El pasado de este libro fue accidentado, puesto que una tercera parte del mismo surgió a la vez que escribía otra obra. (Había enviado una lista de observaciones a la editorial y estaba esperando a recibir su respuesta; creo que se trataba de la última entrega de La Rueda del Tiempo.) Me vi obligado a dejar de trabajar en este volumen para sumergirme en el otro.
Para cuando lo retomé, mi visión original de una nueva trilogía protagonizada por Wax, Wayne y Marasi había cambiado, de modo que el primer tercio requirió una ingente cantidad de retoques y modificaciones para encajar con los otros dos, al tiempo que los escribía. Deposité una confianza tremenda en el excelente ojo crítico de mi editor, Moshe Feder; mi agente, Joshua Bilmes, y mi asistente editorial, Peter Ahlstrom, alias el Instantáneo. Un agradecimiento muy especial también para mi editor en el Reino Unido, Simon Spanton.
Además, mi grupo de escritura resultó ser —como siempre— imprescindible. En él se incluyen Emily Sanderson, Karen y Peter Ahlstrom, Darci y Eric James Stone, Alan Layton, Ben «por favor, a ver si esta vez escribes bien mi nombre» Olsen, Danielle Olsen, Kathleen Dorsey Sanderson, Kaylynn ZoBell, Ethan e Isaac Skarstedt, y Kara e Ĩsaac Stewart.
Organizamos una lectura beta relámpago, y fueron varias las personas atentas que aportaron sus extraordinarios comentarios. Entre ellas: Jory Phillips, Joel Phillips, Bob Kluttz, Alice Arneson, Trae Cooper, Gary Singer, Lyndsey Luther, Brian T. Hill, Jakob Remick, Eric James Stone, Bao Pham, Aubree Pham, Steve Godecke, Kristina Kugler, Ben Olsen, Samuel Lund, Megan Kanne, Nate Hatfield, Layne Garrett, Kim Garrett, Eric Lake, Karen Ahlstrom, Isaac Skarstedt, Darci Stone, Ĩsaac Stewart, Kalyani Poluri, Josh Walker, Donald Mustard III, Cory Aitchison y Christi Jacobsen.
Ha sido increíblemente satisfactorio asistir al desarrollo del apartado artístico de mis novelas a lo largo de los años. Siempre he soñado con el descabellado plan de incluir muchas más imágenes de lo que suele ser habitual; todas las que me dejen, básicamente. Son tres los maravillosos ilustradores que lo han hecho posible en este volumen. La cubierta es obra de Chris McGrath, y me encanta su interpretación de los personajes. Mi buen amigo y ahora director artístico a tiempo completo, Ĩsaac Stewart, se encargó de los mapas y de los símbolos, además de la esmerada maquetación del pasquín. Los dibujos que salen en él son obra del siempre excelente Ben McSweeney.
Para la gente de JABberwocky, mi agencia, gracias a Eddie Schneider, Sam Morgan, Krystyna Lopez y Christa Atkinson. Ya en el Reino Unido, se merece una ovación John Berlyne, de Zeno Agency.
Para Tor Books, muchísimas gracias a Tom Doherty, Linda Quinton, Marco Palmieri, Karl Gold, Diana Pho, Nathan Weaver, Edward Allen y Rafal Gibek. Ingrid Powell se encargó de las labores de corrección. La revisión de galeradas recayó sobre Terry McGarry, y el narrador del audiolibro no es otro que mi lector predilecto, Michael Kramer. Otros profesionales de ese formato que se merecen mi agradecimiento son Robert Allen, Samantha Edelson y Mitali Dave. Para Adam Horne, mi nuevo asistente adjunto, esta es la primera vez que su nombre sale mencionado en un libro. ¡Bien hecho, Adam!
Por último, gracias de corazón a mi familia, como siempre. Una esposa maravillosa y tres niños pequeños que todavía no entienden muy bien por qué los libros que escribe papá tienen tan pocos dibujos.
Waxillium Ladrian, vigilante de la ley de alquiler, pasó una pierna sobre la grupa de su caballo para bajar al suelo y giró sobre los talones a fin de encarar la cantina.
—Hala —dijo el chiquillo, desmontando de un salto a su vez—. No se te ha enganchado la espuela en la silla, ni has tropezado, ni nada.
—Aquello pasó solo una vez —replicó Waxillium.
—Ya, pero es que fue supergracioso.
—Quédate con los caballos —le ordenó Waxillium, arrojándole las riendas—. No ates a Devastadora. A lo mejor me hace falta.
—Vale.
—Y no robes nada.
El muchacho —de facciones aniñadas pese a sus diecisiete años de edad, con las mejillas teñidas apenas por una sombra de pelusilla a pesar de llevar semanas intentando dejarse crecer la barba— asintió con gesto solemne.
—Prometo no mangarte nada, Wax.
Este exhaló un suspiro.
—No es eso lo que te he dicho.
—Pero...
—Tú quédate con los caballos y procura no hablar con nadie. —Wax sacudió la cabeza mientras entraba en la cantina, sintiéndose como si flotara. Estaba llenando un ápice su mente de metal, reduciendo en torno al diez por ciento de su peso. Práctica habitual para él de un tiempo a esta parte, desde que se quedara sin peso almacenado en el transcurso de una de sus primeras cacerías, hacía unos meses.
La cantina en cuestión, ni que decir tiene, era un tugurio cochambroso. En los Áridos prácticamente todo estaba cubierto de polvo, roto o raído. Cinco años llevaba ya allí, y seguía sin acostumbrarse. Cierto, había dedicado la mayor parte de esos cinco años a intentar ganarse la vida como oficinista, alejándose cada vez más de los centros de población en un intento por evitar que lo reconocieran. Pero, en los Áridos, incluso las principales zonas habitadas eran más sucias que Elendel.
Y aquí, en la frontera con la civilización, el término «suciedad» se quedaba corto para describir el estilo de vida reinante. Los hombres con los que se cruzó en el interior del local, encorvados en sus asientos, apenas si alzaron la vista a su paso. Esa era otra particularidad de los Áridos. Tanto las plantas como las personas daban la impresión de estar cubiertas de espinas y crecer sin querer despegarse del suelo, achaparradas y hostiles.
Apoyó las manos en las caderas y paseó la mirada por la estancia, esperando llamar la atención. No tuvo éxito, lo cual le produjo un alfilerazo de irritación. ¿De qué servía ponerse un elegante traje de ciudad, pañuelo de color lavanda incluido, si después nadie lo miraba siquiera? Por lo menos tampoco cuchicheaban a sus espaldas, como los de la última cantina.
Con la palma de la mano encima de la culata, Wax encaminó sus pasos hasta la barra. El camarero era un individuo alto por cuyas venas debía de correr sangre terrisana, a juzgar por sus rasgos y por el color de su piel, aunque a sus refinados primos de la Cuenca les daría un soponcio si lo viesen ahora, royendo el grasiento muslo de pollo que empuñaba con una mano mientras utilizaba la otra para servir una jarra. Wax se esforzó por contener un arrebato de náusea; el concepto de higiene que imperaba en aquellos pagos era otra particularidad de los Áridos a la que no terminaba de acostumbrarse. Allí se consideraba pulcro y atildado a todo el que se acordara de restregarse las manos contra los pantalones en el momento que mediaba entre hurgarse la nariz y tenderte la mano para que se la estrecharas.
Wax se quedó esperando. Esperó un poco más. Transcurridos unos instantes, carraspeó. El cantinero se acercó a él, al cabo, sin apresurarse.
—¿Sí?
—Busco a un hombre —dijo Wax en voz baja—. Se hace llamar Granito Joe.
—No lo conozco.
—¿Que no...? Pero si es el forajido más célebre de los alrededores, por no decir el único.
—Pues no lo conozco.
—Pero...
—Se vive más seguro sin conocer a la gente como Joe —lo interrumpió el camarero, antes de pegarle otro bocado al muslo de pollo—. Pero tengo un amigo.
—Menuda sorpresa.
El camarero lo fulminó con la mirada.
—Ejem. Perdón. Continúe.
—Mi amigo podría estar dispuesto a conocer a alguna que otra persona de la que otros no querrían saber nada, aunque llegar hasta él quizá lleve algo de tiempo. ¿Vas a pagar?
—Soy un vigilante de la ley —respondió Wax—. Actúo en nombre de la justicia.
El cantinero parpadeó. Muy despacio, metódico, como si semejante gesto, para él, fuese algo que requiriera un esfuerzo consciente.
—Entonces... ¿vas a pagar?
—Le pagaré, sí —suspiró Wax, repasando para sus adentros todo lo que seguirle la pista a Granito Joe le había costado ya. No podía permitirse el lujo de volver a quedarse sin blanca. Devastadora necesitaba una silla nueva, y a él aquí los trajes le duraban un suspiro.
—Bien —celebró el camarero, indicándole por señas que lo siguiera. Recorrieron el interior del establecimiento en zigzag, sorteando mesas y rodeando el piano (cuyas teclas daban la impresión de llevar una eternidad sin experimentar el contacto de ningún dedo) hasta llegar a una pequeña habitación sita al fondo de la cantina.
Olía a polvo.
—Espera —dijo su guía, antes de salir y cerrar la puerta a su espalda.
Wax se cruzó de brazos mientras echaba una ojeada a la única silla que había en el cuarto. La pintura blanca, desportillada, había empezado a pelarse; no le cabía la menor duda de que si intentaba sentarse terminaría al menos con la mitad pegada a los pantalones. De modo que se limitó a dejar que sus pasos vagaran por la habitación sin rumbo fijo.
Después de cinco años en este páramo, comenzaba a sentirse cada vez más cómodo con los habitantes de los Áridos, ya que no con sus particulares costumbres. Había buenas personas aquí, muchas. Distaba de ser el nido infestado de proscritos y bribones que le habían contado.
Sin embargo, emanaba de todos ellos una obstinada aura de fatalismo. Desconfiaban de la autoridad y a menudo rechazaban a los vigilantes, aunque eso conllevara permitir que alguien como Granito Joe continuase arrasándolo todo y saqueando a placer. Sin las recompensas que ofrecían el ferrocarril y las empresas mineras, nada...
