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Prólogo

Sangre humana:

El «doctor», como le gustaba llamarse aunque nunca había cursado el doctorado, se pasó el dorso de la mano por la frente. Es verdad que así se limitó a extender las salpicaduras que le habían alcanzado, lo que quizá resultaba bastante asqueroso, pero al menos esta vez no le había caído nada de ese caldo en los ojos; como el año anterior durante el «tratamiento» a la prostituta, tras el cual se había pasado seis semanas con miedo de haberse contagiado el VIH, hepatitis C o cualquier otra porquería.

Detestaba que las cosas no salieran según lo planeado. Cuando se administraba la dosis equivocada de anestesia. O cuando los «elegidos» se resistían en el último segundo y se arrancaban la vía del brazo.

—Por favor, no... no —balbuceó su «cliente». El «doctor» prefería esta denominación. «Elegido» era demasiado rimbombante, y «paciente» en cierto modo le sonaba incorrecto, pues en realidad solo unos pocos de los que trataba estaban realmente enfermos. También el tipo de la mesa estaba sanísimo, aunque en ese momento parecía como si se hallase conectado a una línea de alta tensión. El atleta negro puso los ojos en blanco, echó espumarajos por la boca y arqueó la espalda mientras tiraba desesperadamente de las ataduras que lo mantenían tumbado. Era un deportista, estaba en forma y, a los veinticuatro años, en el punto culminante de su rendimiento. Pero ¿de qué sirven todos los años de duros entrenamientos cuando un narcótico circula por las venas? No era suficiente para desactivarlo por completo, pues se había arrancado la vía, pero de todos modos bastó para que el doctor pudiera volver a empujarlo contra el catre sin esfuerzo una vez pasado el peor ataque. Además, la sangre dejó de salpicar después de que lograra ponerle un vendaje compresivo.

—Chitón, chitón, chitón... —dijo para tranquilizarlo, y le apoyó al hombre la mano en la frente. Advirtió que tenía fiebre y el sudor brillaba bajo la lámpara halógena—. ¿Y ahora qué le pasa?

El cliente abrió la boca. El miedo se asomó a sus ojos como una navaja. Apenas se podía entender lo que decía.

—No... quiero... mor...

—Pero estábamos de acuerdo —dijo el doctor con una sonrisa tranquilizadora—. Todo está preparado. No se me eche atrás ahora, tan cerca de la muerte perfecta.

Miró de reojo por la puerta abierta que daba a la habitación contigua a la mesa del instrumental con los escalpelos y la fresadora de huesos eléctrica que ya colgaba lista y enchufada.

—¿Acaso no se lo he explicado con claridad? —preguntó, suspirando. Claro que lo había hecho. Durante horas. Una y otra vez, pero por lo visto este imbécil desagradecido sencillamente no lo había pillado—. Resultará muy desagradable, por supuesto. Pero solo puedo permitirle morir de este modo. No funciona de otra forma.

El atleta gimió. Tiró con violencia de las correas, pero con mucha menos fuerza que antes.

Satisfecho, el doctor percibió que ahora la anestesia sí estaba produciendo el efecto deseado. Ya no faltaba mucho, y podía empezar el tratamiento.

—Verá, podría interrumpir todo aquí —dijo con una mano todavía en la frente del deportista. Con la otra, se colocaba bien la mascarilla—. Pero después su mundo solo consistiría en miedo y dolores. Dolores inimaginables.

El negro parpadeó. Su respiración se calmó.

—Le he mostrado las fotos. Y el vídeo. Lo del sacacorchos y el medio ojo. Usted no quiere algo así, ¿no?

—Ay —gimió el cliente como si tuviera una mordaza en la boca; después sus rasgos se relajaron y su respiración se volvió superficial.

—Lo interpretaré como un «no» —dijo el doctor, y con el pie soltó el freno de la camilla para desplazar al cliente a la habitación contigua.

«Al quirófano.»

Tres cuartos de hora más tarde, había completado la primera parte del tratamiento, la más importante. El doctor ya no llevaba guantes de látex, ni mascarilla, y la bata verde de usar y tirar que había que atar a la espalda como una camisa de fuerza la había arrojado al cubo de la basura. No obstante, se sentía mucho más disfrazado con el esmoquin y los zapatos oscuros de charol que llevaba ahora que con su atuendo de quirófano.

«Disfrazado y achispado.»

No sabía cuándo había empezado a tomarse una copa después de cada tratamiento exitoso. O diez, como ahora. Maldición, tenía que dejarlo, aunque jamás había bebido antes, sino siempre después. Aun así. El matarratas lo volvía descuidado.

Le daba ideas estúpidas.

Como, por ejemplo, llevarse la pierna.

Miró el reloj riendo entre dientes.

Eran las 20.33; debía apresurarse si no quería llegar demasiado tarde al segundo plato. El primero ya se lo había perdido. Pero antes de poder centrarse en la pintada que había en el menú, debía deshacerse de una vez de los restos biológicos: las bolsas de sangre innecesarias y la pantorrilla derecha, que había serrado justo por debajo de la rodilla en un trabajo extraordinariamente limpio.

La pantorrilla estaba envuelta en una bolsa de plástico degradable que, de camino a la escalera, tenía que llevar con las dos manos porque era muy pesada.

El doctor se sentía achispado, pero no tanto como para no saber que, de haber estado sobrio, jamás se le habría ocurrido llevar consigo en público partes de cuerpos en vez de tirarlas sin más al incinerador de basura. Pero se había enfadado tanto con su cliente que ahora merecía la pena arriesgarse por diversión. Y eso era poco. Muy poco.

Había un aviso de tormenta. En cuanto hubiera dejado atrás los caminos sinuosos, el estrecho acceso por el que solo se podía pasar encorvado y recorrido el pasillo con los conductos de ventilación amarillos hasta el montacargas, con toda seguridad ya no se encontraría ni un alma.

Además, el lugar que había buscado para deshacerse de los restos no estaba al alcance de las cámaras.

«Quizás esté bebido, pero no soy tonto.»

Había llegado a la última etapa, la plataforma en el extremo superior de la escalera que —llegado el caso— solo utilizaba la cuadrilla de mantenimiento una vez al mes y que daba a una puerta pesada con ojo de buey.

Un fuerte viento le golpeó la cara y le pareció que tenía que empujar una pared para salir al exterior.

