Prefacio de Dan Wells

PREFACIO

Conocí a Brandon Sanderson en 1998, en el equipo de redacción de The Leading Edge, nuestra revista universitaria de ciencia ficción, pero no llegamos a intimar hasta el primer semestre de 1999, cuando nos dimos cuenta de que los dos asistíamos al mismo curso de escritura creativa y ambos estábamos decididos a ganarnos la vida como autores de libros. Fundamos un taller literario, invitamos a unos cuantos miembros de la redacción de The Leading Edge y nos pusimos manos a la obra, dedicándonos a leer cada uno las obras de los demás. Mis primeras novelas contenían tantos clichés propios de la literatura fantástica que prácticamente podrían considerarse fan fiction; las de Brandon, en cambio, carecían de ellos hasta tal punto que a veces no pasaba absolutamente nada.

—Oye, Brandon, ¿y aquí cuándo aparecen los malos?

—Estos son los malos.

—A ver, no, estos no son más que unos que se han propuesto cerrar la escuela de magia del personaje principal. Tarde o temprano aparecerá algún villano en condiciones, ni que decir tiene, el cual solo se detendrá ante la magia del protagonista, cuya escuela saldrá airosa porque él se esforzó por mantenerla abierta y ya está, guay. Se ve venir a la legua. Lo que no entiendo es por qué tarda tanto.

—Porque no va de eso.

—¿Cómo que no? Todas las novelas de fantasía van de eso.

—Pero es que no tienen por qué ir de eso. Quiero decir, la fantasía puede adoptar la forma que le dé la gana, ¿no? Para eso es fantasía. Entonces ¿por qué esta historia no puede ir sencillamente de un tío que intenta mantener abierta una escuela, sin más? Una escuela cuyos alumnos resulta que aprenden a practicar magia de arena, llevan muñequeras con pistolas de duelo de aire comprimido incorporadas y comen una especie de tofu elaborado a partir de insectos gigantes que está riquísimo.

—Hm. Visto así, por qué no. Entonces, espera, ¿de verdad que no salen malos? O sea... ¿Ni tan siquiera uno solo?

Y así siempre, un libro tras otro. Ya por aquel entonces Brandon escribía mucho más deprisa de lo que cualquiera sería capaz de leer. Al cabo de un tiempo consiguió un agente, el simpar Joshua Bilmes, y en el taller de escritura nos sentimos extraordinariamente reivindicados cuando este nos dio la razón: ¿Qué sentido tenía crear todas aquellas historias si al final nunca pasaba nada? Los comentarios de Joshua nos legaron para la posteridad una frase sobre la que volveríamos más de una vez durante años, repitiéndola como un mantra sagrado para contener los excesos más desenfrenados de Brandon: «El tejido del universo necesita algo que lo amenace.»

—Este libro es una pasada, Brandon, pero la verdad es que no veo yo que el tejido del universo corra ningún peligro.

—Pues claro que no, si solo es una historia de lo más simple que va de un chaval que se siente abandonado por su familia.

—Vale, para empezar, en realidad esta es una historia de la leche cuyo protagonista es un tío capaz de crear armaduras mágicas con la mente y conjurar alimentos de la nada, todo lo cual consigue que unos monstruos del vacío que te mueres de miedo se cabreen con él. Y luego, de paso, resulta que además se siente abandonado por su familia. O sea que, a ver. Y en segundo lugar, aunque en realidad se trate de lo más importante de todo, ese agente tan chachi piruli que te has echado sostiene que el tejido del universo necesita algo que lo amenace, y aquí no veo yo ninguna amenaza. Así que ya estás tardando en empezar a ponerlo en peligro.

—En fin, por lo menos salen unos monstruos del vacío que te mueres de miedo...

—¡Que lo pongas en peligro ya, hombre!

