PRÓLOGO

Decidiendo el viaje

Era de madrugada y acababa de aterrizar apenas unas horas antes, ya entrada la noche. De camino al hotel, miraba por las ventanillas del taxi el paisaje urbano de una ciudad que visitaba por primera vez, tratando de reconocer los diferentes monumentos y edificios que la búsqueda que hice en Google la semana anterior me propuso como más relevantes. Pensé que era una lástima tener que partir al día siguiente, pues era una ciudad lo bastante atractiva como para prometerme regresar con calma otra vez. Durante el camino decidí absorber las respuestas que mi paciente conductor me regalaba en mi esfuerzo por intentar completar la foto mental que me había hecho de aquel lugar antes de despegar de nuevo la tarde siguiente.

Al llegar al hotel, me despedí del conductor no sin antes acordar con él que vendría a recogerme pronto por la mañana. Apenas me quedaban un par de horas para un último repaso antes de intentar arrancar un tiempo siempre precioso de sueño antes de la cita. Tras el protocolario proceso de check-in en el hotel, subí a mi habitación rezando al santoral en pleno para que no me tocara otra pareja vecina con el mismo ímpetu y fogosidad olímpicos como la del anterior viaje, que se encargó de demostrar a medio barrio que el mítico desenfreno de Genghis Khan era, en comparación, una vulgar fábula.

Después de cerciorarme de que las paredes tenían una composición sólida debajo del papel neokitsch y descifrar el funcionamiento de una ducha diseñada por un ingeniero de la NASA con una resaca épica, repetí las mismas rutinas que siempre había seguido en otros cientos de noches durmiendo fuera de casa: preparar la ropa del día siguiente, cenar algo ligero en la habitación, leer unas páginas de un libro y del periódico local, escribir unas líneas y responder a los mensajes que no soliciten donar dinero para rescatar un banco desvalido. Por fin, oficializando que el día se daba por bueno, apagué la luz y me dejé atrapar por las sábanas, profesionalmente almidonadas y compresivas, que más que arropar a los huéspedes los envasan al vacío.

Sin saber muy bien el motivo, desperté del sueño que me había vencido tras el viaje en una habitación que, según parpadeaba, representaba la más fidedigna definición de oscuridad absoluta. Desorientado, me di cuenta de que no tenía ni la más remota idea de dónde me encontraba: mis sentidos, habituados no a ver, sino a querer encontrar lo que debía estar ahí porque siempre estuvo ahí antes, no reconocían lo que me rodeaba. Mi mente tardó unos segundos de frenética actividad en un intercambio fulminante de preguntas y respuestas entre el subconsciente (la entidad que reconoce) y el consciente (la que ve lo nuevo) hasta que llegó por fin a una respuesta plausible para ambos: ¿dónde estoy?; ¿qué es esa luz del techo?; ¿qué es ese zumbido como de minibar?

Ahora recuerdo, concluyó el consciente, estoy en un, en este, hotel desde hace unas horas, en una ciudad diferente a la de esta mañana.

Y en la habitación de al lado, Genghis Khan cargando con toda su caballería.

Nuestro proceso perceptivo no se sustenta en ver - entender, sino que se basa en ver - reconocer - entender. Únicamente cuando hallamos esa explicación por la que la lucecita roja del techo es el detector de incendios de la habitación, cuando recalculamos nuestras coordenadas en el planeta y nuestro propio GPS mental nos devuelve al hotel y al zumbido de su minibar, estamos en disposición de tomar una decisión efectiva ante el entorno que nos rodea (arrojar un zapato a la pared o vitorear a los contendientes de la habitación contigua).

Nuestro proceso perceptivo funciona de esta manera porque es la que menos energía emplea: nuestro cerebro, que apenas pesa un 2 % de nuestra masa corporal, consume sin embargo más del 20 % de las calorías que ingerimos cada día. Sería como si, por cada 80 litros de capacidad de combustible que tiene un Ferrari, 16 de ellos los consumiera el ordenador de a bordo. Nuestra maquinaria mental es rápida, pero también costosa, por lo que buscará los modos de ahorrar lo máximo posible en cualquier proceso mental, comenzando por automatizar esos procesos hasta cerca del 95 %.

