1

Amos Decker recordaría siempre las tres muertes violentas de un azul paralizador. Lo asaltaba cuando menos se lo esperaba, como un cuchillo con gancho para destripar de luz de color. Nunca se libraría. La vigilancia había sido larga e improductiva. De camino a casa, en coche, había esperado disfrutar de unas cuantas horas de sueño antes de volver a peinar las calles. Había enfilado el camino de la modesta casa de dos plantas de veinticinco años de antigüedad y que tardaría al menos la misma cantidad de años en pagar. El suelo estaba resbaladizo por la lluvia y, cuando apoyó el pie, la bota del cuarenta y ocho resbaló un poco antes de adherirse. Cerró la puerta del coche sin hacer ruido, seguro de que todos dormían a esa hora. Forcejeó con la puerta mosquitera de la cocina y entró. El silencio era de esperar, pero no el silencio mortal que reinaba dentro. Entonces no lo había notado y luego se preguntó por qué. Era uno de los numerosos errores que había cometido esa noche. Se había quedado en la cocina para llenar un vaso de agua del grifo, se lo bebió de un trago, lo dejó en el fregadero, se secó la barbilla y entró en la habitación de al lado. Dio un resbalón y en esta ocasión se cayó. Ya le había pasado otras veces porque el parqué era de espiguilla y resbaladizo. Esta vez, sin embargo, sería muy diferente por lo que estaba a punto de ver. Entraba bastante luz de la luna por la ventana delantera como para ver con claridad. Cuando alzó la mano, estaba de otro color. La tenía roja de sangre procedente de algún lugar. Se levantó para determinar de dónde. Descubrió la fuente en la habitación contigua. Johnny Sacks, su cuñado, un hombretón corpulento como él, estaba tendido en el suelo. Se le acercó y se arrodilló con la cara a escasos centímetros de la de Johnny. Le habían rebanado el cuello de oreja a oreja. No hacía falta que le buscara el pulso: no tendría, seguro. Casi toda su sangre estaba en el suelo. Tendría que haber cogido el teléfono y llamado a emergencias de inmediato. Lo sabía perfectamente. Sabía que no había que rondar por el escenario del crimen, y en eso se había convertido su casa gracias al muerto, a quien habían arrebatado la vida de manera violenta. Ahora era como un museo: no había que tocar nada. Su faceta profesional se lo pedía a gritos. Pero no había más que un cadáver. Miró de repente las escaleras y se quedó paralizado mentalmente, invadido por completo por el pánico, sintiendo en las entrañas que la vida acababa de arrebatárselo todo. Así que corrió, creando con las botas una pleamar en el charco de sangre con coágulos. Estaba destruyendo pruebas esenciales, estropeando completamente lo que tendría que haberse mantenido impoluto. En aquel momento le importaba un comino. Siguió la sangre de Johnny escaleras arriba, subiendo los escalones de tres en tres. Jadeaba y el corazón le latía tan rápido y lo notaba tan henchido que era increíble que no se le saliera del pecho. Tenía la mente paralizada, pero las piernas se le movían por su cuenta.

Llegó al pasillo, rebotó en una pared y luego en la opuesta al precipitarse hacia la primera puerta de la derecha. No sacó el arma, ni siquiera se le ocurrió pensar que el asesino podía seguir allí a la espera de que volviera a casa. Reventó la puerta con el hombro y miró desesperado a su alrededor. Nada. No, no era cierto. Se quedó paralizado en el umbral cuando la luz de la mesita de noche iluminó débilmente el pie desnudo que sobresalía del otro lado del colchón. Conocía aquel pie. Lo había sostenido, masacrado y besado de vez en cuando durante muchos años. Era largo y estrecho pero refinado, con el segundo dedo ligeramente más largo que el pulgar. Las venas del empeine, las durezas de la planta, las uñas pintadas con esmalte rojo, todo estaba como debía estar, exceptuando que no tendría que haber sobresalido del colchón a esa hora de la noche. Eso quería decir que el resto de su cuerpo estaba en el suelo y por qué lo estaba, a menos que... Se acercó a ese lado de la cama y miró hacia abajo. Cassandra Decker, Cassie para todo el mundo y, lo más importante, para él, lo miraba desde su posición en el suelo. Bueno, que lo miraba era un decir porque ya no podía ver. Avanzó a trompicones y se detuvo a su lado. Luego, despacio, se dejó caer de rodillas, apoyando los vaqueros en el charco de sangre que se había formado junto a ella. Era su sangre. Tenía el cuello limpio, sin ninguna herida. No era la fuente de la sangre. Lo era la frente, donde se veía un único agujero de bala. Sabía que no debía, pero con el brazo le levantó la cabeza del suelo y se la apoyó en el pecho. La larga melena oscura se esparció por encima de su brazo. El punto de la frente estaba ennegrecido y ampollado debido al calor de la bala. Una herida de contacto precedida por un beso de la boca del cañón que había durado apenas un segundo antes de que el proyectil acabara con su vida. ¿Estaba dormida? ¿Se había despertado? ¿Había sufrido el terror de ver a su asesino de pie frente a ella? Se preguntó todo eso mientras sostenía a su mujer por última vez. Decker la devolvió a la posición en que la había encontrado y miró aquella cara pálida y sin vida, con el punto ennegrecido en el centro de la frente que sería lo último que recordaría de ella, un punto final definitivo... del todo. Se levantó con las piernas entumecidas. Salió a duras penas del dormitorio y recorrió el pasillo hasta la otra habitación que había en el primer piso. No forzó la puerta. Ya no tenía prisa. Sabía lo que iba a encontrar. Lo que no sabía era el método que habría usado el asesino. Primero, un cuchillo; luego, una pistola. La niña no estaba en su habitación, por lo que tenía que estar en el baño contiguo. La luz del techo estaba encendida y era fuerte. Estaba claro que el asesino había querido que viera bien a esta última víctima. Allí estaba, sentada en el inodoro, sostenida por el ceñidor de la bata atado alrededor de la cisterna. De no ser así habría caído al suelo. Se le acercó. Los pies no le resbalaron. No había sangre. Su pequeña no tenía heridas visibles. Cuando se le acercó más, sin embargo, vio las marcas de ligaduras en el cuello, horribles y amoratadas como si alguien la hubiera quemado. El tipo quizás había usado el cinturón de la bata o quizá las manos. Decker no lo sabía ni le importaba. La muerte por estrangulación no era dolorosa. Era atroz y aterradora. Habría estado mirando hacia arriba, mirándolo mientras le estrujaba la vida. Molly habría cumplido diez años al cabo de tres días. Habían preparado una fiesta, invitado a los asistentes, comprado los regalos y encargado una tarta rellena de chocolate. Se había tomado un día libre para ayudar a Cassie, que trabajaba a jornada completa y lo hacía además casi todo porque el trabajo de él no era de los de nueve a cinco ni mucho menos. Habían bromeado sobre eso. ¿Qué sabía Amos de la vida real? ¿Sabía hacer la compra, pagar las facturas, llevar a Molly al médico? Habían llegado a la conclusión de que no sabía hacer nada de nada. No tenía ni idea. Se sentó en el suelo delante de su hija muerta y cruzó las piernas como le gustaba hacer a ella, con cada pie apoyado en el muslo de la pierna opuesta. Era flexible para ser corpulento. La posición del loto, pensó vagamente, o algo parecido. Ni siquiera sabía por qué pensaba aquello. Se dio cuenta de que estaba conmocionado. La niña tenía los ojos muy abiertos y lo miraba sin verlo, como su mamá. No volvería a verlo nunca. Decker se quedó allí sentado, balanceándose atrás y adelante, mirándola pero sin verla realmente; su niñita, tan seguro como que hay un cielo, tampoco veía a su papá. Ya está. No queda nada. No voy a quedarme solo. No puedo. Sacó la nueve milímetros compacta de la funda y la amartilló para asegurarse de que hubiera una bala en la recámara. La sujetó con ambas manos. Un arma de pequeño tamaño pero precisa, con suficiente poder de disuasión. Nunca había disparado a nadie con ella, no por falt­a de ganas. Estudió la mira del cañón. ¿Cuántas balas habría disparado en el campo de tiro de la Policía? ¿Mil, diez mil? Bueno, esta noche no podía fallar. Se metió el cañón en la boca, apuntando hacia arriba para que la bala le diera en el cerebro y acabar rápido. Puso el dedo en el seguro. Miró a Molly. Sintió vergüenza y se sacó la pistola de la boca y se la apoyó en la sien derecha. Cerró los ojos para no verla. De nuevo puso el índice en el seguro, luego en el gatillo, luego apretó lentamente hasta el punto sin retorno. No sentiría nada. Su cerebro habría muerto antes de comunicarle al resto del cuerpo que se había levantado la tapa de los sesos. Solo tenía que apretar el gatillo. Apriétalo, Amos. No tienes nada que perder porque no te queda nada. Ya no están. Se han... ido. Se quedó allí con el arma contra la sien, preguntándose qué le diría a su familia cuando se reencontraran. ¿Lo siento? ¿Perdonadme? ¿Ojalá hubiera estado ahí para protegeros de quien os haya hecho esto? ¿Tendría que haber estado ahí para protegeros? Apret­ó con fuerza el arma, hundiendo tanto el metal en la sien que notó que la boca del cañón se le clavaba. Le salió una gota de sangre que le ensució el pelo canoso. Estaba seguro de que había encanecido más durante los últimos minutos. No trataba de reunir valo­r para hacerlo. Estaba buscando desesperadamente el justo equilibrio. Pero ¿puede haber equilibrio en quitarse la vida? Sosteniendo aún la pistola, sacó el móvil y llamó al 911, se identificó dando nombre y número de placa y en dos frases describió concisamente la masacre. Dejó el teléfono en el suelo. Abaj­o estaba Johnny. En el otro extremo del pasillo estaba Cassie. Allí, en el baño, estaba Molly. Y de repente, sin previo aviso, lo vio todo contorneado de espantoso azul. Los cuerpos, la casa, la noche entera. Aquella burbuja azul lo englobaba todo. Alzó la mirada al techo y maldijo a gritos con toda la rabia la sensación de pérdida que estaba sintiendo en aquel momento, e incluso los malditos colores. ¿Por qué no podía ser normal, por lo menos una vez, en su más completa desgracia? Agachó la cabeza y se quedó sentado en el suelo con el cañón de la pistola contra la cabeza y absolutament­e nada en el resto de su ser. Estaba listo para morir, listo para reu­nirse con ellos. Sin embargo, por alguna razón que ni siquiera él conocía, Amos Decker no apretó el gatillo, y así fue como lo encontraron los agentes cuando llegaron al cabo de cuatro mi­nutos.

