Créditos

Título original: Anibal. Clouds of War

Traducción: Mercè Diago y Abel Debritto

1.ª edición: marzo 2015

© Ben Kane, 2014

© Ediciones B, S. A., 2014

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

DL B 4859-2015

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-991-6

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Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Mapa 1

Mapa 2

Mapa 3

Prólogo

PRIMERA PARTE

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SEGUNDA PARTE

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Epílogo

Nota del autor

Glosario

Nota

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Dedicatoria

Para Camilla y Euan, compañeros en Northumberland durante una época difícil. Al cabo de más de una década, seguís siendo mis amigos. Con eso está todo dicho.

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Mapa 1

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Mapa 2

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Mapa 3

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Prólogo

Prólogo

Apulia, sur de Italia, verano del 216 a. C.

Después de una victoria rutilante sobre más de ochenta mil romanos, Aníbal permitió a los soldados descansar dos noches y un día. «Es lo mejor que podía hacer», pensó Hanno mientras observaba las caras de la cincuentena de oficiales y jefes de clanes que había a su alrededor, cartagineses, númidas, íberos y galos. A pesar de haber dormido un poco y haberse lavado la sangre del rostro y los brazos, no cabía la menor duda de que se les veía rendidos. Exhaustos. Agotados.

Aunque era joven y gozaba de buena forma física, Hanno se sentía igual. No podía ser de otra manera. La batalla de Cannae se había librado bajo un abrasador sol estival durante un día entero. La matanza ni siquiera cesó cuando se giraron las tornas y los legionarios quedaron rodeados. La lucha implacable solo tocó a su fin cuando cayó la noche, cuando los soldados cartagineses acabaron cubiertos de sangre de pies a cabeza y los caballos del lomo a los cascos. Después de la encarnizada lucha, los campos de matorrales del amanecer se habían convertido en campos de sangre al anochecer.

La batalla había causado estragos entre los supervivientes. Más de cincuenta mil romanos yacían sin vida en un perímetro de veinte estadios, pero ocho mil soldados de Aníbal jamás volverían a ver un nuevo día, entre ellos Malchus, el padre de Hanno, que apenas podía contener la pena que brotaba de su interior. Casi todos los hombres que le rodeaban habían perdido a algún ser querido o habían sido testigos de la muerte de íntimos amigos o compañeros de armas. Pero había merecido la pena. Roma había recibido un mazazo histórico y había perdido más de dos tercios de su ejército. Uno de sus cónsules había muerto y habían caído centenares de miembros de la clase gobernante. Los pueblos y ciudades de Italia debían de estar temblando ya ante la devastadora noticia. Contra todo pronóstico, Aníbal había vencido al mayor ejército que la República Romana había reunido jamás. ¿Cuál sería su próxima hazaña? Desde que Aníbal les había convocado en la explanada situada ante su tienda, esa era la pregunta que corría en boca de todos.

Hanno vio a su hermano Bostar.

—¿Sabes lo que nos va a decir? —susurró.

—Sé tanto como tú.

—Espero que nos ordene marchar sobre Roma —interrumpió Sapho, el mayor de los tres hermanos—. Quiero quemar y arrasar esa maldita ciudad.

Aunque no siempre estaba de acuerdo con Sapho, esta vez Hanno compartía su deseo. Si el ejército que la acababa de derrotar de forma tan aplastante se presentaba ante sus puertas, Roma tendría que rendirse, ¿no?

—Pero lo primero que hay que hacer es trasladar el campamento lejos del campo de batalla —comentó Sapho arrugando la nariz—. El olor es insoportable.

Hanno asintió e hizo una mueca. El calor del verano acrecentaba el omnipresente hedor de la carne en putrefacción.

Bostar soltó un bufido desdeñoso.

—¡Aníbal tiene cosas más importantes en las que pensar que nuestros olfatos ofendidos!

—Era una broma, hermano, pero eso es algo que tú no puedes entender —gruñó Sapho.

—¡Basta! ¡Ya viene! —riñó Hanno a sus hermanos.

Los scutarii vestidos de negro que hacían de guardaespaldas del general se habían puesto firmes.

Se produjo una breve pausa y Aníbal salió de la tienda en plena luz del alba. Los exhaustos oficiales le ovacionaron con entusiasmo. Hanno gritó con todas sus fuerzas, al igual que sus hermanos. El general era un hombre al que valía la pena seguir, un hombre que había liderado a su ejército a lo largo de miles de estadios desde Iberia hasta Italia atravesando la Galia con el objetivo de humillar a Roma.

Aníbal iba vestido para la guerra. Sobre la túnica púrpura vestía una brillante coraza de bronce, con los pteryges para protegerse la entrepierna y los hombros, e iba tocado con un sencillo casco helénico. Un parche púrpura cubría el lugar que debería ocupar el ojo derecho. No llevaba escudo, pero iba armado con una sencilla falcata envainada. Al general también se le veía cansado, pero su amplio rostro barbudo lucía una expresión de satisfacción y le brillaba la mirada cuando levantó las manos para pedir silencio y colocó los pies separados en el suelo.

Los asistentes callaron en el acto.

—¿Lo habéis asimilado ya? —preguntó Aníbal.

—¿A qué te refieres, señor? —preguntó Sapho con una sonrisa pícara.

Sonaron varias carcajadas y Aníbal inclinó la cabeza sonriente.

—Creo que ya sabes a lo que me refiero, hijo de Malchus.

—Estamos empezando a asimilarlo, señor —respondió Sapho.

Hubo varios murmullos de satisfacción y miradas contentas. Antes de la batalla, nadie había dudado de la experiencia táctica de Aníbal, pero ahora su habilidad rozaba la de los dioses, pensó Hanno. Los cincuenta mil soldados de Cartago se habían enfrentado a un ejército que les doblaba en número y al que no solo habían vencido, sino aplastado totalmente.

—Cada vez que se me olvida, señor, el hedor del campo de batalla me recuerda el número de enemigos que aniquilamos —añadió Sapho.

Más risas.

—Pronto trasladaremos el campamento, no os preocupéis.

Aníbal hizo una pausa y todos guardaron silencio.

—¿Adónde iremos, señor? ¿Al Campo de Marte en las afueras de Roma? —preguntó Hanno, que comprobó complacido cómo varios oficiales asentían con la cabeza al oír su comentario, entre ellos Maharbal, el comandante de la caballería de Aníbal.

—Ya sé que eso es lo que deseáis la mayoría —respondió Aníbal—. Pero no es el plan. Estamos a más de dos mil quinientos estadios de Roma y los hombres están exhaustos. No tenemos comida para todo el viaje y, mucho menos, para alimentarnos una vez allí. Las murallas de Roma son altas y carecemos de máquinas de asedio. Mientras nos dedicáramos a construirlas —con el estómago vacío— en el exterior, el resto de las legiones de la República nos atacarían por la retaguardia. En cuanto llegaran, tendríamos que retirarnos o quedaríamos atrapados entre ellos y la guarnición de la ciudad.

Las palabras de Aníbal fueron como un jarro de agua fría. El entusiasmo de Hanno se desvaneció ante la certeza de su general. Casi todos los rostros y murmullos a su alrededor reflejaban el mismo descontento.

—Quizá no lleguemos hasta ese punto, señor —cuestionó Maharbal.

Se hizo un silencio atónito.

—Hemos vencido a los romanos tres veces, señor —prosiguió—. Los aplastamos en Trebia, en el lago Trasimene y aquí, en Cannae. Roma debe de haber perdido unos cien mil soldados. Solo los dioses saben con exactitud cuántos ecuestres y senadores han muerto, pero habrá sido un gran porcentaje del total. Ahora podemos deambular a nuestro antojo por el territorio saqueando pueblos y ciudades. Si marchamos sobre Roma, la República suplicará la paz. ¡Lo sé!

