marciano

Presentación

Desde hace años, la distinción (¿pelea?) entre fantasía y ciencia ficción ha ocupado muchas páginas. Pero recientemente, hemos tenido un ejemplo clarísimo de que la ciencia ficción puede acabar cediendo ante la fantasía. Me refiero a la serie CANCIÓN DE HIELO Y FUEGO de George R. R. Martin, uno de los mejores autores de la ciencia ficción mundial que parece haber dejado el género para usar y abusar de la fantasía más clásica.

En el verano de 2013, en la ya habitual visita a España de Joe Haldeman (acompañado como siempre por su amable esposa, Gay), he tenido de nuevo la oportunidad de compartir varias horas y una cena con ambos. Acabamos irremediablemente hablando de Martin y de cómo está explotando el filón de la fantasía en su serie conocida popularmente como Juego de Tronos, que en realidad es el título de la primera de las cinco novelas publicadas hasta hoy.

George R. R. Martin ha cosechado éxitos en todos los ámbitos posibles de la ciencia ficción. Ha escrito novelas cortas imprescindibles como Una canción para Lya o Los reyes de la arena; novelas brillantes e inolvidables como Muerte de la luz, e incluso domina el difícil arte del fix-up de relatos cortos enhebrados conjuntamente, como hizo en la magistral Los viajes de Tuf. Sin embargo, en las dos últimas décadas Martin se ha dedicado a la novela más o menos histórico-fantástica de voluntad épica. Era de esperar que abordara también esa temática y su característica extensión con suma brillantez, y así ha sido.

En 1996 aparecía el primer volumen de un largo proyecto que lleva por título genérico CANCIÓN DE HIELO Y FUEGO. Ha sido un gran éxito y, como derivados, tenemos ya una famosa serie de televisión, un juego de tablero, un juego de cartas acumulativo y una muy buena recepción popular.

Hay diversas maneras de construir una larga serie histórico-fantástica más o menos épica. Desde las novelas puramente históricas sometidas a la necesidad de ser fieles a hechos históricos, hasta versiones mucho más libres como las distintas reelaboraciones que hasta hoy se han hecho, por ejemplo, de la leyenda artúrica, donde solo hay que respetar un mínimo del esquema argumental. Otra manera es la que usaron Tolkien, Le Guin o Bradley en sus narraciones sobre la Tierra Media, Terramar o Darkover respectivamente: inventarlo prácticamente todo.

Martin ha tomado otro camino que no me atrevo a llamar intermedio: la asimilación alterada de hechos conocidos de la historia humana. Como destaca Luis G. Prado: «El mundo que Martin despliega ante nuestros ojos hunde sus raíces en referencias históricas: Poniente es una imagen especular de Gran Bretaña, y las principales familias, los Stark y los Lannister, remedan a los York y los Lancaster de la guerra de las Dos Rosas; la perdida Valyria, medio Roma, medio Atlántida; las oleadas de antepasados, que hacen las veces de celtas, sajones y normandos; los jinetes de las estepas, que recuerdan a los mongoles; los guerreros de las Islas de Hierro, que remiten a los vikingos...»

En esta historia semiconocida y alterada, pródiga en intrigas y todo tipo de tramas políticas, Martin se ha reservado el pequeño truco (que le ennoblece como autor) consistente en, cerca ya del final de cada volumen, «matar» al personaje que parecía ir convirtiéndose en protagonista. Así se obliga a sí mismo a reinventar y actualizar de nuevo su saga en el siguiente volumen.

Precisamente a mediados de la década de los noventa, cuando se iniciaba la serie fantástica de Martin, se teorizó sobre la «muerte de la ciencia ficción» como un género «distinto» y con entidad propia. Paradójicamente, la fantasía, nacida realmente en el seno de la ciencia ficción pero mucho menos exigente para el lector, es la que lo está logrando.

Eso es algo que, envidias económicas aparte, no gustaba a Haldeman y no acababa de gustarme a mí: de reflexionar sobre nuestro mundo y los posibles futuros que nos esperan por el crecimiento poco controlado de la ciencia y la tecnología, nos abandonamos a un pasatiempo fantástico más o menos inteligente pero que deja de estimular la reflexión. Seguramente hemos perdido con el cambio.

Aunque, Haldeman y yo somos conscientes de ello, nuestro amigo George (R. R. Martin) haga tanto dinero con ello... Gracias, eso sí, a unas novelas y una trama francamente brillantes.

El sentido original de una colección como NOVA era, con la ciencia ficción como excusa, reflexionar sobre la ciencia y la tecnología y sus efectos en nuestras sociedades.

Pero la ciencia ficción, me temo, va estos días un poco de capa caída.

Como decía, ya a finales de los años noventa algunos agoreros intentaron «profetizar» la muerte de la ciencia ficción. Para ellos, la manera como la temática de la ciencia ficción iba incorporándose a nuestras vidas quitaba especificidad a este tipo de narrativa y por ello le presagiaban una indolora muerte a manos de su dilución en el seno de la narrativa general.

Para mí, esa perceptible decadencia de la ciencia ficción tiene otras razones. Básicamente, las derivadas de los prodigiosos avances de la ciencia y la tecnología en los últimos veinte o treinta años. Con lo que ha ocurrido en ese tiempo, ¿quién se atreve hoy a profetizar futuros más o menos cercanos que la tecnociencia posiblemente vuelva ridículos y obsoletos en pocas décadas?

Tal vez por ello la ciencia ficción parece haber perdido en los últimos años su empuje anterior y suele reducirse en muchos casos a temerosas especulaciones en torno a avances muy cercanos de la biotecnología o las infotecnologías. Lo llamamos: el futuro cercano (near future). La mayoría de las nuevas novelas se reducen a thrillers tecnológicos (bio e info en su mayoría) muy cercanos en el tiempo y que pueden pasar perfectamente por literatura general. Carecen, casi siempre, de ese afán especulativo tan característico de la ciencia ficción y, sobre todo, pierden el sentido de la maravilla que tanto la había caracterizado. Poca maravilla hay en sociedades que vienen a ser como las de nuestra cotidianeidad.

Posiblemente eso explique (en un razonamiento apresurado...) el auge actual de la fantasía. Ahí es evidente que se pierde la capacidad especulativa de la ciencia ficción pero se mantiene la riqueza de la aventura y del sentido de la maravilla. No en vano, la fantasía moderna nació en el seno de la ciencia ficción y fueron los lectores de ciencia ficción quienes primero cobijaron obras como EL SEÑOR DE LOS ANILLOS, de Tolkien, y fue en su seno donde se desarrollaron obras ya clásicas en la fantasía como la serie de DARKOVER, de Marion Zimmer Bradley, o TERRAMAR, de Ursula K. Le Guin.

Sin embargo, la fantasía suele estar reñida con la ciencia. Siguiendo esquemas más bien trillados, nos ha ofrecido básicamente el enfrentamiento del bien y el mal (caso de EL SEÑOR DE LOS ANILLOS) o la reconstrucción fantaseada de períodos históricos (como en la citada CANCIÓN DE HIELO Y FUEGO).

Debo reconocer, no obstante, que hay un autor distinto que destaca en la moderna fantasía por su gran producción en la última década, toda ella de gran calidad y, en general, presidida por una sugerente idea central: la magia (un elemento imprescindible en la fantasía) debe ser «lógica», si ello es posible.

Se trata de Brandon Sanderson, el joven y prolífico autor que sorprendió con ELANTRIS (2005), la serie de MISTBORN (Nacidos de la bruma, iniciada en 2006), la novela EL ALIENTO DE LOS DIOSES (Warbreaker, 2009), fue elegido para finalizar la serie de LA RUEDA DEL TIEMPO cuando falleció su autor Robert Jordan y ahora nos sorprende con su propia macroserie: EL CAMINO DE LOS REYES (2010).

La idea de Sanderson es sencilla: la fantasía exige magia, pero esta se ejecuta en nuestro universo y por ello ha de estar sujeta a sus leyes. Por ejemplo, si valiéndome de un poder mágico repelo hacia atrás (pongamos veinte metros) a un enemigo, debo recordar que en nuestro universo rige la ley de acción y reacción y, por lo tanto, yo iré hacia atrás, en dirección contraria, otros veinte metros aproximadamente (en función de la diferencia de pesos...). O, expresado en forma de norma, Sanderson usa en su fantasía «lógica» dos principios básicos: «La magia ha de tener un coste» y «El beneficio y el coste han de ser iguales». Les puedo asegurar que de esa idea (y de la habilidad narrativa de Sanderson) surge una fantasía que atrae incluso a lectores tan interesados en la tecnociencia como yo. Un curioso ejemplo de una posible amalgama entre lo mejor de la fantasía y las bases de la ciencia ficción.

