Título original: Just Cause
Traducción: María Alonso y Beatriz Iglesias
1.ª edición: julio, 2014
Publicado por acuerdo con John Hawkins & Associates, Inc., New York.
© 2014 by John Katzenbach
© Ediciones B, S. A., 2014
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito Legal: B 16201-2014
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-882-7
Maquetación ebook: Caurina.com
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Este libro es para mi madre,
y en la memoria de estos tres hombres:
V. A. Eagle, W. A. Nixon y M. Simons.
Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti.
FRIEDRICH WILHELM NIETZSCHE
Más allá del bien y del mal
El infierno está plagado de buenas, no de malas intenciones.
GEORGE BERNARD SHAW
Máximas para revolucionarios
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Cita
Agradecimientos
PRIMERA PARTE. EL FELIGRÉS
1. Un hombre de opiniones
2. Un hombre en el corredor de la muerte
3. Pachoula
4. Los detectives
5. De nuevo en el corredor de la muerte
6. La alcantarilla
7. Palabras
8. Otra carta desde el corredor de la muerte
9. Orden de ejecución
10. Un acuerdo camino al infierno
11. Pánico
SEGUNDA PARTE. EL FELIGRÉS
12. El insomnio del teniente
13. Una laguna en la historia
14. Confesión
15. Nuevas pesquisas
16. La joven detective
17. Newark
18. Cabeza de turco
19. Un baño nuevo
20. Trampas
21. La conjunción
22. Tomando nota
23. La negligencia de Shaeffer
24. La caja de Pandora
25. Tiempo perdido
26. Cada oveja a su redil
27. Dos recámaras vacías
Agradecimientos
Me siento especialmente agradecido por las contribuciones de mis amigos Joe Oglesby, del Miami Herald, y Athelia Knight, del Washington Post. Sus sabios consejos me ayudaron enormemente en la preparación de este manuscrito que, por supuesto, habría sido imposible sin el apoyo y la tolerancia de mi esposa, Madeleine Blais, y mis hijos.
PRIMERA PARTE
PRESOS
Cuando ganas el premio te gastan una broma: ahora ya sabes cómo empieza tu propia esquela.
1
Un hombre de opiniones
La mañana en que recibió aquella carta, Matthew Cowart se despertó en un atípico ambiente invernal.
La noche anterior se había levantado un viento del norte que no dejaba de soplar y parecía desplazar la noche, tiñendo el amanecer de un gris oscuro que desvirtuaba la imagen de la ciudad. Al salir de su apartamento, vio cómo la brisa sacudía una palmera y hacía que sus hojas sonaran como un montón de espadas.
Se encorvó y lamentó no haberse puesto un jersey bajo la gabardina. Cada año se daban unas cuantas mañanas como ésa, que prometía cielos grises y vientos borrascosos. La naturaleza gastaba una broma pesada y hacía rezongar a los turistas de Miami Beach que caminaban por la arena. En Little Havana, las ancianas cubanas llevaban gruesos abrigos de lana y maldecían el viento, sin pensar que en verano llevaban sombrilla y maldecían el calor. En las barracas de Liberty City, el frío silbaba y los yonquis, temblorosos, lo combatían con sus cachimbas. Pero en poco tiempo la ciudad recuperaría su sofocante y bochornosa normalidad.
«No será más que un día —pensó mientras caminaba con brío—, puede que dos. Entonces el aire cálido del sur soplará con más fuerza y nos olvidaremos del frío.»
Matthew Cowart iba por la vida ligero de equipaje.
Las circunstancias y la mala suerte lo habían privado de muchos ingredientes de la inminente madurez; un simple divorcio lo había separado de su mujer e hija y la injusta muerte le había arrebatado a sus padres; sus amigos habían seguido caminos diferentes marcados por carreras prometedoras, cuadrillas de hijos, letras del coche e hipotecas. Durante un tiempo habían intentado que se sumase a las fiestas y excursiones que organizaban, pero, como su soledad fue creciendo y a él no parecía molestarle, las invitaciones fueron a menos y acabaron interrumpiéndose. Su vida social se distinguía por esporádicas fiestas de oficina y conversaciones de trabajo. No tenía amante y no acertaba a comprender muy bien por qué. Vivía en un modesto apartamento de los años cincuenta, en lo alto de una empinada colina con vistas a la bahía. Lo había llenado de muebles viejos, estanterías con novelas de misterio y obras policíacas basadas en hechos reales, una batería de cocina desportillada pero práctica, y unos cuantos grabados enmarcados que colgaban discretamente de la pared.
A veces pensaba que cuando su esposa logró la custodia de su hija, la vida había perdido todo el color. Satisfacía sus propias necesidades con el deporte (los diez kilómetros al día de rigor en un parque del centro, algún partido de baloncesto improvisado en la YMCA) y el trabajo en el periódico. Se sentía poseedor de una considerable libertad, aunque le preocupaba tener tan pocos compromisos.
El viento, que seguía soplando fuerte, agitaba las tres banderas de la entrada principal del Miami Journal. Se detuvo un momento para contemplar el impasible edificio amarillo. En la fachada figuraba el nombre del periódico estampado en enormes letras rojas de neón. Era un lugar famoso, conocido por su dinamismo y su poder. Por el otro lado, el periódico dominaba la bahía. Desde allí podía ver cómo las aguas embravecidas rompían contra el muelle donde se descargaban enormes rollos de papel de prensa. En cierta ocasión, mientras estaba en la cafetería comiendo un sándwich, había divisado una familia de manatíes que retozaban en el agua, a no más de diez metros del muelle de carga. Sus lomos marrones emergían en la superficie y luego desaparecían bajo las olas. Buscó a alguien a quien comentárselo, pero no encontró a nadie; durante los días siguientes, pasó la hora de comer observando la cambiante superficie turquesa en busca de los animales. Eso era lo que le gustaba de Florida: parecía sacada de una selva, que siempre amenazaba con apoderarse de la civilización para devolverlo todo a un estado primigenio. El periódico no dejaba de publicar historias sobre caimanes de tres metros y medio que se quedaban atrapados en las vías de acceso a la interestatal e interrumpían el tráfico. Aquellas historias le encantaban: una bestia primitiva contra una bestia moderna.
Cowart apuró el paso para franquear la puerta giratoria de entrada a la redacción del Journal, y saludó a la recepcionista, que quedaba medio escondida tras la consola del teléfono. Cerca de la entrada había una pared reservada para placas, menciones y premios: una exposición de Pulitzers, Kennedys, Cabots, Pyles y otros nombres de menor categoría. Hizo un alto ante una hilera de buzones para recoger el correo de la mañana, echó un rápido vistazo a las habituales notas y docenas de comunicados de prensa, proclamas políticas y propuestas que llegaban cada día de la delegación del Congreso, la alcaldía, la administración del condado y diversas comisarías de policía; todos ellos le avisaban de algún suceso que creían merecedor de la atención periodística. Suspiró, preguntándose cuánto dinero se iba en esos inútiles esfuerzos. Sin embargo, un sobre captó su atención y lo separó del resto.
Blanco y delgado, llevaba su nombre y dirección escritos en mayúscula y con trazo fuerte. En la esquina había un remite: un apartado de correos de Starke, en el norte de Florida. «La prisión estatal», pensó.
La colocó encima de las otras cartas y se dirigió a su despacho, maniobrando entre las mesas, saludando con la cabeza a los pocos periodistas que habían llegado temprano y que ya hacían trabajar los teléfonos. Saludó con la mano al redactor jefe, que leía la última edición con los pies apoyados en su mesa del centro de la sala. Luego traspuso unas puertas que había al fondo de la sala de redacción, en las que se leía editorial. Se hallaba a medio camino de su cubículo cuando oyó una voz cercana.
—Ah, nuestra estrella llega temprano. ¿Qué te trae ante la multitud? ¿Nervioso por los conflictos de Beirut? ¿Desvelado por el programa de reactivación económica del presidente?
Cowart asomó la cabeza por un tabique.
—Buenos días, Will. Sólo quería usar la línea de larga distancia para llamar a mi hija. Las preocupaciones profundas e inútiles te las dejo a ti.
Will Martin soltó una risita y se apartó de la cara un mechón de pelo cano, con un movimiento más propio de un niño que de un adulto.
—Menuda cara tienes. Cuando acabes, echa un vistazo al artículo de la sección local; parece que uno de nuestros togados llegó a cierto acuerdo para poner en libertad a un viejo amigo acusado de conducir bebido. Podría ser el momento de emprender una de tus archiconocidas cruzadas de crimen y castigo.
—Le echaré ese vistazo —prometió Cowart.
—Menudo frío esta mañana —se quejó Martin—. ¿De qué sirve vivir aquí si tienes que llegar al trabajo tiritando? Podría ser Alaska.
—¿Por qué no sacamos un editorial contra el mal tiempo? Después de todo, siempre estamos intentando influir en el cielo. Tal vez nos oigan esta vez.
—Tienes razón. —Sonrió Martin.
—Y tú eres el hombre indicado para hacerlo —dijo Cowart.
—Cierto. No vivo en pecado, como tú; tengo mejor relación con el Todopoderoso. Eso ayuda en este oficio.
—Porque estás más cerca de unirte a Él que yo.
Su vecino refunfuñó.
—¿Qué tienes contra los veteranos? —protestó agitando el dedo—. Y puede que también seas un sexista, un racista, un pacifista... y todos los demás «istas».
Cowart soltó una risita, se fue a su mesa y puso la pila de correo en el centro; aquel sobre quedó encima. Fue a cogerlo mientras con la otra mano marcaba el número de su ex mujer. «Con un poco de suerte, estarán desayunando», pensó.
Sujetó el auricular entre el hombro y el oído, liberando así la mano mientras se establecía la conexión. Cuando el teléfono empezó a sonar abrió el sobre y sacó un único folio amarillo de papel pautado.
Estimado señor Cowart:
Actualmente, espero el día de mi ejecución en el corredor de la muerte por un crimen que YO NO COMETÍ
—¿Diga?
Dejó la carta encima de la mesa.
—Hola, Sandy. Soy Matt. Sólo quería hablar con Becky un minuto. Espero no interrumpir nada...
—Hola, Matt. —Cowart notó que titubeaba—. No, es sólo que estábamos a punto de salir. Tom tiene que estar en el juzgado a primera hora, así que la llevará al colegio, y... —Hizo una pausa—. No, no pasa nada. De todas maneras, hay unas cuantas cosas sobre las que necesito hablar contigo. Pero ellos tienen que irse, así que sé breve.
Cowart cerró los ojos y pensó en lo doloroso que le resultaba no formar parte de la vida cotidiana de su hija. Se la imaginaba derramando la leche del desayuno y leyéndole libros de noche, sosteniendo su mano cuando se pusiera enferma, admirando las fotografías que se hacía en el colegio. Contuvo la desilusión.
—Claro. Sólo quería decirle hola.
—Ahora se pone.
El auricular resonó contra la mesa y, en el silencio subsiguiente, Matthew Cowart releyó las palabras finales: yo no cometí.
Recordó a su esposa el día en que se conocieron, en la redacción del periódico de la Universidad de Michigan. Era bajita, pero su fuerza parecía contrarrestar su talla. Estudiaba diseño gráfico y trabajaba a media jornada maquetando, preparando titulares y revisando pruebas de imprenta, apartándose de la cara el ondulado cabello oscuro, tan concentrada que rara vez oía sonar el teléfono o reaccionaba a los chistes verdes que inundaban la desenfrenada atmósfera de la redacción. Era una mujer de orden y precisión, con un enfoque de la vida propio de un delineante. Hija del jefe de bomberos local, fallecido en acto de servicio, y de una maestra de primaria, su mayor deseo era acumular bienes y disfrutar de todas las comodidades. Él la consideraba guapa, y lo asustaba lo mucho que la deseaba; se sorprendió de que accediera a salir con él, pero aún más de que, después de una docena de citas, ya se hubieran acostado.
