Título original: Firefightt 

Traducción: Pedro Jorge Romero 

1.ª edición: Enero 2016 

© Ediciones B, S. A., 2016 

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España) 

www.edicionesb.com 

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-289-9 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. 

Contents
Contenido
Presentación
Dedicatoria
Prólogo
PRIMERA PARTE
1
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SEGUNDA PARTE
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TERCERA PARTE
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CUARTA PARTE
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Epílogo
Agradecimientos
MITOSIS
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5
firefight

Presentación

Tras el éxito de Steelheart, llegamos con este título al segundo libro de la serie de los Reckoners, una obra que cada vez me parece más importante en la siempre destacable y espectacularmente abundante producción de uno de los mejores escritores de los últimos años. Me refiero a Brandon Sanderson, casi con toda seguridad el más prolífico de los nuevos autores de la mejor fantasía emparentada, en cierto modo, con la ciencia ficción. Sanderson es un autor siempre capaz de mantener un elevado grado de novedad e inventiva, un enfoque inédito en la manera de tratar los temas fantásticos y, lo más importante, una importantísima calidad media, como lo demuestran sus obras más conocidas: Elantris, la (primera) trilogía de los Mistborn (Nacidos de la bruma), o esa otra maravilla que es El aliento de los dioses (Warbreaker), o la potente y personalísima serie iniciada con El camino de los reyes.

Como les decía en mi introducción a Steelheart, una de las más genuinas satisfacciones de un editor es, simplemente, «encontrar» a un autor nuevo y prometedor. En los largos años dirigiendo esta colección he «encontrado» autores nuevos de todo tipo y condición que han sido conocidos en España gracias a NOVA. 

Mi más reciente descubrimiento fue este sorprendente Brandon Sanderson, un autor joven que, ya desde sus primeras obras, ha renovado la fantasía, durante tanto tiempo encerrada en el clásico «cliché a la Tolkien», hoy algo agotado por exceso de repeticiones. Ahora puedo constatar que la sorpresa que me proporcionó este autor con su primera novela, Elantris (2005), se ha confirmado, y esa es solo una muestra de las muchas satisfacciones que nos va a deparar a todos. 

No he sido el único maravillado por la habilidad narrativa y el universo fabulador de Brandon Sanderson. Cuando Robert Jordan falleció, en septiembre de 2007, no resultó extraño que se decidiera que sería precisamente el joven (y todavía «novato») Sanderson quien se encargara de terminar la novela entonces en proceso de redacción (A Memory of Light), que iba a ser el volumen final de la famosa serie La rueda del tiempo, que Robert Jordan no alcanzó a concluir. En manos del laborioso y prolífico Sanderson, esa novela final que su autor dejó bastante encarrilada al menos en sus notas, se ha convertido en tres volúmenes que Sanderson ya ha escrito y publicado: The Gathering Storm (2009), Towers of Midnight (2010 ) y la esperada A Memory of Light (2013), que finaliza el encargo. Y eso sin olvidar la escritura de sus propias obras (¿hasta qué punto esta trilogía final de La rueda del tiempo, con su dilatada extensión, no es una obra más de Brandon Sanderson?). 

Porque en esos mismos cuatro años, Sanderson ha iniciado tres trilogías más: la segunda de Mistborn (ya iniciada en NOVA con Aleación de ley, en 2012), la de los Rithmatistas (ya iniciada su publicación en España, como siempre en NOVA) y la de los Reckoners que hoy nos ocupa. Y eso sin olvidar algunas novelas cortas como esa fabulosa The Emperor Soul (2012) ambientada en el mundo de Elantris que le valió el Premio Hugo de novela corta en 2013. Asimismo, nos ha ofrecido los dos primeros volúmenes (ambos ya aparecidos en castellano) de la que parece llamada a ser su magna obra (con permiso de Elantris, Mistborn o El aliento de los dioses...) que es La guerra de las tormentas. Los primeros títulos de esta, El camino de los reyes (2012) y Palabras radiantes (2014), ya se han publicado en NOVA, aunque inició su andadura narrativa (en la mente y los borradores de Sanderson) hace ya más de diez años y parece llamada a constar de unos diez volúmenes. Ahí es nada. 

Calidad y cantidad se aúnan de manera casi inevitable en la obra de Brandon Sanderson, que escribe con la frescura, inventiva y calidad necesarias para ser ya un autor de referencia en el mundo de la fantasía. Sanderson parece no saber todavía que está llamado a ser importante y tal vez por eso mantiene su empuje y maneja su habilidad y su descaro narrativo como el joven que se quiere comer el mundo. Que no decaiga. 

En mi presentación de Elantris, la primera novela publicada de Brandon Sanderson, ya les contaba la sorpresa que la irrupción de este joven autor ha causado en todo el mundo. Ahora también puedo dar testimonio de cómo el éxito internacional de Elantris se ha repetido en España. 

Brandon Sanderson creció en Lincoln (Nebraska, EE. UU.) y ahora vive en Provo (Utah, EE. UU.) con su esposa Emily. Obtuvo la licenciatura en lengua y literatura inglesas por la Brigham Young University y durante dos años impartió clases en estas áreas. Antes había estudiado bioquímica y, siendo creyente de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días (LDS: Lost Days Saints, los conocidos «mormones»), estuvo los preceptivos años como «misionero», en su caso en Corea (fue a su regreso a Estados Unidos cuando se especializó en lengua y literatura inglesas). En 2006 se casó con Emily Bushman (compañera de estudios y en la actualidad su business manager), con la que tiene ya tres hijos. Hoy, además de escribir (muy prolíficamente) enseña escritura creativa en la Brigham Young University. 

Es autor de numerosas novelas, pero la primera en ver la luz fue la sexta, escrita en 2000, Elantris (publicada en su original inglés en mayo de 2005), recibida por público y crítica como una interesantísima renovación en el tan trillado género de la fantasía. Se trata de una novela tan sorprendente como amena que ofrece de todo para todos: misterio, magia, romance, enfrentamientos políticos, conflictos religiosos, luchas por la igualdad y una escritura penetrante con personajes consistentes y maravillosos. 

Elantris, que parece una novela de fantasía épica, no es solo eso. Faren Miller, de Locus, lo detectó claramente destacando en ella un tono no-conformista no excesivamente habitual en la fantasía. No en vano, Sanderson dice haber empezado a leer fantasía cuando, a los catorce años, cayó en sus manos una novela sumamente inteligente e irónica como es Vencer al dragón (1985, NOVA fantasía número 7), de Barbara Hambly. Faren Miller destaca claramente en Elantris esa posible orientación al recalcar el tono del Prólogo, tan clásico en la descripción de una fantástica capital de seres inmortales como había sido la ciudad de Elantris, para finalizar introduciendo, ya en el mismo Prólogo, un dato sorprendente y casi subversivo: «La eternidad terminó hace diez años.»

Coincido con Brandon en la apreciación de Vencer al dragón y valoro muchísimo su primera novela publicada, Elantris, que sigo considerando una de las mejores de las últimas décadas en ese complejo universo de una nueva fantasía sujeta, en cierta forma, a algunas «reglas de uso» que la acotan un poco y acaban resultando muy adecuadas. 

