
Sea cual fuere el estado de las relaciones franco-estadounidenses —admitamos que a veces se vuelven un tanto crispadas— no deberíamos perder de vista los excepcionales logros de la civilización francesa. Afirmo humildemente que éstos incluyen una gloriosa victoria, en buena parte aún no reconocida hasta hoy, y que sin embargo supone una verdad antropológica básica y de dominio común: las francesas no engordan.
No soy licenciada en medicina, ni en fisiología, ni en psicología, ni en nutrición ni en ninguna otra disciplina consagrada al estudio del ser humano y de su salud. No obstante, nací y me crié en Francia y no he dejado de observar atentamente a los franceses durante toda mi vida. Además, me gusta comer. Aunque hay excepciones, como en cualquier regla, en su abrumadora mayoría, las francesas hacen lo mismo que yo: comen lo que quieren y no engordan. Pourquoi?
A lo largo de la última década, los estadounidenses hemos ido comprendiendo el talento que tienen los franceses en comer y beber lo que les apetece. El tímido reconocimiento de la existencia de una «paradoja francesa» por ejemplo ha hecho que innumerables enfermos del corazón y adictos a la vida sana se hayan dirigido apresuradamente a la bodega para comprar unas botellas de vino tinto. Pero por lo demás, la sabia manera de comer y de vivir, y en particular la asombrosa capacidad que tienen las francesas de conservar la línea sigue siendo un misterio aún por explorar. A lo largo de los años, y presentándome a mí misma como ejemplo, he aconsejado a docenas de mujeres americanas, incluso a algunas que han trabajado para mí en Clicquot, Inc., de Nueva York. He dado múltiples charlas sobre el tema. Mis amigos y mis compañeros de trabajo no dejaban de repetirme:
—¿Qué esperas para escribir el libro?
—Bien, le jour est arrivé!
¿Podría tratarse simplemente de una casualidad de la naturaleza? ¿Acaso la lenta rueda de la evolución ha tenido el tiempo suficiente para crear una escasa reserva genética de mujeres delgadas? J’en doute, lo dudo. Estoy segura de que las francesas tienen un sistema, sus trucs: una serie de trucos que funcionan a la perfección. Aunque los aprendí muy temprano, y tanto de niña como de adolescente me atuve a las enseñanzas de mi maman, en algún momento de mi adolescencia todo se fue a tomar viento. Estaba estudiando en Estados Unidos cuando ocurrió una catástrofe para la cual no estaba en absoluto preparada: una catástrofe de diez kilos de sobrepeso, que me arrojó a un páramo del cual tuve que esforzarme por regresar. Tuve la suerte de que alguien me echara una mano: un médico de cabecera al que aún llamo doctor Milagro, que me ayudó a redescubrir la herencia de mi sabiduría gastronómica francesa y a recuperar mi imagen. (Sí, ésta también es una historia americana, una parábola de una caída y una redención.)
He vivido y trabajado en Estados Unidos durante gran parte de mi vida. (Me gusta pensar que encarno los valores del carácter estadounidense y del francés.) Me trasladé a este país pocos años después de mi licenciatura universitaria y trabajé como traductora, primero para la ONU y después para el gobierno francés, promocionando la comida y el vino de mi país natal. Me casé con un americano maravilloso y con el tiempo me incorporé a la vida empresarial. En 1984 di el salto que a partir de entonces me ha permitido vivir entre dos culturas. La venerable empresa Champagne Veuve Clicquot, fundada en 1772, se atrevió a abrir una sucursal en Estados Unidos para encargarse de la importación y comercialización del Champagne Veuve Clicquot y de otros vinos de calidad. Al ser la primera empleada de sexo femenino, me convertí inmediatamente en la mujer de rango más alto del personal después de madame Clicquot, que murió en 1866. Hoy soy la presidenta y la directora general de Champagne Veuve Clicquot, que forma parte del grupo LVMH, dedicado a la producción de artículos de lujo.
Durante todo este tiempo, no he dejado de poner en práctica lo que la mayoría de las francesas hace inconscientemente. Y hoy los «peligros» a los que me enfrenté durante mis primeros años en Estados Unidos son mayores de lo habitual. No estoy exagerando: mi trabajo me obliga a comer en restaurantes alrededor de unas trescientas veces al año (un trabajo duro, lo sé, pero alguien tiene que hacerlo). Lo he hecho durante veinte años, y siempre con una copa de champán a mi lado (los negocios son los negocios). Hablo de comidas de negocios, nada que ver con menús rápidos a base de ensaladas y agua mineral. Y sin embargo insisto, me mantengo en mi peso ideal y gozo de buena salud. El objetivo de este libro es explicar cómo lo consigo y, aún más importante, cómo también tú puedes conseguirlo. Si aprendes y pones en práctica la manera de pensar y de actuar de las francesas en relación a la comida y a la vida, tú también podrás hacer lo que quizá te parecía imposible. ¿Cuál es el secreto? Ante todo, algunas palabras acerca de lo que no es.
