Me despierto. No sé cuánto tiempo he pasado durmiendo, pero ahora hay más luz. Está amaneciendo y yo sigo allí, en esa especie de nave en ruinas.
El muerto también está ahí. Eso no era ningún sueño. Le observo. Barba negra, no muy cuidada. Pelo castaño, largo, con grandes vetas canosas. ¿Cincuenta años? Por ahí. Gafitas redondas, ligeramente descolocadas sobre la nariz. Ojos negros, coronados con cejas espesas que parecen cepillos.
Mientras le miro, me percato de una gruesa mancha de sangre que le recorre la frente, muy pegada al cuero cabelludo. Le han abierto la cabeza. A ese tío lo han matado.
Comienzo a darme cuenta de la situación.
Quiero saber dónde estoy. Giro el cuello y entonces siento un dolor agudo en la base del cráneo. Ese tipo de dolor que te avisa: «No sigas por ahí...». Así que dejo de moverme. Dicen que si te rompes la crisma, es mejor quedarse quieto. ¿Me han golpeado a mí también? Pero ¿qué ha pasado?
Intento recordar algo. ¿Ha sido un ataque terrorista, tal vez? Me vienen a la mente esas terribles escenas de Francia y los terroristas islámicos. Pero allí no parece haber nadie más que nosotros dos. Es una especie de pabellón industrial abandonado, lleno de cascotes y con las ventanas rotas.
Cierro los ojos. Trato de rebobinar la memoria. Es como esas veces que abres los ojos en medio de la noche y no sabes dónde estás. Esperas un poco y la información se va reconstruyendo ante ti. «Ah, estoy en tal sitio. Esta es la habitación del hotel cual. Todo encaja, vuelve a dormir.»
Pero es que mis tal y cual no regresan a mí. No recuerdo por qué estoy allí. No logro encontrar ni un hilo del que tirar, nada que pueda explicarme esa situación.
¿Qué es lo último que recuerdo? Hago un esfuerzo por encontrar algo «ahí atrás» y lo primero que me llega es una imagen. Un lugar precioso, entre las montañas...
Estábamos en el jardín de Koldo y Leire, haciendo un pícnic. Leire había dispuesto unas mantas sobre el césped y nos hablaba de ellas.
—Impermeables por debajo, suaves como un osito por arriba. Las compramos cuando vivíamos en Holanda, allí saben mucho de suelos húmedos.
El césped estaba muy bien recortado. Koldo se había pillado uno de esos robots cortacéspedes y se había tirado casi media hora hablándome de sus virtudes en el garaje de la casa. Yo me suelo aburrir bastante con esas cosas; sin embargo, aquel tema me interesaba a un nivel profesional. Si esos robots comenzaban a proliferar, mi trabajo tendría los días contados.
Pasábamos una tarde muy agradable, bebiendo vino y comiendo panecillos con paté y mermelada casera, mientras los niños de Leire y Koldo correteaban por el jardín. Cuando ya parecía que no nos cabía un gramo más de comida, Leire trajo un termo de café con leche y un bizcocho.
—Tienes que probarlo, Álex —me dijo Erin—. Leire es la reina de los bizcochos.
Desde que nacieron los gemelos, Leire disfrutaba de dos años sabáticos «de crianza». Se dedicaba solo a ser madre, pero con la ayuda de sus suegros. Así que podía ir a nadar todos los días y tenía tiempo para leerse un libro por semana. Estábamos hablando de eso, de lo feliz que era en su excedencia de la agobiante consultoría en la que trabajaba, cuando salió el tema de los bebés. Erin opinaba que Leire era el modelo de comportamiento. Ella también se cogería un año completo «en cuanto tuviésemos un bebé».
Yo me quedé helado al oír eso. «¿Un bebé?»
—Entonces Álex se convertirá en el ganapanes familiar —bromeó Koldo—. ¿Qué te parece eso?
Miré a Erin y ella me miró a mí y se rio. Leire también se rio. Fue como si las hubiera pillado hablando de un secreto. Me giré hacia Koldo:
—Me parece que tendré que romper tu robot.
Después, sobre las seis y media, comenzó a hacer frío y Leire propuso que pasáramos dentro. Había hecho un gran día para ser octubre, un día casi de verano, pero «esto es el Cantábrico», recordó Leire. Así que recogimos los bártulos y entramos en la casa. Una casa de madera, dos plantas, muchísimo espacio. Cada uno de los gemelos tenía su propia habitación, tan grande como el salón de cualquier apartamento de la ciudad. Y el salón tenía unas inmensas cristaleras esquinadas desde las que se podía contemplar el mar.
Estuvimos hablando de la casa un rato. Koldo trabaja en el estudio de arquitectura del padre de Erin y le encanta hablar de esos temas. Que si este material para conservar mejor el calor, que si el suelo geotérmico, que si el aislamiento de micropartículas de carbono... Las chicas se abrieron un vino y Leire dijo que era hora de bañar a los pequeños.
—¿Por qué no acompañas a Koldo, Álex? —dijeron entre risas—. Así vas aprendiendo.
«Otra vez ese rollo del bebé —pensé yo—, ¿qué se proponen?»
Ahí está mi último recuerdo. La casa de Koldo y Leire. Erin y eso de tener un bebé. Nada más. Ni siquiera sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces. ¿Un día? ¿Dos años? ¿Cómo he llegado a este lugar? ¿Qué hace este hombre muerto a mi lado?
Tengo que moverme. Tengo que encontrar mi móvil y pedir ayuda.
Estoy de costado, la mano izquierda atrapada bajo mi cadera, en una postura curiosa cuando menos. Supongo que me he caído y me he quedado en esa posición. Hago fuerza con el codo y me vuelco suavemente sobre la espalda. Al hacerlo, vuelvo a notar ese dolor en la nuca, que se irradia por toda la parte trasera de mi cabeza.
Me quedo mirando boca arriba. Ahora tengo un buen ángulo de visión y observo a mi alrededor. Un pabellón muy alto, de hormigón armado sucio, con un estilo arquitectónico antiguo. Hay cuadros de ventanas a los lados. Ventanas de marco de acero, con pequeños cristales, algunos de ellos rotos. El estilo de ventana de almacén o fábrica antigua. «Espera un segundo —me digo—. Yo conozco este sitio. Claro que lo conozco. Es la vieja fábrica Kössler.»
Voy a intentar levantarme. Mi otro brazo, el que lleva extendido todo el tiempo, se mueve y entonces me doy cuenta de otra cosa. Cerca de mi mano hay un trozo de piedra. Un trozo bastante grande y con forma triangular. Una de sus puntas está empapada en sangre.
Me siento y cojo esa piedra. La miro. Es un triángulo de granito. Llevo un dedo hasta esa punta manchada de rojo. Es sangre fresca.
Suelto la piedra. Miro al hombre muerto a un metro de mí.
Ya no tengo tanta prisa por llamar a nadie.