Les remito a mi presentación de Steelheart, el primer volumen de esta trilogía, para destacar el enfoque «distinto» y casi me atrevería a decir que «realista» que Brandon Sanderson da a la fantasía. Allí incluí un texto del estudiante Sanderson en un trabajo académico sobre la fantasía que ya les había extractado en la presentación de Elantris. Un texto en el que el entonces joven autor ya desarrollaba su tesis en favor del cambio en la narrativa fantástica y la superación del enfoque «a la Tolkien», que etiquetaba como el «síndrome de Campbell». A esa introducción les remito. 

Tuve la oportunidad de hablar largo y tendido con Brandon (y con su esposa Emily) cuando vino a Barcelona, en noviembre de 2006, como conferenciante invitado en la ceremonia de entrega del Premio UPC de Ciencia Ficción. Puedo asegurar que ideas no le faltan a Brandon Sanderson y que su capacidad de reflexión sobre la narrativa fantástica, unida a su habilidad extraordinaria como narrador y su interés por temas «adultos» (política, estrategia, religión y un interesante etcétera), nos ha de deparar muchas más sorpresas. 

En ese par de días hablé con Brandon sobre su manera de enfocar la magia en sus novelas de fantasía. Allí, al hablar, por ejemplo, de los alománticos de la serie Mistborn, me detalló su idea de que podía haber seres capaces de ejecutar actos de magia pero que no por ello dejaban de vivir en nuestro universo regido, por ejemplo, por las leyes de la física newtoniana. Si mágicamente se produce un efecto, hay que esperar un contra-efecto inevitable en un universo en el que rige la tercera ley de Newton: a toda acción corresponde una reacción. 

Ese punto de vista lo ha detallado y precisado aun más con el tiempo. En su página web habla de ello. (Dicha página, http://www.brandonsanderson.com/, resulta de gran interés y les invito a visitarla.) 

En particular, como profesor ahora de escritura creativa, Sanderson ha profundizado en su propio arte y en las reglas que lo rigen. Él mismo nos lo cuenta en esa página web cuando establece dos grandes principios que, además de estar presentes en su obra, es capaz de rastrear en la de otros grandes autores de fantasía, entre ellos George R.R. Martin o el británico Joe Abercrombie (The First Law). 

Los dos principios de Sanderson son sencillos pero tiene un gran efecto. 

Primer Principio: La magia ha de tener un coste.

Segundo Principio: El beneficio y el coste han de ser iguales.

Fácilmente se percibe que esos principios formulan la idea de que, en nuestro universo, a toda acción corresponde una reacción de la que hablé con él a propósito de Mistborn hace ya unos años. 

Los poderes mágicos, como todo tipo de poderes, necesitan de una especie de regulación para «humanizar» a quien los posee y utiliza. Y de ahí la gran riqueza humana de los personajes de Sanderson: disponen del favor de la magia, pero eso siempre tiene un coste. Está ya en El señor de los anillos (ese anillo que te hace invisible pero deja rastros en tu psique), y viene a ser el principio de realidad de la economía trasladado al mundo de la magia... 

Sanderson se distingue también por los distintos sistemas de magia que inventa para cada una de sus series, cada uno de los cuales, sin perder su poder, no deja de estar encauzado y ser visto, en cierta forma, de manera «racional». Es lo que ocurre, por ejemplo, con los alománticos de la serie Mistborn, los alientos (breath) que acumulan los personajes de El aliento de los dioses y tantos otros. En la serie de los Reckoners la magia reside en los poderes de los Épicos y su contrapartida se halla en el punto débil que tienen todos y cada uno de estos. Magia con reglas para obligar al autor a ser serio y disciplinado cual corresponde y el lector merece. 

La trilogía que se empezó con Steelheart lleva por nombre genérico los Reckoners. La serie estará formada por Steelheart (2013), Firefight (2014) y Calamity (prevista en Estados Unidos para 2016), además de un relato ya publicado, Mitosis (2013), que se situaría entre los libros primero y segundo de la trilogía (con un final y un desarrollo complementario al de la primera novela). 

Por cierto, en esta edición, gracias a la habilidad de la editora Marta Rossich a la hora de negociar, el lector podrá leer, por primera vez recogido en libro, el mencionado relato Mitosis (2013). Se publicará al final del libro (así lo ha pedido Sanderson), pero les recomiendo leerlo antes de Firefight. Quien avisa no es traidor... 

Aunque hay otras acepciones, un reckoner vendría a ser alguién ocupado en vengar los errores o malas acciones del pasado y, también, en el ámbito religioso, una venganza relacionada con el Juicio Final, algo así como el vengador del Juicio Final. 

Viene ello a cuento, ya que, en el universo de esa serie, de manera inesperada, incomprendida y trágica se ha producido una Calamidad (Calamity) que ha creado, más bien de forma azarosa, una serie de superhéroes en todo el planeta. A esos superhéroes se les llama Épicos (epics) e infortunadamente, o tal vez muy humanamente, no resultan ser buenas personas. 

En el esquema habitual del mundo de los superhéroes de los cómics, ya es conocida la famosa frase «un gran poder conlleva una gran responsabilidad» (por ejemplo, tío Ben se la dice a Spiderman antes de morir). Pero, por desgracia, no ocurre así con los Épicos. Tal vez respondiendo a su humano origen, son egoístas y procuran para sí mismos, convirtiéndose en dictadores de la humanidad. Son, en general, los «malos» de esta serie. 

Evidentemente, la humanidad no quiere aceptar esa esclavitud sobrevenida y se resiste. Los resistentes son los Reckoners, a los que el protagonista, David, se une en el primer volumen de la serie. A los ocho años, David presenció la muerte de su padre a manos de Steelheart, el Épico que rige en lo que antes había sido Chicago. Y en ese lance vio sangrar a Steelheart. Sabe que el este no es invencible y desea encontrar a los Reckoners para enfrentarse a él y vencerlo, y así vengar a su padre. Todo ello ocurre en Steelheart, cuyo agitado final incluye muchos descubrimientos bastante inesperados que no voy a comentar por aquello de evitar recaer en spoilers (un defecto del que debo acusarme más de una vez...). Lo más destacable en esta nueva serie es que Sanderson invierte los papeles y deja a los humanos protagonistas el papel de opositores a los poderes (casi mágicos) de los Épicos. 

El ritmo narrativo es tan trepidante como deslumbrante. Como no podía ser menos, el primer volumen de la serie, Steelheart, ya ha sido adquirido para su versión cinematográfica en lo que puede ser una producción espectacular cuyo ritmo ya está completamente prefigurado en el texto escrito por Sanderson, capaz, como ya he dicho varias veces, de múltiples registros. 

