1
Era una mañana sin sol, gélida y nublada, en las semanas previas a Navidad. Mare se disponía a irse a trabajar cuando sonó su móvil. Era su madre.
—La hermana Margaret Thomas acaba de morir.
—¿Quién?
La pregunta salió como un murmullo confuso. Mare estaba tragando el último bocado de una tarta de frambuesa industrial con el poso de su café instantáneo. Los últimos gránulos dejaron manchas oscuras en el fondo de la taza.
—Tu tía Meg, la monja —contestó su madre con impaciencia—. Y estoy muy ofendida.
Hubo un silencio en la línea. La tía de Mare llevaba mucho tiempo desaparecida de su vida.
—Mare, ¿estás ahí? —Sin esperar respuesta, su madre continuó—: Las del convento no me dicen cómo murió. Solo dicen que se ha ido. ¿Se ha ido? Meg apenas tenía cincuenta años. Necesito que vayas allí por mí.
—¿No puedes ir tú?
Mare estaba molesta con su madre por diversas razones. Y una era el hecho de que nunca se quedaba sin peticiones, la mayoría de ellas triviales y absurdas. Para ella, pedir algo era como tirar de una cuerda de marioneta invisible.
La voz al teléfono se tornó aduladora.
—Sabes que me dan miedo las monjas.
—Meg era tu hermana.
—No seas tonta. Es de las otras monjas de las que tengo miedo. Son como pingüinos siniestros. Firma lo que sea para que te den el cuerpo. Somos las únicas personas que tiene... que tenía. —La madre empezó a sollozar suavemente—. Trae a mi querida hermana a casa. ¿Podrás hacerlo?
Teniendo en cuenta que nadie había hablado de la tía Meg en años, «querida hermana» sonaba un poco impostado. Aun así, el trabajo al que se dirigía Mare era un empleo temporal, y no le resultaría complicado llamar para decir que estaba enferma.
—Haré lo que pueda —dijo.
Condujo hacia el oeste por la autopista, medio escuchando un álbum de James Taylor publicado veinte años antes, más o menos cuando nació su traqueteante Honda Civic. La gran recesión había paralizado una carrera que Mare en realidad todavía no había elegido. Como muchos otros de su generación, iba a la deriva, temiendo uno y otro mes la posibilidad de tener que mudarse otra vez con sus padres. Eso significaría elegir entre ellos. Su madre se había quedado en la vieja casa después del divorcio. Su padre se había trasladado a Pittsburgh con su nueva esposa y, casi siempre, se acordaba de llamarla por Navidad y su cumpleaños.
Mare se miró en el retrovisor, fijándose en una manchita escarlata por un descuido con el pintalabios. ¿Por qué pensaba que a las monjas les agradaría que se presentara maquillada?
Antes de irse al convento, la tía Meg siempre llevaba el color de pintalabios más impactante: un rojo borgoña oscuro que contrastaba con la palidez de su piel irlandesa como una gota de vino en un mantel blanco. No cabía duda de que Meg era guapa. Tenía pómulos altos y esa nariz elegante de los McGeary, el rasgo del que estaban más orgullosos. No se había convertido en una solterona por ninguna razón en particular. (A Meg le gustaba el término «solterona» porque estaba muy pasado de moda y era políticamente incorrecto). Los hombres habían entrado y salido de su vida.
—He tenido mis oportunidades, no te preocupes —le había dicho una vez con aspereza.
Incluso frecuentaba bares de solteros en su tiempo.
—Sitios asquerosos —había comentado al respecto—. Matan el alma.
Nadie recordaba que fuera especialmente religiosa, de manera que resultó una sorpresa, y no de las agradables, que la tía Meg anunciara de repente, a la edad madura de cuarenta años, que iba a meterse a monja. Ya había tenido suficiente de su papel familiar como hermana mayor soltera, lista para hacer de canguro, y de la que siempre se esperaba que fuera a comprar y cuidara de la casa cuando alguien estaba enfermo, que escuchara los cotilleos de las sobrinas sobre sus novios antes de que ellas se pararan de repente y dijeran, avergonzadas:
—Lo siento, tía Meg. Podemos hablar de otra cosa.
