Título original: Der Himmel über Darjeeling
Traducción: Jorge Seca
1.ª edición: mayo 2012
© 2006 by Verlagsgruppe Lübbe GmbH & Co. KG, Bergisch Gladbach
by Bastei Lübbe GmbH & Co. KG, Köln
© Ediciones B, S. A., 2012
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ISBN EPUB: 978-84-9019-116-3
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Dedicado a todos aquellos que,
en las batallas de la vida y del amor,
acabaron con cicatrices pero, sin embargo,
siguen teniendo esperanza, siguen creyendo y amando
Cierra los ojos y pronuncia la palabra «India».
RUDYARD KIPLING
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Cita
I. Helena
Prólogo
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II. Winston y Sitara
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III. Ian
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Epílogo
Nota final
I
Helena
Los hijos de los amantes son huérfanos.
LEÓN TOLSTÓI
Prólogo
Argostoli / Cefalonia, 13 de agosto de 1864
Queridas hermanas:
Apenas unas horas después de que estas líneas salgan a vuestro encuentro habremos partido nosotros también, si bien nuestro viaje resultará sin duda más largo y fatigoso. Puedo comprender vuestra preocupación por nuestro bienestar y nuestro estado de salud. Sin embargo, he de deciros que no hemos experimentado hostilidad de ningún tipo, ni durante el período del protectorado inglés ni tras la devolución de las islas Jónicas a Grecia, que tuvo lugar hace solo cinco meses. No me cansaré de repetir que no creáis a ciegas todo lo que publican los periódicos. Nunca hemos recibido otra cosa que atenciones y hospitalidad por parte de las gentes de aquí.
A pesar de todo, después de madurarlo largamente, hemos tomado la decisión de regresar a nuestro país de origen. Ya han pasado siete años desde que dejé Inglaterra y me fui de vuestro lado, siete años he pasado aquí, en este sur dorado, que me han parecido apenas unos meses y una eternidad al mismo tiempo. Londres no es sino una débil imagen en mi memoria: el ruido de sus calles, completamente diferente al ruido de aquí, más fresco y ordenado a su manera; el hollín y la niebla y, sobre todo, la lluvia, la lluvia fría y constante...
Cubriremos casi todo el trayecto en barco, pasando por Italia y Francia, lo cual no solo será más rápido sino también más agradable; la verdad es que tendremos que esforzarnos para no echar alguna que otra mirada nostálgica a estas regiones que han sido nuestro hogar. Si las condiciones nos son favorables, contamos con llegar dentro tres o cuatro semanas a Dover, desde donde os haré llegar noticias nuestras. Mis mejores deseos para Theodore y Archibald, también de parte de Arthur.
La pluma se levantó un instante del papel antes de volver a dejar su grácil rastro en él.
Estaría bien regresar tras todo este tiempo y saber que nuestro padre ya no me guarda tanto rencor y, sobre todo, que no se lo guarda a Arthur. Ojalá dirigiera su mirada al menos una vez hacia su nieta, a la que todavía no conoce.
Os abraza con todo el cariño,
CELIA
Cuando dejó la pluma, respiró profundamente, como liberada de una carga, y se levantó con un susurro de faldas. Las campanas de la iglesia anunciaban el final de un largo día de trabajo y su tañido se colaba por las rendijas de las contraventanas que protegían la habitación del calor del estío. La brisa traía consigo el aroma de las rocas abrasadas por el sol y de la vegetación seca. Se acercó a la ventana alta, cuyas hojas estaban abiertas hacia el interior de la alcoba, liberó la aldabilla de su anclaje y empujó hacia fuera las contraventanas para permitir que entrara libremente aquel sonido rítmico, profundo, al que se sumó un chorro de luz vespertina de tonalidades doradas y cobrizas, cálida sin llegar a ser tan cegadora ni ardiente como al mediodía.
El agua de la bahía era un espejo. Argostoli, la capital de la isla, se extendía frente a la ventana: un mar de casas de varias plantas de estilo típico, de un blanco resplandeciente, con la promesa del frescor bajo sus tejados. Entre las casas destacaban las torres de las cuatro iglesias ortodoxas cuyas clamorosas campanas competían entre sí. Pinos piñoneros y cipreses relajaban la rígida geometría del trazado de las calles y de sus edificios. Incluso a esa hora, en la que la gente regresaba a casa después de su jornada laboral, la ciudad tenía un aspecto soñoliento, como si el tiempo fluyera en ella con mayor lentitud.
Dos pastores pasaban en ese momento cerca de una casa solitaria pegada a la ladera de la montaña. Ataviados con pantalones bombachos, camisa ablusada y chaleco, conducían sus cabras dando voces por el terreno rocoso cargado de tomillo. Saludando con una especie de fez blanco, dirigieron cumplidos y frases de despedida a la hermosa mujer del angglikós sográphos («el pintor inglés»), a las que Celia respondió con un gesto de saludo y una breve frase en griego. Luego se quedó mirando cómo proseguían cuesta abajo su camino hacia la ciudad por el sendero de guijarros y se topaban con dos personas, un adulto y una niña de corta edad, que subían la cuesta entre jacintos estrellados y lentiscos muy crecidos de hojas lanceoladas y bayas rojas y negras.
El corazón de Celia comenzó a palpitar más rápidamente cuando reconoció a Arthur, bronceado como los griegos, con el cabello oscuro acastañado por el sol. Iba bien arremangado, con el caballete plegado al hombro; en la otra mano llevaba una tela y caminaba sin preocuparse lo más mínimo por la pintura, que debía de estar todavía fresca.
«Desde mi adolescencia quise vivir, más que en ninguna otra parte, en las costas de Jonia y Ática y en las hermosas islas del Archipiélago, y uno de mis sueños preferidos era ir allí de verdad, a la sepultura sagrada de la humanidad en su estadio joven. Grecia fue mi primer amor, y no sé si decir que será también el último.» De este modo había citado a Hölderlin, el poeta alemán, refiriéndose a sí mismo. Trigueño como un gitano, pero con los ojos de un azul oscuro que parecían transformar en belleza cuanto miraban, la había engatusado para que participara en una aventura que la fascinó desde el primer momento, al igual que lo adoró a él desde el preciso instante en que entró en el hogar paterno para ser su nuevo profesor de dibujo y ambos se inclinaron al mismo tiempo sobre el bloc.
Roma la eterna, Nápoles y Siracusa, Delfos y Corinto, Salamina y Micenas, Patras e Ítaca... Durante dos años fueron encadenando infatigablemente etapas en su viaje sin destino fijo, ebrios de sol y de la felicidad de haber dado el uno con el otro. Finalmente crearon su hogar a los pies de la acrópolis de Atenas, donde Helena vino al mundo en un abrasador mes de agosto de hacía cinco años, y allí, en Cefalonia, habían encontrado el sosiego. Cefalonia, «la isla de los milagros», tal como la llamaban los nativos.
Era la cuna de la cultura occidental lo que fascinaba a Arthur, la tierra de innumerables leyendas sobre dioses y héroes, tierra de pasiones, de lucha y odio, amor y muerte. Cada mañana montaba su caballete y pintaba como un poseso, captando el mar, los peñascos y la luz para fijarlos en el lienzo y devolver a la vida los espíritus de los héroes muertos y de sus seres amados. Los viajeros ingleses, franceses y alemanes estaban ávidos por llevarse a su tierra lluviosa un pedazo de ese mundo eternamente bañado por el sol, y sus amigos sentían nostalgia de países lejanos al contemplar los intensos colores del lienzo que parecían abrasados por el sol. Aquellos viajeros hacían posible el sustento de Arthur y Celia, si bien no era especialmente abundante.