Alguien ha querido considerar que la serie Reckoners solo está dirigida a un público adolescente, que está compuesta por «novelas juveniles» al uso. He de disentir claramente y con determinación de esa caracterización. Me temo que ya no soy eso que se llama un «joven» o «adolescente», y esta serie me interesa. David, el protagonista, es, sí, un adolescente que, además de luchar, aprende cuál es su lugar en la vida. Se trata de una serie que respeta al lector mucho más que esas sagas creadas ad hoc para uso y consumo de adolescentes, como Crepúsculo (2005), Los juegos del hambre (2008) o Divergente (2011), todas ellas con protagonistas femeninas y en las que se suceden aventuras (sin cortapisas ni controles excesivos) ya sea en mundos fantásticos poblados de vampiros y licántropos o, más recientemente, en distopías contra las que luchar. 

En los Reckoners hay, sí, una revuelta de un joven como David que quiere vengar a su padre asesinado por Steelheart, pero hay mucho más. Los Reckoners son adultos, con un papel más parecido al de la resistencia humana a todo tipo de dictaduras, y David, manteniendo su papel protagonista, se suma a ese grupo de esforzados paladines de la humanidad que pretenden enfrentarse a los efectos de esa terrible Calamidad (Calamity) que se ha cernido sobre el género humano. 

No voy a contar nada más de Firefight, pero sí quiero recordar que «solucionado» el problema de Chicago Nova (dominio de Steelheart) en el primer volumen de la serie, ahora la aventura se desplaza mayormente a la cambiada Nueva York, que recibe el nombre de Babilonia Restaurada (Babylon Restored). Ahí siguen las aventuras de David y los Reckoners y, cada vez más, nos acercamos a la explicación final del porqué y el significado de esa terrible Calamidad que ha sacado de los Épicos que han adquirido poderes todo aquello que de peor tiene el ser humano: egoísmo, prepotencia, violencia y un largo etcétera que todos conocemos. 

Una reflexión más. El recurso a los superhéroes es algo muy habitual en nuestra cultura occidental tan dominada por EE. UU. Siempre canto a la individualidad, el papel del superhéroe ha sido el súmmum de la cultura estadounidense. Pese a vivir en una de las sociedades más dotadas de recursos del planeta, los héroes de las aventuras actúan casi siempre solos y sin recurrir a ninguno de los sistemas de ayuda (policía, bomberos, médicos, etc.) que una sociedad avanzada ha de proporcionar a sus ciudadanos. En el caso de los Reckoners se trata de humanos «normales» enfrentados a la utopía negativa constituida por esos poderes (¿mágicos?) tan mal utilizados por los Épicos y, como suele ser habitual en él, Brandon Sanderson hace alarde de su gran capacidad de inventiva e imaginación: los poderes de los Épicos en esta serie resultan sumamente novedosos y ampliamente variados. Sanderson se nos muestra de nuevo como un creador infatigable que no deja de razonar sobre el misterioso origen de esos poderes (Calamity) y la amplia variedad de los mismos. 

Como siempre en este autor, los Épicos tienen poderes pero son vulnerables. La magia tiene un coste. Es algo imprescindible para la existencia de una narración. Si nos fijamos en un superhéroe todopoderoso como Superman, resulta evidente que, si lo puede todo, no hay trama posible. Aun aceptando que algunas de las tramas de los cómics de los superhéroes estadounidenses son muy infantiles, la necesidad de que el superhéroe tenga problemas es imprescindible para que exista una narración. De ahí la kryptonita de Superman, su enfrentamiento con otros kryptonianos en la segunda de las películas de la primera serie protagonizada por Christopher Reeves, o incluso el enfrentamiento con su otro yo materializado en la tercera de esas películas. Si no hay un opositor del mismo nivel no existe aventura. 

Además de los cómics de superhéroes en sí mismos, hay otras visiones a destacar. De los imprescindibles Watchmen (1986 y 1987) de Alan Moore a estos Épicos de Sanderson hay un largo camino con diversos tratamientos sobre los superhéroes pero, al menos que yo conozca, ninguno como el que aborda Sanderson: los superhéroes, dotados de poderes variadísimos y en realidad mágicos, son en realidad supervillanos. Ahí es nada. 

La nueva trilogía de los Reckoners está llamada a ser una serie de superhéroes, o, mejor, de supervillanos, con aventuras de todo tipo en las que estos se enfrentan con simples humanos que, aparentemente, solo cuentan con la ayuda de su inteligencia y, sobre todo, su voluntad y determinación. Se trata de una aventura épica, humana como pocas, a la que Sanderson proporciona un ritmo en verdad trepidante y en la que imagina para los Épicos una brillante variedad de poderes sin cuento (ese es el sistema de magia de Reckoners: los superpoderes de los Épicos). No es poca cosa. 

En resumen, una nueva serie de un autor excepcional y sumamente prolífico (sin bajar el alto nivel de calidad al que nos tiene acostumbrados), una rara avis de la fantasía moderna, a la que aporta un enfoque propio y sumamente poderoso y sugerente. Y esta vez en un mundo de superhéroes con toda la imaginación, la aventura, la magia y los entrañables personajes a que nos tiene acostumbrados. 

Que ustedes la disfruten. 

Miquel Barceló

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Para Nathan Goodrich, 

un buen amigo que tuvo la paciencia 

de leer mis libros cuando eran muy malos 

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Prólogo

Vi el ascenso de Calamity.

En aquel momento yo tenía seis años y me encontraba de pie, de noche, en el balcón del apartamento. Todavía recuerdo la forma en que el aire acondicionado traqueteaba en la ventana que tenía al lado, superponiéndose al sonido del llanto de mi padre. La máquina sobrecargada colgaba sobre un abismo de muchos pisos, goteando agua como si fuese sudor en la frente de un suicida dispuesto a saltar. Estaba estropeada; expulsaba aire pero no enfriaba nada. Con frecuencia mi madre la desconectaba. Cuando ella murió, mi padre la dejó encendida; decía que cuando estaba en marcha sentía más fresco.

Bajé el polo que comía y entorné los ojos mirando a aquella extraña luz roja que se elevaba sobre el horizonte como una nueva estrella. Solo que nunca hubo una estrella tan brillante ni tan roja. Carmesí. Daba la impresión de ser una herida de bala en la mismísima bóveda de los cielos.

Aquella noche, Calamity cubrió toda la ciudad con un extraño resplandor cálido. Yo me quedé allí —con el polo que se descongelaba y el líquido pegajoso que se me escurría entre los dedos— contemplando el ascenso.

Luego se empezaron a oír los gritos.

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PRIMERA PARTE

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1

—¿David? —dijo la voz en mi auricular.

Desperté de mis ensoñaciones. Había vuelto a quedarme contemplando a Calamity, pero ya casi habían pasado trece años desde su ascenso. Ya no era un niño en casa con su padre; ya ni siquiera era un huérfano que trabaja en la fábrica de munición de las calles subterráneas.

Era un Reckoner.

—Aquí estoy —respondí. Me eché el rifle al hombro y atravesé la azotea. Era de noche y podría jurar que la luz de Calamity lo cubría todo de un tono rojizo, aunque nunca había vuelto a tener el brillo de aquella primera noche.

