Título original: The Tao of Happiness
 Traducción: Borja Folch
 1.ª edición: noviembre 2011

© Lou Marinoff, 2011
 © Ediciones B, S. A., 2011
 Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN EPUB:  978-84-666-5073-1

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1

Encontrar el Tao

 

 

Todas las cosas grandes del mundo comienzan siendo pequeñas...

Un viaje de mil kilómetros comienza cuando das el primer paso.

 

Tao Te Ching, poema 22

 

 

El Tao parece perdurar siempre.

El uso jamás puede agotarlo.

 

Tao Te Ching, poema 6

 

BUSCADOR: ¿Cómo puedo ser feliz, tener éxito y vivir con plenitud? ¿Existe una senda que conduzca a esas metas?

GUÍA: Existen muchas sendas como la que buscas. Igual que los radios de una rueda, todas convergen en el mismo centro, que es el lugar que buscas.

BUSCADOR: Siendo así, ¿qué senda debería tomar?

GUÍA: La que sigues ahora está bien. Te ha conducido hasta aquí y te conducirá el resto del camino, siempre y cuando no te apartes demasiado de ella durante tu viaje.

BUSCADOR: Ya me he apartado en varias ocasiones, y en más de una he estado a punto de perder el camino. A veces, esta senda es difícil de seguir.

GUÍA: Así es, en efecto, pues en ciertas regiones deviene la senda de la no senda. Por eso cada tanto hay guías apostados para ayudarte a encontrar tu camino.

BUSCADOR: Qué alivio. Así pues, ¿adónde me dirijo desde aquí?

GUÍA: Esta ruta tiene tres ramales. Hacia el oeste se encuentra la senda de Pitágoras. Hacia el norte, la senda de Buda. Hacia el este, la senda de Lao Tzu.

BUSCADOR: ¿Cuál me recomiendas?

GUÍA: Todas conducen al mismo centro: la serenidad. Cada una serpentea a través de un paisaje maravilloso y, por supuesto, además de tramos encantadores, todas presentan trechos que constituyen desafíos. La senda pitagórica es el camino a la serenidad a través del misticismo racional y el genio creativo. Conduce a Platón, Bach y Einstein. Si amas la filosofía, la matemática y la música, debes seguir a Pitágoras. La senda budista es la noble senda óctuple que conduce a la serenidad a través de la conciencia vacía de anhelos. Su linaje se remonta a muchos grandes sabios, entre los que se cuentan Nagarjuna, Bodhidharma y Padmasambhava. Si amas la conciencia y buscas que todos los seres sensibles dejen de sufrir, debes seguir a Buda. La senda de Lao Tzu es el Tao: el Camino de todos los caminos y ninguno, que conduce a la serenidad a través del poder del propio Tao. En esta senda también hay muchos sabios, como Chuang Tzu, Zhang Ling y Ch’ang-ch’un. Si amas la poesía y la armonía, el humor y la vitalidad, y te atrae la senda menos trillada, debes seguir a Lao Tzu.

BUSCADOR: ¿Qué es exactamente el Tao?

GUÍA: No puede definirse.

BUSCADOR: ¿Eso lo convierte en algo imaginario?

GUÍA: No, pues reside más allá de la imaginación.

BUSCADOR: ¿Qué cabe de decir de él, entonces?

GUÍA: Es una llave maestra. Abre muchas puertas.

BUSCADOR: ¿Qué clase de puertas?

GUÍA: Todas las que son buenas. La puerta a la felicidad. La puerta a la comprensión. La puerta al éxito. La puerta al amor. La puerta a la comunión. La puerta a la plenitud. La puerta a la serenidad. La puerta a hacer de este mundo un lugar mejor en vez de un lugar peor.

BUSCADOR: ¿Quién tiene esa llave maestra?

GUÍA: Todo el mundo la tiene, pero casi nadie es consciente de ello.

BUSCADOR: ¿Puedes hacerme más consciente?

GUÍA: Puedo intentarlo. Quizá sea capaz de ayudarte a ver el Camino, o a oírlo, o a sentirlo, pero no tengo modo de verlo ni oírlo ni sentirlo por ti. Para ser más consciente, debes abrir tu ojo interior, tu oído interior, todos tus sentidos interiores. Tal vez pueda ayudarte a abrirlos, pero no los puedo abrir por ti.

BUSCADOR: Pero tú eres escritor. ¿No puedes escribir un librito que me diga cómo hacerlo?

GUÍA: Eso es mucho pedir, para un librito. De todos modos, aquí se está bastante tranquilo y dispongo de algo de tiempo. En torno a 500 a.C., Lao Tzu escribió el librito original, titulado Tao Te Ching, que significa el Camino y su Poder. Quizá necesites un librito mío que explique cómo utilizar el librito de Lao Tzu.

BUSCADOR: Me gustaría. Por el momento «el Camino» parece fascinante. Ahora bien, ¿no nos corrompe el poder?

GUÍA: Todo poder corrompe, salvo el poder del Tao. No puede usarse para el mal. Tal como la gravedad atrae todas las cosas hacia su centro, el Tao atrae a todas las personas hacia el centro de su ser, donde hallan lo mejor de sí mismas. Ahí es donde reside la serenidad.

BUSCADOR: ¿Qué sucede con quienes ya están corrompidos? ¿Pueden servirse del poder del Tao?

GUÍA: Sólo para hacer el bien. Si tratan de usarlo para el mal, los abandonará.

BUSCADOR: Te ruego que disculpes mi escepticismo, pero todo esto parece demasiado bonito para ser cierto.

GUÍA: Es posible. Ahora bien, ¿y si resulta demasiado bonito para ser falso?

BUSCADOR: Qué divertido. Has dicho que los taoístas aman el humor.

GUÍA: En efecto. De hecho, todo el mundo lo ama, pero hay personas que necesitan el poder del Tao para abrir esa puerta.

BUSCADOR: ¿Puedo comenzar por la puerta a la felicidad?

GUÍA: Puedes comenzar por donde quieras.

BUSCADOR: De acuerdo; sólo una pregunta más: ¿por qué debería creerte?

