Contenido
Presentación
Dedicatoria
1. Crecer
2. El cuchillo de Suriyawong
3. Madres y padres
4. Chopin
5. Piedras en el camino
6. Hospitalidad
7. La raza humana
8. Objetivos
9. Concepción
10. Izquierda y derecha
11. Bebés
12. Apagando fuegos
13. Califa
14. Estación espacial
15. Planes de guerra
16. Trampas
17. Profetas
18. La guerra en el terreno
19. Despedidas
20. Hogar
Agradecimientos
Biografía
Creditos

Título original: Shadow Puppets

Traducción: Rafael Marín

1.ª edición: febrero 2015

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

DL B 3552-2015

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-968-8

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

marionetas

Presentación

Poco voy a decirles de Marionetas de la sombra. El mismo Card presentaba la anterior novela de esta ya dilatada serie de Ender y su Sombra como «un descomunal juego de Risk: se trata de recurrir a la política y la diplomacia tanto para alcanzar el poder y mantenerlo como para garantizarse un lugar donde reposar en caso de perderlo».

Eso es, en definitiva, el presente libro: un impresionante juego de estrategia de alcance mundial, bajo el supuesto, un tanto insólito, de que hay personas inteligentes gobernando las grandes potencias.

Esas personas son, no podía ser de otra manera, los niños forjados en la Escuela de Batalla, los precoces genios militares que formaron, en su momento, el ejército de Ender. Ahora son los mejores estrategas de la humanidad y lideran sus respectivos países en el nuevo conflicto mundial. Un enfrentamiento planetario que involucra diversas culturas humanas, como la de China y la del islam, en este caso, bajo la siempre atenta mirada del Hegemón, Peter Wiggin (el genial hermano mayor de Ender), ayudado por Bean, el antiguo lugarteniente de Ender.

Casi quince años después del extraordinario éxito de El juego de Ender, Card se atrevió a contar la misma historia (la guerra contra los insectores en la Escuela de Batalla), pero desde un nuevo punto de vista: el de Bean, el lugarteniente de Ender. Un personaje si cabe más interesante que el mismo Ender y al que Card está dedicando esta nueva serie que empezó con gran éxito, después de que La Sombra de Ender se convirtiera en Estados Unidos en un gran best seller de la prestigiosa lista del New York Times y, en España, alcanzara un nuevo éxito de ventas. Algo parecido ocurría después con su continuación, La Sombra del Hegemón, y es de augurar que suceda lo mismo con esta nueva entrega de la saga.

Al final de La Sombra del Hegemón, el mismo Card contaba el posible esquema de la obra completa:

Primero: una historia entrañable sobre la formación de un líder militar, Ender, en la Escuela de Batalla en una Tierra atacada por los insectores (que con el tiempo han devenido en «fórmicos» según la nueva denominación que el mismo Card les está dando). Ésa es la historia de El juego de Ender.

A esa novela sigue una primera y compleja trilogía, que transcurre unos tres mil años en el futuro y está protagonizada por Ender y su hermana Valentine, todavía jóvenes por los efectos relativistas. A ellos se une, casi como protagonista, la consciente red de ordenadores que compone la inteligencia artificial Jane, puesta seriamente en peligro por las averiguaciones de Qing-Jao en el planeta Sendero.

Esta trilogía está formada por La voz de los muertos, Ender el xenocida e Hijos de la mente, publicadas en los números 1, 50 y 100 de nuestra colección. (El juego de Ender, aparecida originalmente en la colección de bolsillo Libro Amigo de Ediciones B, tiene en su reedición en NOVA un curioso número 0...).

Tras varios años resistiéndose a las muchas peticiones de lectores y editores para que siguiera narrando historias sobre Ender, Card ha acabado haciéndolo de forma un tanto tangencial. Primero contó la historia de Ender y sus comandantes en La sombra de Ender (número 137 en nuestra colección) introduciendo con gran detalle a un nuevo personaje, Bean, que se convertirá en el eje de la nueva serie. Pero Bean no está solo. Ender partió tras la derrota de los insectores en la guerra Fórmica, pero en la Tierra quedaron tanto sus compañeros de la Escuela de Batalla como su hermano mayor, Peter. Y ellos, junto a Bean y su némesis, Aquiles, van a ser los protagonistas principales de la nueva serie, inevitablemente ligada al recuerdo y la omnipresente imagen de Ender.

Prevista inicialmente como trilogía, esta serie de Bean, el que maneja en la sombra, se anunciaba (por parte del mismo Card al final de La Sombra del Hegemón) como una tetralogía que ya no parece vaya a ser tal. Los títulos allí anunciados por el autor: La sombra de la Muerte y La sombra del Gigante parecen haberse convertido en este Marionetas de la sombra que, como siempre es posible en el caso de Card, podría ser el último de la nueva serie o tener continuación.

Será imprescindible tener paciencia y ver qué ocurre, aunque Card ya nos tiene acostumbrados a series iniciadas y pendientes de conclusión: la del hacedor Alvin Maker, la trilogía del Mayflower iniciada con Lovelock, la posible serie sobre los observadores del pasado iniciada con la novela sobre Colón, y otras series actualmente en marcha, como Mujeres del Génesis.

La nueva serie sobre Bean, la sombra de Ender y del Hegemón, trata básicamente de geopolítica y de temas político-militares en la Tierra tras la victoria sobre los insectores, un período no demasiado alejado de nuestra actualidad en donde los dos siglos transcurridos pueden haber cambiado algunas cosas, pero no demasiadas. Aunque no hay que olvidar que, incluso la guerra y la geopolítica ha de adquirir, a manos de Card, un tono intimista que se centra en las motivaciones últimas de las acciones y las decisiones que toman los principales protagonistas.

