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Revivir una historia de amor

Todos necesitamos creer que somos amados y dignos de amor. Iniciamos la vida confiados en ambas cosas, bañados en el amor de una madre y arropados en nuestra propia inocencia. El amor nunca fue puesto en duda pero, con el tiempo, nuestra certeza se fue empañando. Al mirarte ahora, ¿puedes decir las dos cosas que todo bebé podría expresar, si dominara la palabra?

Soy completamente amado.

Soy completamente digno de amor.

Pocas personas pueden hacerlo porque, al mirarse con franqueza, uno detecta defectos que lo hacen menos amable y menos amado. En muchos sentidos, eso te parecerá normal, ya que el amor perfecto es una utopía. Sin embargo, en un sentido más profundo, lo que consideras defectos son, en realidad, las cicatrices de penas y heridas acumuladas a lo largo de toda una vida. Cuando te miras al espejo, crees estar viéndote de un modo realista; sin embargo, el espejo no revela la verdad que perdura pese a todas las heridas:

Fuiste creado para ser completamente amado y completamente digno de amor, por toda tu vida.

En cierto sentido, es asombroso que no caigas en ello, pues bajo todo lo que piensas y sientes la inocencia sigue intacta. El tiempo no puede manchar tu esencia, tu porción de espíritu. Pero si pierdes de vista esta esencia, confundirás tu yo con tus experiencias, y no cabe duda de que las experiencias pueden contribuir en gran medida a destruir el amor. En un mundo a veces hostil y brutal, conservar la inocencia parece imposible. Así descubres que sólo experimentas una limitada cantidad de amor, que eres digno de amor sólo hasta cierto punto.

Esto puede cambiar.

Aunque te veas a ti mismo en términos limitados, como una mente y un cuerpo confinados en tiempo y espacio, existe una tradición de enseñanzas espirituales que afirma lo contrario. En espíritu, eres infinito para el tiempo y el espacio, intocable para la experiencia. En espíritu eres amor puro.

Si no te sientes completamente amado ni completamente digno de amor es porque no te identificas con tu naturaleza espiritual. Tu sentido del amor ha perdido lo único de lo que no puede prescindir: su dimensión superior. ¿Cómo sería restaurar esa parte perdida de ti?

Mente, cuerpo y espíritu se unirían; esta unión crea el amor que tienes para dar.

Tú y tu ser amado os uniríais; esto crea el amor que tienes para compartir.

En lo más profundo de nuestra naturaleza, cada persona está destinada a ser el héroe o la heroína de una eterna historia de amor. La historia se inicia en la inocencia, con el nacimiento de un bebé en el cariñoso abrazo de su madre. Continúa a través de etapas de crecimiento, a medida que el niño se familiariza con el mundo. El círculo de amor se amplía con más y más experiencias: incluye primero a familiares y amigos, al compañero íntimo después; pero también incorpora el amor por cosas abstractas, como el saber y la verdad. El viaje hacia la madurez nos lleva al amor de dar y al florecimiento de valores más elevados, como la compasión, el perdón y el altruismo. Finalmente existe la experiencia directa del espíritu mismo, que es amor puro. El viaje termina en el mismo conocimiento con que el bebé comenzó, aunque no pudiera expresarlo: yo soy amor.

Sabes que has experimentado plenamente el amor cuando te conviertes en amor; tal es el objetivo espiritual de la vida.

No son muchas las personas que descubren el objetivo espiritual de la vida. La dolorosa necesidad creada por la falta de amor sólo se puede satisfacer aprendiendo de nuevo a amar y a ser amado. Cada uno de nosotros debe descubrir por sí mismo que el amor es una fuerza tan real como la gravedad y que ser sostenido por él todos los días, a cada hora, a cada minuto, no es una fantasía: debería ser nuestro estado natural.

El objetivo de este libro es revivir historias de amor que nunca debieron haberse marchitado. La unión del yo y el espíritu no sólo es posible, sino inevitable. El significado espiritual del amor se mide sobre todo por lo que es capaz de hacer, que es mucho.

El amor puede curar.

El amor puede renovar.

El amor puede protegernos.

El amor puede inspirarnos con su poder.

El amor puede acercarnos a Dios.

Todo lo que el amor se propone hacer es posible. Sin embargo, saberlo sólo ha servido para que la brecha entre el amor y la falta de amor resulte más dolorosa. Incontables personas han experimentado el amor (como placer, sexo, seguridad, disponer de alguien que satisficiera sus necesidades cotidianas) sin que se les abriera un sendero especial. Para la sociedad, el ciclo «normal» del amor consiste, simplemente, en hallar un compañero adecuado, casarse y criar a los hijos. Pero este patrón social no es el camino, pues la experiencia de casarse y tener familia no es automáticamente espiritual. Aunque sea triste decirlo, muchas personas entablan relaciones de por vida en las que el amor se marchita con el tiempo o proporciona un compañerismo duradero sin crecer en su dimensión interior. Un sendero espiritual tiene una sola razón de ser: mostrar el camino para que el alma crezca. Porque a medida que crece, se revela la verdad espiritual, se redime la promesa del alma.

Cuando halles tu sendero hallarás también tu historia de amor. En la actualidad, la gente vive consumida por dudas respecto a sus relaciones: «¿He encontrado al compañero adecuado? ¿Soy fiel a mí mismo? ¿He renunciado a la mejor parte de mí mismo?» Como resultado, existe una incansable especie de consumidores a la búsqueda de un compañero que comprar, como si se pudiera hallar al «adecuado» sumando los pros y los contras de la posible pareja, hasta que el número de pros iguale alguna medida mítica. Sin embargo, el camino hacia el amor nunca se refiere a lo externo. Al margen de lo buena o mala que te parezca tu relación, la persona con la que estás en estos momentos es la «adecuada» porque es un espejo de lo que eres por dentro. Esto es algo que nuestra cultura no nos ha enseñado (como tampoco ha sabido enseñarnos otras tantas cosas sobre las realidades espirituales). Cuando discutes con tu compañero estás discutiendo contigo mismo. Cada defecto que le ves toca una debilidad negada en tu interior. Cada conflicto que plantees es una excusa para no enfrentar un conflicto interior. Por lo tanto, el camino hacia el amor aclara un error monumental, que cometen millones de personas: el error de creer que alguien, «allá fuera» va a dar (o a tomar) algo que aún no tienes. Cuando realmente encuentras el amor, te encuentras a ti mismo.

