Título original: Prince Lestat
Traducción: Santiago del Rey
1.ª edición: marzo 2015
© Ediciones B, S. A., 2013
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
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DL B 4862-2015
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-997-8
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Este libro está dedicado a Stan Rice, Michele Rice, Christopher Rice y a Karen O’Brien y Cynthia Rice Rogers
Victoria Wilson
Lynn Nesbit
Eric Shaw Quinn
Suzanne Marie Scott Quiroz y a People of the Page
y a mis musas Mary Fahl y Jon Bon Jovi
Recostada sobre mi almohada de piedra, he tenido sueños sobre el mundo mortal de ahí arriba. He oído sus voces y sus nuevas músicas como si fueran canciones de cuna escuchadas desde mi tumba. He vislumbrado sus fantásticos descubrimientos, he conocido su valentía en el sanctasanctórum intemporal de mis pensamientos. Y aunque ese mundo me excluye con sus formas deslumbrantes, anhelo la existencia de alguien con la fuerza necesaria para vagar por él intrépidamente, para atravesarlo de parte a parte por la Senda del Diablo.
ALLESANDRA,
que aparecía sin nombre en Lestat el vampiro
Viejas verdades y magias antiguas, revoluciones e inventos, todo conspira para distraernos de la pasión que, de un modo u otro, nos vence a todos.
Y cansados finalmente de esta complejidad, soñamos con aquel tiempo lejano de nuestra existencia, cuando nos sentábamos en el regazo de nuestra madre y cada beso era la consumación perfecta del deseo. ¿Qué podemos hacer sino tender las manos para el abrazo que ahora debe contener el cielo y el infierno: nuestro funesto destino, repetido una y otra vez?
LESTAT,
en Lestat el vampiro
En la carne empieza toda la sabiduría. Cuidado con lo que no tiene carne. Cuidado con los dioses, cuidado con la idea, cuidado con el demonio.
MAHARET A JESSE,
en La reina de los condenados
La Génesis de la Sangre
En el principio existían los espíritus. Eran seres invisibles que solo podían ver u oír los hechiceros y brujas más poderosos. A algunos se los consideraba malvados; a otros se los ensalzaba como a dioses. Eran capaces de hallar objetos perdidos, de espiar al enemigo e incluso, a veces, de modificar el clima.
Dos grandes hechiceras, las hermanas gemelas Mekare y Maharet, vivían en un precioso valle, junto al monte Carmelo, en comunidad con los espíritus. Uno de esos espíritus, el grande y poderoso Amel, era capaz con sus malas artes de extraer sangre de los seres humanos. En pequeñas cantidades, la sangre formaba parte del misterio alquímico del espíritu, aunque nadie sabía de qué modo exactamente. Amel amaba a la bruja Mekare y siempre estaba ansioso por servirla. Ella lo veía como ninguna hechicera lo había visto; por eso la amaba.
Un día llegaron tropas enemigas: soldados de la poderosa reina Akasha de Egipto. La Reina deseaba apresar a las hechiceras; quería sus conocimientos, sus secretos.
La perversa soberana destruyó el valle y las aldeas de Mekare y Maharet, y se las llevó por la fuerza a su reino.
Amel, el furioso espíritu familiar de la bruja Mekare, buscó el modo de castigar a la Reina.
Cuando Akasha agonizaba, apuñalada repetidas veces por unos conspiradores de su propia corte, el espíritu Amel entró en ella, fundiéndose con su cuerpo y su sangre, y confiriéndole una nueva y terrorífica vitalidad.
Esta fusión provocó el nacimiento de un nuevo ser en el mundo: el vampiro, el bebedor de sangre.
De la sangre de esta gran reina vampiro, Akasha, nacieron a lo largo de los milenios los demás vampiros de todo el mundo. Se procreaban mediante el intercambio de sangre.
Para castigar a las gemelas, que se oponían a ella y a su nuevo poder, Akasha cegó a Maharet y le cortó la lengua a Mekare. Antes de que ambas fueran ejecutadas, sin embargo, el mayordomo de la Reina, Jayman, que acababa de ser convertido también en bebedor de sangre, les transmitió a las hermanas la poderosa Sangre.
Jayman y las gemelas encabezaron una rebelión contra Akasha, pero no lograron acabar con el culto de los dioses bebedores de sangre que ella había creado. Al final, las gemelas fueron capturadas y separadas, y abandonadas en el mar: Maharet en el mar Rojo y Mekare en el gran océano del oeste.
Maharet llegó a costas conocidas y consiguió rehacerse. Pero el rastro de Mekare, llevada a través del océano a unas tierras aún por descubrir y nombrar, desapareció de la historia.
Esto sucedió hace seis mil años.
La gran reina Akasha y su esposo, el rey Enkil, enmudecieron tras dos mil años y fueron conservados como estatuas en un santuario por ancianos y sacerdotes que creían que Akasha contenía el Germen Sagrado, y que, si era destruida, todos los bebedores de sangre del mundo perecerían con ella.
Al llegar la Era Común, la historia de la Génesis de la Sangre quedó completamente olvidada. Solo unos pocos viejos inmortales la transmitían, aunque ni siquiera ellos mismos la creían realmente mientras la contaban. Sin embargo, los dioses de sangre, los vampiros entregados a la antigua religión, todavía reinaban en santuarios dispersos por todo el mundo.
Apresados en árboles huecos o celdas de ladrillo, esos dioses de sangre aguardaban sedientos a que llegaran las fiestas sagradas en las que recibían ofrendas: malhechores a los que juzgar y condenar, y con los que darse un festín.
En los albores de la Era Común, un anciano, un guardián de los Padres Divinos, abandonó a Akasha y Enkil en el desierto para que el sol los destruyera. En todos los rincones el mundo, muchos jóvenes bebedores de sangre perecieron abrasados en sus ataúdes y sus santuarios mientras el sol del desierto arreciaba sobre la Madre y el Padre Divinos. Pero la Madre y el Padre mismos eran demasiado fuertes para perecer. Y muchos de los vampiros más ancianos sobrevivieron también, aunque con graves quemaduras y terribles dolores.
Un bebedor de sangre reciente y sabio erudito romano llamado Marius viajó a Egipto para encontrar al Rey y la Reina y ponerlos a buen recaudo, con el fin de que no volviera a producirse en el mundo de los no-muertos un holocausto que causara tales estragos. Y a partir de entonces, Marius convirtió esta misión en su sagrada responsabilidad. La leyenda de Marius y de Los Que Deben Ser Guardados se prolongó durante casi dos milenios.
En 1985, la historia de la Génesis de la Sangre llegó al conocimiento de los no-muertos del mundo entero. La Reina vivía, ella contenía el Germen Sagrado, decía entre otras cosas que había un libro escrito por el vampiro Lestat, quien explicó también la historia con sus canciones y vídeos musicales, y en el escenario donde actuó como cantante de rock, clamando para que el mundo supiera la verdad y destruyera a los de su estirpe.
La voz de Lestat despertó a la Reina de un silencio de miles de años. La Madre Divina se alzó con un sueño: ella dominaría el mundo de los seres humanos mediante crueles matanzas y se convertiría para ellos en la Reina del Cielo.
Pero las ancianas gemelas se apresuraron a intervenir para detener a Akasha. También ellas habían oído las canciones de Lestat. Maharet le pidió a la Reina que pusiera fin a su supersticiosa tiranía de sangre. Y la desaparecida Mekare, alzándose de la tierra tras un número incalculable de eones, decapitó a la gran Reina, devoró su cerebro e incorporó dentro de sí el Germen Sagrado. De este modo, Mekare, bajo la protección de su hermana, se convirtió en la nueva Reina de los Condenados.
Lestat escribió una vez más la historia. Él había sido testigo. Había presenciado la transmisión de poder con sus propios ojos y ofreció su testimonio a todo el mundo. Los mortales no hicieron caso de sus «fantasías»; los no-muertos, en cambio, quedaron consternados ante su relato.
Y así, la historia de los orígenes y de las antiguas batallas, de los poderes y las debilidades de los vampiros, de las guerras para hacerse con el control de la Sangre Oscura, se volvió del dominio público entre la estirpe de los no-muertos de todo el mundo. Pasó a manos de los viejos vampiros que habían permanecido en coma durante siglos en cuevas o sepulcros; de los jóvenes iniciados de forma ilegítima en junglas, ciénagas o suburbios, y que jamás habían soñado con tener tales antecedentes. Pasó a manos de los sabios y herméticos supervivientes que habían vivido recluidos a lo largo de eras enteras.
Gracias a aquel legado, todos los bebedores de sangre del mundo supieron que compartían un vínculo, un pasado común, unas raíces idénticas.
Esta es la historia de cómo ese conocimiento transformó para siempre la tribu de los vampiros y cambió su destino.
Jerga de Sangre
Cuando Lestat el vampiro escribió sus libros, empleó una serie de términos que había aprendido de los vampiros que había conocido a lo largo su vida. Y los vampiros que completaron la obra de Lestat poniendo por escrito sus memorias y experiencias añadieron otros términos de su propia cosecha: algunos, mucho más antiguos que los que Lestat había revelado.
He aquí una lista de esos términos, que ahora son de uso corriente entre todos los no-muertos de todo el mundo.
La Sangre. Cuando la palabra aparece en mayúsculas se refiere a la sangre vampírica, transmitida del maestro al neófito en el curso de un intercambio profundo y con frecuencia peligroso. «En la Sangre» significa que uno es un vampiro. Lestat el vampiro llevaba más de doscientos años «en la Sangre» cuando escribió sus libros. El gran vampiro Marius lleva en la Sangre más de dos mil años. Etcétera.
Bebedor de sangre. El término más antiguo para designar a un vampiro. Era el que utilizaba Akasha, aunque ella más tarde intentó reemplazarlo por el término «dios de sangre» para los que seguían su camino espiritual y su religión.
Esposa o esposo de Sangre. La pareja de un vampiro.
Hijos de los Milenios. Término para los inmortales que han vivido más de mil años y, más propiamente, para aquellos que han sobrevivido durante más de dos mil.
Hijos de la Noche. Término común para todos los vampiros, para todos aquellos que son de la Sangre.
Hijos de Satán. Término que designa a los vampiros de la antigüedad y de períodos posteriores que creían que eran literalmente hijos del Diablo y que, alimentándose de sangre humana, servían a Dios sirviendo a Satán. Llevaban una vida de penitencia y puritanismo. Se negaban a sí mismos todos los placeres, salvo beber sangre y celebrar algunos sabat (grandes reuniones) en los que bailaban; vivían bajo tierra, con frecuencia en lúgubres catacumbas y sótanos mugrientos. Desde el siglo XVIII nadie ha tenido noticias de los Hijos de Satán, y lo más probable es que la secta haya desaparecido.
La asamblea de los Eruditos. Un término moderno muy corriente entre los no-muertos para referirse a los vampiros cuyas historias aparecen en las Crónicas Vampíricas: en especial, a Louis, Lestat, Pandora, Marius y Armand.