Muchas de nosotras trabajamos a jornada completa, y trabajamos mucho más duro en el hogar y fuera de éste de lo que la mayoría de los hombres es capaz de imaginar. Y además hemos de descubrir la manera de seguir estando sanas y bellas. Pero seamos realistas: más de la mitad de las mujeres es incapaz de conservar un peso estable y saludable, incluso imponiéndonos todas las privaciones imaginables. El 65% de los estadounidenses pesa más de la cuenta y los libros más vendidos son los de dietética, que en su mayoría están redactados como si fueran manuales de bioquímica. Da igual cuántos se publiquen, siempre hay diez más en imprenta. ¿Acaso la tecnología dietética está progresando a la misma velocidad que el marketing? De todas maneras, la demanda persiste. ¿Por qué? ¿Por qué unos millones de ejemplares no acaban definitivamente con nuestras desgracias? Por decirlo de manera sencilla, por puro extremismo inadecuado.
La mayoría de los libros de dietética se basan en programas radicales. En cambio, si exceptuamos un breve interludio jacobino en el siglo XVIII, los franceses nunca han caído en el extremismo. Sin embargo, en Estados Unidos se tiende a abrazar creencias diferentes, poco fundamentadas o basadas en medidas extremas. Tanto en las dietas como en otros aspectos de la vida, funcionan durante un tiempo pero no aportan ningún beneficio, y tarde o temprano caen por su propio peso y quien las sigue pierde la cuenta de las calorías consumidas. ¿Y por qué ocurre esto? C’est normal! Las cosas son demasiado complicadas. A veces una receta radical entra en contradicción con otra que se pone de moda. ¿Quién no recuerda la dieta de hidratos de carbono, o la del pomelo? Hoy todo son grasas y proteínas, y los hidratos de carbono son el demonio; primero nuestro peor enemigo fueron los lácteos, después se convirtieron en lo único que uno podía comer. Al igual que pasaba con el vino, la fibra y las carnes rojas. El principio no manifiesto parece ser que cuando un grupo de alimentos te aburre y sólo puedes tomar ésos, acabas por perder interés por la comida y en consecuencia pierdes peso. En algunos casos, eso es lo que ocurre. Pero ¿qué pasa cuando abandonas el programa radical? Lo sabes perfectamente. Por esta razón, attention! ¡Olvida el libro de dietas! No necesitas una ideología o una tecnología, necesitas lo que tienen las francesas: una relación equilibrada con la comida y con la vida, avalada por la tradición. Y para terminar, lo que asesta el golpe de gracia a estos programas extremos es su generalizada falta de atención al carácter individual de nuestro metabolismo. Escritos mayoritariamente por hombres, raras veces reconocen que la fisiología de las mujeres es profundamente diferente. Y el metabolismo femenino se modifica con el tiempo: una mujer de veinticinco años que ha de perder algunos kilos se enfrenta a un desafío diferente que una de cincuenta.
Aunque mis historias y mis lecciones pueden ser útiles para cualquiera, este libro se dirige sobre todo a las mujeres, ya que se basa fundamentalmente en mi experiencia como mujer. No está destinado únicamente a las estadounidenses, sino a las mujeres de todo el mundo desarrollado que se enfrentan a las exigencias profesionales, al estrés personal, a la globalización y todas las trampas de la sociedad del siglo XXI. Y no está dedicado a aquellas cuyo peso supone un peligro inmediato para la salud o que necesitan una dieta pautada por un médico. Me dirijo de manera específica a las mujeres que quieren perder alrededor de quince kilos, que forman una proporción importante de la población. No obstante, y al igual que los cómics de Tintín, la historia es apta para personas de todas las edades, de los siete a los setenta y siete años, y ofrezco consejos para adaptarla a los diversos períodos de nuestras vidas. Puesto que las francesas no se alimentan exclusivamente de pan, ni consumen una elevada cantidad de proteínas, presento un enfoque vital global, una estrategia y una filosofía que puedes adoptar como propias, además de menús y recetas sencillas que cualquiera es capaz de preparar y, bien sûr, claro, una guía acerca de cómo debemos movernos. Ah, y me gustaría pensar que a todos los hombres del mundo les resultaría útil aprender un par de cosas sobre el otro sexo.
Bien, ¿así que cuáles son los secretos de las francesas? ¿Cómo explicamos la existencia de todas esas mujeres de mediana edad con siluetas de veinticincoañeras que pasean por los bulevares de París? Los siguientes capítulos se inspiran en observaciones realizadas durante el tiempo que paso en París (unas doce semanas al año) comparadas con lo que observo el tiempo que paso en Nueva York u otros lugares de Estados Unidos y del mundo. Invito a las lectoras a reflexionar sobre las diferencias y, en consecuencia, a modificar su enfoque respecto a una vida saludable.