GUÍA: No deberías creerme. ¡Celebro que seas escéptico! Pero dado que tienes tantas preguntas que hacer, quizá quieras tomar esto en consideración: una vez, yo me encontraba donde tú estás ahora. En aquellos días eran un joven necio y testarudo, ni mucho menos tan brillante y curioso como tú. Aun así, una serie de guías, comenzando por tres mujeres encantadoras, me ayudaron a seguir el Camino. Ahora me toca a mí, en este hito del viaje, ayudar a los demás. ¿Estás preparado para elegir tu senda? Si no es así, descansa un rato, o medita, y regresa más tarde. Siempre hay alguien de guardia.

BUSCADOR: Ya estoy preparado. Quisiera elegir la senda de Lao Tzu.

GUÍA: De acuerdo, pues manos a la obra. Tal como enseñaba Lao Tzu, hasta el viaje más largo comienza bajo tus pies. Un paso puede parecer poca cosa, pero muchos pasitos equivalen a una gran distancia. Todas las cosas grandes son la suma de muchas cosas pequeñas. Ésta es la primera lección del Tao: si quieres alcanzar la felicidad suprema, presta atención a los deleites más pequeños. Los poemas de Lao Tzu también son así. Se parecen a las tapas españolas o al dim sum chino, que consisten en muchos bocados pequeños pero extraordinariamente sabrosos. En realidad, las ideas de Lao Tzu son como tapas para el alma.

 

LA EDAD AXIAL

Hete que una vez, en el siglo VI a.C., cuando las brumas de la antigüedad todavía envolvían buena parte de la historia humana, nacieron tres grandes sabios en el seno de tres civilizaciones distintas. En el mundo helénico apareció Pitágoras; en india, Siddharta Gautama; en China, Lao Tzu. Cada uno de ellos hizo un regalo inestimable a la humanidad: incalculables tesoros que transformarían a individuos aún por nacer y sustentarían civilizaciones aún por venir. De la mente de Pitágoras surgió el misticismo racional. De la mente de Siddharta Gautama, un príncipe hindú que se convertiría en el primer Buda, surgió el budismo. De la mente de Lao Tzu surgió el Tao Te Ching. Estos tres sabios fueron contemporáneos pero nunca se encontraron, excepto tal vez en sueños. Juntos consiguieron dar el mayor paso adelante que la humanidad haya dado jamás, una evolución ni del ADN ni tecnológica ni política. Este triunvirato de sabios engendró una evolución de la conciencia, que es nuestro bien más preciado, si bien (irónicamente) con frecuencia lo damos por sentado y no logramos desarrollarlo plenamente.

Karl Jaspers, el polifacético filósofo, psiquiatra y teólogo alemán, llamó a esta época la Edad Axial. ¿Por qué? Porque en efecto fue un eje gigantesco en torno al cual giraba la futura promesa de la humanidad. Todo lo que precisamos saber sobre la felicidad y la plenitud, la paz y la prosperidad, el amor y la familia, la creatividad y el arte, el buen gobierno y la civilización sostenible puede aprenderse en la Edad Axial.

 

LOS FUNDAMENTOS DEL TAO

Imaginemos una civilización perdurable, una comunidad armoniosa, una familia feliz, una vida plena. ¿Qué tienen en común? Todas están construidas sobre sólidos cimientos. Antes de comenzar a explorar cómo nos ayuda el Tao a alcanzar la serenidad en nuestra vida, es preciso que comprendamos tres ideas fundacionales de la filosofía taoísta: la complementariedad, la armonía y el cambio.

Complementariedad: El taoísmo presenta una noción subyacente de complementariedad. El símbolo del yin-yang representa a la perfección esta idea. Dentro de un círculo que contiene dos partes complementarias (zonas simétricas negras y blancas), ambas mitades se combinan para formar un todo equilibrado. De modo que la complementariedad implica integridad y completitud (en lugar de fragmentación y polaridad). Dado que el yin y el yang están acurrucados bien juntos, queda claro que nada existe de manera aislada u opuesta a otra cosa. La separación es una ilusión; todas las cosas forman parte de un todo.

Además, tanto el yin como el yang contienen un trozo del otro. La zona negra contiene un punto blanco mientras que la zona blanca contiene uno negro. De ahí que veamos que dualidades como macho y hembra, día y noche, orden y caos son, más que polos opuestos, complementos relacionados. El Tao es la fuente de todos estos elementos complementarios, pero el propio Tao no tiene complemento o, si se prefiere, es su propio complemento. Lo abarca todo, la alegría y el pesar, la existencia y la no existencia, la vida y la muerte. El Tao es eterno y omnipresente, y sin embargo no puede definirse.

Cuando explico esto a mis alumnos, dicen que el Tao les recuerda a Dios. Tal vez. Ahora bien, el Tao no es una divinidad que vela por nosotros, sino más bien una senda que podemos seguir.

Como seres personificados o encarnados que somos, estamos obligados, si no condenados, a actuar. Pero motivos ulteriores y confusiones íntimas obnubilan nuestros actos, atrapándonos en nuestra propia telaraña kármica. En apariencia, nuestros actos cotidianos los regula un sinfín de legisladores y burócratas, y están influenciados por nuestros padres, nuestros coetáneos y las costumbres y convenciones preponderantes. La senda de la acción es una vereda confusa envuelta en una densa niebla. Cuesta ver adónde vamos y resulta fácil perderse. La senda de la no acción es análoga al Camino, donde cada paso es claro y seguro. La metáfora del fluir del agua, recurrente en el Tao Te Ching, ilustra el modo en que el Tao puede allanar nuestra senda.

Cabe encontrar un ejemplo llamativo en la Holanda actual, donde se ha descubierto cómo reducir los atascos y accidentes de tráfico en las ciudades congestionadas. Habiendo coches, tranvías, bicicletas y peatones compitiendo por el derecho de paso, la solución que se les ha ocurrido se llama «espacio compartido», y funciona (paradójicamente) eliminando todas las señales de tráfico, pasos de peatones e intersecciones controladas. El librarse de todas esas sendas definidas en exceso permite que todos fluyan con arreglo al Tao. El flujo no se regula, ¡pero eso es lo que hace que dé resultado!

Armonía: Los taoístas son felices. ¿Por qué? En parte porque llevan vidas equilibradas y armoniosas. Esta armonía emana de nuestro interior. Thomas Jefferson —filósofo, funcionario y padre fundador de los Estados Unidos de América— se aproximó mucho al Tao en varias cuestiones clave, como veremos más adelante. Sin embargo, se equivocó al añadir la expresión «búsqueda de la felicidad» a la Declaración de Independencia, texto por lo demás brillante. La felicidad no es una presa a la que haya que dar caza sino una sensación de serenidad que reside en nuestro fuero interno. La promueve y la sustenta el poder del Tao.

