Contenido
Prólogo
Spruce Harbor, Maine, 2011
Spruce Harbor, Maine, 2011
Nueva York, 1929
Nueva York, 1929
Tren central de Nueva York, 1929
Union Station, Chicago, 1929
Spruce Harbor, Maine, 2011
Spruce Harbor, Maine, 2011
Tren de Milwaukee, 1929
Terminal de Milwaukee Minneapolis, 1929
Albans, Minnesota, 1929
Albans, Minnesota, 1929
Spruce Harbor, Maine, 2011
Spruce Harbor, Maine, 2011
Albans, Minnesota, 1929
Albans, Minnesota, 1929-1930
Condado de Hemingford, Minnesota, 1930
Condado de Hemingford, Minnesota, 1930
Spruce Harbor, Maine, 2011
Spruce Harbor, Maine, 2011
Spruce Harbor, Maine, 2011
Condado de Hemingford, Minnesota, 1930
Condado de Hemingford, Minnesota, 1930
Condado de Hemingford, Minnesota, 1930
Hemingford, Minnesota, 1930
Spruce Harbor, Maine, 2011
Spruce Harbor, Maine, 2011
Hemingford, Minnesota, 1930
Hemingford, Minnesota, 1930
Hemingford, Minnesota, 1930-1931
Hemingford, Minnesota, 1935-1939
Spruce Harbor, Maine, 2011
Spruce Harbor, Maine, 2011
Minneapolis, Minnesota, 1939
Minneapolis, Minnesota, 1939
Hemingford, Minnesota, 1940-1943
Hemingford, Minnesota, 1943
Spruce Harbor, Maine, 2011
Spruce Harbor, Maine, 2011
Spruce Harbor, Maine, 2011
Spruce Harbor, Maine, 2011
Agradecimientos
Breve historia de los trenes de huérfanos reales
A Christina Looper Baker, que me pasó el hilo,
y a Carole Robertson Kline, que me dio la tela
Al trasladarse de un río a otro, los wabanakis tenían que acarrear sus canoas y el resto de sus posesiones. Todos conocían el valor de viajar ligero y comprendían que ello requería dejar atrás algunas cosas. El miedo, con frecuencia la carga más difícil de abandonar, era lo que más entorpecía el movimiento.
BUNNY MCBRIDE, Women of the Dawn
Prólogo
Creo en fantasmas. Son los que nos acechan, los que nos han dejado atrás. A lo largo de mi vida los he sentido muchas veces a mi alrededor, observando, siendo testigos cuando nadie del mundo de los vivos sabía lo que ocurría, cuando a nadie le importaba.
Tengo noventa y un años, y casi todos los que alguna vez formaron parte de mi vida son ahora fantasmas.
En ocasiones, estos espíritus me han resultado más reales que la gente, más reales que Dios. Llenan el silencio con su peso, denso y caliente, como la masa de pan que leuda bajo un trapo. Mi abuela, con sus ojos amables y piel como polvo de talco. Mi padre, sobrio, riendo. Mi madre, entonando una canción. Estas encarnaciones fantasmales se han despojado de la amargura, el alcohol y la depresión, y una vez muertos me consuelan y protegen como nunca lo hicieron en vida.
He llegado a pensar que eso es el cielo: un lugar en el recuerdo de otros donde pervive lo mejor de nosotros.
Quizá tengo suerte, porque a los nueve años me regalaron los fantasmas de lo mejor de mis padres y a los veintitrés el fantasma de lo mejor de mi amor verdadero. Y mi hermana Maisie, siempre presente, un ángel en mi hombro. Tenía dieciocho meses a mis nueve años, trece años a mis veinte. Ahora tiene ochenta y cuatro a mis noventa y uno, y sigue conmigo.
Tal vez no sustituyen a los vivos, pero a mí no me dieron elección. Podía consolarme con su presencia o podía derrumbarme, lamentando lo que había perdido.
Los fantasmas me susurraron, diciéndome que continuara.
Spruce Harbor, Maine, 2011
A través de la pared de su dormitorio, Molly oye a sus padres de acogida hablando de ella en el salón, justo al otro lado de la puerta.
—No es esto lo que pactamos —está diciendo Dina—. Si hubiera sabido que tenía tantos problemas, nunca habría accedido.
—Lo sé, lo sé. —La voz de Ralph denota cansancio.
Molly sabe que es él quien deseaba ser padre de acogida. Mucho tiempo atrás, en su juventud, cuando era un «adolescente con problemas», como le dijo a ella sin rodeos, un asistente social de su escuela lo había inscrito en el programa Big Brother, y siempre había sentido que su «hermano mayor» —su mentor, como él lo llama— lo llevaba por el buen camino. Dina, en cambio, receló de Molly desde el principio. No ayudó que antes de Molly tuvieran un chico que trató de prender fuego a la escuela primaria.
—Ya aguanto bastante tensión en el trabajo —dice Dina, levantando la voz—. No necesito llegar a casa y encontrarme con esta mierda.
Dina trabaja en la centralita de la comisaría de Spruce Harbor y, por lo que Molly sabe, allí no hay mucha tensión: algunos conductores borrachos, un ojo morado de vez en cuando, pequeños hurtos, accidentes. Si has de trabajar en la centralita de una comisaría en cualquier lugar del mundo, Spruce Harbor es probablemente el sitio menos estresante que quepa imaginar. Pero Dina está tensa por naturaleza, cualquier nimiedad la irrita. Es como si diera por sentado que todo irá bien, y cuando no es así —lo cual, por supuesto, ocurre con frecuencia— se sorprende y se siente afrentada.
Molly es todo lo contrario. Tantas cosas le han ido mal en sus diecisiete años que no espera nada bueno. Cuando algo va bien, apenas sabe qué pensar.