El aire fresco le provocó una bajada de tensión. En un primer momento, se sintió mal, pero enseguida recuperó el control y el viento salobre empezó a reanimarlo.

Ahora ya no se tambaleaba por el alcohol, sino por la fuerte marejada que, a pesar de los estabilizadores, se percibía en el interior del Sultan of the Seas.

Avanzaba con paso vacilante. Estaba en la cubierta 8 1/2, una plataforma intermedia que existía por puros motivos ópticos. Vista de lejos, proporcionaba al crucero una parte trasera con líneas más elegantes, como un alerón en un coche deportivo.

Alcanzó la parte más externa del lado de babor de la popa y se inclinó sobre la barandilla. A sus pies rugía el océano Índico. Los faros orientados hacia atrás iluminaban las montañas de espuma blanca que el crucero dejaba tras de sí.

En realidad, le habría gustado pronunciar una frase hecha, algo así como «Hasta la vista, baby» o «Listo cuando usted quiera», pero no se le ocurrió nada divertido, por eso lanzó por la borda sin decir una palabra la bolsa con la pantorrilla.

«En teoría, de algún modo esto parecía mejor », pensó; lentamente recuperaba la sobriedad.

El viento soplaba con tanta fuerza en sus oídos que no pudo oír el impacto de la pantorrilla contra las olas cincuenta metros por debajo de él. Pero sí la voz a su espalda.

—¿Qué está haciendo ahí?

Se volvió.

La persona que le había dado un susto de muerte no era un empleado adulto, «gracias a Dios», o alguien del servicio de seguridad, sino una niña, no mayor que la pequeña a la que había tratado hacía dos años junto con toda su familia ante la costa occidental de África. Estaba sentada con las piernas cruzadas junto a la caja de un aparato de aire acondicionado o de un generador. Al doctor la tecnología no se le daba tan bien como los cuchillos.

Como la niña era tan pequeña y el entorno tan oscuro, no la había visto. E incluso ahora, con la vista clavada en la oscuridad, apenas lograba distinguir su silueta.

—Alimento a los peces —dijo satisfecho de sonar bastante más tranquilo de lo que se sentía. La niña no era una amenaza física, pero sin embargo no la necesitaba como testigo.

—¿Se encuentra mal? —preguntó ella. Llevaba una falda clara con medias oscuras y un anorak encima. Por precaución, se había puesto el chaleco salvavidas rojo que se encontraba en el armario de todos los camarotes.

«Buena chica.»

—No —respondió con una sonrisa—. Me encuentro bien. ¿Cómo te llamas?

Poco a poco, los ojos se le acostumbraron a la penumbra.
La niña tenía el pelo hasta los hombros y tenía orejas de soplillo, aunque no la desfiguraban. Al contrario. Apostaba a que, bajo la luz, se apreciaría la atractiva joven que un día llegaría a ser.

—Me llamo Anouk Lamar.

—¿Anouk? Ese es el diminutivo francés de Anna, ¿verdad?

La niña sonrió.

—Guau, ¿sabe eso?

—Sé muchas cosas.

—¿Ah, sí? Entonces, ¿también sabe por qué estoy sentada aquí?

Su voz sonaba muy aguda porque tenía que alzarla debido al viento.

—Estás pintando el mar —dijo el doctor.

Ella apretó más el cuaderno de dibujo contra el pecho y sonrió.

—Esa era fácil. ¿Qué más sabe?

—Que hace rato que deberías estar en la cama. ¿Dónde se han metido tus padres?

La niña suspiró.

—Mi padre ya no vive. Y no sé dónde está mi madre. Suele dejarme sola en el camarote por la noche.

—¿Y te aburres?

Ella asintió.

—Regresa bastante tarde y apestando a tabaco y alcohol
—dijo en voz baja— . Y ronca.

El doctor no pudo evitar reír.

—A veces los adultos hacen eso.

«Tendrías que oírme a mí.» Señaló el cuaderno.

—Pero ¿has podido dibujar algo hoy?

—No —respondió la niña negando con la cabeza—. Ayer se veían estrellas bonitas pero hoy todo está oscuro.

—Y hace frío —puntualizó el doctor—. ¿Qué te parece si vamos a buscar a tu mamá?

Anouk se encogió de hombros. No parecía muy contenta, pero dijo:

—¿Por qué no? —Logró levantarse sin usar las manos—.
A veces está en el casino —dijo.

—Oh, eso se encuentra fácil.

—¿Por qué?

—Porque conozco un atajo —respondió el doctor, son­riendo.

Echó un último vistazo al mar por encima de la barandilla, que en ese punto era tan profundo que quizá la pierna del atle-
ta aún no hubiese llegado al fondo del océano; después cogió a la niña de la mano y la llevó de vuelta a la escalera por la que había llegado.

1

Berlín

La casa en la que debía celebrarse la fiesta mortal se parecía a la que había soñado una vez. Aislada, con un tejado de tejas rojas y un gran jardín delantero detrás de la cerca de estacas blancas. Allí habrían hecho barbacoas los fines de semana y, en verano, habrían instalado una piscina hinchable en el césped. Él habría invitado a amigos y se habrían contado historias sobre el trabajo, las manías de sus parejas, o se habrían echado sin más en la tumbona bajo la sombrilla mientras observaban los juegos de los niños.

Nadja y él habían ido a ver una casa así, justo cuando Timmy empezó a ir a la escuela. Cuatro habitaciones, dos baños, una chimenea. Con un enlucido de color crema y contraventanas verdes. No muy lejos de allí, en el límite de Westend en dirección a Spandau, a solo cinco minutos en bicicleta de la escuela infantil Wald, donde en aquel entonces Nadja daba clases. A tiro de piedra del centro deportivo en el que su hijo habría podido jugar al fútbol. O al tenis. O a lo que fuera.

En aquel entonces ellos no hubiesen podido pagarla.

En la actualidad ya no había nadie que pudiera mudarse a alguna parte con él. Nadja y Timmy estaban muertos.

Y el chico de doce años que se encontraba en el interior de la casa que contemplaban y que pertenecía a un hombre llamado Detlev Pryga, pronto lo estaría también si aún seguían perdiendo el tiempo ahí fuera en la furgoneta negra.

