1. Prioridades y expectativas
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Prioridades y expectativas
Hace unos años, una de las grandes figuras de la biología contemporánea, Ernst Mayr, publicó sus reflexiones acerca de las probabilidades de éxito en la búsqueda de inteligencia extraterrestre.1 Las expectativas le parecían muy reducidas. Su razonamiento se fundaba en el valor de adaptación de lo que denominamos «inteligencia superior», esto es, la forma específicamente humana de organización intelectual. Mayr calculó en unos cincuenta mil millones el número de especies que han existido desde el origen de la vida, de entre las cuales sólo una «alcanzó el tipo de inteligencia necesario para establecer una civilización». Y ello ocurrió muy recientemente, quizás hace cien mil años. Está generalmente aceptado que sólo sobrevivió un grupo reproductor, y que todos nosotros descendemos de él.
Mayr especuló que la modalidad humana de organización intelectual podría no haber sido favorecida por la selección. La historia de la vida en la Tierra, escribió, refuta la idea de que «es mejor ser listo que estúpido», al menos a juzgar por el éxito biológico: escarabajos y bacterias, por ejemplo, son infinitamente más capaces que los humanos en términos de supervivencia. Apuntó también de manera algo ominosa que «la esperanza media de vida de una especie ronda los cien mil años».
Estamos entrando en un periodo de la historia humana que podría dar respuesta a la cuestión de si es mejor ser listo que estúpido. La perspectiva más esperanzadora es que dicha pregunta quede sin respuesta. En caso de recibir una respuesta definitiva, ésta sólo podría ser que los humanos fueron una suerte de «error biológico», que se sirvieron de los cien mil años que tenían asignados para destruirse a sí mismos y, de paso, destruir muchas otras cosas.
Sin duda, la especie ha desarrollado la capacidad para obrar de ese modo. Un hipotético observador extraterrestre bien podría concluir que los humanos lo han demostrado a lo largo de su historia, y con efectos devastadores en los últimos siglos, atacando el entorno que sostiene la vida, la diversidad de organismos más complejos, así como a sus semejantes con fría y calculada crueldad.
DOS SUPERPOTENCIAS
El año 2003 se abrió con numerosos indicios de que la preocupación acerca de la supervivencia humana es plenamente realista. Por mencionar unos pocos ejemplos, a principios de otoño de 2002 se supo que cuarenta años atrás se había evitado por los pelos una guerra nuclear posiblemente definitiva. Inmediatamente después de ese descubrimiento asombroso, la administración Bush bloqueó el intento de las Naciones Unidas de prohibir la militarización del espacio, una grave amenaza para la supervivencia. Washington rompió también las negociaciones internacionales para prevenir la guerra biológica y procedió a asegurarse la inevitabilidad de un ataque sobre Irak, a pesar de una oposición popular sin precedentes.
Organizaciones humanitarias con prolongada experiencia en Irak y estudios de respetadas organizaciones médicas advirtieron que la invasión podría precipitar una catástrofe humanitaria. Las advertencias fueron desoídas por Washington y no despertaron el interés de los medios de comunicación. Un equipo de trabajo estadounidense de alto nivel concluyó que era «probable» un ataque contra Estados Unidos con armas de destrucción masiva (ADM), y que lo sería aún más en caso de librarse una guerra contra Irak. Numerosos especialistas y agencias de inteligencia emitieron advertencias similares, añadiendo que la beligerancia por parte de Washington, no sólo con respecto a Irak, agravaba la amenaza a largo plazo del terrorismo internacional y de la proliferación de ADM. Estas advertencias también cayeron en saco roto.
En septiembre de 2002, la administración Bush anunció su Estrategia de Seguridad Nacional en la que se declaraba el derecho a recurrir a la fuerza para eliminar cualquier presunto desafío a la hegemonía global estadounidense, destinada a perpetuarse. Esta estrategia a gran escala suscitó la preocupación del mundo entero, incluso entre los altos mandos de la política exterior del país. En aquel mismo mes de septiembre, se lanzó una campaña de propaganda que representaba a Saddam Hussein como una amenaza inminente para Estados Unidos, al tiempo que se insinuaba su responsabilidad en las atrocidades del 11 de septiembre de 2001 y que planeaba cometer otras. Esta actividad propagandística, coincidente con el inicio de la campaña de las elecciones parciales al Congreso, tuvo éxito en generar un cambio de actitud. Enseguida desvió a la opinión pública estadounidense de la esfera global y ayudó a la administración republicana en sus objetivos electorales, a la vez que Irak se convertía en el campo de pruebas designado para la recién anunciada doctrina de recurrir a la fuerza cuando se creyera oportuno.