Se estremeció la ventana. Wax se detuvo, cerró los dedos en torno a la culata de la pistola que colgaba de su cinto y quemó acero. El metal propagó una tibieza punzante por su interior, como si acabase de beber algo que estuviera demasiado caliente. A su alrededor se extendieron varias líneas azules que, desde su pecho, señalaban la ubicación de las fuentes de metal más cercanas, varias de las cuales se encontraban justo al otro lado de la ventana con postigos. Otras apuntaban hacia abajo. Esta cantina disponía de sótano, algo poco habitual en los Áridos.
Podría empujar contra esas líneas en caso de necesidad, apoyándose así en el metal con el que estaban conectadas. De momento, se limitó a observar mientras una varilla se deslizaba entre las maderas que cubrían los cristales por fuera de la ventana y ascendía para forzar el pestillo que los sujetaba. Se hizo a un lado para evitar que lo viese quienquiera que, en esos instantes, comenzaba a manipular el marco tras haber abierto los postigos. La hoja de la ventana se levantó con un traqueteo.
Una muchacha vestida con pantalones oscuros entró en el cuarto de un salto, rifle en mano. Enjuta, de facciones angulosas y con un puro sin encender entre los dientes, a Wax le sonaba de algo. Se incorporó, satisfecha, y se giró para cerrar la ventana. Al darse la vuelta, lo vio.
—¡Diablos! —exclamó mientras trastabillaba de espaldas, dejando caer el puro y levantando su rifle.
Wax desenfundó la pistola y preparó su alomancia, deseando haber encontrado alguna manera de repeler las balas. Podría empujar el metal, sí, pero no era tan rápido como para detener los disparos, a menos que empujase contra la pistola antes de que apretara el gatillo.
—Oye —dijo la mujer—. ¿No eres tú el que mató a Peret el Negro?
—Waxillium Ladrian —respondió Wax—. Vigilante de alquiler.
—Me tomas el pelo. ¿Eso es lo que dices para presentarte?
—Pues claro. ¿Por qué no?
En vez de contestar, la mujer levantó la cabeza de la mirilla del rifle y se quedó un momento observándolo.
—¿Un pañuelo? —dijo, al cabo—. ¿En serio?
—Va con mi estilo de caballero cazarrecompensas.
—Pero ¿qué utilidad tiene el «estilo» para un cazarrecompensas?
—Es importante labrarse una reputación —replicó Wax, levantando la barbilla—. Fíjate en todos esos forajidos. De uno a otro confín de los Áridos, la gente ha oído hablar de hombres como Granito Joe. ¿Por qué no iba a hacer yo lo mismo?
—Porque es como pintarse una diana en la frente.
—El riesgo merece la pena —se justificó Wax—. Aunque, hablando de dianas... —Agitó el arma en el aire e inclinó la cabeza en dirección a la de la muchacha, que dijo:
—Vas tras la recompensa que ofrecen por Joe.
—En efecto. ¿Tú también?
La joven asintió con la cabeza por toda respuesta.
—¿Nos la repartimos? —preguntó Wax.
Su interlocutora suspiró al tiempo que bajaba el rifle.
—Vale. Pero habrá porción doble para el primero que le meta una bala en el cuerpo.
—Pensaba capturarlo con vida...
—Bien. Así tendré más oportunidades de cargármelo antes. —La muchacha sonrió de oreja a oreja mientras se acercaba a la entrada de la habitación, furtiva—. Me llamo Lessie, por cierto. Entonces, ¿Granito está aquí, en alguna parte? ¿Lo has visto?
—No. —Wax se reunió con ella en la puerta—. Le pregunté al dueño del local, y este me ha conducido hasta aquí.
Lessie se volvió hacia él.
—¿Le preguntaste al dueño del local?
—Claro. He leído las historias. Los cantineros siempre lo saben todo, y... Y estás meneando la cabeza.
—En este tugurio todos están al servicio de Joe, míster Pañoleta —dijo Lessie—. Diablos, la mitad de los vecinos de esta ciudad lo están. ¿Y tú le preguntas al camarero?
—Creo que ya he respondido a esa pregunta.
—¡Herrumbre! —La muchacha entreabrió la puerta y se asomó al exterior—. En el nombre de Ruina, ¿cómo te las apañarías para cargarte así a Peret el Negro?
—Ya será para menos. Es imposible que toda la cantina esté...
Dejó la frase inacabada, flotando en el aire, al espiar a su vez por la rendija de la puerta. El grandullón que atendía la barra no se había ido corriendo a buscar a alguien. Antes bien, se hallaba en la sala principal del local, gesticulando en dirección a la puerta mientras instaba a los distintos bellacos y bribones a levantarse y desenfundar las armas.
—Maldición —susurró Lessie.
—¿Nos largamos por la ventana? —sugirió Wax.
La respuesta de la muchacha consistió en cerrar de nuevo la puerta con sumo sigilo, apartarlo de un empujón y escabullirse gateando en dirección a la ventana como una exhalación. Se agarró al alféizar con la intención de impulsarse y atravesarla de un salto, pero comenzaron a restallar detonaciones a su alrededor y una porción del marco de la ventana se volatilizó en medio de una lluvia de astillas.
Lessie masculló una invectiva y se tiró al suelo de la habitación. Wax siguió su ejemplo y aterrizó junto a ella mientras exclamaba:
—¡Un francotirador!
—¿Siempre eres tan perspicaz, míster Pañoleta?
—No, solo cuando practican el tiro al blanco conmigo. —Wax se asomó por encima del quicio de la ventana; el francotirador podría haber elegido uno cualquiera de la docena de escondites que se divisaban en los alrededores—. Tenemos un problema.
—Y he ahí de nuevo esas agudísimas dotes de observación. —Lessie empezó a arrastrarse por el suelo en dirección a la puerta.
—Me refería a que tenemos un problema en más de un sentido. —Wax siguió a la muchacha, agazapado—. ¿Cómo les ha dado tiempo a apostar un francotirador? Debían de estar al corriente de mi llegada. La ciudad entera podría ser una trampa.
Lessie maldijo entre dientes cuando Wax llegó a la puerta y la entreabrió de nuevo. Sin dejar de gesticular en dirección a ella, los matones estaban deliberando en voz baja.
—Se ve que me toman en serio —dijo Wax—. ¡Ja! Mi reputación está dando sus frutos. ¿Lo ves? ¡Están asustados!
—Enhorabuena —replicó la muchacha—. ¿Crees que me darán alguna recompensa si te pego un tiro?
—Tenemos que llegar a la planta de arriba —dijo Wax, con la mirada fija en la escalera que se hallaba justo al otro lado de la puerta, en la habitación principal.
—¿Qué conseguiríamos con eso?
—Bueno, para empezar, todos los individuos armados que quieren matarnos están aquí abajo. Preferiría cambiar de aires, y esa escalera será más fácil de defender que este cuarto. Aparte de eso, quizás encontremos una ventana por la que escapar en la otra cara del edificio.
—Ya, si te apetece saltar desde un segundo piso.
Saltar no constituía el menor problema para un lanzamonedas como Wax, que podría lanzar al aire un trozo de metal y empujar contra él para frenar su caída y aterrizar sano y salvo. También era feruquimista, con lo cual, si la ocasión lo exigía, siempre podría valerse de sus mentes de metal para aligerar considerablemente su peso.
Sus habilidades estaban en boca de todos, no obstante, y el propio Wax esperaba que continuasen estándolo. Los rumores sobre su milagrosa supervivencia habían llegado hasta sus oídos, y le gustaba el aura de misterio que los envolvía. Se especulaba con que era un nacido del metal, cierto, pero siempre y cuando la gente ignorase lo que realmente era capaz de hacer, la ventaja seguiría estando de su parte.
—Mira, voy a intentar llegar corriendo a las escaleras —informó a la mujer—. Si tú prefieres quedarte aquí abajo y abrirte paso a balazos, estupendo. Me proporcionarás la distracción ideal.
Lessie le lanzó una miradita de reojo y sonrió de oreja a oreja antes de replicar:
—De acuerdo. Lo haremos a tu manera. Pero como nos acribillen a tiros, me debes un trago.
«Sí que me suena de algo», pensó Wax. Asintió con la cabeza, contó hasta tres en voz baja, cruzó la puerta corriendo y apuntó con la pistola al matón que tenía más cerca. El hombre saltó de espaldas cuando Wax disparó tres veces... y falló. Las balas se incrustaron en el piano, provocando una nota discordante con cada impacto.
Lessie salió gateando tras él y se dirigió a la escalera. El heterogéneo repertorio de bellacos levantó sus armas entre gritos de sorpresa. Wax apuntó con la pistola hacia atrás, alejándola de la dirección de su alomancia, y se impulsó en las líneas azules que, partiendo de él, señalaban a los hombres que había en la sala.
Estos abrieron fuego, pero el empujón había desviado sus armas lo suficiente como para que su puntería se viera alterada. Wax subió por las escaleras detrás de Lessie; no tardó en perder de vista la tormenta de disparos que se había desencadenado a su paso.
—Por todos los diablos —jadeó Lessie cuando hubieron llegado al primer rellano—. Estamos vivos. —Lo miró, con las mejillas encendidas, y Wax recordó de repente dónde la había visto antes, como si se acabara de abrir el candado que pesaba sobre sus pensamientos.
—Yo a ti te conozco —dijo.
—Te equivocas —replicó ella, apartando la mirada—. Sigamos...
—¡El Toro Llorón! —exclamó Wax—. ¡La bailarina!
—Ay, Dios del Más Allá. —La muchacha reanudó el ascenso, encabezando la marcha—. Lo recuerdas.
—Sabía que solo estabas fingiendo. Ni siquiera Rusko contrataría a alguien con semejante descoordinación, por muy bonitas que tuviera las piernas.
—¿Podemos ir a tirarnos ya por alguna ventana, por favor?
