Título original: Hell’s Corner
Traducción: Mercè Diago y Abel Debritto
1.ª edición: junio 2012
© 2010 by Columbus Rose, Ltd.
© Ediciones B, S. A., 2012
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito Legal: B.19316-2012
ISBN EPUB: 978-84-9019-156-9
Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
Para Michelle.
Veinte años de matrimonio y veinte libros.
El viaje de mi vida con la mujer que amo.
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
101
102
103
Agradecimientos
1
Oliver Stone contaba los segundos, un ejercicio que siempre le había tranquilizado. Necesitaba relajarse. Esa noche se reuniría con alguien muy importante y no sabía qué sucedería. De lo que sí estaba seguro es de que no huiría. Estaba harto de huir.
Stone acababa de regresar de Divine, Virginia, donde había conocido a Abby Ricker. Era la primera mujer por la que Stone sentía algo desde el fallecimiento de su esposa hacía ya tres décadas. A pesar del cariño que se profesaban, Abby no tenía intención de dejar Divine, y Stone no quería vivir allí. Para bien o para mal, su hogar estaba en esta ciudad y eso a pesar de lo mucho que había sufrido en ella.
Era muy posible que el sufrimiento aumentara. El comunicado que había recibido una hora después de haber llegado a casa era de lo más explícito. Irían a buscarle a la medianoche. No había nada que debatir ni negociar y cualquier compromiso quedaba fuera de su alcance. Eran los otros quienes siempre fijaban las condiciones.
Dejó de contar al cabo de unos instantes al oír las ruedas de un coche en la gravilla que recubría la entrada del cementerio de Mount Zion. Era un camposanto histórico y humilde para los afroamericanos que habían destacado por luchar por causas que sus homólogos blancos daban por sentadas, como comer, dormir, ir en autobús o tener un baño. A Stone siempre le había parecido irónico que Mount Zion se encontrara a mayor altura que un lugar tan exclusivo como Georgetown. Hasta hacía bien poco los más ricos de la zona solo toleraban a sus hermanos de piel más oscura si llevaban un delantal almidonado de doncella o servían bebidas y tentempiés sin apartar su obediente mirada del suelo encerado.
Las puertas del coche se abrieron y se cerraron. Stone oyó tres golpes metálicos. Un trío de hombres. No enviarían a una mujer, pensó, aunque tal vez se tratara de un prejuicio propio de su generación.
Llevarían Glocks, Sigs o quizás algún modelo personalizado, dependiendo de a quién hubieran encomendado aquella misión. En cualquier caso, serían armas de una eficiencia mortal. Los hombres las llevarían enfundadas debajo de unas chaquetas elegantes. Nada de tropas de asalto ataviadas de negro descendiendo de helicópteros veloces en un lugar tan pintoresco y bien comunicado como Georgetown. La misión se realizaría en silencio, sin despertar a nadie importante.
Llamaron a la puerta.
Con educación.
Respondió.
Para mostrarse respetuoso.
No tenían nada personal contra él, tal vez ni siquiera supieran quién era. Solo era un trabajo. Stone había realizado esa clase de misiones, aunque nunca había llamado a la puerta. El factor sorpresa y apretar el gatillo en un milisegundo siempre habían sido su modus operandi.
Solo era un trabajo.
«Al menos eso es lo que creía, porque no tenía agallas para aceptar la verdad», pensó.
Cuando era soldado Stone no había tenido reparo alguno en quitarle la vida a quienquiera que tratase de acabar con él. La guerra era el darwinismo llevado a sus últimas consecuencias, y las normas respondían al sentido común; matar o que te mataran era una de las principales. Sin embargo, lo que había hecho después de dejar el ejército había sido bien diferente y había logrado que terminara por desconfiar de quienes ostentaban el poder.
Se quedó en el vano de la puerta, envuelto por la luz que tenía a sus espaldas. De haber sido uno de ellos, habría escogido ese preciso instante para apretar el gatillo. Un disparo rápido y fácil, imposible de errar. Se lo había puesto en bandeja.
No dispararon. No habían ido a matarlo.
Había cuatro hombres y sintió cierta aprensión por haber errado el cálculo.
El líder del grupo estaba en forma, medía metro setenta y cinco, tenía el pelo corto y una mirada que lo analizaba todo pero no transmitía nada. Le hizo una seña para que se dirigiera al vehículo aparcado junto a la puerta, un Escalade negro. Hubo una época en la que Stone habría sido digno de un pelotón de asesinos fuera de serie que habrían ido a por él por tierra, mar y aire. Pero, al parecer, esos días habían llegado a su fin. Un cuarteto de trajeados a reventar de esteroides en un Cadillac bastaba.
No se pronunciaron palabras innecesarias. Le cachearon con pericia y le condujeron hasta el vehículo. Se sentó en el centro, entre dos hombres. Notaba el contacto de sus brazos musculosos. Estaban tensos, listos para impedir que Stone tratara de arrebatarles las armas. A Stone eso ni se le había pasado por la cabeza. Al ser cuatro a uno, llevaba las de perder y, caso de cometer tamaño error, como recompensa tendría un tatuaje negro en la frente, un tercer ojo. Tiempo atrás seguramente habría acabado con cuatro hombres mejor preparados sin apenas pestañear, pero aquello formaba parte del pasado.
—¿Adónde vamos? —No esperaba que le respondieran y no lo hicieron.
Al cabo de unos minutos estaba frente a un edificio que cualquier estadounidense habría reconocido. No tardaría en cambiar de entorno. Llegaron otros hombres de mayor rango. Estaba en el círculo restringido. Cuanto más se acercaba al centro, mayor era la cualificación de los agentes. Le escoltaron por un pasillo repleto de puertas. Todas estaban cerradas y no porque fuera tarde. Allí nunca se descansaba.
La puerta se abrió y se cerró. Stone volvió a quedarse solo, pero no por mucho tiempo. Se abrió otra puerta de la sala y entró un hombre. No miró a Stone, pero le hizo una seña para que se sentara.
Stone se sentó.
El hombre se acomodó al otro lado del escritorio.
Stone estaba allí de forma extraoficial. Normalmente solían registrarse todas las visitas, pero aquella noche era una excepción. El hombre vestía de manera informal con pantalones chinos, una camiseta de cuello abierto y mocasines. Se puso las gafas y rebuscó entre los documentos del escritorio. Solo había una luz a su lado. Stone lo observó con detenimiento. La expresión del hombre era intensa y resuelta. Era necesario para sobrevivir en aquel lugar, para no sucumbir al trabajo más difícil del mundo.
Dejó los documentos en el escritorio y se colocó las gafas en lo alto de la frente arrugada.
—Tenemos un problema —dijo el presidente de Estados Unidos, James Brennan—, y necesitamos que nos ayudes.
2
Stone estaba un tanto asombrado, pero permaneció impasible. No era recomendable mostrarse sorprendido en esa clase de situaciones.
—¿Un problema con qué?
—Con los rusos.
—Vale. —«Vaya novedad», pensó Stone. «Siempre hemos tenido problemas con los rusos.»
—Has estado allí —prosiguió el presidente. No era una pregunta.
—Muchas veces.
—Hablas su idioma. —Tampoco era una pregunta, por lo que Stone no repuso nada—. Conoces bien sus tácticas.
—Las conocía bien, pero hace ya mucho de eso.
Brennan esbozó una sonrisa sombría.
—Pasa lo mismo que con los peinados y la ropa, si vives lo bastante ves que las cosas de antes vuelven a ponerse de moda, incluidas, al parecer, las técnicas de espionaje.
El presidente se recostó y colocó los pies en el escritorio que la reina Victoria había regalado a Estados Unidos a finales del siglo XIX. Rutherford B. Hayes había sido el primer presidente en usarlo, y Brennan, el último.
—Los rusos tienen una red de espionaje en este país. El FBI ha detenido a varios y ha infiltrado a otros, pero carecemos de información sobre un gran número de ellos.
—Los países se espían los unos a los otros continuamente —dijo Stone—. Me extrañaría mucho que no tuviéramos operaciones en marcha en su país.
—Eso no viene a cuento.
—Vale —repuso Stone, aunque en realidad creía que sí que venía a cuento, y mucho.
—Los cárteles rusos controlan los principales canales de distribución de droga del hemisferio oriental. Las sumas que hay en juego son astronómicas. —Stone asintió. Lo sabía—. Pues ahora también controlan los canales del hemisferio occidental.
Eso Stone no lo sabía.
—Por lo que tengo entendido los mexicanos han quitado de en medio a los colombianos.
Brennan asintió con aire pensativo. A juzgar por su expresión cansada, debía de haber leído con detenimiento un buen puñado de informes ese mismo día para comprender a la perfección ese y otros asuntos de vital importancia. La presidencia devoraba todo atisbo de energía y curiosidad intelectual.
—Al final se dieron cuenta de que la distribución vale más que el producto. Esa porquería se puede hacer en cualquier lugar, pero lo importante es hacerla llegar al comprador. En este lado del mundo los compradores son los norteamericanos. Los rusos se han deshecho de nuestro vecino meridional, Stone. Se han abierto paso a base de asesinatos, bombardeos, torturas y sobornos, y ahora controlan al menos el noventa por ciento del negocio. Un problema bien grave.
—Creía que Carlos Montoya...
El presidente le interrumpió con impaciencia.
—Eso es lo que dicen los periódicos. La Fox y la CNN lo dan por la televisión y los expertos se ciñen a eso, pero lo cierto es que Carlos Montoya está acabado. Era la peor escoria de México. Mató a dos de sus hermanos para apoderarse del negocio familiar, pero no pudo con los rusos. De hecho, tenemos razones para pensar que está muerto. Los rusos son los más implacables de todos en el mundillo de las drogas.
—Vale —repuso Stone con tranquilidad.
—La situación era manejable cuando nuestro enemigo eran los cárteles mexicanos. No era lo idóneo, claro está, pero no suponía un problema de seguridad nacional. Lo combatíamos en las fronteras y en las zonas metropolitanas en las que los cárteles se habían infiltrado, sobre todo en las pandillas. Con los rusos es distinto.
—¿Por la relación entre las redes de espionaje y los cárteles?
Brennan miró a Stone un tanto sorprendido por el hecho de que se hubiera dado cuenta de ello con tanta rapidez.
—Eso creemos. Es más, estamos convencidos de que el gobierno ruso y sus cárteles son exactamente lo mismo.
