Título original: The Rithmatist

Traducción: Albert Solé

1.ª edición: Enero 2015

© Ediciones B, S. A., 2014

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

DL B 212-2015

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-933-6

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Contents
Contenido
Portada
Dedicatoria
Mapa
Defensa Easton básica
Prólogo
Parte primera
Las cuatro líneas ritualísticas
1
Círculos de dos y cuatro puntos
2
Puntos de sujeción y círulos, notas avanzadas
3
La defensa Ballintain
4
El círculo de seis puntos
5
La defensa Matson
6
Parte segunda
Líneas de prohibición
7
La defensa Sumsion
8
La defensa Osborn
9
La defensa Estridge
10
Dibujos hechos con tiza encontrados en la escena de la desaparición de Lilly Whiting
11
Dibujo a tiza descubierto en la escena de la desaparición de Herman Libel
12
La defensa Jordan
13
Líneas de vigor primera parte: uso básico
14
Parte tercera
Programar tizoides
15
La defensa Shoaff
16
Círculos de nueve puntos
17
Solidez de la línea
18
Tipos de tizoides
19
Sujetar tizoides
20
Anclar círculos defensivos
21
Hacer rebotar líneas de vigor
22
La defensa Taylor
23
Dibujo del segundo piso de la residencia ritualística hecho por Joel
24
Defensa de Easton avanzada
25
Otros títulos del mismo autor
Infinity Blade. La espada infinita: redención
Aleación de ley
ritual

Para Joel Sanderson,cuyo entusiasmo nunca defallece.

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PRÓLOGO

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Lilly corría por el pasillo. De pronto se le apagó la lámpara y la arrojó a un lado, esparciendo petróleo sobre el papel de pared y la suntuosa alfombra. El líquido brilló a la luz de la luna.

La casa se hallaba desierta y silenciosa, salvo por la respiración aterrorizada de Lilly. Había renunciado a gritar. Al parecer nadie la oía.

Era como si la ciudad entera hubiese muerto.

Lilly irrumpió en la sala de estar y se detuvo, sin saber qué hacer a continuación. Un reloj de péndulo hacía tictac en el rincón, iluminado por los rayos de luna que entraban a través de los ventanales. Los edificios de la ciudad, de diez pisos de altura o más, se recortaban más abajo, con las vías del resortrén entrecruzándose entre ellos. Era Jamestown, el hogar de Lilly durante dieciséis años, toda su vida.

«Voy a morir», pensó.

La desesperación la impulsó a superar el terror. Apartó de un empujón la mecedora del centro de sala y acto seguido enrolló apresuradamente la alfombra para poder acceder al suelo de madera. Metió la mano en la bolsita sujeta a su falda con un cordón y sacó de ella un trocito de tiza, blanca como un hueso.

Arrodillándose sobre los tablones de madera, Lilly miró fijamente el suelo e intentó pensar con claridad. «Concéntrate.»

Apoyó la punta de la tiza en la tarima y empezó a dibujar un círculo en torno a sí misma. La mano le temblaba de tal manera que la línea le salió bastante irregular. El profesor Fitch se habría disgustado muchísimo ante una Línea de Custodia tan chapucera. Lilly rio, un sonido impregnado de desesperación que más pareció un grito.

Unas gotas de sudor cayeron de su frente y dejaron unas manchas oscuras en la madera. La mano volvió a temblarle mientras trazaba unas cuantas líneas rectas dentro del círculo: eran Líneas de Prohibición, para estabilizar su anillo defensivo. La Defensa Matson... ¿cómo iba? Dos círculos más pequeños, con puntos de conexión para colocar Líneas de Creación...

Arañazos.

Lilly levantó la cabeza bruscamente y miró pasillo abajo, en dirección a la puerta que llevaba a la calle. Una sombra se movió más allá del cristal empañado de la mirilla.

La puerta vibró.

—Oh, Maestro... —susurró Lilly casi sin querer—. Por favor... por favor...

La puerta dejó de vibrar. Por un instante todo quedó en silencio y de pronto la puerta se abrió de golpe.

Lilly intentó gritar, pero la voz se le quedó atrapada en la garganta. Una silueta recortada por la luz de la luna permanecía inmóvil ante ella, con un sombrero hongo en la cabeza y una corta capa cubriéndole los hombros. Con la mano inmóvil sobre la empuñadura de su bastón, parecía dominar a Lilly con su imponente estatura.

Debido al contraluz Lilly no podía verle bien la cara, pero había algo

horriblemente siniestro en aquella cabeza un poco ladeada y los rasgos sumidos en la sombra. Apenas un tenue atisbo de nariz y barbilla, iluminadas por el claro de luna, y dos ojos que la observaban desde una negrura de tinta.

Las cosas pasaron por su lado mientras fluían al interior de la sala llenas de furia, avanzando sobre el suelo, las paredes y el techo. Sus formas blancas como el hueso casi parecían brillar a la luz de la luna.

Todas ellas eran completamente planas, como pedazos de papel.

Todas ellas estaban hechas de tiza.

Eran centenares, todas únicas; monstruos minúsculos con garras y colmillos, como escapadas de alguna lámina. No hicieron el menor ruido a medida que fluían desde el pasillo, estremeciéndose y vibrando silenciosamente mientras iban a por ella.

En ese momento Lilly por fin encontró su voz y gritó.

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CAPÍTULO

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Aburrido? —exclamó Joel, parándose en seco—. ¿El duelo Crew-Choi de 1888 te parece aburrido?

Con un encogimiento de hombros, Michael se detuvo y lo miró.

—No sé. Dejé de leer cuando llevaba cosa de una página y media.

—No te lo estás imaginando bien —dijo Joel, yendo hacia su amigo y poniéndole la mano en el hombro. Después sostuvo la otra mano ante él, enmarcándolo con los dedos como si quisiera eliminar cuanto había a su alrededor (las verdes extensiones de césped de la Academia Armedius) y sustituirlo por el campo en el que se libró el duelo.

»Ahora, intenta figurártelo —continuó—. Es el final de la melé, el mayor acontecimiento rithmático del país. Paul Crew y Adelle Choi son los únicos dos duelistas que quedan en el campo. Adelle sobrevivió, a pesar de que lo tenía todo en contra, después de que el resto de su equipo fuera eliminado en el curso de los primeros minutos.

Unos cuantos estudiantes más se detuvieron en la acera para escuchar mientras iban de una clase a la siguiente.

—¿Y qué? —preguntó Michael, bostezando.