—¿Qué haces tú aquí? ¿Vas detrás de alguna recompensa?
—Bueno, algo así.
—¿Y en serio que no sabías lo que te iban a...?
—Doy esta conversación por finalizada.
Una vez en la planta de arriba, Wax aguardó un momento a que asomara la primera cabeza tras ellos. Disparó de inmediato, fallando de nuevo, pero obligando al hombre a retroceder. Oyó imprecaciones y discusiones procedentes de abajo. Quizá los parroquianos de esta taberna estuviesen a sueldo de Granito Joe, pero tampoco eran de los que anteponían la lealtad a cualquier otra consideración. Los primeros en subir por esos escalones recibirían un balazo, seguro, y a ninguno de ellos le apetecía arriesgarse.
Eso le proporcionaría a Wax un respiro. Lessie se coló en una de las habitaciones, pasó junto a una cama vacía junto a la que alguien había dejado un par de botas abandonadas y, de golpe, abrió la ventana, que daba al lado contrario del edificio en relación con la posición estimada del francotirador.
Ante ellos se extendía la ciudad de Erosión, una solitaria colección de comercios y hogares que parecían esperar agazapados —en vano— el día en que al ferrocarril por fin se le antojase extender sus dedos tan lejos. No demasiado lejos, unas pocas jirafas se dedicaban a mordisquear las hojas de los árboles; el único indicio de vida en una planicie, por lo demás, desolada.
La caída desde la ventana era vertical, sin tejados a los que agarrarse. Lessie observó el vacío con suspicacia. Wax se metió los dedos en la boca y emitió un estridente silbido.
No pasó nada.
Volvió a silbar.
—Pero ¿se puede saber qué diablos estás haciendo?
—Llamar a mi yegua —respondió Wax a la pregunta de la muchacha, antes de silbar otra vez—. Podemos dejarnos caer en la silla y escapar al galope.
Lessie se lo quedó mirando fijamente, sin parpadear.
—Y lo dices en serio.
—Pues claro. Lo hemos estado ensayando.
Una figura solitaria apareció en la calle, a sus pies; el joven que había estado siguiendo a Wax.
—Esto, ¿Wax? —lo llamó el chico—. Que Devastadora no se despega del abrevadero.
—Diablos.
Lessie volvió a mirarlo.
—¿Le has puesto a tu yegua el nombre de...?
—Vale, a lo mejor es un poquito demasiado mansa —la atajó Wax, desabrido, mientras se encaramaba al alféizar—. Se me ocurrió que llamarla así podría servirle de inspiración. —Ahuecó la mano para formar una bocina y, dirigiéndose al muchacho, exclamó—: ¡Wayne! ¡Tráela hasta aquí! ¡Vamos a saltar!
—Y un cuerno —protestó Lessie—. ¿O te crees que esa silla de montar es mágica y va a impedir que le partamos el espinazo a tu yegua cuando le caigamos encima?
Wax titubeó.
—Bueno, he leído que hay gente que lo hace...
—Ya. Mira, se me ocurre una idea. ¿Por qué no vuelves ahí abajo, hablas con toda esa gente, salís para plantaros ahí en medio del camino y libráis un bonito duelo con el sol en lo alto, a la antigua usanza?
—¿Crees que daría resultado? Me...
—No, no daría resultado en la vida —lo interrumpió la muchacha—. Eso no lo hace nadie, porque es una idiotez. ¡Ruina! En serio, ¿cómo conseguiste cargarte tú a Peret el Negro?
Se sostuvieron la mirada durante unos instantes.
—Pues... —empezó Wax.
—Ay, rayos. Lo pillaste haciendo de vientre, ¿verdad?
Wax esbozó una sonrisa radiante.
—Eso mismo.
—¿Y no le dispararías también por la espalda, por casualidad?
—Más valientemente de lo que nunca haya disparado un hombre a otro por la espalda.
—Ja. Quizás aún tengas remedio.
Wax inclinó la cabeza en dirección a la ventana.
—¿Saltamos?
—Venga. ¿Qué más da partirse las piernas antes de que la acribillen a una? Ya que hemos empezado esto, míster Pañoleta, sigamos hasta el final.
—Creo que no nos pasará nada, miss Liguero Rosa.
Lessie enarcó una ceja.
—Si tú puedes identificarme por mi gusto en el vestir —dijo Wax—, no veo por qué no iba a poder hacer yo lo mismo.
—Ni una palabra más al respecto, jamás. —Lessie respiró hondo—. En fin, ¿ya?
Wax asintió con la cabeza mientras encendía sus metales, preparándose para sujetarla y ralentizar su caída; tan solo lo justo para dar la impresión de que habían sobrevivido al salto de milagro. En el proceso, sin embargo, se percató de que una de sus líneas azules —bastante gruesa, pero de intensidad reducida— estaba moviéndose y apuntaba al otro lado de la calle.
«La ventana del molino.» En su interior había algo a lo que el sol estaba arrancando destellos.
De inmediato, Wax agarró a Lessie y se tiró al suelo con ella. Una fracción de segundo después restalló una detonación; la bala pasó silbando sobre sus cabezas y fue a incrustarse en la puerta, en la otra punta de la habitación.
—Otro francotirador —siseó la muchacha.
—Tus dotes de observación son...
—Silencio —lo atajó Lessie—. ¿Por qué habrá esperado tanto para disparar contra nosotros? Formabas un blanco perfecto desde hacía rato.
Wax frunció el ceño mientras le daba vueltas al interrogante. ¿Estaría esperando el francotirador a que ocurriera algo en particular? ¿A que saltaran? ¿Por qué...?
Levantó la cabeza para contemplar el impacto del proyectil que había atravesado la ventana. Demasiado alto. El francotirador se había propuesto disparar por encima de su cabeza.
«Para abatirme en pleno vuelo —comprendió—, en cuanto saliera volando por la ventana.» Sabían que era un lanzamonedas.
Oyó pasos procedentes de la escalera, pero no vio ninguna línea azul. Hombres armados con cuchillos de obsidiana o ballestas sin componentes metálicos. ¡Herrumbres! El edificio entero era una trampa. Estaban preparados para que saltara. Estaban preparados para que intentase escapar por las escaleras. No podía hacer ni lo uno ni lo otro.
Agarró a Lessie del brazo.
—¿Tu informador te dijo que Granito Joe se encontraba en este edificio?
—Sí —respondió la muchacha—. Casi con toda seguridad. Suele andar cerca cuando se reúne la banda; le gusta tener controlados a sus hombres.
—Este edificio dispone de sótano.
—¿Y...?
—Espera un momento.
Volvió a agarrarla del brazo e incrementó su peso. Reservaba una gran cantidad del mismo en su mente de metal; se movía, por lo general, con el peso reducido, imperceptible salvo por el hecho de que así aparentaba ser un poco más ágil de reflejos. Podía recurrir cuando lo juzgase necesario a todo aquel peso extra, el cual se almacenaba en el brazalete que siempre llevaba encima.
Ganó peso de una forma increíble, aumentando su masa y aplastándose contra el suelo, antes de tirar de Lessie para subirla a su espalda.
—Pero ¿te has vuelto lo...? —comenzó a protestar la muchacha, pero se interrumpió cuando el suelo empezó a resquebrajarse antes de desplomarse de repente bajo el cuerpo de Wax.
Al caer, el elegante atuendo de este se desgarró cuando se giró en el aire y arrastró a Lessie consigo. Un empujón contra los clavos del suelo los propulsó hacia abajo, destrozando el piso del nivel inferior y abriendo así una vía hasta el sótano.
Aterrizaron en medio de una lluvia de polvo y astillas, con Wax empujando contra los mismos clavos de antes para frenar su descenso. Lessie y él cayeron con fuerza, a pesar de todo, y se estrellaron contra la mesa que había en la cámara del sótano, rodeada de maderas nobles y lámparas moldeadas a semejanza de voluptuosas mujeres. Adornaba el mueble que habían golpeado un impecable mantel de color blanco.
Había un hombre presidiendo la mesa. Wax consiguió incorporarse en medio de los escombros y apuntar con una pistola al interfecto, de facciones amazacotadas y oscura tez gris azulada; señal inconfundible de que por sus venas corría sangre de koloss. Granito Joe. Debían de haber interrumpido su cena, a juzgar por la servilleta que llevaba encajada en el cuello de la camisa y la sopa derramada que empapaba la mesa hecha añicos delante de él.
Con un gemido, Lessie se dio la vuelta y se sacudió las astillas que le cubrían la ropa. Waxillium, por su parte, empuñaba la pistola con firmeza sin perder de vista a los dos guardaespaldas que, embozados en sendos gabanes, se hallaban detrás de Granito Joe, un hombre y una mujer; hermanos, según tenía entendido, y tiradores de primera.
Si disparaba contra su líder, lo abatirían en un abrir y cerrar de ojos. Ya tenían las manos en las caderas, listos para desenfundar. Quizá no hubiera planificado esta caída todo lo bien que cabría esperar.
Joe hundió una cuchara en su cuenco, el cual reposaba inclinado ahora sobre la mesa, con el mantel salpicado de líquido rojo a su alrededor. Volvió a levantarla y se la acercó a los labios.
—Tú —dijo tras sorber la sopa— deberías estar muerto.
—Deberías plantearte la posibilidad de cambiar de matones a sueldo —replicó Wax—. Los de ahí arriba no valen gran cosa.
—Esto no va con ellos —continuó Joe—. ¿Cuánto tiempo llevas ya aquí, en los Áridos, causando problemas? ¿Dos años?
—Cinco —contestó Wax, aunque tampoco es que llevara «causando problemas», por emplear las palabras de Joe, desde el primer día.
Granito Joe chasqueó la lengua.
—¿Te crees que nunca había pasado nadie como tú por aquí, hijo? ¿Con la mirada cargada de asombro, el cinturón abrochado bajo sobre la cadera y las espuelas nuevecitas, relucientes aún? Llegado para rescatarnos de nuestro bárbaro modo de vida. Vemos a decenas como tú todos los años. Solo que los otros tienen la decencia de aprender a dejarse sobornar o palmarla antes de estropear demasiado las cosas. Pero tú, no.