—Una conclusión de lo más peliaguda —comentó Stone.
—Pero es la correcta. La venta de drogas ilegales figura entre los principales artículos de exportación de Rusia. La elaboran en los laboratorios soviéticos y la distribuyen por todo el mundo mediante varios canales. Sobornan a quien haga falta y matan a quienes no se dejan sobornar. Hay mucho dinero en juego. Cientos de miles de millones de dólares. Demasiado dinero como para que el gobierno no quiera su parte. Y eso no es todo.
—¿Cuanta más droga venden en nuestro territorio más nos debilitan como país? Nos roban el dinero y el cerebro. Se dispara la criminalidad, ponen a prueba nuestros recursos y desplazan los activos de áreas productivas a las que no lo son.
A Brennan volvió a sorprenderle el razonamiento articulado y preciso de Stone.
—Exacto. Y los rusos conocen bien el poder de las adicciones. El pueblo ruso consume en exceso tanto drogas como alcohol. Hemos averiguado que los rusos están decididos a saturar de drogas nuestro país. —El presidente se recostó en el asiento—. Por no hablar del factor que todo lo complica.
—Son una potencia nuclear —comentó Stone—. Tienen tantas cabezas explosivas como nosotros.
El presidente asintió.
—Quieren volver a estar en la cima, tal vez quieran suplantarnos y convertirse en la única superpotencia. Además, son muy influyentes en Oriente Medio y en el Lejano Oriente. Hasta los chinos y los israelíes los temen, aunque solo sea porque son impredecibles. El equilibrio se está yendo al garete.
—De acuerdo. ¿Por qué yo?
—Los rusos han retomado las tácticas de la vieja escuela, las de tu época, Stone.
—No soy tan viejo. ¿No quedan espías de mi época en la Agencia?
—No, ni uno. Antes de los atentados del 11-S apenas había contrataciones nuevas y se produjeron muchas jubilaciones voluntarias e involuntarias entre el personal de mayor edad. Las cosas cambiaron mucho después de que esos aviones impactaran contra las Torres Gemelas. Como resultado, tres cuartas partes de la CIA están formadas por veinteañeros. Lo único que saben sobre Rusia es que tienen un vodka de primera y que hace mucho frío. Tú sí que conoces bien ese país. Comprendes las redes de espionaje mejor que la mayoría de los ejecutivos de Langley. —Hizo una pausa—. Y sabemos que estás más que cualificado, ya que este país invirtió mucho dinero en ti.
«Ahora sale con la culpabilidad. Interesante», pensó Stone.
—Pero ya no tengo contactos. Están todos muertos.
—En realidad es una ventaja. Nadie te conoce ni sabe nada de ti.
—¿Cómo empezaremos?
—Lo harás de forma extraoficial, claro. Te entrenarás y te pondrás al día. Supongo que en un mes estarás preparado para salir del país.
—¿Para ir a Rusia?
—No, a México y a Latinoamérica. Necesitamos que estés en los lugares por donde entra la droga. Será un trabajo duro y peligroso. No hace falta ni que te lo diga. —Se calló y observó el pelo cano cortado al rape de Stone.
Stone lo entendió a la primera.
—Salta a la vista que ya no soy tan joven como antes.
—Nadie lo es.
Stone asintió mientras trataba de dar con la conclusión más lógica de aquel encuentro. Formuló la única pregunta que le acuciaba:
—¿Por qué?
—Ya te lo he dicho. Eres nuestro mejor agente. El problema que tenemos entre manos es real y empeora a diario.
—¿Por qué no me cuenta el resto?
—¿El resto de qué?
—De por qué estoy aquí de verdad.
—No te entiendo —repuso el presidente irritado—. Creía que me había explicado con claridad.
—La última vez que estuve aquí le dije algunas cosas y di a entender otras. —El presidente no cambió de expresión—. Luego me ofrecieron la Medalla de Honor.
—Y la rechazaste —dijo Brennan secamente—. Lo nunca visto.
—Se rechaza lo que no se merece.
—Gilipolleces. Te la ganaste de sobra por lo que hiciste en el campo de batalla.
—Por lo que hice en el campo de batalla, sí, pero no me la merecía por todos mis actos. Teniendo en cuenta el honor que supone esa medalla, hay que valorar todos y cada uno de los actos. Y creo que por eso estoy aquí ahora.
Los dos hombres se miraron de hito en hito por encima del escritorio. Por la expresión del presidente quedaba claro que había entendido a la perfección qué había querido decir Stone con lo de «todos y cada uno de los actos». Carter Gray y Roger Simpson. Ambos estadounidenses importantes. Ambos amigos del presidente. Ambos muertos. A manos de Oliver Stone, que había tenido motivos de peso para ello. Los había matado sin justificaciones legales ni morales. Stone había sido consciente de ello mientras abría fuego para acabar con sus vidas.
«Pero ni siquiera eso me lo impidió, porque se merecían la muerte más que nadie», pensó Stone.
—Me salvaste la vida —comenzó a decir Brennan en tono inquieto.
—A cambio de otras dos vidas.
El presidente se levantó de repente y se dirigió hacia la ventana. Stone lo observó con detenimiento. Ya lo había dicho. Ahora le daría la oportunidad de explicarse.
—Gray iba a matarme.
—Sí, cierto.
—Te lo diré sin rodeos, el que lo mataras no me preocupó tanto como lo habría hecho en circunstancias normales.
—¿Y Simpson?
El presidente se volvió para mirarle.
—Investigué al respecto. Entiendo por qué querías deshacerte de él, pero no estás solo en el mundo, Stone, y es inaceptable matar a sangre fría en un mundo civilizado.
—Salvo que se cuente con el beneplácito de las partes interesadas —señaló Stone—, de las personas que se han sentado en el mismo lugar que ocupa usted ahora.
Brennan echó un vistazo a la silla que estaba junto al escritorio y luego apartó la vista.
—Es una misión peligrosa, Stone. Tendrás todo cuanto necesites a tu alcance, pero no hay garantías de nada.
El presidente volvió a sentarse y formó una tienda con las manos, una especie de escudo improvisado entre él y Stone.
—Esta es mi penitencia, ¿no? —dijo Stone al ver que Brennan no proseguía. El presidente bajó las manos—. Esta es mi penitencia —repitió Stone—. En lugar de un juicio que nadie quiere porque saldrían a la luz demasiadas verdades incómodas para el Gobierno y la reputación de algunos funcionarios muertos quedaría mancillada. Y no es de los que ordenaría mi ejecución, porque, como bien ha dicho, la gente no resuelve así los problemas en el mundo civilizado.
—No tienes pelos en la lengua —declaró Brennan con tranquilidad.
—¿Es cierto o no?
—Creo que comprendes a la perfección mi dilema.
—No se disculpe si le remuerde la conciencia, señor. He estado al servicio de otros presidentes que no tenían escrúpulos.
—Si fracasas, pues fracasas. Los rusos son implacables como el que más.
—¿Y si logro el objetivo?
—Pues entonces el Gobierno no volverá a importunarte. —Se inclinó hacia delante—. ¿Aceptas?
Stone asintió y se levantó.
—Acepto. —Se detuvo junto a la puerta—. Si no vuelvo con vida, le agradecería que comunicase a mis amigos que he muerto sirviendo a la patria. —El presidente asintió—. Gracias —dijo Stone.
3
A la noche siguiente Stone se encontraba en Lafayette Park, frente a la Casa Blanca, un lugar donde había pasado mucho tiempo. En un principio se había llamado President’s Park, pero ahora ese nombre abarcaba los jardines de la Casa Blanca, Lafayette Park y Ellipse, un terreno de veintiuna hectáreas situado al sur de la Casa Blanca. Aunque si bien Lafayette Park había formado parte de los jardines de la Casa Blanca, se separó de esa augusta propiedad cuando el presidente Thomas Jefferson mandó construir Pennsylvania Avenue.
El parque había tenido varias finalidades durante esos dos siglos, desde cementerio hasta mercado de esclavos pasando por hipódromo. También era famoso por ser el lugar del planeta con más ardillas por metro cuadrado. Nadie sabía por qué. El parque había cambiado mucho desde que Stone hundiera por primera vez una pancarta en el suelo que rezaba «Quiero la verdad». Los manifestantes como Stone habían desaparecido, así como las tiendas raídas y el bullicio continuo. Pennsylvania Avenue, justo delante de la Casa Blanca, había permanecido cerrada al tráfico desde los atentados de Oklahoma City.
Los ciudadanos, las instituciones y los países estaban asustados, y Stone no los culpaba. Si Franklin Roosevelt resucitara y volviera a ocupar la Casa Blanca seguramente invocaría su frase más conocida: «Solo debemos tener miedo al miedo.» Pero ni siquiera esas palabras habrían bastado. Los hombres del saco estaban ganando la guerra de las percepciones en los corazones y espíritus de la ciudadanía.
Stone observó en el centro del parque la estatua ecuestre de Andrew Jackson, héroe de la Batalla de Nueva Orleans y séptimo presidente del país. Jackson descansaba sobre un frontón de mármol majestuoso de Tennessee. Se trataba de la primera estatua de un hombre a caballo jamás esculpida en Estados Unidos. Una valla baja de hierro forjado circundaba la estatua y unos cuantos cañones antiguos dispersos. Otras cuatro estatuas esculpidas en honor a héroes extranjeros de la Guerra de la Independencia de Estados Unidos se erigían en los cuatro extremos de aquel recinto verde.
Un poco más allá de la estatua de Jackson había varias hileras de flores coloridas y un arce enorme recién plantado. Habían delimitado la zona con cinta amarilla atada a unos postes porque el agujero era más hondo y ancho que el enorme cepellón del árbol. Junto al agujero había unas lonas azules con la tierra sobrante amontonada sobre las mismas.
Stone alzó la vista hacia donde sabía que se apostaban los francotiradores, aunque no los veía. Supuso que muchos de ellos le estarían apuntando a la cabeza.
«No disparéis por error, muchachos. Quiero seguir conservando el cerebro entero», pensó.
La cena de estado en la Casa Blanca llegaba a su fin y las autoridades satisfechas comenzaban a salir del Capitolio. Una de ellas era el primer ministro británico. Un séquito de coches le conduciría hasta la Blair House, la residencia para los dignatarios invitados, situada al oeste del parque. Estaba muy cerca, pero Stone supuso que los dirigentes ya no podían permitirse el lujo de ir caminando a ningún lado. Hacía mucho que el mundo también había cambiado para ellos.