—¿No lo entiendes? ¡Michael, era la final! Todo el mundo estaría mirando, en silencio, mientras los dos últimos rithmatistas daban inicio a su duelo. ¡Imagínate lo nerviosa que estaría Adelle! Su equipo nunca había ganado una melé, y en ese momento se enfrentaba a uno de los rithmatistas más dotados de su generación. El equipo de Paul lo había mantenido resguardado en el centro de su despliegue para que los jugadores de menos categoría cayeran primero. Sabían que así él llegaría a la final sin haberse cansado apenas, con su círculo defensivo prácticamente intacto. Era el campeón contra la más desvalida.

—Aburrido —insistió Michael—. Lo único que hacen es arrodillarse ahí y dibujar.

—Eres un caso perdido —replicó Joel—. Vas a la escuela en la que se adiestra a los rithmatistas. ¿Es que no te interesan ni aunque solo sea un poquito?

—Los rithmatistas ya tienen suficientes adeptos —dijo Michael, frunciendo el ceño—. Ellos se mantienen aparte de los demás, Joel, y para mí perfecto. En realidad, preferiría que ni siquiera estuviesen por aquí —añadió. Una brisa le revolvió el pelo rubio. Las verdes colinas y los majestuosos edificios de ladrillo de la Academia Armedius se extendían alrededor de ellos. Un cangrejo mecánico proseguía con su callada obligación muy cerca de donde se habían parado a hablar, mordisqueando la hierba para mantenerla igualada.

—No pensarías así si lo entendieras —dijo Joel, sacándose del bolsillo un par de trozos de tiza—. Anda, coge esto. Y ahora ponte aquí. —Colocó a su amigo y después se arrodilló para dibujar un círculo sobre la acera alrededor de él—. Tú eres Paul. Mira, círculo defensivo. Si se abre una brecha en él, pierdes el combate.

Joel retrocedió un par de pasos, se arrodilló de nuevo y dibujó su propio círculo.

—Bueno, el círculo de Adelle había estado a punto de ser atravesado en cuatro sitios. Entonces ella se dispuso a cambiar rápidamente de la Defensa Matson a... Bueno, mejor dejamos eso, es demasiado técnico. Solo piensa que su círculo era débil, y que Paul contaba con una posición dominante.

—Si tú lo dices... —murmuró Michael. Sonrió a Eva Winters cuando la muchacha pasó por su lado sujetando unos cuantos libros contra el pecho.

—Entonces Paul empezó a golpear el círculo de Adelle con Líneas de Vigor —siguió explicando Joel—, y ella comprendió que no iba a ser capaz de alterar sus defensas lo bastante deprisa para recuperarse.

—¿Con qué líneas dices que golpeaba el círculo de Adelle? —preguntó Michael.

—Con Líneas de Vigor —respondió Joel—. Los duelistas se las disparan unos a otros. La melé consiste precisamente en eso, porque es así como abres una brecha en el círculo.

—Creía que lo que hacían era crear unas cositas de... tiza. Una especie de criaturas, vamos.

—Eso también —asintió Joel—. Las llaman tizoides. Pero esa no es la razón por la que todo el mundo se acuerda de la melé de 1888, incluso después de veinte años. Se acuerdan de ella por las líneas que lanzó Adelle. La respuesta convencional habría sido aguantar tanto como fuera posible, prolongando el duelo para lucirse al máximo.

Puso su tiza delante del círculo.

—Pero Adelle no hizo eso —susurró después—. Vio algo. Paul tenía una pequeña sección debilitada en la parte de atrás de su círculo. Naturalmente, la única manera de atacar esa zona habría sido lanzar un disparo orientándolo de tal manera que este rebotara en tres líneas distintas dejadas por los otros duelistas. Un disparo imposible, vamos. Pero aun así, Adelle optó por él. Dibujó una Línea de Vigor mientras los tizoides de Paul iban comiéndose sus defensas. La lanzó y...

Absorto en la emoción del momento, Joel acabó de dibujar la Línea de Vigor delante de él y levantó la mano con una floritura. No sin cierta sorpresa descubrió que un grupo de unos treinta estudiantes se había congregado para escucharlo, y advirtió que todos contenían la respiración mientras esperaban que su dibujo cobrara vida.

No fue así. Joel no era rithmatista. Sus dibujos solo eran trazos de tiza normal y corriente. Todo el mundo lo sabía, Joel el primero, pero de algún modo el momento rompió el hechizo tejido por su historia. Los estudiantes que se habían congregado para escucharlo mientras hablaba siguieron su camino, dejándolo arrodillado en el suelo en el centro de su círculo.

—A ver si lo adivino —dijo Michael, volviendo a bostezar—. ¿El disparo de Adelle alcanzó el objetivo?

—Sí —dijo Joel, sintiéndose súbitamente ridículo. Se levantó del suelo y recogió la tiza—. El disparo surtió efecto. Adelle ganó la melé, aunque su equipo iba el último en las apuestas. Ese disparo... Fue espectacular. Al menos, eso dicen los relatos.

—Y estoy seguro de que a ti te hubiera encantado estar allí —dijo Michael, saliendo del círculo que había dibujado Joel—. Por el Maestro, Joel. ¡Apuesto a que si fueras capaz de viajar a través del tiempo, desperdiciarías ese don acudiendo a todos los duelos rithmáticos!

—Claro, supongo. ¿Qué otra cosa iba a hacer con él?

—Bueno —replicó Michael—, tal vez evitar que se cometieran algunos asesinatos, enriquecerte, averiguar qué está sucediendo realmente en Nebrask...

—Me imagino que sí —dijo Joel, guardándose la tiza en el bolsillo. Un instante después se apartó de un salto cuando un balón de fútbol lo pasó rozando. Jephs Daring los saludó con la mano mientras corría en pos de su balón.

Joel se reunió con Michael y los dos siguieron su camino a través del campus. Las hermosas colinas llenas de verdor estaban pobladas de árboles que la primavera ya había empezado a cubrir de flores, y las enredaderas cubrían las fachadas de los edificios. Los estudiantes corrían de un lado a otro en la pausa entre clases, mostrando una amplia variedad de trajes y pantalones. Muchos de los chicos se habían arremangado para disfrutar de los primeros calores de la primavera.

Los rithmatistas eran los únicos que estaban obligados a llevar uniforme. Eso los distinguía; tres de ellos habían salido a dar un paseo entre los edificios y los otros estudiantes se apartaban inconscientemente para dejarlos pasar, la mayoría de ellos sin mirarlos siquiera.