—Voy a entrar ahora —dijo Martin Schwartz. Estaba sentado detrás, en el espacio interior sin ventanas de la furgoneta, y arrojó a un cubo de plástico la jeringuilla cuyo contenido lechoso se acababa de inyectar. Entonces se levantó de la mesa de control, cuya pantalla mostraba la imagen exterior del objeto de la misión. Su rostro se reflejó en los cristales oscurecidos del vehículo. «Parezco un yonqui que se está desenganchando de las drogas», pensó Martin, y eso suponía una ofensa. Para todos los yonquis.

En los últimos años había adelgazado más de lo que se podría considerar saludable. Solo su nariz seguía siendo tan gorda como siempre. La napia Schwartz con la que todos los miembros masculinos de la familia estaban dotados desde hacía generaciones y que a su fallecida mujer le había parecido sexy, lo que él había interpretado como la prueba definitiva de que, en efecto, el amor es ciego. En todo caso, el narizón le confería una expresión bondadosa y fiable; de vez en cuando resultaba que los desconocidos lo saludaban por la calle, los bebés le sonreían cuando se inclinaba sobre el cochecito (quizá porque lo confundían con un payaso) y las mujeres tonteaban con él abiertamente, a veces incluso en presencia de sus parejas.

Ahora, seguro que no lo harían, no mientras llevara esta ropa. El traje de cuero negro muy ceñido en el que se había enfundado soltaba un sonido desagradable con cada respiración. De camino a la salida, sonaba como si estuviera anudando un globo gigante.

—Alto, espera —dijo Armin Kramer, que estaba al mando del operativo y llevaba horas sentado frente a él ante la mesa del ordenador.

—¿A qué?

—A...

El teléfono móvil de Kramer sonó y este ya no pudo completar la frase.

El comisario, con algo de sobrepeso, saludó a quien llamaba con un elocuente «¿Sí?» y, en el transcurso de la conversación, no dijo mucho más que «¿Qué?», «¡No!», «¡Me estás tomando el pelo!» Y: «Dile al gilipollas que lo ha fastidiado que más le vale abrigarse. ¿Que por qué? Porque puede que haga un frío de cojones en octubre cuando se quede tirado delante de la comisaría durante horas una vez que haya acabado con él.» Kramer colgó.

—Que te follen...

Le encantaba sonar como un poli yanqui de la brigada de narcóticos. Y también parecerlo: llevaba botas vaqueras desgastadas, tejanos agujereados y una camisa a cuadros rojos y blancos que recordaba a un trapo de cocina.

—¿Dónde está el problema? —quiso saber Schwartz.

—Jensen.

—¿Qué pasa con él?

«¿Y cómo puede dar problemas ese tipo? Lo tenemos en una celda de aislamiento.»

—No me preguntes cómo, pero el hijoputa ha conseguido enviar un SMS a Pryga.

Schwartz asintió. Arrebatos como el de su superior, que en ese momento se tiraba de los cabellos, eran nuevos. Con excepción de una inyección de adrenalina directa al corazón, no había casi nada que pudiera acelerarle el pulso. Ni siquiera la noticia de que un preso había conseguido hacerse con drogas, armas o, como Jensen, un móvil. La cárcel estaba mejor organizada que un supermercado, con una gran variedad y cómodos horarios de apertura. Incluso en domingos y festivos.

—¿Ha avisado a Pryga? —le preguntó a Kramer.

—No. El cabrón se ha permitido una broma que acaba siendo lo mismo. Quería hacerte caer en la trampa. —El comisario se restregó los lagrimales—. «Si yo quisiera enviarla por correo, tendría que enviarla como paquetito» había bromeado Kramer últimamente.

—¿Cómo? —preguntó Schwartz.

—Le ha escrito a Pryga que no debe asustarse si él aparece en la fiesta.

—¿Por qué iba a asustarse?

—Porque ha tropezado y se ha roto un incisivo. Arriba a la izquierda.

Kramer se tocó el lugar correspondiente en la boca con un dedo regordete.

Schwartz asintió. Jamás hubiera imaginado que ese perverso fuese capaz de desplegar tanta creatividad...

Echó un vistazo a su reloj de pulsera. Eran las cinco de la tarde pasadas.

«Las “demasiado tarde” pasadas.»

—¡Maldición! —Furioso, Kramer golpeó la mesa del ordenador—. Tanta preparación y todo para nada. Tenemos que suspenderlo.

Se dispuso a pasar al asiento delantero.

Schwartz abrió la boca para replicar, pero sabía que Kramer tenía razón. Llevaban medio año trabajando para este día. Había empezado con un rumor tan increíble que durante mucho tiempo había sido considerado una leyenda urbana. Sin embargo, las Bug Parties, como se comprobó, no eran cuentos de terror, sino que existían de verdad. Se trataba de fiestas en las que infectados de VIH practicaban sexo sin protección con personas sanas. La mayoría de común acuerdo, lo que convertía esos eventos, en los que el riesgo de contagio aportaría un placer especial, más en un caso para los psiquiatras que para la fiscalía.

En opinión de Schwartz, los adultos podían hacer entre sí lo que les viniera en gana, siempre y cuando fuera por voluntad propia. Lo único que lo enfadaba era que, a causa de la conducta demencial de unos pocos, se reforzaran sin necesidad los estúpidos prejuicios que muchos seguían teniendo frente a los enfermos de sida. Pues era obvio que las Bug Parties eran la excepción absoluta, mientras que la inmensa mayoría de los infectados llevaba una vida responsable, muchos incluso organizados en la lucha activa contra la enfermedad y la estigmatización de sus víctimas.

«Una lucha que las suicidas Bug Parties estropean.»

Sobre todo las de la variante psicópata.

La última moda del ambiente de la perversión eran los «eventos» en los que violaban a inocentes y los infectaban con el virus. En su mayoría menores de edad. Ante un público que pagaba. Una nueva atracción en la feria de atrocidades que en Berlín mantenía su carpa abierta las veinticuatro horas. A menudo en casas elegantes en zonas burguesas en las que jamás se esperaba algo así. Como ahora mismo en Westend.