Stone volvió la mirada y vio a una mujer sentada en un banco cerca de la fuente ovalada, a medio camino entre la estatua de Jackson y la del general polaco Tadeusz Ko´sciuszko, quien había ayudado a las colonias inglesas nacientes a liberarse del yugo británico. A Stone le pareció irónico que el líder de esa misma monarquía se alojara en un lugar con vistas a la estatua. La mujer llevaba pantalones anchos negros y un abrigo blanco fino. Había un bolso grande a su lado. La mujer parecía dormitar.
«Qué raro», pensó Stone. La gente no dormita en el Lafayette a esa hora de la noche.
La mujer no era la única persona que había en el parque. Al mirar hacia la zona noroccidental del mismo Stone vio a un hombre trajeado con un maletín. Le daba la espalda a Stone. Se detuvo para observar la estatua del oficial del ejército Friedrich Wilhelm von Steuben, quien también había ayudado a los colonos a propinar una buena patada en el trasero a Jorge III, el rey loco, hacía más de dos siglos.
Stone vio entonces a un hombre bajito y barrigón acceder al parque por el extremo septentrional, donde se encontraba St. John’s Church. Llevaba chándal, aunque tenía toda la pinta de que si caminaba rápido le daría un infarto. Parecía que llevaba un iPod sujeto en un cinturón que le rodeaba la barriga prominente y tenía puestos los auriculares.
Había una cuarta persona en el parque. Parecía el miembro de una pandilla callejera con vaqueros caídos, fular negro, camisa ajustada, chaqueta militar y botas de motorista. El tipo caminaba lentamente por el centro del parque. Aquello también resultaba extraño, porque las pandillas casi nunca rondaban por Lafayette Park debido a la presencia de la policía, que esa noche se había multiplicado y estaba más alerta que nunca por un motivo bien sencillo.
Las cenas de estado ponían a todo el mundo tenso. La patrulla de vigilancia aceleraba el paso. El agente de la ley acercaba la mano al gatillo. Había una mayor tendencia a disparar y a arreglar los destrozos a posteriori. Si un líder moría no se salvaba nadie. Rodaban cabezas y se quitaban pensiones.
Stone no estaba allí para pensar en esos detalles, sino que había ido a ver el parque por última vez. Dentro de dos días partiría para entrenarse durante un mes y luego se marcharía a México. Ya se había hecho a la idea. No se lo contaría a sus amigos del Camel Club. Si lo hacía seguramente adivinarían el verdadero motivo y todo se acabaría torciendo. Stone debía sacrificarse, no ellos.
Respiró hondo y miró en derredor. Sonrió al ver el ginkgo cerca de la estatua de Jackson. Estaba frente al arce que acababan de plantar. La primera vez que había estado en el parque era otoño y las hojas del ginkgo eran de un amarillo esplendoroso. Había ginkgos por toda la ciudad, pero ese era el único en el parque. Los ginkgos llegaban a superar los mil años de vida. Stone se preguntó cómo sería aquel lugar dentro de diez siglos. ¿Seguiría en pie el ginkgo? ¿Y la Casa Blanca?
Se disponía a darse la vuelta para salir del parque por última vez cuando se fijó en lo que iba por la calle hacia donde estaba.
Y hacia su querido parque.
4
Lo que alertó a Stone fue el ruido de los motores, el destello de las luces y las sirenas. Vio el séquito de coches del primer ministro salir de la zona occidental de la Casa Blanca y dirigirse hacia la Blair House. El edificio, que en realidad eran tres casas unidas, parecía grande. Tenía más metros cuadrados que la Casa Blanca, se encontraba al oeste del parque y daba a Pennsylvania Avenue, justo enfrente del inmenso Viejo Edificio Ejecutivo de Oficinas, donde el personal del presidente y del vicepresidente tenía sus oficinas. A Stone le sorprendió que el Servicio Secreto no hubiera despejado la zona antes de que el séquito de coches se pusiera en marcha.
Volvió a mirar en derredor. La mujer estaba despierta y hablaba por el móvil. El hombre trajeado seguía junto a la estatua de Von Steuben, de espaldas a Stone. El del chándal se acercaba a la estatua de Jackson. El pandillero seguía pateando Lafayette Park a pesar de que el parque no era tan grande. Ya debería tenerlo bajo control.
Aquello pintaba mal.
Stone se dirigió hacia el oeste. Aunque ya no se manifestaba allí, Lafayette Park se había convertido en un territorio que defendía de cualquier amenaza. Ni siquiera el inminente viaje a México había cambiado ese sentimiento. Todavía no se sentía amenazado, pero tenía la impresión de que las cosas cambiarían en breve.
Se fijó en el corredor. Se había detenido en el otro extremo del parque y toqueteaba el iPod. Stone observó a la mujer del banco. Acababa de guardar el móvil.
Stone se acercó a la estatua del general francés Comte de Rochambeau, situada en el extremo suroccidental del parque. Mientras lo hacía, en la intersección contigua de Jackson Place y Pennsylvania Avenue los equipos de seguridad formaron una muralla de chalecos antibala y metralletas a la espera del primer ministro. De camino a la estatua Stone se topó con el pandillero cara a cara. Parecía como si el tipo caminara sobre arenas movedizas: se movía, pero no llegaba a ningún lado. Llevaba un arma en la chaqueta; Stone vio la forma extraña pero que le resultaba reconocible incluso en la oscuridad. «Un tío con pelotas», pensó Stone. No era sensato andar armado por allí porque un francotirador apostado en algún tejado podría suponer lo peor, en cuyo caso los parientes más cercanos tal vez recibirían una disculpa oficial después del funeral. ¿Por qué arriesgaba la vida aquel hombre?
Stone calculó la trayectoria potencial del disparo desde el pandillero hasta el lugar por el que el primer ministro entraría en la Blair House. Era imposible, salvo que el pandillero tuviera un arma que desafiara las leyes de la física y lograra que las balas sortearan las esquinas.
Stone observó al hombre trajeado en el extremo noroccidental del parque. Seguía contemplando la estatua, algo que normalmente le habría tomado un minuto como mucho. ¿Y por qué acudir al parque a esa hora para mirar la estatua? Stone se fijó en el maletín que llevaba. Aunque estaba lejos para verlo con claridad, a Stone le parecía que era lo bastante grande como para alojar una bomba pequeña. Sin embargo, la distancia que separaba al supuesto terrorista del primer ministro habría condenado al fracaso cualquier intento de asesinato.
El séquito de coches siguió por West Executive Avenue hacia Pennsylvania. El lento desfile de coches acorazados con sirenas y guardias ocupaba media manzana. Giraría a la izquierda en Pennsylvania y se detendría junto a la acera frente a la famosa marquesina verde que cubría la entrada principal a la Blair House.
Stone vio que alguien se movía a su derecha al final del parque. El corredor avanzaba de nuevo. Stone no estaba seguro, pero tuvo la impresión de que el hombre gordo miraba al trajeado.
Stone volvió a mirar a la mujer. También se había levantado, se había colgado el bolso del hombro y se encaminaba hacia la zona norte del parque en dirección a St. John’s Church. Era alta, pensó Stone, y la ropa la quedaba bien. Calculó que estaría más cerca de los treinta que de los cuarenta, aunque no había llegado a verle la cara con claridad debido a la oscuridad, la distancia y los árboles que los separaban.
Desvió la mirada de nuevo. El trajeado se puso en marcha por fin en el otro extremo del parque en dirección al Decatur House Museum. Stone miró hacia atrás. El pandillero le observaba, inmóvil. A Stone le pareció que el índice del tipo se contraía como si estuviera cerca de un gatillo.
El séquito de coches giró en Pennsylvania y se detuvo frente a la Blair House. Se abrió la puerta que daba a la acera. Las salidas de las limusinas solían ser rápidas por motivos obvios. La exposición a un disparo de corto o largo alcance debía ser lo más breve posible. Esa noche, sin embargo, no fue así.
El primer ministro, bajo y robusto, y vestido con elegancia, salió lentamente y, asistido por dos personas, subió cojeando los escalones con mucho tiento bajo la marquesina que había cubierto la cabeza de numerosos dirigentes mundiales. Llevaba un vendaje aparatoso en el tobillo izquierdo. Mientras entraba en el edificio un sinfín de ojos observaba el exterior en busca de cualquier atisbo de amenaza. Aunque había varios agentes de seguridad británicos, el grueso de la protección quedaba en manos del Servicio Secreto de Estados Unidos, como solía suceder con los presidentes de visita.
Dada la ubicación de la Blair House, Stone no vio al primer ministro salir cojeando de la limusina. Siguió vigilando el parque. El del chándal se dirigía hacia el centro del mismo. Stone desvió la mirada. La mujer estaba a punto de salir del parque. El trajeado ya estaba en la acera que discurría junto a la calle H.
Transcurrieron otros cinco segundos. Entonces se oyó el primer disparo.
El impacto de la bala en el suelo provocó un pequeño géiser de tierra y hierba a menos de un metro y medio a la izquierda de Stone. Se produjeron otros disparos; las balas se hundieron en la tierra, destrozaron parterres y rebotaron en las estatuas.
Mientras el tiroteo proseguía a Stone le dio la impresión de que todo se ralentizaba. Observó el campo de fuego al tiempo que se arrojaba al suelo. Ya no veía al trajeado ni a la mujer. El pandillero seguía estando detrás de él y también estaba boca abajo en el suelo. Sin embargo, el del chándal corría como alma que lleva el diablo. Entonces lo perdió de vista.
El tiroteo se detuvo. Hubo varios segundos de silencio. Stone se levantó lentamente. No se tensó al hacerlo, sino que se relajó. Si aquello le salvó la vida o no es pura conjetura.
La bomba explotó. El centro de Lafayette Park se sumió en una nube de humo y escombros. La pesada estatua de Jackson se vino abajo, con la base de mármol de Tennessee agrietada por la mitad. Su reino de más de ciento cincuenta años en el parque había llegado a su fin.
La onda expansiva de la explosión arrojó a Stone contra algo duro. El golpe en la cabeza le provocó náuseas. Durante unos breves instantes sintió que los escombros salían despedidos por doquier. Inhaló humo, tierra y el olor nauseabundo del residuo de la bomba.