Alguien me dijo que había tenido un accidente. Recuerdo ver un montón de aparatos vibrando en las paredes de una ambulancia y dos enfermeros de la DYA a cada lado. «Has tenido un accidente —me dijeron—. Pero estás bien.»
Las imágenes vienen y van. Recuerdo que llegamos a un hospital por la entrada de urgencias. Una camilla y voces de gente. Una enfermera me pinchó algo. Un médico me hizo preguntas que no supe responder —«¿Qué ha pasado?» «¿Puedes seguir el dedo con la mirada?»—, así que cerré los ojos y tuve sueños. Tuve un montón de sueños. Tuve ocho temporadas de sueños lo menos.
En uno de ellos, estaba tumbado junto a mi madre, en una cama del hospital. Yo la llamaba pero ella no respondía. Estaba viva, ¿es que al final encontraron un tratamiento para ella? Al cabo de un rato, mi madre me miraba y me preguntaba quién era yo. «Soy tu hijo, Álex. ¿Es que no me recuerdas?» Un doctor —que curiosamente era el dentista al que iba de niño— me explicaba que el tratamiento experimental conllevaba una suerte de lobotomización del paciente. A cambio de aumentar su esperanza de vida, perdía toda su memoria. Bueno, al menos en mi sueño, aquello no parecía tan grave.
Me despertaba y veía más doctores. Gente conocida. Mi abuelo, Dana, Erin, su madre. Alguien les decía que «no es exactamente un coma, pero hay que ver la evolución». Después oía más conversaciones. «Seguro que iba hablando por el móvil.» ¿A qué se referían? «Ha dado negativo en alcoholemia.»
Alguien mandaba salir a todo el mundo. Había ruido en alguna parte. Un escáner fotografiándome la cabeza. «No creo que se vaya a despertar», decía alguien. Volvía a dormirme.
En otro de mis sueños aparecía mi abuelo Jon Garaikoa. Un recuerdo en cinemascope y con Dolby Surround intracraneal. Yo era un niño. Me había clavado un anzuelo en la pierna mientras intentaba pescar en el puerto de Illumbe. Mi abuelo me decía que tendría que empujar el anzuelo hasta que saliera por el otro lado y después le cortaría la cabeza con un alicate.
«Cierra los ojos, Álex. Esto te va a doler.»
Alguien me clavaba algo, pero podría ser una jeringuilla. Entonces veía a ese hombre de la fábrica. El barbudo de los ojos negros —«Ya está, has sido un valiente»—, que me hablaba sin parar, muy rápido, pero yo era incapaz de entender nada. Estábamos en una fiesta. Sonaba Chet Baker. Un gran salón, muy elegante, lleno de gente. La espalda desnuda, sexy, de una conejita pelirroja era lo último que veía antes de que mi mente se diluyese como un terrón de azúcar en un vaso de leche caliente.
Después supe que había pasado más de veinticuatro horas en un estado cercano al coma. No se temió por mi vida, pero mi letargo llegó a mosquear a los médicos y estuve conectado a algunos ordenadores muy potentes que registraban cada pestañeo, latido o pedo que mi cuerpo emitía. Fui despertándome de manera muy paulatina, todavía en esa mezcla entre sueños y realidad.
Erin se encontraba a mi lado durante todo ese tiempo. La veía hablándome, cogiéndome de la mano, besándome. Yo intentaba preguntarle algo. «¿Qué ha ocurrido? ¿Volveré a andar?» Pero estaba sedado y no tenía fuerzas para hablar. Me dormía y soñaba con cosas extrañas. Una fiesta en la que sonaba Chet Baker y donde había animales vestidos de traje y corbata. Fuese lo que fuese lo que me habían inyectado, era un producto de primera.
Cuando finalmente desperté de esa especie de odisea de sedantes, amnesia y pesadillas, Erin estaba allí, hablando por teléfono junto a una ventana.
—No, al final le he pedido a Gurutze que me sustituya. Por lo menos el lunes. Quizá también el martes...
Supongo que hablaba de su colegio. Erin trabajaba en una escuela. Era maestra. Le había costado encontrar su verdadera vocación, así que a los veintinueve todavía era bastante novata.
—Estoy preparando las clases aquí, en el hospi...
Yo la miraba y la escuchaba hablar con alguien. ¿Leire?
—Sí. Un golpe muy fuerte en la cabeza. Lo demás está bien.
Seguro que era Leire. Ese tonillo medio infantil solo lo utilizaba con ella. Ambas eran hijas únicas, habían crecido juntas y se trataban como hermanas.
Ella no se había dado cuenta de que estaba despierto, así que la observé en silencio mientras hablaba. Llevaba el pelo recogido en una coleta. La cara sin maquillar. Camiseta y vaqueros. Yo siempre le decía que era como más me gustaba, al natural, solo con un toque de aroma de jabón. «Si hubiera tenido una maestra como tú, me habría colado hasta las cejas», le solía decir. A lo que ella contestaba: «Son críos de ocho años». Pero a los ocho años también te puedes enamorar, aunque creas que solo es un dolor de tripa.
Por fin, en algún momento, se dio cuenta de que me había despertado.
—¡Álex! —dijo al verme con los ojos abiertos—. ¡Leire, te tengo que dejar! ¡Álex acaba de despertarse! ¡Sí! —Colgó y soltó el teléfono en la mesilla. Se sentó en la silla y me cogió las manos entre las suyas—. ¿Cómo estás?
—Bien. Me duele un poco la cabeza. Y tengo mucha sed. De hecho, me muero de sed.
—Vale, espera.
Se puso en pie como un resorte, salió fuera y volvió al cabo de unos segundos con un vaso de plástico. También entró una enfermera, que miró la máquina, tocó unos cuantos botones, dijo que el médico se pasaría en unos minutos y volvió a dejarnos solos. Erin se sentó a mi lado y me acarició mientras yo bebía el agua.
—Despacio...
—¿Qué ha pasado?
—Tuviste un accidente, ¿te acuerdas? Casi te matas, pero estás bien.
—¿Cuándo? ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Un largo día —dijo Erin—. Es domingo. ¿Qué pensabas?
—No sé, que igual habían pasado años.
Se rio.
—¿Tan vieja me ves?
—Estás preciosa, Erin. Estás más guapa que nunca.
Erin me cogió la mano y la besó. Después se apoyó suavemente en mi almohada.
—Gracias a Dios que estás bien. Pensaba que... Bueno, he pensado de todo. Te diste un golpe muy fuerte en la cabeza. ¿Puedes moverte bien?
Moví los pies, las rodillas, los brazos. Todo parecía en orden.
—¿El golpe es grave? —pregunté.
—No —dijo ella—, tan solo una conmoción. Te saliste en una curva. Fue algo aparatoso, pero dicen que el airbag te salvó.
Yo lograba recordar algunas imágenes muy borrosas. Un hombre muerto. En el suelo de una fábrica.
—¿Le hice daño a alguien?
—A un pino. Quizá tengas que pagar por eso. Por lo demás, tuviste mucha suerte.
