niña inofensiva.
—Es bonita.
El porte de la joven era noble y distinguido, el cabello descendía en una cascada de negros rizos, sus ojos eran almendrados, sus pómulos marcados, las orejas tan finas como el alabastro o el porfirio. Cuando se había iniciado el sitio estaba a punto de casarse.
—En esta ciudad hay muchas mujeres hermosas. Muchas, muchas.
Edeco eructó.
—¿En serio? Pues las que he poseído parecían vacas.
Sus hombres se echaron a reír.
El viejo mercader se plantó delante de su hija, intentando ocultarla con su cuerpo.
—Si nos escoltáis hasta el río, encontraremos un barco que nos lleve.
El jefe reflexionó unos instantes y dirigió la mirada a la iglesia que se alzaba en el otro extremo del foro. Allí las sombras de los refugiados se agitaban de un lado a otro. Cada vez más gente intentaba entrar. Dijo algo en su lengua a uno de sus hombres y varios de ellos se dirigieron al trote hasta la entrada, como si estuvieran pensando en atacarla. Los romanos que en ese momento querían entrar se dispersaron como ratones. Los que ya se encontraban en el interior cerraron las puertas y echaron el cerrojo. Los bárbaros no se lo impidieron.
—Dios os recompensará por vuestra piedad, Edeco —dijo Simón.
—¿Tú has hablado con él? —dijo el huno con una sonrisa.
Llamó a sus hombres, que se encontraban al otro lado de la calzada, y éstos se bajaron de los caballos y empezaron a amontonar muebles y enseres junto a las puertas de la iglesia. Los integrantes del grupo de Simón ahogaron un grito y, entre susurros, manifestaron su alarma.
—Dios habla a todos los que escuchan —le aseguró Publio con voz sincera—. No apartes tus oídos.
Edeco había observado a sus enemigos desesperados rezar a cientos de dioses. Todos habían sido conquistados. Los romanos y los hunos contemplaron los preparativos en silencio. Aquéllos no se atrevían a moverse sin permiso, y aguardaban lo inevitable con el alma en vilo. La gente, apiñada en la iglesia, empezó a gritar y a suplicar cuando se dio cuenta de que, aun queriendo, ya no podían salir.
Finalmente, Edeco se volvió hacia el mercader.
—Ya lo he decidido. Tú y las vacas, las feas, podéis iros. Tu hija y las muchachas bonitas se quedan con nosotros.
—¡No! ¡Ése no fue el trato! Dijisteis que...
—¿Osas dudar de mi palabra?
El rostro de Edeco, medio oculto en la penumbra, inclinado y surcado de cicatrices, se oscureció.
—No, no —balbuceó Publio—, pero Ilana debe quedarse con su padre. Seguro que eso podéis entenderlo. —Su rostro había adquirido una palidez enfermiza y le temblaban las manos—. Es mi única hija.
Acercaron las antorchas a las barricadas que impedían el paso al interior de la iglesia y las sostuvieron contra los aleros del tejado. Por debajo de las tejas, la madera, seca y cuarteada, recibió ávidamente las llamas, que se extendieron en oleadas hacia lo más alto. Los murmullos y los gritos del interior se convirtieron en alaridos.
—No. Es bonita.
—Por el amor de Dios...
Ilana le rozó la manga para prevenirlo, pues se daba cuenta de lo que se avecinaba.
—Padre, no te preocupes.
—Sí me preocupo, y no pienso entregarte a estos salvajes. ¿Qué sois? ¿Demonios? —gritó de pronto—. ¿Por qué quemáis a los que se vuelven hacia Dios?
A Edeco empezaba a irritarlo la intransigencia de aquel hombre.
—Entrégamela, romano.
—¡No, no! Quiero decir, por favor... —Alzó una mano en señal de súplica.
