PRÓLOGO
PRÓLOGO
Según afirmaba el propio Vladimir Nabokov, en 1940, antes de iniciar su carrera académica en Estados Unidos, «afortunadamente me molesté en escribir cien lecciones —unas dos mil páginas— sobre literatura rusa... Con esto tuve para veinte años académicos en Wellesley y Cornell».1 Parece ser que esas lecciones (cuya extensión estaba cuidadosamente ajustada a los cincuenta minutos que suele durar una clase en las universidades estadounidenses) fueron escritas antes de su llegada a Estados Unidos en mayo de 1940 y su primera experiencia docente, un curso de literatura rusa dado en la Escuela de Verano de la Universidad de Stanford, en 1941. En el semestre de otoño de ese mismo año, Nabokov pasó a ocupar un puesto permanente en Wellesley College, constituyendo él solo el Departamento de Ruso, y en un principio enseñó lengua y gramática, pero a esas clases se añadió pronto la de Ruso 201, un panorama de la literatura rusa traducida. En 1948, Nabokov pasó a la Universidad de Cornell como profesor agregado de Literatura Eslava, y allí dio los cursos de Literatura 311-312, Maestros de la Narrativa Europea, y Literatura 325-326, Literatura Rusa Traducida.
Los escritores rusos representados en este volumen parecen haber formado parte de los programas, no siempre fijos, de los cursos de Maestros de la Narrativa Europea y Literatura Rusa Traducida. En el curso de Maestros, Nabokov solía dar Jane Austen, Gógol, Flaubert, Dickens y, de modo irregular, Turguéniev; en el segundo semestre hablaba de Tolstoi, Stevenson, Kafka, Proust y Joyce.2 Las partes de este volumen relativas a Dostoyevski, Chéjov y Gorki proceden del curso de Literatura Rusa Traducida, que, según el hijo de Nabokov, Dimitri, abarcaba también escritores rusos de segunda fila; pero las notas de clase correspondientes a éstos no se han conservado.3
Después de que en 1958 el éxito de Lolita le permitiera dejar la enseñanza, Nabokov pensó publicar un libro con sus lecciones sobre literatura rusa y europea. Nunca puso en marcha este proyecto, aunque catorce años atrás su librito sobre Nikolai Gógol había recogido, revisadas, sus clases sobre Almas muertas y El abrigo. En cierta época proyectó una edición anotada de Ana Karénina y empezó a trabajar en ella, pero después abandonó la idea. El presente volumen recoge todos los manuscritos correspondientes a las lecciones sobre autores rusos que han llegado hasta nosotros.
Hay algunas diferencias entre la presentación que hace Nabokov de este material y la adoptada para los autores europeos tratados en el primer volumen, Curso de literatura europea. En las lecciones sobre escritores europeos, Nabokov no prestaba atención a la biografía, ni pretendía dar a sus alumnos una visión, siquiera superficial, de las obras de esos autores que no se leían en el curso. El estudio se centraba exclusivamente en un solo libro escogido por cada autor. En cambio, para los rusos la fórmula habitual consiste en dar una biografía mínima seguida de una explicación somera de las restantes obras del autor, y de ahí pasar a un examen detenido de la obra importante que se desea estudiar. Cabe suponer que este planteamiento académico estándar represente los primeros ensayos docentes de Nabokov en Stanford y Wellesley. Por algunos comentarios dispersos parece que pensaba que los estudiantes a los que se dirigía estaban totalmente ayunos de literatura rusa. La fórmula pedagógica habitual en la enseñanza académica de la época pudo parecerle, pues, la más apropiada para poner en contacto a los alumnos con escritores extraños y una cultura desconocida. Cuando llegó a dar el curso de Maestros de la Narrativa Europea en Cornell se había forjado ya los planteamientos más personalizados y refinados que se observan, por ejemplo, en las lecciones sobre Flaubert, Dickens o Joyce, pero al parecer no alteró sustancialmente para Cornell las lecciones que tenía escritas para Wellesley. Teniendo en cuenta, sin embargo, su gran conocimiento del material que cubrían las lecciones sobre los rusos, es posible que en Cornell modificara su discurso con más comentarios improvisados y fuera menos rígido en su elocución, que describe así en Strong Opinions: «Aunque, en el estrado, llegué a desarrollar un sutil movimiento ocular de sube y baja, para los alumnos atentos no hubo jamás la menor duda de que lo que yo hacía era leer, no hablar.» Para algunas de las lecciones sobre Chéjov, y sobre todo para la referente al Iván Ilich de Tolstoi, la lectura directa de manuscrito habría sido imposible, porque no existe ningún guión acabado.
Se detecta además una diferencia más sutil que la de estructura. Hablando sobre los grandes narradores rusos del siglo XIX, Nabokov estaba completamente en su elemento. Aquellos escritores no sólo representaban para él la cima absoluta de la literatura rusa (junto con Pushkin, naturalmente), sino que además habían florecido en contra del utilitarismo que Nabokov despreciaba tanto en los críticos sociales de aquella época como, con mayor mordacidad, en su posterior desarrollo soviético. A este respecto, la conferencia «Escritores, censores y lectores rusos» refleja la actitud que encontramos en su manera de abordar el tema. En las lecciones se deplora el elemento social de Turguéniev y se ridiculiza el de Dostoyevski, pero contra las obras de Gorki se arremete violentamente. Así como en el Curso de literatura europea Nabokov había insistido en que los alumnos no leyeran Madame Bovary como una historia de la vida burguesa en la Francia provinciana del siglo XIX, así reserva su mayor admiración para la negativa de Chéjov a que el comentario social se interfiera en su observación exacta de las personas tal como él las veía. En el barranco representa, artísticamente, la vida como es, las personas como son, sin la distorsión que se habría seguido de una preocupación por el sistema social capaz de producir esos personajes. Correspondientemente, en la serie sobre Tolstoi lamenta, no sin una cierta sonrisa, que Tolstoi no viera que la belleza de los rizos oscuros sobre el tierno cuello de Ana era artísticamente más importante que las ideas de Liovin (que son las de Tolstoi) sobre la agricultura. La insistencia en lo artístico era extensa y continua en el Curso de literatura europea, pero cabe pensar que es más intensa en este grupo de obras rusas porque para Nabokov el principio del arte se opone no ya únicamente a las tendencias del lector de la década de 1950, como le vemos sostener en el volumen anterior, sino también, lo que es más importante para los escritores, a la actitud utilitaria, hostil y con el tiempo triunfante, de los críticos rusos del siglo XIX, que más tarde había de fraguar en el dogma político de la Unión Soviética.
El mundo de Tolstoi daba una imagen perfecta de la patria perdida de Nabokov. La nostalgia que sentía por la desaparición de ese mundo y de sus gentes (había conocido a Tolstoi siendo niño) refuerza su énfasis típico sobre la presentación artística de la vida en la narrativa de la época dorada de Rusia, particularmente en las obras de Gógol, Tolstoi y Chéjov. En el ámbito de la estética lo artístico no está muy alejado de lo aristocrático, y no sería exagerado insinuar que esas dos inclinaciones poderosas puedan estar detrás de la repugnancia que manifiesta Nabokov hacia lo que él consideraba el sentimentalismo falso de Dostoyevski. Indudablemente alimentan su desprecio de Gorki. En unas clases sobre literatura rusa traducida, Nabokov no podía examinar en detalle la importancia del estilo; pero parece claro que, consideraciones políticas aparte, su rechazo de Gorki se fundaba tanto en el estilo proletario de éste como en las deficiencias que Nabokov encontraba en su manera de presentar personajes y situaciones. Su escasa admiración hacia el estilo de Dostoyevski pudo tener también alguna influencia en su juicio, generalmente desfavorable, de ese autor. Hay una fuerza prodigiosa en las varias ocasiones en que Nabokov cita a Tolstoi en ruso para mostrar a sus oyentes los extraordinarios efectos del sonido conjuntado con el sentido.