Por regla general, la armonía se alcanza equilibrando la diversidad, no imponiendo una uniformidad. La armonía musical requiere el equilibrio de varias voces. La armonía política requiere el equilibrio de distintas facciones. La armonía social, el equilibrio de puntos de vista diversos. La armonía personal requiere el equilibrio de diferentes prioridades. Aun así, al equilibrio de un momento dado puede sucederle un desequilibrio en el siguiente. Esto se debe a que todo cambia constantemente; de ahí la importancia de hacer que el cambio obre en tu favor y no en tu contra.

Cambio: Todo cambia. Paradójicamente, el cambio es lo único constante. Nuestro mundo y nuestra vida (y, de hecho, el propio universo) se encuentran en un permanente estado de cambio. El humor, los sentimientos, las ideas y las creencias cambian. Las relaciones, las carreras, las reglas e incluso las personas cambian. Los ciclos de nacimiento, vida y muerte en el ámbito humano y en el resto de la naturaleza están regidos por el cambio. Las estaciones, el clima y la evolución de nuestro planeta son siempre fruto del cambio.

Los taoístas de la antigua China fueron los primeros en darse cuenta de que los cambios son legítimos, no accidentales. Al actuar de acuerdo con el Tao, movilizas poderosas fuerzas que te ayudan a sacar el mejor partido del cambio. Tanto si las cosas cambian de peor a mejor como de mejor a peor, el Tao te ayuda a conseguir el mejor resultado posible. ¿Por qué conformarse con menos? Y cuando una mala situación se prolonga, aparentemente sin perspectivas de cambio, es cuando el Tao demuestra su verdadera valía, despejando siempre un Camino positivo para seguir avanzando. El Tao es un recurso gratis e inagotable. Para activar su poder, basta con que sigas leyendo. Cada palabra es como un pequeño paso, y cada pequeño paso te acerca un poco más al Camino.

 

EL LIBRO DE LOS CAMBIOS

El «ADN cultural» de la civilización china lo componen un trío de obras maestras aparecidas en la Era Axial: El Libro de los Cambios (o I Ching), cuyo autor es anónimo; el Tao Te Ching, escrito por Lao Tzu; y Las analectas de Confucio, libro que en realidad fue compilado por sus discípulos. Éste es el orden en que aparecieron, y también el orden en que yo los descubrí. Leerlos en esta secuencia, sin embargo, no es fundamental. Puede comenzarse por cualquiera de ellos, pero debes saber que el I Ching influyó en gran medida tanto a Lao Tzu como a Confucio.

 

Érase una vez un chico de diecisiete años que recibió un regalo muy especial de su novia de dieciséis. Ella era una diosa rubia de ojos verdes, seductora y misteriosa, musical y cariñosa. Él era un alborotador con mucho desparpajo aunque de buen corazón, un rebelde hasta la médula, siempre en busca de causas que abanderar. No tenía ni idea de qué se suponía que debía hacer con su vida. Ella era la única que parecía saberlo, pero él aún no estaba preparado para saberlo. De modo que ella lo guio pacientemente en aquella etapa de su senda, pese a que el ojo interior del muchacho era prácticamente ciego a ese respecto. Por otra parte, la belleza de la chica también resultaba cegadora. A veces se preguntaba si le estaba dificultando ver el Camino, precisamente por guiarlo a lo largo de él.

En esta etapa, el chico no era sólo ciego sino también sordo. La chica había intentado iniciarlo en el camino de Pitágoras, sirviéndose de la música de J. S. Bach. A pesar de que le interpretaba hermosas piezas, el oído interior del chico todavía no estaba preparado para oír los sonidos divinos. Siendo una guía compasiva, ella le seguía la corriente, pues veía que el camino de su chico sería difícil y largo.

Un sábado lluvioso circulaban en coche por el centro de Montreal cuando ella de repente le pidió que aparcara. Tenía que entrar un momento en una librería a recoger una cosa. Él la esperó en el coche, tamborileando con los dedos sobre el volante, siguiendo el ritmo constante de la lluvia. Ella volvió a salir enseguida y corrió a subirse al coche. Dio al chico una bolsa de papel húmeda con un pesado volumen dentro. «Toma —dijo ella, con cierto divertimento—, un regalo.» Era el I Ching, El Libro de los Cambios. Igual que con la música de Bach, él no sabía qué significaba...

 

El I Ching nos enseña sobre el camino del cambio. Así como las leyes científicas (por ejemplo, las leyes de la física, la química y la biología) rigen el modo en que las cosas suceden en el mundo natural, también las leyes metafísicas rigen los mundos social, económico y político en los que vivimos simultáneamente: los ámbitos de nuestro sustento como seres humanos. Si quieres llevar un cohete a la Luna como hicieron los astronautas en 1969, seguro que no vas y vuelves por mera casualidad. Es del todo imprescindible que sepas algo al respecto y que actúes con arreglo a las leyes de la naturaleza. Y si quieres llevar una vida feliz, tampoco conseguirás realizar ese viaje de manera fortuita. Es del todo imprescindible que sepas algo al respecto y que actúes con arreglo a las leyes del sustento. Naturaleza y sustento son, además, complementos taoístas.

Existe una gran diferencia entre las leyes de la naturaleza y las leyes del sustento humano, y ésta es la capacidad de elección. Si lanzas una piedra hacia arriba, no tiene más elección que caer. El agua no puede elegir congelarse cuando hierve. Las plantas no pueden elegir hacer la fotosíntesis con la luz de las estrellas en lugar de con la luz del sol. Ni los leones y los tigres pueden elegir volverse vegetarianos. Todos ellos obedecen a una amplia gama de leyes: las leyes de la naturaleza. Los seres humanos también obedecemos a la naturaleza, pero tenemos el don (y a veces la maldición) de una capacidad especial: la posibilidad de elegir. ¿A qué hora te levantarás? ¿Qué ropa te pondrás? ¿Qué tomarás para desayunar? ¿Qué leerás camino del trabajo? ¿Qué clase de trabajo harás? ¿De quién te harás amigo? ¿Con quién quedarás después del trabajo? ¿Dónde quedaréis? ¿Con quién te casarás? Cada día hacemos cientos de elecciones, de las más insignificantes a las más trascendentes. Y, en las democracias, elegimos a personas que a su vez elegirán cosas en nuestro nombre. Para bien o para mal, el mundo humano lo rigen estas elecciones.