Así, quizá no nos movamos por la vida zombificados (al menos, no todos y no siempre), pero cerca del 95 % de las veces podría parecerlo:

Estamos permanentemente tomando decisiones que ni siquiera sabemos que, o por qué, estamos tomando.

No es de sorprender entonces que nuestra tendencia natural y primaria, cuando nos enfrentamos a un obstáculo nuevo, sea intentar resolverlo con aquello que nos es conocido, independientemente de si funcionó o no en nuestro pasado.

Las respuestas para abordar un problema nuevo —ahí reside el reto— se hallan únicamente cuando planteamos preguntas, es decir, formulamos hipótesis que nos expulsan de un vergel lleno de ideas conocidas pero obsoletas hacia la incertidumbre de terrenos aún no cartografiados. Plantear, cuestionar, reenfocar, dinamitar lo que asumimos debe ser —es— una de las vías para continuar improvisando de modo efectivo en el camino siempre imprevisible de la vida.

Y una de las preguntas que antes o después preocupará a cada individuo en este planeta será:

¿Para qué estoy aquí?

El libro que tiene en sus manos plantea algunas respuestas que he tomado como reto proponerle.

Homero es, quizás, el poeta más importante que Grecia ha alumbrado al mundo. El autor de la Ilíada y la Odisea, en sus textos, nos revela el conocimiento de la areté, una noción que, traducida libremente, subsume las más nobles aspiraciones en la expansión de una vida humana y los caminos que nos guían hacia la mayor grandeza que podemos alcanzar en esta vida:

La excelencia, el coraje, la fortaleza, la capacidad de pensar, actuar, hablar y cooperar en nuestro entorno con efectividad para alcanzar nuestros objetivos.

Pero no para lograr cualquiera de esas toscas metas asociadas con el poder, como el prestigio, el dinero o la posición, que nos entretienen corriendo como ratas en la rued­a de la rutina, sino la culminación de un —el— propósito de nuestra existencia aquí:

Vivir acorde al desarrollo máximo posible de nuestro potencial, de lo que somos capaces de conseguir.

Lograr la maestría.

La culminación de un arte.

Alcanzar lo extraordinario.

Requiere un coraje extraordinario revisar aquellas premisas que considerábamos inapelables: nuestras creencias arraigadas, los derechos adquiridos, las trampas del ego, que nos ciegan hasta creer que nos merecemos todo aun sin mover nada. Exige una fortaleza extraordinaria hallar modos diferentes de negociar los obstáculos fuera de los caminos que sigue la masa de individuos desorientados que creen aún que las pistas señalizadas por otros héroes los llevarán a los mismos destinos de gloria.

Al principio de este viaje, llenos de esperanza o quizá de incertidumbre, no tendremos la seguridad de cómo proceder, como aquel que despierta en la noche tanteando a ciegas lo que le rodea en una remota habitación que no acierta a reconocer, pues no es la suya.

Es buena señal: después de todo nadie más podrá cartografiar un destino que solo a nosotros pertenece.

Viajaremos ligero en nuestro ímpetu por cuestionar lo que hasta ahora era intocable. Perforaremos el invisible muro que nos recluye en nuestro desierto magníficamente decorado y elegiremos, antes que caminar amordazados por la rutina de lo seguro, el vértigo de explorar las nuevas sendas.

O de abrirlas ahí donde no haya ninguna.

Deseo que su viaje por estas páginas lo acerque a ese Gran Destino, el más extraordinario que en su propia historia pueda escribir.

Gracias por leerlas.

Comencemos el viaje.

GREGORY CAJINA

Febrero de 2015

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INTRODUCCIÓN

En el andén

Los sentidos son las ventanas que nos asoman, desde el hogar confortable de nuestro cerebro, a la porción —y únicamente a esa porción— de paisaje hacia la que los tenemos orientados.

El resto del paisaje sencillamente lo imaginamos, lo suponemos o nos lo inventamos.

Si nuestras ventanas, puertas, patios; nuestros ojos, oídos, dedos están sintonizados con lo que estamos habituados a ver, oír y tocar, entonces buscamos simplemente corroborar que lo que esperábamos ver sigue estando ahí desde la última vez que chequeamos.