Empecemos por decir que las francesas sencillamente no sufren ese terror provocado por los kilos que aqueja a muchas de sus hermanas americanas. Toda esa cháchara sobre las dietas que oigo en los cócteles de Estados Unidos provocaría la vergüenza ajena de cualquier francesa. En Francia no se habla de «dietas», y aún menos con desconocidos. Puede que en algún momento compartamos algún truquillo con una amiga muy íntima… algún astuto refinamiento de un viejo principio francés. Pero en nuestra vida social solemos hablar de lo que nos produce placer: sentimientos, familia, aficiones, filosofía, política, cultura y por supuesto comida, especialmente comida (pero nunca dietas).
Las francesas disfrutan permaneciendo delgadas comiendo bien, mientras que las estadounidenses acostumbran a considerar el peso un conflicto y se obsesionan. Las francesas no se saltan ninguna comida ni la reemplazan por batidos acalóricos. A mediodía comen tres platos y cenan otros tres (y a veces cuatro). Acompañados de vino, bien sûr, claro. ¿Cómo lo hacen? Bien, ésa es la historia. Una pista: comen con la cabeza y no abandonan la mesa sintiéndose llenas o culpables.
La clave consiste en aprender que menos puede ser más, y descubrir cómo comer de todo con moderación. También lo es hacer ejercicio en proporción a las calorías que consumimos y beber mucha agua. Ya no trabajamos dieciocho horas al día en una mina o en una granja, y la época paleolítica de los cazadores-recolectores pertenece a un pasado muy remoto. Sin embargo, la mayoría de los estadounidenses comen al menos entre diez y treinta veces más de lo necesario, no para sobrevivir sino para saciar un hambre psicológica. El truco consiste en administrar y gratificar el apetito, y determinar cuáles son los alimentos cuya ingesta hemos de reducir, además de cómo y cuándo. La maravillosa sensación de saciedad que experimentarás cuando te enfrentes a un nuevo menú —un placer que es mayor incluso cuando la ingesta total es menor— te servirá de inspiración para seguir por el camino de la salud. Sólo se trata de aprender la regla francesa fundamental respecto de la comida: engáñate a ti misma.
Muchos nutricionistas (educadores valiosos) fomentan un enfoque sensato, pero cobran una fortuna por decirte cómo ponerlo en práctica. El dinero gastado en perder peso no guarda ninguna relación con el resultado. La mayoría de las mujeres sencillamente no pueden permitirse el lujo de visitar a un médico o un nutricionista, ir a un gimnasio, a un balneario o encargar la comida por teléfono. ¿Cuánto te costará poner en práctica los secretos de las francesas? Pues muy poco más que el precio de este libro. Mi enfoque «hazlo-tú-misma» está al alcance prácticamente de cualquier mujer. El único equipo necesario es una pequeña balanza para pesar algunos alimentos durante los primeros tres meses, que son los más importantes. También podrías comprar una yogurtera si quieres comer le vrai yaourt, el auténtico, un elemento clave en mi programa de estilo de vida; y si tienes más de cuarenta años, has de comprar un par de mancuernas para aumentar tu fuerza muscular. C’est tout. Con eso bastará.
Comenzaré por mi infancia en Francia y después compartiré mi experiencia como mujer joven con un problema de peso. Enfrentada a la primera llamada de atención física de mi vida, recurrí a los principios franceses tradicionales. Al compartir mi experiencia no sólo en relación a la comida sino a un «enfoque global» para vivir de manera saludable, intento guiar a cada lectora para que encuentre su propio equilibrio. (Es un concepto importante —y el auténtico quid de la cuestión— porque aunque nuestros cuerpos son máquinas, todos son diferentes y se «vuelven a poner a cero» repetidamente a lo largo del tiempo. A la larga, un programa que no evolucione contigo no te servirá.) Proporciono menús que podrás seguir con toda precisión, pero el objetivo consiste en descubrir lo que funciona para ti a medida que desarrollas una nueva capacidad. Más que recetas, lo que presento son pautas. Adáptalas según tus preferencias, prestando atención a tu cuerpo, tu programa, tu entorno y otras características singulares propias. De hecho, estoy haciendo hincapié en la sencillez, la flexibilidad y las recompensas que supone hacerlo tú misma. El ajuste no lo puede realizar un médico que apenas te conoce.
A medida que relato mi historia, diseño un camino para ti —que empieza por el sobrepeso que sufrí de adolescente, pasa por la ayuda que me prestaron y llega hasta el descubrimiento de un nuevo enfoque que ha funcionado durante décadas— y sigue funcionando. Es decir, conduzco a las lectoras de mis libros a través de un programa completo de cambio de hábitos.
Primera fase, estudio preliminar: consiste en hacer una relación de tus comidas durante tres semanas. Una mirada precisa a lo que estás comiendo que, en sí misma e incluso en sólo dos días, puede significar el inicio de un cambio.