El ruido de la explosión dio paso gradualmente al del griterío, las sirenas, el chirrido de neumáticos en el asfalto y más griterío. Oliver Stone no presenció ni oyó nada de todo aquello. Estaba tumbado boca abajo en el suelo, con los ojos cerrados.
5
—¿Oliver?
Stone olió el antiséptico y el látex y se dio cuenta de que estaba en un hospital, lo cual era mucho mejor que estar muerto en el depósito de cadáveres.
Abrió los párpados. Le vio la cara.
—¿Annabelle?
Annabelle Conroy, miembro extraoficial del Camel Club y su única timadora profesional, le sujetó la mano con fuerza. Era esbelta, una pelirroja que medía casi metro ochenta.
—Tienes que dejar de saltar por los aires —le dijo.
El tono era frívolo, no así la expresión. Con la mano libre se apartó el pelo de la cara y Stone vio que tenía los ojos hinchados. Annabelle no era de las que lloraba con facilidad, pero había llorado por él.
Stone se llevó la mano a la cabeza y se tocó el vendaje.
—Espero que no se haya abierto en dos.
—No, tienes una conmoción leve.
Stone miró en derredor y se dio cuenta de que la sala estaba repleta de gente. En el otro extremo de la cama estaban el gigantón de Reuben Rhodes y, junto él, Caleb Shaw, el bibliotecario menudo. Alex Ford, el alto agente del Servicio Secreto, se encontraba a la derecha de Annabelle con expresión preocupada. Detrás de ellos Stone vio a Harry Finn.
—Cuando me enteré de que había explotado una bomba en el parque supe que andarías metido.
Stone se incorporó poco a poco.
—Entonces, ¿qué pasó?
—Todavía no se sabe con certeza —respondió Alex—. Hubo un tiroteo y luego la explosión.
—¿Hay más heridos? ¿Y el primer ministro británico?
—Entró en la Blair House antes de la explosión. No hubo víctimas.
—Es sorprendente que nadie resultara herido en el tiroteo.
—Más bien milagroso.
—¿Hay alguna teoría? —preguntó Stone mirando a Alex.
—Todavía no. El parque está patas arriba. No dejan entrar a nadie, nunca había visto nada igual.
—¿Y el primer ministro?
Alex asintió.
—En un principio era el blanco.
—Un atentado muy mal organizado —apuntó Reuben—, ya que la explosión y el tiroteo fueron en el parque, y el primer ministro no estaba allí.
Stone volvió a mirar a Alex.
—¿Se te ocurre alguna explicación? —preguntó lentamente. Cada vez que pronunciaba una palabra le dolía la cabeza. Hacía treinta años no le habría dado la menor importancia y habría seguido trabajando como si nada. Pero los años no pasaban en balde.
—Ya he dicho que todavía no lo sabemos, pero ese es uno de los principales misterios. En general no fue un buen día para el primer ministro.
—¿A qué te refieres? —preguntó Stone.
—Se torció el tobillo y se movía con dificultad.
—¿Lo sabes de primera mano?
—Se cayó por una de las escaleras interiores de la Casa Blanca antes de que comenzase la cena. Fue bastante vergonzoso. Por suerte, las cámaras de los medios no graban en esa zona del edificio.
—¿Qué estabas haciendo anoche en el parque? —preguntó Annabelle—. Creía que estabas en Divine con Abby.
Stone miró por la ventana y vio que era de día.
—Volví —replicó— y Abby se quedó allí.
—Oh —dijo Annabelle con tono de decepción, aunque su expresión era de alivio.
Stone se volvió hacia Alex.
—Había otras cuatro personas en el parque anoche. ¿Qué fue de ellas?
Alex miró a su alrededor antes de aclararse la garganta.
—No está claro.
—¿No lo sabes o no puedes decírnoslo? —preguntó Stone.
Annabelle lanzó una mirada iracunda al agente del Servicio Secreto.
—Casi matan a Oliver, Alex.
Alex suspiró. Nunca había logrado dominar el arte de equilibrar el secretismo de su profesión con las constantes preguntas del Camel Club sobre asuntos confidenciales.
—Están repasando las grabaciones de vídeo e interrogando a quienes vigilaban el parque anoche. Tratan de resolver el misterio.
—¿Y las otras cuatro personas? —insistió Stone.
—¿Cuatro personas?
—Tres hombres y una mujer.
—No sé nada al respecto —repuso Alex.
—¿Dónde explotó la bomba exactamente? No llegué a verlo.
—En el centro del parque, cerca de la estatua de Jackson, o lo que queda de la misma. Fragmentos de la estatua, la valla y el cañón cayeron por todo el parque.
—¿Entonces hubo daños importantes? —preguntó Stone.
—Todo el parque se vio afectado, pero el mayor daño se produjo en un radio de quince metros. Parece una zona de guerra. Fuera lo que fuera, esa bomba era potente.
—Había un hombre obeso con un chándal en esa zona cuando comenzó el tiroteo —apuntó Stone. Frunció el ceño y trató de recordar—. Le estaba observando. Corría para salvar el pellejo, y entonces desapareció. Estaba justo en el epicentro de la explosión.
Todos miraron a Alex, que parecía incómodo.
—¿Alex? —volvió a reprenderle Annabelle.
—Vale, parece que el tipo se cayó en el agujero en el que habían plantado un árbol nuevo. La explosión tuvo lugar allí o muy cerca, pero no hay nada confirmado.
—¿Se sabe quién era? —preguntó Caleb.
—Todavía no.
—¿Y el origen de la bomba?
—Se desconoce de momento.
—¿De dónde salieron los disparos? —preguntó Reuben.
—No lo sé.
—Me golpeé con algo mientras caía —dijo Stone—. Un hombre me vigilaba.
—Tal vez —dijo Alex con recelo.
—La enfermera me dijo que te sacaron un diente de la cabeza, Oliver —dijo Annabelle.
—¿Un diente? ¿Choqué con el hombre tras la explosión?
Annabelle asintió.
—Eso parece. Si fuera así le faltaría un incisivo.
—¿Has visto las grabaciones de las cámaras de vigilancia, Alex? —preguntó Stone.
—No. No formo parte de la investigación y por eso desconozco la mayoría de las respuestas. Ahora estoy en el equipo de escoltas, lo cual significa que, al igual que muchos otros, estoy con el culo al aire en lo que al trabajo se refiere.
—¿Y el Servicio Secreto tiene que lidiar con la situación? —preguntó Reuben.
—Pues sí, la cosa va en serio.
—Me sorprendió ver a tantos escoltas anoche —comentó Stone—. Había leído lo de la cena, pero los periódicos decían que el primer ministro se alojaría, como de costumbre, en la embajada británica. ¿Qué pasó?
—Cambio de planes de última hora. El presidente y el primer ministro querían reunirse a primera hora de la mañana siguiente. Era mucho más sencillo desde un punto de vista logístico trasladar al primer ministro desde la Blair House hasta la Casa Blanca —añadió Alex—, pero el cambio no se comunicó a la prensa. Sin embargo, ¿sabías que iría anoche a la Blair House?
Stone asintió.
—¿Y eso?
—Pasé junto al séquito de coches de camino al parque. Solo había un motorista a la cabeza, lo cual significaba que no irían muy lejos y que el control del tráfico no era lo más primordial. La jefatura de policía de Washington D.C. no desperdiciaría recursos de manera innecesaria, y habían acordonado los alrededores de la Blair House. Al ver que iban tan armados supuse que era un dignatario de primer orden. El primer ministro era el único que tenía ese rango.
—¿Qué hacías en el parque a esas horas? —le preguntó Annabelle.
—Recordar —respondió como si nada antes de dirigirse de nuevo a Alex—. ¿Por qué las medidas de seguridad fueron tan poco estrictas anoche?
—No fueron poco estrictas, y se trata de un parque público —replicó Alex.
—No cuando la seguridad es un asunto de máxima prioridad. Lo sé mejor que nadie —repuso Stone.
—Obedezco órdenes, Oliver.
—De acuerdo. —Stone miró a su alrededor—. ¿Puedo irme?
—Sí —respondió una voz—, con nosotros.
Todos se volvieron y vieron a dos hombres trajeados junto a la puerta. Uno tendría unos cincuenta años, era bajito y robusto, huesudo y ancho de espaldas, con un arma debajo del traje. El otro tendría unos treinta años y era delgado, medía casi un metro ochenta y llevaba el corte de pelo típico del cuerpo de marines. También iba armado.
—Ahora mismo —ordenó el mayor de los dos.
6
—Aquí no —masculló Stone mientras el coche negro aparcaba en el Centro de Inteligencia Nacional, o NIC, diseñado a modo de campus en Virginia septentrional. Pasaron junto a la exuberante zona ajardinada pagada por los contribuyentes y se dirigieron hacia un edificio bajo que albergaba gran parte de las operaciones de inteligencia de Estados Unidos.
Una de las paredes del vestíbulo estaba repleta de fotografías de atentados terroristas perpetrados contra Estados Unidos. Al pie de aquellas imágenes desasosegadoras había una placa que rezaba «Nunca más».
De la otra pared colgaban las fotografías de los hombres que habían dirigido la agencia. No había muchas, puesto que el NIC se había creado después de los atentados del 11-S. El más destacado de los ex directores había sido Carter Gray, un funcionario con muchos cargos gubernamentales de gran importancia. El rostro corpulento de Gray les observaba mientras caminaban por el vestíbulo.
Stone había trabajado para Gray hacía ya varias décadas, cuando a Stone se le conocía por su nombre verdadero, John Carr. Carr, el asesino más eficaz del país, había empleado cuanta valentía y perspicacia poseía para servir a la patria. Como recompensa, todos sus seres queridos habían muerto a manos de aquellos para quienes había trabajado con tanta abnegación. Ese era uno de los motivos por los que Stone había acabado con Gray. Y ese motivo habría bastado.
«Púdrete en el infierno, Carter —pensó Stone cuando cerraba la puerta tras de sí—. Ya nos veremos las caras cuando me llegue el turno.»
Al cabo de cinco minutos Stone estaba sentado junto a una pequeña mesa de madera en una sala sin ventanas. Miró a su alrededor mientras trataba de respirar con calma e ignorar las punzadas de dolor que sentía en la cabeza. Saltaba a la vista que era una sala de interrogatorios.
«Y ahora me interrogarán, claro.»
