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—Teniendo en cuenta las circunstancias, te irá bien contar con otra teniente.
Anaander Mianaai, soberana, por el momento, del vasto espacio radchaai, estaba sentada en un amplio sillón acolchado y tapizado con seda bordada. El cuerpo que hablaba conmigo, uno entre miles, tenía, aproximadamente, trece años de edad. Su piel era oscura e iba vestida de negro. En su rostro ya asomaban las facciones aristocráticas que en el espacio radchaai constituían un signo del rango y del estilo más distinguidos. En circunstancias normales, nadie habría visto una versión tan joven de la Lord del Radch, pero aquellas no eran circunstancias normales.
La habitación era pequeña, de unos tres metros cuadrados y medio, y las paredes estaban revestidas con celosías de madera oscura. En uno de los rincones, la madera había desaparecido. Probablemente había resultado dañada en el violento enfrentamiento que las partes rivales de Anaander Mianaai habían sostenido la semana anterior. Los zarcillos de una pequeña planta de hojas estrechas de color verde plateado trepaban por los paneles de celosía restantes y, aquí y allá, lucían sus diminutas flores blancas. No estábamos en una zona pública del palacio; no se trataba de una sala de audiencias. Al lado del sillón de la Lord del Radch había otro sillón vacío y, entre los dos, una mesa con un juego de té cuidadosamente dispuesto, formado por una tetera y unas tazas de porcelana blanca y sin adornos. A primera vista, podía considerarse un juego de té corriente, pero al mirarlo con detenimiento te dabas cuenta de que se trataba de una obra de arte cuyo valor debía de ser superior incluso al de algunos planetas.
Anaander me había ofrecido té y me había invitado a sentarme, pero yo había preferido permanecer de pie.
—Me dijo que podría elegir a mis oficiales.
Debería haber añadido un respetuoso milord, pero no lo hice. Cuando entré en la habitación y vi a la Lord del Radch, también debería haberme arrodillado, llevando la frente al suelo, pero eso tampoco lo hice.
—Ya has elegido a dos. A Seivarden por supuesto, y la teniente Ekalu también era una elección evidente.
Al oír los nombres de mis tenientes pensé en ellas. En cuestión de, aproximadamente, una décima de segundo, la Misericordia de Kalr, que estaba a unos treinta y cinco mil kilómetros de la estación, recibiría mi casi instintiva solicitud de datos y al cabo de una décima de segundo más yo recibiría su respuesta. Me había pasado los últimos días intentando controlar ese antiquísimo hábito mío, pero no lo había conseguido del todo.
—Una capitana de flota tiene derecho a una tercera teniente —continuó Anaander Mianaai.
Me hizo un gesto con la mano enguantada en negro con la que sostenía su bonita taza de porcelana y deduje que quería llamar la atención sobre mi uniforme. Las militares radchaai vestían botas, guantes, y chaqueta y pantalón marrón oscuro, pero mi uniforme era diferente. La mitad izquierda era marrón y la derecha era negra, y las inscripciones de mi insignia indicaban que no solo comandaba mi propia nave, sino que otras capitanas debían obedecerme. Mi flota, por supuesto, solo constaba de la Misericordia de Kalr, que era mi nave, pero cerca de Athoek, que era mi lugar de destino, no había otras capitanas de flota y las capitanas de las naves que hubiera allí tendrían que obedecerme. Suponiendo, claro está, que reconocieran y aceptaran mi autoridad.
Apenas unos días antes había estallado un enfrentamiento latente y antiguo, y una facción de Anaander Mianaai había destruido dos portales interestelares. En aquel momento, prevenir la destrucción de más portales y evitar que esa facción se apoderara de portales y estaciones de otros sistemas estelares constituía una prioridad de carácter urgente. Yo comprendía las razones de Anaander para concederme el rango de capitana de flota, pero, aun así, no me gustaba.
—No cometa el error de creer que trabajo para usted —le advertí.
Ella sonrió.
—¡Ah!, no lo hago. Ahora mismo, solo tienes la opción de elegir entre las oficiales que estén en el sistema y cerca de la estación. El único problema de la teniente Tisarwat es que carece de entrenamiento. Se dirigía a incorporarse a su primer destino, pero eso ahora ya no tiene sentido. Por otro lado, pensé que te complacería contar con alguien a quien pudieras entrenar a tu gusto.
Su último comentario pareció resultarle divertido. Mientras ella hablaba, me enteré de que Seivarden estaba en la fase dos del sueño NREM. Percibí su pulso, su temperatura, su respiración, su concentración de oxígeno en sangre y sus valores hormonales, y cuando estos datos desaparecieron, la Misericordia de Kalr me mostró los de la teniente Ekalu, que estaba de guardia. Percibí que estaba estresada, que tenía la mandíbula ligeramente apretada y el cortisol elevado. Había sido una soldado común hasta una semana antes, cuando arrestaron a la capitana de la Misericordia de Kalr por traición. Ella no esperaba ser ascendida a oficial y pensé que no se sentía del todo capaz de estar a la altura del puesto.