Segunda fase, reestructuración: supone una introducción a la sabiduría francesa de las porciones y la diversidad de los alimentos. Identificarás —y durante un tiempo dejarás de ingerir— algunos alimentos «delictivos» clave. Suele ser un proceso de tres meses de duración, aunque para algunas de vosotras será sólo de uno. No se trata de un campamento de reclutas dietético, sólo de una oportunidad para que vuestro cuerpo recupere su equilibrio. Aunque hay que ser disciplinado, la flexibilidad es muy importante, sobre todo en esta fase motivacional básica; descubrirás el valor de evitar la rutina, tanto en tus comidas como en tus actividades, y destacará la calidad por encima de la cantidad. No deberás comer pizza tres días seguidos, pero tampoco acudir al gimnasio durante tres horas los sábados. A través de tus cinco sentidos, te aclimatarás a una nueva gastronomía (una palabra que significa «las normas del estómago»). Tres meses es un período considerable, pero no excesivo para dedicarte a algo que no te hará falta volver a hacer nunca más. Está claro que lleva más tiempo poner los contadores de tu cuerpo a cero que perder tres kilos y medio de agua, que es lo que supone la primera parte de muchas dietas radicales. Pero como puedes imaginar, éste es un sistema francés, y por lo tanto tiene montones de placeres que ofrecerte.
Tercera fase, estabilización: una fase en la que todo aquello que te gusta comer vuelve a incorporarse a tu dieta en su justa medida. Ya has alcanzado tu nuevo «equilibrio» y al menos deberías estar a mitad de camino de alcanzar tu objetivo: perder peso. Lo sorprendente es que en este punto podrás darte más lujos ocasionales y seguir adelgazando, o conservar el equilibrio si ya has adelgazado. Te ofrezco unos consejos para poner en práctica algunas ideas relacionadas con el consumo de productos de temporada y condimentos, unas herramientas poderosas y mucho menos complicadas de lo que algunos imaginan. Te ofrezco también recetas basadas en el talento francés de hacer variaciones sobre un tema, es decir en convertir un único plato en tres platos sencillos distintos con resultados deliciosos que te ahorrarán tiempo, dinero y calorías.
Cuarta fase, el resto de tu vida: has alcanzado el peso deseado, un equilibrio estable, y el resto son sólo sutilezas. Sabes lo suficiente sobre tu cuerpo y tus preferencias para hacer pequeños ajustes si se producen cambios inesperados, sobre todo al inicio de nuevas fases vitales. A estas alturas, tus hábitos alimentarios y vitales se han adaptado a tus gustos y a tu metabolismo, de modo que como un traje Chanel clásico, debería durarte para siempre aunque tuvieras que hacerle pequeños ajustes a lo largo de los años. Ahora te alimentarás de una manera completamente diferente, con una intuición que no tendrá nada que envidiar a la de cualquier francesa… un estudiado respeto por la frescura y el sabor que dan acceso a un universo de delicias sensoriales, tanto en cuanto a la presentación como al color y la variedad. Lo que hagas lo harás por placer, no como castigo. Disfrutarás comiendo chocolate y bebiendo una copa de vino con la cena. Pourquoi pas? ¿Por qué no?
Además de la alimentación, que es el tema principal de este libro, describiré los aspectos de una vida sana que también resultan placenteros. Como en el tema de la comida, éstos no suponen tomar medidas extremas (físicas, emocionales, intelectuales, espirituales o económicas): sólo hay que tener sentido del equilibrio. Incluyo elementos de lo que me gusta llamar el «Zen francés», trucos fáciles y sencillos de aprender y de poner en práctica en cualquier lugar (por ejemplo las francesas no suelen acudir al gimnasio, pero si eso te gusta, allá tú: à chacun son goût!), sobre gustos no hay nada escrito. Hasta los franceses saben que la vida no consiste sólo en comer, así que descubrirás que también tienen otras diversiones, como amar y reír. De principio a fin, será importante admitir que hoy en día, el aperçu (comentario) de Montaigne es aquí más pertinente que nunca: «Un cuerpo sano y una mente sana trabajan juntos.» Para conservar ambos, no hay nada mejor que la joie de vivre (la alegría de vivir) (una expresión que no tiene un equivalente norteamericano, y eso no es debido a ninguna casualidad).
Ahora quiero contarte algunas historias, en realidad unas cuantas docenas. Además de comer y beber, me gusta narrar. Éstas harán que comprendas algunos conceptos básicos, pero espero que también disfrutes de ellas comme ça (por sí mismas). A diferencia de un libro de dietas, éste no te deja pasar a los gráficos y zambullirte directamente: tendrás que leerlo. Aprender a comer correctamente es como aprender un idioma: lo que mejor funciona es la inmersión.
¡Que empiece el relato!

Adoro mi tierra de adopción. Pero primero, como estudiante de intercambio en Massachusetts, aprendí a adorar las galletas con trocitos de chocolate y los bizcochos de chocolate y nueces, ¡y engordé diez kilos!