Todo eso hizo que la familia se sintiera culpable cuando ella anunció que había solicitado su ingreso como novicia. Dejó una sensación molesta de «¿qué hicimos mal?». La abuela de Mare había fallecido de cáncer de estómago dos años antes. Si la abuela había tenido alguna vez fuertes convicciones religiosas, meses de dolor atroz acabaron con ellas. No pidió por el padre Riley al final, pero no se resistió cuando se presentó en su habitación de enferma. Drogada de morfina, apenas tuvo conciencia de la hostia y el vino al levantar la cabeza de la almohada para recibir la eucaristía. Nadie sabía si había que alegrarse de que la abuela no hubiera vivido para ver el día en que una chica McGeary se puso los hábitos.
El abuelo de Mare fue a la deriva con su dolor solitario tras la muerte de su mujer, recogiéndose en su casa y manteniendo las luces apagadas hasta bien pasado el atardecer. Cortaba el césped delantero cada sábado, pero en el patio de atrás las malas hierbas crecían altas y vigorosas, como un bosque maldito custodiando un castillo de penas. Cuando Meg llamó a la puerta y le dijo que iba a entrar en el convento, se animó más de lo que había estado en meses.
—No te traiciones. Todavía eres muy guapa, Meg. Montones de hombres estarían orgullosos de tenerte.
—No seas tan tonto —repuso Meg, ruborizándose. Lo besó en lo alto de la cabeza—. De todos modos, gracias.
Al final, Meg sorprendió a todos al desaparecer una noche para unirse a una estricta orden carmelita de clausura. No iba a ser una de esas monjas modernas que llevan ropa de calle y compran rúcula en el supermercado. Una vez que las puertas del convento se cerraron tras ella, nunca se volvió a ver a Meg. Dejó su apartamento intacto, todos los muebles en su sitio, como esperando pacientemente un regreso que nunca se produciría. Sus vestidos colgaban muy ordenados en el armario, dando el aire triste de cosas que se han vuelto inútiles.
Mare tenía dieciocho años cuando su tía decidió desaparecer.
—La huida a Egipto —lo llamó su madre, sintiéndose resentida y abandonada—. No un adiós real.
Ser una gran familia no los protegió de sentir el vacío dejado por Meg. Parecía vagamente siniestro que ella nunca escribiera ni llamara en diez años. No habían oído nada de ella hasta que la madre de Mare recibió la noticia de que la hermana Margaret Thomas, el fantasma de alguien que habían conocido, se había ido.
El convento estaba apartado y no figuraba en el listín telefónico, pero el GPS supo encontrarlo. «En cien metros, gire a la izquierda», avisó la voz. Mare tomó la salida y se detuvo después de recorrer otros ochocientos metros a través de un bosque descuidado de pinos y abedules. Los terrenos del convento estaban protegidos por una alta valla de hierro forjado. El camino terminaba en una puerta flanqueada por una garita vacía. Había un interfono oxidado para que los visitantes se anunciaran ellos mismos.
Mare sintió lo engorroso de la situación. ¿Cómo dices que has venido a buscar un cadáver? Levantó la voz, como si el interfono pudiera ser sordo.
—He venido por la hermana Margaret Thomas. Soy su sobrina.
Nadie respondió; el altavoz ni siquiera crujió. Pasó un momento y Mare empezó a pensar que tendría que darse la vuelta. Entonces, con un clic la puerta de hierro se abrió lentamente. Mare entró.
En la distancia se alzaba una mansión de ladrillo rojo, deprimentemente victoriana bajo el cielo gris. Los neumáticos del viejo Honda aplastaban la gravilla. Mare se sentía cada vez más nerviosa, y en su imaginación destellaban imágenes dickensianas de huérfanos sin suficientes gachas para comer. El verdadero huérfano era la mansión, rescatada por la Iglesia cuando se convirtió en una ruina majestuosa.
Al ascender por el largo sendero hacia el convento, Mare se concentró otra vez en lo que tenía que hacer. El bosque estaba muy crecido, pero los terrenos que rodeaban la mansión se veían desolados, carentes de las fuentes y arbustos que los habían adornado. La casa probablemente la había construido un magnate despiadado en un tiempo en el cual edificaciones tan inmensas eran «cabañas de verano», que recibían los suministros gracias a su propio ramal de ferrocarril privado.
Aparcó al final del sendero y se acercó a la puerta delantera. Una señal severa escrita a mano colgaba al lado del timbre: «Se guarda silencio entre vísperas y tercia. No molestar.»