Pero, aunque a veces yo mismo me queje de cómo la vieja ciencia ficción está perdiendo peso ante la nueva fantasía, y de cómo diversos brillantes autores de ciencia ficción se han pasado a la fantasía, que parece tener más mercado, siempre hay excepciones y maravillosas novedades.

Afortunadamente, de vez en cuando, aparece una novela «distinta», capaz de recuperar todas las cualidades de la mejor ciencia ficción. Por eso me gusta saludar la llegada de EL MARCIANO (The Martian de 2012/14), la primera novela de Andy Weir y una verdadera gozada.

Andy Weir es, al menos para mí, un completo desconocido, y esta es su primera novela. La autopublicó en 2012 y eso, en el mundo editorial, suele ser visto como un grave pecado que, a la larga, impide la contratación y edición: un editor profesional tiende a ver con malos ojos una novela autopublicada...

Sin embargo, la novela de Andy Weir es tan buena (y tan distinta de lo habitual) que la editora estadounidense Crown Publishing Group se arriesgó, compró los derechos, la publicó de nuevo (esta vez profesionalmente) y ahora mira esperanzada el interés de Hollywood por hacer una película basada en ella.

También les puedo contar que, esta vez (y me temo que sin que sirva de precedente, aunque vaya usted a saber...), no solo me recomendaron la novela algunos de mis amigos editores, escritores y aficionados a la ciencia ficción de Estados Unidos. Ocurrió incluso que un compañero de mi departamento, Marc Alier, que suele tener el «vicio» de escuchar audiolibros en inglés, se agenció EL MARCIANO y, nada más terminarla, parece que le faltó tiempo para recomendármela. También me he enterado de que otros amigos, gracias a esta «modernez» de los e-books, la han leído y dicen buenas cosas de ella.

La otra noticia complementaria, y tal vez la que explica la decisión del Crown Publishing Group, es que a finales de 2013 (la edición profesional estadounidense apareció en febrero de 2014 aunque la versión en audiolibro estaba ya disponible en marzo de 2013) la Twentieth Century Fox se interesó por los derechos cinematográficos. La versión en e-book para kindle, por su parte, parece haber vendido 35.000 copias solo los tres primeros meses. En marzo de este año se difundió también la noticia de que la Fox estaba en contacto con Ridley Scott para dirigir la película y que Matt Damon podría ser el protagonista. Vaya usted a saber... Hollywood es todo un mundo, y si lo dudan pregunten a John Varley u Orson Scott Card lo mucho que sufrieron por el traslado de sus novelas al cine...

Por si quieren otras reacciones, el Wall Street Journal (que no es precisamente conocido por su atención a la ciencia ficción...) ha dicho de EL MARCIANO que se trata de «la mejor novela de ciencia ficción en años», y el Publishers Weekly (ya más conocido en el mundo de la crítica de novelas de ciencia ficción) afirma que «Weir enlaza los detalles técnicos con suficiente ingenio para satisfacer al mismo tiempo el interés de los aficionados a la ciencia ficción y al lector en general».

Y, ¿qué tiene EL MARCIANO para justificar todo eso?

Pues la historia es bien simple: una historia de supervivencia que a mí me recordó la clásica La isla misteriosa (1874) de Jules Verne. Si recuerdan, en esa novela los escapados de un campo de prisioneros durante la guerra de Secesión estadounidense, llegan en globo a una misteriosa isla. Allí, dirigidos por el ingeniero y capitán Cyrus Smith, han de luchar por su supervivencia con la ayuda de los amplios conocimientos científicos (principalmente de química) de Smith y gracias a la colaboración de un misterioso personaje que, al final, resulta ser el capitán Nemo en su retiro final.

En EL MARCIANO ocurre que la nave del Proyecto Ares, un viaje tripulado a Marte, ha de huir apresuradamente hacia la Tierra, dejando Marte, ante una peligrosa tormenta de arena. Atrás dejan también el cuerpo supuestamente sin vida del astronauta Mark Watney (botánico e ingeniero mecánico). Pero, como era de temer, Watney no ha muerto y como náufrago solitario en Marte ha de utilizar todo su saber y sus recursos para sobrevivir. Y, también, avisar a la Tierra de que sigue con vida para que acudan en su rescate.

Hay mucho de Cyrus Smith en ese Mark Watney y, también, una importante ayuda exterior. No se trata en EL MARCIANO del capitán Nemo, evidentemente, sino de una ayuda nada misteriosa: la comunidad internacional que aúna esfuerzos para salvar la vida del astronauta abandonado cual Robinsón Crusoe en una «isla» inhóspita como puede ser el planeta Marte.

Por si todo ello fuera poco, el propio texto es claramente cinematográfico en su redacción y reserva una brillante sorpresa final que, evidentemente, no voy a desvelar aquí...

Por fortuna, la ciencia ficción que sabe usar de la ciencia y la tecnología para fines importantes (salvar la vida de un ser humano) todavía existe, no ha muerto y, lo deseo con fervor, le quedan muchos años por delante aunque sea compitiendo en el mercado con la fantasía moderna de la que hemos hablado.

En realidad, por poner un ejemplo evidente, cuando me preguntan qué música me gusta, suelo dar una lista que incluye a Vivaldi, Bach, Mozart, Beethoven, Stravinsky, John Coltrane, Miles Davis, los Rolling Stones y los Beatles, sin olvidar a Elvis Presley o Frank Sinatra, entre otros. En resumen: la buena música.

Igual me ocurre hoy con la ciencia ficción y la fantasía: me gusta la buena ciencia ficción y también la buena fantasía, y si Tolkien, Le Guin, Bradley, Sanderson y Martin son buenos, también lo es, afortunadamente, este desconocido Andy Weir del que espero poder leer nuevas novelas tan interesantes y revitalizadoras de un género como es esta de EL MARCIANO.

Que ustedes la disfruten.

MIQUEL BARCELÓ

A mamá,

que me llama Pepinillo,

y a papá,

que me llama Tío.

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1

ENTRADA DE DIARIO: SOL 6

Estoy bien jodido.

Esa es mi considerada opinión.

Jodido.

Llevo seis días de lo que deberían ser los dos meses más extraordinarios de mi vida y que se han convertido en una pesadilla.

Ni siquiera sé quién leerá esto. Supongo que alguien lo encontrará, tarde o temprano. Tal vez dentro de cien años.

Para que conste: yo no fallecí en sol 6. Desde luego, el resto de la tripulación así lo cree y no puedo culparlos. Tal vez habrá un día de duelo nacional por mí y en mi página de la Wikipedia pondrá: «Mark Watney es el único ser humano que ha muerto en Marte.»

Y será cierto, con toda probabilidad. Porque seguramente moriré aquí, pero no lo habré hecho en sol 6 ni cuando todos creen.

Vamos a ver, ¿por dónde empiezo?

El Programa Ares. El intento de la humanidad de llegar a Marte, de enviar gente a otro planeta por primera vez y expandir los horizontes de la humanidad y bla, bla, bla. La tripulación de la misión Ares 1 cumplió su cometido y todos regresaron como héroes. Hubo desfiles y fueron recompensados con la fama y el amor del mundo.

La de la misión Ares 2 consiguió lo mismo en un lugar diferente de Marte. Recibieron un firme apretón de manos y una taza de café caliente cuando llegaron a casa.

La de la misión Ares 3... Bueno, esa era mi misión; vale, no mía per se. La comandante Lewis era quien estaba al mando. Yo solo era un miembro de la tripulación. El de menor graduación, de hecho. Solo habría estado «al mando» de la misión de haber sido el último que quedara.

Mira por donde, estoy al mando.

Me pregunto si recuperarán esta bitácora antes de que el resto de miembros de la tripulación mueran de viejos. Supongo que volverán a la Tierra sanos y salvos. Chicos, si estáis leyendo esto: no fue culpa vuestra. Hicisteis lo que teníais que hacer. En vuestra situación, yo habría hecho lo mismo. No os culpo, y me alegro de que sobrevivierais.

Supongo que debería explicar cómo funcionan las misiones a Marte para cualquier profano en la materia que pueda estar leyendo esto. Llegamos a la órbita de la Tierra del modo habitual, en viaje ordinario hasta la Hermes. Todas las misiones Ares utilizan la Hermes para ir a Marte y volver. Es realmente grande y costó un montón, así que la NASA solo construyó una.