Erin me contó lo que la Ertzaintza le había explicado: que yo iba conduciendo sobre las seis y media de la mañana por una pequeña carretera (la R-5678) que conecta Gernika con uno de los valles del interior. Al parecer me salí de la trazada y caí de frente contra un pino. El morro de mi furgoneta, una GMC, lo rompió en dos antes de arrugarse un poco.
—Pero ¿qué ocurrió? —Erin sonaba preocupada—. ¿Ibas mirando el móvil? No pasa nada, todo el mundo lo hace, pero claro, la gente se mata con esas chorradas.
—No sé muy bien lo que pasó —dije.
Erin me explicó que fue un camionero el que llamó al 112. Este buen samaritano se bajó del camión y me encontró KO, durmiendo sobre el airbag. El hombre debió de oler a gasolina de la segadora que portaba detrás y se temió que aquello fuera a convertirse en una pira. Se dio prisa por sacarme de allí y me tendió en la ladera de la montaña. Eran las siete de la mañana del sábado.
—¿A dónde ibas tan temprano?
—Yo...
Barba negra, ojos sin brillo.
—¿Qué te pasa? —preguntó Erin al cabo de unos segundos.
—Es que no lo sé —respondí—. No lo recuerdo bien.
—¿Qué quieres decir?
—No me acuerdo de nada, Erin.
Ella dejó escapar un «guau» entre los labios antes de cogerme las dos manos, con delicadeza.
—No te preocupes —dijo—. Te diste un buen golpe en la cabeza. Seguro que es normal. ¿Qué es lo último que recuerdas?
Cerré los ojos y rebobiné mis recuerdos. Pasé por una imagen de un hombre muerto, pero aquello era imposible. Yo no había matado a nadie. Seguí hacia atrás.
—El pícnic en la casa de Leire.
—¡Pero si eso fue el jueves por la tarde! —Las mejillas de Erin se encendieron un poco—. Bueno. Tranquilo. Seguro que es algo normal.
Dijo eso, aunque su tono de voz indicaba lo contrario.
—A ver. Esa noche me llevaste a casa, pero no dormiste conmigo. Al día siguiente, viernes, tenías trabajo. Creo que era en el jardín de Txemi Parra, el actor...
—¡Sí!
Recordé esa imagen. El jardín de Txemi. Él estaba vestido con ropa deportiva y bebíamos unas cervezas en su terraza. Aunque esa imagen podía pertenecer a cualquier viernes. Siempre hacíamos lo mismo.
—Después del trabajo yo fui a hacer unas compras —siguió diciendo Erin—. Este fin de semana íbamos a celebrar nuestro aniversario. ¿Te acuerdas de eso? ¿Del viaje a Toulouse?
—Puede... Sí...
—Bueno, veamos. A la vuelta de Bilbao fui al Club a jugar unos dobles. Y al terminar me tomé una cerveza. No te llamé. No puedo decirte más sobre el viernes.
Entonces entró gente en la habitación. Un médico con un aspecto estupendo —moreno, pelo negro muy brillante—, seguido por otros dos más jóvenes, chico y chica, y la enfermera de antes. El médico le pidió a Erin que nos disculpara un instante.
—Hola, soy Jaime Olaizola, el neurólogo. ¿Cómo estás?
—Bien... Bueno... Me acabo de despertar. Me duele un poco la cabeza.
—Muy bien. Te voy a examinar. Por favor, recuéstate.
El doctor Olaizola sacó una linternita de su bata y me proyectó una luz en los ojos mientras me hacía un montón de preguntas. Qué tipo de dolor sentía, si estaba mareado, si tenía náuseas... Me pidió que me sentara en la cama. Lo hice y la enfermera me retiró una cura que tenía en la parte posterior de la cabeza. El doctor la estuvo observando un rato.
—¿Recuerdas cómo te hiciste la herida?
—No —dije—. Se lo acabo de decir a mi novia. No recuerdo nada.
Noté un tenso silencio en la sala. Los otros doctores jóvenes se miraron el uno al otro.
—¿Quieres decir que has perdido la memoria?
—Sí.
—Bueno, vamos a ver. —El doctor Olaizola se giró hacia la joven estudiante de Medicina—: Sandra, ¿cómo actuamos ante un caso de amnesia contusional?
La chica dio un paso al frente. Era bajita, con cara de ser la lista de la clase. Su compañero tenía más aspecto de merluzo.
—Deberíamos establecer si es anterógrada o retrógrada. Y establecer el límite temporal de la amnesia.
—Muy bien, Sandra —dijo Jaime con aires de profesor—. ¿Qué es lo último que recuerdas, Álex?
Noté las miradas de todos aquellos doctores sobre mí. Me sentía como un conejillo de Indias. Si respondía mal, quizá me abrieran el cerebro para mirar dentro. Cerré los ojos.
Barba negra, ojos sin brillo. Gafitas descolocadas sobre la nariz. Está muerto.
—Recuerdo el jueves por la tarde. Fuimos a casa de unos amigos a hacer un pícnic.
—El jueves por la tarde —dijo el doctor—, eso son más de veinticuatro horas hasta el momento del accidente.
—¿Es malo?
—Es bastante tiempo, pero plausible. Una amnesia retrógrada puede ocupar minutos; en otros casos, como el tuyo, son horas. Lo que está claro es que esta contusión tiene la culpa. ¿Vivís juntos tu chica y tú?
—No, solo llevamos un año saliendo.
—Claro —sonrió el doctor Olaizola—, demasiado pronto para irse a vivir juntos, ¿no?
Sandra y el otro estudiante se sonrieron también. Un pequeño descanso de normalidad dentro del absurdo.
—¿Con tus padres?
—No —y omití explicar que no había tales padres—, vivo con mi abuelo.
—¿Jon Garaikoa? —dijo él—. Le conozco. Mi equipo lleva su caso.
—¿Por qué es tan importante con quién vivo? Si es algo grave, puede decírmelo directamente a mí.
Jaime Olaizola me miró en silencio durante unos breves instantes. Y yo pensé: «Qué miedo dan esas miradas en los médicos».
—Verás, Álex. El golpe, en principio, ha sido bastante limpio. No hay derrames internos ni signos de alarma, aunque ha sido lo suficientemente fuerte como para provocarte esta amnesia. Lo cual, en sí mismo, es preocupante.
—Vale.
—El caso es que la herida tiene un aspecto... extraño.
—¿Extraño?
—No cuadra bien con un accidente de coche. Como decimos los médicos, no es «compatible». ¿Recuerdas haberte golpeado con alguna otra cosa?
... veo esa piedra triangular, con uno de sus extremos manchado de sangre...
—Parece una contusión focalizada —dijo Sandra—, como si le hubieran golpeado por detrás. Un objeto contundente y puntiagudo, diría yo.
—Quizá fue algo de lo que llevaba en mi furgoneta... —dije—. Soy jardinero y tengo un montón de trastos pesados en la parte de atrás.
—Eso es difícil. Contabas con la protección del reposacabezas. Las heridas en los accidentes de tráfico suelen situarse en la frente, los laterales..., precisamente por eso.