Por aquel entonces Cowart era redactor jefe de deportes, y eso a ella le parecía una pérdida de tiempo; de hecho, solía mofarse de esos hombres supermusculados con extravagantes atuendos que corren detrás de balones de formas diversas. Él había procurado instruirla en las distintas modalidades deportivas, pero ella se mostró intransigente. Al cabo de un tiempo, con la relación ya consolidada, Cowart empezó a cubrir auténticas noticias y a salir a la calle en busca de material para sus artículos. Disfrutaba con las interminables horas de trabajo, la persecución de la noticia y la tentación de escribir. Ella pensaba que llegaría a ser famoso, o al menos importante. Lo acompañó cuando él consiguió la primera oferta de trabajo en un pequeño diario del centro del país. Seis años más tarde seguían juntos. El día que Sandy le anunció su embarazo, Cowart recibió una oferta del Journal. Él iba a cubrir los tribunales penales; ella iba a tener a Becky.
—¿Papi?
—Hola, cariño.
—Hola, papi. Mamá dice que sólo puedo hablar un minuto. Tengo que ir al colegio.
—¿También hace frío ahí, cielo? Deberías ponerte un abrigo.
—Vale. Tom me compró uno con un pirata que es todo naranja, como los Bucs. Voy a ponerme ése. También conocí a algunos jugadores. Fueron a una merendola con la que ayudábamos a reunir dinero para los pobres.
—Estupendo —respondió Matthew. «Maldita sea», pensó.
—Papi, ¿los jugadores son importantes?
Cowart soltó una risita.
—Más o menos.
—Papi, ¿te pasa algo?
—No, cariño, ¿por qué?
—Es que nunca me llamas por la mañana.
—Es sólo que al levantarme te he echado de menos y quería oír tu voz.
—Yo también te echo de menos. ¿Volverás a llevarme a Disney World?
—Esta primavera. Te lo prometo.
—Vale. Ahora tengo que irme. Tom me está haciendo señas. ¡Ah!, ¿sabes qué? Los de segundo tenemos un club especial que se llama el Club de los Cien Libros. Hay un premio por leer cien libros y ¡me lo han dado a mí!
—¡Fantástico! ¿Y qué es?
—Una placa especial y una fiesta de final de curso.
—Genial. ¿Y cuál es tu libro preferido?
—El que tú me enviaste: El dragón chiflado. —Rió—. Me recuerda a ti.
Él compartió su risa.
—Tengo que irme —repitió la niña.
—Vale. Te quiero y te echo muchísimo de menos.
—Yo también. Adiós.
—Adiós —dijo, pero ella ya había dejado el teléfono.
Se hizo otro silencio hasta que su ex esposa cogió el auricular. Él habló primero.
—¿Una merendola con futbolistas?
Siempre había querido odiar al hombre que lo había suplantado, odiarle por su profesión de abogado especializado en derecho de sociedades, por su aspecto, bajo y fornido, con la constitución de quien a la hora de comer levanta pesas en un gimnasio de los caros; quería imaginar que era cruel, un amante desconsiderado, un pésimo padre adoptivo, un inepto cabeza de familia; pero no era nada de eso. Poco después de que su ex esposa le anunciara su inminente boda, Tom voló a Miami (sin decírselo a ella) para encontrarse con él. Tomaron unas copas y comieron juntos. El propósito era turbio, pero, al acabar la segunda botella de vino, el abogado le dijo con franqueza que no estaba intentando ocupar su lugar de padre y que, como tenía que vivir con su hija, haría todo lo posible por que ella correspondiera a su padre con cariño. Cowart le creyó, sintió una extraña especie de alivio y satisfacción, luego pidió otra botella de vino y se convenció de que su sucesor le caía más o menos bien.
—Es por el bufete de abogados. Son copatrocinadores del United Way de Tampa; por eso vinieron los jugadores. Becky se quedó bastante impresionada, claro que Tom no le dijo cuántos partidos ganaron los Bucs el año pasado.
—Ahora lo entiendo.
—Ya. La verdad es que son los hombres más grandes que he visto en mi vida —dijo Sandy, riendo.
Se produjo una pausa.
—¿Y tú cómo estás? ¿Qué tal Miami? —preguntó ella al cabo.
—Hace frío, y eso vuelve loco a todo el mundo. Ya sabes cómo es, nadie tiene un abrigo de invierno ni calefacción en casa. Todos tiritan y enloquecen hasta que vuelve el calor. Yo estoy bien, encajo bien aquí.
—¿Sigues teniendo aquellas pesadillas?
—No tanto. Alguna de vez en cuando. Pero está todo bajo control.
Era una verdad a medias, algo que sabía que ella no creería pero aceptaría sin hacerle demasiadas preguntas. Se encogió de hombros, pensando en lo mucho que odiaba la noche.
—Podrías pedir ayuda. El periódico correría con los gastos.
—Sería una pérdida de tiempo. Hace meses que no tengo pesadillas —mintió de manera más flagrante. La oyó suspirar—. ¿Qué ocurre? —le preguntó.
—Bueno —contestó—, supongo que debería decírtelo.
—¿Decirme el qué?
—Tom y yo vamos a tener un bebé. Becky ya no estará sola.
Cowart se mareó un poco, y a su mente acudieron un millar de ideas y sentimientos.
—Vaya, vaya. Enhorabuena.
—Gracias. Pero tú no lo entiendes.
—¿El qué?
—Que Becky va a formar parte de una familia. Aún más que antes.
—¿Ah sí?
—¿Es que no ves lo que ocurrirá? Que tú te quedarás al margen. Al menos eso es lo que me asusta. Ya bastante duro es para ella que tú estés en la otra punta del estado.
Para él fue como una bofetada en la cara.
—No soy yo el que está en la otra punta del estado. Eres tú. Tú eres la que se fue.
—Eso es agua pasada —replicó Sandy—. De todos modos, las cosas van a cambiar.
—No veo por qué...
—Hazme caso —dijo ella. Por su tono, había elegido cuidadosamente las palabras con mucha antelación—. Te dedicará menos tiempo. Estoy segura. Le he estado dando muchas vueltas.
—Pero ése no era el acuerdo.
—El acuerdo puede cambiar. Y los dos lo sabemos.
—No lo creo —respondió Cowart, y su voz delató un primer atisbo de ira.
—Vale. No voy a permitir que esta conversación me provoque un disgusto. Así que ya veremos.
—Pero...
—Matt, tengo que irme. Sólo quería que lo supieras.
—Estupendo —dijo él—. Muy amable de tu parte.
—Podemos discutirlo más tarde, si es que hay algo que discutir.
«Claro —pensó Cowart—. Después de que hayas hablado con abogados y asistentes sociales y de que me hayas alejado completamente de vuestra vida.» Sabía que era una idea absurda, pero se resistía a salir de su cabeza.
—No es de tu vida de lo que estamos hablando —añadió Sandy—. Ya no. Es de la mía.
Y colgó.
«Estás equivocada», pensó Cowart. Miró en torno a su cubículo. A través de un ventanuco vio cómo el cielo se encapotaba en el centro de la ciudad con un tono gris pizarra. Luego miró las palabras que tenía justo delante: YO NO COMETÍ «Todos somos inocentes —pensó—. Demostrarlo es lo difícil.»
Acto seguido, para apartar la conversación de su mente, retomó la carta y siguió leyendo:
El 4 de mayo de 1987 acababa de regresar a casa de mi abuela en Pachoula (condado de Escambia). Por aquel entonces estudiaba en la Universidad de Rutgers, en New Brunswick (Nueva Jersey), y estaba a punto de acabar el tercer año. Llevaba varios días de visita cuando la policía me detuvo para interrogarme sobre un asesinato con violación ocurrido a escasos kilómetros de casa de mi abuela. La víctima era blanca. Yo soy negro. Un testigo ocular había visto cómo un Ford sedán verde parecido al que yo tenía abandonaba el lugar donde la niña había desaparecido. Me tuvieron en comisaría treinta y seis horas, despierto, sin comida, sin agua y sin dejarme hablar con un abogado. Los agentes me golpearon en varias ocasiones. Usaban guías de teléfonos dobladas para aporrearme, porque no dejan marca. Me amenazaron de muerte y uno de ellos llegó a apuntarme a la cabeza con una pistola y apretó varias veces el gatillo. Cada vez que lo hacía, el percutor chasqueaba en un tambor vacío. Al final, me dijeron que si confesaba todo iría bien. Estaba tan exhausto y aterrado que lo hice. Confesé sin conocer los detalles, y dejándome implicar en el crimen. Después de todo lo que me hicieron pasar, habría confesado cualquier cosa.
¡PERO YO NO LO HICE!
Al cabo de unas horas intenté retractarme de mi confesión, en vano. El abogado de oficio sólo vino a verme tres veces antes del juicio; tampoco llevó a cabo ninguna investigación, ni llamó a testigos que me habrían situado en algún otro lugar cuando se cometió el crimen. Un jurado integrado por blancos oyó los testimonios y me condenó tras una hora de deliberación. Les llevó otra hora proponer la pena de muerte. El juez blanco dictó sentencia y me calificó de animal al que habría que sacar de la sala y matar a tiros.
Ahora llevo tres años en el corredor de la muerte. Tengo la esperanza de que los tribunales anulen la sentencia, pero puede que tarden muchos años. ¿Puede usted ayudarme? Otros presos me han dicho que ha escrito editoriales condenando la pena de muerte. Yo soy un hombre inocente que se enfrenta a la pena máxima a causa de un sistema racista que ha conspirado contra mí. Prejuicio, ignorancia y maldad me han puesto en esta situación. Por favor, ayúdeme.
He escrito más abajo los nombres de mi nuevo abogado y de los testigos. También he puesto su nombre en mi lista de visitas autorizadas, por si decide venir a hablar conmigo.
Una cosa más. No sólo soy inocente de los cargos que se me imputan, sino que además le puedo dar el nombre del asesino.
A la espera de su respuesta,
Robert Earl Ferguson
N.o 212009
Prisión estatal de Florida
Starke, Florida
Cowart tardó unos instantes en asimilar el contenido de la carta. La releyó varias veces, intentando ordenar sus impresiones. Era evidente que el hombre sabía expresarse, que era culto y educado, pero los presos que se declaraban inocentes, en especial los del corredor de la muerte, eran la norma más que la excepción. Siempre se había preguntado por qué la mayoría de los hombres, incluso en la hora de su muerte, se aferran a un halo de inocencia. Era comprensible en el caso de los peores psicópatas, asesinos en serie que respetan tan poco la vida humana que matarían a alguien antes de hablar con él, pero que, en un careo, mantendrían ese halo si no se les convence de que más les vale confesar. Era como si la palabra tuviera un significado diferente para ellos, como si de la lista de horrores que habían provocado hicieran borrón y cuenta nueva.
La idea le hizo recordar los ojos de un muchacho. Los ojos habían sido parte importante en muchas de sus pesadillas.
Se había hecho tarde, y en Miami la noche daba lentamente paso a una sofocante madrugada de verano, cuando había recibido aquella llamada que lo hizo ir a una casa a sólo diez o doce manzanas de la suya. El redactor jefe, ronco por la hora intempestiva y harto del trabajo, lo enviaba a presenciar un espectáculo aterrador.
Aquello sucedió cuando todavía trabajaba en la sección local como periodista de sucesos, lo cual implicaba cubrir sobre todo noticias de asesinatos. Había llegado al lugar de los hechos y se había pasado una hora merodeando fuera del cordón policial, esperando a que algo ocurriera, escrutando en la oscuridad un cuidado chalet de una sola planta con el césped bien cortado y un BMW nuevo aparcado a la entrada del garaje. Era una casa de clase media, propiedad de un joven ejecutivo y su esposa. Veía a la policía científica, a varios detectives y personal médico forense dentro de la casa, pero no lograba dilucidar qué había ocurrido. Toda la zona estaba iluminada por las luces de la policía, que disparaban haces de rojo y azul en todas direcciones y parecían hacerse más densas con la humedad. Los pocos vecinos que habían salido de sus casas coincidían al describir a la pareja que vivía en la casa: amables y simpáticos, pero reservados. Se trataba de una letanía con la que todos los periodistas estaban familiarizados; de las víctimas de asesinato siempre se decía que eran personas reservadas, lo fueran o no. Era como si los vecinos necesitaran desvincularse rápidamente de cualquier horror caído del cielo.