La sala se oscureció de repente y apareció una imagen en la pared de enfrente que procedía de un proyector apenas visible en el techo.
Se veía a un hombre sentado en un sofá cómodo junto a un escritorio pulido. A juzgar por lo que Stone veía detrás del hombre, estaba en un reactor. Tenía cincuenta años, estaba moreno, con el pelo cortado casi al rape y un par de ojos verdes vivarachos.
—¿Ni siquiera me merezco un cara a cara? —preguntó Stone antes de que el hombre tuviera tiempo de abrir la boca.
—Me temo que no, pero al menos me ves —dijo sonriendo. El hombre no era otro que Riley Weaver, el nuevo director del NIC. Era el sucesor del difunto Carter Gray. No era fácil ocupar su puesto, aunque en las altas esferas se rumoreaba que Weaver se iba abriendo camino poco a poco, sin prisas pero sin pausas. Estaba por ver si eso resultaría positivo o negativo para el país.
Apenas hubo hablado Weaver, la puerta de la sala se abrió y dos hombres entraron y se apoyaron en la pared que estaba detrás de Stone. A Stone nunca le había gustado que hubiera hombres armados detrás de él, pero no le quedaba más remedio que aceptarlo. Él formaba parte del equipo visitante, y el local era el que imponía las normas.
—Infórmame de lo sucedido —ordenó Weaver mirando a Stone.
—¿Por qué? —preguntó Stone.
La sonrisa desapareció del rostro de Weaver.
—Porque te lo he pedido con educación.
—¿Trabajo para ti? No recuerdo que me lo comunicasen.
—Cumple con tu obligación como ciudadano. —Stone no replicó. Weaver fue quien rompió el silencio. Se inclinó hacia delante y añadió—: Tengo entendido que el viento y la marea te son favorables.
Stone recordó que Weaver había sido infante de marina. La referencia marítima le hizo ver que Weaver sabía más de lo que había imaginado. El presidente de Estados Unidos representaba «el viento y la marea favorables». Pero ¿sabía Weaver que Stone se había reunido con el presidente? ¿Sabía que partiría hacia México para lidiar con los rusos? Stone no pensaba contárselo.
—La obligación como ciudadano —repitió Stone—. Pues que quede claro que se aplica a los dos.
Weaver se recostó en el asiento. Su expresión indicaba que, si bien tal vez había infravalorado a Stone en un principio, ya había enmendado ese error.
—De acuerdo.
Stone resumió de forma concisa lo que había ocurrido en el parque.
—Bien. Mira a tu izquierda y observa con detenimiento —le dijo Weaver cuando hubo acabado.
7
Al cabo de unos instantes Stone estaba viendo la grabación de lo sucedido la noche anterior en Lafayette Park. Habían ralentizado la velocidad de los fotogramas para que apreciara todos y cada uno de los detalles con tranquilidad. Stone vio que las personas echaron a correr en todas direcciones en cuanto comenzó el tiroteo. Se notaba que el hombre del chándal no estaba acostumbrado al ejercicio, porque se movía con dificultad. Daba pasos cortos, cada vez menos seguros. Traspasó la cinta amarilla y al cabo de poco se cayó o tal vez saltó al agujero en el que estaba plantado el arce.
Stone entendió por fin por qué aquel hombre había desaparecido de repente. Era como una especie de trinchera para refugiarse de las balas.
Entonces explotó la bomba. Stone se vio a sí mismo salir disparado y chocar de lleno contra el pandillero. Los dos se desplomaron. El diente en la cabeza. Se frotó la zona dolorida.
Al cabo de unos segundos la grabación se detuvo. La onda expansiva de la explosión debía de haber bloqueado la señal. La pared volvió a iluminarse.
—¿Comentarios? —preguntó Weaver.
—Pon la grabación de nuevo —pidió Stone.
Stone la vio por segunda vez.
Stone pensó en lo que acababa de ver. El hombre del chándal se había caído en el agujero y la explosión se había producido al cabo de pocos segundos.
—¿Cuál fue la fuente de la detonación? ¿El hombre del chándal?
—No lo sabemos con certeza. Tal vez algo que estaba en el agujero.
—¿En el agujero? —preguntó Stone con escepticismo—. ¿No hay conductos de gas debajo del parque?
—No.
—¿Sugieres entonces que alguien colocó una bomba en Lafayette Park?
Weaver adoptó una expresión sombría.
—Aunque se trata de una posibilidad aterradora no podemos descartarla.
—¿Entonces el tipo se arrojó al agujero para evitar las balas y acabó saltando por los aires por culpa de una bomba colocada allí mismo?
—Si así fuera, mala suerte. Refugiarse de la balas no le bastó para seguir con vida.
—¿Quién está en la escena del crimen?
—La ATF y el FBI.
A Stone le pareció normal. La ATF se ocupaba de las investigaciones en las que había explosivos hasta que se determinase si el atentado era obra de terroristas internacionales, en cuyo caso el FBI asumía el mando. Sin embargo, Stone suponía que si una bomba explotaba en las inmediaciones de la Casa Blanca se clasificaría como acto terrorista internacional, con lo cual el FBI llevaría la batuta.
—Bien, olvidémonos de los explosivos por el momento. ¿Sabemos de dónde salieron los disparos? Según la grabación se originaron en el extremo septentrional del parque, en dirección a la calle H o tal vez más lejos.
—Sí, esa es la conclusión preliminar.
—Salieron del norte hacia el sur, pero en la grabación no se aprecia el resplandor de los disparos —señaló Stone—, lo cual significa que las cámaras no los captaron.
—Se originaron detrás de los árboles —explicó Weaver—, muchos de ellos en el extremo septentrional del parque. Las cámaras de vigilancia están ubicadas para grabar a la altura del suelo, por lo que no captarían los fogonazos si los francotiradores estaban en lo alto.
—Creo que los disparos indican una posición elevada —opinó Stone.
—¿En qué te basas? —preguntó Riley en un tono que daba a entender que ya sabía la respuesta pero que quería poner a Stone a prueba. Stone decidió seguirle el juego.
—Si los disparos se hubieran originado detrás de los árboles al nivel del suelo habrían atravesado el parque y llegado hasta la Casa Blanca pasando por Pennsylvania Avenue.
—¿Qué te hace pensar que no fue así?
—Porque ya me lo habrías dicho o porque habría habido víctimas. Había muchas personas en la zona de la Casa Blanca, vehículos flanqueando Pennsylvania Avenue y guardias patrullando el perímetro. Sería difícil de creer que los disparos no hubieran herido a nadie. Así que se efectuaron desde lo alto, lo cual concuerda con mis observaciones ya que las balas se hundían en la tierra. Si primero atravesaron las copas de los árboles entonces se dispararon desde las mismas o desde más alto, y muchos de esos árboles son altos con copas muy frondosas —añadió Stone—. ¿Alguien vio algo en el extremo septentrional del parque?
—Había agentes de seguridad, la policía del parque, un par de agentes del Servicio Secreto uniformados y perros rastreadores de bombas. Todavía están dando su versión de los hechos, pero las conclusiones preliminares indican que no saben de dónde procedieron los disparos.
Stone asintió.
—¿Por qué no se despejó el parque anoche?
La expresión de Weaver dejó bien claro que no le gustó la pregunta.
—Quisiera que te limitaras a comentar la grabación.
—Me gustaría comprender mejor lo que sucedió antes de proseguir.
Weaver bajó la vista y observó una carpeta que había en el escritorio.
—¿John Carr? —Stone permaneció en silencio, contemplando la imagen digital de Weaver en la pared—. John Carr —repitió Weaver—, tu expediente es tan confidencial que ni siquiera yo he podido verlo todo.
—A veces, para variar, hasta los gobiernos son discretos —apuntó Stone—, pero estábamos hablando del origen de los disparos y de la seguridad del parque, o la falta de la misma.
—Todavía se está investigando el origen de los disparos. La seguridad del parque es jurisdicción del Servicio Secreto y aún no me han puesto al día.
—Claro que te han puesto al día —replicó Stone.
Weaver parecía intrigado.
—¿Por qué lo dices?
—La seguridad del presidente está por encima de todo, lo cual otorga al Servicio Secreto mayor peso del que suele tener entre agencias. Los disparos, que parece que fueron automáticos, y la explosión tuvieron lugar justo enfrente de la Casa Blanca hace más de quince horas. Cada día a las siete de la mañana informas al presidente de los asuntos de seguridad nacional. Si no hubieras hablado con el Servicio Secreto entonces no habrías podido informar al presidente de lo sucedido anoche. Y si no hubieras informado al presidente esta mañana de un atentado en las inmediaciones de la Casa Blanca ya no serías director del NIC.
Un tic en el ojo derecho de Weaver indicó que la conversación no estaba siguiendo el cauce deseado. Los hombres que estaban apoyados en la pared se movieron con incomodidad.
—El Servicio Secreto dijo que habían pensado despejar el parque, pero hubo un cambio de planes —explicó Weaver—. Puesto que el primer ministro iría directamente a la Blair House consideraron que el parque no supondría una amenaza. Resumiendo, creían tenerlo controlado. ¿Satisfecho?
—Sí, pero me asalta otra duda. —Weaver esperó, expectante—. ¿Cuál fue exactamente el cambio de planes?
A modo de respuesta, Weaver le fulminó con la mirada.
—Limítate a los comentarios sobre la grabación, si es que tienes más.
Stone le miró para tratar de adivinar la intención de aquellas palabras. Tenía varias opciones. A veces era mejor llevar las cosas al límite, y otras, no.
—Había demasiadas personas en el parque haciendo cosas que no resultaban normales a esa hora.
Weaver se reclinó en el sofá.
—Sigue.
—Conozco bien Lafayette Park. A las once de la noche las únicas personas que suele haber en el parque son los agentes de seguridad. Anoche había cuatro personas que no tenían que haber estado allí. El pandillero, el del chándal, el hombre del traje y la mujer del banco.
—Podían haber tenido mil razones para estar allí —señaló Weaver—. Era una noche cálida y es un parque.
Stone negó con la cabeza.
—Lafayette Park no es el sitio preferido de la gente para pasar el rato por la noche. A los del Servicio no les gusta que la gente se quede mucho en el parque. Ellos mismos te lo dirán.
—Ya lo han hecho —confirmó Weaver—. ¿Cuál es tu teoría?