—Oye, Joel —dijo Michael—. ¿Nunca te has preguntado si quizá... ya sabes, si no estarás pensando demasiado en esas cosas? Me refiero a la rithmática y todo lo demás.

—Lo encuentro interesante —adujo Joel.

—Sí, pero... Quiero decir que, bueno, resulta un poco raro, teniendo en cuenta que...

Michael no llegó a decirlo, pero su compañero comprendió a qué se refería. Él no era un rithmatista, y nunca podría llegar a serlo. Había dejado escapar su ocasión. Aun así, no veía por qué no podía estar interesado en lo que hacían los rithmatistas.

Michael entornó los ojos mientras los tres rithmatistas pasaban junto a ellos ataviados con sus uniformes grises y blancos.

—Es como si... —dijo después en voz baja—, como si nosotros y ellos estuviéramos en dos mundos aparte, ¿sabes? Déjalos a su aire para que hagan... lo que sea que hacen los rithmatistas, Joel.

—Lo que pasa es que te molesta que puedan hacer cosas que tú eres incapaz de hacer —replicó Joel.

El comentario hizo que su amigo lo mirara con expresión malhumorada. Quizás hubiera demasiada verdad en aquellas palabras. Michael era hijo de un caballero-senador, lo que equivalía a decir que era un privilegiado. No estaba acostumbrado a verse excluido.

—De todos modos —prosiguió Michael, apartando la mirada mientras seguía andando por la concurrida acera del campus—, no puedes ser uno de ellos, así que no entiendo por qué dedicas tanto tiempo a hablar de lo que hacen o dejan de hacer los rithmatistas. Es absurdo, Joel. Deja de pensar en ellos.

«Tampoco podré ser jamás uno de los vuestros, Michael», pensó Joel. Técnicamente, él no habría tenido que estar en aquella escuela. Armedius salía carísima, y para entrar en la academia había que ser importante y rico, o un rithmatista. Y Joel no cumplía ninguno de esos tres requisitos.

Se detuvieron en el siguiente cruce.

—Bueno, he de ir a clase de historia —dijo Michael.

—Sí —dijo Joel—, y yo tengo período abierto.

—¿Otra vez llevando mensajes? —preguntó Michael—. Tú siempre con la esperanza de echar una miradita a alguna clase de rithmática.

Joel se sonrojó, pero era cierto.

—Ya falta poco para el verano —comentó—. ¿Volverás a ir a casa?

A Michael se le alegró la cara.

—Sí. Papá dijo que podía invitar a algunos amigos. Nadar, ir de pesca, chicas con vestiditos de tomar el sol en la playa. Mmm...

—Suena estupendo —dijo Joel, intentando evitar que la tenue esperanza que sentía se adivinara en su voz—. Me encantaría ver algo así. —Michael se llevaba consigo a un grupo cada año, pero él nunca había sido invitado.

Este año, sin embargo... bueno, ya hacía tiempo que acompañaba a Michael después de las clases. Él necesitaba que le echaran una mano con las matemáticas, y Joel podía explicarle lo que no entendía. Habían congeniado mucho.

Michael arrastró los pies por la acera.

—Mira, Joel —murmuró pasados unos instantes—, lo que quiero decir es... Pasar el rato contigo aquí resulta muy divertido, ¿sabes? En la escuela, ya me entiendes. Pero allá en casa, es otro mundo. Estaré ocupado con la familia. Papá tiene expectativas...

—Oh, sí, claro —dijo Joel.

Michael sonrió, arreglándoselas para que la incomodidad que había sentido momentos antes desapareciera de su expresión como si nunca hubiera existido. No cabía duda de que era hijo de un político.

—Así me gusta —dijo, dándole una palmadita en el brazo—. Nos vemos.

Joel lo vio partir. Michael se cruzó con Mary Isenhorn y enseguida empezó a flirtear con ella. El padre de Mary tenía una gran fábrica de resortes. Allí plantado en aquel cruce, Joel podía distinguir a docenas de miembros de la élite del país. Adam Li era familia directa del emperador de JoSeun. En el árbol genealógico de Geoff Hamilton figuraban tres presidentes. Los padres de Wanda Smith eran dueños de la mitad de los ranchos ganaderos de Georgiabama.

Y Joel... su padre había hecho tizas y su madre limpiaba casas. «Bueno —pensó—, parece que yo y Davis volveremos a pasar todo el verano solitos aquí.» Con un suspiro echó a andar hacia la administración de la escuela.

Veinte minutos después, Joel andaba apresuradamente para repartir mensajes por todo el campus durante su período libre. Ahora las aceras se hallaban prácticamente vacías de estudiantes, ya que todos los demás estaban en clase.

El fugaz abatimiento que había sentido anteriormente se esfumó en cuanto examinó el pequeño fajo de papeles. Ese día solo había tenido que entregar tres mensajes, y Joel los había repartido rápidamente. Eso significaba...

Dentro de su bolsillo había un cuarto mensaje, uno que había añadido él mismo sin decírselo a nadie. Ahora, con algo de tiempo disponible gracias a la rapidez con que había cumplido su tarea, Joel apretó el paso en dirección al Colegio de la Custodia, un aula magna rithmática.

El profesor Fitch estaba dando clases allí ese curso. Joel acarició la carta que llevaba en el bolsillo, dirigida —tras cierto nerviosismo— al profesor de rithmática.

«Esta podría ser mi única oportunidad», pensó mientras se esforzaba por reprimir cualquier asomo de inquietud. Fitch era un hombre tranquilo y agradable, así que no había ninguna razón para preocuparse.

Subió a toda prisa el largo tramo de escalones que conducían al interior del edificio de ladrillos grises cubiertos de enredaderas, y entró por la puerta de roble al aula magna propiamente dicha, que tenía forma de anfiteatro. De los muros encalados colgaban diagramas en los que se detallaban las distintas defensas rithmáticas, y los elegantes asientos atornillados al suelo, todos ellos encarados hacia el foso para conferenciantes situado a un nivel inferior, formaban hileras a lo largo del estrado.

Algunos estudiantes levantaron la vista hacia Joel cuando entró, pero no así el profesor Fitch. Él rara vez se daba cuenta cuando le traían algún mensaje de la administración, y era perfectamente capaz de seguir con su disertación hasta concluirla antes de percatarse de que un miembro de su audiencia no formaba parte de la clase. Cosa que a Joel no le molestaba en lo más mínimo, claro está. Se apresuró a tomar asiento en uno de los escalones. La clase de ese día, al parecer, versaba sobre la Defensa Easton.