Ya he dicho otras veces que Ender no era el único niño en la Escuela de Batalla, sólo el mejor entre los mejores. Bean, un ser prácticamente tan superdotado como Ender, verá en éste a un rival, pero también a un líder irrepetible. Con su prodigiosa inteligencia obtenida por manipulación genética, Bean ve y deduce incluso lo que Ender no llega a captar. Lugarteniente, amigo, tal vez posible suplente, Bean nos mostró en La sombra de Ender el trasfondo de lo que ocurría en la Escuela de Batalla y que, tal vez, el mismo Ender nunca llegó a saber. En La sombra del Hegemón, y ahora en Marionetas de la sombra, Bean continúa su tradicional enfrentamiento con Aquiles, ahora en el marco de un conflicto geoestratégico de alto nivel, concebido como resulta ya evidente y confiesa su autor como un gran juego de Risk.

Pero Bean es también un ser humano, casi un adolescente que sabe que su modificación genética comporta un gigantismo que le ha de llevar a la muerte muy temprana, quizás antes de los veinte años. El amor por Petra y la preocupación por su descendencia son nuevos elementos que Card, tan hábil en el tratamiento de personajes juveniles, incorpora en esta nueva novela de la saga. Y ello sin olvidar que el mismo Ender tiene unos padres que cobran un curioso protagonismo en Marionetas de la sombra.

Por el momento, aún en la duda de si la serie de la Sombra se ha terminado ya o va a continuar algún día, lo cierto es que leer cualquier libro de Card es siempre una gozada (y se lo dice un agnóstico que está disfrutando de lo lindo con las nuevas novelas históricas de Card sobre las mujeres del Génesis, ¿quién me lo iba a decir?).

Miquel Barceló

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A James y Renée Allen,

siempre entrelazados con nosotros

en la gran red de la vida

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1

Crecer

De: SinDirección@Ilocalizable.com#14h9ccO/FIRMA

HASTA AHORA Y CONTINÚA ANÓNIMO!

Para: Trirreme%Salamina@Attica-vs-Esparta.hst

Sobre: Decisión final

Wiggin:

Sujeto no ha de morir. Sujeto será transportado según plan 2, ruta 1. Partida Mar. 4.00, punto de encuentro #3 a las 6.00, que es al alba. Por favor sé lo bastante listo para acordarte de la fecha internacional. Es tuyo si lo quieres.

Si tu inteligencia sobrepasa tu ambición lo matarás. Si viceversa, intentarás utilizarlo. No pediste mi consejo, pero lo he visto en acción: Mátalo.

Cierto, sin un antagonista para asustar al mundo nunca recuperarás el poder que el cargo de Hegemón tuvo en su día. Sería el final de tu carrera.

Déjalo vivir, y será el fin de tu vida, y dejarás el mundo en su poder cuando mueras. ¿Quién es el monstruo? ¿O al menos el monstruo número 2?

Y te he dicho cómo capturarlo. ¿Soy el monstruo número 3? ¿O simplemente el tonto número 1?

Tu fiel servidor en la diversidad

A Bean le gustaba ser alto, aunque eso fuera a matarlo.

Y al ritmo que estaba creciendo, sería más pronto que tarde. ¿Cuánto tiempo tenía? ¿Un año? ¿Tres? ¿Cinco? Los extremos de sus huesos eran todavía como los de un niño, madurando, estirándose; incluso su cabeza estaba creciendo y, como un bebé, tenía una suave fontanela en la parte superior de su cráneo.

Eso implicaba ajustes constantes, ya que semana tras semana sus brazos llegaban más lejos cuando los extendía, sus pies eran más largos y tropezaban con escaleras y alféizares, sus piernas eran más largas y al caminar cubría el terreno con más rapidez, y sus compañeros tenían que apresurarse para seguirle el ritmo. Cuando entrenaba con sus soldados, la compañía de elite de hombres que constituían toda la fuerza militar de la Hegemonía, ahora podía correr ante ellos, pues sus zancadas eran más largas que las suyas.

Hacía tiempo que se había ganado el respeto de sus hombres. Pero ahora, gracias a su altura, ellos por fin, literalmente, lo miraban desde abajo.

Bean se encontraba en el prado donde dos helicópteros de asalto esperaban a que sus hombres los abordaran. Hoy la misión era peligrosa: penetrar en el espacio aéreo chino e interceptar un pequeño convoy que transportaba a un prisionero desde Beijing hasta el interior. Todo dependía del secreto, la sorpresa, y la información extraordinariamente precisa que el Hegemón, Peter Wiggin, había estado recibiendo desde el interior de China en los últimos meses.

Bean deseaba conocer la fuente de inteligencia, porque su vida y las vidas de sus hombres dependían de ello. La precisión lograda hasta ahora bien podría ser fácilmente una trampa. A pesar de que el título de Hegemón era ahora esencialmente algo vacío, ya que la mayor parte de la población mundial residía en países que habían dejado de reconocer la autoridad del cargo, Peter Wiggin había estado usando bien a los soldados de Bean. Eran una molestia constante al nuevo afán expansionista de China, capaces de aparecer aquí y allá exactamente en el momento mejor calculado para perturbar la confianza de los líderes chinos.

La patrullera que desaparece de repente, el helicóptero que cae, la operación de espionaje que es reventada bruscamente cegando al servicio de inteligencia chino en otro país más..., oficialmente los chinos ni siquiera habían acusado al Hegemón de tener ninguna relación con esos incidentes, pero eso sólo significaba que no querían dar ninguna publicidad al Hegemón, no querían potenciar su reputación ni su prestigio entre aquellos que temían a China en los años transcurridos desde la conquista de la India e Indochina. Casi con toda seguridad sabían quién era la fuente de sus preocupaciones.

De hecho, probablemente achacaban al pequeño ejército de Bean la creación de problemas que eran accidentes corrientes de la vida. La muerte del ministro de Asuntos Exteriores de un ataque al corazón en Washington, D.C., sólo minutos antes de su reunión con el presidente norteamericano. Puede que de verdad creyeran que el alcance de Peter Wiggin era tan largo, o que pensaran que el ministro de Exteriores chino, un segundón del partido, merecía la pena ser asesinado.