La capacidad de elegir es muy poderosa y, por tanto, constituye una gran responsabilidad. Porque todas las elecciones tienen consecuencias. Cada vez que tomas una decisión generas una causa. Y toda causa tiene siempre un efecto, para bien o para mal. La enseñanza fundamental del I Ching es precisamente ésta. Cada elección que haces, tarde o temprano acarreará un resultado. El resultado puede ser mejor o peor para ti y para los demás. En tu mano está elegir sabiamente o insensatamente. Si eliges sabiamente, actúas con arreglo al Tao y el resultado será bueno. Esto, a su vez, te hará feliz. Si eliges insensatamente, actúas en contra del Tao y el resultado será malo. Esto, a su vez, te hará desdichado. Éstas son las leyes del sustento. Igual que las leyes de la naturaleza, están entretejidas en la misma tela de la existencia y no pueden contravenirse.

Nadie es perfectamente bueno o perfectamente malo. Todos los santos se tropiezan con tentaciones a las que deben resistirse sin tregua. Todos los pecadores tienen una luz interior aunque quizá se hayan acostumbrado a caminar a oscuras. El conocido símbolo del Tao refleja esta idea esencial: siempre hay un punto negro en la zona blanca, y siempre hay un punto blanco en la zona negra. El bien y el mal, así como la sabiduría y la insensatez, coexisten en todos nosotros. Aunque la capacidad de elegir el bien esté en nuestras manos, en ocasiones la vida puede ser muy complicada, tanto que no forzosamente sabemos cómo distinguir las elecciones correctas de las incorrectas. Lo que ahora parece correcto quizá resulte incorrecto más adelante, y viceversa. Ahí es donde el I Ching entra en juego: su sabiduría es una lámpara que ilumina infaliblemente el Camino, el cual, si se sigue, conduce más allá de la felicidad incluso, hasta la serenidad imperturbable.

Así pues, el I Ching tiene en cuenta esta clase de cosas al impartir sus consejos. En el mundo no existe la perfección. Ninguna persona, ninguna relación, ninguna familia, ninguna comunidad y ningún gobierno pueden ser perfectos. Por descontado, todos ellos pueden ser peores o mejores. Si eres atleta, músico o actor, sabrás perfectamente que ninguna actuación es perfecta. Aunque sin duda puede ser mejor o peor. Si te preparas con arreglo al Tao, harás una buena actuación y tú y tu público estaréis contentos. Pero incluso los más preparados cometen errores. Glenn Gould, un legendario pianista canadiense del siglo XX y gran intérprete de Bach, no soportaba escuchar sus grabaciones pese a que éstas hacían las delicias de millones de melómanos. Con su oído interior, Gould oía la música de Bach a la perfección, probablemente mejor que el propio Bach. Ahora bien, como intérprete, a pesar de su inmenso talento, Gould no lograba interpretar esa música con la perfección con que la oía. El Tao no puede hacer que los intérpretes toquen perfectamente, pero puede ayudarlos a tocar mejor en lugar de peor, y así hacerlos felices. Esto es una verdad universal, válida para todos nosotros. Todos podemos usar el poder del Tao de esta manera.

Los lectores de mis libros anteriores saben que a lo largo de los años me he valido con éxito del I Ching para aconsejar a muchos clientes y, por supuesto, algunos de mis amigos y yo llevamos décadas usándolo. Una vez que comienzas a apreciar el potencial del libro, éste nunca te da un mal consejo. ¡Y ello se debe precisamente a que no te da consejo alguno! En realidad te revela tu propia voz interior, diciéndote lo que tú mismo te dirías si fueras un sabio. Cosa que eres, una vez que despiertas esa capacidad: tu Sabio Interior.

Cada persona contiene un «mejor yo» así como un «peor yo», junto con todas las combinaciones concebibles de ambos. Muchas personas vacilan absurdamente a lo largo de su vida (e incluso en el transcurso de un solo día) entre hacer elecciones sabias o tontas. Y como las consecuencias de nuestras elecciones inevitablemente regresan a visitarnos —¡los efectos de nuestros pensamientos, palabras y actos son como bumeranes!—, las personas también vacilan entre la felicidad en un momento dado y la desdicha en el siguiente. El Tao nos aconseja y enseña a mantener nuestro mejor yo a cargo de nuestras elecciones, y tantas horas al día como sea posible. Manando del Tao, el consejo del I Ching apela a nuestro mejor yo, despertando y confiriendo poderes a nuestro Sabio Interior. Si permitimos que éste haga nuestras elecciones (en lugar de dejar que lo haga nuestro Necio Interior), el resultado es una felicidad duradera e incluso una serenidad imperturbable.

He aquí una de las razones por las que los taoístas fueron tan receptivos al budismo cuando éste llegó a China procedente de la India. Pues los budistas también reconocen que todos tenemos un mejor yo que es preciso despertar y mantener bien despierto a fin de disipar el sufrimiento. El nombre que dan a este mejor yo es «naturaleza Buda» —buda no significa otra cosa que «el despierto»—, e igual que la filosofía budista, la taoísta, a fin de que sea más efectiva, debe practicarse a diario, si no constantemente.

Cuanto más tiempo pase tu Sabio Interior a cargo de tu vida, mejor será tu vida. Como ves, el Tao tiene garantía de por vida.

El I Ching funciona como una versión filosófica del test de Rorschach. Sin duda conocerás la manera en que los psicólogos usan manchas de tinta para ayudar a sus clientes a descubrir lo que merodea en su subconsciente. Las imágenes de las manchas de tinta no representan nada; son dibujos realizados al azar valiéndose de un eje de simetría, que es el que hace que parezcan cosas diversas. Lo que «ves» en una mancha de tinta dada, en realidad no está «ahí», sino que es un reflejo o una proyección de algo significativo que se encuentra en tu mente. Ante la misma mancha de tinta, una persona quizá vea un pájaro; otra, un pez; una tercera, una guitarra. De modo que la mancha de tinta es una especie de espejo: refleja en nuestro consciente una imagen que ya está desempeñando una función importante en el subconsciente.