—... y esa es la razón por la que esta defensa es una de las mejores que se puede utilizar contra una acometida que llega de múltiples direcciones —estaba diciendo Fitch. Señaló con un largo puntero rojo la zona del suelo donde había dibujado un gran círculo. El aula estaba dispuesta de tal manera que los estudiantes sin ni siquiera mover la cabeza podían bajar la vista hacia los dibujos rithmáticos que fuera haciendo el profesor.

Valiéndose de su puntero, el profesor señaló las Líneas de Prohibición que había conectado a los puntos de sujeción en el círculo.

—La Defensa Easton es conocida, más que nada, por el gran número de círculos menores dibujados en los puntos de sujeción. Se tarda bastante en trazar nueve círculos más como este, pero una vez hecho sus capacidades defensivas demostrarán que el tiempo empleado vale sobradamente la pena.

»Podéis ver que las líneas interiores forman un nonágono irregular, y el número de brazos que dejéis fuera determinará cuánta extensión tendréis que dibujar, pero también lo estable que será vuestra figura. Naturalmente, si queréis una defensa más agresiva también podéis usar los puntos de sujeción para unirles tizoides.

«¿Y qué hay de las Líneas de Vigor? —pensó Joel—. ¿Cómo te defiendes contra esas?»

Pero no lo preguntó en voz alta, porque no se atrevía a atraer la atención hacia su persona. Eso podría hacer que Fitch se interesara por su mensaje y Joel se quedaría sin ninguna razón para seguir en el aula. Así pues, se limitó a escuchar. De todas maneras, la administración no esperaba verlo de vuelta hasta al cabo de un rato.

Se inclinó hacia delante, deseando que alguno de los otros estudiantes preguntara acerca de las Líneas de Vigor, pero ninguno lo hizo. Los jóvenes rithmatistas permanecieron recostados en sus asientos, los chicos con pantalón blanco y las chicas con faldas blancas, tanto ellos como ellas luciendo un suéter gris; colores adecuados para disimular al máximo el siempre presente polvo de tiza.

El profesor Fitch llevaba un tabardo rojo oscuro, una prenda gruesa, con los puños almidonados, que le llegaba hasta los pies. Estaba abotonado de arriba abajo hasta terminar en un cuello circular, ocultando casi por completo el traje blanco que Fitch llevaba debajo. El rígido corte confería una apariencia vagamente marcial, un aire remarcado por las tiras en los hombros que hubieran podido pasar por galones de algún rango militar. El tabardo rojo simbolizaba que un rithmatista había llegado a profesor.

—Y por eso la Defensa Keblin resulta inferior a la Easton en casi todas las situaciones. —Con una sonrisa, el profesor Fitch se volvió para contemplar a la clase. Era un hombre ya entrado en años, de sienes canosas y figura desgarbada, aunque el tabardo le confería un aire de dignidad.

«¿Sois conscientes de lo que tenéis?», pensó Joel mientras miraba a los estudiantes, que no parecían demasiado interesados. Era una clase reservada a los estudiantes de quince y dieciséis años, así que todos los presentes tenían más o menos su edad. Pese a lo noble de su vocación, se comportaban como... bueno, como adolescentes.

Fitch era conocido por no mostrarse demasiado exigente en clase, y muchos de los estudiantes se aprovechaban de ello, prestando muy poca atención, hablando en susurros con sus amistades o sencillamente repantigándose en los asientos para dormitar mirando el techo. Cerca de Joel había unos cuantos que parecían estar echando una cabezadita. No sabía cómo se llamaban, y de hecho desconocía el nombre de la mayoría de los estudiantes de rithmática. Por lo general estos rechazaban con bastante sequedad todos sus intentos de entablar conversación.

Cuando nadie habló, Fitch se arrodilló y apretó su tiza contra el dibujo que había hecho. Cerró los ojos. Un instante después, el dibujo se desvaneció, conminado a desaparecer por la voluntad de su creador.

—Bueno —dijo, alzando su tiza—, pues si no hay preguntas, quizá podríamos hablar de cómo vencer una Defensa Easton. Seguramente habréis reparado en que no he mencionado siquiera las Líneas de Vigor. Eso es porque se habla mejor de ellas desde un punto de vista ofensivo. Si fuéramos a...

La puerta del aula magna se abrió ruidosamente. Fitch se levantó del suelo, sosteniendo la tiza entre dos dedos y enarcando las cejas mientras se volvía.

Una figura muy alta entró en el aula, haciendo que algunos de los estudiantes repantigados se irguieran en sus asientos. El recién llegado llevaba un tabardo gris al estilo de los profesores rithmáticos de bajo rango. Joven, tenía el pelo rubio y el paso firme. El tabardo le caía bien, abotonado hasta la barbilla y suelto a la altura de las piernas. Joel no lo conocía.

—¿Sí? —preguntó el profesor Fitch.

El recién llegado fue hasta el foso, pasó junto al profesor Fitch y se sacó del bolsillo una tiza roja. Después dio media vuelta, se arrodilló y apoyó la punta de la tiza en el suelo. Algunos estudiantes empezaron a hablar en susurros.

—¿Qué es esto? —quiso saber Fitch—. ¿Me he vuelto a exceder en la duración de la clase? No he oído ningún sonido que indicase la hora. ¡Sentiría muchísimo haber ocupado una parte del tiempo que le estaba asignado a usted!

El recién llegado levantó la vista con lo que a Joel le pareció era una expresión ligeramente petulante.

—No, profesor —replicó—. Esto es un reto.

Fitch pareció atónito.

—Yo... Oh, vaya. El caso es... —Se lamió los labios nerviosamente al tiempo que se retorcía las manos—. No estoy seguro de cómo..., quiero decir, de qué he de hacer. Yo...

—Prepárese para dibujar, profesor —exigió el recién llegado.

Fitch parpadeó. Después, con manos temblorosas, se arrodilló para apoyar la punta de su tiza en el suelo.

—Es el profesor Andrew Nalizar —susurró una chica sentada a escasa distancia de Joel—. Solo hace tres años que consiguió su tabardo en la Academia Maineford. ¡Dicen que se ha pasado los últimos dos años luchando en Nebrask!

—Es guapo —dijo otra joven que ocupaba un asiento junto a ella, al tiempo que hacía girar un trozo de tiza entre los dedos.

En el foso, los dos hombres se pusieron a dibujar. Joel se inclinó hacia delante, muy emocionado. Nunca había visto un duelo de verdad entre dos profesores graduados. ¡Aquello podía ser tan espectacular como estar en la melé!