¿Tercia? Mare no recordaba qué hora aterradoramente temprana de la mañana significaba eso, pero tembló al imaginar los pies descalzos de las monjas penitentes pisando los suelos de piedra fría antes de amanecer. Llamó al timbre. Después de un momento de reticencia, el cierre se desbloqueó de la misma manera anónima que en la puerta exterior. Entró con cautela, permitiendo que sus ojos se adaptaran al repentino descenso de luz. Se encontró en un gran vestíbulo. En una pared había un nicho con una estatua de la Virgen. Justo delante, un grueso enrejado de metal dividido en cuadrados de diez centímetros bloqueaba el paso. Las aberturas permitían que los visitantes miraran a las habitantes sin acercarse demasiado. El efecto era un híbrido entre un zoo y una cárcel.
En este caso, no había nadie a quien mirar. Mare se sentó en una desvencijada silla para visitantes con un asiento de mimbre trenzado y esperó. Empezó a preocuparle que bajara una monja y la riñera por abandonar la escuela religiosa después de quinto curso, como si todas las hermanas de la zona hubieran recibido la noticia de su culpabilidad. Miró la amplia escalera situada al otro lado de la reja. Cuando la casa había sido el lugar de retiro campestre de un hombre rico, esas escaleras habrían sentido los zapatos de tacón de las debutantes con vestidos de satén que bajaban para encontrarse con sus galanes, pensó Mare.
Pasó más tiempo. El silencio daba al ambiente una sensación siniestra y ajena. La orden carmelita es poco materialista, consagrada únicamente a la regla de «oración y trabajo». Mare había encontrado un vídeo de YouTube al respecto. Las monjas del vídeo sonreían mucho y saludaban al entrevistador desde detrás de una puerta metálica como aquella ante la que estaba sentada Mare. «¿Cuánto tiempo llevan tras las rejas?», había preguntado el audaz entrevistador. Las monjas rieron. En cuanto a ellas respectaba, estaban viviendo en el lado correcto respecto a las rejas.
Mare miró su reloj. Llevaba allí menos de cinco minutos. Acabemos con esto, pensó. Era triste, pero tratar de recuperar a Meg como había sido parecía vano.
Al final, oyó un suave repiqueteo cuando una monja bajó la escalera, despacio, sin prisa, y se acercó a través de una amplia extensión de suelo de mármol. No tendría más de veinte años. Mare había leído que los conventos estaban pasando por dificultades para encontrar nuevas monjas y el promedio de edad era cada vez mayor. La muerte estaba menguando sus filas.
—Siento haberle hecho esperar —se disculpó la joven monja con una sonrisa tímida.
No parecía de las que regañaban. Olía suavemente a jabón de la ropa y desinfectante. Sus manos pequeñas estaban coloradas y en carne viva; las ocultó en las mangas de su hábito cuando Mare se fijó en ellas. Mare resistió el impulso de persignarse.
—He venido por la hermana Margaret Thomas —dijo.
Los nervios la hacían hablar demasiado alto, creando un eco en el gran espacio vacío.
—Ah —dijo la monja, que parecía hispana y hablaba con acento. Había dejado de sonreír.
—Soy su sobrina —añadió Mare.
—Ya veo. —La monja evitó su mirada. Su rostro, rodeado por una capucha blanca y marrón, seguía siendo amable, pero no delataba nada.
Mare se aclaró la garganta.
—No conozco sus procedimientos cuando alguien muere. Fue muy repentino, un mazazo.
—¿Qué quiere decir? —La hermana pareció confundida.
—¿No lo sabe? Recibimos un mensaje telefónico que decía que la hermana Margaret Thomas, mi tía, se había ido. He venido a pedir su cuerpo. Así que, si hay que firmar papeles, y si tiene el número de una funeraria local... —La voz de Mare se apagó.
La hermana estaba alarmada. Los tenues tonos rosados de sus mejillas desaparecieron de repente y palideció.
—No es posible. Verá...
Mare la cortó.
—No pueden quedársela y no notificar a las autoridades.
—¿Qué? Si me deja terminar... —La monja joven levantó ambas manos, pidiendo paciencia.
Pero Mare se estaba poniendo recelosa.
—No es suya para que la metan bajo tierra. Y ya que estamos, ¿cómo murió? —Mare trató de sonar airada, pero una duda le cruzó por la cabeza. Quizás el convento adquiría posesión legal de cualquiera que muriera en la orden.
La hermana se retorció las manos.
