Dedicatoria

 

 

 

 

 

Para los sospechosos habituales:

esposa, hijos y perro.

—¿Te gustaría escuchar una historia? ¿Una historia poco corriente?

—Desde luego.

—Bien, pero primero tienes que prometerme una cosa: nunca le dirás a nadie dónde la escuchaste. Y si alguna vez vuelves a contarla, en cualquier circunstancia, situación o formato, ocultarás los detalles para que no puedan relacionarla conmigo ni con las personas de las que voy a hablarte. Nadie sabrá nunca si es verdad o no. Nadie podrá descubrir su fuente exacta. Y todo el mundo creerá que es otra de las historias que tú cuentas: inventada. Pura ficción.

—Eso suena un poco exagerado. ¿De qué trata esa historia?

—De un asesinato. Se cometió hace unos años. O tal vez nunca, claro. ¿Quieres escucharla?

—Adelante.

—Entonces dame tu palabra —pidió con recelo.

—Muy bien. Tienes mi palabra.

Ella se inclinó hacia delante y tomó aliento para comenzar.

—Supongo que podríamos decir que empezó en el momento en que él encontró aquella carta de amor.

1

El profesor de Historia y las dos mujeres

Cuando Scott Freeman leyó por primera vez la carta que encontró en un cajón de la cómoda de su hija, dos semanas después de la última visita de ésta a su casa, arrugada y oculta tras unos viejos calcetines blancos, tuvo la súbita certeza de que alguien iba a morir.

No fue una sensación clara y definida, pero lo embargó con la intensidad de una amenaza inminente. Cuando logró sosegarse un poco, se quedó inmóvil y repasó una y otra vez las palabras escritas en el papel.

Nadie puede amarte como yo lo hago. Nadie lo hará jamás. Estamos hechos el uno para el otro, y nada lo impedirá. Estaremos juntos para siempre. De un modo u otro.

(Sin firma)

Estaba impresa en papel corriente y con letra cursiva, lo que le daba un aire anticuado. No pudo encontrar el sobre donde venía, así que no había ningún remite, ni siquiera un matasellos que él pudiera comprobar. La colocó sobre la cómoda y trató de alisar las arrugas que le daban un aspecto apremiante. Su hija debía de haberla estrujado antes de meterla en el fondo del cajón. Observó de nuevo las palabras y trató de creer que eran inofensivas. Un vehemente requerimiento de amor, un arrebato pasional de algún compañero de estudios de Ashley, tal vez una mera aventura que ella le había ocultado por pruritos románticos.

Pero nada de lo que pensó pudo borrar aquella sensación inquietante.

Scott Freeman no se consideraba un hombre receloso, ni proclive a la cólera o a tomar decisiones precipitadas. Le gustaba considerar detenidamente cualquier elección, examinar cada aspecto de su vida como si fuera la arista de un diamante puesto al microscopio. Era metódico por trabajo y por naturaleza, pese a que llevaba el pelo largo y desordenado para recordarse sus años de juventud a finales de los sesenta. Le gustaba vestir vaqueros y una chaqueta de pana gastada con parches de cuero en los codos. Usaba unas gafas para leer y otras para conducir, y siempre llevaba ambas encima. Se mantenía en forma haciendo ejercicio a diario, corriendo cuando el clima lo permitía o en una cinta sin fin durante los largos inviernos de Nueva Inglaterra. En parte lo hacía para compensar las ocasiones en que bebía demasiado, acompañando a veces el whisky con un porro. Scott se enorgullecía de sus clases, que le permitían ciertos alardes de vanidad cuando se enfrentaba a un aula repleta. Le encantaba su especialidad, la historia, y esperaba cada septiembre con entusiasmo, sin el cinismo que aquejaba a muchos de sus colegas de facultad. No obstante, pensaba que llevaba una vida demasiado apacible, así que ocasionalmente se permitía alguna conducta alocada; por ejemplo, un Porsche 911 de hacía diez años que conducía hasta la época de las nevadas, con rock and roll a toda pastilla en la radio. Reservaba la vieja furgoneta para los inviernos. Tenía algún ligue ocasional, pero sólo con mujeres de más o menos su edad, más realistas en sus expectativas, y reservaba sus pasiones para los Red Sox, los Patriots, los Celtics, los Bruins y todos los equipos deportivos de la facultad.

Se consideraba un hombre rutinario, y a veces pensaba que sólo había tenido tres aventuras de verdad en su vida adulta. Una, cuando recorría en kayak la rocosa costa de Maine y una fuerte corriente y una niebla súbita lo apartaron de sus compañeros, dejándolo durante horas en medio de una gris bruma de tranquilidad, rodeado únicamente por el sonido de las olas que lamían el kayak y el ocasional chapoteo de una foca o una marsopa. El frío y la humedad lo envolvían y empañaban su visión. Comprendió que estaba en grave peligro, pero conservó la calma y esperó hasta que una embarcación de la Guardia Costera surgió de la húmeda bruma que lo rodeaba. El oficial le dijo que se encontraba muy cerca de una corriente traicionera que con toda seguridad lo habría arrastrado mar adentro, y por eso se asustó mucho más después de ser rescatado que cuando estaba en peligro.

Ésa fue una de sus aventuras. Las otras dos duraron más. En 1968, cuando Scott tenía dieciocho años y acababa de ingresar en la universidad, rechazó un recurso para prorrogar el reclutamiento porque le parecía inmoral permitir que otros se jugasen la vida mientras él estudiaba, a salvo de todo. Este romanticismo trasnochado le pareció muy ético en su momento, pero lo dejó sin aliento cuando recibió la carta de alistamiento. En un santiamén se encontró convertido en soldado y camino de una unidad de apoyo en Vietnam. Durante seis meses sirvió en una unidad de artillería. Su trabajo consistía en transmitir las coordenadas que recibía por radio al comandante del asentamiento artillero, quien ajustaba la puntería de los cañones y luego ordenaba hacer fuego. Las sucesivas descargas producían un estruendo más ensordecedor que cualquier trueno. Más tarde, tuvo pesadillas por haber tomado parte en una matanza invisible, más allá de su vista y su oído, y en mitad de la noche se preguntaba si había matado a docenas o tal vez cientos de personas, o tal vez a ninguna. Lo devolvieron a casa un año después, sin haber disparado nunca contra un enemigo visible.

Después del servicio militar, evitó la protesta política que sacudía la nación y se dedicó a sus estudios con una tenacidad que lo sorprendió incluso a él. Después de ver la guerra, o al menos una parte de ella, la historia era algo que lo reconfortaba: sus decisiones ya estaban tomadas, sus intereses se remontaban a los tiempos pasados. No hablaba de su estancia en el ejército, y ahora, maduro y con una cátedra, dudaba que ninguno de sus colegas supiera que había luchado en Vietnam. A veces incluso le parecía que había sido un mal sueño, tal vez una pesadilla, y llegaba a pensar que su año en el frente apenas había existido.

Su tercera aventura era Ashley.

Scott Freeman se quedó con la carta en la mano y se sentó en el borde de la cama de su hija. Tenía tres almohadas, una de ellas bordada con un corazón que él le había regalado por su cumpleaños hacía más de diez años. También había dos ositos de peluche, llamados Alphonse y Gaston, y una colcha ajada que le habían regalado al nacer. Scott contempló la colcha y recordó que había sido un episodio divertido: en las semanas anteriores al nacimiento de Ashley, sus dos futuras abuelas le regalaron sendas colchas. La otra, lo sabía, estaba en una cama similar en la casa de la madre de Ashley.

Contempló el resto de la habitación. Fotografías de Ashley y sus amistades pegadas en una pared; baratijas; notas escritas a mano con la letra florida y ampulosa de las adolescentes. Pósters de atletas y poetas, y el poema enmarcado de William Butler Yeats que terminaba con «Anhelo ese beso tuyo que he de poseer, y que echaré de menos cuando crezcas»; él se lo había regalado por su quinto cumpleaños, y a menudo se lo susurraba mientras ella se dormía. También había fotografías de sus diversos equipos de fútbol y softball, y una foto enmarcada del baile de graduación, tomada en ese momento exacto de perfección adolescente, cuando su vestido silueteaba cada curva recién hallada, el cabello le caía perfectamente sobre los hombros desnudos y su piel resplandecía. Scott reparó en que estaba contemplando una colección de recuerdos: la infancia documentada de manera típica, probablemente no muy distinta de la habitación de cualquier otra joven, pero única a su modo. Una arqueología del crecimiento.

Había una foto de los tres, tomada cuando Ashley tenía seis años, quizás un mes antes de que Sally lo abandonara. Estaban de vacaciones familiares en la costa, y le parecía que las sonrisas que todos esbozaban tenían cierto matiz de fatalidad, pues apenas enmascaraban la tensión que había dominado sus vidas. Ashley había construido un castillo de arena con su madre aquel día, pero la marea y las olas lastraron sus esfuerzos, derribando cada estructura, aunque no cejaban en cavar fosos y levantar murallas de arena.

Escrutó las paredes y la mesa, sin ver ningún rastro de algo fuera de lo normal. Esto lo preocupó aún más.

Scott echó otro vistazo a la carta. «Nadie puede amarte como yo lo hago.» Sacudió la cabeza. Eso no era cierto, pensó. Todo el mundo amaba a Ashley.

Lo que le asustaba era que el remitente pudiera tomarse en serio aquel sentimiento exagerado. Por un instante, trató de convencerse de que estaba siendo demasiado protector. Ashley ya no era una adolescente, ni siquiera una estudiante universitaria. Estaba a punto de iniciar un curso para posgraduados de Historia del Arte en Boston, y tenía su propia vida.