—¡Tiene razón! —exclamó Sapho.

Los hombres mostraron su acuerdo con un rugido.

Las palabras de Maharbal resultaban muy seductoras, pero Hanno pensó en su amigo Quintus, que con solo dieciséis años se había enfrentado en solitario a tres bandidos armados. Era una de las personas más tozudas y valientes que jamás había conocido, y esos eran rasgos característicos del carácter romano. Durante la batalla que habían librado dos días antes, muchos legionarios continuaron luchando a pesar de estar claramente derrotados.

Con aire pensativo, Aníbal se frotó los labios con un dedo.

—Estáis muy seguros —dijo por fin, mirando primero a Maharbal y luego a Sapho.

—Sí, señor. ¿Quién es capaz de soportar una paliza como la que recibieron hace dos días los romanos y seguir luchando? ¡Nadie! —sentenció Sapho.

—Tiene razón —convino otro oficial.

—Sí —añadió un tercero.

«Si Quintus sigue con vida, no se rendirá hasta que no le quede ni una gota de aliento en el cuerpo», pensó Hanno. Su amigo lucharía hasta la muerte antes que rendirse.

Aníbal fijó la vista en Sapho.

—Maharbal conoce bien la historia de nuestra primera guerra contra la República, ¿y tú?

—Claro, señor. Me crie escuchándola de boca de mi padre.

—¿Y te explicó tu padre cuántas veces se hundieron los barcos romanos y sus arcas se quedaron vacías?

Sapho se sonrojó al recordarlo.

—Sí, señor.

Hanno también recordaba la historia.

—Cualquier pueblo normal hubiera aceptado la derrota después de semejantes desastres. En lugar de ello, los nobles romanos vendieron sus propiedades para recaudar el dinero necesario para construir nuevos barcos. La guerra continuó porque esos cabrones tozudos se negaban a darse por vencidos. Y todos sabemos lo que sucedió al final del conflicto.

Se oyeron murmullos airados sobre indemnizaciones de guerra y territorios perdidos.

—Pero los romanos jamás han sido derrotados antes como aquí, señor —replicó Sapho.

—Es cierto —reconoció Aníbal—, por ello tengo la esperanza de que pidan la paz. Por eso, Carthalo —dijo señalando a uno de los oficiales de caballería de mayor rango— encabezará una delegación que partirá mañana hacia Roma para negociar las condiciones con el Senado.

«Eso podría funcionar.»

—¿Qué condiciones son esas, señor? —inquirió Hanno.

—Roma debe reconocer el honor y el poder de Cartago. Debe devolvernos Sicilia, Cerdeña y Córcega y reconocer nuestra preeminencia en los mares al oeste de estas islas. Si la República no acepta estas condiciones, a los dioses pongo por testigo que causaremos tanta muerte y destrucción entre sus ciudadanos que esta batalla parecerá una simple escaramuza. Por otro lado, los pueblos que no sean de origen romano que se pasen a nuestro bando gozarán de nuestra protección.

Maharbal negó con la cabeza, pero muchos oficiales intercambiaron miradas de satisfacción.

—Son exigencias razonables —dijo Bostar—. Seguro que Roma las aceptará, ¿no?

Aníbal llevaba mucho tiempo liberando a los prisioneros no romanos, pero hasta ese momento Hanno no había entendido el objetivo de esa táctica.

—¿Tu objetivo es desintegrar la República, señor?

—Sí. No hace tanto tiempo que pueblos como los samnitas, los oscos y los brucios fueron conquistados o dominados por Roma. Quiero que recuperen su libertad. Si se alían con Cartago, podrán decidir su propio futuro. Pocos de vosotros lo sabéis, pero ya se han producido acercamientos de líderes de ciudades como Capua que desean romper sus lazos con Roma.

Los oficiales recibieron la noticia satisfechos.

Sapho parecía decepcionado, pero Hanno no se dio cuenta. Siempre había anhelado derrotar a Roma, pero tenía otros motivos para desear el fin de la guerra. Por su mente pasó una imagen de Aurelia, la hermana de Quintus. Si la guerra terminaba, podría ir en su busca. Una luz de esperanza se iluminó en el corazón de Hanno. «Ojalá Roma acepte la derrota —rogó— y que por fin reine la paz.»

—¿No sería mejor ser más agresivo, señor? ¿Por qué no envías a la caballería por delante? —preguntó entusiasta Maharbal—. Esos canallas no sabrían de nuestra llegada hasta que nos tuvieran delante. Yo podría transmitir vuestro mensaje con el apoyo de miles de jinetes. Tú y el resto del ejército podríais seguir nuestros pasos. Y, si los romanos no aceptan las condiciones, vuestra mera presencia les hará cambiar de opinión, señor.

—Estoy de acuerdo, señor —convino Sapho—. Debemos marchar sobre Roma.

—¿Debemos? —Aníbal clavó la mirada en el hermano de Hanno, que solo resistió unos segundos antes de bajar la vista. La mirada del general se suavizó al volverse hacia Maharbal—. La decisión está tomada. Carthalo y los suyos llevarán mi mensaje a Roma. Las tropas necesitan descansar y tus jinetes también. Y voy a dejar que descansen.

—Es obvio que los dioses no conceden todos los dones al mismo hombre —sentenció Maharbal con aire sombrío—. Está claro que sabes cómo conseguir una victoria, Aníbal, pero no sabes cómo usarla.

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PRIMERA PARTE

PRIMERA PARTE

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Dos años y medio después... Apulia, finales de invierno

Era una mañana fresca. Una suave brisa marina soplaba desde la costa este, a unos cien estadios del campamento. Aunque los últimos meses no habían sido muy fríos, Hanno agradecía que el invierno tocara a su fin. El cartaginés echaba de menos el calor de su tierra natal. Anhelaba notar los rayos de sol en el rostro y ver los primeros indicios de que las plantas volverían a brotar.

Como era de esperar, encontró a Muttumbaal de instrucción con los hombres. Cuando no dormía, el oficial pasaba todo el tiempo con los libios de su falange. Sin mujer ni hijos, eran como su familia y se dedicaba a ellos en cuerpo y alma. Nadie llamaba a Mutt por su nombre completo, que era demasiado largo y complejo. «Nadie salvo su madre», pensó Hanno. Conocido por todos como Mutt, su adusto segundo al mando era un excelente soldado que le había cubierto las espaldas en más de una ocasión y le había salvado la vida otras tantas.

Mutt y los soldados se hallaban en una explanada fuera del perímetro del campamento. El hábito constante de su oficial de instruir a los hombres no cesaba de sorprender a Hanno. Los libios de la falange eran unos aguerridos veteranos que dominaban su oficio al dedillo. Eran soldados de carrera que habían viajado de Cartago a Iberia y, de allí, a la Galia para cruzar los Alpes hasta Italia. Sin embargo, a pesar de haber librado —y ganado— más batallas para Aníbal de las que podían recordar, Mutt los obligaba a entrenarse y marchar con regularidad.

—Si se acomodan demasiado sobre sus traseros, se oxidan, señor —replicó Mutt la primera vez que Hanno cuestionó su práctica.

Con el tiempo, Hanno había acabado reconociendo que Mutt estaba en lo cierto. Desde la batalla de Cannae, su vida discurría en el campamento, salvo por alguna escaramuza o marcha ocasionales para defender de los romanos a las poblaciones que se habían pasado al bando de Cartago, pero a Aníbal le precedía su temible reputación y las legiones muchas veces se retiraban sin oponer resistencia. Sin embargo, aunque los combates fueran infrecuentes y gran parte del sur de Italia apoyara a Aníbal, ello no significaba que Cartago hubiera ganado la guerra. Todo lo contrario, pensó Hanno con amargura, pues los aliados de Roma se mantenían fieles a la República pese a estar rodeados de territorios leales a Cartago.