Noté que el médico hacía un gesto a mis espaldas. Sandra guardó silencio.
—Bueno, tranquilo. Ya irás recordando lo que ocurrió. En la mayor parte de los casos, la memoria regresa enseguida.
La enfermera volvió a ponerme el vendaje y, mientras tanto, el doctor Olaizola me explicó algunas cosas más sobre la amnesia, supongo que con el objeto de tranquilizarme un poco. Me habló del hipocampo, el sistema límbico y de cómo, a veces, la amnesia podía ser anterógrada, lo cual significaba que uno no podía crear nuevos recuerdos.
—También existe una amnesia psicológica, lo que llamamos una amnesia de fuga. Suele ocurrir ante un trauma psicológico importante, pero en tu caso, al existir un trauma craneal claro, creo que debemos enfocarnos en la recuperación física.
—¿Tendrán que operarme o algo así?
—No, ni mucho menos. Lo normal es que los recuerdos vayan regresando por sí solos. La teoría dice que aparecerán en forma de sueños o flashes... Quizá te ayude visitar los lugares por los que pasaste en esas últimas veinticuatro horas. Hay otros métodos, como la hipnosis, pero eso es para casos extremos.
El doctor también me dijo que pusiera una especial atención en mi memoria en los siguientes días. Que intentase memorizar pequeñas cosas y comprobar si «se almacenaban correctamente». Debía estar atento a cualquier comportamiento fuera de lo normal: demasiado sueño, dificultad para expresarme y cosas por el estilo. Antes de irse, me hicieron un chequeo rápido preguntándome mi edad (veintisiete), el año en el que estábamos (2019), el nombre de mis padres (mi madre se llamaba Begoña; tuve que explicarle al doctor que nunca conocí a mi padre). Parecía que, en general, recordaba todas las cuestiones importantes de la vida. La amnesia se circunscribía entre el viernes 25 de octubre y esa misma mañana, domingo 27 de octubre. Algo más de cuarenta y ocho horas.
Me dijeron que me bajarían a planta y permanecería el resto de la noche en observación. Con suerte, podría regresar a casa al día siguiente.
Erin tardó un par de minutos en volver a la habitación. Supuse que el médico le estaría explicando los detalles de la amnesia a ella también. Cuando entró, tenía ese gesto que se te pone cuando intentas disimular tu preocupación. Sonreía pero tenía el miedo dibujado en el rostro.
—Dicen que empezarás a recordar cosas muy pronto. Que no te angusties y que no intentes forzarlo. Mientras tanto, el doctor ha dicho que te tomes unos cuantos días de reposo. Si quieres, me puedo encargar de llamar a tus clientes.
Eso me hizo pensar en algo.
—Tú... ¿tienes mi teléfono? —pregunté.
—No, quizá esté entre tus cosas. Las enfermeras metieron todo en una bolsa de plástico, espera.
Erin sacó una bolsa del armario y la colocó sobre la cama. Se puso a mirar dentro.
—Buf, tendré que traerte ropa. Alguien te ha destrozado los pantalones. Los han recortado o algo así.
—Los quitarían con tijeras —me encogí de hombros—, es lo que suelen hacer en los accidentes.
Erin encontró mi cartera, mis llaves de casa y las de la GMC, pero no el móvil.
—A lo mejor se ha quedado en la furgoneta, Álex.
—Vale. No pasa nada. Tengo una agenda de papel en casa, pídesela a Dana. Ahí están todos los números. En realidad, son solo ocho casas. Diles que si pueden aguantar una semana con el césped largo, les haré un descuento.
—Vale —dijo Erin—, lo haré esta misma tarde.
—Por cierto, ¿ha estado mi abuelo por aquí?
—Sí. Estuvo ayer casi todo el día, desde que te trajeron. Estaba muy nervioso, ya sabes cómo es. Se dedicó a intentar organizarlo todo y la lio con un par de médicos. Le dijimos que era mejor que volviese a casa y esperara. ¿Quieres llamarle?
—Vale.
Erin me pasó un teléfono y marqué el fijo de la casa de mi abuelo Jon. El teléfono dio un par de tonos y después escuché un pequeño barullo de voces. Mi abuelo gruñendo por un lado, y la dulce voz de Dana por el otro.
—Dana —dije—, soy Álex.
—¡Álex! ¡Gracias a Dios! ¿Cómo estás, carriño?
Dana era de Ucrania. Hablaba mejor español que muchos nativos, aunque de vez en cuando arrastraba algunas palabras con su peculiar acento eslavo.
—Bien. Me he despertado al fin. El doctor dice que estoy bien, aunque tengo amnesia.
—¿Amnesia? ¿Has olvidado?
—Sí. No recuerdo nada desde el jueves por la noche.
—¡Ah! Yo te ayudaré con eso.
Oí a mi abuelo por detrás. Gruñendo como siempre. «Pásame a mi nieto, ¡espía de Lenin!»
—Te paso a Jon —dijo Dana—, está poco nerrvioso. Ya sabes...
—¡Álex! —Mi abuelo Jon cogió el teléfono—. ¿Cómo estás? Y dime la verdad, no te andes con rodeos.
Jon Garaikoa era así, como un vendaval de puro nervio.
—Estoy bien, abuelo —respondí—. Me han dicho que solo es una contusión.
—¿Hay derrame? Conozco los golpes en la cabeza, nunca se puede decir que estén bien hasta que pasen unos días. ¡Escúchame! No te vayas del hospital hasta que te hagan todas las pruebas del mundo. He visto a hombres caerse secos de repente por no mirarse un golpe en la cabeza.
—Vale, lo tengo en cuenta, abuelo. Pero me han hecho varios escáneres y dicen que...
—De acuerdo. De acuerdo. Si necesitas algo, un pijama, tabaco..., lo que sea, mandaré a Dana. ¿Okey? Dime lo que necesites. A mí no me dejan ir. La comisaria política me tiene secuestrado. Dice que monté un cisco ayer, ¡ja!
—Tengo de todo, abuelo. Muchas gracias. Creo que pasaré una noche más y mañana por la mañana estoy en casa.
El abuelo se despidió y volvió a ponerse Dana. Le pregunté por ese «cisco» que había montado el abuelo.
—No te prreocupes. No fue nada: tu abuelo empezó a llamar inútiles a los médicos y alguien llamó a segurridad.
Al cabo de un rato apareció por allí un celador y me informó que me bajarían a planta. Salí de aquel fantástico box de vigilancia intensiva y me mudé a una habitación en la que había un chico con la pierna enyesada por un accidente de moto. Le dije a Erin que se marchara a casa. Se había pasado el día anterior velándome y dormir en el butacón del hospital sería una tortura innecesaria. Discutió un poco pero al final la convencí. Me prometió que vendría al día siguiente y yo le dije que no se diera prisa: «Estaré bien».