MemoriaTotal.html

2

El banco rojo de un parque.

El inquietante frío penetrante del otoño adentrándose en el invierno.

Amos Decker estaba sentado en aquel banco, esperando.

Un gorrión pasó volando por delante de él, evitando por poco un coche antes de cobrar altura a lomos de una corriente de aire y alejarse. Tomó nota de la marca, el modelo, el número de matrícula y la descripción física de todos los ocupantes antes de que hubiera pasado. El marido y la esposa en los asientos delanteros y un niño detrás, en una sillita de bebé. Otro al lado, de más edad, de unos diez años. Una pegatina en el parachoques trasero. Leyó lo que ponía. Mi hijo está en el cuadro de honor de la escuela primaria Thorncrest.

Felicidades, acabas de decirle a un psicópata exactamente dónde secuestrar a la lumbrera de tu hijo.

Luego un autobús se detuvo en un stop. Lo miró, observando todo como antes. Catorce pasajeros, la mayoría cansados y abatidos a pesar de que solo era mediodía. Uno estaba activo, un niño que no paraba al lado de su agotada madre, desplomada en el asiento con una pesada bolsa en el regazo. La conductora era novata con cara de estar en tensión. A pesar de que el vehículo tenía dirección asistida giró el volante y tomó la siguiente curva tan despacio que parecía que se le hubiera calado el motor.

Pasó un avión a tan baja altura que lo identificó, por los aletines, como un 737 de United de última generación. El número 737 destacaba configurando en su mente un hermoso batiburrillo. Liso, plateado, rápido como una bala. Cualquier cosa que tuvier­a un siete le producía el mismo efecto. Agradecía que la nume­ración de todos los aparatos de la Boeing empezara por siete. Pasaron dos jóvenes andando. Los observó y tomó nota. Uno era mayor, más corpulento, el alfa; el otro era el compinche, presente solo para bromear y avasallar. Luego vio a los cuatro niños que jugaban en el parque del otro lado de la calle. Edad, rango, número, orden jerárquico y categoría determinados antes de los seis años, como una manada de lobos.

Listo.

Luego una mujer con un perro. Un pastor alemán, no demasiado viejo pero con la cadera mal. Seguramente tenía displasia, algo común en esa raza. Hecho catalogado.

Un hombre hablando por el móvil. Traje de Zegna, con la G de Gucci en los zapatos impecables, un sello de oro con pedruscos en la mano izquierda, como los de la Super Bowl. Un reloj Zenith de cuatro mil dólares en la muñeca derecha. No era lo bastante alto ni corpulento para ser atleta profesional. Iba demasiado bien vestido para ser el típico traficante de drogas. Posiblemente era gestor de fondos de inversión de riesgo, un abogado sin escrúpulos o un promotor inmobiliario.

Su memoria lo registró.

En la acera opuesta sacaban a una anciana en silla de ruedas de una ambulancia. Tenía el lado izquierdo del cuerpo paralizado y parálisis facial. Una embolia. Documentado. Su cuidador tenía una leve escoliosis y pie zambo. Grabado.

Amos Decker registró todo aquello y más mientras clasificaba mentalmente todo lo que tenía a la vista, deduciendo de vez en cuando, especulando a veces, suponiendo otras. Nada de aquello tenía ninguna importancia. Simplemente lo hacía para matar el tiempo mientras esperaba. Como contar en colores, para pasar el tiempo nada más.

Había perdido la casa. Se la habían embargado. A duras penas conseguían pagar los plazos de la hipoteca con su salario y el de Cassie. Con el suyo únicamente, imposible. Había tratado de venderla, pero ¿quién quiere vivir en una casa tan sangrienta?

Había vivido en un piso varios meses. Luego en un motel. Luego, al cambiar su situación laboral, se había instalado en el sofá de un amigo. Cuando el amigo había empezado a ser menos amistoso, había optado por un refugio para indigentes. Cuando lo clausuraron por falta de financiación, tuvo que conformarse con un saco de dormir en el parque y posteriormente con una caja de cartón en un aparcamiento: el saco de dormir estaba destrozado y la Policía echó a los indigentes del parque.

Había tocado fondo. Hinchado, sucio, desgreñado, con la barba enmarañada, parecía que estuviera viviendo en alguna caverna tratando de conspirar con alienígenas. Y así era en buena medida hasta que se despertó en el aparcamiento de un Walmart una mañana con los ojos puestos en el logo del Georgia-Pacific de un lado de su caja de cartón ondulado y tuvo una epifanía que lo sacudió interiormente: Cassie y Molly estarían profundamente avergonzadas de aquello en lo que se había convertido.

Así que se lavó, hizo unas cuantas chapuzas, ahorró unos dólares, se mudó a una habitación de un Residence Inn y empezó de nuevo como investigador privado. Aceptó todos los casos que le llegaban, casi todos de poca monta y escasos beneficios, pero algo es algo y no necesitaba más.

Llevaba una vida sin sentido, verdaderamente sin sentido, como él mismo. Seguía con la barba enmarañada, el pelo bastant­e desgreñado y con sobrepeso, pero llevaba la ropa razonablemente limpia y a veces se duchaba más de dos veces por semana. Además, ya no vivía en una caja. Siempre había medido los progresos en centímetros, sobre todo porque no tenía metros de éxitos de los que jactarse.

Cerró los ojos para bloquear todo lo que acababa de ver en la calle, aunque siguió todo allí, como en una pantalla de cine, detrás de sus párpados. Seguiría ahí para siempre. A menudo deseaba olvidar lo que acababa de ver, pero se le grababa todo en la memoria con un rotulador permanente. Lo recuperaba cuando lo necesitaba o lo asaltaba sin que él se lo propusiera. Lo primero le servía, lo segundo era tremendamente frustrante.

Esa noche los agentes lo habían disuadido de que se pegara un tiro. Había pensado matarse muchas veces desde entonces. Tantas que, estando todavía en la Policía, había ido a terapia para superar aquel problemilla. Incluso se había puesto de pie en un círcu­lo de potenciales suicidas.

Soy Amos Decker. Quiero matarme. Punto. Fin de la his­toria.

Abrió los ojos.

Quince meses, veintiún días, doce horas, catorce minutos. Porque, dado lo que era, las manecillas del reloj daban vueltas en la vanguardia de su mente. Ese era el tiempo transcurrido desde que había descubierto aquellos tres cadáveres en su casa, a su familia masacrada. Dentro de sesenta segundos habrían pasado quince minutos aparte del año, los meses y los días. Y así seguiría avanzando y avanzando el tiempo.

Se miró. Jugador de fútbol americano durante los cuatro años de facultad y luego profesional por un periodo de tiempo extraordinariamente corto. Había sido policía y luego detective privado, pero nada de aquello le había importado después de identificar oficialmente los cadáveres de su mujer, su cuñado y su hija. Le sobraban veinticinco kilos, seguramente más. Seguramente muchos más. Treinta y pico. Estaba hecho un tonel, con las rodillas atrofiadas. La tripa le colgaba, tenía los brazos y el pecho fofos y las piernas como dos morcillas. Ya no se veía los pies, y eso que los tenía muy grandes. Llevaba el pelo salpicado de gris, no dema­siado limpio y bastante largo. Era perfecto para ocultar una ment­e que sin olvidar nada conseguía defraudarlo permanentemente. La barba era llamativa tanto por volumen como por su caótica apariencia, llena de rizos y mechones desordenados por todas partes como zarcillos tratando de agarrarse a algo. Se dijo, sin embargo, que lo favorecía en su campo de trabajo. Tenía que atrapar a la escoria, y la escoria, por naturaleza, no suele tener la pinta de la gente común. En realidad suele huir de parecérsele.