Una vez llegados a la Hermes, cuatro misiones adicionales no tripuladas nos trajeron combustible y víveres mientras nos preparábamos para el viaje. Cuando estuvo todo listo, partimos hacia Marte. No íbamos muy deprisa. Atrás quedaron los días de quemar cantidades ingentes de combustible químico y de las órbitas de inyección transmarcianas.

La Hermes está propulsada por motores iónicos. Expulsan argón por la parte posterior de la nave a mucha velocidad para conseguir una pequeña cantidad de aceleración. La cuestión es que no precisa tanta masa reactiva, así que un poco de argón (y un reactor nuclear para dar potencia) nos permitió acelerar de forma constante hasta aquí. Te asombraría la velocidad que puedes alcanzar con una pequeña aceleración durante un período prolongado.

Podría obsequiaros con historias sobre lo mucho que nos divertimos en el viaje, pero no lo haré. No me siento con ganas de revivirlo ahora mismo. Baste con decir que llegamos a la órbita de Marte ciento veinticuatro días después de despegar sin estrangularnos unos a otros.

Desde allí tomamos el VDM (vehículo de descenso a Marte) hasta la superficie. El VDM es básicamente una lata grande con algunos propulsores ligeros y paracaídas. Su único propósito consiste en llevar a seis humanos de la órbita de Marte a la superficie sin matar a ninguno.

Y ahora llegamos al gran truco de la exploración de Marte: mandar todo lo necesario por anticipado.

Un total de catorce misiones no tripuladas depositaron todo lo que necesitaríamos durante las operaciones de superficie. La NASA hizo todo lo posible para que todas las naves de suministros aterrizaran aproximadamente en la misma zona, y su trabajo fue razonablemente bueno. El material no es ni de lejos tan frágil como los seres humanos y puede impactar en el suelo con mucha fuerza, aunque tiende a rebotar mucho.

Naturalmente, no nos enviaron a Marte hasta que confirmaron que todos los suministros habían llegado a la superficie y sus contenedores estaban intactos. De principio a fin, contando las misiones de suministro, una misión a Marte dura unos tres años. De hecho, ya había material de la misión Ares 3 en camino cuando la tripulación de la Ares 2 todavía estaba regresando a casa.

El elemento más importante de los suministros de avanzadilla, por supuesto, era el VAM. El vehículo de ascenso desde Marte. En él volveríamos a la Hermes una vez terminadas las operaciones de superficie. El VAM aterrizó con suavidad (a diferencia del festival de rebotes de los otros suministros). Por supuesto, se mantenía en comunicación constante con Houston, y si hubiera tenido problemas, habríamos pasado de largo Marte y proseguido sin siquiera pisar su superficie.

El VAM está muy bien. Resulta que gracias a una serie de reacciones químicas con la atmósfera marciana, por cada kilogramo de hidrógeno que traes a Marte puedes producir trece kilos de combustible. Es un proceso lento, eso sí. Hacen falta veinticuatro meses para llenar el depósito. Por eso lo mandan mucho antes de que lleguemos aquí.

Puedes imaginar el disgusto que me llevé cuando descubrí que el VAM ya no estaba.

Fue una secuencia absurda de hechos la que me llevó al borde de la muerte y una secuencia aún más absurda la que propició que sobreviviera.

La misión estaba concebida para soportar tormentas de arena de hasta 150 km/h. Así que en Houston se pusieron comprensiblemente nerviosos cuanto nos azotaron vientos de 175 km/h. Todos nos pusimos el traje espacial y nos acurrucamos en el centro del Hab, por si se despresurizaba. Pero el problema no fue el Hab.

El VAM es una nave espacial. Tiene muchas piezas delicadas. Puede resistir hasta cierto punto las tormentas, pero no estar sometido permanentemente a tormentas de arena. Al cabo de una hora de viento inusualmente sostenido, la NASA dio la orden de abandonar la misión. Nadie quería cancelar una misión de un mes de duración a los seis días de su comienzo, pero si el VAM sufría un mayor castigo, todos quedaríamos atrapados en Marte.

Teníamos que salir del Hab en plena tormenta para llegar al VAM. Sería arriesgado, pero ¿qué alternativa teníamos?

Todos lo consiguieron menos yo.

Nuestra principal antena parabólica de comunicaciones, que transmitía señales del Hab a la Hermes, actuó como un paracaídas cuando el viento la arrancó de su base y la arrastró. En su trayectoria, chocó con la antena de recepción y uno de sus brazos, largos y finos, se me clavó. Me atravesó el traje como una bala perfora la mantequilla y sentí el peor dolor de mi vida cuando se me clavó en el costado. Recuerdo vagamente que me quedé sin aire (literalmente) y que me zumbaron dolorosamente los oídos cuando el traje se despresurizó.

Lo último que recuerdo fue ver a Johanssen estirándose con impotencia hacia mí.

Me despertó la alarma de oxígeno de mi traje: un pitido continuado tan odioso que al final me sacudió un profundo deseo de morirme de una puta vez.

La tormenta había amainado; yo estaba boca abajo, enterrado casi por completo en la arena. Al recuperar la conciencia, todavía grogui, me pregunté por qué no estaba muerto.

La antena había tenido fuerza suficiente para atravesar el traje y mi costado, pero se había detenido en mi pelvis. Así que solo había un agujero en el traje (y uno en mí, por supuesto).

El impacto me había derribado y me había hecho rodar por una empinada cuesta. De alguna manera aterricé boca abajo, la antena se dobló en un ángulo muy oblicuo y retorció el agujero del traje, sellándolo débilmente.

La sangre que me manaba copiosamente de la herida alcanzó el agujero del traje y el agua que contenía se evaporó rápidamente debido a la circulación de aire y la baja presión. Quedó un residuo espeso. La sangre que siguió llegando también se redujo a pasta y terminó por sellar el agujero y reducir el escape hasta un punto que el traje era capaz de compensar.

El traje cumplió con su función de manera admirable. Al registrar el descenso de presión, se estuvo rellenando constantemente con aire de mi depósito de nitrógeno para equilibrar la presión interna con la externa. Cuando el escape se volvió controlable, el traje solo tuvo que introducir lentamente aire nuevo para compensar el perdido.

Al cabo de un rato, los absorbedores de CO2 (dióxido de carbono) del traje se agotaron. Ese es realmente el factor que limita el soporte vital: la cuestión no es la cantidad de oxígeno que llevas, sino la cantidad de CO2 que puedes eliminar. En el Hab tengo un oxigenador, un gran aparato que descompone el CO2 para recuperar el oxígeno. Pero los trajes espaciales hay que poder llevarlos puestos, así que utilizan un proceso de absorción química simple con filtros descartables. Había estado dormido el tiempo suficiente para que mis filtros estuvieran inservibles.

El traje percibió este problema y entró en un modo de emergencia que los ingenieros llaman «de sangradura». Sin forma de eliminar el CO2, el traje deliberadamente soltó aire a la atmósfera marciana y se rellenó con nitrógeno. Entre el escape y la sangradura, no tardó en quedarse sin nitrógeno. No le quedaba más que mi depósito de oxígeno, así que hizo lo único que podía hacer para mantenerme vivo. Empezó a rellenarse con oxígeno puro. En ese momento corrí el riesgo de morir por la toxicidad del oxígeno, porque su elevada saturación amenazaba con quemarme el sistema nervioso, los pulmones y los ojos. Una muerte irónica para alguien metido en un traje espacial no estanco: por demasiado oxígeno.

Seguramente en cada etapa del proceso habían sonado alarmas, alertas y advertencias, pero fue la advertencia de nivel excesivo de oxígeno la que me despertó.

La cantidad de entrenamiento para una misión espacial es asombrosa. Me había pasado una semana en la Tierra practicando simulacros de emergencias con el traje espacial. Sabía qué hacer.

Buscando cuidadosamente en el lateral del casco, cogí el kit de reparación de fugas. Es un simple embudo con una válvula en el extremo estrecho y una resina increíblemente pegajosa en el extremo ancho. La idea es poner el extremo ancho sobre un agujero, de modo que el aire pueda escapar por la válvula abierta del extremo fino para que la resina selle bien el agujero. Luego cierras la válvula y adiós fuga.

Lo complicado era extraer la antena. Tiré de ella con decisión, estremeciéndome porque la repentina bajada de presión me mareó y la herida del costado me hizo gritar de dolor.