Llegaron hasta ella unas risas mezcladas con palabras sueltas del vigoroso y dúctil idioma griego, y Celia vio a los dos pastores bromear con Helena, que llevaba al hombro el talego con los pinceles y las pinturas de su padre. El cabello de Helena era liso como oro hilado y reflejaba la luz del sol; sus mechones le enmarcaban el rostro como una aureola luminosa y a veces creía uno detectar en ellos un matiz cobrizo.
«Chrysó mou...» Celia notó un escalofrío pese a la calidez del sol vespertino.
«Chrysó mou, ¡mi niñita querida!», había exclamado la anciana a Helena tendiendo sus dedos torcidos hacia la niñita inglesa embutida en un vestido largo sin mangas.
Estaba sentada en un taburete, a la sombra de una casa, observando ociosa el animado trajín del mercado. Helena se resignó a su destino con sublime docilidad y dejó que la anciana la sentara en su regazo y la besara y acariciara tal y como estaba acostumbrada desde su nacimiento a que hicieran las mujeres griegas. Con alegría manifiesta, aquellas manos nudosas recorrieron su carita bronceada y su pelo rebelde. La anciana le susurró palabras cariñosas hasta que sus caricias adoptaron un ritmo sosegado y continuo. «Chrysó, niñita querida, has nacido para ser princesa —la escuchó Celia murmurar con una calma bendita reflejada en el rostro arrugado—. El destino te conducirá a tierras extrañas. Te cortejarán dos hombres, enemigos entre sí, y tú les revelarás el secreto que ata sus propios destinos. Uno de los dos será tu felicidad. ¡Pero no te dejes engañar por las apariencias! Con frecuencia las cosas no son como parecen a primera vista o como tú quieres que sean... —Calló, dejando una tensión en el aire que olía a polvo, cebollas y uvas maduras.
«¿Puede decirme lo que nos espera a mí... a mí y a mi marido?», se oyó preguntar Celia. Sus palabras, pronunciadas venciendo una íntima resistencia, apenas fueron audibles con el vocerío proveniente del mercado.
La anciana no se movió, parecía que estuviera escuchando con atención una voz interior. Luego abrió bruscamente los párpados, arrugados como los de un sapo. Había un deje de rechazo y de compasión en sus ojos empañados. Con el pulgar deforme de la mano derecha se había hecho la señal de la cruz sobre los labios, como para sellarlos, por su propio bien tanto como por el de Celia, quien había sentido como si una mano helada le asiera el corazón.
Apresuradamente había arrancado a la niña asustada del regazo de la anciana bruja y se la había llevado levantando una polvareda con el bajo del vestido, a grandes zancadas, tratando de dejar atrás la ciudad, que, de pronto, empezaba a parecerle amenazadora.
Ya no lograría desprenderse de ese miedo que había comenzado a corroer su amor por el país. Echaría de menos Grecia: la palpable luz del sol que hechizaba, creando nítidos contrastes en el paisaje, los llanos cubiertos de cardos secos, el aroma de carbón vegetal en los pinares de pinos piñoneros, el canto de las cigarras, el resplandor del aire cargado de olores de hojas y de tierra y de sal marina, pero lo cierto era que ya no se sentía segura allí. Con gesto protector posó la mano en su vientre, todavía plano bajo el ligero vestido de muselina, y rezó en silencio pidiendo protección para la criatura no nacida y para su familia.
1

Cornualles, noviembre de 1876
Su vestido de tela negra rígida se deslizaba susurrante por el suelo de madera desgastada, y el eco de sus tacones bajos le resultaba desagradablemente molesto. Se detuvo un instante ante la puerta a la que la habían conducido sus pasos como para hacer acopio de valor y luego inspiró profundamente y notó en la mano el frío metal manchado del pomo de la puerta. Las incontables motas de polvo que se arremolinaron cuando la abrió bailaron en los pálidos rayos de luz que entraban por la angosta ventana de la habitación, en cuyo centro había un vetusto escritorio y una silla tapizada de piel cuyo relleno empezaba a asomar por las grietas del cuero. Los montones torcidos de papeles apilados y las plumas rotas y sucias de tinta indicaban que allí se había estado trabajando hasta hacía no demasiado tiempo. Hasta la viga del techo ennegrecida de hollín, las cuatro paredes estaban forradas de libros que olían a moho, descoloridos y llenos de marcas, apretujados: obras de Platón y Aristóteles, Plutarco y Homero, de muchas de las cuales había varias ediciones; escritos de arqueología, filosofía, retórica y gramática. En algún momento, las estanterías de sencillas tablas se habían quedado cortas y los libros habían seguido acumulándose en el suelo, pegados a las patas del escritorio, y creciendo en pilas con alarmante inclinación que iban invadiendo la habitación.
El santuario de su padre.
Tomó la senda que recorría aquella jungla de erudición. Encima del bosque de papeles había un volumen releído con las páginas rasgadas y amarillentas. Tenía un pasaje en letra pequeña marcado. Quizás había sido la última lectura de su padre.
Canción – A Celia
Ven, Celia mía, demos muestras,
mientras podamos, de las delicias del amor.
El tiempo no será nuestro para siempre.
Él bifurcará nuestro destino común,
así que no malgastes sus obsequios.
Los soles que se ponen
puede que vuelvan otra vez a salir,
pero, si perdemos algún día esta luz,
viviremos entonces una noche eterna.
BEN JONSON
A través del cristal combado miró hacia abajo el ralo paisaje de la costa, que producía un efecto de desnudez. La playa brillaba plateada a la luz mortecina de aquel día de noviembre y parecía agazapada contra el ímpetu de las olas que en ella rompían.
—El señor Wilson está esperando abajo.
Helena no reaccionó al oír aquello. Tampoco parecía haberse percatado de la llegada de Margaret.
—Nunca me llamó la atención que se sentara siempre de espaldas al mar —susurró.
Edward Wilson, uno de los hijos del bufete de abogados Wilson & Sons, de Chancery Lane, Londres, echó un vistazo despectivo a aquella habitación que en otro tiempo quizás hubieran llamado salón. Como el resto de la casa, parecía haber vivido mejores tiempos. La madera de los muebles, muy pasados de moda, se había oscurecido con los años y tenía arañazos; las fundas, de tonos pastel, tenían un aspecto apagado y más de un remiendo bastante burdo. Saltaba a la vista que no se consideraba que valieran la pena esas labores.
World’s End, ¡qué nombre tan apropiado para aquel pedazo de tierra dejado de la mano de Dios! Wilson ya empezaba a creer que el cochero se había equivocado de camino o que tenía intención de entregarlo a una banda de ladrones en aquellos parajes intransitables cuando apareció la casa semiderruida, gris, como los abruptos acantilados que coronaba, y desprotegida del intenso viento que soplaba desde el agitado mar. Las colinas, exuberantes en el interior del país, parecían allí haberse quedado en los huesos; incluso la valeriana, que brotaba como la mala hierba en esas tierras, crecía raquítica en aquel suelo árido. Si tal como se decía, el rey Arturo reunía a los caballeros de su mesa redonda más al norte, en el castillo de Tintagel, aquella parte de la costa no quedaba sin duda dentro de las fronteras de su reino. Daba la sensación de que más allá empezara el fin del mundo. Solitaria e inhóspita, aquella tierra era como un último puesto avanzado del imperio Británico en la frontera y, además, un frío infierno húmedo. No era lugar en el que pudiera medrar una persona sana, normal y sensible más allá de lo estrictamente necesario, pero Arthur Lawrence, al parecer, ya no era el mismo en sus últimos años. La semana anterior el Señor lo había redimido finalmente de sus sufrimientos terrenales, así que había recaído en él la ingrata tarea de administrar la exigua herencia. Wilson resoplaba despectivo, mesándose el bigote descolorido.