No traía firma. Eso significaba que ella conocía al remitente. El anonimato era una firma tan clara como cualquier nombre escrito.

Junto a la cama había un teléfono rosa. Lo cogió y marcó el número del móvil de Ashley.

Ella respondió al segundo tono.

—¡Hola, papá! ¿Qué tal? —Su voz irradiaba juventud, entusiasmo y confianza.

Él suspiró lentamente, aliviado.

—¿Cómo estás? —repuso—. Sólo quería oír tu voz.

Una vacilación momentánea.

A Scott no le gustó.

—Sin novedad. La facultad está bien y el trabajo, bueno, es trabajo. Pero eso ya lo sabes. La verdad es que nada ha cambiado desde que estuve en casa la última vez.

Él tomó aire.

—Apenas te vi. Y no tuvimos muchas ocasiones de hablar. Sólo quería asegurarme de que todo va bien. ¿Ningún problema con tus profesores? ¿Has oído algo del curso en que te has matriculado?

Otra pausa.

—No. Aún no.

Él se aclaró la garganta.

—¿Y los chicos? Los hombres, quiero decir. ¿Algo que yo debiera saber?

Ella no contestó.

—¿Ashley?

—No —dijo rápidamente—. Nada, de verdad. Nada especial. Nada que no pueda manejar.

Scott esperó, pero ella no dijo más.

—¿Hay algo que quieras contarme?

—No, de verdad que no. Papá, ¿a qué viene este tercer grado? —preguntó con tono de broma forzado.

—Sólo intento no perderte de vista. Tu vida pasa de largo, y a veces necesito seguirte los pasos.

Ella rió, también de manera algo forzada.

—Bueno, ese viejo coche tuyo es bastante rápido.

—¿Algo de lo que tengamos que hablar? —insistió él, aunque sabía que ella advertiría la insistencia.

—Ya te he dicho que no. ¿Por qué lo preguntas? ¿Todo bien por tu parte?

—Sí, sí, estoy bien.

—¿Y mamá? ¿Y Hope? Están bien, ¿no?

Scott contuvo la respiración. La familiaridad con que ella mencionaba el nombre de la compañera de su madre siempre lo aturullaba, aunque no debería sorprenderse después de tantos años.

—Las dos están bien, supongo.

—Entonces, ¿te preocupa otra cosa?

Él miró la carta.

—No, en absoluto. Nada concreto. Sólo que los padres siempre nos preocupamos por nada. Solemos imaginar lo peor. Cosas ominosas, desesperación y dificultades acechando en cada esquina. Es lo que nos convierte en las personas terriblemente aburridas y pesadas que somos.

La oyó reír, cosa que lo alivió un poco.

—Mira, tengo que ir al museo y voy a llegar tarde. Ya hablaremos, ¿vale?

—Claro. Te quiero.

—Yo también, papá. Adiós.

Scott colgó y pensó que a veces lo que no oyes es tan importante como lo que oyes. Y en esta ocasión no había oído un montón de problemas.

Hope Frazier observó a la centrocampista del equipo contrario. La joven tenía tendencia a avanzar demasiado, dejando sola a la defensora que tenía detrás. La jugadora de Hope, marcándola de cerca, no acababa de ver que en ese momento podía lanzar un contraataque. Hope se paseó por la banda, pensó en hacer un cambio, pero luego se arrepintió. Sacó una libretita del bolsillo trasero e hizo una rápida anotación. «Lo mencionaré en el entrenamiento», pensó. Tras ella, oyó un murmullo entre las chicas del banquillo; estaban acostumbradas a verla emplear la libreta. A veces esto suponía alabanzas, pero otras se convertía en dar varias vueltas alrededor del campo después del entrenamiento del día siguiente. Hope se volvió hacia las muchachas.

—¿Alguien ve lo que yo veo?

Hubo un momento de vacilación. «Estudiantes —pensó—. En un instante, son todo bravatas. Al siguiente, todo timidez.» Una chica alzó la mano.

—Muy bien, Molly. ¿Qué?

Molly se levantó y señaló a la centrocampista rival.

—Nos está causando problemas por la derecha, pero podemos aprovechar su adelantamiento...

Hope dio una palmada.

—¡En efecto! —dijo. Vio sonreír a las otras chicas. Mañana no habría vueltas extra—. Muy bien, Molly, empieza a calentar. Sustituirás a Sarah en el centro. Controla el balón y contraataca desde ahí.

Hope fue a sentarse en el sitio dejado por Molly en el banquillo.

—Mirad el terreno de juego, chicas —dijo—. Vedlo en su conjunto. El juego no es siempre la pelota que tenéis a los pies: trata del espacio, el tiempo, la paciencia y la pasión. Es como el ajedrez. Hay que convertir las desventajas en...

Alzó la cabeza al oír una exclamación del público. Se había producido un encontronazo en la otra banda, y varios espectadores exigían al árbitro que sacara una tarjeta amarilla. Un padre airado corría por la banda y agitaba los brazos. Hope se levantó y se acercó a la banda, intentando ver qué había pasado.

—Entrenadora...

Se volvió y vio que el juez de línea la llamaba.

—Creo que la necesitan.

El entrenador del equipo contrario había echado a correr, así que rápidamente cogió una botella de Gatorade y el maletín de primeros auxilios. Mientras iba hacia allí, pasó junto a Molly.

—Molly, me lo he perdido. ¿Qué ha pasado?

—Han chocado con la cabeza, entrenadora. Creo que Vicki se ha quedado grogui, pero la otra chica se ha llevado la peor parte.

Cuando llegó al lugar, su jugadora se estaba incorporando ya, pero la del equipo contrario estaba tendida en el suelo. Hope oyó unos sollozos entrecortados. Se dirigió a su jugadora.

—¿Estás bien, Vicki?

La chica asintió con expresión de miedo. Todavía jadeaba en busca de aire.

—¿Te duele algo en particular?

Vicki negó con la cabeza. Algunas jugadoras se habían acercado, pero Hope las hizo retroceder.

—¿Crees que podrás ponerte en pie?

Vicki asintió de nuevo, y Hope la cogió por el brazo y la ayudó a levantarse.

—Vamos a sentarnos un momento en el banquillo —dijo. Vicki empezó a negar con la cabeza, pero Hope la llevó del brazo.

En la banda cercana, el padre exaltado estaba enzarzado en una fuerte discusión con el otro entrenador. No había empezado todavía con las juramentos, pero Hope sabía que no tardaría mucho. Se volvió hacia él.

—Conservemos la calma —le dijo—. Ya conoce las reglas sobre las protestas.

El padre airado se giró para mirarla. Abrió la boca como para soltar un improperio, pero se contuvo. Miró a Hope con el rostro enrojecido antes de darse la vuelta. El otro entrenador se encogió de hombros y Hope lo oyó mascullar «Idiota». Hope se llevó a Vicki, que seguía tambaleándose.

—Es que mi padre se cabrea demasiado —dijo la chica, con tanta sencillez y tanto dolor, que Hope comprendió que no sólo se refería al incidente en el terreno de juego.

—Tal vez deberías hablar conmigo después de los entrenamientos de esta semana. O visitarme en la tutoría cuando tengas una hora libre.

Vicki negó con la cabeza.

—Lo siento, entrenadora. No puedo. Él no me deja.

Y eso fue todo.

Hope le apretó el brazo.

—Ya lo haremos en otra ocasión.

Esperaba que fuera cierto. Mientras sentaba a Vicki en el banquillo y enviaba una nueva jugadora al campo, pensó que en la vida nada era justo, nada era equitativo, nada era bueno. Miró hacia donde se hallaba el padre de Vicki, un poco apartado de los demás padres, cruzado de brazos y con gesto avinagrado, como si estuviera contando los segundos que su hija estaba fuera del partido. Hope pensó que ella era más fuerte, más rápida, probablemente mejor educada y sin duda mucho más experimentada en el juego que aquel hombre. Había conseguido todos los títulos de entrenadora, asistido a muchos seminarios de formación, y con una pelota en los pies podría haber avergonzado a aquel padre protestón, mareándolo con sus fintas y sus cambios de ritmo. Podría haber hecho gala de sus propias habilidades, junto con los trofeos de los campeonatos y su certificado de la Federación Americana, pero nada de eso habría importado un pimiento. Hope sintió un arrebato de ira frustrada, que se guardó para sí junto con todos los demás. Mientras pensaba estas cosas, una de sus jugadoras escapó por la banda derecha y con elegante habilidad marcó un gol a la portera rival. Hope comprendió, mientras el equipo saltaba y aplaudía el tanto, todo sonrisas, abrazos y palmadas, que ganar era quizá lo único que la mantenía a salvo.

Sally Freeman-Richards se quedó en su despacho, esperando a la luz mortecina de octubre, después de que sus dos socios se marcharan a casa. En otoño, el sol se ponía tras las blancas torres de la iglesia episcopaliana que estaba cerca del campus, e inundaba las ventanas de las oficinas adyacentes con un resplandor cegador. Era un momento inquietante. El resplandor tiene una cualidad desapacible y peligrosa; en varias ocasiones, estudiantes que volvían a casa después de las últimas clases de la tarde habían sido atropellados al cruzar la calle por conductores cuya visión era defectuosa por la luz reflejada en el parabrisas. A lo largo de los años, ella había observado este fenómeno desde ambos lados: una vez defendiendo a un conductor desafortunado y, la otra, demandando a una compañía de seguros en representación de un estudiante que había acabado con las dos piernas rotas.