Por fin, vio que Vernon Hawkins abandonaba la casa por una puerta lateral. El viejo detective fue esquivando las luces de la policía y las cámaras de televisión hasta arrimarse a un árbol, como si estuviera agotado.
Conocía a Hawkins desde hacía años, gracias a docenas de noticias. El veterano detective siempre había sentido especial simpatía por Cowart; le había dado chivatazos en repetidas ocasiones, le había revelado información confidencial y explicado detalles secretos, y también le había dejado entrar en la vida inexorablemente peligrosa de un detective de homicidios. Cowart consiguió colarse por debajo de la cinta amarilla que acordonaba la zona y se acercó al detective. El hombre frunció el entrecejo, luego se encogió de hombros y le indicó que se sentara.
El detective encendió un cigarrillo. Después, por un instante, clavó la mirada en el resplandeciente cielo.
—Esto es un crimen —dijo con una risa compungida—. Me están matando. Solían hacerlo poco a poco, pero me hago viejo y el ritmo se va acelerando.
—¿Y por qué no lo dejas? —preguntó Cowart.
—Porque es lo único de este mundo que me saca el olor a decrepitud de las narices. —Dio una larga calada y la brasa iluminó las arrugas en su rostro. Tras un momento de silencio, se volvió hacia Cowart—: Bueno, Matty, ¿qué te trae por aquí una noche como ésta? Deberías estar en casa con tu encantadora mujer.
—Vamos, Vernon.
El detective sonrió y recostó la cabeza en el árbol.
—Acabarás como yo, sin otra cosa que hacer por la noche que acudir a la escena del crimen.
—Vete al infierno, Vernon. ¿Qué puedes decirme del interior de la casa?
El detective soltó una lacónica risa.
—Un tipo desnudo y con el cuello cortado. Una mujer desnuda y con el cuello cortado. Ambos en la cama. Y sangre por toda la jodida casa.
—¿Y?
—Tenemos al sospechoso.
—¿Quién es?
—Un adolescente. Un fugitivo de Des Moines al que las víctimas recogieron esta misma noche. Habían ido a dar una vuelta en coche hasta Fort Lauderdale, y allí lo encontraron. Luego se montaron un trío. El único inconveniente fue que, después de pasar un buen rato, el chico decidió que no tendría suficiente con sus cien pavos. Ya sabes, vio el coche, un buen vecindario y todo lo demás. Discutieron. El muchacho sacó una navaja, un arma estupenda. El primer tajo atravesó la yugular del hombre... —De repente rasgó la oscuridad con un rápido movimiento—. Caes fulminado. La sangre borbotea un par de veces y ya está; te mantienes vivo lo suficiente para ser consciente de que te mueres. Una manera cruel de morir. La mujer empezó a chillar, claro, y echó a correr. Pero el chico la agarró del pelo, la tumbó hacia atrás, y ¡bingo! Algo rápido, sólo le dio tiempo a gritar una vez más. Pero, mira por dónde, esta vez alertó al vecino que nos llamó; un tipo con insomnio que había salido a pasear con su perro. Detuvimos al chico cuando se disponía a marchar. Estaba cargando el coche con el equipo de música, la televisión, ropa y todo lo que podía. Iba todo ensangrentado.
Echó un vistazo al otro lado del patio y añadió con expresión ausente:
—Matty, según Hawkins, ¿cuál es el primer mandamiento de la calle?
Cowart sonrió en la oscuridad. A Hawkins le gustaba hablar con máximas.
—El primer mandamiento, Vernon, es nunca te busques problemas, porque los problemas llegan cuando quieren.
El detective asintió.
—Un muchacho encantador. Un muchacho psicópata realmente encantador. Él dice que no tiene nada que ver.
—Joder.
—No es tan extraño —prosiguió el detective—. Quiero decir, que a lo mejor el chico culpa al señor ejecutivo y a su esposa por lo ocurrido. Si ellos no hubieran intentado engañarle, ya sabes a qué me refiero.
—Pero...
—Ningún remordimiento. Ni una pizca de compasión, ni un atisbo de humanidad. Es sólo un chico. Me ha contado lo ocurrido. Y añadió: «Yo no hice nada. Soy inocente. Quiero un abogado.» Estábamos allí de pie, con sangre por todas partes, y dice que no ha hecho nada. Supongo que es porque le trae sin cuidado, vaya. Por el amor de Dios...
Se echó hacia atrás, abatido y exhausto.
—¿Sabes cuántos años tiene el muchacho? —agregó—. Quince. Los cumplió hace un mes. Debería estar en casa, pensando en el acné, las chicas y los deberes del cole. Seguro que también es un delincuente juvenil; me apuesto la casa. —Cerró los ojos y suspiró—. Yo no hice nada. Yo no hice nada... Mierda. —Le enseñó la mano—. Mira esto. Tengo cincuenta y nueve putos años, estoy a punto de jubilarme, y creía que ya había visto y oído de todo.
La mano le temblaba. Cowart vio cómo se movía a la luz de las intermitentes luces de la policía.
—¿Sabes? —dijo Hawkins mientras se miraba la mano—, me estoy endureciendo tanto que ya no quiero oír nada más. Casi preferiría emprenderla a tiros con un maldito chalado que oír a un solo tipo más hablando de algo terrible como si no tuviera importancia. Como si no fuera una vida lo que ha segado, sino el envoltorio de un caramelo que ha arrugado y tirado al suelo. Como si en vez de culpable de asesinato en primer grado, lo fuera de arrojar basura. —Se volvió hacia Cowart—. ¿Quieres verlo?
—Claro. Vamos.
Hawkins lo miró de hito en hito.
—No estés tan seguro. Siempre quieres verlo todo demasiado rápido. Esta vez no es nada agradable.
—También es mi trabajo —replicó Cowart.
El detective se encogió de hombros.
—Vale, pero tienes que prometerme una cosa.
—¿Qué cosa?
—Verás lo que hizo y luego te llevaré ante él. No le hagas preguntas, sólo échale un vistazo, está en la cocina. Pero asegúrate de escribir en tu artículo que no es un muchacho cualquiera. ¿Queda claro? Que no es un pobre chico desfavorecido. Eso es lo que su abogado empezará a decir en cuanto llegue. Quiero que hagas lo contrario, que digas que se trata de un asesinato a sangre fría, ¿vale? A sangre fría. No quiero que nadie coja el periódico, vea una fotografía suya y se pregunte: «¿Cómo podría este buen chico haber hecho algo así?»
—Descuida, lo haré —dijo Cowart.
—De acuerdo.
El detective se encogió de hombros y luego se irguió. Echaron a andar hacia la puerta principal, pero cuando estaban a punto de entrar Hawkins insistió.
—¿Estás seguro? Son gente como tú y como yo. No lo olvidarás jamás.
—Vamos.
—Matty, por una vez escucha el consejo de un viejo.
—Venga ya, Vernon.
—Entonces, allá tú y tus pesadillas —dijo el detective, y en eso tenía toda la razón.
Cowart recordó haber mirado fijamente al ejecutivo y su esposa. Había tanta sangre que era casi como si estuvieran vestidos. Cada vez que se disparaba el flash del fotógrafo de la policía los cuerpos destellaban por un instante.
Sin mediar palabra, siguió al detective hasta la cocina. El muchacho estaba allí sentado; llevaba zapatillas de deporte y vaqueros, el delgado torso desnudo, y tenía un brazo esposado a una silla. Vetas de sangre tatuaban su cuerpo, pero a él no le importaba y con la mano libre fumaba un cigarrillo sin inmutarse. Eso le daba aspecto de más joven aún, un niño que quiere pasar por mayor y más duro para impresionar a la policía cuando, en realidad, lo único que logra es parecer un poco más imbécil. Cowart vio en su cabello rubio una salpicadura de sangre que le enmarañaba los rizos, y una mancha de sangre reseca en su mejilla. Ni siquiera le crecía barba.
Levantó la mirada cuando Cowart y el detective entraron en la cocina.
—¿Quién es ése? —preguntó, señalando a Cowart con la cabeza.
Por un momento, Matthew clavó sus ojos en los del muchacho. Eran azules e infinitamente malvados, y parecían mirar el filo acerado del hacha de un verdugo.
—Un periodista del Journal —dijo Hawkins.
—¡Eh, periodista! —exclamó el muchacho con una repentina sonrisa.
—¿Qué?
—Escribe que yo no hice nada —dijo, y soltó una carcajada hasta quedarse casi sin aliento, tan estrepitosa que hizo eco detrás de Cowart.
Aquella risa quedó congelada en su memoria mientras Hawkins lo conducía al exterior, de vuelta al ajetreado amanecer.
Después de lo ocurrido, Cowart se había ido a su despacho a escribir la historia del joven ejecutivo, su esposa y el adolescente. Había descrito las sábanas blancas arrugadas y ensangrentadas, y las rojas salpicaduras que hacían de las paredes un espectáculo dantesco. Había escrito sobre el vecindario y la elegante casa, sobre un diploma que colgaba enmarcado en la pared acreditando la pertenencia de la víctima a un club de subastas de categoría, sobre sueños aburguesados y la tentación del sexo prohibido. Había descrito el extrarradio de Fort Lauderdale, donde los niños hacían excursiones nocturnas de placer para alejarse cada minuto más y más de su juventud, y había descrito los ojos del muchacho, para fulminarlos en su artículo como su amigo le había pedido que hiciera.
Había terminado la noticia con las palabras del muchacho.
Aquella misma noche, de regreso a casa con una copia de la primera edición bajo el brazo y su historia ocupando la portada, había notado un agotamiento que iba más allá de la falta de sueño. Luego se había metido en la cama, para acurrucarse tiritando junto a su esposa a sabiendas de que ella planeaba dejarle, incapaz de hallar calor en el mundo.
Cowart sacudió la cabeza tratando de disipar el recuerdo de aquella mañana, y miró en torno a su cubículo.
Ahora Hawkins estaba muerto. Lo jubilaron con una pequeña ceremonia, le dieron una pensión, y dejaron que pusiera fin a su vida con un enfisema. Cowart había asistido a la ceremonia y aplaudido cuando el jefe de policía había mencionado la elogiable trayectoria del detective. Siempre que podía, iba a verlo a su pequeño apartamento de Miami Beach. Era un lugar frío, decorado con viejos recortes de artículos escritos por Cowart y otros. Al final de cada visita, Hawkins siempre le decía: «Recuerda las normas, y si olvidas lo que te he dicho sobre la calle, entonces invéntate tus propias normas y vive en función de ellas.» Cowart también había ido al hospital siempre que podía: salía temprano y a escondidas de su despacho para visitar al detective y contarle historias, hasta aquel último día, en que había llegado y encontrado a Hawkins inconsciente y entubado, sin saber si lo oía cuando susurraba su nombre o si lo sentía cuando estrechaba su mano. Había pasado una larga noche sentado junto a la cama, y ni siquiera supo en qué instante la vida del detective se había apagado. Asistió al funeral junto con unos pocos policías veteranos: una bandera, un féretro, las palabras de un sacerdote; ni esposa, ni hijos, ni lágrimas. Tan sólo una pesadilla de recuerdos que iba quedando lentamente bajo tierra. Se preguntaba si sería lo mismo cuando él muriera.
«¿Qué habrá sido del muchacho? —se preguntó ahora—. Puede que haya salido del reformatorio y esté en la calle. O en el corredor de la muerte, junto al autor de esta carta. O muerto.» Echó un vistazo a la carta. «Esto debería ser una noticia —pensó—, no un editorial. Debería entregarla a alguien de locales y dejar que lo compruebe. Yo ya no llevo eso. Soy un hombre de opiniones. Escribo desde la distancia, formo parte de un equipo que vota y decide y adopta posturas, no pasiones. He renunciado a mi fama.»
Eso era exactamente lo que se disponía a hacer, pero entonces se detuvo.
Un hombre inocente.