Y justo eso había ocurrido con Jack. Cuando Molly fue trasladada al instituto de Mount Desert Island el año anterior, en décimo grado, la mayoría de los chicos se obstinaban en evitarla. Tenían sus amigos, sus camarillas, y ella no encajaba en ninguna. Cierto es que no lo había puesto fácil; sabe por experiencia que ser dura y rara es preferible a ser infeliz y vulnerable, y utiliza su imagen gótica como una coraza. Jack era el único que había intentado atravesarla.
Fue a mediados de octubre, en clase de Ciencias Sociales. Cuando llegó el momento de formar equipos para un proyecto, Molly, como de costumbre, era el bicho raro. Jack le pidió que se uniera a él y su compañera, Jody, claramente menos entusiasmada. Durante toda la clase de cincuenta minutos, Molly fue un gato con el lomo erizado. ¿Por qué Jack estaba siendo tan amable? ¿Qué quería de ella? ¿Era uno de esos tipos aficionados a estar con la chica rara? Fuera cual fuese el motivo de Jack, Molly no estaba dispuesta a ceder ni un milímetro. Se quedó de pie atrás, los brazos cruzados, hombros caídos, pelo negro apelmazado tapándole los ojos. Se encogió de hombros y resopló cuando Jack planteó preguntas, pero cumplió con su parte del trabajo.
—Esa chica es muy rara —oyó Molly que murmuraba Jody cuando salían de clase después de que sonara el timbre—. Me da miedo.
Molly se volvió y se encontró con los ojos de Jack, y él la sorprendió con una sonrisa.
—Creo que es impresionante —dijo, sosteniéndole la mirada.
Por primera vez desde su llegada a ese instituto, Molly no pudo evitarlo: le devolvió la sonrisa.
En los últimos meses, Molly se ha enterado de algunos detalles de la historia de Jack. Su padre era un emigrante dominicano que conoció a su madre recogiendo arándanos en Cherryfield, la dejó embarazada, volvió a República Dominicana para liarse con una chica de allí, y jamás miró atrás. Su madre, que nunca se casó, trabaja para una anciana adinerada que vive en una mansión a orillas de la bahía. A Jack también le correspondería estar en los márgenes de la sociedad, pero no lo está. Tiene algunos activos que juegan a su favor: habilidad en el campo de fútbol, una sonrisa deslumbrante, ojazos y pestañas fabulosas. Y aunque él se niega a tomarse en serio a sí mismo, Molly se da cuenta de que es mucho más listo de lo que reconoce; probablemente ni siquiera sabe cuán listo es.
A Molly no le importan en absoluto las proezas de Jack en el campo de fútbol, pero la inteligencia la respeta. (Los ojazos son un plus.) Su propia curiosidad es lo único que ha evitado que Molly se descarríe. Ser gótica borra toda expectativa de convencionalidad, con lo cual Molly descubre que puede ser rara de muchas maneras al mismo tiempo. Lee sin descanso —en los pasillos, en la cafetería—, sobre todo novelas con protagonistas angustiados: Las vírgenes suicidas, El guardián entre el centeno, La campana de cristal. Escribe palabras en una libreta, porque le gusta como suenan: «arpía», «pusilánime», «talismán», «matrona», «enervante», «sicofante»...
De recién llegada, a Molly le gustaba la distancia que creaba su imagen, la cautela y desconfianza que veía en los ojos de sus compañeros. Sin embargo, aunque se resiste a admitirlo, últimamente ha empezado a sentirse constreñida por esa imagen. Cuesta una eternidad conseguir el aspecto correcto cada mañana, y rituales que habían estado cargados de significado —teñirse el pelo de negro azabache con mechones violeta o blancos, oscurecerse los párpados con kohl, aplicarse una base de maquillaje varios tonos más blanca que su piel, ajustarse y apretarse prendas de ropa incómodas— ahora la impacientan. Se siente como un payaso de circo que se despierta una mañana y ya no quiere colocarse la nariz de goma roja. La mayoría de la gente no necesita tanto esfuerzo para permanecer en su papel. ¿Por qué ha de hacerlo? Fantasea con que en el próximo lugar al que vaya —porque siempre hay un próximo lugar, otra casa de acogida, otra nueva escuela— empezará con un nuevo look más fácil de mantener. ¿Grunge? ¿Sexy?
La probabilidad de que esto ocurra más pronto que tarde gana peso a cada minuto que pasa. Dina lleva tiempo deseando desembarazarse de Molly, y ahora tiene una excusa válida. Ralph había apostado su credibilidad a la conducta de Molly; se esforzó mucho en convencer a Dina de que bajo la agresividad de ese cabello y ese maquillaje se ocultaba una chica dulce. Bueno, ahora la credibilidad de Ralph ha saltado por los aires.
Molly se pone a cuatro patas y levanta la esquina del faldón de la colcha. Saca dos bolsas de deporte de colores brillantes, las que le compró Ralph en la liquidación del outlet de L.L. Bean en Ellsworth (la roja con el monograma «Braden» y la naranja, «Ashley», con flores hawaianas; Molly no sabe si las liquidaron por el color, por el estilo o simplemente por lo baboso de esos nombres en hilo blanco). Cuando está abriendo el cajón superior del tocador, un zumbido de percusión debajo del edredón se va transformando en una versión enlatada de Impacto de Daddy Yankee: «Así sabrás que soy yo y descolgarás el maldito teléfono», le dijo Jack cuando le compró el tono de móvil.
—Hola, amigo —dice en castellano cuando finalmente lo encuentra.
—Eh, ¿qué pasa, chica?
—Uf, en fin. Dina no está contenta ahora mismo.
—¿En serio?
—Sí. Pinta muy mal.
—¿Cuánto de mal?
—Bueno, creo que me van a echar. —Molly siente un incipiente nudo en la garganta. Le sorprende, considerando cuántas veces ha pasado por una versión de esto.
—No lo creo.
—Sí —añade ella, sacando calcetines y ropa interior y metiéndolo todo en la bolsa Braden—. Los oigo hablando de eso.
—Pero has de hacer esas horas de servicio a la comunidad.
