El_extrano_verano_de_Tom_Harvey-1.htm

Créditos

1.ª edición: mayo, 2017

© Mikel Santiago, 2017

© Ediciones B, S. A., 2017

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.co m

Esta edición c/o SalmaiaLit, Agencia Literaria

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-717-7

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Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

EPISODIO I. LA LLEGADA

EPISODIO II. TEORÍAS NEGRAS

EPISODIO III. EL INVESTIGADOR PACIENTE

EPISODIO IV. SOLO. HOME DELIVERY

EPISODIO V. EL EXTRAÑO CASO DE UN HOMBRE CELOSO

EPISODIO VI. GOING DOWN

EPISODIO VII. ROMA

EPISODIO VIII. GRAN FINALE APPASSIONATA

Agradecimientos

Dedicatoria

A mi madre, que me enseñó a contar historias

EPISODIO I. LA LLEGADA

EPISODIO I

LA LLEGADA

1

Yo estaba en Roma cuando Bob Ardlan me llamó. Para ser exactos: estaba con una mujer en Roma, cuando Bob Ardlan me llamó. Así que cuando vi su nombre en la pantalla del teléfono pensé: «Qué demonios, Ardlan. No me llamas en una eternidad y vienes a estropearme el mejor momento en mucho tiempo.»

Y lo dejé sonar.

Era sábado por la noche y esta signora , que era una gran dama —no desvelemos más detalles—, dijo que me regalaría el Philip Gurrey que había ido a ver con ella a una galería esa tarde. Después salimos a cenar y a un concierto de jazz. Y me olvidé de Bob, joder, lo reconozco, entre otras cosas porque no habíamos terminado demasiado bien en el último encuentro. Y cuando la vida te sonríe, y a mí me sonreía al menos esa tarde, no necesitas a nadie que venga a inflarte las narices.

Vale. Pasaron dos días (lunes) y entonces no fue Bob sino Elena Ardlan la que me llamó. Y la cosa me pilló conduciendo de camino a Siena, pero cogí el teléfono de inmediato. En las décimas de segundo que tardé en contestar intenté imaginarme la razón de su llamada. ¿Iba a invitarme a otra boda? Reconozco que todavía me dolía cuando Elena encontraba un hombre nuevo... Al mismo tiempo recordé la llamada de su padre, días atrás, y me di cuenta de que nunca se la había devuelto.

—¿Hola?

—¿Tom? —dijo ella. Su voz seguía siendo tan fina como un clavicémbalo renacentista, pero sin embargo había algo extraño: un sonido parecido a un sollozo.

—Elena, ¿te encuentras bien?

Ella dijo algo como «no» y rompió a llorar. Joder. Miré por el retrovisor, frené y me eché a un lado.

—¿Qué ocurre?

—Es papá... —dijo Elena entre sollozos—. ¡Ha muerto!

—¿Qué? —dije sin poder contener un grito—. ¿Qué ha pasado?

—Se cayó. Un accidente doméstico. No lo sé, Tom. Se abrió la cabeza en Tremonte.

Elena no acertaba a unir dos palabras. Yo estaba parado frente a un precioso paisaje de la Toscana. Una colina verde esmeralda coronada por una casona, una foto perfecta para una caja de pizza, y mientras tanto aquella noticia de la muerte de Bob Ardlan resonaba como un eco irreal en mi cabeza.

Saqué tabaco mientras le pedía a Elena que siguiera hablando.

—Lo encontró su criada esta mañana. Debió de apoyarse en la balaustrada del balcón o algo. He hablado con el doctor y la policía. No... está muy claro si fue un...

No lo dijo. Suicidio. Y yo pensé inmediatamente en esa llamada perdida de dos días atrás.

—¿Cuándo ocurrió?

—Hace dos días. El sábado por la noche. El forense dice que sobre las diez.

Hice mis cálculos mientras fumaba en silencio. No me hacía falta mirar el teléfono para saber que Bob me llamó sobre esa hora (después lo comprobé: a las nueve y cuarenta y tres exactamente). Empecé a sentir el estómago revuelto.

—¿Estás en Tremonte?

—Sí...

—Voy para allá.

—¿Seguro? Tendrás cosas que hacer..., pero te lo agradecería tanto..., yo...

Ni siquiera le había preguntado si estaba sola. Me daba igual. Tampoco lo pensé demasiado. Todo lo que tenía por delante eran un par de bolos malos en el norte. Elena era mil veces más importante. Y Bob..., joder, Bob.

—Tenías que haberme llamado antes. ¿Dónde te alojas?

—Estoy en Villa Laghia, Tom —dijo—. No se me ha ocurrido otro sitio.

Eso parecía una malísima idea, pero en fin. Le dije que llegaría por la noche. Seguiría sin paradas hasta Nápoles. Ella volvió a darme las gracias, me pidió que condujera con cuidado y dijo algo en italiano a alguna persona que había por allí. Me despedí rápido.

Paré en el primer pueblo que pude para dar la vuelta. Aproveché para repostar, comer algo y hacer un par de llamadas. El promotor del concierto de Agostino se cogió un pequeño cabreo, aunque le prometí que volvería a mitad de precio. Él me farfulló algo de no-sé-cuántos euros en pósteres por toda la ciudad y su hijo con una Vespa. Scusa!

Colgué y me senté en un café, en una piazza preciosa, por cierto, llena de flores. Dos señoras sentadas en sus sillas me miraban risueñas y les devolví una sonrisa. Supongo que se fijaban en el gran estuche de mi saxo tenor, que siempre viaja conmigo. Una de ellas me hizo un gesto con las manos para que tocara algo. Y estoy seguro de que en esa piazza la acústica debía de ser grandiosa, pero no me apetecía ponerme a tocar. A cambio les mandé un beso a través del cálido aire de la primavera. Las señoras siguieron sonriendo, pendientes de mí, y eso me recordó a Bob y una de sus mejores frases: «En Italia se envejece mejor.»

Hablando de envejecer, ¿qué edad tenía Bob? Debía de andar por los sesenta y seis o sesenta y siete, no más. Pero se conservaba como un pez. Había dejado de fumar, salía a andar todos los días por los senderos de Tremonte, comía legumbres. Sesenta y seis, joder, vaya edad para irse a la mierda. Miré mi teléfono otra vez y busqué su llamada en el historial. ¿Qué querría de mí quince minutos antes de palmarla? Traté de imaginar una razón, por mínima que fuera, para llamarme. ¿Había sido mi cumpleaños y no me había enterado? Elena había dicho que se cayó desde su balcón. ¿Quizás estaba diciendo adiós a todo el mundo? Me sentí fatal pensando que había denegado ese último saludo a un amigo; esa última oportunidad de decir...

¿Qué?