Por otro lado, cuando dirigimos la mirada a algo o a alguien, en realidad nuestros ojos únicamente se centran en ver —percibir—. Sin embargo, el acto de mirar exige algo más de sofisticación. Para ello, los ojos primero han de proyectar una imagen tridimensional de lo visto en nuestro cerebro, el cual dedicará unos instantes a componer un concepto visual a partir de los diferentes ángulos de perspectiva de nuestros ojos derecho e izquierdo para después dotarlo de un significado emocional.

Así, solo cuando tomamos conciencia de ese significado podemos responder (reaccionar automáticamente o tomar una decisión consciente y sensata) a aquello que tenemos delante: ver un limón nos hace salivar; una persona atractiva, sonrojar; un bebé durmiendo, sonreír, y una carta de Tráfico, recordar con aprensión el flash del radar.

Pero aunque nuestros ojos vean bien, nuestro cerebro no siempre mira tan bien.

Muchos de nosotros habremos visto anteriormente un gráfico similar a este:

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Por él, basado en los diseños de Müller-Lyer, un sociólogo alemán de principios del siglo XIX, aprendimos que aunque nuestros ojos estén en perfecto funcionamiento, nuestro cerebro opta por ver lo que quiere ver, fragmentando y contrastando la imagen con lo que hay alrededor para sacar una conclusión aparentemente lógica pero que, en realidad, distorsiona e invalida nuestra interpretación de aquello que estamos mirando.

Cuando éramos más jóvenes caíamos ante la pregunta trampa que nos planteaban al exhibirnos este tipo de gráficos y que consistía en determinar cuál de las tres líneas horizontales era la más corta; recurríamos a la lógi­ca impuesta por un cerebro con más prisa por responder que por cuestionar, y que nos presentaba sus conclusiones por la vía más rápida tras contrastar los tres dibujos.

Sin duda, respondíamos que la línea horizontal del medio era la más corta, lo que divertía al amigo que nos había presentado el dibujo con el fin de desconcertarnos.

Unos instantes después, una vez que aprendíamos tras nuestra sorpresa que las tres eran de la misma longitud, descubríamos que el ángulo y la concavidad o convexidad de las rayas que se hallaban en los extremos bastaban para engañar a nuestro sistema visual.

Y, finalmente, culminábamos con diligencia el aprendizaje, almacenando en la memoria con la etiqueta de acertada una respuesta que nuestro cerebro, sin embargo, seguirá por siempre percibiendo como falsa.

Por tanto, ahora que nos tropezamos con el gráfico de esta página, gracias a aquella lección podemos responder correctamente que la flecha del centro no es más corta que las otras dos, más por gracia de nuestra memoria (cómo es la realidad) que por las observaciones que hacen nuestros sentidos (cómo parece ser la realidad): aunque estos digan que la flecha del centro es más corta, la primera me recuerda que las tres son iguales.

Sin embargo, ¿quizás hayan vuelto a ser engañados por su cerebro? Seguramente: a pesar de lo sólido que fue ese aprendizaje, la flecha del centro no solo no es más corta que las otras dos, sino que, de hecho, es más larga.

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Aprender, después de todo, quizás es un verbo que solo puede conjugarse en gerundio: continuar aprendiendo. En el momento en que creíamos haber integrado un conocimiento en nuestra mente, de repente hemos de volver a aprenderlo, pues las circunstancias originales de la primera vez ya no siguen ahí.

Ahondando con el paralelismo de esta ilusión óptica, este será uno de los problemas que abordaremos en las siguientes páginas: el proceso de memorizar lo correcto aunque nuestros sentidos (nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestra experiencia, nuestra intuición subconsciente o nuestro razonamiento consciente) indiquen lo contrario, es en lo que se invierten millones de euros cada año bajo el noble título de educación o lo que, quizás hipócritamente, algunos pocos denominarán socialización cuando realmente se refieren a la conformación o rendición de las masas.

Memorizamos y buscamos conformar con la mayoría cómo deben ser los trabajos, los estudios, los estilos de vida, las relaciones sentimentales, las reglas inquebrantables, los dogmas, credos, vacaciones, formas de vestir, los símbolos de poder, el prestigio o el logro, las maneras de amar, de nacer, de morir, de comer, de ayunar, de dormir, de narcotizar nuestros sentidos, de informarnos, de obedecer.