—Creo que no. —Recoge el collar con sus amuletos, hecho un lío encima del tocador, y frota la cadenilla de oro entre sus dedos, tratando de desenredarlo—. Dina dice que nadie me aceptará. Soy de poco fiar. —Afloja el nudo con el pulgar y separa los hilos—. No importa. He oído que el reformatorio no está tan mal. Y solo serán unos meses.
—Pero... tú no robaste ese libro.
Pegándose el móvil a la oreja, se pone el collar, forcejeando con el cierre, y se mira en el espejo de encima del tocador. Tiene el maquillaje negro corrido bajo los ojos.
—¿Verdad que no, Molly? —insiste él.
La cuestión es que sí lo robó. O al menos lo intentó. Es su novela favorita, Jane Eyre, y quería que fuera suya, tenerla en su posesión. La librería Sherman de Bar Harbor no tenía el libro en stock, y era demasiado tímida para pedirle al encargado que se lo consiguiera. Y Dina no iba a darle un número de tarjeta de crédito para que lo comprara por internet. Sin embargo, ella nunca había deseado tanto una cosa. (Bueno... últimamente.) Así que allí estaba Molly, en la biblioteca, de rodillas en las estrechas pilas de libros de ficción, delante del estante con tres ejemplares de la novela, dos en rústica y uno en tapa dura. Ya había sacado dos veces el de tapa dura, yendo al mostrador y entregando su carnet de la biblioteca. Sacó los tres volúmenes del estante, los sopesó en la mano. Devolvió el de tapa dura, colocándolo al lado de El código da Vinci. Y también el de rústica más nuevo.
El ejemplar que se guardó bajo la cinturilla de los tejanos estaba viejo y gastado, con las páginas amarillentas y pasajes subrayados a lápiz. Las hojas empezaban a soltarse de la encuadernación barata, con la cola reseca. Si lo hubieran puesto en la venta anual de la biblioteca lo habrían valorado en diez centavos a lo sumo. Nadie, suponía Molly, lo echaría de menos. Había disponibles dos ejemplares más nuevos. Sin embargo, la biblioteca había adquirido recientemente cintas magnéticas antirrobo y varios meses antes cuatro voluntarias, damas de cierta edad que se consagraban a todo lo relacionado con la biblioteca de Spruce Harbor, habían pasado varias semanas colocándolas en las cubiertas interiores de los once mil volúmenes. Así que cuando Molly salió del edificio ese día a través de lo que —aunque ella ni siquiera se había dado cuenta— era una puerta de detección de robo, un zumbido alto e insistente hizo que la jefa de las bibliotecarias, Susan LeBlanc, se acercara como una paloma mensajera.
Molly confesó de inmediato, o más bien trató de decir que pensaba pedirlo prestado. Pero Susan LeBlanc no se creyó nada.
—Por el amor de Dios, no me insultes con una mentira —dijo—. Te he estado vigilando. Suponía que tramabas algo.
¡Y qué pena que su suposición fuera correcta! Le habría gustado ser sorprendida gratamente por una vez.
—Ah, mierda. ¿En serio? —Jack suspira.
Mirándose en el espejo, Molly pasa un dedo por los amuletos de la cadena que lleva al cuello. Ya casi nunca la lleva, pero cada vez que ocurre algo y sabe que tendrá que volver a mudarse, se la pone. Se compró la cadenilla en una tienda de saldos Marden’s, en Ellsworth, y le colgó esos tres amuletos —un pez de esmalte alveolado azul y verde, un cuervo de peltre y un pequeño oso pardo— que su padre le había regalado cuando ella cumplió ocho años. Él murió varias semanas después al volcar su coche cuando iba a excesiva velocidad por la I-95 en una noche gélida, después de lo cual su madre, de veintitrés años, empezó una espiral descendente de la que nunca se recuperó. En su siguiente cumpleaños, Molly ya vivía con una nueva familia y su madre estaba en la cárcel. Los amuletos son lo único que le queda de cómo era su vida.
Jack es un buen tipo. Pero ella estaba esperando esto. Al final, como todos lo demás —asistentes sociales, maestros, padres de acogida—, se hartará, se sentirá traicionado, se dará cuenta de que Molly causa demasiados problemas. Por más que quiere preocuparse por él, y por buena que sea dejándole creer a él que lo hace, nunca se lo ha permitido. No es exactamente que lo finja, pero parte de ella siempre se está conteniendo. Ha aprendido que puede controlar sus emociones pensando que su cavidad torácica es una caja enorme con un candado. Abre la caja, mete todos los sentimientos rebeldes y descarriados, cualquier tristeza díscola o reproche, y la cierra.
Ralph también ha intentado ver la bondad en ella. Está predispuesto a ello; la ve cuando ni siquiera está ahí. Y aunque en parte Molly se siente agradecida por su fe en ella, no confía plenamente. Es casi mejor con Dina, que no trata de ocultar sus sospechas. Es más fácil suponer que caes mal a la gente que llevarse una decepción luego.
—¿Jane Eyre? —dice Jack.
—¿Qué importa?
—Te lo habría comprado.
—Sí, bueno.
Incluso después de haberse metido en un problema así, que probablemente le costará que la echen, sabe que nunca le habría pedido a Jack que le comprara el libro. Si hay una cosa que odie más que estar en el sistema de acogida, es esta dependencia de gente a la que apenas conoces, esa vulnerabilidad a sus caprichos. Ha aprendido a no esperar nada de nadie. Sus cumpleaños con frecuencia se olvidan; es un añadido de última hora en vacaciones. Ha de arreglárselas con lo que tiene, y lo que tiene rara vez es lo que pide.
—Eres muy terca —dice Jack, como si adivinara sus pensamientos—. Mira en qué lío te has metido.
Llaman con brusquedad a la puerta de Molly. Ella se lleva el teléfono al pecho y observa cómo gira el pomo. Esa es otra cosa: no hay llave, no hay intimidad.