La ciudad de Capua se había aliado con Aníbal, pero no así las poblaciones circundantes. A Hanno se le encogió el estómago al pensar en Aurelia, la hermana de Quintus, a la que vio por última vez cerca de Capua. No había vuelto a verla desde entonces y era probable que jamás coincidieran de nuevo. Tragó saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta. «Es mejor así, seguro que ya me habrá olvidado», se dijo apesadumbrado.

Hanno divisó a lo lejos un jinete polvoriento que espoleaba a su montura en dirección al campamento.

—¿Quién vendrá a suplicar nuestra ayuda esta vez? —preguntó al aire.

—Seguro que es el mismo cuento de siempre: «hay un ejército romano a las puertas de la ciudad y necesitamos vuestra ayuda urgente» —especuló Mutt, que se había puesto al lado de Hanno.

El cartaginés se rio.

—A veces pienso que no tuvieron suficiente con Cannae. Me gustaría que las nuevas legiones nos atacaran para darles una paliza y poner fin a esto —confesó Hanno a Mutt, una de las pocas personas con las que se atrevía a compartir esta clase de pensamientos.

—Dudo que sean tan estúpidos —respondió Mutt antes de lanzar un escupitajo.

Hanno pensó enfadado que Mutt tenía razón. Desde la derrota de Cannae, los romanos habían reclutado e instruido a más de diez legiones que actuaban en la península como fuerzas consulares de dos legiones. Tenían envergadura suficiente para ser potentes militarmente, pero no excesiva como para dejar de ser ágiles y maniobrables. Su cometido era asediar a las poblaciones que habían dado la espalda a la República.

—Yo diría que aprendieron la lección en Cannae, señor.

—Qué arteros son estos romanos —comentó Hanno, buen conocedor de sus artimañas.

Cuando Aníbal decidía enfrentarse o perseguir a una de las nuevas legiones, estas se batían en retirada a las montañas, donde no podía aprovechar la superioridad de la caballería cartaginesa. Hanno recordó las palabras de Maharbal justo después de Cannae. ¿Se había equivocado Aníbal por no haber marchado entonces sobre Roma? Hanno desconocía la respuesta y solo se atrevía a compartir sus dudas con Mutt o Bostar, pues su mera mención hacía que se sintiera desleal. Era imposible prever lo que hubiera podido ocurrir. Obsesionarse con el pasado no era bueno, por lo que Hanno se centró en el presente.

—Las cosas tampoco nos van tan mal. Aníbal sigue invicto desde Cannae —comentó.

—Disculpa, señor —interrumpió Mutt, que había detectado un fallo de instrucción y regresó junto a los soldados vociferando órdenes.

Hanno se sumió de nuevo en sus pensamientos. En Iberia, la situación había empeorado: tras varias derrotas cartaginesas, muchas tribus se habían pasado al otro bando. Por fortuna, las cosas iban mejor en Sicilia, donde Cartago contaba con unos nuevos y poderosos aliados: Hipócrates y Epícides. Estos nobles siracusanos habían sido enviados por Aníbal a la isla para hostigar a los romanos y habían logrado hacerse con el poder en Siracusa, toda una hazaña que había puesto fin a cincuenta años de dominio romano e incrementado las posibilidades de que Cartago enviara ayuda a Sicilia. Hanno rogó a los dioses por la victoria de las tropas siracusanas y cartaginesas, lo cual se traduciría en nuevos y valiosos refuerzos para Aníbal.

La guerra les había llevado de un extremo a otro de Italia, pensó Hanno mientras palpaba distraído la cicatriz que tenía en el cuello y que mantenía oculta con un pañuelo. Se trataba de un recuerdo de Victumulae, situada a miles de estadios al norte, donde había caído prisionero de Pera, un sádico oficial romano. Era muy probable que esa rata de alcantarilla hubiese muerto en el saqueo de la ciudad, pero Hanno habría preferido enviarlo al infierno de su propia mano. Bomilcar, el soldado que le rescató de la celda y le salvó la vida, estaba destinado a otra falange libia. Hanno sabía que había sobrevivido a Trasimene y Cannae y a las campañas posteriores, pero se sentía culpable por no haber mantenido el contacto. «Esta noche iré a verlo con una buena jarra de vino», se dijo.

Una vez tomada la decisión, se unió a Mutt y pasó las dos horas siguientes sudando, gritando órdenes y dirigiendo complicadas maniobras militares. En cuanto hubo finalizado la instrucción, estaba tan agotado y sudoroso que ya no tuvo fuerzas para pensar en Aurelia o en sus dudas sobre la campaña de Aníbal.

—Me gustaría contar con tu compañía esta noche, Mutt —propuso Hanno mientras regresaban al campamento con los soldados.

—¿Para qué, señor?

A pesar del tiempo transcurrido juntos, Hanno no se acostumbraba a que Mutt le llamara señor, pero cada vez que le decía a su oficial que olvidara el protocolo, este se mostraba intransigente.

—Los hombres deben saber que existe una diferencia entre tú y yo, señor, del mismo modo que la existe entre ellos y yo.

Mutt era más tozudo que una mula, así que Hanno no insistió.

—Esta noche quiero hacer una visita a Bomilcar —comentó—. El soldado que me rescató en Victumulae —aclaró, al ver que Mutt no reconocía el nombre—. Hace meses que no lo veo y me gustaría compartir una buena ánfora de vino con él. Me encantaría que nos acompañases, y seguro que a él también.

—Pues suena muy bien... —comenzó a decir Mutt, que se interrumpió para contemplar pasar a un grupo de númidas a caballo, que, ataviados con sus túnicas sin mangas, charlaban animadamente entre sí.

—¡Fantástico! —exclamó Hanno, y le dio una palmada en el hombro.

El cartaginés pensó en la juerga que les aguardaba esa noche. Las raras veces que había logrado convencer a Mutt para que bebieran juntos, habían acabado muy borrachos, pero no importaba si esa noche sucedía lo mismo. Todo estaba muy tranquilo en el campamento y ninguno de sus superiores se enfadaría si al día siguiente se pasaban el día acostados recuperándose de la resaca.

Hanno divisó entonces a Sapho caminando en su dirección y se le ensombreció el semblante. Seguro que a ningún oficial superior le importaría que se emborrachasen, pero a su hermano mayor sí, aunque tuviera el mismo rango que él. Sapho se había erigido en el guardián moral de Hanno desde que eran niños.

—No le digas ni media palabra sobre esta noche —advirtió a Mutt.

—Soy una tumba, señor.

—¡Eh, hermano! Buenos días tengas —saludó Sapho con efusividad.

—Buenos días para ti también —respondió Hanno con una media sonrisa.

La mitad de las veces se llevaba bien con su hermano, pero le irritaba no saber nunca con qué versión se iba a encontrar: el arrogante y despiadado Sapho que casi dejó que se ahogara en las marismas de Etruria —aunque carecía de pruebas— o bien el Sapho jovial y considerado que se presentaba con vino en su tienda para explicarle los planes de Aníbal, como hizo antes de Trasimene.

—¿Tienes a los hombres de instrucción? —preguntó Sapho.

—Así es.

—Yo tengo a los míos corriendo cien estadios con mi oficial.

Hanno oyó los murmullos horrorizados de sus soldados ante las palabras de Sapho.

—¿Por algún motivo en especial?