Por ende, el camino hacia el amor no es una elección, pues todos debemos descubrir quiénes somos. Tal es nuestro destino espiritual. El camino se puede posponer; puedes perder la fe en él y hasta desesperar de que el amor exista siquiera. Nada de eso es permanente; sólo el camino lo es. La duda refleja el ego, que está limitado en el tiempo y el espacio; el amor refleja a Dios, eterna esencia divina. La promesa última, en el camino hacia el amor, es que caminarás a la luz de una verdad que se extiende más allá de cualquier verdad que tu mente conozca ahora.

He estructurado los capítulos siguientes para reconducir al lector por el camino hacia el amor, desde los primeros síntomas de idilio hasta las etapas finales del éxtasis. Para muchas personas, el hecho de enamorarse puede parecer algo accidental, pero en términos espirituales no lo es: constituye el punto de entrada al eterno viaje del amor. El idilio tiene varias fases distintas que podemos explorar, cada una de las cuales participa de un sentido espiritual especial: atracción, encaprichamiento, cortejo e intimidad.

En los albores de la etapa siguiente, el idilio se convierte en una relación comprometida (matrimonio, por lo general) y el camino cambia. El encaprichamiento ha terminado; se inicia el estar enamorado. Espiritualmente, la palabra «estar» implica un estado del alma; es ese estado que la pareja aprende a sustentar mediante la entrega, palabra clave en toda relación espiritual. A través de la entrega, las necesidades del ego, que pueden llegar a ser sumamente egoístas y poco amantes, se transforman en la verdadera necesidad del espíritu, que es siempre la misma: la necesidad de crecer. A medida que creces, cambias los sentimientos falsos y superficiales por emociones profundas y verdaderas; de ese modo, la compasión, la confianza, la devoción y el servicio se convierten en realidades. Un matrimonio así es sagrado: no puede tambalearse nunca, porque está basado en la esencia divina. Un matrimonio así es también inocente, porque la única finalidad es amar y servir al otro.

La entrega es la puerta que debemos cruzar a fin de hallar la pasión. Sin entrega, la pasión se concentra en las ansias de placer y estimulación. Con entrega, la pasión se dirige hacia la vida misma; en términos espirituales, pasión es dejarse llevar por el río de la vida, eterno e infinito en su fluir.

El fruto final de la entrega es el éxtasis: cuando puedes desprenderte de todo apego egoísta, cuando tienes la certeza de que el amor ocupa realmente el núcleo de tu naturaleza, experimentas la paz total. En esta paz una semilla de dulzura es percibida con el corazón; a partir de esa semilla, con paciencia y devoción, alimentas el estado supremo del gozo, conocido como éxtasis.

Tal es, pues, el camino hacia el amor que se esboza en las páginas siguientes; aunque no sea el único. Algunas personas no se enamoran ni entablan relaciones con un ser amado. Pero esto no significa que no exista camino para ellas, sólo que el camino ha sido interiorizado. Para esas personas, el Amado está por entero dentro de ellas mismas desde el comienzo mismo. Es su propia alma o su imagen de Dios; es una visión o una vocación; es una soledad que florece en amor por el Único. A su manera, esa historia de amor es también una relación, porque al final todos comprendemos lo mismo. Comprender que «uno es amor» no está reservado sólo para quienes se casan. Es una comprensión universal, atesorada por todas las tradiciones espirituales. Para decirlo más llanamente, todas las relaciones son, en última instancia, una relación con Dios.

Además de inspiradora, quise que esta obra también fuera práctica. Cada capítulo incluye ejercicios (titulados «Práctica de amor») que te permitirán consolidar los aspectos analizados en el texto. A continuación, figura una historia de amor (titulada «En nuestra vida») para ampliar el texto de una manera más personal. Yo participo en todos estos relatos, generalmente como oyente solidario de amigos, pacientes y otras personas en busca de amor. A veces voy más allá de ese papel para actuar como consejero o asesor, pero no como terapeuta profesional. Sólo quiero abrir el camino hacia el esclarecimiento, actuar como una partera: el acto mismo del alumbramiento corre por cuenta de cada uno.

No obstante, antes de embarcarme en las historias de amor de este libro, permítaseme contar algo de la propia. El espíritu siempre nos deja pistas sobre su existencia, aunque no las busquemos; recuerdo las primeras pistas que me proporcionó mi abuela cósmica. Era la madre de mi padre; estaba casada con un viejo sargento del Ejército Indio, que la mañana en que nací hizo sonar su corneta desde los tejados. A primera vista, esta diminuta mujer no parecía cósmica. Su idea de la satisfacción era amasar con harina panes perfectamente redondos para mi desayuno o caminar antes del alba hasta un penumbroso templo, donde se entonaban los mil nombres de Vishnú. Pero un día, mientras esperaba mi desayuno sentado junto a la cocina de carbón, ella compartió conmigo una parcela de sabiduría cósmica.

En esa misma calle del cantón de Poona vivía un vecino, el señor Dalal, a quien nadie quería. Era encorvado, canoso y muy flaco; saludaba a todos con una expresión agria y compungida. Lo curioso es que su esposa, una mujer pequeña y vivaz (su polo opuesto), lo adoraba. Estaban siempre juntos; si yo me cruzaba con ellos camino de la escuela, la señora Dalal me saludaba agitando la mano bajo el sari azul, sin apartar los ojos enamorados de su esposo, que iba golpeteando la acera con su bastón.

«Son como Rama y Sita», decía mi abuela con admiración, a espaldas de ellos. Eso me parecía discutible, puesto que Rama y Sita son encarnaciones divinas del hombre y la mujer, los amantes más perfectos de la mitología india. Cuando Rama tensaba su arco, provocaba truenos y relámpagos; Sita, por su parte, era la belleza personificada. A los once años, obsesionado como estaba con el críquet, yo no tenía mucho tiempo para pensar en Rama y Sita ni en los Dalal. Hasta que una sombra se cernió sobre nuestra casa: el señor Dalal agonizaba a pocas puertas de distancia.