Cubrí con el kit de fuga el agujero y lo sellé. Resistió. El traje suplió el aire que faltaba con más oxígeno. Leyendo los indicadores del brazo, vi que había alcanzado un 85 % de saturación. Para que sirva de referencia, la atmósfera de la Tierra tiene alrededor de un 21 % de oxígeno. No me ocurriría nada siempre y cuando no pasara demasiado tiempo sometido a aquellas condiciones.

Subí tropezando por la colina hacia el Hab. Al coronar la cima, vi algo que me hizo muy feliz y algo que me entristeció mucho: el Hab estaba intacto (¡yuju!) y el VAM había desaparecido (¡aaah!).

En ese mismo momento supe que estaba jodido. Pero no quería morir en la superficie. Volví renqueando al Hab y entré a trompicones por una de las esclusas. En cuanto se hubo igualado la presión me quité el casco.

Una vez dentro del Hab, me quité el traje y me miré por primera vez la herida. Necesitaría puntos de sutura. Por fortuna, a todos nosotros nos habían preparado para los procedimientos médicos básicos, y el Hab disponía de excelentes suministros médicos. Una rápida inyección de anestesia local, irrigar la herida, nueve puntos de sutura y listo. Tomaría antibióticos durante un par de semanas, pero, aparte de eso, estaría bien.

Sabía que era inútil, pero traté de arreglar las comunicaciones. Ninguna señal, por supuesto. La antena parabólica principal del satélite estaba rota, ¿recuerdas? Y había arrastrado consigo la antena de recepción. El Hab contaba con sistemas de comunicaciones secundarios y terciarios, pero ambos eran para hablar con el VAM, cuyos sistemas, mucho más potentes, retransmiten a la Hermes. La cuestión es que solo funciona si el VAM está cerca.

No tenía forma de hablar con la Hermes. Con tiempo quizá localizara la antena en la superficie, pero tardaría semanas en repararla y ya sería demasiado tarde. Cancelada la operación, la Hermes abandonaría la órbita en veinticuatro horas. La dinámica orbital hace que el viaje sea más seguro y más corto cuanto antes la abandonas, así que ¿por qué esperar?

Al verificar mi traje, vi que la antena había atravesado mi ordenador de biomonitorización. Durante una EVA (actividad extravehicular), todos los trajes de la tripulación estaban conectados, de modo que todos podíamos ver el estado de los demás. El resto de la tripulación tenía que haber visto que la presión de mi traje caía hasta casi cero y que inmediatamente mis signos vitales adoptaban la forma de una línea plana. Si a eso se añade verme caer por una colina con una lanza clavada en el costado en medio de una tormenta de arena... Sí. Me habrían dado por muerto. ¿Cómo podía ser de otra manera?

Hasta es posible que tuvieran una breve discusión respecto a recuperar mi cadáver, pero las normas son claras. En caso de que muera un miembro de la tripulación en Marte, se queda en Marte. Dejar su cadáver reduce la carga del VAM en el viaje de vuelta. Eso supone disponer de más combustible y de un margen de error más amplio para la propulsión de retorno. No tiene sentido renunciar a eso por sentimentalismo.

Así que esta es la situación. Estoy atrapado en Marte. No tengo forma de comunicarme con la Hermes ni con la Tierra. Todos piensan que estoy muerto. Estoy en un Hab diseñado para durar treinta días.

Si el oxigenador se rompe, me asfixiaré. Si el purificador de agua se rompe, moriré de sed. Si el Hab pierde estanqueidad, más o menos explotaré. Si no ocurre ninguna de esas cosas, finalmente me quedaré sin comida y moriré de hambre.

Así que sí. Estoy jodido.

2

ENTRADA DE DIARIO: SOL 7

Vale, he dormido bien esta noche y la situación no parece tan desesperada como ayer.

Hoy he estudiado el estado de los suministros y he realizado una rápida EVA para verificar el equipamiento externo.

Mi situación es la siguiente:

Estaba previsto que la misión en superficie durara treinta y un días. Por seguridad, las sondas de suministro contenían suficientes provisiones para alimentar a toda la tripulación durante cincuenta y seis. De ese modo, si una o dos sondas fallaban, íbamos a tener comida suficiente para completar la misión.

Habían pasado seis días cuando se abrió la caja de Pandora, de manera que queda suficiente comida para seis personas durante cincuenta días. Estoy solo, así que me durará trescientos días. Y eso si no la raciono. Así que me queda bastante tiempo.

También tengo bastantes trajes EVA. Cada miembro de la tripulación tenía dos trajes espaciales: uno de vuelo, para llevar durante el descenso y el ascenso, y el mucho más voluminoso y más robusto traje EVA para las operaciones de superficie. Mi traje de vuelo tiene un agujero, y por supuesto los miembros de la tripulación llevaban los otros cinco cuando regresaron a la Hermes, pero los seis trajes EVA siguen aquí y en perfecto estado.

El Hab ha soportado bien la tormenta. Fuera, la situación no es tan de color de rosa. No encuentro la antena parabólica satelital. Probablemente fue arrastrada muchos kilómetros.

El VAM ha desaparecido, por supuesto. Mis compañeros de tripulación se marcharon en él a la Hermes. Sin embargo, la mitad inferior (el tren de aterrizaje) sigue aquí. No hay razón para llevarse esa parte cuando el peso es el enemigo. Incluye el motor de aterrizaje, la planta de combustible y cualquier otra cosa que la NASA considera innecesaria para el viaje de vuelta a la órbita.

El VDM ha volcado y tiene una fisura en el casco. Parece que la tormenta arrancó el carenado del paracaídas de reserva (el que no tuvimos que utilizar en el aterrizaje). Una vez expuesto, el paracaídas arrastró al VDM de acá para allá hasta aplastarlo contra las rocas de la zona. No es que el VDM fuera a servirme de mucho. Los propulsores no pueden ni levantar su propio peso. Pero algunos componentes podrían haberme sido útiles. Aún podrían sérmelo.

Ambos vehículos de superficie están semienterrados en la arena, pero por lo demás se encuentran en buen estado. Los cierres de presión están intactos. Tiene sentido. El protocolo operativo dicta que, cuando se desata una tormenta, hay que detener todo movimiento y esperar a que pase. Están hechos para soportar cualquier cosa. Podré desenterrarlos en un día de trabajo, más o menos.

He perdido el contacto con las estaciones meteorológicas situadas a un kilómetro de distancia del Hab en las cuatro direcciones. Podrían estar en perfecto estado por lo que sé. Las comunicaciones del Hab son tan débiles ahora mismo que probablemente no alcanzan un kilómetro.

El panel solar fotovoltaico estaba cubierto de arena. La capa de arena lo inutilizaba (pista: las células fotovoltaicas necesitan luz solar para generar electricidad), pero después de limpiarlo ha recuperado plenamente la eficiencia. Sea lo que sea que termine haciendo, tendré mucha energía para ello. Doscientos metros cuadrados de placas solares, con células de combustible de hidrógeno para almacenar una gran reserva. Lo único que debo hacer es limpiarlas cada varios días.

La situación dentro es óptima gracias al diseño robusto del Hab.

He realizado un diagnóstico completo del oxigenador. Dos veces. Está en perfecto estado. Si falla por algún motivo, hay uno de repuesto que puedo usar un rato mientras reparo el principal, porque es solamente para emergencias. De hecho, el de repuesto no rompe las moléculas de CO2 para recuperar el oxígeno. Solo absorbe el CO2, como los trajes espaciales. Está diseñado para durar cinco días antes de que se saturen los filtros, y eso significa que a mí me durará treinta (una sola persona respirando en lugar de seis). Así que hay cierta seguridad en ese aspecto.

El purificador de agua también funciona bien. La mala noticia es que no hay otro de repuesto. Si deja de funcionar, beberé agua de reserva mientras fabrico una destilería rudimentaria para hervir orina. También perderé medio litro de agua diario por la respiración hasta que la humedad en el Hab alcance su máximo y el agua empiece a condensarse en las superficies. Entonces lameré las paredes. Sí. De todos modos, por ahora, no tengo problemas con el purificador de agua.

¡Ah, sí! Comida, agua, cobijo, todo eso está controlado. Voy a empezar a racionar la alimentación ahora mismo. Las raciones ya son mínimas, pero creo que puedo tomar tres cuartos de cada comida sin que me pase nada. Haciendo eso debería estirar mis trescientos días de comida hasta cuatrocientos. Buscando en la zona médica, encontré el frasco principal de vitaminas. Hay suficientes multivitaminas para años. Así que no tendré problemas nutricionales (aunque de todos modos me moriré de hambre cuando me quede sin comida, por más vitaminas que tome).