Sally vio la luz del sol colarse por el bufete, dibujar sombras, proyectar en las paredes extrañas figuras. Saboreó el momento. Extraño, pensó, que una luz que parecía tan benigna pudiera albergar semejante peligro. La clave era no encontrarse en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Suspiró y pensó que su observación, en cierto modo, definía lo que era la ley. Contempló su escritorio e hizo una mueca ante el montón de sobres y documentos legales que cubrían una esquina. Había al menos media docena apilados, mero papeleo legal. El cierre de un contrato inmobiliario, un caso de compensación laboral, un pequeño pleito entre vecinos por unas tierras en disputa. En otro rincón, en un archivador separado, tenía los casos que más le interesaban, los concernientes a su especialidad. Implicaban a otras lesbianas de todo el valle. Desde adopciones a disoluciones matrimoniales, pasando por una acusación de homicidio por negligencia. Manejaba sus casos con experiencia, cobrando honorarios razonables, sonriendo y estrechando manos, y se consideraba la abogada de las emociones desatadas. Sabía que en ello había algo de retribución o de deuda, pero no le gustaba reflexionar demasiado sobre su vida; le bastaba con hacerlo profesionalmente sobre la de los demás.

Cogió un lápiz y abrió uno de los expedientes aburridos, pero al poco lo apartó a un lado. Dejó caer el lápiz en una taza con la inscripción «La mejor mamá del mundo». Dudaba de la exactitud de esa frase.

Sally se levantó y pensó que no había nada realmente urgente que la obligara a trabajar hasta tarde. Se estaba preguntando si Hope ya habría llegado a casa y qué iba a preparar para cenar, cuando sonó el teléfono.

—Freeman-Richards.

—Hola, Sally, soy Scott.

Ella se sorprendió un poco.

—Hola, Scott. Estaba a punto de marcharme...

Él se imaginó el despacho de su ex mujer. Seguramente organizado y ordenado, pensó, todo lo contrario del caos que caracterizaba al suyo. Se relamió los labios un instante, recordando cuánto detestaba que ella hubiera conservado su apellido (adujo que sería más sencillo para Ashley cuando creciera), pero compuesto con el de soltera.

—¿Tienes un momento?

—Pareces preocupado.

—No sé. Tal vez debería estarlo. Tal vez no.

—¿Cuál es el problema?

—Ashley.

Sally contuvo la respiración. Con su ex marido solía mantener conversaciones directas y al grano, por lo general sobre cuestiones menores procedentes de los detritos del divorcio. A medida que fueron pasando los años tras la separación, Ashley se convirtió en lo único que los mantenía en contacto, y por eso sus temas se ceñían principalmente a asuntos de transporte entre una casa y otra y al pago de las facturas. A lo largo de los años habían alcanzado una especie de pacto de no agresión, y trataban estos asuntos de manera eficiente y superficial. Hablaban poco o nada sobre en qué se había convertido cada uno y por qué; era, pensaba ella, como si en los recuerdos y percepciones de ambos sus vidas se hubieran congelado en el momento del divorcio.

—¿Qué ocurre?

Scott vaciló. No estaba seguro de cómo expresarlo con palabras.

—He encontrado una carta preocupante entre sus cosas —dijo.

Sally vaciló también.

—¿Por qué estabas husmeando entre sus cosas? —preguntó.

—Eso es irrelevante. El caso es que la he encontrado.

—No creo que sea irrelevante. Deberías respetar su intimidad.

Él se enfadó, pero decidió contenerse.

—Se dejó fuera unos calcetines y unas braguitas. Los estaba guardando en el cajón y entonces vi la carta. La leí y me preocupó. Supongo que no debería haberla leído, pero lo hice. ¿En qué me convierte eso, Sally?

Ella no respondió, aunque se le ocurrieron varias respuestas.

—¿Qué clase de carta es? —preguntó en cambio.

Scott se aclaró la garganta, una maniobra habitual para ganar un poco de tiempo, y dijo simplemente:

—Escucha.

Y le leyó la carta.

Cuando terminó, el silencio se prolongó.

—No parece tan malo —dijo Sally finalmente—. Tiene un admirador secreto.

—Admirador secreto. Suena a expresión victoriana.

Ella ignoró el sarcasmo y guardó silencio.

Scott esperó un instante.

—Según tu experiencia profesional —preguntó luego—, ¿no crees que tiene cierto tono de obsesión? ¿De compulsión tal vez? ¿Qué clase de persona escribe una carta así?

Sally tomó aire y se preguntó lo mismo.

—¿Te ha mencionado ella algo? ¿Algo sobre esto? —insistió Scott.

—No.

—Eres su madre. ¿No acudiría a ti si tuviera algún problema con los hombres?

La expresión «problema con los hombres» quedó suspendida entre ambos, reverberando con furia.

—Sí, supongo que sí. Pero no lo ha hecho.

—Bueno, cuando fue a visitarte, ¿no te dijo nada? ¿No advertiste nada en su conducta?

—No. ¿Y tú? Pasó un par de días en tu casa.

—Tampoco. Apenas la vi. Estuvo saliendo con algunas amigas del instituto. Ya sabes, se marchaba a cenar y regresaba a las dos de la madrugada, dormía hasta mediodía y luego se entretenía por la casa hasta la hora de marcharse otra vez.

Sally Freeman-Richards inspiró hondo.

—Bueno, Scott —dijo muy despacio—, no estoy segura de que se trate de algo para preocuparse. Si Ashley tiene algún problema, tarde o temprano lo hablará con alguno de nosotros. Tal vez deberíamos darle tiempo. Y no creo que tenga sentido dar por sentado que hay un problema antes de oírlo directamente de su boca. Creo que estás exagerando.

«Una respuesta muy razonable», pensó Scott. Muy reveladora. Muy liberal. Muy en sintonía con quiénes eran y dónde vivían. Y completamente equivocada.

Ella se levantó y se acercó a un mueble antiguo en un rincón del salón, se tomó un momento para ajustar un plato chino expuesto en una balda y dio un paso atrás para examinarlo con ceño. En la distancia, oí a algunos niños jugando bulliciosamente, pero en la sala donde estábamos no había más que un tictac de tensión.

—¿Cómo supo Scott que algo iba mal? —preguntó ella por segunda vez.

—Exacto. La carta, tal como tú la citas, podría haber significado cualquier cosa. Su ex esposa fue lista al no precipitarse a ninguna conclusión.

—Muy propio de los abogados, ¿no?

—Si lo entendemos como cautela, sí.

—¿Y te parece que fue inteligente? —preguntó. Agitó una mano al aire, como descartando mis preocupaciones—. Él lo sabía por una corazonada, porque sí. Supongo que podríamos llamarlo instinto, aunque suene simplista. Es un poco el residuo animal que acecha en alguna parte de todos nosotros: cuando tienes la sensación, sabes que algo no va bien.

—Eso suena un poco traído por los pelos.

—¿Sí? ¿Has visto alguno de esos documentales sobre la llanura del Serengeti en África? ¿Cuántas veces la cámara capta una gacela alzando la cabeza, aprensiva de repente? No puede ver al depredador que acecha, pero...

—De acuerdo, pero sigo sin ver cómo...

—Bueno —interrumpió ella—. Tal vez si conocieras al hombre en cuestión...

—Sí, supongo que eso podría ayudar. Después de todo, ¿no era ése el mismo problema al que se enfrentaba Scott?

—Lo fue. Naturalmente, al principio no sabía nada. No tenía ningún nombre, ni dirección, edad, descripción, carnet de conducir, número de la seguridad social, información laboral. Nada. Sólo tenía un sentimiento extremo expresado en una página y una sensación de preocupación arraigada en lo más hondo.

—Miedo.

—Sí, miedo. Y no completamente racional, como bien señalas. Estaba solo con su miedo. La clase más dura de ansiedad: peligro indefinido y desconocido. Una encrucijada difícil, ¿no?

—Sí —dije—. La mayoría de la gente no habría hecho nada.

—Al parecer Scott no era como la mayoría.

No respondí, y ella inspiró profundamente antes de añadir:

—Pero si entonces, al principio, hubiera sabido contra quién se enfrentaba, se habría sentido... —Se interrumpió.

—¿Cómo?

—Perdido.

2

Un hombre de ira inusitada

La aguja del tatuador zumbaba con una urgencia similar a un moscardón que revoloteara sobre su cabeza. El hombre de la aguja era un tipo grueso y musculoso, decorado con dibujos multicolores que se extendían como enredaderas por sus brazos, subían hasta sus hombros y se enroscaban en su cuello, para terminar en los colmillos de una serpiente bajo la oreja izquierda. Se agachó como si fuera a rezar, aguja en mano, para iniciar la tarea, pero vaciló y preguntó:

—¿Está seguro de que quiere esto?

—Estoy seguro —respondió Michael O’Connell.

—Nunca he hecho un tatuaje así.

—Alguna vez tiene que ser la primera.

—Espero que sepa lo que está haciendo. Le va a doler un par de días.

—Siempre sé lo que estoy haciendo —respondió O’Connell. Apretó los dientes para soportar el dolor y se acomodó en el sillón.

El grueso hombretón empezó a trabajar en el dibujo. Michael O’Connell había escogido un corazón escarlata atravesado por una flecha que goteaba lágrimas de sangre. En el centro, el tatuaje tendría las iniciales AF; lo novedoso del tatuaje era su emplazamiento. Vio al artista esforzarse un poco. Le resultaba más difícil perfilar el corazón y las iniciales en la planta del pie de O’Connell que a éste mantener el pie en alto y firme. La aguja iba marcando la piel de aquel sitio sensible. Allí podías hacerle cosquillas a un niño, o acariciar a una amante. O utilizarlo para aplastar un bicho. Era el sitio más adecuado para la multiplicidad de sus sentimientos, pensó.