Dina asoma la cabeza en la habitación, con su boca pintada de carmín rosa convertida en una línea fina.
—Tenemos que hablar.
—Muy bien. Espera que cuelgo.
—¿Con quién estás hablando?
Molly duda. ¿Tiene que responder? Oh, qué demonios.
—Con Jack.
Dina tuerce el gesto.
—Date prisa. No tenemos toda la noche.
—Ya voy. —Molly espera, mirando inexpresiva a Dina hasta que la cabeza de esta desaparece del marco de la puerta y ella vuelve a llevarse el teléfono a la oreja—. Hora del pelotón de fusilamiento.
—No, no, escucha. Tengo una idea. Es un poco... loca.
—Desembucha —dice ella con voz hosca—. Tengo que colgar.
—He hablado con mi madre....
—Jack, ¿hablas en serio? Se lo has contado. Ella ya me odia.
—Uf, escúchame. Primero, ella no te odia. Y segundo, habló con la señora para la que trabaja, y parece que puedes hacer tus horas allí.
—¿Qué?
—Sí.
—Pero... ¿cómo?
—Bueno, sabes que mi madre es la peor ama de casa del mundo.
A Molly le encanta la forma en que Jack lo dice, con naturalidad, sin juicio, como si estuviera informando de que su madre es zurda.
—El caso es que la señora quiere vaciar su desván: papeles viejos y cajas y un montón de trastos, la peor pesadilla de mamá. Y se me ocurrió que lo hicieras tú. Apuesto a que podrías matar fácilmente las cincuenta horas allí.
—Alto ahí. ¿Quieres que limpie el desván de una vieja?
—Sí. Te va un montón, ¿no crees? Vamos, sé lo obsesiva que eres. No trates de negarlo. Todo tu material alineado en el estante. Todos tus papeles en archivos. ¿Y no tienes tus libros por orden alfabético?
—¿Te has fijado en eso?
—Te conozco mejor de lo que crees.
Molly tiene que reconocerlo, le gusta poner las cosas en orden. En realidad está un poco obsesionada con la pulcritud. Mudándose tanto como lo hace, aprendió a cuidar de sus escasas posesiones. Pero no está segura de esta idea. ¿Estar sola en un desván con olor a humedad día tras día, ordenando la basura de una señorona vieja?
Aun así, considerando la alternativa...
—Quiere conocerte —dice Jack.
—¿Quién?
—Vivian Daly. La señora. Quiere que vayas para...
—Una entrevista. ¿Estás diciendo que he de hacer una entrevista con ella?
—Forma parte del trato. ¿Estás preparada para eso?
—¿Tengo elección?
—Claro. Puedes ir a la cárcel.
—¡Molly! —ruge Dina, llamando a la puerta—. ¡Sal de ahí ahora mismo!
—¡Muy bien! —dice en voz alta, y luego a Jack—: Muy bien.
—¿Muy bien qué?
—Lo haré. Iré a verla. Me entrevistaré con ella.
—Genial. Oh, y puede que quieras llevar una falda o al menos algo, bueno, ya sabes. Y a lo mejor quitarte unos cuantos pendientes.
—¿Y el aro de la nariz?
—Me encanta el aro de la nariz —dice él—. Pero...
—Lo entiendo.
—Solo para la primera reunión.
—Está bien. Oye, gracias.
—No me des las gracias por ser egoísta. Solo quiero que estés por aquí un poco más.
Molly sonríe cuando abre la puerta del dormitorio y se encuentra con los rostros tensos e inquietos de Dina y Ralph.
—No tenéis que preocuparos. Tengo una forma de hacer mis horas comunitarias.
Dina fulmina con la mirada a Ralph, una expresión que Molly reconoce después de llevar años en casas de padres de acogida.
—Pero si queréis que me vaya lo entenderé. Encontraré otra casa.
—No queremos que te vayas —dice Ralph, al mismo tiempo que Dina dice—: Tenemos que hablar de ello.
Se miran el uno al otro.
—No importa —replica Molly—. No pasa nada si no se arregla.
Y en ese momento, con valentía robada de Jack, se siente bien. Si no funciona, no funciona. Molly aprendió hace mucho que gran parte del sufrimiento y la traición que otras personas temen a lo largo de toda una vida ella ya la ha afrontado. Padre muerto. Madre desquiciada. Desplazada y rechazada una y otra vez. Y aun así, respira y duerme y crece. Se levanta cada mañana y se viste. De manera que cuando dice que no pasa nada, lo que quiere decir es que sabe que puede sobrevivir con lo mínimo. Y ahora, por primera vez desde que recuerda, tiene alguien que la cuida. (¿Cuál es su problema, por cierto?)
Spruce Harbor, Maine, 2011
Molly respira hondo. La casa es más grande de lo que imaginaba, un monolito victoriano blanco con arabescos y contraventanas negros. Mirando a través del parabrisas, ve que está en un estado impecable, sin ningún indicio de nada desconchado ni madera podrida, lo cual significa que la han pintado recientemente. Sin duda, la anciana emplea a gente que trabaja en la casa constantemente: el ejército de abejas obreras de una reina.
Es una mañana cálida de abril. El suelo está mullido por la nieve fundida y la lluvia, pero hoy es uno de esos días raros y casi templados que preludian el verano glorioso por llegar. El cielo es de un azul luminoso, con grandes nubes algodonosas. Da la impresión de que han brotado por todas partes macizos de azafrán de primavera.
—Vale —está diciendo Jack—, este es el trato. Ella es una mujer amable pero un poco tensa. Vamos, que no es precisamente la alegría de la huerta. —Coloca la transmisión automática del coche en posición de estacionamiento y aprieta el hombro de Molly—. Tú di que sí con la cabeza y sonríe y te irá bien.
—¿Qué edad has dicho que tiene? —murmura Molly.
Está enfadada consigo misma por sentirse nerviosa. ¿A quién le importa? Es solo una urraca anciana que necesita desembarazarse de sus trastos. Espera que no sean cosas asquerosas y que no huela mal, como en las casas de esa gente con síndrome de Diógenes que sale por la tele.