Lo mejor de los grupos de creación literaria es que todos sus integrantes van aprendiendo a la vez. Lo peor de los grupos de creación literaria es que se dicen un montón de tonterías increíbles antes de aprender nada. En serio, me maravilla que de esos talleres salgan escritores de verdad y no meros manojos de nervios con patas criados enteramente en cámaras de resonancia cargadas de malos consejos. El caso es que el instinto de Brandon no iba desencaminado, como tampoco el mantra de Joshua ni el resto de sus enseñanzas, solo que ninguno de nosotros sabía interpretar nada de todo aquello. Terminamos consiguiéndolo, claro está, a la larga. Gran parte del éxito de Brandon —digamos que la mitad— estriba en su obstinación por creer que eran las humildes historias humanas dentro de las grandes aventuras épicas las que hacían que leer estas últimas mereciese la pena. Si nos gusta Nacidos de la bruma es porque nos importan Vin y sus espantosas cicatrices emocionales, así como su torva certeza de que nadie, jamás, va a enamorarse de ella. Si nos gusta El archivo de las tormentas es porque nos importan la depresión de Kaladin, la inseguridad de Shallan y la lucha contra la locura de Dalinar. La otra gran porción del éxito de Brandon —la otra mitad, básicamente— se debe a esa inquebrantable insistencia suya por imprimirle unas dimensiones colosales al dramatismo. Una potente trama exterior, sin limitaciones de ningún tipo y amenazadora para el tejido del universo en la que envolver las líneas argumentales interiores e imprimirles carácter. Brandon se inventa algunas de las historias más extraordinarias que existen en el mercado y las asienta sobre los cimientos de algunas de las más sutiles e introspectivas.

No recuerdo exactamente cuándo, en el taller de escritura terminamos de leer una de las novelas de Brandon y empezamos con la siguiente: El espíritu de Adonis. Lo tenía todo: historias íntimas de gente con sus defectos, adorables y maravillosas, engarzadas a la perfección en la crónica de una maldición letal, un ejército devastador de mundos y una vuelta de tuerca final que sacudía la realidad y lo cambiaba todo, para todos, de tal manera que nos impulsaba a carcajearnos, a lanzar aullidos de entusiasmo y a pasar las páginas tan deprisa como humanamente podíamos. El único problema era el título.

—No lo pillo. ¿Qué pinta Adonis en todo esto?

—Es que la ciudad se llama Adonis. ¿No queda claro?

—No, si eso está claro, clarísimo, pero lo que no entiendo es «por qué» se tiene que llamar Adonis. ¿Se encuentra en la Tierra? ¿O será que está en Grecia y yo no termino de verlo?

—¿Por qué iba a estar en Grecia?

—¿Por qué no iba a estarlo? Adonis me suena a griego. ¿Será acaso un planeta que hemos colonizado en el futuro, al estilo de Pern, y estamos reutilizando antiguas...?

—Que no, que no, nada de eso, la acción no transcurre en la Tierra, ni en Grecia, ni en... Vale, a lo mejor el escenario recuerda un poquito a la antigua Grecia, pero no ha sido a propósito. Adonis es un lugar cualquiera, invención mía; no tiene ningún equivalente en el mundo real.

Nos quedamos mirándonos fijamente los unos a los otros, intentando dilucidar por qué nos sentíamos tan desconcertados. ¡En la cabeza de cada uno las cosas tenían todo el sentido del mundo! Los grupos de escritura son así a veces. Al final, otro de los miembros del taller dijo:

—Sabéis que Adonis es un personaje de la mitología griega, ¿verdad?

Brandon empezó a partirse de risa.

—Me cago en la leche, pues no que me había olvidado por completo de él. Ya decía yo que ese nombre era demasiado bueno como para que todavía no estuviera pillado. No os preocupéis, se lo cambio.

Una semana después Brandon nos mandó un email con el segundo capítulo de El espíritu de Elantris, y al cabo de unos meses eliminó el «espíritu» y se quedó con Elantris, a secas. Sigue siendo, hasta la fecha, una de mis novelas de fantasía preferidas. En mi casa, a buen recaudo de los niños y de los fans más atrevidos, guardo lo que, sin duda, algún día habrá de convertirse en la más valiosa de todas mis posesiones: un ejemplar de la primera edición de Elantris, comprado el mismo día que se puso a la venta, con el autógrafo de Brandon y esta sencilla dedicatoria: «Para Dan. El primer libro que firmo en mi vida.»