Y el hecho de que una devastadora sequía llevara ya dos años vigente en la India, obligando a los chinos a comprar comida en el mercado libre o permitir la entrada de trabajadores de equipos de ayuda de Europa y las Américas al subcontinente recién capturado y todavía rebelde... tal vez incluso imaginaban que Peter Wiggin podía controlar las lluvias monzónicas.

Bean no se hacía ese tipo de ilusiones. Peter Wiggin tenía muchos contactos por todo el mundo, una colección de informadores que se convertía gradualmente en una seria red de espías pero, por lo que Bean podía decir, Peter tan sólo estaba jugando. Oh, Peter pensaba que era bastante real, pero nunca había visto lo que sucedía en el mundo real. Nunca había visto a la gente morir como resultado de sus órdenes.

Bean sí, y no se trataba de ningún juego.

Oyó acercarse a sus hombres. Supo sin mirar que estaban muy cerca, pues incluso aquí, en territorio supuestamente seguro (una zona aventajada en las montañas de Mindanao en las Filipinas) se movían lo más silenciosamente posible. Pero también sabía que los había oído antes de que ellos esperaran que lo hiciera, pues sus sentidos siempre habían sido inusitadamente agudos. No los órganos auditivos físicos (su oído era bastante corriente), sino la habilidad de su cerebro para reconocer incluso la más leve variación en el sonido ambiental. Por eso alzó una mano como saludo hacia los hombres que acababan de emerger del bosque tras él.

Pudo oír los cambios en su respiración —suspiros, risitas casi silenciosas—, que le decían que reconocían que los había vuelto a pillar. Como si fuera un juego adulto del escondite, y Bean siempre pareciera tener ojos en la nuca.

Suriyawong se acercó a él mientras los hombres se disponían en fila de a dos para subir a los helicópteros, ya preparados para la misión que les esperaba.

—Señor —dijo Suriyawong.

Eso hizo que Bean se volviera. Suriyawong nunca lo llamaba «señor».

Suriyawong, el segundo al mando, un tailandés sólo unos pocos años mayor que Bean, era ahora media cabeza más bajo. Saludó a Bean, y entonces se volvió hacia el bosque del que acababa de surgir.

Cuando Bean se volvió para mirar en la misma dirección, vio a Peter Wiggin, el Hegemón de la Tierra, el hermano de Ender Wiggin, que había salvado al mundo de la invasión fórmica tan sólo unos cuantos años antes. Peter Wiggin, el consentidor y jugador. ¿A qué está jugando ahora?

—Espero que no estés tan loco como para venir en esta misión —dijo Bean.

—Qué saludo tan alegre —dijo Peter—. Lo que llevas en el bolsillo es una pistola, así que supongo que no te alegras de verme.

Bean odiaba a Peter cuando intentaba bromear. Así que no dijo nada. Esperó.

—Julian Delphiki, hay un cambio de planes.

Lo llamaba por su nombre completo, como si fuera el padre de Bean. Bueno, Bean tenía un padre... aunque no hubiera sabido que tenía uno hasta después de que terminara la guerra, cuando le dijeron que Nikolai Delphiki no era sólo su amigo, sino su hermano. Pero tener de pronto un padre y una madre cuando ya cuentas con once años no es igual que crecer con ellos. Nadie había llamado a Bean «Julian Delphiki» cuando era pequeño. Nadie lo había llamado de ninguna manera, hasta que se burlaron de él y le pusieron por mote Bean, habichuela, en las calles de Rotterdam.

Peter nunca parecía ver el absurdo que era tratar así a Bean. Luché en la guerra contra los insectores, quiso decir Bean. Luché junto a tu hermano Ender, mientras tú aún estabas jugando a agitador en las redes. Y mientras estabas llenando tu vacío papel de Hegemón, yo lideraba a estos hombres a la batalla que logró cambiar el mundo. ¿Y ahora me dices que ha habido un cambio de planes?

—Anulemos la misión —dijo Bean—. Los cambios de último minuto en los planes conducen a pérdidas innecesarias en el combate.

—En este caso no será así —respondió Peter—. Porque el único cambio es que tú no vas a ir.

—¿Vas a ir tú en mi lugar?

Bean no tuvo que mostrar desprecio en su voz ni en su rostro. Peter era lo bastante inteligente como para saber que la idea era un chiste. Peter no estaba entrenado para nada más que para escribir ensayos, darle la de cal a los políticos, y jugar a geopolítica.

—Suriyawong irá al mando de esta misión —dijo Peter.

Suriyawong cogió el sobre sellado que le tendió Peter, pero luego se volvió hacia Bean en busca de confirmación.

Peter advirtió sin duda que Suriyawong no pretendía seguir esas órdenes a menos que Bean se lo dijera. Como era mayormente humano, Peter no pudo resistir la tentación de devolver el golpe.

—A menos que pienses que Suriyawong no está preparado para dirigir la misión —dijo.

Bean miró a Suriyawong, quien le sonrió.

—Su excelencia, las tropas son tuyas —dijo Bean—. Suriyawong siempre dirige a los hombres a la batalla, así que no habrá ningún cambio de importancia.

Cosa que no era cierta del todo: Bean y Suriyawong a menudo tenían que cambiar de planes en el último minuto, y Bean acababa dirigiendo una misión entera o parcialmente, o no, dependiendo de cuál de los dos tuviera que lidiar con la emergencia. Con todo, por difícil que fuera esta misión, no era demasiado complicada. El convoy estaría donde se suponía que tendría que estar, o no estaría. Si lo estaba, la misión probablemente tendría éxito. Si no estaba, o si se trataba de una emboscada, la misión sería abortada y ellos regresarían a casa. Suriyawong y los otros oficiales y soldados podrían tratar sin problemas con cualquier cambio menor.

A menos, por supuesto, que el cambio en la misión fuera porque Peter Wiggin supiera que iba a fracasar y no quisiera arriesgarse a perder a Bean. O porque Peter los estuviera traicionando por algún arcano motivo propio.