—No lo sé. Es vieja. Por cierto, estás guapa —añade Jack.
Molly tuerce el gesto. Lleva una blusa rosa de Lands’ End que le ha prestado Dina para la ocasión.
—Apenas te reconozco —dijo Dina con sequedad cuando Molly salió de su dormitorio con la prenda puesta—. Pareces tan... elegante.
A petición de Jack, Molly se ha quitado el aro de la nariz y solo se ha dejado dos pendientes en cada oreja. Ha pasado más tiempo del habitual con el maquillaje, demasiado, mezclando la base en un tono más pálido que fantasmal y sin exagerar tanto con el kohl. Incluso compró pintalabios en el drugstore, Maybelline Wet Shine Lip Color en el tono rosa que llaman malvavilloso, un nombre que la anima. Se ha quitado los muchos anillos de tienda de segunda mano que acostumbra a llevar y se ha puesto el collar de amuletos de su padre en lugar de la habitual colección de crucifijos y calaveras de plata. Sigue llevando el cabello negro, con una franja blanca a cada lado de la cara, y las uñas también negras; pero está claro que ha hecho un esfuerzo por parecer, como ha subrayado Dina, «más semejante a un ser humano normal».
Después de la intervención a la desesperada de Jack, Dina accedió a regañadientes a concederle otra oportunidad.
—¿Limpiar el desván de una anciana? —Resopló—. Sí, claro. Le doy una semana.
Molly tampoco esperaba un mayor voto de confianza por parte de Dina, puesto que ella misma tiene sus dudas. ¿De verdad va a consagrar cincuenta horas de su vida a una matrona cascarrabias en un desván con corrientes de aire, abriendo cajas llenas de polillas y ácaros del polvo y a saber qué más? En el centro de menores pasaría el mismo tiempo en terapia de grupo (siempre interesante) y viendo The View (suficientemente interesante). Habría otras chicas con las que estar. Tal como están las cosas, va a tener a Dina en casa y a esta vieja dama aquí observando todos sus movimientos.
Molly mira el reloj. Llegan con cinco minutos de adelanto, gracias a Jack, que la apremió para que saliera.
—Recuerda: contacto visual —dice él—. Y no te olvides de sonreír.
—Eres una mamá.
—¿Sabes cuál es el problema?
—¿Que mi novio está actuando como una mamá?
—No. Tu problema es que parece que no te das cuenta de que tu cuello está en el filo de la navaja.
—¿Qué navaja? ¿Dónde? —Mira alrededor, meneando el trasero en el asiento.
—Escucha. —Jack se frota la barbilla—. Mi madre no le habló a Vivian del centro de menores y todo eso. Ella cree que estás haciendo un proyecto de servicio a la comunidad para el instituto.
—¿Entonces no sabe de mi pasado delictivo? Vaya, vaya.
—Ay, diablos —dice Jack en español, abriendo la puerta y saliendo.
—¿Vas a venir conmigo?
Él cierra de un portazo, luego rodea la parte posterior del coche hasta el lado del pasajero y le abre la puerta.
—No; voy a acompañarte hasta la entrada.
—Vaya, qué caballero. —Molly baja del coche—. ¿O es que no te fías de que no eche a correr?
—Sinceramente, las dos cosas.
De pie ante la gran puerta de nogal, con su formidable aldaba de latón, Molly vacila. Se vuelve para mirar a Jack, que ya está otra vez en el coche y con los auriculares puestos, escuchando lo que ella sabe que es una colección de cuentos de Junot Díaz que guarda en la guantera. Molly se endereza, echando los hombros hacia atrás, se recoge el pelo detrás de las orejas, juguetea con el cuello de su blusa (¿cuándo fue la última vez que llevó una blusa con cuello? Un collar de perro es lo más parecido a un cuello que ha llevado) y llama con la aldaba. Sin respuesta. Llama otra vez, un poco más fuerte. Entonces se fija en un timbre a la izquierda de la puerta y lo pulsa. El timbre suena ruidosamente en la casa, y al cabo de unos segundos ve a la madre de Jack, Terry, saliendo presurosa hacia ella con expresión preocupada. Siempre se sobresalta al ver los grandes ojos castaños de Jack en la cara ancha y de rasgos suaves de su madre.
Aunque Jack le ha asegurado que su madre está de acuerdo —«No tienes idea del tiempo que hace que ese maldito proyecto del desván ha estado pendiendo sobre su cabeza»—, ella sabe que la realidad es más complicada. Terry adora a su único hijo y haría cualquier cosa por verlo feliz. Por más que Jack quiera creer que Terry está encantada con este plan, Molly sabe que se ha visto obligada a aceptarlo.
Cuando Terry abre la puerta, repasa a Molly de la cabeza a los pies.
—Bueno, te has puesto decente.
—Gracias. Supongo.
No sabe si el vestuario de Terry es un uniforme o simplemente es tan aburrido que lo parece: pantalones negros, zapatos negros anticuados con suelas de goma y una camiseta de matrona de color melocotón.
Molly la sigue por un largo pasillo donde se suceden pinturas al óleo y grabados en marcos dorados, y donde una alfombrilla oriental silencia sus pisadas. Al final del pasillo hay una puerta cerrada.
Terry apoya la oreja en ella un momento y llama con suavidad.
—¿Vivian? —Entreabre un poco la puerta—. La chica está aquí. Molly Ayer. Sí, vale.
Terry abre la puerta a una sala de estar grande y soleada con vistas a la bahía, llena del suelo al techo de estanterías y muebles antiguos. Una dama anciana, vestida con un jersey de cuello alto de cachemir, está sentada junto a una ventana en saliente en un sillón de orejas rojo desgastado, con las manos venosas cruzadas sobre el regazo y una manta de lana a cuadros escoceses cubriéndole las rodillas.
Cuando llegan delante de ella, Terry dice:
—Molly, te presento a la señora Daly.