Tras una visita a la casita de la pareja, mi abuela regresó pálida y sombría. «Le quedan sólo unas horas», dijo a mi madre. Los niños suelen ser insensibles a la muerte; además, yo estaba resentido contra el señor Dalal desde en día en que, azuzándome con el bastón, me había ordenado recoger un paquete que acababa de caérsele en la acera. Años después, ya estudiante de medicina, comprendí que el señor Dalal padecía de angina de pecho, por lo que su débil corazón no le permitía siquiera agacharse. Los agudos dolores de pecho explicaban su expresión contraída. Y ahora la enfermedad lo tenía a las puertas de la muerte.

Desde luego, la agonía del señor Dalal era tema de conversación en todo el vecindario. Ese día mi abuela nos informó que la señora Dalal había decidido morir en lugar de su esposo. Desde el alba hasta el anochecer, rezaba con fervor para que se cumpliera este deseo. En nuestra familia todos estaban atónitos, salvo mi padre, que era cardiólogo. Él guardaba silencio, pero nos aseguraba que el señor Dalal no tenía esperanzas de recuperarse de su infarto. Una semana después esta predicción fue desmentida por la reaparición de Dalal en la calle, muy frágil y acompañado por su esposa. La señora Dalal, llena de vida, saludaba agitando la mano bajo el sari azul, tan alegre como siempre, si bien algo cambiada.

Mi abuela esperaba. Unos pocos meses después, la señora Dalal cayó enferma. Un resfriado sin importancia se convirtió en neumonía; como entonces la penicilina no era tan fácil de conseguir ni gozaba de mucha fe entre el vulgo, la mujer murió súbitamente, en plena noche.

—Igual que Rama y Sita —murmuró mi abuela, con una expresión que se podía interpretar erróneamente como triunfal. Describió la última escena entre los esposos, cuando el señor Dalal se quitó las cuentas de oración para ponerlas tiernamente al cuello de su esposa, antes de que falleciera—. Ésa es una verdadera historia de amor —dijo—. Sólo el amor puede obrar tales milagros.

—No —protesté, irguiéndome con impaciencia junto a la cocina—. La señora Dalal ha muerto. Tú dices que eso es amor, pero ahora ninguno de los dos tiene nada.

Mi padre ya me había dicho, con su voz clínica y mesurada, que la supervivencia del señor Dalal no era un milagro, sino algo pasajero. Cabía esperar que muriera en el curso de un año.

—Tú no lo entiendes —me reprochó mi abuela—. ¿Quién crees que concedió a la señora Dalal su deseo? Al amar a su esposo, ella amaba a Dios; ahora está con él. Toda historia de amor auténtico es una historia de amor con Dios.

Una anciana dotada de mente cósmica es un buen punto para comenzar a hablar del amor. Pues este relato no trata de la señora Dalal. Cualquier occidental se mostraría escéptico y pensaría que ella no ganaba nada muriendo por su esposo, en el caso de que así hubiera sido. Lo importante de la narración reside en las más profundas creencias de mi abuela:

Un hombre y una mujer pueden reflejar el amor divino en su amor mutuo.

Amar a tu bienamado es tu modo de amar a Dios.

El amor humano sobrevive a la muerte.

Si pudieras albergar las mismas creencias, tu amor contendría profundo poder y significado. En realidad, no debo privar a la señora Dalal de darle un significado a su propia experiencia. Los vecinos susurraban que murió murmurando «Rama». Quien pueda pronunciar el nombre de Dios en ese momento bien podría estar cortejando a su amante. Ahora que lo pienso entiendo que, para ella, la muerte en sí era una cura. ¿Cuántos occidentales modernos pueden decir lo mismo?

Si bien el amor es importante para todos, pocos podemos negar que está en crisis; no existe crisis más profunda. O bien el amor no es una fuerza lo bastante poderosa para salvarnos de nuestra naturaleza más oscura, o bien algo nos ha apartado del amor. Tal vez el amor nunca fue la respuesta que estábamos buscando.

Cualquiera de estas cosas podría ser cierta. Si lo son, el hecho de nacer humano es una verdadera tragedia. En su última obra importante, El malestar en la cultura, Sigmund Freud pintó la naturaleza humana en un retrato lúgubremente falto de amor. El ser humano, afirmaba, está motivado por un instinto proclive a la gratificación sexual que la sociedad apenas puede mantener a raya. Nace para hallar una satisfacción sádica en los aprietos de los enemigos; es capaz de utilizar una violencia implacable contra el prójimo a fin de obtener dinero, poder y sexo, y sólo la amenaza de castigo por parte de alguien más poderoso pone freno a esta violencia. Según Freud, el mandato de Cristo, «Ama a tu prójimo como a ti mismo», es una imposibilidad psicológica.

Todo adulto ha visto de la vida lo suficiente para estar de acuerdo, cuanto menos en parte, con esta devastadora evaluación; en general, la psicología moderna se basa en ella. Los famosos experimentos de Milgram sobre el dolor, efectuados en Yale en la década de los cincuenta, demostraron que el individuo promedio, al dársele la orden de aplicar descargas eléctricas a desconocidos en un ambiente de laboratorio, lo hacía de buena gana, aun cuando los sujetos aullaban de dolor y les imploraban que cesaran. ¿Dónde está el amor en todo esto?

La única base duradera para el amor es la experiencia directa del espíritu.

Pese a todas las pruebas contrarias, de alguna manera profunda hemos sido creados para el amor, hasta lo más hondo del alma humana. Contra todo pronóstico, esta visión espiritual de la naturaleza humana ha prevalecido. Sus raíces se remontan a la India, hace más de dos mil años, hasta las escrituras védicas. Veda significa, en sánscrito, «verdad» o «conocimiento». Se considera que los himnos del Rig Veda son la expresión devota más antigua del hombre; y sin embargo, al expandirse en miles y miles de escrituras, los Vedas continuaron destacando lo mismo: que el hombre es un espejo de Dios. Nuestro ser y Su Ser son una misma cosa.