«Está intentando ganar tiempo», pensó Wax. ¿Sería capaz de eliminar a Joe antes de que esos dos guardaespaldas lo hirieran? Probablemente. Pero ¿y después, qué?
«No hay líneas de metal en la de la derecha», pensó Wax. Apostaría lo que fuera a que en esa funda llevaba una bonita ballesta. Diseñada para exterminar lanzamonedas. Aun con su alomancia, Wax nunca podría acabar con los tres sin que le dispararan.
Una gota de sudor comenzó a resbalar por su sien.
—Aquí no pintas nada. —Joe se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en la mesa destrozada—. Vinimos a este lugar para escapar de la gente como tú. De vuestras reglas. De vuestros prejuicios. Aquí somos libres. No sois bienvenidos.
—Si eso fuese cierto —replicó Wax, sorprendido por la firmeza de su voz—, nadie acudiría a mí llorando porque has matado a sus hijos. Nadie me suplicaría que cambiara las cosas, que te parase los pies. Quizá no necesitéis las leyes de Elendel aquí arriba, pero eso no significa que podáis prescindir de las normas. Como tampoco significa que los hombres como tú podáis hacer lo que os apetezca.
Granito Joe sacudió la cabeza y se incorporó.
—Estás fuera de tu elemento, hijo. Aquí todo el mundo tiene un precio. De lo contrario, no encaja. Sufrirás una muerte lenta y dolorosa, igual que le ocurriría a un león en esa ciudad vuestra. Lo que voy a hacer hoy es un acto de misericordia.
Asintió con la cabeza para darles una señal a sus guardaespaldas.
Wax actuó de inmediato y se impulsó contra las lámparas de la pared que tenía a su derecha. No podían moverse, atornilladas a la pared como estaban, por lo que su empujón alomántico lo lanzó hacia la izquierda. Giró la pistola, apretó el gatillo y empujó con todas sus fuerzas.
La bala surcó el aire sin desviarse, para variar, e impactó en la mujer, que ya había desenfundado su ballesta. Se desplomó. El impulsivo empujón de Wax arrancó el arma de la mano del otro guardia y arrojó a Granito Joe de espaldas contra la pared.
También provocó que la pistola de Wax se le escurriera entre los dedos. Golpeó la pared mientras la mujer caía envuelta en una nube de gotitas de sangre. El arma de Wax, orientada por el movimiento involuntario de su brazo, voló por los aires hasta estrellarse contra el rostro del segundo guardaespaldas, que salió disparado contra la pared a su vez.
Wax recuperó el equilibrio y miró a Joe, que, al otro lado de la habitación, parecía haberse quedado estupefacto por la eliminación de sus escoltas. No había tiempo para pensar. Con paso tambaleante, Wax se acercó al fornido descendiente de los koloss. Si consiguiera encontrar una fuente de metal con la que reforzar su ofensiva, tal vez...
A su espalda resonó el chasquido de un arma. Wax se frenó en seco y miró atrás, por encima del hombro, a Lessie, que lo apuntaba con una pequeña ballesta de mano.
—Aquí todo el mundo tiene un precio —repitió Granito Joe.
Wax contempló fijamente la flecha, con su punta de obsidiana. ¿Dónde llevaba escondido algo así? Tragó saliva despacio, con dificultad.
«¡Pero si se puso en peligro al subir conmigo por la escalera a toda velocidad! —pensó—. ¿Cómo podría estar...?»
Joe estaba al corriente de lo de su alomancia, no obstante. De modo que ella también. Lessie era consciente de que Wax podría empujar las balas para repelerlas, por lo que, al sumarse a él en su fuga escalones arriba, sabía que no corría peligro. Había sido una trampa desde el principio.
—Te lo advertí —observó Lessie—, la cantina entera estaba a sueldo de Joe.
—Me... —Wax volvió a tragar saliva con dificultad—. Sigo pensando que tus piernas son muy bonitas.
La muchacha lo miró a los ojos. A continuación, exhalando un suspiro, movió la ballesta y disparó a Granito Joe en el cuello.
Wax parpadeó mientras el gigantesco descendiente de los koloss se desplomaba en el suelo, gorgoteando mientras se desangraba.
—¿Ya? —dijo Lessie, fulminando con la mirada a Waxillium—. ¿Eso es todo lo que se te podía ocurrir para hacerme cambiar de opinión? «Tus piernas son muy bonitas...» ¿En serio? Ay, Pañoleta, qué mal vas a pasarlo por estos lares.
Wax exhaló un suspiro de alivio.
—Armonía... Pensé que me ibas a disparar de verdad.
—Debería haberlo hecho —refunfuñó la muchacha—. Me parece increíble que...
Interrumpió a Lessie el clamor de unos pasos sobre sus cabezas. La caterva de bellacos por fin había reunido el valor necesario para bajar en tromba por la escalera. Al menos media docena de ellos irrumpieron en la habitación, armas en ristre.
Lessie se abalanzó sobre una de las pistolas del suelo.
Sin darse apenas tiempo a pensar, Wax hizo lo que le pareció más natural y adoptó una pose melodramática en medio de los escombros, rodilla en alto, con Granito Joe sin vida a su lado, abatidos los dos guardaespaldas. Aún caía una fina llovizna de polvo procedente del boquete practicado en el piso de arriba, iluminada por el sol que entraba a raudales por una de las ventanas ubicadas sobre sus cabezas.
Los matones se lo quedaron mirando, boquiabiertos, antes de contemplar el cadáver de su líder. A continuación, como chiquillos a los que hubieran descubierto intentando llevarse las galletas de la despensa, bajaron las armas. Los más adelantados intentaron escabullirse abriéndose paso a empujones entre los que tenían detrás y, batiéndose en atropellada huida, todos a una volvieron a subir estruendosamente las escaleras. El cantinero, que se había quedado solo, fue el último en retirarse.
Wax se giró para tenderle la mano a Lessie, la cual permitió que tirara de ella para ponerse de pie y dirigió la vista al hueco de la escalera, tras la estampida de bandidos acobardados, cuyas botas retumbaban en el suelo, sobre sus cabezas, mientras se apresuraban a huir. Instantes después, en el edificio volvía a reinar el silencio.
—Ja —dijo la muchacha—. Eres como un asno que supiera bailar, míster Pañoleta. No gana una para sorpresas contigo.
—Tener una cosita ayuda —observó Wax.
—Ya. ¿Crees que también yo debería hacerme con una cosita?
—Conseguir una cosita fue una de las decisiones más importantes que tomé al llegar a los Áridos.
Lessie asintió con la cabeza, despacio.
—No tengo ni la más remota idea de qué estamos hablando —dijo, contemplando de reojo la figura de Granito Joe, inerte a espaldas de Wax—, pero empieza a sonarme a cochinada. —Tras sus últimos estertores, el difunto líder de los forajidos yacía con la mirada vidriosa clavada en el charco que formaba su propia sangre.
—Gracias —dijo Wax—. Por no asesinarme.
—Je. Pensaba cargármelo tarde o temprano, y llevarme la recompensa por su cadáver.
—Ya, bueno, pero me extrañaría que planearas hacerlo delante de toda su banda, atrapada en un sótano sin vías de escape.
—Cierto. Eso ha sido una idiotez, y de las gordas.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
—En nombre de Joe he hecho muchas cosas de las que me arrepiento —respondió la muchacha, sin dejar de observar el cadáver—, pero, que yo sepa, nunca he disparado contra nadie que no se lo mereciera. Si te hubiera matado..., en fin, habría sido como acabar también con aquello que representas. ¿Lo pillas?
—Me parece que voy captando el concepto.
Lessie se masajeó el cuello, donde un trozo de madera rota le había dejado un jirón de piel ensangrentado al caer.
—Para la próxima, eso sí, estaría bien no armar semejante estropicio. Me gustaba esta cantina.
—Se hará lo que se pueda —prometió Wax—. Pretendo cambiar las cosas aquí. Si no en todos los Áridos, por lo menos en esta ciudad.
—En fin —dijo Lessie, acercándose al cadáver de Granito Joe—, estoy segura de que, si algún malvado pensaba atacar la ciudad, ahora se lo pensará dos veces, teniendo en cuenta tu pericia con esa pistola.
Waxillium hizo una mueca.
—Te... te diste cuenta, ¿verdad?
—Semejante proeza no se ve todos los días. —La muchacha se arrodilló y registró los bolsillos de Joe—. Tres disparos, tres notas distintas, y sin rozar ni a un solo bandido. Hace falta destreza. A lo mejor deberías dedicarle menos tiempo a tu cosita y más a tu pistola.
—Eso sí que ha sonado a cochinada.
—Bien. Detesto ser grosera sin proponérmelo. —Con una sonrisa, Lessie sacó la cartera de Joe, la lanzó al aire y la agarró al vuelo. Sobre ellos, por el agujero que Wax había practicado en el edificio, asomó una cabeza equina, seguida de otra más pequeña, adolescente y cubierta por un bombín.
Devastadora los saludó con un resoplido.
—Ahora vienes, claro que sí —se lamentó Wax—. Qué yegua más tonta.
—En realidad —replicó Lessie—, si sabe que no le conviene andar cerca cuando te metes en un tiroteo, yo diría que es la yegua más lista del mundo.
Wax esbozó una sonrisa y le tendió una mano a Lessie. Cuando la muchacha se la estrechó, la atrajo hacia sí y, siguiendo una línea de luz azul, se elevó con ella por los aires, lejos de los escombros.
Winsting sonrió para sus adentros mientras contemplaba la puesta de sol. Hacía una noche estupenda para sacarse a subasta.
—¿Está cerca la habitación de seguridad? —preguntó, apoyado ligeramente en la barandilla del balcón—. Por si acaso.
—Sí, mi señor. —Flog llevaba puesto un ridículo sombrero de los Áridos, a juego con el guardapolvo que lo cubría, pese a no haber puesto un pie fuera de la cuenca de Elendel en toda su vida.