Esto puede resultar muy útil. ¿Por qué? Porque es bueno saber qué anda merodeando en las aguas profundas de la mente y del corazón. De este modo podemos empezar a armonizar nuestros pensamientos, sentimientos y actos, lo que nos convertirá en personas más integradas y menos conflictivas. Todos tendemos al autoengaño en cierta medida, y el autoengaño siempre obstaculiza el camino hacia la felicidad duradera. La ignorancia no trae la dicha. Al contrario, es como si nos probásemos un vestido hecho de lamentos y pesares.

El I Ching funciona filosóficamente en lugar de hacerlo psicológicamente. Cada vez que nos debatimos en un dilema moral, entre lo correcto y lo erróneo, en problemas de relación, asuntos concernientes a nuestra profesión, cuestiones de justicia o crisis de sentido o propósito en la vida, el I Ching nos puede ayudar a hacer elecciones más sabias y evitar las incorrectas. Ahora bien, al igual que ocurre con las manchas de tinta, no nos estará diciendo nada que no sepamos. Más bien apelará a nuestra sabiduría interna en vez de a nuestra necedad superficial.

 

LAO TZU

Lao Tzu, el autor del Tao Te Ching, fue un funcionario público contemporáneo de Confucio, si bien mayor que éste. También está mucho más rodeado de misterio. Para empezar, ni siquiera sabemos su verdadero nombre. «Confucio» es la pronunciación latinizada de Kung Fu Tzu o de Kong Fuzi, que significa «maestro Kong». Lao Tzu, sin embargo, sólo significa «viejo maestro». A diferencia de Confucio, Lao Tzu no tuvo un séquito de leales discípulos que recogieran sus enseñanzas. No obstante, igual que Confucio, lo más probable es que Lao Tzu tuviera orígenes humildes y que se abriera paso hasta alcanzar un puesto de responsabilidad como funcionario. Según parece, trabajó mucho y muy diligentemente para mejorar su provincia. Había absorbido el I Ching, seguido el Camino y aplicado el Tao en beneficio de cuanto dependía de él. Cuando al cabo del tiempo alcanzó la edad de jubilación, dice la leyenda que quiso pasar sus años dorados en una provincia vecina pero que un guardia del puesto fronterizo lo reconoció. De lo que cabe deducir que debía de ser bastante famoso.

«Antes de desaparecer en tu retiro —imploró el guardia—, escribe unas palabras sabias para la posteridad, por favor.»

Lao Tzu no tuvo inconveniente en complacerlo y allí mismo, sin más demora, compuso el Tao Te Ching. Obra maestra condensada, en realidad una colección de poemas, el Tao Te Ching es una fuente de conocimiento y un tesoro oculto de sabiduría. En cada capítulo de este libro exploraremos algunas de las enseñanzas más importantes que Lao Tzu consignó en el Tao Te Ching y las aplicaremos a la vida cotidiana, y no sólo de las personas en tanto individuos, sino también a las familias, las comunidades, las naciones y la humanidad en general.

 

El chico de diecisiete años a quien habían regalado el I Ching se convirtió en un joven veinteañero. Había dado unos primeros pasos vacilantes con El Libro de los Cambios, así como con la música de Bach. La chica que le había hecho esos regalos lo había abandonado, o eso pensaba él. Lejos de estar sereno, el muchacho se iba transformando mediante un proceso que tardaría décadas en desarrollarse por completo. Ahora estaba preparado para conocer a su siguiente guía en la senda.

Fue otra mujer encantadora, esta vez una ceramista de veintitantos años. Un buen día estaban escuchando a Bach, interpretado a la guitarra por el inmortal Andrés Segovia. Ella acababa de terminar un jarrón en el torno. Encendió un poco de incienso y fue a la cocina a preparar té chino. Mientras el té estaba en infusión, regresó con un librito verde que le dio a su amigo sin mediar palabra. Era el Tao Te Ching de Lao Tzu, una edición rara que pocos han visto. En cuanto el joven inició la lectura, su mente comenzó a abrirse. Aquel delgado libro verde, comprendió, era la guía de su transformación.

La muchacha también le enseñó que el torno del ceramista es una metáfora del poder del Tao. Los seres humanos parecen trozos informes de arcilla húmeda que giran en el torno de la vida. Y cuando las circunstancias de ésta nos deforman —como ceramistas embriagados o enloquecidos que nos diesen formas extrañas o infelices— el poder del Tao, como veremos, puede devolvernos a un estado informe del que fluyen la renovación y la redención...

 

CONFUCIO

Confucio fue un hombre predestinado. Nació en el seno de una familia humilde y perdió a su padre cuando sólo tenía tres años. A pesar de estas desventajas, y después de trabajar en una larga serie de empleos modestos —pastor de vacas, contable, encargado de almacén—, finalmente alcanzó una posición muy prominente como sabio. Tuvo el coraje de ofrecer consejo a los caudillos de su tiempo, recomendándoles que gobernaran con arreglo al Tao: empleando la fuerza moral en lugar de la fuerza bruta, lección que, a día de hoy, aún no ha sido aprendida. Confucio, sin embargo, encontró a unos cuantos caudillos dispuestos a hacer caso de sus palabras y, a la larga, la sabiduría confuciana se impuso en el Extremo Oriente, deviniendo una especie de argamasa social que dio una tremenda cohesión y longevidad a las familias, las comunidades y los estados. De ahí que Confucio se convirtiera en uno de los filósofos más influyentes del mundo: el «Aristóteles del Extremo Oriente». Desde un punto de vista asiático, cabría decir que Aristóteles fue el «Confucio de Occidente».

Los discípulos de Confucio recogieron sus enseñanzas en un libro titulado Las analectas, que estudiantes chinos, coreanos y japoneses han memorizado durante siglos. Confucio era un filósofo moderado pero muy estricto, preocupado ante todo por la salvaguardia de la familia, la comunidad y el país. Si estas estructuras se derrumban, decía Confucio, nadie puede ser feliz. La obediencia, la fidelidad, la humildad, el respeto, la buena voluntad y el esfuerzo son virtudes primordiales en las sociedades confucianas.

Ahora reflexionemos sobre esto: a partir de los años sesenta del siglo XX las sociedades occidentales vienen conociendo niveles crecientes de desobediencia, de infidelidad, de orgullo desmedido, de falta de respeto, de descortesía y de pereza. Las familias, las comunidades e incluso los países se están desmoronando. Y mucha gente es desgraciada. Así pues, debemos admitir que Confucio no estaba equivocado, por más que nosotros —sobre todo de adolescentes— llevemos una vida desenfrenada haciendo caso omiso de las virtudes confucianas y permitiéndonos todos los vicios anticonfucianos. Cuando los adolescentes hacen esto, se meten en problemas. Cuando nuestros dirigentes políticos y económicos hacen esto, nos meten a todos en problemas.