Así que me quedé solo, con la compañía de Unax —así se llamaba el chaval de la cama de al lado—, que se dedicaba a jugar con su Nintendo Switch y a intercambiar mensajes de móvil. En realidad, tampoco estaba buscando conversación. Sentía la cabeza como una esponja húmeda y pesada, con un dolor muy remoto en la parte de atrás. Esa herida «extraña» que había alertado a los médicos. Una herida que «no era compatible» con un accidente en carretera. Pero ¿de verdad había tenido un accidente? ¿Por qué? ¿A dónde iba yo conduciendo a las seis y pico de la mañana por esa carreterilla de mala muerte?
Una cara. Dos ojos negros, fijos, sin brillo.
Un hombre me mira, quieto, en el suelo.
¿Está muerto?
—¡Mierda! Oye, ¿no tendrás un cargador de Android?
Unax no lograba encontrar su cargador y parecía a punto de tener un ataque de ansiedad. Le dije que no.
—¿Crees que si llamo a la enfermera tendrán uno?
Turno de cenas, ronda de saludos, visitas fuera. Las noches en el hospital. Las conocía bien, había pasado casi un año entero merodeando por uno, aunque en una planta mucho menos alegre. En hospitalización oncológica se libra una lucha más dura que una pierna rota. Recordé a mi madre, nuestras pequeñas victorias, cuando salíamos de allí sonrientes. Nuestras derrotas, cuando regresábamos.
Pensé que sería incapaz de dormir, pero tras la cena una enfermera me ofreció una pastilla y la tomé. Unax había comprado una tarjeta de televisión y estuve viendo una película de Denzel Washington hasta que me quedé dormido. Caí rápidamente en un sueño profundo. Como Alicia, descendí por la madriguera del conejo y en el fondo, ahí abajo, sonaba Chet Baker...
Estamos en una fiesta. Hay varias personas bebiendo, envueltas en una charla amistosa. No conozco a nadie.
Es un salón magnífico, con un mirador central desde el que se puede ver el ir y venir de la luz de un faro en la distancia.
Observo la decoración. Muchos muebles, butacas, canapés, incluso una chaise longue de terciopelo color frambuesa. Y muchos cuadros. Uno de ellos me llama la atención: un hombre desnudo con un pene descomunal. En otro hay animales, vestidos de traje y corbata.
Suena «I Fall In Love Too Easily», de Chet Baker.
Entonces, un tipo se me acerca. Barba negra, gafitas, aspecto de intelectual. Trae dos copas en la mano.
—¡Hola! Tú eres Álex, ¿verdad? Álex Garaikoa. Tenía muchas ganas de conocerte...
Erin no me hizo caso y vino a primera hora del día siguiente con un par de cafés, dónuts y un periódico. Era lunes y le pregunté si no tenía cole.
—He pedido a una compañera que me sustituya. Hoy tenía pocas clases.
Estaba guapísima con un vestido negro con estampados rosas, el pelo suelto sobre los hombros. Desayunamos hablando de todo un poco.
—Cancelé lo de Toulouse. No creo que estés para viajar en una temporada. También he llamado a tus clientes. Todo el mundo te envía un abrazo. Menos Txemi, a él le he dejado un mensaje en el contestador.
—Gracias.
—¡Ah!, y mi padre se enteró de todo anoche. Ha estado en varias reuniones de trabajo en Tokio y ni se lo había dicho. Te manda otro abrazo gigante. ¿Qué tal tu memoria?
El doctor Olaizola me hizo la misma pregunta más tarde. ¿Había logrado recordar algo más? A ambos les respondí lo mismo: había tenido sueños extraños, pero no estaba seguro de que fueran recuerdos de nada real. No les conté demasiados detalles. Ese hombre de barba negra y gafitas... en algunas imágenes aparecía bebiendo vino en la fiesta, en otras estaba muerto sobre el suelo de hormigón de la vieja fábrica. ¿Qué sentido tenía eso? Para mí, en aquel momento, ninguno: era todo parte de una pesadilla recurrente.
Olaizola dijo que estuviese atento a esas imágenes extrañas: «A veces, una lesión neuronal puede provocar alucinaciones». El neurólogo repitió sus consejos sobre estar atento a mi memoria y me recetó paracetamol para sobrellevar el dolor, aunque pensaba que la hinchazón iría desapareciendo. Me citó en dos semanas para evaluar el progreso de la amnesia —«Posiblemente lo habrás recordado todo para entonces»— y me dio el alta tras recomendarme reposo, reposo y más reposo.
—¡Pero si no tienes nada que ponerte! —dijo Erin al enterarse de que podía marcharme a casa—. Iré a por algo.
Al cabo de una hora y media apareció con su madre, Mirari, cargada de bolsas. Mirari era un poco más baja que Erin, pero por lo demás eran como dos gotas de agua. Las dos tenían ojos grandes como océanos, y del mismo color azul, cosa de la que costaba darse cuenta porque Mirari siempre iba con gafas de sol. Tenía un tic nervioso en los párpados que la obligaba a llevarlas para esconder su «pequeño nervio loco», como lo llamaba ella.
Pusieron todo sobre la cama: un conjunto completo de camisa, pantalón, cinturón, todo de Harmont & Blaine, y zapatos Timberland. Hasta los calzoncillos eran de marca.
—Esto es demasiado caro —protesté.
—¿Qué pensabas que te íbamos a traer? ¿Harapos? —Mirari me miró con sorna detrás de sus gafas negras—. Vamos, póntelo.
Me cambié en el cuarto de baño y cuando salí las dos mujeres dieron su aprobación.
—Hemos acertado con las tallas.
—No sé. Yo me veo raro.
—¡Eso es porque siempre vas en vaqueros y camiseta!
Los Izarzelaia —Erin, Mirari, Joseba— eran una de esas familias a las que no se les notaba el dinero casi nunca, excepto con cosas como esas. Una compra de quinientos euros en ropa como si fuera un chupa-chups; un viaje a Sudáfrica para celebrar las Navidades; un iPhone por tu cumpleaños... Me despedí de Unax, que había conseguido recargar su Android y estaba feliz en su mundo de mensajes de móvil.
El mío continuaba en paradero desconocido, así que dejé un mensaje en el puesto de enfermeras por si alguien lo traía, aunque ellas insistieron en que eso no ocurría nunca.
—Llama a la Ertzaintza. Si alguien lo ha cogido, serán ellos.
Un taxi nos esperaba en la puerta. Mirari, por su problema en los ojos, iba a todas partes en taxi. Nos montamos y salimos en dirección a Illumbe. Hacía un día gris y plomizo y amenazaba lluvia. Madre e hija, sentadas en el asiento de atrás, iban hablando alegremente de sus cosas. Yo iba un poco más callado, mirando por la ventanilla. Las montañas cubiertas de espesos encinares, los valles de interior. Todo me recordaba esa visión de la antigua fábrica y esa absurda imagen que se repetía una y otra vez en mi cabeza.
El tipo no se mueve. Ni parpadea. Está muerto.
—¿Álex?
Me giré. Mirari y Erin me miraban extrañadas.
—Estabas como ido... ¿Te encuentras bien?
—Se me había ido la cabeza, perdón, ¿qué decías?