Se detuvo ante una pintura de gran tamaño que, por sus intensos tonos azules y su blanco radiante, captaba de inmediato la atención de cualquiera que entrara en la habitación; incluso parecía absorber la escasa luz que penetraba en ella. Cuando la miraba, tenía uno la impresión de estar en aquella terraza, sintiendo el sol en la piel. Sentada en el banco de mármol frío y jaspeado había una mujer con aspecto de madona pero seductora en su inocencia. El pintor había captado magistralmente el resplandor claro de su piel; casi se intuía el pulso de la sangre por sus venas o uno esperaba una mirada de sus ojos, que parecían hechos de la misma materia que el mar que tenía detrás. Sin embargo, miraba fijamente el ramillete de anémonas púrpura y rosa que tenía a sus pies. El mensaje del cuadro era enigmático. En el fondo quizá se tratara únicamente de una especie de homenaje: la glorificación de una belleza peculiar. Wilson empezó a intuir que Arthur Lawrence tenía que haberla amado hasta la locura.
¡Qué prometedores fueron en su momento los comienzos! Siete años habían pasado en las tierras del sur antes de regresar el mes de septiembre de 1864 a Londres, una ciudad que les dispensó una cálida bienvenida. Los cuadros de Arthur Lawrence, esos paisajes impregnados de sol, esas escenas de historia antigua y mitología, de una vivacidad manifiesta, eran muy codiciados, y no en menor medida también lo eran el artista temperamental, que despedía chispas de encanto, y su esposa, de una belleza élfica. Los anfitriones se desvivían por aderezar sus veladas y sus cenas con la joven pareja envuelta en un halo de aventura y bohemia. Olvidado estaba el escándalo que años atrás había conmovido a la sociedad, cuando el profesor de dibujo, de baja extracción social, se escapó con la hija menor del juez, sir Charles Chadwick, y, en Gretna Green, una aldea escocesa de la frontera, los casó en plena noche el juez de paz de la localidad, herrero de profesión. Hasta las miradas más críticas de las damas que velaban diligentemente por la virtud y la decencia se enternecieron cuando Celia llegó a una reunión para tomar el té y relatar hábilmente sus «circunstancias» con un chal magnífico de seda estampada y llevando a su hija pequeña de la mano, con zapatitos de charol, un vestidito de volantes y los brillantes rizos sujetos por lazos de satén. Arthur Lawrence iba camino del estrellato en el cielo de los artistas. Sin embargo, la fama le duró apenas cinco meses antes de que los dioses le dieran la espalda.
El ruido de la puerta hizo que Edward Wilson se diera la vuelta. Margaret, el genio tutelar de aquella triste casa, de baja estatura y oscura como los naturales de ese condado, ya muy cerca de los sesenta años, hizo una reverencia y se apartó. En el umbral apareció una esbelta muchacha.
Sin poder evitarlo, Wilson miró alternativamente el cuadro y a la hija de Celia, escrutando el parecido. Helena era más delgada, más angulosa, pero también más alta que su madre. Tenía una mata rebelde de cabello ondulado rubio como la miel que, dependiendo de cómo incidía en él la luz, adquiría un tinte rojizo. Aquella melena se resistía a todos los intentos por domeñarla y, suelta, le llegaba hasta la cintura. El luto no la favorecía y marcaba en su rostro con dureza y rigor los rasgos heredados de su madre. Solo de sus ojos podía decirse que eran bellos de verdad. Los tenía grandes, extraordinarios, de un azul verdoso que recordaba el mar del sur, y miraba con ellos el mundo aparentemente sin temor, pero creando una distancia que parecía insalvable.
—Sé que no me parezco a ella —dijo, arrancando de sus pensamientos a Wilson con su voz clara y fresca—; pero no creo que sea ese el motivo de su visita.
El rubor encendió las mejillas de Wilson.
—¿No vamos a sentarnos primero? —propuso, esforzándose por parecer jovial e indicando con un gesto los tres sillones bajos. Sin decir más se sentó y comenzó a apilar de nuevo los documentos y las notas que había esparcido sobre la mesita del té para parecer diligente. Con el rabillo del ojo vio que Helena se sentaba e invitaba a Margaret a hacerlo.
—Margaret, por favor, ¿podría usted...?
—La señora Brown forma parte de nuestra familia desde hace mucho tiempo y tiene todo el derecho a estar aquí presente —lo interrumpió Helena con voz cortante, alzando desafiante la barbilla, en la que se insinuaba un hoyuelo.
—Bueno —comenzó a decir el abogado—, como usted sin duda ya sabe, me incumbe a mí la tarea de revisar la herencia de su difunto señor padre y de entregársela a usted. Como al parecer no redactó ningún testamento, usted, señorita Lawrence, y su hermano Jason son, en calidad de parientes más próximos, los únicos herederos de sus bienes terrenales. Por desgracia —carraspeó—, por desgracia tengo que comunicarle que, después de revisar todos estos papeles que tenía en mi poder, he calculado un déficit considerable.
—Parto de la base de que ese déficit no es tan abultado que no pueda compensarse con la herencia de mi madre; al fin y al cabo, durante estos últimos años hemos vivido sin gastar apenas.
Wilson notó la amargura que había en sus palabras y bajó los ojos, con una desagradable sensación en el corazón, por lo general muy frío.
—Señorita Lawrence... —Miró los números que tenía delante—. Me temo que hace ya mucho que se gastó la suma de dinero que su difunta madre recibió en su día gracias a la generosidad de la tía de usted, la señora Weston, que se lo entregó para indemnizarla por la exclusión de la herencia de los Chadwick como consecuencia de su boda. En realidad, una vez deducidos los gastos de la atención médica, el entierro y mis modestos honorarios, queda una diferencia de aproximadamente trescientas libras de déficit.
—Entonces tendremos que hipotecar World’s End.
—La casa y las tierras que le corresponden están ya hipotecadas por cuatrocientas libras.
—¡Dios mío! —se le escapó a Margaret.
Helena miraba impertérrita al frente. Luego taladró al abogado con los ojos.
—¿En qué empleó mi padre todo ese dinero?
—En sus documentos hay recibos de transacciones financieras, contribuciones a varios fondos para la promoción de la investigación de la filosofía y de la literatura antiguas. En total ascienden a... —Hojeó algunos papeles sueltos—. A cuatro mil novecientas setenta y tres libras esterlinas en un período de tiempo de unos ocho años. Podrían ser incluso más, porque la contabilidad de su señor padre se ha llevado muy mal, sobre todo en los últimos meses.
—¿Hay alguna posibilidad de reclamar la devolución de al menos parte de ese dinero?
—Me temo que no. Ante la ley, su señor padre estuvo en plena posesión de sus facultades mentales hasta su fallecimiento. Considero una empresa inútil impugnar esto por vía judicial a posteriori.