El Don Oscuro. Término para designar el poder vampírico. Cuando un maestro le otorga la Sangre a un neófito, lo que le está otorgando es el Don Oscuro.
El Truco Oscuro. Se refiere al acto de crear un nuevo vampiro. Sacarle sangre al neófito y reemplazarla con la propia Sangre cargada de poder, es llevar a cabo el Truco Oscuro.
La Senda del Diablo. Término medieval de los vampiros para referirse al camino que toma cada uno de ellos en este mundo. Un término muy popular entre los Hijos de Satán, que consideraban que servían a Dios sirviendo al Diablo. Recorrer la Senda del Diablo era vivir la propia vida como inmortal.
La Primera Generación. Son los vampiros descendientes de Jayman que se rebelaron contra la reina Akasha.
Sangre de la Reina. Son los vampiros creados por la reina Akasha para que siguieran su camino en la Sangre y combatieran a los rebeldes de la Primera Generación.
El Germen Sagrado. Se refiere al centro cerebral o fuerza vital rectora del espíritu Amel, que se encuentra dentro del cuerpo de la vampira Mekare. Antes había estado dentro de la vampira Akasha. Se cree que todos los vampiros están conectados al Germen Sagrado mediante una especie de red de tentáculos invisible. Si el vampiro que contiene el Germen Sagrado fuese destruido, morirían todos los vampiros del planeta.
El Don del Fuego. Es la capacidad que tienen los vampiros ancianos de emplear sus poderes telequinéticos para quemar la materia. Con el poder de su mente, pueden quemar madera, papel o cualquier otra sustancia inflamable. Y también pueden quemar a otros vampiros y reducirlos a cenizas. Solo los vampiros ancianos poseen este poder, pero nadie sabe cómo y cuándo se adquiere. Un vampiro muy joven creado por uno anciano puede poseer el Don de inmediato. Para que el vampiro pueda quemar algo, es necesario que sea capaz de verlo. Es decir, un vampiro no puede quemar a otro si no lo ve, si no está lo bastante cerca como para enfocar su poder.
El Don de la Nube. Es la capacidad de los vampiros ancianos para desafiar la gravedad, para elevarse y moverse por las capas altas de la atmósfera, para cubrir fácilmente largas distancias aprovechando los vientos, sin ser vistos desde la tierra. Tampoco en este caso se sabe cuándo adquiere este poder un vampiro. Tal vez sea decisivo el deseo de poseerlo. Todos los vampiros verdaderamente ancianos lo poseen, tanto si son conscientes de ello como si no. Algunos vampiros desdeñan este Don y no lo utilizan salvo en caso de fuerza mayor.
El Don de la Mente. Este es un término vago e impreciso que alude a los poderes sobrenaturales que posee la mente vampírica a muchos niveles. Mediante el Don de la Mente, un vampiro puede aprender cosas del mundo incluso mientras está durmiendo bajo tierra. Y empleando el Don de modo consciente, puede oír telepáticamente los pensamientos de los mortales y de los inmortales. Puede usar el Don de la Mente para captar imágenes, y no solo palabras, en los demás. Puede usar el Don de la Mente para proyectar imágenes en los demás. Y puede usar el Don de la Mente para abrir por telequinesis una cerradura o una puerta, o para detener un motor. También en este caso los vampiros desarrollan el Don lentamente, con el transcurso del tiempo, y solo los más ancianos pueden violar las mentes y extraer la información que los otros se niegan a entregar, o lanzar una ráfaga telequinética capaz de causar daños en las células cerebrales y sanguíneas de un humano o de otro vampiro. Los vampiros pueden escuchar a mucha distancia, y ver u oír lo que ven u oyen los demás. Pero para destruir telequinéticamente, es preciso que vean a la víctima.
El Don de la Seducción. Este término designa el poder de los vampiros para confundir, engatusar o seducir a los mortales y, a veces, a otros vampiros. Todos los vampiros, incluso los neófitos, poseen este don hasta cierto punto, aunque muchos no saben emplearlo. Requiere una voluntad consciente de «persuadir» a la víctima, de convencerla de la realidad que el vampiro quiere que acepte. Este poder no esclaviza a la víctima, pero la engaña y la confunde. Requiere una mirada directa a los ojos. No se puede seducir a nadie a distancia. De hecho, es frecuente que requiera la palabra, además de la mirada, y desde luego exige la intervención del Don de la Mente.
Neófito. Un nuevo vampiro muy joven en la Sangre. También, los descendientes en la Sangre de uno. Por ejemplo, Louis es el neófito de Lestat; Armand, el neófito de Marius; la anciana Maharet, la neófita de su hermana gemela Mekare; Mekare, la neófita del anciano Jayman; Jayman, el neófito de Akasha.
El Pequeño Sorbo. Extraerle sangre a una víctima mortal sin que esta lo note ni lo advierta, y sin que deba morir.
Hacedor. Este término designa al vampiro que lo inició a uno en la Sangre. Ha sido reemplazado lentamente por «mentor». Al hacedor a veces también se le llama «maestro», pero este término ha ido cayendo en desuso. En muchas partes del mundo, se considera un grave pecado sublevarse contra el propio hacedor o tratar de destruirlo. Un hacedor no puede oír los pensamientos de su neófito, y viceversa.
La Reina de los Condenados. Término aplicado a la vampira Mekare por su hermana Maharet cuando la primera incorporó en sí el Germen Sagrado. Irónicamente, Akasha, la reina caída que había tratado de dominar el mundo, se había llamado a sí misma la Reina de los Cielos.
El Jardín Salvaje. Término utilizado por Lestat para referirse al mundo, en consonancia con su convicción de que las únicas leyes verdaderas del universo son las leyes estéticas, las leyes que gobiernan la belleza natural que vemos a nuestro alrededor en el planeta.
Los no-muertos. Término corriente para designar a los vampiros de todas las edades.
Primera parte
El vampiro Lestat
1
La Voz
Empecé a oírlo hace años. Farfullando.
Esto fue después de que la reina Akasha hubiera sido destruida y de que la gemela muda y pelirroja, Mekare, se hubiera convertido en la «Reina de los Condenados». Yo lo presencié todo: la muerte brutal de Akasha en aquel momento espantoso, cuando todos creíamos que moriríamos con ella.
También fue después de que yo intercambiara mi cuerpo con un mortal y regresara a mi propio y poderoso cuerpo vampírico, una vez desechado el viejo sueño de volver a ser humano.
Y fue después de haber estado en el cielo y en el infierno con un espíritu llamado Memnoch, después de haber regresado a la tierra convertido en un explorador herido, ya sin hambre de conocimiento, de verdad y de belleza.
Derrotado, yací durante años en el suelo de una capilla de Nueva Orleáns, dentro de un antiguo convento, ajeno al incesante trasiego de inmortales que me rodeaba. Yo los oía y deseaba responderles, pero había algo que me impedía devolver una mirada, contestar una pregunta, reaccionar ante un beso o un murmullo de afecto.
Y fue entonces cuando oí la Voz por primera vez. Masculina, insistente, resonando en mi cerebro.
Farfullando, como he dicho. Y pensé, bueno, quizá nosotros, los bebedores de sangre, también podemos volvernos locos como los mortales, ¿no?, y esto debe de ser un producto de mi mente deformada. O acaso es un bebedor de sangre anciano y tremendamente decrépito que dormita por aquí cerca y cuyas desdichas capto telepáticamente.
En nuestro mundo hay límites físicos para la telepatía. Por supuesto. Pero, por otro lado, las voces, las súplicas, los mensajes, los pensamientos, pueden transmitirse a través de otras mentes, y bien podría ser que este pobre miserable estuviera musitando para sí mismo en la otra punta del planeta.
Como digo, aquel ser farfullaba mezclando lenguas antiguas y modernas, a veces encadenando una frase entera en latín o en griego, luego cayendo en una repetición de expresiones modernas... frases de películas e incluso de canciones. Una y otra vez pedía socorro de un modo que recordaba a aquel diminuto humano con cabeza de mosca, al final de aquella obra maestra de la serie B. «Ayúdame, ayúdame», decía, como si también estuviera atrapado en una telaraña y una gigantesca araña se acercara hacia él. «De acuerdo, está bien, qué puedo hacer por ti», le preguntaba yo, y él me respondía de inmediato. (¿Estaba tan cerca? ¿O se trataba solo del mejor sistema de transmisión en el mundo de los no-muertos?)
—Escúchame, ven a mí —decía. Y lo repetía sin parar: una y otra vez, noche tras noche, hasta que ya solo era un ruido.
Yo siempre he sido capaz de desconectar. Sin problemas. Si eres un vampiro, una de dos: o aprendes a desconectar de las voces telepáticas o te vuelves loco de remate. Con la misma facilidad puedo desconectarme de los gritos de los vivos. He de hacerlo. No hay otro modo de sobrevivir. Incluso los vampiros muy ancianos pueden desconectar de las voces. Yo llevo en la Sangre más de doscientos años; ellos, seis milenios.
A veces, aquel ser sencillamente desaparecía.
A principios del siglo XXI, empezó a hablar en inglés.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque a ti te gusta —dijo él, con ese tono masculino tan nítido. Sonaron unas risas. Sus risas—. A todo el mundo le gusta el inglés. Debes venir a mí cuando te llamo —dijo. Y luego se puso a farfullar de nuevo en un batiburrillo de lenguas, siempre sobre lo mismo: ceguera, ahogo, parálisis, impotencia. Y acabó recayendo en la letanía de «Ayúdame, ayúdame», con fragmentos de poesía en latín y griego, en francés e inglés.
Lo cual es interesante quizá durante tres cuartos de hora. Después, resulta repetitivo y molesto.
Naturalmente, yo ni me molesté en decir que no.
En un momento dado, gritó: «¡Belleza!», y siguió farfullando sin cesar, pero volviendo siempre a «¡Belleza!», y siempre con unos signos de admiración que yo sentía que se me clavaban en la sien como un dedo insistente.
—De acuerdo, «belleza». ¿Y qué? —dije.
Él gimió, sollozó, entró en un delirio mareante, incoherente. Desconecté durante un año, me parece, pero seguía sintiendo su vibración bajo la superficie. Luego, dos años más tarde, calculo, empezó a dirigirse a mí por mi nombre.
—¡Lestat, príncipe malcriado!
—Ay, déjalo ya.
—No, tú, príncipe malcriado, mi príncipe, muchacho, ay, muchacho, Lestat... —Luego repitió estas palabras en diez lenguas modernas y seis o siete antiguas. Me dejó impresionado.
—Dime quién eres, si acaso —le dije con tono sombrío. Tenía que confesar que, cuando me sentía extremadamente solo, me alegraba contar con su compañía.