—Por favor, pare. Su tía ya no está aquí. Se ha ido. Todo esto es un malentendido.
Una luz se encendió en el cerebro de Mare.
—Mi madre supuso que «se ha ido» significaba que había fallecido.
—Nada de eso. Solo que ayer la hermana Margaret Thomas no apareció a tercia, y su celda estaba vacía. Estábamos preocupadas. Dejamos un mensaje en el único número de contacto del archivo. Nuestra interacción con el mundo exterior es mínima. Vivimos con esa regla. ¿Es usted católica?
Mare asintió. Se sentía ridícula y empezó a murmurar una disculpa, pero la joven monja continuó con un acento cada vez más marcado. Tenía que esforzarse para contener la emoción.
—Margaret Thomas es nuestra hermana. Pertenece a Cristo, no a su familia. Pero cuando una hermana de repente no se presenta a la plegaria y su celda está vacía, Dios mío, nos sentimos obligadas a contárselo a alguien.
—Así que simplemente se marchó. ¿Y no sabe adónde fue?
—No, la verdad. Discúlpenos. No queríamos angustiarlas.
—Muy bien. No hay nada que perdonar.
Mare quería calmar la angustia de la hermana, que parecía muy vulnerable en su hábito marrón tejido en el convento y con aquellas manos rojas y en carne viva. Pero también tenía curiosidad.
—Solo una cosa. ¿Puedo ver su celda?
—¡Ay! Me temo que eso no será posible.
Incapaz de ocultar su agitación, la hermana de repente se volvió para marcharse. Se sintió mal, pero las reglas eran las reglas. Nadie iba a pasar al otro lado de la reja.
—¿Y sus objetos personales? —preguntó Mare en voz alta—. Si dejó algo, quiero llevármelo. Ha dicho que no quería angustiarnos, ¿no?
Mare pensó que era deshonesto devolverle a la joven monja sus propias palabras, pero sabía que su madre no se conformaría con un «se ha ido». La desaparición voluntaria de la tía Meg era el colmo.
La hermana no se volvió.
—Espere aquí —murmuró.
La monja se escabulló por la escalera y el espléndido vestíbulo regresó al silencio. Al cabo de un momento, una nueva monja apareció en la escalera de caracol, que a Mare empezaba a parecerle un atrezo cinematográfico hecho para enmarcar entradas solemnes. La nueva monja era mayor, de unos setenta años, y el hábito que la ocultaba de la cabeza a los pies como una envoltura marrón no podía disimular su paso artrítico. Parecía inestable con la pesada caja de cartón que llevaba en las manos. Caminando por el suelo de mármol hacia la reja, la vieja monja señaló una abertura lateral. Era justo lo bastante grande para que pasara la caja.
—Me temo que es todo lo que hay —dijo, jadeando ligeramente y con el labio superior húmedo por el esfuerzo. Como la hermana joven, tampoco se presentó. Permaneció con la cabeza baja cuando Mare intentó mirarla a los ojos.
A diferencia de la otra, no reflejaba ninguna compasión.
Mare murmuró un «gracias», pero la monja ya se había dado la vuelta.
Era hora de tranquilizarse. Mare levantó la caja, cerrada con cinta aislante. Pese a que era un cubo de menos de treinta centímetros de lado, daba la sensación de contener pesas de plomo. En la parte superior había un sobre blanco enganchado en lugar de una etiqueta.
Después de regresar a la luz grisácea del exterior e inspirar un poco de aire fresco invernal, Mare empezó a despejarse. Cada paso que daba hacia el coche la hacía sentirse un poco menos confundida, como si estuviera despertando de un hechizo medieval. Llegó a la puerta del coche, congelada con copos de nieve, y entonces reparó en todas las preguntas que no había formulado.
No había averiguado nada de los últimos días de su tía en el convento. ¿Había salido de su encierro enferma o en buen estado de salud? ¿Estaba decepcionada? ¿Presentaba signos de trastorno mental? Mare había leído historias de viejos monjes que rompían décadas de silencio, solo para revelar que estaban locos, empujados a una psicosis desesperada por su fijación con Dios.
De repente, sintió un dolor en las muñecas de cargar con la pesada caja. Subió al coche y la dejó en el asiento del copiloto. Estaba nevando con intensidad y los copos se acumulaban en el parabrisas, convirtiendo el interior del vehículo en una cueva crepuscular. Puso en marcha el limpiaparabrisas y encendió la radio para escuchar el parte meteorológico. El pronóstico matinal anunciaba tormenta para la tarde. Eran apenas las dos en punto. La tormenta se había adelantado.