—Mi madre poseía unas cuantas joyas que yo heredé...
—He echado un vistazo al cofrecillo. Las piezas son muy bonitas, pero carecen de valor.
—Los cuadros que quedan todavía en esta casa...
—Su señor padre no pintó el suficiente tiempo como para afianzarse en el mundo artístico. El nombre de Arthur Lawrence hace ya mucho que no significa nada.
Wilson empezó a compadecerse de la muchacha que un momento antes había ido a su encuentro con un porte tan orgulloso y que ahora veía su vida hecha añicos. Helena estaba pagando las consecuencias de un padre que no había sabido sobreponerse a la muerte de su esposa.
—Hay... —Volvió a toser ligeramente y a remover ruidosamente sus papeles—. Una de las dos hermanas de su difunta señora madre, la señora Archibald Ross, se ofrece para acogerla a usted en su casa como acompañante de sus tres hijos.
—¿Qué será entonces de Jason? —De nuevo una mirada cortante.
—La señora Ross intercedería para que comenzara un período de prácticas como escribano en nuestro despacho de abogados. Podría alojarse, por supuesto, en mi casa, con mi familia, a cambio de una escasa pensión.
—Ni pensarlo. Mi padre siempre quiso que Jason...
—Señorita Lawrence —la interrumpió Wilson con un gesto de esforzada paciencia—, por lo visto su señor padre, que Dios lo tenga en su gloria, no derrochó en los últimos diez años ni un solo pensamiento acerca del futuro de ustedes dos. Deberían darse por satisfechos con este destino... Los hay mucho más deplorables.
—No quiero limosnas. —En los ojos de Helena centelleó la cólera—. ¡Ni de usted ni de mis tías! ¡La familia de mi madre siempre nos ha mirado por encima del hombro! ¡Me harían sentir su menosprecio cada día que yo dependiera de ellos!
Edward Wilson alzó sus cejas ralas, profundamente satisfecho de poner punto final a una conversación que, en su opinión, se había deslizado en exceso hacia el terreno del patetismo.
—Orgulloso es quien puede, no quien quiere, señorita Lawrence. Hasta que alcancen la mayoría de edad, el señor y la señora Ross poseen la tutela legítima sobre ustedes dos... Me temo que no les queda más remedio.
Desde el borde del acantilado se tenía en aquel punto de la costa una vista inmejorable del Atlántico. Como hendidas por los golpes de una espada gigantesca, las rocas se clavaban en el fondo arenoso como polvo metálico. El mar, gris y lúgubre, golpeaba díscolo la arena, pulverizando espuma de un color blanco sucio. Hasta los naturales de la región, que llevaban el mar en la sangre desde hacía muchas generaciones, citaban los antiguos versos que decían que la zona de la costa comprendida entre Padstow Point y la pequeña isla solitaria de Lundy era la tumba de los marinos, de noche y de día. Las cuadernas desvencijadas e hinchadas por el agua salada y los mástiles astillados que el oleaje escupía a tierra daban fe del destino desdichado de los muchos barcos que habían sucumbido al capricho de las tormentas y el oleaje. Incluso a plena luz del día, la región era lóbrega y estaba plagada de demonios. Así lo atestiguaban nombres como Demon’s Cove, Devil’s Creek o The Hanged Man con los que se conocían partes del acantilado cuyas formas eran especialmente extravagantes. Era increíble que apenas unas millas más al sur estuviera la costa de Cornualles, de alegres colores y bañada por el sol. Raros eran los días en los que el sol atravesaba el velo de niebla que cubría la bahía. Momentáneamente daba un brillo azul al mar, y al paisaje, un rastro de esperanza verde. Luego aquel segmento de World’s End volvía a sumergirse en su desolación, que penetraba hasta la médula de las personas y de los animales. Podían pasar horas sin que se divisara siquiera la silueta de una gaviota solitaria.
Pero no solo por esto la solitaria amazona llamó la atención del hombre que había en lo alto del acantilado; fue por el modo en que cabalgaba, a horcajadas, furiosa y arriesgadamente, en un torbellino de crines castañas y melena rubia, de falda oscura y ribete blanco de enaguas, levantando arena y espuma a su paso. Cuando vio que la mujer aminoraba paulatinamente la marcha, volvió grupas.
Aquiles resollaba y se estremecía, y Helena no sabía si era su propia respiración o la del caballo, castrado, viejo y ya un poco duro de oído, la que resonaba en sus tímpanos. La salvaje galopada contra el viento afilado del norte que cortaba los acantilados le había arrancado lágrimas a las que siguieron otras que tenían su causa en los acontecimientos de aquella tarde y de días anteriores. Soltó las riendas para pasarse la mano por las mejillas ardientes y húmedas. Aquiles, contento, avanzó a un paso más sosegado y acabó deteniéndose para recuperar el aliento. Helena no se lo impidió. Con un gesto amargo en su rostro joven se quedó mirando fijamente el mar, cuyo rítmico ruido de fondo la acompañaba día y noche desde que había perdido su tierra griega nativa y, con ella, a su madre y a su padre, tal como ella lo había conocido.
En una sola noche de enero, terriblemente fría, todo había quedado destrozado. Arthur y Celia habían ido al teatro y luego a cenar. Como Celia se sintió ligeramente indispuesta, abandonaron el local antes del segundo plato y tomaron un simón en la calle Broadwick. Acababa de nevar y la nieve reciente se acumulaba en las cornisas como azúcar en polvo. Nada daba a entender que, debajo de aquella superficie sedosa, se hubiera formado una capa de hielo brillante. Celia resbaló en los escalones de la puerta de entrada y, aunque Arthur trató de pararla, cayó al suelo. Tras el susto parecía que lo peor había pasado ya, pero más tarde, en casa, cuando Margaret, el alma fiel que había acompañado a Celia desde su fuga de la prisión de oro de la casa de su padre hasta Grecia y luego de vuelta, la desvistió y arregló para pasar la noche, comenzaron las contracciones, cuatro semanas antes de tiempo.
Envolvieron a Helena apresuradamente en mantas y se la llevaron, asustada y soñolienta, a casa de la hermana de la cocinera, que estaba de servicio dos calles más allá, para que la pequeña no tuviera que escuchar los angustiosos gritos de su madre, que desgarraron hora tras hora el silencio nocturno de la casa. Al despuntar la mañana, de un color azul plateado sobre la ciudad cubierta con un manto de nieve, Arthur Lawrence era padre de un hijo varón... y viudo.
Tras la muerte de Celia, se vino abajo enseguida; bebía demasiado y comía demasiado poco; no se preocupaba ni del bebé, diminuto y gritón, ni de Helena, que había quedado conmocionada.
Nada parecía afectarle ya. Solo lo arrancaron de su letargo los amigos, insistiendo en que volviera a casarse, al menos por los niños. En el plazo de una semana encontró inquilino para la casa, prendió fuego a las telas, los pinceles y las pinturas, empaquetó los bienes personales indispensables y se marcharon de Londres.
Viajaron hacia el oeste, hacia Cornualles, de donde era natural Margaret. La casa ladeada de piedra tosca, apartada de las pequeñas localidades costeras de Boscastle y Padstow, se convirtió en su nuevo hogar. Mientras Margaret se ocupaba de los dos niños, Arthur se sumergió en los clásicos de la Antigüedad buscando febrilmente consuelo para su dolor, huyendo de un mundo que se había vuelto insoportable para él.