En la zona médica hay morfina para emergencias y es suficiente para una dosis letal. No voy a morirme de hambre lentamente, te lo aseguro. Si llego a ese punto, terminaré de una manera más fácil.

Todos en la misión tenían dos especialidades. Yo soy botánico e ingeniero mecánico; básicamente, el manitas de la misión que juega con plantas. La ingeniería mecánica podría salvarme la vida si algo se rompe.

He estado pensando en cómo sobrevivir a esta situación. No es completamente desesperada. Habrá humanos en Marte dentro de unos cuatro años, cuando llegue la misión Ares 4 (suponiendo que no cancelen el programa a consecuencia de mi «muerte»).

La misión Ares 4 aterrizará en el cráter Schiaparelli, que está a unos 3.200 kilómetros del lugar donde me encuentro: la Acidalia Planitia. No tengo forma de llegar allí por mis propios medios. Pero si pudiera comunicarme, tal vez consiguiera que me rescataran. No estoy seguro de cómo se las arreglarían para hacerlo con los recursos disponibles, pero en la NASA hay un montón de gente lista.

Así que esa es mi misión ahora: encontrar una forma de comunicarme con la Tierra. Si no puedo conseguirlo, encontrar una forma de comunicarme con la Hermes cuando regrese dentro de cuatro años con la tripulación de la misión Ares 4.

Por supuesto, no tengo ningún plan para sobrevivir cuatro años con comida para un año. Pero vayamos paso a paso. Por ahora estoy bien alimentado y tengo un propósito: reparar la maldita radio.

ENTRADA DE DIARIO: SOL 10

Bueno, he hecho tres EVA y no he encontrado ni rastro de la antena parabólica de comunicaciones.

Desenterré uno de los vehículos de superficie y di un montón de vueltas, pero después de vagar durante días, creo que es el momento de renunciar. La tormenta probablemente arrastró lejos la antena y borró cualquier marca de arrastre o rozadura que pudiera haberme servido de pista. Seguramente también la enterró.

Pasé la mayor parte del día con lo que quedaba del equipo de comunicaciones. Es realmente un panorama deprimente. Para el caso, podría haber gritado hacia la Tierra y me hubiera servido igual.

También podría montar una parabólica rudimentaria con el metal que hay en torno a la base, pero no se trata de fabricar un walkie-talkie. Comunicarse con la Tierra desde Marte es complicado y hacerlo requiere un equipo extremadamente especializado. No me las arreglaré con papel de estaño y chicle.

Tengo que ser prudente con las EVA igual que con la comida. Los filtros de CO2 no pueden limpiarse. Cuando se saturan, se acabó. La misión tenía prevista una EVA de cuatro horas por miembro de la tripulación y día. Por fortuna, los filtros de CO2 son ligeros y pequeños, con lo cual la NASA se dio el lujo de enviar más de los que necesitábamos. En total, tengo filtros de CO2 para unas mil quinientas horas. Después cualquier EVA que haga será a costa de una sangradura de aire.

Mil quinientas horas puede parecer mucho tiempo, pero me enfrento a pasar al menos cuatro años aquí si quiero tener alguna esperanza de ser rescatado, y debo dedicar un mínimo de varias horas por semana a limpiar los paneles fotovoltaicos. En fin. Nada de EVA superfluas.

En otro orden de cosas, estoy empezando a darle vueltas a una idea para la comida. Mis conocimientos botánicos podrían resultarme útiles al final.

¿Por qué llevar un botánico a Marte? Al fin y al cabo, el planeta es famoso porque no crece nada en él. Bueno, la idea era descubrir cómo lograr que creciera algo en la gravedad de Marte y ver qué podíamos hacer, si es que podíamos hacer algo, con el suelo marciano. Este contiene los elementos básicos necesarios para que crezca una planta, pero hay muchas cosas en el suelo terrestre de las que carece el marciano, ni siquiera cuando se lo somete a una atmósfera terrestre y se le aporta mucha agua. La actividad bacteriana, ciertos nutrientes proporcionados por la vida animal, etcétera: nada de eso se da en Marte. Una de mis tareas en la misión consistía en ver cómo crecían las plantas aquí en combinaciones de suelo y atmósfera de la Tierra y de Marte diversas. Por eso tengo una pequeña cantidad de suelo de la Tierra y un puñado de semillas para plantar.

Más vale que no me entusiasme demasiado, sin embargo. Se trata de la cantidad de tierra que cabe en una jardinera y las únicas semillas que tengo son de hierbas y helechos, las plantas más toscas y que crecen con más facilidad en la Tierra, por eso la NASA las escogió como sujetos de pruebas.

Así que tengo dos problemas: insuficiente tierra y nada comestible que plantar en ella.

Pero soy botánico, maldita sea. Debería poder encontrar una forma de conseguirlo. Si no lo hago, seré un botánico realmente hambriento dentro de aproximadamente un año.

ENTRADA DE DIARIO: SOL 11

Me pregunto qué estarán haciendo los Cubs.

ENTRADA DE DIARIO: SOL 14

Obtuve mi diplomatura en la Universidad de Chicago. La mitad de los que estudiaban botánica eran hippies que creían factible retornar a un sistema mundial natural y de algún modo alimentar a siete mil millones de personas mediante el cultivo ecológico. Pasaban la mayor parte de su tiempo ideando maneras mejores de cultivar maría. No me caían bien. Yo siempre estuve por la ciencia, no por esa chorrada del Nuevo Orden Mundial.

Cuando formaban montones de compost y trataban de conservar hasta la última gota de materia viva, me reía de ellos: «¡Mira qué tontos los hippies! Fíjate en sus intentos patéticos de simular un ecosistema mundial complejo en su patio trasero.»

Por supuesto, ahora estoy haciendo exactamente eso. Estoy guardando hasta el último resto de biomateria que puedo encontrar. Cada vez que termino una comida, los restos van al cubo de compost. En cuanto al otro material biológico...

El Hab tiene lavabos sofisticados. Los excrementos normalmente se secan al vacío, luego se acumulan en bolsas cerradas para ser descartadas en la superficie.

¡Se acabó!

De hecho, incluso hice una EVA para recuperar la bolsas de excrementos de antes de que se marchara la tripulación. Completamente desecadas, estas heces ya no contenían bacterias, pero sí proteínas complejas, así que servirían como estiércol.

Encontré un gran contenedor y metí en él un poco de agua, luego añadí los excrementos secos. Desde entonces, le he añadido también mis heces. Cuanto peor huela, mejor irán las cosas. ¡Eso es que las bacterias trabajan!

Cuando introduzca un poco de tierra de Marte aquí, puedo mezclarla con las heces, extenderla y cubrirlo todo con suelo terrestre. A lo mejor no te parece un paso importante, pero lo es. En el suelo terrestre viven decenas de especies de bacterias fundamentales para el crecimiento de plantas. Se extenderán y se reproducirán como..., bueno, como una infección bacteriana.

La gente ha estado usando detritos humanos como fertilizante durante siglos. No es la forma ideal de cultivar porque propaga enfermedades: las heces humanas contienen patógenos que, lo has adivinado, infectan a otros humanos. Pero no es un problema en mi caso: los únicos patógenos de estos excrementos son los que ya tengo.

Dentro de una semana el suelo marciano estará preparado para que germinen plantas en él. Todavía no sembraré, sin embargo: traeré más suelo sin vida del exterior y lo cubriré con parte del suelo vivo. «Infectará» el suelo nuevo y tendré el doble del que tenía al comienzo. Al cabo de otra semana, lo doblaré otra vez, y así sucesivamente. Por supuesto, durante ese tiempo iré añadiendo todo el nuevo estiércol al proyecto.

Mi trasero está contribuyendo a mantenerme vivo tanto como mi cerebro.

Esto no es ningún concepto nuevo que se me acabe de ocurrir. La gente lleva décadas especulando acerca de cómo obtener suelo apto para el cultivo de la tierra marciana. Simplemente, lo pondré en práctica por primera vez.

Busqué entre las provisiones de alimento y encontré toda clase de cosas que puedo plantar. Guisantes, por ejemplo. Muchas alubias también. Varias patatas. Si después de la terrible experiencia germinaran, sería genial. Con un suministro de vitaminas casi infinito, todo lo que necesito son calorías de cualquier tipo para sobrevivir.

El espacio de suelo total del Hab es de alrededor de noventa y dos metros cuadrados. Planeo dedicarlo por completo a este empeño. No me importa pisar tierra. Será mucho trabajo, pero voy a tener que cubrir toda la superficie con una capa de 10 centímetros de grosor, lo que implica transportar 9,2 metros cúbicos de suelo marciano al Hab. Puedo entrar quizá la décima parte de un metro cúbico por la esclusa cada vez, así que reunir la cantidad total necesaria será un trabajo agotador. Pero, al final, si todo sale según mi plan, tendré 92 metros cuadrados de suelo cultivable.