—Están echando barriga por culpa de no hacer nada y beber demasiado. Ha llegado el momento de ponerse en forma.

En un ataque de malicia, Hanno apretó con un dedo el abdomen de su hermano, que no era tan liso como solía ser.

—¿Y no crees que te hubiera ido bien acompañarlos?

Hanno oyó a Mutt ahogar una pequeña carcajada que disfrazó de tos.

—¡Serás descarado! ¡Yo estoy tan en forma como siempre! —replicó Sapho, enojado, mientras apartaba de un manotazo el dedo de su hermano.

—No me cabe la menor duda.

«No debería haberme metido con él —pensó Hanno—, no merece la pena hacerlo enfadar.» Por suerte, Sapho no dio más importancia al asunto y continuaron conversando amigablemente mientras regresaban al campamento y cruzaban la enorme puerta de acceso a las altas fortificaciones de barro.

Aliviado de que Sapho no hubiera ido en su busca por un motivo en particular, Hanno se empezó a relajar. Se sorprendió a sí mismo planteándose la posibilidad de invitarlo esa noche, pero en ese preciso instante vio a Bostar, que caminaba hacia ellos en compañía de dos oficiales, y el alma se le cayó a los pies: cuando sus hermanos mayores se juntaban, solían acabar discutiendo.

Para su gran sorpresa, cuando se encontraron los dos grupos el ambiente fue cordial. Bostar le presentó a sus acompañantes, dos comandantes de falange que Sapho saludó con efusividad y cuyos nombres resultaban vagamente familiares a Hanno. Los cinco estuvieron un buen rato conversando de temas diversos, desde el tiempo hasta la instrucción de los soldados, pasando por la pésima calidad de la comida, los últimos avistamientos de tropas romanas y la probabilidad de nuevos ataques. Todo iba como una seda hasta que Sapho mencionó, como había hecho antes a Hanno, que sus hombres debían ponerse en forma tras demasiados excesos con el vino.

—Si la vista no me engaña, tú también andas un poco sobrado de carnes, hermano —comentó Bostar señalando la barriga de Sapho.

—¿Qué insinúas? —inquirió Sapho, enojado.

Bostar, que era tan flaco como un perro perdiguero, se encogió de hombros.

—Que tienes barriga y no te iría mal hacer un poco de ejercicio.

Sapho miró suspicaz a sus hermanos, primero a uno y luego al otro.

—¡Habéis estado hablando de mí a mis espaldas! ¡Riéndoos de mí!

—¡No! —protestó Hanno con total sinceridad.

—No hemos cruzado ni media palabra —añadió Bostar con una sonrisa burlona.

Hanno maldijo la sonrisita de Bostar. No era momento de hacer enfadar a Sapho por semejante tontería. La escena no iba a causar buena impresión a los otros dos oficiales, que ya parecían incómodos.

Sapho se percató de la expresión socarrona de Bostar.

—¿A qué viene esa sonrisita?

—Te juro que no hemos hablado a tus espaldas, Sapho —insistió Hanno, preocupado por los derroteros que estaba tomando la conversación.

—¿Me lo dices en serio?

Sapho pareció tranquilizarse un poco, pero acto seguido se volvió hacia Bostar ofuscado.

—¿Qué pretendías? ¿Reírte un rato de mí delante de tus amigos?

—¡Tú harías lo mismo si me sobraran unos kilos!

—¡Que te den!

Antes de que nadie pudiera reaccionar, Sapho dio un paso adelante y asestó a Bostar un puñetazo tan fuerte en la barbilla que cayó al suelo, donde se ensañó con él a puntapiés.

—Te crees mejor que yo, ¿verdad? ¡Pues nada de eso!

Bostar gemía de dolor y Hanno se interpuso entre ambos.

—¡Déjalo en paz!

Sapho no pareció oírle y, con una fuerza sobrehumana, apartó a su hermano pequeño de en medio. Bostar aprovechó la oportunidad para incorporarse y abalanzarse rabioso sobre Sapho. Lo agarró por la cintura y ambos cayeron rodando al suelo; los puñetazos llovían por doquier. Horrorizado, Hanno los contempló inmóvil junto a Mutt y los amigos de Bostar, pero no podía quedarse de brazos cruzados. Debía detenerlos. Ver a dos oficiales peleándose era un ejemplo terrible para los soldados.

—¡Ayúdame a separarlos! —ordenó a Mutt—. ¡Tú ocúpate de Bostar que yo me encargo de Sapho!

Hanno se arrojó sobre su hermano. Le agarró un brazo, tiró de él hacia atrás y le sujetó el otro. Después le dobló los codos para inmovilizarlo. Sapho escupió y soltó varias imprecaciones, pero no logró zafarse de la llave de Hanno, aunque ello no le impidió propinar un nuevo puntapié a Bostar, quien, atrapado en el suelo bajo el peso de Mutt, lanzó un alarido de dolor.

—¿Te ha dolido, cabrón? —rio Sapho.

Hanno arrastró a su hermano varios pasos hacia atrás.

—¡Por todos los dioses! ¡Me vas a romper los hombros! —gimió.

—Bien —dijo Hanno, que le alzó los brazos para obligarlo a alejarse más. Sapho protestó, pero Hanno ya no aguantaba más—. ¡Calla la boca! —espetó, y echó un vistazo a la situación por encima del hombro de su hermano—. ¿Mutt?

—¿Señor?

—¿Tienes a Bostar controlado?

—Sí, señor.

—Bien. Debe prometer que no reanudará la pelea; si te lo promete, puedes soltarlo. Si no, sigue sujetándolo.

Hanno habló a Sapho al oído.

—Esto tiene que acabar, ¿me oyes?

—Pero yo...

—¡No, Sapho! ¡No pienso soportarlo más! Eres un adulto, un oficial, ¡no un niño de diez años!

Sapho no contestó y Hanno le forzó los brazos hacia arriba hasta que se quejó del dolor.

—¿Me has entendido?

—Sí —masculló Sapho.

—Bostar ha dado su palabra —interrumpió Mutt.

—Suéltalo.

Hanno hizo lo propio con Sapho y, acto seguido, se colocó entre ambos. Bostar lo contempló sorprendido, y Sapho, furibundo, pero Hanno estaba tan encendido que poco le importaba lo que pensaran.

—¡Sois una vergüenza para vuestro rango! Dos oficiales peleándose delante de los soldados como dos borrachos. Seguro que Aníbal os mandaría azotar, ¡y yo también!

Ambos lo miraron boquiabiertos, pero Hanno no había acabado todavía.

—Aunque nuestro padre ya no esté con nosotros, eso no significa que no esté viendo indignado vuestro comportamiento. Somos los últimos de nuestra familia y él os hubiera dicho que la guerra es contra los malditos romanos, no entre nosotros. ¿No es verdad? —inquirió airado.

—Sí —murmuró Bostar.

—¿Sapho?

—Supongo que sí.

—¡Pues empieza a comportarte como un hombre y no como un niño!

Sapho se sonrojó, pero no replicó.

—Quiero que ambos juréis aquí y ahora que no volveréis a pelearos —ordenó Hanno.

Sus hermanos no parecían muy dispuestos.

—¿Y qué pasa si no lo hacemos? —inquirió Sapho.

—A los dioses pongo por testigo que si no lo hacéis acudiré a Aníbal —respondió Hanno apretando los dientes.

—Lo juro —accedió por fin Bostar con un suspiro.

—Nuestro hermano pequeño se ha hecho mayor —masculló Sapho.

—¿Qué respondes? —rugió Hanno.

—Lo juro —dijo con voz queda.

Hanno receló de la expresión de sus ojos, pero al menos había cedido al juramento, así que apartó la mano de la espada, hacia donde había empezado a acercar los dedos.