Aquel cuadro, algunas alhajas de coral y cuentas de cristal veneciano y los imprecisos recuerdos de las caricias de Celia, que olía a lavanda y azahar, eran cuanto le había quedado a Helena de su madre. Pero por lo menos había podido conservar intactos esos recuerdos, no habían sido destruidos de una manera tan cruel como lo habían sido los de su padre, de ese padre tan distinto en otro tiempo. Con el paso del tiempo, a Helena le había ido costando cada vez más acordarse del padre que había tenido: de cómo se situaba frente al caballete, bajo el sol del sur, y, con movimientos unas veces enérgicos y otras delicados, pintaba aquellas maravillosas imágenes sobre el lienzo, tan hermosas que ella contenía el aliento para no perturbar la magia de aquellos momentos; de cómo bromeaba con ella jugando con las olas, alzándola hacia el sol hasta que casi podía tocarlo. Ese padre había dejado de existir de un día para otro; una fuerza inexplicable lo había arrancado de ella junto con Celia y le había devuelto a un hombre apesadumbrado, prematuramente envejecido y acompañado permanentemente por el olor empalagoso del alcohol, que iba embotando paulatinamente sus sentidos. Helena lo había odiado por no manifestarle otra cosa que indiferencia. Con frecuencia sacudía la casa hasta los cimientos vociferando y dando portazos; acto seguido ponía las manos, avergonzado, en la cabeza de sus hijos y los transportaba a un estado de dudosa felicidad. A ese hombre le habían dado sepultura el día anterior, allí, en la pedregosa tierra estéril de Cornualles, y Helena no sabía si debía afligirse o sentir alivio.
La amargura se apoderaba de ella cuando pensaba en la pobreza en la que habían estado viviendo, una pobreza que los marginaba incluso en aquella comarca tan austera, mientras su padre invertía cientos de libras a fondo perdido en proyectos intelectuales que eran como castillos en el aire, dejándolos a los dos al borde del abismo. El miedo por su futuro y por el de Jason le oprimía la garganta, y la impotencia la embargaba en contra de su voluntad.
Se consolaba con el hecho de que únicamente Aquiles, el mar y el viento sabían de sus lágrimas y no la delatarían.
—Es usted una amazona digna de admiración.
Gritó cuando Aquiles, asustado, se encabritó. Perdió momentáneamente el equilibrio y estuvo a punto de caerse de la silla, pero se agarró de nuevo rápidamente y permitió que el caballo diera algunos pasos torpes antes de frenarlo y volver grupas con un tirón enérgico de las riendas; notó la espuma que le salpicaba los cuartos traseros temblorosos.
—¿Está usted loco? —le gritó al jinete forastero que había surgido de la nada detrás de ella—. ¿Cómo diablos se le ocurre acercarse con tanto sigilo? —Con un gesto de rabia, se apartó el pelo de la cara, que le había caído sobre los ojos impidiéndole la visión.
En un primer momento creyó tener delante un centauro. Apenas se distinguía dónde acababa el cuerpo del caballo y empezaba la figura del jinete, embutido en un abrigo oscuro. El viento le alborotaba el cabello, a su parecer demasiado largo; el rostro, de rasgos marcadamente sureños, con un bigote espeso, la tez negra como la noche y como la piel brillante de su semental, al que Aquiles examinaba inmóvil y con los ollares dilatados. A Helena le vino a la mente el recuerdo de los innumerables cuervos y cornejas que se posaban en los árboles raquíticos para luego levantar el vuelo con un ronco graznido que parecía decir: «¡Ten cuidado! ¡Ten cuidado!», provocando un escalofrío en la espalda de cualquiera. El jinete realizó una ligera reverencia en su silla de montar.
—Le ruego que me disculpe, señorita. No era mi intención asustarla a usted ni a su caballo ni exponerla a ningún peligro. —Su voz era grave, con un acento apenas perceptible, como si hubiera pasado muchos años en el extranjero—. Pensé que podría servirle quizá de ayuda. —Le tendió un pañuelo doblado con gesto más de invitación que de compasión.
A Helena se le agolpó la sangre en el rostro. Estaba molesta por el hecho de que un forastero la hubiera visto llorar, vulnerable y débil. Con un gesto enérgico se retiró el pelo que el viento seguía empujando hacia su cara con expresión orgullosa.
—¡Muchas gracias —replicó con desdén—, pero no es necesario!
—Como quiera —contestó él, risueño, guardándose el pañuelo. Con gesto indolente se apoyó en el borrén de la silla de montar y escudriñó a Helena, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo. Ella se sintió incómoda bajo su mirada impertinente, casi dictaminadora. De entrada se había percatado de que el forastero vestía con elegancia, a la moda, con prendas de buen corte y tejidos caros.
Ella no se había preocupado jamás por su aspecto. La ropa tenía que ser práctica y no apretar en exceso; un pequeño roto de más o de menos, unas botas de montar sucias o unas salpicaduras de barro en el dobladillo de sus faldas eran cosas que nunca le habían quitado el sueño. Sin embargo, en aquel momento se vio con otros ojos. El vestido de luto, confeccionado con crespón de lana y que había pertenecido antes a una prima de Margaret, con aquel amplio faldón completamente pasado de moda, demasiado corto de mangas; el pelo indómito y desgreñado; las manos enrojecidas y agrietadas con las que agarraba la fusta y las riendas... Sintió el deseo punzante de poder causar mejor impresión. Avergonzada, apartó la mirada y se pasó disimuladamente el dorso de la mano por las mejillas húmedas.
—Verdaderamente digna de admiración —dijo el forastero, resumiendo finalmente el resultado de su observación.
Helena levantó la vista. En sus ojos negros había un destello de jactancia burlona que tiñó su rostro de persona acostumbrada al tedio de una vida segura en lo material y que ahora tenía la posibilidad de echar un vistazo a un escenario con los colores apagados de la pobreza. La cólera y el pudor intensificaron la rojez en las mejillas de Helena, que replicó con un lóbrego gesto a la mirada de él. Su boca, debajo del bigote, se arqueó en una sonrisa, graciosa y burlona a partes iguales.
—Estaba seguro de haber contemplado el rostro de todas las bellezas de este páramo, pero por lo que parece usted se ha mantenido todo este tiempo oculta a mis ojos.
Le vinieron a la mente las advertencias de Margaret, que había intentando inútilmente disuadir a Helena de pasear a caballo por la playa desierta hablándole de hombres inmorales que acechaban a muchachas jóvenes como ella para ocasionarles un sufrimiento indecible. Hasta entonces se había reído despreocupadamente de aquella advertencias. Sin moverse, como si existiera una conexión telepática entre él y su caballo, el forastero dio un paso hacia Helena. Estaba tan cerca que percibía el olor del caballo negro, y Aquiles, paralizado por el temor, hundió los cascos en la arena. Levantó instintivamente la fusta con intención de golpear, y apenas pudo reprimir un grito de dolor cuando el forastero, respondiendo a su movimiento, la agarró de la muñeca, tan rápido que dio la sensación de no haberse movido en absoluto, y con tanta fuerza que ella estuvo a punto de caer de su silla de montar.
—Cuidado, señorita —dijo con frialdad—, ya tengo una cicatriz en la cara... No necesito ninguna más.