¡Diablos, sí que soy un botánico! ¡Cuidado con mis poderes botánicos!

ENTRADA DE DIARIO: SOL 15

Uf. Esto es un trabajo agotador.

Hoy me he pasado doce horas en salidas EVA para traer suelo al Hab. Solo he conseguido cubrir un rincón de la base de unos cinco metros cuadrados. A este paso tardaré semanas en entrarlo todo, aunque, bueno..., tiempo es lo único que tengo.

Las primeras EVA han sido bastante ineficaces: iba llenando pequeños recipientes y entrándolos por la esclusa. Luego me he espabilado y he dejado un recipiente grande en la esclusa que he ido llenando con el contenido de otros más pequeños. Eso ha acelerado mucho las cosas porque la esclusa tarda unos diez minutos en abrirse y cerrarse.

Me duele todo. Y las palas que tengo están hechas para tomar muestras, no para cavar en serio. La espalda me está matando. He buscado en los suministros médicos y he encontrado Vicodin. La he tomado hace diez minutos. Debería hacerme efecto pronto.

De todos modos, me gusta ver el progreso. Es hora de empezar a poner bacterias a trabajar con estos minerales. Después de comer. Nada de tres cuartos de ración: hoy me he ganado una comida completa.

ENTRADA DE DIARIO: SOL 16

Una complicación en la que no había pensado: el agua.

Durante un millón de años en la superficie de Marte, el suelo ha perdido toda el agua. Puesto que soy diplomado en botánica estoy bastante seguro de que las plantas necesitan suelo húmedo para crecer, ya no digamos las bacterias que tienen que vivir en ese suelo para empezar.

Por fortuna, tengo agua, pero no tanta como quisiera. Para ser viable, el suelo necesita 40 litros de agua por metro cúbico. Mi plan general requiere 9,2 metros cúbicos de suelo. Así que necesitaré 368 litros de agua para alimentarlo.

El Hab tiene un purificador de agua excelente, la mejor tecnología disponible en la Tierra, así que en la NASA pensaron: «¿Para qué mandar una gran cantidad de agua? Mejor enviar solo la necesaria para una emergencia.» Los humanos necesitan tres litros de agua al día para estar cómodos. Nos asignaron 50 litros por cabeza, lo que hace un total de 300 litros en el Hab.

Estoy dispuesto a dedicarla toda menos 50 litros (por precaución) a la causa. Eso significa que puedo regar 62,5 metros cuadrados de terreno hasta una profundidad de 10 centímetros: alrededor de dos tercios del suelo del Hab. Tendrá que bastar. Ese es el plan a largo plazo. Para hoy, mi objetivo son cinco metros cuadrados.

He apilado mantas y uniformes de mis compañeros de tripulación ausentes para crear uno de los bordes de la zona de siembra. Las paredes curvas del Hab completan el perímetro. Es lo más parecido a cinco metros cuadrados que puedo delimitar. He llenado con una capa de arena de 10 centímetros el espacio. Luego he sacrificado 20 litros de preciosa agua a los dioses del suelo.

Después las cosas se han puesto feas. He vaciado mi gran contenedor de excrementos en el suelo y casi he vomitado por el olor. He mezclado arena y heces con una pala y he extendido una capa regular. Más tarde he esparcido suelo de la Tierra encima. A trabajar, bacterias. Cuento con vosotras. El hedor también va a permanecer algún tiempo. No puedo abrir una ventana. En cualquier caso, uno se acostumbra.

En otro orden de cosas, hoy es el Día de Acción de Gracias. Mi familia estará reunida en Chicago para la fiesta habitual en casa de mis padres. Supongo que no será muy alegre, teniendo en cuenta que llevo diez días muerto. ¡Demonios, probablemente acaba de terminar mi funeral!

Me pregunto si alguna vez descubrirán lo que ocurrió en realidad. He estado tan ocupado manteniéndome vivo que no he pensado en cómo debe de ser esto para mis padres. Ahora mismo están sufriendo el peor dolor que se puede soportar. Daría cualquier cosa para que supieran que sigo vivo.

Tendré que sobrevivir para compensarlos por esto.

ENTRADA DE DIARIO: SOL 22

¡Vaya! Las cosas salen.

Tengo toda la arena dentro y preparada. Dos tercios de la base son ya de tierra y hoy la he doblado en cantidad por primera vez. Ha pasado una semana y el antiguo suelo marciano es rico y estupendo. Bastará con doblarlo dos veces más para cubrir todo el campo.

Todo ese trabajo ha sido fantástico para mi moral. Me ha mantenido ocupado, con algo que hacer. Pero cuando las cosas se han asentado un poco y me he puesto a cenar escuchando una colección de música de los Beatles de Johanssen, me he deprimido otra vez.

Haciendo cálculos, nada de esto evitará que muera de hambre.

Mi mejor apuesta calórica son las patatas. Crecen prolíficamente y tienen un contenido calórico razonable (770 calorías por kilo). Estoy seguro de que las que tengo germinarán. El problema es que no puedo cultivar suficientes. En 62 metros cuadrados podría cultivar quizá 150 kilos de patatas en 400 días (el tiempo que tengo antes de quedarme sin comida). Suman un total de 115.500 calorías, un promedio sostenible de 288 calorías por día. Con mi estatura y mi peso, y estando dispuesto a pasar un poco de hambre, necesito 1.500 calorías diarias.

Ni siquiera me acerco a la cantidad necesaria, así que no podré vivir del producto de la tierra para siempre, aunque sí prolongar mi vida. Las patatas me durarán setenta y seis días.

Las patatas siguen produciendo, así que en esos 76 días puedo cultivar otras 22.000 calorías de tubérculos para alimentarme 15 días más. Después ya no merece la pena que siga contando; en total me servirán para unos 90 días.

Así que empezaré a morirme de hambre en sol 490 en lugar de hacerlo en sol 400. Es un progreso, pero cualquier esperanza de supervivencia se basa en que sobreviva hasta sol 1.412, cuando aterrice la misión Ares 4.

Son alrededor de mil días de comida de la que carezco y para cuya obtención no tengo plan.

Mierda.

3

ENTRADA DE DIARIO: SOL 25

¿Recuerdas esas preguntas de la clase de álgebra? El agua entra en un depósito a cierto ritmo y sale a un ritmo diferente y tienes que averiguar cuándo se vaciará. Bueno, ese concepto es fundamental para el proyecto «Mark Watney no muere» en el que estoy trabajando.

Necesito crear calorías, las suficientes para vivir los 1.387 soles que faltan para que llegue la misión Ares 4. Si no me rescata la Ares 4, estoy irremisiblemente muerto. Un sol dura 39 minutos más que un día, así que 1.387 soles equivalen a 1.425 días. Ese es mi objetivo: obtener 1.425 días de comida.

Tengo muchas multivitaminas, más del doble de las que necesito, y cada pack de comida contiene cinco veces el mínimo de las proteínas que me hacen falta. Con un racionamiento cuidadoso de las porciones tendré cubiertas mis necesidades proteicas por lo menos cuatro años. Mi nutrición básica está garantizada. Solo debo conseguir calorías.

Necesito 1.500 calorías al día. Tengo comida para 400 días, para empezar. Entonces, ¿cuántas calorías diarias tengo que generar a lo largo de todo el período para permanecer con vida alrededor de 1.425 días?

Te ahorraré los cálculos. La respuesta es que alrededor de 1.100. Necesito crear 1.100 calorías por día con mi granja para sobrevivir hasta que llegue la Ares 4. En realidad, un poco más, porque hoy es sol 25 y todavía no he plantado nada.

Con mis 62 metros cuadrados de tierra, llegaré a obtener unas 288 calorías diarias. Así que necesito cuatro veces mi actual plan de producción para sobrevivir.

Eso significa que necesito más superficie de cultivo y más agua para hidratar el suelo. Será mejor que me ocupe de los problemas de uno en uno.

¿De cuánta tierra cultivable puedo disponer?

Hay 92 metros cuadrados en el Hab. Digamos que puedo utilizarlos todos.

Además, hay cinco camas vacías. Supongamos que pongo suelo en ellas también. Miden 2 metros cuadrados cada una, lo que me da 10 metros cuadrados más. Así que tengo 102.