Recordé la última vez que estuve con él. Esto es algo que haces siempre que alguien se muere. Piensas en la última vez que le viste y si te portaste bien con él, si le dejaste un buen recuerdo o si, por el contrario, fue una mierda. A mi padre, por ejemplo, la última vez que lo vi íbamos en el coche de camino al aeropuerto. Durante el trayecto nos habíamos enfadado un poco. Él volvió a decirme las cuatro cosas de siempre sobre mi vida, y yo volví a responderle las cuatro cosas de siempre sobre sus cuatro cosas. Pero, al final, en el último instante, al llegar al aeropuerto, sacó el saxo del maletero e hizo un chiste sobre lo que pesaba: «Al menos, podías haber elegido la flauta.» Nos reímos y nos dimos un último abrazo. El último.

Con Bob no fue así. En la segunda boda de Elena, hace tres años, me dedicó algunos comentarios desagradables. Se mofó sobre mi nuevo trabajo como guía de arte en Roma. Y digamos que yo tampoco estaba muy a gusto con todo el momentum —viendo a Elena reconstruir su vida después de mí—, así que tampoco le respondí muy elegantemente.

«Lo siento, Bob —dije para mis adentros—, ese día estaba un poco jodido por lo de Elena. Ya lo sabes. Tú lo sabías todo, viejo cabrito. Joder, me parece mentira que estés muerto. Siempre me caíste bastante bien. Fuiste como un tío para mí.»

Terminé el almuerzo y puse mi tartana a todo gas hasta Roma por la E-35. Coltrane sonaba al llegar a Nápoles y Dexter Gordon, al hacerlo a Salerno. Después tomé la pequeña strada regionale R677, con Duke y Trane entonando Big Nick mientras un sol gigante se hundía en el mar.

Llegué a Tremonte sobre las nueve y media por la carretera de la costa, que nadie había arreglado en veinte años o más. Pero los coches seguían pasando a toda velocidad, rozándose entre ellos como bestias enfurecidas. Un ligero arañazo se disculpaba con un toque de claxon. Algo más grave, como un par de retrovisores rotos, con un insulto. Pero allí nadie paraba a menos que el otro coche se hubiera estampado en tu morro.

El territorio de Tremonte se dividía entre el pueblo de pescadores (y su barrio más popular, Chiasano) y la montaña negra que dominaba la entrada de mar: Monte Perusso, que tenía cien apodos por lo menos: Terrón de Azúcar, el Colmillo de Satán, la Montaña Negra, la Teta de Eva, Beverly Hills, este último en clara referencia a los insignes vecinos que vivían en sus faldas: los ricos colonos que habían ido asentándose en lo más alto durante los últimos diez años.

En la zona del puerto había dos o tres bares nuevos. Restaurantes con terraza y música en directo. No recordaba tanta animación, y menos un martes por la noche. El puerto también parecía más lleno de barcos y se podían ver algunos yates de gran envergadura fondeados en la boca de la bahía. Parecía que el «último paraíso olvidado de Salerno» (como lo había descrito un artículo del New York Times unos años atrás) había sido finalmente invadido por los aliens del mal gusto.

Giré en la Fontana di Marina y subí una empinada cuesta hasta la capilla de San Lazzaro, que seguía como la recordaba. Me crucé con sombras que subían y bajaban por la sinuosa Via Coppola. Parejas que se besaban en recodos. Grupos de turistas con la cara quemada y ropas de color pastel. Las casas humildes, al menos, seguían con su vieja rutina de pueblo marinero. Televisores retransmitiendo partidos de fútbol, puertas abiertas, cocinas que olían a Ragu y a pescado frito, conversaciones a gritos, niños aburridos en la calle y abuelas sentadas al fresco. Finalmente, llegué a las faldas de Monte Perusso, donde comenzaba una moderna carretera que conectaba las villas y mansionettes de los colonos. Muros y setos que protegían bellos y empinados jardines. Coches deportivos aparcados en fila. El jolgorio de una fiesta en torno a una piscina. La dolce vita.

Había un par de ramos de flores junto a la puerta de Villa Laghia. Me apeé, una vez más con mi Selmer a cuestas (desde que me robaron el saxo en Ámsterdam, jamás lo dejo en el coche). Busqué el timbre entre la hiedra y esperé frente a una verja de hierro forjado hasta que se abrió una puerta. Esperaba ver a Elena, pero en su lugar apareció una mujer pequeña y regordeta. Dio las buenas noches en italiano, sin poder esconder un ligero acento alemán, y empezó a decir algo como «gracias por su visita pero estamos muy...».

—Hola, Stelia —la interrumpí—. Soy Tom.

—¿Tom? —dijo ella escudriñándome en la oscuridad. Se acercó a la verja y me miró—. ¿Tom Harvey?

Me costó reconocer a Stelia Moon. Llevaba el pelo recogido en un pañuelo y unas gafas redondas de color púrpura que le daban el aire de una astróloga de televisión. En cuanto me abrió la puerta se fundió en un abrazo que intenté encajar mientras sujetaba con una mano el maletín del saxo.

—Tom Harvey, el hombre más guapo del jazz desde Chet Baker. ¿Cómo estás?

—Pfff. Qué voy a decirte. ¿Tú?

—Triste. Borracha. Hecha polvo.

Sorbió con la nariz. Noté que detrás de sus gafas púrpura había dos largas ojeras. Su aliento gritaba: ¡Campari!

—¿Qué demonios ha pasado?

—Ya hablaremos de eso —dijo cerrando la puerta—. Pasa, primero pasa y saluda a Elena. Y tómate un trago. ¿O ya no bebes?

—Una gota de vez en cuando —dije al tiempo que sonreía para dejar claro que era medio mentira—. Pero beberé agua. Me muero de sed.

Cruzamos la casa hasta la terraza. Elena estaba sentada en una silla de mimbre, abrazada a sus rodillas, con una copa de vino a un lado. Al fondo se veía Salerno. Las luces de Positano tanto en la tierra como en el mar. Capri aparecía como un diamante en el horizonte. Reconozco que el corazón me dio un vuelco al ver a Elena otra vez después de un año. Me acerqué y le acaricié el hombro suavemente. Ella se dio la vuelta y me miró. Tenía el rostro seco. Quizás había llorado, pero hacía un buen rato de eso.

—Tom... —dijo sonriendo—, gracias por venir.

Nos abrazamos. Su cuerpo todavía seguía teniendo ese tamaño tan perfecto que se ajustaba al mío como si estuviéramos hechos del mismo molde. Olía a uno de sus extraños y profundos perfumes. Y su nariz, esa pequeña y perfecta escultura... Me reproché estar teniendo esos pensamientos. No había ido allí a deleitarme con una bella mujer, sino a acompañar a una amiga.

Por difícil que eso resultara.

—Has adelgazado —dijo apartándose—. ¿Te estás dejando barba?

—Me olvidé de afeitarme.

—¿Y de comer también? —preguntó Stelia.