Y ese no era un buen año para mí. No paraba de vagar sin rumbo. Estaba harto de todo. Me sentía furioso conmigo mismo porque la «belleza» de la vida no me saciaba, no contribuía a hacer más soportable mi soledad. De noche, andaba por las selvas y los bosques alzando las manos para tocar las hojas de las ramas bajas, llorando en silencio, farfullando también mucho. Vagué por Centroamérica, visitando las ruinas mayas; me adentré en Egipto para recorrer los desiertos y contemplar los antiguos dibujos grabados en las rocas, de camino a los puertos del mar Rojo.
Los jóvenes vampiros rebeldes e inadaptados no paraban de invadir las ciudades por las que rondaba —El Cairo, Jerusalén, Bombay, Honolulu, San Francisco—, y yo me hartaba de escarmentarlos, de castigarlos por matar a inocentes en su avidez desenfrenada. Acababan detenidos, encerrados en cárceles humanas, donde morían quemados al llegar el alba. A veces caían en manos de científicos forenses. Una terrible molestia.
No sacaban nada en claro. Pero ya hablaré de eso después.
Al multiplicarse por todas partes, los inadaptados terminaban enfrentándose unos con otros. La verdad es que las peleas y reyertas entre sus bandas han logrado hacernos la vida más desagradable a todos los demás. A ellos les parece normal tratar de decapitar o de quemar a cualquier otro bebedor de sangre que se cruce en su camino.
Es un auténtico caos.
Pero ¿quién soy yo, al fin y al cabo, para vigilar a esos idiotas sobrenaturales?
¿Cuándo he estado yo del lado de la ley y el orden? Se supone que el rebelde, que l’enfant terrible, soy yo. Así pues, dejé que me ahuyentaran de las ciudades, incluso de Nueva Orleáns. Dejé que me ahuyentasen. Mi estimado Louis de Pointe du Lac se fue de allí poco después, y desde entonces vivió con Armand en Nueva York.
Armand mantiene la isla de Manhattan a salvo para ellos solos: para Louis, para él, para dos jóvenes bebedores de sangre, Benjamin y Sybelle, y para cualquier otro que se junte con ellos en su palaciega morada del Upper East Side.
No es nada sorprendente. A Armand siempre se le ha dado bien destruir a los que lo ofenden. Al fin y al cabo, él fue durante cientos de años el líder de la asamblea de los antiguos Hijos de Satán, en París, y redujo a cenizas a cualquier bebedor de sangre que no obedeciera las antiguas y crueles normas de aquellos miserables fanáticos religiosos. Es autocrático, despiadado. Así que es capaz de desempeñar esa misión.
Pero permitidme añadir ahora que no es el negado moral que yo creía que era. Muchas de las cosas que yo pensaba sobre nosotros, sobre nuestras mentes, nuestras almas, nuestra evolución o degeneración moral, eran un error tal como las dejé reflejadas en mis libros. Armand no carece de piedad, ni puede decirse que no tenga corazón. En muchos aspectos, se está encontrando a sí mismo ahora, después de quinientos años. Y, además, ¿qué voy a saber yo lo que es ser inmortal? Yo llevo en la Sangre desde... ¿cuándo?, ¿1780? No es mucho tiempo. En absoluto.
He estado en Nueva York, por cierto, para espiar a mis viejos amigos.
En las noches cálidas, me he plantado frente a su preciosa casa del Upper East Side y he escuchado a la joven vampira Sybelle tocando el piano y a Benjamin y Armand charlando durante horas.
Una casa impresionante: tres edificios adosados convertidos en un gran palazzo, cada uno con su propio pórtico de estilo griego, su escalera de entrada y una verja de hierro decorativa. En realidad, solo se utiliza la entrada central, donde figura el nombre grabado en bronce sobre la puerta: TRINITY GATE.
Benji es el vampiro responsable del programa de radio que se emite noche tras noche desde Nueva York. Al principio, la emisión se hacía del modo corriente, pero ahora es un programa de radio por Internet y llega a todos los no-muertos del mundo. Benji muestra una inteligencia que nadie habría podido prever: beduino de nacimiento, se convirtió en hijo de la Sangre a los doce años quizá, así que medirá un metro cincuenta y siete para siempre. Pero es uno de esos niños inmortales que los mortales toman por un adulto diminuto.
No puedo «oír» a Louis cuando estoy espiando, claro, pues yo lo creé, y ya se sabe que hacedores y neófitos son sordos mutuamente. Pero mis oídos sobrenaturales nunca han funcionado mejor, y desde el exterior de la casa captaba fácilmente en las mentes de los demás su voz suave y nítida, y también imágenes de él. A través de las ondeantes cortinas de encaje, atisbaba los barrocos murales de vívidos colores que decoraban los techos. Una gran cantidad de azul: cielos azules con grandes nubes teñidas de color dorado. Incluso podía oler el aroma de la leña que chisporroteaba en las chimeneas.
El conjunto del edificio, de cinco pisos y estilo belle époque, resultaba majestuoso. Abajo había varios sótanos y, arriba, un inmenso salón de baile con un techo de cristal abierto a las estrellas. Realmente habían convertido el conjunto en un palacio. A Armand siempre se le han dado bien estas cosas, y recurrió a sus inauditas reservas para pavimentar su despampanante cuartel general con mármol y planchas de madera antigua, y para decorar las habitaciones con los diseños más exquisitos. Y siempre se ocupaba de mantener el lugar bien protegido.
El pequeño y triste pintor de iconos de Rusia, secuestrado y llevado al oeste por la fuerza, había abrazado hacía mucho la visión humanista del arte occidental. Marius, su hacedor, debía de haber contemplado este cambio con satisfacción, siglos atrás.
A mí me apetecía vivir con ellos. Siempre me apetece vivir con ellos y nunca lo hago. De hecho, me fascinaba su modo de vida, siempre bajándose de limusinas Rolls-Royce para asistir a la ópera, escuchar una sinfonía o ver un ballet; o acudiendo juntos a la inauguración de las exposiciones. Y totalmente integrados en el mundo humano que los rodeaba; incluso invitaban a los mortales a aquellos salones dorados a tomar una copa de vino y un refrigerio. O contrataban a músicos mortales para que tocasen allí. Qué espléndidamente se hacían pasar por humanos. Me asombraba pensar que yo mismo había vivido así, que había llevado una vida tan refinada hacía un siglo o más. Los observaba con los ojos de un fantasma hambriento.
La Voz musitaba, rezongaba, rugía siempre que yo estaba allí, barajando los nombres de todos ellos en una letanía de invectivas, soliloquios y peticiones.
—Fue la belleza la que lo provocó, ¿entiendes? —dijo una noche—. El misterio de la belleza.
Un año más tarde, mientras caminaba por la arena de Sand Beach, en Miami, volvió a soltarme lo mismo. Hasta el momento, los rebeldes e inadaptados me habían dejado en paz. Me tenían miedo; los viejos les daban miedo. Pero no lo suficiente.
—¿La que provocó... qué, estimada Voz? —pregunté. Me pareció justo darle unos minutos antes de desconectar.
—No puedes concebir la magnitud de este misterio. —Me lo dijo con un susurro confidencial—. No puedes concebir semejante complejidad. —Repetía estas palabras como si las acabara de descubrir. Lloraba. Lo juro. Lloraba.
El sonido era espantoso. No me gusta regodearme con el dolor de ningún ser, ni siquiera con el dolor de mis enemigos más sádicos. Y ahora la Voz se me ponía a llorar.
Yo andaba de caza; estaba sediento, aunque no necesitara beber, totalmente a merced de ese deseo, de ese profundo anhelo de sangre humana cálida y palpitante. Encontré a una joven víctima, una mujer, un ser irresistible por la combinación de un alma inmunda y un cuerpo espléndido, con una blanca y tierna garganta. La tenía en la habitación fragante y oscura de su propio alojamiento, con las luces de la ciudad tras los ventanales. Había llegado sobrevolando los tejados y me había encontrado a esta mujer pálida de gloriosos ojos castaños y piel bronceada, con una cabellera negra de mechones semejantes a las serpientes de la Medusa: una mujer que forcejeaba conmigo, desnuda entre las sábanas blancas, mientras yo hundía mis colmillos justo en la arteria carótida. Estaba demasiado sediento para cualquier otra cosa. Dame el latido de tu corazón. Dame la sal. Dame el viático. Llena mi boca.
Y entonces la sangre surgió a borbotones, rugiendo. ¡No tan deprisa! Yo era de repente la víctima arrasada como por un dios fálico, aplastada contra el suelo del universo por el empuje poderoso de la sangre. Y el corazón seguía palpitando, vaciando la frágil forma que pretendía proteger. Y de pronto, ella estaba muerta. Ay, demasiado pronto. Como un lirio aplastado sobre la almohada. Solo que ella no había sido ningún lirio: yo había visto sus sucios y triviales crímenes mientras la sangre me enloquecía, me devastaba, dejándome todo enardecido, completamente excitado, relamiéndome los labios.
No soporto permanecer junto a un humano muerto. Volví a elevarme sobre los tejados.
—¿Te ha gustado eso, Voz? —pregunté. Estiré mis miembros como un gato bajo la luna.
—Hummm —respondió él—. Siempre me ha gustado, claro.
—Entonces deja de lloriquear.
Él enmudeció. Eso era una novedad. Me abandonó. Le lancé una pregunta tras otra. Pero no hubo respuesta. Nada.
Todo esto ocurrió hace tres años.
Yo me hallaba en un estado deplorable, me sentía deprimido, asqueado, abatido. Las cosas iban mal en todo el mundo vampírico, de eso no cabía duda. Benji, en sus incesantes emisiones, me instaba a regresar de mi exilio. Y otros se sumaban a su petición. «Lestat, te necesitamos.» Abundaban las historias de desgracias. Y yo no conseguía encontrar a muchos de mis amigos: ni a Marius, ni a David Talbot, ni tan siquiera a las ancianas gemelas. En otra época conseguía localizar a cualquiera de ellos con relativa facilidad. Pero ya no.
—¡Somos una tribu huérfana! —clamaba Benji por la emisora de radio online—. Jóvenes, sed prudentes. Huid de los ancianos cuando los veáis. No son nuestros mayores, por muchos años que lleven en la Sangre. Han rechazado toda responsabilidad sobre sus hermanos y hermanas. Sed prudentes.
Una noche deprimente y fría, me había vuelto a sentir sediento, mucho más sediento de lo que podía soportar. Es decir, técnicamente yo ya no necesito sangre. Tengo en mis venas tanta sangre de Akasha —la sangre primordial de la antigua Madre— que podría subsistir toda la eternidad sin alimentarme. Pero me sentía sediento, y la necesitaba para aplacar mi tristeza, o eso me había dicho a mí mismo en el transcurso de una pequeña correría de madrugada por la ciudad de Ámsterdam, mientras me alimentaba de todos los depravados y asesinos que hallaba en mi camino. Había ocultado los cuerpos. Había sido cuidadoso. Pero la experiencia había resultado deprimente: la sangre caliente y deliciosa entraba en mí a borbotones, pero también las visiones que acarreaba consigo de mentes inmundas y degeneradas: toda esa intimidad emocional deplorable. Ah, siempre lo mismo, siempre lo mismo. Me sentía profundamente desgraciado. Cuando me encuentro así, constituyo una amenaza para los inocentes, lo sé de sobras.