Mi pasión por Estados Unidos empezó con mi pasión por el idioma inglés; mi primer contacto fue en el lycée (instituto), cuando cumplí los once. Después de la clase de literatura francesa, el inglés era mi clase predilecta, y adoraba a mi profesor de inglés. Nunca había estado en el extranjero, pero hablaba inglés sin acento francés, aunque tampoco británico. Lo había aprendido durante la Segunda Guerra Mundial, cuando estaba en un campo de prisioneros de guerra junto con un maestro de instituto de Weston, Massachusetts (sospecho que disponían de muchas horas para practicar). Sin saber si saldrían con vida, decidieron que si lo hacían iniciarían un programa de intercambio para los alumnos del último año del instituto. Todos los años, un alumno de Estados Unidos viajaría a nuestra ciudad y uno de nosotros, a Weston. El intercambio ha continuado hasta hoy y la competencia por ese puesto es reñida.
Durante el último año en el lycée mis notas eran lo bastante buenas para presentarme, pero no tenía ganas. Como soñaba en convertirme en maestra o en profesora de inglés, estaba ansiosa por empezar mis estudios universitarios en la universidad de la zona. Y a los dieciocho años, claro, estaba convencida de estar locamente enamorada de un chico de mi ciudad. Era el chico más guapo, pero hay que reconocer que no era el más inteligente, y era el coqueluche (el adorado) de todas las chicas. No tenía la menor intención de separarme de él, así que ni se me ocurrió presentarme para ir a Weston. Pero durante los recreos en el patio nadie hablaba de otra cosa. Entre mis amigas, la que tenía todas las de ganar era Monique: tenía muchísimas ganas de ir y además era la mejor de la clase, un hecho que el comité de selección —presidido por mi profesor de inglés y que entre sus distinguidas filas incluía a miembros de la Asociación de Padres y Maestros, otros profesores, el alcalde y el sacerdote católico de la localidad, y el pastor protestante— no dejó de tener en cuenta. Pero el lunes por la mañana, cuando se suponía que darían a conocer el resultado, lo único que anunciaron fue que no habían tomado ninguna decisión.
El jueves por la mañana (en esa época no había clase los jueves, pero sí los sábados por la mañana), mi profesor de inglés se presentó en casa. Había venido a ver a mi madre, algo que me pareció extraño teniendo en cuenta mis buenas notas. En cuanto se marchó con una gran sonrisa de satisfacción pero sin dirigirme la palabra excepto para decirme «Hola», mi madre me llamó. Algo era très important.
El comité de selección no había encontrado un candidato idóneo. Cuando pregunté por Monique, mi madre intentó explicarme algo difícil de comprender a mi edad: mi amiga tenía todos los puntos a su favor, pero sus padres eran comunistas, y eso no era aceptable en Estados Unidos. El comité había debatido largo y tendido (era una ciudad pequeña, donde todos se conocían), ¡pero inevitablemente concluyeron que una hija de comunistas nunca podría representar a Francia!
Mi profesor había sugerido que viajara yo, y los demás miembros estuvieron de acuerdo. Pero como ni siquiera me había presentado, tuvo que venir a casa y convencer a mis padres para que me dejaran ir. Mi padre, excesivamente sobreprotector, jamás hubiera aprobado que me marchara durante más de un año, pero no estaba en casa. Quizá mi profesor contaba con ello, pero en todo caso, logró convencer a mi madre, a la que le tocó la tarea de convencer no sólo a mi padre sino a mí. Claro que ella también tenía sus dudas, pero mamie siempre fue sabia y con visión de futuro; y generalmente se salía con la suya. A mí me preocupaba lo que diría Monique, pero una vez que corrió la voz, ella fue la primera en afirmar que yo sería una excelente embajadora. Por lo visto, las familias comunistas encaraban estos asuntos de manera abierta y práctica, y a Monique ya le habían explicado que la ideología familiar la había convertido en alguien diferente desde el principio.
Así que fui a Estados Unidos. Fue un año maravilloso —uno de los mejores de mi adolescencia— y que sin duda cambió el curso de toda mi vida. Para una jovencita francesa, Weston —un acaudalado suburbio de Boston— parecía un sueño americano: verde, cuidado, amplio, de casas grandes y suntuosas, y familias adineradas y cultas. Podías jugar al tenis, montar a caballo, nadar en la piscina, jugar al golf y cada familia tenía dos o tres automóviles; algo muy distinto a cualquier ciudad del este de Francia, tanto entonces como ahora. Muchas cosas nuevas e inimaginables antes ocupaban mi tiempo, pero al final resultaron demasiado opulentas. Pese a las nuevas experiencias y los amigos, algo siniestro empezaba a cobrar forma. Casi sin darme cuenta, «eso» se había convertido en siete kilos y medio… o probablemente más. Era agosto, el último mes antes de mi regreso a Francia. Estaba en Nantucket con una de mis familias de adopción cuando sufrí el primer golpe: me vi en el espejo en bañador. Mi madre americana, que quizás había pasado por lo mismo con otra de sus hijas, se dio cuenta enseguida de mi disgusto. Como era buena costurera, compró una pieza de lino muy bonito y me hizo un vestido suelto, que aparentemente resolvió el problema pero que en realidad sólo lo postergó.