Pero ni educar es memorizar ni memorizar es aprender.

De los tres, solamente el aprendizaje permanente y exhaus­tivo lleva a un logro extraordinario.

Y esa es la respuesta al problema que los siguientes capítulos quieren ofrecerle: transitar por la senda de la excelencia, de la maestría, del arte; sea cual sea la disciplina en la que usted haya dirigido su mirada, implica salirse de los márgenes de lo que los demás esperan de usted.

En las siguientes páginas distinguiremos la realidad que nos rodea de la que nosotros creemos —o decidimos— que es esa realidad. Visitaremos en el trayecto tanto paisajes tropicales como gélidos en todo el globo, desde Florencia y Jamaica hasta Filipinas y Noruega, en ocasiones muy lejos del hogar pero sin perder de vista el viaje más extraordinario que tenemos más cerca de nosotros mismos: los mecanismos que gobiernan nuestro cerebro y las decisiones que tomamos.

Exploraremos los diferentes modos en los que nuestras percepciones del entorno determinan y condicionan nuestras respuestas a este: desde la toma de decisiones en un plano emocional —que aun así siempre razonaremos— hasta la forma en que podemos alterar nuestro propio equilibrio neuroquímico para estresarnos de una manera útil.

Emplearemos el poder de la visualización que utilizan los atletas de élite para planificar nuestras grandes metas trabajando hacia atrás, del mismo modo que los ingenieros en Japón descomponían y mejoraban la tecnología estadounidense en el boom tecnológico a finales del siglo XX. Hallaremos mecanismos para recordar que la mejor manera de aprender no necesariamente es memorizando, sino interiorizando una serie de habilidades que solo miles de horas de práctica pueden arraigar permanentemente en nuestro subconsciente, que, por cierto, no se hallará solo en nuestra cabeza.

Escrutaremos y cuestionaremos las razones por las que malgastamos nuestra naturaleza social delegando la responsabilidad de las consecuencias de nuestras decisiones a una autoridad que consideramos en algún momento capacitada, pero que, en realidad, no tiene la más remota idea —o interés— en que los individuos sobre los que ejerce ese poder alcancen un grado personal de excelencia.

Desvelaremos el camino más efectivo para materializar las realidades que queremos, y no porque las atraigamos —pues no tenemos prácticamente ningún control sobre ellas— sino porque somos lo suficientemente hábiles para llevarnos a nosotros mismos hasta ellas a travé­s de la brújula que preprogramaremos en nuestro subconsciente.

Nos sumergiremos en las emociones que el marketing de masas denomina «negativas» (la ira, la tristeza, el miedo) y propondremos el modo de tornarlas en nuestras más potentes aliadas. Después de todo, el abanico de emociones de que disponemos los humanos es tan indivisible como los dos lados de una moneda, donde la cruz, también, es una parte necesaria.

Tantearemos el uso de falacias que sí funcionan, como la que el profesor Robert Rosenthal demostró en 1968 al incrementar el rendimiento académico de docenas de alumnos simplemente porque ellos sabían que había maestros que creían en sus capacidades. Y, hablando de creencias, veremos también cómo la plegaria potencia el sistem­a inmunológico: un ritual de motivación muy efectivo que heredamos de nuestros antepasados neanderthales.

Cooperaremos con nuestras tribus para extraer los éxitos más rotundos, pero sin descuidar nuestra individualidad, cerciorándonos por el camino de que, en efecto, la felicidad no se puede comprar, aunque sí simular. Paradójicamente, un esbozo de esa escurridiza felicidad la encontraremos incluso en el infierno de Auschwitz, merced a la intervención de un neurólogo austríaco —también prisionero— que ayudó a sus compañeros a aprehender que no importa cuánto dolor se inflija al cuerpo, la voluntad sólida de elegir puede llegar a ser inquebrantable.

Desenmascararemos a aquellos que, en nombre de nuestro mayor bien, buscan, precisamente, anular nuestra capacidad para lo extraordinario bajo el camuflaje de una equidad que pretende igualar a todo el mundo pero al nivel de su ubicua mediocridad: una de las mayores tentaciones para quien aún no se halle comprometido con su propia excelencia.