Frente a mí se extendía el centro de Chicago Nova, con sus superficies que reflejaban la luz de las estrellas. Todo era de acero, como si se tratase de un cyborg del futuro al que le hubiesen arrancado la piel; aunque, ¡vale!, un cyborg sin intenciones asesinas. O, ya puestos, sin vida.

«Vaya —pensé—, la verdad es que las metáforas se me dan fatal.»

Steelheart ya había muerto y habíamos recuperado las calles superiores de Chicago Nova, incluyendo muchos lugares de diversión que la élite en su momento había reclamado como propios. Ya podía ducharme todos los días en mi propio baño. Casi no sabía qué hacer con tanto lujo; aparte de, ya saben, no apestar.

Chicago Nova, después de tanto tiempo, era libre.

Mi trabajo consistía en garantizar que siguiese siéndolo.

—No veo nada —susurré, arrodillándome al borde de la azotea. Llevaba un auricular que se conectaba de forma inalámbrica con mi móvil. Una pequeña cámara instalada en el auricular permitía que Tia viese lo que yo veía y el auricular tenía sensibilidad suficiente para transmitir mis palabras aunque hablase muy bajo.

—Sigue observando —dijo Tia—. Cody informa de que el Profesor y el blanco fueron en tu dirección.

—Aquí todo está tranquilo —susurré—. ¿Estás segura de que...?

La azotea estalló a mi lado. Me caí hacia atrás y di un grito mientras el edificio al completo temblaba. La explosión esparció sobre mí pedazos de metal roto. ¡Calamity! Esos impactos daban duro.

—¡Chispas! —gritó Cody en el auricular—. Me ha esquivado, chico. Va hacia ti por el norte...

Su voz quedó ahogada cuando otro reluciente pulso de energía surgió del suelo y arrancó la azotea cerca de mi posición anterior.

—¡Corre! —aulló Tia.

¡Como si hiciese falta que me lo dijese! Me puse en marcha. A mi derecha, de la misma luz, se materializó una figura. Vestida con un mono negro y deportivas, Sourcefield llevaba una máscara completa —como la de un ninja— y una larga capa negra. Algunos Épicos adoptaban todo eso del papel de poderes inhumanos más que otros. La verdad: estaba ridícula, aunque reluciese un poco en azul y chisporrotease con la energía que se extendía por su cuerpo.

Si tocaba algo, podía transformarse en energía y usarlo para desplazarse. No era realmente teletransportación, pero se le parecía mucho; cuanto más conductor fuese el material, más lejos podía llegar y para ella una ciudad levantada de acero era como el paraíso. Lo sorprendente es que le hubiese llevado tanto tiempo llegar hasta allí.

Y por si la teletransportación no fuese suficiente, sus habilidades eléctricas hacían que fuese inmune a la mayoría de las armas. Era famosa por los espectáculos luminosos que desprendía. Nunca la había visto en persona, pero siempre había querido observar su trabajo.

Aunque no tan de cerca.

—¡Desecha el plan! —me ordenó Tia—. ¿Profesor? ¡Jon! ¡Informad! ¿Abraham?

Yo prestaba atención a medias mientras un globo de electricidad chisporroteante pasaba junto a mí. Me detuve de golpe y corrí en sentido contrario justo cuando un segundo orbe pasaba justo por donde había estado. Ese dio en la azotea, lo que provocó otra explosión y me hizo trastabillar. Mientras llegaba al borde del edificio los fragmentos de metal me daban en la espalda.

Salté.

No caí mucho antes de dar en el balcón de un ático. Corrí al interior con el corazón desbocado. Al otro lado, junto a la puerta, esperaba una nevera portátil de plástico. Abrí la tapa de golpe y rebusqué en su interior mientras hacía lo posible por mantener la calma.

Sourcefield había llegado a Chicago Nova a principios de la semana. Había empezado a asesinar de inmediato: gente aleatoria, sin ningún propósito perceptible. Igual que había sucedido con Steelheart al principio de su carrera. Luego se había puesto a exigir que los ciudadanos le entregasen a los Reckoners, para poder llevarnos frente a la justicia.

Una forma retorcida de justicia Épica. Mataban a todo el que querían, pero responder a sus ataques era una ofensa tan enorme que apenas podían concebirla. Bien, iba a recibir su ración muy pronto. Hasta aquel momento nuestro plan para acabar con ella no iba demasiado bien, pero éramos los Reckoners. Nos preparábamos para lo inesperado.

De la nevera saqué un globo de agua.

«Será mejor —pensé— que esto salga bien.»

Durante el día Tia y yo habíamos hablado de los puntos débiles de Sourcefield. Todo Épico tenía al menos un talón de Aquiles, muy a menudo aleatorio. Tenías que investigar la historia de un Épico, qué cosas evitaba, para intentar deducir qué sustancias o situaciones podían invalidar sus poderes.

Aquel globo contenía lo que creíamos que podría ser el punto débil de Sourcefield. Me volví, sopesando el globo con una mano y el rifle en la otra. Miraba fijamente la puerta y esperaba a que viniese a por mí.

—¿David? —me dijo Tia.

—¿Sí? —susurré, ansioso, listo para lanzar el globo.

—¿Por qué miras hacia el balcón?

¿Por qué...?

¡Ah, cierto! Sourcefield podía atravesar las paredes.

Sintiéndome idiota, di un salto hacia atrás justo cuando Sourcefield atravesaba el techo, con la electricidad zumbando a su alrededor. Llegó al suelo y apoyó una rodilla. Tenía la mano, donde crecía una bola de electricidad, extendida y provocaba sombras frenéticas a su alrededor.

Lo único que sentí cuando lancé el globo fue un subidón de adrenalina. Le dio justo en el pecho y su ráfaga de energía se apagó de inmediato. El líquido rojo del globo salpicó las paredes y el suelo a su lado. Era demasiado poco denso para ser sangre. Se trataba de una antigua bebida con sabor a fruta que venía en polvo que mezclabas con agua y azúcar. La recordaba de mi infancia.

Y era su punto débil.

Con el corazón desbocado, cogí el rifle. Sourcefield se miraba el torso mojado como si estuviese sufriendo una conmoción, aunque la máscara negra me impedía ver su expresión. Había líneas eléctricas que todavía se movían por su cuerpo, como diminutos gusanos relucientes.

Apunté el rifle y apreté el gatillo. El estruendo del disparo en el interior casi me deja sordo, pero lancé una bala directamente a la cara de Sourcefield.

Esa bala explotó al atravesar su campo energético. Incluso empapada de zumo en polvo, su protección seguía activa.

Me miró. Su electricidad recuperaba la vida y se volvía más violenta, más peligrosa. Iluminó la estancia como si fuese una pizza calzone rellena de dinamita.

«Ufff...»

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2

Llegué como pude al pasillo mientras la puerta estallaba a mi espalda. La explosión me lanzó de cara contra la pared y oí un crujido.

Por una parte, me sentía aliviado; el crujido indicaba que el Profesor seguía vivo: sus habilidades Épicas me ofrecían un campo de protección. Por otra parte, venía a por mí una máquina asesina y malvada.