El presidente Bush y sus asociados también persistieron en socavar los esfuerzos internacionales por reducir las graves amenazas que pesan sobre el medio ambiente, mediante pretextos que apenas disimulaban su obsequiosidad con determinadas esferas del poder privado. El editor de la revista Science Donald Kennedy escribió que el Programa Científico sobre el Cambio Climático (PCCC), dependiente de la administración, es una parodia que «no incluyó recomendación alguna para la limitación de emisiones u otras formas de mitigar el problema», contentándose con «objetivos de reducción voluntarios que, en caso de cumplirse, permitirían que los índices de emisiones estadounidenses siguieran aumentando alrededor de un 14 % por década». El PCCC ni siquiera consideró la probabilidad, sugerida por un «cúmulo creciente de pruebas», de que el cambio climático a corto plazo ante el que cierra los ojos «activará un brusco proceso discontinuo» que provocará marcados cambios de temperatura en Estados Unidos, Europa y otras áreas templadas. La «despectiva renuncia a una implicación multilateral para afrontar el problema del calentamiento global» por parte de la administración Bush, prosiguió Kennedy, es la «postura que dio inicio al prolongado proceso de erosión de la amistad con sus aliados europeos» y que ha conducido a un «resentimiento latente».2
En octubre de 2002, resultaba difícil pasar por alto el hecho de que el mundo estaba «más preocupado por la utilización desenfrenada del poder estadounidense que [...] por la amenaza planteada por Saddam Hussein», a la vez que se sentía «tan propenso a limitar el poder del gigante como [...] a arrebatar las armas del déspota».3 La preocupación se fue incrementando en los meses siguientes, al tiempo que el gigante evidenciaba su intención de atacar Irak por más que las inspecciones de la ONU toleradas con reticencia no lograran descubrir las armas que debían servir como pretexto. En diciembre, según encuestas internacionales, los planes bélicos de Washington apenas gozaban de un 10 % de respaldo fuera de Estados Unidos. Dos meses después, a raíz de las multitudinarias protestas a escala mundial, la prensa informó que «quizá sigan existiendo dos superpotencias en el planeta: Estados Unidos y la opinión pública mundial» (por Estados Unidos cabe entender aquí el poder estatal de la nación y no la opinión pública o, ni siquiera, la opinión de la elite).4
A principios de 2003, ciertos estudios revelaron que el temor a Estados Unidos había alcanzado altas cotas en todo el mundo y que existía desconfianza hacia su liderazgo político. La denegación de derechos y la desestimación de necesidades humanas elementales corrió paralela a un desprecio por la democracia sin parangón, todo ello acompañado por la debida profesión de fe a esos mismos derechos humanos y democracia. Los acontecimientos que sobrevinieron deberían resultar profundamente inquietantes para todos aquellos preocupados por el mundo que piensan dejar a sus nietos.
Aunque el equipo de Bush se halla en el extremo del espectro político tradicional de Estados Unidos, sus programas y doctrinas cuentan con numerosos precursores, tanto en la historia estadounidense como entre anteriores aspirantes al poder mundial. Aun peor, sus decisiones no desatienden el marco de la ideología predominante y de las instituciones que la encarnan. Existe un vasto cuerpo de precedentes históricos relativos a la voluntad de los líderes para amenazar o recurrir a la violencia ante el riesgo importante de que ocurra una catástrofe. Sin embargo, hoy los riesgos son mucho mayores: la alternativa entre hegemonía y supervivencia raramente se ha planteado de modo tan radical.
Vamos a tratar de desenmarañar algunas de las muchas hebras con que se teje este intrincado tapiz, centrándonos en el poder mundial que proclama su hegemonía global, cuyas acciones y directrices doctrinales deben ser preocupación primera para todos los habitantes del planeta, especialmente, claro, para los estadounidenses. Muchas personas gozan de ventajas y libertad inusuales —de ahí su capacidad para modelar el futuro—, y deberían afrontar con cuidado las responsabilidades que son el corolario inmediato de tales privilegios.