El punto de vista védico sostiene que no somos observadores pasivos de la realidad, sino creadores, al igual que Dios. La máscara de la materia disfraza nuestra verdadera naturaleza, que es conciencia pura, creatividad pura, espíritu puro. Al igual que la luz brota a raudales de una fogata, la realidad brota a raudales de nosotros; nuestra opción es emanar amor o no-amor. Contrariamente al punto de vista de Freud, los Vedas dicen que, para nosotros, es mucho más natural crear a partir del amor que del no-amor. Declaran que los seres humanos «nacen en la bienaventuranza, se sustentan en la bienaventuranza y retornan a la bienaventuranza después de la muerte». Es una percepción totalmente distinta de la propuesta por la psicología moderna; sin embargo, el estar realmente enamorado siempre brinda una nueva percepción: todos podemos constatar el súbito éxtasis, la bienaventuranza que hace del idilio algo tan dulce. Ahora bien, tener una visión completa del amor requiere estar dispuestos a sobrellevar un cambio de percepción mucho más radical.

Cuando te percibas como espíritu no te limitarás a sentir amor: serás amor.

En términos espirituales, ser amor es simplemente lo natural. Lo antinatural es nuestro alejamiento del amor. Las antiguas escrituras reconocían la violencia del hombre y la veían con claridad: una de las enseñanzas más importantes del Veda, «verdad», es el Bhagavad-Gita, ambientado en un campo de batalla, antes de una mortífera guerra. Sin embargo, en la tradición védica hay una ininterrumpida sucesión de santos, videntes, maestros y sabios que se han expresado con las siguientes palabras:

La vida es amor y el amor es vida. ¿Qué mantiene íntegro al cuerpo, sino el amor? ¿Qué es el deseo, sino amor al yo?... ¿Y qué es el conocimiento, sino amor a la verdad? Aunque los medios y las formas sean erróneos, el motivo oculto es siempre el amor, el amor al yo y a lo mío. El yo y lo mío pueden ser pequeños o pueden estallar y abarcar el Universo; pero el amor perdura.

Es la voz de un maestro del sur de la India, llamado Nisargadatta Maharaj, que habla a sus discípulos a finales de la década de los setenta. La expresión «la vida es amor y el amor es vida» tiene raíces tan antiguas que no hay idea más venerable. No obstante, en nuestra era hemos perdido contacto con ese amor, distraídos como estamos por la atracción sexual, las emociones inestables y los dogmas religiosos. El amor basado en la experiencia del espíritu nos brinda la posibilidad de volver a nuestra verdadera naturaleza, haciendo a un lado nuestra conducta carente de amor como si de una larga pesadilla se tratara.

Un amor basado en valores «superiores» patrocinados por las religiones del mundo parece, como lo señalaba Freud, una idea imposible. Las escrituras contienen innumerables mandatos de amar al Señor con todo el corazón, toda el alma y todo el poder. Sin embargo, hay una sobria verdad en el melancólico poema de Emily Dickinson:

A veces con el Corazón

Rara vez con el Alma

Apenas una vez con el Poder

Pocos... aman nunca.

Si todos nuestros intentos de hallar una base espiritual para el amor han resultado fallidos, ¿qué podemos hacer?

Al espíritu sólo se lo puede convocar cuando es real, y sólo puede serlo si es real para ti. En otras palabras, tiene que ser tú. Eso es exactamente lo que enseñan los Vedas. Ellos equiparan al espíritu con el «Yo», más que con el «Alma»; y no se trata del yo cotidiano, con sus pensamientos, deseos, necesidades e impulsos, sino de un Yo superior, silencioso y eterno. Hay una clásica metáfora védica que explica la diferencia: cada persona es como una pieza de oro. Si fueras un anillo de oro, un reloj, una cadena de oro, podrías decir: «Soy un anillo, un reloj, una cadena»; pero éstas son formas pasajeras. En verdad, eres simplemente oro: ésa es tu esencia, sin importar cómo cambie la forma.

De igual modo, cada uno tiene un yo, definido por la psicología moderna como una imagen desarrollada con el paso del tiempo. Es una misteriosa fusión de ego, personalidad y memoria que todos nosotros asimilamos entre la infancia y los primeros años de la niñez. Por ser completamente personal, tu yo está asimismo completamente aislado y aparte de cualquier otro yo. Sin embargo, si te vieras de verdad, ya no podrías identificarte con esa cosa aleatoria y desvencijada: tu yo. Eres un simple grano de oro, y en comparación con él. Dios es todo el oro del mundo; no obstante, puedes decir con justicia: «Soy oro.»

Todos buscamos en el Yo superior identidad, vida, conciencia, voluntad y amor.

El Yo que enseña Krishna en el Bhagavad-Gita es un aspecto eterno de la naturaleza humana que trasciende toda individualidad, todo cambio en tiempo y espacio. Sobre el inmortal «habitante del cuerpo», Krishna declara:

Las armas no lo cortan,

el fuego no lo quema,

el agua no lo moja,

el viento no puede arrastrarlo...

Es eterno y lo domina todo,

sutil, inquebrantable y siempre el mismo.

Lo importante, aquí, es que el Yo es una experiencia real. No se trata de un ideal, alejado de la realidad de cada día (que es lo que la mayoría de nosotros piensa del alma), sino que está tan próximo a ti como el aliento. El Yo es la fuente del amor y, por lo tanto, es más real que cuanto bloquea al amor: la ira, el miedo, el egoísmo, la inseguridad y la desconfianza. Esas cualidades, por muy extendidas que puedan estar en la sociedad, son pasajeras; crecen con el tiempo y tienen que ser aprendidas. El Yo, por el contrario, se mantiene estable en la paz y la seguridad; sólo conoce el amor, porque su experiencia es sólo de amor.

Cuando interactúas con otra persona eres libre de sentirlo todo, desde el odio más profundo hasta el más profundo amor. Puedes sentirte repelido o atraído; puedes expresar rechazo o aceptación. Pero en el plano del Yo siempre te encuentras con el prójimo en el amor.