—Por favor, no lo abras hasta que estés en el aire —le dijo Peter a Suriyawong.

Suriyawong saludó.

—Hora de partir —dijo.

—La misión nos acercará significativamente a lograr impedir el expansionismo chino —dijo Peter.

Bean ni siquiera suspiró. Pero esta tendencia de Peter para decir lo que sucedería siempre le cansaba un poco.

—Ve con Dios —le dijo Bean a Suriyawong. A veces, cuando decía esto, Bean recordaba a sor Carlotta y se preguntaba si ahora estaría con Dios, y tal vez le oía decir lo más cercano a una oración que jamás había pasado por sus labios.

Suriyawong corrió hacia el helicóptero. Al contrario que sus hombres, no llevaba ningún equipo aparte de una pequeña mochila y su pistola. No tenía ninguna necesidad de armamento pesado, porque esperaba quedarse en el helicóptero durante la operación. Había momentos en que el comandante tenía que dirigir el combate, pero no en una ocasión como ésta, donde la comunicación lo era todo y tenía que poder tomar decisiones instantáneas que serían comunicadas a todos de inmediato. Por eso se quedaría con los e-mapas que controlaban la posición de cada soldado, y hablaría con ellos por el enlace satélite codificado.

No estaría a salvo en el helicóptero. Al contrario. Si los chinos fueran conscientes de lo que se les avecinaba, o si pudieran responder a tiempo, Suriyawong estaría sentado en uno de los dos blancos más grandes y fáciles de alcanzar.

Ése es mi lugar, pensó Bean mientras veía cómo Suriyawong saltaba al helicóptero, ayudado por la mano extendida de uno de los soldados.

La puerta del helicóptero se cerró. Los dos aparatos se alzaron levantando una tormenta de viento y polvo y hojas, aplanando la hierba bajo ellos.

Sólo entonces emergió otra figura del bosque. Una joven. Petra.

Bean la vio e inmediatamente se llenó de furia.

—¿En qué estás pensando? —le gritó a Peter por encima del fragor de los helicópteros—. ¿Dónde están sus guardaespaldas? ¿No sabes que corre peligro cada vez que abandona la seguridad del complejo?

—La verdad —dijo Peter, y ahora los helicópteros estaban ya tan altos que podían hablar con voz normal— es que probablemente no ha estado más a salvo en toda su vida.

—Si piensas así, eres un idiota.

—Pues pienso así, y no soy ningún idiota. —Peter sonrió—. Siempre me subestimas.

—Siempre te sobrestimas.

—Hola, Bean.

Bean se volvió hacia Petra.

—Hola, Petra.

La había visto hacía tan sólo tres días, justo antes de que partieran para esta misión. Ella lo había ayudado a planearla; se la sabía al dedillo, igual que él.

—¿Qué está haciendo este capullo con nuestra misión? —le preguntó Bean.

Petra se encogió de hombros.

—¿No te lo imaginas?

Bean pensó un instante. Como de costumbre, su mente inconsciente había estado procesando la información de fondo, muy por detrás de lo que era consciente. En la superficie, estaba pensando en Peter y en Petra y en la misión que acababa de ponerse en marcha. Pero, por debajo, su mente ya había advertido las anomalías y estaba dispuesta a enumerarlas.

Peter había apartado a Bean de la misión y le había dado a Suriyawong órdenes selladas. Obviamente, pues, había algún cambio que no quería que él supiera. Peter también había sacado a Petra de su escondite y sin embargo sostenía que nunca había estado más a salvo. Eso debía significar que por algún motivo estaba seguro de que Aquiles no podía alcanzarla aquí.

Aquiles era la única persona del mundo cuya red personal rivalizaba con la de Peter por su capacidad de extenderse más allá de cualquier frontera nacional. La única manera de que Peter pudiera estar seguro de que Aquiles no podía alcanzar a Petra, ni siquiera aquí, era que Aquiles no estuviera libre para actuar.

Aquiles estaba prisionero, y llevaba prisionero algún tiempo. Lo que significaba que los chinos, tras haberlo utilizado para preparar su conquista de la India, Birmania, Tailandia, Vietnam, Laos y Camboya, y su alianza con Rusia y el Pacto de Varsovia, finalmente había advertido que era un psicópata y lo habían encerrado.

Aquiles estaba prisonero en China. El mensaje que contenía el sobre de Suriyawong sin duda le revelaba la identidad del prisionero que tenían que rescatar de la custodia china. Esa información no podía haber sido comunicada antes de que partiera la misión, porque Bean no habría permitido que ésta continuara si hubiera sabido que llevaría a la liberación de Aquiles.

Bean se volvió hacia Peter.

—Eres tan estúpido como los políticos alemanes que conspiraron para llevar a Hitler al poder, pensando que podrían utilizarlo.

—Sabía que te molestarías —dijo Peter tranquilamente.

—A menos que las nuevas órdenes que le diste a Suriyawong fueran matar al prisionero después de todo.

—Comprenderás que eres demasiado impredecible cuando se trata de ese tipo. Sólo mencionar su nombre te pone a cien. Es tu talón de Aquiles. Perdona el chiste.

Bean lo ignoró. En cambio, cogió a Petra de la mano.

—Si ya sabías lo que estaba haciendo, ¿por qué has venido con él?

—Porque ya no estaba a salvo en Brasil, y por eso prefiero estar contigo —respondió Petra.

—El que ambos estemos juntos sólo duplica la motivación de Aquiles.

—Pero tú eres el que sobrevive, no importa lo que te arroje Aquiles —dijo Petra—. Ahí es donde quiero estar.

Bean sacudió la cabeza.

—La gente que está cerca de mí muere.

—Al contrario. La gente sólo muere cuando no está cerca de ti.

Bueno, eso era bastante cierto, pero irrelevante. A la larga, Poke y sor Carlotta murieron por causa de Bean. Porque cometieron el error de amarle y serle leales.