A pesar de su deplorable gusto en el vestir, el hombre era un guardaespaldas extraordinario. Winsting se aseguraba de tirar de sus emociones de todas formas, no obstante, potenciando así sutilmente la lealtad de su empleado. Toda precaución era poca.
—¿Mi señor? —preguntó Flog, lanzando una mirada de soslayo a la cámara que tenía a su espalda—. Ya han llegado todos, mi señor. ¿Estás preparado...?
Sin perder de vista el sol que se ocultaba tras el horizonte, Winsting levantó un dedo para silenciar a su guardaespaldas. El balcón, sito en el cuarto octante de Elendel, daba al centro del Campo del Renacimiento. Las estatuas de la Guerrero Ascendente y el Último Emperador proyectaban sombras alargadas en el exuberante parque, donde, según las más disparatadas leyendas, se habrían descubierto sus cuerpos sin vida después del Gran Catacendro y la Ascensión Final.
El aire estaba cargado, aunque la brisa helada que soplaba procedente de la bahía de Hammondar, un par de millas al oeste, atemperaba en parte el bochorno. Winsting tamborileó con los dedos en la barandilla del balcón, expectante, irradiando pulsos de energía alomántica para moldear las emociones de los ocupantes de la habitación a su espalda.
«De un momento a otro...»
Comenzaba a levantarse la niebla, condensándose en motas del tamaño de cabezas de alfiler en el aire y propagándose como la escarcha sobre una ventana, como una enredadera cuyos zarcillos no dejasen de extenderse y entrelazarse unos con otros. Los zarcillos devenían en venas, y estas a su vez en ríos de actividad, fluctuantes y agitadas sus márgenes, cubriendo la ciudad como un manto. Envolviéndola. Consumiéndola.
—Noche de bruma —observó Flog—. Mal augurio.
—No seas necio —replicó Winsting mientras se ajustaba el pañuelo del cuello.
—Está vigilándonos —insistió Flog—. Las nieblas son sus ojos, mi señor. Voto a Ruina que es cierto.
—Majaderías supersticiosas. —Winsting se giró y entró en la habitación andando a zancadas. Tras él, Flog cerró las puertas del balcón antes de que la niebla pudiera infiltrarse en la fiesta.
La veintena aproximada de personas —junto con los inevitables guardaespaldas— que se entremezclaban y conversaban en la sala adyacente pertenecían a un grupo selecto. No eran solo importantes, sino que diferían extraordinariamente entre sí, pese a sus sonrisitas calculadas y su inane palabrería. Winsting prefería rodearse de rivales en ocasiones así. Que se vieran los unos a los otros, y que, por separado, comprendieran cuál era el precio de perder la puja por su favor.
Se paseó entre ellos, sondeándolos para inflamar su desconfianza. Algunos de ellos llevaban sombreros, por desgracia, y estos estarían revestidos de aluminio para proteger a sus portadores de la alomancia emocional. Winsting había asegurado personalmente a cada uno de los invitados que nadie traería aplacadores ni encendedores consigo. También había omitido hacer mención alguna a sus propias habilidades, por supuesto. Que los demás supieran, él no era alomántico.
Lanzó una mirada de soslayo al fondo de la habitación, donde Blome estaba atendiendo la barra. El hombre sacudió la cabeza. Ninguno de los presentes estaba quemando metal. Excelente.
Winsting se acercó a la barra, se dio la vuelta y levantó las manos para rogar silencio a la congregación. El gesto dejó al descubierto los relucientes gemelos de diamantes que lucía en los puños de su almidonada camisa blanca. Los engarces, ni que decir tiene, eran de madera.
—Damas y caballeros —comenzó a decir cuando el grupo se hubo callado—, bienvenidos a esta subasta. La puja empieza ahora mismo, y terminará cuando haya escuchado la oferta que más me satisfaga.
No dijo nada más; el exceso de cháchara perjudicaría el dramatismo de la ocasión. Winsting se adentró en la sala y aceptó la copa que le ofrecía uno de sus criados. Se disponía ya a mezclarse con la multitud, pero titubeó mientras paseaba la mirada por los congregados.
—Edwarn Ladrian no ha venido —musitó. Se negaba a llamarlo por su ridículo sobrenombre, «míster Elegante».
—No —corroboró Flog.
—¡Me dijiste que habían llegado todos!
—Todos los que confirmaron su asistencia —replicó Flog, que cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro, incómodo.
Winsting frunció los labios, pero, por lo demás, disimuló su desilusión. Estaba convencido de que su oferta había intrigado a Edwarn. Quizás este hubiera comprado a otro de los señores del crimen de la ciudad. Una posibilidad a tener en cuenta.
Se dirigió a la mesa del centro, sobre la cual reposaba el motivo principal de la reunión de esta noche: el cuadro de una mujer reclinada, enmarcado en cristal. Lo había pintado Winsting con sus propias manos; cada vez se le daba mejor. Se le distinguía la cara. Más o menos. El cuadro carecía de valor, pero, a pesar de todo, las personas que llenaban la sala le ofrecerían ingentes sumas de dinero a cambio de él.
El primero en abordarlo fue Dowser, quien dirigía casi todas las operaciones de contrabando en el quinto octante. Ensombrecía la barba de tres días que le cubría las mejillas un bombín que, sospechosamente, había omitido dejar en el guardarropa. El elegante traje y los complementos que lucía Dowser hacían poco por adecentar a alguien como él. Winsting arrugó la nariz. La mayoría de los invitados se ajustaban a la definición de escoria indeseable, pero al menos los demás tenían el decoro de esforzarse por disimularlo.
—Es más feo que pegarle a un padre —dijo Dowser, con la mirada fija en el cuadro—. Me cuesta creer que vayas a obligarnos a «pujar» por esto. Es un pelín descarado, ¿no te parece?
—¿Preferiría usted que fuese totalmente franco, míster Dowser? —preguntó Winsting por toda respuesta—. ¿Le gustaría que expresase mi opinión a los cuatro vientos, sin tapujos? Págueme, y a cambio recibirá un año de votos favorables por mi parte en el Senado.
Dowser miró de reojo a los lados, como si temiera que los alguaciles pudieran irrumpir en la habitación de un momento a otro.
—¿Se ha fijado en los tonos de gris de esas mejillas? —preguntó Winsting, con una sonrisa—. Representan la naturaleza cenicienta de la vida en un mundo precatacéndrico, ¿humm? La mejor de mis obras hasta la fecha. ¿Tiene ya alguna oferta? ¿Para iniciar la subasta?
Dowser optó por no decir nada. Ya pujaría, tarde o temprano. Hasta el último de los presentes en la sala había dedicado semanas a hacerse de rogar antes de aceptar la invitación a este encuentro. La mitad de ellos eran señores del crimen, como Dowser. Los demás eran sus polos opuestos, lores y damas pertenecientes a las casas más nobles, aunque no por ello menos corruptos.
—¿No tienes miedo? —preguntó la mujer que acompañaba a Dowser, colgada de su brazo.
Winsting arrugó el entrecejo. No la reconocía. Cimbreña, de cortos cabellos dorados y grandes ojos que le conferían una expresión aniñada.
—¿Miedo, querida? —preguntó Winsting—. ¿De la gente de esta habitación?
—No. De que tu hermano descubra... a qué te dedicas.
—Me conoce perfectamente —replicó Winsting—. Te lo aseguro.
—El mismísimo hermano del gobernador —insistió la mujer— aceptando sobornos.
—Si en verdad te sorprende eso, querida, debes de haber vivido muy recluida. En este mercado se han vendido peces mucho más gordos que yo. Quizá te des cuenta cuando llegue la siguiente remesa.
Aquel comentario suscitó el interés de Dowser, pero Winsting se alejaba ya, sonriendo mientras veía girar los engranajes tras la mirada del hombre. «Sí —pensó Winsting—, acabo de insinuar que mi propio hermano podría ser susceptible de dejarse sobornar.» Quizás eso impulsaría a Dowser a pujar con más brío.
Winsting se acercó a un criado para seleccionar uno de los diminutos quiches de gambas que portaba en su bandeja.
—La acompañante de Dowser es una espía —susurró para Flog, que nunca se apartaba de su lado—. Quizás esté al servicio del alguacil.
—¡Mi señor! —se sobresaltó Flog—. Hemos comprobado hasta en dos ocasiones el historial de todos los asistentes.
—El de todos menos el suyo —insistió Winsting, aún en voz baja—. Me apostaría toda mi fortuna. Síguela al término de la reunión. Si se separa de Dowser, por el motivo que sea, asegúrate de que sufra un accidente.
—Sí, mi señor.
—Y, Flog, otra cosa —añadió Winsting—: procura ser eficiente. No quiero que pierdas el tiempo intentando encontrar un lugar donde la niebla no tenga ojos. ¿Entendido?
—Sí, mi señor.
—Excelente —dijo Winsting, sonriendo de oreja a oreja mientras encaminaba plácidamente sus pasos hacia donde lo esperaba lord Hugues Entrone, primo y confidente del gran señor con el que compartía apellido.
Dedicó una hora a socializar, y las pujas comenzaron a llegar de forma gradual. Algunos de los asistentes se mostraban reacios. Habrían preferido entrevistarse con él de uno en uno y transmitirle sus respectivas ofertas en la intimidad antes de regresar a los bajos fondos de Elendel.
Dowser no era el único al que incomodaba la falta de sutileza de Winsting. Señores del crimen y nobles por igual, estas eran la clase de personas que preferían soslayar los temas sin abordarlos de frente, sin decir a las claras lo que pensaban. Realizaron sus ofertas, no obstante, y sin racanear. Al término de la primera ronda de conversaciones, Winsting hubo de esforzarse por disimular la emoción que lo poseía. Se acabó el tener que depender de su hermano para obtener su sustento. Se acabó el tener que soportar la amenaza de que le cortaran el suministro como no redujera sus gastos. Si su hermano pudiera...