—Prestad juramento —ordenó.

Ambos juraron ante todos los dioses cartagineses que enterrarían el hacha de guerra para siempre. En cuanto hubieron acabado, miraron a Hanno.

«Esperan mi visto bueno», observó sorprendido el pequeño de los hermanos. Acababa de producirse un gigantesco cambio en su relación: considerado hasta entonces el último de la fila, acababa de actuar como lo hubiera hecho su padre y lo habían aceptado.

—Bien —dijo. Se volvió hacia Mutt—. Ya hemos perdido suficiente tiempo aquí, ordena a los hombres que se preparen para marchar.

Mutt rugió la orden y Sapho, Bostar y los otros dos oficiales se movieron prestos para dejarlos pasar. Hanno empezó a sentirse orgulloso de lo que había hecho. Estaba por ver si sus hermanos cumplirían la promesa, pero al menos la fuerza del juramento evitaría que se pelearan durante un tiempo. Se preguntó si Sapho intentaría vengarse por la humillación sufrida. «Si lo hace, estaré preparado. Hace tiempo que lo estoy.»

—¡Alto! —ordenó una voz.

Hanno pensó que se trataba de uno de sus hermanos, así que no se detuvo y Mutt siguió sus pasos con los hombres.

—¡ALTO, HE DICHO! —repitió la voz.

Cuando Hanno se dio cuenta de que la voz pertenecía a alguien muy distinto, se paró en el acto.

A poca distancia de ellos un soldado de aspecto anodino se quitó la capucha: era tuerto, tenía la cara ancha y llevaba barba.

Se oyó una exclamación generalizada.

Hanno fue el primero en reaccionar.

—¡Firmes ante vuestro general!

Los soldados obedecieron, seguidos de sus hermanos y los otros dos oficiales.

Aníbal se aproximó con el semblante serio y Hanno notó los nervios a flor de piel. El general tenía la costumbre de pasearse de incógnito por el campamento para tantear la moral de los soldados, pero parecía haber abandonado esa práctica desde Cannae. «Hasta hoy —pensó Hanno, que empezó a dudar si había actuado del modo correcto. Aníbal castigaba con severidad la falta de disciplina—. Por todos los dioses, ¿qué nos dirá?»

Ni Bostar ni Sapho se atrevieron a mirar al general a los ojos cuando se acercó.

—Sabía de vuestra mutua animadversión, pero no era consciente de su terrible gravedad —declaró Aníbal.

—Señor, yo... —interrumpió Sapho.

—¡Silencio! —rugió Aníbal, su voz como un látigo.

Sapho enmudeció.

—Por un lado tenemos a Sapho, alocado pero valiente, y, por el otro, a Bostar, también valeroso como un león, pero más obediente —apuntó Aníbal antes de posar la mirada en Hanno, que estaba hecho un manojo de nervios—. Y, finalmente, tenemos al pequeño cachorro que suele hacer lo que le place y precisa mano dura, o al menos eso pensaba yo.

Aníbal guardó silencio y dejó sufrir un rato más a los hermanos mientras caminaba de uno a otro.

—En circunstancias normales este incidente me hubiera pasado desapercibido, pero como estaba aquí, lo he visto todo —habló por fin.

Hanno miró a sus hermanos y comprobó que ellos también aguantaban la respiración.

—Es vergonzoso que dos comandantes de mis falanges se peleen como un par de borrachos en el exterior de un burdel.

Hanno clavó la vista en el suelo, resignado a aceptar el castigo.

—Creo que el juramento que os ha obligado a prestar Hanno es suficiente para que reine la paz entre vosotros.

Los hermanos escucharon sus palabras con una mezcla de alivio e incredulidad, pero no se atrevieron a relajarse todavía.

—Si no estuviéramos en guerra, os degradaría a soldados rasos, ¡como mínimo! Pero como estamos en guerra y en tierra extranjera, me resulta imposible reemplazar a dos oficiales de vuestro calibre —declaró Aníbal, que fundió con la mirada a los avergonzados Sapho y Bostar—. En cualquier caso, este asunto no puede quedar así y, pese a vuestro juramento, voy a separaros para siempre.

Los tres se miraron compungidos y Aníbal soltó una carcajada. No era un sonido agradable.

—Mi hermano Asdrúbal está en Iberia y anda falto de oficiales con experiencia. Aunque a mí tampoco me sobran, voy a enviarle algunos. Bostar, tú serás uno de ellos. Tendrás que viajar por mar porque el trayecto por tierra es demasiado largo. La travesía será muy peligrosa, como te puedes imaginar. Dos de los tres últimos barcos que zarparon de Iberia fueron hundidos o aprehendidos por los romanos. Rogaré a los dioses para que tu viaje llegue a buen término. En cuanto desembarques, harás todo lo que esté en tu mano para ayudar a Asdrúbal y al resto de los generales a derrotar al enemigo.

—Haré todo lo que pueda, señor.

—Bien —dijo Aníbal, y se volvió hacia Sapho, que dio un pequeño respingo—. A ti te quiero a mi lado, lo cual no significa que vayas a tener una vida fácil. Para empezar, tu falange y tú realizaréis largas patrullas durante los próximos tres meses.

—Sí, señor —respondió Sapho, estoico—. Haremos cuanto se precise de nosotros.

¿Por qué debía ser justamente Bostar quien se marchara?, se preguntó Hanno, rabioso. Quizá no volviera a ver jamás a su hermano predilecto. La idea era terrible, pero cuando Aníbal posó su atención en él, Hanno se olvidó por completo de sus hermanos y de todo lo demás. ¿Adónde tendría previsto mandarlo el general?

—Y tú, el pequeño de los hijos de Malchus...

A Hanno se le hizo un nudo en la garganta; estaba a punto de recibir su castigo.

—Tu padre fue un valiente servidor de Cartago. Su pérdida fue una tragedia irreparable para ti y tus hermanos, pero yo también sigo llorando su muerte.

—Gracias, señor.

Hanno agradeció que el general reconociera el sacrificio de su padre. Bostar y Sapho también parecían satisfechos con sus palabras.

—Malchus estaría muy orgulloso de ti hoy. ¿Qué edad tienes?

—Veintitrés años, señor.

—Eres joven todavía, pero tus actos son impresionantes.

—Gr... gracias, señor —respondió Hanno sin saber cómo reaccionar ante semejante alabanza.

—Busco a un oficial de confianza para llevar a cabo una misión peligrosa. Había pensado en otra persona, pero tras lo que acabo de ver aquí, he cambiado de opinión. Irás tú en su lugar.

Hanno notó que se le disparaba el corazón.

—¿Adónde, señor?

—A Sicilia —respondió Aníbal.

—¿A Sicilia, señor? —repitió como un tonto. Hanno miró a Mutt y le invadió una enorme tristeza. Su oficial y su falange eran como su familia. Además, ¿qué utilidad podía tener él sin sus soldados?—. ¿Quién se ocupará de mi unidad durante mi ausencia? —preguntó titubeante.

—Mutt, ¿quién si no? No será la primera vez que lo haga.

El pánico se apoderó de Hanno. ¿Se había enterado Aníbal de su escapada no autorizada antes de Cannae cuando visitó a Aurelia? Miró primero a Aníbal y luego a Mutt, pero este tenía una expresión inocente como un corderito.

—El primer comandante de tu falange murió cuando cruzamos los Alpes y fue Mutt quien asumió el mando hasta tu llegada —explicó Aníbal.

—Claro, señor.

Hanno sonrió como si hubiera sabido desde un principio a lo que se refería Aníbal. ¿Cómo podía haber dudado de Mutt?

—Cuando hayas terminado con tus hombres, pasa un momento por mi tienda.