Se tocó la raída zona de los vaqueros y luego las rodillas, donde seguían viéndose las manchas de sangre. De su sangre. De la sangre de Cassie. Era morboso tenerlas todavía allí.

Quema los pantalones, Amos. La gente normal lo habría hecho. Pero yo no soy normal. No he sido normal desde que pisé ese campo y recibí ese golpe.

El golpe era lo único que no recordaba. Resultaba irónico, puesto que había sido el catalizador de su incapacidad para olvidar cualquier otra cosa. Lo habían emitido incansablemente en los programas deportivos del momento e incluso los noticieros de ámbito nacional se habían visto impelidos a documentar para la audiencia la violencia de la que había sido objeto. Alguien le había dicho que habían subido el fragmento a YouTube hacía unos años y que acumulaba más de ocho millones de visitas. Pero él no lo había visto. No tenía por qué. Había estado allí. Lo había sentido. Con eso bastaba.

Además, para merecer tantísima atención no había hecho más que morirse en un campo de fútbol, no una vez sino dos.

Echó un vistazo furtivo a sus vaqueros, bastante avergon­zado.

La barriga le sobresalía por encima de la cinturilla porque antes estaba mucho más delgado. Los había lavado, pero las manchas de sangre no salían. Los pantalones podrían y deberían haber sido una prueba del caso. Deja que los agentes se los lleven. Pero no lo habían hecho y él no se los había ofrecido. Se los quedó y seguía usándolos. Era un modo absurdo de recordarla, una estupidez, de hecho. Un modo espantosamente macabro de retenerla consigo, al igual que llevar sus cenizas en una fiambrera de Scooby-Doo. Aunque, por otro lado, él no estaba bien del todo. Aunque tenía un sitio para vivir, un trabajo y por lo general se las arreglaba, no estaba del todo bien. Nunca estaría bien, se mirara como se mirara.

Técnicamente hablando había sido sospechoso, porque el marido siempre lo es, pero por poco tiempo. La secuencia temporal de las muertes lo había descartado. Tenía coartada. Le daban igual las coartadas. Sabía que no les había tocado un pelo y le importaba un bledo lo que creyeran los demás.

El problema era que no habían arrestado a nadie por los asesinatos. No había habido ningún otro sospechoso, ninguna pista que pudieran seguir. Nada.

El barrio obrero en el que vivía era tranquilo, sus vecinos agradables, gente que ofrecía ayuda en caso necesario porque nadie nadaba allí en la abundancia y todo el mundo agradecía que le echaran una mano de vez en cuando, para arreglar un coche o un horno, o para clavar una tabla, para cocinar si una madre estaba enferma o cuidar de los niños en un sistema de transporte comunitario basado en la confianza y la necesidad.

Había unos cuantos tipos duros en el vecindario, por supuesto, pero no había detectado a ningún homicida. Eran casi todos moteros y fumetas.

Había buscado. No había hecho otra cosa que investigar los asesinatos, incluso cuando le habían comunicado oficialmente que no se inmiscuyera en la investigación, pero no aparecían pistas a pesar de su obsesión por no dejar títere con cabeza.

Había oportunidades y obstáculos en un crimen como aquel.

Las puertas estaban abiertas; la gente entraba y salía, así que el acceso no había sido ningún inconveniente. Por otra parte, las casas estaban pegadas, así que alguien debería haber oído algo, pero esa noche nadie había oído ruidos en el 4305 de la avenida Boston. ¿Cómo podían haber matado a tres personas de un modo tan silencioso? La muerte violenta conlleva ira, ¿no? Gritos, forcejeo. Algo. Por lo visto no. ¿Y el disparo? Como el susurro de un fantasma. Eso o todo el vecindario se había quedado sordo esa noche, y ciego, y mudo.

Meses después seguían sin tener nada, mucho después de que el rastro se hubiera enfriado y las probabilidades de resolver el caso y atrapar al asesino se hubieran reducido prácticamente a cero. Entonces había dejado la Policía, porque no podía seguir haciendo papeleo y trabajando en otros casos y traspasando el precinto de los escenarios de los crímenes. Si bien los altos mandos dijeron que lamentaban su marcha, nadie le pidió que se quedara. Lo cierto era que se estaba volviendo ingobernable y un motivo de conflictos. Era todo eso porque ya todo le daba lo mismo.

Bueno, todo menos una cosa.

Visitaba las tumbas con excesiva frecuencia. Estaban enterrados en las parcelas que había conseguido apresuradamente porque, ¿quién compra una parcela para un hombre y una mujer de apenas cuarenta años y una niña de diez?

Luego dejó de hacerlo porque no soportaba verlos yaciendo en la tierra. No los había vengado. No había hecho nada más que identificar sus cadáveres. Una mísera penitencia por haber permitido que su familia muriera. Seguro que Dios no estaba impresionado.

Que hubieran muerto tenía que deberse a algo que había hecho él. Había encerrado a mucha gente a lo largo de los años y algunas de esas personas ya habían sido puestas en libertad. Otras tenían amigos. Justo antes de los asesinatos del 4305 de la avenida Boston había contribuido a desmantelar una banda local de venta de metanfetamina que hacía todo lo posible para convertir a todos los habitantes de la zona metropolitana en adictos y, por tanto, en buenos clientes, ya fuesen jóvenes, viejos o de cualquier edad intermedia. Eran malos tipos, perversos, capaces de matarte. Era posible que se hubieran enterado de dónde vivía. No era difícil. No actuaba como un agente encubierto. Podían muy bien haberse vengado matando a su mujer y a su hija, y a su cuñado, que había elegido el momento menos oportuno para visitarlos desde las afueras. Sin embargo, no había la más mínima prueba contra esa banda, y sin pruebas no hay arrestos, ni juicio, ni sentencia, ni ejecución.

Por un error suyo, por su culpa, tal vez los había conducido hasta su familia, familia que ahora ya no tenía.

En la comunidad habían hecho una colecta para ayudarlo. Habían conseguido unos cuantos miles de dólares. Estaban intactos en una cuenta bancaria. Usar aquel dinero habría sido para él como traicionar a quienes había perdido, así que allí seguía el dinero, aunque desde luego podría haberlo gastado. Iba tirando a duras penas, pero con hacerlo a duras penas le bastaba, porque a duras penas seguía siendo una persona.

Se apoyó en el respaldo del banco de madera y se arrebujó con el abrigo. No estaba allí por casualidad.

Estaba allí por trabajo.

Volvió la cabeza hacia la izquierda y vio que había llegado el momento de ponerse manos a la obra.

Se levantó y siguió a las dos personas que estaba esperando.

MemoriaTotal.html

3

El bar era más o menos como todos los bares en los que De­c­ker había estado: oscuro, frío, con olor a humedad, lleno de humo, con la iluminación favorecedora para que cualquiera pareciera alguien conocido o a quien querías conocer; o, más bien, a quien deseabas olvidar. Donde cualquiera era amigo tuyo hasta que se convertía en tu enemigo y te partía un taco de billar en la cabeza. Donde se respiraba tranquilidad hasta que las cosas se torcían. Donde podías apurar lo que fuera que la vida te diera. Donde un millar de aspirantes a ser Billy Joel podían darte una serenata a altas horas de la madrugada.

Solo que yo podría beberme un millar de copas y no olvidar ni una sola puñetera cosa. Recordaría todos los detalles de las mil, incluso la forma de los cubitos de hielo.

Decker se sentó en un punto de la barra donde se veía reflejado en el enorme espejo de detrás de las hileras de Beam y Beef, Glen y Sapphire.

Pidió una caña y agarró la jarra con las gruesas manos, fi­jándose en el espejo. En el rincón de detrás, a la derecha. Allí se había­n sentado los dos a los que había seguido hasta aquel local.

El hombre se acercaba a la cincuentena y le doblaba la edad a la chica. Iba de punta en blanco, con un terno de lana de raya diplomática, corbata amarilla con motas azules, similares a espermatozoides a punto de fertilizar el óvulo, y un pañuelo de bolsill­o a juego. El pelo peinado hacia atrás le dejaba al descubierto las entradas y las arrugas de la frente, algo atractivo en un hombre pero no tanto en una mujer, aunque la vida siempre ha sido injusta en ese sentido. Llevaba unos impresionantes anillos de diamantes en los dedos, muy cuidados. Probablemente eran robados, o falsos, como él. Seguramente también llevaba las uñas de los pies bien cortadas. Había lustrado los zapatos, pero había pasado por alto los talones, que tenían marcas, mucho más a tono con la verdadera naturaleza de aquel hombre, que también tenía las suyas. Quería impresionar de entrada, no al irse, después de lo cual no volverías a ver a aquel capullo.

Ella tenía ojitos de cordero y poco seso. Era bonita pero de un modo vacuo y muy visto. Como al mirar una película en 3-D sin las gafas, le faltaba algo. La chica era tan fiel a su ceguera y tan inconsciente que le daban ganas a uno de marcharse y dejarla librada a su suerte.

Sin embargo, a Decker le pagaban para no hacerlo. De hecho, le pagaban para hacer precisamente lo contrario.