—Que mi aita vuelve el jueves. Al parecer, las cosas en Tokio han salido a pedir de boca y va a organizar una fiesta en casa para celebrarlo. Espera que te apuntes.
—Claro —respondí yo.
Unas nubes muy oscuras se cernían sobre la costa cuando llegamos a Punta Margúa, el cabo de roca en el que se asentaba, más mal que bien, nuestra casa familiar.
La casa de Punta Margúa estaba construida frente a un acantilado de casi treinta metros de altura. El lugar llevaba años sufriendo derrumbes por la erosión de las olas de forma que ahora todo el cabo se iba rindiendo y los terrenos de la casa estaban desestabilizados. En el pueblo la llamaban la «Casa Torcida» y lo cierto es que si colocabas una canica en cualquier habitación de Villa Margúa —que es como se llama en realidad—, corría a una velocidad preocupante hacia el mar.
El taxista hizo un comentario al hilo de esto según llegábamos a la gasolinera Repsol:
—Dicen que la diputación está pensando en expropiar estos terrenos, ¿no?
—Son solo habladurías —le respondí secamente.
Desde la Repsol salía el caminito de subida a la casa. Arriba, Villa Margúa surgía frente a unos frondosos pinares que discurrían por todo lo largo del acantilado.
Llegamos frente a la verja de entrada justo cuando comenzaban las primeras gotas de lluvia. Dana apareció corriendo con un paraguas. Mirari y Erin dijeron que no querían molestar, pero Dana insistió: «Jon ha dicho que paséis. Además tengo almuerrzo listo: alubias rojas con sacrramentos». Nos reímos de cómo sonaba ese plato típico en labios de una ucraniana. Dana había trabajado en un hotel del pueblo durante muchos años y conocía el recetario vasco de pe a pa. «Pimientos, muchos pimientos, siemprrre pimientos.»
Mi abuelo esperaba bajo el portón del garaje, con las manos metidas en los bolsillos. Jon Garaikoa era un armario de espaldas anchas vestido con un eterno jersey desgastado de color oscuro. Tenía un oído sordo y una larga cicatriz en la frente: heridas de guerra de un viejo marino. Por lo demás, aún conservaba una buena cabellera de color plata y dos ojos pequeños y oscuros, avispados, reflexivos y duros.
—Le veo más delgado, Jon —dijo Mirari.
—Es la rusa, que me mata de hambre... ¡y de sed!
—Si vuelves a llamarrrme rrrusa, entonces sí que estarás en peligro! —respondió Dana.
Mi abuelo cerró el pico antes de molestarla de nuevo. En en el fondo, estoy seguro de que se tenían mucho cariño. Además, Dana hacía muy bien su trabajo. Cuidarle a conciencia. Mucha verdura y pescado blanco, poca carne, nada de frituras. Y sobre todo le controlaba el vino. Los neurólogos se habían apresurado a quitarle el alcohol ante sus primeros achaques y Dana se lo había restringido a tres vasos diarios. Uno en la comida, dos en la cena. Mi abuelo, que era capaz de beberse una botella al día, lo vivía como un calvario.
—Anda, Álex, saca una botellita de vino. Hoy es un día que hay que celebrar.
La tormenta caía a chorro. Un viento furioso embestía la casa de frente, que sonaba como un barco estremecido por el oleaje.
—Ya no me acordaba de cómo sonaba esta casa —dijo Mirari en el salón—. Siempre que veníamos de niñas nos moríamos de miedo.
—Te acabas acostumbrando. —Dana dio una palmadita contra la pared, como si le palmeara la espalda a la casa—. Tiene buenos cimientos.
—¿Habéis recibido algún otro informe del ayuntamiento?
Un técnico municipal hacía mediciones bimensuales de las grietas que había repartidas por las habitaciones. Se temía que los fundamentos pudieran rendirse a tal punto que se nos derrumbara encima. Por el momento, todos los informes nos permitían seguir viviendo allí. Además, no teníamos otro sitio donde caernos muertos.
—A mí tendrán que sacarme con los pies por delante —aseguró el abuelo.
Subí al botellero y saqué un rioja «de los buenos». Dana estaba preparando un canapé y me hizo un gesto como para decirme «no la dejes cerca de Jon». Le guiñé un ojo y regresé al salón con cuatro vasos.
Mirari estaba admirando las esculturas de Jon, y Erin le decía que sus favoritas eran la colección de hipopótamos de madera que «caminaban» cerca de la chimenea.
—Son de Uganda. Hechos a mano por el artista de un pueblo. Compré toda la colección a cambio de una cámara de fotos y dos botellas de brandi.
Aquella era la casa de un marino y se notaba mirases donde mirases. Estatuillas africanas, tapices aztecas, máscaras de kabuki japonés. Había viejas pinturas de barcos, un gran mapa naval y libros para aburrir. Los libros que mi abuelo leía en sus largos viajes a bordo de gaseros y toneleros, durante treinta años. Y en la repisa de la chimenea, la foto que siempre viajó con él. Mi madre con doce años, entre mi abuela y él. Nada más. Los demás recuerdos estaban escondidos, quizá porque dolían demasiado.
Nos sentamos en el sofá y serví el vino. Me aseguré de quedarme con la botella.
—Tienes buen color... —El abuelo me pellizcó la mejilla—. Cuando quieras saber si alguien va a morir pronto, mírale las mejillas.
—Vaya forma de hablar. —Dana venía con unos pintxitos de queso y anchoa.
—Pero es verdad. Una vez, en Uruguay, tuvimos que atender a un hombre que se había caído al fondo de un silo. Cuando lo subieron decía que no le dolía nada, pero tenía el rostro blanco como un hueso. Esa noche ya estaba muerto.
—El doctor le ha dicho que no era nada —dijo Mirari—. Un golpe fuerte. Y lo de la memoria lo irá recuperando.
—Eso de la memoria también es preocupante... —El abuelo me señaló con un dedo—. ¿Sabes tu fecha de nacimiento? ¿Tu peso y altura?
—Todo eso lo sé. Lo único que me faltan son las cuarenta y ocho horas desde el viernes hasta el domingo —dije.
—¿Qué es lo último que recuerdas? —preguntó Dana.
«Un hombre muerto», estuve a punto de decir.
—El jueves estuvimos en la casa de Leire y Koldo haciendo un pícnic. Recuerdo estar allí, en el jardín, con sus mellizos. Nada más. Después me desperté en el hospital.
—Pero eso deja todo el viernes en blanco —dijo Dana—. ¿No recuerdas nada del viernes?
—No.
—Yo te puedo ayudar con eso —dijo Dana—. El jueves llegaste a la hora de la cena. No tenías hambre, pero jugaste una partida de continental. Os di una paliza a los dos. Al día siguiente bajaste pronto al pueblo. Desayunaste en el bar de Alejo y subiste el perriódico y el pan. A las once y media tenías que ir a trabajar a alguna casa.
—Txemi Parra —dijo Erin—, eso es lo que me dijo a mí.
—¿El actor? —Mirari arqueó una ceja por encima de sus gafas negras.