Confucio trazó las fases vitales de alguien que sigue el Camino:

 

A los quince mi mayor ilusión fue aprender.

A los treinta había plantado mis pies firmemente en el suelo.

A los cuarenta ya nada me dejaba perplejo.

A los cincuenta supe qué me ofrecía el cielo.

A los sesenta escuché ese ofrecimiento con oído sumiso.

A los setenta pude seguir el dictado de mi propio corazón;

Pues cuanto deseaba ya no rebasaba los límites de lo correcto.

 

Las analectas, Libro 2

 

De aquí se desprende que Confucio no fue precisamente un adolescente normal. A la mayoría de los adolescentes no les hace ilusión aprender. Por supuesto, en esa etapa de la vida aprenden un montón de cosas, y además muy deprisa, pues se encuentran en acelerada transición entre la infancia y la edad adulta. Crecen tan rápido como la mala hierba. Sus cuerpos cambian. Sus mentes se expanden. Las hormonas se adueñan de ellos. Su sexualidad despierta. Desconocen la aversión al riesgo. Los chicos descubren la virilidad y a las chicas. Las chicas descubren la feminidad y a los chicos. La actual generación de jóvenes está descubriendo toda orientación de género concebible. Pero casi ningún adolescente diría que esto es «aprender». Sus mayores ilusiones son las citas, las fiestas, conducir coches y hacerse mayores. Muchos de ellos, no obstante, serán hombres descontentos o frustrados en las décadas posteriores; por el contrario, Confucio, al seguir el Tao, estuvo cada vez más satisfecho y sereno.

Por otra parte, Confucio nunca dijo que no deseara esas cosas, o sus equivalentes en la China antigua. Hasta los setenta años de edad, confiesa abrigar deseos en su corazón que, de haberlos obedecido, habrían «rebasado los límites de lo correcto». Nos ahorra los detalles morbosos, pero basta con usar la imaginación. La naturaleza humana no ha cambiado desde aquella época. Sólo las leyes humanas han cambiado. Pero las leyes no dictan lo que es correcto o erróneo; sólo reflejan lo correcto y lo erróneo, y sólo si son justas. Las leyes injustas suelen llevar las cosas hacia atrás, recompensando a los malhechores y castigando a las personas honradas.

Confucio no habla sobre lo que es lícito. Sin faltar el respeto a policías, abogados y jueces, así como a otros agentes de la ley, habla sobre algo más fundamental: a saber, lo que es correcto (sin tener en cuenta lo que diga la ley). Aprendió del Tao que lo correcto y lo erróneo existen con independencia de las leyes. También aprendió que hacer lo correcto conduce a la felicidad; lo erróneo, a la infelicidad. Esto es absolutamente independiente de quién seas, la edad que tengas y el lugar donde estés. Lo decreta el Camino.

 

Conducido por la lectura del I Ching, la sabiduría de Lao Tzu y la música de Bach, el muchacho, ahora con veintitantos, encontró a una tercera guía encantadora que le dijo: «Haces bien en estudiar el Tao y tocar a Bach, pero si bien practicas la música cada día, te limitas a contemplar el Camino. Igual que la música, el Tao debe practicarse regularmente. Sé de un gran maestro confuciano que acaba de abrir una escuela de artes prácticas. Tal vez deberías matricularte. Yo no puedo ver a través de ti, pero el gran maestro sí.»

Al día siguiente, el muchacho entró en la escuela. «Me gustaría comenzar», dijo, haciendo una reverencia. El gran maestro le miró y —durante lo que pareció una eternidad— también miró dentro de él y a través de él. Fue aceptado. Su cuerpo, mente y espíritu fueron puestos a girar en el torno del Camino por un ceramista sumamente habilidoso. El gran maestro podía ser tan fiero como un tigre, tan manso como un cordero, tan profundo como un dragón. Sus enseñanzas, si se escribieran, llenarían enciclopedias. Incluso sus mejores alumnos sólo alcanzaban a asimilar una mínima parte de su sabiduría. El muchacho aprendió y practicó con él durante once años. Luego fue llamado a seguir otros estudios, en tierras lejanas, sobre las sendas de Pitágoras y del Buda. Tras unas décadas más en esas sendas, se fue convirtiendo gradualmente en guía para otros buscadores...

 

Si alguna vez tienes la suerte de estudiar con un maestro confuciano, enseguida descubrirás que la humildad es la primera y más duradera lección. La obediencia es la segunda. Todos podemos aprender mucho de la filosofía china y de sus muchas aplicaciones a través de la caligrafía y la pintura, la medicina y las artes marciales. Los maestros confucianos son muy especiales porque no sólo enseñan un tema sino que más bien transmiten una tradición. Por este motivo, no aceptan a cualquiera como estudiante de buenas a primeras; primero tienen que estar razonablemente seguros de que el aspirante sea un recipiente capaz de contener sus conocimientos. Si aceptan a un estudiante, lo tratarán exactamente igual que a sus propios hijos. Esto forja un estrecho vínculo recíproco, pues tales estudiantes honran a sus maestros y los obedecen tal como harían con sus padres.

Un maestro confuciano puede observarte realizando una tarea cualquiera durante unos pocos minutos y, basándose en eso, leer los signos vitales de tu personalidad y carácter. También puede inferir muchas cosas sobre cómo llevas tu vida: qué te resulta fácil, qué encuentras difícil, cuáles son tus puntos fuertes y tus puntos débiles como persona, cuáles tus virtudes y tus vicios como ser social. Para aquellos a quienes el Tao ha abierto la mente, somos como libros abiertos. Esta capacidad no es exclusiva de los maestros confucianos. Los grafólogos disciernen toda suerte de aspectos de tu personalidad, tu carácter y tu vida partiendo de una muestra de tu caligrafía. Los profesores de música pueden hacer lo mismo observando y escuchando mientras tocas un pasaje musical. La idea esencial que sustenta estas habilidades es definitivamente taoísta: todo consiste en reconocer pautas y en darse cuenta de que las grandes pautas son la suma de pautas pequeñas.