Me aparté de la pared y corrí por el pasillo de metal, iluminado por el móvil que llevaba sujeto al lado. «La tirolina —pensé frenético—. ¿Por dónde? Creo que a la derecha.»

—He encontrado al Profesor —dijo la voz de Abraham en mi oído—. Está encerrado en una especie de burbuja de energía. Parece frustrado.

—Échale zumo instantáneo a la burbuja —dije jadeante. Me metí por un pasillo lateral mientras una explosión eléctrica destrozaba el pasillo que acababa de abandonar. ¡Chispas! Estaba furiosa.

—Voy a abortar la misión —dijo Tia—. Cody, baja y recoge a David.

—Roger —dijo Cody. Por su línea de comunicación se apreciaba un ligero golpeteo: el sonido de las hélices de un helicóptero.

—¡Tia, no! —dije, entrando en una habitación. Me eché el rifle al hombro y agarré una mochila llena de globos de agua.

—El plan está fallando —dijo Tia—. Se supone que la avanzadilla es el Profesor, David, no tú. Además, acabas de demostrar que los globos no sirven.

Cogí un globo y me volví. A continuación aguardé durante un latido hasta que se formó electricidad en una pared, lo que anunciaba la llegada de Sourcefield. Apareció un segundo después y le lancé el globo. Soltó una maldición, se hizo a un lado y el rojo cubrió la pared.

Me volví y corrí, atravesé la puerta para llegar a un dormitorio y me dirigí al balcón.

—Teme el zumo, Tia —dije—. Mi primer globo contrarrestó una ráfaga de energía. Hemos acertado con su punto débil.

—Pero aun así detuvo la bala.

Cierto. Salté al balcón buscando la tirolina.

No estaba.

Tia soltó un maldición.

—¿Para eso corrías? La tirolina está dos apartamentos más arriba, bobo.

¡Chispas! En mi defensa debo decir que cuando todo está hecho de acero, las habitaciones y los pasillos parecen todos iguales.

Podía oír que el helicóptero estaba cerca; Cody casi había llegado. Apretando los dientes salté al antepecho y me lancé hacia el siguiente balcón. Me así a la barandilla, con el rifle, que se balanceaba, colgado de un hombro y la mochila en el otro, y me encaramé.

—David... —dijo Tia.

—¿El punto trampa primario sigue en activo? —pregunté. Trepé sobre unas sillas de jardín que habían sido congeladas en acero. Llegué al otro lado del balcón y subí a la barandilla—. Voy a aceptar el silencio como un sí —dije. Salté.

Me di un buen golpe contra la baranda de acero del siguiente balcón. Me agarré a una de las barras y miré abajo: colgaba doce pisos sobre el suelo. Me tragué la ansiedad y, con esfuerzo, me levanté.

Sourcefield miró de reojo el balcón que yo acababa de abandonar. Tenía miedo; estaba bien, pero también tenía su parte negativa. Para la siguiente parte del plan necesitaba que fuese descuidada, lo que, por desgracia, significaba que debía provocarla.

Salté al balcón, cogí un globo de zumo y se lo lancé. Luego, sin molestarme en comprobar si el globo había dado en el blanco, salté sobre la barandilla y agarré el extremo de la tirolina para luego alejarme de un golpe.

El balcón estalló.

Por suerte, la tirolina estaba fijada a la azotea, no al balcón, y el cable aguantó. A mi alrededor volaron los trozos de metal fundido mientras yo descendía ganando velocidad. Resulta que las tirolinas son mucho más rápidas de lo que parecen. A mi lado pasaban los rascacielos como manchas. Me sentía como si realmente estuviese cayendo.

Logré dar un grito entre el miedo y el éxtasis antes de que todo temblara a mi alrededor, me diese contra el suelo y me quedara rodando por la calle.

—¡Hala! —exclamé, levantándome. La ciudad daba vueltas como un trompo ladeado. Me dolía el hombro y, aunque al golpearme había oído un crujido, no había sido muy intenso. Se agotaba el campo de protección que me había concedido el Profesor. Había un límite a lo que podían soportar antes de que yo tuviese que renovarlos.

—¿David? —dijo Tia—. ¡Chispas! Sourcefield cortó la tirolina con uno de sus ataques. Por eso acabaste cayendo.

—El globo hizo efecto —dijo una nueva voz. El Profesor. Poseía una voz potente, alterada pero sólida—. Estoy libre. No he podido informar antes; la burbuja de energía provocaba interferencias con la señal.

—Jon —le dijo Tina—, se suponía que no lucharías contra ella.

—Sucedió —respondió secamente—. David, ¿estás vivo?

—Más o menos —dije, esforzándome por ponerme de pie y recoger la mochila, que se me había soltado al caer. De la parte de abajo salía el zumo rojo—. Pero no estoy tan seguro con respecto a los globos. Da la impresión de que hay algunas bajas.

El Profesor gruñó.

—¿Puedes hacerlo, David?

—Sí —dije convencido.

—En ese caso, corre al punto de trampa primario.

—Jon —dijo Tia—. Si estás libre...

—Sourcefield ha pasado de mí —dijo el Profesor—. Ha sido como aquella vez con Mitosis. No quieren pelear contra mí; os quieren a vosotros. Tenemos que acabar con ella antes de que dé con el equipo. ¿Recuerdas el camino, David?

—Claro —dije mientras buscaba el rifle.

Se había roto, partido por la mitad en medio del cilindro. ¡Chispas! Tenía pinta de que también había logrado cargarme el seguro del gatillo. Tardaría en volver a dispararlo. Comprobé la pistolera del muslo y la pistola. Parecía estar bien. Vale, todo lo bien que puede estar una pistola. Las odio.

—Destellos en las ventanas de ese complejo de apartamentos, descendiendo —dijo Cody desde el helicóptero—. Se teletransporta siguiendo el muro exterior, en dirección al suelo. Te persigue, David.

—No me gusta la situación —dijo Tia—. Creo que deberíamos abortar.

—David cree que puede lograrlo —dijo el Profesor—. Y yo confío en él.

A pesar del peligro, sonreí. Antes de unirme a los Reckoners no comprendía lo solitaria que había sido mi vida. Oír palabras así...

Era agradable. Muy agradable.

—Soy el cebo —les dije a los demás. Me situé para esperar a Sourcefield y busqué globos intactos en el interior de la mochila—. Tia, sitúa las tropas en posición.

—Roger —dijo renuente.

Bajé a la calle. De las antiguas e inútiles farolas cercanas colgaban lámparas, lo que me daba algo de luz. Así pude ver algunos rostros que miraban desde las ventanas. Las ventanas no tenían vidrio, solo unas antiguas persianas de madera que habíamos cortado y encajado.

A todos los efectos, al asesinar a Steelheart, los Reckoners habían declarado la guerra total contra los Épicos. Algunas personas habían huido de Chicago Nova, temiendo las consecuencias; pero la mayoría de los habitantes se habían quedado y habían llegado muchos nuevos. En los meses tras la caída de Steelheart la población de Chicago Nova casi se había duplicado.