Fue entonces cuando Helena se percató de la cicatriz que recorría transversalmente su mejilla izquierda. Volvieron a subírsele los colores y se sintió avergonzada y confusa, insegura de cómo reaccionar.
—Puede estar tranquila —prosiguió él en tono sosegado pero sin aflojar la presión de sus dedos—. No tengo la más mínima intención de violentarla. Hasta hoy no he necesitado cometer una acción tan insensata y, con toda seguridad, tampoco la cometeré ahora. Aunque bien mirado... —La repasó con descaro de pies a cabeza—. Tal vez merezca la pena que me lo plantee...
Volvió a mirarla a los ojos y su sonrisa burlona se hizo más profunda. Hechizada, Helena se quedó mirándolo fijamente a los ojos, que parecían atraer los suyos como la resaca marina, y se sintió resbalar de lado en su montura. Sentía calor y, al mismo tiempo, tenía la carne de gallina. Un extraño sentimiento inexplicable le contrajo el estómago y la invadió. El pulso se le desbocó, respiraba aceleradamente. Entonces vio las chispitas en aquellos ojos, la elevación de la comisura de sus labios, y se dio cuenta de que él sabía perfectamente lo que le estaba sucediendo y que estaba disfrutando de ese momento.
Con un ardiente arrebato de cólera volvió a erguirse, trató de zafarse de él y le devolvió impertérrita la mirada.
—¡Suélteme ahora mismo! —exigió en voz baja pero con decisión, y añadió con la voz ronca—: ¡Usted, vanidoso petimetre... Es usted un esnob!
Una amplia sonrisa iluminó el rostro, tan impertinente como encantador, del hombre. Helena esperó conteniendo el aliento una réplica o incluso cierta violencia por su parte, pero le soltó la muñeca con la misma celeridad con que se la había agarrado. Los dedos le dejaron unas marcas rojas en la piel.
Levantó la barbilla en actitud retadora y tiró de las riendas de Aquiles para alejarse del forastero, quien, con naturalidad, hizo avanzar a su semental y le cortó el paso. Helena tragó saliva, esforzándose por que no se le notara la inseguridad, sí, el miedo. Presentía que no la dejaría marcharse tan fácilmente. Poco importaba si trataba de ir directamente hacia la cuesta empinada del acantilado o si seguía el contorno de la playa; él sería siempre un poco más rápido, lo sabía, tan seguro como que estaba ahora montado en su caballo. Sus ojos refulgían con un aire divertido, y Helena comprendió que estaba jugando con ella, consciente de su superioridad.
A su izquierda se alzaba la parte del acantilado conocida como Witch’s Head. Los pliegues del terreno y las zonas erosionadas se asemejaban a las cuencas de los ojos y al cabello revuelto de la cabeza de una gorgona. Una gran cavidad que recordaba a una boca desdentada terminaba en una lengua de roca pelada que cruzaba transversalmente la playa, adentrándose luego en el mar, y en cuya superficie rugosa rompían las olas silbando y formando remolinos.
Tiró de las riendas y clavó los talones en los flancos de Aquiles, forzando al capón a girar de lado. El animal se asustó con la visión de la áspera elevación de aquella lengua de roca, pero Helena lo obligó implacablemente a avanzar. Con los cascos temblorosos, el caballo pardo fue ascendiendo con su cuerpo rechoncho, encontrando apoyos paso a paso en aquella costra de piedra; dando traspiés bajó por el otro lado, aterrizó en la arena con un salto de alivio y avanzó a un galope precipitado.
El forastero contempló fascinado aquella maniobra digna de un húsar sin dar muestras de querer perseguir a la joven. Siguió con la mirada el caballo tosco que se alejaba de allí a toda prisa, levantando la pesada arena como si fuera un surtidor.
Con una expresión en los ojos difícil de descifrar se volvió hacia el segundo jinete que había aparecido tras él como una sombra.
—Quiero saber quién es.
Esa noche, Helena, ausente y muda, removía con la cuchara la sopa de col. Era un plato nunca le había gustado especialmente. Ni siquiera se dio cuenta de que Margaret, a modo de consuelo para todos, había puesto en la sopa tocino de verdad, porque había decidido que, dadas las circunstancias, la cosa no dependía de gastar unos peniques más o menos. La mujer la observaba inquieta, aunque atribuía el silencio de Helena a la visita del abogado y al hecho de que se hubiera enterado de su desoladora situación financiera. Por su parte, ella guardaba silencio porque no había nada que pudiera decir que sirviera de consuelo. Solo de vez en cuando pasaba cariñosamente la mano por la cabellera de color rubio pajizo de Jason, mortificado por el deprimente ambiente de la casa y la preocupación de no saber qué iba a ser de ellos.
Helena se fue temprano a la cama, pero, aunque no se sostenía de agotamiento, no lograba conciliar el sueño. Una y otra vez se llevaba la mano a la muñeca, que seguía doliéndole por el apretón implacable del forastero. Volvió a imaginárselo delante de ella, escuchó su voz, que había hecho vibrar en su interior algo para lo que no tenía ningún nombre. Finalmente fue cayendo en un sueño inquieto en el que volvió a verse en la playa. Las nubes negras de la tormenta que se avecinaba colgaban plomizas en un cielo gris pálido, las primeras ráfagas de viento encresparon el mar y las grandes olas batieron con toda su fuerza la orilla. Un cuervo más alto que ella desplegó sus alas con gesto amenazador, graznando: «Ten cuidado, ten cuidado.» Sus ojos refulgentes eran los de aquel forastero.
2

En la costa de Cornualles, el mar marcaba el ritmo, y su ir y venir era el permanente latido tranquilizador de la tierra y de sus gentes. Eran gentes peculiares las que allí habitaban, circunspectas y con mucho arraigo, curtidas por el rudo clima y el áspero mar, vinculadas a los viejos tiempos, cuando Cornualles era todavía celta. Sus antepasados habían sido contrabandistas y piratas, y se decía que hasta épocas muy recientes algunos aldeanos saqueaban todavía los barcos que zozobraban con las tormentas y se estrellaban contra los peñascos, y que a veces incluso encendían fanales en los acantilados para confundir a los marinos y conducirlos a una muerte segura. Estaban profundamente arraigadas al suelo pelado de su tierra y eran un poco ajenas al resto del mundo; casi nadie había viajado más allá de la aldea colindante o de la ciudad más cercana. Y las historias que en las largas veladas se contaban sobre elfos y hadas, gigantes y caballeros, druidas y magos, parecían más relatos históricos que mitos o cuentos de hadas.
Sue Ansell era una de aquellas personas, nacida hacía unos cuarenta años a solo dos puertas de la tienda en la que había pasado más de la mitad de su vida entre harina, azúcar, betún, hilos de coser y todos los enseres de la vida diaria, además de las pocas cartas y paquetes que llegaban al pueblo o salían de él. Su George la conocía desde antes de que hubiera aprendido a andar y la había desposado en San Esteban, en una pequeña colina situada frente a la ciudad.
En las angostas habitaciones de encima de la tienda había concebido seis hijos, los había traído al mundo y los había criado. A dos de ellos los había perdido, a uno a causa de una neumoconiosis contraída en la mina de estaño que durante meses lo tuvo tosiendo pedazo a pedazo su cuerpo. Un radio de cinco metros alcanzaba para dibujar el mapa de la vida de Sue.