Parpadeé para borrar sus datos de mi visión y le recriminé a la Lord del Radch:
—No puede usted creer que es buena idea enviarme a una guerra civil que acaba de estallar con solo una oficial experimentada.
—No será peor que hacerlo con una dotación insuficiente —replicó Anaander Mianaai. Me pregunté si había percibido mi momentánea distracción—. Además, a la niña le entusiasma la idea de servir a las órdenes de una capitana de flota. Te está esperando en el muelle. —Dejó la taza de té y se enderezó en el sillón—. Como el portal que conduce a Athoek ha sido inutilizado y no tengo ni idea de cuál es la situación allí, no puedo darte órdenes concretas. Además —levantó la mano, que ahora estaba vacía, como si quisiera anticiparse a una intervención por mi parte—, si intentara dirigirte muy de cerca, perdería el tiempo, porque te ordene lo que te ordene, tú harás lo que quieras. ¿Habéis cargado las bodegas de la nave? ¿Os habéis abastecido de todo lo que necesitáis?
La pregunta era superflua, ya que conocía el estado de las bodegas de mi nave tan bien como yo. Realicé un gesto indefinido y deliberadamente insolente.
—También puedes utilizar las cosas de la capitana Vel —continuó ella como si mi respuesta hubiera sido adecuada—. Ella no las necesitará.
Vel Osck había sido la capitana de la Misericordia de Kalr hasta una semana antes. Había muchas razones por las que no necesitaba sus cosas, pero la de más peso era, por supuesto, que estaba muerta. Anaander Mianaai no hacía nada a medias, sobre todo en lo relacionado con sus enemigas. En aquel caso, Vel Osck había respaldado a una de sus enemigas y esa enemiga era la misma Anaander Mianaai.
—No las quiero —le respondí—. Envíeselas a su familia.
—Si puedo, lo haré. —Probablemente, no podría—. ¿Necesitas algo antes de partir? Lo que sea.
Se me ocurrieron varias respuestas, pero ninguna me pareció útil.
—No.
—Te echaré de menos, ya lo sabes —añadió ella—. Nadie me habla como tú. Eres una de las poquísimas personas que realmente no temen ofenderme y de esas pocas eres la única cuyo origen es similar al mío.
Lo dijo porque anteriormente yo había sido una nave; una IA que controlaba una enorme crucero de batalla y a miles de auxiliares con cuerpo humano que formaban parte de mí misma. En aquella época, yo no me consideraba una esclava, pero era un arma de conquista y pertenecía a Anaander Mianaai, quien a su vez contaba con miles de cuerpos repartidos por todo el espacio radchaai. Pero ahora yo era un único cuerpo humano.
—Nada de lo que pueda hacerme podría ser peor que lo que ya me ha hecho.
—Soy consciente de ello —contestó Anaander—, y también de lo peligrosa que eso te hace. Seguramente, el simple hecho de dejarte con vida sea una absoluta locura; por no hablar de concederte de forma oficial autoridad y una nave. Pero los juegos que practico no están hechos para pusilánimes.
—Para la mayoría de nosotras no se trata de juegos —repliqué sin intentar ocultar mi enojo; sabía que, por muy impasible que fuera mi expresión, ella podía percibir los síntomas físicos de mi enfado.
—También soy consciente de eso —contestó la Lord del Radch—. Lo digo en serio, pero algunas pérdidas son inevitables.
Podría haber elegido cualquiera de la media docena de respuestas que se me ocurrieron, pero en lugar de hacerlo me volví y salí de la habitación sin decir nada más. Cuando crucé el umbral de la puerta, la soldado Misericordia de Kalr Una Kalr Cinco, que me esperaba en el pasillo en posición de firmes, me siguió con eficiencia y en silencio. Kalr Cinco no era una auxiliar; era humana, como todas las soldados de la Misericordia de Kalr, y tenía un nombre aparte del que le correspondía por su nave, su decuria y su número. En cierta ocasión, la llamé por ese nombre y ella respondió con una impasividad aparente, pero con una oleada interna de alarma e incomodidad, de modo que no volví a hacerlo.
Cuando era una nave, cuando no era más que una parte integrante de la crucero de batalla Justicia de Toren, siempre era consciente del estado de mis oficiales: de lo que oían y veían; de cada una de sus respiraciones; de cada movimiento de cada uno de sus músculos; de sus valores hormonales y de oxígeno; de todo, prácticamente, salvo del contenido concreto de sus pensamientos, aunque, a menudo, incluso eso podía adivinarlo gracias a la experiencia y a que las conocía de cerca. Claro que no siempre transmitía esa información a mis capitanas, ya que habría tenido poco significado para ellas: no habría supuesto más que un flujo de datos sin sentido; pero para mí, en aquella época, formaba parte de mi conocimiento.