Detlev Pryga, un hombre que en la vida normal vendía productos sanitarios. Era un socio apreciado del servicio de protección de menores, e incluso acogía bajo tutela con regularidad a los niños más difíciles. Casos de drogas, maltrato y otros casos problemáticos que habían visto más centros de menores que aulas. Almas perturbadas que, con frecuencia, no conocían otra cosa que poder pasar la noche en un sitio a cambio de sexo, y que no llamaba la atención si poco después volvían a largarse y, pasado un tiempo, volvían a recogerlos abandonados y enfermos. Eran las víctimas perfectas, alborotadores que evitaban a la policía y a los que raras veces les daban crédito si alguna vez intentaban obtener ayuda.

También a Liam, el niño de la calle de doce años que vivía en la casa de Pryga desde hacía un mes, volverían a echarlo a la calle muy pronto después de esta noche. Pero antes se vería obligado a mantener relaciones sexuales ante los invitados presentes con Kurt Jensen, un pedófilo de cuarenta y tres años portador del VIH.

Pryga había conocido a Jensen en chats especializados de internet, y por eso había caído en las redes de la policía.

Mientras tanto, el pederasta llevaba dos semanas en prisión preventiva. Durante ese tiempo, Schwartz se había preparado para adoptar la identidad de Jensen, lo cual había resultado relativamente fácil, pues no se había producido intercambio de fotos entre Pryga y él. Solo tenía que llevar la ropa de cuero que Pryga quería para la filmación, y raparse la cabeza, porque Jensen se había descrito a sí mismo como alto, delgado, calvo y de ojos verdes. Rasgos que eran aplicables a Martin Schwartz después del rapado y gracias a las lentillas.

La mayor dificultad del camuflaje resultó ser la prueba de sida positiva que Pryga exigía. No por adelantado, sino directamente en la fiesta. Había anunciado que disponía de pruebas rápidas a través de una farmacia virtual holandesa. Una gota de sangre y el resultado aparecía en el visor de la tira a los tres minutos.

Schwartz sabía que lo habían escogido justo para esta misión debido a este problema de por sí insoluble. Desde la muerte de su familia, en los círculos policiales lo consideraban una bomba de relojería. Un investigador encubierto que, para su profesión, a sus treinta y ocho años, ya se dirigía con paso firme hacia la edad de jubilación y que carecía del factor más importante que mantenía con vida a él y a su equipo en caso de emergencia: la capacidad de sentir miedo.

Los psicólogos de la policía ya lo habían examinado cuatro veces. Cuatro veces ya habían concluido que no había superado el suicidio de su mujer... Y mucho menos el hecho de que antes hubiera acabado con la vida del hijo de ambos. Cuatro veces recomendaron que le dieran la jubilación anticipada, porque una persona que ya no le encuentra sentido a la vida asumiría riesgos irresponsables estando de servicio.

Cuatro veces habían tenido razón.

Y, sin embargo, volvía a estar en un vehículo de operaciones, no solo porque era el mejor en el trabajo, sino, sobre todo, porque nadie más quería dejarse inocular por voluntad propia anticuerpos del VIH en el torrente sanguíneo con el fin de manipular la prueba rápida. En realidad, habían eliminado los patógenos del suero que provocan el sida mediante un proceso especial de esterilización, pero el médico no había querido darle un ciento por ciento de seguridad, y por eso Schwartz tenía que iniciar una terapia farmacológica de cuatro semanas en cuanto terminara allí la denominada profilaxis postexposición, cuya abreviatura era PPE. Un procedimiento que ya había sufrido una vez después de que un drogadicto del parque Hasenheide le hubiera clavado una jeringuilla con sangre en el cuello. En el prospecto de la «pastilla de después» que había que tomarse como muy tarde al cabo de dos horas del riesgo de contagio se indicaba que debía contar con sufrir dolores de cabeza, diarrea y vómitos. Al parecer, Schwartz era más sensible que otras personas. Mucho más sensible. A decir verdad, ni había vomitado, ni había tenido que sentarse en el retrete más tiempo de lo normal; en cambio, unos intensos ataques de migraña casi lo habían llevado al borde del desmayo. Y en parte más allá.

—Tengo que ponerme en marcha —le dijo a Kramer echando un vistazo al monitor. Hacía diez minutos que no entraba nadie en la casa.

Habían contado a siete invitados, cinco hombres y dos mujeres. Todos habían llegado en taxi. Práctico si no se quería que alguien anotara el número de matrícula de los coches aparcados.

—¿Y si Pryga ha tenido en cuenta todas las eventualidades y dispone de un sustituto para mí, en caso de que me echara atrás? —preguntó Schwartz. Era muy probable que los invitados estuvieran sanos. Con toda seguridad, no en el sentido espiritual, pero sí en el físico. Aunque, por supuesto, no lo sabían con seguridad.

Kramer negó con la cabeza.

—No hay tantos pedófilos infectados que estén dispuestos a algo así. Ya sabes cuánto tiempo tuvo que buscar Pryga a Jensen.

Sí. Lo sabía.

Sin embargo, el riesgo era demasiado alto.

Tampoco podían irrumpir en la casa, así sin más. No podrían alegar ningún motivo. La violación debía producirse en el sótano. Pryga tenía perros que anunciaban a cada visitante. Aunque actuaran con la rapidez de un rayo, no lograrían reventar las puertas y pillar a los delincuentes in fraganti. Y entonces, ¿por qué razón iban a detener a los presentes? No era un crimen encerrarse en un cuarto de calderas y colocar una cámara delante de un colchón. Aunque ahí estuviera tumbado un chico con el torso desnudo.

En el mejor de los casos, arrestarían a Pryga y a sus invitados durante unas horas. En el peor, se habrían limitado a poner sobre aviso a esos psicópatas enfermos.

—No podemos arriesgarnos a que un chico de doce años sea violado e infectado por VIH —protestó Schwartz.

—No sé si antes he hablado demasiado rápido —dijo Kramer acentuando cada palabra con tanta lentitud que era como si se dirigiera a un retrasado—. No vas a entrar. Aún tienes todos los dientes.

Schwartz se frotó la barba de tres días. No podía decir con exactitud cuándo había dormido en casa por última vez.

—¿Y qué hay de Doc Malchow?

—¿Nuestro médico? —Kramer lo miró como si hubiera preguntado por un pañal para adultos—. Oye, ya sé que te falta algún que otro tornillo, pero ni siquiera tú puedes estar tan loco como para dejar que te saquen los dientes. Y aunque... —Kramer miró el reloj—. Malchow estará aquí como muy pronto dentro de veinte minutos, la anestesia dura otros tres, la operación cinco más. —Señaló al monitor en el que aparecía la fachada de la casa—. ¿Quién te dice que en media hora escasa la fiesta no habrá terminado ya?