Ambos empezaron dibujando círculos alrededor de sí mismos para detener los ataques del oponente. En cuanto se abriera una brecha en uno de los dos círculos, el duelo terminaría. Quizá porque había estado hablando de ello, el profesor Fitch pasó a dibujar la Defensa Easton, rodeándose con nueve círculos menores que tocaban al de mayor tamaño en los puntos de sujeción.

No era una posición demasiado buena para un duelo. Eso hasta Joel podía verlo, así que sintió una punzada de desilusión. Quizá no iba a ser un combate tan bueno después de todo. La defensa de Fitch estaba soberbiamente dibujada, pero era demasiado potente; la Easton siempre funcionaba mejor contra múltiples oponentes que te rodeaban.

Nalizar dibujó una Defensa Ballintain modificada, una defensa rápida con un solo refuerzo básico. Mientras el profesor Fitch todavía estaba posicionando sus líneas internas, Nalizar pasó directamente a un ataque agresivo, dibujando tizoides.

Tizoides. Dibujados a partir de Líneas de Creación, constituían el núcleo ofensivo de muchos combates rithmáticos. Nalizar dibujó rápida y eficientemente, creando tizoides que parecían pequeños dragones, con largas alas y sinuosos cuellos. Tan pronto como hubo terminado el primero, este cobró vida con un estremecimiento y empezó a volar a través del foso en dirección a Fitch.

No se elevó por el aire. Los tizoides eran bidimensionales, al igual que todas las Líneas Rithmáticas. La batalla, que se desarrolló en el suelo, consistía en líneas que atacaban a otras líneas. A Fitch todavía le temblaban las manos y no paraba de mirar arriba y abajo, como si estuviera nervioso y no se sintiera demasiado centrado. Joel se encogió cuando al ya anciano profesor le salió torcido uno de los círculos exteriores, cosa que suponía un grave error.

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El diagrama de instrucciones que había dibujado antes había sido mucho más preciso. Las líneas torcidas eran más fáciles de romper. Fitch hizo una pausa, miró aquella curva tan mal dibujada y pareció dudar de sí mismo.

«¡Vamos! —Joel apretó los puños—. ¡Usted sabe hacerlo mejor que eso, profesor!»

Mientras un segundo dragón empezaba a moverse por el suelo, Fitch recuperó el control de sí mismo y volvió a apretar su tiza contra el suelo. Los estudiantes congregados en el aula guardaban silencio, y los que habían estado dormitando se irguieron en sus asientos.

Fitch dibujó un largo trazo serpenteante: una Línea de Vigor. Tenía la forma de una ola que se dispone a romper, y cuando estuvo acabada, salió disparada a través del suelo para estrellarse contra uno de los dragones. El impacto levantó una nubecilla de polvo y destruyó la mitad de la criatura. El dragón empezó a retorcerse, moviéndose en la dirección equivocada.

En el aula solo se oía el roce de las tizas al desplazarse por el suelo, acompañado por la respiración entrecortada, como si estuviera al borde del pánico, de Fitch. Joel se mordió el labio mientras el duelo se hacía más encarnizado. El viejo profesor contaba con una defensa mejor, pero la había dibujado demasiado deprisa, dejando algunas secciones que eran demasiado débiles. La escueta defensa de Nalizar le permitía llevar a cabo una mejor ofensiva, y Fitch necesitaba esforzarse para seguir a la altura de su contrincante, pero continuó lanzando Líneas de Vigor, destruyendo a las criaturas de tiza que volaban hacia él, aunque siempre había unas cuantas más para sustituir a las que acababan de ser destruidas.

Nalizar era bueno, de los mejores que Joel había visto. Pese a la tensión, mantenía la fluidez y dibujaba un tizoide tras otro sin dejarse afectar por los que Fitch destruía. Joel no pudo evitar sentirse impresionado.

«No hace mucho estaba haciendo frente a los tizoides salvajes en Nebrask —pensó, acordándose de lo que había oído decir a aquella chica—. Sin duda está acostumbrado a dibujar bajo presión.»

Nalizar envió calmosamente unos cuantos tizoides-araña para que se arrastraran a lo largo del perímetro del suelo, con lo que obligó a Fitch a prestar atención a sus flancos. Acto seguido, empezó a enviar Líneas de Vigor. Las líneas parecidas a serpientes salieron disparadas a través del suelo en un vibrante oleaje, desvaneciéndose cuando chocaban con algo.

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Finalmente Fitch consiguió crear un tizoide de cosecha propia —un caballero minuciosamente dibujado— que sujetó uno de sus círculos reducidos. Joel se preguntó cómo podía esbozarlo con tanto esmero y al mismo tiempo con tal rapidez. El caballero de Fitch, un auténtico portento con la armadura llena de detalles y un enorme mandoble, derrotó fácilmente a los dragones de Nalizar, más potentes pero dibujados de una manera mucho más tosca.

Con el caballero en acción, Fitch por fin pudo intentar algunos lanzamientos más ofensivos. Nalizar se vio obligado a dibujar unos cuantos tizoides defensivos, criaturas con forma de ameba que se apresuraban a interponerse en el camino de las Líneas de Vigor.

Ejércitos de criaturas, líneas y ondas recorrieron el suelo, una tempestad de rojo contra blanco con tizoides que se desvanecían en nubecillas de humo y líneas que chocaban con los círculos arrancando fragmentos de la línea protectora, mientras los dos hombres seguían dibujando frenéticamente.

Joel se puso en pie, fascinado, y a punto estuvo de dar un paso hacia el foso, sin querer. El movimiento le permitió tener un atisbo del rostro del profesor Fitch. Parecía frenético. Aterrado.

Joel se quedó helado.

Los profesores seguían dibujando, pero la preocupación que había visto en el rostro de Fitch hizo que el muchacho se sintiera extrañamente distanciado del conflicto. Tanta preocupación, tanta desesperación en los movimientos, todo aquel sudor que le corría por la cara...

Todo el peso de lo que estaba ocurriendo ante sus ojos se precipitó súbitamente sobre Joel. Aquello no era un duelo librado con el propósito de divertirse o practicar. Claramente se trataba de un reto a la autoridad de Fitch, poner en tela de juicio su derecho a ocupar la cátedra. Si perdía...

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Una de las Líneas de Vigor rojas de Nalizar dio de lleno en el círculo de Fitch y estuvo a punto de romperlo. Inmediatamente, todos los tizoides del joven profesor fueron en esa dirección, un amasijo caótico de movimientos rojizos que avanzaban hacia la línea recién debilitada.