Hacia las cuatro de la mañana, me entró una tristeza espantosa. Estaba en un pequeño parque, sentado en un banco de hierro, doblado sobre mí mismo bajo el aire helado y húmedo. Aquella era una de las zonas más sórdidas de la ciudad; a través de la niebla, las luces de la madrugada tenían un aspecto chillón y tiznado. Estaba completamente aterido y empezaba a temerme que no iba a poder resistir. Que no iba a poder subsistir en la Sangre. Que no iba a ser un verdadero inmortal como el gran Marius, o Mekare, o Maharet, o Jayman. O incluso como Armand. Esto, lo que yo hacía, no era vida. En un momento dado, el dolor se hizo tan agudo que parecía como un puñal retorciéndose en mi corazón y mi cerebro. Volví a doblarme sobre mí mismo en el banco, agarrándome la nuca con las manos. Lo que más deseaba del mundo era morir, cerrar los ojos a la vida y morirme.
Entonces apareció la Voz, y dijo:
—¡Pero yo te amo!
Me llevé un sobresalto. No había oído a la Voz desde hacía mucho, y ahora ahí estaba: ese tono íntimo, suave, de infinita ternura. Como unos dedos que me acariciaran la cabeza.
—¿Por qué? —pregunté.
—Eres el que más amo de todos —dijo la Voz—. Estoy contigo, aquí, amándote.
—¿Qué eres tú? ¿Otro supuesto ángel? —dije—. ¿Otro espíritu que se hace pasar por un dios, o algo así?
—No —dijo él.
A decir verdad, en cuanto él me había empezado a hablar, yo había sentido un calor dentro de mí, ese calor repentino que describen los adictos cuando la sustancia que ansían los inunda, esa calidez sedante y maravillosa que yo había hallado tan fugazmente en la Sangre; y entonces empecé a oír la lluvia, a oírla de otro modo, no como una deprimente llovizna, sino como una preciosa y dulce sinfonía de sonidos sobre las superficies que me rodeaban.
—Te amo —dijo la Voz—. Y ahora levanta. Abandona este lugar. Tienes que hacerlo. Levántate. Empieza a andar. Esta lluvia no es demasiado fría para ti. Tú eres demasiado fuerte para esta lluvia, demasiado fuerte para este dolor. Vamos, haz lo que te digo...
Y yo obedecí.
Me levanté, eché a andar y regresé al viejo y elegante Hotel de l’Europe donde me alojaba. Entré en la espaciosa habitación, exquisitamente empapelada, y corrí con cuidado los cortinajes de terciopelo para tapar el sol naciente. La luz del cielo blanquecino sobre el río Amstel. Los ruidos de la mañana.
—Escucha, yo te amo —dijo la Voz—. No estás solo. Nunca lo has estado. —Yo sentía la Voz dentro de mí, alrededor de mí, envolviéndome, abrazándome.
Finalmente, me eché a dormir. Él me cantaba ahora. Cantaba en francés una letra añadida al hermoso estudio de Chopin Tristesse...
—Lestat, regresa a tu hogar. Vuelve a Francia, a la Auvernia donde naciste —susurró, como si estuviera a mi lado—. Al viejo castillo de tu padre. Debes ir allí. Todos los seres humanos necesitáis un hogar.
Sonaba tan tierno, tan sincero.
Era extraño que me dijera aquello. Yo poseía el viejo y ruinoso castillo. Años atrás, había encargado a un grupo de arquitectos y canteros que lo reconstruyeran, aunque yo mismo no sabía por qué. Ahora lo vi de nuevo, los antiguos torreones redondos alzándose de aquel risco sobre los campos y valles: allí donde antaño habían perecido tantos de hambre, donde la vida había sido tan amarga, donde yo mismo había sufrido amargamente cuando era un muchacho, un muchacho decidido a huir a París y ver mundo.
—Vuelve a casa —susurró él.
—¿Por qué no estás durmiendo como yo, Voz? —pregunté—. Está saliendo el sol.
—Porque donde yo estoy no es de día, amado Lestat.
—Ah, entonces eres un bebedor de sangre, ¿no? —pregunté. Sentí que lo había pillado. Empecé a reír, a soltar carcajadas—. Claro que lo eres.
Él se puso furioso.
—¡Ah, miserable, ingrato y degenerado! ¡Príncipe malcriado! —masculló. Y volvió a abandonarme. Bueno, qué más daba. Pero yo no había resuelto el misterio de la Voz, ni mucho menos. ¿Era simplemente un viejo y poderoso inmortal que se comunicaba conmigo desde otra parte del globo haciendo rebotar su mensaje telepático a través de las mentes vampíricas situadas entre ambos, tal como la luz se va reflejando de un espejo a otro? No, no era posible. Su voz resultaba demasiado próxima y nítida. Es posible enviar un mensaje telepático a otro inmortal con ese sistema, desde luego. Pero no puedes comunicarte directamente como él había venido haciendo conmigo durante todo este tiempo.
Cuando desperté, ya empezaba a oscurecer, claro, y Ámsterdam bullía con el rumor del tráfico, con el zumbido de las bicicletas y una miríada de voces. Un aroma de sangre bombeada por los corazones palpitantes.
—¿Aún sigues ahí, Voz? —pregunté.
Silencio. Y, no obstante, tenía la sensación, sí, la clara sensación de que estaba allí. Me sentía desdichado; me daba miedo a mí mismo, me asombraba mi propia debilidad, mi incapacidad para amar.
Y entonces ocurrió esto.
Fui al espejo de cuerpo entero que había en la puerta del baño para ajustarme la corbata. Ya sabéis que soy todo un dandi. Aunque estuviera deprimido, llevaba una chaqueta Armani de corte impecable y una camisa de vestir, y, bueno, quería ajustarme bien aquella reluciente corbata de seda, bellamente pintada a mano y... ¡ese no era mi reflejo!
Yo estaba allí, pero ese no era mi reflejo. Era otro yo el que me sonreía triunfal con unos ojos relucientes, con las dos manos contra el cristal, como si estuviera encerrado ahí detrás, en la celda de una prisión. Llevaba la misma ropa, sí, y era igual que yo hasta el último detalle: el largo pelo rubio rizado, los ojos de un gris azulado. Pero no era un reflejo en absoluto.
Me quedé petrificado. Pensé vagamente en un doppelgänger y, sentí todo el horror que ese concepto lleva aparejado. No sé si soy capaz de describir lo escalofriante que resultaba la situación: esa figura de mí mismo habitada por otro, que me sonreía de un modo impúdico y deliberadamente amenazador.
Me mantuve impasible, aun así, y seguí ajustándome la corbata, aunque no veía el reflejo de lo que iba haciendo. Él siguió sonriendo con aquella expresión gélida y burlona, mientras la Voz estallaba en carcajadas en el interior de mi cerebro.
—¿Acaso deberías gustarme por esto, Voz? —pregunté—. Yo creía que me amabas.
Él se quedó consternado. Su rostro —mi rostro— se contrajo como el de un niño a punto de llorar. Alzó las manos como para cubrirse, con los dedos trémulos y los párpados estremecidos. La imagen se desvaneció y fue reemplazada por mi verdadero reflejo, plantado allí de pie, desconcertado, ligeramente horrorizado, irritado en grado sumo. Me enderecé la corbata con un último tirón.
—Yo te amo —dijo la Voz con un tono triste, casi lúgubre—. ¡Te amo! —Y empezó a farfullar, a rugir, a discursear, con todos aquellos vocabularios bruscamente enredados: ruso, alemán, francés, latín...
Aquella noche Benji empezó su emisión desde Nueva York y dijo que las cosas no podían continuar así. Instó a los jóvenes a huir de inmediato de las ciudades. Suplicó una vez más a los ancianos de la tribu que intervinieran.
Yo me fui a Anatolia para huir de todo. Quería volver a ver Santa Sofía, caminar bajo aquellos arcos. Quería vagar por las ruinas de Göbekli Tepe, el asentamiento neolítico más antiguo jamás descubierto. Al diablo los problemas de la tribu. ¿De dónde había sacado Benji la idea de que éramos una tribu?
2
Benji Mahmoud
Yo suponía que Benji Mahmoud tenía unos doce años cuando Marius lo convirtió en vampiro, pero nadie lo sabía con certeza, ni siquiera el propio Benji. Nacido en Israel, en el seno de una familia de beduinos, había sido contratado y trasladado a Estados Unidos por la familia de una joven pianista llamada Sybelle —quien a todas luces estaba loca— con el fin de que le hiciera compañía. Los dos jóvenes conocieron al vampiro Armand en Nueva York a mediados de los años noventa, pero no fueron iniciados en la Sangre hasta algo después, cuando Marius efectuó en ambos el Truco Oscuro, como un regalo para Armand. Naturalmente, Armand se puso furioso, se sintió traicionado, deploró que las vidas humanas de sus protegidos hubieran sido truncadas, etcétera. Pero Marius había hecho lo único que podía hacerse con dos humanos que, a efectos prácticos, estaban viviendo entre vampiros y perdiendo rápidamente el gusto por cualquier otro mundo. Los protegidos humanos de ese tipo están expuestos a cualquier desgracia. Y Armand tendría que haber sido consciente de ello. Debería haber comprendido que tarde o temprano algún vampiro enemigo acabaría con uno de esos dos jóvenes con el fin de llegar a él. Es lo que suele ocurrir en estos casos.
Así que Marius los convirtió en vampiros.
Yo andaba muy trastornado en esa época. Mis aventuras con Memnoch, un espíritu que afirmaba haber sido «el Diablo» de la religión cristiana, me habían dejado hecho polvo, y apenas me enteré de todo este proceso; sabía únicamente que me encantaba la música de Sybelle y poco más.
Cuando me fijé realmente en Benji Mahmoud, él ya estaba viviendo con Armand, Louis y Sybelle, y se había inventado la emisora de radio. Como ya he dicho, al principio emitía con el sistema tradicional, pero Benji era demasiado ingenioso para resignarse mucho tiempo a las limitaciones del mundo mortal, y pronto empezó a emitir el programa a través de Internet desde la mansión del Upper East Side, dirigiéndose a los Hijos de la Oscuridad casi todas las noches e invitándolos a que hicieran llamadas desde cualquier parte del mundo.