La persona que amas refleja tu porción del amor universal. Si aprendes a mirar lo bastante a fondo, verás que tu realidad es sólo amor.

En un pasaje famoso, los Vedas declaran:

Igual que el microcosmos, así es el macrocosmos;

igual que el átomo, así es el universo.

Igual que el cuerpo humano, así es el cuerpo cósmico;

igual que la mente humana, así es la mente cósmica.

Este versículo se puede simplificar en pocas palabras: tú eres el universo. Lo que una persona ve a su alrededor, desde el más ínfimo de los detalles hasta el más amplio de los panoramas, es esa persona. La realidad es un espejo del alma.

La tradición védica divide el mundo en realidad e ilusión. La ilusión, o Maya, se compone de fuerzas y hechos transitorios. La realidad está hecha de espíritu. Por ende, la misión asignada a cada persona fue rasgar el velo de la ilusión para descubrir el espíritu en todo. Ésa es la misión que tenemos ahora por delante.

No hay lugar en el materialismo para ese tipo de aseveraciones. Tras haber escrito doce o trece libros sobre la conjunción de mente y cuerpo, que hace unos pocos años parecía revolucionaria, ahora me descubro testigo de la debilidad que presenta el materialismo en todos los frentes. ¿Qué es una plegaria curativa, sino un intento eficaz de neutralizar la diferencia entre la realidad interior y la exterior? ¿Qué es una remisión espontánea del cáncer, salvo la obediencia del cuerpo material a briznas de esperanza abrigadas por la mente? La física de Einstein nos dice que cuanto parece sólido a nuestros sentidos es, en realidad, un 99,999 % de espacio vacío. La clásica descripción metafísica oriental de una realidad espiritual que se esconde tras una ilusión material vacua, se torna de repente muy factible.

Mi abuela cósmica fue quien me enseñó que los ángeles luchan eternamente contra los demonios. En su visión del mundo, los ángeles ganaban siempre; el mundo del amor es, en último término, para el cual nacemos. Mi experiencia también me ha dado la esperanza de que así sea y, en base a esas esperanzas, decidí escribir este libro sobre el amor.

Por terribles que resulten, las tinieblas nunca extinguen por completo la chispa de luz. Una de las historias de amor más conmovedoras que he leído jamás sucedió entre dos enemigas durante el Holocausto. Una joven y devota católica estaba siendo sometida a un horrible «experimento médico» realizado en Auschwitz. Por casualidad, quien dirigía su tortura clínica era también una mujer; lo cual, de algún modo, hace aún más horripilante su sadismo. La muerte vino con lentitud, pero al fin llegó. La joven católica susurró algo ininteligible, ante lo cual la doctora retrocedió, suponiendo que se trataba de una maldición. La joven alargó la mano, esforzándose por quitarse algo del cuello, y en el último instante logró tenderlo a su torturadora. «Para usted», susurró al entregar su rosario a la doctora: una última bendición al abandonar el mundo.

Un relato así despierta un hálito de esperanza entre las lágrimas. A todos nos gustaría creer que un alma redimida puede ayudar a redimir a otra, aun en las profundidades de la temible oscuridad. Si esto es cierto, el poder del amor se nos revela tan grande como lo dictan las enseñanzas espirituales.

En este libro no pretendo proponer que retrocedamos en el tiempo y adoptemos la metafísica india; eso sería imposible, dados los profundos cambios culturales de los últimos milenios. Sin embargo, sugiero que los sabios védicos fueron los primeros en dibujar un mapa del camino hacia el amor, que denominaron Sadhana. Todo camino implica un principio y un final. En este caso, el principio es una realidad en la que el amor se presenta como algo anhelado, pero incierto, sofocado por el miedo y la ira, abrumado por la fuerza contraria del odio. El final es una realidad donde sólo hay amor.

Lo que queda ahora es la más profunda de todas las curas: la cura de amor.

PRÁCTICA DE AMOR

Un trato espiritual

La meta de este libro es sanar la división entre amor y espíritu, para cuyo fin daré periódicamente algunas sugerencias prácticas. Por lo general, estas «prácticas de amor» están dirigidas al lector, aunque recomiendo, en la medida de lo posible, efectuarlas junto con el ser amado.

La primera práctica de amor se aplica a las dudas que se puedan abrigar sobre el hecho de que el amor «superior» cuenta con algún tipo de realidad accesible. Si alguien no se ha enamorado nunca, es imposible demostrarle que la experiencia existe. No hay en las palabras poder capaz de evocar el apasionado amor romántico, como tampoco la fragancia de una rosa tiene sentido por muy bella que sea su descripción. ¿Cuánto más ajeno será, pues, el amor prometido por la unión con el espíritu? Fíjate en la siguiente lista de objetivos que el amor debe cumplir, supuestamente, como ampliación de la lista anterior:

El amor debe curar.

El amor debe renovar.

El amor debe protegernos.

El amor debe inspirarnos con su poder.

El amor debe darnos certeza, quitarnos las dudas.

El amor debe eliminar todos los miedos.

El amor debe revelarnos la inmortalidad.

El amor debe brindarnos paz.

El amor debe armonizar las diferencias.

El amor debe acercarnos a Dios.

Aunque esta lista te parezca poco realista o muy exagerada, quiero que hagas un trato con el amor, un trato espiritual: que veas cómo todas o alguna de estas cosas se cumplen.

Coge una hoja de papel y anota lo que deseas del amor. Si es una fuerza real, si está sintonizado con lo que tú eres, el amor responderá. Haz la lista lo más completa y específica que te sea posible. Te sugiero anotar cada punto de la lista anterior y, a continuación, tu deseo.

Por ejemplo:

El amor debe curar.

Quiero curar la ira que siento hacia mi padre. Quiero curar el amor que no pude dar a mis hijos cuando lo necesitaban. Quiero curar mi dolor por haber perdido a mi amigo X.

El amor debe renovar.

Quiero sentir un renovado entusiasmo por mi trabajo. Quiero renovar los sentimientos sexuales que me inspira mi esposa. Quiero renovar mi sensación de ser joven.