Iba vestida con una falda, una blusa y una chaqueta que seguramente costaban más que el coche que Decker tenía o el que había tenido. El banco también se lo había quedado, como suelen hacer los bancos.

Era de una familia de dinero, no una nueva rica. Estaba tan acostumbrada a la privilegiada vida que conllevaba su posición social que era incapaz de entender que alguien se esforzara tanto para quitarle cosas que ella daba por sentadas. Eso la convertía en una víctima potencial cada minuto de cada día.

En aquel preciso momento eso era: el tiburón y la estúpida. Decker lo veía como un seis, a su entender un número sucio. Ella era un cuatro, inocuo y sin interés.

Hicieron manitas y se besaron. Compartieron las bebidas: él un cóctel de whisky y ella un martini rojo.

Entendido.

Decker calentaba la cerveza y esperaba el momento. Los miraba con disimulo. Además de la etiqueta numérica, para él ella estaba perfilada de naranja y el tipo de morado, el color que asociaba con el cero, un dígito desagradable. Así que aquel individuo era para él en realidad dos números: el seis y el cero. Resultaba complicado, lo sabía, pero a él no le costaba porque lo tenía mentalmente tan claro como el reflejo de un espejo.

Y no los veía exactamente de esos colores. Tenía la percepción de esos colores al verlos. Era la mejor manera, la única manera que tenía de explicar aquella sensación. No había tomado clases de la materia y era una facultad suya de relativamente reciente adquisición. Hacía simplemente lo que podía. Al fin y al cabo, creía haber dejado atrás el mundo de las ceras Crayola, en la escuela infantil.

Aquellos dos seguían acaramelados, haciendo manitas, acariciándose con los pies, metiéndose mano. Era evidente que ella quería algo más. Él estaba poco dispuesto a dárselo, porque implicaba cruzar un límite. Apresurarse solo le traería disgustos y aquel tipo era bueno. No el mejor que había visto Decker, pero se le daba bien. Seguramente se ganaba bien la vida.

Para ser un cero morado.

Decker sabía que el tipo esperaba para hacerle una petición. Un préstamo para un negocio prometedor que no podía dejar pasar. Alguna tragedia ocurrida en su extensa familia requería solución financiera... No quería hacerlo. Se detestaba por ello, pero era su último recurso. Ella era su última oportunidad. No esperaba que lo entendiera ni que dijera que sí. Así planteadas las cosas, ¿qué otra respuesta podía darle que no fuese que sí, querido? Toma el doble, el triple incluso. Papá no lo echará de menos. No es más que dinero al fin y al cabo; su dinero.

Una hora y dos martinis rojos más tarde, se despidió de él. El beso que le dio al marcharse fue tierno y conmovedor, y él reaccionó de la manera adecuada hasta que la joven le dio la espalda y cambió de cara. Su expresión de ternura y amor recíprocos pasó a ser de triunfo y habríase dicho incluso que cruel. Al menos eso le pareció a Decker, a quien no le gustaba tratar con gente y prefería su propia compañía. Detestaba las charlas banales porque ya no les encontraba sentido. Sin embargo, formaban parte de su trabajo. Así pagaba las facturas. Se dijo que tenía que superarlo, al menos de momento, porque era hora de fichar.

Se llevó la cerveza a la mesa a tiempo para ponerle una manaza en el hombro al individuo y devolverlo al asiento que acababa de desocupar.

Se sentó frente a él y miró el cóctel de whisky intacto (los depredadores no beben cuando trabajan) antes de levantar su jarra para felicitarlo.

—Buen trabajo. Me gusta ver trabajar a un auténtico profesional.

El otro no dijo nada de entrada. Miró a Decker, valorando su aspecto descuidado. Le daba mala impresión.

—¿Le conozco? —le preguntó por fin, con sorna—. Porque no entiendo cómo puede ser.

Decker suspiró. Había esperado que dijera algo un poco original pero no iba a ser así.

—No, y no necesita conocerme. Lo único que debe hacer es mirar esto.

Sacó un sobre de papel Manila del bolsillo del abrigo y se lo alcanzó.

El otro dudó pero lo cogió.

Decker tomó un sorbo de cerveza.

—Ábralo —le dijo.

—¿Por qué debería hacerlo?

—Está bien, pues no lo abra. Ningún problema. —Fue a coger el sobre, pero el otro se lo impidió.

Lo abrió y sacó media docena de fotos.

—La primera norma de un estafador es no prestar atención a nada que no sea aquello que se está trabajando, y cuando le he dicho que era un profesional estaba siendo caritativo. —Dio unos golpecitos en la foto de arriba—. Ella no lleva ropa suficiente y usted tampoco. Por cierto, además, este acto en particular es ilegal en casi todos los estados al sur de la línea Mason-Dixon.

El otro lo miró con cautela.

—¿Cómo las ha conseguido?

Volvió a decepcionar a Decker con la pregunta.

—Ahora es simplemente un elemento de negociación. Estoy autorizado a darle cincuenta mil pavos. A cambio, dará este asunto por terminado y se dedicará a alguna otra, en otro estado.

El tipo sonrió y le devolvió las fotos.

—Si creía que eran un problema para mí, ¿por qué no se las ha enseñado a ella? ¿Por qué venir a ofrecerme una salida remunerada?

Decker suspiró de nuevo. Por tercera vez, lo había decepcionado. Aquel individuo no planteaba ningún desafío. Recogió las fotos y las devolvió al sobre.

—Me ha leído el pensamiento, Maestro. Exactamente como le dije al viejo de la chica. Gracias por corroborar la opinión que me había hecho de usted. La joven es muy religiosa, dicho sea de paso. Lo que le está haciendo a esta señora en la tercera foto es causa de divorcio, dejando aparte el hecho de que es su esposa. Que usted lo pase bien. —Se levantó para marcharse pero el otro lo agarró del brazo.

—Puedo hacerle daño.

Decker le dobló hacia atrás los dedos hasta hacerlo gemir. Entonces y solo entonces lo soltó.

—Estoy gordo —le dijo—, pero lo doblo en estatura y soy muchísimo más bestia. No me hace falta una cara bonita para hacer mi trabajo, pero a usted sí. Así que, si lo saco a la parte de atrás y se la machaco, ¿qué implicaría eso para su futura liquidez? ¿Entiende lo que le digo?

El otro se agarró la mano herida y palideció.

—Acepto el dinero.

—Estupendo. Llevo encima un cheque por veinticinco de los grandes.

—¡Ha dicho que eran cincuenta mil!

Eso era solo si aceptada el trato a la primera. No lo ha hech­o. La consecuencia es que su remuneración se ha reducido a la mitad.

—Hijo de puta.

Decker se sentó y se sacó una hoja del bolsillo.

—Un billete de avión, solo de ida, para irse tan lejos de aquí como pueda sin dejar Estados Unidos. Sale dentro de tres horas. Una condición para que pueda cobrar el cheque es que vaya en él. Habrá alguien para comprobarlo, así que no haga ninguna estupidez.

—¿Dónde está el cheque?

Decker sacó otra hoja.

—Antes tiene que firmar esto. —Le tendió el papel.

El tipo lo leyó por encima.

—Pero esto...

—Esto garantiza que la señora no volverá a pensar en usted, a no ser con encono. Por tanto, incluso en el caso de que intentara volver por aquí le sería imposible.

El otro pensaba a toda velocidad en lo que le estaba sucediendo, en lo que significaba realmente.

—Entonces, ¿me chantajea con las fotos y con que estoy casado para que firme esto? Si no firmo, le enseñará las fotos a ella y le dirá que estoy casado. ¿Y confía en que eso bastará para que la deje?

—Es usted un genio.

—Tengo a otra docena como ella. —Resopló—. Y mucho más guapas. Quiere que me acueste con ella. Le he dado largas. Ya ha visto las fotos. En casa como solomillo. ¿Por qué iba a conformarme con una hamburguesa, aunque lleve fideicomiso? Es una tonta de mierda y si tiene un buen día solo está pasable, a pesar de todo el dinero de Papá.

—El señor Marks le ha visto venir de lejos, aunque su hija no lo haya hecho. Pero, por otra parte, Jenny ya se había dejado engañar por escoria como usted. Se merece algo mejor.

Decker no conocía a Jenny Marks y no podían importarle menos sus enredos amorosos. Había hecho aquel comentario porque necesitaba que el Maestro siguiera hablando, que desembuchara.

—¿Se merece algo mejor? Mierda, no sé ni por qué me he tomado la molestia con ella. Las tengo mejores que Jenny Marks sin mover un dedo y sin tener que oír su discurso infantil.

—Tonta de mierda, discurso infantil, ¿en serio? La señorita tiene una licenciatura.

Decker ya tenía de sobra, pero empezaba a disfrutar con aquello.

—De hecho, es más que una tonta de mierda. Es una completa subnormal.

Vale. Se acabó la diversión.

Decker cogió la hoja sin firmar y la metió en el sobre con las fotos antes de metérselo en el bolsillo del abrigo.

—¿Qué demonios hace?

Por respuesta, Decker sacó una grabadora digital diminuta y pulsó el play.