—Tienes razón —dijo Schwartz, y exhausto se sentó en un banco acolchado de la pared lateral.

—Entonces ¿abortamos? —preguntó Kramer.

Schwartz no respondió y metió la mano debajo del asiento. Sacó un petate verde militar que le acompañaba en cada misión.

—¿Y ahora qué? —preguntó el jefe.

Schwartz tiró al suelo las prendas que antes había cambiado por la ropa de cuero y hurgó en el petate.

Solo le llevó unos pocos segundos encontrar, entre rollos de cable y cinta adhesiva, baterías y herramientas, lo que buscaba.

—Por favor, dime que solo es una broma —dijo Kramer cuando Martin le pidió un espejo.

—Olvídalo —respondió Schwartz encogiéndose de hombros—. También se puede sin él.

Después apoyó las tenazas en el incisivo superior izquierdo.

2

Seis horas después

—Usted está completamente loco.

—Gracias por decírmelo con tanta delicadeza, doctora.

—No, en serio.

La joven dentista morena parecía querer abofetearlo. Enseguida le preguntaría si se creía Rambo, como ya habían hecho Kramer, el jefe de la unidad de operaciones especiales, los dos enfermeros de urgencias y media docena más desde que había acabado la misión.

La dentista —Dra. Marlies Fendrich, según el rótulo en la bata del hospital Charité— respiraba estresada a través de la mascarilla azul celeste de usar y tirar.

—¿Quién se ha creído que es? ¿Rambo?

Él sonrió, lo cual era un error, porque así llegaba aire frío al nervio que estaba al descubierto. Se había roto el diente justo por encima del hueso de la mandíbula, y pinchazos de dolor le atravesaban la cabeza cada vez que se tocaba los restos con la lengua.

La silla en la que estaba tumbado se hundía por la zona de la espalda. Una lámpara apareció sobre su cabeza y lo deslumbró.

—¡Abra la boca! —ordenó la dentista, y él obedeció—. ¿Sabe el esfuerzo que supone volver a restaurar el diente? —añadió.

Estaba tan cerca de su cara que podía verle los poros. A diferencia de él, daba mucha importancia al cuidado físico. Él se había hecho el último peeling hacía un año. En aquel entonces los dos eslovenos lo habían arrastrado por el asfalto del área de servicio de la autovía.

Nunca era bueno que se descubriera el camuflaje.

—Apenas me ha dejado un milímetro de sustancia, demasiado poco para montar una corona encima —siguió quejándose Marlies—. Podríamos intentar una extrusión, es decir, sacar la raíz que sigue dentro del maxilar. Sería mejor una extensión quirúrgica de la corona, entonces quizás podríamos evitar un implante, aunque antes hay que limpiar a fondo el canal de la raíz. Después de lo que se ha hecho, seguro que no necesita anestesia si freso ligeramente el hueso...

—¡Doce! —la interrumpió Martin.

—¿Qué doce?

—Los años que tenía el chico al que habían encadenado a una hamaca. Llevaba una pinza que le mantenía la boca abierta para que no pudiera defenderse durante el sexo oral. Yo debía infectarle con el VIH.

—¡Dios mío! —El rostro de la dentista perdió una buena parte del bronceado de las vacaciones. Schwartz se preguntó dónde habría estado. A mediados de octubre ya había que volar bastante lejos para poder tumbarse al sol. O tener suerte. Nadja y él la habían tenido una vez, hacía seis años. En su último viaje a Mallorca. Habían podido celebrar el décimo cumpleaños de Timmy en la playa, y él había sufrido una insolación. La última vez de su vida. Un año después, su mujer y su hijo estaban muertos, y él no había vuelto a irse de vacaciones.

—El delincuente esperaba a un calvo al que le faltaba un incisivo. Qué puedo decir... —Se palpó el cráneo pelado—. Mi peluquero estaba más o menos del mismo humor que usted.

La dentista forzó una sonrisa nerviosa. Se notaba que no sabía si Schwartz había hecho una broma.

—¿Se ha... quiero decir, el chico, se...?

—Él está bien —respondió. Al menos todo lo bien que pued­e estar un chico tutelado que volvía a encontrarse en un centro de menores poco después de haber sido liberado de las garras de unos locos perversos. Schwartz había esperado hasta que logró grabar la orden de Pryga de: «Metédsela al chico por todos los agujeros.» La cámara del remache de su chaqueta de cuero captó la sonrisa expectante de todos los invitados, hacia los que se volvió antes de decir «tostadora», la palabra clave acordada para los de operaciones especiales. Junto con el supuesto positivo de VIH y el vídeo de la cámara fija casera de Pryga, tenían suficientes pruebas para meter entre rejas a esos cerdos durante mucho, mucho tiempo.

—Con algo de suerte, incluso dos años y medio —había pronosticado Kramer cuando lo llevó a la consulta de Virchow, donde primero le entregaron la medicación para la PPE: tres pastillas diarias durante cinco semanas. Kramer tuvo que ocuparse del papeleo, por eso Martin se había dirigido solo a la clínica dental, donde ahora, tras otras dos horas de espera, por fin le había tocado el turno.

—Lo siento —se disculpó la dentista. Tenía una cara pequeña con unas orejas un poco demasiado grandes y unas pecas atractivas en la nariz.

En otra vida, Schwartz se hubiera preguntado si debía pedirle el número de teléfono para después no hacer nada, pues estaba casado. Ese era el problema con la vida. Nunca era el momento correcto. O bien se conocía a una mujer guapa y se llevaba un anillo en el dedo. O el anillo ya no estaba y cada mujer guapa recordaba lo que se había perdido.

—Lo único que me dijeron es que se había autolesionado estando de servicio. Que era usted un...

—¿Un chalado? —Schwartz añadió la parte de la frase que la dentista no se había atrevido a completar.

—Sí. No sabía qué...

—Okay, de acuerdo. Limítese a quitar el resto.

La doctora Fendrich negó con la cabeza.

—No es tan fácil. Seguro que quiere una reconstrucción...

—No. —Schwartz levantó la mano para defenderse.

—Pero no puede darle igual, así se desfigura...