En el Hab hay tres mesas de laboratorio de unos 2 metros cuadrados cada una. Quiero una para mi propio uso; quedan dos para la causa. Son otros cuatro metros cuadrados. Ya tengo un total de 106.

Dispongo de dos vehículos de superficie cuyos cierres de presión permiten a sus ocupantes conducir sin traje espacial durante largos períodos. Hay en ellos muy poco espacio para sembrar y, además, quiero poder conducirlos, pero ambos llevan una tienda de emergencia.

Hay un montón de problemas para usar tiendas de campaña como terreno de cultivo, pero cada una aporta 10 metros cuadrados de suelo. Suponiendo que pueda solventar los problemas, dispondré de otros 20 metros cuadrados, de 126 metros cuadrados de tierra de cultivo en total.

Con 126 metros cuadrados de tierra cultivable se puede trabajar. Sigo sin tener agua para humedecer todo ese suelo, pero, como he dicho, paso a paso.

La siguiente cuestión que debo tener en cuenta es lo eficiente que puedo llegar a ser cultivando patatas. He basado mis cálculos de cultivo en la industria de patatas terrestre. Pero las granjas de patatas no están metidas en una carrera de supervivencia desesperada como yo. ¿Puedo obtener un rendimiento mayor?

Prestar atención a cada planta en particular, para empezar. Recortarlas y mantenerlas sanas y que no compitan entre sí. Además, cuando sus cuerpos florecientes alcancen la superficie, replantarlas a más profundidad y plantar plantas más jóvenes encima. A los cultivadores de patatas normales no les merece la pena hacerlo, porque literalmente están trabajando con millones de plantas.

Además, esta clase de cultivo agota el suelo. Cualquier granjero que lo usara convertiría su tierra en un yermo en doce años. No es sostenible, pero ¿a quién le importa? Solo necesito sobrevivir cuatro años.

Calculo que obtendré un 50 % más de rendimiento usando esta táctica. Y teniendo 126 metros cuadrados de tierra cultivable (algo más del doble que los 62 metros cuadrados que tengo ahora) conseguiré más de 850 calorías diarias.

Es un verdadero progreso. Todavía estoy en peligro de inanición, pero en el rango de la supervivencia. Podría conseguir quedar al borde de la inanición pero sin llegar a morir. Podría reducir mi consumo calórico reduciendo al mínimo el trabajo manual. Podría subir la temperatura del Hab más de lo normal, para gastar menos energía en mantener la corporal. Podría cortarme un brazo y comérmelo: obtendría calorías valiosas al tiempo que reduciría mi necesidad calórica.

No, la verdad es que no.

Así que digamos que puedo conseguir toda esa cantidad de tierra de cultivo. Parece razonable. ¿Dónde consigo agua? Para pasar de 62 a 126 metros cuadrados de tierra cultivable con una profundidad de 10 centímetros, necesitaré 6,4 metros cúbicos más de suelo (cavar más, vaya), que a su vez requerirá otros 250 litros de agua.

Los 50 litros que tengo son para beber si el purificador de agua se estropea, así que de los 250 litros que necesito me faltan 250.

Vaya. Me voy a acostar.

ENTRADA DE DIARIO: SOL 26

Ha sido un día agotador pero productivo.

Estaba harto de pensar, así que en lugar de intentar averiguar de dónde sacar 250 litros de agua, me he dedicado a trabajar. Necesito meter un montón de suelo en el Hab, aunque ahora sea seco y estéril.

He metido un metro cúbico antes de quedar exhausto.

Luego se ha desatado una tormenta de arena menor que ha cubierto de polvo las placas solares durante una hora. Así que he tenido que vestirme otra vez y salir para otra EVA. He estado de pésimo humor todo el tiempo. Barrer un enorme campo de placas fotovoltaicas es aburrido y físicamente exigente. Pero, una vez hecho el trabajo, he vuelto a mi pequeño «Hab de la pradera».

Era el momento de doblar una vez más la tierra, así que me ha parecido que podía quitármelo de encima. He tardado una hora. Cuando doble la tierra la próxima vez, todo el suelo usable estará listo.

Además, me ha parecido que ya era hora de empezar una cosecha de semillas. He agrandado el terreno lo suficiente para permitirme dejar un rinconcito libre. Tenía doce patatas con las que trabajar.

Soy un tipo afortunado: no están congeladas ni enmohecidas. ¿Por qué la NASA envió doce patatas enteras, refrigeradas pero sin congelar? ¿Y por qué las envió con nosotros, en un cargamento sometido a presión, en lugar de hacerlo en un cajón con el resto de los suministros del Hab? Porque el Día de Acción de Gracias iba a coincidir con nuestras operaciones de superficie, y los cerebros de la NASA pensaron que sería bueno que comiéramos juntos. No solo que comiéramos, sino que cocináramos. Probablemente algún sentido tiene, pero ¿a quién le importa?

He cortado cada patata en cuatro trozos, asegurándome de que cada trozo tuviera al menos dos ojos, a partir de los cuales la planta se desarrollará. He dejado que se secaran un poco durante unas horas, luego los he sembrado, bien espaciados, en la esquina. ¡Que Dios os ayude, patatitas! Mi vida depende de vosotras.

Normalmente, hacen falta al menos 90 días para conseguir patatas de tamaño medio. Pero no puedo esperar tanto. Necesitaré cortar todas las patatas de esta cosecha para sembrar el resto del campo.

Subiendo la temperatura del Hab hasta unos agradables 25,5 °C, conseguiré que las plantas crezcan más deprisa. Además, las luces internas proporcionarán mucha «luz solar», y me aseguraré de que tengan abundante agua (en cuanto descubra de dónde sacarla). No soportarán el mal tiempo, ni habrá parásitos que las acosen, ni malas hierbas que compitan con ellas por el suelo o los nutrientes. Con todos estos aspectos a su favor, deberían dar tubérculos sanos y germinables en cuarenta días.

Me ha parecido que ya bastaba de Granjero Mark por hoy.

Una comida completa para cenar. Me la había ganado. Además, había quemado una tonelada de calorías y quería recuperarlas.

He hurgado en el material de la comandante Lewis hasta encontrar su memoria de datos personal. Todos teníamos que traernos el entretenimiento digital que quisiéramos, y estaba cansado de escuchar los álbumes de los Beatles de Johanssen. A ver qué tenía Lewis.

Programas de televisión basura. Eso era lo que tenía. Incontables programas de televisión de hace una eternidad.

Bueno. Los mendigos no pueden elegir. Que sea Tres son multitud.

ENTRADA DE DIARIO: SOL 29

Durante los últimos días he entrado toda la tierra que necesito. Preparé las mesas y literas para que soportaran el peso e incluso las cubrí de tierra. Todavía no dispongo de agua para que sea viable, pero tengo algunas ideas; ideas francamente malas, pero ideas al fin.

El gran éxito de hoy ha sido preparar las tiendas de montaje automático.

El problema con las tiendas de los vehículos de superficie es que no están diseñadas para su uso frecuente.

La idea era lanzar una tienda, meterte dentro y esperar el rescate. La esclusa consiste simplemente en dos puertas y unas válvulas. Igualar la presión del aire, meterte en la esclusa, igualar la del otro lado, salir fuera. Esto significa que pierdes mucho aire en cada uso. Y tendré que meterme allí al menos una vez al día. El volumen total de cada tienda es muy pequeño, de manera que no puedo permitirme perder aire.

He pasado horas tratando de concebir cómo conectar la esclusa de la tienda a la esclusa del Hab. Hay tres en el Hab. Estoy dispuesto a dedicar dos a las tiendas. Eso sería estupendo.

Lo frustrante es que las esclusas de la tienda sí que pueden conectarse a otras esclusas de aire. Podría haber heridos o podrían faltar trajes espaciales. Tienes que poder sacar a la gente sin exponerla a la atmósfera marciana.

El problema es que las tiendas se diseñaron para que tus compañeros de tripulación acudieran al rescate en un vehículo de superficie. Las esclusas del Hab son mucho más grandes y completamente diferentes de las de los vehículos de superficie. Pensándolo bien, la verdad es que no hay ninguna razón para conectar una tienda al Hab, a menos que te quedes atrapado en Marte, que todo el mundo te haya dado por muerto y estés luchando desesperadamente contra el tiempo y los elementos para mantenerte vivo. Pero, ya ves tú: aparte de este caso extremo, no hay ninguna razón.

De modo que finalmente decidí encajar el golpe. Perderé algo de aire cada vez que entre o salga de la tienda. La buena noticia es que cada una tiene una potente válvula de entrada de aire en la parte exterior. No olvides que son refugios de emergencia. Sus ocupantes podrían necesitar aire, y un vehículo de superficie conectado a la entrada de aire se lo proporcionaría mediante una línea de aire: un tubo que iguala el aire del vehículo con el de la tienda.