—Estoy seguro de que va a encantarle la descripción que ha hecho de ella —le dijo—. Por cierto, ¿qué tipo de hamburguesa? ¿De ternera, orgánica o de completa subnormal?

El tipo se había quedado de piedra.

Decker recogió la grabadora y le acercó el billete de avión de ida.

—Dejaremos que se quede esto. Asegúrese de que su culo va en ese avión. La próxima vez le mandarán a alguien más alto que yo y le partirá algo más que los dedos. Lo hará papilla.

—¿Me está diciendo que no me llevo ni un céntimo? —le preguntó lastimosamente.

Decker se levantó.

—Como ya le he dicho, es usted un verdadero genio.

MemoriaTotal.html

4

Decker estaba sentado en la cama de su habitación del tamaño de una celda carcelaria. Para tratar con los clientes usaba la mesa del comedor del Residence Inn. La cuota mensual que pagaba incluía un bufé de desayuno. Estaban perdiendo dinero con él, indudablemente, debido a aquel trato. Se llevaba platos llenos de comida del bufé a su mesa. Podría haber usado una retroexcavadora en lugar de un tenedor.

Había recibido el cheque del enviado del señor Marks. Un colega de la Policía se lo había recomendado al ricachón para que se ocupara de aquel delicado asunto concerniente a su insulsa hija, que siempre se enamoraba del hombre inadecuado. No se había reunido con el viejo, solo con sus representantes. Así estaba bien; dudaba que Marks quisiera que le ensuciara su sofisticado mobiliario. Se habían encontrado en el comedor a la hora del desayuno. Dos jóvenes capullos con traje de mil dólares que no habían querido siquiera probar el café. Seguramente les iba más un expres­o doble sacado de una de estas maquinitas relucientes manejadas por un camarero. Por la cara que ponían, dedujo que sabían perfectamente lo bien que les iba y lo mal que le iba a él. Se había puesto su mejor camisa para la reunión, es decir, la otra.

Papá Marks había autorizado subir hasta los cien mil para verse libre del albatros que rondaba el cuello de su nena. Después de tomarle la medida al timador, Decker les había dicho a los representantes que podía solucionarlo por mucho menos. Y eso había hecho. Lo había resuelto por el precio de un billete de avión solo de ida. Aunque Papá Millonetis podría haberle dado una bonificación de al menos un porcentaje del ahorro de seis cifras, se había ceñido a lo acordado y solo había cobrado su tarifa por hora, aunque considerablemente hinchada, por lo que había cobrado la que para él era una bonita suma. Sin embargo, cobrar un porcentaje habría estado bien. Seguramente así era como los ricos seguían siendo ricos; pero había valido la pena ver a un estafador estafado. Supuso que Jenny Marks estaría en el mismo barco al cabo de unos meses y volverían a llamarlo. A lo mejor debería pedirle a Papá Millonetis un anticipo.

Salió de su habitación para ir al comedor, contiguo al vestíbulo del hotel. Era temprano y allí no había nadie más que June, de ochenta años, que disfrutaba de sus años dorados llenando a paletadas una fuente de patatas fritas grasientas del bufé.

Llenó el plato y se sentó a la mesa de siempre a comer. Se estaba llevando a la boca el primer bocado cuando la vio entrar.

Ahora tendría unos cuarenta y dos, la misma edad que él. Parecía más vieja.

Su trabajo desgastaba. Lo había desgastado a él.

Bajó la vista y el tenedor y echó sal al plato cuatro veces, también a las tortitas. Tenía la esperanza de que un hombre de su considerable tamaño pudiera hacerse invisible detrás de un muro de proteínas y carbohidratos.

—Hola, Amos.

Por lo visto no.

Se tragó un bocado de huevo, gachas, beicon, patatas fritas y kétchup. Masticaba con la boca abierta, con la esperanza de que la visión la animara a darle la espalda y volver por donde había venido.

No tuvo tanta suerte.

Se sentó delante de él. La mesa era pequeña y ella también, pero él no; él era enorme y la ocupaba prácticamente toda.

—¿Cómo te va? —le preguntó.

Decker engulló otro bocado y apretó los labios.

No alzó la vista. ¿Para qué? No quería oír nada de lo que pudiera decirle.

—Puedo esperar, si es lo que quieres. Tengo todo el tiempo del mundo.

Por fin la miró. Estaba esquelética porque en lugar de comer y beber fumaba y mascaba chicle. Seguramente tenía más comida en el plato que lo que ella comía en un mes entero.

Tenía el pelo rubio muy claro y la piel arrugada y manchada; la nariz torcida, según algunos a consecuencia de un encontronazo con un borracho cuando era policía de proximidad, y la barbilla pequeña y puntiaguda, anulada por la boca descomunal en la que unos dientes manchados de nicotina acechaban como murciélagos colgados en una cueva.

No era guapa. No era su aspecto lo que la hacía memorable. Destacaba por el hecho de que había sido la primera mujer detective del Departamento de Policía de Burlington. Por lo que él sabía, seguía siendo la única. Además, había sido su compañera. Habían conseguido más arrestos con resultado de prisión que nadie en la historia del departamento. Algunos del cuerpo opinaban que era fantástico, otros que estaban muy pagados de sí mismos. Starsky y Hutch, los llamaba un competidor. Decker no había llegado a enterarse de quién se suponía que era él, si el rubio o el moreno.

—Hola, Mary Suzanne Lancaster —la saludó, sin poder evitarlo.

Ella sonrió, se inclinó hacia él y le palmeó el hombro.

Decker hizo una leve mueca y se apartó un poco, algo de lo que no pareció darse cuenta.

—Ni siquiera sabía que supieras mi segundo nombre.

Agotada su limitada cuota de charla, él miró la comida, Lancaster lo miró y cuando terminó la inspección reconoció para sí que todos los informes acerca de que Decker había tocado fondo eran ciertos.

—No te preguntaré cómo te ha ido, Amos. Ya veo que no demasiado bien.

—Al menos vivo aquí y no en una caja —repuso sin rodeos.

—Lo siento, no pretendía decir eso —dijo ella, desconcer­tada.

—¿Necesitas algo? Tengo un horario que cumplir.

Lancaster asintió.

—Claro. Bueno, he venido a hablar contigo.

—¿Con quién has hablado?

—¿Te refieres a cómo he sabido que estabas aquí?

Por el modo en que la miró, esa era evidentemente su pre­gunta.

—Por un amigo de un amigo.

—No pensaba que tuvieras tantos amigos. —No lo decía en broma, desde luego, y no sonreía.

Ella forzó una sonrisa para intentar romper el hielo, pero recuperó la seriedad porque seguramente se dio cuenta de que era una estupidez.

—Bueno, yo también soy detective y puedo enterarme de cosas. Además Burlington no es tan grande. Esto no es Nueva York, ni Los Ángeles.

Decker chasqueó los labios y se zampó otro bocado. Empezó a divagar mentalmente con números de colores y cosas que podría contar.

Ella pareció notar su ensimismamiento.

—Siento todo lo que te ha pasado. Tu pérdida ha sido enorme, Amos. No te merecías esto. Nadie se merece algo así.

Cuando la miró no había signo alguno de emoción en sus ojos. Con simpatía no conseguiría que le prestara atención. Nunca había buscado la simpatía, sobre todo porque no entendía aquella sensación en particular, al menos ya no. Podía ser cariñoso, lo había sido con su familia, pero la simpatía y su prima hermana, la todavía más irritante empatía, ya no formaban parte de su vida.

—También he venido a decirte una cosa —añadió rápidament­e Mary, tal vez porque se dio cuenta de que volvía a perderlo.

Decker le dio un repaso de los pies a la cabeza.

—Has adelgazado —le dijo, sin poder evitarlo—. Has perdido unos dos kilos y medio que no podías permitirte perder. Además padeces un déficit de vitamina D.

—¿Cómo lo sabes?

—Caminabas con rigidez cuando te has acercado. El dolor de huesos es un síntoma clásico. Fuera hace frío, pero te suda la frente. —Se la señaló—. Otro síntoma clásico. Aparte de eso, has cruzado y descruzado las piernas cinco veces en el escaso tiempo que llevas sentada. Problemas de vejiga, otro síntoma.

Lancaster frunció el ceño; era una evaluación muy personal.

—Qué pasa, ¿has empezado a estudiar medicina o algo así? —le preguntó, enojada.

—Hace cuatro años leí un artículo en la sala de espera del dentista.

Ella se tocó la frente.

—Supongo que no tomo lo bastante el sol.

—Y fumas como un carretero, que no ayuda mucho. Toma un suplemento. La falta de vitamina D tiene malas consecuencias, y deja de fumar. Prueba los parches. —Le miró las manos y vio lo que ya había visto al sentarse ella—. La izquierda te tiembla.

Se la sujetó con la derecha, frotándosela inconscientemente.

—Creo que es por los nervios.

—Pero disparas con la izquierda. Tendrías que ir a que te echen un vistazo.

Ella se miró el pequeño bulto del lado derecho de la chaqueta y el cinturón, donde llevaba la pistola en su funda. Sonrió.