La posición que como pedagogo adopta Nabokov en estas lecciones no difiere sustancialmente de la que se manifiesta en el Curso de literatura europea. Sabía que estaba hablando a sus alumnos de un tema que apenas conocían. Sabía que tenía que animar a sus oyentes a saborear con él la vida intensa y las gentes complejas de un mundo desaparecido, en una literatura en la que él encontraba el Renacimiento de Rusia. De ahí su frecuente recurso a la cita y a la narración interpretativa, orientada a hacer inteligibles los sentimientos que sus alumnos debían derivar de la lectura, las reacciones que debían seguir el curso de ese sentimiento que él intentaba dirigir, y crear una comprensión de la gran literatura fundada en el disfrute atento e inteligente, y no en lo que a su juicio eran teorías críticas estériles. Todo su método se cifraba en arrastrar a los alumnos a compartir su propia emoción ante la gran literatura, envolverlos en un mundo de realidad diferente que es tanto más real porque presenta un aspecto artístico. Son éstas, por lo tanto, unas lecciones muy personales, donde se hace hincapié en la experiencia compartida. Y, como es lógico, por ser ruso el tema están sentidas por Nabokov de una manera que en cierto aspecto es más personal que su sincera apreciación de Dickens, su penetrante visión de Joyce o, incluso, su empatía de escritor para con Flaubert.
No quiere esto decir, sin embargo, que falte el análisis crítico en estas lecciones. Nabokov sabe sacar a la luz importantes temas ocultos, por ejemplo, cuando señala en Ana Karénina los motivos de la doble pesadilla. El que el sueño de Ana presagie su muerte no constituye su único significado: en un momento de extraordinaria iluminación, Nabokov lo relaciona súbitamente con las emociones que siguen a la conquista de Ana por parte de Vronski en su primera unión adúltera. Y las implicaciones de la carrera en que Vronski mata a su yegua Fru-Frú no pasan inadvertidas. Hay una comprensión profunda a la hora de mostrar que a pesar del amor ricamente sensual de Ana y Vronski sus emociones espiritualmente estériles y egoístas los condenan al desastre, mientras que el matrimonio de Kitty con Liovin trae consigo el ideal tolstoiano de armonía, responsabilidad, ternura, verdad y dicha familiar.
A Nabokov le fascinan los esquemas temporales de Tolstoi. El porqué de esa sensación de que el sentido temporal del lector y del autor coinciden absolutamente, dando como resultado una realidad inapelable, sigue siendo para él un misterio imposible de resolver. Pero el modo en que Tolstoi juega con el esquema temporal entre las acciones de Ana-Vronski y Kitty-Liovin es objeto de un análisis detallado e interesantísimo. Nabokov sabe señalar de qué manera la presentación que hace Tolstoi de los pensamientos de Ana en su recorrido de Moscú el día de su muerte se anticipa a la técnica del fluir de la conciencia en James Joyce. Y sabe apreciar también lo singular, como cuando señala que los dos oficiales del regimiento de Vronski representan el primer retrato de homosexuales en la literatura moderna.4
Es incansable en la demostración de cómo Chéjov hace que lo corriente adquiera un valor supremo para el lector. Aun criticando la banalidad de que las biografías de los personajes de Turguéniev interrumpan la narración y la noticia de lo que le sucede a cada uno después de que la historia en sí haya terminado, Nabokov sabe valorar la delicadeza de esas descripciones de Turguéniev que son como camafeos y de su estilo modulado y sinuoso, que compara a «una lagartija drogada por el sol sobre una tapia». Aunque la marca del sentimentalismo de Dostoyevski le ofenda, como en su indignada descripción de Raskolnikov y la prostituta inclinados sobre la Biblia en Crimen y castigo, juzga con estima el humor desaforado de ese autor; y su conclusión de que en Los hermanos Karamázov un escritor que pudo ser un gran dramaturgo se debate sin éxito con la forma novelística es una singularísima percepción.
La piedra de toque del gran profesor, como del crítico, está en poder elevarse hasta el nivel del autor cuando se trata de una obra maestra. Particularmente en las lecciones sobre Tolstoi, que son el núcleo de este volumen y sus páginas de lectura más subyugante, Nabokov alcanza de tanto en tanto a Tolstoi en cimas vertiginosas de la experiencia imaginativa. La descripción interpretativa con que va guiando al lector por la historia de Ana Karénina es en sí misma una obra de arte.
Tal vez lo más valioso que aportaba Nabokov a sus alumnos fuera no meramente su énfasis en la experiencia compartida, sino en la experiencia informada compartida. Por ser él mismo creador, podía enfrentarse a los autores tratados sobre su mismo terreno, y vivificar sus historias y sus personajes a través de su propio conocimiento de lo que es el arte de escribir. Con el acento siempre puesto en la lectura inteligente, veía que no hay mejor llave para desvelar el secreto de cómo funciona una obra maestra que el dominio de los detalles por parte del lector. Sus notas de comentario a Ana Karénina son un tesoro de información que enriquece para el lector la conciencia de la vida interior de la novela. Esta apreciación del detalle, científica y artística a la vez, que es característica del propio Nabokov como escritor, constituye en último término la médula de su método docente. Él resumió su sentir con estas palabras: «En mis tiempos académicos yo trataba de proporcionar a mis alumnos de literatura información exacta sobre los detalles, sobre las combinaciones de detalles que dan esa chispa sensual sin la cual un libro está muerto.5 En este aspecto las ideas generales no tienen importancia. Cualquier zote puede asimilar lo esencial de la actitud de Tolstoi hacia el adulterio, pero para disfrutar del arte de Tolstoi el buen lector tiene que sentir el deseo de visualizar, por ejemplo, la disposición del coche del tren nocturno Moscú-Petersburgo como era hace cien años.» Y seguía diciendo: «Para esto los diagramas son de gran utilidad.»6 Tenemos así el diagrama que trazaba en la pizarra con los viajes cruzados de Bazárov y Arkadi en Padres e hijos, y su dibujo del plano del coche nocturno en que Ana viaja de Moscú a Petersburgo, en el mismo tren que Vronski. El traje que Kitty habría vestido para patinar está reproducido de una ilustración de modas de la época. Tenemos disertaciones sobre cómo se jugaba al tenis, qué tomaban los rusos de desayuno, almuerzo y cena y a qué horas. Este respeto de científico hacia el dato, unido al conocimiento de escritor de los intrincados senderos de pasión que informan una gran obra de imaginación, es esencialmente nabokoviano, y constituye una de las particulares virtudes de estas lecciones.
Ése es el método pedagógico, pero el resultado es una cálida sensación de experiencia compartida entre Nabokov y el oyente lector. Se reacciona con gozo a su comunicación de la comprensión por medio del sentimiento, un don concedido en particular a los críticos que son además grandes artistas literarios. Que la magia que él descubría tan agudamente en la literatura debía orientarse al placer lo sabemos por estas lecciones y por la anécdota de que en septiembre de 1953, en la primera clase de Literatura 311 en Cornell, Vladimir Nabokov pidió a los alumnos que explicaran por escrito por qué se habían matriculado en aquel curso. Y en la clase siguiente comentó con aprobación que uno de los alumnos había respondido: «Porque me gustan las historias.»
Criterio editorial
Ni sería posible ni es necesario disimular que los textos de estos ensayos representan las notas escritas por Vladimir Nabokov para sus lecciones en clase, y que no se pueden considerar un producto literario acabado, como el que el autor ofreció al revisar sus lecciones sobre Gógol para publicarlas en forma de libro. (El ensayo sobre Gógol que aquí se publica es un extracto de Nikolai Gógol [Nueva York, New Directions, 1944].) Las lecciones existen en muy diversos estados de preparación y pulimento, e incluso de estructura más o menos completa. Casi todas están escritas de su propia mano, con sólo algunas secciones (generalmente las introducciones biográficas) escritas a máquina por su esposa Vera para facilitar la lectura en clase. El grado de preparación varía desde las anotaciones rápidas y manuscritas para la lección sobre Gorki hasta un volumen considerable de material mecanografiado sobre Tolstoi, que parece haber sido proyectado como extensa introducción general a las lecciones sobre Ana Karénina reescritas en forma de libro de texto. (Los apéndices al ensayo sobre Ana Karénina se componen de material preparado para la edición de Nabokov.) Los textos mecanografiados suelen estar posteriormente modificados por Nabokov, que añadía nuevos comentarios a mano o cambiaba las frases en busca de una expresión más acertada. Por lo tanto las páginas mecanografiadas suelen dar una lectura un poco más fluida que las manuscritas. En unos cuantos casos las páginas hológrafas parecen ser copias en limpio, pero normalmente presentan todos los indicios de la composición directa, y a menudo están muy corregidas tanto durante la propia escritura como en la revisión.