Durante las últimas semanas en Estados Unidos, la idea de tener que abandonar a mis nuevos amigos me causaba una gran tristeza, pero también estaba muy preocupada por lo que dirían mis amigos franceses y mi familia al ver mi nuevo aspecto. En mis cartas no mencioné el aumento de peso y me las arreglé para enviar fotos donde sólo se me veía de cintura para arriba.
El momento de la verdad se estaba acercando.

Mi padre y mi hermano fueron a recogerme a El Havre. Yo viajaba en el transatlántico Rotterdam. A finales de los sesenta, el viaje en transatlántico seguía siendo la manera predilecta de trasladarse de muchos franceses. Me acompañaba la nueva estudiante de intercambio de Weston, que pasaría un año en nuestra ciudad.
Como hacía un año que no me veía, supuse que mi padre —que nunca disimulaba sus emociones— correría pasarela arriba para abrazarme y besarme, pero cuando descubrí al minúsculo francés con su gorra habitual —sí, una gorra— pareció estupefacto. Cuando me acerqué con cierta vacilación se limitó a mirarme boquiabierto y después, tras unos segundos que parecieron interminables, allí, delante de mi hermano y mi compañera de viaje estadounidense, lo único que le dijo a su adorada hijita fue:
—Tu ressembles à un sac de patates (pareces un saco de patatas). —Algunas cosas no suenan mejor en francés.
Sabía en qué estaba pensando: ¡no en un saco de esos que se compran en el mercado sino en uno de esos de arpillera de setenta y cinco kilos que entregan en las verdulerías y los restaurantes! Afortunadamente, la chica de Weston casi no hablaba francés, de lo contrario su primera impresión de la vida familiar francesa hubiera sido inquietante.
A los diecinueve años, nada podría haber sido más doloroso para mí, y hasta el día de hoy, ese dolor no ha sido superado. Pero mi padre no lo dijo con mala intención. Es cierto que el tacto nunca fue su fuerte, y la exagerada sensibilidad de las adolescentes respecto al peso y al aspecto aún no se había convertido en el proverbial bache que todos los padres saben que se ha de evitar. La demoledora bienvenida se debió sobre todo al hecho de que lo había cogido desprevenido. Pero no dejaba de ser más de lo que yo podía soportar. Estaba triste, furiosa, irritada y me sentía indefensa, todo al mismo tiempo. En ese momento, ni siquiera pude medir el impacto.
De camino a casa en el este de Francia, nos detuvimos unos días en París para mostrarle la Ciudad de la Luz a mi amiga de Weston, pero mi inexorable mal humor hizo que todos ansiaran llegar a casa. Estropeé a todos la visita a París. Estaba hecha un desastre.
Los meses siguientes fueron amargos e incómodos. No quería que nadie me viera, pero todos querían saludar a l’Americaine. Mi madre comprendió de inmediato no sólo cómo y por qué había engordado, sino cómo me sentía. Caminaba con pies de plomo, evitando el tema inevitable, quizá porque pronto le proporcioné una preocupación mucho peor.
Tras ver un poco de mundo, había perdido las ganas de asistir a la universidad de la zona. Ahora quería estudiar idiomas en una Grande École de París (parecida a las universidades de élite de Estados Unidos) y encima, asistir a clases de literatura en la Sorbonne, lo que suponía un volumen de trabajo inhabitual y realmente demencial. Mis padres no sentían ningún entusiasmo por la idea: si lograba ingresar (algo bastante dudoso, dada la legendaria competencia) el trayecto de tres horas y media desde mi casa significaría un gran sacrificio emocional y económico. Así que tuve que luchar denodadamente, pero en parte debido a mi persistencia, al final me dejaron volver a París para asistir al célebre y agotador examen de ingreso. Aprobé, y a finales de septiembre me trasladé a París. Mis padres siempre quisieron lo mejor para mí.
Para el día de Todos los Santos (1 de noviembre), había engordado otros dos kilos y medio, y para Navidad, dos kilos y medio más. Como mido un metro sesenta de estatura, ahora pesaba más de la cuenta desde cualquier punto de vista y nada me entraba, ni siquiera el vestido holgado de mi madre adoptiva americana. Me hice hacer dos vestidos de franela con el mismo diseño pero más amplios, para cubrir mis redondeces. Le dije a la modista que se apresurara, sin dejar de aborrecerme a mí misma durante cada instante del día. La metida de pata de mi padre en El Havre parecía cada vez más justificada. Fue un período lamentable: me dormía llorando y pasaba corriendo delante de cualquier espejo. Quizá no parezca una experiencia muy extraña para una chica de diecinueve años, pero ninguna de mis amigas francesas la estaba sufriendo.