Los neumáticos de nieve gastados daban a Mare una razón para volver rápidamente a la autopista, pero se quedó allí sentada, mirando inexpresivamente el barrido hipnótico de los limpiaparabrisas. Entonces la caja captó su atención, como un objeto maravilloso. El derecho a abrirlo pertenecía a su abuelo, porque Meg era su hija y él era el pariente más próximo. Sin embargo, Mare vio en ese momento que el sobre de la parte superior no estaba en blanco. Había un mensaje garabateado con fina caligrafía.
Para ti
¿A quién se refería? Ninguna de las monjas pensaba que se refiriera a ellas, o hubieran abierto la caja. Si Mare no hubiera aparecido, podría haber permanecido cerrada y en silencio para siempre. ¿La tía Meg anticipaba que alguien iba a acudir seguro? Mare despegó la cinta adhesiva que fijaba el sobre y lo abrió. No había nadie para decirle que no fisgoneara.
Había una nota doblada con esmero en el interior. La abrió despacio y leyó:
Hola, Mare:
Esto es del decimotercer discípulo. Síguelo allá donde te lleve.
Tuya en Cristo,
MEG
2
De todas las formas de cambiar el mundo, Frank Weston nunca habría elegido recuperar los milagros. En primer lugar, no era supersticioso, y en su mente un milagro era una superstición que solo se tragaba gente lo bastante crédula. En segundo lugar, y más importante, era periodista, y el periodismo es una carrera que depende de los hechos. (Según reza un viejo dicho del periodismo, «si tu madre te dice que te quiere, busca una segunda fuente».) Un milagro era lo contrario a un hecho.
Pero entonces la posibilidad de los milagros entró en su vida a través de una puerta lateral: la muerte.
Un día una mujer se plantó delante del escritorio de Frank.
—Disculpa, ¿eres tú el encargado de las necrológicas?
—le preguntó.
Frank respondió sin levantar la cabeza del artículo que estaba corrigiendo.
—Por el pasillo, la segunda puerta a la derecha. Pero no está. Ha salido por una noticia.
El delgado y larguirucho Frank estaba repantigado en una butaca gastada que él mismo había llevado a la sala de redacción desde su caótico apartamento de soltero. Su cara permanecía oculta bajo la visera de una gorra de béisbol.
La mujer no iba a marcharse.
—¿Puedes ayudarme tú entonces? Es urgente.
Frank estaba sumido en una entrega que urgía, de manera que no tenía intención de ayudarla, ni a ella ni a nadie. Pero al menos debería levantar la cabeza antes de despedir a aquella mujer.
—¿Mare? —dijo, sorprendido al verla.
Casi no la reconoció. Ella llevaba un gorro de lana calado sobre la frente para protegerse del frío y una bufanda gris subida hasta la barbilla. Sus ojos permanecían ocultos detrás de unas gafas de sol. Pero Frank los atisbó. Todavía podía reconocer esos ojos, no importaba los años que hubieran pasado.
—Pareces un agente doble con toda esa ropa, pero tienes que ser tú.
Mare se quitó las gafas, confundida. Pestañeó por la cruda iluminación de la sala de redacción. Pareció no reconocerlo.
—Esto es incómodo —dijo Frank, quitándose la gorra de béisbol para que ella lo viera mejor—. Soy Frank, de la facultad. El compañero de habitación de Brendan.
—Oh, Dios. Brendan. Cursábamos primer año. Solo me puse en contacto con él porque el cura de nuestra parroquia me dijo que debería.
—¿En serio? Causaste una gran impresión. No paraba de hablar de ti. Y ahora sé por qué. —Alto y seguro de sí mismo, Frank no tenía pelos en la lengua. Trató de ignorar el ligero embarazo de Mare—. Lo siento, lo decía como un cumplido. —Como ella no respondió, pensó en disculparme otra vez, pero se contuvo—. ¿Qué es eso de una necrológica? —cambió de tema.Los grandes ojos castaños de Mare delataron ansiedad.
—No debería molestarte.