—Hola —responde la joven, tendiendo la mano como le enseñó su padre.
—Hola. —La mano de la anciana, cuando Molly la agarra, es seca y fría.
Es una mujer vivaz y delgada, con una nariz estrecha y ojos penetrantes color avellana, brillantes y sagaces como los de un pájaro. Tiene la piel fina, casi translúcida, y lleva el cabello plateado y ondulado recogido en un moño en la nuca. Pecas claras —o son manchas de la edad— le salpican la cara. Un mapa topográfico de venas le recorre las manos y continúa por encima de las muñecas, y tiene decenas de minúsculas arrugas en torno a los ojos. A Molly le recuerda a las monjas de la escuela católica a la que asistió brevemente en Augusta (una estancia fugaz con una familia de acogida inadecuada), que parecían viejas en ciertos aspectos y sobrenaturalmente jóvenes en otros. Como las monjas, esta mujer tiene un aire ligeramente imperioso, como si estuviera acostumbrada a salirse con la suya. ¿Y por qué no iba a ser así?, piensa Molly. Está acostumbrada a conseguir lo que quiere.
—Muy bien, pues. Estaré en la cocina si me necesitas —dice Terry, y sale por otra puerta.
La anciana se inclina hacia Molly, ligeramente ceñuda.
—¿Cómo demonios consigues ese efecto? La cinta de mofeta —dice, levantando la mano y acariciando su propia sien.
—Umm... —Molly está sorprendida; nadie le ha preguntado nunca eso antes—. Es una combinación de lejía y tinte.
—¿Cómo aprendiste a hacerlo?
—Vi un vídeo en YouTube.
—¿YouTube?
—En internet.
—Ah. —Levanta la barbilla—. El ordenador. Soy demasiado vieja para aprender esas modas.
—No creo que pueda llamarse moda si ha cambiado la forma en que vivimos —dice Molly, y sonríe con contrición, consciente de que ya se ha metido en un desacuerdo con su jefa potencial.
—No la forma en que yo vivo —replica la anciana—. Ha de consumir mucho tiempo.
—¿Qué?
—Hacerte eso en el pelo.
—Oh. No es tanto. Ya hace mucho que lo hago.
—¿Cuál es tu color natural, si no te importa que lo pregunte?
—No me importa. Es castaño oscuro.
—Bueno, mi color natural es rojo.
Molly tarda un momento en darse cuenta de que está haciendo un chiste, porque tiene el pelo gris.
—Me gusta lo que se ha hecho —dice Molly siguiendo la broma—. Le queda bien.
La anciana asiente y se acomoda en su silla. Parece aprobarlo. Molly siente que parte de la tensión abandona sus hombros.
—Disculpa mi rudeza, pero a mi edad no tiene sentido andarse con rodeos. Tu aspecto es muy estilizado. ¿Eres una de esas, cómo se llaman, góticas?
Molly no puede evitar sonreír.
—Más o menos.
—Supongo que te han prestado esa blusa.
—Eh...
—No tendrías que haberte molestado. No te queda bien. —Hace un gesto para que Molly se siente frente a ella—. Puedes llamarme Vivian. Nunca me ha gustado que me llamen señora Daly. Mi marido ya no vive, ya sabes.
—Lo siento.
—No hace falta que lo sientas. Murió hace ocho años. De todos modos, tengo noventa y un años. No mucha gente que he conocido sigue viva.
Molly no está segura de cómo responder. ¿No es educado decirle a la gente que no aparenta la edad que tiene? No habría supuesto que esa mujer tuviera noventa y uno, pero no tiene mucha base para la comparación. Los padres de su padre murieron cuando él era joven; los padres de su madre nunca se casaron y ella no conoció a su abuelo. La única abuela que Molly recuerda, la madre de su madre, murió de cáncer cuando ella tenía tres años.
—Terry me dice que estás en una casa de acogida —dice Vivian—. ¿Eres huérfana?
—Mi madre está viva, pero... Sí, me considero huérfana.
—Pero técnicamente no lo eres.
—Creo que si no tienes padres que se ocupen de ti, puedes considerarte como quieras.
Vivian la mira, como si considerara esa idea.
—Me parece justo —dice la anciana—. Háblame de ti, pues.
Molly ha vivido toda su vida en Maine. Ni siquiera ha cruzado nunca la frontera del estado. Recuerda retazos de su infancia en la reserva de Indian Island, antes de ir a una casa de acogida: la caravana donde vivía con sus padres, el centro de la comunidad con furgonetas aparcadas por todas partes. Sockalexis Bingo Palace y la iglesia de St. Anne. Recuerda una muñeca india de hoja de maíz y un traje tradicional nativo que conservaba en un estante de su habitación, aunque ella prefería las Barbies donadas por centros benéficos y entregadas al centro comunitario en Navidad. Nunca eran las populares, por supuesto, jamás la Barbie Cenicienta o la Barbie Supermodelo, sino algún modelo raro que los cazadores de gangas encontraban en liquidaciones: Hot Rod Barbie, Jungle Barbie. Daba igual. Por más peculiar que fuera el vestido de la muñeca, sus características físicas siempre eran las mismas: los pies listos para ponerse tacones, la cintura de avispa, la nariz con forma de pendiente de esquí y el pelo de plástico brillante...
Pero eso no es lo que Vivian quiere oír. ¿Por dónde empezar? ¿Qué revelar? Ese es el problema. No es una historia feliz, y Molly ha aprendido por propia experiencia que la gente o bien retrocedía o no la creía, o peor, sentía lástima por ella. Así que ha aprendido a contar una versión abreviada.
—Bueno —dice—, soy india penobscot por parte de padre. De pequeña vivía en una reserva cerca de Old Town.
—Ah, por eso el pelo negro y el maquillaje tribal.
Molly se sobresalta. Nunca había pensado en establecer esa conexión. ¿Es cierta?