Pero también daremos gusto a los sentidos, pues para eso están ahí desde el principio: saborearemos irresistibles postres centroeuropeos y daremos expansión a las fantasías sensuales más furtivas; jugaremos a ser niños y nos rebelaremos contra lo aceptable; nos reiremos de la palabra «imposible» y nos emocionaremos leyendo a Ovidio o a César tras tentar a nuestra capacidad de solventar unos acertijos que situarán frente a frente a la intuición y a la razó­n.

Y, finalmente, descubriremos posiblemente la clave que toda persona que triunfa en su vida —comoquiera que hubiera definido la palabra «triunfo»— ha tenido la inmensa bendición de disfrutar y que jamás se podrá comprar con dinero.

Pero terminemos primero de hacer las maletas, pues nos aguarda nuestro primer destino: en Alaska veremos cómo, en realidad, es sumamente sencillo domar nuestro cerebro para que haga, precisamente, lo que no queremos que haga.

O todo lo contrario.

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UNO

Alaska

Pensamiento: Osos blancos y vajillas de Ikea

Desde hace miles de años acariciamos nuestro excitable ego cada vez que nos situamos sobre la cúspide del conjunto de seres vivos del universo. Por motivos religiosos, éticos, morales; por ignorancia o, quizá, por simple arrogancia, asumimos que nuestra combinación vital de carbono, hidrógeno, nitrógeno y oxígeno es intrínsecamente más importante que, pongamos, la de los bonobos, una especie de chimpancé con la que compartimos un respetable 98,7 % de nuestro código genético. Es tal nuestro parecido con ellos que algunos de nosotros podríamos tener más intereses en común con esos primates que con aquel pariente que solo se acuerda de nosotros para autoinvitarse cordialmente a cenar por Navidad, incluyendo en el pack a sus adorables niños, que el año anterior demostraron fehacientemente que la vajilla de la bisabuela no rebotaba en el suelo como la de Ikea.

Pero gracias a nuestra necesidad de sobreponernos a la ignorancia o de aprovechar toda revelación divina, lo cierto es que han transcurrido ya unos doscientos milenios de decisiones, análisis, avances, exploraciones, ex­perimentaciones y errores que, aun desafiando los planteamientos expuestos por Darwin, hasta ahora no han conseguido (todavía) sacudir el eje de rotación de nuestro planeta o destruir nuestro entorno y a nosotros mismos por el camino.

Nos congratulamos y bendecimos por esos avances y los explicamos de una sencilla manera: nuestro cerebro, la cereza en el pastel de la evolución de las especies, nos ha permitido un grado de complejidad —y a veces bienestar, con el permiso del FMI— social, tecnológica y económica como nunca lo hemos experimentado desde que decidimos salir de la ancestral cueva hace más de doscientos mil años.

Sin embargo, debido a la veneración que sentimos por la poderosísima maquinaria cerebral que aloja nuestro cráneo, es más que posible que omitamos uno de los problema­s que incluye de serie: ni el hardware (el cerebro orgánico) ni el software (las conexiones neuronales que podríamos llamar aprendizajes) necesariamente operan como nosotros creemos que lo hacen. Y ni siquiera como deberían hacerlo.

Ni nuestra mente es nosotros ni nosotros somos nuestra mente. Complicándolo un poco más, no siempre somos conscientes de que nuestra mente está en, pero no es, nuestro cerebro, o que, de hecho, aquella no se encuentra únicamente dentro del cráneo.

¿Acaso la mente llega a creer en algún momento de nuestra existencia que somos nosotros, o somos acaso nosotros los que le otorgamos a ella una entidad propia? Si esto fuera así, entonces, ¿qué o quiénes somos, de hecho, nosotros?

Y si nosotros somos los actores principales de esta obra escénica llamada vida, para que la realidad observada de esta vida exista —en nuestra mente—, ¿hace falta siempre un observador consciente, un yo, que la observe y le otorgue un sentido?

Cuando este ingenioso hardware y software, compuesto por cerca de noventa mil millones de neuronas, equi­valente a unos trescientos mil millones de páginas, al que llamamos cerebro se pone a funcionar, somos capaces tanto de diseñar una sonda que teletransmite imágenes desde Marte como de provocar una guerra mundial; de someternos a la codicia de un sistema financiero sustentado en la deuda de billones de euros que solo son un algoritmo virtual en una extranet como de adoptar a un pequeño humano superviviente de una catástrofe de la naturaleza.