Entonces ocurrió una especie de milagro navideño. O tal vez debería decir que apareció el doctor Milagro, gracias a mi mamie. Durante las vacaciones le pidió al doctor Meyer, el médico de cabecera, que nos hiciera una visita. Lo hizo de manera sumamente discreta, evitando lastimarme aún más. El doctor Meyer me conocía desde niña y era el hombre más bondadoso del mundo. Me aseguró que recuperar la silueta sería realmente fácil y que sólo se trataba de aplicar algunos «viejos trucos franceses». Me prometió que para Semana Santa casi habría recuperado mi aspecto anterior, y que para junio, a finales del año escolar, con toda seguridad podría ponerme mi viejo bañador, el que me había llevado a Estados Unidos. Sería nuestro secreto, como en un cuento de hadas.
—No tiene sentido aburrir a los demás con los detalles del plan —dijo. Y que los kilos desaparecerían mucho más rápidamente de lo que habían aparecido. ¡Eso era estupendo! Claro que quise confiar en el doctor Meyer y además en ese momento no parecía haber muchas otras opciones.
Durante las tres semanas siguientes debía apuntar todo lo que comía en un diario. Es una estrategia que quizás os suene familiar, ya que forma parte de algunos programas dietéticos americanos, como el de «Weight Watchers». Debía apuntar no sólo qué y cuánto comía, sino también cuándo y dónde. No era necesario contar calorías; de todas maneras, hubiera sido incapaz de hacerlo. El objetivo manifiesto consistía en que él calculara el valor nutritivo de lo que yo estaba comiendo (era la primera vez que oía esa palabra). Como era la única exigencia, no tuve ningún inconveniente en ponerla en práctica. También es lo primero que has de hacer tú.
El doctor Meyer no me exigió una gran precisión en cuanto a las medidas.
—Limítate a calcularlas —dijo, estipulando «una porción» como la única unidad de medida, aproximadamente equivalente a una manzana de tamaño medio. En Estados Unidos, donde el mayor enemigo de una dieta equilibrada son las porciones cada vez mayores, sugiero una mayor precisión. Aquí es donde interviene la pequeña balanza de cocina. (El pan, que en Estados Unidos a veces viene en grandes rebanadas, quizá sea más fácil de pesar que compararlo con una manzana, que en Estados Unidos también parece más grande.)
Tres semanas más tarde volví a casa para pasar el fin de semana. Justo antes de mediodía, el doctor Meyer —elegante y de sienes plateadas— volvió a visitarnos, y se quedó a almorzar. Después, al revisar mi diario, inmediatamente identificó una pauta —obvia para él pero que yo no había descubierto— puesto que había apuntado alegremente cada migaja que me llevaba a la boca. En el trayecto entre la escuela y la habitación que alquilaba en el séptimo arrondissement, había nada menos que dieciséis pastelerías, y no me di cuenta de que mis comidas consistían cada vez más en cosas dulces. Como estaba viviendo en París mi familia lo ignoraba, así que cuando regresaba a casa mi madre preparaba mis postres favoritos, sin saber que estaba comiendo dulces suplementarios a escondidas, incluso bajo su propio techo.
Mi glotonería parisina era maravillosamente variada. Por la mañana tomaba cruasanes o pain au chocolat, chouquette o tarte au sucre, o cualquier otro dulce. Antes de almorzar, me detenía en Poîlane, la célebre panadería, donde no lograba resistirme al pain aux raisins (pan con pasas), la tarte aux pommes (tarta de manzana) o los petits sablés (bizcochos). La siguiente parada era una cafetería para tomar el consabido jambon-beurre (baguette con mantequilla y jamón) y los restos del pastel de Poîlane con el café. La cena siempre incluía un éclair (pastel de nata), y a veces se limitaba a eso o a un Paris Brest, religieuse (mil hojas), siempre alguna clase de dulce cremoso. A veces incluso me compraba un palmier (palmera) para mi goûter (merienda). Como estudiante, me alimentaba de cosas que podía comer de pie. Casi no comía verdura y la fruta consumida diariamente provenía de las tartaletas de fruta. Comía de esta manera extrañamente asimétrica sin reflexionar y con absoluta satisfacción… si exceptuamos mi aspecto, claro.
Es evidente que no se trataba de una dieta aprendida en Estados Unidos, donde mal se podría decir que las calles están repletas de pastelerías irresistibles (aunque entonces, como ahora, nunca faltaban los tentadores tenderetes de galletas calientes de chocolate y los vendedores de helados, por no hablar de la asombrosa variedad de dulces de supermercado elaborados con cosas infinitamente menos saludables que la nata y la mantequilla). Pero como llegaría a descubrir, lo que se me había subido a la cabeza fue la manera estadounidense de comer, que me dejó expuesta a este delicioso campo minado parisino. Porque allí había adoptado ciertas costumbres: comer de pie, no preparar mi propia comida, alimentarme de cualquier cosa (n’importe quoi, como dicen los franceses), al igual que los demás chicos. Los brownies y los bollos eran especialmente peligrosos: en casa no existía nada parecido, así que ¿cómo saber cuánta grasa y azúcar contenían? A lo mejor echaba de menos mi segundo hogar de adopción y buscaba mi magdalena: «en busca de los dulces perdidos». En todo caso, no me resistía a todas las exquisiteces francesas. Al final, me convertí en una adicta a los pasteles. Mi cuerpo ansiaba en grandes cantidades lo que en una época fue delicioso en pequeñas dosis.