Yo ya no era mi nave, pero seguía siendo una auxiliar y todavía podía percibir esos datos como ninguna capitana humana podía hacerlo. Sin embargo, ahora solo tenía un cerebro humano y solo podía manejar una porción diminuta de la información de la que antes era constante y automáticamente consciente. E incluso esa pequeña porción requería de toda mi atención. La primera vez que intenté caminar y percibir datos al mismo tiempo me di de bruces contra una mampara. Pero en aquel momento pedí datos a la Misericordia de Kalr deliberadamente. Estaba casi segura de que podría avanzar por el pasillo y monitorizar a Cinco al mismo tiempo sin tropezar ni tener que detenerme.
Recorrí el trayecto hasta la zona de recepción del palacio sin incidentes. Cinco estaba cansada y padecía una leve resaca. Supuse que estaba aburrida de permanecer de pie y mirando a la pared de enfrente durante todo el tiempo que duró la reunión con la Lord del Radch. Percibí en ella una extraña mezcla de expectativa y terror, lo que me inquietó un poco porque no logré deducir cuál era el problema.
La plaza principal era amplia, estaba pavimentada con losas de piedra, tenía eco y se ubicaba en un nivel alto de la estación. Una vez allí, me dirigí a los ascensores que me llevarían a los muelles y a la lanzadera que esperaba para conducirme de vuelta a la Misericordia de Kalr. La mayoría de las tiendas y oficinas de la plaza, y también las diversas diosas pintadas de brillantes tonos naranja, azul, rojo y verde que abarrotaban la fachada del templo estaban sorprendentemente intactas después de la explosión de violencia de la semana anterior, cuando el enfrentamiento de la Lord del Radch contra sí misma se hizo patente. En aquel momento, había ciudadanas vestidas con pantalón, guantes y abrigos de vistosos colores y adornadas con joyas brillantes paseando por la plaza aparentemente despreocupadas. Lo de la semana anterior podría no haber ocurrido nunca. Anaander Mianaai, la Lord del Radch, bien podría seguir siendo ella misma: muchos cuerpos pero una persona única e indivisa. Sin embargo, lo de la semana anterior sí que había ocurrido. Anaander Mianaai no era una única persona y, de hecho, hacía tiempo que no lo era.
Mientras me acercaba a los ascensores, me sobrecogió una oleada repentina de rencor y abatimiento. Me detuve y me volví. Kalr Cinco, que se había detenido cuando yo lo hice, miraba impasible hacia el frente; como si esa ola de rencor que la nave me había mostrado no procediera de ella. Yo creía que la mayoría de las humanas no podían ocultar con tanta efectividad unas emociones tan intensas como aquella —la cara de Cinco era totalmente inexpresiva—, pero, por lo visto, todas las misericordias de Kalr podían hacerlo. La capitana Vel era anticuada o, por lo menos, había idealizado conceptos de lo que significaba el término «anticuada» y había exigido que sus soldados humanas se comportaran de la forma más parecida posible a las auxiliares.
Cinco no sabía que yo había sido auxiliar. Por lo que ella sabía, yo era la capitana de flota Breq Mianaai, ascendida tras el arresto de la capitana Vel y por lo que la mayoría creía que eran mis importantes vínculos familiares. Por lo tanto, no sabía hasta qué punto percibía yo sus estados de ánimo.
—¿Qué ocurre? —le pregunté con brusquedad. Me sentía desconcertada.
—¿Señor? —me preguntó ella con voz monótona e inexpresiva.
El leve retraso en su reacción me indicó que deseaba que no me fijara en ella y así poder continuar ignorada y a salvo, pero también percibí que deseaba hablar. Yo tenía razón, su rencor y su abatimiento tenían que ver conmigo.
—Tienes algo que decir. Oigámoslo.
Percibí en ella sorpresa y puro terror, pero ni el menor movimiento muscular.
—Señor... —empezó ella. Finalmente, su cara reflejó una leve y fugaz expresión de algún tipo que desapareció rápidamente. Entonces tragó saliva—. Es por los platos.
Entonces me tocó a mí experimentar sorpresa.
—¿Los platos?
—Señor, ha ordenado usted que las pertenencias de la capitana Vel se guarden aquí, en la estación.
Lo cierto era que se trataba de objetos preciosos. Los platos, los servicios de té y demás utensilios por los que, presumiblemente, Kalr Cinco estaba preocupada eran de porcelana, cristal y metal esmaltado con joyas encastadas. Pero no eran míos y yo no quería nada que hubiera pertenecido a la capitana Vel. Cinco esperaba que yo la comprendiera, lo deseaba con toda su alma, pero yo no la comprendía.
—¿Y bien?