Algunas secciones sueltas de las carpetas de clase representan claramente simples anotaciones de fondo hechas en los primeros estadios de la preparación y no utilizadas después en las propias lecciones, o incorporadas a éstas tras una revisión sustancial. Otras secciones independientes son más ambiguas, y no siempre se puede dilucidar si reflejan estadios de ampliación a lo largo de exposiciones reiteradas en distintos años y lugares a partir de la serie básica de Wellesley (que al parecer no fue muy modificada, salvo en lo tocante a Tolstoi, al ser dictada más tarde en Cornell) o anotaciones destinadas a una posible incorporación en el curso de una revisión futura. Siempre que ha sido posible, todo ese material que no corresponde manifiestamente a anotaciones de fondo y preparatorias ha sido rescatado e inserto en la trama de la disertación en los lugares apropiados.
El problema de hacer una edición legible de estos manuscritos tiene dos aspectos principales: el estructural y el estilístico. Estructuralmente, el orden básico de la exposición, o la organización de las lecciones sobre cada uno de los autores, no suele ofrecer dudas, pero sí surgen problemas, sobre todo en las lecciones sobre Tolstoi, que se componen de una serie de secciones discretas. Hay datos contradictorios a la hora de determinar, por ejemplo, si Nabokov pretendía acabar la historia de Ana antes de embarcarse en la narración sobre Liovin con la que se proponía concluir, o si la línea argumental de Ana y Vronski había de abrir y cerrar la serie, como aquí se presenta. Tampoco está del todo claro si Apuntes del subsuelo (es decir, Memorias de una ratonera) debía poner punto final a la serie de lecciones sobre Dostoyevski o seguir a Crimen y castigo. Así, incluso en un ensayo como el de Ana Karénina, en el que se pueden encontrar al menos algunos preparativos preliminares con vistas a la publicación, hay dudas legítimas sobre la organización propuesta. El problema se intensifica en la lección sobre La muerte de Iván Ilich, que existe sólo en forma de escasas notas fragmentarias. Entre estos dos extremos se sitúa una serie como la de Chéjov, que sólo está organizada en parte. La sección dedicada a La dama del perrito está plenamente trabajada, pero de En el barranco sólo hay notas rápidas con instrucciones para leer determinadas páginas de la historia. El texto manuscrito relativo a La gaviota fue descubierto aparte de lo demás, pero da la impresión de pertenecer a la serie. Es un tanto elemental en la forma, pero parece haber recibido la aprobación de Nabokov, porque el comienzo está mecanografiado y luego una nota en ruso se refiere a la continuación en el resto del manuscrito.
En algunas lecciones se ha hecho necesario un poco de reordenamiento, en casos en que la sucesión era dudosa. En unas cuantas carpetas había hojas sueltas con comentarios de Nabokov —a veces breves ensayos independientes, otras sólo anotaciones o tentativas— que al preparar la edición se han integrado en el discurso, mirando a conservar lo más posible de las reflexiones del autor sobre los escritores, sus obras y el arte de la literatura en general.
En el sistema pedagógico de Nabokov, la cita directa tenía un papel destacado, como manera de transmitir a sus alumnos sus ideas sobre el buen arte literario. Al preparar esta edición de lectura a partir de las lecciones, hemos seguido el método de Nabokov con muy pocos recortes, salvo en el caso de las citas más largas, porque la cita sirve para refrescar la memoria del lector, o para introducirle de nuevas en un libro, bajo la experta guía de Nabokov. Por lo tanto, suelen darse las citas a continuación de las instrucciones específicas de Nabokov para leer determinados pasajes (que normalmente estaban también marcados en el ejemplar que usaba en clase), de modo que el lector pueda participar en la charla como si asistiera a ella en calidad de oyente. En ocasiones en que parecía útil, el editor ha añadido citas para ilustrar el análisis o la descripción de Nabokov, sobre todo allí donde no disponíamos de los ejemplares anotados, y no había más indicaciones de pasajes citados que las contenidas en el guión mismo de la lección.
De los ejemplares usados en clase, sólo se han conservado el de Ana Karénina y el de ciertas obras de Chéjov. Ahí aparecen marcadas las citas, y hay también anotaciones acerca del contexto; la mayoría de estos comentarios se encuentran también en los guiones de las clases, pero otras notas son recordatorios de cosas que Nabokov quería señalar verbalmente a propósito del estilo o del contenido de los pasajes seleccionados, mediante cita o alusión verbal. Siempre que ha sido posible, esos comentarios de los ejemplares anotados se han integrado en la trama de las lecciones, en los lugares más oportunos. Nabokov tenía muy mala opinión de las traducciones del ruso de Constance Garnett. De ahí que los pasajes marcados para citar directamente en su ejemplar de clase de Ana Karénina estén llenos de correcciones de errores de traducción, o versiones propias de lo que decía el autor. Las citas que damos en este volumen recogen, naturalmente, las alteraciones introducidas por Nabokov en su lectura de la traducción de partida, pero en general se han omitido sus acerbas alusiones a la ineptitud de la traductora, dirigidas contra los deslices más graves de Constance Garnett. Las lecciones sobre Tolstoi, quizá por haber sido reelaboradas en parte con destino a un libro proyectado, tienen la singularidad de presentar muchas de las citas escritas íntegramente dentro del texto, en lugar de la habitual referencia de los pasajes que Nabokov debía leer directamente de su ejemplar de clase. (Este ejemplar de clase difiere del de Madame Bovary, abundantemente anotado todo él, en que en Ana Karénina, pasada la primera parte, sólo se han revisado pasajes escogidos.) La reproducción de las citas plantea ciertos problemas, porque los cambios hechos sobre el texto de Garnett en estos guiones escritos no siempre coinciden con las alteraciones anotadas en el propio ejemplar, y estos pasajes con frecuencia aparecen abreviados. Existe también una sección aparte, presumiblemente destinada a la publicación pero que aquí no hemos recogido, de correcciones con respecto a la edición Garnett para la primera parte de Ana Karénina, que, cuando se refieren a los pasajes citados, no coinciden siempre con el manuscrito ni con el libro anotado. Elegir una de estas tres fuentes como texto exclusivo para las citas del presente volumen no hubiera sido del todo satisfactorio, porque parece que cada serie de revisiones se hizo independientemente de las otras. En estas condiciones, y visto que la prioridad cronológica tiene escasa o ninguna significación, nos ha parecido que lo más útil era dar al lector el mayor número posible de cambios introducidos por Nabokov en la versión de Garnett, empleando el texto abreviado manuscrito como norma e insertando en él cualesquiera nuevas alteraciones que hiciera nuestro autor en el ejemplar de clase o en la lista escrita aparte.
Nabokov era muy consciente de la necesidad de ajustar cada una de las lecciones a la duración de las clases, que era de una hora, y no es raro encontrar anotada en el margen la hora en que debía haberse llegado a esa cuestión en particular. Dentro del texto de la clase hay pasajes, y hasta frases sueltas, encerrados entre corchetes. Algunos de esos corchetes parecen indicar que la materia en cuestión podía omitirse si faltaba tiempo. Otros quizá señalen la posibilidad de omisión por razones de contenido o expresión más que de tiempo; y, efectivamente, algunas de estas partes entre corchetes fueron tachadas después, mientras que otras, a la inversa, dejaban de ser dudosas mediante la sustitución de los corchetes por paréntesis. Todo ese material entre corchetes, que no fue tachado, lo hemos reproducido fielmente, pero sin los corchetes, que habrían resultado molestos para el lector. Naturalmente, se han tenido en cuenta las supresiones, salvo en algún caso en el que parecía posible que el texto suprimido lo hubiera sido por razones de tiempo o, a veces, de posición, y en este segundo caso ha sido trasladado a otro contexto más adecuado. En cambio, se han omitido algunos comentarios de Nabokov dirigidos exclusivamente a sus alumnos y que a menudo se referían a cuestiones pedagógicas, por considerar que no servían a la finalidad de una edición de lectura, aunque dieran algo del sabor de las propias clases. Entre esas omisiones podríamos mencionar cosas como el «todos ustedes recordarán quién era» cuando Nabokov compara a Ana Karénina con Atenea, o las palabras con que amonesta a los alumnos a disfrutar de la patética escena en que Ana visita a su hijo en el décimo aniversario de éste, o el deletrear el nombre de Tiutchev con una «u» larga, que suena, dice, como «una especie de gorjeo enjaulado», comentario que vale la pena conservar. Pero se han retenido algunos de estos apartes de clase allí donde no resultarían inoportunos para un público lector más enterado, así como casi todos los imperativos de Nabokov.