—El pandillero iba armado. Se notaba a la legua, así que los contra-francotiradores tendrían que haberse dado cuenta y habérselo comunicado a los de seguridad. Deberían haberlo detenido en cuanto pisó la zona de peligro, pero no lo hicieron.
Weaver asintió.
—Sigue.
—La mujer iba bien vestida, tal vez fuera oficinista. Llevaba un bolso. Pero no tenía sentido que se sentara en el banco a esa hora. Hablaba por el teléfono y se levantó justo cuando el séquito de coches se detuvo. Por suerte para ella, porque se salvó de los disparos.
—Sigue —dijo Weaver.
—El hombre trajeado se pasó un buen rato observando la estatua y luego se dirigió hacia Decatur House justo cuando la mujer salía del parque. Cuando comenzó el tiroteo ya los había perdido de vista. Entonces me fijé en el del chándal y vi que corría hacia la estatua de Jackson. Tuve la impresión de que se lo había tragado la tierra, pero ahora sé que se arrojó al agujero para evitar las balas.
—Y saltó por los aires por haberse tomado la molestia —dijo Weaver.
—Eso no significa que las personas que estaban en el parque no tuvieran nada que ver con lo sucedido.
Weaver negó con la cabeza.
—Me parece poco probable. Se produjeron las ráfagas de disparos y luego el pobre idiota que intentó salvarse de las balas seguramente detonó sin querer una bomba que ya había sido colocada allí. Creo que el tipo nos hizo un favor. Activó la bomba antes de que pudiera haber causado daño de verdad. Ahora tenemos que averiguar quién y por qué anda detrás de los disparos y la bomba. —Weaver le observó—. ¿Se te ocurre algo al respecto? Porque, si quieres que te diga la verdad, me decepciona lo poco que me has contado. Creía que eras un hacha, pero casi todo lo que me has dicho ya lo había deducido yo solito.
—No sabía que mi trabajo fuera hacer el tuyo. Pero te haré otro comentario gratis —añadió Stone—. El pandillero era un poli, ¿no?
En ese preciso instante la pantalla se quedó en negro.
8
Sin que Stone hubiera indicado la dirección, el coche le dejó en el cementerio de Mount Zion. Stone sabía que era a propósito. Era una forma de decirle: «sabemos dónde vives y vendremos a buscarte cuando queramos».
Stone dejó atrás las puertas de hierro forjado del cementerio y entró en su casa de cuidador del camposanto. El mobiliario era espartano y de segunda mano, lo cual encajaba a la perfección con la personalidad y los recursos limitados de Stone. Se trataba de una estancia grande dividida en cocina y salón. En una de las paredes tenía una estantería repleta de libros esotéricos en diversos idiomas que había coleccionado con el paso de los años. Junto a la estantería había un escritorio destartalado de madera heredado con la casita. Había varias sillas desvencijadas frente a la chimenea de ladrillos ennegrecidos. Detrás de una cortina raída se encontraba el catre en el que dormía. Junto con un baño minúsculo eso era todo cuanto había en su humilde morada.
Stone cogió tres Advil, se los tomó con un vaso de agua y se sentó junto al escritorio mientras se frotaba la cabeza. No sabía si al final iría a México o no, pero supuso que se quedaría en Estados Unidos hasta que fueran a buscarle.
Sostuvo en alto cuatro dedos de la mano derecha y se los miró.
«Cuatro personas», se dijo. Aunque tal vez solo quedaran tres, porque la grabación había dejado bien claro que el del chándal ya no seguía entre los vivos. Sin embargo, todavía no sabían quién era ni por qué estaba allí, así que Stone mantuvo en alto los cuatro dedos.
«¿Estaba el del chándal en el lugar equivocado en el momento equivocado o formaba parte del atentado? —se preguntó—. ¿Y dónde están el trajeado y la mujer? ¿Estaban conchabados?»
El pandillero seguramente era un policía, ese era el único motivo por el que había acudido armado al parque. Tenía placa y autorización para estar allí. El que la pantalla se hubiera apagado bastó para confirmar las sospechas de Stone. Riley Weaver tenía tan poco tacto con la gente como Carter Gray.
Lo que no terminaba de encajar era que el hombre del traje y la mujer se hubieran marchado justo antes de que comenzara el tiroteo. ¿Coincidencia? ¿Habían tenido la suerte que le había faltado al del chándal?
Cerró los ojos y se esforzó por recordar lo sucedido. Todavía notaba punzadas en la cabeza y le seguía doliendo el lugar donde se había hundido el incisivo, pero comenzó a hacerse una idea más clara.
—Fueron MP-5 o tal vez TEC-9 —dijo en voz alta— programadas para disparar automáticamente con cargadores de entre treinta y cincuenta balas.
¿Cuántas balas se habían disparado? Le habría sido imposible contar las balas en aquel momento, por supuesto, pero ahora podría realizar un cálculo aproximado. En modo automático, con cargadores de unas treinta balas, se vaciaría una caja de balas en dos o tres segundos. El tiroteo había durado unos quince segundos. Unas cien balas en total si habían salido de un arma, pero cientos de balas en caso de haber habido más armas. Toda una artillería. Puesto que la mayoría de las balas había acabado en la tierra del parque, el FBI podría contarlas para dar con el total, pero la pregunta más importante seguía sin respuesta. ¿Cómo era posible que alguien hubiera perpetrado tal atentado tan cerca de la Casa Blanca?
Stone se levantó, miró por la ventana y visualizó la topografía de la zona que circundaba el parque. Al norte y al oeste, en la calle H, se encontraban el edificio de la cámara de comercio de Estados Unidos y el venerable hotel Hay-Adams. Al noreste estaba St. John’s Church. Detrás había oficinas y edificios gubernamentales. Recordó que el Hay-Adams tenía un jardín en la azotea, y que se elevaba por encima de la iglesia. En este caso, la altura era esencial para explicar la trayectoria de las balas.
Se planteó otra pregunta: «¿Por qué me han traído al NIC? ¿Para que les diese mi versión de los hechos? Había otras personas que les habrían contado lo mismo. Tiene que haber otro motivo. ¿El viento y la marea me son favorables?»
Stone miró por la ventana y vio el coche negro detenerse junto a la puerta. Stone observó a los hombres que salieron del mismo. «Del FBI —pensó—. Suelen gastarse más dinero en ropa.» Stone dudaba mucho que fueran a escoltarle a un avión con destino a México. El presidente no habría involucrado al FBI, ya que había demasiados impedimentos legales. El FBI suele cumplir la ley al pie de la letra, y el director del FBI podía negarse a ejecutar órdenes del presidente. Tal vez las tornas habían vuelto a cambiar.
«Puede que a mi favor», pensó.
Mientras los cuatro hombres se acercaban Stone confirmó su primera impresión. Uno de los agentes llevaba un anillo con una insignia del FBI. Había una mujer en el grupo y no parecía ser del FBI. A juzgar por su apariencia y modo de andar Stone llegó a la conclusión de que era británica, seguramente del MI6, a cargo de la investigación, seguridad e inteligencia exteriores.
Lo cual tenía sentido si el primer ministro era el blanco. O bien había acompañado al primer ministro durante su estancia en Estados Unidos, o estaba destinada aquí, o bien se había subido a un avión a las dos y había llegado a la misma hora. A juzgar por su aspecto, Stone llegó a la conclusión de que la segunda opción era la más probable.
Saltaba a la vista por qué estaban allí. Las balas no habían sido ninguna broma, pero el objetivo de la bomba había sido acabar con alguien, y Stone no creía que el blanco hubiera sido el del chándal. Esperaban que Stone les ayudase a dar con la verdad.
«Qué irónico —pensó—. La verdad.»
Los observó mientras se acercaban a la casita.
9
Era cierto, la mujer pertenecía al MI6. Se llamaba Mary Chapman. Tenía treinta y tantos años, medía cerca de metro ochenta y el pelo rubio, sujeto con un broche, le llegaba a los hombros. Tenía la mandíbula pequeña, los labios finos y, aunque no estaba cachas, era fibrosa. Tenía los dedos largos y estrechaba la mano con fuerza. A Stone le parecía atractiva, aunque no tanto como para cortar la respiración. Los ojos eran de un verde oscuro y vivarachos. Stone pensó que nadie diría que era «mona». Segura de sí misma e incluso avasalladora, pero no «mona».
—¿Qué tal te ha sentado cruzar el charco? ¿Todavía tienes un poco de jet lag? —preguntó Stone tras las presentaciones de turno y haberse sentado frente a la chimenea vacía.
Chapman miró a Stone y luego se afanó por alisar una arruga de la chaqueta del traje.
—No hay camas en clase turista, ni siquiera en la querida British Airways. —A juzgar por el tono y las palabras, Stone detectó cierta humildad y un gran sentido del humor.
—Para que te traigan a casi cinco mil kilómetros de distancia deben de tenerte en mucha consideración. El MI6 tiene cobertura permanente en Washington D.C., ¿no?
Chapman observó lo cochambrosa que estaba la casita y luego se fijó en la ropa raída de Stone.
—Y yo que creía que los yanquis pagaban mejor a los suyos.
Uno de los agentes del FBI se aclaró la garganta.
—La agente Chapman ha venido a colaborar con el FBI en la investigación.
Stone miró al agente. Era corpulento. Por el tamaño de la cintura y la frente sudorosa Stone supuso que se dedicaba a labores administrativas. Estaba claro que era un mero mensajero y que no se ocuparía de los asuntos serios.
—Ya he estado en el NIC. Se te han adelantado. Han ido a buscarme al hospital. Aunque tengas más clase eres más lento.
Al agente corpulento aquello pareció disgustarle, pero prosiguió:
—Ha sido fructífero el encuentro?
—Creía que compartíais esa clase de información entre vosotros. —El agente miró a Stone con frialdad—. No han estado muy comunicativos que digamos. Espero que no seas como ellos.
Chapman cruzó las piernas.
—Siento ser un tanto quisquillosa, pero no he visto tus credenciales —dijo.
—Porque no las tengo —replicó Stone en tono sosegado. Chapman lo miró desconcertada—. Se trata de una formalidad que no debería interrumpir el progreso de la investigación —añadió forzadamente.
Chapman arqueó las cejas, pero no replicó.
—Bien —dijo Stone. Se recostó en la silla del escritorio y adoptó una expresión grave—. El parque. —Les contó hasta el último detalle de lo sucedido. Al terminar, añadió—: Seguimos sin saber qué ha sido de esas tres personas. —Miró al agente del FBI—. ¿Cómo se llamaba el pobre desgraciado del chándal?