—No voy a apartarme de tu vera —dijo Petra.

—¿Nunca?

Antes de que ella pudiera contestar, Peter los interrumpió.

—Todo esto es muy enternecedor, pero tenemos que repasar qué vamos a hacer con Aquiles después de que lo recuperemos.

Petra lo miró como si fuera un niño molesto.

—Sí que eres obtuso —dijo.

—Sé que es peligroso —respondió Peter—. Por eso debemos tener mucho cuidado con la manera de manejar este asunto.

—Escúchale —dijo Petra—. Habla en primera persona de plural.

—No cuentes con nosotros —dijo Bean—. Buena suerte.

Todavía cogido de la mano de Petra, Bean se encaminó hacia el bosque. Petra sólo tuvo un momento para despedirse alegremente de Peter y luego corrió junto a Bean hacia los árboles.

—¿Vais a dimitir? —gritó Peter tras ellos—. ¿Así, sin más? ¿Cuando por fin estamos a punto de conseguir que las cosas se muevan como queremos?

Ellos no se pararon a discutir.

Más tarde, en el avión privado que Bean contrató para que los llevara de Mindanao a las Célebes, Petra se burló de las palabras de Peter.

—«¿Cuando por fin estamos a punto de conseguir que las cosas se muevan como queremos?»

Bean se echó a reír.

—¿Cuándo hemos querido nada? —continuó ella, sin reírse ahora—. Sólo se trata de aumentar la influencia de Peter, de aumentar su poder y su prestigio. Nada que ver con nosotros.

—No quiero que muera —dijo Bean.

—¿Quién, Aquiles?

—¡No! A ése lo quiero muerto. Es a Peter a quien tenemos que mantener con vida. Es el único equilibrio.

—Ahora ha perdido el equilibrio —dijo Petra—. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que Aquiles se las arregle para hacerlo matar?

—Lo que me preocupa es cuánto tiempo pasará antes de que Aquiles penetre y se adueñe de toda su red.

—Tal vez estamos asignando a Aquiles poderes sobrenaturales —dijo Petra—. No es ningún dios. Ni siquiera un héroe. Sólo un chico enfermo.

—No —dijo Bean—. Yo soy un chico enfermo. Él es el diablo.

—Bueno, pues tal vez el diablo sea un chico enfermo.

—Así que estás diciendo que deberíamos tratar de ayudar a Peter.

—Estoy diciendo que si Peter sobrevive a su pequeño encuentro con Aquiles, puede que esté más dispuesto a escucharnos.

—No es probable —dijo Bean—. Porque si sobrevive, pensará que eso demuestra que es más listo que nosotros, así que será menos probable que nos quiera escuchar.

—Sí —dijo Petra—. No es que vaya a aprender nada.

—Lo primero que tenemos que hacer es dividirnos.

—No.

—He hecho esto antes, Petra. Esconderme. Impedir que me atrapen.

—Y si estamos juntos somos demasiado identificables, bla bla bla —dijo ella.

—Decir «bla bla bla» no significa que no sea cierto.

—Pero no me importa —dijo Petra—. Ésa es la parte que dejas fuera de tus cálculos.

—Pero a mí sí que me importa la parte que dejas fuera de los tuyos.

—Déjame expresarlo así: si nos separamos, y Aquiles me encuentra y me mata primero, entonces tendrás a otra mujer que te ama profundamente muerta porque no la protegiste.

—Juegas sucio.

—Combato como una chica.

—Y si te quedas conmigo, probablemente acabaremos muriendo juntos.

—Nada de eso —dijo Petra.

—No soy inmortal, como bien sabes.

—Pero eres más listo que Aquiles. Y más afortunado. Y más alto. Y más simpático.

—El nuevo ser humano mejorado.

Ella lo miró, pensativa.

—Sabes, ahora que eres alto, probablemente podríamos viajar como marido y mujer.

Bean suspiró.

—No voy a casarme contigo.

—Sólo como camuflaje.

Su deseo de casarse con él había empezado como insinuaciones pero ahora era bastante descarado.

—No voy a tener hijos —dijo él—. Mi especie se acaba conmigo.

—Creo que eso es muy egoísta por tu parte. ¿Y si el primer homo sapiens hubiera pensado lo mismo? Todavía seríamos neanderthales, y cuando llegaron los insectores nos habrían reducido a cenizas y sanseacabó.

—No evolucionamos a partir de los neanderthales —dijo Bean.

—Bueno, menos mal que al menos hemos resuelto eso.

—Y yo no he evolucionado. Me crearon genéticamente.

—Pero a imagen y semejanza de Dios —dijo Petra.

—Sor Carlotta podía decir esas cosas, pero no tienen gracia viniendo de ti.

—Sí que la tienen.

—No para mí.

—Creo que no quiero tener tus bebés, si van a heredar tu sentido del humor.

—Es un alivio.

Pero no lo era. Porque se sentía atraído hacia ella y Petra lo sabía. Más que eso. La amaba de verdad, le gustaba estar con ella. Era su amiga. Si no fuera a morirse, si quisiera formar una familia, si tuviera algún interés en casarse, ella era la única mujer humana que tendría en cuenta. Pero ése era el problema: ella era humana, y él no.

Después de unos instantes de silencio, Petra apoyó la cabeza en su hombro y lo cogió de la mano.

—Gracias —murmuró.

—No sé por qué.

—Por dejarme salvarte la vida.

—¿Cuándo ha sido eso?

—Mientras tengas que cuidar de mí, no morirás.

—¿Así que vas a venir conmigo, aumentando el riesgo de ser identificada y permitir que Aquiles elimine a sus dos enemigos jurados con una bomba bien colocada, sólo para salvarme la vida?

—Eso es, chico genio.

—Ni siquiera me caes bien, ¿sabes?

En ese momento, estaba tan molesto que era casi cierto.

—Mientras me ames, no me importa.

Y él sospechó que también la mentira de ella era casi verdad.