El amor debe protegernos.

Quiero sentirme protegido estando con otros. Quiero sentirme protegido cuando salgo por la mañana a correr. Quiero que X no me rechace si le digo que lo amo.

El amor debe inspirarnos con su poder.

Quiero que mi amor sea poderoso. Quiero utilizar todo mi poder con amor. Quiero expresar amor cuando lo siento y no ceder a emociones inferiores, como el miedo y la ira.

Una vez que hayas detallado todo lo que deseas (sin miedo a pedir demasiado), el trato queda cerrado. Guarda la hoja en lugar seguro. Has anunciado a tu alma lo que deseas y le toca al amor responder. El amor es inteligente y despierto; te conoce mejor de lo que tú mismo te conoces. Por lo tanto, tiene el poder de cumplir su parte del trato. Descansa tranquilo y permanece alerta en los meses siguientes. No reflexiones sobre tu lista ni trates de convertirla en realidad. Sólo tienes que hacer lo siguiente:

Cuando sientas amor, déjate guiar por él. Habla desde el corazón. Sé sincero. Mantente abierto.

Así es como te comprometes con el amor. Pasados unos meses, saca tu lista y léela. Pregúntate cuántos deseos se han hecho realidad. No digo que vayas a asombrarte por lo que el amor ha podido hacer (aunque para muchos es así), pero te llevarás una sorpresa, sin duda. En realidad, pedir amor es uno de los riesgos más difíciles de asumir; y, al arriesgarte primero con el corazón, abres una puerta que no volverá a cerrarse.

EN NUESTRA VIDA

Hay alguien ahí fuera

—Ya sé lo que estás pensando —dijo Delaney—. Crees que soy demasiado exigente, ¿verdad? Pero no creo estar pidiendo tanto. No exijo que ella tenga una despampanante belleza o un título de doctora.

—Sólo debe obedecer a un estándar —sugerí.

—Efectivamente. Yo lo veo como un paquete. Si todo el paquete está bien, los detalles no importan demasiado.

—Siempre que a ella, quienquiera que sea, le guste tu paquete —apunté.

Delaney asintió. Era asombrosamente inmune a la ironía y yo sabía que no era justo utilizarla con él. En realidad, él quería enamorarse (era su meta principal) y, como había alcanzado todos sus otros objetivos, lo frustraba ver que ése se le resistía tanto. Ambos habíamos cursado juntos el internado médico en Boston (donde él se había criado, en el seno de una familia de clase trabajadora); después nos pluriempleamos a las afueras para estirar el presupuesto, en la misma sala de urgencias. Quince años atrás, Delaney había iniciado su carrera de cardiólogo; sólo ahora, cuando ya rondaba los cuarenta y cinco años, creía disponer de tiempo para buscar compañera. Y le costaba disimular su confusión mental.

—Gracias a Dios, no soy uno de esos tipos que abandonan a la esposa, después de treinta años, por una atractiva muchacha de veinte —dijo—. Para mí, esto es el comienzo. Soy optimista, tengo paciencia, pero creo que...

—¿Qué? —pregunté.

Delaney apartó la vista, con una leve sombra de duda en el rostro.

—No sé. Tal vez soy demasiado viejo —murmuró.

—O demasiado exigente —observé—. Lo que estás buscando, ¿no será un atractivo paquete de veinte años? Sé sincero.

Se encogió tímidamente de hombros.

—Soñar no cuesta nada.

Súbitamente me sentí intranquilo con respecto a Delaney y su nuevo proyecto; a eso siguió, de inmediato, una oleada de tristeza. Estaba apreciando directamente lo poco que nuestra cultura nos enseña sobre el amor. Llevábamos una hora hablando de la «vida amorosa» del hombre, pero no habíamos tocado nada siquiera remotamente parecido al amor.

—¿Alguna vez te enamoraste? —pregunté—. Hablo de enamorarte de verdad.

Delaney pareció sobresaltado; al parecer, no esperaba que nuestra conversación se tornara tan personal. Vaciló.

—Bueno, no soy un advenedizo en estos asuntos. He tenido momentos realmente dulces y hay muchas mujeres que quieren salir conmigo.

Asentí con la cabeza.

—Escucha: no tenemos por qué ir a donde no quieras ir —dije, en voz baja—. Pero me parece que te sientes un poco perdido. —Se agarrotó y noté que retrocedía interiormente—. No te estoy acusando de nada. Es normal que te sientas perdido. Sobre todo si no andas buscando en los sitios adecuados.

—Detesto esos lugares a los que voy —reconoció, enfadado.

—¿Los bares? Todo el mundo detesta esos lugares —dije—. Pero no me refería a eso. No estás buscando dentro de ti mismo. Y ahí es donde está la persona que esperas encontrar, sea quien sea.

Delaney me miró como si yo me estuviera yendo por las ramas, pero insistí:

—En la vida has tenido muchos éxitos, básicamente utilizando siempre el mismo enfoque. Cuando te enfrentas a un desafío, reúnes tus recursos y, con suficiente seguridad en ti mismo, consigues lo que buscas. ¿No es así?

Él asintió.

—Lograr algo importante siempre implica un riesgo —le dije— y, por lo tanto, miedo. Pero si te dejaras dominar por el miedo jamás asumirías un riesgo y, por lo tanto, no lograrías nada.

—¿Estás insinuando que tengo miedo de enamorarme? —preguntó—. ¿Te parece que, si fuera así, me molestaría en buscar?

—No, no digo eso —repliqué—. Pero el amor y el miedo se rozan muy a menudo. Las personas como tú, que han emprendido cosas muy difíciles (como estudiar medicina con muy pocos medios, abrir tu propia consulta, reunir dinero para crecer y acometer nuevas empresas), tienen que aprender a dejar el miedo a un lado. Y no sólo el miedo, sino también las dudas, la confusión, la desesperanza; de hecho, casi todas las fragilidades comunes a los humanos. Ocultar las propias fragilidades cobra mucha importancia si quieres lograr algo en este mundo; pero eso es, exactamente, lo contrario de lo que exige el amor.