—Muy bien, señor.

Orgulloso a la vez que triste por el significado que conllevaban sus palabras, Hanno saludó al general como si estuvieran en la plaza de armas.

—Descansen —dijo Aníbal acompañando la orden con un gesto de la mano.

A continuación, Aníbal se puso la capucha y se marchó del lugar vestido como un soldado cualquiera.

—Vosotros recibís un trato especial mientras que yo me quedo en Italia —protestó Sapho en cuanto se hubo ido.

—Tú te quedas con el general más importante de Cartago —replicó Hanno.

—Es tan honroso quedarse con Aníbal como ser enviado fuera —añadió Bostar en un tono sorprendentemente conciliador—. Aníbal te valora mucho, ya lo has oído.

—Es cierto —admitió Sapho, pero la expresión de sus ojos delataba la envidia que sentía.

Cualquiera que hubiera sido la solución propuesta por Aníbal, Sapho estaría siempre insatisfecho, pensó Hanno, que no pudo evitar sentir cierto alivio al saber que pronto tendría lejos al mayor de sus hermanos, aunque al mismo tiempo le entristecía pensar que quizá no volviera a verlo nunca, al igual que a Bostar, Mutt y sus hombres.

—Antes de separarnos tenemos que reunirnos para realizar un sacrificio en memoria de nuestro padre ¡y emborracharnos hasta caer redondos!

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Anochecía cuando Hanno llegó al pabellón de Aníbal, su cabeza un hervidero de pensamientos sobre Sicilia. Desde que Cartago había perdido la isla en la primera guerra contra Roma, recuperar esa colonia que les había pertenecido cerca de doscientos años era el sueño de todo cartaginés.

El pabellón del general estaba custodiado por seis scutarii. Hanno dio su nombre y fue conducido al interior por uno de ellos, una mole de imponente estatura.

La opulenta decoración del interior le recordó las casas de los ricos amigos de su padre en Cartago. Varias telas dividían el espacio en distintas estancias y gruesas alfombras cubrían el suelo. En las salas más amplias colgaban candelabros de bronce de las maderas que apuntalaban el techo. El mobiliario, compuesto de arcones, sillas e incluso sofás, era macizo y de buena calidad. Cruzaron la gran sala donde él y otros oficiales recibían a veces órdenes del general y notó un pequeño nudo en el estómago. El hecho de que Aníbal fuera a recibirle en sus aposentos privados subrayaba la importancia de la misión.

El scutarius se detuvo ante la última estancia, que estaba salvaguardada por otro hombre de dimensiones similares que lucía una enorme cicatriz en la nariz. El guardaespaldas ojeó a Hanno de arriba abajo.

—Es Hanno, comandante de una falange libia. Viene a ver al jefe —explicó el primer soldado.

Caracortada saludó a Hanno con propiedad, aunque su menosprecio no pasó desapercibido al joven, que soportó impertérrito su escrutinio. Salvo los hombres que pertenecían al círculo íntimo de Aníbal, como Maharbal, todos los demás recibían el mismo trato de los guardaespaldas del general.

Caracortada volvió la cabeza hacia la cortina.

—¿Señor? —llamó.

—¿Sí? —respondió una voz conocida.

—El comandante Hanno está aquí para veros, señor.

—Hazle pasar.

—Adelante —dijo Caracortada con más educación.

El guardaespaldas abrió la cortina e invitó a Hanno a pasar. El primer scutarius se esfumó para regresar al puesto que ocupaba en la entrada.

Hanno llevaba su mejor túnica y se había afeitado y lavado el cabello, pero aun así se sentía muy cohibido. Sentado al escritorio de espaldas a él, Aníbal volvió la cabeza al oírlo entrar.

—Acércate y toma asiento —indicó, señalando una silla junto a la mesa.

—Gracias, señor.

Hanno obedeció nervioso.

Aníbal le dedicó una mirada bondadosa con su único ojo.

—Bienvenido. ¿Un poco de vino?

—Sí, gracias.

—Sosian, ¿puedes ocuparte tú?

Hanno disfrutó viendo cómo Caracortada se apresuraba a obedecer las órdenes de Aníbal, transformado de guardaespaldas amenazador en sirviente. En cuanto estuvieron servidos, Aníbal alzó la copa.

—Por Malchus, tu padre, un hombre de corazón valeroso y fiel servidor de Cartago.

Hanno tragó saliva para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta.

—Por mi padre.

Bebieron un sorbo y Hanno lanzó una plegaria a los dioses para que cuidaran bien de su padre y de su madre.

—Y por la victoria contra Roma —añadió Aníbal.

—Brindo por ello, señor.

—Que sea nuestra muy pronto.

Hanno escudriñó el rostro de Aníbal en busca de alguna pista sobre la inminencia de la victoria, pero fue incapaz de discernir nada y no se atrevió a preguntar. Apuraron las copas y Caracortada las llenó de nuevo.

—¿Qué te parece el vino? —preguntó Aníbal.

—Está delicioso, señor.

—Curiosamente, procede de una pequeña granja próxima a Cannae. Como me queda poco, lo reservo para ocasiones especiales.

—Ya veo, señor —comentó Hanno, con los nervios a flor de piel.

—Tranquilo, no te voy a comer —bromeó Aníbal ante su evidente nerviosismo.

—De acuerdo, señor.

En el pasado Hanno había sido objeto de la ira de Aníbal, pero esa vez no estaba allí para ser amonestado.

—Cuéntame lo que sabes de Sicilia —solicitó Aníbal.

—Es una isla rica, señor. Mi padre solía decir que era una tierra repleta de granjas y ciudades prósperas.

—El mío decía lo mismo; la llamaba el granero de Italia. ¿Qué más sabes? —instó Aníbal con un brillo especial en la mirada.

—Sicilia es una pasarela entre África e Italia, señor, y sería muy positivo para nosotros gozar de supremacía en esa zona porque podríamos transportar refuerzos y provisiones de Cartago a Italia sin problemas y el ejército podría alimentarse de la producción de la isla sin necesidad de trasladar el campamento con tanta frecuencia, pero Roma controla la mayor parte del territorio y el resto está en manos de Siracusa, enemiga de Cartago desde hace mucho tiempo, desde que se alió con la República antes de que estallara la primera guerra entre nuestros estados.

Hanno titubeó antes de continuar. Sabía que Hierón, tirano de Siracusa durante más de medio siglo, había fallecido poco después de Cannae, pero desconocía los detalles de los acuerdos y contraacuerdos alcanzados con posterioridad a su muerte.

—También sé que el nieto de Hierón estuvo en el poder un breve período tras la muerte de su abuelo y ahora se rumorea que Siracusa está en manos de Hipócrates y Epícides, ambos aliados de Cartago. Eso es todo lo que sé, señor.

—Es normal que no estés al corriente de los últimos acontecimientos, pero ahora te pongo al día. El nieto de Hierón, Hierónimo, ascendió al trono con tan solo quince años de edad. Yo tenía grandes esperanzas puestas en él por sus desdenes iniciales a Roma, pero pronto dio muestras de un carácter impulsivo e impetuoso y, después de acudir primero a mí para tantear mi apoyo, ¡tuvo la desfachatez de dirigirse directamente a las autoridades de Cartago!

—Recuerdo que respondisteis con prontitud a su acercamiento enviándole a los hermanos Hipócrates y Epícides. ¿Han dado fruto sus esfuerzos diplomáticos?