Cuando emitía, Benji ponía de fondo la música de Sybelle y hablaba en voz muy baja: una voz que, sin amplificarse, no podían captar los oídos humanos. Esperaba que así los vampiros de todo el mundo recibieran el mensaje. El problema era que muchos vampiros tampoco lo oían. Así pues, cuando Benji empezó a emitir por la radio de Internet, desechó ese truco. Él hablaba normalmente, nos hablaba a Nosotros, y no hacía caso de los fanáticos de los vampiros o los adeptos del rollo gótico que llamaban al programa. Los descartaba con facilidad por el timbre de sus voces para poder dedicar el tiempo de emisión a los verdaderos Hijos de la Oscuridad.
La exquisita música de piano de Sybelle era una parte fundamental del programa, que a veces duraba cinco o seis horas por noche, y otras, en cambio, no se emitía. Pero el mensaje de Benji pronto se propagó de un extremo a otro de la tierra:
«Somos una tribu, queremos sobrevivir y los ancianos no nos están ayudando.»
Ahora bien, cuando empezó a hablar de todo esto, de los huérfanos y los indefensos que poblaban cada ciudad de la tierra y de la negligencia y el egoísmo de los «ancianos», yo pensé que alguien iba a sentirse ofendido, que lo silenciarían o al menos le pararían los pies de un modo expeditivo.
Pero Benji había diagnosticado bien la situación. Y yo no. Nadie se molestó en detenerlo porque, en realidad, a nadie le importaba. Y Benji siguió explicando a los rebeldes, a los inadaptados y a los huérfanos que llamaban al programa por las noches que debían andar con cuidado, que debían resistir, alimentarse de malhechores y ocultar los cuerpos, y recordar siempre que el mundo pertenecía a los humanos.
Benji les brindó también un argot a los no-muertos de todo el mundo, pues salpicaba sus comentarios con términos sacados de las Crónicas Vampíricas (incluyendo algunos que yo nunca había empleado, o que ni siquiera conocía) y estableciendo un lenguaje común para todos. Un gesto interesante. O, al menos, a mí me lo pareció.
Fui un par de veces a Nueva York solo para espiar a Benji. Él había desarrollado para entonces todo un estilo personal. Lucía ternos a rayas de corte impecable, normalmente de lana de estambre gris o marrón, preciosas camisas de colores pastel y deslumbrantes corbatas de seda Brooks Brothers; y siempre llevaba un sombrero flexible de fieltro negro, fabricado en Italia —el sombrero perfecto de gánster—, y unos impecables zapatos de cordones con costura inglesa.
Por ello, pese a su reducida complexión, su carita alegre y redondeada y sus relucientes ojos negros, no parecía en absoluto un niño, sino un hombrecito, y ese había pasado a ser el mote favorito con el que se refería a sí mismo. «Hombrecito.» Benji poseía más de cinco galerías de arte en Chelsea y el SoHo, un restaurante en Greenwich Village, justo al lado de Washington Square, y una anticuada mercería en la que compraba sus sombreros. Tenía un montón de documentos legítimos, lo cual incluía un permiso de conducir auténtico, además de tarjetas de crédito, teléfonos móviles y una o dos bicicletas. Con frecuencia, sobre todo en las noches de verano, conducía él mismo por Nueva York su deportivo MG TD restaurado, pero la mayor parte de las veces se desplazaba en una gran limusina negra Lincoln con chófer. Pasaba mucho tiempo en los cafés y restaurantes, donde fingía cenar en compañía de mortales que lo encontraban fascinante. Él y Sybelle cazaban con destreza en los callejones. Pero ambos conocían bien el arte del Pequeño Sorbo, y podían satisfacerse con una serie de discretos mordiscos en las discotecas y bailes de beneficencia sin cercenar una vida ni inutilizar a una víctima inocente.
Y mientras que Sybelle era una especie de presencia misteriosa y distante a su lado —espectacular con sus vestidos de diseño y sus gemas suntuosas—, Benji tenía montones de amigos humanos que lo veían como un tipo excéntrico, divertido y delicioso gracias a su «programa de vampiros», que ellos consideraban una «performance artística» de lo más ingeniosa. Daban por supuesto que era él quien ponía todas las voces que aparecían en antena, incluidas las de los Hijos de la Noche japoneses y chinos que llamaban y hablaban durante horas en su propia lengua, poniendo a prueba hasta el límite los poderes sobrenaturales de Benji, que hacía todo lo posible para seguirlos sin perder el hilo.
En suma, Benji constituía un éxito brutal como vampiro. Tenía una página web como complemento del programa de radio y una dirección de e-mail para los oyentes, y a veces leía algunos mensajes en directo, pero todo se reducía siempre a lo mismo: «Somos miembros de una tribu y, como tales, debemos mantenernos unidos, guardarnos lealtad, preocuparnos unos por otros y procurar perdurar en este mundo, donde los inmortales podrían ser abrasados o decapitados como cualquiera. ¡Los ancianos nos han traicionado!»
Benji continuamente les advertía lo mismo a los no-muertos: «No vengáis a Nueva York. No intentéis localizarme. Estoy aquí, a vuestra disposición, por teléfono y por e-mail, pero no pongáis los pies en esta ciudad o tendréis que véroslas con Armand, cosa que no le deseo a nadie.» Siempre les decía que ninguna ciudad podría mantener a la cantidad de vampiros que nacían ahora a la Oscuridad en Nueva York, y les recordaba que los neófitos debían ser inteligentes y buscar nuevos territorios, y que habían de aprender a vivir en paz con los demás.
En las llamadas, los oyentes se explayaban sobre sus desgracias. Estaban asustados y angustiados; deploraban las reyertas que se producían por todas partes, y sentían auténtico pavor por los ancianos, capaces de quemarte si te ponían los ojos encima. Habían buscado al gran Lestat, al gran Marius, a la gran Pandora, pero inútilmente... Y así seguían y seguían.
Benji los consolaba cada vez y les daba consejo. En ocasiones se sumaba simplemente a su dolor.
—Ellos no nos ayudan, ¿verdad? —decía—. ¿Para qué escribió Lestat sus libros? ¿Y dónde esta el gran erudito David Talbot? ¿Y la gran Jesse Reeves, nacida a la Oscuridad en los brazos de la anciana Maharet? ¡Menuda pandilla de egoístas, ególatras y narcisistas!
Y entonces empezaba con su cantinela: «Lestat, ¿dónde estás?»
Como si yo fuera uno de los ancianos. Venga ya, ¡por favor!
Bueno, en cuanto a influencia, sí. Claro. Yo escribí mi autobiografía. Me convertí en una célebre estrella de rock durante... ¡unos cinco minutos! Conté toda la historia: cómo fue destruida Akasha y cómo la fuente del poder fue extraída de su interior e incorporada a la vampira Mekare. Sí, lo reconozco. Yo hice todo eso. Escribí y publiqué mi propio relato sobre el Ladrón de Cuerpos y sobre Memnoch. Está bien, de acuerdo. Y en efecto: si mi música y mis vídeos rock no hubieran sido lanzados en todo el mundo, tal vez la vieja reina Akasha no se habría alzado de su trono ni habría desatado la Gran Quema, en la cual infinidad de vampiros de todo el planeta fueron reducidos a cenizas. Culpa mía, lo reconozco.
Pero yo llevo... ¿cuántos?, ¿doscientos treinta y tres años en la Sangre? Algo así. Y como ya he dicho, soy un malcriado según el criterio de todo el mundo, ¡un crío temerario!
Los auténticos ancianos, aquellos a los que Benji no paraba de insultar, denigrar y ridiculizar, eran los Hijos de los Milenios, los grandes inmortales: Marius y Pandora, y las ancianas gemelas, claro, Mekare y Maharet, y su compañero Jayman. Benji eso lo dejaba bien claro.
—¿Cómo puede ser esa Mekare la Reina de los Condenados si no gobierna? —preguntaba—. ¿Y qué hay de su gemela?, ¿es que nosotros, la gran familia vampírica, no le importamos? ¿Y dónde está Jayman, tan anciano como las gemelas?, ¿por qué no se cuida de nosotros ahora, mientras nos abrimos paso por el mundo buscando respuestas? ¿Cómo es que Jesse, la joven Jesse de nuestro mundo, no conmina a esos ancianos a escuchar nuestra voz?
Todo esto me asombraba y me atemorizaba, como ya he dicho. Y aun cuando nadie fuese a mover un dedo para silenciar a Benjamin, ¿sus arengas iban a dar algún resultado? ¿Iban a servir para que sucediera algo?
Y mientras, estaban sucediendo otras cosas. Cosas malas. Rematadamente malas. Y también, quizás, algunas buenas.
Benji no era el único vampiro bajo el cielo que estaba haciendo algo completamente nuevo.
También estaba Fareed, que había aparecido mucho antes que Benji. Y yo tampoco había creído que Fareed fuera a durar.
3
Fareed y Seth
Conocí a Fareed y Seth seis años antes del final del pasado siglo. Eso fue después de que conociera al Ladrón de Cuerpos pero antes de conocer a Memnoch. Y aunque yo creí entonces que nuestro encuentro se había producido por casualidad, luego comprendí sin asomo de duda que no había sido así, puesto que ellos me habían estado buscando.
Fue en la ciudad de Los Ángeles, una noche templada y deliciosa, cuando accedí a hablar con ellos en un café-jardín situado no lejos de la zona de Sunset Boulevard donde ellos me habían abordado: dos vampiros poderosos, uno anciano y otro joven, este último estimulado por la potente sangre del otro.
Seth era el anciano y, como ocurre siempre con estos grandes supervivientes, lo identifiqué por el latido de su corazón mucho antes de verlo siquiera. Esos monstruos antiguos, por viejos que sean, pueden embozar sus mentes y hacerse pasar por humanos, pero no pueden impedir que un inmortal como yo oiga el latido de su corazón y, al mismo tiempo, un vago sonido como de respiración. Solo que, cuando procede de ellos, suena como el ronroneo de un motor. Y esa es la señal, desde luego, para salir corriendo, a menos que quieras acabar quemado y convertido en un montoncito de finísimo polvo negro o en una pequeña mancha de grasa en el pavimento.
Pero yo no huyo ante nada, y tampoco estaba muy seguro de querer seguir vivo en aquel entonces. Hacía poco que me había quemado la piel hasta dejármela de color marrón oscuro en el desierto de Gobi, en un fallido intento de acabar con todo, y si dijera que adoptaba de forma general una actitud temeraria me quedaría corto.
Además, había sobrevivido a muchos peligros; así que, bueno, ¿no iba a sobrevivir a un tropiezo con otro anciano? Yo conocía personalmente a las gemelas. Conocía a la Reina de los Condenados actual. ¿Acaso no contaba con su protección?
Pero también sabía algo más en aquel entonces. Y era que mis canciones y mis vídeos rock, y el haber despertado a la Reina, habían provocado también el despertar de una serie de inmortales por todo el planeta: seres que nadie sabía con certeza quiénes eran. Yo solo sabía que andaban sueltos por ahí.
Allí estaba, pues, caminando por Sunset Boulevard entre una densa multitud, disfrutando del momento, olvidando que yo era un monstruo, olvidando que ya no era una estrella de rock y fingiendo ser como el hermoso Jon Bon Jovi.