Delaney hizo una mueca. Caí en la cuenta de que no le gustaba la palabra exigir.

—Tengo mis debilidades, como todo el mundo —dijo, de mala gana—. ¿Qué quieres que haga? ¿Que vaya por ahí haciendo alarde de mi vulnerabilidad, para que alguna mujer se compadezca de mí?

—Estás exagerando, por lo mucho que detestas esa idea —observé—. No, no es compasión lo que buscas. Lo que trato de decir es que en la vida «normal» todos debemos parecer tan fuertes como resulte posible; pero esa táctica, que puede funcionar bien en otros aspectos, fracasa miserablemente cuando se trata de amor.

Como la mayoría, Delaney nunca había analizado la construcción de su mundo interior; no obstante, todos creamos divisiones psicológicas como medio de supervivencia. Delimitamos compartimientos interiores para meter en ellos todo lo indeseable en nosotros: nuestros miedos secretos, debilidades y defectos, nuestras dudas existenciales, nuestra convicción de que somos feos o indignos de amor. Todo el mundo tiene en el alma estos rincones oscuros.

—¿Te crees digno de amor? —pregunté a Delaney.

—¡Dios mío, qué pregunta! —me espetó—. No es algo en lo que piense. Sólo quiero casarme, ¿entiendes? Como todo el mundo.

—Esa pregunta desconcertaría casi a cualquiera —dije—, pero ¿por qué? ¿Es bochornoso sentirse digno de amor? La incomodidad surge porque el amor puede parecernos demasiado personal, aun ante nosotros mismos; ahonda en esos compartimientos donde acumulamos las imágenes negativas del yo. Por desgracia, para enamorarse hay que entrar ahí; eso es lo que el amor exige.

El verdadero amor es más peligroso de lo que la mayoría está dispuesta a creer. Provoca el mismo bochorno que los sueños donde uno se encuentra desnudo en un sitio público. Si enamorarse significara entrar en todos los rincones oscuros del alma, nadie se arriesgaría. Por otra parte, amar a otra persona implica abrir todo nuestro ser. Lo que posibilita el riesgo es el ingrediente del espíritu.

El espíritu es el verdadero yo, más allá de todas las divisiones en bueno y malo, deseable e indeseable, digno o indigno de amor. El amor expone esta realidad; por eso enamorarse es una bendición. Muchas personas no conocerán otra bendición que ésta en toda su vida. Las notas espirituales del amor romántico son inconfundibles. Primero se produce una tremenda apertura emocional, una liberación. Todo tu ser fluye hacia el bienamado, como si los dos compartierais los mismos sentimientos, las mismas preferencias y aversiones, casi el mismo aliento. El efecto secundario de esta avalancha de placer es que desaparecen las preocupaciones y las ansiedades; la nube del enamoramiento se traga preocupaciones tan triviales como el dinero, la carrera y el destino de la humanidad. Aunque no tuvieras ninguna preparación espiritual, al enamorarte degustarías las dulzuras del alma. Como dice Rumi, el gran poeta persa:

Cuando el amor probó por vez primera los labios del ser humano,

empezó a cantar.

Esta bendición del enamoramiento proviene del espíritu, pero el ego puede bloquearla. El ego tiene bajo su responsabilidad proteger la imagen que tengas de ti mismo; él crea los compartimientos donde se oculta todo lo que tienes de indeseable. Lo que bloquea el amor no es la presencia de estas energías fantasmas, sino la división de la psiquis que se produjo cuando el ego comenzó a levantar los muros interiores. El amor es flujo; los muros mantienen ese flujo a raya.

En términos espirituales, ése es el problema de la dualidad. Al separar lo bueno de lo malo, lo acertado de lo erróneo, insistimos esencialmente en que ciertas partes de uno mismo son indignas de amor; ¿por qué otro motivo las mantenemos fuera de la vista? Nos convertimos en paquetes, exactamente como los que mencionaba Delaney. El paquete parece contener sólo cosas buenas y dignas; pero si otra persona se aventura a amarnos, el envoltorio se desparrama. Y gran parte de su contenido no es tan agradable.

La consecuencia más cruel de la dualidad es que creemos correcto dejar el amor fuera. Abrirse es ser débil. Permanecer cerrado es ser fuerte. Y la sociedad refuerza estas dualidades al recordarnos, día tras día, que en este mundo el amor no está libre de peligros.

Como la mayoría de la gente, no veo mucho amor si no es en mi propio hogar. Al despertar veo el rostro de mi esposa a mi lado; muchas mañanas me maravillo del inefable amor que eso me inspira, algo mucho más delicado y conmovedor de lo que podría expresar con palabras. Sin embargo, junto a mi cama veo también el periódico que leí antes de dormirme y que contiene todo el odio imaginable. Cada página me enfrenta al catastrófico fracaso del amor. Existe un fracaso personal en la abrumadora cantidad de divorcios, litigios y amargura social con los que hemos aprendido a convivir. Existe un fracaso público en la guerra, el crimen callejero y la opresión de los que, en nuestras oraciones, pedimos librarnos.

Aunque nadie puede decir adónde fue el amor, el hecho de que nos rodeen tantas imágenes que fingen ser amor es una señal peligrosa. Todos los días nos vemos saturados hasta la extenuación con imágenes románticas de libros y películas, bombardeados con el sexo publicitario; desde todos los flancos se nos insta a ser más atractivos, a fin de conquistar la atención del amante «perfecto». Delaney se debatía, como todos nosotros, en el pantano del desamor tratando de hallar algo para lo que, en realidad, no tenía nombre.

—¿Por qué no te sientas a imaginar que la mujer perfecta te está esperando ahí fuera? —le sugerí—. Probablemente lo has hecho muchas veces, sólo para darte por vencido. Pues bien, yo creo que vas a encontrar a esa mujer; pero sucederá en el preciso instante en que te desprendas de su imagen. Aunque parezca una paradoja, ese desprenderte debe ser el primer paso para hallar a quien te ame, porque el amor nunca es una imagen. El amor no depende en absoluto de los valores externos.