—Si usted supiera todo lo que me da igual... —dijo en voz baja; entonces el móvil le vibró en el bolsillo del pantalón—. Un momento, por favor.

Tuvo que volverse un poco para poder hurgar en el bolsillo trasero. Quienquiera que lo llamara lo hacía desde un número oculto.

—Oiga, ahí fuera aún esperan más pacientes... —La dentista se volvió enfadada cuando Schwartz hizo caso omiso de su protesta.

—¿Sí? —No hubo respuesta. Solo una fuerte interferencia que le recordó los viejos módems y el anuncio de AOL de los años noventa—. ¿Hola?

Oyó el eco de su propia voz y un poco antes de cortar la conexión se oyó un clac en la línea, como si alguien jugara con unas canicas sobre una placa de vidrio. Entonces las interferencias se debilitaron, sonaron dos chasquidos intensos y de pronto pudo entender cada palabra.

—¿Hola? Me llamo Gerlinde Dobkowitz. ¿Me estoy dirigiendo a un tal señor Martin Schwartz?

Parpadeó alarmado. La gente que marcaba ese número no tenía motivo alguno para preguntar por su nombre. Solo había confiado el número secreto privado a unos pocos, y todos ellos sabían cómo se llamaba.

—¿Hola? ¿Señor Schwartz?

La voz desconocida tenía acento vienés y pertenecía a una anciana o a una dama joven con un grave problema con el alcohol. Schwartz apostó por la primera opción, tanto por el anticuado nombre de pila como por las expresiones pasadas de moda.

—¿De dónde ha sacado mi número? —quiso saber.

Aunque la dama fuera de la compañía telefónica, algo que no creía, no se hubiese dirigido a él por su nombre civil, sino por Peter Pax, el seudónimo con el que había solicitado ese número hacía años; era su nombre falso preferido, porque le recordaba a Peter Pan.

—Digamos que soy bastante buena investigando —dijo la mujer.

—¿Qué quiere usted de mí?

—Se lo explicaré en cuanto nos veamos. —Gerlinde Dob­kowitz soltó una tos áspera—. Debe venir a bordo con la mayor rapidez que le sea posible.

—¿A bordo? ¿De qué está hablando?

Schwartz advirtió que la dentista, que estaba ordenando sus instrumentos en una mesa auxiliar, le lanzaba una mirada interroga­tiva.

—Del Sultan of the Seas —repuso la anciana—. En estos momentos navegamos a una jornada de Hamburgo rumbo a Sout­h­amp­ton, en alguna parte del Canal de la Mancha. Debe reu­nirse con nosotros lo más rápido posible.

Schwartz se quedó de piedra. Antes, cuando se había plantado delante de Pryga, no había estado nervioso. Tampoco cuando lo pinchó en el pasillo de la casa con la aguja de la prueba rápida de VIH y tardó más de los tres minutos calculados hasta que por fin apareció la segunda línea en el visor de la tira. Ni siquiera cuando había visto al chico desnudo en la hamaca y las puertas corta­fuegos se cerraron tras él. Pero ahora se le había disparado el puls­o. Y la herida de la boca palpitaba al ritmo del latido de su corazón.

—¿Hola? ¿Señor Schwartz? Usted conoce el barco, ¿no es cierto? —preguntó Gerlinde.

—Sí.

«Seguro.»

Claro que lo conocía.

Era el crucero en el que hacía cinco años, durante la tercera noche de la travesía transatlántica, su mujer había trepado a la barandilla del balcón de su camarote y había saltado cincuenta metros al vacío. Poco después de haberle puesto a Timmy una manopla de baño empapada en cloroformo sobre el rostro dormido y, a continuación, lanzarlo por la borda.

3

Southampton

17 horas después

A Naomi le encantaban las novelas de suspense. Cuanto más sangrientas, mejor. Para la travesía en el crucero de lujo había cargado toda una carretada a bordo del Sultan of the Seas (a esos modernísimos lectores electrónicos aún no había podido acostumbrarse), y en un día bueno casi se acababa un libro entero, sin importar lo gordo que fuera.

O lo sangriento.

A veces no estaba segura de quién estaba más chalado, si el autor que se imaginaba esas tonterías enfermizas, o ella que incluso pagaba para poder ponerse cómoda junto a la piscina en compañía de psicópatas y asesinos, al alcance del camarero guapo que, entre capítulo y capítulo, le suministraba café, refrescos o cócteles según la hora del día.

En los siete años de matrimonio, antes de que Dios hubiera considerado que una urna en la chimenea le sentaría mejor que un anillo en el dedo, en cierta ocasión su marido le dijo que se preguntaba por qué había restricciones de edad para películas y videojuegos, pero no para libros.

Cuánta razón había tenido.

Había escenas que había leído hacía años y que no se quitaba de la cabeza desde entonces, por mucho que lo deseara. Por ejemplo aquella de The Cleaner, en la que Joe espera con regocijo una aventura sexual salvaje con su conquista en el parque y, en su lugar, la bruja chiflada le arranca un testículo con unas tenazas.

Se estremeció.

Después de esa descripción, cabría pensar que el autor era un pervertido, aunque el libro gozaba de un éxito enorme y su autor, Paul Cleave, al que había visto en persona durante una lectura en un festival de novela negra, era encantador, guapo y divertido. Gracioso, como muchos trozos del libro.

Ni punto de comparación con Hannibal de Thomas Harris, que le había dado náuseas cuando el doctor Lecter se comía a cucharadas el cerebro de su adversario aún con vida directamente del cráneo abierto. ¡El libro tenía casi setecientas puntuaciones de cinco estrellas!

«Una locura.»

Casi tanto como la historia de la mujer de treinta y siete años a la que su secuestrador mantiene encerrada en un pozo hasta que un día hace descender un cubo con un cuenco de arroz. En el cuenco aparecen escritas dos palabras que la mujer, doctora en Biología, apenas puede leer en la oscuridad: Spirometra mansoni.

El nombre en latín de un parásito que, sobre todo, se encuentra en el sudeste asiático y que crece a partir de cestodos imbricados semitransparentes del grosor de un cordón de zapatos y hasta treinta centímetros de largo. Mudan bajo la piel de las personas y se dirigen hacia el cerebro. O detrás de los ojos, como en el caso de la mujer de la historia, que tiene un hambre tan insoportable que, al final, decide comerse el arroz contaminado para no morir de forma tan vil.