Estilísticamente, la mayoría de estos textos distan mucho de representar lo que hubieran sido el léxico y la sintaxis de Nabokov si él los hubiera revisado para darlos a la imprenta, porque hay una diferencia notable entre el estilo genérico de estas lecciones y la forma pulida de varias de sus conferencias públicas. Puesto que Nabokov escribió estos guiones y notas sin pensar en que hubieran de publicarse sin revisión, habría sido en extremo pedante intentar transcribir los textos al pie de la letra, respetando en todos sus detalles la forma a veces descuidada en que aparecen los manuscritos. Al compilador de una edición de lectura le está permitida una mayor libertad frente a incongruencias, errores inadvertidos y casos de anotación incompleta, libertad que incluye la necesidad de añadir a veces transiciones que den entrada a una cita. Por otra parte, ningún lector habría aceptado un texto manipulado que pretendiera «mejorar» la escritura de Nabokov de forma notable, ni siquiera en sus partes menos pulidas. Por lo tanto hemos rechazado firmemente todo planteamiento sintetizador, y reproducido el lenguaje de Nabokov fielmente, salvo allí donde accidentalmente faltaba alguna palabra o había repeticiones involuntarias, a menudo de resultas de una revisión incompleta.
Las correcciones y modificaciones se han hecho sin comentario. Por lo tanto no hay más notas a pie de página que las del propio Nabokov, o alguna que otra en que el editor ha señalado puntos de interés, como es la aplicación de alguna anotación aislada, encontrada entre lo manuscrito o en el ejemplar de clase, al texto de la lección de que se trate. Se ha omitido lo relativo a la mecánica de las clases, por ejemplo, las notas de Nabokov para su uso personal, a menudo en ruso, así como lo referente a la correcta pronunciación de las vocales y la acentuación silábica de ciertos nombres y palabras raras. Tampoco hay notas que interrumpan la deseada fluidez del discurso para indicar al lector en qué punto ha insertado el editor una sección que aparecía suelta.
«L’Envoi» está tomado de las consideraciones finales de Nabokov a sus alumnos antes de exponerles en detalle cómo iba a ser el examen final. Afirma ahí el autor que al comienzo del curso ha descrito lo que ha sido la literatura rusa entre 1917 y 1957. Esa primera lección no se ha conservado entre los manuscritos, a excepción quizá de una hoja, que aparece en este volumen a manera de epígrafe.
Las ediciones que Nabokov empleaba en clase fueron escogidas atendiendo a su bajo coste y a su accesibilidad. Nabokov admiraba las traducciones del ruso de Bernard Guilbert Guerney, pero pocas otras. Los libros que empleó en clase son éstos: Tolstoi, Ana Karénina (Nueva York, Modern Library, 1930); The Portable Chekhov, ed. Avrahm Yarmolinsky (Nueva York, Viking Press, 1947); A Treasury of Russian Literature, ed. y trad. de Bernard Guilbert Guerney (Nueva York, Vanguard Press, 1943).
FREDSON BOWERS
NOTA DE LA EDICIÓN ESPAÑOLA
NOTA DE LA EDICIÓN ESPAÑOLA
Para traducir las extensas citas de algunas de las obras comentadas que contenía el original inglés nos hemos servido de las versiones que a continuación se reseñan: Almas muertas: traducción de Augusto Vidal (N. V. Gógol, Almas muertas, Barcelona, Círculo de Lectores, 1970). El abrigo: traducción de Irene Tchernowa (en N. V. Gógol, Obras completas, Madrid, Aguilar, 3.ª ed., 1964). Padres e hijos: traducción de Rafael Cansinos Asséns (en I. S. Turguéniev, Obras escogidas, Madrid, Aguilar, 1951). Crimen y castigo, Memorias de una ratonera, El idiota y los demonios: traducciones de Rafael Cansinos Asséns (en F. M. Dostoyevski, Obras completas, 3 vols., Madrid, Aguilar, reimpresiones de 1970, 1972 y 1979, respectivamente). Ana Karénina y La muerte de Iván Ilich: traducciones de Irene y Laura Andresco (en L. N. Tolstoi, Obras, 2.º vol., Madrid, Aguilar, 3.ª ed., 1964). La dama del perrito: traducción de E. Podgursky y A. Aguilar (en A. Chéjov, Cuentos completos, 1.er vol., Madrid, Aguilar, 1953). En el barranco: traducción de Luis Abollado (en A. Chéjov, Novelas completas, Madrid, Aguilar, 1964). La gaviota: traducción de E. Podgursky (en A. Chéjov, Teatro completo, Madrid, Aguilar, 2.ª ed., 1964).
En todos los casos se han introducido las oportunas modificaciones para que el texto en español reflejara con la mayor fidelidad posible las versiones inglesas seleccionadas, y en ocasiones corregidas, por Vladimir Nabokov.
Es difícil abstenerse de ese respiro que es la ironía, de ese lujo que es el desprecio, cuando se pasa la vista por la ruina a que unas manos sumisas, tentáculos obedientes guiados por el abotargado pulpo del Estado, han conseguido reducir cosa tan fiera, tan caprichosa y libre como es la literatura. Aún más: yo he aprendido a atesorar mi repugnancia, porque sé que reaccionando tan vivamente conservo lo que puedo del espíritu de la literatura rusa. Después del derecho a crear, es el derecho a criticar el don más valioso que la libertad de pensamiento y de expresión puede ofrecer. Ustedes, que viven en libertad, en ese campo abierto espiritual donde nacieron y se criaron, acaso tenderán a ver, en las historias de una vida carcelaria que les llegan de tierras lejanas, las noticias exageradas que va sembrando el fugitivo sin aliento. Un pueblo para el cual escribir libros y leerlos es sinónimo de tener y expresar opiniones personales, juzgará inverosímil que exista un país donde desde hace casi un cuarto de siglo la literatura no tiene otra función que la de ilustrar los anuncios de una empresa de tráfico de esclavos. Pero aunque no crean ustedes en la existencia de semejantes condiciones, podrán al menos imaginarlas, y una vez que las hayan imaginado apreciarán, con otra pureza y otro orgullo, el valor de los libros de verdad, escritos por hombres libres para que hombres libres los lean.7

Primera página de la conferencia de Nabokov sobre «Escritores, censores y lectores rusos».
ESCRITORES, CENSORES Y LECTORES RUSOS
Escritores, censores
y lectores rusos8
«La literatura rusa» como noción, como idea inmediata, no suele llegar más allá, en la mente de los que no son rusos, del reconocimiento de que Rusia dio media docena de grandes maestros de la prosa entre mediados del siglo XIX y la primera década del siglo XX. La noción es más amplia en la mente de los lectores rusos, porque comprende, además de los novelistas, una serie de poetas intraducibles; pero aun así la mente autóctona sigue centrada en el orbe resplandeciente del siglo XIX. Dicho en otras palabras, «la literatura rusa» es un hecho reciente. Es además un hecho limitado, y la mente extranjera tiende a verlo como algo completo, definitivamente concluido. Ello se debe sobre todo a la pobreza de la literatura típicamente regional que se ha hecho en las cuatro últimas décadas, bajo el régimen soviético.