—¿Tienes más rollo de ese a lo Sherlock Holmes que soltarme? ¿Quieres mirarme las rodillas o echar un vistazo a las yemas de mis dedos? ¿Vas a decirme lo que he tomado para desayunar?

Decker tomó un buen sorbo de café.

—Solo que te echen un vistazo. Podría ser algo más que un simple temblor. Lo malo empieza en las manos y los ojos. Es un elemento de aviso, como un canario en una mina de carbón. Además, el mes que viene tienes la renovación del permiso de armas. Dudo que pases la prueba con esa mano.

Mary se puso seria.

—No lo había pensado. Lo haré. Gracias, Amos.

Él miró la comida. Inspiró profundamente. Ya estaba, bastaba esperar a que se marchara. Cerró los ojos. Se habría dormido allí mismo.

Ella jugaba distraída con un botón de la chaqueta, echándole un vistazo de vez en cuando, preparándose para lo que realmente había ido a hacer, a decirle.

—Hemos hecho un arresto, Amos. Un arresto relacionado con tu caso.

Amos Decker abrió los ojos y no volvió a cerrarlos.

MemoriaTotal.html

5

Decker puso las manos sobre la mesa.

Lancaster se fijó en que cerraba los puños y se frotaba el índice con el pulgar con tanta fuerza que le dejaba marca.

—¿Cómo se llama? —preguntó, mirando el montón de huevos revueltos que quedaba en el plato.

—Sebastian Leopold. No es muy común, pero eso dice.

Decker volvió a cerrar los ojos y puso en marcha lo que daba en llamar su videocámara digital. Era una de las cosas buenas que tenía ser como era. Las imágenes pasaron tan rápido que era difícil distinguirlas, aunque él era capaz de verlas con todo detalle. Acabó su ejercicio mental sin haber dado con nada.

Abrió los ojos, cabeceando.

—Nunca había oído hablar de él. ¿Y tú?

—No, y, por otra parte, no es más que el nombre que nos ha dado. Podría no ser su verdadero nombre.

—Entonces, ¿no llevaba documento de identidad?

—No, ninguno. Tenía los bolsillos vacíos. Creo que es un indigente.

—¿Habéis comprobado sus huellas?

—Lo están haciendo. Todavía ninguna coincidencia.

—¿Cómo habéis dado con él?

—Ha sido fácil. Se ha presentado en la comisaría a las dos de la madrugada y se ha entregado. Ha sido nuestro arresto más fácil. Acabo de interrogarlo.

Decker la atravesó con la mirada.

—¿Después de dieciséis meses el tipo se entrega y confiesa un triple homicidio?

—Ya. Desde luego no es algo que pase todos los días.

—¿Por qué razón?

Lancaster parecía incómoda.

—He venido para ponerte al corriente, por cortesía, Amos. Es una investigación policial abierta. Ya conoces la rutina.

Decker se inclinó hacia ella, cubriendo casi por completo la mesa.

—¿Por qué razón? —insistió, al mismo volumen que si estuvieran mirándose desde la distancia a la que estaban antes sus escritorios de la comisaría.

Ella suspiró, se sacó un chicle del bolsillo, lo dobló por la mitad, se lo metió en la boca y lo mascó tres veces antes de responderle.

—Según Leopold, en una ocasión lo humillaste. Lo cabreast­e.

—¿Cuándo y dónde?

—En el 7-Eleven, cosa de un mes antes... bueno, antes de que hiciera lo que hizo. El tío por lo visto te guardaba rencor. Entre tú y yo, me parece que está un poco ido.

—¿En qué 7-Eleven?

—¿Qué?

—¿En qué 7-Eleven?

—Ah, el que hay cerca de tu casa, creo.

—¿El de DeSalle con la Cuarenta?

—Ha dicho que te siguió hasta tu casa. Así se enteró de dónde vivías.

—¿Es un indigente y tiene coche? Porque yo nunca fui a ese 7-Eleven a pie.

—Ahora es un indigente. No sé lo que era en esa época. Simplemente se ha presentado en la comisaría, Amos. Hay un montón de cosas que todavía no sabemos.

—La foto policial... —No era una pregunta. Si lo habían arrestado, le habían tomado las huellas y lo habían fotografiado.

Lancaster cogió el móvil y volvió hacia él la pantalla con la cara de un individuo, bronceado y mugriento, desgreñado y con la barba descuidada. Bueno, en ese aspecto Leopold se parecía a Decker.

Este último cerró los ojos y puso nuevamente en funcionamiento su videocámara digital. Cuando terminó de pasar su grabación, tampoco había encontrado esta vez ninguna coincidencia.

—No lo había visto nunca.

—Bueno, es posible que ahora tenga un aspecto diferente.

Él negó con la cabeza.

—¿Edad?

—Es difícil saberlo y no nos la ha dicho. Puede que poco más de cuarenta, tal vez.

—¿Estatura?

—Más de un metro ochenta y cinco.

—¿Flaco o fofo?

—Flaco. Bastante nervudo, diría yo.

—Mi cuñado era tan alto como yo, albañil, capaz de levantar una furgoneta. ¿Cómo pudo Leopold imponerse a él en una lucha cuerpo a cuerpo?

—Eso forma parte de la investigación, Amos. No puedo decirlo.

Volvió a mirarla a los ojos, pero esta vez dejó que el silencio hablara por él.

La detective suspiró y mascó con rabia el chicle.

—Nos ha dicho que tu cuñado estaba sentado a la mesa de la cocina, borracho —dijo por fin—. Que no lo vio acercarse. Ha dicho que lo confundió contigo, de hecho. Al menos por la espald­a.

—¿Creyó que me mataba cuando le rajó el cuello? No me parezco ni lo más mínimo a mi cuñado.

—Por la espalda, Amos. Te lo estoy diciendo: ese Leopold es un chiflado. Le falta un tornillo.

Decker cerró los ojos.

—¿Y luego ese chiflado al que le falta un tornillo subió al piso de arriba y le disparó a mi mujer y estranguló a mi hija? —Abrió los ojos cuando Lancaster se levantó—. Tengo más preguntas.

—Bueno, yo no tengo más respuestas. Puedo perder la placa por haber venido a decirte lo que acabo de decirte. Lo sabes perfectamente, Amos.

Él también se levantó. Era mucho más alto que ella, una masa humana de la que los críos salían huyendo nada más verlo.

—Tengo que ir a verlo.

—Imposible. —Lancaster ya se iba cuando vio el bulto en su cinturón.

—¿Vas armado? —le preguntó, incrédula.

Él no siguió su mirada.

—Devolví la pistola cuando dejé el cuerpo.

—No te he preguntado eso. Cualquiera puede comprar un arma. Te lo pregunto otra vez. ¿Vas armado?

—Si así fuera, no hay ninguna ley que lo prohiba.

—Que prohiba ir armado abiertamente —puntualizó ella—, pero sí que hay una ley que prohibe llevar un arma oculta si no eres agente de policía.

—No la llevo oculta. Tú la has visto, ¿no? Desde donde estás, sin haber tenido que acercarte.

—No es lo mismo, Amos, y lo sabes.

Decker le ofreció ambas muñecas.

—Pues espósame. Arréstame y méteme en la misma celda que a Sebastian Leopold. Quédate la pistola. No me hará falta.

Ella retrocedió un poco más.

—No te metas en esto. Déjanos hacer nuestro trabajo. Tenemos al tipo. Vamos a jugar limpio. En este estado hay pena de muerte. Pueden clavarle una aguja por lo que hizo.

—Sí, dentro de diez años, tal vez. Durante una década tendrá un techo, cama y tres comidas al día. Y si está loco y su abogado lleva bien el papeleo, pasará el resto de su vida en la sala de un psiquiátrico, leyendo, haciendo rompecabezas, yendo a terapia y con las medicinas gratis para no padecer. Dada su actual situación, no está nada mal. Y aceptaría el trato ahora mismo, de hecho.

—Ha confesado tres asesinatos, Amos.

—Déjame verlo.

Lancaster ya le había dado las espalda y caminaba deprisa, seguramente hacia el coche.

Se volvió de golpe y bufó.

—¡De nada, por cierto, capullo!

Se la quedó mirando hasta que salió del vestíbulo.

Volvió a sentarse a su mesa. La consideraba suya porque todos necesitamos un lugar que considerar nuestro. Ese era el suyo.

Esa mañana se había despertado sin ningún propósito en la vida aparte de sobrevivir hasta el día siguiente.

Eso había cambiado por completo.

MemoriaTotal.html

6

Decker regresó a la habitación y se dispuso a usar el teléfono. No le gustaba tener que pagar un teléfono con acceso a Internet, pero era como tener una biblioteca al completo y un ejército de ayudantes de investigación por cuatro céntimos. Repasó las noticias. Seguro que no habían anunciado el arresto de Leopold, porque no encontró nada sobre él. Cuando realizó una búsqueda de su nombre, obtuvo unos cuantos resultados, pero de otros que se llamaban igual.

El tipo se había entregado y había confesado tres homicidios. Aunque alegara locura, se enfrentaba a pasar el resto de la vida en la cárcel. ¿Había sido realmente él? ¿Lo había hecho? La Policía no tardaría en averiguarlo. Decker sabía que se habían guardado muchos detalles sobre los crímenes que la gente desconocía. Interrogarían a Leopold, si ese era su verdadero nombre, y determinarían rápidamente si era quien buscaban o si mentía por alguna razón.