Enhorabuena por estos diez años, Brandon. Bien hecho. Seguro que dentro de un par de siglos algún joven autor en ciernes, tan brillante como prometedor, le pondrá tu nombre sin darse cuenta a la primera novela de fantasía que escriba.

Entonces sí que lo habrás conseguido de veras.

DAN WELLS

Elantris

Imagen decorativa

E lantris fue hermosa, en otro tiempo. La llamaban la ciudad de los dioses: un lugar de poder, esplendor y magia. Los visitantes dicen que las piedras mismas brillaban con una luz interior, y que la ciudad contenía maravillosos portentos arcanos. De noche, Elantris resplandecía como un fuego plateado, visible incluso desde una gran distancia.

Sin embargo, por magnífica que fuera Elantris, sus habitantes lo eran todavía más. Con el pelo de un blanco esplendoroso, la piel casi de un plateado metálico, los elantrinos parecían refulgir como la ciudad misma. Según las leyendas eran inmortales, o casi. Sus cuerpos sanaban rápidamente y estaban dotados de gran fuerza, sabiduría y velocidad. Podían hacer magia apenas agitando la mano; los hombres visitaban Elantris desde todo Opelon para ser objeto de curación, recibir alimento o conocimientos elantrinos. Los elantrinos eran divinidades.

Y cualquiera podía convertirse en una divinidad elantrina.

La Shaod, se llamaba. La Transformación. Golpeaba al azar, normalmente de noche, durante las misteriosas horas en que la vida se detenía para descansar. La Shaod podía tomar a un mendigo, un artesano, un noble o un guerrero. Cuando llegaba, la vida de la persona afortunada terminaba y recomenzaba; descartada su antigua existencia mundana, se marchaba a Elantris. A Elantris, donde podía vivir bendita, gobernar con sabiduría y ser adorada por toda la eternidad.

La eternidad terminó hace diez años.

Imagen decorativa

Imagen decorativa

CAPÍTULO 1

E l príncipe Raoden de Arelon despertó temprano esa mañana, completamente ignorante de que había sido condenado para toda la eternidad. Todavía adormilado, Raoden se incorporó, parpadeando con la suave luz de la mañana. Por las ventanas abiertas de su balcón podía ver la enorme ciudad de Elantris en la distancia, sus murallas desnudas proyectando una profunda sombra sobre la ciudad más pequeña de Kae, donde vivía Raoden. Las murallas de Elantris eran increíblemente altas, pero Raoden distinguía las cimas de las negras torres alzándose tras ellas con los capiteles rotos, una muestra de la majestad caída y oculta tras aquellos muros.

La ciudad abandonada parecía más oscura que de costumbre. Raoden la contempló un instante, luego apartó la mirada. Resultaba imposible ignorar las enormes murallas elantrinas, pero la gente de Kae lo intentaba con todas sus fuerzas. Era doloroso recordar la belleza de la ciudad y preguntarse por qué hacía diez años la bendición de la Shaod se había convertido en una maldición.

Raoden sacudió la cabeza y se levantó de la cama. Hacía un calor desacostumbrado para una hora tan temprana; no sintió ni siquiera un poco de fresco cuando se puso la túnica. Luego tiró del cordón que pendía junto a la cama para indicar a sus criados que quería el desayuno.

Otra cosa extraña, además: tenía hambre, mucha hambre. Sen tía un apetito casi voraz. Nunca le habían gustado los desayunos copiosos, pero esa mañana descubrió que ansiaba que llegara la comida. Finalmente, decidió enviar a alguien a ver por qué tardaba tanto.

—¿Ien? —llamó, en los aposentos a oscuras.