—Encontramos restos humanos por todas partes —dijo el agente con evidente desagrado.
—¿Identificables?
—No será fácil hacerlo, pero tampoco imposible. Tendremos que recurrir al ADN. Si está en alguna base de datos lo encontraremos. Hemos colgado su imagen, sacada de la grabación, en nuestras páginas web y se la hemos dado a los medios para que la difundan. Esperemos que alguien lo reconozca o que, al menos, comuniquen su desaparición.
—¿Y los otros tres?
—En el caso del hombre del traje y la mujer, hemos introducido la grabación del parque en varias bases de datos dedicadas al reconocimiento facial, aunque el hombre no llegó a mirar hacia las cámaras de vigilancia. No ha habido suerte hasta el momento. También hemos entregado las capturas a los medios para que pidan ayuda a los ciudadanos.
—¿Crees que tienen que ver con el atentado?
—Aún no tenemos pruebas al respecto. Tal vez tuvieron suerte y se fueron del parque justo a tiempo.
—¿Y el pandillero? ¿Era un poli?
—¿Te lo ha dicho el NIC?
—No de esa manera, pero no lo ha negado.
—Pues yo tampoco lo negaré.
—Tenía uno de sus dientes incrustados en la cabeza —dijo Stone—. Es posible que consigas identificarlo con la prueba dental o del ADN. —Sostuvo en alto la manga—. Y aquí hay sangre suya. ¿Llevas un kit en el maletero del coche? Si quieres, puedes tomar una muestra ahora mismo.
—No hace falta —repuso Chapman.
Stone se volvió hacia ella.
—¿Y eso?
—Porque el diente es de uno de los miembros de nuestro equipo de seguridad que patrullaba el parque. Supongo que los médicos no te lo devolvieron, pero al vigilante le gustaría recuperarlo.
—¿Y por qué estaba el vigilante en el parque anoche?
—Porque antes de torcerse el tobillo en las escaleras de la Casa Blanca, se suponía que el primer ministro atravesaría Lafayette Park exactamente a las once y dos de camino a la Blair House. Por suerte no lo hizo, porque habría saltado por los aires.
10
Después de que los agentes del FBI y la del MI6 se hubieran marchado, Stone se entretuvo recolocando las lápidas que había derribado un aguacero reciente y limpiando los escombros que había provocado la misma tormenta. Aquel trabajo manual le permitía pensar con claridad. Había muchas incógnitas sin respuesta. Mientras introducía en una bolsa ramitas y palos, se puso tenso y se dio la vuelta lentamente.
—Estoy impresionada. —Mary Chapman salió de detrás de un arbusto—. Ni me he movido. ¿Tienes ojos en la espalda o qué?
—A veces —Stone ató la bolsa y la dejó junto a un cobertizo de madera—, cuando lo necesito.
Chapman se le acercó.
—Una tapadera excelente para un agente. Vigilante de cementerio.
—Más bien cuidador. El cementerio ya no se usa. Es un emplazamiento histórico.
Chapman se detuvo, levantó un poco una pierna y se quitó restos de tierra del zapato negro de tacón bajo.
—Ya veo. ¿Te gusta cuidar de los muertos?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no discuten conmigo. —Se encaminó hacia la casita, seguido de Chapman.
Se sentaron en el porche. Permanecieron en silencio mientras escuchaban el trino de los pájaros mezclado con el ruido de los coches que pasaban por la calle. Stone tenía la mirada perdida. Chapman lo miraba una y otra vez, como si no terminara de creer lo que veía.
—Así que Oliver Stone, ¿eh? —dijo por fin con expresión alegre—. He disfrutado con varias de tus películas. ¿Estás reconociendo el terreno para la próxima?
—¿Por qué has vuelto? —preguntó Stone volviéndose hacia Chapman.
Ella se levantó y le sorprendió al decirle:
—¿Te apetece un café? Invito yo.
Fueron en el coche de Chapman hasta Georgetown y encontraron sitio para aparcar en la calle, algo inaudito en una zona tan congestionada.
Stone se lo comentó.
—Ya —replicó ella en absoluto impresionada—. Intenta aparcar en Londres.
Se sentaron fuera, a una pequeña mesa, para tomar el café. Chapman se quitó los zapatos, se subió la falda hasta la mitad de los muslos, colocó los pies en la silla vacía, se recostó, cerró los ojos y dejó que el sol bañara su rostro pálido y las piernas destapadas.
—El sol casi nunca es tan fuerte en Inglaterra —explicó—, y las pocas veces que tenemos esa suerte las nubes y la lluvia se encargan de aguarnos la fiesta. Por eso muchos de nosotros tenemos tendencias suicidas, sobre todo si llueve en pleno agosto y no tienes vacaciones.
—Lo sé.
Chapman abrió los ojos.
—¿Lo sabes?
—Viví dos años en Londres. Hace ya mucho —añadió.
—¿Por negocios?
—Algo así.
—¿Eras John Carr? —Stone sorbió el café, sin responder. Ella hizo otro tanto—. ¿Eras John Carr? —repitió.
—Lo he oído a la primera —respondió Stone cortésmente mientras la miraba de reojo.
Chapman sonrió.
—¿Te gustaría saber dónde oí ese nombre por primera vez? —Stone no respondió, pero Chapman debió de pensar «el que calla, otorga», porque añadió—: De boca de James McElroy. Es mayor que tú —recorrió con la mirada el cuerpo alto y enjuto de Stone—, pero no está en tan buena forma. —Stone permaneció en silencio—. Es una leyenda en los círculos de inteligencia británicos. Dirigió el MI6 durante décadas. Pero eso ya lo sabes. Ahora tiene un título especial, no sé muy bien cuál, pero hace lo que le da la gana. Te aseguro que por el bien del país.
—¿Está bien?
—Sí, al parecer en parte gracias a ti. ¿Irán, 1977? ¿Seis fanáticos dispuestos a clavar su cabeza en la punta afilada de una lanza? Seis hombres muertos después de que te ocuparas de ellos. McElroy dijo que ni siquiera tuvo tiempo de desenfundar el arma para ayudarte. Te los cargaste en un abrir y cerrar de ojos. No tuvo la oportunidad de agradecértelo.
—No era necesario. Era nuestro aliado. Era mi trabajo.
—Bueno, de todos modos dijo que durante décadas quiso invitarte a una cerveza por haberle salvado el pellejo pero que no volvió a verte. La invitación sigue en pie, de hecho.
—Insisto, no es necesario.
Chapman se estiró, puso los pies en el suelo, se bajó la falda y se calzó.
—Pues está aquí por pura casualidad.
—¿Por eso has vuelto al cementerio?
—Sí y no. —Stone la miró expectante—. Sí, porque sabía que McElroy querría verte. No, porque tengo mis propios motivos.
—¿Cuáles?
Chapman se inclinó hacia delante y Stone vio, en el hueco entre la chaqueta y la camisa, una pistola Walther PPK que colgaba de una pistolera de cuero negro.
Stone se acercó para mirar de cerca el arma.
—Un gatillo duro, ¿no?
—Te acabas acostumbrando. —Chapman se calló y removió el café que le quedaba—. Admitámoslo, todo esto ha sido una cagada de principio a fin. Los estadounidenses tienen tantas agencias que no consigo ni una respuesta útil de nadie. Mi jefe piensa lo mismo. Sin embargo, Estados Unidos es nuestro principal aliado y no haremos peligrar esa relación, claro está, pero el blanco era nuestro primer ministro y tenemos la obligación de participar en la investigación.
—¿Por qué has venido a verme?
—James McElroy confía en ti. Ergo, confío en ti. Y anoche estabas en el parque, con lo cual eres una pieza valiosa del puzle.
—Tal vez, pero lo de Irán fue hace ya mucho tiempo, agente Chapman.
—Hay cosas que no cambian. McElroy dijo que eres una de ellas.
—En el caso de que sea John Carr.
—Oh, claro que lo eres, no me cabe la menor duda.
—¿Por qué estás tan segura?
—Antes, en la casa, extraje tus huellas de un vaso que había en el baño. Gracias a la influencia de mi jefe me dieron prioridad en la base de datos del NIC. Aun así, hubo que superar ocho niveles de seguridad, varios ordenadores en las últimas y dos autorizaciones de alto nivel para conseguir identificar la huella. —Arqueó las cejas—. Es de John Carr, uno de los miembros de la llorada extinta División Triple Seis.
—La cual nunca existió de manera oficial —dijo Stone en voz baja.
—Me da igual. Fuera oficial o no, yo apenas era una niña cuando apretaron el gatillo por última vez. —Se levantó—. ¿Estás preparado para ver al hombre al que salvaste la vida? De veras quiere invitarte a esa cerveza, «señor Carr».
11
James McElroy estaba sentado en la suite del hotel Willard cuando hicieron pasar a Stone y Chapman. El maestro de espías británico tenía setenta y cuatro años, estaba encorvado por la edad y tenía el pelo cano. Se le notaba la barriga prominente debajo de la chaqueta. Al levantarse del sillón las rodillas artríticas le flaquearon un poco, pero la mirada inquieta e inteligente indicaba que, aunque la edad había hecho estragos en él desde un punto de vista físico, su capacidad intelectual permanecía intacta. Si bien había llegado a medir más de un metro ochenta y cinco, la gravedad y los achaques le habían restado unos cuantos centímetros. Tenía poco pelo y lo llevaba alisado, con lo cual dejaba entrever unas arrugas de color rosa en el cuero cabelludo. Había restos de caspa en las hombreras de su americana azul.
Se le iluminó el semblante al ver a Stone.
—Estás igual —dijo McElroy—, menos por las canas. —Le dio una palmadita a Stone en el vientre plano y duro antes de tenderle la mano y luego darle un fuerte abrazo—. Yo he engordado y tú no.
Se separaron y McElroy les invitó a que se sentaran.
—¿Cómo te han ido las cosas, John?
—Tirando —se limitó a responder Stone.
El británico asintió con expresión comprensiva y sombría.
—Sí, sé a qué te refieres. Todo se te puso cuesta arriba.
—Una forma bastante acertada de resumirlo.
McElroy entrecerró los ojos.
—Me enteré de lo de... ya sabes. Lo siento.
—Ya es más de lo que me dijeron los míos. Gracias.