Yo calculé una vez que, dentro de la narrativa y la poesía rusas, la suma de lo reconocidamente superior que se ha escrito desde comienzos del siglo pasado equivale a unas veintitrés mil páginas de letra impresa normal. Es evidente que ni la literatura francesa ni la inglesa arrojan un conjunto tan compacto. Se extienden sobre muchos más siglos; el número de obras maestras es impresionante. Esto me lleva a mi primer punto. Si descontamos una obra maestra medieval, lo que la prosa rusa tiene de comodísimo es que toda ella se contiene en el ánfora de un siglo redondo, con la provisión de una jarrita pequeña para el excedente que pueda haberse acumulado desde entonces. Un solo siglo, el siglo XIX, bastó para que un país que prácticamente carecía de tradición literaria propia crease una literatura que en valor artístico, en el alcance de su influencia, en todo salvo en volumen, es equiparable a la gloriosa producción de Inglaterra o de Francia, aunque en estos países la creación de obras maestras permanentes se hubiera iniciado mucho antes. Este aflujo milagroso de valores estéticos en una civilización tan joven no habría sido posible si en todas las demás ramificaciones del desarrollo espiritual la Rusia del siglo XIX no hubiera alcanzado, con la misma velocidad anormal, un grado de cultura también coincidente con el de los países occidentales más antiguos. No ignoro que el reconocimiento de esa cultura pasada de Rusia no forma parte integral de la noción que el extranjero suele hacerse de la historia rusa. La cuestión del desarrollo del pensamiento liberal en Rusia antes de la Revolución ha quedado totalmente oscurecida y deformada en el extranjero por la astuta propaganda comunista de los años veinte y treinta de este siglo. Ellos se arrogaron el honor de haber civilizado a Rusia. Pero también es verdad que en la época de un Pushkin o un Gógol, una amplia mayoría de la nación rusa vivía a la intemperie, bajo un velo de lenta nieve, al otro lado de los ambarinos ventanales, como trágico resultado del hecho de que una cultura europea refinadísima hubiera llegado demasiado deprisa a un país famoso por sus desdichas, famoso por la miseria de sus innumerables vidas humildes; pero ésa es otra historia.
O quizá no. Puesto a esbozar un cuadro de la historia de la literatura rusa reciente, o, dicho con mayor precisión, puesto a definir las fuerzas que lucharon por la posesión del alma del artista, acaso tenga yo la fortuna de tocar en ese pathos profundo que es inherente a todo arte auténtico, por la brecha que existe entre sus valores eternos y los sufrimientos de un mundo confuso; de este mundo al que verdaderamente no podemos reprochar que vea en la literatura un lujo o un juguete, a menos que se la pueda utilizar como guía novísima.
Hay un consuelo para el artista, y es que en un país libre no se le fuerza a escribir guías. Pues bien, desde este punto de vista limitado, la Rusia del siglo XIX era, por extraño que parezca, un país libre. Podía darse que se prohibieran libros y se desterrara a escritores, podía darse que los censores fueran bribones y necios, podía darse que los patilludos zares se enrabietaran y patalearan; pero ese descubrimiento maravilloso de la época soviética, el sistema de que el gremio literario en pleno escriba lo que al Estado le parece oportuno, ese sistema no se conocía en la vieja Rusia, aunque sin duda más de un estadista reaccionario acariciase la esperanza de encontrar semejante instrumento. Un determinista a ultranza podría sostener que sólo existe una diferencia de grado entre una revista de un país democrático, que aplica una presión económica a sus colaboradores para hacerles exudar lo que el llamado público lector requiere, y la presión más directa que ejerce un estado policíaco para que el autor redondee su novela con el oportuno mensaje político; pero no es así, por la sencilla razón de que en un país libre hay muchos periódicos y muchas filosofías distintas, mientras que en una dictadura no hay más que un solo gobierno. Es una diferencia de calidad. Si yo, escritor norteamericano, decidiera escribir una novela insólita sobre, pongamos, un ateo feliz, bostoniano independiente, que se casa con una hermosa negra, también atea, tiene muchos niños, pequeños y simpáticos agnósticos, y vive una vida dichosa, tranquila y buena, hasta la edad de ciento seis años, en que apaciblemente muere mientras dormía, es muy posible que, a pesar de sus brillantes dotes, señor Nabokov, estimamos [en estos casos no pensamos, estimamos] que ningún editor norteamericano se arriesgaría a sacar semejante libro, sencillamente porque no lo querría ningún librero. Es una opinión de editor, y cada cual tiene derecho a tener su opinión. Nadie me desterraría a los yermos de Alaska por conseguir al fin que alguna oscura empresa experimental me publicara a mi ateo feliz; y, a la inversa, a ningún autor norteamericano le obliga el gobierno a escribir magníficas novelas sobre los gozos de la libre empresa y de la oración matinal. En Rusia antes del régimen soviético existían, sí, restricciones, pero no se daban órdenes a los artistas. Aquellos escritores, compositores y pintores del siglo XIX sabían perfectamente que vivían en un país de opresión y esclavitud, pero tenían algo que hasta ahora no hemos podido apreciar en su valor, a saber, la inmensa ventaja sobre sus nietos de la Rusia moderna de no verse obligados a decir que no había opresión, que no había esclavitud.
De las dos fuerzas que pugnaban simultáneamente por la posesión del alma del artista, de los dos críticos que juzgaban su trabajo, el primero era el gobierno. Durante todo el pasado siglo el gobierno tuvo conciencia de que todo aquello que el pensamiento creador pudiera dar de sobresaliente y original era una nota discordante y un paso hacia la revolución. La vigilancia gubernamental en su forma más pura estuvo perfectamente expresada en la persona del zar Nicolás I durante las décadas de 1830 y 1840. Su gélida personalidad dominó el panorama mucho más que el filisteísmo de los soberanos siguientes, y su interés por la literatura habría sido conmovedor si verdaderamente le hubiera salido del alma. Con notable perseverancia, intentó serlo todo para los escritores rusos de su tiempo: padre, padrino, ama seca, nodriza, carcelero y crítico literario, todo en una pieza. Dejando de lado las cualidades que haya podido demostrar en su profesión regia, hay que reconocer que en sus tratos con la musa rusa fue en los peores momentos un matón, en los mejores un payaso. El sistema de censura que instauró duró hasta la década de 1860, quedó suavizado por las grandes reformas de aquellos años, volvió a endurecerse en los últimos decenios del siglo, se desmoronó por breve tiempo en la primera década de éste, y tuvo una restauración absolutamente magnífica y triunfal después de la Revolución, bajo los soviéticos.
En la primera mitad del siglo pasado, los funcionarios entrometidos, los jefes de policía que creían que Byron era un revolucionario italiano, los viejos censores engreídos, ciertos periodistas a sueldo del gobierno, la Iglesia silenciosa pero susceptible y desconfiada, esta combinación de monarquismo, intolerancia y administración servil, estorbaba al escritor en bastante medida, pero también le brindaba el agudo placer de irritar al gobierno y reírse de él de mil maneras sutiles, deliciosamente subversivas, que la estupidez gubernamental era totalmente incapaz de controlar. Un necio puede ser cliente peligroso, pero el que tenga una cabeza tan vulnerable convierte el peligro en un deporte de primera; y, por muchos defectos que tuviera la antigua administración de Rusia, hay que concederle una virtud sobresaliente: la falta de cerebro. En cierto sentido, la tarea del censor era más difícil desde el momento en que tenía que desenmarañar abstrusas alusiones políticas en vez de limitarse a perseguir la obscenidad evidente. Es verdad que bajo el zar Nicolás I los poetas rusos tenían que andarse con cuidado, y que las imitaciones que hacía Pushkin de modelos franceses reprobables, de Parny, de Voltaire, eran fácilmente aplastadas por la censura. Pero la prosa era virtuosa. La literatura rusa no tenía una tradición renacentista de franqueza desvergonzada como la había en otras literaturas, y hasta el día de hoy la novela rusa ha seguido siendo, en su conjunto, la más casta de las novelas. Y, claro está, la literatura rusa del período soviético es la pureza personificada. No cabe imaginar a un ruso escribiendo, por ejemplo, El amante de lady Chatterley.