Procuraba recordar si en alguno de los juicios y delitos que había cubierto había visto alguna vez a un hombre realmente inocente. Habían desfilado ante sus ojos multitud de veredictos de inocencia, cargos retirados por falta de pruebas, casos perdidos por pura habilidad de la defensa o torpeza de la acusación. Pero no lograba recordar a alguien verdaderamente inocente. En cierta ocasión había preguntado a Hawkins si alguna vez había detenido a alguien así, y él había replicado: «¿Un hombre de verdad inocente? Uno se equivoca muchas veces, y hay muchos cabrones en libertad que deberían estar entre rejas. Pero ¿trincar a alguien realmente inocente? Eso es lo peor. No sé si podría vivir con ello. No, señor. Eso es lo único en la vida que no me dejaría dormir.»
Sostuvo la carta en sus manos. «Yo no cometí.» Se preguntó: «¿A alguien le quita el sueño el caso Robert Earl Ferguson?» Sintió un ramalazo de agitación. «Si es verdad...», pensó. No completó la idea, pero tragó saliva para dominar un arrebato de ambición.
Recordó una entrevista que había leído años atrás sobre un hábil y veterano jugador de baloncesto que ponía punto final a una larga carrera deportiva. Aquel hombre hablaba de sus triunfos y sus fracasos con una especie de moderada y equitativa dignidad. Le preguntaban por qué se retiraba, y él hablaba de su familia e hijos, de la necesidad de abandonar un juego de infancia para seguir adelante con la vida. Luego hablaba de sus piernas, no como si fueran parte de su cuerpo, sino viejas y buenas amigas. Admitía que ya no saltaba como antes, que cuando se disponía a elevarse hacia el aro, los músculos que una vez parecían haberlo propulsado con tanta facilidad protestaban a causa de los años y el dolor, e insistían en su retirada. Y añadía que, sin ayuda de sus piernas, no tenía sentido continuar. Después de aquella entrevista había salido a jugar su último partido y había acabado marcando treinta y ocho puntos sin esfuerzo: corriendo, rotando y rebasando el tablero como antes. Era como si su cuerpo hubiera dado a aquel hombre la última oportunidad de imponer en los espectadores un recuerdo imborrable. Cowart había pensado entonces que lo mismo podía aplicarse al periodismo: requería cierta juventud que no conociera el descanso, un empuje que desplazara sueño, hambre y amor; y todo para salir en busca de la noticia. Los mejores periodistas tenían piernas que les llevaban más alto y más lejos, mientras que otros quedaban rezagados descansando.
Sin querer, flexionó los músculos de las piernas.
«Hubo un tiempo en que yo también las tuve —pensó—. Antes de retirarme a tener pesadillas, llevar traje, actuar con responsabilidad y envejecer con dignidad. Ahora estoy divorciado y mi ex esposa va a robarme lo único que he amado sin reservas; y yo estoy aquí sentado, huyendo de la realidad, opinando sobre sucesos que no afectan a nadie.»
Sostuvo la carta firmemente en su mano.
«Inocente —pensó—. Ya veremos.»
La hemeroteca del Journal era una extraña mezcla de lo antiguo y lo moderno. Estaba situada a continuación de la redacción, al otro lado de las mesas en que trabajaban los articulistas de noticias blandas. En la parte trasera de la hemeroteca había hileras de grandes archivadores metalizados que contenían recortes que se remontaban a décadas atrás. En el pasado, el periódico había diseccionado cada día por persona, tema, lugar y suceso, y cada recorte había sido adecuadamente archivado. Ahora todo eso se hacía con ordenadores último modelo, potentes terminales con enormes pantallas. Los bibliotecarios se limitaban a repasar cada artículo, marcar las personas y palabras clave, y pasarlos luego a archivos electrónicos. Cowart prefería el viejo método. Le gustaba arreglárselas con un puñado de recortes emborronados, para elegir bien lo que necesitaba. Era como tener un pedazo de historia entre las manos. El de ahora era un método rápido, eficaz e impersonal. Y él nunca perdía la ocasión de fastidiar a los bibliotecarios al respecto cada vez que acudía a la hemeroteca.
Nada más entrar, una joven se fijó en él. Era rubia, con una llamativa melena, alta y esbelta. Llevaba gafas de montura metálica, y a veces miraba por encima de ellas.
—No lo digas, Matt.
—¿Que no diga el qué?
—No digas lo de siempre. Que te gustaba más el viejo método.
—No lo diré.
—Bien.
—Pero porque tú me lo has pedido.
—Eso no vale —rió la joven. Se levantó y se acercó hasta el lugar del mostrador donde él esperaba de pie—. ¿En qué puedo ayudarte?
—Laura, la bibliotecaria. ¿Alguien te ha dicho alguna vez que te dejarás los ojos mirando todo el día esa pantalla de ordenador?
—Todo el mundo.
—Imagina que te doy un nombre...
—Y yo haré el viejo truco informático.
—Robert Earl Ferguson.
—¿Qué más?
—Corredor de la muerte. Condenado hace tres años en el condado de Escambia.
—Veamos...
La joven se sentó remilgadamente ante un ordenador y después de introducir el nombre pulsó una tecla. La pantalla se quedó en blanco, salvo por una única palabra que parpadeaba en una esquina: «Buscando.» Luego la máquina pareció hipar y escupió unas palabras.
—¿Qué dice? —preguntó.
—Hay un par de entradas. Déjame comprobarlo. —Pulsó otra tecla y otro grupo de palabras apareció en pantalla. Leyó los titulares—: «Ex universitario condenado a muerte por el asesinato de una niña»; «Apelación denegada en el caso de asesinato en Pachoula»; «El Tribunal Supremo de Florida admitirá causas del corredor de la muerte». Eso es todo. Tres noticias. Todas publicadas en la edición de la costa del Golfo; ninguna en la edición nacional, salvo la última, que se podría considerar un resumen.
—No es demasiado para tratarse de un asesinato y una pena de muerte —dijo Cowart—. ¿Sabes?, en los viejos tiempos parecía que cubríamos todos los juicios por asesinato...
—Ya no.
—Entonces se le daba más importancia a la vida.
La chica se encogió de hombros.
—La muerte violenta solía causar más sensación que ahora, y tú eres demasiado joven para hablar de los viejos tiempos. Quizá te refieras a los setenta... —Sonrió y Cowart rió con ella—. De todas maneras, últimamente la pena de muerte no es ninguna novedad en Florida. Ahora mismo tenemos... —reclinó la cabeza y miró al techo un momento— más de doscientos hombres en el corredor de la muerte. El gobernador firma un par de órdenes de ejecución al mes. Eso no quiere decir que se lleguen a consumar, pero... —Lo miró y sonrió—. Pero bueno, tú ya sabes todo esto; escribiste esos editoriales el año pasado sobre el hecho de ser una nación civilizada, ¿correcto?
—Correcto. Recuerdo el principio básico: no permanecer impasible ante la pena capital. Tres editoriales, a toda página. Y luego publicamos más de cincuenta cartas de los lectores que eran, ¿cómo diría yo?, contrarias a mi postura. Publicamos cincuenta, pero recibimos unos cinco millones de trillones. Las más agradables insinuaban que deberían decapitarme en la plaza pública. Las desagradables eran más ocurrentes.
La chica sonrió.
—La popularidad no es lo tuyo. ¿Quieres que te lo imprima?
—Si eres tan amable. Pero preferiría que me quisieran...
Ella le sonrió y volvió a su ordenador. Tecleó una vez más y la veloz impresora del rincón empezó a zumbar mientras iban saliendo las hojas.
—Aquí tienes. ¿Te traes algo entre manos?
—Puede —respondió Cowart—. Uno que dice que no ha hecho nada.
La joven rió.
—Suena interesante, e insólito. —Se volvió hacia la pantalla del ordenador y Cowart se encaminó de regreso a su despacho.
Los hechos que habían llevado a Robert Earl Ferguson al corredor de la muerte empezaban a tomar forma a medida que Cowart iba leyendo las noticias. La información de la hemeroteca era mínima, pero suficiente para hacerse una idea. La víctima del caso era una niña de once años cuyo cuerpo había aparecido entre un matorral a orillas de un pantano.
Le resultaba fácil imaginar el sucio follaje que camuflaba el cuerpo. Era una ciénaga nauseabunda, el lugar indicado para hallar la muerte.
Siguió leyendo. La víctima, hija de un funcionario municipal, fue vista por última vez cuando volvía a casa del colegio. Cowart se imaginó un solitario y espacioso edificio, de hormigón y planta baja, construido en un terreno polvoriento. Pintado de un rosa descolorido o un verde institucional, colores que difícilmente lograrían iluminar el alborozo de los niños celebrando el final de la jornada escolar. Allí era donde una de las maestras la había visto subirse a un Ford verde con matrícula de otro estado. ¿Por qué? ¿Qué la llevaría a subir al coche de un extraño? La idea le produjo escalofríos y de repente sintió miedo por su propia hija. «Ella no lo haría», pensó para tranquilizarse. Al ver que la pequeña tardaba en llegar a casa, se había dado la voz de alarma. Cowart sabía que aquel mismo día la televisión local había divulgado una fotografía suya en las noticias de la noche. Debía de ser la fotografía de una niña con el pelo recogido en una coleta, cuya sonrisa revelaba un aparato de ortodoncia; una foto de familia, hecha con esperanza e ilusión, y utilizada para llenar de desesperación la pequeña pantalla.
Más de veinticuatro horas después de la desaparición, los agentes que peinaban la zona habían descubierto su cadáver. La noticia estaba llena de expresiones como «brutal asesinato», «ataque salvaje», «cuerpo destrozado», mera jerga periodística; reacio a describir con lujo de detalles el auténtico calvario que había padecido la niña, el periodista había recurrido a una serie de clichés.
«Debió de ser una muerte terrible —pensó—. La gente quería saber qué había ocurrido; bueno, no del todo, porque si lo supieran tampoco podrían dormir.»
Siguió leyendo. Ferguson había sido el primer y único sospechoso. La policía lo había detenido poco después de levantar el cuerpo de la víctima, por el parecido de su coche. Fue interrogado (en las noticias no se mencionaban la incomunicación ni las palizas) hasta confesar. La confesión, seguida de un análisis de las muestras de sangre y la identificación del vehículo, parecía haber sido la única prueba incriminatoria, pero Cowart se mostraba cauto. Las vistas habían cobrado cierta impetuosidad, como en el buen teatro, y un detalle que parecía insignificante o cuestionable cuando se mencionaba en las noticias se volvía inmenso a ojos del jurado.
Ferguson había dicho la verdad respecto al dictamen del juez. La frase «un animal al que habría que sacar de la sala y matar a tiros» aparecía destacada en las noticias. «Seguramente se jugaba la reelección aquel año», pensó.
Las demás noticias le proporcionaron información adicional; sobre todo, que la primera apelación de Ferguson, basada en la fragilidad de las pruebas presentadas, había sido desestimada por el tribunal de apelaciones del primer distrito. Era de esperar. Todavía estaba pendiente de la resolución del Tribunal Supremo de Florida. Así pues, Ferguson aún no había agotado la vía de los tribunales.
Se reclinó en la silla e intentó imaginar lo ocurrido.
Vio un condado rural en los bosques de Florida. Aquélla era una parte del estado muy distinta de las populares imágenes de Florida: nada que ver con los rostros sonrientes e impecables de la clase media que acudía en masa a Orlando y Disney World, ni con los colegiales gamberros que iban a pasar las vacaciones de Semana Santa a las playas, ni con los turistas que viajaban en sus caravanas a Cabo Cañaveral para presenciar el lanzamiento de naves espaciales. Y esa Florida tampoco tenía nada que ver con la imagen cosmopolita y liberal de Miami, que se consideraba a sí misma una especie de Casablanca norteamericana.
«En Pachoula —pensó—, incluso en los ochenta, cuando una niña blanca es violada y asesinada por un negro, aflora una América más primitiva; una América que todo el mundo preferiría olvidar. Probablemente ése haya sido el caso de Ferguson.»
Cogió el teléfono para llamar al abogado que llevaba la apelación de Ferguson.
Tardó más de lo que quedaba de mañana en localizar al letrado. Cuando por fin se puso en contacto con él, le llamó la atención su mentolado acento sureño.
—Señor Cowart, soy Roy Black. ¿Qué lleva a un periodista de Miami a interesarse por lo que ocurre acá, en el condado de Escambia? —Pronunció «acá» con un dejo sureño.