Hice un gesto a los que me miraban. No les diría que se refugiasen. Nosotros, los Reckoners, éramos sus campeones, pero llegaría el día en que esa gente tendría que plantar cara a los Épicos; quería que mirasen.

—Cody, ¿tienes contacto visual? —pregunté por el móvil.

—No —dijo Cody—. Debería aparecer en cualquier momento...

Pasó por encima la sombra negra de su helicóptero. Control, la fuerza policial de Steelheart, había pasado a ser nuestra. Seguía sin estar seguro de qué sentimientos me provocaba tal hecho. En más de una ocasión, Control había dedicado todos sus esfuerzos a intentar asesinarme. Eso no se supera con facilidad.

Es más, habían matado a Megan. Se había recuperado. Casi. Palpé la pistola. Había sido una de sus armas.

—Estoy situándome en posición con las tropas —dijo Abraham.

—¿David? ¿Señales de Sourcefield? —preguntó Tia.

—No —dije, mirando la calle desierta. Sin gente, iluminada por unas pocas lámparas solitarias, casi parecía la ciudad de la época de Steelheart. Desierta y oscura. ¿Dónde estaba Sourcefield?

«Puede teletransportarse por las paredes —pensé—. ¿Qué haría yo en su situación?» Nosotros teníamos los tensores, que, en esencia, nos permitían cavar un túnel allí donde quisiéramos. ¿Qué haría yo en aquel momento si tuviese uno a mano?

La respuesta resultaba evidente. Descendería.

La tenía debajo.

firefight-6

3

—¡Ha bajado a las vías subterráneas! —dije mientras sacaba uno de los dos globos de agua que me quedaban—. Reaparecerá cerca, intentando pillarme por sorpresa.

Mientras lo decía el rayo se movió por la calle y una figura reluciente se materializó a través del suelo.

Lancé el globo y eché a correr.

Lo oí reventar y luego una maldición de Sourcefield. Durante un momento ninguna ráfaga de energía intentó freírme, por lo que asumí que había dado en el blanco.

—¡Voy a acabar contigo, hombrecito! —aulló Sourcefield—. ¡Voy a destrozarte como a un pañuelo de papel en un huracán!

—¡Vaya! —Alcancé una intersección y me oculté tras un buzón de correos antiguo.

—¿Qué pasa? —preguntó Tia.

—Esa metáfora ha sido buena de verdad.

Me volví a mirar a Sourcefield. Recorrí la calle con el cuerpo iluminado por la electricidad. Alguna líneas saltaban hasta el suelo, a los postes cercanos y a las paredes de los edificios al acercarse. Tanto poder. ¿Así sería Edmund, el bondadoso Épico que daba energía a Chicago Nova para nuestro beneficio, si no se dedicase a ceder sus habilidades?

—¡Me niego a creer —gritó la mujer— que matases a Steelheart!

«Mitosis dijo lo mismo», pensé. Otro Épico llegado recientemente a Chicago Nova. No podía creer que un hombre normal hubiese matado a un Épico tan poderoso que incluso aquellos como Sourcefield lo temían.

Su aspecto era espléndido, toda ataviada de negro con una capa que se agitaba, con la electricidad saltando en forma de chispas y destellos. Por desgracia, no me valía espléndida. La necesitaba furiosa. Algunos miembros de Control aparecieron desde un edificio cercano, con los rifles de asalto a la espalda y los globos de zumo en las manos. Les hice un gesto en dirección al callejón. Asintieron y se retiraron a la espera.

Era el momento de mofarme de un Épico.

—¡No solo maté a Steelheart! —le grité—. He matado a docenas de Épicos. ¡A ti también te mataré!

Una ráfaga de energía dio contra el buzón. Me lancé a ocultarme tras un edificio y otra ráfaga golpeó el suelo a poca distancia de donde me agazapaba. Al rozar el suelo con el brazo, una sacudida me recorrió el cuerpo y me provocó un calambre. Solté un taco mientras pegaba la espalda a la pared y agité la mano. Luego me asomé con cuidado por la esquina del edificio. Sourcefield corría hacia mí.

¡Genial! Y a la vez aterrador.

Corrí hacia una puerta al otro lado de la calle. Justo al entrar en el edificio, Sourcefield giró la esquina.

Dentro había un camino abierto que atravesaba lo que en su momento había sido algún concesionario de automóviles. Lo recorrí y Sourcefield me siguió, teletransportándose a toda velocidad a través de la pared frontal.

Atravesé estancia tras estancia, siguiendo el patrón que habíamos planeado.

«Derecha, métete en esa habitación.

»Izquierda y recorrer un pasillo.

»Otra vez a la derecha.»

Para abrir puertas habíamos usado otro de los poderes del Profesor —el que disfrazaba como una tecnología llamada tensor—. Sourcefield me siguió de cerca, atravesando las paredes en forma de destellos de luz. No estuve frente a ella el tiempo suficiente como para que pudiese darme. Era perfecto. Sourcefield...

Sourcefield redujo la velocidad.

Me detuve junto a la puerta situada en la parte posterior del edificio. Había dejado de seguirme. Estaba de pie al final de un largo pasillo que llevaba a mi puerta. La electricidad saltaba de su cuerpo hasta las paredes de acero.

—Tia, ¿estás viéndolo? —susurré.

—Sí. Da la impresión de que algo la ha asustado.

Respiré profundamente. Estaba muy lejos de ser la situación ideal, pero...

—Abraham —susurré—, que entren las tropas. Ataque total.

—Estoy de acuerdo —dijo el Profesor.

Las tropas de Control, que habían estado a la espera, entraron en torrente por la parte delantera del concesionario. Algunas bajaron los escalones desde la parte superior; oí el estruendo de sus pisadas. Sourcefield miró a dos soldados que entraban en el pasillo completamente equipados, con cascos y armaduras futuristas. El efecto era muy chulo, pero se les estropeó al caerles encima globos de agua de un naranja intenso.

Sourcefield colocó la mano sobre la pared que tenía a su lado para, a continuación, transformarse en electricidad, fundirse con el acero y desaparecer. Los globos se rompieron, inútiles, en el suelo del pasillo.

Sourcefield reapareció, lanzando chorros de energía por el pasillo. Cerré los ojos con fuerza cuando los disparos dieron a los dos soldados, pero sí que oí sus gritos.

—¿Eso es lo mejor que pueden hacer los tristemente famosos Reckoners? —gritó Sourcefield al tiempo que entraban más soldados lanzando globos de agua en todas direcciones.

Me obligué a mirar y saqué la pistola cuando Sourcefield desaparecía en el suelo. Reapareció en medio del pasillo, tras un grupo de soldados. Los hombres gritaron cuando la electricidad acabó con ellos. Apreté los dientes. Si sobrevivían, el Profesor podría curarlos afirmando emplear tecnología Reckoner.

—Los globos no sirven de nada —dijo Tia.

—Sí que sirven —siseé viendo que uno daba a Sourcefield. Sus poderes se resentían. Disparé una vez, al igual que tres tiradores de Control que se encontraban en el otro extremo del pasillo.