Cada mañana abría puntualmente su tienda y la volvía a cerrar por la noche, seis días a la semana. Solo los domingos, el día del Señor, permanecía cerrada la puerta de cristal emplomado pintada de azul. Conocía a todo el mundo en el pueblo y todos la conocían. Todos los cotilleos y los chismorreos de aquel microcosmos confluían en el mostrador de madera de su tienda y, desde allí, se difundían por todas las cocinas y cuartos y por el único bar del pueblo: quién esperaba un hijo; quién yacía en el lecho de muerte; quién ponía buena cara a quién, y quién tenía líos en casa.
Pero lentamente, de manera imperceptible, fueron cambiando los tiempos. Una mina de estaño tras otra se agotó y las explotaciones fueron abandonadas. Los hombres se quedaron sin trabajo y ya no podían dedicarse a otras actividades porque habían enfermado bregando duro o bien no tenían ninguna otra posibilidad de ganarse el sustento en una comarca cuyos pobladores vivían más mal que bien de aquello que daban sus campos áridos, sus ovejas y sus vacas, y de lo que les aportaba la pesca.
Todo tipo de historias peregrinas se habían contado de la casa señorial de Oakesley desde que una nueva señora se había hecho cargo de ella hacía más de una década. Muy poco quedaba ya del estilo de vida marcadamente feudal pero campestre de sus anteriores moradores. La señora no solamente viajaba varias veces al año a la lejana Londres en un coche cargado hasta los topes y permanecía allí varias semanas, divirtiéndose, ajena a los problemas y cuidados de sus arrendatarios, sino que regresaba con cajas y paquetes que contenían vestidos nuevos de terciopelo y seda, con encajes, bordados y pasamanería, sombreritos que rebosaban cintas y flores artificiales, zapatos elegantes de tacón alto. Y ahora, además, se había presentado una visita, una visita importante si había que creer los relatos de los mozos y mozas de la finca: un caballero del que hablaban las criadas con los ojos brillantes y a quien los mozos aludían en un tono crítico de envidia. Aquellos relatos adquirieron un aire de cuento fantástico cuando apareció el oriental de piel oscura y turbante que estaba a su servicio. «¡No! —se decía Sue Ansell sacudiendo la cabeza una y otra vez con gesto de desaprobación cuando oía hablar del asunto—. ¡Antes no pasaban estas cosas!»
Por esa razón a punto estuvo de parársele el corazón esa mañana de noviembre, gris y borrascosa, cuando, ataviada con su delantal azul recién almidonado, dio vuelta, como cada mañana, a la llave de la puerta de la tienda. Una vuelta, dos vueltas... y ante ella apareció el mencionado oriental con unos pantalones claros de montar y una chaqueta larga de cuello alzado. Una cinta dorada le cruzaba el tronco como el distintivo de un regimiento extranjero. Ahí estaba Sue, como la mujer de Lot, con la boca abierta, mirando fijamente a aquel individuo de piel morena y barba entrecana, y la pieza que culminaba aquel exotismo: el turbante de un rojo vivo cuyas vueltas le recordaban las capas de una cebolla. Habría querido llamar a su marido, a quien oía revolver en el almacén, pero era incapaz de articular ningún sonido. Además, el forastero se estaba dirigiendo a ella en un inglés correcto, si bien no exento de acento, y le hizo una reverencia respetuosa.
—Buenos días, señora, perdone que la moleste tan temprano... pero ¿no tendría usted por casualidad unas cerillas?
—¿Cerillas? —La voz de Sue sonó ronca. Abrió y volvió a cerrar la boca varias veces antes de sacudir el cuerpo y alisarse bruscamente el ya inmaculado delantal—. Por supuesto que tenemos cerillas —dijo, indignada, encontrando seguridad en el papel de comerciante, bien aprendido desde hacía años. Pasó corriendo detrás del mostrador, rebuscó en un cajón y puso una caja delante de aquel insólito cliente, aliviada de poder atrincherarse tras su muro protector de madera.
El forastero pagó con una moneda de seis peniques y renunció al cambio con un amplio gesto. Luego preguntó por esto y por aquello, habló del tiempo, la felicitó por la tienda y por su pulcritud personal, con tales cumplidos que Sue se puso colorada como una jovencita. Se enzarzaron enseguida en una conversación muy animada sobre Cornualles, el pueblo y sus moradores, de modo que a Sue no le chocó que le preguntara por una joven de rizos rubios alborotados vestida de negro que montaba un caballo bayo velludo.
—Esa debe de ser la pequeña Lawrence. Es triste lo que le pasó al padre, pero de todas formas ya no estaba totalmente en sus cabales. Una persona extraña, un artista. El ama de llaves, Marge, es de aquí, de esta comarca. De pequeña hizo un hatillo con sus cosas y se fue a la ciudad. Había bastante agitación por aquel entonces. Bueno, quién sabe por qué tomó la decisión de marcharse. ¡Las cosas no se hacen sin motivo! Y entonces apareció de pronto otra vez por aquí con su amo y los dos pobres niños huérfanos de madre... El chico era todavía un renacuajo. No los hemos visto mucho por aquí, nunca tenían dinero. Los niños no iban a la escuela ni tampoco a la iglesia. Marge, a veces, pero apenas cruzaba algunas palabras. Ayer fue un abogado a su casa, por el asunto de la herencia. Durmió ahí enfrente, en el bar. —Interrumpió su torrente de palabras pronunciadas en tono distendido y echó una vistazo suspicaz por la tienda, como si se hubiera escondido entre los estantes, los sacos y los barriles algún chismoso indeseable. A continuación inclinó su pequeño cuerpo compacto estirándose sobre el mostrador para acercarse al oriental y añadió susurrando—: Dicen que están arruinados. ¡No les queda ni un penique, solo un montón de deudas! —Sacudió la cabeza con un gesto compasivo y se afanó por limpiar el impecable tablero reluciente con una punta del delantal—. Estas cosas pasan cuando uno se tiene por alguien mejor de lo que es. Helena... ¡Es suficiente con ese nombre! Ninguna persona en su sano juicio bautiza así a una hija... ¡Probablemente ni la han bautizado! Los niños no tienen la culpa, pero van a pagar los platos rotos, a pesar de todo. No tengo ni idea de lo que va a ser de ellos... Ningún mozo del pueblo con un poquito de seso querrá casarse con la chica. No es educada, siempre ha vagabundeado por ahí a solas, no tiene nada que pueda aportar al matrimonio y además ni siquiera es guapa. No... —Suspiró—. ¡Qué desgracia la suya! ¡Aquí estas cosas antes no pasaban!
Cuando el exótico forastero se marchó por fin de la tienda y desapareció doblando la primera esquina, se abrieron casi al unísono las puertas de las casas vecinas; las amas de casa, que habían observado tras las ventanas o desde sus huertos la llegada del oriental, acudieron a toda prisa a la tienda con la excusa de necesitar hilo o una aguja de coser y asediaron a preguntas a Sue sobre aquella extraña visita. Y Sue les contó solícita, adornando el encuentro con todo lujo de detalles, que estaba muy interesado en la comarca y en sus gentes. Surgió entonces la pregunta sobre si su rico señor tendría intención de quedarse y por qué razón, y en el debate, pródigo en especulaciones, que se entabló a continuación, Sue se olvidó de que también Helena había sido objeto de la conversación.
Eran las primeras horas de la tarde cuando el oriental abrió la puerta del salón que comunicaba las dos habitaciones para invitados del ala adyacente de la casa señorial de Oakesley. Su señor, vestido con camisa y pantalones de montar, se había acomodado en uno de los sillones tapizados de azul y oro. Cuando oyó que entraba, bajó el periódico que había estado leyendo y lo miró expectante.