Mierda, ¿cómo se llama ese libro?

Pensó en la estantería del invernadero de su casa, en los autores por orden alfabético, pero sin éxito.

Sí, ¿puede ser? No hace tanto tiempo que... ¡Ah, ya lo he recordado!

En el momento en el que el dolor la devolvió del breve sueño a la realidad, Naomi Lamar volvió a recordarlo:

No era un libro.

Sino su vida.

En alguna parte del Sultan of the Seas.

Y muy a su pesar, aún faltaba mucho para que acabara.

4

Martin Schwartz subió por las escaleras del Sultan con un petate al hombro, y se sintió mal.

Aborrecía ese barco, los revestimientos de las paredes en discretos colores pastel, los muebles de caoba o teca y las suaves moquetas en las que caminar era como pisar un césped. Aborrecía los ridículos uniformes de los empleados, que incluso los botones más sencillos llevaban como si estuvieran trabajando para la Marina y no en una especie de feria de turismo de masas. Aborrecía el discreto aroma a vainilla que se añadía a la climatización; aborrecía la mirada eufórica de los pasajeros con los que había subido a bordo por la escalerilla. Mujeres, hombres, niños, familias. Esperaban con alegría las siete noches de lujo, el bufé libre las veinticuatro horas, los tranquilos días de travesía en la cubierta o en el gran spa de dos mil metros cuadrados con un Fitness Center. Planeaban visitar los espectáculos del teatro musical más moderno del mundo mundial y tomar cócteles en uno de los once bares que se repartían por las diecisiete cubiertas. Querían dejar a sus hijos en el Club de los Piratas, subirse al tobogán acuático más largo que jamás se había construido en un barco, perder su dinero en el casino así como gastarlo en el centro comercial diseñado al estilo de una piazza italiana. Quizás algunos embarcaban con sentimientos encontrados, como en un avión, respetuosamente inquietos y preguntándose si la tecnología en cuyas manos se entregaban los llevaría sanos y salvos de A a B. Pero Martin estaba seguro de que ni uno solo de los tres mil pasajeros, de diferentes culturas y clases sociales, dedicaba un solo pensamiento al hecho de que, en los próximos días, vivirían en una pequeña ciudad, empezando por el personal que ganaba dos dólares por hora y trabajaba abajo en la lavandería, hasta los millonarios de las tumbonas con capota de la cubierta superior. Una ciudad en la que había de todo, excepto un guardián del orden. En la que, cuando se marcaba el 112, venía el servicio de habitaciones... y no la policía. Una ciudad en la que, en cuanto embarcabas, quedabas sometido a la legislación de la república bananera subdesarrollada bajo cuya bandera se había botado el barco.

Martin aborrecía el Sultan, a sus pasajeros y a la tripulación.

Pero sobre todo se aborrecía a sí mismo.

Se había prometido no volver a poner un pie en un crucero jamás en la vida. Mucho menos en ese. Y una única llamada de una jubilada a la que ni siquiera conocía le había hecho tirar por la borda todos sus propósitos.

Soltó una risotada cínica para sus adentros y un matrimonio mayor con mucho sobrepeso con el que se cruzó en la escalera le lanzó una mirada escéptica.

«Arrojar por la borda...»

Imposible expresarlo de un modo más adecuado.

Llegó a la cubierta 12 y estudió las indicaciones con los números de camarotes. Para la suite 1211, tenía que dirigirse a babor.

Martin bostezó. Quizá se debía a que el día anterior la dentista lo había convencido de que aceptara una solución provisional; el dolor de dientes no le había permitido conciliar el sueño en toda la noche y, excepto una cabezada de diez minutos en el vuelo a Londres, no había disfrutado de un momento de descanso.

En el taxi de Heathrow a Southampton, el móvil lo había sacado de quicio. Primero, Kramer intentaba localizarlo, después el jefe en persona para gritarle que qué se había creído, que por qué no había asistido a la reunión sobre la operación. Si no se dirigía enseguida a la comisaría, podía ir recogiendo sus cosas.

—Además, gilipollas, has prometido acudir al médico con regularidad. La mierda que espero que te estés tomando puede provocar daños cerebrales, aunque dudo que, en tu caso, se note una diferencia.

En algún momento Martin había desviado los insultos al buzón de voz. No creía que pudieran prescindir de él. Como muy tarde en la próxima operación suicida, también se olvidarían de esta nota en su expediente personal. ¿O en realidad había tensado demasiado la cuerda reservando pasaje en el Sultan sin consultar a sus superiores ni solicitar vacaciones? En una suite de ciento cincuenta metros cuadrados en la cubierta 11 por dos mil euros la noche, incluido el vuelo de regreso de Nueva York a Berlín en clase business.

Aunque Martin no tenía previsto emprender la travesía. Solo quería hablar con Gerlinde Dobkowitz, ver sus supuestas «pruebas» y después desembarcar de inmediato. Pero esa anciana sin duda algo excéntrica se había negado a abandonar el barco por él. Como Martin había averiguado la noche anterior en una búsqueda en internet, Gerlinde Dobkowitz, de setenta y ocho años, era considerada una leyenda viva en los foros de cruceros. Con su pensión, se había permitido el lujo de ocupar de por vida uno de los pocos camarotes permanentes del Sultan

Así que Martin tenía que subir a bordo a verla y, como no se podía acceder al Sultan sin identificación de pasajero, se había visto obligado a reservar un camarote. La suite con terraza en la popa del barco era la única que aún estaba disponible en línea en un plazo tan corto, por eso había pagado doce mil euros por una conversación de veinte minutos. En realidad, el tiempo de viaje estaba tan calculado que habría dispuesto de más de dos horas para la entrevista, pero en el trayecto de ida el taxista se había propuesto enseñarle todos los atascos del sur de Gran Bretaña.

Daba igual, ese precio ya no lo arruinaría.

Aunque su sueldo de detective no era excesivamente elevado, hacía años que apenas gastaba, y su cuenta estaba tan bien provista que hacía dos meses el banco incluso le había enviado una tarjeta de felicitación cuando cumplió treinta y ocho años.

Sin embargo, en ese momento, pulsando el timbre del camarote 1211, más bien se sentía con más de cincuenta.