No obtuvo respuesta. Raoden frunció levemente el ceño. La ausencia de la seon le extrañó. ¿Dónde podría estar Ien?

Se levantó y, al hacerlo, sus ojos volvieron a posarse en Elantris. A la sombra de la gran ciudad, Kae parecía en comparación una aldea insignificante. Elantris. Un enorme bloque de ébano: ya no era una ciudad, solo su cadáver. Raoden se estremeció levemente.

Llamaron a la puerta.

—Por fin —dijo Raoden, y se acercó a abrir. La vieja Elao esperaba fuera con una bandeja de fruta y pan caliente.

La bandeja cayó al suelo con estrépito, resbalando de los dedos de la criada cuando Raoden tendía las manos para tomarla. Raoden se quedó quieto mientras el sonido metálico de la bandeja reverberaba en el silencioso pasillo.

—¡Domi Misericordioso! —susurró Elao, con los ojos desorbitados. Con mano temblorosa agarró el colgante korathi que llevaba al cuello.

Raoden tendió la mano, pero la asustada criada retrocedió un paso y tropezó con un pequeño melón en su prisa por escapar.

—¿Qué? —preguntó Raoden. Entonces se vio la mano. Lo que había estado oculto en las sombras de su habitación a oscuras quedaba ahora iluminado por la fluctuante linterna del pasillo.

Raoden se dio media vuelta, apartando los muebles de su camino mientras se acercaba al espejo de cuerpo entero que había en un extremo de sus aposentos. La luz del amanecer había aumentado lo suficiente para que viera el reflejo que le devolvía la mirada. El reflejo de un extraño.

Sus ojos azules eran los mismos, aunque los tenía desencajados de terror. Su pelo rubio arena, sin embargo, se había vuelto gris. La piel era lo peor. El rostro del espejo estaba cubierto de repulsivas manchas negras, como hematomas oscuros. Las manchas solo podían significar una cosa.

La Shaod lo había alcanzado.

LA PUERTA DE la ciudad de Elantris resonó tras él cerrándose con un sorprendente sonido de punto final. Raoden se desplomó contra ella, aturdido por los acontecimientos del día.

Era como si sus recuerdos pertenecieran a otra persona. Su padre, el rey Iadon, no lo había mirado a los ojos mientras ordenaba a los sacerdotes que prepararan a su hijo y lo desterraran a Elantris. Eso se hizo rápida y silenciosamente; Iadon no podía permitir que se supiera que el príncipe heredero era un elantrino. Diez años antes, la Shaod hubiese convertido a Raoden en un dios. Ahora, en vez de convertir a las personas en deidades de piel plateada, las convertía en repulsivas monstruosidades.

Raoden sacudió la cabeza incrédulo. La Shaod era algo que afectaba a los demás, a gente lejana. Gente que merecía ser maldecida. No al príncipe heredero de Arelon. No a Raoden.

La ciudad de Elantris se extendía ante él. Sus altas murallas estaban flanqueadas de garitas y soldados, no para mantener a los enemigos fuera de la ciudad, sino para impedir que sus habitantes escaparan. Desde el Reod, toda persona asaltada por la Shaod había sido arrojada a Elantris para que se pudriera; la ciudad caída se había convertido en una enorme tumba para aquellos cuyos cuerpos se habían olvidado de morir.

Raoden recordaba haber estado en aquellas murallas, contemplando a los temibles habitantes de Elantris igual que los guardias lo miraban a él ahora. La ciudad le había parecido entonces muy lejana, aunque estuviera solo al otro lado. Se había preguntado, filosóficamente, cómo sería recorrer aquellas calles ennegrecidas.

Ahora iba a averiguarlo.

Raoden se apoyó en la puerta un momento, como para obligar a su cuerpo a pasar, para limpiar su carne de suciedad. Agachó la cabeza y dejó escapar un gemido. Le apetecía hacerse un ovillo sobre el sucio empedrado y esperar hasta despertar de aquel sueño. Excepto que sabía que jamás despertaría. Los sacerdotes decían que aquella pesadilla no terminaría nunca.