—Sí, los rumores son ciertos. Al principio no parecía que fueran a conseguir nada, pues Siracusa siguió manteniendo sus lazos con Roma durante un año pese al acercamiento de Hierónimo a Cartago, pero hace unos meses fue asesinado por un grupo de nobles descontentos, destino que poco después compartieron su tío —que le había sucedido en el trono— y casi toda la familia real. Semejante escabechina dejó un vacío de poder que nuestros aliados aprovecharon para hacerse con dos magistraturas que habían quedado vacantes tras la oleada de asesinatos. Cuando me enteré de la noticia, albergué la esperanza de que ascendieran al poder en Siracusa, pero no lograron apoyo suficiente del resto de los magistrados porque la mayoría los considera unos extraños. Por lo tanto, decidieron tomar en su lugar Leontini, situada a unos cien estadios de Siracusa, una táctica poco inteligente porque llamaron la atención inmediata de Marco Claudio Marcelo.

—¿El comandante del ejército romano en Sicilia?

—Exacto. Al cabo de unas semanas, Hipócrates y Epícides fueron obligados a abandonar su nuevo feudo. Humillados, emprendieron el regreso a Siracusa, pero por el camino se toparon con varias milicias locales que acudían en ayuda de Leontini. La situación no pintaba nada bien para nuestros amigos, pero las tornas se giraron en un santiamén. A veces una catástrofe inminente puede convertirse en un triunfo aplastante. ¡Los dioses pueden ser muy generosos cuando quieren! —rio Aníbal.

—No entiendo, señor.

—Por fortuna, los soldados al mando de las milicias eran unos arqueros mercenarios cretenses que veían con buenos ojos las acciones de Hipócrates y Epícides. Sin embargo, sus tropas eran insuficientes para batir a las fuerzas de Siracusa, así que los hermanos les mintieron vilmente: dijeron que Marcelo había masacrado a la población de Leontini. Los cretenses les creyeron y convencieron a ocho mil soldados para que reemplazaran a sus oficiales por Hipócrates y Epícides. Con ese pequeño ejército marcharon sobre Siracusa y, contra todo pronóstico, se hicieron con el poder. —Aníbal golpeó la mesa con la copa—. Así que ya lo ves, una ciudad tan importante para Sicilia y crucial para la guerra está ahora en manos de dos enemigos de Roma.

Hanno se sentía cada vez más confuso.

—No entiendo en qué puedo ayudaros, señor.

—Te he elegido para esta misión porque me eres fiel en cuerpo y alma.

Hanno se hinchó de orgullo ante ese reconocimiento inesperado de su general.

—Así es, señor —murmuró.

—Y eso es mucho más de lo que puedo decir de Hipócrates y Epícides, que solo me apoyan porque albergan la esperanza de que un día les ayudaré a convertirse en los hermanos tiranos de Siracusa. Se mantendrán fieles a Cartago mientras les convenga, pero no dudarían en cortarme el cuello si les ofrecieran un buen precio.

Hanno empezó a adivinar las intenciones de Aníbal.

—Yo no soy ningún espía, señor, soy soldado. Yo sé pelear y luchar. Seguro que hay otros hombres a los que podéis enviar en mi lugar.

—Es posible, pero los necesito aquí conmigo, lo cual no significa que no te necesite a ti también —se apresuró a añadir Aníbal—, pero Mutt puede sustituirte por el momento. Tú eres un oficial con experiencia y estás acostumbrado a tomar decisiones en momentos de crisis. Hipócrates y Epícides han gozado de las mismas oportunidades que tú, pero no son buenos líderes. Aunque han llegado muy lejos, me preocupa su futuro. Tú puedes ayudarles. Eres inteligente y, lo mejor de todo, resolutivo, como bien has demostrado hoy.

Hanno se sonrojó ante tantos elogios.

—Gracias, señor. ¿Así que deseas que les ayude militarmente?

—Algo así, pero no te ordenaré que vayas si no deseas ir —añadió Aníbal, consciente de su reticencia—. Si te lo pido es porque te veo capacitado para hacer un buen trabajo —declaró clavando en el joven su intensa mirada.

Hanno le sostuvo la mirada y se olvidó en el acto de Bostar, Sapho, Mutt y los libios.

—Será todo un honor, señor.

Aníbal asintió complacido.

—Serás mis ojos y oídos en Siracusa. Debes obtener la máxima información que puedas al tiempo que te ganas la confianza de Hipócrates y Epícides y les ayudas a vencer a Marcelo y sus legiones. Cuando lleguen los refuerzos de Cartago, previstos para dentro de doce meses, deberás asegurarte de que las relaciones entre ambos grupos de líderes sean cordiales desde un principio. Y cuando los romanos sean derrotados en Sicilia —añadió Aníbal con una gran sonrisa—, deberás mantener contentos a Hipócrates y Epícides, porque, además de recibir en Italia las fuerzas cartaginesas de la isla, necesitaré que ellos también nos envíen soldados y suministros.

Una vez explicado todo, Aníbal observó en silencio a Hanno, cuyo corazón latía con fuerza. La misión era muy importante para Cartago, y la guerra, mucho más importante que dirigir una falange.

—Lo haré lo mejor que pueda, señor, o moriré en el intento.

—Perfecto. —Aníbal le dio una palmada en la espalda—. Esperemos que salgas airoso y puedas disfrutar de las mieles del éxito.

A continuación, Aníbal se quitó un grueso anillo del dedo índice de la mano derecha y se lo entregó a Hanno.

—Además de entregarte varias cartas de presentación, este anillo certifica que eres uno de mis hombres.

Hanno tomó el anillo de oro, que llevaba grabado el símbolo de la familia Barca en la parte superior: un león. Jamás podría enseñárselo a Sapho.

—Yo... —titubeó Hanno—. Gracias, señor.

—Que los dioses te acompañen en tu viaje a Sicilia. Volveremos a vernos antes de que partas.

Dicho esto, Aníbal volvió su atención al pergamino que había estado leyendo cuando Hanno entró. La visita había terminado. Hanno cerró el puño de la mano derecha donde llevaba el anillo y se puso en pie.

—Gracias, señor.

Absorto en sus pensamientos y con el anillo ardiéndole en la mano, Hanno no miró por donde iba y chocó de cabeza contra alguien.

¡Pum!

—Perdona, es culpa mía —se disculpó antes de darse cuenta, para su gran sorpresa y alegría, de que se trataba de Bomilcar.

—¡Hanno! ¡De todos los hombres que hay en el ejército choco contigo! —exclamó Bomilcar frotándose la frente con una sonrisa—. ¡Qué alegría! ¿Cuánto hacía que no nos veíamos? ¿Seis meses?

—Me temo que más. No te lo creerás, pero esta noche tenía previsto hacerte una visita.

—¡Eso dicen todos! —replicó Bomilcar con un guiño—. Cómo pasa el tiempo, ¿verdad? ¿Qué tal va todo?

Hanno ocultó a un lado la mano del anillo.

—Todo bien, ¿y tú?

—También. ¿Vienes de ver al jefe? —preguntó Bomilcar señalando con la cabeza la tienda de Aníbal.

—¿Cómo lo has adivinado?

—Por tu expresión pensativa. Es la que llevan todos después de hablar con él —respondió Bomilcar, sagaz.

—Me manda a Sicilia —reveló Hanno.

Bomilcar enarcó las cejas.

—Estás escalando posiciones.

—Eso parece —respondió Hanno, decepcionado porque Bomilcar no indagaba más—. ¿Tú también tienes audiencia con él?

Bomilcar asintió con la cabeza.

—Yo me voy a Roma.

Hanno no cesaba de sorprenderse ante cómo habían cambiado las cosas en la guerra. Desde que se incorporó al ejército de Aníbal lo único que había hecho era luchar y pelear, pero ahora parecía que la guerra se libraba mediante espionaje y subterfugios.

—Supongo que vas de espía.