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El cuchillo de Suriyawong

De: Salaam%Spaceboy@Inshallah.com

Para: Vigilante%DeGuardia@International.net

Sobre: Lo que pediste

Mi querido señor Wiggin/Locke:

Filosóficamente hablando, todos los invitados en un hogar musulmán son tratados como visitantes sagrados enviados por Dios y bajo su cuidado. En la práctica, para dos personas extremadamente dotadas de talento, famosas e impredecibles que son odiadas por una poderosa figura no musulmana y ayudados por otra, ésta es una parte del mundo muy peligrosa, sobre todo si pretenden permanecer ocultos y libres. No creo que sean tan tontos como para buscar refugio en un país musulmán.

Lamento decirle, no obstante, que su interés y el mío no coinciden en este asunto, así que, a pesar de nuestra ocasional cooperación en el pasado, no le diré si los encuentro o tengo noticias de ellos.

Sus logros son muchos, y le he ayudado en el pasado y lo haré en el futuro. Pero cuando Ender nos guió en la lucha contra los fórmicos estos amigos estaban a mi lado. ¿Dónde estaba usted?

Respetuosamente suyo,

Alai

Suriyawong abrió sus órdenes y no se sorprendió. Había dirigido misiones al interior de China con anterioridad, pero siempre para realizar actos de sabotaje o de recopilación de inteligencia, o de «reducción involuntaria por la fuerza de altos oficiales», el irónico eufemismo que Peter empleaba por asesinato. El hecho de que esta misión fuera de captura y no de muerte sugería que se trataba de una persona que no era originaria de China. Suriyawong esperaba que pudiera ser uno de los líderes de un país conquistado: el depuesto primer ministro de la India, por ejemplo, o el cautivo primer minisro de su Tailandia natal.

Incluso había acariciado, brevemente, la posibilidad de que se tratara de un miembro de su propia familia.

Pero lo que tenía sentido era que Peter corriera este riesgo, no por alguien que tuviera un mero valor político o simbólico, sino por el enemigo que había puesto al mundo en esta extraña y desesperada situación.

Aquiles. Antiguo lisiado, asesino frecuente, psicópata a tiempo completo, y extraordinario propagador de odios, Aquiles tenía el don de descubrir a qué aspiraban los líderes de las naciones y les prometía un modo de conseguirlo. Hasta ahora había convencido a una facción del gobierno ruso, los jefes de los gobiernos indio y paquistaní, y varios líderes de otras tierras para que cumplieran sus órdenes. Cuando Rusia descubrió que era un peligro, huyó a la India, donde ya tenía a sus amigos esperándole. Cuando la India y Pakistán estaban haciendo exactamente lo que él había dispuesto que hicieran, los traicionó utilizando sus conexiones dentro de China.

El siguiente movimiento, por supuesto, habría sido traicionar a sus amigos de China y saltar a un puesto de poder aún mayor. Pero el grupo gobernante en China era tan cínico como Aquiles y reconoció la pauta de su conducta, así que poco después de que convirtiera a China en la única superpotencia efectiva del mundo, lo arrestaron.

Si los chinos eran tan listos, ¿por qué no lo era Peter? ¿No había dicho el propio Peter: «Cuando Aquiles te es más útil y leal, es cuando sin duda ya te ha traicionado»? ¿Entonces por qué pensaba que podía utilizar a este muchacho monstruoso?

¿O había conseguido Aquiles convencer a Peter, a pesar de todas las pruebas que existían de que Aquiles no cumplía sus promesas, de que esta vez sería leal a un aliado?

Debería matarlo, pensó Suriyawong. De hecho, lo haré. Informaré a Peter que Aquiles murió en el caos del rescate. Entonces el mundo será un lugar más seguro.

No es que Suriyawong no hubiera matado a enemigos peligrosos con anterioridad. Y por lo que Bean y Petra le habían dicho, Aquiles era por definición un enemigo peligroso, sobre todo hacia todo aquel que alguna vez hubiera sido amable con él.

—Si alguna vez lo has visto en estado de debilidad o indefensión o derrota —había dicho Bean—, no puede soportar que sigas con vida. No creo que sea algo personal. No tiene que matarte con sus propias manos o ver cómo mueres ni nada de eso. Sólo tiene que saber que ya no vives en el mismo mundo que él.

—Así que lo más peligroso que puedes hacer —había dicho Petra—, es salvarlo, porque el mismo hecho de que haya visto que necesitaba ser salvado es, para él, tu sentencia de muerte.

¿Nunca le habían explicado esto a Peter?

Claro que sí. De manera que al enviar a Suriyawong al rescate de Aquiles, Peter sabía que estaba, de hecho, firmando su sentencia de muerte.

Sin duda Peter imaginaba que iba a controlar a Aquiles, y por tanto Suriyawong no correría peligro.

Pero Aquiles había asesinado a la cirujana que había curado su pierna lisiada, y a la niña que una vez se negó a matarlo cuando lo tuvo a su merced. Había matado a la monja que lo encontró en las calles de Rotterdam y le proporcionó una educación y un puesto en la Escuela de Batalla.

Conseguir la gratitud de Aquiles era claramente una enfermedad terminal. Peter no tenía ningún poder para inmunizar a Suriyawong. Aquiles nunca dejaba sin castigar una buena acción, por mucho tiempo que hiciera falta, por muy revuelto que pudiera ser el camino de la venganza.

Debería matarlo, pensó Suriyawong, o sin duda él me matará a mí.

No es un soldado, es un prisionero. Matarlo sería un asesinato, incluso en tiempo de guerra.

Pero si no lo mato, él acabará por matarme a mí. ¿Es que un hombre no puede defenderse?

Además, es el que ideó el plan que sometió a mi pueblo al yugo de China, destruyendo a una nación que nunca había sido conquistada, ni por los birmanos, ni por los colonizadores europeos, ni por los japoneses en la Segunda Guerra Mundial, ni por los comunistas en su época. Sólo por Tailandia ya merece la muerte, por no mencionar todos sus otros asesinatos y traiciones.