—Gracias por devolverme la llamada, señor Black. Siento curiosidad por uno de sus clientes. Un tal Robert Earl Ferguson.
El abogado rió lacónicamente.
—Bueno, cuando la secretaria me pasó su mensaje imaginé que querría hablar sobre el señor Ferguson. ¿Qué quiere saber?
—Todo lo que sepa sobre su caso.
—Bueno, ahora está en manos del Tribunal Supremo de Florida. Sostenemos que las pruebas contra el señor Ferguson no eran suficientes para condenarle. Y también solicitamos que el juez competente desestime su confesión. Debería usted leerla; tal vez sea el documento de este tipo más amañado que haya visto en mi vida. Como si la propia policía lo hubiera redactado en comisaría. Y sin esa confesión no hay base legal. Si Robert Earl no dice lo que ellos quieren que diga, no dura ni dos minutos ante el tribunal. Ni siquiera en el peor tribunal, el más sudista y racista del mundo.
—¿Y qué pasa con la muestra de sangre?
—El laboratorio policial del condado de Escambia cuenta con muy pocos medios, no como los que hay en Miami. Sólo identificaron el grupo sanguíneo: cero positivo. Es el grupo al que corresponde el semen hallado en el cadáver; el mismo que tiene Robert Earl. Claro que, en este condado, unos dos mil hombres tienen el mismo tipo de sangre. Pero la defensa olvidó contrainterrogar sobre ello al personal médico.
—¿Y el coche?
—Un Ford verde con matrícula de otro estado. Nadie identificó a Robert Earl, y nadie aseguró con certeza que la niña hubiera subido a su coche. Coño, que no era lo que ustedes llaman una prueba circunstancial, sino casual. Su defensa fue de lo más inepta.
—¿Usted no era su abogado entonces?
—No, señor. No tuve el honor.
—¿Ha impugnado la competencia de la defensa?
—Todavía no. Pero lo haremos. Un estudiante de tercero de derecho podría haberlo hecho mejor, incluso un estudiante de último año de instituto. Y eso me cabrea. No veo el momento de redactar mi alegato, pero tampoco quiero quemar toda mi artillería nada más empezar.
—¿A qué se refiere?
—Señor Cowart, ¿conoce el tipo de apelación que se interpone en los casos de pena máxima? La idea es no dejar de dar pequeños mordiscos a la manzana. Así podré alargar años y años la vida de ese pobre imbécil; lograr que la gente olvide y dar al tiempo la oportunidad de hacer algo bueno. No debes jugar tu mejor baza al principio, porque eso llevará a tu muchacho derechito a la vieja silla, ya me entiende.
—Pero supongamos que se trata de un hombre inocente...
—¿Eso le ha dicho Robert Earl?
—Sí.
—Pues a mí también.
—Y bien, señor Black, ¿le cree usted?
—¡Umm!, puede. Es una cantinela que he oído demasiadas veces de alguien que disfruta de la hospitalidad del estado de Florida. Pero entiéndalo, señor Cowart, no me permito suscribir la culpabilidad o la inocencia de mis clientes. Tengo que ocuparme del mero hecho de que han sido condenados en un tribunal y tienen que apelar ante otro tribunal. Si puedo evitar una injusticia, bueno. Cuando me muera y vaya al cielo me recibirá un coro de ángeles con trompetas de fondo. Claro que a veces también puedo meter la pata, y entonces es posible que me vea en un lugar muy distinto, rodeado de colegas con horcas y rabitos puntiagudos. Así es la ley, señor. Pero usted trabaja para un periódico, y los periódicos influyen mucho más que yo en la opinión pública sobre el bien y el mal, la verdad y la justicia. Además, un periódico tiene muchísima más influencia sobre el juez competente que podría emplazar una nueva vista, o sobre el gobernador y el Consejo de Indultos; ya me entiende. Tal vez usted podría hacer algo por Robert Earl.
—Podría.
—¿Por qué no lo visita? Es muy inteligente y educado. —Black soltó una risita—. Habla mucho mejor que yo. Posiblemente sea lo bastante inteligente para ejercer la abogacía. Desde luego es más inteligente que ese abogado que lo defendió, que seguro que echa una cabezadita cada vez que sientan a un cliente suyo en la silla eléctrica.
—Hábleme de ese abogado.
—Un tipo viejo. Debe de llevar cien o doscientos años defendiendo casos. Pachoula es un lugar pequeño; todo el mundo se conoce. Vienen al juzgado del condado de Escambia y es como una fiesta, una fiesta para celebrar el caso de asesinato. Yo no les caigo demasiado bien.
—Ya.
—Claro que Robert Earl tampoco les caía demasiado bien. Ya sabe, un negro que va a la universidad y todo eso y vuelve a casa en un cochazo. Puede que la gente sintiera alivio cuando lo arrestaron. No están acostumbrados a estas cosas, y tampoco a asesinos violadores.
—¿Cómo es el lugar? —preguntó Cowart.
—Como se lo imagina usted, un hombre urbano. Es algo así como lo que los periódicos y la Cámara de Comercio llaman el Nuevo Sur. Allí conviven ideas innovadoras y rancias. Aunque, a fin de cuentas, eso tampoco es tan malo. De hecho, montones de dólares para el desarrollo van a parar a sus arcas.
—Entiendo.
—Acérquese y eche usted mismo un vistazo —dijo el abogado—. Pero déjeme darle un consejo: no crea que son tontos sólo porque hablen como yo y parezcan salidos de un libro de Faulkner o Flannery O’Connor. No lo son.
—Tomo nota.
El abogado rió.
—Apuesto a que no pensaba que hubiera leído a esos autores.
—Estoy impresionado.
—Más se impresionará con Robert Earl. Y procure recordar una cosa más: es posible que la gente de aquí esté más que satisfecha con lo que le ocurrió a Robert Earl; así que no espere hacer demasiados amigos, o fuentes, como a sus colegas les gusta llamarlos.
—Hay otra cosa que me preocupa —dijo Cowart—. Ferguson dice que sabe el nombre del verdadero asesino.
—Bueno, yo no sé nada de eso. Puede que él sí lo sepa. Pachoula es un lugar pequeño. Lo único que sé... —Su voz fue perdiendo jocosidad hasta adoptar una franqueza que sorprendió a Cowart—. Lo único que sé es que ese hombre fue condenado en un juicio injusto, y mi intención es sacarlo del corredor de la muerte, sea culpable o inocente. Tal vez no sea este año, ni ante este tribunal, pero sí algún día ante otro tribunal. Me he criado y he pasado la vida entre sudistas y racistas, y no voy a perder este caso. No me importa si él lo hizo o no.
—Pero si no lo hizo...
—Bueno, alguien asesinó a la niña. Así que alguien tendrá que pagar por ello.
—Tengo muchas preguntas —dijo Cowart.
—Ya lo creo. Éste es un caso con muchos interrogantes. A veces pasa. Se supone que el juicio debería aclararlo todo, pero en realidad lo complica aún más. Me parece que eso es lo que le ha ocurrido al pobre Robert Earl.
—¿De verdad cree que debería pasarme por Pachoula?
—Claro —respondió el abogado. Cowart percibió su sonrisa al otro lado del teléfono—. Creo que sí. No sé lo que se encontrará, además de un montón de prejuicios e ideas rancias. A lo mejor usted puede ayudar a que un inocente salga en libertad.
—Entonces, ¿le parece que es inocente?
—¿He dicho eso? No, sólo me refería a que deberían haberlo declarado inocente por falta de pruebas; lo cual es muy distinto, ¿no cree?
2
Un hombre en el corredor de la muerte
Cowart detuvo el coche de alquiler en el camino de acceso a la prisión estatal de Florida y su mirada escudriñó la inmensidad de los campos para luego fijarse en los imperturbables edificios oscuros que albergaban a la mayoría de los presos de máxima seguridad. En realidad, se trataba de dos cárceles separadas por un riachuelo: el correccional Union quedaba a un lado y la prisión de Raiford al otro. El ganado pastaba en prados lejanos y en los campos de cultivo donde trabajaban partidas de presos se levantaban nubecillas de polvo. Había torres de vigilancia en las esquinas y le pareció distinguir el destello de las armas de los guardias. No sabía en qué edificio se encontraban el corredor de la muerte y la sala de la silla eléctrica, pero le habían dicho que estaban separados del edificio principal. Vio una alambrada doble, de unos tres metros y medio de altura y rematada con alambre de espino en espiral. El alambre brillaba al sol de la mañana. Salió del coche y se quedó en pie. Un pinar crecía verde y enhiesto al borde del camino, como acusando al límpido cielo azul. Un soplo de brisa hizo susurrar las ramas y refrescó la frente de Cowart.
No le había costado convencer a Will Martin y a los demás del equipo editorial de que le dieran carta blanca para investigar las circunstancias de aquel caso, aunque Martin había manifestado cierto escepticismo gruñón al que Cowart había restado importancia.
—¿Te acuerdas de Pitts y Lee? —le había contestado.
Freddie Pitts y Wilbert Lee habían sido condenados a muerte por el asesinato del encargado de una gasolinera en el norte de Florida. Los dos habían confesado un crimen que no habían cometido. Uno de los periodistas más famosos del Journal se había pasado años escribiendo artículos exigiendo su puesta en libertad. Ganó el Pulitzer. Era lo primero que les contaban a los recién llegados a la redacción del Journal.
—Aquello era diferente.
—¿Por qué?
—Ocurrió en 1963 y bien podría haber sido en 1863. Las cosas han cambiado.
—¿En serio? ¿Y qué me dices de ese tipo de Texas, aquel al que el realizador de documentales sacó del corredor de la muerte?
—Era diferente.
—¿Cómo de diferente?
Martin se había echado a reír.
—Buena pregunta. Vale, ve. Tienes mi bendición. Y recuerda, cuando termines de interpretar una vez más el papel de periodista, siempre podrás regresar a tu torre de marfil. —A continuación lo acompañó hasta la puerta.
Se informó a la sección de noticias locales, que prometió prestar ayuda en caso de necesitarla. Sin embargo, había detectado una pizca de recelo por el hecho de que la historia hubiera ido a parar a sus manos. Reconocía la ventaja que tenía sobre la plantilla local: en primer lugar, iban a permitirle trabajar solo; la sección local habría asignado la historia a un equipo. Al igual que tantos otros periódicos y canales de televisión, el Journal disponía de un equipo de investigación a tiempo completo al que llamaban «el equipo del primer plano» o «el equipo I», que habría abordado la noticia con la sutileza de una fuerza invasora. Y Cowart cayó en la cuenta de que, a diferencia de los periodistas en plantilla fija, él no estaría sujeto a ningún plazo, y no tendría encima a ningún redactor jefe adjunto todo el día pendiente de la noticia. Descubriría lo que pudiera, lo organizaría como él considerase conveniente y escribiría como quisiera.
Trató de aferrarse a este último pensamiento, blindarse contra la decepción, pero, cuando el coche lo acercaba a la prisión, notó que se le aceleraba el pulso. Unas señales de aviso en el camino informaban a los transeúntes de que nada más entrar en la zona consentían en ser registrados, y de que hallarse en posesión de armas de fuego o narcóticos les supondría pasar una temporada entre rejas. Traspuso una verja en la que un guardia de uniforme gris cotejó su identificación con una lista y, con poca amabilidad, le indicó que siguiera adelante; luego aparcó en la zona «visitantes» y entró en el edificio de administración.
Hubo cierta confusión cuando topó con una secretaria que, al parecer, había perdido su solicitud de entrada. Cowart esperó pacientemente junto al mostrador mientras ella revolvía documentos, disculpándose nerviosamente, hasta encontrarla. Entonces le pidió que esperara en una sala contigua. Un agente lo escoltaría hasta el lugar en que iba a encontrarse con Robert Earl Ferguson.
Pasados unos minutos, un hombre mayor con porte de marine entró en la sala. Tendió a Cowart una mano enorme y nudosa.
—Sargento Rogers. Soy el agente de día del corredor.
—Mucho gusto.
—Señor Cowart, hay algunas formalidades, si no le importa.