—No, no pasa nada. Es que vamos un poco escasos de personal en este momento. —Una gripe desagradable había descabalgado a dos periodistas, y Malcolm, el encargado de las necrológicas, había salido a cubrir una noticia candente. Se enderezó en su silla—. ¿Quieres poner una necrológica? Puedo pasarla. Malcolm se encargará en cuanto vuelva a la oficina. No puedo prometer que sea hoy. —Mientras lo decía, seguía deseando que Mare lo recordara.
Ella negó con la cabeza.
—No quiero poner una necrológica. Quiero retirar una.
—Lo siento. ¿Alguien murió por error? —Pretendía ser gracioso, pero ella no sonrió.
—No. Es que no creo que nadie necesite enterarse de la muerte de mi tía.
Frank pasó a una nueva pantalla en el iPad que usaba para escribir artículos.
—Si era una necrológica particular...
—Lo era. La puso mi madre esta mañana. —Mare se mordió el labio con nerviosismo—. Tienes que cancelarla.
—Como te he dicho, lo único que puedo hacer es pasar el mensaje.
A Mare se le ensombreció el rostro y empezaron a temblarle las comisuras de la boca. Frank se dio cuenta de lo importante que era aquello para ella.
—Espera, deja que llame —dijo.
Contactó con el jefe de maquetación, que no se alegró nada. La página de necrológicas ya estaba lista. Frank gesticuló con el brazo.
—Te debo una —dijo y colgó. Dirigió una sonrisa a Mare—. Hecho.
A ella se le iluminó la mirada, y Frank observó que la tensión desaparecía de su cuerpo, aunque llevaba un abrigo de plumón acolchado.
—Bien, ¿ahora a lo mejor puedes sentarte? —propuso.
Mare titubeó, mirando a la puerta, pero tomó asiento en la otra butaca gastada del cubículo y empezó a desenvolverse la bufanda gris. También se quitó el gorro con pompón y el cabello castaño claro le cayó casi hasta los hombros.
—¿Podría tomar un poco de agua? —pidió.
Frank llenó un vaso de plástico en la nevera de la redacción, sorprendido de lo ansioso que estaba por complacerla. ¿Qué significaba eso? No lo sabía, pero quería descubrirlo.
Mare se bebió el agua y se quedó en silencio. Frank calculó que disponía de unos treinta segundos antes de que se marchara.
—Casi no recordaba tu nombre —dijo—. Nunca conocí a nadie llamado Mare. —Tenía que empezar por alguna parte que no fueran los parientes muertos.
—Suelen decírmelo. Es una abreviación de Ann Marie
—explicó con aire ausente, mirando su reloj.
A menos que Frank invocara sus conocidas dotes de improvisación, muy pronto Mare desaparecería otra vez de su vida.
—Me gustaría verte —soltó—. Cuando no haya nadie muerto. O no muerto.
Ella se reclinó en el respaldo y estrujó el vaso vacío en la mano. Estaba sopesando la situación, del modo en que una autoestopista se pregunta si es seguro subir a cierto coche. Hizo un cálculo mental y el resultado salió favorable a Frank.
—Tengo un secreto y necesito contárselo a alguien. No a un completo desconocido, quiero decir.
Así que ella lo recordaba, aunque fuera de manera vaga. Cuando su compañero de habitación había despertado la curiosidad de Frank, este se agenció un asiento detrás del de Mare en una clase de Psicología. Había doscientos estudiantes en la sala, pero Frank tuvo que causarle impresión.
—No puedes fiarte de un desconocido —dijo Frank.
Mare asintió nerviosamente.
—Pero tengo que hablar con alguien. Mi familia no lo entendería. Probablemente llamarían a la policía.
—Suena de mal agüero.
—No, no es un crimen ni nada.
Mare parecía dispuesta a retirar su decisión de confiar en él, así que Frank no dijo nada más. Era periodista desde hacía suficiente tiempo para saber que no podía presionarla.
Mare respiró hondo.
—Mi tía dejó una caja de cartón cuando murió. Estaba sellada con cinta aislante y dirigida a mí. Y dentro encontré algo inquietante.
Las manos pálidas de Mare juguetearon con los extremos colgantes de su bufanda. Se mordió el labio otra vez, un tic inconsciente, supuso él.
—Estoy casi segura de que debe de ser robado —continuó Mare—. Por eso no quiero anunciar su muerte. No hasta que lo descubra.
—¿Qué es?
—Una iglesia. O quizás una catedral. No lo sé.
Mare miró la expresión de su cara y se contuvo.