Justo unos meses antes había asistido a un concierto de Jon Bon Jovi, y ahora ponía sus canciones obsesivamente en mi pequeño walkman. Allí estaba, digo, pavoneándome, flirteando a ratos, sonriendo a los bellos mortales que se cruzaban conmigo, alzando a veces mis gafas de sol tintadas de rosa para lanzar un guiño, dejando que el viento siempre helado de la Costa Oeste me alborotara el pelo y, en fin, pasándolo bien y pasándolo mal, cuando de repente voy y percibo esa palpitación, ese latido fatal.
Como Maharet y Mekare no habían desaparecido totalmente del mundo en aquel entonces, me dije: «¿Qué habré hecho ahora? ¿Quién va a venir a pedirme cuentas?» Y entonces detecto que vienen hacia mí dos bebedores de sangre realmente notables. El más bajo, de un metro ochenta, con una magnífica piel dorada, un pelo ensortijado de un negro azulado alrededor de una cara hermosa e inquisitiva; unos enormes ojos verdes y unos labios bien formados, distendidos en una sonrisa abierta; y vestido con una ropa elegantona, supongo: un traje inglés a medida, si no me equivoco, y unos preciosos zapatos estrechos, también hechos a medida. El más alto, un gigante flaco de piel oscura, también, aunque la suya requemada por el sol, y anciano, sin lugar a dudas, con el pelo negro corto en torno a un cráneo regular y unos ojos almendrados, y con una ropa más bien excéntrica para las calles de West Hollywood, aunque tal vez no en la ciudad de El Cairo: un zaub blanco hasta los tobillos y unos pantalones blancos con sandalias.
Vaya par, pensé; y antes de tenerlos a un metro y medio, el más bajo, el joven, un neófito de la Sangre, extendió la mano a modo de saludo, y empezó a hablar con un fluido y resonante acento indio, diciendo que él era el doctor Fareed Bhansali y el otro su «mentor», Seth, y que les encantaría contar con el placer de mi compañía en su café favorito.
Sentí en mi interior una ligera oleada de excitación que me puso al borde de las lágrimas, pero eso se lo oculté a ellos. Yo mismo había elegido la soledad, ¿no? La había buscado desde hacía mucho. ¿A qué venía tanta emoción?
El café era precioso. Todas las mesas estaban cubiertas con manteles azules: casi de ese color que tiene el cielo nocturno cuando la miríada de luces de la gran metrópolis reverbera en la capa de nubes llenas de humedad. Sonaba una leve y dulce música de sitar, cuyas líneas melódicas se entrelazaban con mis pensamientos mientras permanecíamos sentados, mientras cada uno jugueteaba con su comida y se acercaba de vez en cuando un bocado de curry para saborear el aroma. El vino relucía en las copas de cristal fino.
Y entonces ellos consiguieron dejarme boquiabierto.
«¿Ves ese edificio de enfrente? No, no, el otro...» Bueno, aquel edificio era suyo y albergaba su laboratorio. Y ambos se sentirían muy agradecidos si dejaba que me practicaran unas biopsias que no habrían de causarme ningún dolor: tejido cutáneo, pelo, sangre, ese tipo de cosas.
Entonces salió a relucir toda la historia. El año anterior, en Bombay, Seth había encontrado a Fareed, un brillante médico e investigador, agonizando en la habitación de un hospital, a resultas de un complot perpetrado por su esposa y un médico colega suyo. Fareed, paralizado pero consciente, había creído que Seth era un producto de su imaginación torturada.
—Y fíjate —me dijo con aquel exquisito acento anglo-indio—, yo pensaba que lo primero que haría sería vengarme de mi esposa y su amante. Ellos me lo habían arrebatado todo, incluida mi vida. Pero esas cosas las olvidé casi al instante.
Seth había sido sanador en la antigüedad. También él hablaba con un acento peculiar, aunque yo no era capaz de situarlo. ¿Cómo iba a poder, si él había entrado en la Sangre en los albores de la historia?
Era un hombre huesudo, con una estructura ósea extraordinariamente simétrica en la cara. Incluso sus manos, con aquellas muñecas y falanges enormes, me resultaban interesantes, lo mismo que sus uñas, que parecían de cristal. Su frío rostro, además, se iluminaba y cobraba expresión al hablar, borrando la tersura de máscara impuesta por la Sangre.
—Inicié a Fareed en la Sangre para que ejerciera como médico —explicó Seth—. Yo no consigo comprender la ciencia de estos tiempos. Y no comprendo por qué no hay ningún médico o investigador científico entre nosotros.
Ahora contaban con un laboratorio equipado con todas las máquinas imaginables que la ciencia médica ha inventado.
Y pronto me encontré yo mismo en las plantas superiores de aquel edificio, siguiéndolos por una serie de estancias profusamente iluminadas, maravillándome ante el personal integrado por jóvenes bebedores de sangre, capaces de efectuar una resonancia magnética o una tomografía computarizada, o de practicarme una extracción de sangre.
—Pero ¿qué vais a hacer con todos estos datos? —pregunté—. ¿Y cómo os las arregláis? Quiero decir, ¿estáis iniciando en la Sangre a otros científicos?
—¿Nunca se te había ocurrido algo así? —dijo Fareed.
Después de que me practicaran las biopsias y me sacaran sangre, nos habíamos sentado en el jardín de la azotea, protegidos del viento helado del Pacífico por grandes planchas de vidrio templado, con todas las luces del centro de Los Ángeles destellando entre la niebla.
—No consigo entender —dijo Fareed— por qué los bebedores de sangre más destacados son en su mayoría románticos y poetas que solo inician, a su vez, en la Sangre a seres a los que aman por motivos emocionales. Yo valoro mucho tus escritos, entiéndeme, los valoro de principio a fin. Tus libros son las Sagradas Escrituras de los no-muertos. Seth me los dio de entrada, me dijo que me los aprendiera. Pero ¿nunca se te había ocurrido iniciar a aquellos a los que necesitas?
Reconocí que me daba miedo la idea misma, tanto miedo como habría sentido un mortal ante la posibilidad de diseñar genéticamente una descendencia destinada a ciertas ramas de las artes o a determinadas profesiones.
—Pero nosotros no somos humanos —dijo Fareed, que inmediatamente se sintió avergonzado por lo obvia y estúpida que sonaba la frase. De hecho, se ruborizó y todo.
—¿Y si aparece otro tirano sangriento? —pregunté—. ¿Alguien capaz de hacer que Akasha parezca una simple colegiala con sus fantasías de dominio? ¿Eres consciente de que todo lo que escribí era cierto, no? Ella habría transformado el mundo, si no la hubiéramos detenido. Se habría convertido en una diosa.
Fareed se quedó sin habla y le echó a Seth un vistazo con una expresión tremendamente angustiada. Pero Seth se limitó a estudiarme con gran interés. Alzó una de sus manos enormes y la posó suavemente sobre la de Fareed.
—No te apures —le dijo—. Continúa, Lestat, por favor.
—Bueno, suponed que un tirano semejante se alzara de nuevo entre nosotros —dije— y suponed que ese tirano iniciara en la Sangre a los técnicos y soldados necesarios para llevar a cabo un auténtico golpe de mano. Con Akasha era todo muy primitivo: ese plan suyo, presidido por una «religión revelada», que habría devuelto el mundo al pasado... Pero imaginaos con laboratorios como este: un tirano podría crear una raza de vampiros productores de armas, de drogas alucinógenas, de bombas, de aviones, de todo lo necesario para causar estragos en este mundo tecnológico. ¿Y entonces, qué? Sí, tienes razón: los más conocidos de entre nosotros son unos románticos. Lo somos. Somos poetas. Pero también somos individuos con una inmensa fe en el individuo, con un gran amor al individuo.
Me interrumpí. Empezaba a sonar demasiado como si creyera en algo. Lestat, el soñador. ¿Qué creía yo, en realidad? Que éramos una raza maldita, que debíamos ser exterminados.
Seth tomó al vuelo la idea y me replicó en el acto. Su voz, grave y pausada, quedaba realzada por aquel indefinible acento oriental.
—¿Por qué piensas estas cosas de nosotros, tú que has rechazado tan radicalmente las religiones reveladas del mundo? ¿Qué somos nosotros? Somos mutaciones. Pero toda evolución avanza indudablemente a base de mutaciones. No digo que lo comprenda del todo, pero ¿no era cierto lo que escribiste sobre cómo fue destruida Akasha y cómo el Germen Sagrado, o la fuente, o como quieras llamar a la raíz que nos anima a todos, pasó al cuerpo y al cerebro de Mekare?
—Sí, era todo cierto —dije—. Y aún andan por ahí esas dos gemelas. Son seres más bien reservados, te lo aseguro, y suponiendo que piensen que tenemos derecho a existir como especie, nunca nos lo han comunicado a los demás. Si se enteran de la existencia de este laboratorio... quizá lo destruyan.
Me apresuré a añadir que no estaba seguro de esto último.
—¿Por qué iban a destruirlo cuando nosotros podemos ofrecerles tanto? —dijo Fareed—. Yo puedo modelar unos ojos inmortales para la hermana ciega, para Maharet, de manera que ya no tenga que usar ojos humanos y estar continuamente cambiándolos a medida que mueren en sus órbitas oculares. Para mí es algo muy sencillo fabricar esos ojos inmortales con los protocolos de sangre adecuados. En cuanto a la muda Mekare, podría comprobar si queda alguna parte intacta en su cerebro capaz de despertar por completo algún día.
No pude por menos de sonreír amargamente.
—Vaya visión.
—Lestat, ¿no quieres saber de qué están hechas tus células? —preguntó—. ¿No quieres saber cuáles son las sustancias químicas de tu sangre que mantienen a raya la senescencia de tu cuerpo?
—¿La senescencia? —No sabía bien lo que significaba esa palabra—. Nosotros somos cosas muertas, estaba pensando. Tú eres un médico de muertos.
—Ah, no, Lestat —dijo Fareed—. No somos cosas muertas. Eso es poesía, poesía de la vieja, y no perdurará. Solo perdura la buena poesía. Nosotros estamos muy vivos. Tu cuerpo es un organismo complejo que alberga a su vez otro organismo devorador que se va transformando poco a poco, año tras año, con algún fin evolutivo definido. ¿No quieres saber qué es?
Estas palabras lo cambiaron todo para mí. Fueron como los albores de una nueva luz, porque en ese momento vislumbré todo un mundo de posibilidades que no había imaginado hasta entonces. Claro que él sería capaz de hacer tales cosas. Claro.