Michael O’Connell era un hombre con pocas relaciones exteriores, pero gruesas cuerdas, alambres de espino y sólidos candados lo constreñían por dentro. Medía casi un metro ochenta y tenía una densa mata de pelo oscuro y rizado. Ancho de hombros, resultado de muchas horas levantando pesas en el instituto, y estrecho de cintura, sabía que era guapo. Tenía magnetismo en su forma de alzar las cejas y en la manera en que abordaba cualquier situación. Afectaba cierto descuido en su vestimenta que lo hacía parecer familiar y amistoso; prefería la pana al cuero para encajar mejor con la población estudiantil, y evitaba llevar nada que sugiriese dónde había crecido, como vaqueros demasiado ajustados o camisetas estrechas. Ahora caminaba por Boylston Street hacia Fenway. La brisa matinal producía pequeños remolinos con las hojas caídas y la basura de la calle. Percibía algo de New Hampshire en el aire, una nitidez que le recordaba su juventud.

Le dolía el pie, pero era un dolor agradable.

El tatuador le había dado un par de Tylenol y había protegido con gasa y esparadrapo el dibujo, pero le había advertido que caminar podría ser duro. No importaba, a pesar de lo mal que pudiera sentirse durante unos días.

No se encontraba lejos del campus de la Universidad de Boston, y conocía un bar que abría a primera hora para recibir a los noctámbulos que todavía merodeaban cerca de los dormitorios del centro. Caminó cojeando, se desvió por una calle lateral, algo encorvado, tratando con cada paso de medir las descargas de dolor eléctrico que le trepaban por la pantorrilla. Era como un juego, pensó. «Este paso sentiré el dolor hasta el tobillo. Este otro, hasta la pantorrilla. ¿Llegaré a sentirlo hasta la rodilla o más arriba?» Entró en el bar y se detuvo un momento para acostumbrar los ojos al interior oscuro y lleno de humo.

Había un par de hombres mayores en la barra, sentados con los hombros encogidos mientras acariciaban su copa. «Clientes asiduos», pensó. Hombres con necesidades enmarcadas en un dólar y un trago.

O’Connell se dirigió a la barra, dejó un par de pavos en el mostrador y llamó al camarero.

—Cerveza y whisky —dijo.

El barman gruñó, llenó con destreza un vaso de cerveza con un dedo de espuma y llenó de whisky un vasito de cristal. O’Connell apuró el licor, que le quemó bruscamente la garganta, y lo acompañó de un sorbo de cerveza. Señaló el vasito.

—Otro —dijo.

—Veamos el dinero primero —replicó el hombre.

O’Connell señaló el vaso y repitió:

—Otro.

El barman no se movió.

O’Connell pensó en media docena de cosas que podía decir, todas las cuales podrían conducir a una pelea. Sintió la adrenalina empezando a bombear en sus oídos. Era uno de esos momentos en que no importaba si perdía o ganaba, sino sólo el alivio que sentiría al descargar los puñetazos. Había algo en la sensación de su puño golpeando a otro hombre, algo mucho más embriagador que el licor; sabía que borraría el dolor lacerante de su pie y lo llenaría de energía. Miró al barman. Era bastante más mayor que O’Connell, pálido y barrigudo. No sería una gran pelea, pensó, y los músculos se le tensaron, suplicando ser liberados. El barman lo miró con recelo: años detrás de la barra le permitían anticipar lo que un cliente estaba a punto de hacer.

—¿Cree que no tengo el dinero? —preguntó O’Connell.

—Tengo que verlo —replicó el otro dando un paso atrás.

O’Connell advirtió que los otros parroquianos se apartaban con disimulo. También ellos eran veteranos en esa clase de trifulcas.

Miró de nuevo al barman. Era demasiado viejo y tenía mucha experiencia en ese mundo de oscuros rincones para dejarse sorprender. Y, en ese segundo, O’Connell comprendió que el tipo tendría algún recurso a mano. Un bate, o tal vez una porra. Incluso algo más sustancioso, como una pistola de cromo plateado o una escopeta. No, pensó, escopeta no; demasiado pesada para manipularla. Algo más práctico, como un revólver del 38, con el seguro quitado, cargado con balas marcadas para ampliar al máximo el daño al cliente y reducir al mínimo los daños a la propiedad. Estaría situado fuera de la vista, fácil de alcanzar. Y él no podría sacar la navaja lo bastante rápido antes de que el barman cogiera el arma.

Se encogió de hombros y miró al hombre tras la barra.

—¿Qué miras, viejo cabrón? —le espetó.

El tipo le sostuvo la mirada.

—¿Quiere otro trago o no? —preguntó.

O’Connell ya no podía verle las manos.

—En una pocilga como ésta, no —dijo.

Y se levantó y salió del bar mientras todos lo observaban en silencio. Anotó mentalmente volver algún día y sintió un arrebato de satisfacción. No había nada tan placentero como acercarte al borde del abismo y balancearte de un lado a otro. La furia era como una droga: lo colocaba. Pero de vez en cuando era necesario dejarla correr, perderse en ella. Consultó su reloj: poco más de la hora del almuerzo. A veces a Ashley le gustaba tomarse un bocadillo bajo un árbol con algunos de sus compañeros de clase. Era un lugar donde podía observarla sin ser visto.

Michael O’Connell había conocido a Ashley Freeman por casualidad, unos seis meses atrás. Estaba trabajando a tiempo parcial en un taller situado a la salida de la carretera de Massachusetts, iba a clases de informática en su tiempo libre, sacaba algunos dólares como camarero en un garito de estudiantes cerca de la universidad. Ella volvía de esquiar con sus compañeras de habitación cuando un neumático trasero del coche reventó tras comerse uno de los proverbiales baches de Boston, algo frecuente en invierno. La compañera de Ashley llevó el coche al taller, y O’Connell cambió el neumático. Cuando las tarjetas de todas, agotadas por los excesos del fin de semana, fueron rechazadas, O’Connell usó la suya propia para pagar el neumático, un acto de aparente buen samaritanismo que sorprendió a las cuatro chicas. No sabían que la tarjeta que él usaba era robada, y le dieron sin problemas sus direcciones y números de teléfono, prometiendo devolverle el dinero a mediados de semana. El nuevo neumático y la mano de obra sumaban 221 dólares. Ninguna de las chicas imaginó lo irónicamente pequeña que era esa cantidad por permitir que Michael O’Connell entrara en sus vidas.

Además de su buen físico, O’Connell había nacido con una vista excepcionalmente aguda. No le resultó difícil localizar la silueta de Ashley desde una manzana de distancia, y se apoyó contra un roble para vigilarla con disimulo. Sabía que nadie repararía en él; estaba demasiado lejos, había bastante gente paseando y coches circulando en aquel despejado día de octubre. También sabía de sus habilidades camaleónicas para mezclarse con el paisaje. A veces pensaba que debería haber sido una estrella de cine por su capacidad de parecer siempre otra persona.

En un bar de mala muerte, lleno de alcohólicos y rateros, podía ser un tipo duro. Y luego, con la misma facilidad, mezclado con la enorme población estudiantil de Boston podía pasar por un universitario más. La mochila, llena de textos de informática, ayudaba a dar esa imagen. Michael se enorgullecía de su capacidad para pasar de un mundo a otro, confiando siempre en que la gente no dedicaba más de un segundo a mirarlo.

«Si lo hicieran —pensó—, se asustarían.»

Observó el pelo dorado rojizo de Ashley. Había media docena de jóvenes sentados en círculo informal, almorzando, riendo, contando chistes. Si hubiera sido el séptimo miembro de ese grupo, se habría quedado callado. Era bueno en mentir e inventar ficciones convincentes sobre quién era, de dónde procedía y qué hacía, pero en grupo siempre temía pasarse de la raya, decir algo raro e improbable, y perder credibilidad. Cara a cara con alguien como Ashley, no tenía ningún problema para mostrarse seductor y crear empatía.

Michael siguió espiando a la chica, mientras la furia crecía en su interior.

Era una sensación familiar, una sensación que agradecía y odiaba. Era diferente de la furia que sentía cuando quería pelear, o cuando discutía con su jefe de turno o su casero, o con la vieja que vivía en la puerta contigua a su diminuto apartamento y que lo molestaba con sus gatos y sus miradas acuosas. Podía discutir con cualquiera, incluso llegar a los puños, y para él no significaba nada. Pero sus sentimientos hacia Ashley eran muy diferentes.

La amaba.

Al observarla desde aquella distancia segura, al amparo del anonimato, se iba enardeciendo. Trató de relajarse, pero no pudo. Se dio la vuelta, porque mirarla era demasiado doloroso, mas, con la misma rapidez, se giró de nuevo, porque el dolor de no verla era aún peor. Cada risa de ella echando la cabeza atrás, agitando seductoramente el cabello, o cada vez que se inclinaba para escuchar a uno de sus acompañantes, era una agonía. Cada vez que extendía los brazos, e incluso en los movimientos más inadvertidos, cuando su mano rozaba la de otra persona, todas esas cosas eran como punzones de hielo que se clavaban en el pecho de Michael O’Connell.

La contempló y durante casi un minuto le costó respirar.

Ella constreñía su mismo pensamiento.

En un bolsillo del pantalón llevaba una navaja, no la típica multiuso del ejército suizo que se podía encontrar en cientos de mochilas de universitarios, sino una de hoja larga, robada en una tienda de artículos de acampada en Somerset. Pesaba. La empuñó sin sacarla del bolsilo y apretó con fuerza, tanto que le dolió. Un poco de dolor extra, pensó, lo ayudaría a despejar la cabeza.

Le gustaba llevar aquella navaja, pero le hacía parecer peligroso.