—Lo sé —dijo, con súbita y sorprendente suavidad—. Me pareció que era preciso tener algún tipo de imagen en la mente. De lo contrario, era como buscar en la oscuridad.

—Es una preocupación que afecta a la mayoría —reconocí—. Refleja el secreto convencimiento de que por nuestra parte no somos tan deseables, pero también el miedo a la soledad. Al menos uno tiene una imagen para que le haga compañía. Sin embargo, existe un problema más profundo. El amor, ¿llega alguna vez desde fuera de uno mismo?

—Por supuesto —dijo.

—Profundiza —urgí—. Todos creemos en la dualidad, lo cual genera la percepción de que las personas son seres aparte. Tú y yo, sentados en esta habitación, parecemos personas aparte. Tenemos cuerpos distintos, mentes distintas, recuerdos y antecedentes distintos. La separación es la base de toda nuestra existencia. Pero una parte de ti detesta vivir aparte; detesta el miedo, la soledad, la suspicacia y la alienación que acompañan a ese aislamiento total. Esa parte de ti clama por el amor para que resuelva su dolor. Si alguien te amara quizá la separación se curaría.

—Vista así, mi vida no parece muy bonita —se lamentó Delaney.

—No. Pero muy en el fondo, casi todos sentimos las punzadas del aislamiento; eso no es ningún secreto. Permíteme una pregunta: ¿crees, en verdad, que ahí fuera hay alguien perfecto esperándote? Por común que sea el mito, la realidad es diferente. Ese alguien que te espera es siempre un reflejo de ti mismo. Por pura soledad, todos buscamos una fuente de amor que colme nuestras carencias interiores. Y eso es exactamente lo que sucede, ni más ni menos.

—No sé qué responder a eso —dijo Delaney.

—Si te observas con suficiente atención —señalé—, verás los patrones. Por ejemplo: la mayoría de los hombres siente la falta de ternura y espera encontrarla en una mujer. La mayoría de las mujeres siente la falta de fuerza y espera encontrarla en un hombre. Cualquiera que sea nuestra necesidad, la persona que la cubre se convierte en fuente de amor.

»La cuestión es cómo hacer que esto siga funcionando. La persona que, por casualidad, satisface nuestras necesidades, ¿puede seguir haciéndonos sentir amados? No lo creo. Todos llevamos demasiadas cosas ocultas en nuestro interior; hay demasiado que curar. Por eso, con el tiempo, la fuente exterior del amor se marchita y deja de ser efectiva. Y entonces surgen ciertas verdades:

»No puedes recibir más amor del que estás dispuesto a recibir.

»No puedes dar más amor del que tienes para dar.

»El amor reflejado por otra persona tiene su fuente en tu propio corazón.»

»El motivo por el que el amor de una fuente exterior deja de funcionar es que no has superado el aislamiento. No has hecho más que empapelarlo.

—Y entonces, ¿qué? —preguntó él.

—Estás ante una encrucijada. Puedes salir otra vez en busca del amor de otra fuente; puedes arreglártelas con lo que tienes; puedes dedicarte a otras satisfacciones que no sean el amor, o puedes ser completamente sincero y abandonar por entero la búsqueda de cosas exteriores.

Habíamos llegado a un punto crítico. El camino hacia el amor se inicia cuando te percatas de que la separación, la soledad y el dolor del aislamiento son reales. No son muchos los que quieren enfrentarse a este hecho; por lo tanto, la mayoría se resigna a una cantidad de amor tristemente limitada. El amor, como cura, no tiene límites, pero debes estar dispuesto a entregarle todo tu ser. Sólo así fluye su bálsamo.

—Hay algo que realmente admiro en ti —le dije a Delaney—. Seguramente te sorprenderá saber el qué. No te has conformado con imitaciones. En algún rincón de tu ser esperas lo auténtico. —Él me miró a los ojos, asintiendo apenas—. Es muy difícil hablar de ese anhelo sin nombre que sólo el amor puede satisfacer. ¿Qué esperamos? ¿Qué es lo auténtico, sino el torrente de imágenes sobre romanticismo, sexo e infinito placer que, supuestamente, debe obsequiarnos el amante ideal? En verdad, cada uno es el don y el donante.

»La dualidad es y ha sido siempre una ilusión. Ahí fuera nadie te espera. Sólo estás tú y el amor que te brindas a ti mismo. En espíritu, estás unido a todas las otras almas; la única finalidad de la separación es reunirte con esa unidad.

—Lo cual hace del amor la única bendición —comentó Delaney, en voz baja.

Por un momento dejamos que las palabras cuajaran, pues era como si él también hubiera hablado desde mi propio corazón.

—Sí —dije—. El amor es la única bendición, y eso se aplica a todo tipo de amor. Si el amor es la realidad última, como dicen los grandes maestros, el más leve gesto de conexión es un gesto de amor. Franquear el muro de la separación, ya sea para acercarnos a un amigo, un amante, un familiar o un desconocido, es actuar en el nombre del amor, seamos conscientes o no de ello.

Habíamos llegado a un momento especial que ambos queríamos apreciar en silencio. Estábamos en la consulta de Delaney, a las afueras de Boston; era una habitación normal y corriente, aunque por un momento no lo pareció. El camino hacia el amor siempre se abre de manera inesperada. Nuestro mundo contiene tal caos y confusión que la sola existencia de un sendero es un milagro. No obstante, mientras haya separación habrá un puente.

—Creo que has descubierto uno de mis secretos —dijo Delaney, tras una pausa—. Había perdido la fe en que ahí fuera hubiera alguien capaz de amarme tanto como yo deseaba.

—El amor no requiere fe —dije—. Puesto que la separación resulta ilusoria, creer en él es lo que requiere fe. El amor es real. Se puede poseer, nutrir, sentir; se puede aprender y depender de él. Así que abandona tu fe. Deja de albergar deseos y esperanzas; vuelca tus esfuerzos hacia lo que es real. La dualidad es tan endeble que puede desmoronarse en cualquier momento. La imaginación nos hace creer que el amor es algo ajeno a nosotros. En realidad, sólo existe amor, una vez que estamos dispuestos a aceptarlo.