Obvié el hecho de que mis tripas rugían por un bocado. Le pregunté a Elena cómo estaba. Ella dijo: «Bien.» Había tenido tiempo de llorar. De procesarlo todo un poco.

—Se han llevado a..., el cuerpo a Nápoles, para hacerle la autopsia. Debió de ser algo rápido. Apenas se dio cuenta.

—Se desvaneció —apuntó Stelia entonces—. Debió de ser un desmayo.

Asentí con la cabeza, pese a que las preguntas se agolpaban en mis labios: «¿Cómo ha ocurrido? ¿Se cayó? ¿Desde dónde?», pero hay que saber medir lo que se dice y lo que se calla. Como en la música, un silencio puede ser muy bello. Así que me lie un cigarrillo.

—¿Me haces uno? —preguntó Elena.

—¿No habías dejado de fumar?

—¿Y tú?

—Sí, lo he dejado para siempre un par de veces. Te lo cargaré muy poco, ¿vale? No sea que te marees.

Stelia me preguntó si tenía hambre y desapareció dentro de la casa. Me senté junto a Elena. Estaba guapa, a pesar de los ojos hinchados y la cara de sueño. El pelo largo, como a mí me gustaba. Había olvidado aquella idea rara de dejárselo corto. Y había recuperado su color natural

—¿Cómo te enteraste del accidente? —le pregunté—. ¿Quién te llamó?

—Stelia. Fueron a buscarla porque Francesca, la sirvienta, les dijo a los polis que ella era la mejor amiga de papá. Atendió a la policía, organizó el vuelo y vino en coche a buscarme a Nápoles. Después... hemos ido a ver a papá. —Aquí se paró un segundo, a revisar ese recuerdo—. Ha sido horrible. Su rostro...

—¿Qué?

—Estaba blanco, deforme... Se pasó un día flotando entre dos aguas, en las rocas. Ahí abajo.

Apenas podía ver el brillo en los ojos de Elena. De pronto me pareció que tenía una sangre fría impresionante. Al mismo tiempo me impresionó saber que Bob había caído contra las rocas de la costa. Pero ¿desde dónde?

—Supongo que aún me cuesta creerlo —siguió diciendo ella—. Solo hace una semana que hablé con él, por Skype. Lo llamé mientras cocinaba la cena, desde París. Joder..., no me lo puedo creer todavía.

—¿Esa fue la última vez que hablaste con él?

Ella asintió y yo tragué saliva pensando en esa llamada que Bob me hizo. ¿No la llamó a Elena pero me llamó a mí?

—Quería decirme algo —continuó—. Pero yo recibía una visita esa tarde, y estaba tan atareada con mis sartenes... ¿Sabes esas llamadas en las que tienes demasiada prisa? Fue una de esas. Le dije: «Vale, papá, te llamaré pronto, papá.» Y le colgué.

Dijo «le colgué» y se tragó un sollozo, como si ese acto fuera lo que hubiera matado a Bob Ardlan. Justo en ese instante Stelia regresaba con un plato lleno de rodajas de mozzarella, tomate, algunas hojas de albahaca, aceite y sal.

—¿Cómo ocurrió? —le pregunté a Stelia—. ¿Qué os ha dicho la policía?

—Apunta a un accidente desgraciado, un desvanecimiento. Quizá sufrió un ataque al corazón. La cosa es que cayó muy pegado a la pared.

—Pero ¿por dónde?

—Desde su balcón. —Señaló hacia la izquierda, a la fachada de la casa que daba directamente al acantilado—. Directo al lecho de las rocas. No se dio cuenta de nada.

Miré hacia arriba, al ancho balcón —tan romántico— del dormitorio de Bob. Villa Laghia colgaba de un acantilado. De hecho, la mitad de la casa estaba excavada en la roca. Sus tres niveles eran terrazas que iban cayendo una sobre otra hasta una pared de cincuenta metros que reinaba sobre una cala de agua perfecta con un embarcadero privado.

—¿No había nadie aquí cuando sucedió?

—Nadie. Francesca, la limpiadora, libra los sábados por la tarde y los domingos. Fue ella la que lo encontró el lunes por la mañana.

—¿El lunes? Pero ¿no ocurrió el sábado?

—El forense calculó unas treinta y seis horas, y además Bob llevaba un Cartier en la muñeca, que estaba roto y parado justo a las diez y dos minutos. El forense opina que debió de ser el sábado por la noche, aunque todavía tiene que cerciorarse.

Noté que Elena se recomponía y daba caladas al cigarrillo.

—Quizás estaba demasiado solo —dijo con la voz un poco quebrada—. Quizá yo tenía que haberle prestado más atención. Esa última vez...

Le acaricié la espalda. Me gustaría haberle podido hablar con convicción: «No fue un suicidio, Elena. Tu padre sufrió un accidente.»

Pero no lo tenía tan claro.

El timbre sonó un poco más tarde y llegaron algunas personas a las que al principio no reconocí. Un hombre alto y grueso, por no decir gordo, con gafas de pasta y un traje oscuro. Me sonaba mucho, pero no caía. La mujer, una rubia excepcional, iba envuelta en una seda lila, lo más luctuoso que tendría en su armario y que aun así resultaba explosivo sobre un cuerpo pequeño y bien esculpido.

Stelia hizo las presentaciones. Resultaron ser Franco Rosellini, el director de cine, y su esposa, Tania, que era como doscientos años más joven que él. Stelia mencionó que Tania también era norteamericana, y ella sonrió con su sonrisa de la Costa Oeste. Franco, en cambio, ni siquiera se percató de que yo estaba allí. Tenía a Elena cogida por los hombros y le hablaba despacio, visiblemente emocionado. Pensé que era un instante precioso para perderme un rato.

Entré en el salón, que estaba a oscuras. Pocos muebles, esculturas y algunos cuadros muy grandes, entre ellos la opera prima de Bob, Columna Número Uno , que presidía una gran pared al fondo.

Atravesé aquella penumbra recordando algunas cosas. En otros tiempos, más felices, Elena y yo pasamos algunos veranos en Tremonte. Fueron los mejores años de mi vida. No me incomoda decirlo. Tu vida tiene años mejores y años de mierda. Los que pasé con Elena fueron mis greatest hits .

Me vinieron a la mente aquellas interminables charlas con Bob después de cenar. Fumando, catando los vinos de su bodega-estudio; escuchando sus historias como periodista. Elena se había pasado diez años negando a su padre como san Pedro negó a Jesús y después, cuando la recuperó, Bob había puesto el mundo a sus pies. Y como yo era el tipo que apareció con ella, creo que me adoptó como a un hijo. Él mismo lo decía: «He ganado un hijo y una hija al mismo tiempo.»