Percibí en ella frustración e incluso rabia. Era evidente que, desde su perspectiva, lo que quería era obvio, pero lo único que a mí me parecía obvio era que, aunque yo se lo había preguntado, ella no podía expresar libremente lo que quería.
—Señor, deduzco que pronto vamos a abandonar el sistema —dijo por fin.
Las ciudadanas de la estación pasaban por nuestro lado. Algunas nos lanzaban miradas de curiosidad y otras fingían no vernos.
—Soldado, ¿puedes hablar con claridad? —le pregunté.
Empezaba a sentirme frustrada y enfadada, y mi charla con la Lord del Radch me había dejado de mal humor.
—¡No podemos abandonar el sistema sin unos buenos platos! —soltó Cinco por fin, si bien con expresión impasible.
Al ver que yo no respondía, continuó, pero esta vez lo hizo presa de otra oleada de miedo por hablar con tanta claridad.
—Señor, sin duda no es importante para usted porque es capitana de flota y su rango es suficiente para impresionar a cualquiera.
Y también el nombre de mi casa, porque ahora yo era Breq Mianaai. No me complacía mucho que me hubieran puesto ese nombre, que me identificaba como prima de la Lord del Radch en persona. Nadie de mi tripulación, salvo Seivarden y la médico de la nave, sabía que ese no era mi nombre.
—Usted podría invitar a cenar a una capitana y servirle el rancho de las soldados y ella no se quejaría, señor.
De hecho, no podría quejarse a menos que ostentara un rango superior al mío.
—No vamos a donde vamos para celebrar fiestas.
Aparentemente, mi comentario la desconcertó, porque por un momento su cara expresó confusión.
—¡Señor! —exclamó con voz suplicante y angustiada—. No pretendía sugerir que deba preocuparse por lo que otras personas piensen de usted. Solo me he permitido expresar lo que siento porque usted me lo ha ordenado.
Claro. Debería haberlo percibido. Debería haberme dado cuenta días atrás. A Cinco le preocupaba qué dirían de ella si yo no tenía una vajilla acorde a mi rango, lo que afectaría negativamente a la propia nave.
—Te preocupa la reputación de la nave.
Percibí en ella pesadumbre, pero también alivio.
—Sí, señor.
—Yo no soy la capitana Vel.
A la capitana Vel le preocupaban mucho esas cosas.
—¡No, señor!
No estaba segura de si el énfasis que puso en la palabra no y el alivio que percibí en ella se debían a que consideraba positivo que yo no fuera la capitana Vel, a que yo por fin había comprendido lo que intentaba decirme o a ambas cosas a la vez.
Había vaciado mi cuenta en la estación y todo mi dinero en vales estaba guardado en mis dependencias a bordo de la Misericordia de Kalr. Lo poco que llevaba encima no sería suficiente para calmar la ansiedad de Kalr Cinco. Estación, la IA que gestionaba aquel lugar, que era aquel lugar, probablemente podía resolver cualquier problema financiero en mi nombre, pero me culpaba de la explosión de violencia de la semana anterior y no estaría dispuesta a ayudarme.
—Regresa al palacio y pídele a la Lord del Radch lo que necesites.
Cinco abrió un poco más los ojos; dos décimas de segundo más tarde, percibí en ella incredulidad y, a continuación, verdadero terror.
—Cuando todo esté solucionado a tu satisfacción, ve a la lanzadera.
Tres ciudadanas pasaron a nuestro lado con sendas bolsas colgando de sus enguantadas manos y el fragmento de conversación que oí me indicó que se dirigían a los muelles para tomar una nave que las llevaría a una estación del borde exterior. La puerta de uno de los ascensores se abrió diligentemente. Estación sabía, por supuesto, adónde se dirigían y ellas no tenían que solicitar que fuera abriéndoles paso.
Estación también sabía adónde me dirigía yo, pero no me abriría ninguna puerta sin que yo se lo pidiera expresamente. Me volví, entré deprisa en el ascensor detrás de ellas y vi que se cerraba la puerta mientras Cinco se quedaba, horrorizada, sobre el pavimento de piedra negra de la plaza. El ascensor se movió y las tres ciudadanas siguieron charlando. Cerré los ojos y vi que Kalr Cinco tenía la vista clavada en la puerta del ascensor e hiperventilaba un poco. Frunció tan levemente el ceño que nadie que pasara por su lado se daría cuenta. Luego movió un poco los dedos para reclamar la atención de la Misericordia de Kalr, pero lo hizo con cierta inquietud, como si temiera que la nave no la atendiera; aunque, por supuesto, Misericordia de Kalr ya estaba prestándole atención.
—No te preocupes —sonó la voz de la Misericordia de Kalr con voz serena y neutra en mi oído y en el de Cinco—. No es contigo con quien está enfadada la capitana de flota. Ponte en marcha. Todo saldrá bien.