Las cuatro balas dieron en el blanco; las cuatro quedaron atrapadas y destruidas en el campo de energía. Los globos servían, pero no tanto como querríamos.

—Todas las unidades en el extremo sur del pasillo —dijo la voz de Abraham—. Retirada. Inmediata.

Escapé por la puerta justo cuando una súbita descarga de balas agitaba el edificio. Abraham, que se había situado en la otra punta del pasillo, detrás de los tiradores de Control, disparaba con su minipistola gravatónica XM380.

Saqué el móvil y me conecté a la fuente de vídeo de Abraham. Podía verlo todo desde su perspectiva; el arma destellaba en la oscuridad y las balas rebotaban por el pasillo de acero saltando chispas. Todas las que llegaban hasta Sourcefield seguían quedando atrapadas o las desviaba el campo eléctrico. Un grupo de hombres y mujeres situado tras Abraham lanzaba globo tras globo. Por encima, los soldados levantaron una trampilla del techo y vertieron un cubo de zumo instantáneo.

Sourcefield dio un salto y lo esquivó. Retrocedió paso a paso para alejarse del líquido. Temía a aquella sustancia, pero no surtía todo el efecto deseado. Se suponía que el punto débil de un Épico neutralizaba sus poderes por completo, pero eso no era lo que estaba sucediendo.

Estaba bastante seguro de saber por qué.

Sourcefield lanzó una cortina de ráfagas de energía hacia Abraham y los demás. Abraham lanzó una maldición y cayó, pero su campo de protección —regalo del Profesor disimulado como una chaqueta con un campo de fuerza tecnológico— lo protegió a él y a los que tenía detrás. Oí gruñidos a través de la transmisión, pero no podía ver nada. La desconecté.

—¡No sois nada! —gritó Sourcefield.

Volví a fijar el móvil al brazo y regresé al pasillo a tiempo de verla lanzar una oleada de electricidad a través del techo hacia los que tenía encima. Gritos.

Sopesé el último globo que tenía y lo lancé. Le explotó contra la espalda.

Sourcefield se volvió hacia mí. ¡Chispas! Una gran Épica en toda su gloria, la energía destellando... ¿Realmente podía sorprender que criaturas así diesen por supuesto que podían gobernar?

Escupí a sus pies. A continuación me giré y salí corriendo por la puerta trasera.

Gritaba mientras me perseguía.

—Unidades superiores, calle Haven —me anunció Tia al oído—, listas para lanzar.

En la azotea del edificio del que acababa de salir aparecieron personas que lanzaron globos de agua justo cuando Sourcefield surgía para ir a por mí. Me siguió y pasó de ellos. Si acaso, los globos la enfurecieron aún más. Sin embargo, cuando se rompieron junto a ella dejó de gritar.

«Vale», pensé sudoroso, entrando con fuerza en el edificio que había al otro lado de la calle. Se trataba de un pequeño complejo de apartamentos. Recorrí la entrada a toda prisa y entré en el primer apartamento.

Sourcefield me siguió convertida en una tormenta de energía y furia. No se detenía frente a las paredes. Las atravesaba convertida en destellos de luz.

«¡Solo un poco más!», me animé en silencio mientras cerraba una puerta. El complejo estaba habitado y habíamos reemplazado muchas de las puertas inmóviles de acero por otras de madera que funcionaban.

Sourcefield atravesó la pared justo cuando yo saltaba sobre un sofá de acero y entraba en la siguiente habitación, que se encontraba totalmente a oscuras. Cerré la puerta de un portazo.

Al entrar Sourcefield me cegó la luz. Su aura me golpeó y la pequeña sacudida que me había dado antes pareció minúscula. Me recorrió la electricidad e hizo que se me debilitaran los músculos y que me dieran espasmos. Alargué la mano para pulsar el botón grande de la pared, pero los brazos no acababan de responderme.

Así que le di con la cara.

Me desplomé, rendido a su sacudida de energía. Además, el techo de la pequeña estancia oscura, que en su momento había sido un baño, se abrió y dejó caer sobre nuestras cabezas varios cientos de litros de zumo. Por encima, las duchas se activaron y esparcieron líquido rojo.

La energía de Sourcefield se redujo radicalmente. La electricidad le recorría los brazos en forma de cintas cortas, si bien no dejaban que se cortocircuitara. Alargó la mano hacia la puerta, pero yo la había atrancado al entrar. Soltó una maldición y alzó el puño; intentaba reunir energía para teletransportarse, pero la lluvia constante de líquido trastocaba sus poderes.

Me esforcé por ponerme de rodillas.

Se volvió hacia mí y gruñó. Luego me agarró de los hombros.

Levanté las manos y cogí la máscara por la parte delantera antes de arrancarla como un protector de esquiador. En la parte delantera tenía una pieza de plástico que se ajustaba sobre la nariz y la boca. ¿Algún tipo de filtro?

Bajo la máscara me encontré una mujer de mediana edad y pelo castaño rizado. El líquido seguía cayendo y le corría a chorros por las mejillas y los labios. Le entraba en la boca.

Su luz se apagó por completo.

Gruñí, esforzándome por ponerme de pie mientras Sourcefield gritaba aterrada y luchaba por llegar a la puerta. Tiró de ella para abrirla. Toqué mi móvil e iluminé la estancia con su débil luz blanca.

—Lo siento —dije, pegando la pistola de Megan a su cabeza.

Sourcefield me miró con los ojos bien abiertos.

Apreté el gatillo. Esta vez la bala no rebotó. Cayó al suelo y un líquido rojo más intenso fue acumulándose a su alrededor y se mezcló con el que caía. Bajé el arma.

Me llamo David Charleston.

Mato a personas con superpoderes.

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4

Abrí la puerta y salí del baño chorreando zumo de fruta de imitación. En la habitación había un grupo de soldados con las armas listas. Al verme las bajaron. Hice un gesto por encima del hombro y Roy, el capitán del equipo de Control, mandó dos agentes a examinar el cuerpo.

Estaba agotado y tembloroso. Me hicieron falta dos intentos para volver a guardar el arma de Megan. No dije nada cuando varios soldados me saludaron al pasar. Me miraban con una combinación de asombro y reverencia, y uno susurró: «Steelslayer.» Llevaba menos de un año con los Reckoners y ya había matado a casi media docena de Épicos.

Pero ¿qué hubieran dicho esos hombres si supiesen que debía la mayor parte de mi reputación a los poderes de otro Épico? El campo de fuerza que me protegía de las heridas y me sanaba hasta el punto de volver casi de la muerte formaban parte del conjunto de poderes del Profesor, que los disfrazaba de tecnología. Era lo que llamábamos un dador, un Épico que podía ceder a otra persona sus extraordinarios poderes. Por algún motivo, tal acción le permitía no corromperse: otros podían usar sus poderes, pero emplearlos él mismo podría destruirlo.

La verdad sobre el Profesor solo la conocía un puñado de personas. Entre ellas no estaba la gente normal de Chicago Nova. Un grupo de esa gente normal se había reunido fuera; como los soldados, me contemplaban con reverencia y emoción. Para ellos yo era famoso.