¿Qué tiene esto que ver con la felicidad? Todo. Si permites que te irriten las pequeñas cosas de la vida, ¿qué riesgo no correrás con las grandes? Y a la inversa, si eres capaz de encandilarte con las pequeñas cosas, ni siquiera necesitarás las grandes. Veremos cómo funciona esto cuando dilucidemos las profundidades de las enseñanzas de Lao Tzu.

 

ENTRA EL DRAGÓN

Dice la leyenda que Confucio fue a pedir consejo a Lao Tzu sobre cómo establecer una sociedad regida por la moral. A Lao Tzu le interesaba ante todo ayudar al prójimo a cultivar la paz y la armonía interiores, y no creía que el énfasis de Confucio en la obediencia y el ritual fuese capaz de hacer moral a la sociedad o feliz a la gente. Lao Tzu así se lo dijo a Confucio, indicándole que iba descaminado. Esto causó una profunda impresión en Confucio, que dijo de su histórico encuentro: «Sé cómo logran volar los pájaros, nadar los peces y correr los animales. Pero el corredor puede ser atrapado, el nadador, pescado y el pájaro, abatido por una flecha. Ahora bien, también existe el dragón: no sé cómo cabalga sobre el viento a través de las nubes para ascender al cielo. Hoy he visto a Lao Tzu, y sólo me cabe compararlo con el dragón.»

En la mitología china (igual que en otras culturas), el dragón es el más poderoso de todos los animales. Pero a diferencia de la imagen que se tiene en Occidente de los dragones como monstruos que escupen fuego y a los que deben dar muerte valerosos caballeros para salvar a hermosas princesas, los dragones chinos son seres benévolos. Igual que el Tao, son libres e indefinidos. Igual que el viento, no se pueden atrapar ni domar. Son criaturas impresionantes y admirables que generalmente no verás de carne y hueso, sino idealizadas en la imaginación. Son divinos, como los ángeles, y a veces desempeñan la función de protectores.

¿Recuerdas la canción «Puff the Magic Dragon» de Peter, Paul and Mary? Puff era un simpático dragón, compañero de juegos de Jackie, el niño de la canción. Pero al crecer, Jackie pierde la inocencia y reprime la imaginación, y por tanto ya no puede jugar con Puff. Éste es un cuento esencialmente taoísta. Si tienes el coraje suficiente para recuperar la inocencia y dejar volar la imaginación, también tú tendrás al dragón como amigo. Cuando Confucio compara a Lao Tzu con el dragón, le está haciendo el más alto cumplido posible. De modo que hagámonos amigos de este dragón mágico llamado Lao Tzu y sigamos su senda hacia la serenidad.

 

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Salud y bienestar

 

 

Quien considera el mundo como considera la fortuna de su propio cuerpo puede gobernar el mundo. A quien ama el mundo como ama a su propio cuerpo puede confiársele el mundo.

 

Tao Te Ching, poema 13

 

 

Sólo cuando uno se harta de su enfermedad puede librarse de la enfermedad. El Sabio nunca está enfermo, porque está harto de su enfermedad y, por consiguiente, no enferma.

 

Tao Te Ching, poema 71

 

 

La salud es más valiosa que el dinero. No la puedes comprar. Si por casualidad caes enfermo o sufres una herida, sin duda necesitarás atención médica para tratar tu enfermedad o tu herida. Puesto que la atención médica cuesta dinero (a veces, mucho dinero), alguien tiene que pagarla. Pero pongámonos filosóficos y pensemos claramente sobre lo que está comprando ese dinero: tratamiento, no salud. La enfermedad o la herida es lo que se trata. Si el tratamiento da resultado, lo que se recobra es la salud. No cabe negar las maravillas de la medicina moderna. Aumentan la expectativa de vida, que casi se ha duplicado a lo largo del siglo pasado, y prolongan la calidad de vida —gracias en parte a mi generación, la de los baby boomers, que se niegan a hacerse mayores y que siguen pretendiendo ser todavía adolescentes, incluso bastante después de alcanzar la edad de jubilación. La cuestión es la siguiente: la asistencia médica no te da salud; más bien te restablece la salud.

La salud y la felicidad están relacionadas. Es más fácil ser feliz cuando estás sano, y también es más fácil recuperarse de una enfermedad si tu estado de ánimo es positivo en lugar de negativo. Además, ser feliz hace más fácil mantener la salud. Las personas deprimidas o estresadas tienen el sistema inmunológico perjudicado y, por consiguiente, son más propensas a tener mala salud. (Abordaremos el estrés con más detenimiento en el capítulo 5.) El Tao es preventivo, como una vacuna. Seguir el Tao siempre mejora tu calidad de vida, lo cual potencia al máximo la salud y la felicidad.

En inglés, la palabra health, «salud», procede de una palabra más antigua, hale, que significa «entero». De modo que la salud algo tiene que ver con la plenitud. Sentirse pleno es sentirse «uno», a saber, unido o alineado con tu propio ser (o, si se quiere, con el cosmos). No hay duda de que la salud confiere, por sí misma, una sensación de bienestar excepto si permites que otras cosas interfieran. Las personas saludables con frecuencia cometen la equivocación de dar por sentada su buena salud, permitiendo que muchas otras cosas se interpongan en el camino de su felicidad. Apuesto a que conoces a muchas personas saludables (es decir, que no están enfermas) que son crónicamente infelices, en parte porque dan por sentada su buena salud.

Los taoístas nunca cometen este error. Nunca dan por sentada la salud. Les basta con estar vivos para ser felices. Esta clase de felicidad es el estado normal de los niños y los taoístas. También la sienten las personas que han tenido un encontronazo con la muerte, bien sea por una experiencia en que la han tenido cerca o por haber padecido una enfermedad que amenazaba su vida. Esas personas se dan cuenta de repente de lo valioso que es cada momento y de cómo cada día, e incluso cada suspiro, es un regalo que hay que atesorar y disfrutar, sin darlo nunca por sentado. Los taoístas ya tienen esta gratitud. No necesitan encontronazos con la muerte para despertarla. Ahora bien, ¿acaso no resulta triste ver que algunas personas, por lo demás saludables, se torturan por estar dando caza a espejismos que creen que les darán la felicidad?