Somos capaces de idear maneras de levantar toneladas de peso inane y dirigirlas por propulsión al otro lado del Atlántico de forma automática mientras ingerimos tranquilamente nuestra cena genéticamente alterada a diez mil pies sobre el océano y a cinco mil kilómetros del aeropuert­o más cercano; podemos idear divinidades todopoderosas que hacen y deshacen uni y multiversos a su antojo desde las raíces de sus tótems; decidimos casarnos y separarnos para volver a intentar encajar medias naranjas con medias guayabas; fundar empresas, quebrarlas y después reflotarlas; cambiar de trabajo, mudarnos a países remotos y subyugar la fuerza de magníficos ríos con titánicas presas.

Y, sin embargo..., somos incapaces de controlar nuestros propios pensamientos.

Entremos por unos instantes en la sala de pruebas.

Los científicos del laboratorio que se encuentran a nuestro alrededor se ponen sus batas blancas, atenúan las luces, abren sus cuadernos y afilan sus lápices tras los falsos espejos. Arrancan taquígrafos y grabadoras, nos invitan a tomar asiento y a cerrar los ojos, que es cuando nos dictan las instrucciones que hemos de seguir:

«Concéntrese y enfoque todas sus energías en la siguiente prueba.»

Nos concentramos.

«No piense, bajo ningún concepto y en los próximos cinco minutos, en un oso blanco.»

Mientras los experimentadores aguardan concentrados en el cronómetro con esa media sonrisa del que sabe algo que los demás ignoramos, nosotros maldecimos contrariados la complejidad del retorcido test. Imposible. Intentaremos reenfocar nuestra atención y memoria en cualquier otra cosa con tal de distraernos de la imagen mental que tenemos de ese gigantesco, peludo, hambriento, comercialmente navideño, peluche de oso polar: desde intentar recordar nombres propios que comienzan con «Y», hasta contar números primos desde el mil hasta el cero o descifrar la letra del último single de Shakira, pasando por rememorar proverbios ancestrales en sánscrito, imaginar al jefe vestido de burlesque o recordar infructuosamente el nombre de algún político confiable, extinguido en el Paleozoico. Lo que sea.

En 1987, un equipo de experimentadores liderado por Daniel Wegner, profesor de Psicología en la Universidad de Harvard, investigó el efecto sobre la ansiedad cuando los individuos se esfuerzan en suprimir pensamientos. Los sujetos fueron invitados a no pensar en un oso blanco durante cinco minutos y a pensar activamente en uno durante los cinco siguientes. En ambos casos, cada vez que un pensamiento relativo a un oso blanco se generaba en la mente de los individuos, debían hacer sonar una campana. ¿Resultado?: aquellos participantes que intentaron suprimir el pensamiento del oso tocaron la campana prácticamente el doble de veces frente a los de un grupo de control. En un experimento similar que repetimos con un grupo de estudiantes en Alemania en 2012, el resultado fue todavía más frustrante: el mero hecho de hacer sonar la campana hacía que el resto de participantes —también los que pensaban en Shakira— pensaran aún más veces en un oso blanco.

A pesar de las incontables veces que este experimento se ha replicado en un laboratorio, no está aún documentado que alguien haya conseguido superar esos insignificantes cinco minutos sin pensar en ese no-oso blanco.

Para decidir no-pensar en algo, primero hay que pensar en ello.

No podemos (casi) controlar nuestros pensamientos.

Pero sí lo que hacemos con esos pensamientos.

El cableado de nuestro cerebro está diseñado para asegurar que, si estamos sentados en nuestro sillón favorito y percibimos estar razonablemente protegidos, nutridos, queridos, y tenemos cierta sensación de control sobre nuestra vida y comunicación 24/7 a través de WhatsApp, no encontremos razón alguna para hacer algo diferente.

Ahora bien, cuando ese equilibrio se altera (el calibrador de nuestras necesidades de logro, reconocimiento, estima, realización personal, altruismo no ofrece la lectura que querríamos en nuestra vida) es cuando sentimos la quemazón de tener que hacer algo al respecto.