Pero si un soldado no obedece las órdenes, matando sólo cuando se le ordena matar, ¿entonces de qué le vale a su comandante? ¿A qué causa sirve? Ni siquiera a su propia supervivencia, pues en un ejército semejante ningún oficial podría contar con sus hombres, con ningún soldado de sus compañías.

Tal vez tenga suerte y el vehículo estalle con él dentro.

Suriyawong sopesaba estos pensamientos mientras volaban bajo el radar, rozando las crestas de las olas del Mar de China.

Sobrevolaron la playa tan rápidamente que apenas hubo tiempo para darse cuenta, mientras los ordenadores de a bordo hacían que la nave de asalto se sacudiera a diestra y siniestra, se abalanzara hacia arriba y luego otra vez hacia abajo, evitando obstáculos del terreno mientras permanecía siempre por debajo del radar. Los helicópteros estaban perfectamente enmascarados, y la desinformación de a bordo comunicaba a todos los satélites de vigilancia que eran algo distinto a lo que en realidad eran.

Poco después llegaron a una carretera y viraron al norte, luego al oeste, hasta llegar a lo que las fuentes de inteligencia de Peter habían llamado punto de comprobación número tres. Los hombres en el punto de control enviarían una advertencia por radio al convoy que transportaba a Aquiles, naturalmente, pero no habrían terminado la frase antes...

El piloto de Suriyawong divisó al convoy.

—Transportes blindados a proa —dijo.

—Atacad todos los vehículos de apoyo.

—¿Y si han puesto al prisionero en uno de los vehículos de apoyo?

—Entonces habrá una muerte trágica que achacar al fuego amigo —dijo Suriyawong.

Los soldados comprendieron, o al menos eso pensaron. Suriyawong ejecutaría las maniobras para rescatar al prisionero, pero si éste moría no le importaba.

Esto no era cierto, estrictamente hablando, o al menos no en este momento. Suriyawong simplemente confiaba que los soldados chinos siguieran las reglas. El convoy no era más que un despliegue de fuerzas para impedir que muchedumbres locales, rebeldes o grupos militares guerrilleros intentaran interferir. No habían contemplado la posibilidad (ni siquiera un motivo) para que se produjera un rescate por parte de una fuerza externa. Desde luego, no por parte de la diminuta fuerza de choque del Hegemón.

Sólo media docena de soldados chinos pudieron salir de los vehículos antes de que los misiles de la Hegemonía los hicieran volar por los aires. Los soldados de Suriyawong ya estaban disparando antes de saltar de los helicópteros que se posaban en tierra, y sabían que en unos instantes toda resistencia habría acabado.

Pero la furgoneta prisión que llevaba a Aquiles no fue molestada. Nadie salió de ella, ni siquiera los conductores.

Violando el protocolo, Suriyawong saltó del helicóptero de mando y caminó hacia la parte trasera de la furgoneta prisión. Permaneció cerca mientras el soldado asignado para volar la puerta colocaba la carga y la detonaba. Hubo un fuerte pop, pero ningún estallido cuando el explosivo saltó el cerrojo.

La puerta se abrió un par de centímetros. Suriyawong extendió un brazo para impedir que los soldados entraran en la furgoneta para rescatar al prisionero.

En cambio, abrió la puerta sólo lo suficiente para lanzar su cuchillo de combate al suelo de la furgoneta. Entonces colocó la puerta en su sitio y retrocedió, indicando a sus hombres que hicieran lo mismo.

La furgoneta se agitó indicando alguna actividad violenta en su interior. Sonaron dos disparos. La puerta se abrió cuando un cuerpo se desplomó hacia atrás y cayó al suelo a sus pies.

Que sea Aquiles, pensó Suriyawong, contemplando al oficial chino que intentaba sujetarse las entrañas con las manos. Suriyawong tuvo la irracional idea de que el hombre debería lavarse los órganos antes de volver a metérselos en el abdomen. Era muy poco higiénico.

Un joven alto con uniforme carcelario apareció en la puerta de la furgoneta, empuñando un cuchillo de combate ensangrentado en la mano.

No pareces gran cosa, Aquiles, pensó Suriyawong. Pero claro, no tienes que parecer muy impresionante cuando acabas de matar a tus guardias con un cuchillo que no esperabas que te arrojaran a los pies.

—¿Todos muertos dentro? —preguntó Suriyawong.

Un soldado habría contestado sí o no, junto con un recuento de los vivos y los muertos. Pero Aquiles no había sido soldado en la Escuela de Batalla más que unos pocos días. No tenía los reflejos de la disciplina militar.

—Casi todos —dijo Aquiles—. ¿De quién fue la estúpida idea de arrojarme un cuchillo en vez de abrir la jodida puerta y acribillar a esos tíos?

—Comprobad si están muertos —les dijo Suriyawong a sus hombres más cercanos.

Momentos después le informaron que todo el personal del convoy había muerto. Eso era esencial si el Hegemón quería conservar la ficción de que no eran las fuerzas de la Hegemonía las que habían llevado a cabo esta incursión.

—A los helicópteros, en veinte segundos —dijo Suriyawong.

De inmediato, sus hombres corrieron hacia los aparatos.

Suriyawong se volvió hacia Aquiles.

—Mi comandante respetuosamente le invita a permitirnos que lo saquemos de China.

—¿Y si me niego?

—Si tiene sus propios recursos en el país, entonces le digo adiós con los cumplidos de mi comandante.

Esto no era lo que decían las órdenes de Peter, pero Suriyawong sabía lo que estaba haciendo.

—Muy bien —dijo Aquiles—. Márchense y déjenme aquí.

Suriyawong corrió inmediatamente hacia el helicóptero de mando.

—Espere —llamó Aquiles.

—Diez segundos —dijo Suriyawong por encima del hombro. Saltó al interior y se dio la vuelta. En efecto, Aquiles estaba cerca, extendiendo una mano para que lo auparan al pájaro.