—¿Como cuáles?
—Debo cachearle y registrar su grabadora y su maletín. Y tengo un formulario que usted debe firmar en previsión de que lo tomen como rehén...
—¿Qué es eso?
—Es sólo un formulario en el que reconoce entrar en la prisión estatal de Florida por iniciativa propia, y promete, en caso de ser tomado como rehén durante su visita, no demandar al estado y no esperar que se tomen medidas extraordinarias para ponerle en libertad.
—¿Medidas extraordinarias?
El sargento sonrió y se mesó el pelo cortado a cepillo.
—Quiere decir que no espere que pongamos nuestro culo en peligro para salvar el suyo.
Cowart sonrió e hizo una mueca.
—Suena a mal negocio.
—Así es. La prisión es un mal negocio para todo el mundo, menos para los que podemos volver a casa por la noche.
Cowart firmó el formulario con una rúbrica falsa.
—Bueno —dijo, sonriendo todavía—, no puedo decir que me merezcáis demasiada confianza así de entrada.
—Bah, no tiene de qué preocuparse, no si visita a Robert Earl. Es todo un caballero y está cuerdo. —Mientras hablaba, registró metódicamente el maletín de Cowart. También desmontó la grabadora para inspeccionarle las tripas y abrió el compartimiento de las pilas para asegurarse de que era precisamente eso lo que había en su interior—. No es como si viniera a visitar a Willie Arthur o Specs Wilson, esos dos ciclistas de Fort Lauderdale que se divirtieron más de la cuenta con una chica a la que recogieron haciendo autoestop; o José Salazar, ya sabe, el que mató a dos agentes secretos en una operación de narcotráfico. ¿Sabe qué les hizo antes de asesinarlos? Debería averiguarlo. Le haría ver lo crueles que pueden ser estos tipos cuando se lo proponen. Éstos o cualquiera de los encantadores tipos que tenemos aquí. Los peores vienen casi todos del sur del estado, de donde usted. ¿Qué les hacen allí para que acaben matándose con tanta desesperación?
—Oh, si yo pudiera contestar a esa pregunta...
Ambos sonrieron. Rogers dejó en el suelo el maletín de Cowart y le indicó que pusiera las manos en alto.
—Le aseguro que tener sentido del humor ayuda en estos lares —dijo el sargento mientras sus manos revoloteaban por el cuerpo de Cowart, cacheándolo con rapidez—. Vale. Ahora las instrucciones. Van a estar solos usted y él. Yo solamente estaré allí por razones de seguridad, justo al lado de la puerta. Si necesita ayuda, grite, aunque no va a necesitarla, porque no se trata de ningún chalado. Mierda, tendremos que usar la suite para ejecutivos...
—¿La qué?
—La suite para ejecutivos. Así llamamos a la sala de entrevistas para los que muestran buen comportamiento. Bueno, sólo hay sillas y una mesa, así que no es nada del otro mundo. Tenemos otras instalaciones más seguras. Además, Robert Earl no tendrá restricciones de ningún tipo; ni siquiera le pondrán grilletes. Quiero decir, le puede ofrecer un cigarrillo...
—No pienso hacerlo.
—Bien. Chico listo. Si él le ofreciera documentos, podría aceptarlos. Pero si usted quisiera darle algo, yo tendría que examinarlo primero.
—¿Darle algo como qué?
—Bueno, tal vez una lima, una sierra y un mapa de carreteras.
Cowart pareció sorprendido.
—Eh, sólo bromeo —dijo el sargento—. Claro que aquí dentro ésta es la clase de broma que nunca solemos hacer. Las evasiones no tienen nada de divertido, ¿sabe? Pero hay muchas maneras de huir de una prisión, incluso del corredor de la muerte. Muchos internos piensan que hablar con periodistas es una de ellas.
—¿Ayudarles a huir?
—Bueno, ayudarles a salir. Todo el mundo quiere que la prensa se interese por su caso. Los presos nunca creen recibir un trato justo y les parece que armando un buen escándalo conseguirán que se celebre un nuevo juicio. Por eso los tipos como yo odiamos tanto a los periodistas. Odio ver esos pequeños blocs de notas, a esos cámaras y sus focos. Sólo consiguen mosquear a todo el mundo y ponerlos nerviosos por nada. La gente se piensa que la falta de libertad es lo que causa problemas en una cárcel. Se equivoca. Lo peor es, con mucho, darles esperanzas que luego se echan por tierra. Para tipos como usted es sólo una noticia más, pero, para los que están aquí dentro, son sus vidas lo que está en juego. Ellos se inventan una historia, la historia adecuada, y luego acaban saliendo de aquí. Usted y yo sabemos que no es necesariamente cierta. Eso provoca decepción. Mucha decepción, además de rabia y frustración. Y eso causa más problemas de los que se imagina. Lo que queremos es rutina, no falsas esperanzas, ni sueños. Sólo que un día sea exactamente como el anterior. No suena muy emocionante, pero seguro que no le gustaría pasarse por una prisión cuando las cosas se ponen emocionantes.
—Bueno, lo siento, pero sólo he venido a comprobar algunos datos.
—La experiencia me dice, señor Cowart, que no existen más que dos datos: uno es que nacemos y el otro, que morimos. Pero tranquilo; yo no soy tan duro como algunos. Me gusta que haya un pequeño cambio de ritmo, dentro de lo razonable. No le entregue nada; sólo empeoraría las cosas.
—¿Peor que el corredor de la muerte?
—Tiene que entender que incluso en el corredor de la muerte hay diversas maneras de cumplir condena. Podemos hacer que sea muy duro, o no tan duro. Ahora mismo, Robert Earl está bastante bien. Bueno, aún le registran la celda una vez por semana y lo someten a un registro integral después de una visita como la suya, pero también tiene el privilegio de salir al patio, leer libros y demás. Aunque no se lo crea, incluso en la cárcel hay muchos detalles que podemos suprimir para hacerle la vida insoportable a un interno.
—No traigo nada para él. Pero puede que él tenga algunos documentos o algo...
—Bueno, vale. No nos preocupa tanto que salgan cosas clandestinamente de prisión...
El sargento volvió a reír. Tenía una risa estentórea acorde con su franqueza. Sin duda, Rogers era la clase de hombre que podía ayudarte mucho o amargarte la vida, dependiendo de su predisposición.
—También se supone que debe decirme cuánto tiempo durará la visita.
—No lo sé.
—Bueno, qué más da, tengo toda la mañana, así que tómese su tiempo. Después le enseñaré el lugar. ¿Ha visto alguna vez La Vieja Chispas?
—No.
—Es muy instructiva.
El sargento se puso en pie. Era un hombre fuerte y ancho de hombros, con un aire que daba a entender que había presenciado muchas desgracias en su vida y que siempre había conseguido solventarlas con éxito.
—Es como si pusiera las cosas en perspectiva, ya sabe a qué me refiero.
Cowart lo siguió al otro lado de la entrada, sintiéndose eclipsado por sus anchas espaldas.
Fue conducido por una serie de puertas trabadas y un detector de metales manipulado por un agente que sonrió al sargento. Llegaron a una terminal en la que confluían varias alas del gigantesco edificio en forma de rueda. En aquel momento, Cowart fue consciente del ruido de la prisión, una continua cacofonía de voces alzadas y sonidos metálicos y estrépito de puertas que se abren para ser cerradas de un portazo y atrancadas de nuevo. En algún lugar, una radio emitía música country. Una televisión sintonizó un culebrón; oyó las voces, y acto seguido la consabida música de los anuncios. Tuvo una sensación de movimiento alrededor, como si estuviera en medio de la fuerte corriente de un río, aunque salvo el sargento y un par de agentes en una pequeña cabina en el centro de la sala, no había casi nadie más. En el interior de la cabina había un panel electrónico que indicaba las puertas que estaban abiertas y las que estaban cerradas. Las cámaras instaladas en las esquinas del techo y los monitores de televisión también mostraban parpadeantes imágenes grises de cada hilera de celdas. Cowart reparó en el suelo, un impecable linóleo amarillo abrillantado por la marea de gente y los presos encargados de la limpieza. Vio que un hombre con mono azul limpiaba aplicadamente una esquina con una cochambrosa fregona gris, repasando una y otra vez una mancha que ya había desaparecido.
—Ésas son las alas Q, R y S —informó el sargento—. El corredor de la muerte. En realidad, corredores. Joder, pero si hasta en el corredor de la muerte tenemos problemas de hacinamiento. Eso dice mucho, ¿no? La silla está ahí abajo. Ésa se parece a las otras zonas, pero no es igual. No, señor.
Cowart clavó la mirada en los pasillos altos y estrechos. Las hileras de celdas, a la izquierda, se alzaban en tres pisos con escaleras a ambos lados. En la pared enfrente de las celdas había un cochambroso ventanal que permanecía abierto para que corriese el aire. Entre la pasarela que había fuera del grupo de celdas y el ventanal quedaba un espacio vacío. Cayó en la cuenta de que los presos podían estar encerrados en cada una de aquellas diminutas celdas y mirar al cielo por entre las rejas, desde una distancia de unos nueve metros que bien podría ser de millones de kilómetros. Sintió un escalofrío.
—Ahí está Robert Earl —indicó el sargento.
Cowart se volvió y vio que el sargento señalaba una pequeña jaula de barrotes en una alejada esquina de la terminal. Dentro, cuatro hombres sentados en un banco de hierro le miraban fijamente. Tres de ellos llevaban monos azules, como el que había visto pasando la fregona. El cuarto iba vestido de naranja butano, parcialmente oculto por los otros hombres.
—Nadie quiere vestir de butano —dijo el sargento en voz baja—. Porque eso significa que el reloj de la vida ha empezado la cuenta atrás.
Cowart se encaminó hacia la jaula, pero el sargento lo retuvo por el hombro. Notó la fuerza en sus dedos.
—Se equivoca de camino. La sala de entrevistas está ahí. Cuando alguien viene de visita, registramos al preso y hacemos una lista de todo lo que lleva: documentos, libros de derecho, lo que sea. Luego lo aislamos, allí mismo, antes de traerlo con usted. Al final, cuando queda todo dicho y hecho, invertimos el proceso. Se hace jodidamente eterno, pero es por seguridad, ya me entiende. Lo hacemos por nuestra propia seguridad.
Cowart asintió y fue conducido a la sala de entrevistas. Era una habitación blanca, con una mesa de acero en medio y un par de viejas sillas marrones llenas de marcas. En una pared había un espejo. En el centro de la mesa, un cenicero. Nada más.
Señaló el espejo.
—¿Es de dos caras? —preguntó.
—En efecto —contestó el sargento—. ¿Algún problema?
—No. Oiga, ¿está seguro de que ésta es la suite para ejecutivos? —Se volvió hacia el sargento y sonrió—. Nosotros los tipos de ciudad estamos acostumbrados a más comodidades.
Rogers soltó una carcajada.
—Justo lo que pensaba. Perdone, pero esto es lo que hay.
—Ya está bien —dijo Cowart—. Gracias.
Tomó asiento y esperó a Ferguson.
A primera vista, el preso era un joven de unos veinticinco años, metro ochenta y complexión menuda; no obstante, poseía una engañosa fuerza nervuda que le transmitió con su apretón de manos. Robert Earl Ferguson se había remangado y lucía unos brazos fibrosos. Era delgado, de caderas estrechas y hombros de corredor de fondo, y con la gracia natural de un atleta en los andares. Llevaba el pelo corto. Su mirada era despierta, vivaz y penetrante; por un momento, Matthew Cowart tuvo la sensación de que el preso lo estaba tanteando, juzgando, interpretando y grabando.
—Gracias por venir —dijo el preso.
—No hay de qué.
—Lo habrá —respondió Ferguson. Traía una pila de documentos legales que dispuso sobre la mesa. Cowart vio que le echaba una mirada al sargento Rogers, el cual asintió, se volvió y salió por la puerta, cerrándola de un golpe.
Cowart se sentó, sacó lápiz y papel, y colocó una grabadora en el centro de la mesa.
—¿Le importa? —preguntó.
—En absoluto.
—¿Por qué me escribió? —quiso saber Cowart—. ¿Y cómo sabía mi nombre?