Quería subir al dormitorio de Bob, pero me preguntaba si sería apropiado. Quizá la policía debía tomar nuevas muestras de algo; bueno, pensé que en ese caso habrían puesto alguna de esas cintas de las películas. De camino a las escaleras paré en nuestra antigua habitación (nuestra / de Elena / o lo que fuera) pero refrené un impulso de abrir la puerta y explorarla. Estaba claro que Elena y Sam, su último marido, también habrían pasado estupendas noches de amor en ese lugar y aquello ya no era más que un recuerdo profanado. Una ruina de un tiempo más feliz.

Continué escaleras arriba hasta el dormitorio principal de Villa Laghia, que estaba iluminado solo por una lámpara de pie. No había nada, ninguna señal que prohibiera el paso. De hecho, nadie diría que algo trágico hubiera sucedido en ese lugar. Una gran cama con dosel veneciano yacía deshecha, enfrentada al balconcillo desde el cual se habría caído Bob. Me quedé en la puerta, husmeando el aire. ¿A qué olía? El lugar donde muere un hombre conserva algo de ese último momento. ¿Cuál fue su última visión? ¿Su último pensamiento?

El balcón estaba abierto de par en par. Una cortina danzaba con la brisa nocturna. Era principios de septiembre y el verano se resistía a abandonar el sur. Me asomé. La vista del mar, de las estrellas y las luces de Sorrento. La leyenda dice que ese nombre viene de las sirenas que atraían a los hombres a matarse contra las rocas. ¿Fue una sirena lo que llamó a Bob a precipitarse al vacío?

Me apoyé en la balaustrada y me asomé con cuidado. Abajo, a unos quince metros, el mar rompía con calma sobre unas rocas negras. La hermosa caleta aparecía a un lado, como un espejo negro en la noche. La pequeña lancha, el embarcadero...

El borde de la balaustrada quedaba por cierto un poco bajo. Era algo propio de las casas del siglo XVIII . En esa época debían de ser más bajitos (¿o más propensos al suicidio y no querían ponérselo difícil a sí mismos?). Bob era de mi estatura más o menos. Era posible caerse desde ese balcón. Desvanecerse, resbalarse, incluso un sonámbulo con muy mala suerte podría trastabillar y caer a plomo contra el arrecife. Pero ¿era Bob sonámbulo?

Escuché las voces que llegaban desde la terraza. Los Rosellini se habían sentado a la mesa y charlaban. Los espié entre los geranios, begonias y petunias que danzaban también con la brisa, en los tiestos que había a ambos lados del balcón y que desafiaban la abismal altura.

Pensé en la llamada que Bob, si el forense tenía razón, habría hecho quince minutos antes de caerse por allí. ¿Me llamó desde ese balcón? ¿En qué estaría pensando? ¿Quizás iba a contarme las razones que tenía para hacer el salto del ángel?

—¿Estás por aquí, Bob? —musité al aire mientras me liaba un cigarrillo—. ¿Quieres decírmelo ahora?

La brisa, por supuesto, no iba a contestar. Los muertos tienen pocas oportunidades de enviar sus misivas, y cuando lo hacen, uno debe estar bien atento. Pero entonces oí una voz salir de la nada:

—¿Tom?

La voz de Stelia me hizo saltar sobre mis zapatos. Cuando me di la vuelta, ya venía hacia mí. Llevaba una copa de vino en la mano, la dejó sobre la balaustrada y miró al horizonte.

—Al menos tuvo una última vista maravillosa.

—La tuvo —dije encendiéndome el cigarrillo.

Nos quedamos en silencio. Ella bebiendo, yo fumando. Desde la terraza se oía el vozarrón de Franco Rosellini llenando la noche.

—Pensaba que Rosellini vivía en Estados Unidos —dije como para hablar de algo.

—Ha regresado hace unos meses —dijo Stelia distraídamente—. Terminó su última película para la Warner y está de vuelta en Italia. El año que viene rodará una película en Roma.

—¿Y qué fue de aquella mujer morena? ¿Olivia?

Recordaba haberla conocido en la boda de Elena, hacía unos años. Una mujer esbelta y de exquisita educación.

—No lees mucho la prensa rosa, ¿verdad, cariño?

—Bueno, algún cotilleo en las revistas de la barbería y poco más...

—Se divorciaron. Olivia lo denunció por malos tratos mientras vivían en Los Ángeles. Le ha sacado un buen pellizco. Bueno, algo más que un pellizco. Creo que la compensación tiene el tamaño de un mordisco de tiburón blanco.

Miré a Stelia un tanto sorprendido por ese comentario.

—Bueno, hablemos de lo que importa —dijo ella—. ¿Cómo has encontrado a Elena? Parece muy entera.

—Siempre ha sido fuerte —dije—, es de esas personas que no lloran delante de los demás.

Ella misma admitía que en el colegio la llamaban la Esfinge por su escaso sentimentalismo.

—Es normal —dijo Stelia—, después de algo tan repentino el cuerpo se crece, pero cuando despierte..., cuando empiece a hacerse preguntas... Oh, Dios, no quiero ni imaginarme lo que pudo pasarle a Bob por la cabeza.

—¿Te refieres a esos últimos instantes? —dije yo—. Supongo que nada. En quince metros no da mucho tiempo a pensar.

—Eso si realmente fue un accidente.

—¿Es que piensas que pudo ser otra cosa?

Aunque Elena estaba a casi treinta metros, percibí que Stelia bajaba su voz al responder:

—La policía me ha preguntado lo mismo esta mañana y, honestamente, no he sabido qué responder. ¿Sabes, Tom? Bob llevaba raro una buena temporada, eso es lo que he subido a contarte.

—¿A qué te refieres?

—Pues que Bob llevaba unos meses cambiado, alterado...

Volvió a mirar por el balcón.

—Vamos, Stelia. Hay algo que te remuerde ahí dentro —dije—. Suéltalo.

Bebió su copa de vino hasta el fondo. Después se quedó mirando la cara interior del cristal, como si allí dieran las noticias de las diez.

—Hubo una muerte —respondió de pronto—. Un accidente. Una chica del pueblo apareció ahogada.

—¿Qué?

—Esto es solo una teoría loca, pero tengo que contársela a alguien. ¿Me prometes que no saldrá de aquí?

2

La escritora de La saga de Laura Morgan (¡más de cinco millones de lectores en todo el mundo!) se sentó al borde de la cama, cogió una almohada que había en el suelo y se la apoyó en el vientre, como si de pronto le hubiera entrado frío. Siempre había un punto teatral en ella. A fin de cuentas, Stelia Moon se ganaba la vida contando historias.

—Se llamaba Carmela Triano —dijo con una voz muy suave—. Hace dos meses y medio Bob la encontró muerta en Rigoda, una playa al oeste. Fue muy temprano, ya sabes lo que le gustaba salir a captar la luz del amanecer, y por eso fue el primero en encontrarla. Debían de ser las cinco de la mañana y la chica estaba desnuda, tumbada sobre la arena. Bob nos contó que al principio pensó que se habría dormido. Solo cuando estuvo muy cerca se dio cuenta de que estaba muerta. Y también de que la conocía. Carmela era una muchacha del pueblo. Bob intentó reanimarla durante un rato y finalmente fue en busca de ayuda, pero no hubo nada que hacer. La chica llevaba varias horas fría como un pez.