Una vez, en octavo grado, durante un año particularmente duro —padres de acogida malhumorados y chillones; «hermanastros» celosos; un grupo de niñas amenazadoras en la escuela—, cogió un tinte de pelo L’Oreal diez minutos y perfilador de ojos negro ébano Cover Girl y se transformó en el cuarto de baño familiar. Una amiga que había trabajado en la tienda Claire’s del centro comercial le hizo los piercings el fin de semana siguiente: una serie de orificios en cada oreja, a través del cartílago, un arete en la nariz y un pendiente en la ceja (aunque este no duró: enseguida se le infectó y tuvo que quitárselo, dejando una cicatriz como una telaraña). Los piercings fueron la gota que colmó el vaso y la sacó de esa casa de acogida. Misión cumplida.
Molly continúa su historia, que su padre murió y su madre no pudo ocuparse de ella, cómo acabó con Ralph y Dina.
—Bueno, Terry me dice que estás asignada a alguna clase de proyecto de servicio a la comunidad. Y a ella se le ocurrió la brillante idea de que me ayudes a vaciar mi desván —señala Vivian—. Parece un trato desventajoso para ti, pero, ¿quién soy yo para decirlo?
—Soy un poco rara, lo crea o no. Me gusta organizar cosas.
—Entonces eres aún más rara de lo que aparentas. —Vivian se echa hacia atrás en el sillón, uniendo las manos—. Te diré una cosa. Según tu definición, yo también me quedé huérfana, casi a la misma edad. Así que tenemos eso en común.
Molly no está segura de cómo responder. ¿Vivian quiere que pregunte por eso o solo lo está exponiendo? Difícil de saber.
—Sus padres... —se aventura— ¿no cuidaron de usted?
—Lo intentaron. Hubo un incendio... —Vivian se encoge de hombros—. Fue hace tanto tiempo que apenas lo recuerdo. Bueno, ¿cuándo quieres empezar?
Nueva York, 1929
Maisie lo notó primero. No paraba de llorar. Como tenía un mes cuando nuestra madre enfermó, Maisie dormía conmigo en mi catre estrecho de la pequeña sala sin ventanas que compartíamos con nuestros hermanos. Estaba tan oscuro que me pregunté, como había hecho muchas veces antes, si era así como se sentía la ceguera, ese vacío envolvente. Yo apenas podía distinguir, o quizá solo sentir, las formas de los niños agitándose de manera irregular, pero sin despertarse todavía: Dominick y James, gemelos de seis años, acurrucados juntos para entrar en calor en un jergón en el suelo.
Sentada en el catre con la espalda contra la pared, sostuve a Maisie como mamá me había enseñado, colocada sobre mi hombro. Intenté todo lo que se me ocurrió para tranquilizarla, todas las cosas que habían funcionado antes: acariciarle la espalda, pasarle dos dedos por el puente de la nariz, tararearle la canción favorita de nuestro padre, My Singing Bird, con suavidad al oído: «He oído al mirlo entonar su nota;/al tordo y el pardillo también, / pero ninguno puede cantar con tanta dulzura /como tú, mi pájaro cantor.» Sin embargo, Maisie solo chilló más alto y su cuerpo se convulsionó en espasmos.
Maisie tenía dieciocho meses, pero no pesaba más que un puñado de trapos. Solo unas semanas después de nacer, mamá cayó enferma de fiebres y ya no pudo alimentarla, así que lo hacíamos con agua edulcorada, avena triturada cocida a fuego lento y leche cuando podíamos permitírnoslo. Todos estábamos delgados. La comida escaseaba; a veces solo teníamos patatas gomosas en un caldo ligero. Mamá no era una gran cocinera ni cuando estaba sana, y algunos días no se molestaba en intentarlo. Más de una vez, hasta que aprendí a cocinar, comíamos patatas crudas del cubo.
Habían pasado dos años desde que salimos de nuestro hogar en la costa occidental de Irlanda. La vida también era dura allí; nuestro padre tuvo y perdió una serie de trabajos, ninguno de los cuales bastaba para mantenernos. Vivíamos en una casita de piedra sin calefacción en Kinvara, un pueblecito del condado de Galway. La gente que nos rodeaba estaba emigrando a América: se hablaba de naranjas del tamaño de patatas cocidas; campos donde el grano se mecía bajo cielos soleados; casas limpias de madera seca con cañerías y electricidad interior. Los trabajos abundaban como la fruta en los árboles. Como acto final de amabilidad hacia nosotros —o quizá para desembarazarse del incordio de la preocupación constante—, los padres y las hermanas de papá reunieron el dinero de los pasajes transoceánicos para nuestra familia de cinco, y en un día caluroso de primavera subimos a bordo del Agnes Pauline, con rumbo a Ellis Island. El único vínculo que teníamos con nuestro futuro era un nombre garabateado en un trozo de papel que mi padre llevaba en el bolsillo de la camisa al subir a bordo: un hombre que había emigrado diez años antes y que, según los parientes de Kinvara, era propietario de un respetable establecimiento de comidas en Nueva York.
A pesar de que habíamos vivido siempre en un pueblo costero, ninguno había estado nunca en un barco, y mucho menos en un transatlántico en medio del océano. Salvo mi hermano Dom, bendecido con la constitución de un toro, estuvimos enfermos durante la mayor parte del viaje. Fue peor para mamá, que descubrió en el barco que estaba embarazada otra vez y apenas podía tragar bocado. Pero aun así, cuando salía a la cubierta inferior, fuera de nuestro oscuro y atestado camarote de tercera clase, y observaba el agua revuelta bajo el Agnes Pauline, me sentía animada. Seguramente, pensaba, encontraríamos un lugar para nosotros en América.
La mañana que llegamos al puerto de Nueva York había tanta niebla y el cielo estaba tan cubierto que —aunque mis hermanos y yo estábamos en la barandilla, mirando con ojos entornados en la llovizna— apenas pudimos distinguir la silueta de la estatua de la Libertad, a escasa distancia de los muelles. Nos metieron como ganado en largas filas para que nos inspeccionaran, interrogaran, inscribieran y luego nos dejaran entre otros centenares de inmigrantes, que hablaban idiomas que a mis oídos sonaban como bramidos de animales de granja.