La detonación fue tan inesperada que, al principio, achacó el estruendo a que alguno de los criados debía de haber roto algo. Sin embargo, ninguna bandeja que se estrellara contra el suelo podría producir un estampido tan violento, tan brusco, tan... doloroso. Nunca antes había oído un disparo entre cuatro paredes; ignoraba el efecto tan desorientador que podía llegar a ejercer.
Se quedó boquiabierto. La bebida se escurrió entre sus dedos mientras intentaba encontrar el origen de la detonación. Se produjo otro disparo, y otro más. No tardó en estallar una tormenta de ellos; las distintas facciones comenzaron a atacarse entre ellas, envueltas en una cacofonía letal.
Sin darle tiempo a gritar para pedir ayuda, Flog lo agarró del brazo y tiró de él hacia las escaleras que descendían a la cámara de seguridad. Uno de sus guardaespaldas se desplomó, estrellándose contra la puerta que tenía ante él, con la mirada desorbitada fija en la sangre que le empapaba la camisa. La mancha dejó a Winsting hipnotizado, hasta que Flog logró ponerlo en marcha de nuevo y lo empujó en dirección al hueco de la escalera.
—¿Qué ocurre? —preguntó Winsting, al cabo, mientras otro de sus guardias cerraba la puerta de golpe tras ellos y giraba la llave en la cerradura. Apretaron el paso para bajar por el lóbrego pasadizo, iluminado por lámparas eléctricas espaciadas a intervalos regulares—. ¿Quién ha disparado? ¿¡Qué ha sucedido!?
—No hay forma de averiguarlo —respondió Flog. Sobre sus cabezas continuaban restallando las detonaciones—. Ha sido muy rápido.
—Alguien empezó a disparar —dijo uno de los guardaespaldas—. Quizá fuese Dowser.
—No, fue Darm —lo corrigió otro—. Oí un estampido procedente del grupo con el que estaba.
Fuera como fuese, era un desastre. Winsting vio que su fortuna agonizaba cubierta de sangre en el suelo. Le sobrevino una arcada cuando por fin llegaron al pie de las escaleras, que desembocaban en una puerta semejante a la de las cámaras acorazadas. Flog lo empujó al otro lado y dijo:
—Tengo que volver arriba, a ver si consigo solucionar algo. Averiguar quién ha sido el responsable.
Winsting asintió con la cabeza; cerraron la puerta y echaron la llave. Se sentó, dispuesto a esperar, atemorizado. La habitación, un búnker de pequeñas dimensiones, contaba con vino y otras comodidades, pero ahora no estaba de humor para ellas. Se retorció las manos. ¿Qué diría su hermano? ¡Herrumbres! ¿Qué iban a decir los periódicos? Tendría que silenciar lo ocurrido, aunque no sabía cómo.
Transcurridos unos instantes, alguien llamó a la puerta con los nudillos; cuando Winsting se asomó a la mirilla, vio a Flog. Tras él, un reducido equipo de guardaespaldas vigilaba el hueco de la escalera. El tiroteo de la planta superior había cesado ya, al parecer, aunque desde allí abajo los disparos no sonaban más que como suaves chasquidos.
Winsting abrió la puerta.
—¿Y bien?
—Han muerto todos.
—¿¡Todos!?
—Hasta el último de ellos —reiteró Flog mientras entraba en la cámara.
Winsting se quedó arrumbado en la silla.
—Quizá sea lo mejor —murmuró, buscando algún hilo de luz en todo eso—. Así nadie podrá incriminarnos. ¿No podríamos escaquearnos, sin más? ¿Ocultar nuestras huellas de alguna manera?
Difícil empresa. Este edificio era propiedad suya. Lo relacionarían con todas esas muertes. Necesitaba una coartada. Diablos, al final sí que iba a tener que acudir a su hermano. Esto le costaría el escaño, sin duda, aunque la población no se enterase nunca de lo que había ocurrido. Se recostó contra el respaldo de la silla, frustrado.
—¿Y bien? —preguntó—. ¿Tú qué opinas?
Unas manos hicieron presa en su pelo, por toda respuesta, tiraron de su cabeza hacia atrás y le rajaron la garganta expuesta, de oreja a oreja, con extraordinaria eficiencia.
S upongo que debería escribir una de estas cosas, decía el libro. Para que se sepa mi versión de la historia, no solo la que cuenten los historiadores por mí. Me extrañaría que dieran en el clavo, de todas formas. Y, la verdad, creo que preferiría que no lo hicieran.
Wax tamborileó con la punta del lápiz encima del libro. Transcurrido un instante, garabateó una nota para sí mismo en una página aparte.
—Estaba pensando en invitar a los hermanos Boris a la boda —anunció Steris desde su sillón, ubicado frente al que ocupaba Wax.
Este contestó con un gruñido y reanudó la lectura.
Sé que Saze no aprueba mis actos, continuaba el libro. Pero ¿qué esperaba que hiciera? Sabiendo lo que sé...
—Los hermanos Boris —insistió Steris—. Son conocidos tuyos, ¿verdad?
—Disparé a su padre —respondió Wax, sin levantar la cabeza—. Dos veces.
No podía dejar que muriera, añadía el libro. No habría estado bien. Supongo que ahora la hemalurgia es algo positivo. Ahora Saze está en ambos lados, ¿verdad? De Ruina ya no queda ni rastro.
—¿Cabe la posibilidad de que intenten matarte? —preguntó Steris.
—Boris Júnior juró beberse mi sangre —dijo Wax—. Boris Tercero... y sí, es hermano de Boris Júnior, a mí no me mires..., juró... ¿cómo era? ¿Comerse los dedos de mis pies? No es el tipo más listo del mundo.
Podemos utilizarla. Deberíamos. ¿O no?
—En tal caso —replicó Steris—, los pondré en la lista.
Wax suspiró y levantó la mirada del libro.
—Vas a invitar a mis enemigos declarados —dijo con aspereza— a nuestra boda.
—Tenemos que invitar a alguien. —Steris, que llevaba el pelo rubio recogido en un moño, estaba rodeada de los papeles que contenían sus preparativos nupciales, ordenados como acusados ante un tribunal. Su vestido azul con estampados florales era moderno, pero sin rayar ni por asomo en lo atrevido, y su recatado sombrero se aferraba a sus cabellos con tanta firmeza que parecía sujeto con clavos.
—Seguro que hay alternativas mejores que quienes desearían verme muerto —repuso Wax—. Por lo que tengo entendido, lo tradicional es invitar a la familia.
—En honor a la verdad —dijo Steris—, creo que a los miembros de tu familia que quedan también les gustaría verte muerto.
Ahí lo había pillado.
—Bueno, pero a los de la tuya no. Que yo sepa, al menos. Si necesitas rellenar algún hueco para la fiesta, envíales más invitaciones a ellos.
—Ya he invitado a todos los miembros de mi familia que dicta el decoro —replicó Steris—, y a todos mis conocidos merecedores de tal cortesía. —Estiró el brazo para coger una hoja de papel—. Tú, sin embargo, solo me has proporcionado dos nombres: el de Wayne y una tal Ranette, la cual, según tus propios apuntes, «probablemente» procuraría no pegarte ningún tiro en nuestra boda.
—Sumamente improbable, sí —corroboró Wax—. Hace años que no intenta eliminarme. O, por lo menos, no en serio.
Su prometida exhaló un suspiro y soltó la hoja.
—Steris... Lo siento, no pretendía frivolizar. Ranette se portará bien. Le tomamos mucho el pelo, pero es una buena amiga. Ella no va a estropear la ceremonia. Te lo prometo.
—Entonces, ¿quién?
—¿Perdona?
—Hace ya casi un año que nos conocemos, lord Waxillium —dijo Steris—. Puedo aceptar lo que eres, pero no soy ninguna ilusa. En nuestra boda va a pasar algo. Irrumpirá un villano pegando tiros a diestro y siniestro, o descubriremos que alguien ha plantado explosivos en el altar, o quizá surja un asesino de entre las sombras, sin previo aviso, para atentar contra tu vida. Algo, lo que sea. Tan solo intento evitar que me pille desprevenida.
—Lo dices en serio, ¿verdad? —Wax esbozó una sonrisa—. Es cierto que piensas invitar a alguno de mis enemigos, así estarás preparada cuando estalle la conmoción.
—Los he catalogado según su accesibilidad y el nivel de amenaza que representan —respondió Steris, barajando sus papeles.
—Espera. —Wax se levantó, se acercó a ella y se agachó para inspeccionar los documentos por encima de su hombro. Cada una de las hojas contenía una pormenorizada semblanza biográfica—. Ape Manton... los chicos de Dashir... ¡Herrumbres! Rick Extraño. Ya me había olvidado de él. ¿De dónde has sacado estos nombres?
—Tus hazañas son de dominio público —dijo Steris—, y la gente se muestra cada vez más interesada por ellas.
—¿Cuánto tiempo has dedicado a esta tarea? —se interesó Wax mientras ojeaba el montón de papeles.
—Mi objetivo era ser minuciosa. Este tipo de cosas me ayudan a pensar. Además, quería saber a qué has dedicado tu vida.
En cierto modo, era un detalle adorable. A la siempre extraña manera de Steris.
—Invita a Douglas Venture —sugirió Wax—. Se le podría considerar un amigo, más o menos, pese a su nula tolerancia al alcohol. Con él puedes estar segura de que se armará una buena en la fiesta.
—Excelente. ¿Y las otras treinta y siete sillas de tu sección?
—Invita a los representantes de los estibadores y las costureras de mi casa. Y a los comisarios generales de las distintas jurisdicciones. Será un gesto de cortesía.
—De acuerdo.
—Si quieres que te siga echando una mano con los preparativos...
—No, aunque necesito que firmes la carta para el padre Demoux, en la que le pregunto si accedería a oficiar la ceremonia. Por lo demás, sabré apañármelas sola; esta es la actividad perfecta para mantenerme ocupada. Dicho lo cual, algún día me gustaría saber de qué va ese librito que hojeas tan a menudo.
—Pues...