Es en ese momento cuando afloran, persistentes, esos exasperantes pensamientos de no sé, no puedo, no soy capaz con los que nuestra impredecible mente nos maniata más veces de las que le toleraríamos si supiéramos cómo domarla. Es lo esperable; la emoción del miedo y el instinto de supervivencia, grabados durante eones en nuestro sistema límbico y paleocerebro, sencillamente hacen su trabajo, validando el principio de la inercia de la física: todo cuerpo (y mente) tiende a mantenerse en su estado actual, pues es el modo en el que consume menos energía. Mientras al perezoso le cuesta arrancar, al hiperocupado le cuesta relajarse.

Ahora bien, que lo natural de nuestro subconsciente sea esa especie de estado mental centrado en un pesimismo-del-superviviente no quiere decir que nuestro consciente deba tolerarlo o, peor, habituarse a ello.

Quizá no seamos responsables del orden en que nuestros pensamientos aparecen en nuestra mente, pero sí de nuestra respuesta ante ellos:

Podemos usarlos para justificarnos por lo difícil y dura que es la vida.

O usarlos para tramar lo que nos proponemos alcanzar a pesar de los sofisticados esfuerzos traicioneros de nuestra mente-superviviente por asegurarse de que no hagamos nada más allá de lo estrictamente necesario: comer o permanecer inmóviles el resto del tiempo que no estemos asegurando más comida.

No sea tolerante con esa mente perezosa.

Si usted no está consiguiendo sus metas, está expli­cando(se) por qué no las está logrando.

Una excusa y un resultado jamás ocuparon el mismo espacio físico. Ambos representan los dos lados del espejo en el que se refleja la realidad que vivimos, dependiendo de la posición que decidamos adoptar como observadores: la del que justifica a quien quiera escuchar, o la del que se mueve con tanta agilidad hacia sus objetivos que no le quedan recursos ni paciencia para defender sus estrategias ante los que cuestionan su cordura.

Ambos, logro y pretexto, son generadores de estrés. Y si bien los dos elevan nuestro ritmo cardíaco, no lo hacen con el mismo resultado: mientras uno robustece nuestro corazón, el otro lo daña.

Somos nuestro más parcial juez propio y nuestro más leal testigo, pero difícilmente podremos engañarnos a nosotros mismos por sofisticada que sea nuestra argumentación.

Veamos lo que al respecto nos diría nuestro cardió­logo.

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DOS

Corazón

Química: Estresándose bien

Nuestros pensamientos, esos impulsos eléctricos de transmisión neuronal de apenas 1/10 de voltio, son capaces de activar, aunque no lo queramos, un formidable tifón de respuestas emocionales y fisiológicas que oscilan desde el entusiasmo hasta el pavor, desde la infatuación hasta la ira, desde la carcajada hasta la sorpresa: si nos colocaran unos electrodos que generaran un electrocardiograma (ECG) y un electroencefalograma, las lecturas de ambas máquinas reflejarían el ritmo, la presión arterial y la actividad cerebral de lo que estuviéramos contemplando en nuestra mente como si estuviéramos (re)viviendo lo que estamos vi(vi)endo en nuestra cabeza, aunque nos mantuviéramos inmóviles sobre una camilla a medio planeta o siglo de distancia de la visualización en nuestra mente.

Cableemos a un tipo para hacerse un ECG en un chequeo rutinario. Como a este individuo no le resulta particularmente grato este tipo de análisis, recurrirá —es uno de nuestros mecanismos de autodefensa en un cerebro saludable— a pensamientos amables que lleven a su mente a divagar sobre otros universos durante los minutos en los que el profesional médico concluye la prueba. En ese cavilar desde la lista de ingredientes para un pastel de queso hasta el repaso mental a una reunión para la semana siguiente, quizás haga un pormenorizado alto en el camino para recordar la sensual velada de la noche anterior con su pareja: el jacuzzi caliente con sales exóticas de mares lejanos, las ju­gosas fresas importadas, el Dom Pérignon a los 12oC de rigueur y el triunfal cénit beethoveniano con fanfarria, ovación y vuelta al ruedo. El médico, al ver las agujas de la máquina oscilando de una manera inesperada, seguramente concluirá que el paciente se halla nervioso, mientras este, con algo de disciplina, quizás optará por retornar su atención a su más emocionalmente neutro pastel de queso.