El dinero no puede comprar la felicidad, igual que no puede comprar el amor. Los norteamericanos se cuentan entre los pueblos más ricos del mundo y, sin embargo, también son los menos felices. ¿Por qué? Están muy lejos del Tao. Un estudio estadounidense descubrió una cosa que haría reír a los taoístas. Los expertos descubrieron que las personas ricas no son más felices, en general, que las personas pobres. No cabe duda de que las personas ricas, por regla general, tienen más oportunidades que las pobres para escapar de su infelicidad. Pero esto no las hace felices. La infelicidad es una prisión cuya única escapatoria es la felicidad. Si eres desgraciado y tienes dinero, puedes viajar por el mundo. Pero tu inseparable compañero de viaje será la infelicidad. Si eres desgraciado y tienes dinero, puedes permitirte muchas clases de diversiones temporales para intentar escapar de la infelicidad, pero inevitablemente regresarás a tu estado de ánimo habitual, a tu realidad interior. Si esa realidad es desgraciada, el dinero no la curará.

 

EL CASO DE JASON

Una vez tuve un cliente así, un muchacho que se llamaba Jason. Su familia era rica y estaba acostumbrado a conseguir todo lo que quería en la vida, es decir, todo lo que llevaba una etiqueta con un precio. Jason se enamoró de una chica muy guapa que se llamaba Sonia y quiso casarse con ella. La familia de Sonia no era rica, pero Sonia no quería casarse sólo por dinero. Quería casarse por amor, y no amaba tan profundamente a Jason como Jason la amaba a ella. De modo que rechazó su proposición de matrimonio. Algunos de sus familiares y amigos pensaron que estaba loca, tal vez porque estaban atrapados en el mito de la Cenicienta o de algún otro cuento de hadas. Ya sabes de qué va; la trama es muy simple: Chico rico rescata a chica pobre. Se casan y viven felices por siempre jamás. Pero esto presupone que ambos estén profundamente enamorados, en cuyo caso el dinero es lo de menos.

Sonia fue una chica valiente porque consultó con su corazón y no con su billetero. No sólo rechazó la proposición de matrimonio sino que también rompió con Jason porque no podía seguir saliendo con él en aquellas circunstancias. Así es el Tao del cambio: las relaciones humanas nunca se estancan durante mucho tiempo. O bien estrechamos el vínculo que nos une a otra persona, o bien nos distanciamos.

Jason era inconsolable porque por primera vez su felicidad dependía de algo —o mejor dicho, de alguien— que el dinero no podía comprar. Su familia le ofreció enviarlo de vacaciones a cualquier parte del mundo para «ayudarlo» a distanciarse, escapar y olvidar a Sonia. Pero Jason me dijo que se negaba a viajar. Dijo que la echaba tanto de menos que viajar sólo serviría para empeorar las cosas. Sabía de muchos destinos maravillosos, pero ir a esos lugares sin ella no haría más que incrementar su tristeza porque le constaba que desearía tenerla a su lado. No quería conocer a otras mujeres; quería compartir su vida con ella. Pero luego comprendió que la sensación de vacío se había convertido en su compañero de viaje; le seguiría allí donde fuera. No podía «perder» su infelicidad embarcando en un avión, del mismo modo que no podía perder su sombra.

En última instancia, la historia de Jason tuvo un final feliz. Ciertamente fue distinto del que imaginaba, pero sin duda no más desdichado. Pues el rechazo de Sonia anunció el comienzo del gran despertar de Jason. Jason siempre había tenido una visión positiva de la vida, actitud que nada tenía que ver con el dinero. Era, por naturaleza, una persona optimista. Esto le ayudó en gran medida a asimilar las enseñanzas fundamentales de Lao Tzu: el Sabio nunca está enfermo porque le harta la enfermedad. ¿Qué significa esto?

Desgraciadamente, muchas enfermedades no se curan porque las personas acaben hartas de ellas. Si tienes la malaria, el sida o una lesión de la médula espinal, entre otras innumerables dolencias, serás incapaz de curarte por más harto que acabes de tu enfermedad. Sin duda puedes dar los pasos necesarios para conseguir la mejor atención médica posible y así llevar una vida rica y plena, pero también es posible que tu dolencia sencillamente no tenga cura.

Sin embargo, muchas otras enfermedades son parcial o absolutamente autoinfligidas. Las depresiones, los trastornos alimentarios, la ansiedad, las adicciones, las fobias, el autoengaño, el odio, la avaricia y la envidia, entre muchos otros problemas, suelen ser autoinfligidos. Si padeces una de estas enfermedades, el primer paso hacia el bienestar es precisamente esta lección del Tao: cuando te hartes de tu enfermedad, empezarás a dar los pasos necesarios para alcanzar el bienestar. El corazón partido y el ego herido de Jason eran autoinfligidos. Sonia no infligió esas heridas a Jason; él permitió que ella se convirtiera en una excusa para infligírselas a sí mismo. Tenía muchas maneras de responder a esa enfermedad. Por ejemplo, podía regodearse en la autocompasión; podía enojarse con ella; podía ahogar sus penas bebiendo o drogándose; podía manifestar su dolor de manera artística, con la pintura o la música; podía intentar escapar, viajando por el mundo.

Jason no hizo ninguna de estas cosas. Después de flirtear con algunas de ellas comprendió que no eran soluciones a su problema y que sólo empeorarían su situación. ¿Qué hizo, en cambio? Siguió el consejo de Lao Tzu y se hartó de su enfermedad. Al adueñarse de ella, estuvo en condiciones de no reconocerla como propia. Al ser desgraciado con su infelicidad, comenzó a recobrar su felicidad. En los casos como éste, dos negativos devienen un positivo. Si eres desgraciado, no puedes sentirte feliz. Pero si eres desgraciado con tu infelicidad, puedes comenzar a sentirte feliz de nuevo. Ser desgraciado con tu infelicidad crea un espacio en el que puede surgir la felicidad. Y ser feliz con la felicidad está muy bien, pues no permite que la infelicidad reaparezca.

Por eso los sabios taoístas son tan serenos. Se han hartado tanto de la enfermedad que irradian bienestar en todas direcciones. Tú también puedes hacerlo, siempre y cuando estés dispuesto a asumir cierta responsabilidad sobre tu estado de ánimo. Pero si adoptas una mentalidad de víctima, o si sucumbes a un diagnóstico psicológico de manual, seguirás reforzando tu enfermedad en lugar de hartarte de ella. Jason eligió seguir el Tao: se hartó de echar la culpa a Sonia y de lamentar que hubiese rechazado su proposición de matrimonio. Hartándose de su enfermedad, se puso bien. Y como el Tao es inagotable, sigue quedando un montón para ti. Haz la prueba.