Oyeron cómo se abría de golpe la puerta principal de la mansión, en la planta de abajo, y el golpeteo de unas botas recias que subían los escalones. Instantes después, la puerta del estudio corrió la misma suerte que la de la entrada, precediendo la arrolladora entrada de Wayne en la habitación. Tras él se encontraba Darriance, el mayordomo de la casa, con gesto apesadumbrado.
Nervudo y de mediana estatura, Wayne tenía las facciones redondeadas, sin sombra de barba, y —como de costumbre— lucía su antiguo atuendo de los Áridos, a pesar de que Steris se había tomado la molestia de enviarle ropa nueva hasta en tres ocasiones.
—Wayne —dijo Wax—, deberías probar a tocar el timbre algún día.
—Nah, eso solo sirve para alertar al mayordomo.
—Precisamente.
—Sabandijas rastreras —masculló Wayne, cerrándole la puerta en las narices a Darriance—. No puede uno fiarse de ellos. Mira, Wax, tenemos que salir ya. ¡El Tirador ha dado señales de vida!
«¡Por fin!», pensó Wax.
—Deja que coja el abrigo.
Wayne asintió y le lanzó una miradita de soslayo a Steris.
—Hola, locuela —dijo, saludándola con una inclinación de cabeza.
—Hola, cretino —dijo ella a su vez, devolviéndole el gesto.
Wax se abrochó el cinto por encima de su elegante traje de ciudad, con chaleco y pañuelo, y se echó el gabán por encima.
—En marcha —dijo, mientras comprobaba la munición.
Wayne abrió la puerta de un empujón y bajó en tromba por las escaleras. Wax se acercó al asiento de Steris.
—Me...
—Todo el mundo necesita un hobby —lo interrumpió ella, antes de coger otra hoja de papel para inspeccionarla—. Acepto el tuyo, lord Waxillium, pero procura que no te peguen ningún tiro en la cara. Esta tarde hemos quedado con el artista que va a pintar nuestros retratos de compromiso.
—Lo tendré muy presente.
—Y échale un ojo a mi hermana ahí fuera —añadió Steris.
—Esta persecución será peligrosa —dijo Wax, mientras apretaba el paso camino de la puerta—. Me extrañaría que Marasi quisiera verse implicada.
—Si en verdad piensas eso, es como para poner tus dotes de investigación en entredicho. Marasi hará lo imposible por verse implicada, precisamente porque de una persecución peligrosa se trata.
Wax se detuvo en la puerta y la observó de reojo. Steris levantó la cabeza para sostenerle la mirada. Flotaba en el aire la sensación de que su despedida debería contener algo más. Buenos deseos, tal vez. Cariño.
También Steris parecía notarlo, pero ninguno de los dos dijo nada. La suya era una relación de conveniencia. Eso era todo.
Wax echó la cabeza hacia atrás, trasegó un chupito de whiskey en el que flotaban copos metálicos, cruzó la puerta corriendo y saltó por la balaustrada. Aminoró su caída empujando contra las incrustaciones plateadas del suelo de mármol del recibidor; sus botas aterrizaron sobre la roca con un golpe seco. Cuando Darriance le hubo abierto la puerta principal, salió a la calle de un salto para reunirse con Wayne junto a la diligencia que habría de transportarlos a...
Wax se quedó petrificado en la escalinata.
—¿Qué diablos es eso?
—¡Un motocarro! —exclamó Wayne, sentado en la parte de atrás del vehículo.
Con un gemido, Wax se apresuró a terminar de bajar por los escalones y se acercó al vehículo. Al volante del artefacto se encontraba Marasi, ataviada con un elegante vestido de color lavanda, cubierto de encajes. Parecía mucho más joven que su hermanastra Steris, pese a mediar tan solo cinco años entre ambas.
Ahora era alguacil, en teoría. Asistente del comisario general de este octante. A Wax nunca había llegado a explicarle del todo por qué renunció a su carrera como procuradora para unirse al cuerpo de alguaciles, pero al menos estaba contratada como ayudante y analista, no como agente de campo. Su papel no debería exponerla a demasiados peligros.
A pesar de lo cual, hela allí. Un destello de impaciencia brillaba en sus ojos cuando se volvió hacia él.
—¿No piensas montar?
—¿Qué haces tú aquí? —quiso saber Wax mientras abría la puerta a regañadientes y subía al vehículo.
—Conducir. ¿Preferirías que se encargara Wayne?
—Preferiría estar en un carro enganchado a un buen tiro de caballos.
—No seas tan anticuado —lo reconvino Marasi, al tiempo que movía un pie y provocaba que el endiablado armatoste se encabritara—. El Tirador ha atracado el Primera Unión, tal y como dedujiste que haría.
Wax se sujetó con fuerza. Creía que el Tirador intentaría asaltar el banco hacía tres días. Cuando no pasó nada, dio por sentado que el hombre debía de haberse refugiado en los Áridos.
—El capitán Reddi sospecha que el Tirador se dirige a su guarida del séptimo octante —informó Marasi, maniobrando el volante para esquivar un coche de caballos.
—Reddi se equivoca —dijo Wax—. Pon rumbo a las Evasiones.
Marasi no opuso objeción. El motocarro avanzó dando tumbos y trompicones hasta que llegaron a la nueva sección de adoquines, donde el vehículo aceleró aprovechando la uniformidad del terreno. Se trataba de uno de los últimos modelos, cuyas virtudes no dejaban de enumerarse en los pasquines, dotado de neumáticos de goma y con motor de gasolina.
La ciudad entera estaba experimentando una transformación para amoldarse a ellos. «Cuántas molestias, tan solo para que la gente pueda conducir estos artefactos», pensó Wax, desabrido. A los caballos les daba igual lo liso que estuviera el terreno. No obstante, hubo de reconocer que el vehículo reaccionó asombrosamente bien cuando Marasi decidió tomar una curva a toda velocidad.
Pero seguía siendo una abominable herramienta de destrucción carente de vida.
—No deberías haber venido —dijo Wax, aferrándose al interior de la máquina mientras Marasi doblaba otra esquina.
La mujer no apartó la vista de la calzada. En la parte de atrás, Wayne, que había asomado medio cuerpo por la ventanilla, se sujetaba el sombrero en la cabeza con una mano mientras sonreía de oreja a oreja.
—Eres abogada —insistió Wax—. Deberías estar en el juzgado, no persiguiendo asesinos.
—He demostrado más de una vez que sé defenderme. Nunca te habías quejado.
—En todas las ocasiones anteriores, pensé que cada una de ellas constituía una excepción. Sin embargo, aquí estás de nuevo.
Marasi operó la palanca que tenía a su derecha, para cambiar la marcha del motor o algo por el estilo. Wax nunca había conseguido entender los entresijos de ese mecanismo. La mujer aceleró mientras rodeaba un grupo de caballos, provocando que uno de los jinetes les lanzara una retahíla de improperios a su paso. La fuerza del movimiento empujó a Wax contra el lateral del vehículo. Se le escapó un gruñido.
—¿Y a ti qué mosca te ha picado últimamente? —inquirió Marasi—. Te quejas del motocarro, de mi presencia..., del té del desayuno, que esta mañana estaba demasiado caliente. Cualquiera diría que lamentas con toda tu alma haber tomado una decisión espantosa que podría afectar a toda tu vida, o algo por el estilo. Me pregunto de qué podría tratarse.
Wax mantuvo la mirada fija al frente. En la parte de atrás, Wayne regresó al interior del vehículo y arqueó las cejas; Wax podía verle la cara en el espejo.
—No le falta razón, compañero —dijo el muchacho.
—No me estás ayudando.
—Tampoco era mi intención —replicó Wayne—. Por suerte, sé a qué «decisión espantosa que podría afectar a toda tu vida» se refiere. En serio, deberías haberte comprado el sombrero que vimos la semana pasada. Poseo un quinto sentido para ese tipo de cosas.
—¿«Quinto»? —se extrañó Marasi.
—Pues sí, porque resulta que tengo menos olfato que una saca de alubias. Me...
—Ahí —los atajó Wax, inclinándose hacia delante mientras escudriñaba a través del panel de cristal que coronaba el salpicadero del motocarro. De una de las calles laterales surgió una figura de un salto, planeó por los aires, aterrizó en la calzada y emprendió la carrera por delante de ellos.
—Tenías razón —dijo Marasi—. ¿Cómo lo supiste?
—A Tira le gusta dejarse ver. —Wax desenfundó a Vindicación—. Se las da de forajido caballeroso. Mantén estable este armatoste, si puedes.
La respuesta de Marasi se vio interrumpida cuando Wax abrió la puerta de improviso y saltó a la calle. Disparó y empujó contra la bala, impulsándose hacia arriba. Otro empujón, en esta ocasión contra un carruaje con el que se cruzaron, dejó el vehículo tambaleándose y propulsó a Wax a un costado, de modo que, al descender, aterrizó en el techo de madera del motocarro de Marasi.
Se agarró al borde del techo con una mano, levantando el revólver junto a la cabeza, con los faldones de su gabán de bruma ondeando al viento tras él. Al frente, Tira brincaba por la carretera en una serie de pulsos de acero. En su interior, Wax sintió la reconfortante combustión del metal.
Salió despedido de lo alto del vehículo y sobrevoló la carretera. Tira, aficionado a cometer sus atracos a plena luz del día, siempre escapaba por las vías más transitadas que podía encontrar. Le gustaba llamar la atención. Debía de considerarse invencible. La alomancia podía inspirarle esos sentimientos a uno.
Wax avanzaba encadenando un salto tras otro, dejando atrás motocarros y diligencias a sus pies, y viviendas a los costados. El viento en la cara, la altura y la perspectiva contribuían a despejar su mente, le aclaraban las ideas y sosegaban sus emociones con más eficacia que el contacto de cualquier aplacador. Disueltas sus preocupaciones, por ahora, toda su concentración se volcó en la persecución.
El Tirador vestía de rojo, con el rostro cubierto por una vieja máscara de buscavidas: negra con colmillos blancos, como los demonios que surgían de la Profundidad en los cuentos populares. Y estaba relacionado con el Grupo, según la agenda que Wax le había sustraído a su tío. Después de tantos meses, la utilidad de aquella libreta empezaba a mermar, pero aún contenía un puñado de joyas que podían aprovecharse.