TERRITORIO ENEMIGO
Todos aquellos que desean afrontar sus responsabilidades con un compromiso auténtico con la democracia y la libertad —o simplemente con una supervivencia digna— deberían poder identificar los obstáculos que se interponen en el camino. En los países violentos, éstos son fácilmente reconocibles, mientras que en las sociedades más democráticas resultan más sutiles. Aunque los métodos de las sociedades de cariz algo brutal difieren notablemente de los utilizados en otras más libres, en cierto modo los objetivos son similares: asegurarse de que la «gran bestia», tal como Alexander Hamilton denominó al pueblo, no se extravíe.
El control de la población ha sido siempre una preocupación básica del poder y de los privilegiados, particularmente desde la primera revolución democrática en la Inglaterra del siglo XVII. Los autodenominados «hombres más capaces» se sintieron consternados cuando una «embrutecida multitud de bestias en forma de hombres» rechazó el marco básico en el que se desarrollaba un enconado conflicto civil que enfrentaba al rey y al Parlamento, y reivindicó un gobierno compuesto por «campesinos como nosotros, que conocemos nuestras necesidades» y no por «caballeros y señores que nos hacen leyes, que están elegidos por el temor con el fin de oprimirnos, desconociendo los quebrantos de la gente». Los hombres más capaces reconocieron que si la gente es tan «depravada y corrupta» como para «otorgar puestos de poder y confianza a hombres malvados e indignos, pierden su poder por no delegarlo en aquellos que son buenos, aunque no sean más que unos pocos». Casi tres siglos después, el idealismo wilsoniano, como suele denominarse, adoptó una postura similar. En el extranjero la responsabilidad de Washington consiste en asegurar que el gobierno sea depositado en manos de «los buenos, aunque no sean más que unos pocos». En Estados Unidos es necesario salvaguardar un sistema de órganos decisorios de elite y ratificación pública, en términos de ciencia política, una «poliarquía» y no una democracia.5
El presidente Woodrow Wilson no renunció a políticas severamente represivas incluso dentro de Estados Unidos. Sin embargo, tales medidas no suelen ser posibles allí donde los movimientos populares han conquistado una notable cota de libertad y derechos. En tiempos de Wilson, sectores de la elite estadounidense y británica reconocían ampliamente que, en sus sociedades, la coacción era un arma cuya utilidad se iba reduciendo y que eran precisos nuevos medios para domar a la bestia, ante todo a través del control de opiniones y actitudes. Desde entonces, se ha desarrollado toda una industria destinada a esta finalidad.
La idea de Wilson consistía en que una elite de caballeros con «elevados ideales» debía dotarse de poder para preservar «la estabilidad y la rectitud».6 «Hay que poner a la gente en su sitio», declaró Walter Lippmann en sus progresistas ensayos sobre democracia. En parte dicho objetivo podría alcanzarse mediante «la elaboración de consenso», una «práctica interesada y recurso socorrido de gobierno popular». Esta «revolución» en la «práctica de la democracia» debería habilitar a «una clase especializada» para gestionar los «intereses comunes» que «escapan en gran medida a la opinión pública». En esencia, se trata del ideal leninista. Lippmann había podido observar de primera mano la revolución en la práctica de la democracia como miembro del Comité de Información Pública de Wilson, fundado para coordinar la propaganda de guerra y que cosechó un gran éxito al instilar la fiebre bélica entre la población.
Los «hombres responsables» que son los que toman las decisiones, prosiguió Lippmann, deben «vivir libres de la avalancha y del rugido desconcertado del rebaño». Estos «intrusos entrometidos e ignorantes» deben ser «espectadores», no «participantes». El rebaño cumple una función: intervenir periódicamente en las elecciones para apoyar a uno u otro elemento de la clase dirigente. Ni que decir tiene que los hombres responsables alcanzan dicho estatus no por virtud de ningún talento o sabiduría especiales, sino por la subordinación voluntaria a los sistemas de poder fáctico y por lealtad a sus principios operativos. Esto es, que las decisiones fundamentales de la vida social y económica atañen a instituciones que funcionan según un poder autoritario de arriba abajo, en tanto que la participación de la bestia se ve circunscrita a un reducido foro público.