Tenía razón. No era con Cinco con quien yo estaba enfadada. Aparté de mi visión los datos de Cinco y me desorientó recibir enseguida una oleada de información de Seivarden, que seguía dormida y soñando, y de la teniente Ekalu, que todavía estaba tensa y, en aquel momento, pedía una taza de té a una de sus etrepas. Abrí los ojos. Las ciudadanas se reían de algo que yo ignoraba, pero tampoco me importó. Cuando la puerta del ascensor se abrió, salimos al amplio vestíbulo de los muelles, que estaba bordeado por incontables iconos de diosas que las viajeras podían encontrar útiles o reconfortantes. A aquella hora del día había poca gente; salvo en la entrada a las oficinas de las autoridades portuarias, donde una cola de malhumoradas capitanas y pilotos esperaban su turno para quejarse a las agobiadas adjuntas de la inspectora. Dos portales interestelares habían quedado inutilizados durante los enfrentamientos de la semana anterior; probablemente, a algunos más les ocurriría lo mismo en un futuro próximo, y la Lord del Radch había prohibido utilizar los restantes, lo que había dejado atrapadas en el sistema a docenas de naves con sus pasajeras y cargamentos.
Las capitanas y pilotos me abrieron paso y se inclinaron levemente, como si una brisa hubiera soplado entre ellas. Lo había provocado el uniforme. Oí que una capitana le susurraba a otra, «¿Quién es?», y percibí el subsiguiente murmullo de la respuesta de su interlocutora y de las personas cercanas que comentaban su ignorancia o añadían lo que sabían. Oí Mianaai y Misiones Especiales. Lo único que sabían era lo que habían deducido de los acontecimientos de la semana anterior. La versión oficial afirmaba que había llegado al palacio Omaugh de incógnito para acabar con una conspiración sediciosa y que, en todo momento, había trabajado para Anaander Mianaai. Cualquiera que hubiera tomado parte en los acontecimientos y que, posteriormente, hubiera oído la versión oficial, sabría o sospecharía que no era cierta, pero la mayoría de las radchaais vivían vidas corrientes y no tenían ninguna razón para ponerla en duda.
Nadie cuestionó que pasara junto a las adjuntas y entrara en el antedespacho de la inspectora jefe. Daos Ceit, que era su asistente, todavía se estaba recuperando de sus heridas. Una adjunta que yo no conocía la sustituía y, cuando entré, se levantó deprisa y me saludó con una reverencia. Lo mismo hizo una teniente joven, muy joven, aunque con más dignidad y compostura de lo que yo habría esperado de alguien de diecisiete años; del tipo de joven que todavía tenía los brazos y las piernas esmirriados y que era lo bastante frívola para gastarse su primera paga en unas pupilas de color lila —seguro que no había nacido con los ojos de ese color. Su pantalón, la chaqueta, los guantes y las botas de uniforme de color marrón oscuro tenían un aspecto impecable y llevaba el pelo, que era negro y liso, muy corto.
—Capitana de flota, señor. Soy la teniente Tisarwat, señor —se presentó, e hizo otra reverencia.
Yo no respondí a su saludo, solo la observé. Si mi escrutinio la molestó, no lo percibí: todavía no enviaba datos a la Misericordia de Kalr y su oscura piel no se tiñó de rubor. El pequeño y discreto grupo de insignias que le colgaban cerca del hombro sugería que procedía de una familia de cierto rango, aunque no de los más elevados del Radch. Pensé que estaba prodigiosamente segura de sí misma o que era una loca, y ninguna de las dos opciones me complació.
—Pase, señor —me invitó la desconocida adjunta, señalando la puerta del despacho.
Yo entré sin dirigirle la palabra a la teniente Tisarwat. Cuando la puerta se cerró detrás de mí, la inspectora jefe Skaaiat Awer, de piel oscura, ojos de color ámbar, y aspecto elegante y aristocrático incluso vestida con el uniforme azul oscuro de las autoridades portuarias, se levantó e hizo una reverencia.
—¿Así que te vas, Breq?
Yo abrí la boca para decir: «cuando autorices nuestra partida», pero entonces me acordé de Cinco y del encargo que tenía que cumplir.
—Solo estoy esperando a Kalr Cinco. Por lo visto, no puedo despegar sin una vajilla aceptable.
Su cara arrojó una expresión de sorpresa que desapareció enseguida. Ella sabía, desde luego, que yo había enviado las pertenencias de la capitana Vel a la estación y que no tenía nada para reemplazarlas. Cuando su sorpresa se desvaneció, percibí diversión.
—¿Tú no habrías sentido lo mismo? —me preguntó.
Se refería a cuando yo ocupaba un lugar equivalente al de Cinco, cuando era una nave.
—No, nunca sentí algo así. Aunque algunas naves sí que lo sentían e incluso lo sienten actualmente.
Me refería, sobre todo, a las espadas, que en su mayoría creían que estaban por encima de las misericordias, más pequeñas y menos prestigiosas, y de las cruceros de batalla, las justicias.