A veces creía que vivía en un mundo de futuribles. Los estudiantes, como Ashley, estaban todos en el proceso de convertirse en algo distinto de lo que eran. La facultad de Derecho para los futuribles abogados. Y la de Medicina. Y la academia de arte, los cursos de filosofía, los estudios de lengua, las clases de cine. Todo el mundo era parte del proceso de convertirse en otra cosa.

A veces deseaba haberse alistado en el ejército. Le gustaba creer que sus talentos habrían encajado bien en el ámbito militar, si hubiesen tolerado su dificultad a la hora de aceptar órdenes. «Tal vez debería haberlo intentado en la CIA», pensó. Habría sido un espía excelente, o un asesino a sueldo. Le habría gustado eso. Estilo James Bond. Habría sido el mejor. En cambio, se dijo, estaba destinado a convertirse en un criminal. Lo que le gustaba estudiar era el peligro.

Vio que el grupo empezaba a moverse. Se pusieron de pie casi a la vez, se sacudieron la ropa, ajenos a todo lo que no fuera su propio entorno de risas y charla feliz.

Él echó a andar, siguiéndolos lentamente, sin reducir distancias, mezclándose con los peatones, hasta que Ashley y los demás subieron una escalinata y entraron en un edificio.

Sabía que su última clase terminaba a las 16.30. Luego iría al museo a trabajar dos horas. Se preguntó si ella tendría planes para esa noche.

Se preguntó. Siempre se preguntaba.

—Pero hay algo que no entiendo del todo...

—¿Qué? —respondió con paciencia, como una maestra con un niño retrasado.

—Si ese tipo...

—Michael. Michael O’Connell. Un bonito nombre irlandés. Un nombre de Boston. Debe de haber mil nombres iguales desde Brockton hasta Somerville. Evoca a monaguillos agitando incienso y cantando en el coro, o bomberos con kilts tocando la gaita el día de San Patricio.

—Ése no es su verdadero nombre, ¿no? Es parte del rompecabezas, ¿verdad?

—Puede que sí. O que no.

—Estás complicando todo esto más de lo necesario.

—¿De veras? ¿Quién soy yo para juzgarlo? Tal vez espero que en cierto momento dejarás de hacerme preguntas y continuarás tú solo, porque querrás saber la verdad. Ya sabes suficiente, al menos para arrancar. Empezarás a comparar lo que te he contado con lo que averigües. Ése es el sentido de contártelo. Y ponértelo un poco difícil, claro. Lo has llamado rompecabezas. Buena definición. —Si pretendía ser burlona, no se notaba en su tono.

—Muy bien —dije—. Continuemos. Si ese Michael se encaminaba hacia una vida marginal, hacia el pozo de la delincuencia menor, ¿dónde encaja Ashley? Quiero decir, ella habría podido calarlo en cinco segundos, ¿no? Tenía buena educación. Debe de haber asistido a clases o charlas sobre acosadores y esa clase de perturbados. Demonios, incluso hay un capítulo dedicado a ellos en los manuales de salud de la secundaria. Suele venir detrás de las enfermedades de transmisión sexual. Ella tendría que haberlo calado al momento. Y luego hacer lo posible por quitárselo de encima. Estás sugiriendo una especie de amor obsesivo. Pero ese tipo, O’Connell, parece un psicópata, y...

—Un psicópata en proceso. Un psicópata naciente. Un futuro psicópata...

—Eso ya lo veo, pero ¿de dónde salía su obsesión?

—Buena pregunta —respondió ella—. Y se merece una respuesta. Pero no sería inteligente pensar que Ashley, a pesar de sus muchas cualidades, estaba preparada para tratar con los problemas que presentaba Michael O’Connell.

—Cierto. Pero ¿en qué pensaba que se estaba metiendo?

—Teatro —respondió ella—. Pero no sabía qué clase de producción era.

3

Una joven de ignorancia común

A dos mesas de distancia de donde Ashley Freeman estaba sentada con tres amigos, media docena de miembros del equipo de béisbol de la Universidad Northeastern discutían acaloradamente sobre las virtudes de los Yankees y los Red Sox, enzarzados en una defensa vocinglera y a menudo mal hablada de cada equipo. A Ashley podría haberle molestado el ruido, pero tras haber pasado muchas horas en bares para estudiantes en sus cuatro años en Boston, era un debate que había oído numerosas veces. De vez en cuando terminaba con algún empujón o un breve intercambio de puñetazos, pero con frecuencia sólo acababa en un torrente de obscenidades. A menudo había suposiciones bastante imaginativas sobre las extrañas prácticas sexuales a que los jugadores de los Yankees o los Red Sox se dedicaban en sus horas libres. Los animales de corral solían destacar en estas actividades lúdicas.

Ante ella, sus tres amigos discutían apasionadamente por su cuenta. El tema era una exposición de los famosos bocetos de Goya «Los horrores de la guerra». Un grupo de estudiantes había cruzado toda la ciudad para verla, y luego contemplaron, inquietos, los dibujos en blanco y negro de desmembramientos, torturas, asesinatos y agonía. Una cosa que llamó la atención de Ashley fue que, aunque siempre se distinguía a los civiles de los soldados, no había ningún anonimato en cada rol. Ni ninguna seguridad. «La muerte —pensó— tiene una forma de igualar las cosas. Aplasta el espíritu sin consideración a la política. Es implacable.»

Se agitó en su asiento, algo incómoda. Las imágenes, sobre todo las de violencia explícita, la perturbaban profundamente desde niña. Permanecían desagradables en su memoria, bien fueran Salomé admirando la cabeza de Juan el Bautista en un horrible cuadro renacentista, o la madre de Bambi tratando de huir de los cazadores que la perseguían. Incluso las exageradísimas muertes de Kill Bill, la película de Tarantino, la inquietaban.

Su cita para esta velada era un estudiante graduado de psicología, desgarbado y de pelo largo, llamado Will, quien estaba sentado al otro lado de la mesa, argumentando, mientras trataba de acortar la distancia entre su hombro y el brazo de ella. Los pequeños contactos eran importantes a la hora del cortejo, pensó. La mínima sensación compartida podía conducir a algo más intenso. Ella tenía sus dudas sobre él. Se veía que era inteligente, y parecía reflexivo. Había aparecido antes en su apartamento con media docena de rosas que, dijo, eran el equivalente psicológico a un permiso para salir de la cárcel. Una docena de rosas, dijo, habrían sido demasiadas y ella probablemente lo habría considerado afectado, pero sólo media docena sugería cierta promesa además de un toque de misterio. A ella le pareció gracioso el razonamiento, y probablemente acertado también, y por eso el chico le gustó al principio, aunque no pasó mucho tiempo antes de advertir que él tal vez estaba demasiado pagado de sí mismo y tendía menos a escuchar que a pontificar, cosa que no le agradó nada.

Ashley se apartó el pelo de la cara y trató de prestar atención.

—Goya pretendía molestar. Quería arrojar toda la miseria de la guerra a la cara de los políticos y aristócratas que la idealizaban. Algo que fuera imposible de negar...

Las últimas palabras de su defensa se perdieron en un estallido de la mesa de al lado.

—Yo te diré en qué es bueno Derek Jeter. Es bueno agachándose y...

Ella tuvo que sonreír. Era un poco como estar en una versión bostoniana de Dimensión desconocida, atrapada entre lo pretencioso y lo vulgar.

Ella se agitó en su asiento, manteniendo una distancia neutral que ni animaba ni disuadía a Will, y pensó en su proverbial mala suerte en el amor. Se preguntó si sería algo pasajero, como tantas otras cosas de su adolescencia, o si era, en cambio, una anticipación de su futuro. Tenía la sensación de que estaba cerca de algo, pero no sabía de qué.

—Sí, la pega que tiene escandalizar y mostrar la naturaleza de la guerra a través del arte es que nunca detiene la guerra, pero se celebra como arte. Corremos a ver el Guernica y nos extasiamos en la profundidad de su visión, pero ¿llegamos a sentir algo por los campesinos vascos bombardeados? Fueron reales. Sus muertes fueron de verdad, pero su verdad queda subordinada al arte.

Era Will. Ashley consideró que era una observación inteligente, pero podrían haberla hecho un millón de universitarios políticamente correctos. Miró a los jugadores de baloncesto. Incluso borrachos, había una exuberancia en su discusión que le agradaba. Sintió una punzada de dilema. Le gustaba sentarse en Fenway con una cerveza y le encantaba visitar el Museo de Bellas Artes. Durante un largo instante se preguntó a cuál de las dos discusiones pertenecía ella realmente.

Miró de reojo a Will. Seguramente suponía que la manera más rápida de seducirla era con enrevesadas argumentaciones intelectuales. Era el pensamiento universitario típico. Decidió confundirlo un poco.

Echó bruscamente la silla hacia atrás y se levantó.

—¡Eh! —llamó—. Tíos, ¿de dónde sois? ¿CB? ¿UB? ¿Northeastern?

Los jugadores de béisbol enmudecieron al instante. Cuando una chica guapa le grita a un puñado de jóvenes, siempre recibe su atención.

—Northeastern —respondió uno, haciendo una pequeña reverencia en su dirección.

—Bueno, ser de los Yankees es como ser de la General Motors, de IBM o el Partido Republicano. Ser fan de los Red Sox es pura poesía. En un momento crucial, todo el mundo debe decidir en la vida. He dicho.

Los deportistas de la mesa estallaron en risas y burlas.

Will se echó hacia atrás, sonriendo.

—Eso sí que ha sido conciso —dijo.

Ashley sonrió y se dijo que tal vez no era un tonto, después de todo.

Cuando era más joven, pensaba que lo mejor sería no llamar la atención. Las chicas discretas pueden esconderse.