De pronto sentí yo también un ligero escalofrío.

—¿Qué había pasado?

—La muchacha salió de una fiesta y fue a darse un baño en el mar. Encontraron sus cosas abandonadas en una playa del pueblo, en el barrio de Chiasano. La teoría oficial es que sufrió algún tipo de percance en el agua.

—¿Un percance?

—Nunca se especificó, pero se rumorea que los peces de bían de estar borrachos esa mañana, no sé si me entiendes. Qui zá se cansó de nadar. A veces ocurre..., aunque hubo rumores de que pudo ser otra cosa, pero nunca se esclareció del todo.

—¿Quién era la chica? —pregunté—. ¿De qué la conocía Bob?

—Carmela era una startlet de pueblo. ¿Sabes a lo que me refiero? Veintitrés años de puro fuego mezclados con la gente rica de la costa. En Tremonte la despreciaban por sus ambiciones. Quería ser actriz, o modelo..., le daba igual el qué; posó unas cuantas veces para Bob, y bueno, como suele pasar, Bob la invitó a cenar en su terraza, abrió el vino y..., el resto te lo imaginas.

—Joder. ¿Con una de veintitrés?

—¿Te sorprende? —dijo riéndose.

Bob siempre había tenido un poder de seducción con las mujeres, y la edad tampoco le había importado nunca. Cuando abandonó a la madre de Elena, lo hizo por una bailarina de veintidós años.

La ceniza se acumulaba en el extremo de mi cigarrillo. Busqué algún sitio para vaciarlo, pero no encontré ninguno, así que puse mi palma cóncava y la utilicé de cenicero.

—Y entonces, ¿cuál es tu teoría? ¿Estaba enamorado de ella o algo así?

—Lo dudo —respondió Stelia—. Además, Carmela tenía un nuevo amor cuando murió y Bob, ya sabes cómo era, un corazón de piedra. No obstante, como te digo, algo cambió en él desde el día en que encontró a la muchacha muerta. Yo misma fui a buscarlo a la comisaría y le noté hundido. Tenía esa mirada perdida, como de estar en shock , que no abandonaría durante todo el verano. Esa noche estuvimos bebiendo ahí, en su jardín, hasta muy tarde. Y no dejaba de hablar de ello. Dijo que la chica tenía algo en su mirada. Que era la primera vez que veía los verdaderos ojos de esa chica. Dijo un montón de incoherencias, la verdad, pero en el fondo había un abatimiento real. Después pareció volver a la normalidad, pero...

—¿Cuándo fue todo esto?

—A finales de junio, el 21 o el 22.

—Y desde entonces, dices que Bob estaba cambiado.

—Dejó de gandulear. Apenas salía. Y no se le veía en ninguna fiesta. Yo vine a verlo hace una semana exactamente, fue la última vez que estuve con él. Fue muy extraño. Francesca me abrió la puerta y me dijo que él estaba en el estudio. Entonces yo llegué, llamé a la puerta y Bob tardó una eternidad en salir. Estaba como asustado, con los ojos enrojecidos, un cigarrillo en los labios y mirando a un lado y al otro. Ni siquiera me dejó entrar. Solía invitarme a un vino cuando lo visitaba.

—Quizás estaba con algún modelo.

—No, eso ya se lo pregunté a Francesca. Llevaba todo el verano sin recibir a nadie.

—¿Te contó algo?

—No. Fue lo que se dice correcto. Me preguntó por los escritores residentes y si había empezado a escribir algún libro nuevo. Se fumó su cigarrillo y cuando lo hubo terminado, me despachó elegantemente. Pero algo le pasaba, Tom. Algo le pasaba a Bob. Tenía algo en los ojos.

—¿El qué?

—Miedo. Furia. Obsesión..., locura... ¡No lo sé! Pero me volví a casa con el corazón encogido... y ahora esto. Este accidente.

—¿Piensas que pudo quitarse la vida?

—Digamos que no lo descarto, Tom. Ya conoces la vida de Bob, su obsesión con los muertos. Quizá la chica trajo todo eso de vuelta.

Mastiqué esa idea en silencio. Bob había huido de los muertos diez años atrás, de sus pinturas obsesivas sobre la guerra que casi le provocan la muerte en Londres. Había dejado de pintar sus famosas Columnas del hambre casi por prescripción psiquiátrica. ¿Era posible que la muerte de esa chica hubiera vuelto a desestabilizarlo?

En cualquier caso, había llegado el momento de contarle a alguien aquello que a mí también me remordía.

—Hay algo que debes saber, Stelia. Bob me llamó por teléfono. El sábado, quince minutos antes de las diez de la noche.

—¿Qué?

—No quiero que se lo cuentes a Elena todavía.

—Pero ¿qué te dijo?

—Ese es el problema: estaba ocupado y no cogí la llamada. Y ahora pienso que quizá Bob me llamó para hablar de algo. Quizá si yo hubiera descolgado, no estaríamos aquí lamentando su muerte.

—No digas bobadas, Tom. Quizá fue..., no lo sé, un error o...

Mi cigarrillo se había consumido por completo y la última brasa me cayó en la palma quemándome un poco la piel. Se hizo un silencio amargo. Entre mi llamada y la última visita que Stelia hizo a Bob, parecía evidente que nuestro amigo había necesitado ayuda en sus últimos días.

—¿Qué hacemos con Elena? —dijo Stelia—. ¿Merece la pena contárselo?

—Creo que lo mejor por ahora es actuar con prudencia. No sabemos nada en realidad. ¿Se encontró algo? ¿Alguna nota?

Stelia negó.

—Entonces puede que Bob sufriera un accidente. Es la única explicación que se me ocurre por ahora.

Stelia Moon me miró fijamente a los ojos. Algo ardía ahí dentro, pero vi cómo apretaba los labios para no dejarlo escapar.

—Vamos —dijo levantándose—. Ahora hay que estar con Elena.

Cuando regresamos a la terraza estaban solo Franco y Tania. Nos dijeron que Elena había ido a atender una llamada de teléfono y nos sentamos. Tania Rosellini estaba comentando algo sobre el vino y me preguntó si prefería el siciliano al de la Puglia. Le dije que siempre me había vuelto loco el vino de la Toscana, aunque evité decirle que en mis mejores tiempos me bebía hasta la gasolina de mi Vespa. Alguien había traído una botella de San Pelegrino y me serví un vaso. Tania siguió hablándome. Era actriz y había hecho un par de cosas en Estados Unidos, ¿había visto no-sé-qué película? Le dije que no. Ella siguió hablando de su carrera, con ese estilo tan de autoventa de los americanos. Dijo que iba a participar en la siguiente película de Franco. Me aseguró que ser pareja del director no jugaba a su favor de ninguna manera: «Franco dice que tendré que trabajar más duro que los demás», y a mí se me ocurrieron un montón de frases graciosas que omití. Era un bombón cubierto de oro y le calculé como mucho veintiséis años. Franco Rosellini, en cambio, era una especie de gigante torpón. Imaginártelos desnudos en la cama resultaba claustrofóbico. Recordé a Olivia, su exmujer, y pensé en lo que Stelia me había dicho. ¿Maltratador? La verdad es que Franco pegaba más con el tipo «feo convertido en rico que ahora va presumiendo de mujeres que jamás habría podido conquistar de otra forma». Pero quizá también le iba soltar cachetes.