Pero, en alguna parte de su interior, algo lo instaba a continuar. Sabía que tenía que seguir moviéndose, pues temía que, si se detenía, acabaría por rendirse. La Shaod había tomado su cuerpo. No podía permitir que tomara también su mente.

Así, usando su orgullo como un escudo contra la desesperación, el rechazo y (lo más importante) la autocompasión, Raoden alzó la cabeza para mirar la maldición a los ojos.

EN OCASIONES ANTERIORES Raoden había estado en las murallas de Elantris para mirar desde arriba (literal y figuradamente) a sus habitantes y había visto la suciedad que cubría la ciudad. Ahora se hallaba en ella.

Cada superficie (desde las paredes de los edificios a las numerosas grietas del pavimento) estaba cubierta con una capa de mugre. La sustancia viscosa y aceitosa hacía indistinguibles los colores de Elantris, mezclándolos todos en un único tono deprimente, un color que juntaba el pesimismo del negro con los verdes y marrones contaminados del alcantarillado.

Hasta entonces, Raoden había podido ver a unos cuantos habitantes de la ciudad. Ahora podía oírlos también. Una docena de elantrinos yacían dispersos en las fétidas piedras del patio. Muchos estaban sentados sin que les importara, o sin que se dieran cuenta, en charcos de agua oscura, los restos de la tormenta de la noche anterior. Y gemían. La mayoría no decía nada, algunos murmuraban para sí o gemían aquejados de algún dolor desconocido. Una mujer, sin embargo, gritaba al fondo del patio con desgarrada angustia. Guardó silencio al cabo de un momento, sin aliento o sin fuerzas.

Casi todos vestían una especie de harapos, oscuros y sueltos, tan manchados como las calles. No obstante, al mirar de cerca, Raoden reconoció la ropa. Contempló su propio atuendo funerario blanco, largo y holgado, con lazos cosidos para formar una túnica suelta. El lino, en los brazos y las piernas, estaba ya manchado de mugre por el roce contra la puerta y las columnas de piedra de la ciudad. Raoden sospechó que pronto sería indistinguible de la vestimenta de los otros elantrinos.

«En esto me convertiré —pensó Raoden—. Ya ha comenzado. Dentro de unas pocas semanas no seré más que un cuerpo rechazado, un cadáver gimiendo en las esquinas.»

Un leve movimiento al otro lado del patio distrajo a Raoden de su autocompasión. Algunos elantrinos se acurrucaban en un portal en sombras. No distinguía con claridad sus siluetas, pero parecían estar esperando algo. Podía sentir sus ojos sobre él.

Raoden alzó un brazo para protegerse del sol, y solo entonces recordó la cestita que llevaba en las manos. Contenía la ofrenda ritual korathi que se enviaba con los muertos a la próxima vida; o, en este caso, a Elantris. La cesta contenía una hogaza de pan, unas pocas hortalizas, un puñado de grano y un pequeño odre de vino. Las ofrendas en caso de muerte normal eran mucho más abundantes, pero incluso a una víctima de la Shaod había que darle algo.

Raoden miró a las figuras del portal mientras su mente repasaba las historias que había oído en el exterior, historias de la brutalidad elantrina. Las figuras en sombras todavía no se habían movido, pero la forma en que lo estudiaban resultaba enervante.

Tras inspirar profundamente, Raoden dio un paso a un lado, moviéndose a lo largo de la muralla de la ciudad en dirección a la cara este del patio. Las formas no dejaban de observarlo, pero no lo siguieron. Al cabo de un instante ya no veía el portal y, un segundo más tarde, había llegado con éxito a una de las calles adyacentes.

Raoden soltó un suspiro; tenía la sensación de haber escapado de algo, aunque no sabía de qué. Después de unos instantes, se aseguró de que nadie lo seguía y empezó a sentirse como un tonto por haberse asustado. De momento todavía no había podido confirmar los rumores sobre Elantris. Raoden sacudió la cabeza y continuó moviéndose.