Fareed siguió hablando y hablando en esa vena científica, supongo que con brillantez, aunque su terminología se volvió cada vez más enrevesada y extraña. Por mucho que lo intentara, yo nunca había sido capaz de entender la ciencia moderna, en absoluto. Ni siquiera la inteligencia sobrenatural me había permitido asimilar los textos de medicina. Solo tenía los conocimientos superficiales de un profano sobre los términos que él usaba: ADN, mitocondria, virus, tejido celular eucariota, senescencia, genoma, átomos, quarks y demás. Por mucho que estudiara los libros de los autores divulgativos, no sacaba nada o casi nada en claro, salvo una sensación de respeto y humildad, y una conciencia creciente de mi propia desgracia por el hecho de estar excluido de la vida, cuando esta entrañaba unas revelaciones tan espléndidas.
Él notó que no valía la pena seguir.
—Ven, voy a enseñarte una pequeña parte de lo que podemos hacer —dijo.
Volvimos a bajar a los laboratorios. Casi todos los bebedores de sangre se habían marchado, pero capté el vago aroma de un humano. O de más de uno, tal vez.
Fareed me ofreció una posibilidad tentadora. ¿Deseaba sentir la pasión erótica tal como la había sentido cuando era un joven de veinte años en París, es decir, antes de morir? Bueno, él podía ayudarme a lograrlo. Si tenía éxito, yo produciría semen; y a él le gustaría tomar una muestra del mismo.
Me quedé atónito. Por supuesto, no iba a rechazar su oferta.
—Bueno, ¿cómo recogeremos el semen? —dije, riendo y hasta ruborizándome, a pesar de mí mismo—. Incluso cuando estaba vivo, prefería realizar mis experimentos eróticos con otros.
Él me dio a elegir. Detrás de una pared de cristal, en un sofá grande y mullido, se hallaba sentada una joven humana, que llevaba únicamente una camisa blanca de dormir y estaba leyendo un grueso volumen de tapa dura bajo la débil luz de una lamparilla. Ella no nos veía a través del cristal polarizado, ni tampoco podía oírnos. Le calculé unos treinta y cinco o treinta seis años, lo cual era bastante joven para esta época, aunque no lo habría sido doscientos años atrás. Sentí vagamente que me resultaba conocida. Tenía una larga, espesa y ondulada cabellera rubia, aunque de un rubio más bien oscuro; unos ojos azules hundidos y tal vez un poco demasiado claros para resultar hermosos, unos rasgos equilibrados y una boca turgente aunque de aspecto más bien inocente.
La habitación era como un escenario, con un estampado azul en las paredes y en la ropa de cama, y varias lamparillas con flecos, e incluso con un cuadro colgado que uno podría encontrar en cualquier dormitorio corriente: la calle de un pueblo inglés del siglo XIX, con gansos, un riachuelo y un puente. Solo los textos de Medicina en la mesita de noche y el pesado volumen que tenía la mujer en las manos parecían fuera de lugar.
En conjunto, tenía un aspecto tremendamente atractivo con su camisa de dormir blanca, sus altos y firmes senos y sus largas piernas torneadas. Ajena a nuestras miradas, ella estaba subrayando con bolígrafo un pasaje del libro.
—Puedes copular con ella, en cuyo caso sacaré la muestra de su cuerpo —me explicó Fareed—. O puedes sacarte la muestra tú mismo, si lo prefieres, con el viejo sistema solitario. —Hizo un gesto con la mano derecha, separando los dedos.
Yo no me entretuve demasiado. En el pasado, cuando me introduje en un cuerpo humano gracias a las maquinaciones del Ladrón de Cuerpos, disfruté de la compañía de dos bellas mujeres. Pero eso no había sido en este cuerpo, en mi cuerpo de ahora, mi cuerpo vampírico.
—Esta mujer está bien pagada, se siente respetada y cómoda aquí —dijo Seth—. Ella misma es médica. No le causarás sorpresa ni horror. Nunca ha participado en un experimento similar, pero está preparada. Y será bien recompensada, después.
«Bueno, si no ha de sufrir ningún daño», pensé. Qué impecable y qué guapa se la veía, con ese aspecto aseado tan americano y esos relucientes ojos azules, y con ese pelo de color trigueño. Casi podía oler su pelo. De hecho, lo olía: era una maravillosa fragancia a jabón o champú, y a luz solar. Resultaba deliciosa e irresistible. Ya deseaba cada gota de su sangre. ¿Podría la atracción erótica superar ese deseo?
—De acuerdo, lo voy a hacer.
Pero ¿cómo iban a lograr aquellos caballeros que un cuerpo muerto como el mío produjera su simiente de verdad, como si estuviera vivo?
La respuesta llegó rápidamente con una serie de inyecciones y con una vía intravenosa que seguiría liberando en mi sangre, durante el experimento, un potente elixir de hormonas humanas, anulando temporalmente la tendencia del cuerpo vampírico a resistir la senescencia, para que el deseo se desarrollase y para que el esperma se produjera y pudiera ser eyaculado.
Aquello me pareció tremendamente divertido.
Ahora podría escribir un ensayo de quinientas páginas sobre el desarrollo del experimento, porque, en efecto, volví a sentir un deseo erótico biológico y me lancé sobre la joven como cualquier implacable y lujurioso aristócrata de mi época se habría lanzado sobre una lechera de su aldea. Pero fue exactamente tal como mi estimado Louis había dicho mucho tiempo atrás, como «la pálida sombra del asesinato», es decir, como el placer fugaz de beber sangre; y casi enseguida se terminó, o eso pareció: el ardor de la pasión se extinguió, volvió otra vez a las profundidades de la memoria, como si nunca hubiera surgido, y el apogeo de la eyaculación quedó olvidado.
Después, me sentí extrañamente incómodo. Estaba sentado en la cama junto a aquella hembra de cabellera rubia y piel clara, con la espalda apoyada en varios almohadones de exquisito olor, y sentí que debía hablar con ella, preguntarle cómo era que estaba allí, y por qué.
Y, entonces, de repente, cuando yo aún seguía preguntándome si era una idea apropiada o prudente, ella me lo contó.
Se llamaba Flannery Gilman, me dijo. Con un nítido acento de la Costa Oeste, me explicó que «nos» había estado estudiando desde aquella noche en la que yo salí al escenario como estrella de rock en las afueras de San Francisco, y en la que tantos de nuestra estirpe perecieron a causa de mi gran idea de convertirme en un artista mortal. Esa noche ella había visto vampiros con sus propios ojos y ya no había dudado más de su existencia. Los había visto inmolados en el aparcamiento, después del concierto. Más aún: había raspado del asfalto muestras de sus restos abrasados y rezumantes. Había recogido huesos vampíricos en bolsas de plástico y había tomado centenares de fotografías de todo lo que había presenciado. Se había pasado cinco años estudiando y describiendo las diversas muestras, y había preparado un documento de un millar de páginas para demostrar nuestra existencia y rebatir cualquier objeción que pudieran plantearle sus colegas. Había acabado sin blanca a causa de su obsesión.
¿Cuál había sido el resultado? Una completa ruina.
Aunque contactó con al menos dos docenas de médicos que también afirmaban haber visto vampiros y experimentado con ellos —examinando las muestras, evaluando los materiales y citándolos en su trabajo—, todas las asociaciones médicas respetables le habían dado con la puerta en las narices.
Se mofaron de ella, la ridiculizaron, le denegaron cualquier subvención y, finalmente, le prohibieron el acceso a las convenciones y conferencias profesionales. Y además de condenarla al ostracismo y aconsejarle que «buscara ayuda psicológica», la convirtieron en el hazmerreír general.
—Me destruyeron —me dijo con calma—. Me hicieron pedazos. Nos hicieron pedazos a todos. Nos metieron en el mismo saco que a los fanáticos de los astronautas prehistóricos, del poder de las pirámides, del ectoplasma y de la ciudad perdida de la Atlántida. Me desterraron a las páginas web de chiflados, a las convenciones de New Age y a las reuniones alternativas, donde nos recibían entusiastas capaces de creer en cualquier cosa, desde la ouija hasta el Yeti. Mi licencia para ejercer la Medicina fue revocada en California. Mi familia se volvió contra mí. A efectos prácticos, era como si me hubiera muerto.
—Entiendo —dije con tono sombrío.
—Dudo que lo entiendas —dijo ella—. La ciencia tiene en sus manos, en todo el mundo, pruebas abundantes de que existís, ¿sabes?, pero nadie piensa obrar en consecuencia. Al menos, tal como están ahora las cosas.
Me quedé estupefacto. Debería habérmelo imaginado.
—Yo siempre había creído que una vez que un vampiro cayera en las manos de los médicos todo habría terminado.
Ella se echó a reír.
—Es algo que ha ocurrido muchas veces —dijo—. Y puedo explicarte con toda exactitud lo que sucede. El vampiro, después de ser capturado y llevado durante el día a un lugar vigilado, se despierta al anochecer dispuesto a destruir a sus captores y a destrozar la cárcel, el laboratorio o la morgue donde lo tienen en observación. Si se encuentra demasiado débil para hacerlo, seduce y engatusa a sus captores para que lo suelten y muy pronto llega la venganza: todas las pruebas médicas y fotográficas, así como los propios testigos, son destruidos. A veces, otros bebedores de sangre acuden a liberar al cautivo. Otras, un laboratorio entero arde en llamas y casi todo el personal muere en el incendio. Yo he documentado al menos dos docenas de casos que encajan en este esquema. Cada uno contaba con toda una serie oficial de explicaciones «racionales» de lo sucedido, y también con algunos supervivientes marginados, ridiculizados y, en último término, ignorados. Algunos de esos supervivientes han acabado en una clínica mental. Así que no debes preocuparte en absoluto.
—Por eso ahora trabajas para Fareed.
—Aquí tengo un puesto —dijo con una dulce sonrisa—. Aquí me respetan por lo que sé. Es como si hubiera vuelto a nacer, por así decirlo. Ah, no puedes imaginarte lo ingenua que fui aquella noche cuando te vi en el escenario: estaba convencida de que iba a arrasar en el mundo de la Medicina con todas las fotografías que había sacado.
—¿Qué querías que ocurriera? Quiero decir, ¿qué querías que nos ocurriera a nosotros?
—Quería que me creyeran, ante todo; y luego quería que os estudiaran. Justamente lo que Fareed está haciendo aquí. No hay la menor lógica en las cosas que se estudian «ahí fuera». —Hizo un gesto, como si el mundo mortal estuviera al otro lado de la pared—. Pero a mí ya no me importa —añadió—. Ahora trabajo para Fareed.
Me reí suavemente.
El cálido sentimiento erótico había desaparecido hacía rato. Lo que yo ahora deseaba, por supuesto, era extraer hasta la última gota de sangre de su precioso, adorable y voluptuoso cuerpecito. Pero me conformé con besarla, con apretujarme contra ella, con pegar los labios a su cálida garganta y escuchar el rugido de la sangre en la arteria.
—Te han prometido iniciarte, ¿verdad? —le pregunté.