Mientras tanto, Stelia y Franco conversaban en italiano. Si entendía bien, Franco se refería a Bob con insultos. Lo llamaba «viejo cabrón» todo el rato. Grosso pezzo di merda . Viejo cabrito. Viejo loco cabrito. Bueno, de veras esperaba que cerrase el pico antes de que llegase Elena, aunque, claro, era algo disculpable. Y yo sabía que Franco, Bob y Stelia habían sido tres grandes amigos. Los primeros colonos de Tremonte antes de que se convirtiera en una nueva minimeca de artistas y millonarios.

Al cabo de un rato llegó Elena y se sentó entre Tania y yo.

—Era Mark Heargraves —dijo—. Ha perdido una conexión en Milán y llegará mañana.

—Oh, Mark —dijo Stelia—, claro...

—El marchante de papá —aclaró Elena para el resto.

—Ahora todo se revaloriza —comentó Franco—. ¿Sabes eso, verdad, Elena? Cualquier cosa que tu padre pintara vale ahora cien veces más.

No voy a entrar a discutir si el comentario era oportuno, pero la frase nos hizo pensar a todos. La última subasta de una Columna del hambre de Bob en Christie’s había alcanzado casi siete cifras. ¿A cuánto podría subir ahora? Lo único claro es que Elena era su heredera legítima. Joder, eso la convertía en multimillonaria.

No lo había pensado.

A las dos de la mañana se me cerraban los ojos. Menos mal que Franco y Tania anunciaron que debían marcharse. «Hay mucho trabajo en la preparación de una película», le explicó Franco a Elena, que le preguntó por la producción de su siguiente éxito; Stelia dijo que se iba con ellos y nos invitó a su casa, pero Elena rechazó la oferta.

—Hay un montón de cosas que atender, y el teléfono no ha parado de sonar. Pero quizá Tom quiera ir. No sé ni cómo están las habitaciones...

—De ninguna manera —dije—, yo me quedo.

Acompañamos a todo el grupo a la puerta. Los Rosellini y Stelia repartieron besos. Stelia prometió que volvería al día siguiente tan pronto como pusiera algo de orden en la casa y Elena le dijo que no se preocupara. Después se marcharon a bordo de un Ferrari descapotable que rugía como si tuviera un infierno en el motor.

—Miraré cómo están las habitaciones —dijo Elena.

—No te molestes. Prefiero un buen sofá. De verdad.

—Bueno, entonces veré si hay una manta en alguna parte.

Mientras ella se perdía por las habitaciones, yo me quedé en el salón. Me acerqué al sofá y observé la gran Columna Número Uno. Una docena de niños quietos en la negrura de una habitación, como espectros. Sus ojos, sin fondo, y la extraordinaria técnica casi fantasmal te atrapaban. Esos ojos conseguían engullirte, como madrigueras de pesadilla por las que solo pudieras deslizarte, sin apartar la mirada.

Bob pintó esos terribles y fantásticos cuadros durante solo siete años de su vida. Una serie de doce obras que lo aupa ron a la fama internacional y alcanzaron precios millonarios, pero que casi acaban con él. «Revivir la pesadilla de la guerra me ha trastornado —decía en una entrevista para Life en el año 1998—. Lo que siento a través de mi viaje artístico es algo catártico y horrible. Pintando dejo de dormir, empiezo a beber y a ver fantasmas visitando mi estudio cada noche. Creo que el exorcismo se convierte en invocación. Veo sus caras en sueños, me hablan, me increpan por seguir vivo.»

—La habitación está pasable —dijo Elena apareciendo a mis espaldas—. No creo que tengas que dormir aquí.

Se acercó y se quedó mirando el cuadro a mi lado.

—Sus niños —dijo—, ahora están juntos por fin.

Yo sentí algo parecido a un cosquilleo. Recordé esa historia de terror que Bob siempre contaba con una fría sonrisa en los labios. La de que aquellos niños del hospital de Qabembe aún lo visitaban algunas noches.

—Creo que va a ser una noche bien larga... —dije—, no creo que pegue ojo.

—Ni yo.

—Pues hablemos. Hay un montón de cosas que tenemos que contarnos.

—Te ofrecería un trago. Me he fijado en que ya no bebes —dijo.

—Ya no bebo tanto —respondí—, lo estoy intentando dejar. Un reto personal.

—Te sienta bien. El alcohol te hacía más viejo.

—Bueno, a cambio fumo como si fuera a acabarse el tabaco. ¿Tienes un cenicero?

—Por aquí hay uno.

La mesita del rincón estaba llena de revistas y libros. Elena miró detrás de esa confusión y se encontró con una vieja foto que descansaba ahí, bajo la tulipa de una lámpara. La cogió y la sostuvo mientras yo terminaba de liarme el cigarrillo y seguía sin cenicero.

—Pensé que no tenía ninguna de mamá —dijo.

Era un retrato de su pequeña familia, ahora desaparecida, tragada por la historia. Elena se quedó mirándola en silencio. Elena debía de tener diez o doce años. Una niña muy rubia con cara traviesa. Marielle, su madre, era una belleza cuyas piernas aparecían en los anuncios de medias de la época.

—¿Dónde os la sacaron? —dije como para intentar atajar el momento.

—En Londres —respondió—. Es de la época en que papá era corresponsal. Siempre íbamos al mismo restaurante cuando volvía de sus viajes. A un italiano que había debajo de casa. Esta fue la última foto antes de que dejara a mamá. 1993. Fue el año en que dejé de tener una familia normal para siempre.

Encendí el pitillo y se lo pasé. Ella fumó sin dejar de mirar la foto.

—No fue un buen padre, el muy cabrón —dijo—. Dejar a mamá así..., ella nunca pudo afrontarlo. Pero he llorado como una Magdalena.

—Tuvisteis un par de buenas épocas —dije yo—. Es normal que le llores, y mucho.

Dejó escapar una lágrima, gruesa y brillante.

—Lo odié, Tom. Lo odié con tanta fuerza... Una vez vino por sorpresa a París, a buscarme a la salida del instituto. Estaba tan enfadada con él que me escapé por la puerta de atrás. Deseé que se sintiera como una mierda. Pero la que se sintió como una mierda fui yo...