Por una fracción de segundo, Fitch se quedó absolutamente inmóvil, como abrumado. Enseguida volvió a ponerse en movimiento con una sacudida, pero ya era demasiado tarde. No pudo detener a todos los tizoides. Uno de los dragones consiguió rebasar a su caballero y empezó a lanzar furiosos zarpazos contra la parte debilitada del círculo de Fitch, distorsionándola aún más.

Fitch empezó a dibujar apresuradamente otro caballero, pero el dragón se abrió paso a través de su frontera.

—¡No! —gritó Joel, dando otro paso hacia abajo.

Con una sonrisa, Nalizar apartó su tiza del suelo y se incorporó. Se sacudió el polvo de las manos. Fitch seguía dibujando.

—Profesor —dijo Nalizar—. ¡Profesor!

Fitch dejó de dibujar y solo entonces reparó en el dragón, que continuaba trabajando en el agujero, intentando agrandarlo lo suficiente para que le fuera posible acceder al centro del círculo. En una batalla de verdad, habría pasado a atacar directamente al rithmatista. Aquello, empero, no era más que un duelo, y una brecha en el anillo significaba la victoria para Nalizar.

—Oh —dijo Fitch, bajando la mano—. Oh, sí, bueno, ya veo... —Se volvió, aturdido, para contemplar el aula llena de estudiantes—. Ah, sí. Yo... bueno, en ese caso me iré.

Empezó a recoger sus libros y sus notas. Joel se dejó caer en el escalón de piedra. En la mano tenía la carta que había escrito para entregársela a Fitch.

—Profesor —dijo Nalizar—. ¿Su tabardo?

Fitch bajó la vista.

—Ah, sí. Claro. —Fue desabrochando los botones de su largo tabardo rojo y se lo quitó, revelando la chaqueta blanca, la camisa y los pantalones que llevaba debajo. De pronto pareció menguar de tamaño. Sostuvo el tabardo por un instante y acabó dejándolo encima del atril. Después recogió sus libros y salió apresuradamente del aula. La puerta de la entrada a la planta baja se cerró con un suave chasquido detrás de él.

Joel se quedó sentado donde estaba, atónito. Algunos estudiantes aplaudieron tímidamente, pero la mayoría se limitó a mirar con los ojos muy abiertos y a todas luces sin saber cómo reaccionar.

—Y ahora —dijo Nalizar con brusquedad—, me haré cargo de esta clase durante los días que faltan para que acabe el curso, y daré el curso de verano que había planeado Fitch. Me han llegado informes bastante deshonrosos acerca del rendimiento de los estudiantes de Armedius, particularmente acerca de vosotros. No consentiré descuidos en mi clase. Tú, el que está sentado en los escalones.

Joel levantó la vista.

—¿Qué estás haciendo ahí? —inquirió Nalizar—. ¿Por qué no llevas tu uniforme?

—No soy un rithmatista, señor —dijo Joel, poniéndose en pie—. Pertenezco a la Escuela General.

—¿Cómo? ¿Y qué haces sentado en mi clase, por todos los cielos?

«¿Tu clase?» Aquella era la clase de Fitch. O... debería serlo.

—¿Y bien? —preguntó Nalizar.

—He venido con una nota, señor —respondió Joel—. Para el profesor Fitch.

—Entonces entrégamela a mí —dijo Nalizar.

—Es para el profesor Fitch personalmente —adujo Joel, guardándose la carta en el bolsillo—. No tiene nada que ver con la clase.

—Bueno, pues en ese caso ya te puedes ir —replicó Nalizar, despidiéndolo con un gesto de la mano. El polvo que su tiza roja había esparcido por el suelo parecía sangre. Nalizar empezó a disipar sus creaciones, haciéndolas desaparecer una por una.

Joel retrocedió, subió los escalones a la carrera y abrió la puerta. Fuera se había congregado una multitud, en la que predominaba el blanco y el gris de los rithmatistas. Una figura destacaba entre las demás. Joel bajó corriendo los escalones que llevaban al césped y se apresuró a alcanzar al profesor Fitch. Con los hombros encorvados, el hombre llevaba la abultada pila de sus libros y notas en las manos.

—¿Profesor? —dijo Joel. Era alto para su edad, tanto que le sacaba unos cuantos centímetros a Fitch.

El anciano se volvió con un sobresalto.

—¿Eh? ¿Qué pasa?

—¿Está usted bien?

—¡Oh, hum, pero si es el hijo del que hacía tizas! ¿Qué tal, chico? ¿No deberías estar en clase?

—Es mi período libre —dijo Joel, alargando la mano y tomando algunos libros del profesor para ayudarle a llevarlos—. ¿Se encuentra usted bien? Porque después de lo que acaba de suceder en el aula...

—Lo viste, ¿verdad? —murmuró el profesor Fitch, consternado.

—¿Y usted no puede hacer nada? —preguntó Joel—. ¡No puede permitir que Nalizar se quede con sus clases así como así! Si hablara con el rector York, quizá...

—No, no —dijo Fitch—. Eso sería indecoroso. El derecho de reto tiene una tradición muy honorable y, en realidad, es una parte importante de la cultura rithmática.

Joel suspiró. Bajó la vista, acordándose de la nota que llevaba en el bolsillo. Una petición suya a Fitch. Quería estudiar con él durante el verano, aprender cuanto pudiera sobre la rithmática.

Pero Fitch ya no era un profesor de pleno derecho. ¿Importaría eso? Joel ni siquiera estaba seguro de que el anciano accediera a aceptar a un estudiante no rithmatista. Si no era profesor de pleno derecho, ¿no dispondría entonces de más tiempo para dar clases a estudiantes? El simple hecho de pensar en esa posibilidad hizo que enseguida se sintiera culpable.

Estuvo a punto de sacar la carta para entregársela, pero la expresión de derrota que vio en el rostro de Fitch lo detuvo. Quizá no fuera el mejor momento.

—Debería haberlo visto venir —murmuró Fitch—. Ese Nalizar... Demasiado ambicioso para su propio bien, pensé cuando lo contratamos la semana pasada. Hacía décadas que no había un desafío en Armedius...

—¿Qué hará usted ahora? —preguntó Joel.

—Esto... —respondió Fitch mientras iban por el sendero, pasando bajo la sombra de un roble rojo de gruesas ramas—. Sí, bueno, según la tradición habría de ocupar el puesto de Nalizar. Lo contrataron como profesor auxiliar para dar clases de refuerzo a los estudiantes que no han conseguido superar las pruebas de este año. Supongo que ahora ese será mi trabajo. ¡Pensándolo bien, supongo que viviré más tranquilo alejado del aula!