El preso sonrió y se retrepó en la silla. Parecía curiosamente relajado para lo que debería ser un momento crítico.
—El año pasado usted recibió un premio del Colegio de Abogados de Florida por sus editoriales contra la pena de muerte. Su nombre apareció en el periódico de Tallahassee; me lo pasó otro tipo del corredor. No me intimidaba que usted trabajara para el periódico más importante e influyente del estado.
—¿Por qué esperó tanto para ponerse en contacto conmigo?
—Bueno, la verdad, confiaba que el tribunal de apelación revocaría mi condena. Cuando vi que no era así, contraté a un nuevo abogado, aunque contratar no es exactamente la palabra; me procuré un nuevo abogado y empecé a mostrarme más agresivo respecto a mi situación. Ya ve, señor Cowart, ni siquiera cuando me sentenciaron a muerte pensaba que iba conmigo. Todo me parecía un mal sueño o algo así; como si fuera a despertar de un momento a otro para volver a la universidad. O como si alguien fuese a decirme: «¡Eh, tú!, recoge tus cosas. Hemos cometido un error.» Por eso no pensaba con claridad. No sabía que hubiera que luchar tan duro para salvar la vida. No se puede confiar en el sistema.
«He aquí la primera cita de mi artículo», pensó Cowart.
El preso se inclinó hacia delante, puso las manos sobre la mesa y luego, con la misma rapidez, se reclinó en la silla; así podía gesticular con brevedad y precisión, usando el movimiento para subrayar sus palabras. Tenía una voz suave y profunda, una voz que parecía transportar fácilmente el peso de las palabras. Al hablar encorvaba los hombros, como empujado por la fuerza de sus convicciones. El efecto era instantáneo: reducía la salita al espacio entre ambos llenándolo de una especie de energía recalentada.
—Ya ve, pensaba que bastaría con ser inocente. Pensaba que así funcionaban las cosas. Pensaba que no había que hacer nada. Y entonces, cuando llegué aquí, empecé a aprender, pero a aprender de verdad.
—¿A qué se refiere?
—Bueno, los hombres del corredor de la muerte tenemos un sistema informal de pasarnos datos sobre abogados, apelaciones, o clemencia, como ustedes lo llaman. Mire, allí —señaló los principales edificios de la prisión—, los reclusos piensan en lo que van a hacer cuando salgan en libertad. O tal vez piensan en huir, o en cómo aguantar la condena, en cómo sobrevivir aquí dentro. Se permiten el lujo de soñar con un futuro, aunque sea un futuro entre rejas. Siempre pueden soñar con la libertad. Y tienen el mayor don, el de la incertidumbre; no saben lo que la vida les deparará.
»Nosotros, no. Sabemos cómo vamos a acabar. Sabemos que llegará un día en el que el estado nos meterá dos mil quinientos voltios de electricidad en el cerebro. Sabemos que nos quedan cinco, tal vez diez años. Es como llevar todo el tiempo un tremendo peso que luchas por arrastrar. A cada minuto que pasa piensas: ¿he malgastado este tiempo? Cada noche piensas: otro día que se va. Cada día que amanece sabes que has perdido una noche más. Ese peso que arrastras es la acumulación de todos esos momentos que acaban de pasar, todas esas esperanzas que se desvanecen. Así que ya ve, no tenemos las mismas inquietudes.
Ambos guardaron silencio un instante. Cowart oía su propia respiración, como si acabara de subir corriendo un tramo de escaleras.
—Parece un filósofo.
—Todos los hombres del corredor de la muerte lo somos. Incluso los locos que no dejan de dar gritos y alaridos, o los tarados que apenas tienen idea de lo que les está sucediendo. Son conscientes del peso. Los que tenemos un poco de formación hablamos mejor, pero en el fondo somos todos iguales.
—¿Ha cambiado usted aquí?
—¿Y quién no?
Cowart asintió.
—Cuando mi apelación inicial fue desestimada, algunos hombres que llevaban en el corredor cinco, ocho, tal vez diez años, empezaron a hablarme de planear un futuro por mi cuenta. Soy joven, señor Cowart, y no quería pasarme el resto de mi vida aquí encerrado. Así que conseguí un abogado mejor y le escribí a usted. Necesito su ayuda.
—Ahora nos ocuparemos de eso.
Cowart no estaba seguro de qué papel desempeñar en la entrevista. Quería mantener cierta distancia profesional, pero desconocía hasta qué punto. Había tratado de imaginar cómo actuaría delante del preso, pero no lo había logrado. Se sintió un poco idiota sentado frente a un hombre condenado por asesinato en una prisión repleta de hombres que habían cometido los actos más abominables, intentando hacerse el duro.
—Bien, ¿por qué no me habla un poco de usted? Por ejemplo, explíqueme cómo es que no habla como la gente de Pachoula.
Ferguson soltó una risotada.
—Si quiere, puedo hacerlo. Mejor dicho zi quié le pueo hablá com’el neglo mah paleto del pueblo... —Ferguson balanceó la silla como una mecedora. El lento acento de sus palabras pareció endulzar el aire enrarecido de la salita. De pronto se inclinó bruscamente hacia delante y cambió de acento—: Eh, chupatintas, también te puedo soltar un rollo de chulo callejero, porque conozco esa puta mierda, ¿vale, tío? —Y rápidamente volvió a asumir el papel del nervudo hombre serio que estaba sentado con los codos apoyados en la mesa, con voz normal y serena—. Y también puedo hablar como alguien que ha ido a la universidad y que se estaba forjando un futuro en la facultad de empresariales. Porque eso es también lo que era.
Cowart quedó desconcertado ante aquellos repentinos cambios. Parecían más que simples variaciones de tono y acento. Los cambios de entonación iban acompañados de alteraciones en el gesto y la expresión, de manera que Robert Earl Ferguson se transformaba en la imagen que proyectaba con su voz.
—Impresionante —reconoció Cowart—. Tiene buen oído.
Ferguson asintió con la cabeza.
—Mire, los tres acentos reflejan mis tres orígenes. Nací en Newark, Nueva Jersey. Mi madre era una criada. Cada día a las seis de la mañana solía hacer un largo recorrido de ida en autobús hasta los barrios residenciales y de vuelta por la noche, día sí, día no, para limpiar las casas de los blancos. Mi padre estaba en el ejército, y desapareció cuando yo tenía tres o cuatro años. De todas formas, no estaban casados. Luego, con siete años, mi madre murió. Nos dijeron que había sido un ataque de corazón, pero nunca lo supe a ciencia cierta. Sólo sé que un día le costaba respirar y fue caminando al hospital, y ésa fue la última vez que la vimos. Yo tuve que irme a Pachoula, a vivir con mi abuela. No tiene idea de lo que aquello representaba para un niño. Salir de aquel gueto e ir a parar a un lugar con árboles y ríos y aire puro. Creía estar en el paraíso, aunque no tuviéramos agua corriente ni electricidad. Aquéllos fueron los mejores años de mi vida. Solía ir caminando a la escuela; de noche leía a la luz de las velas; comíamos los peces que yo pescaba en los arroyos. Era como vivir en el siglo pasado. Pensaba que nunca me marcharía de allí, hasta que mi abuela enfermó. Temía no poder cuidar de mí, así que se decidió que regresara a Newark, donde viviría con mi tía y su nuevo marido. Ahí acabé el instituto para entrar en la universidad. Pero me encantaba visitar a mi abuela. En vacaciones solía viajar en el autobús nocturno de Newark a Atlanta, donde hacía transbordo al que se dirigía a Mobile, para luego tomar el que iba a Pachoula. Podía prescindir de la ciudad. De hecho, supongo que me consideraba un tipo de pueblo. Newark no me entusiasmaba. —Sacudió la cabeza y esbozó una sonrisa—. Esos malditos viajes en autobús —murmuró—. Ahí empezaron todos mis problemas.
—¿A qué se refiere?
—Para cuando llegaba a mi destino, habían pasado casi treinta interminables y extenuantes horas. Aquello no me gustaba nada, por eso me compré el coche; un Ford Granada verde oscuro de segunda mano. Se lo compré a otro estudiante por mil doscientos pavos. Sólo tenía unos cien mil kilómetros de rodaje. Joder, me encantaba conducir aquel coche, pero... —La voz de Ferguson sonaba suave y ausente.
—Pero...
—De no haber sido por aquel coche, jamás me habrían detenido por ese crimen.
—Hábleme de eso.
—Tampoco hay mucho que contar. La tarde del asesinato yo estaba en casa con mi abuela. Ella lo habría confirmado si alguien hubiera tenido el detalle de preguntárselo...
—¿Alguien más le vio? ¿Alguien que no fuera de la familia?
—No recuerdo a nadie. Sólo estábamos ella y yo. Si va usted a verla, sabrá por qué. Vive en una vieja barraca a casi un kilómetro del resto de las casuchas; en una calle humilde y polvorienta.
—Continúe.
—Bueno, al poco rato de hallar el cuerpo de la niña, aparecieron dos detectives. Yo estaba en la entrada, lavando el coche. ¡Me encantaba ver relucir aquella máquina! Allí estaba yo, a mediodía, hasta que llegaron ellos y me preguntaron qué había hecho un par de días antes. Empezaron a mirarnos al coche y a mí, sin escuchar realmente mis palabras.
—¿Qué detectives?
—Brown y Wilcox. Conocía a esos hijos de perra y sabía que me odiaban. Debería haber imaginado que no eran de fiar.
—¿Por qué le odiaban?
—Pachoula es un lugar pequeño. A algunos les gusta que todo siga igual, como suelen decir. Me refiero a que sabían que yo tenía un futuro; sabían que iba a ser alguien, y eso no les gustaba. Supongo que no les gustaba mi actitud.
—Continúe.
—Me dijeron que necesitaban tomarme declaración en comisaría; así que fui con ellos sin rechistar. ¡Joder! Si hubiera sabido entonces lo que sé ahora... Pero ya ve, señor Cowart, no creía que tuviera nada que temer. Me dijeron que era por el caso de una persona desaparecida. No por asesinato.
—¿Y?
—Como le expliqué en mi carta, aquélla fue la última vez que vi la luz del día en treinta y seis horas. Me metieron en un cuartucho como éste y me preguntaron si quería un abogado. Todavía no sabía lo que estaba ocurriendo, así que contesté que no. Me entregaron un impreso con mis derechos constitucionales y me dijeron que lo firmara. ¡Joder, qué tonto fui! Debería haber sabido que, cuando sientan a un negro en una de esas salas de interrogatorio, la única manera que tendrá de volver a salir es diciéndoles lo que quieren oír, lo haya hecho o no.
La voz de Ferguson había perdido toda jocosidad, reemplazada por un tono de ira debido a la tensión contenida. Cowart se sintió arrastrado por la historia que estaba escuchando, como atrapado en una marejada de palabras.
—Brown era el poli bueno; Wilcox, el malo. La rutina más vieja del mundo. —Torció el gesto.
—¿Y?
—Entonces empiezan a preguntarme esto, a preguntarme lo otro, a preguntarme sobre la niña desaparecida. Les repito que no sé nada, pero ellos insisten. Así todo el día, hasta entrada la noche. Las mismas preguntas una y otra vez, e igual que cuando les dije «No», mis contestaciones no valen una mierda. No puedo ir al lavabo. No me dan de comer ni de beber. Sólo me hacen preguntas sin parar. Por fin, después de muchas horas, pierden la paciencia. Empiezan a gritarme con rabia y Wilcox me da una bofetada en la cara. ¡Zas! Luego, con su cara a unos centímetros de la mía, me dice: «¿Me prestarás atención ahora, chaval?»
Ferguson miró a Cowart como para valorar la impresión que estaban causando sus palabras, y prosiguió con voz pausada y llena de amargura.