De modo que la primera fuerza que luchaba contra el artista era el gobierno. La segunda fuerza enfrentada al escritor ruso del siglo XIX era el criticismo antigubernamental, utilitario y social, los pensadores políticos, cívicos y radicales de la época. Es preciso hacer hincapié en que aquellos hombres, en cuanto a cultura general, honestidad, aspiraciones, actividad mental y virtud humana, eran inconmensurablemente superiores a los bribones a sueldo del gobierno o a los viejos y ofuscados reaccionarios que se arracimaban en torno al trono vacilante. Al crítico radical lo único que le preocupaba era el bienestar del pueblo, y para él todo, literatura, ciencia, filosofía, no era más que un medio de mejorar la situación social y económica de los oprimidos y alterar la estructura política del país. Era incorruptible, heroico, indiferente a las privaciones del exilio, pero también indiferente a las finuras del arte. Todos aquellos hombres que lucharon contra el despotismo, el fiero Belinski de los años cuarenta, los tercos Chernishevski y Dobroliúbov de los años cincuenta y sesenta, Mijailovski, un pelmazo bienintencionado, y docenas de otros hombres honestos y obstinados, todos ellos se podrían reunir bajo un solo epígrafe: radicalismo político adicto a los antiguos pensadores sociales franceses y a los materialistas alemanes, presagio del socialismo revolucionario y el comunismo estólido de años recientes, al cual no se debe confundir con el liberalismo ruso en su verdadero sentido, que era exactamente lo mismo que la democracia culta del resto de Europa occidental y de América. Repasando periódicos de los años sesenta y setenta asombra ver qué ideas tan violentas podían expresar aquellos hombres en un país regido por un monarca absoluto. Pero, a pesar de todas sus virtudes, estos críticos radicales resultaban tan molestos para el arte como el propio gobierno. El gobierno y la Revolución, el zar y los radicales, eran por igual filisteos en materia artística. Los críticos radicales combatían el despotismo, pero desarrollaron un despotismo propio. Las pretensiones, los dictados, las teorías que trataban de imponer eran en sí tan ajenos al arte como lo era el convencionalismo de la administración. Lo que pedían del escritor era un mensaje social sin más florituras, y desde su punto de vista el valor de un libro estaba en su utilidad práctica para el bienestar del pueblo. Había en su fervor un fallo desastroso. Defendían la libertad y la igualdad con sinceridad y audacia, pero contradecían su propio credo al querer supeditar las artes a la política del momento. Si para los zares los escritores debían ser servidores del Estado, para los críticos radicales debían ser servidores de las masas. Dos líneas de pensamiento que estaban llamadas a reunirse y juntar sus fuerzas cuando por fin, en nuestro tiempo, una nueva clase de régimen, la síntesis de una tríada hegeliana, llegara a combinar la idea de las masas con la idea del Estado.
Uno de los mejores ejemplos de choque del artista y sus críticos en las décadas de 1820 y 1830 es el caso de Pushkin, el primer gran escritor ruso. Las autoridades, con el propio zar Nicolás a la cabeza, miraban con la más profunda irritación a este hombre que, en lugar de ser un buen servidor del Estado desde las filas de la administración y ensalzar las virtudes al uso en sus escritos vocacionales (si se empeñaba en escribir), componía unos versos extremadamente arrogantes y extremadamente independientes y extremadamente perversos que evidenciaban una peligrosa libertad de pensamiento por la novedad de su versificación, por la audacia de su fantasía sensual y por su propensión a poner en solfa a tiranos grandes y pequeños. La Iglesia deploraba su frivolidad. Jefes de policía, altos funcionarios, críticos pagados por el gobierno, le tildaron de versificador huero; y, porque se negaba en rotundo a emplear su pluma en copiar actas rutinarias en un despacho gubernamental, Pushkin, uno de los europeos más cultivados de su tiempo, era calificado de ignorante por el conde Patarata y de asno por el general Pimpampún. Los métodos a que recurrió el Estado para amordazar el genio de Pushkin fueron el destierro, la censura feroz, la persecución constante, la exhortación paternal, y finalmente una actitud favorable hacia aquellos rufianes locales que acabaron por empujarle al duelo fatal con un desgraciado aventurero de la Francia monárquica.
Pues bien: desde otro bando, los críticos radicales inmensamente influyentes, que a despecho de la monarquía absoluta conseguían vocear sus opiniones y esperanzas revolucionarias desde periódicos de amplia difusión, aquellos críticos radicales que proliferaron en los últimos años de la corta vida de Pushkin, también miraban con irritación profunda a aquel hombre que en lugar de ser un buen servidor del pueblo y de la lucha social escribía unos versos extremadamente sutiles y extremadamente independientes y extremadamente imaginativos sobre todo lo habido y por haber, con una diversidad de inquietudes que ya de por sí restaba valor a la intención revolucionaria que pudiera descubrirse en sus aguijonazos ocasionales, demasiado ocasionales, contra tiranos grandes o pequeños. La audacia de su versificación se deploraba como adorno aristocrático; su desapego artístico era tachado de delito social; escritores mediocres, aunque válidos como pensadores políticos, tildaron a Pushkin de versificador huero. En los años sesenta y setenta algunos críticos famosos, ídolos de la opinión pública, le calificaban de asno, y proclamaban enfáticamente que un buen par de botas era mucho más importante para el pueblo ruso que todos los Pushkins y Shakespeares del mundo. Al comparar los epítetos textuales empleados por los radicales extremos con los que empleaban los monárquicos extremos para referirse al más grande poeta de Rusia, lo que llama la atención es la terrible semejanza.
El caso de Gógol a finales de los años treinta y en los años cuarenta fue algo distinto. Por lo pronto permítaseme decir que su comedia El inspector y su novela Almas muertas son producto de la fantasía personal de Gógol, pesadillas particulares suyas, pobladas por sus espectros propios e incomparables. Ni son ni podrían ser un cuadro de la Rusia de su época, entre otras razones porque Gógol apenas conocía Rusia; y, de hecho, si no pudo escribir la continuación de Almas muertas fue porque no disponía de datos suficientes y porque era imposible servirse de las gentecillas de su imaginación para hacer una obra realista que mejorase la moral de su país. Pero los críticos radicales descubrieron en la comedia y en la novela denuncias del soborno, de la vida grosera, de la iniquidad del gobierno, del esclavismo. En las obras de Gógol se quiso leer una intención revolucionaria, y él, que era un ciudadano probo y timorato, con muchos amigos influyentes en el partido conservador, se quedó tan espantado al ver las cosas encontradas en sus obras que en sus escritos posteriores quiso demostrar que aquella comedia y aquella novela, lejos de ser revolucionarias, en el fondo eran conformes a la tradición religiosa y al misticismo que más tarde desarrollaría. A Dostoyevski el gobierno le desterró en su juventud, y estuvo a punto de ejecutarle, por ciertos escarceos juveniles con la política; pero cuando después ensalzó en sus escritos las virtudes de la humildad, la sumisión y el sufrimiento, los críticos radicales le asesinaron en letra impresa. Y esos mismos críticos atacarían ferozmente a Tolstoi por pintar lo que para ellos eran travesuras románticas de damas y caballeros con cartas de nobleza, mientras la Iglesia le excomulgaba por el atrevimiento de forjarse una fe propia.
Creo que bastará con estos ejemplos. Se puede decir, sin gran exageración, que casi todos los grandes escritores rusos del siglo XIX pasaron por ese extraño y doble purgatorio.
Llega entonces a su fin el maravilloso siglo XIX. Chéjov muere en 1904, Tolstoi en 1910. Surge una nueva generación de escritores, un último fogonazo de luz, una febril eclosión de talento. En las dos décadas que preceden a la Revolución, el modernismo florece espléndidamente en la prosa, la poesía y la pintura. Andrei Bieli, precursor de James Joyce, el simbolista Aleksandr Blok y otros poetas de vanguardia aparecen sobre el escenario iluminado. Cuando, menos de un año después de la revolución liberal, los líderes bolcheviques derrocaron el régimen democrático de Kerenski e instauraron su reinado del terror, la mayoría de los escritores rusos marchó al extranjero; algunos, por ejemplo, el poeta futurista Mayakovski, se quedaron. Los observadores extranjeros confundieron la literatura avanzada con la política avanzada, y esa confusión fue ávidamente aprovechada, alentada y alimentada, por la propaganda soviética en el exterior. Lo cierto es que en el terreno de las artes, Lenin era un filisteo, un burgués, y desde los primeros momentos el gobierno soviético tendía las bases de una literatura primitiva, regional, política, sometida a un control policíaco, absolutamente conservadora y convencional. El gobierno soviético, con una franqueza admirable, muy distinta de lo que fueran las tentativas tímidas, desganadas y confusas de la antigua administración, proclamó que la literatura era un arma del Estado; y durante los últimos cuarenta años ese feliz acuerdo entre el poeta y el policía ha sido llevado a la práctica de la manera más inteligente. Su resultado es la llamada literatura soviética, una literatura convencionalmente burguesa en su estilo e irremediablemente monótona en su interpretación sumisa de tal o cual idea gubernamental.