Con un titubeo, se volvió a mirar el edificio del aula magna. La maciza estructura tenía forma cúbica, pero aun así ofrecía un aspecto elegante, con los ladrillos grises de la pared cubierta de enredaderas dispuestos en forma romboidal.

—Sí —dijo pasados unos instantes—, probablemente ya nunca tendré que volver a dar clases en esa aula ahora que... —Guardó silencio, sin llegar a concluir la frase—. Disculpa. —Bajó la cabeza y se alejó presurosamente.

Joel levantó una mano, pero después dejó marchar al profesor sin decirle nada, con algunos de sus libros aún en las manos. Con un suspiro se dispuso a cruzar el campus en dirección al edificio de la administración.

—Bueno —murmuró, volviendo a pensar en el papel hecho una bola que llevaba en el bolsillo del pantalón—. Qué desastre.

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CAPÍTULO

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La administración se hallaba ubicada en un pequeño valle entre el campus rithmático y el campus general. Como casi todo en la Academia Armedius, el edificio era de ladrillo, si bien este era rojo. Solo tenía un piso de altura y contaba con unas cuantas ventanas más que los que albergaban las clases. Joel siempre se había preguntado por qué razón el personal administrativo podía tener vistas del exterior y los estudiantes no. Casi parecía como si todo el mundo tuviera miedo de que los estudiantes pudieran vislumbrar la libertad.

—... oído que pensaba plantear un desafío —estaba diciendo una voz cuando Joel entró en la administración.

Quien así hablaba era Florence, secretaria del departamento. Sentada en su escritorio de roble en vez de en su silla, estaba conversando con Exton, el otro secretario. Este lucía su chaqueta y sus pantalones de costumbre, con tirantes y una pajarita; un atuendo muy a la moda, a pesar de estar un poco orondo. Su sombrero hongo colgaba de un gancho al lado de su escritorio. Florence, por su parte, llevaba un vestidito primaveral de color amarillo.

—¿Un desafío? —preguntó Exton, escribiendo con una pluma de ave sin levantar la vista mientras hablaba. Joel nunca había conocido a nadie, aparte de Exton, que fuera capaz de escribir y mantener una conversación simultáneamente—. Ya hace mucho de eso.

—¡Lo sé! —respondió Florence sin moverse de su escritorio. Era joven, con poco más de veinte años, y no estaba casada. Algunos de los profesores más tradicionales del campus habían considerado escandaloso que el rector York contratara a una mujer para semejante puesto, pero ese tipo de cosas estaban sucediendo cada vez más a menudo. Todo el mundo decía que en pleno siglo xx las viejas actitudes tenían que cambiar. York había replicado que si las rithmatistas podían luchar en el frente de Nebrask y el Monarca podía recurrir a los servicios de una mujer para que se encargara de redactarle los discursos, él bien podía contratar a una mujer como secretaria.

—Al principio de la guerra en Nebrask los desafíos eran mucho más frecuentes —dijo Exton, sin dejar de escribir en su pergamino—. Cada profesor advenedizo que acabara de hacerse con un tabardo quería ascender lo más deprisa posible. Fue una época bastante caótica.

—Hum... —dijo Florence—. Es guapo, ¿sabes?

—¿Quién?

—El profesor Nalizar —respondió ella—. Esta mañana yo estaba con el rector York cuando él acudió a verlo para hablarle del desafío. Entró como si tal cosa, y dijo: «Rector, considero conveniente informarle de que no tardaré en ser titular dentro de esta academia.»

Exton soltó un bufido.

—¿Y qué contestó York?

—No le hizo ninguna gracia, eso te lo puedo asegurar. Intentó convencer a Nalizar para que se olvidara de su plan, pero él dijo que ni hablar.

—Me lo imaginaba —dijo Exton.

—¿No piensas preguntarme a quién tenía intención de desafiar? —preguntó Florence. Reparó en que Joel estaba de pie junto a la puerta y le guiñó un ojo.

—Dudo seriamente que vayas a dejarme continuar mi trabajo en paz sin contármelo —masculló Exton adoptando una expresión adusta.

—Al profesor Fitch —dijo ella.

Exton dejó de escribir. Finalmente, levantó la vista.

—¿Fitch?

Florence asintió.

—Buena suerte, entonces —dijo Exton con una risita—. Fitch es el mejor de la academia. Hará papilla a ese arribista tan deprisa que el polvo de tiza no habrá tenido tiempo de posarse antes de que el duelo haya terminado.

—No —dijo Joel—. Fitch perdió.

Los dos secretarios guardaron silencio.

—¿Qué? —exclamó Florence finalmente—. ¿Cómo lo sabes?

—Lo sé porque yo estaba allí —dijo Joel, acercándose al mostrador que había enfrente de los secretarios. El despacho del rector se hallaba detrás de una puerta cerrada, al fondo de la administración.

Exton se sirvió de su pluma de ave para señalar a Joel con ella.

—Jovencito —dijo—, recuerdo muy claramente haberte enviado al edificio de Humanidades para que entregaras un mensaje.

—Entregué ese mensaje —se apresuró a decir Joel—, y los otros que se me dieron. La clase de Fitch me pillaba de camino al volver.

—¿Cómo que la clase de Fitch te pillaba de camino? ¡Pero si queda en el otro extremo del campus!

—Oh, Exton, calla —intervino Florence—. El chico siente curiosidad por los rithmatistas, ¿no? Pues como la mayoría de la gente que hay en el campus —añadió con una sonrisa dirigida a Joel, aunque la mitad de las veces este tenía el convencimiento de que ella se ponía de su parte solo porque sabía que eso disgustaba a Exton.

Este gruñó y volvió a bajar la mirada hacia su pergamino.

—Supongo que no puedo culpar a alguien porque se haya colado en una clase extra. Bastantes dolores de cabeza tenemos con los estudiantes que intentan saltárselas. Aun así, tanta fascinación por esos dichosos rithmatistas... Eso no es bueno para un chico.

—No seas pelma —dijo Florence—. Joel, ¿has dicho que Fitch perdió?

El muchacho asintió.

—Bueno..., ¿y qué implica eso?

—Que cambiará de sitio con Nalizar en la jerarquía académica —explicó Exton—, y dejará de ser profesor titular. Puede desafiar a Nalizar en cuanto haya transcurrido un año, y ambos son inmunes a otros desafíos hasta que llegue ese momento.