Había llegado el momento de la rehabilitación, pero afortunadamente, el doctor Milagro nunca había oído hablar de pasar el mono a palo seco.
Su enfoque era mucho menos terrible y más civilizado. Según él, cada uno de nosotros está habitado por dos seres: el que quiere ser delgado y sano, y el que quiere otra cosa. Uno ve la imagen total: el bienestar, la autoestima, que la ropa de moda le quepa. El otro quiere placeres en abundancia, y al instante. Uno es Narciso inclinado sobre el estanque; el otro es Pantagruel, inclinado encima de la mesa. El doctor dijo que la clave no consistía en derrotar al segundo sino establecer un acuerdo entre ambos seres, convertirse en dueño de uno mismo, tanto de la fuerza de voluntad como de los placeres. Que ésa era la manera francesa de hacerlo.
Dijo que no había que olvidar que «il y a poids et poids» (hay pesos y pesos): está el peso corporal «ideal» que figura en los gráficos de las compañías de seguros, basado únicamente en la estatura; está el «peso de moda», un ideal mucho menos natural en el que el comercio juega un papel importante, a veces insidioso, y después está el «peso del bienestar», el que hace que un individuo en particular se sienta «bien dans sa peau» (bien en su piel), como dice Montaigne. Este último concepto —el de sentirse bien dans sa peau— es el que propuso el doctor Milagro como nuestro objetivo. Es el peso con el que puedes decir «me siento bien y tengo buen aspecto». Este peso variará en diferentes épocas de nuestras vidas, pero fundamentalmente se basa en aprender cómo ser un poco narcisista sin dejar de ser un poco hedonista: dos ideas que no son tan negativas ni contradictorias como imaginan muchos estadounidenses. (No temas, no dejo de tener en cuenta la veta calvinista; mi familia son hugonotes: protestantes franceses.)
Tout est question d’equilibre: en eso consistía esencialmente el mantra francés del doctor Milagro. En esa época también se convirtió en el mío, y no ha dejado de serlo. Nuestra misión consistió en que yo aprendería a encontrar y mantener mi equilibrio personal, a vivir bien dans ma peau.
Me explicó que comer productos de repostería no tenía nada de malo, pero que mi consumo se había desequilibrado. Así que durante los próximos tres meses debería reducirlo, encontrar otras opciones menos calóricas y convertir los dulces en un lujo ocasional… como de hecho lo es. Y más que privación, suponía contemplación y reprogramación, porque como llegaría a descubrir, alcanzar un equilibrio estaba más relacionado con la cabeza que con el estómago; se trata de descubrir nos petits démons: nuestros pequeños demonios, como los llamó el doctor. (Una vez que comprendas que cambiar tus hábitos, al igual que ser una francesa en gran medida sólo es una manera de pensar, comprenderás por qué el único enfoque eficaz es el que hace que tu cabeza funcione.) Más adelante, volvería a incorporar todos mis alimentos favoritos… pero de manera equilibrada, disfrutándolos sin culpa y sobre todo sin engordar. ¿Que es más fácil decirlo que hacerlo? Peut-être, quizá. Pero serás tú quien lo juzgue a medida que avancemos.
El doctor Milagro era un buen psicólogo de café. Reconocía que la mayoría de las dietas tienen un aspecto positivo, incluso las que fracasan a largo plazo. El aspecto más difícil del cambio de hábitos es superar la inercia, y al principio todos necesitamos un poco de ánimo. El equilibrio es algo que se cultiva de manera gradual; no te lo puedes imponer a ti misma, así, sin más. De modo que ese sábado debía hacer algo especial, con el fin de coger carrerilla para la semana que me esperaba. Pero después avanzaría semana a semana. Durante los fines de semana y los festivos podría permitirme algún lujo. Poco a poco, incluso mis lujos se volverían más sensatos. Mientras tanto, aprendería a compensarlos comiendo un poco menos durante la semana siguiente.
El doctor Milagro también era una especie de gastrónomo. Me proporcionó una serie de recetas, pero ninguna más importante que la primera, destinada a ese primer fin de semana: el único realmente «duro». Pensándolo bien, ni siquiera fue tan duro gracias a su Sopa de Puerros Mágica, un truco utilizado por las mujeres del lugar durante generaciones. En algún momento se la había recetado tanto a mi madre como a mi abuela. Los puerros son ligeramente diuréticos, bajos en calorías pero muy nutritivos. Tomar sopa de puerros durante cuarenta y ocho horas, más toda el agua que quisiera, proporcionaría resultados inmediatos y pondría en marcha la reestructuración. Para mí, supuso el comienzo de un compromiso de por vida con la salud, además del inicio de mi apreciación y gusto por los puerros, un tema que comentaré más adelante. Es un truco que sigo usando de vez en cuando; no dejes de ponerlo en práctica el primer fin de semana, tras empezar a hacer tu propio inventario de comidas.