Es interesante meditar sobre el hecho de que no existe verdadera diferencia entre lo que los fascistas occidentales pedían de la literatura y lo que piden los bolcheviques. Permítaseme una cita: «La personalidad del artista debe desarrollarse libremente y sin obstáculos. Sólo una cosa le pedimos: que confiese nuestro credo.» Así hablaba uno de los grandes nazis, el doctor Rosenberg, ministro de Cultura de la Alemania hitleriana. Otra cita: «Todo artista tiene el derecho de crear libremente; pero nosotros, los comunistas, estamos obligados a orientarle conforme a un plan.» Así hablaba Lenin. Ambas citas son textuales, y su similitud habría sido muy divertida si no fuera tan triste todo el asunto.
«Nosotros guiamos vuestras plumas»: ésa fue, pues, la ley fundamental establecida por el partido comunista, y de la cual se esperaba que alumbrase una literatura «vital». El orondo cuerpo de la ley tenía delicados tentáculos dialécticos: el paso siguiente era planificar el trabajo del escritor con el mismo rigor con que se planificaba el sistema económico del país, y ello prometía al escritor lo que los funcionarios comunistas llamaban sonrientes «una inagotable diversidad de temas», porque cada vuelta del sendero económico y político implicaba una vuelta en la literatura: un día la lección sería «fábricas» y al día siguiente «granjas»; luego «el sabotaje», luego «el Ejército Rojo», y así sucesivamente (¡qué variedad!); y el novelista soviético jadeando, resoplando y afanándose del hospital modelo a la mina o la presa modelo, siempre poseído de un temor mortal de caer, si no era lo suficientemente listo, por haber alabado un decreto soviético o un héroe soviético que fueran abolidos conjuntamente el mismo día en que se publicara su libro.
A lo largo de cuarenta años de dominio absoluto, el gobierno soviético no ha dejado de controlar las artes jamás. De vez en cuando se afloja el tornillo un momento, por ver qué ocurre, y se otorga una pequeña concesión a la expresión individual; y los optimistas del extranjero aclaman el nuevo libro como denuncia política, por mediocre que sea. Todos conocemos esos voluminosos best-sellers: El Don apacible, No sólo de pan y La cabaña de Zed, montañas de tópicos, mesetas de vulgaridades, que los críticos extranjeros califican de «poderosas» y «monumentales». Desgraciadamente, aunque el escritor soviético llegara a alcanzar el nivel de arte literario digno, digamos, de un Upton Lewis —por no citar a nadie—, aun entonces subsistiría la tremenda realidad de que el gobierno soviético, que es la organización más filistea que hay sobre la Tierra, no puede tolerar la existencia de la búsqueda personal, del coraje creador, de lo nuevo, lo original, lo difícil, lo extraño. Y no nos dejemos engañar por la extinción natural de los dictadores ancianos. En la filosofía del Estado no cambió ni una tilde cuando Lenin fue sustituido por Stalin, ni ha cambiado ahora, con la llegada al poder de Jruschev, o Jruschov, o como se llame. Permítaseme citar unas palabras de Jruschov sobre la literatura, pronunciadas en una reciente asamblea del partido (junio de 1957). He aquí lo que decía: «Es preciso que la actividad creadora en el terreno de la literatura y el arte esté impregnada del espíritu de la lucha por el comunismo, que infunda en los ánimos la confianza, la fuerza de las convicciones, que desarrolle la conciencia socialista y la disciplina de grupo.» A mí me encantan este estilo de grupo, estas entonaciones retóricas, estas cláusulas didácticas, esta jerga periodística en avalancha.
Ya que la imaginación del autor y el libre albedrío han de sujetarse a unos límites concretos, toda novela proletaria tiene que acabar felizmente, con el triunfo de los soviéticos, con lo que el autor se ve enfrentado a la espantosa tarea de tejer una trama interesante cuando el lector ya conoce, de antemano y oficialmente, cuál será el desenlace. En las novelas de misterio anglosajonas es habitual que el malo sea castigado y que el hombre callado y fuerte se lleve a la chica débil e indiscreta, pero no existe en los países occidentales ninguna ley del Estado que prohíba los relatos que no se ajusten a la tradición venerada, por lo que siempre cabe esperar que el tipo perverso pero romántico escape impune y el muchacho bueno pero soso acabe recibiendo calabazas de la caprichosa heroína.
Pero en el caso del autor soviético no existe esa libertad. Su epílogo está fijado por ley, y el lector lo conoce tan bien como el propio escritor. ¿Qué hacer, entonces, para mantener el interés del público? Se han descubierto algunas salidas. En primer lugar, puesto que en el fondo la idea del final feliz no se refiere a los personajes sino al Estado policíaco, y puesto que el verdadero protagonista de toda novela soviética es el Estado soviético, se puede hacer que unos cuantos personajes secundarios —aunque sean bolcheviques pasables— mueran de muerte violenta, con tal que la idea del Estado perfecto triunfe al final; se sabe incluso de algunos autores astutos que han dispuesto las cosas de tal modo que en la última página la muerte del héroe comunista sea el triunfo de la feliz idea comunista: muero por que la Unión Soviética viva. Ésta es una salida, pero peligrosa, porque se puede acusar al autor de matar al símbolo junto con la persona, al muchacho sobre la cubierta en llamas junto con toda la flota. Si el autor es cauteloso y sagaz, habrá dotado al comunista que acaba mal de alguna pequeña debilidad, alguna ligera, ligerísima desviación política o ramalazo de eclecticismo burgués, que, sin menoscabar el patetismo de sus hazañas y su muerte, baste legítimamente para justificar su desastre personal.
El autor soviético experto procede a reunir a una serie de personajes relacionados con la creación de tal fábrica o tal granja, análogamente a como un escritor de novelas de misterio reúne a una serie de personas en una casa de campo o un tren donde está a punto de cometerse un crimen. En la historia soviética la idea del crimen tomará la forma de un enemigo secreto que entorpece el trabajo y los planes de la empresa soviética de que se trate. Y, lo mismo que en un relato de misterio normal, se mostrará a los diferentes personajes de tal manera que el lector no esté del todo seguro de que el tipo severo y tristón sea verdaderamente malo, ni de que el sociable, hablador y jovial sea verdaderamente bueno. Nuestro detective está representado aquí por el trabajador de edad que perdió un ojo en la guerra civil rusa, o por una joven sanísima que ha sido enviada por el alto mando para que averigüe por qué la producción de determinado artículo está bajando de manera tan alarmante. Los personajes —pongamos, los trabajadores de la fábrica— están elegidos de modo que entre unos y otros muestren todos los matices de la conciencia del Estado, unos siendo realistas honrados e insobornables, otros abrigando recuerdos románticos de los primeros años de la Revolución, otros aún carentes de conocimientos o experiencia, pero con mucha sana intuición bolchevique. El lector toma nota de la acción y del diálogo, toma nota también de tal o cual pista, y trata de descubrir quién de ellos es sincero y quién tiene un turbio secreto que ocultar. La trama se espesa, y cuando llega el punto culminante y la joven fuerte y callada desenmascara al malo, descubrimos lo que tal vez sospechábamos ya: que el que está llevando la fábrica a la ruina no es el obrerete feo y viejo que se empeñaba en decir mal las definiciones marxistas, pobre alma bienintencionada, sino aquel tipo listo y tolerante que era tan experto en marxismo; y su turbio secreto es que un primo de su madrastra era sobrino de un capitalista. Yo he conocido novelas nazis donde se hacía lo mismo sobre bases raciales. Aparte de esta semejanza estructural con la forma más trillada de novela policíaca, hemos de señalar aquí el lado «pseudorreligioso». El viejo obrerete que resulta ser el hombre más positivo es una especie de parodia obscena de los pobres de espíritu pero fuertes de ánimo y fe que heredarán el Reino de los Cielos, mientras el brillante fariseo va a parar al otro sitio. En estas circunstancias, el tema romántico resulta especialmente divertido en las novelas soviéticas. Tengo aquí un par de ejemplos tomados al azar. El primero es un pasaje de El gran corazón, una novela de Antónov que se publicó por entregas en 1957:
«Olga guardaba silencio.