Si era el autor, ¿qué iba a hacer él? ¿Trataría de burlar el sistema judicial y lo mataría para acabar en prisión? Si no lo era, sin embargo... bueno, eso plantearía también algunas posibilidades.

De momento no podía hacer nada. Nada constructivo, al menos. Leopold sería procesado y acusado formalmente, o lo soltarían, dependiendo del resultado del interrogatorio. Si seguía entre rejas se celebraría un juicio, o puede que no, si el tipo alegaba, como muchos acusados, que era pobre y no tenía dinero para pagarse un abogado defensor decente, o que era culpable, o ambas cosas. Los ricos siempre peleaban, sobre todo si la prisión formaba parte de la ecuación. Tenían mucho que perder.

Pero la fiscalía tal vez quisiera una declaración de culpabilidad para aumentar su prestigio profesional. En tal caso, Decker estaría en la sala todos los días. No se perdería ni un minuto del juicio. Quería ver a aquel individuo, olerlo, estudiarlo.

Se acostó. Parecía dormido, pero no lo estaba ni mucho menos. Estaba recordando, pensando en cómo era antes y en qué se había convertido. Pensaba en eso a menudo, aunque no quisiera. A veces, casi siempre, no lo decidía él sino su cerebro, que, lo que resultaba bastante irónico, por lo visto pensaba por su cuenta.

Soy Amos Decker. Tengo cuarenta y dos años y parezco diez años más viejo (los días buenos, y no he tenido ninguno desde hace cuatrocientos setenta y cinco días), y me siento un siglo más viejo incluso. Fui policía y luego detective, pero ya no me pagan por ser ninguna de las dos cosas. Sufro hipertimesia, es decir, nunca olvido nada. No me refiero a usar técnicas de memoria con las que uno aprende a recordar mejor las cosas, como el orden de las cartas de una baraja, usando trucos asociativos. No, lo mío es que tengo un cerebro con acceso a lo que tenemos todos pero nunca usamos. No hay muchos hipertimésicos en el mundo, pueden contarse con los dedos de una mano, pero soy oficialmente uno de ellos.

Por lo visto, mis canales sensoriales también se han mezclado, de manera que cuento en colores y veo el tiempo en imágenes. Nos llaman sinéstetas. Cuento en colores y veo el tiempo y, algunas veces, asocio colores con personas u objetos.

Muchos sinéstetas son asimismo autistas o tienen síndrome de Asperger. Yo no, aunque ya no me gusta que me toquen. Tampoco acabo de entender las bromas, pero eso puede que sea porque no tengo intención de volver a reírme nunca más.

Antes era normal, al menos tan normal como son los seres humanos.

Ya no.

Sonó el teléfono. Miró la pantalla. No reconoció el nombre, pero eso no quería decir nada. Era investigador privado y había dado el teléfono en un montón de sitios. En aquel momento no quería centrarse en el trabajo pero, por otra parte, tampoco podía ignorar a los clientes que le pagaban. Si lo echaban de aquel antro por impago, se vería otra vez en una caja y se acercaba el invierno. A pesar de tener una buena capa adiposa para mantener el calor, siempre tendría un lecho firme de cartón en el que acostarse.

Respondió a la llamada.

—Decker.

—Señor Decker, soy Alexandra Jamison, del News Leader. ¿Puedo hacerle unas preguntas sobre los últimos acontecimientos relacionados con el caso en el que se vio envuelta su familia?

—¿De dónde ha sacado este número?

—Del amigo de un amigo.

—Es la segunda vez que oigo eso mismo hoy y no me gusta nada.

—Señor Decker, han pasado dieciséis meses. Algo habrá sentido al enterarse de que la Policía por fin ha efectuado un arresto.

—¿Cómo sabe eso?

—Sigo los pasos de la Policía. Tengo contactos, contactos de gira que me han dicho que tienen a un sospechoso bajo custodia. ¿Sabe algo más? Si lo sabe...

—Decker pulsó para cortar la llamada y la voz de la mujer cesó. El teléfono volvió a sonar de inmediato y lo apagó.

No le gustaba la prensa cuando era detective, aunque le era útil hasta cierto punto. Sin embargo, en su labor como investigador privado no le servía de nada. Así que no le sacarían ninguna noticia ni los ayudaría en nada referente al caso en el que «se había visto envuelta» su familia.

Salió del hotel, pilló un autobús en la esquina y luego otro que lo llevó hasta el centro. Había unos cuantos rascacielos entre un montón de edificios de baja y mediana altura, algunos en buen estado y otros no. El trazado de las calles era bueno, un apretado entramado de ángulos de noventa grados y vías rectas. No solía pasar mucho tiempo en el centro. Los delitos, los graves por lo menos, se producían en el norte o en los suburbios, pero la comisaría en la que había trabajado y donde estaban los calabozos estaba en pleno centro.

Se quedó en la calle, mirando desde la acera de enfrente el edificio en el que había entrado a diario durante tanto tiempo: la Comisaría Número 2. De hecho era la Comisaría Número 1, porque la antigua número 1 se había incendiado, pero nadie se había tomado la molestia de volver a numerarlas. Seguramente no entraba en el presupuesto.

Levaba el nombre de Walter James O’Malley, un jefe de comisaría de hacía unos cuarenta años. Se lo habían cargado en la puerta de un bar cuando llevaba a su querida del brazo, aunque eso no los había detenido a la hora de ponerle su nombre a un edificio, lo que probaba sin ningún género de duda que el adulterio no perjudica el legado de uno, aunque te cueste la vida.

Su antiguo lugar de trabajo estaba en el tercer piso. Vio la ventana a la que solía asomarse cuando no estaba mirando a Lancaster, que se sentaba justo enfrente de él en el atestado despacho. Nunca había estado tan cerca del presunto asesino de su familia. Aunque tal vez sí, cuando por lo visto había humillado al tipo en el 7-Eleven. Dio la espalda al edificio cuando vio a dos agentes de paisano y a otro de uniforme a los que conocía. Había cambiado mucho desde que había dejado el cuerpo, pero dudaba que se les escapara su presencia. Se metió en un callejón y se apoyó en un muro. Su ansiedad iba en aumento. El dolor de cabeza iba y venía. Se le cansaba el cerebro porque nunca paraba, ni siquiera mientras dormía. Era como si su subconsciente fuese en realidad su mente consciente. Para ser un hombre que jamás olvidaba nada le costaba mucho recordar cómo había sido y cómo había llegado a ser lo que era.

Cerró los ojos.

El «don» me fue concedido a los veintidós años. Era un jugador de fútbol universitario que iba para un equipo de la Liga Nacional de Fútbol por sus propios méritos nada más, con un golpe de hombro tremendo. Salí al campo para jugar el primer partido de la temporada después de desempatar durante la pretemporada y sobrevivir a la última criba. Estoy en el primer equipo. Mi trabajo es sencillo: sacrificar mi cuerpo para crear el caos y abrir huecos en el equipo contrario de modo que los compañeros puedan marcar. Corro por el campo y estoy a punto de crear el caos. Corro tanto que me moquea la nariz y babeo. Me pagan más de lo que he cobrado jamás. Deseo merecerlo. Estoy a punto de derribar a un jugador.

Y eso es todo lo que recuerdo. Dwayne LeCroix, un principiante salido de la Universidad Estatal de Louisiana, era quince centímetros más bajo y veinticinco kilos más flaco que yo, era por lo visto una fuerza que había que tener en cuenta, porque me tumbó en ese campo con un golpe que ni siquiera vi venir. El tipo me dejó KO, como dicen en la Liga Nacional. Al cabo de cuatro años estaba fuera de la liga con las dos rodillas sin cartílago, el hombro izquierdo destrozado, hueso contra hueso, y sin un céntimo en la cuenta corriente. Residía en una prisión de máxima seguridad de Shreveport para crímenes cometidos contra el prójimo y seguramente allí moriría algún día, ya fuese más pronto o más tarde. Aquel día, sin embargo, se alejó caminando, golpeándose el pecho y tan tranquilo, como una gallina por el heno, mientras yo permanecía tendido inconsciente en el campo. Después de aquel encontronazo nada volvió a ser lo mismo para mí.

Ni una sola puñetera cosa.

MemoriaTotal.html

7

Decker abrió los ojos cuando oyó la conmoción al otro lado de la calle. Estaban forzando puertas; las ruedas de los coches rechinaban en el pavimento. Se oían sirenas. Había voces y ruido de metal contra metal, de botas pesadas en el cemento.

Salió del callejón y miró hacia la acera de enfrente mientras los coches patrulla, con las sirenas aullando, salían del garaje del sótano de la comisaría. Habían aparecido más oficiales y más agentes de paisano por la puerta principal de la comisaría y se dirigían a toda prisa hacia los coches sin distintivos y los coches de policía aparcados en la calle.

Siguió mirando mientras un voluminoso vehículo de los SWAT bajaba por el lateral de la comisaría y doblaba. El conductor apretó el acelerador y el rinoceronte metálico se alejó por la calle.