El debate se centra sólo en cuán reducido debe ser este foro público. Las iniciativas neoliberales de los últimos treinta años han sido diseñadas para restringirlo, y legar la toma de decisiones a tiranías privadas no representativas estrechamente vinculadas entre sí, así como a unos pocos estados poderosos. La democracia puede sobrevivir en tales condiciones, pero de forma extremadamente limitada. Los sectores Reagan-Bush han asumido una posición extrema al respecto, pero el espectro político es notablemente estrecho. Algunos apuntan que apenas existe, y se mofan de los expertos que, durante las campañas electorales, «se ganan la vida comparando los aspectos más acertados de las comedias representadas en la NBC con los de las emitidas por la CBS»: «Mediante un acuerdo tácito los dos grandes partidos enfocan la contienda por la presidencia [como un] kabuki político [en el que] los intérpretes conocen su papel y todos se ciñen al guión», «adoptando poses» que nadie puede tomarse en serio.7
Cuentan los intelectuales liberales que si la gente escapa a su marginación y pasividad, se plantea una «crisis de la democracia» que debe superarse en parte mediante medidas que controlen a las instituciones responsables del «adoctrinamiento de los jóvenes» —escuelas, universidades, iglesias y demás—, y quizás incluso mediante el control de los medios, en caso de que la autocensura no baste.8
Al asumir estas posturas, los intelectuales contemporáneos beben de las oportunas fuentes constitucionales. James Madison sostenía que el poder debe delegarse a «la riqueza de la nación», «el grupo de hombres más capaces», que comprenden que el papel del gobierno consiste en «proteger a la minoría de los opulentos contra la mayoría». Con una visión precapitalista del mundo, Madison confiaba en que el «hombre de estado ilustrado» y el «filósofo benevolente» que debían ejercer el poder «discernirían el verdadero interés de su país» y protegerían el interés público contra las «travesuras» de las mayorías democráticas. Madison esperaba que este mal se evitara mediante el sistema de fragmentación ideado por él. En años posteriores, empezó a temer la aparición de graves problemas con el probable aumento de personas que «penarán las fatigas de la vida y suspirarán en secreto por una distribución más equitativa de los beneficios». Buena parte de la historia moderna refleja estos conflictos acerca de quién tomará las decisiones, y de qué modo.
El reconocimiento de que el control de opinión es la base de todo gobierno, del más despótico al más libre, se remonta por lo menos a David Hume, pero hay que hacer una salvedad. El fenómeno cobra mayor importancia en las sociedades más libres, donde la obediencia no puede ser garantizada por el azote. Es perfectamente natural que las instituciones modernas de control de pensamiento —honestamente denominado propaganda antes de que la palabra pasara de moda por sus asociaciones totalitarias— se originaran en las sociedades más libres. El pionero fue Gran Bretaña con su Ministerio de Información, que se propuso «orientar el pensamiento de la mayor parte de la población mundial». Wilson siguió enseguida el ejemplo con su Comité de Información Pública. Sus éxitos de propaganda inspiraron a pensadores democráticos progresistas y a la moderna industria de relaciones públicas. Algunos integrantes punteros del CIP, como Lippmann y Edward Bernays, tuvieron muy en cuenta estos logros del control de pensamiento, que Bernays denominó «la maquinación del consenso, [...] la esencia misma del proceso democrático». El término propaganda se convirtió en una entrada en la Encyclopaedia Britannica en 1922 y en la Encyclopedia of Social Sciences una década después, con el refrendo académico de las nuevas técnicas de control de la mente pública que aportó Harold Lasswell. Los métodos de los pioneros fueron particularmente relevantes, escribió Randal Marlin en su historia de la propaganda, debido a su «extendida imitación [...] por parte de la Alemania nazi, Suráfrica, la Unión Soviética y el Pentágono», si bien es verdad que los logros de la industria de las relaciones públicas empequeñecen todos esos ejemplos.9
Los problemas de control a escala nacional resultan particularmente graves cuando los gobernantes ejecutan políticas a las que se opone la población en general. En tales casos, el liderazgo político puede verse tentado a seguir la senda de la administración Reagan, que estableció la Oficina de Diplomacia Pública con el fin de construir consenso para sus políticas criminales en Centroamérica. Un funcionario gubernamental de alto rango describió la Operación Verdad como «una inmensa operación psicológica de las que suelen practicar los militares para influir en la población en terreno hostil o enemigo»: una caracterización sincera de lo que es la actitud imperante hacia la población nacional.10
TERRITORIO ENEMIGO EN EL EXTRANJERO
Mientras que el enemigo en casa a menudo debe ser controlado mediante una propaganda intensiva, más allá de las propias fronteras se suele contar con medios más directos. Los líderes de la actual administración Bush —la mayoría reciclados de los sectores más reaccionarios de las administraciones Reagan-Bush I— ya aportaron ejemplos suficientemente claros durante los años en que ejercieron sus cargos en dichas administraciones. Cuando el régimen tradicional de violencia y represión se vio desafiado por la Iglesia y otros herejes en los dominios centroamericanos del poder estadounidense, la administración Reagan respondió con una «guerra al terror», declarada en cuanto el presidente asumió el cargo en 1981. No es de sorprender que la iniciativa se convirtiera instantáneamente en una guerra terrorista —una campaña de matanzas, torturas y barbarie— que pronto se extendió a otras áreas del mundo.