—¿Y bien?
El hombre del turbante arrojó indolente la caja de cerillas sobre la mesita baja de patas arqueadas con motivos tallados. Su interlocutor frunció el ceño.
—¿Eso es todo?
Sin que se lo ofrecieran, el oriental se sentó en el otro sillón con un ligero suspiro, estiró las piernas enfundadas en unos pantalones claros bien ajustados y las botas de montar, y comenzó a desgranar el relato de Sue Ansell sobre la muchacha de la playa. Mientras hablaba, su señor dobló el periódico, lo dejó a un lado y se encendió un cigarrillo con las cerillas de la tienda de Sue.
Fabricados en Europa y en ultramar con tabaco fino cortado y enrollado en papel finísimo, los caros cigarrillos se consideraban objetos de lujo en Inglaterra y en Francia. Mientras sus padres y abuelos los miraban con desaprobación, los hijos de lores, barones y banqueros chupaban con placer el tabaco que ardía en su funda de papel, algo que estaba muy de moda. Quien podía permitírselo se rodeaba de un halo exótico fumando cigarrillos manufacturados en El Cairo.
—He tenido suerte —prosiguió el empleado del forastero—. He dado con ese abogado, que seguía en la taberna. Estaba a punto de emprender viaje, parecía muy impaciente por irse de aquí. Sin embargo, he podido convencerle para que se quedara una o dos horas haciéndome compañía.
Su interlocutor sonrió mostrando los dientes y se encendió otro cigarrillo.
—Supongo que tus argumentos fueron de varias libras de peso.
El oriental resopló de modo que sus aletas nasales temblaron desdeñosamente por encima de su barba entrecana.
—¡Digamos que la lealtad para con su cliente no tiene demasiado valor para ese picapleitos bajito y zalamero!
Aquellas palabras arrancaron una sonora carcajada al ocupante del sillón de enfrente.
—¡Cada vez me sorprende más lo bien que dominas los matices del inglés, Mohan!
Si alguien hubiera sido testigo de aquella conversación se habría asombrado por la familiaridad con la que se trataban ambos, ya que poco tenía que ver con el trato acostumbrado entre señores y criados. Sin embargo, no había nadie que pudiera sorprenderse, porque esa familiaridad se circunscribía a los momentos en los que se sabían a solas y, en sociedad, retomaban nuevamente el papel que les correspondía.
—Prefiero llamar las cosas por su nombre —fue la inmediata respuesta, subrayada por un guiño, antes de que el rostro de piel morena de Mohan recuperara la seriedad. Citó de memoria los números que le había dado Edward Wilson, expuso la historia familiar de los Lawrence, informó sobre la decisión de entregar a Helena y a su hermano a la custodia de su tutor, y añadió para concluir—: El préstamo por la casa y los pocos metros cuadrados de peñasco sobre los que se levanta están a nombre de nuestro apreciado anfitrión, sir Henry Claydon. Así pues, le pertenece a él prácticamente, pese a que ha hecho un mal negocio: la suma es con mucho mayor que su contravalor real.
—Y supongo que también mayor de lo que son capaces de reunir los afligidos herederos del finado. ¿Me equivoco?
Mohan asintió con un gesto. Siguió una breve pausa, en la que el forastero contempló el humo del cigarrillo, meditabundo, con los párpados entrecerrados.
—¿Qué planes tienes? —preguntó su criado finalmente—. ¿Con qué fin me has pedido que te procurara toda esta información?
El otro se inclinó hacia delante y apagó el cigarrillo en un cenicero de cristal.
—Lo que me has contado reafirma mi convicción de que se puede comprar prácticamente todo —dijo en voz baja, como si hablara para sí, antes de volver a incorporarse. Con la punta de su bota lustrosa se acercó un poco el taburete que estaba frente al fuego crepitante de la chimenea y puso los pies sobre el tapizado, uno tras otro. Se arrellanó en el sillón, dejó reposar relajadamente en los brazos del asiento sus morenas manos delgadas y miró a Mohan con un destello en los ojos.
—¿Qué crees tú? ¿A cuánto ascenderá el precio de nuestra pequeña gata montesa de la playa?
Mohan frunció las espesas cejas.
—¿Qué pretendes?
—Todavía no lo sé. —Su interlocutor se encogió ligeramente de hombros, recostó la cabeza en el respaldo y contempló meditabundo y satisfecho las guirnaldas estucadas del techo, aparentemente inmune a los oscuros ojos que lo estaban examinando críticamente, como si presintieran lo que estaba barruntando—. Quizá me case con ella.
—No puede hablar en serio.
—¿Por qué no? —Su señor miró divertido al oriental.
—¡Esto no es ningún juego, Ian! —Mohan, con su ligero acento extranjero, no había levantado la voz. No obstante, su tono era rotundo, casi amenazador.
—Entonces lo convertiré en un juego. —Ian, mirando a Mohan, añadió con dureza—: ¿O crees que podrías impedírmelo?
El oriental sacudió la cabeza, enfadado y afligido a partes iguales.
—No te comprendo.
—Ni tienes por qué. —Se puso en pie tras echar un vistazo a la esfera pintada del reloj que marcaba las horas bajo su campana de cristal—. Voy a mudarme de ropa antes de que sirvan el té ahí enfrente. Veremos cuánto cebo ha mordido entretanto el pescadito señorial.
Mientras se apagaban las últimas luces en la casa señorial de Oakesley, en la última planta de World’s End brillaba todavía la llamita débil de un quinqué en su cilindro de cristal. Helena seguía despierta, mirando fijamente al techo mientras sus pensamientos corrían vertiginosamente, se entrecruzaban, cambiaban repentinamente de rumbo, corrían de nuevo en círculo tal como habían estado haciendo durante todo el día mientras ella se paseaba por la casa sin descanso; sin embargo, no encontraba ninguna solución, ninguna salida. Hacía frío en la habitación, pero a ella le parecía que le faltaba el aire. Apartó el edredón, saltó de la cama, fue corriendo descalza por el suelo irregular de madera, abrió la ventana de par en par y aspiró profundamente el aire húmedo y frío de la noche. Llovía, otra vez, y además del repiqueteo de la lluvia se oía el estruendo del embate de las olas en el acantilado. Tenía frío desde que había pisado suelo inglés, y desde la muerte de su madre parecía haberse congelado algo en su interior. Sentía nostalgia del sol, del sol y de la calidez y de un corazón ligero como el que había tenido de niña en Grecia. ¿No volvería a vivir nunca más una buena época, libre de preocupaciones?
Un ruido la asustó, arrancándola de sus pensamientos. Algún ave había echado a volar batiendo las alas y graznaba «mío, mío, mío»: a continuación oyó los cascos de un caballo alejándose a galope tendido en la oscuridad.
Cerró rápidamente la ventana, saltó de nuevo a su cama y se escondió bajo el cobertor, cuyas plumas, con el paso de los años, se habían apelotonado formando grumos. Sin embargo, el corazón, que le latía temeroso, no quería sosegarse. Un sollozo ascendió por su garganta; sentía las lágrimas a punto de aflorar, pero apretó los dientes y los párpados firmemente. «Encontraré una salida... —se prometió—. Tiene que haber una por fuerza... Tiene que haberla...»