No se veían campos de grano meciéndose al sol, ni naranjas enormes. Tomamos un transbordador a la isla de Manhattan y caminamos por las calles: mamá y yo tambaleándonos bajo el peso de nuestras posesiones, los gemelos gimoteando para que los llevaran en brazos, papá con una maleta bajo cada brazo, sosteniendo un plano en una mano y en la otra el papel destrozado donde se leía «Mark Flannery, The Irish Rose, Delancey Street», escrito en la letra apretada de su madre. Después de perdernos varias veces, papá renunció al plano y empezó a preguntar a la gente de la calle. La mayoría se volvían sin responder; un hombre escupió en el suelo, con cara de desprecio. Pero finalmente encontramos el sitio, un pub irlandés tan sórdido como los peores del barrio pobre de Galway.
Mamá, los niños y yo esperamos en la acera mientras papá entraba. Había parado de llover; se elevaba vapor de la calle mojada en el aire húmedo. Nos quedamos de pie con nuestra ropa empapada y rígida por el sudor y la tierra incrustada, rascándonos las cabezas llenas de picaduras (de los piojos del barco, tan omnipresentes como el mareo), con ampollas en los pies por los zapatos nuevos que la abuela nos había comprado antes de zarpar pero que mamá no nos dejó calzar hasta que pisamos suelo americano, y nos preguntamos dónde nos habíamos metido. Salvo por la lamentable reproducción de un bar irlandés que teníamos delante, nada en esa nueva tierra mostraba la más leve semejanza con el mundo que conocíamos.
Mark Flannery había recibido una carta de su hermana y nos estaba esperando. Contrató a papá como lavaplatos y nos llevó a un barrio que no se parecía a ningún sitio que hubiera visto antes: edificios altos de ladrillo apiñados en calles estrechas y repletas de gente. Flannery conocía un apartamento en alquiler, diez dólares al mes, en la tercera planta de un edificio de cinco pisos en Elizabeth Street. Después de que nos dejara en la puerta, seguimos al casero polaco, el señor Kaminski, por el pasillo de azulejos y por la escalera, afanándonos con nuestras bolsas en el calor y la penumbra mientras él nos sermoneaba sobre las virtudes de la limpieza, la urbanidad y la laboriosidad, de todo lo cual sospechaba que carecíamos.
—No tengo problemas con los irlandeses, siempre que no se metan en problemas —nos dijo con su voz tronante.
Papá compuso una expresión que no le había visto nunca antes, pero la comprendí al instante: el asombro de darse cuenta de que allí, en ese lugar extranjero, sería juzgado con severidad en cuanto abriera la boca.
El casero dijo de nuestra nueva casa que era un apartamento de ferrocarril: cada habitación conducía a la siguiente, como vagones de tren. El pequeño dormitorio de mis padres, con una ventana que daba a la parte posterior de otro edificio, estaba en un extremo; la habitación que yo compartía con los chicos y Maisie iba a continuación, luego la cocina, y después la sala, con dos ventanas que daban a la bulliciosa calle. El señor Kaminski tiró de una cadenita que colgaba del techo de panel metálico de la cocina y se encendió una bombilla que proyectó un brillo tenue sobre una mesa de madera rayada, un pequeño fregadero manchado con un grifo del que salía agua fría y una cocina de gas. En el pasillo, fuera del apartamento, había un lavabo que compartiríamos con nuestros vecinos: los Schatzman, una pareja alemana sin hijos, según nos contó el casero.
—No hacen ruido y esperan lo mismo de ustedes —dijo, mirando con mala cara a mis hermanos, que, impacientes e inquietos, jugaban a empujarse el uno al otro.
A pesar de la desaprobación del casero, el calor sofocante, las habitaciones en penumbra y la algarabía de ruidos extraños, tan poco familiares para mis oídos de campo, sentí otra oleada de esperanza. Al mirar las cuatro estancias del apartamento, me pareció que estábamos en un nuevo comienzo, después de haber dejado atrás las muchas penurias de la vida en Kinvara; la humedad que nos calaba hasta los huesos, la cabaña miserable y atestada, la afición a la bebida de nuestro padre —¿había mencionado eso?— que ponía en peligro cada pequeña ganancia. Aquí, nuestro padre tenía la promesa de un trabajo. Teníamos luz con solo tirar de una cadenita; un grifo nos daba agua corriente. Justo al otro lado de la puerta, en un pasillo seco, había un váter y una bañera. Aunque modesta, era una oportunidad para un nuevo comienzo.
No sé qué parte de mi recuerdo de esta época está afectado por mi edad actual y cuánto es resultado de la edad que tenía entonces, siete años cuando salimos de Kinvara, nueve esa noche en que Maisie no dejaba de llorar, esa noche que, todavía más que la marcha de Irlanda, cambió el curso de mi vida para siempre. Ochenta y dos años después, el sonido del llanto de Maisie todavía me acosa. Si hubiera prestado más atención a por qué estaba llorando en lugar de simplemente tratar de calmarla... Si al menos hubiera prestado más atención...
Tenía tanto miedo de que nuestras vidas se derrumbaran otra vez que trataba de no hacer caso de las cosas que más miedo me daban: la pertinaz historia de amor de papá con la bebida, que el cambio de país no cambió; el terrible mal humor y arrebatos de rabia de mamá; las incesantes peleas entre ellos. Quería que todo fuera bien. Sostuve a Maisie en mi pecho y le susurré al oído —«pero ninguno puede cantar con tanta dulzura como tú, mi pájaro cantor»— tratando de silenciarla. Cuando se calló por fin, solo me sentí aliviada, sin darme cuenta de que Maisie era como un canario en una mina, advirtiéndonos del peligro, pero era demasiado tarde.