—Mis Issa Siete sí que se preocupaban por ese tipo de cosas.
Antes de trabajar como inspectora jefe en el palacio Omaugh, Skaaiat Awer había servido como teniente en una nave con tropas humanas. Dirigió la mirada hacia mi única joya, una pequeña insignia de oro prendida junto a mi hombro izquierdo. Hizo un gesto y cambió de tema, aunque, en realidad, no estaba cambiando de tema.
—Así que a Athoek, ¿no? —Mi destino no había sido anunciado públicamente y, de hecho, podía considerarse información confidencial, pero la casa Awer era una de las más antiguas y adineradas y Skaaiat tenía primas que conocían personas que sabían cosas—. Dudo que yo te enviara allí.
—Pues allí voy.
Ella aceptó mi respuesta sin mostrar signos de sorpresa u ofensa.
—Siéntate, por favor. ¿Un té?
—No, gracias.
En realidad, sí que me habría sentado bien un té. En otras circunstancias, habría estado encantada de mantener una charla relajada con Skaaiat Awer, pero estaba ansiosa por partir. La inspectora jefe volvió a tomarse mi respuesta con calma y tampoco se sentó.
—Cuando llegues a la estación Athoek visitarás a Basnaaid Elming. —No se trataba de una pregunta. Sabía que yo la visitaría. Basnaaid era la hermana menor de alguien a quien tanto Skaaiat como yo habíamos querido; alguien a quien yo había matado cumpliendo órdenes de Anaander Mianaai—. En algunos aspectos es como Awn, pero en otros, no.
—Me dijiste que era tozuda.
—Es muy orgullosa y tan tozuda como su hermana; quizá más. Se ofendió mucho cuando le ofrecí un trato de clientelismo debido a mi relación con su hermana. Te lo digo porque sospecho que planeas hacer algo parecido, aunque, seguramente, eres la única persona viva más tozuda que ella.
Arqueé una ceja.
—¿Incluso más que la tirana?
La palabra no era de lengua radchaai, sino de alguno de los mundos anexionados y absorbidos por el Radch, por Anaander Mianaai. La tirana era casi la única persona en el palacio Omaugh que reconocería y entendería esa palabra, además de Skaaiat y yo.
Skaaiat Awer torció la boca en un gesto sarcástico.
—Quizá, sí. Quizá, no. En cualquier caso, piénsatelo bien antes de ofrecerle dinero o favores a Basnaaid. Se lo tomará como una ofensa. —Hizo un gesto amable de resignación, como si dijera: «claro que harás lo que quieras»—. Supongo que ya has conocido a nuestra nueva y jovencísima teniente.
Se refería a la teniente Tisarwat.
—¿Por qué ha venido aquí en lugar de ir directamente a la lanzadera?
—Ha venido a disculparse con mi asistente. —Se refería a la sustituta de Daos Ceit, a la adjunta que estaba en el antedespacho—. Sus madres son primas. —Formalmente, la palabra «primas» se refería a una relación entre dos personas de casas diferentes que compartían una progenitora o una abuela, pero en el lenguaje informal implicaba una relación más lejana, una amiga o dos personas que habían crecido juntas—. Habían quedado ayer para tomar un té, pero Tisarwat no se presentó ni contestó ninguno de los mensajes de mi asistente. Y ya sabes cómo se llevan las militares y las autoridades portuarias. —O sea, hacia el exterior, con amabilidad, pero en privado, con desdén—. Mi asistente se ofendió.
—¿Y por qué le importa tanto a la teniente Tisarwat que su prima se ofenda?
—Es evidente que nunca has tenido una madre que se enfadara contigo porque ofendiste a su prima, si no, no lo preguntarías —contestó Skaaiat medio riéndose.
Era cierto.
—¿Qué opinas de ella? —le pregunté.
—Un par de días atrás habría dicho que era caprichosa, pero hoy diría que tiene mucho más dominio de sí misma. —El adjetivo «caprichosa» no encajaba con la centrada joven que había conocido en el antedespacho, salvo, quizá, por aquellos ojos imposibles—. Hasta hoy estaba de oficinista en un sistema fronterizo.
—¿La tirana me ha asignado una administrativa novata?
—Nunca me imaginé que te asignara una novata de ningún tipo —reconoció Skaaiat—. De hecho, creía que te acompañaría ella misma, aunque quizá no queda mucho de ella aquí. —Cogió aire como si fuera a decir algo más, pero ladeó la cabeza y arrugó el entrecejo—. Lo siento, tengo que ocuparme de algo.
Los muelles estaban abarrotados de naves que necesitaban suministros, reparaciones o asistencia médica urgente; naves que estaban atrapadas en el sistema y con tripulaciones y pasajeras que se sentían sumamente descontentas por ello. El personal de Skaaiat llevaba días trabajando duramente y con escasos descansos.