Había atravesado una dramática fase de oposición a todo al principio de su adolescencia: berrinches con su madre, su padre, sus profesores y sus amigas, vestía ropas anchas color arpillera, teñía en su pelo una vibrante veta roja junto a una negra, escuchaba rock-grunge, bebía café solo a lo bestia, fumaba y quería hacerse tatuajes y piercings. Esta etapa sólo duró unos meses, suficientes para que entrara en conflicto con todas sus actividades en el colegio, tanto en clase como en el campo deportivo. Además, le costó algunos amigos e hizo que los restantes se pusieran en guardia.

Para sorpresa de Ashley, la única persona adulta con la que pudo hablar de manera civilizada durante ese período fue la compañera de su madre, Hope. Esto la sorprendió, porque en el fondo culpaba a Hope de la separación de sus padres y a menudo les comentaba a sus amigas que la odiaba por ello. Esta mentira la molestaba, en parte porque creía que se debía a que era lo que sus amigas querían oír. Después del grunge y la moda gótica, pasó por la fase del caqui y los cuadros, luego por los pantalones estrechos, y durante un par de semanas se hizo vegetariana y le dio por comer tofu y hamburguesas vegetales. Se metió en un grupo de teatro y representó a una pasable Marian, la bibliotecaria en The Music Man, escribió montones de apasionadas entradas en su diario, imitando a Emily Dickinson, Eleanor Roosevelt y Carrie Nation, con una pizca de Gloria Steinem y Mia Hamm. Había trabajado en la construcción de una casa para Hábitats para la Humanidad, y una vez acompañó al mayor camello del instituto en una aterradora visita a una ciudad cercana para recoger un cargamento de cocaína, hecho que quedó registrado en las cámaras de vigilancia de la policía y provocó una llamada de un detective a su madre. Sally Freeman-Richards se puso furiosa, la castigó durante semanas, le espetó que había tenido una suerte extraordinaria de que no la hubieran arrestado, y que le costaría trabajo recuperar su confianza. Por separado, Hope y su padre llegaron a conclusiones más benignas, y hablaron de rebeldía adolescente y conceptos similares, y él recordó algunas tonterías que había hecho en sus tiempos, cosa que a ella la hizo reír, pero sobre todo la tranquilizó. Ashley no creía que tuviera una predisposición inconsciente a hacer cosas peligrosas en su vida, pero de vez en cuando le gustaba correr un poco de riesgo, y agradecía la suerte de haber evitado las consecuencias hasta el momento. A menudo pensaba que era como la arcilla de un alfarero, girando constantemente, tomando forma, esperando el calor del horno que la terminara de cocer.

Se sentía a la deriva. No le gustaba demasiado su trabajo a tiempo parcial en el museo, ayudando a confeccionar catálogos de exposiciones. Tenía que aislarse en una sala al fondo, delante de un ordenador. No las tenía todas consigo en Historia del Arte, y a veces pensaba que se dedicaba a esa actividad sólo porque era diestra con la pluma y el pincel. Esto la preocupaba, porque, como muchos jóvenes, creía que sólo debería hacer aquello que la apasionaba, pero aún no tenía claro qué era.

Salieron del bar, y Ashley se arrebujó en su abrigo para protegerse del frío nocturno. Se dijo que debería prestar un poco de atención a Will. Era guapo, atento, y quizás hasta tuviera sentido del humor. Tenía una peculiar manera de caminar a su lado que la desarmaba y, probablemente, en conjunto, era alguien interesante. Advirtió que llevaban caminando casi dos manzanas y sólo faltaban cincuenta metros para llegar a la puerta de su apartamento, y él aún no le había formulado la pregunta.

Decidió poner en práctica un jueguecito. Si él le preguntaba algo interesante, le concedería una segunda cita. Si le preguntaba la previsible «¿Puedo subir a tu casa?», entonces no volvería a verlo.

—¿Tú qué opinas? —dijo él de repente—. Cuando los tipos de un bar discuten de béisbol, ¿lo hacen porque les gusta el juego o porque les gusta discutir? Quiero decir que en el fondo no hay verdades inapelables en sus comentarios, sólo se trata de lealtad al equipo. Y la lealtad ciega no se presta realmente al debate, ¿no?

Ashley sonrió. Allí estaba su segunda cita.

—Por cierto —añadió él—, el amor a los Red Sox es un buen punto para plantear en mi seminario avanzado de psicología patológica.

Ella se echó a reír. Decididamente, otra cita.

—Aquí, es mi casa —dijo—. Me lo he pasado muy bien esta noche.

Will la miró.

—¿Tal vez podríamos repetir alguna tarde tranquila? —propuso—. Puede que sea más fácil conocernos si no tenemos que competir con voces a gritos y especulaciones descabelladas sobre las predilecciones de Derek Jeter por los látigos de cuero, los juguetes sexuales tamaño gigante y los usos que se puede dar a los diversos orificios del cuerpo...

—Me gustaría —respondió Ashley—. ¿Me llamarás?

—Hecho.

Ella dio un paso hacia el primer escalón de su edificio y advirtió que aún iban cogidos de la mano. Se volvió y le dio un beso. Un beso parcialmente casto, con sólo una leve sensación de lengua entre los labios. Un beso de promesa para los días venideros, aunque no una invitación para esa noche. Él pareció comprenderlo, cosa que la animó, pues retrocedió medio paso, hizo una elaborada reverencia y, como un cortesano dieciochesco, le besó el dorso de la mano.

—Buenas noches —dijo ella—. De verdad que me lo he pasado muy bien.

Ashley subió los escalones. Entre las dos puertas de cristal, miró hacia atrás. Un pequeño cono de luz se proyectaba desde el foco de la puerta exterior, y Will estaba al otro lado del débil círculo amarillo, que se disolvía rápidamente en la oscura noche de Nueva Inglaterra. Una sombra arrugó su rostro, como una flecha de oscuridad que lo cruzara. Pero ella no lo advirtió y le dirigió un breve saludo. Luego se encaminó hacia su apartamento sintiendo una alegría natural, contenta por no haber pensado en un rollo de una noche, costumbre más que habitual en los círculos universitarios que estaba a punto de abandonar. Sacudió la cabeza. La última vez que había cedido a esa tentación había sido horrible. La había recordado antes, cuando su padre la llamó de improviso. Pero, con la misma rapidez, mientras buscaba la llave de la puerta, desechó todos los pensamientos acerca de noches pasadas, y dejó que el modesto brillo de esa noche la embargara.

Se preguntó cuánto tiempo tardaría Will primera cita en llamarla y convertirse en Will segunda cita.

Will Goodwin esperó un instante en la oscuridad después de que Ashley desapareciera tras la segunda puerta. Sintió un arrebato de entusiasmo, una punzada de emoción por aquel día y por los venideros.

Se sentía un poco abrumado. La novia de un amigo, la que le había pasado el teléfono de Ashley, le había informado de que era bonita, inteligente y un poco enigmática, pero ella había superado sus expectativas en todos los aspectos. Y además, él había conseguido escapar de la etiqueta de tío aburrido, o al menos se lo parecía.

Encogido contra la fría brisa, se metió las manos en la cazadora y echó a andar. El aire tenía una cualidad antigua, como si cada escalofrío que provocaba transmitiera exactamente lo mismo, con el mismo frío de octubre, que había transmitido a las sucesivas generaciones que habían recorrido las calles de Boston. Las mejillas empezaban a ruborizársele por el frío, y se apresuró hacia la parada del metro. Cubrió rápidamente la distancia con sus largas zancadas. Ella también era alta, pensó. Casi metro setenta y cinco, supuso, con una figura de modelo que ni siquiera los vaqueros y el jersey ancho de algodón habían logrado ocultar. Mientras esquivaba el tráfico al cruzar la calle con el semáforo en rojo, pensó cómo era que no tenía decenas de pretendientes. Probablemente se debía a alguna relación fallida u otra mala experiencia. Decidió no especular, sólo dar gracias a la buena estrella que lo había puesto en contacto con Ashley. En sus estudios todo trataba de probabilidad y predicción. No estaba seguro de que las estadísticas que registraban el trabajo clínico con las cobayas pudieran ser útiles para conocer a alguien como Ashley.

Sonrió para sí y bajó a saltos las escaleras del metro.

El metro de Boston, como el de muchas ciudades, provoca una extraña sensación, como de otra dimensión, cuando uno atraviesa los torniquetes y baja al mundo del tráfico subterráneo. Las luces se reflejan en muros de azulejos blancos, las sombras encuentran espacio entre columnas de acero. Hay un ruido constante de trenes que vienen y van. El mundo cotidiano es sustituido por una especie de universo desmembrado, donde el viento, la lluvia, la nieve e incluso la cálida luz del sol parecen pertenecer a otro lugar y otro tiempo.

El convoy frenó rechinando agudamente, y Will subió junto con docenas de personas más. Las luces del tren le daban a todo el mundo un aspecto onírico y enfermizo. Especuló sobre los otros pasajeros, todos enfrascados en un periódico, o un libro, o con la mirada perdida. Echó atrás la cabeza y cerró los ojos un momento, dejando que la velocidad y el traqueteo del tren lo mecieran como a un niño en brazos de su madre. La llamaría mañana, decidió. Le pediría salir y trataría de entretenerla un rato al teléfono. Repasó temas de conversación y trató de encontrar alguno original. Se preguntó adónde iba a llevarla. ¿A cenar y al cine? Predecible. Ashley era el tipo de mujer que quiere ver algo especial. ¿Una obra de teatro, tal vez? ¿Un club de comedia? Seguido de una cena tardía en un sitio algo mejor que el habitual garito donde tomar hamburguesas y cerveza. Pero no demasiado esnob, pensó. Y tranquilo. Bien, risas y luego algo romántico. Tal vez no era el mejor de los planes, pero resultaba estimulante.