Bomilcar volvió a guiñar un ojo.

—Tengo la tez blanca y, después de tantos años en cautividad, hablo latín como un nativo. ¿Quién mejor si no para mandar a la guarida del lobo? Se rumorea que los romanos intentan forzarnos hacia el tacón o la punta de la península. Aníbal quiere que verifique si los rumores son ciertos. —Bomilcar echó un vistazo al sol—. Llego tarde. Compartamos esa jarra de vino esta noche y podremos contarnos los detalles de nuestras misiones.

—De acuerdo —convino Hanno sonriente.

Para cuando terminaron las dos primeras ánforas de vino pequeñas, la luna estaba en lo más alto del cielo nocturno. Ya ebrio, Hanno notó un agradable calor interior y le invadió un profundo sentimiento de amor por todos los hombres, bueno, menos por los romanos. De todos modos, no todos los romanos eran tan malos. Después de haber vivido más de un año con Quintus y su familia, sabía que no eran muy diferentes de su propia familia. No eran malvados. No eran perfectos, pero eran personas honestas y trabajadoras. Y era imposible que fueran muy distintos del resto de su pueblo. Muchos romanos eran buenas personas. El oficial que le había torturado en Victumulae, Pera, era una excepción. El resto era simplemente el enemigo, un enemigo muy tozudo.

—¿Por qué no se rindieron los romanos después de Cannae? —murmuró.

—Lo habrían hecho si hubiéramos marchado sobre Roma en ese momento —sentenció Bomilcar.

—¿Estás seguro? —preguntó Mutt antes de echarse un pedo despectivo—. Yo no lo creo —prosiguió cuando se ahogaron las risas—. Solo se rendirán cuando hayan perdido todas sus ciudades y todos sus aliados. Para firmar la paz tienen que hallarse entre la espada y la pared.

—Para eso necesitamos vencer en Iberia y Sicilia —comentó Hanno con tono sombrío, consciente de la trascendencia de su misión—. De esa manera quedarían libres dos ejércitos para luchar en Italia. Si los tuviéramos, los aliados de Roma abandonarían la República como las ratas cuando un barco se hunde.

—Sí —asintió Mutt antes de dar un gran sorbo de vino.

Hanno empezó a sospechar que el camino hacia la victoria sería largo y tortuoso al ver que los romanos no se rindieron después de Cannae. En las circunstancias actuales, la perspectiva de ganar la guerra en tres frentes parecía imposible.

«No pienses así —se dijo—. ¡Tenemos que ganar, maldita sea!»

—Nos encomendaremos a los dioses y lo haremos lo mejor posible. Más no se nos puede pedir —comentó Bomilcar mientras hacía un gesto a Mutt para que le rellenara la copa.

A Hanno no le gustaron nada sus palabras. Le incomodaba la idea de aceptar el fracaso sin más, era una mediocridad. En ese momento cruzó su mente una imagen de Aurelia en la noche que la visitó en Capua. A Hanno le palpitó la entrepierna y por un instante se olvidó de Sicilia y su deber. Se avergonzó por no haber intentado ponerse en contacto con ella tras su última cita, pero carecía de sentido. Aurelia estaba a punto de casarse y pertenecían a bandos opuestos. Lo más lógico hubiera sido olvidarla, pero Hanno no podía. Le asaltó el recuerdo de sus besos, maravillosos. ¿Por qué no le había mandado un mensaje? No le hubiera llegado, pero al menos lo habría intentado. Le entró un pronto y dio un codazo a Bomilcar para captar su atención.

—¿Tienes previsto pasar por Capua de camino al norte?

—Es probable, es la última ciudad amiga antes de Roma. ¿Por qué?

Hanno no respondió de inmediato. Era un idiota, pensó abatido. Capua estaba en manos de Aníbal y los fieles a la República habrían huido. No podía imaginarse a los padres de Aurelia ni a su marido cambiando de bando. Ya no estarían en Capua.

—No importa —suspiró.

Bomilcar lo miró inquisitivo y Mutt se rio.

—Seguro que se trata de un asunto de faldas.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Hanno. Le preocupaba que Mutt mencionara su escapada antes de la batalla de Cannae. Aunque Bomilcar fuera un amigo, cuantas menos personas supieran de su expedición ilegal, mejor.

Mutt lo miró como queriendo decir que no se preocupara.

—Por su expresión de cordero degollado, señor —respondió el oficial con un guiño a Bomilcar.

«¿Tan obvio es?», se preguntó Hanno, agradecido de que la oscuridad no revelara el rubor de sus mejillas.

—¿Quién es la afortunada? —preguntó Bomilcar.

«¿Qué más da si Bomilcar se entera?», pensó Hanno. No era ninguna traición sentir algo por una mujer del bando enemigo.

—La hermana del romano que me compró como esclavo. Se llama Aurelia.

—¿Es guapa? —preguntó Mutt con interés.

—Mucho.

Hanno recordó el aspecto que tenía cuando se vieron en la granja de su familia. Estaba hecha toda una mujer, con curvas femeninas. El joven notó la erección y cambió de posición para disimularla.

Los demás se rieron.

—Debe de ser muy guapa para que la recuerdes después de tanto tiempo —dijo Bomilcar.

Hanno agradeció que Mutt no hiciera ningún comentario. Entonces pensó que Aurelia ya llevaría tiempo casada y que quizá tendría un hijo o dos. Incluso podía haber muerto en el parto. «Deja de pensar así —se dijo—. Está viva.»

—¿Quieres que la busque y le dé un mensaje de tu parte en Capua? —inquirió Bomilcar.

—Te agradezco el ofrecimiento, pero ya no estará en la ciudad.

Enojado, Hanno echó un tronco al fuego y le explicó brevemente la situación.

—Olvídate de ella, señor. Jamás la volverás a ver —aconsejó Mutt al tiempo que alzaba la copa y la acariciaba con cariño—. Entrega tu amor al vino, lo encontrarás allá donde vayas. Y aunque esté avinagrado, sigue cumpliendo su función.

Hanno miró a Mutt enfadado. Eso mismo había pensado cuando se escapó con Quintus, pero había vuelto a verla. No podía abandonar su sueño de que se encontrarían de nuevo, era demasiado duro. El resto de su vida giraba en torno a la guerra y la muerte y a su deber hacia Aníbal y Cartago. Aurelia era algo que solo le pertenecía a él.

—Esto es diferente —murmuró.

—¡Ay, el primer amor! ¡Lo que daría yo por ser joven otra vez!

Hanno le tiró las últimas gotas que le quedaban en la copa y Mutt guardó silencio.

—Dime qué te gustaría que le dijera a Aurelia —instó Bomilcar—. Intentaré localizarla en Capua y, si no la encuentro, al menos podré averiguar dónde está.

Hanno tuvo la impresión de que Bomilcar solo le seguía la corriente, pero le dio igual. ¿Acaso no era mejor transmitir un mensaje de algún tipo que no decir nada en absoluto? Se le encogió el corazón al pensar que Bomilcar podía llegar a ver a Aurelia.

—Dile... que pienso mucho en ella. Mucho. Dile que, con la ayuda de los dioses, volveremos a vernos algún día... —respondió con un hilo de voz.

Nadie habló. Hanno miró a Mutt y vio comprensión en sus ojos. Bomilcar también parecía entender la situación. Aunque estuvieran en guerra, no había razón alguna para olvidar los sentimientos, pensó Hanno. Tomó un sorbo de vino y fijó la vista en la oscuridad.

—Si la encuentro, te garantizo que se lo diré —aseguró Bomilcar.

—Gracias —contestó Hanno con voz queda.

Sabiendo eso, su viaje a Sicilia sería un poco más fácil.