El hedor era insoportable. La suciedad omnipresente olía a putrefacción, como a hongos muertos. Raoden estaba tan molesto por el olor que casi pisó la forma retorcida de un viejo acurrucado junto a la pared de un edificio. El hombre gimió penosamente, extendiendo un brazo flaco. Raoden lo miró y sintió un súbito escalofrío. El «viejo» no tenía más de dieciséis años. La piel cubierta de hollín de la criatura era oscura y estaba llena de manchas, pero su cara era la de un niño, no la de un hombre. Raoden retrocedió involuntariamente un paso.

El muchacho, advirtiendo que su oportunidad pasaría pronto, extendió el brazo con la súbita fuerza de la desesperación.

—¿Comida? —murmuró, la boca medio desdentada—. ¿Por favor? —Entonces el brazo cayó, agotada su fuerza, y el cuerpo volvió a desplomarse contra la fría pared de piedra. Los ojos del muchacho, sin embargo, continuaron mirando a Raoden, llenos de pena y dolor. Raoden había visto mendigos en las Ciudades Exteriores y probablemente se había dejado engañar por charlatanes innumerables veces. Aquel muchacho, sin embargo, no fingía.

Raoden sacó la hogaza de pan de sus ofrendas y se la tendió al muchacho. La expresión de incredulidad que cruzó el rostro del chico fue, de algún modo, más preocupante que la desesperación a la que había sustituido. Aquella criatura había renunciado hacía tiempo a la esperanza; probablemente pedía más por costumbre que porque esperara algo.

Raoden dejó atrás al muchacho girándose para continuar calle abajo. Había esperado que la ciudad se volviera menos horrible a medida que se alejara del patio principal, quizá creyendo que la suciedad se debía al relativamente frecuente uso de la zona. Se equivocaba: el callejón estaba tan cubierto de suciedad como el patio, o más.

Un golpe sordo resonó a su espalda. Raoden se giró, sorprendido. Formas oscuras en la boca del callejón se apiñaban en torno a un bulto caído en el suelo. El mendigo. Raoden vio con un escalofrío que cinco hombres devoraban su hogaza de pan, luchando entre sí y haciendo caso omiso de los gritos desesperados del muchacho. Al cabo de un rato, uno de los recién llegados, obviamente molesto, descargó un bastonazo sobre la cabeza del chico con un golpe que resonó en la calleja.

Los hombres se terminaron el pan y se volvieron a mirar a Raoden, quien dio un aprensivo paso atrás; parecía que había dado demasiado rápido por supuesto que no lo habían seguido. Los cinco hombres avanzaron lentamente, y Raoden se dio media vuelta y echó a correr.

Sonidos de persecución. Raoden huyó asustado, algo que, como príncipe, nunca había tenido que hacer. Corrió a lo loco, esperando quedarse sin aliento al cabo de poco y que el dolor lo acuciara en el costado, como sucedía a menudo cuando se cansaba mucho. No ocurrió ninguna de las dos cosas. Simplemente, empezó a sentirse horriblemente cansado, débil hasta el punto de saber que se desplomaría. Era una sensación turbadora, como si le estuvieran sorbiendo lentamente la vida.

Desesperado, Raoden arrojó la cesta por encima de la cabeza. El torpe movimiento lo desequilibró, tropezó con una grieta del suelo y resbaló hasta que chocó con una masa de madera podrida. La madera (que tal vez fuera en su momento un montón de cajas) chirrió, interrumpiendo su caída.

Raoden se incorporó rápidamente, el movimiento esparció pulpa de madera por el callejón húmedo. Sus atacantes, sin embargo, ya no le prestaban atención. Los cinco hombres estaban agachados en la suciedad de la calle, recogiendo hortalizas y grano de las piedras y los oscuros charcos. Raoden sintió que se le revolvía el estómago cuando uno de los hombres metió el dedo en una grieta, sacó un oscuro grumo más de mugre que de grano y se lo metió en la boca. Una baba negruzca corría por la barbilla del individuo goteando desde una boca que parecía una olla llena de barro que hirviera sobre el fuego.