—Me alegra que eligiera venir con nosotros —dijo Suriyawong.

Aquiles encontró un asiento y se sentó, ajustándose las correas de seguridad.

—Supongo que tu comandante es Bean y que eres Suriyawong —dijo Aquiles.

El helicóptero despegó y empezó a volar hacia la costa siguiendo una ruta diferente.

—Mi comandante es el Hegemón —respondió Suriyawong—. Usted es su invitado.

Aquiles sonrió plácidamente y contempló en silencio a los soldados que acababan de llevar a cabo su rescate.

—¿Y si hubiera estado en uno de los otros vehículos? —preguntó—. Si yo hubiera estado al mando de ese convoy, el prisionero no habría estado en el lugar obvio.

—Pero no estaba usted al mando del convoy —dijo Suriyawong.

La sonrisa de Aquiles se amplió un poco.

—¿Y qué es eso de lanzarme un cuchillo? ¿Cómo sabías que tendría las manos libres para recogerlo?

—Supuse que habría conseguido tener las manos libres —contestó Suriyawong.

—¿Por qué? No sabía que iban a venir.

—Perdone, señor —dijo Suriyawong—. Pero viniéramos o no, se las habría arreglado para tener las manos libres.

—¿Ésas fueron las órdenes que te dio Peter Wiggin?

—No, señor, fue mi juicio en la batalla —dijo Suriyawong. Le amargaba dirigirse a Aquiles como «señor», pero si este jueguecito iba a tener un final feliz, éste era el papel de Suriyawong por el momento.

—¿Qué clase de rescate es éste, donde le arrojas un cuchillo a un prisionero y esperas a ver qué pasa?

—Había demasiadas variables si abríamos la puerta de golpe —replicó Suriyawong—. Demasiado peligro de que lo mataran en fuego cruzado.

Aquiles no dijo nada. Sólo se quedó mirando la pared opuesta del helicóptero.

—Además —dijo Suriyawong—. No era una operación de rescate.

—¿Qué era entonces, prácticas de tiro? ¿Bolos chinos?

—Una oferta de transporte a un invitado del Hegemón —dijo Suriyawong—. Y el préstamo de un cuchillo.

Aquiles alzó el cuchillo ensangrentado, sujetándolo por la punta.

—¿Es tuyo?

—A menos que usted quiera limpiarlo.

Aquiles se lo tendió. Suriyawong sacó su bayeta y limpió la hoja, y luego empezó a pulirla.

—Querías que muriera —dijo Aquiles tranquilamente.

—Esperaba que resolviera sus propios problemas sin que muriera ninguno de mis hombres —dijo Suriyawong—. Y ya que lo ha conseguido, creo que mi decisión ha resultado ser, si no el mejor rumbo de acción, al menos un rumbo válido.

—Nunca creí que me fueran a rescatar los tailandeses —dijo Aquiles—. Que me matarían sí, pero que me salvarían no.

—Se salvó usted solo —dijo Suriyawong fríamente—. Nadie de aquí lo salvó. Abrimos una puerta para usted y le presté mi cuchillo. Supuse que tal vez no tendría uno, y que el préstamo del mío aceleraría su victoria para que no tuviéramos que retrasar nuestro vuelo de regreso.

—Eres un chico extraño.

—No me hicieron un test de normalidad cuando me confiaron esta misión. Pero no tengo ninguna duda de que suspendería un examen semejante.

Aquiles se echó a reír. Suriyawong se permitió una ligera sonrisa.

Trató de no imaginar qué pensamientos podían estar ocultando los inescrutables rostros de sus soldados. Sus familias también habían quedado atrapadas por la conquista china de Tailandia. También ellos tenían motivos para odiar a Aquiles, y tenía que mortificarlos ver cómo Suriyawong le hacía la pelota.

Por una buena causa, hombres: estoy salvando nuestras vidas lo mejor que puedo haciendo que Aquiles no nos considere sus rescatadores, asegurándome de que cree que ninguno de nosotros lo vio indefenso ni llegó a considerar que estaba indefenso.

—¿Bien? —dijo Aquiles—. ¿No tienes ninguna pregunta?

—Sí —contestó Suriyawong—. ¿Ha desayunado ya o tiene hambre?

—Yo nunca desayuno.

—Matar gente me da hambre —dijo Suriyawong—. Pensé que tal vez querría algún tipo de tentempié.

Ahora vio que un par de hombres lo miraban, sin apenas mover los ojos, pero fue suficiente para que Suriyawong supiera que sabían que reaccionaban a sus palabras. ¿Matar le da hambre? Absurdo. Ahora debían de saber que le estaba mintiendo a Aquiles. Para Suriyawong era importante que sus hombres supieran que estaba mintiendo sin tener que decírselo. De lo contrario, perdería su confianza. Podrían creer que de verdad se había entregado al servicio de este monstruo.

Aquiles comió, después de un rato. Luego se durmió.

Suriyawong no se fió de su sueño. Sin duda que Aquiles había dominado el arte de parecer dormido para así poder oír conversaciones ajenas. Así que Suriyawong no habló más de lo necesario para recibir los informes de sus hombres y obtener los datos completos del personal del convoy que habían eliminado.

Sólo cuando Aquiles se bajó del helicóptero para orinar en el aeródromo de Guam Suriyawong se arriesgó a enviar un rápido mensaje a Ribeirao Preto. Había una persona que tenía que saber que Aquiles iba a instalarse con el Hegemón: Virlomi, la chica india de la Escuela de Batalla que había escapado de Aquiles en Hyderabad y se había convertido en la diosa que vigilaba un puente al este de la India hasta que Suriyawong la rescató. Si estaba en Ribeirao Preto cuando Aquiles llegara allí, su vida correría peligro.

Y eso era muy triste para Suriyawong, porque significaría que no vería a Virlomi en mucho tiempo, y recientemente había decidido que la amaba y que quería casarse con ella cuando ambos crecieran.