—Sí.
—¡Vaya clientela más selecta!
—¿No recuerdas haber ido allí? —preguntó Dana.
—No. Supongo que fui, pero no soy capaz de recordarlo. Tendré que llamarle para preguntárselo. Y también tengo que encontrar mi teléfono.
—Nueces —dijo de pronto mi abuelo—, ¿tenemos nueces? Son buenas para la memoria.
—Hay nueces —asintió Dana con la cabeza—, pero creo que lo que Álex necesita es tiempo. Tiempo y descanso.
Dana preparó la mesa en el salón. Comimos las alubias rojas que estaban exquisitas y de postre unas cuajadas caseras con miel (en mi caso, acompañada de un plato de nueces). Mirari, siempre tan educada, conversó amablemente con mi abuelo. Eran viejos conocidos y, evitando siempre hablar de mi madre, Mirari sabía entretenerle con chascarrillos del pueblo. ¿Qué fue del cartero aquel que siempre iba en bici? Se jubiló. Y el restaurante de las hermanas Zárate cerró, sí, pero no por esa historia que cuentan sobre un envenenamiento. En realidad, ganaron la lotería y ahora viven en Málaga.
Yo comí en silencio, sintiendo que el bulto de la nuca me dolía cada vez más. Además, notaba una leve ansiedad en el estómago, que trepaba hasta apretarme el cuello. Esa imagen del hombre muerto, que volvía una y otra vez. ¿Y si no era un sueño?
—¿Estás bien, Álex? —Erin me sacó de mis pensamientos.
—Sí, sí, solo estoy un poco cansado. Nada más.
—Este chico siempre está en Babia —gruñó mi abuelo.
—No diga eso, Jon —amortiguó Mirari—. Tiene aspecto de estar muy cansado.
Nada más terminar de comer, mientras Dana preparaba café, Mirari llamó a un taxi. «Lo que tienes que hacer es echarte en la cama y descansar.» Erin me dijo que vendría al día siguiente y le dije que estuviera tranquila. «Dicen que va a hacer buen día. Vete a hacer surf. Yo voy a ser un coñazo estos días...» Aunque en realidad había otro motivo para querer estar solo. Necesitaba pensar. Recordar todas esas imágenes que aparecían bailando en mi cabeza como un juego de tiro al pato.
Llegó el taxi. Dana las acompañó con un paraguas y yo subí a mi habitación y me eché en la cama. La cabeza me pesaba como si la llevara envuelta en una toalla mojada, y un temor creciente me agobiaba.
Mi abuelo apareció en la puerta.
—Eh, grumete. Me alegro de que todo haya salido bien.
—Gracias, aitite.
—Me diste un buen susto, ¿eh? Solo tengo un nieto. Recuérdalo y conduce con más cuidado.
—Lo haré.
—¿Qué pasó? ¿Te dormiste?
—No lo sé, aitite.
—Vale. Da igual. Sea lo que sea, es agua pasada. ¿Sabes qué ha sido de la furgoneta?
—Ni idea. Supongo que estará en alguna parte.
—Ya me encargo yo de preguntar. Anda. Ahora duérmete un rato.
Tomé dos paracetamoles y media Dormidina. Solo quería dejar pasar las horas y que mi cabeza comenzara a aclararse. Afuera seguía lloviendo y el viento bramaba. Punta Margúa se doblaba y la casa entera crujía. Una grieta recorría la pared norte de mi dormitorio: la grieta Calipso. Me quedé observándola. A veces, quizá eran imaginaciones mías, la veía agrandarse un poco y después volver a su sitio.
La casa estaba llena de grietas y las teníamos todas inventariadas y medidas, porque era algo que nos habían aconsejado hacía tiempo. El abuelo incluso les había dado nombres de fosas oceánicas: la grieta de las Marianas, en el cuarto de baño de la planta baja (desde el suelo hasta el techo); la grieta de Kermadec, en el salón (la mitad escondida tras la librería); la grieta de Tonga, que subía en paralelo a las escaleras...
Cerré los ojos. El doctor Olaizola había dicho que no debía forzar la máquina intentando recordar, pero lo hice casi de manera inconsciente. Traté de visualizar algo. Empecé por mi último recuerdo. Esa tarde en la preciosa casita de madera con Leire y Koldo. El robot cortacésped. La cháchara sobre las passive houses que apenas necesitaban energía para calentarse. Y esas insinuaciones sobre tener bebés. Logré encadenar una imagen muy vaga despidiéndonos de ellos y entrando en el coche con Erin.
—Koldo es de esas personas a las que les encanta escucharse a sí mismas, ¿no? ¡No ha parado de hablar de su casa en toda la tarde!
—Está muy orgulloso, eso es todo. Mi padre dice que es muy bueno en lo suyo.
—Y lo del robot cortacésped es casi como una vacilada.
—Qué suspicaz estás, Álex.
—Bueno, ¿y eso de tener niños?
Después me dormí y tuve un sueño. Volvía a aparecer en esa fiesta. Yo hablaba de Chet Baker a dos hombres. Uno de ellos era el barbudo de gafitas, el otro...
Un tipo enorme, con una mandíbula de oso que ríe escandalosamente. Viste un traje color tabaco. A su lado hay una mujer pelirroja, que está de espaldas a mí. Lleva un vestido muy sexy con la espalda abierta y me fijo en ella. Un buen trasero.
Les hablo de la tortuosa existencia de Chet Baker, a quien unos matones llegaron a romper la dentadura en una ocasión, por un asunto de drogas, con lo que arruinaron su carrera de trompetista. La verdad es que hablo sin parar. Creo que los estoy aburriendo.
El gigante se disculpa. «Perdón, un segundo.» Se marcha y regresa junto a esa pelirroja, que acaba de saludar a unos recién llegados. Yo me quedo a solas con el barbudo. Sus ojos de cuervo, negros y profundos, me miran como si estuviera planeando una travesura. Mira hacia atrás. Parece que quiere asegurarse de que estamos solos.
—Escúchame, Álex. —El humo del puro crea una especie de bruma entre nosotros dos—. Tú y yo tenemos que hablar de algo.
Entonces aparece esa mujer pelirroja, sonriendo. Es más mayor de lo que pensaba al verla por detrás. Me pone una mano en el hombro, cariñosa.
—Álex... No te estará aburriendo nuestro famoso escritor, ¿verdad?
¿Escritor?
El rumor de un trueno me despertó. Uno de esos bramidos de los dioses que viajan por encima de las nubes.
Había dejado de llover, pero el viento seguía aullando fuera de la casa. Podía oírlo rozando la fachada, intentando arrancar las tejas o las ramas de los árboles. Miré mi pequeña alarma de mesilla: las doce y veinte de la noche. Joder con la pastilla: me había hecho dormir casi cinco horas.
Pensé en ese sueño persistente de la fiesta. ¿Y si no fuera un sueño? Las imágenes se habían quedado pegadas a mi cabeza como hojas que se encallan en la orilla de un río. Podía recordarlas. ¿Eran recuerdos? Pero ¿qué hacía yo en esa casa, con toda esa gente desconocida? Y ese tipo de barbas ¿quién era?