En su parada, bajó al andén, moviéndose con rapidez pero un poco errante mientras salía a la calle. La luz de Porter Square acuchillaba la oscuridad, dando una sensación de actividad donde había poca. Se encogió para protegerse de una ráfaga glacial y salió de la plaza por una calle lateral. Su apartamento quedaba a cuatro manzanas de distancia. Mientras andaba, trató de decidir el restaurante adecuado adonde llevarla.

Aminoró el paso al oír ladrar un perro con súbita alarma. En la distancia, la sirena de una ambulancia rompía la noche. Algunos apartamentos de la manzana tenían las ventanas iluminadas por el resplandor de los televisores, pero la mayoría estaba a oscuras.

A su derecha, en un callejón entre dos edificios, le pareció oír un roce y se volvió. De repente vio una figura negra abalanzarse hacia él. Sorprendido, retrocedió un paso y alzó el brazo para protegerse. Alcanzó a pensar que debía gritar pidiendo ayuda, pero las cosas sucedieron muy rápido. Sólo tuvo un instante de lucidez y miedo, porque intuyó que algo se le venía encima inexorablemente. Era una tubería de plomo que, cortando el aire con un siseo de espada, cayó de lleno sobre su frente.

Tardé casi siete horas de un día largo y agotador en encontrar el nombre de Will Goodwin en el Boston Globe. Venía en una reseña titulada «La policía busca al asaltante de un posgraduado», en la sección local, casi al pie de la página. Sólo ocupaba cuatro párrafos, e incluía escasa información sobre lo sucedido, sólo que las heridas sufridas por el estudiante de veinticuatro años eran graves y se hallaba en estado crítico en el Hospital General de Massachusetts. Reseñaba que un peatón lo había encontrado por la mañana, tirado y ensangrentado detrás de los contenedores de basura de un callejón. La policía pedía ayuda a toda persona del barrio de Somerville que pudiera haber visto u oído algo sospechoso.

Eso era todo.

Ningún otro artículo al día siguiente, ni en semanas posteriores. Sólo otro episodio de violencia urbana, adecuadamente anotado y registrado y luego ignorado, engullido por la constante aparición de nuevas noticias.

Tardé dos días al teléfono en encontrar la dirección de Will. El registro de la Universidad de Boston dijo que nunca había terminado el programa en que estaba matriculado y dio una dirección en el barrio de Concord. El número de teléfono no estaba incluido.

Concord es un lugar bonito de las afueras, lleno de casas que rezuman historia. Tiene un parque central con una biblioteca pública impresionante, y un centro coqueto lleno de tiendas de moda. Cuando yo era más joven, llevaba a mis hijos a pasear por los escenarios de batallas cercanos y recitaba el famoso poema de Longfellow. Por desgracia, la ciudad ha dejado, como tantas otras partes de Massachusetts, que la historia sea menos importante que el desarrollo urbanístico. Pero la casa del joven que yo había llegado a conocer como Will Goodwin era un edificio de arquitectura colonial, menos ostentoso que las casas más nuevas, apartado unos cincuenta metros tras un camino de grava. En la parte delantera, alguien se dedicaba a plantar flores en el jardín. Vi una placa pequeña, fechada en 1789, en la impoluta pared blanca. Había una puerta lateral con una rampa de madera para sillas de ruedas. Me acerqué y pude oler los hibiscos. Llamé torpemente.

Una mujer delgada y canosa abrió la puerta.

—Sí, ¿en qué puedo ayudarle? —preguntó.

Me presenté y pedí disculpas por aparecer sin anunciarme previamente, ya que el número no aparecía en la guía. Le dije que era escritor y estaba investigando algunos crímenes cometidos hacía unos años en las zonas de Cambridge, Newton y Somerville, y pregunté si podría hablar un momento con Will.

Ella se sorprendió, pero no me cerró la puerta en la cara.

—No creo que sea posible —dijo amablemente.

—Lamento molestarlos, pero sólo serán unas pocas preguntas.

Ella negó con la cabeza.

—Él no... —empezó, pero se detuvo y me miró. Pude ver que su labio inferior empezaba a temblar, y un atisbo de lágrimas asomó a sus ojos—. Ha sido... —Entonces una voz desde atrás la interrumpió.

—¿Mamá? ¿Quién es?

La mujer vaciló, como si no supiera qué decir. Detrás de ella, un joven en una silla de ruedas salió de una habitación lateral. Tenía un aspecto pálido y abotargado, y su cabello castaño era una masa descuidada que le caía hasta los hombros. Tenía una cicatriz rojiza en forma de Z en un lado de la frente; le llegaba casi hasta la ceja. Sus brazos parecían musculosos, pero su pecho estaba hundido, casi consumido. Sus manos grandes y elegantes permitían percibir reminiscencias de quien había sido una vez. Avanzó con la silla de ruedas.

La madre me miró.

—Ha sido muy duro —dijo en voz baja, con repentina intimidad.

La silla chirrió al detenerse.

—Hola —saludó con gesto amable.

Le dije mi nombre y expliqué concisamente que estaba investigando el crimen que lo había dejado lisiado.

—¿Mi crimen? —repuso él, y añadió—: Nada del otro mundo. Un asalto corriente. De todos modos, no puedo contarle gran cosa. Pasé dos meses en coma. Y luego esto... —Señaló la silla de ruedas.

—¿Hizo la policía alguna detención?

—No. Cuando desperté, me temo que no fui de mucha ayuda. No recuerdo nada de aquella noche. Absolutamente nada. Es como pulsar una tecla de tu ordenador y ver cómo todas las palabras de un trabajo escrito desaparecen. Sabes que probablemente están en algún lugar del disco duro, pero no puedes encontrarlas. Las han borrado.

—¿Regresabas a casa después de una cita?

—Sí. Nunca volvimos a contactar. No me extraña. Estaba hecho una piltrafa. Todavía lo estoy. —Soltó una risita y sonrió amargamente.

Asentí.

—La policía nunca encontró nada, ¿verdad?

—Bueno, un par de cosas curiosas.

—¿Cuáles?

—Encontraron a unos chicos de Roxbury tratando de usar mi tarjeta Visa. Pensaron que eran mis agresores, pero resultó que no. Al parecer los chicos encontraron la tarjeta en un cubo de basura.

—De acuerdo, pero ¿por qué...?

—Pues porque al final encontraron mis demás documentos intactos en Dorchester... ya sabe, carnet de conducir, carnet del comedor de la facultad, seguridad social, seguro médico, todas esas cosas. A kilómetros de distancia del vertedero donde los chicos encontraron la tarjeta de crédito. Y las demás tarjetas fueron encontradas por todo Boston.

—¿Qué estás haciendo ahora? —pregunté.

—¿Ahora? —Will miró a su madre—. Ahora estoy esperando.

—Esperando qué.

—No lo sé. Sesiones de rehabilitación en el Centro de Traumatismos Craneales. El día que pueda levantarme de esta silla. No puedo hacer mucho más.

Me despedí, y su madre empezó a cerrar la puerta.

—¡Eh! —dijo Will—. ¿Cree que encontrarán alguna vez al tipo que me hizo esto?

—No lo sé —respondí—. Pero si descubro algo, te lo haré saber.

—No me importaría tener un nombre y una dirección —dijo—. Preferiría encargarme yo mismo de ciertas cosas, ya me entiende.

4

Una conversación que significó más que palabras

Michael O’Connell pensaba que el crimen trata de conexiones.

«Si uno no quiere que lo capturen —razonaba—, debe eliminar todas las conexiones obvias. O al menos oscurecerlas para que no resulten rápidamente visibles para un detective tozudo.»

Sonrió para sí y cerró los ojos para dejarse arrullar por el traqueteo del metro. Todavía sentía un arrebato de energía recorrerle el cuerpo. Golpear a un hombre le producía una sensación estimulante, desde que sentía tensarse sus músculos. Se preguntó si la violencia física iba a resultarle siempre tan seductora.

A sus pies había una mochila de lona azul, la correa rodeando su brazo. Contenía unos guantes de cuero y otros de cirujano, un trozo de tubo de fontanero de medio metro y la cartera de Will Goodwin, aunque todavía no había tenido tiempo de descubrir el nombre.

Cinco cosas, pensó O’Connell, significaban cinco paradas del metro.

Sabía que estaba exagerando su cautela, pero en realidad no estaba de más. Sin duda el tubo estaría manchado con la sangre del tipo al que había atizado. Igual que los guantes de cuero. Sus ropas también tendrían restos, así como sus zapatillas de deporte, pero a media mañana lo habría pasado todo por varios ciclos de lavado caliente en la lavandería automática. Así se acabarían las conexiones microscópicas entre aquel hombre y él. La mochila estaba destinada a un vertedero en Brockton, la tubería a una obra en el centro. La cartera, después de quitarle el dinero, sería abandonada en un contenedor de basura ante una parada de metro en Dorchester, y las tarjetas de crédito serían esparcidas por varias calles en Roxbury, donde esperaba que algunos chicos negros las encontraran y utilizaran. Sabía que Boston seguía dividida por las razas, e imaginaba que culparían a aquellos chicos de lo que él había hecho.

Los guantes de cirujano, que se había puesto debajo de los de cuero, podría tirarlos en alguna papelera no lejos del Hospital General de Massachusetts, o el de Brigham y el Femenino, donde, si los encontraban, no atraerían ninguna atención especial.