—Desde luego. —Hice una reverencia—. Te dejaré tranquila.
Skaaiat todavía estaba escuchando a quien le transmitía el mensaje. Me volví para marcharme.
—Breq. —Volví a mirarla. Skaaiat todavía tenía la cabeza ladeada; todavía escuchaba a quien le hablaba—. Cuídate.
—Tú también.
Salí al antedespacho. La teniente Tisarwat seguía de pie, inmóvil y en silencio. La adjunta tenía la mirada fija enfrente y movía los dedos. Sin duda estaba atendiendo a asuntos portuarios urgentes.
—¡Teniente! —exclamé con voz seca; sin esperar su respuesta salí de las oficinas, pasé junto a las numerosas capitanas y pilotos descontentas y me dirigí al muelle donde esperaba la lanzadera que me conduciría a la Misericordia de Kalr.
La lanzadera era demasiado pequeña para generar su propia gravedad. Yo me sentía perfectamente cómoda en esas circunstancias, pero las oficiales muy jóvenes a menudo no lo llevaban bien. Dejé a la teniente Tisarwat junto a la compuerta para que esperara a Kalr Cinco y atravesé el molesto y delicado espacio que separaba la gravedad del palacio de la ingravidez de la lanzadera. Una vez dentro me propulsé de una patada hasta un asiento y me abroché el cinturón de seguridad. La piloto me saludó con una respetuosa inclinación de la cabeza, porque hacer una reverencia resultaba difícil en aquellas circunstancias. Cerré los ojos y vi que Cinco estaba en un amplio, diáfano y práctico almacén de paredes grises situado dentro del palacio propiamente dicho. Estaba lleno de arcones y cajas. Cinco sostenía en una de sus enguantadas manos de color marrón una taza de delicado cristal rosa intenso. En una caja abierta que tenía enfrente había siete tazas más, una tetera y varios platos. El placer y el anhelo que sentía por aquellos bonitos objetos estaban minados por la duda. Yo no podía leerle la mente, pero supuse que le habían indicado que eligiera un juego de té del almacén. Ella encontró aquel y lo deseaba con todas sus fuerzas, pero no acababa de creerse que le permitieran llevárselo. Yo estaba casi segura de que estaba hecho de vidrio soplado y que tenía más de setecientos años de antigüedad. No sabía que Cinco era una experta en aquellas cuestiones. Aparté la imagen de mi visión, pensé que Cinco tardaría bastante tiempo en resolver aquel asunto y decidí que podía dormir un poco.
Me desperté tres horas más tarde y lo primero que vi fue a Tisarwat, la teniente de ojos lilas, que estaba abrochándose con destreza el cinturón de seguridad en un asiento situado frente al mío. Kalr Cinco, que ahora irradiaba satisfacción, presumiblemente por los resultados de su gestión en el almacén de palacio, se propulsó hacia la teniente Tisarwat y, con un gesto de la cabeza y un «solo por si acaso, señor» pronunciado en voz baja, le tendió una bolsa para el prácticamente inevitable momento en el que el estómago de la nueva oficial reaccionara a la microgravedad.
Yo había conocido tenientes jóvenes que habrían considerado este ofrecimiento un insulto, pero la teniente Tisarwat aceptó la bolsa y esbozó una leve y vaga sonrisa que no alcanzó al resto de sus facciones. Todavía parecía totalmente serena y calmada.
—Teniente, ¿ha tomado algún medicamento? —pregunté mientras Kalr Cinco se propulsaba hacia delante para sentarse junto a la piloto, que era otra Kalr.
Eso también se podía considerar un insulto. Los medicamentos contra las náuseas eran fáciles de conseguir y yo había conocido oficiales excelentes y de larga experiencia que siempre los tomaban antes de subir a una lanzadera. Aunque ninguna de ellas lo admitió nunca.
Los últimos trazos de la sonrisa de la teniente Tisarwat se desvanecieron.
—No, señor.
Calmada. Sin alterarse.
—Si los necesita, la piloto puede dárselos.
Este comentario sí que tenía que provocar en ella alguna reacción. Y la provocó, aunque una ínfima fracción de segundo más tarde de lo que yo esperaba: un conato de ceño fruncido y un enderezamiento indignado de los hombros dificultado por las correas del asiento.
—No, gracias, señor.
«Caprichosa», había dicho Skaaiat. Normalmente, no se equivocaba tanto con las personas.
—Yo no pedí que viniera, teniente. —Mantuve la voz neutra, pero con un deje de enfado, lo que me resultó bastante fácil dadas las circunstancias—. Usted está aquí solo porque Anaander Mianaai lo ordenó. No dispongo de tiempo ni de recursos para enseñar a una novata. Será mejor que espabile deprisa. Necesito oficiales que sepan lo que hacen. Necesito una tripulación en la que pueda confiar.