Le acaricié el cabello. Su precioso cabello color miel que ese día estaba un poco alocado.

—Oye, ¿puedes poner algo de música? —dijo devolviendo aquella foto a la mesilla—. Oírme hablar me está dando dolor de cabeza.

Lo hice. Compartimos el pitillo mientras escuchábamos a Gershwin con los ojos cerrados, y no hizo falta hierba ni pastillas para que Elena cayera dormida en mi hombro antes del glissando de clarinete de Rhapsody in Blue . La abracé y le puse una fina manta sobre el vientre y le acaricié el pelo. Como la primera vez que ella durmió sobre mi hombro. Yo tenía dieciocho años y ella solo quince. Ambos habíamos acudido al festival de música de Nimega, en Holanda. Yo, a pasar unos días en un campamento de jazz. Ella estaba veraneando con su tía Klaartje, porque las cosas no iban demasiado bien en casa.

Estábamos allí durmiendo en sacos y compartiendo unas botellas con algunos amigos cuando la vi aparecer en unos vaqueros estupendos y una camisa hippiola, y pensé: «Joder, es la chica más bonita del mundo.» Y ella me vio, se sentó a mi lado y me pidió que tocase algo. Así es como comenzó un idilio de apenas dos días, porque mi maldito billete de regreso a Estados Unidos estaba cerrado. Y desde esa noche tuvieron que pasar ocho años hasta que el destino quiso que volviéramos a encontrarnos en París. El mismo destino que ahora nos volvía a reunir.

—Duerme bien, dulce princesa —le dije cuando noté que ya respiraba profundamente.

Y yo no tardé en rendirme al sueño.

3

Me despertó un ruido, pero en ese instante ni siquiera sabía dónde coño estaba. ¿En mi apartamento del Trastévere? Algún borracho habría tirado una botella al suelo, en plena calle. Joder, entre el calor, el ruido y los mosquitos no había quien durmiera en aquel agujero...

Pero después sentí a Elena apoyada sobre mí y recompuse el escenario. Estaba en la casa de Bob, en Tremonte. Y entonces percibí otra vez el ruido, algo en el exterior, lejos, pero bastante fuerte.

Elena también se despertó, nos miramos en silencio. Aún era de noche. Miré el reloj: las cuatro.

—¿Lo has oído?

—Sí. Espera.

Nos quedamos escuchando, pero durante un minuto no se oyó nada más hasta que otro golpe nos hizo saltar sobre nuestros traseros. Fue como un ruido de vajilla rompiéndose contra el suelo. Cristales. Como si alguien lanzase vasos contra una pared.

—¿Arriba? —pregunté.

—No —dijo Elena—, no es en la casa. Creo que debe de ser el estudio.

El estudio de Ardlan estaba en otra dependencia, más pequeña, a unos cien metros, en la falda de la colina. De pronto pensé en ese último encuentro que Stelia me había contado: «Bob no me dejó entrar.»

Me levanté, encendí una lámpara y miré a mi alrededor. Recordaba que Bob guardaba una bolsa con palos de golf en alguna parte, pero entonces vi un viejo machete decorativo colgando de la pared.

—¿Qué haces? —dijo Elena—. No se te ocurra ir. Hay que llamar a la policía.

—Solo voy a mirar. Tú quédate aquí.

—Ni borracha.

Salimos por la puerta del salón, yo delante con aquel viejo machete- souvenir que no podría cortar ni un pedazo de mantequilla caliente, Elena agazapada detrás de mí, con su teléfono móvil en la mano.

Rodeamos la terraza y subimos en medio de la oscuridad unas estrechas escaleras de pizarra hasta el estudio, protegido en la falda de la montaña.

La vieja casa de servicio que Bob había restaurado «para tener la luz perfecta» estaba a oscuras. A su alrededor había un pequeño bosque de coníferas que delimitaba el terreno. No se veía movimiento ni ninguna luz por allí.

Elena se agachó y vi cómo recogía un pedrusco de la rocalla.

—¿Qué piensas hacer con eso? —le susurré.

Ella me miró.

—Tú tienes un machete, ¿no?

—Vale, pero ten cuidado, no sea que me des a mí.

Eché a andar muy despacio hacia la casa. El ventanal de la primera planta parecía intacto. ¿Quizás el ruido de cristales había provenido de otra parte? Doblé la primera esquina del edificio. El machete bien empuñado y dispuesto a caer a plomo sobre la primera cabeza que apareciera en la oscuridad. De un primer vistazo los cuatro ventanucos del sótano parecían todos bien cerrados y a través de ellos no se distinguía ninguna luz moviéndose ni nada por el estilo.

Un nuevo golpe hizo que me parase en seco. ¡Bam! Apreté los dedos alrededor del machete. «¿Estás ahí, cabrón?» Solo esperaba que Elena no se hubiera movido de donde estaba. Avancé muy despacio, como pisando huevos, con el cuerpo pegado a la fachada. Al llegar a la esquina me asomé un poco. Vi algo moverse en la oscuridad. La hoja de una puerta se abrió y volvió a cerrarse produciendo el ruido que ya habíamos oído dos veces esa noche.

—¡Hemos llamado a la policía! —La voz de Elena sonó como un rugido en la oscuridad.

—¡Tenemos un arma! ¡Salga con las manos en alto!

«Joder —pensé—. Elena siempre tomando la vía rápida.»

Resultó que ella estaba en la esquina opuesta, con el pedrusco en una mano y el móvil en la otra. Bueno, doblé la esquina y allí no se oía un alma. Solo aquella puerta acristalada golpeándose contra su propio marco, por efecto de la brisa nocturna.

—Elena, soy yo —le susurré—. Sal de ahí.

La vi llegar con la piedra todavía en lo alto.

—¿Qué pasa?

—Creo que era solo esta puerta, aunque no estoy seguro. ¿Tú viniste aquí ayer en algún momento?

—No —dijo Elena—, es la primera vez que bajo desde que he llegado.

Miramos la puerta, que volvía a entornarse. Esta vez la agarré antes de que volviera a golpear contra el marco. Uno de los cristales se había roto, los trozos estaban esparcidos sobre los escalones de la entrada.

Entonces escuchamos un ruido como de ramas rotas en el bosque.

—¡Eh! —grité.

—¡Tom!

—¡Quédate aquí!

Elena volvió a no hacerme caso. Nos apresuramos hasta el pinar, que estaba levemente iluminado por la luz de la luna. El suelo de tierra estaba cubierto de espinas secas y raíces con las que era fácil tropezar, así que fuimos atentos, pegados el uno al otro.

Caminamos unos treinta metros entre los árboles hasta llegar a un pequeño muro de piedra que delimitaba el terreno de Villa Laghia. Más allá se podía ver un campanile a vela del monasterio cisterciense que ocupaba el solar adyacente a Villa Laghia. Una ruina que el gobierno de la región llevaba años planeando restaurar. Por ahora solo lo habían rodeado de andamios y señales de prohibido el paso.