—¡Pobre hombre! —exclamó Florence—. Me parece una injusticia. Y yo que pensaba que el duelo solo sería para alardear de derechos.

Exton siguió con su trabajo.

—Bueno —dijo Florence—, por guapo que sea, empiezo a sentirme menos impresionada por el señor Nalizar. Fitch es un encanto de hombre, y le gusta tanto la docencia...

—Sobrevivirá —dijo Exton—. Tampoco es como si se hubiera quedado en la calle. Joel, supongo que te entretuviste en la clase el tiempo suficiente para presenciar todo el duelo.

El joven se encogió de hombros.

—¿Cómo fue, entonces? —inquirió el secretario—. ¿Fitch supo hacer un buen papel?

—Estuvo muy bien —dijo Joel—. Sus formas eran preciosas. Solo que... bueno, parecía como si no tuviera demasiada práctica con los duelos de verdad.

—¡Qué manera más brutal de llevar las cosas! —protestó Florence—. ¡Son académicos, no gladiadores!

Exton no dijo nada y después miró directamente a Florence, observándola en silencio por encima de la montura de sus gafas.

—Querida mía —dijo pasados unos instantes—, no me extrañaría que pronto hubiera varios duelos más como el que acaba de tener lugar. Puede que lo sucedido el día de hoy recuerde a esos rithmatistas engreídos el motivo de su existencia. Si Nebrask llegara a caer...

—No me vengas con cuentos, Exton —dijo Florence—. Todas esas historias sobre Nebrask solo son patrañas de los políticos para mantenernos preocupados.

—Bah —dijo Exton—. ¿Seguro que no tienes nada que hacer?

—Me estoy tomando un descanso, querido —respondió ella.

—Me da la impresión de que siempre te tomas los descansos cuando da la casualidad de que yo tengo alguna faena importante que acabar.

—Será que no eliges bien el momento, supongo —replicó ella. Extendió la mano hacia una cajita de madera que había encima de su escritorio y sacó de su interior un bocadillo de jamón y kimchi cuidadosamente envuelto.

Joel miró el reloj de péndulo del rincón. Disponía de quince minutos hasta su siguiente clase, tiempo insuficiente para que lo enviaran a entregar otro mensaje.

—Estoy preocupado por el profesor Fitch —dijo sin dejar de mirar el reloj, con todos sus complicados engranajes. Un búho mecánico estaba posado en lo alto del reloj, parpadeando de vez en cuando, y luego mordisqueándose las garras mientras esperaba a que este diera la hora para así poder ulular.

—Venga, que no hay para tanto —dijo Exton—. Sospecho que el rector York se limitará a asignarle unos cuantos estudiantes. Hace mucho que Fitch no disfruta de un poco de tiempo libre. Puede que incluso acabe gustándole el asunto.

«¿Gustarle?», pensó Joel. Pero si el pobre hombre estaba destrozado.

—Fitch es un genio —dijo el muchacho—. Nadie en el campus enseña defensas tan complejas como las que explica él.

—Es todo un erudito, desde luego —dijo Exton—. Tal vez demasiado. Nalizar quizá tenga más éxito en el aula. Algunas de las clases de Fitch podían llegar a ser... de un nivel excesivamente elevado para los estudiantes, por lo que he oído decir.

—¡Qué va! —protestó Joel—. Fitch es un gran profesor. No trata a los estudiantes como si fueran idiotas, a diferencia de Howards o Silversmith.

Exton soltó una risita.

—Me parece que has tenido demasiados ratos libres, ¿verdad? ¿Quieres volver a tener problemas con los rithmatistas?

Joel no respondió. Los otros profesores habían dejado claro que no querían que interfiriera en sus clases. Sin Fitch y su actitud tan tolerante, tendría que esperar mucho tiempo antes de que le fuese posible volver a colarse en ninguna clase. Al pensarlo sintió que se le hacía un nudo en la garganta.

Aunque quizá todavía le quedaba una oportunidad. Si Fitch iba a dar clases a unos cuantos estudiantes, ¿por qué no podía figurar él entre el grupo?

—Joel, querido —dijo Florence, quien ya había dado cuenta de la mitad de su bocadillo—. Esta mañana he hablado con tu madre. Me ha pedido que te diera un empujoncito con el papeleo de la optativa de verano.

Joel torció el gesto. Vivir en el campus como el hijo de una empleada de la academia tenía sus ventajas. El hecho de que su matrícula fuese gratuita era el mayor de esos beneficios, aunque eso se lo habían concedido únicamente debido a la muerte de su padre.

Sin embargo, también presentaba sus inconvenientes. Muchos empleados de la academia —como Exton y Florence— tenían derecho al alojamiento y la manutención como parte de su contrato laboral. Joel había crecido con ellos y los veía cada día, y eso significaba que también eran buenos amigos de su madre.

—Ya me estoy ocupando de ello —dijo, pensando en su carta a Fitch.

—El final de curso está al caer, querido —insistió Florence—. Tienes que entrar en algún curso optativo. Ahora por fin puedes escoger uno por tu cuenta, en lugar de estar sentado en un tutorial de recuperación. ¿Verdad que es emocionante?

—Claro.

En verano la mayoría de los estudiantes se iban a sus casas. Los que se quedaban solo tenían que acudir al campus la mitad del día, y podían escoger un curso optativo. A menos que durante el año hubieran sacado malas notas y necesitaran un tutorial de recuperación, naturalmente.

—¿Has pensado en ello? —preguntó Florence.

—Un poco.

—Las plazas se están llenando muy deprisa, querido —dijo ella—. Todavía quedan unas cuantas vacantes en las clases de mérito físico. ¿Quieres entrar en ellas?

Tres meses obligado a estar en un campo de deportes mientras todo el mundo corría de acá para allá, dando patadas a los balones para lanzárselos unos a otros, jugando a un juego que no era ni la mitad de interesante que los duelos rithmáticos, por más que todos intentaran fingir lo contrario.

—No, gracias.

—¿Qué, entonces?

Las matemáticas quizá resultaran divertidas. La literatura no sería demasiado inaguantable. Pero ninguna de las dos cosas le parecía tan interesante como estudiar con Fitch.

—Esta noche tomaré la decisión —prometió, sin dejar de mirar el reloj. Ya iba siendo hora de que acudiera a su siguiente clase.

Recogió sus libros del rincón, poniendo los dos manuales de Fitch encima de todo, y salió del edificio antes de que Florence siguiera insistiendo en el tema.

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