—Una iglesia en miniatura, quiero decir. —Sus manos dibujaron la forma en el aire de unos veinte centímetros—. Parece vieja, y hecha de oro.
—¡Uau!
—Es muy bonita, en realidad. —Mare se inclinó adelante, bajando la voz—. Mi tía no tenía dinero. Pero en cierto modo no me sorprendió. Era monja.
—¿Una orden de monjas metida en robos? —Frank sonrió con indulgencia.
Mare no le devolvió la sonrisa.
—No; era carmelita, pero rebelde. Dejó la orden de repente, probablemente bajo sospecha, al menos eso creo. No teníamos contacto. —Estaba a punto de contarle más, pero algo la detuvo—. ¿Por qué le estoy contando esto a un periodista?
—Porque soy la primera persona conocida que ves. Más o menos conocida.
—Puede ser.
Pero Mare no se calmó. Al contrario. Su recuerdo de Frank era vago: una cara en un aula repleta que solo destacaba porque llevaba tirantes rojos. Hacía falta engreimiento para hacer eso. Lo último que necesitaba en ese momento era un chico engreído simulando ser un adulto responsable.
Se levantó, tendiéndole una mano enguantada.
—No importa. No es tu problema.
Frank no le estrechó la mano.
—¿Tienes que irte? —Era obvio que la balanza se había decantado en su contra.
—Ya llego tarde. Gracias por retirar la necrológica.
Frank puso ceño.
—Puede que sea impertinente, pero podrías tener un problema de verdad. No estoy obligado a ser periodista en todo, sabes. Puedo ser simplemente alguien dispuesto a ayudar.
Y sé guardar un secreto —agregó.
—¿En serio? —Una sonrisa se coló en la voz de Mare a pesar de su angustia.
La forma en que Frank la miraba no era sutil.
—¿Esto es porque quieres volver a verme? —preguntó ella.
—¿Es tan malo? —Hizo como si enderezara una corbata que no llevaba—. Soy más o menos presentable.
Ella reflexionó un momento.
—¿Puedes salir a tomar un café? Estaría más cómoda en otro sitio.
Frank siguió su mirada a través de los cubículos que los rodeaban. Había unos cinco periodistas en la redacción, donde en otros tiempos había habido el doble. La brigada de despidos no había elegido a Frank todavía, pero cualquiera podría ser el siguiente. Después de las cinco y media, él y unos pocos compañeros irían a tomar una copa y se quejarían de que no habían tenido un aumento en dos años, aunque ninguno de ellos se atrevía a pedirlo.
Dio un golpecito en la cubierta de su iPad.
—Ahora es perfecto —dijo, despidiéndose de entregar a tiempo.
Una vez en la calle, Frank vio que estaba nevando con fuerza. La ciudad no era ajena al vórtice polar ártico, aun antes de que se hiciera famoso. El viento aullaba desde el noreste y la nueva nevada añadía una capa blanca a la vieja nieve amarronada apilada en la acera. Cogió a Mare del brazo y cruzaron la calle resbaladiza hasta el restaurante donde él tomaba la mitad de sus comidas. Por primera vez ese día, se sintió bien.
Al cabo de un minuto estaban acomodados en un reservado en la parte de atrás del local. Ella examinó el menú en silencio y pidió un yogur griego con macedonia. Él pidió un café.
Cuando la camarera se hubo marchado, Mare sonrió, mirando directamente a Frank. Compartir su secreto parecía haberla calmado. Sus ojos eran como charcos tranquilos que ya no estaban rizados por el viento. «Son su rasgo más hermoso», pensó Frank, distraído por un momento.
—Te contaré toda la historia —dijo ella—, y luego puedo mostrarte lo que me dio mi tía. Lo metí en la canasta de la ropa sucia de mi armario. De verdad espero que no sea robado, pero tiene que serlo.
—Quizá solo lo estaba guardando —sugirió Frank—. La Iglesia católica tiene un montón de tesoros.
—Quizá.
Mare perdió la sonrisa, pero no protestó cuando Frank sacó una libreta de espiral y empezó a tomar notas. Su historia era extraña, como había prometido. Frank pidió otros dos cafés antes de que ella terminara de contarla. A medio camino, él ya había decidido que la tía de Mare era o una santa o una loca que necesitaba medicación. En cualquier caso, estaba convencido de que no se trataba de una delincuente peligrosa.