—Sí —dijo—. Y son gente honrada. Lo cual es más de lo que podría decir de mis colegas de la Medicina americana. —Se volvió y se acercó para besarme rápidamente una vez más en la mejilla. Yo no la detuve. Luego alzó sus dedos hacia mi rostro y me tocó suavemente los párpados—. Gracias —dijo—. Gracias por estos momentos inestimables. Ya sé que no lo has hecho por mí, sino por ellos. Pero gracias.
Asentí, sonriendo. Sujeté su rostro entre mis manos mientras la besaba, ahora con un fervor que procedía de la Sangre. Noté cómo se caldeaba su cuerpo, abriéndose como una flor, pero el momento ya había pasado y me despedí.
Fareed y Seth me dijeron después que pensaban cumplir la promesa que le habían hecho. Ella no era la única médica o científica obsesionada con los vampiros a la que habían invitado a trabajar en el laboratorio. De hecho, se habían tomado la molestia de reclutar a todos aquellos pobres «chiflados» condenados al ostracismo. A fin de cuentas, resultaba más fácil invitar a participar de nuestro milagro a los humanos cuyas vidas habían quedado arruinadas.
Mucho antes del amanecer, salimos los tres juntos de caza. En la zona de Sunset Boulevard había un ajetreo obsceno a aquella hora y las víctimas para practicar el Pequeño Sorbo se encontraban por todas partes; como los dos despreciables inadaptados con los que me alimenté desenfrenada y cruelmente en unos callejones apartados.
Creo que los experimentos médicos me habían dejado una sed desesperada, porque yo dejaba que la sangre me llenara la boca y la mantenía allí mucho rato antes de tragarla, antes de sentir esa gran oleada caliente recorriendo mis miembros.
Seth era un asesino despiadado. Los ancianos casi siempre lo son. Lo estuve observando mientras vaciaba las arterias de un joven. Vi cómo el cuerpo de la víctima se marchitaba a medida que Seth le iba extrayendo el fluido vital. Mientras lo hacía, sujetaba la cabeza del chico contra su pecho. Yo sabía que quería aplastarle el cráneo; y así lo hizo, en efecto, desgarrándolo, arrancando el envoltorio peludo y sorbiendo la sangre del cerebro. Después depositó el cadáver casi con mimo sobre los montones de basura del callejón, colocándole los brazos cruzados sobre el pecho y cerrándole los ojos. Incluso le arregló el cráneo y le alisó por encima el cuero cabelludo desgarrado, para apartarse a continuación y observar el conjunto, como un sacerdote inspeccionando un sacrificio, mientras murmuraba algo entre dientes.
Al acercarse el alba, Seth y yo nos sentamos en el jardín de la azotea. Los pájaros habían empezado a cantar, y yo ya sentía el sol, percibía el aroma de los árboles dando la bienvenida a sus rayos, así como la fragancia de las flores de Jacarandá abriéndose allá abajo, en los parterres de la avenida.
—Pero ¿qué piensas hacer, amigo mío —le pregunté—, si vienen las gemelas?, ¿si ellas no quieren que prosiga este maravilloso experimento?
—Yo soy tan anciano como ellas —respondió Seth tranquilamente. Alzó las cejas. Su largo zaub blanco, con su cuello impecable, le daba un aire elegante, casi sacerdotal, de hecho—. Y puedo proteger a Fareed de sus ataques.
Parecía completamente seguro.
—Hace muchos siglos —dijo— había dos bandos enfrentados, como la Reina te explicó. Las gemelas y su amigo Jayman eran conocidos como la Primera Generación y combatían el culto de la Madre. Pero yo fui creado por esta para combatir a la Primera Generación, y tengo en mí más sangre de la Reina de la que ellos han tenido jamás. Sangre de la Reina, así nos llamaron acertadamente. Y ella me inició en la Sangre por una razón muy importante: yo era su hijo, nacido de ella cuando todavía era humana.
Me recorrió un oscuro escalofrío. Durante largo rato no pude hablar, no pude pensar siquiera.
—¿Su hijo? —susurré al fin.
—Yo no las odio —dijo—. Ni siquiera en aquellos tiempos quería combatir contra ellas, en realidad. Yo era sanador. No pedí ser iniciado en la Sangre. Es más, le supliqué a mi madre que me ahorrara ese destino. Pero ya sabes cómo era. Ya sabes cómo se hacía obedecer. Tú conoces estas cosas tan bien como cualquiera de aquella época. Así que ella me inició en la Sangre. Y como te he dicho, no temo a quienes la combatieron. Soy tan fuerte como ellos.
Yo seguía consternado. Ahora notaba en él un cierto parecido con la Reina; lo veía en la simetría de sus rasgos, en la peculiar curvatura de sus labios. Pero no lograba percibirla a ella en su persona. En absoluto.
—Como sanador, yo había recorrido el mundo durante mi vida humana —dijo, respondiendo a mis pensamientos. La expresión de sus ojos era amable—. Procuré aprender todo lo que pude en las ciudades de los dos ríos; me adentré profundamente en los bosques del norte. Quería aprender, saber, comprender: llevar conmigo a Egipto a grandes sanadores. Pero mi madre desdeñaba estas cosas. Ella estaba convencida de su divinidad y totalmente ciega a las maravillas de la naturaleza.
¡Qué bien podía entenderle!
Ya iba siendo hora de despedirme. No sabía cuánto tiempo podría resistir él el alba inminente, pero yo ya estaba casi exhausto y debía buscar refugio.
—Te doy las gracias por recibirme aquí —dije.
—Ven a vernos siempre que lo desees —dijo, tendiéndome la mano. Lo miré a los ojos y volví a percibir intensamente su parecido con Akasha, aunque ella había tenido un aspecto mucho más delicado, mucho más bello en el sentido convencional. Seth tenía en sus ojos una luz fría y temible.
Me sonrió.
—Ojalá tuviera algo que darte —le dije—. Algo que ofrecerte a cambio.
—Ah, ya nos has dado mucho.
—¿El qué? ¿Esas muestras? —dije, burlón—. Yo quería decir hospitalidad, calor, algo así. Pero estoy aquí de paso. Llevo mucho tiempo de paso.
—Nos has dado a ambos algo más —dijo—. Aunque tú no seas consciente de ello.
—¿Qué?
—Hemos captado en tu mente que todo lo que escribiste sobre la Reina de los Condenados era cierto. Teníamos que saber si habías descrito con veracidad lo que viste cuando murió mi madre. Nosotros no habíamos podido desentrañarlo del todo. No es tan fácil decapitar a un ser tan poderoso. Somos extraordinariamente fuertes. Eso sin duda lo sabes.
—Sí, pero hasta la carne más anciana puede ser atravesada y seccionada. —Me interrumpí. Tragué saliva.
No era capaz de hablar de aquello de un modo tan brutal e insensible. No era capaz de rememorar aquel espectáculo de nuevo: su cabeza seccionada, y la visión de su cuerpo forcejeando para alcanzar la cabeza con los brazos extendidos.
—Ahora ya lo sabes —dije. Inspiré hondo y aparté todo aquello de mi mente—. Lo describí fielmente.
Él asintió. Una sombra cruzó su rostro.
—Todos podemos ser despachados así —dijo. Entornó los párpados, como reflexionando—. Por decapitación. Es más seguro que la inmolación, sobre todo cuando estamos hablando de los ancianos, de los más ancianos...
Se abrió un silencio entre nosotros.
—Yo la amaba, ¿sabes? —dije—. La amaba.
—Sí, lo sé —dijo—. Y yo no, fíjate. Así que eso no importa demasiado. Lo que importa mucho más es que te amo a ti.
Me sentí profundamente conmovido, pero no encontré las palabras para decir lo que tanto deseaba decir. Lo rodeé con mis brazos y lo besé.
—Volveremos a vernos —dije.
—Sí, es mi más ferviente deseo —susurró.
Años más tarde, cuando volví en su busca, cuando los necesitaba y deseaba saber con desesperación si estaban bien, no conseguí encontrarlos.
No me atreví a enviar una llamada telepática para localizarlos. Yo me había guardado el secreto de que los había conocido en el fondo de mi corazón, pues temía por ellos.
Y durante largo tiempo viví bajo el terror de que Maharet y Mekare los hubieran destruido a los dos.
Algo más tarde, transcurridos unos años del nuevo siglo, hice algo más bien insólito en mí. Había estado reflexionando en la manera de morir de Akasha, en ese misterio por el cual podíamos ser destruidos tan fácilmente por decapitación. Entré en la tienda de un especialista en armaduras y armas antiguas y le encargué que me fabricara un arma. Esto ocurrió en París.
El arma la había diseñado yo mismo. Sobre el papel parecía el hacha medieval de un jinete, con un estrecho mango de sesenta centímetros y una hoja en forma de media luna de unos treinta centímetros. Quería que el mango fuera pesado, tan pesado como pudiera hacerlo el artesano. Y que la hoja fuera pesada también, pero que estuviera mortalmente afilada. Quería el metal más cortante de la tierra, fuera cual fuese. Al final del mango tenía que haber un gancho y una correa de cuero, exactamente igual que en los tiempos medievales, para poder colocarme la correa en la muñeca, o para llevar el hacha colgada bajo una de mis largas levitas.
El artesano fabricó una auténtica maravilla. Me advirtió que era demasiado pesada para que un hombre pudiera blandirla con comodidad. En ese sentido, no iba a gustarme. Yo me reí. Era perfecta. La hoja relumbrante en forma de luna creciente podía partir en dos una fruta madura o un pañuelo de seda ondeando al viento. Y era lo bastante pesada para destrozar un árbol joven de un solo y vigoroso mandoble.
Desde entonces, tuve siempre a mano mi pequeña hacha de guerra, y con frecuencia, cuando salía a rondar por ahí, la llevaba encima, colgada de un botón interior del abrigo. Su peso era poca cosa para mí.
Sabía que no tendría muchas posibilidades frente al Don del Fuego de un inmortal como Seth, Maharet o Mekare. Pero yo podía recurrir al Don de la Nube para escapar. Y en un enfrentamiento cara a cara con otros inmortales, aquella hacha me proporcionaba una ventaja enorme. Junto con el elemento sorpresa, podría servir para acabar con cualquiera. Claro que, por otro lado, ¿cómo te las arreglas para sorprender a los más ancianos? En fin, debía tratar de protegerme, ¿no?
No me gusta estar a merced de los demás. Ni estar a merced de Dios. De vez en cuando, pulía y afilaba el hacha.
Me tenía muy inquieto la suerte de Seth y Fareed.
Oí hablar de ellos una vez en Nueva York y otra vez en Nuevo México. Pero no conseguí encontrarlos. Al menos estaban vivos. Al menos las gemelas no los habían destruido. Bueno, quizá no los iban destruir.
Y a medida que transcurrían los años, había cada vez más signos de que Maharet y Mekare pensaban poco o nada en el mundo de los no-muertos. Lo cual me lleva ahora a mi encuentro de hace dos años con Jesse y David.