—Sí, en efecto, no dejaba de gritarme. Recuerdo haber pensado que le iba a dar un infarto o un derrame cerebral o algo así, tan colorada tenía la cara. Parecía un poseso. Entonces va y me grita: «¡Quiero saber qué hiciste con esa niña! ¡Dime lo que le hiciste!» No deja de vociferar y Brown abandona la sala, así que me quedo a solas con ese energúmeno. Insistió durante horas: «Dime, ¿te la follaste primero y luego la mataste, o fue al revés?» Yo negaba y volvía a negar, decía cosas como ¿a qué se refiere?, ¿de qué me habla? Él me mostraba las fotos de la niña y me preguntaba una y otra vez: «¿Estuvo bien? ¿Te gustaba que se resistiera? ¿Te excitaban sus gritos? ¿Sentiste placer la primera vez que la rajaste? Y cuando la rajaste por enésima vez, ¿también te gustó?» Así una y otra vez, y otra más, hora tras hora. —Respiró hondo—. Cuando necesitaba un descanso, me dejaba en aquel cuartucho, esposado a la silla. Quizá salía a respirar el aire fresco, echaba una cabezadita o iba a comer algo. A veces pasaba cinco minutos fuera y otras media hora o más. En una ocasión me dejó allí sentado un par de horas; y yo permanecí allí sentado, ¿sabe?, demasiado atontado y asustado para reaccionar.
»Supongo que al final se sintió frustrado por mis negativas, porque empezó a usar la fuerza. Al principio me pegaba bofetones en la cara y los hombros con más frecuencia de lo habitual, hasta que me puso en pie para darme un puñetazo en el estómago. Yo estaba temblando. Ni siquiera me habían metido en el trullo y ya me había orinado en los pantalones. Cuando cogió la guía de teléfonos y la enrolló no entendí qué pretendía. Tío, era como si me aporrearan con un bate de béisbol; caí redondo.
Cowart asintió con la cabeza; había oído hablar de aquella técnica. Hawkins se lo había explicado una noche. Una guía de teléfonos tiene la potencia de una correa de cuero, sólo que el papel no rasga la piel ni deja hematomas.
—Como yo no abandono mi negativa, acaba desistiendo. Brown entra, tras horas de ausencia. Yo tiemblo, doy gemidos, y pienso que voy a morir allí mismo. Brown me levanta del suelo. Como la noche y el día. Tío, me pide disculpas por lo que ha hecho Wilcox. Que sabe cómo duele. Me ayuda, me trae algo de comer y una Coca-Cola, me consigue ropa limpia y me deja ir al lavabo. Todo lo que tengo que hacer es confiar en él, confiar en él y confesar lo que le hice a aquella niña. Yo no le digo nada, pero él insiste. Me dice: «Bobby Earl, creo que estás malherido; vas a mear sangre. Me parece que necesitas un médico urgentemente, así que dime qué le hiciste y te llevaremos inmediatamente a enfermería.» Yo le digo que no hice nada, y él pierde la paciencia. Me grita: «Sabemos que lo hiciste tú, ¡sólo tienes que decírnoslo!» Entonces saca el arma, no la de reglamento sino una del calibre 38 que lleva en una pistolera de tobillo. En ese momento entra Wilcox y me esposa las manos a la espalda, luego me empuja la cabeza justo delante del cañón del arma. Brown dice: «¡Confiesa ahora!» Yo repito que no he hecho nada, y entonces aprieta el gatillo. ¡La hostia! Todavía veo ese dedo jalando el gatillo muy despacio. Pensé que se me paraba el corazón. Un ruido seco suena en la cámara vacía. Me pongo a lloriquear como un niño. Luego él me dice: «Bobby Earl, has tenido mucha suerte esta vez. ¿Crees que hoy es tu día de suerte? ¿Cuántas cámaras vacías me quedan?» Vuelve a apretar el gatillo y vuelvo a oír un chasquido. Él exclama: «¡Joder! Me parece que ha fallado.» Luego abre aquella pistolita, saca el tambor y extrae una bala. La mira detenidamente y dice: «¡Eh!, ¿qué te parece esto? Vaya birria. Tal vez funcione esta vez.» Veo cómo vuelve a cargarla. Me apunta y añade: «Es tu última oportunidad, negro.» Le creo y confieso: «Fui yo, fui yo; lo que queráis, lo hice yo.» Y ésa fue mi confesión.
Cowart respiró hondo y trató de asimilar aquello. De repente sintió que le faltaba aire, como si las paredes se hubieran caldeado, como si él se estuviera asando en el repentino bochorno.
—¿Y después? —preguntó.
—Ya lo ve, estoy aquí —contestó Ferguson.
—¿Le ha contado esto a su abogado?
—Por supuesto. Él señaló lo obvio: era la palabra de dos agentes de policía contra la mía. Y en medio había una preciosa niña blanca asesinada. ¿A quién le parece que iban a creer?
Cowart asintió.
—¿Y por qué iba a creerle yo ahora?
—No lo sé. —Por un instante, fulminó a Cowart con la mirada—. A lo mejor, porque le estoy diciendo la verdad.
—¿Se sometería al detector de mentiras?
—Ya lo hice con mi abogado. Aquí tengo los resultados. Esa puta máquina dijo que eran «no concluyentes». Creo que estaba demasiado nervioso cuando me pusieron todos esos cables. No me hizo ningún bien, pero si quiere volveré a intentarlo. No sé si servirá de algo, no puedo presentarlo como prueba.
—Cierto. De todos modos necesito algo que corrobore su versión.
—Sí, lo sé. Pero eso es lo que ocurrió, ¡joder!
—¿Cómo puedo confirmar su historia para luego publicarla en el periódico?
Ferguson pensó por un momento, sin apartar sus ojos de los de Cowart. Al cabo de unos segundos, un atisbo de sonrisa traspasó parte de la gravedad de aquel rostro.
—La pistola —dijo—. Eso podría servir.
—¿Cómo?
—Bueno, recuerdo que antes de meterme en aquel cuartucho, hicieron aspavientos inspeccionando sus armas reglamentarias en la entrada. Brown llevaba una pequeña sorpresa escondida en el tobillo. Apuesto a que le mentirá sobre aquella pistola, y si usted hallara la manera de lograr que meta la pata...
Cowart asintió.
—Tal vez.
Ambos volvieron a guardar silencio. Cowart bajó la mirada hacia la grabadora y vio que la cinta giraba.
—¿Por qué usted? —preguntó.
—Les iba al dedillo. Yo estaba allí y era negro y tenía un coche verde. Y mi grupo sanguíneo era el mismo... aunque eso lo descubrieron más tarde. El caso es que yo estaba allí y la comunidad estaba a punto de enloquecer; quiero decir, la comunidad blanca. Buscaban a alguien y me tenían a mano. ¿Quién mejor?
—Parece un razonamiento convincente.
Los ojos de Ferguson relampaguearon y Cowart vio que apretaba el puño. Observó cómo el preso luchaba por recuperar el control.
—Aquí siempre me han odiado porque no soy uno de esos pobres palurdos negros de pueblo con los que están acostumbrados a tratar. No soportaban que fuera a la universidad, les molestaba que conociera la vida de la gran ciudad. Me conocían y me odiaban. Por lo que era y por lo que iba a ser.
Cowart iba a formular una pregunta, pero Ferguson se aferró al borde de la mesa para serenarse. Apenas podía contener la voz y Cowart se vio invadido por su rabia. Los tendones se marcaban en el cuello del preso, su rostro enrojecía, la voz había perdido firmeza y temblaba de emoción. Cowart veía cómo Ferguson se debatía consigo mismo, como si estuviera a punto de estallar bajo la tensión del recuerdo. En aquel momento, Cowart se preguntó cómo sería ponerse en el camino de toda aquella furia.
—Vaya allí. Eche un vistazo a Pachoula, condado de Escambia. Está al sur de Alabama, a unos cuarenta o cincuenta kilómetros. Hace medio siglo, cuando llevaban trajes blancos con pequeños capirotes y cruces en llamas, se habrían limitado a colgarme del árbol más cercano. Pero los tiempos han cambiado —dijo con amargura—, aunque no mucho. Ahora cuelgan a las personas con todas las ventajas y la parafernalia de la civilización. Tuve un juicio, sí señor. Tuve un abogado, sí señor. Fui juzgado por mis iguales, sí señor. Gocé de todos mis derechos constitucionales, sí señor. ¡Joder! Un puto linchamiento justo y legal. —La voz le temblaba—. Vaya allí, señor periodista blanco, empiece a hacer preguntas, y verá. ¿Acaso cree que estamos en los noventa? Va a descubrir que las cosas no han evolucionado tan rápido. Ya lo verá.
Se reclinó en la silla, desafiando a Cowart con la mirada.
Los sonidos de la prisión parecían lejanos, como si vinieran de paredes, pasillos y celdas a kilómetros de distancia. De pronto, Cowart se percató de lo pequeña que era aquella sala. «Una historia sobre espacios reducidos», pensó. Sintió cómo el preso irradiaba oleadas de odio; una incesante corriente de frustración y desesperación por la que él mismo se vio arrastrado.
Ferguson siguió mirando a Cowart.
—Vamos, Cowart. ¿Piensa que la vida es igual en Pachoula que en Miami?
—No.
—Claro que no. ¿Y sabe qué es lo más gracioso de todo esto? Si yo hubiera cometido ese crimen, cosa que no hice, ¿qué pasaría si hubiera sido en Miami? ¿Sabe qué habría ocurrido con las pruebas falsas presentadas en mi contra? Que me habrían ofrecido un trato: homicidio involuntario y sentencia de cinco años; tal vez cuatro. Y eso sólo en caso de que mi abogado de oficio no lo negara todo, que lo habría hecho. No tengo antecedentes. ¿Qué le parece que habría ocurrido en Miami, señor Cowart?
—Tal vez esté en lo cierto. En Miami se le ofrecería un trato. Sin duda.
—Pero en Pachoula la pena de muerte. Sin duda.
—Es el sistema.
—A la mierda el sistema. Al infierno. Y una cosa más: yo no lo hice. Yo no cometí ese crimen. Vale, no soy perfecto, en Newark me metí en líos de adolescente, igual que en Pachoula, puede comprobarlo. Pero, ¡coño!, yo no maté a esa niña. —Hizo una pausa—. Aunque sé quién lo hizo.
Ambos guardaron silencio por un instante.
—¿Quién y cómo? —preguntó Cowart.
Ferguson se meció en la silla. Cowart vio una sonrisa; no una mueca, ni el presagio de una carcajada, sino una especie de amarga cicatriz. Algo había desaparecido, parte de la intensidad de su ira, porque Ferguson cambió en segundos con la misma facilidad con que antes había cambiado de acento.
—Todavía no se lo puedo decir —respondió.
—Venga ya —replicó Cowart—. No me venga con evasivas.
Ferguson negó con la cabeza.
—Se lo diré, pero sólo cuando me crea.
—¿A qué está jugando?
Ferguson se inclinó, reduciendo el espacio entre ambos, y fijó en Cowart una mirada aterradora.
—Esto no es un puto juego —susurró—. Es mi puta vida; quieren quitármela, ¿sabe?, y ésta es mi mejor carta. No me pida que la enseñe antes de tiempo.
Cowart no contestó.
—Vaya a comprobar lo que le he contado. Y entonces, cuando se convenza de que soy inocente, cuando vea que esos cabrones me han condenado injustamente, entonces se lo diré.
Cuando un hombre desesperado te pide que juegues, como Hawkins le había dicho una vez, es mejor que lo hagas siguiendo sus reglas.
Cowart asintió con la cabeza.
Se hizo el silencio. Ferguson clavó sus ojos en los de Cowart, esperando una respuesta. Ninguno de los dos se movió, como si estuvieran ligados el uno al otro. Cowart cayó en la cuenta de que no le quedaba otra alternativa, de que ése era el dilema del periodista: había escuchado una historia sobre la injusticia y el mal. Y ahora se veía obligado a descubrir la verdad; no podía marcharse tan tranquilo.
—Así pues, señor Cowart —concluyó Ferguson—, ésa es la historia. ¿Va a ayudarme?
Cowart pensó en los miles de palabras que había escrito sobre muerte y agonía, sobre todas las historias de tormento y dolor que habían pasado por sus manos para dejarle una minúscula cicatriz, el germen de sus terribles pesadillas. En ninguno de sus artículos había escatimado nunca un ápice de desesperación. Y tampoco había salvado nunca ninguna vida.
—Haré lo que pueda —respondió.