¿Un escritor?
Nada tenía demasiado sentido. Recordaba a ese hombre en una fiesta, y después lo recordaba muerto, en el suelo de hormigón. ¿Y si todo fuera una jugarreta de mi subconsciente? Los sueños son así: absurdos. De pronto estás jugando un partido de tenis con tu profe de párvulos. O a bordo de un avión, sentado junto a la chica que te gustaba en el instituto. ¿Y si solo fuera una cara al azar que mi cerebro había entretejido con otras cosas?
No podía seguir acostado, las tripas me rugían. Me levanté de la cama y salí descalzo al pasillo. La casa entera dormía y la primera planta permanecía en silencio. Caminé a tientas sobre la alfombra. Pasé frente a la habitación de mi abuelo, que estaba a oscuras. Tampoco había luz en el dormitorio de Dana, al fondo del pasillo.
Bajé a la cocina. Dana había dejado una cazuela de bonito con tomate sobre la chapa. Me serví un buen trozo y me lo comí mientras ojeaba las revistas de pasatiempos y sudokus que había sobre la mesa. Eran parte de los «deberes» del abuelo. Cosas que los neurólogos habían sugerido. Juegos mentales, de memoria... incluyendo nuestras partidas de cartas. «Los ejercicios de estimulación cognitiva sirven para retrasar el deterioro de la memoria, solo eso, aunque son nuestra mejor baza.»
Nadie se atrevía a mencionar las palabras terribles: alzhéimer, demencia..., pero lo cierto es que el abuelo, sobre todo desde que murió mi madre, había empezado a tener pequeños despistes «cada vez más serios». Lagunas de memoria. Olvidos. Incluso momentos en los que parecía quedarse en blanco. Bueno, yo ahora sabía muy bien lo que era sentirse así, en blanco, incapaz de recordar. Era una sensación que te ahogaba si te centrabas en ella. ¿Cuándo comenzaría a recordar? El doctor Olaizola había dicho que «en unos días», pero ¿y si no era así?
Después de cenar fui al salón. El viento enviaba ráfagas de agua contra los cristales y agitaba la hierba y los abetos y rododendros del jardín norte. Al fondo, la negritud del océano, solo rota por las luces diminutas y lejanas de algún buque mercante.
Casi sin pensarlo, me acerqué a la estantería de libros. Mi abuelo tenía cientos de ellos, y afirmaba haber leído «más de mil» en sus tiempos como capitán de barco, cuando un libro era el mejor amigo en las larguísimas y monótonas travesías por los siete mares.
«Escritor», murmuré al recordar ese sueño, ese hombre de barbas hablándome en esa fiesta. «¿Eras escritor?»
Acaricié los lomos de aquellos libros, muchos de cuyos autores eran completos desconocidos para mí. He de admitir que no soy tan gran lector como mi abuelo. Lo que estaba buscando era un tipo «nacional» o, mejor dicho, «un tipo local». Un hombre de barbas y ojos negros de aguilucho.
Saqué un par de libros y miré la foto de los autores: tipos con el pelo color plata, o calvos, o con el pelo rubio. Aquello era inútil. Quizá solo debía esperar un poco más.
Algo sonaba en el jardín. El ruido de un golpeteo. Cogí una manta del sofá, me la puse sobre los hombros y abrí el ventanal. Una ráfaga heladora y un cielo polar me saludaron, pero ya no llovía. Un grupo de nubes rotas huía en desbandada, abriendo grandiosos claros de estrellas sobre el mar.
El golpeteo venía de la cancela de la valla. Fui hasta allí descalzo, sobre la hierba húmeda. El aire en la cara y el frío en los pies me espabilaron un poco. Llegué a la valla y cogí la cancela con la mano. Veintisiete años y aún me daba respeto cruzarla. De niño, mi madre vivía obsesionada con ese acantilado. Era sencillamente incapaz de dejarme solo ni un minuto. Todavía podía verla asomándose por la ventana.
—¿Álex? Quédate cerca de la casa, ¿eh? No te acerques al borde.
—Síííí, ama.
Abrí la cancela. Había unos veinte metros de hierba por delante, hasta el borde del acantilado. En una noche oscura y sin luna como aquella podrías caerte sin tiempo a gritar una sola palabra.
Caminé despacio y me detuve en la linde del sendero. Era la última señal antes del vacío, una ruta pública que comenzaba en Illumbe y terminaba en Bermeo, pero que muy poca gente recorría ya. Al este, el cabo bajaba hasta un mirador con un pequeño aparcamiento, un sitio muy frecuentado por caravanas. Al oeste, a casi dos kilómetros de la casa, el acantilado se rompía en una larga playa que recibía su nombre —Ispilua, «espejo»— del arenal liso y brillante que dejaba la marea al retirarse.
Me quedé allí inmóvil, escuchando el rumor del mar al batir los pies del acantilado. Miré las estrellas y vi las luces rojas y blancas de un reactor, que surcaba el cielo a miles de metros por encima del mar.
«Ama.»
—No debemos estar solos. No hemos nacido para estar solos. Cuando yo me vaya, debes ir con tu abuelo. Volver a Illumbe.
A veces era imposible recordarla. Otras veces, su sonrisa aparecía nítida ante mis ojos. Aquella sonrisa mágica que era capaz de aliviar los días más negros. «Estoy bien», no se cansaba de repetirlo. Aunque no era verdad. Ella solo quería protegerme, alejarme del terror y del sufrimiento. Y lo hizo a conciencia, como la madre fuerte y valiente que era. Intentó mentirme aunque no lo consiguió.
La muerte se nos acerca cargada de sabiduría, y en aquel vuelo de ocho horas rumbo a Boston, cuando todavía creíamos que ganaríamos nuestra guerra, mi madre me habló de algunas cosas de las que nunca habíamos hablado.
—Yo no me llevaba bien con él. Pero eso no significa que haya dejado de ser mi padre. Ni tu abuelo. Y hay algo más...
Hasta entonces, ella se había negado a decirme quién era mi padre («para mí siempre estuvo muerto»), pero en ese vuelo Madrid-Boston me lo contó por fin: era un marino que recaló en Illumbe. Me dijo su nombre y me dijo cómo podía encontrarlo. Todo esto lo hizo por el dinero, claro, por ese montón de dinero que no teníamos y que, de alguna manera, yo me las había ingeniado para hacer brotar del suelo.
—La clínica, el tratamiento experimental, el vuelo... Es una fortuna.
—Me las arreglaré, ama.
Mi madre no sabía de dónde había sacado el dinero, pero se temía (con razón) que me hubiera metido en líos...
—Siempre he sabido buscarme la vida.
—Lo sé, cariño, pero a veces todos necesitamos ayuda. No dudes en aceptarla si...
Yo me negué en redondo. Le dije que no necesitábamos a nadie, y menos a ese padre renegado que jamás hizo acto de presencia en mi vida. «También está muerto para mí.»