Tira se empujó en dirección al distrito industrial. Wax lo siguió rebotando de motocarro en motocarro, sin posarse nunca en el suelo, sobrevolando el aire al atardecer. La seguridad que lo embargaba cuando surcaba el cielo era asombrosa, en comparación con lo atrapado que se sentía en el interior de aquellas espantosas cajas motorizadas.
En el aire, Tira se giró en redondo y soltó un puñado de algo que Wax no llegó a distinguir. Con una maldición, empujó contra una farola y se impulsó a un costado de golpe. Una lluvia de monedas cayó sobre el motocarro que circulaba a sus pies, impactando en el capó y el volante. El vehículo se desvió bruscamente en dirección al canal.
«Herrumbre y Ruina», pensó Wax, irritado, mientras se empujaba de regreso al vehículo. En un abrir y cerrar de ojos, sondeó su mente de metal para multiplicar por veinte su peso y aterrizó en el techo del coche.
Con fuerza.
El impacto aplastó contra el suelo la parte frontal del vehículo, deteniéndolo en seco antes de que cayera al canal. Las ruedas salieron disparadas en todas direcciones. Entrevió a sus aturdidos ocupantes —uno de ellos tenía la frente cubierta de sangre— antes de liberar su mente de metal, elevarse con un empujón y reemprender la persecución. La figura embozada de rojo del atracador se recortaba en las alturas, con uno de los rascacielos más pequeños de la ciudad como telón de fondo. Wax acertó a atisbar a Tira, justo antes de que este se empujara para colarse por una de las ventanas de la última planta del edificio, y se propulsó por los aires a su vez. Como una mancha borrosa, las ventanas se sucedieron ante sus ojos a una velocidad vertiginosa.
A su alrededor se extendía la ciudad de Elendel, envuelta en el humo que expulsaban los cientos de chimeneas de sus fábricas, refinerías y hogares. Se acercó a la ventana que estaba a la izquierda de la que había utilizado Tira y, tras posarse con delicadeza en la cornisa de piedra, lanzó una moneda hacia el marco por el que se había colado su objetivo.
Rebotó en el cristal. Una lluvia de balas atravesó la ventana. Al mismo tiempo, Wax aumentó su peso e irrumpió en el edificio, a una habitación de distancia de Tira. Mientras patinaba sobre los cristales rotos, apuntó con Vindicación hacia la pared de madera que lo separaba del forajido.
A su alrededor se extendieron varias líneas azules translúcidas, que, apuntando en mil direcciones distintas, pusieron de manifiesto distintos trocitos metálicos. Los clavos del escritorio que tenía a su espalda, tras el que se acobardaba un hombre trajeado. Los cables de las paredes, unidos a las lámparas apagadas.
Unas cuantas de esas líneas señalaban a la habitación del otro lado de la pared. Esas eran las más tenues; algo obstaculizaba los sentidos alománticos de Wax. Una de ellas sufrió un estremecimiento, no obstante, cuando alguien giró sobre los talones en el cuarto adyacente. Se levantó una pistola.
Wax giró el tambor de Vindicación hasta encajarlo en su sitio.
Munición mataneblinos.
Disparó y empujó, encendiendo el metal para impulsar la bala hacia delante con todas sus fuerzas. Atravesó la pared como si estuviera hecha de papel.
El metal de la habitación contigua cayó al suelo. Wax pegó un salto, incrementando todavía su peso, y se arrojó contra el tabique, agrietándolo. Otra embestida con el hombro bastó para derribar las delgadas planchas de madera; irrumpió en el cuarto de al lado, revólver en ristre, buscando a su objetivo.
Tan solo encontró una mancha de sangre y una pistola abandonada. La habitación era algún tipo de oficina. Había varias personas tumbadas bocabajo en el suelo, temblando. Una mujer levantó el dedo y apuntó con él en dirección a una puerta. Wax asintió con la cabeza, pegó la espalda a la pared y se asomó al otro lado.
Un archivador surcó el pasillo, volando hacia él. Wax se apresuró a apartarse para dejarlo pasar; cuando se hubo estrellado contra el muro del fondo, cruzó la puerta de un salto y apuntó.
De improviso, su revólver dio un brinco hacia atrás. Lo agarró con las dos manos, sujetándolo con firmeza, pero un segundo empujón sacó la otra pistola de la funda que llevaba al costado. Sus pies empezaron a resbalar, el arma tiraba de él hacia atrás, y se le escapó un gruñido; terminó soltando a Vindicación, al final. El revólver rodó por el pasillo hasta impactar en la pared del fondo, junto al archivador.
En el otro extremo del pasillo se hallaba Tira, perfilado por las delicadas luces eléctricas de la pared. Oculto tras la máscara blanca y negra, sangraba por una herida en el hombro.
—En esta ciudad hay mil criminales peores que yo —protestó una voz amortiguada tras la máscara—, pero te has empeñado en darme caza a mí, vigilante. ¿Por qué? Soy un héroe del pueblo.
—Dejaste de ser un héroe hace semanas —dijo Wax mientras avanzaba con paso largo, envuelto en el susurro de su gabán de bruma—. Cuando mataste a aquella niña.
—No fue culpa mía.
—Tú apretaste el gatillo, Tira. Quizá no apuntases a la pequeña, pero el arma la disparaste tú.
El ladrón dio un paso atrás. La saca que colgaba de su hombro mostraba un desgarrón, practicado por el proyectil de Wax o por algún fragmento de metralla, por el que escapaban billetes de banco. Ninguna moneda contra la que Wax pudiera empujar.
Tira lo fulminó con la mirada a través de la máscara, apenas visibles sus ojos a la luz eléctrica; a continuación, con un gruñido, se hizo a un lado de un salto y, sujetándose el hombro lastimado con una mano, entró corriendo en otra habitación.
Wax se impulsó contra el archivador que tenía a su espalda, abalanzándose por el pasillo a toda velocidad. Frenó con un resbalón y empujó contra la lámpara del fondo, doblándola contra la pared y entrando en el cuarto detrás de Tira.
La ventana estaba abierta. Wax agarró un puñado de estilográficas que encontró en un bote encima del escritorio antes de saltar por la ventana, a doce pisos de altura. Una estela de billetes aleteaba en el aire, señalando la trayectoria de la caída del Tirador. Wax incrementó su peso en un intento por precipitar el descenso, pero no tenía nada contra lo que empujar y la resistencia del aire limitaba la eficacia del lastre añadido. Tira llegó al suelo antes que él, a pesar de todo, con un fuerte impacto, y apartó de un empujón la moneda que había utilizado para frenarse.
Un par de estilográficas —con la punta metálica— soltadas a tiempo bastaron, por los pelos, para amortiguar la caída de Wax.
Tira se alejó de un salto, empleando esas mismas puntas para ganar altura y sobrevolar unas cuantas farolas. No llevaba nada de metal en el cuerpo, que Wax detectara, pero se movía mucho más despacio que antes y estaba dejando un rastro de sangre.
Wax lo siguió. El Tirador se dirigiría a Evasiones, una barriada cuyos habitantes aún estaban dispuestos a ofrecerle refugio. Les traía sin cuidado que sus tropelías hubieran adquirido un tinte violento; celebraban que robase a quienes se lo merecían.
«No puedo permitir que se ponga a salvo», pensó Wax, empujándose por encima de una farola y empujando contra ella a continuación para ganar velocidad. Le pisaba los talones a su presa, que no dejaba de mirar atrás por encima del hombro, desesperado. ¿Cómo detenerlo? Wax levantó una de las estilográficas y sopesó cuán arriesgado sería intentar golpear a Tira en la pierna. No deseaba asestarle un golpe letal. Ese hombre sabía algo.
Ya se divisaban los suburbios frente a ellos.
«Un bote más.» Wax cerró los dedos con fuerza alrededor de la pluma. Las calles habían comenzado a llenarse de curiosos, atentos a la persecución de los alomantes. No podía arriesgarse a que alguien resultase herido. Debía...
Le pareció reconocer una de aquellas caras.
Wax perdió el control de su empujón. Conmocionado por lo que acababa de ver, evitó a duras penas romperse todos los huesos al golpear la calzada y rodar por los adoquines. Se detuvo con el cuerpo enredado en los faldones de su gabán de bruma.
Se incorporó a cuatro patas.
«No. Imposible. NO.»
Cruzó la calle tambaleándose, ajeno al caballo que estuvo a punto de arrollarlo. El jinete le lanzó una invectiva mientras Wax escudriñaba los rostros que se alineaban en la orilla de la carretera.
«Esa cara... ¡Esa cara!»
La última vez que había visto a su propietario fue cuando le metió una bala entre las cejas. Sangriento Tan.
El asesino de Lessie.
—¡Había aquí un hombre! —se desgañitó Wax, abriéndose paso a empujones entre la multitud—. Con los dedos muy largos y el pelo ralo. Cadavérico. ¿Lo habéis visto? ¿Alguien lo ha visto?
La gente lo miraba como si le faltase un tornillo. Quizá fuera así. Wax se llevó una mano a la sien.
—¿Lord Waxillium?
Se giró sobre los talones. Marasi, que había detenido el motocarro cerca de allí, desmontó al mismo tiempo que Wayne. ¿En serio había sido capaz de seguirlo durante toda la persecución? No... no, le había dicho cuál sospechaba que sería el destino de Tira.
—Wax, compañero —empezó Wayne—. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado. ¿Te derribó en pleno vuelo?
—Algo así —musitó Wax mientras, con disimulo, echaba un último vistazo a su alrededor.
«Herrumbres —pensó—. El estrés acumulado comienza a pasarme factura.»
—Así que ha conseguido escapar —resopló Marasi, cruzándose de brazos, con gesto de contrariedad.
—No —dijo Wax—, todavía no. Está dejando un rastro de sangre y dinero. Podemos seguirlo. En marcha.