—Volvamos, Tom —dijo Elena—, aquí no hay nadie.

—Quizá se haya escondido en el monasterio.

—Bueno, en ese caso peor para él. Ese lugar está a punto de venirse abajo. Volvamos, Tom.

Le hice caso y regresamos al estudio.

—Quizá papá se dejó la puerta abierta y el viento ha hecho todo lo demás.

—Bueno —dije yo—, miremos dentro.

El edificio se dividía en dos plantas. Arriba estaba el estudio de día con sus grandes ventanales y sus altos techos. Abajo había un largo sótano donde Bob pintaba retratos con luz controlada. Elena encendió las luces y comprobó la alarma.

—Está desconectada.

—Eso podría encajar con el hecho de que la puerta estuviera abierta. Quizá tu padre salió con intención de volver.

—Sí.

—Bueno, ¿quieres... echar un vistazo?

El estudio de día de Bob estaba compuesto por dos grandes piezas separadas por un arco. Era un espacio tan vasto y alto —las vigas del techo estaban a la vista— que parecía casi vacío, pero a poco que uno se fijara se daba cuenta de que estaba atestado de sofás, caballetes y materiales de trabajo.

Surcamos aquella estancia. Ni yo ni Elena, ni creo que nadie, conocía bien el estudio de Ardlan, un lugar que a veces parecía ficticio, porque Bob raras veces invitaba a alguien ahí dentro. «Pasaré el día en el estudio», «Esta noche estaré en el estudio». Esas eran las únicas menciones a su sanctasanctórum que yo podía recordar. Y cuando le preguntabas qué pintaba, Bob siempre decía: «Te lo enseñaré cuando lo termine.»

Avanzamos observando los rastros del artista: tableros con costras de pintura, paredes salpicadas de furibundas pruebas de color, botes con culos secos de colores craquelados, brochas hacinadas, trapos sucios, bosquejos y mesas de un desorden esperpéntico, batas rotas colgadas de un perchero, garrafas de aguarrás… Bob era un pintor tachista, que se basaba en el alquitrán, y su estudio era como un inmenso desconcierto de color negro preñado de olor a disolvente y pintura fría.

Entonces Elena se paró en seco y yo también. Creo que ambos detectamos a la vez el objeto que presidía la esquina más apartada del estudio: un caballete bien grande que sujetaba un lienzo de al menos dos metros de anchura.

—Un cuadro...

¿Aquel en el que Bob Ardlan estaba trabajando cuando murió?

Estaba tapado por una sábana. Elena se aproximó por un flanco, yo por el otro, y tomamos los extremos de la tela.

—¿Listo?

—¡Listo!

Contamos hasta tres y la apartamos de golpe, y después nos situamos delante de aquella imagen, como dos niños curiosos.

La pintura representaba a una muchacha tumbada en la arena.

Estaba desnuda y su cuerpo, aunque esbelto, quedaba lejos de ser algo bello. Me recordó a los desnudos de Lucian Freud o Egon Schiele. La postura casi recogida sobre la arena, con su pubis afeitado y los ángulos de sus caderas presionando la piel. Sus ojos, llenos de nada, mirando hacia la muerte.

—¿Está muerta?

—Creo que sí —admití.

Una muchacha muerta en una playa. ¿A qué me recordaba todo eso?

Elena se acercó al lienzo en silencio para mirarlo de cerca. Su alma de galerista y de experta en arte se había encendido de pronto.

—Es... fantástico —dijo—. Es... una maldita obra maestra. Recuerda a una de sus Columna . Es el mismo estilo de pintura. Papá no había utilizado ese estilo en años.

—Sí. Y el tema es parecido —dije yo—: un cadáver.

Elena arrancó a comentar los aspectos del cuadro, como si aquello fuera una autopsia artística o una venta en su galería de París. Se puso a hablar del color, del enfoque, de la composición, pero yo no era capaz de otra cosa que mirar los ojos de aquella muchacha muerta y pensar en la sospecha de Stelia Moon.

—Sé quién es —dije.

—¿Qué quieres decir?

—La chica. La modelo. Sé quién es. Stelia me contó una historia esta tarde.

Elena frunció el ceño contrariada.

—¿De qué estás hablando, Harvey?

—Se llamaba Carmela. Tu padre la encontró muerta, en la orilla de una playa a finales de junio. Stelia dice que aquello le afectó mucho. ¿No te había hablado de ello?

—¿De una chica muerta? No, joder, nunca.

Entonces le describí la misma escena que Stelia me había contado a mí: el paseo matinal de Bob en junio; la chica que él conocía porque había sido modelo suya. Elena me escuchaba sin dejar de mirar el cuadro, con un gesto frío y neutral. Enseguida se apartó de mí y fue hacia una gran mesa situada no muy lejos del andamio. Allí, además de pinceles y tubos de óleo, había cuadernos y hojas de dibujo. Eran bocetos del mismo cuadro. Decenas. En diferentes posturas, bosquejos de su rostro, de sus ojos, las manos..., pero había algo más, posado encima de una gran carpeta, un objeto negro, metálico, que al principio no logré identificar, hasta que Elena lo cogió con los dedos como pinzas y lo elevó en el aire.

Era un jodido revólver.

—Un puto revólver —dijo sin dejar de mirarlo.

—Déjalo otra vez ahí. No lo toques.

—¿Para qué querría mi padre un revólver?

—No lo sé, Elena.

De pronto, aquel sencillo objeto había logrado convertir el aire en algo viscoso y negro que nos oprimía.

Yo no podía dejar de recordar las palabras de Stelia, esa misma tarde, cuando contaba cómo fue su última visita a Bob: «Estaba como asustado, con los ojos enrojecidos y mirando a un lado y al otro.»

—Vámonos de aquí —dijo Elena—, volveremos mañana, a la luz del día, y trataremos de entender algo.

Esa noche, o lo que quedaba de ella, tuve un sueño curioso. Algo parecido a lo que algunos llaman «los visitantes de dormitorio»: yo abría los ojos y había un montón de pequeñas figuras rodeando mi cama. Media docena de niños. Unos más altos que otros, todos quietos y en silencio. Sus rostros, velados por la más absoluta oscuridad, y yo no alcanzaba a ver sus ojos.

Bob estaba allí, con un traje blanco, recién muerto. Su cráneo partido por la mitad.

«¿Qué querías decirme, Bob? ¿Para qué me llamaste?»

«Siempre fuiste mi preferido, Tom, ¿sabes por qué? Fuiste mi preferido porque amabas a Elena como un hombre debe amar a una mujer: desesperadamente. Te hubieras ido al infierno por ella, ¿verdad?»

«Y que lo digas, Bob.»

«Vale, pues aprieta los dientes, chico. Puede que tengas que hacerlo.»