El Hab y los vehículos de superficie usan la misma válvula y los mismos tubos, con lo cual pude conectar las tiendas directamente al Hab. Así se repondrá automáticamente el aire que pierdo con mis entradas y salidas (lo que la gente de la NASA llamamos ingreso y egreso).

La NASA no se anduvo con chiquitas con estas tiendas de emergencia. En el momento en que he pulsado el botón de pánico del vehículo, con un zumbido ensordecedor la tienda se ha desplegado conectada al conducto de aire del vehículo de superficie. Ha tardado unos dos segundos.

He cerrado la esclusa del lado del vehículo y he conseguido una bonita tienda aislada. Conectar la manguera de igualación de aire era trivial (por una vez estaba usando mi equipo del modo en que estaba diseñado para ser usado). Después de ir y venir varias veces a través de la esclusa (con la pérdida de aire automáticamente compensada por el Hab) he entrado la tierra.

He repetido el proceso con la otra tienda. Ha ido como la seda.

Suspiro..., agua.

En el instituto jugaba mucho a Dragones y Mazmorras. (No habrías dicho que este ingeniero botánico-mecánico era un poco rarito entonces, ¿a que no?, pero lo era.) En el juego era un clérigo. Uno de los hechizos que podía lanzar era el de «crear agua». Siempre lo encontré un hechizo realmente estúpido y nunca lo usé. ¡Lo que daría por poder usarlo ahora en la vida real!

Da igual. Es un problema para mañana.

Esta noche veré de nuevo Tres son multitud. Lo dejé anoche a mitad del episodio en que el señor Roper veía algo que sacaba de contexto.

ENTRADA DE DIARIO: SOL 30

Tengo un plan estúpidamente peligroso para conseguir el agua que necesito. Y digo peligroso en serio. Pero no tengo elección. Me he quedado sin ideas y debo volver a doblar la cantidad de tierra dentro de unos días. Cuando lo haga por última vez, tendré el doble de todo el nuevo suelo que traje. Si no lo humedezco antes, simplemente morirá.

No hay mucha agua aquí en Marte. Hay hielo en los polos, pero están demasiado lejos. Si quiero agua, tendré que crearla partiendo de cero. Por fortuna tengo la receta. Coges hidrógeno, le añades oxígeno, lo quemas.

Vamos por partes. Empezaré por el oxígeno.

Tengo una buena reserva de O2, pero no suficiente para preparar 250 litros de agua. Dos depósitos de alta presión en un lado del Hab son todo mi suministro (además del aire del Hab, por supuesto). Cada depósito contiene 25 litros de O2 líquido. El Hab solo lo usaría en caso de emergencia, porque ya tiene el oxigenador para mantener la atmósfera. Los depósitos de O2 están para alimentar los trajes espaciales y los vehículos de superficie.

De todos modos, el oxígeno de reserva me bastaría para preparar 100 litros de agua solamente (50 litros de O2 generan 100 litros de moléculas de una sola O), con lo que no podría salir al exterior, me quedaría sin ninguna reserva de emergencia y obtendría menos de la mitad del agua que necesito. Descartado.

Sin embargo, es más fácil encontrar oxígeno en Marte de lo que puedas pensar. La atmósfera contiene un 95 % de CO2. Y resulta que tengo una máquina cuyo único propósito es liberar oxígeno del CO2. Sí, un oxigenador.

Un problema: la atmósfera es muy ligera; ejerce menos de un uno por ciento de la presión que ejerce sobre la Tierra. Así que es difícil atrapar el aire: pasarlo del exterior al interior es casi imposible. El único propósito del Hab es precisamente impedir que eso ocurra. La pequeña cantidad de atmósfera de Marte que entra cuando uso una esclusa es insignificante.

Ahí es donde entra en juego la planta generadora de combustible del VAM.

Mis compañeros de tripulación se llevaron el VAM hace unas semanas, pero la mitad inferior se quedó aquí. La NASA no tiene la costumbre de poner en órbita masa innecesaria. El tren de aterrizaje, la rampa de ingreso y la planta de combustible siguen ahí. ¿Recuerdas que el VAM fabricaba su propio combustible con la ayuda de la atmósfera marciana? El primer paso consiste en reunir CO2 y almacenarlo en un depósito de alta presión. Cuando consiga conectar la planta de combustible a la corriente del Hab me proporcionará medio litro de CO2 líquido por hora indefinidamente. Dentro de diez soles habrá preparado 125 litros de CO2 de los que obtendré 125 litros de O2 al procesarlo con el oxigenador.

Con eso me bastará para preparar 250 litros de agua. Así que tengo un plan para conseguir el oxígeno.

Conseguir el hidrógeno será un poco más complicado.

Había pensado recurrir a las células de combustible de hidrógeno, pero necesito esas baterías para mantener la potencia por la noche. Si no las tengo, el ambiente se enfriará demasiado. Podría abrigarme, pero el frío mataría mis cultivos. Además, cada célula de combustible contiene solo una pequeña cantidad de H2. Simplemente no merece la pena sacrificar tanta utilidad para obtener tan poca ganancia. La única cosa que juega a mi favor es que no tengo problemas de energía. No quiero renunciar a esa ventaja, así que tendré que usar un método diferente.

He hablado con frecuencia del VAM, pero ahora quiero hablar del VDM.

Durante los veintitrés minutos más aterradores de mi vida, cuatro de mis compañeros de tripulación y yo intentamos no cagarnos encima mientras Martinez pilotaba el VDM hasta la superficie. Fue como estar en una centrifugadora.

Primero descendimos de la Hermes y redujimos nuestra velocidad orbital para empezar a caer. Todo fue suave hasta que llegamos a la atmósfera. Si crees que las turbulencias son bruscas en un reactor de pasajeros que va a 720 km/h, imagina cómo serán a 28.000 km/h.

Varios juegos de paracaídas se desplegaron automáticamente para frenar nuestro descenso. Luego Martinez pilotó manualmente para llevarnos hasta el suelo usando los propulsores para frenar el descenso y controlar nuestro desplazamiento lateral. Martinez se había entrenado para eso durante años y llevó a cabo su trabajo extraordinariamente bien. Superó todas las expectativas de un aterrizaje al dejarnos a solo nueve metros del objetivo. El tipo estuvo sencillamente magistral.

¡Gracias, Martinez! ¡Puede que me hayas salvado la vida! No por tu aterrizaje perfecto, sino porque te sobró mucho combustible. Quedan cientos de litros de hidracina sin utilizar. Cada molécula de hidracina contiene cuatro átomos de hidrógeno. Así pues, cada litro de hidracina contiene suficiente hidrógeno para generar dos litros de agua.

He realizado una breve EVA hoy para hacer comprobaciones. Quedan 292 litros de combustible en los depósitos del VAM. ¡Suficientes para producir casi 600 litros de agua! Mucho más de la que necesito.

Solo hay una pega: liberar el hidrógeno de la hidracina es..., bueno, así funcionan los cohetes. Produce mucho, mucho calor. Y es muy peligroso. Si lo hago en una atmósfera con oxígeno, el calor y el hidrógeno recién liberado explotarán. Habrá mucha H2O al final, pero yo estaré demasiado muerto para disfrutar de ella.

En esencia, la hidracina es muy sencilla. Los alemanes ya la usaron en la Segunda Guerra Mundial como propulsor de cohetes (y en ocasiones volaron por los aires).

Basta con pasarla por un catalizador (que puedo extraer del motor del VDM) para separarla en nitrógeno e hidrógeno. Te ahorraré la química, pero el resultado es que cinco moléculas de hidracina se convierten en cinco moléculas de N2 inocuo y diez moléculas de encantador H2. Durante una etapa intermedia de este proceso es amoníaco. La química, que es una mala zorra, se asegura de que parte del amoníaco no reaccione y siga siendo amoníaco. ¿Te gusta el olor del amoníaco? Bueno, será corriente en mi existencia cada vez más infernal.

La química está de mi parte. La cuestión ahora es cómo voy a conseguir que esta reacción se produzca lentamente y cómo voy a recoger el hidrógeno. La respuesta es que no lo sé.

Supongo que ya se me ocurrirá algo. Eso o moriré.

De todos modos y mucho más importante: no soporto la sustitución de Chrissy por Cindy. Tres es multitud nunca será lo mismo después de este fiasco. El tiempo lo dirá.