Chapman miró a Stone y luego a McElroy.
—¿Podría ponerme al día, señor?
—No —dijo Stone—, no lo hará.
—John y yo somos de una generación que se llevará los secretos profesionales a la tumba —dijo sin dejar de mirar a Stone—. ¿Comprendido?
—Sí, señor —se apresuró a responder Chapman.
—John, ¿te apetece un trago?
—Es muy temprano para mi gusto.
—Pero ya es tarde en Londres, así que finjamos un poco. Imagínate que es una ocasión especial, dos viejos amigos que se rencuentran.
Un ayudante trajo bebidas para los tres. Stone se tomó una cerveza, Chapman un vermú con Beefeater y McElroy un chupito de whisky escocés. McElroy miró a Stone por encima del borde del vaso.
—Tengo piedras en la vesícula. Me están matando, pero dicen que el buen whisky en pequeñas cantidades se las carga. Al menos es lo que he oído decir. En este caso me conformo con un rumor. —Alzó el vaso—. Salud.
Todos bebieron y McElroy se secó los labios delicadamente con el pañuelo del bolsillo.
—¿El primer ministro? —inquirió Stone.
Chapman se irguió en la silla mientras mordisqueaba la aceituna del vermú.
McElroy parecía afligido. Se frotó el costado y asintió con gesto rutinario.
—Sí, el primer ministro. Un tipo sensato. Le voté, aunque en algunos asuntos es un tanto temerario, pero todos los políticos lo son, ¿no?
—¿Lo bastante temerario como para saltar por los aires?
—No, no lo creo.
—Hay muchos enemigos ahí fuera. —Stone miró a Chapman—. Nuestro mayor aliado. Ha puesto vuestra islita en el punto de mira.
—Eso parece, pero seguimos adelante, ¿no?
—¿Quién sabía que cruzaría el parque?
—Muy pocas personas —respondió Chapman mientras McElroy seguía frotándose el costado y se acababa el whisky—. Las están investigando en estos momentos.
Stone se percató de que a McElroy no parecía interesarle ese detalle.
—¿Tienes otra teoría?
—Ni siquiera sé si puede considerarse una teoría, John —dijo con desdén.
—Ahora me llamo Oliver.
—Por supuesto. Lo vi en la documentación, pero me temo que mi memoria ya no es lo que era. Bueno, Oliver, solo es una idea.
—Soy todo oídos.
Tal y como Stone hubiera hecho antes, McElroy sostuvo en alto cuatro dedos de la mano derecha.
—Anoche había cuatro personas en el parque. —Bajó un dedo—. Nuestro hombre era el que te clavó el diente.
—La agente Chapman me dijo que era uno de vuestros hombres y que patrullaba el parque. Pero ¿por qué si al final el ministro no pasaría por allí?
—La explicación es bien sencilla. Se le había encomendado que patrullase el parque cuando el plan para cruzar el parque seguía en pie. Después de que el primer ministro se torciese el tobillo dejamos al agente en el parque para ampliar el perímetro de seguridad. —McElroy sostuvo bien en alto los tres dedos—. Pero lo peor de todo, John, perdón, Oliver, es que mis homólogos norteamericanos no me han dicho nada sobre las otras tres personas.
—He visto la grabación. Una de ellas está muerta.
—No nos sirve de mucho. Quedan el hombre y la mujer. A lo mejor estaban en el parque por pura casualidad, pero puede que no. En cualquier caso, necesito saberlo con certeza.
—¿Por qué había gente en el parque anoche? Estoy allí a todas horas y los de seguridad me conocen. Normalmente no hay nadie en el parque a esas horas de la noche.
—Buena pregunta. Yo mismo me la he formulado. ¿Has dado con la respuesta? Yo no.
—No, al menos no con una satisfactoria. ¿Existen amenazas inminentes contra el primer ministro?
—Ninguna creíble.
—¿Qué piensas hacer?
—Alejarle de la amenaza. —McElroy consultó la hora—. De hecho, el primer ministro debería llegar a Heathrow dentro de veinte minutos.
—¿Y después de eso?
McElroy vio un poco de caspa en la hombrera y se la quitó de encima como si fuera una conclusión desdeñable.
—No podemos dar el episodio por concluido, Oliver. Ha ocurrido en suelo norteamericano, por lo que nuestros medios son limitados, pero no podemos dar carpetazo a lo sucedido. Sentaría precedente. No podemos permitir que atenten contra el primer ministro sin que haya consecuencias.
—Si es que él era el blanco.
—Tendremos que suponer que lo era hasta que los hechos demuestren lo contrario.
Stone miró a Chapman y luego a su viejo conocido.
—La agente Chapman parece estar capacitada.
—Sí, lo está, de lo contrario no habría venido, pero creo que estaremos mucho mejor preparados si colaborases con ella.
Stone negó con la cabeza.
—Tengo otros asuntos entre manos.
—Sí, la visita al NIC. Tengo entendido que Riley Weaver está marcando el territorio a toda marcha. Cometerá errores, por supuesto, pero esperemos que no mueran muchas personas por su culpa. Y creo que el FBI también te necesita.
—Un caballero muy popular —añadió Chapman.
McElroy y Stone se miraron con aire cómplice.
—No creo que «popular» sea el calificativo más acertado. ¿Controlado?
—Tal vez.
Stone miró fijamente a McElroy.
«¿Sabe que me he reunido con el presidente, que trabajo para el país de nuevo?», se preguntó.
Stone no tenía motivos para pensar que McElroy le guardara rencor, pero en aquel mundillo salvarle el pellejo a alguien no garantizaba una lealtad imperecedera. Stone estaba seguro de que el primer ministro y James McElroy lo sacrificarían si así se lo pidiesen los estadounidenses.
Entonces se le ocurrió otra cosa: «Por eso estoy aquí. Le han ordenado a McElroy que me comunique en persona el mensaje del presidente.»
Decidió comprobar si la especulación era correcta.
—Ya me han encomendado una misión. De hecho, se supone que debo partir mañana.
—Sí. Bueno, los planes son flexibles, ¿no? Hay que dar cuenta de los acontecimientos más recientes.
—¿En serio?
—Los planes han cambiado tras lo sucedido en el parque —dijo McElroy sin rodeos.
—¿Por qué? ¿Simplemente porque estaba allí?
—En parte. Además, tengo cierta influencia en los círculos afectados y creí que serías más útil aquí que en las zonas más meridionales de este hemisferio.
«Entonces está al tanto de los rusos y de la distribución de la droga desde México», se dijo.
—¿Ahora eres mi defensor? Eso es peligroso.
—También lo fue en Irán en 1977, y eso no te detuvo.
—Era mi trabajo. No me debes nada.
—Esa no es toda la verdad. —Stone ladeó la cabeza. McElroy prosiguió—: Investigué lo sucedido a posteriori. Ya te habían autorizado que regresases a casa. De hecho, estabas fuera de servicio. El equipo que se suponía que me rescataría sufrió una emboscada. Asesinados a manos de un hombre. ¿Por qué tengo la impresión de que no te estoy contando nada que no sepas?
Chapman miró a Stone con interés creciente.
—Estabas en apuros y yo estaba allí. Habrías hecho lo mismo en mi lugar.
—Pero no con un resultado tan deslumbrante. —Se apresuró a añadir—: No por falta de voluntad, claro, pero nunca habría disparado con esa eficiencia.
—¿Cuáles son entonces las líneas maestras?
—Investiga y obtén resultados. Luego... —McElroy se encogió de hombros—, lo que se te prometió sigue en pie.
—¿Y si no obtengo resultados? —McElroy no respondió—. De acuerdo —dijo Stone.
—¿Lo harás?
—Sí.
—Perfecto.
—Entonces, ¿cuáles son los pasos a seguir? —preguntó Stone—. Llevo mucho tiempo fuera de este mundillo y no es fácil reengancharse.
—Con el beneplácito del primer ministro he movido algunos hilos. Él y el presidente son muy buenos amigos. Juegan al golf y van a la guerra juntos. Ya sabes cómo son esas cosas.
—¿Es decir?
—Pues que han decidido que sería fenomenal que Mary y tú os pongáis manos a la obra e investiguéis qué ha pasado.
—Que quede claro que no soy el que era.
McElroy observó a su viejo amigo.
—Hay quienes solo te recuerdan por tus extraordinarias proezas físicas, porque nunca fallabas un blanco, porque el valor jamás te flaqueaba, pero yo también te recuerdo como uno de los agentes más cautos jamás habidos. Muchos intentaron dar contigo, algunos no muy lejos de aquí, pero nadie lo consiguió. Creo que estás preparado de sobra para lo que el médico ha pedido. Pienso que te será beneficioso y no solo por los motivos más obvios.
—¿Entonces me mantengo cerca de los enemigos?
—De los amigos y los enemigos —corrigió McElroy.
Stone miró a Chapman.
—¿Qué te parece?
—Mi jefe ha hablado con claridad y yo respeto las normas de la casa —dijo con ligereza.
—Eso no es lo que te he preguntado —repuso Stone secamente.
La expresión de Chapman cambió por completo.
—Necesito averiguar quién quiso asesinar al primer ministro, y si me ayudas haré cuanto me pidas.
—Bien dicho —dijo McElroy mientras se levantaba y se sujetaba al sillón para aguantarse—. Ni te imaginas cuánto me alegro de haberte visto de nuevo. Me ha sentado de fábula.
—Una cosa. Weaver me enseñó la grabación de las cámaras de vigilancia del parque. Por desgracia, se cortó justo después de la explosión, se quedó en negro.
—¿En serio? —McElroy miró a Chapman—. Mary, trata de conseguir la grabación completa para Oliver.
—Pensé que igual había cosas que se habían quedado en el tintero —dijo Stone.
—Siempre hay cosas que se quedan en el tintero —afirmó McElroy sonriendo.
—¿Has vuelto a Irán? —preguntó Stone frunciendo los labios.
—No volvería ni en sueños salvo que me acompañaras —dijo sonriendo—. Mary te dará la documentación necesaria para ponerte al día. Buena suerte.
Al cabo de unos segundos había desaparecido en una sala interior, dejando a Chapman y a Stone a solas.
—Necesito que me lleves de vuelta a casa —dijo Stone.
—¿Y luego?
—Luego repasaremos la documentación.
—Vale, pero tal vez nos quede poco tiempo.
—Oh, eso está más que claro. Nos queda muy poco tiempo.