Se preguntó si habría matado al hombre que había besado a Ashley. Era muy posible, pensó. El primer golpe lo alcanzó en la sien, y había oído el hueso romperse. Se había desplomado como un saco, chocando contra un árbol, lo cual fue una suerte, porque eso apagó el sonido. Aunque alguien se hubiera asomado a la ventana, tanto él como el hombre que había besado a Ashley quedaban ocultos por el tronco del árbol y varios coches aparcados. Arrastrarlo a las sombras del callejón fue cosa fácil. Las patadas y puñetazos sólo llevaron unos segundos. Un estallido de furia, casi como un clímax sexual, implacable, explosivo, y después se acabó. Luego, mientras arrojaba el cuerpo inconsciente tras los contenedores de metal, le quitó la cartera, guardó su arma improvisada en la mochila y, moviéndose con rapidez, se dirigió de regreso a la estación de metro de Porter Square.

O’Connell pensaba que había sido increíblemente fácil. Repentino. Anónimo. Con ensañamiento.

Se preguntó quién sería aquel hombre y se encogió de hombros. En realidad no le importaba. Ni siquiera necesitaba saber su nombre. En una hora o dos, lo único que podría relacionarlo con aquel tipo, Ashley, estaría dormida en su apartamento, ajena a lo sucedido esa noche. Cuando ella se enterara de lo ocurrido, tal vez acudiera a la policía. Lo dudaba, pero la posibilidad, aunque leve, existía. Mas ¿qué podría decirles? O’Connell conservaba el resguardo de una entrada de cine. No era una gran coartada, pero cubría el tiempo transcurrido desde el beso hasta la agresión en el callejón. Supuso que eso sería suficiente para que ningún policía la creyese, sobre todo teniendo en cuenta que la cartera y las tarjetas del hombre aparecerían por toda la ciudad.

Echó atrás la cabeza, escuchando el sonido del metro, una curiosa música oculta en el brutal ruido de metal contra metal.

Eran algo menos de las cinco de la madrugada cuando Michael hizo su penúltima parada. Escogió una estación más o menos al azar y cuando faltaba poco para el amanecer salió cerca de Chinatown, no muy lejos del céntrico distrito financiero. Las tiendas estaban cerradas y las aceras vacías. No tardó mucho en encontrar una cabina que funcionara. Se puso la capucha de su sudadera, lo cual le dio aspecto de monje. No quería que un coche patrulla que hiciera la última ronda por las estrechas calles lo detuviera para hacerle preguntas.

O’Connell depositó cincuenta centavos y marcó el número de Ashley.

El teléfono sonó cinco veces antes de que ella contestara con voz adormilada.

—¿Sí?

Él le dio un par de segundos para despertarse del todo.

—¿Sí, quién es? —preguntó ella.

Él recordó el teléfono blanco que había junto a su cama. No tenía identificador de llamada, aunque tampoco habría importado.

—Sabes quién soy —susurró.

Ella no respondió.

—Ya te lo he dicho. Te quiero, Ashley. Estamos hechos el uno para el otro. Nadie puede interponerse entre nosotros.

—Michael, deja de llamarme —repuso ella—. Quiero que me dejes en paz.

—No necesito llamarte. Siempre estoy contigo.

Y colgó sin darle oportunidad de replicar. La amenaza más efectiva no se decía, se hacía imaginar, pensó.

Ya amanecía cuando llegó por fin a su apartamento.

Una media docena de gatos de la vecina rondaba la puerta, maullando y haciendo otros sonidos molestos. Uno de ellos siseó al verlo acercarse. La vieja que vivía frente a su puerta tenía más de una docena de gatos, quizás hasta veinte, los llamaba por diversos nombres y dejaba fuera platos para el ocasional gato callejero que pasara por allí. Los gatos parecían ir y venir a su antojo. Ella incluso había puesto una caja de arena extra en un rincón del pasillo para sus necesidades, llenando el pasillo de un horrible olor acre. Los gatos conocían a Michael O’Connell y él conocía a los gatos, y no se llevaba con ellos mejor que con su dueña. Los consideraba bichos callejeros, apenas un peldaño por encima de las alimañas. Le hacían estornudar, llorar los ojos, y siempre lo observaban con su cautela felina cuando entraba en el edificio. Y a Michael no le gustaba que nada ni nadie prestara atención a sus idas y venidas.

Soltó una patada a un gato a rayas que estaba a su alcance, pero falló. «Me vuelvo torpe», se dijo. El resultado de una noche larga pero excitante.

El gato a rayas y los demás se dispersaron mientras abría la puerta de su apartamento. Vio que uno, un gato blanco y negro con una veta anaranjada, se entretenía junto al plato de comida. Debía de ser nuevo, pensó, o estúpido, para no alejarse con los demás, que mantenían sus distancias con él. La vieja no se levantaría hasta dentro de una hora, quizá más, y sabía que estaba medio sorda. Estudió el pasillo un instante. Ningún inquilino parecía estar despierto. Él no entendía por qué los otros inquilinos no se quejaban de los gatos, y los odiaba por ello. Había una pareja de ancianos, de Costa Rica, que hablaba muy mal inglés. Y un puertorriqueño que, según sospechaba O’Connell, complementaba su trabajo de operario con algún robo ocasional. Arriba había un par de estudiantes graduados que de vez en cuando llenaban el pasillo con el punzante olor de la marihuana, y un vendedor canoso y de rostro chupado que pasaba sus horas libres lloriqueando e inmerso en una botella. Aparte de quejarse de los gatos al casero (un hombre mayor con uñas cubiertas por años de suciedad, que hablaba con acento indescifrable y detestaba que lo molestaran con pamplinas), O’Connell tenía poco que hacer. Se preguntó si algún inquilino sabía siquiera su nombre. Era tan sólo un sitio apartado, cutre, poco llamativo y frío, bien un final o una parada intermedia, y tenía un aire de provisionalidad que le gustaba. Miró hacia abajo mientras abría la puerta, y se preguntó si la vieja llevaría la cuenta de sus gatos. Dudaba que fuera exacta.

O que echara de menos a uno.

Se agachó rápidamente y agarró al gato blanco y negro bruscamente por el lomo. El gato maulló y lo arañó.

O’Connell contempló el súbito arañazo rojo en el dorso de su mano. Aquel hilo de sangre le facilitaría hacer lo que tenía en mente.

Ashley Freeman permaneció acostada en la cama.

—Tengo problemas —susurró para sí.

Y se quedó sin apenas moverse hasta que el sol asomó a su ventana, perfilando las sombras suaves que daban a su habitación aspecto de cuarto de niña pequeña. Un rayo de luz se movía lentamente por la pared. Algunas de sus propias obras estaban colgadas allí, dibujos a carboncillo hechos en una clase de Anatomía, una del torso de un hombre que le gustaba, otra de la espalda de una mujer que se curvaba sensualmente a lo largo de la página blanca. Había también un original autorretrato: sólo había dibujado con detalle la mitad de su cara, dejando el resto en la penumbra.

—Esto no puede estar sucediendo —dijo.

Naturalmente, pensó, todavía no sabía qué era «esto».

La llamé más tarde ese mismo día. No me molesté con amabilidades ni tonterías, sino que fui directo a la primera pregunta.

—¿De dónde vino exactamente la obsesión de Michael O’Connell?

Ella suspiró.

—Es algo que tienes que descubrir por ti mismo. ¿Ya no recuerdas lo que es ser joven y encontrarte de repente con un arrebatador momento de pasión? La aventura de una sola noche, el encuentro casual. ¿Te has vuelto tan mayor que no te acuerdas de cuando las cosas eran todo posibilidad?

—De acuerdo, sí —dije—. Quizá me he vuelto mayor demasiado aprisa.

—Sólo había un problema. Todas esas experiencias son más o menos benignas, como mucho embarazosas. Errores que te hacen ruborizar, o momentos que guardas para ti mismo y nunca mencionas a nadie. Pero no fue este caso. Ashley, en un momento de debilidad, resbaló una vez y entonces, bruscamente, se encontró inmersa en un camino de barro. Un camino de barro no es necesariamente letal, pero Michael O’Connell lo era.

Hubo una pausa y luego dije:

—Encontré a Will Goodwin. No se llama Goodwin.

Ella vaciló, y en las palabras que llegaron lentamente a través de la línea telefónica se notó una leve sorpresa.

—Bien. Probablemente has descubierto algo importante. Al menos, tu comprensión del... hum... potencial de Michael O’Connell debería haber aumentado. Pero no es ahí donde empezó todo y probablemente tampoco es donde termina. No sé. Eres tú quien ha de averiguarlo.

—De acuerdo, pero...

—Tengo que irme. Ahora te hallas en el mismo punto que Scott Freeman, antes de que las cosas empezaran a volverse... bueno, no estoy segura de la palabra adecuada. ¿Tensas? ¿Difíciles? Él sabía algunas cosas, pero no muchas. Lo que tenía principalmente era carencia de información. Creía que Ashley podía estar en peligro, pero no sabía cómo, ni exactamente dónde o cuándo, ni ninguna de esas cosas que nos preguntamos cuando percibimos una amenaza. Scott Freeman sólo tenía unas pocas cosas de qué preocuparse. Sabía que no era el principio y sabía que no era el final. Era como un científico, lanzado en medio de una ecuación, tratando de averiguar qué camino seguir para encontrar una respuesta...

Ella hizo una pausa, y por primera vez sentí un atisbo del mismo escalofrío.

—Debo irme —dijo—. Volveremos a hablar.

—Pero... —empecé. Ella me interrumpió.

—Indecisión —dijo—. Es una palabra sencilla. Pero conduce a cosas feas, ¿no? Naturalmente, lo mismo puede pasar siendo alocado a la hora de decidir. Ése es más o menos el dilema. Actuar o no actuar. Una cuestión intrigante, ¿no crees?