Agaché la cabeza y me abrí paso entre la multitud, sintiéndome incómodo. Los Reckoners siempre habían sido un grupo en la sombra y no me había unido a ellos para lograr la fama. Por desgracia, era preciso que nos viesen para que los habitantes de la ciudad supiesen que alguien se resistía, lo que, con suerte, les inspiraría a luchar. El equilibrio resultaba complicado; puedo garantizar que no me apetecía ser objeto de adoración.

Más allá de los espectadores entreví una figura familiar. De piel oscura y musculoso, Abraham vestía un uniforme militar negro y gris: camuflaje para una ciudad de acero. Tenía la ropa rota y manchada; era consciente de que el campo de protección cedido por el Profesor había estado al límite de su aguante. Abraham puso el pulgar hacia arriba y luego inclinó la cabeza hacia un edificio cercano.

Fui en aquella dirección mientras, a mi espalda, Roy y su equipo sacaban a la Épica muerta para exhibir su cuerpo. Era importante que la gente viese que los Épicos eran mortales, pero yo no quería regodearme en su muerte; no como había hecho en otros tiempos.

«Estaba tan asustada al final —pensé—. Podría haber sido Megan, o el Profesor, o Edmund, simplemente una persona normal atrapada en todo este embrollo, a la que poderes que no había pedido la habían impulsado a cometer actos horribles.»

Saber que los poderes literalmente corrompían a los Épicos había cambiado mi perspectiva de la situación. Un gran cambio.

Entré en el edificio y subí los escalones, hasta llegar a una habitación del segundo piso, iluminada por una solitaria luz en una esquina. Como había previsto, allí estaba el Profesor, mirando por la ventana con los brazos cruzados. Vestía una fina bata negra de laboratorio que le llegaba hasta las pantorrillas. En el bolsillo, unas gafas protectoras. Cody esperaba al otro lado de la habitación a oscuras, una silueta delgada vestida con una camisa de franela sin mangas, con el rifle de francotirador al hombro.

El Profesor, también conocido como Jonathan Phaedrus, fundador de los Reckoners. Luchábamos contra los Épicos. Los matábamos. Y, sin embargo, uno de ellos era nuestro líder. Cuando lo descubrí, fue difícil aceptar la verdad. Prácticamente me había criado adorando a los Reckoners y despreciando a los Épicos. Descubrir que el Profesor era las dos cosas había sido como descubrir que Santa Claus era un nazi en secreto.

Lo había superado. En su momento, aquella idea de mi padre de que llegarían Épicos buenos me había parecido de risa. Ahora, tras conocer no a uno, sino a tres Épicos buenos, el mundo era un lugar diferente. O puede que fuera el mismo lugar pero yo lo viera con más precisión.

Me acerqué a la ventana y me situé junto al Profesor. Alto, pelo entrecano, rasgos afilados. Allí de pie parecía tan sólido, con los brazos a la espalda. Un elemento estable, inmóvil, como los edificios de la ciudad. Cuando me puse a su lado, elevó el brazo y me agarró el hombro, y luego asintió. Un asentimiento de respeto y aprobación.

—Buen trabajo —dijo.

Sonreí con tristeza.

—Pero parece como si hubieses salido del infierno —añadió.

—Dudo que en el infierno haya tanto zumo de fruta sintético —respondí.

Refunfuñó, volviendo a mirar por la ventana. Habían acudido más personas y algunas nos ovacionaban por la victoria.

—Nunca me imaginé —dijo en voz baja— lo paternal que acabaría sintiéndome con esta gente. Quedarme en un lugar, proteger la ciudad. Me ha resultado muy útil recordar por qué lo hacemos. Gracias por animarme. Hoy has hecho algo extraordinario.

—¿Pero...? —pregunté al reconocer el cambio en el tono del Profesor.

—Pero ahora debemos cumplir la promesa que le hicimos a esta gente. Seguridad. Una buena vida. —Se volvió hacia mí—. Primero Mitosis, luego Instabam, ahora Sourcefield. Sus ataques siguen cierto patrón y tengo la impresión de que alguien intenta llamar mi atención. Alguien que sabe lo que soy y envía Épicos contra mi equipo en lugar de atacarme a mí.

—¿Quién? —¿Quién podría saber qué era el Profesor? La mayoría de los miembros de los Reckoners ni siquiera sabían de él. El secreto solo lo conocía el equipo de Chicago Nova.

—Tengo mis sospechas —dijo el Profesor—. Pero no es momento de comentarlas.

Asentí. Sabía que insistir no me llevaría a ningún sitio, así que en vez de hacerlo, miré a la multitud y a la Épica muerta.

—Sourcefield te pilló, Profesor. ¿Cómo lo hizo?

Cabeceó.

—Me atrapó directamente con esa burbuja eléctrica. ¿Sabías que era capaz de producirlas?

Negué con la cabeza. No tenía ni idea.

El Profesor gruñó.

—Para liberarme hubiese tenido que usar mis poderes.

—¡Ah! —dije—. Bien... quizá deberías usarlos. Quizá podríamos practicar, comprobar si hay una forma de ser un Épico sin... ya sabes. Es decir, puedes ofrecerlos sin que se produzca corrupción, así que puede que haya algún secreto para usarlos tú mismo. Megan...

—Megan no es tu amiga, muchacho —dijo el Profesor, interrumpiéndome con firme delicadeza—. Es una de ellos. Siempre lo ha sido.

—Pero...

—No. —El Profesor me apretó el hombro—. Debes comprenderlo, David. Cuando un Épico permite que sus poderes lo corrompan, se convierte en el enemigo. Así hay que verlo. La alternativa conduce a la locura.

—Pero has hecho uso de tus poderes —dije— para salvarme. Para luchar contra Steelheart.

—Y las dos veces que lo he hecho casi me destruye. Tengo que ser firme conmigo mismo, debo ser más cuidadoso. No puedo permitir que las excepciones se conviertan en la realidad.

Tragué y asentí.

—Sé que para ti esta tarea ha sido siempre una venganza —continuó el Profesor—. Es un motivo poderoso y me alegro de que hayas sido capaz de darle buen uso, muchacho. Pero yo no los mato por venganza; ya no. Lo que hacemos... para mí es como sacrificar un perro rabioso. Es una forma de compasión.

Su forma de expresarlo me incomodó. No porque no creyese lo que decía o porque me desagradase... ¡chispas!, puede que sus motivos fuesen más altruistas que los míos. Era solo que sabía que pensaba en Megan. Se sentía traicionado por ella y, la verdad, probablemente tenía todo el derecho a sentirse así.

Pero Megan no era una traidora. No sabía lo que era, aunque tenía toda intención de averiguarlo.

En la calle, un coche se acercó a la multitud. El Profesor le echó un vistazo.

—Ve a tratar con ellos —dijo—. Nos reuniremos en el escondite.

Me volví y vi a la alcaldesa bajar del coche, acompañada de algunos miembros del consejo municipal.

«Genial», pensé.

La verdad, hubiese preferido enfrentarme a otro Épico.