Un hombre vio que Raoden estaba mirando. La criatura gruñó y tendió la mano para agarrar el palo casi olvidado que llevaba. Raoden buscó frenéticamente un arma y encontró un trozo de madera algo menos podrido que el resto. Sostuvo el arma con manos inseguras, tratando de parecer peligroso.

El matón se detuvo. Un segundo más tarde, un grito de alegría llamó su atención: uno de los otros había localizado el pequeño odre de vino. La pelea que se produjo a continuación aparentemente les hizo olvidar a Raoden y los cinco se marcharon pronto: cuatro persiguiendo al que había sido lo bastante afortunado, o tonto, para escapar con el precioso licor.

Raoden se quedó sentado entre los escombros, aturdido. «En esto es en lo que te convertirás...»

—Parece que se han olvidado de ti, sule —comentó una voz. Raoden dio un salto girándose hacia el sonido. Un hombre, cuya lisa cabeza calva reflejaba la luz de la mañana, estaba reclinado perezosamente en unos escalones cercanos.

Era decididamente elantrino, pero antes de la transformación pertenecía seguramente a otra raza; no era de Arelon, como Raoden. La piel del hombre mostraba las delatoras huellas negras de la Shaod, pero en las zonas sanas no era pálida, sino marrón oscuro.

Raoden se puso en guardia, tenso, pero el hombre no mostró indicio alguno del salvajismo primario ni de la decrépita debilidad que Raoden había visto en los otros. Alto y de porte firme, tenía manos anchas y ojos penetrantes. Estudió a Raoden pensativo.

Raoden suspiró, aliviado.

—Quienquiera que seas, me alegro de verte. Empezaba a pensar que aquí todos se estaban muriendo o estaban locos.

—No podemos estar muriéndonos —respondió el hombre con una mueca—. Ya estamos muertos. ¿Kolo?

—Kolo. —La palabra extranjera le resultaba vagamente familiar, igual que el marcado acento del hombre—. ¿No eres de Arelon?

El hombre negó con la cabeza.

—Soy Galladon, del reino soberano de Duladel. Y más recientemente de Elantris, tierra de podredumbre, locura y perdición eterna. Encantado de conocerte.

—¿De Duladel? —inquirió Raoden—. Pero si la Shaod solo afecta a la gente de Arelon. —Se incorporó, sacudiéndose pedazos de madera en diversos estados de descomposición, e hizo una mueca al sentir dolor en un dedo del pie. Estaba cubierto de suciedad y el rancio hedor de Elantris emanaba ya también de él.

—Duladel es de sangre mixta, sule. Areleno, fjordell, teoiso... los encontrarás todos. Yo...

Raoden maldijo en voz baja, interrumpiendo al hombre. Galladon alzó una ceja.

—¿Qué ocurre, sule? ¿Se te ha clavado una astilla en mal lugar? Aunque supongo que no hay muchos lugares donde sea agradable.

—¡Mi dedo! —dijo Raoden, cojeando por el resbaladizo empedrado—. Le pasa algo. Me lo he torcido al caer, pero no se me pasa el dolor.

Galladon meneó tristemente la cabeza.

—Bienvenido a Elantris, sule. Estás muerto: tu cuerpo no se curará como debería.

—¿Qué? —Raoden se desplomó en el suelo junto a los escalones donde estaba Galladon. El dedo continuaba doliéndole con un dolor tan agudo como el que sentía en el momento de torcérselo.

—Cada dolor, sule —susurró Galladon—. Cada corte, cada roce, cada magulladura y cada daño... permanecerán contigo hasta que te vuelvas loco de sufrimiento. Como te decía, bienvenido a Elantris.