Del mismo modo, cuando nos enfrentamos a determinados eventos (un despido, una separación, una hipoteca, una anécdota hilarante, un orgasmo, el primer millón) nuestro cerebro primero percibe, después reacciona, y final­mente libera una salva de sustancias químicas (dopamina, endorfina, adrenalina, norepinefrina, cortisol, oxitocina...) que, en su papel de neurotransmisoras o de hormonas, inundan nuestro riego sanguíneo para pre-disponernos a responder de determinada manera ante ese evento de nuestra realidad. O, más concretamente, ante la interpretación que nosotros hacemos de ese evento.

Nuestra mente, de hecho, procesa dos veces las circunstancias que nos rodean:

  1. De manera consciente, observando y percibiendo nuestro entorno inmediato en el acto y decidiendo —o reaccionando automáticamente— acorde a la mejor de las opciones de las que tenemos conocimiento en ese preciso momento.
  2. De modo subconsciente, fuera de nuestro control volitivo, esto es, no nos percatamos de que no nos percatamos de nuestros propios procesos mentales de percepción, pues subyacen muy profundamente en nuestra mente. Es en este plano cuando muchas de las decisiones que tomamos se tornan autolimitadoras al cimentarse en años de creencias magnificadas a través del hábito, educación o mimesis con el grupo social en el que nos desenvolvemos. Así, aunque desearíamos diametralmente lo contrario, optamos por negociar a la baja un salario en una entrevista de trabajo porque creemos que no tenemos la necesaria experiencia —sin ser el caso—; dejamos de hablar con una persona porque creemos que es demasiado atractiva —sentenciando que con certeza ya está comprometida—, o toleramos que nos den órdenes porque creemos que necesitamos una autoridad que nos diga lo que tenemos que hacer.

Ambos grados de percepción, consciente y subconsciente, trabajan de manera integrada aunque no necesariamente armónica, y se presentan de la mano a la entrada de nuestro centro cerebral de toma de decisiones para exigir de nosotros una u otra interpretación que preceda a la respuesta más idónea ante el acto percibido.

Toda circunstancia es, de por sí, neutra: ni una inundación es buena ni mala ni un número premiado de la lotería es mejor ni peor hasta que un solo observador humano así los adjetive. Y nuestro cuerpo solamente puede responder de manera acorde al estímulo externo una vez que nuestra mente ha sido capaz de interpretarlo.

Así, ante el mismo acto que no tiene una carga emocional objetiva e intrínsecamente asociada a él —un acto simplemente es—, la forma que tenemos de reconocerl­o (positivo-negativo, peligroso-seguro, divertido-exasperante) es la que hace que activemos una de las dos posibles respuestas antagónicas en nuestro cuerpo:

Ahora bien, cuando ambas respuestas alcanzan sus extremos, melancolía y euforia, nuestra capacidad de tomar decisiones racionales se ofusca y nos empuja a elegir opciones que, las más de las veces, jamás adoptaríamos una vez que se nos pasara la embriaguez de nuestras propias hormonas.

No debemos tomar nunca decisiones cuando estemos demasiado tristes o demasiado alegres: mientras el estrés negativo reiterado en el tiempo nos lleva a una espiral que torna nuestras preocupaciones fantasiosas en certezas —en nuestra mente—, su opuesto eufórico nos lleva a conclusiones extáticas pero sobrevaloradas.

La efectividad de un individuo, su areté, solo es posible cuando es capaz de observar con distancia las respuestas extremas y binarias sí/no de su consciente y de su subconsciente; de tomar conciencia de las emociones asociadas que experimenta ante cada una de las opciones posibles y, sobre todo, de tomar una decisión en una posición de neutralidad y equidistancia de unas emociones que están diseñadas para transmitir mensajes acerca de nuestro baremo de bienestar pero que, la mayoría de las veces, distraen a nuestra razón.

Esta habilidad de observar los procesos mentales dicotómicos en la distancia y de proyectarlos hacia el futuro es tan crucial que puede convertir la mente de un desconocido chaval, a través de una obsesión productiva, en el tipo más rápido del planeta.

Vayamos al Caribe para saber cómo lo hizo.