En Nicaragua, Washington había perdido el control sobre las fuerzas armadas que tradicionalmente se habían ocupado de someter a la población, uno de los más amargos legados del idealismo wilsoniano. La dictadura de Somoza respaldada por Estados Unidos fue derrocada por los rebeldes sandinistas y se desmanteló la criminal Guardia Nacional. En consecuencia, Nicaragua debía ser sometida a una campaña de terrorismo internacional que dejó el país en ruinas. Incluso los efectos psicológicos de las guerras terroristas de Washington son devastadores. El espíritu exultante, de vitalidad y optimismo, que siguió al derrocamiento de la dictadura no podía perdurar desde el momento en que la superpotencia reinante intervino para aplastar las esperanzas de que una historia atroz pudiera tomar un curso distinto.
En el resto de países centroamericanos que la «guerra contra el terror» reaganiana había fijado como objetivos, las fuerzas equipadas y adiestradas por Estados Unidos mantenían el control. Sin un ejército con el que defender a la población de los terroristas —es decir, las propias fuerzas de seguridad— las atrocidades cometidas fueron incluso peores. Así, el expediente de asesinatos, torturas y devastación fue ampliamente referido por organizaciones de derechos humanos, grupos religiosos, intelectuales latinoamericanos y muchos otros, pero pasó casi inadvertido para los ciudadanos del estado que era máximo responsable de tales actos y no tardó en olvidarse.11
A mediados de los años ochenta, las campañas de terrorismo de Estado respaldadas por Estados Unidos habían creado sociedades «afectadas por el terror y el pánico [...] la intimidación colectiva y el miedo generalizado», en palabras de una relevante organización confesional de derechos humanos con sede en El Salvador: la población había «asumido interiormente» el «uso cotidiano de medios violentos» y «la aparición frecuente de cuerpos torturados». Al regreso de una breve estancia en su Guatemala natal, el periodista Julio Godoy escribió que «uno se siente tentado a creer que alguna gente en la Casa Blanca adora los dioses aztecas, con sus ofrendas de sangre centroamericana». Godoy había huido el año anterior cuando los terroristas volaron las dependencias del diario para el que trabajaba, La Época, una operación que no despertó interés alguno en Estados Unidos: la atención se centró cuidadosamente en las infracciones del enemigo oficial, sin duda reales, pero difícilmente detectables en la región dada la escalada del terrorismo de Estado respaldado por Washington. La Casa Blanca, escribió Godoy, instaló y apoyó en Centroamérica fuerzas que podrían «competir fácilmente por el premio mundial en crueldad con la Securitate de Nicolae Ceaus¸escu».12
Después de que los mandos terroristas alcanzaran sus objetivos, se estudiaron las consecuencias en una conferencia en San Salvador compuesta de jesuitas y asociados laicos, que hablaron a partir de su experiencia personal y de lo observado a lo largo de la siniestra década de los ochenta. La conferencia concluyó que no basta con centrarse únicamente en el terror, pues no es menos importante «explorar [...] qué peso ha tenido la cultura del terror en domesticar las expectativas de la mayoría», impidiéndole considerar «alternativas a las exigencias de los poderosos».13 Y no sólo en Centroamérica.
Destruir la esperanza es un proyecto de importancia crucial. Y cuando se logra, queda permitida la democracia formal; incluso se prefiere, ni que sea a efectos de relaciones públicas. En círculos más honestos, se acepta buena parte de lo referido aquí. Naturalmente, lo entienden mucho mejor las bestias con forma de hombres que soportan las consecuencias de desafiar los imperativos de la estabilidad y el orden.
Todas éstas son cuestiones que la segunda superpotencia, la opinión pública mundial, debería hacer todos los esfuerzos por comprender si desea escapar al confinamiento al que se ve relegada y tomarse en serio los ideales de justicia y libertad que están en boca de todos, pero que resultan difíciles de defender y hacer progresar.