En un instante, Edeco desenvainó su espada y se la cortó. El miembro amputado salió volando y, con los dedos aún en movimiento, fue a estrellarse contra la base de una fuente. Todo sucedió tan deprisa que Publio no tuvo tiempo de gritar. El mercader se tambaleó, invadido más por la sorpresa que por el dolor, sin saber muy bien qué hacer para que las cosas volvieran a su cauce. Aturdido, se miró la muñeca seccionada. En ese momento una flecha se le clavó en el pecho. Y a ella siguió otra, en una sucesión que fue cubriéndole el torso y los miembros. Él lo contemplaba todo, incrédulo, y oía reírse a los guerreros que, montados en sus caballos, seguían disparando más rápido de lo que el ojo captaba. Se desplomó y se sentó en el suelo, con más púas que un erizo.
—Matadlos a todos —ordenó Edeco.
—A la niña no —dijo un huno joven, que se agachó para levantarla, la subió a su caballo y la tendió, atravesada, por delante de la montura.
—¡Soltadme! ¡Dejadme ir con mi padre!
El joven le ató las manos.
—¿Quieres terminar como él? —le preguntó en la lengua de los hunos.
Los demás romanos huyeron en todas direcciones, pero fueron abatidos sin excepción por las flechas de los jinetes. A los heridos, suplicantes, los remataban en el suelo. El incendio de la iglesia alcanzó su punto álgido y el rugido de las llamas ahogó al fin los gritos de los que morían en su interior. Sus almas parecían elevarse con el calor, y el resplandor se fundía con las primeras luces del alba, que despuntaba por el este. Desde otros rincones de la ciudad aparecían hileras de cautivos perplejos, atados con cuerdas como recuas de asnos. En ese momento las paredes del templo se vinieron abajo.
Ilana sollozaba, se ahogaba en su pena y apenas podía respirar. Seguía tumbada entre la grupa del caballo y los poderosos muslos del huno. El pelo le colgaba como una cortina y dejaba al descubierto su cogote. ¿Por qué no la mataban también a ella? La pesadilla parecía no tener fin, y la torpe traición de su padre no había servido de nada. Su existencia había quedado reducida a cenizas, pero ella, por una cruel paradoja del destino, seguía con vida.
—Deja de llorar —le ordenó el huno con unas palabras que ella aún no comprendía—. Yo te he salvado.
Ilana sintió envidia de los muertos.
Edeco los condujo fuera de la ciudad que había destruido. Sus recuerdos no eran más que columnas de humo. Los sitiados siempre acababan por abrir las puertas, lo sabía. Alguien siempre esperaba en vano, en contra de la razón y de la historia, salvarse si alcanzaba un pacto con el invasor. Los hunos contaban con ello. Se volvió hacia el lugarteniente, que era quien llevaba atada a Ilana. Se trataba de un guerrero que respondía al nombre de Skilla.
—Atila habría disfrutado mucho esta noche, sobrino.
—Como yo disfrutaré de esta que se acerca.
Había posado la mano derecha sobre la cintura de la cautiva, y cada vez que ésta se retorcía la agarraba con más fuerza. Sus sacudidas hacían que el huno deseara poseerla allí mismo. ¡Qué hermosa grupa se adivinaba bajo el vestido!
—No. —Su tío negó con la cabeza—. Es demasiado hermosa. Se la llevaremos a Atila, para que él decida.
—Pero es que me gusta...
—Es Atila quien debe asignarla. Si tanto te interesa, pídesela.
El joven suspiró y apartó la mirada. Había aprendido a montar antes que a andar, luchaba desde que era un niño, cazaba, perseguía y mataba. Sin embargo, aquél había sido su primer saqueo, y no estaba acostumbrado a tales matanzas.
—Los de la iglesia...
—Habrían procreado a otra camada que habría vuelto a levantar los muros de otro templo. —Edeco aspiró el humo, que se alzaba y emborronaba el sol que ya salía—. Hacemos bien, Skilla. La tierra ya respira libre.