»—¡Ah! —exclamó Vladimir—, ¿por qué no podrás amarme como yo te amo a ti?
»—Yo amo a mi país —dijo ella.
»—Y yo también —dijo él.
»—Y hay algo que amo aún con más fuerza —continuó Olga, liberándose del abrazo del joven.
»—¿Y qué es? —quiso saber él.
»Olga posó en él sus límpidos ojos azules, y respondió con rapidez:
»—El Partido.»
Mi otro ejemplo está tomado de una novela de Gladkov, Energía:
«El joven trabajador Iván asió el barreno. Apenas sintió la superficie del metal, se agitó y un temblor de excitación recorrió su cuerpo. El rugido ensordecedor del barreno arrancó a Sonia de su lado. Luego ella le puso una mano sobre el hombro y le cosquilleó en el pelo, sobre la oreja...
»Después le miró, y la gorrita posada sobre sus rizos le pareció una burla y una provocación. Fue como si una descarga eléctrica atravesara a los dos jóvenes en el mismo instante. Él exhaló un suspiro hondo y agarró con más fuerza el aparato.»
Hasta aquí he descrito, espero que con menos pena que desprecio, las fuerzas que se disputaron el alma del artista en el siglo XIX y la opresión final que hubo de soportar el arte en el Estado policíaco soviético. En el siglo XIX el genio no sólo sobrevivió, sino que floreció, porque la opinión pública era más fuerte que todos los zares, y porque, por otra parte, el buen lector se negaba a dejarse gobernar por las ideas utilitarias de los críticos progresistas. Es posible que en la era presente, en que la opinión pública está completamente aplastada en Rusia por el gobierno, siga existiendo el buen lector allá en algún rincón de Tomsk o Atomsk, pero su voz no se oye, su dieta está supervisada, su espíritu divorciado de los espíritus hermanos de otros países. Sus hermanos, esto es lo importante: pues así como la familia universal de los escritores de talento trasciende las barreras nacionales, así también es el lector de talento una figura universal, no sometida a leyes espaciales ni temporales. Es él, el buen lector, el lector excelente, el que una y otra vez ha salvado al artista de su destrucción a manos de emperadores, dic-tadores, sacerdotes, puritanos, filisteos, moralistas políticos, policías, administradores de Correos y mojigatos. Permítaseme describir a ese lector admirable. No pertenece a una nación ni a una clase concretas. No hay director de conciencia ni club del libro que mande en su alma. Su actitud ante una obra narrativa no se rige por esas emociones juveniles que llevan al lector mediocre a identificarse con tal o cual personaje y «saltarse las descripciones». El buen lector, el lector admirable, no se identifica con el chico ni con la chica del libro, sino con la mente que ideó y compuso ese libro. El lector admirable no acude a una novela rusa en busca de información sobre Rusia, porque sabe que la Rusia de Tolstoi o de Chéjov no es la Rusia promediada de la historia, sino un mundo concreto, imaginado y creado por el genio personal. Al lector admirable no le preocupan las ideas generales: lo que le interesa es la visión particular. Le gusta la novela, pero no porque le ayude a vivir integrado en el grupo (por emplear un diabólico cliché de la escuela progresista); le gusta porque absorbe y entiende todos los detalles del texto, porque goza con lo que el autor deseó que fuese gozado, porque todo él se ilumina interiormente y vibra con las imaginerías mágicas del falsificador, el forjador de fantasías, el mago, el artista. A decir verdad, de todos los personajes que crea un gran artista, los mejores son sus lectores.
Yo diría, mirándole con mirada retrospectiva y sentimental, que el lector ruso del pasado era tan modelo de lectores como los escritores rusos eran modelos de escritores de otras lenguas. Emprendía su carrera encantada a muy tierna edad, y sucumbía al hechizo de Tolstoi o de Chéjov estando aún en el cuarto de los niños, cuando el aya intentaba quitarle Ana Karénina, diciendo: «Anda, deja que yo te lo cuente con mis propias palabras» (Dai-ka, ia tebié rasskazhú svoimi slovami [slóvo: «palabra»]). Así era como el buen lector aprendía a no fiarse de los traductores de obras maestras condensadas, de películas idiotas sobre los hermanos Karenin9 ni de todas las demás formas de adular a los perezosos y descuartizar a los grandes.
Y, resumiendo, quisiera subrayarlo una vez más: no busquemos en la novela rusa el alma de Rusia; busquemos el genio individual. Miremos a la obra maestra, no al marco; ni a las caras que ponen otros mirando al marco.
El lector ruso de la vieja Rusia culta ciertamente se enorgullecía de Pushkin y de Gógol, pero lo mismo se enorgullecía de Shakespeare o de Dante, de Baudelaire o de Edgar Allan Poe, de Flaubert o de Homero, y en eso estaba la fuerza del lector ruso. Yo tengo un cierto interés personal en el asunto, porque si mis padres no hubieran sido buenos lectores difícilmente estaría yo ahora aquí, hablando de estos temas en esta lengua. No ignoro que hay muchas cosas que son tan importantes como escribir bien y leer bien; pero en todas las cosas lo más sensato es ir directamente a la quididad, al texto, a la fuente, a la esencia; y sólo después organizar las teorías que puedan tentar al filósofo, o al historiador, o simplemente dar gusto al espíritu de los tiempos. Los lectores nacen libres y deben seguir siéndolo; y el siguiente poemita de Pushkin, con el cual voy a poner fin a esta charla, vale no sólo para los poetas, sino también para los que aman a los poetas.
I value little those much vaunted rights
that have for some the lure of dizzy heights;
I do not fret because the gods refuse
to let me wrangle over revenues,
or thwart the wars of kings; and ’tis to me
of no concern whether the press be free
to dupe poor oafs or whether censors cramp
the current fancies of some scribbling scamp.
These things are words, words, words. My spirit fights
for deeper Liberty, for better rights.
Whom shall we serve —the people or the State?
The poet does not care— so let them wait.
To give account to none, to be one’s own
vassal and lord, to please oneself alone,
to bend neither one’s neck, nor inner schemes,
nor conscience to obtain some thing that seems
power but is a flunkey’s coat; to stroll
in one’s own wake, admiring the divine
beauties of Nature and to feel one’s soul
melt in the glow of man’s inspired design
—that is the blessing, those are the rights!
[Traducción de V. NABOKOV]
(Poco estimo esos derechos tan cacareados que para otros encierran el señuelo de las altas cumbres, ni me apura que los dioses no me hayan concedido pelearme por una renta o torcer las guerras de los reyes, ni me preocupa que la prensa sea libre para engañar a los simples o que el censor estorbe las fantasías en curso de un tunante de la pluma. Todo eso son palabras, palabras, palabras. Mi espíritu lucha por otra Libertad más profunda, por otros derechos mejores. Si hay que servir al pueblo o al Estado, es cuestión que al poeta no le importa. No rendir cuentas a nadie; ser vasallo y señor de sí mismo, y sólo a mí mismo complacer; no doblegar ni la testuz, ni el proyecto interior, ni la conciencia, a cambio de lo que parece poder y no es sino librea de lacayo; seguir tranquilo la propia senda, admirando las bellezas divinas de la Naturaleza, y sentir cómo el alma se derrite al calor del designio inspirado del hombre, ¡ésa es la bendición, ésos son los derechos!)


Una página de la lección de Nabokov sobre Almas muertas, con la descripción de los terratenientes.