—Señor, sí, señor —contestó la teniente Tisarwat todavía calmada, pero con cierta gravedad en la voz y con el conato de ceño fruncido un poco más pronunciado.
Se había tomado algo, probablemente algún medicamento contra las náuseas, y si yo fuera dada a las apuestas, habría apostado mi considerable fortuna a que estaba drogada hasta las cejas como mínimo con algún sedante. Tenía ganas de consultar su historial. A aquellas alturas, la Misericordia de Kalr ya debía de tenerlo. Pero la tirana vería que yo había accedido al expediente; al fin y al cabo, la Misericordia de Kalr pertenecía a Anaander Mianaai, que disponía de las claves de acceso que le permitían controlar la nave. La Misericordia de Kalr veía y oía todo lo que yo hacía y decía y, si la tirana quería esa información, solo tenía que pedirla. Y yo no quería que supiera lo que yo sospechaba. En realidad deseaba que quedara demostrado que mis sospechas eran falsas, descabelladas.
Si la tirana estaba observando —seguro que lo hacía a través de la Misericordia de Kalr y seguiría haciéndolo hasta que saliéramos del sistema—, de momento ya me parecía bien que creyera que me molestaba que me hubiera endilgado una novata en lugar de alguien que supiera lo que hacía.
Aparté la atención de la teniente Tisarwat. Delante, la piloto se inclinó hacia Cinco y le dijo en voz baja y con disimulo:
—¿Va todo bien? —Y al ver que Cinco fruncía el ceño con extrañeza añadió—: Está muy callada.
—¿Lleva así todo el tiempo? —preguntó Cinco a su vez también con disimulo.
Estaban hablando de mí y no querían que la nave, obedeciendo mis órdenes de informarme de lo que la tripulación comentara sobre mí, me transmitiera lo que estaban diciendo.
Yo tenía el viejo hábito, un hábito de unos dos mil años de antigüedad, de cantar cualquier canción que cruzara por mi mente; o de tararearla. Al principio, eso provocó cierta extrañeza e incomodidad en la tripulación, ya que aquel cuerpo, el único que me quedaba, no tenía una voz especialmente bonita. Sin embargo, estaban acostumbrándose a aquella peculiaridad mía y me resultó irónicamente divertido ver que a algunas miembros de la tripulación les inquietaba mi silencio.
—Ni pío —contestó la piloto a Kalr Cinco.
Miró levemente de soslayo, lo que unido a una ligera tensión del cuello y de los músculos del hombro me indicó que sentía el impulso de mirar hacia atrás, hacia la teniente Tisarwat.
—Vale —comentó Cinco coincidiendo, pensé yo, con la suposición silenciosa de la piloto respecto a lo que podía ser la causa de mi malestar.
Bien. Que Anaander Mianaai también viera eso.
El trayecto de vuelta a la Misericordia de Kalr era largo, pero la teniente Tisarwat no utilizó la bolsa ni dio muestras de sentirse mal. Yo pasé el tiempo durmiendo y pensando.
Las naves, las comunicaciones y los datos viajaban entre las estrellas a través de portales señalizados con balizas y permanentemente abiertos. Los cálculos ya estaban hechos y las rutas a través del peculiar espacio de los portales, donde las distancias espaciales y temporales no coincidían con las del espacio común, ya estaban establecidas. Pero las naves militares, como la Misericordia de Kalr, podían generar sus propios portales. Era mucho más arriesgado, porque podían elegir una ruta, una entrada o una salida equivocadas y la nave podía acabar en cualquier lugar o en ninguno. Pero eso no me preocupaba, porque la Misericordia de Kalr sabía lo que hacía y llegaríamos sanas y salvas a la estación Athoek.
Además, mientras nos desplazáramos por el portal dentro de nuestra burbuja de espacio normal, estaríamos totalmente aisladas y eso era lo que yo quería. Quería alejarme del palacio Omaugh y resultar inalcanzable a la vista de Anaander Mianaai y a cualquier orden o intervención.
Cuando estábamos a punto de llegar a la nave, a pocos minutos del acoplamiento, la Misericordia de Kalr sonó directamente en mi oído.
—Capitana de flota.
No necesitaba requerir mi atención con palabras, solo tenía que desearlo. Por otro lado, casi siempre sabía lo que yo quería sin que yo tuviera que verbalizarlo. Yo podía conectar con la Misericordia de Kalr de una forma que nadie más en la nave podía. Sin embargo, no podía ser la Misericordia de Kalr como había sido la Justicia de Toren, no sin perderme por completo y para siempre.
—Nave —contesté en voz baja.
Sin que yo se los pidiera, la Misericordia de Kalr me dio los resultados de sus cálculos y toda una gama de posibles rutas y horarios de despegue. Elegí partir lo antes posible, di las órdenes oportunas y, poco más de seis horas más tarde, ya habíamos iniciado el viaje.