Oyó sonar un discreto carillón. Solo pasaron unos pocos segundos antes de que la puerta se abriera y se encontrara ante un muchachito amable y sonriente que llevaba frac y zapatos de charol. Martin recordó que el Sultan anunciaba que ponía un mayordomo a disposición de todos los huéspedes que reservaran una de sus carísimas suites.

El ejemplar que tenía delante aparentaba veintipocos años y llevaba el pelo negro, liso y corto con la raya en medio pegado a un cráneo más bien pequeño. Tenía ojos acuosos y barbilla prominente. «Valor» y «capacidad para imponer su voluntad» no eran las primeras palabras que se le ocurrieron al verlo.

—¡Que pase! —oyó Martin gritar a Gerlinde Dobkowitz desde el interior de la suite, y el mayordomo se apartó.

Al cerebro de Martin le costó un gran esfuerzo procesar todas las impresiones que a continuación lo golpearon.

Como detective, sabía que con frecuencia la frontera entre un estilo de vida excéntrico y la locura que requiere terapia solo puede trazarse mediante un lápiz afilado. A primera vista Gerlinde Dobkowitz se movía a ambos lados de la frontera.

—Bueno, por fin —lo saludó desde la cama. Estaba inclinada contra un montón de cojines, entre periódicos y páginas de ordenador impresas en la cabecera del colchón. La cama sobrecar­gada ocupaba el centro de una habitación que los interioristas del astillero en un principio habían diseñado como salón. Pero habían hecho sus cálculos sin Gerlinde Dob­kowitz. Al menos Martin no podía imaginarse que el papel pintado de flores color espuma de frambuesa, la alfombra de piel de cebra o los cuernos de ciervo artificiales sobre la rejilla de ventilación formaran parte del equipamiento básico de todas las suites de tres habitaciones del Sultan.

—Debería calibrar su velocímetro —dijo la vieja dama con la mirada puesta en un reloj de pie de madera situado en el espacio de entrada de la suite—. ¡Son casi las seis!

Con gesto malhumorado metió prisa al mayordomo para que fuera a un antiguo secreter forrado de terciopelo que se encontraba en ángulo recto con la pared medianera, bajo un óleo que a lo mejor había representado una vez al Hombre del yelmo de oro de Rembrandt, pero que ahora estaba cubierto de notas fijadas al lienzo con chinchetas.

La vieja dama le lanzó una mirada asesina a Martin.

—Ya pensaba que tendría que esperar hasta Nueva York para entregar mis brownies en la Casa Blanca.

Gerlinde cogió unas gafas enormes de la mesilla de noche. Martin se sorprendió al ver que no necesitaba ambas manos para colocárselas en la nariz. Los cristales estaban tintados de rosa pálido y eran tan gruesos como el fondo de un vaso de whisky, por lo que los despiertos ojos adoptaban tras ellos el tamaño de los de una lechuza. En realidad, al contemplar a Gerlinde la comparación con un pájaro no exigía mucha imaginación. Tenía dedos como garras y la nariz larga y corva sobresalía como un pico del pequeño rostro de corneja de la vieja dama, todo huesos y piel.

—Espero que no vuelva a ser del tipo de papel de lija Z. Li­mítese a dejarlo junto a la basura orgánica y, después, adiós. —Hizo un ademán en dirección a Martin como si quisiera espantar una mosca molesta.

—Me temo que me confunde con otro —dijo él dejando el petate.

Gerlinde enarcó las cejas con expresión atónita.

—¿Acaso no es el hombre del papel higiénico? —preguntó, sorprendida.

Martin, al que poco a poco le iba quedando claro lo que había querido decir con «basura orgánica», «brownies», «papel de lija tipo Z» y la «Casa Blanca», se preguntó cómo podía haber sido tan idiota como para acudir allí. ¿Qué mosca le había picado para echar sal en esas heridas que jamás cicatrizarían? Era la esperanza de que, por fin, la tragedia tuviera un final. Y la esperanza, esa serpiente traicionera, lo había conducido a un callejón sin salida en cuyo fondo lo aguardaba una abuela tumbada en la cama.

Martin siguió la mirada atónita que Gerlinde le lanzó a su mayordomo.

—¿Quién demonios es este, Gregor?

Gregor, que había tomado asiento ante el secreter tras una máquina de escribir que hubiese significado un imán histórico para el público en el museo de Tecnología de Berlín, miró por encima del borde del papel con aire de desconcierto.

—Me temo que estoy tan desinformado como...

—¿Quién es usted? —preguntó Gerlinde, interrumpiendo el elegante tartamudeo.

—Me llamo Martin Schwartz, ayer hablamos por teléfono.

Ella se dio una sonora palmada en la frente.

—Oh, cielos, desde luego.

Gerlinde apartó una pila de papel y retiró el edredón de plumas bajo el cual se había tumbado calzada con zapatillas de deporte blancas como la nieve.

—Qué bien que haya venido. Sé lo difícil que debe de haberle resultado...

Desplazó sus piernitas por encima del borde de la cama. Gerlinde llevaba un chándal rosa en el que hubiese cabido dos veces.

—... Justo aquí, al Sultan, donde usted perdió a su mujer y su hijo...

—Por favor, disculpe mi impaciencia —la interrumpió Martin. No tenía ni tiempo ni energía para cortesías. Incluso la presencia del mayordomo le resultaba indiferente—. Por teléfono dijo que tenía pruebas de que mi mujer no se había precipitado al mar por voluntad propia.

Gerlinde asintió, en absoluto molesta por que él la había interrumpido, arrastró las piernas hasta una silla de ruedas aparcada junto a la cama y abrió el cajón de la mesilla de noche.

—No solo por eso, querido. No solo por eso. —Le dirigió una mirada de complicidad, y luego añadió—: Quizás incluso haya encontrado una prueba de que su familia sigue con vida.

Con esas palabras, le entregó a Martin un pequeño oso de peluche desgastado que alguna vez había sido blanco y cuya piel ahora había adoptado el color de la arena sucia.

A Martin se le hizo un nudo en el estómago y notó un cosquilleo en la garganta. Sintió náuseas. No lograría abandonar este barco tan pronto.

Al viejo peluche que apestaba a sudor y lubricante, le faltaba un ojo y la pata derecha, pero las iniciales seguían en su sitio.

T. S.

Justo donde Nadja las había bordado hacía años con la máquina de coser, poco antes de que Timmy hiciera su primer viaje a la casa de campo con su clase.