Decker se acercó un poco más a la calle para sumarse a los ciudadanos que habían salido por los resquicios de su vida para observar aquel perturbador espectáculo. Los escuchó para enterars­e de si sabían lo que estaba pasando, pero todos parecían asombrados por lo que veían.

Se apresuró a cruzar la calle cuando vio a un hombre salir de la comisaría.

—¿Pete? —lo llamó.

El hombre vestía un traje con las mangas manchadas. De sesenta y pocos, muy cerca de la jubilación, iba un poco encorvado y llevaba el pelo gris peinado hacia atrás. Decker vio que Pete Rourke había sacado su arma reglamentaria y comprobaba el cargador.

—¡Amos! ¿Qué te trae por aquí?

—Pasaba por el barrio. ¿Qué sucede?

Pete se puso pálido. Parecía a punto de desplomarse en la acer­a.

—Hay un psicópata en el Instituto Mansfield. Ha entrado armado como para el combate y se ha puesto a disparar. Hay un montón de muertos, Decker, en su mayoría chicos. Tengo que irme. —Se le escapó un breve sollozo—. Mierda, mi nieto va a ese instituto. Está en primero, no sé si...

Le dio la espalda y se acercó a trompicones a su coche, un Malibú de color claro, subió a él y se marchó quemando neumáticos.

Lo miró alejarse. ¿Un ejército de policías yendo a un instituto tiroteado? Al instituto Mansfield, el mismo al que él había asistido hacía como un millar de años.

Miró a su alrededor mientras el ruido de las sirenas se atenuaba. En la acera de enfrente la gente se dispersaba para volver a su dorada existencia. Muchos miraban el teléfono para comprobar si tenían alguna noticia. Decker hizo otro tanto, pero no tenía nada. Todo aquello acababa de suceder, sin embargo, los noticiarios podían retener la noticia hasta tener la siguiente filmación. Luego lo publicarían apresuradamente.

Hasta la siguiente noticia.

Decker miraba fijamente la puerta de la comisaría. Se preguntaba cuánto personal quedaría en el edificio. Seguramente habían permanecido allí unos cuantos agentes. Tenían a un prisionero importante en el calabozo. Tocó la pistola que abultaba en su cinturón. Iba a ser un inconveniente. Justo al otro lado de la puerta principal había un detector de metales. Miró a su alrededor y vio un contenedor próximo al edificio. Se acercó y alzó la tapa. Estaba lleno en una cuarta parte. No recogían la basura hasta el fin de semana, recordó. Había un trapo encima del montón de desperdicios. Sacó la pistola, la envolvió en él y la dejó en el contenedor.

Se miró la ropa. Otro inconveniente. Echó un vistazo y vio el escaparate. Había comprado unas cuantas cosas en aquella tienda. Hacía una eternidad de eso.

La tienda de tallas grandes de Grady.

Bueno, yo soy grueso y alto, ahora más grueso que alto.

Sacó la tarjeta de crédito. Tenía un límite bastante bajo, pero seguramente le bastaría.

Se dirigió hacia la tienda y la campanilla de la puerta tintineó cuando entró. Un hombre bien vestido y rechoncho se le acercó y luego, con la misma rapidez, retrocedió un paso.

—¿En qué puedo ayudarlo? —le preguntó desde una distancia prudente. Seguramente lo había tomado por un indigente que quería robarle.

Decker sacó la cartera y le enseñó la placa de detective privado. Lo hizo tan deprisa que pareció otra cosa. Echó un vistazo a la calle, en dirección a la comisaría, para reforzar su subterfugio. No sabía mentir con naturalidad y, desde el golpe en el campo de fútbol americano su capacidad para hacerlo se había visto drásticamente reducida, de manera que le costaba todavía más no decir siempre la verdad literal. Tendía instintivamente a la precisión y era reacio a aceptar su ausencia. En su época de policía solía moverse en el mundo del hampa y había tenido que falsear las cosas. Siendo detective y ahora investigador privado tenía que ser capaz de soltar trolas o le habría resultado imposible realizar su trabajo. Al final había encontrado un método que le funcionaba.

Voy a mentir de un modo impecable.

—Llevo trabajando demasiado tiempo en un caso —le dijo al vendedor—. Voy hecho un desastre. Para cazar ratas tienes que parecer una de ellas. Quiero volver a la civilización. ¿Me entiende?

El otro, que había seguido la mirada de Decker hasta la comisaría, asintió. Se relajó e incluso sonrió.

—No es usted el primero —le dijo para animarlo—. Tenemos un montón de clientes del Departamento de Policía de Bur­lington.

—Ya he comprado aquí otras veces —comentó Decker.

—Claro, me acuerdo de usted —mintió el hombre.

Decker compró rápido. Chaqueta talla cincuenta y cuatro extralarga; pantalones talla cuarenta y ocho, que aun así le quedaban ajustados (la tripa le rebosaba por encima de la cinturilla como les sucede a muchos obesos). Optó por prescindir del cinturón. Aquellos pantalones no se le caerían, eso seguro.

Por suerte tenía las piernas largas y consiguió un par con el dobladillo ya hecho que le sentaban bien. Una camisa enorme. La corbata, barata pero útil. Escogió unos zapatos de polipiel del número cuarenta y nueve. Le apretaban pero le daba igual.

—¿Tendría un cepillo y una máquina de afeitar eléctrica? —preguntó, mirándose en el espejo.

—En nuestra sección de artículos de aseo personal. Está ahí.

—¿Un maletín?

—En accesorios. Allí.

Lo pagó todo con cargo a la tarjeta de crédito. Cuando Decker se lo pidió, el dependiente incluyó un bloc de notas de los que usan los abogados y unos cuantos bolígrafos que tenía detrás del mostrador, en una caja de suministros de oficina.

—Siguen recortándonos el presupuesto —explicó Decker—. ¿Cómo vamos a proteger a la gente si no podemos permitirnos siquiera unos bolígrafos?

—Es una vergüenza —dijo el dependiente—. El mundo se está yendo al infierno. ¿Le interesa un alfiler de corbata o un pañuelo?

Decker se lo llevó todo al baño, se enjuagó en el lavabo, se puso el desodorante que había comprado, se rasuró casi toda la barba, dejándose únicamente una capa de vello en la barbilla, la mandíbula y el labio superior, se recortó el cabello y se lo peinó, se puso la ropa y los zapatos nuevos y metió los viejos en la bolsa de la tienda.

Salió con la bolsa y se dirigió hacia la comisaría.

La corbata se le clavaba y, a pesar del desodorante, se notaba ya los sobacos un poco transpirados, y eso que el aire era frío. Ya no tenía el aspecto de antes, sin embargo. Ni siquiera cuando era policía había parecido tan respetable.

Puso la bolsa de ropa con la pistola en el contenedor y subió las escaleras de la comisaría. Sabía que aquello era una estupidez, una locura. No hacía tanto que había dejado el cuerpo. Podían reconocerlo en cualquier momento, como le había pasado con Pete Rourke, pero no le importaba. No le importaba lo más mínimo. Era su ocasión, tal vez la única, y la aprovechaba.

Pasó el detector de metales. Había un agente joven en el vestíbulo de entrada. Decker no lo conocía y el chico no conocía a Decker.

Mejor que bien.

Se acercó al mostrador de información. Lo atendía una mujer de edad que no iba de uniforme. Seguramente era una civil.

Tener a un oficial de uniforme sentado en el mostrador de entrada no era un modo inteligente de usar los recursos.

Se le ocurrió lo que iba a decir y la miró desde su altura.

Ella echó atrás la cabeza y puso unos ojos como platos, quizá simplemente para verlo entero.

—¿Puedo ayudarlo? —le preguntó.

—¿Tienen un prisionero en el calabozo, un tal Sebastian Leopold?

La mujer parpadeó, confundida.

—No estoy segura de lo que...

—Quiero hablar con él.

—¿Y quién es us...?

—Necesita un abogado. Creo que no ha sido designado ninguno todavía para representarlo.

—No estoy segura...

—La Sexta Enmienda, derecho a un abogado. No se le puede negar. Me bastan unos minutos con él.

—Tengo que llamar por teléfono...

—Si tiene que hacerlo, hágalo, pero sé que en estos momentos las cosas están siendo bastante complicadas por aquí. Así que si no consigue que le respondan, con unos minutos con él tengo bastante. —Alzó el maletín para que lo viera y lo palmeó—. Falta poco para la lectura de cargos. Tiene que estar preparado para declarar. Tengo algunas ideas.

—Si es tan amable de sentarse.

Decker miró a su alrededor. El policía del detector de metales lo estaba mirando. Eso no era nada bueno.

Dándose cuenta de que podía haberse gastado un montón de dinero que no tenía en su atuendo para tener pinta de abogado, Decker se sentó en una silla atornillada a la pared y esperó.

La mujer cogió el teléfono y despacio, muy despacio, pulsó los números.

Números. Siempre números.

Le producían un efecto hipnótico, lo enviaban a lugares a los que no siempre quería ir.

Cerró los ojos y su mente empezó a zumbar, atrás... hacia el día, no, hacia el momento exacto en que su vida había cambiado para siempre.