—¿Cómo lo soportáis? —preguntó Raoden, frotándose el dedo, un gesto que le sirvió de bien poco. Era una herida tonta, pero tenía que luchar para que no se le saltaran las lágrimas.

—No lo soportamos. O tenemos muchísimo cuidado, o acabamos como esos que viste en el patio.

—En el patio... ¡Idos Domi! —Raoden se puso en pie y se encaminó cojeando al patio. Encontró al muchacho mendigo en el mismo sitio, cerca de la desembocadura de la calle. Seguía vivo... en cierto modo.

Los ojos del muchacho miraban sin ver, temblorosos. Movía los labios en silencio, sin que escapara de ellos ningún sonido. Tenía el cuello completamente aplastado y con un enorme tajo por donde asomaban las vértebras y la tráquea. El chico trataba sin éxito de respirar a través de aquel estropicio.

De repente, a Raoden le pareció que su dedo no estaba tan mal.

—Idos Domi... —susurró, volviendo la cabeza con el estómago revuelto. Extendió la mano y se agarró a un edificio para sujetarse, con la cabeza gacha, mientras trataba de no aumentar la suciedad del pavimento.

—A este no le queda mucho —dijo Galladon como si tal cosa, agachado junto al mendigo.

—¿Cuánto...? —empezó a decir Raoden, pero se interrumpió cuando el estómago volvió a amenazarlo. Se sentó de golpe en el lodo y, después de unas cuantas inspiraciones, continuó—. ¿Cuánto tiempo vivirá así?

—Sigues sin comprenderlo, sule —dijo Galladon, apenado—. No está vivo... ninguno de nosotros lo está. Por eso estamos aquí. ¿Kolo? El muchacho permanecerá así para siempre. Esa es, después de todo, la medida típica de la maldición eterna.

—¿No hay nada que podamos hacer? —Galladon se encogió de hombros.

—Podríamos intentar quemarlo, suponiendo que pudiéramos encender un fuego. Los cuerpos elantrinos arden mejor que los de la gente corriente, y algunos opinan que la hoguera es una muerte adecuada para los de nuestra clase.

—Y... —dijo Raoden, todavía incapaz de mirar al muchacho—. Y si lo hacemos, ¿qué le pasará a él... a su alma?

—No tiene alma —contestó Galladon—. O eso nos dicen los sacerdotes. Korathi, Derethi, Jesker... todos dicen lo mismo. Estamos condenados.

—Eso no responde a mi pregunta. ¿Cesará el dolor si lo quemamos? —Galladon contempló al muchacho. Y acabó por encogerse de hombros.

—Algunos dicen que si nos queman, o nos cortan la cabeza, o nos hacen algo que nos destruya por completo el cuerpo, dejaremos de existir. Otros dicen que el dolor continúa, que nosotros nos convertimos en el dolor. Piensan que flotaremos sin pensar, incapaces de sentir nada más que agonía. No me gusta ninguna opción, así que intento mantenerme de una pieza. ¿Kolo?

—Sí —susurró Raoden—. Kolo.

Se dio la vuelta y finalmente hizo acopio de valor para mirar de nuevo al muchacho herido. El enorme tajo le devolvió la mirada. La sangre manaba lentamente de la herida, como si el líquido estuviera retenido en las venas, como agua estancada en un charco.

Con un súbito escalofrío, Raoden se palpó el pecho.

—No me late el corazón —advirtió por primera vez.

Galladon miró a Raoden como si hubiera dicho una completa estupidez.

—Sule, estás muerto. ¿Kolo?

NO QUEMARON AL muchacho. No solo carecían de los elementos adecuados para encender un fuego, sino que Galladon lo prohibió.

—No podemos tomar una decisión así. ¿Y si de verdad no tiene alma? ¿Y si deja de existir cuando quememos su cuerpo? Para muchos, una existencia de agonía es mejor que ninguna existencia.

Así que dejaron al muchacho donde había caído: Galladon lo hizo sin pensárselo dos veces y Raoden lo siguió porque no se le ocurría otra alternativa, aunque sentía el dolor de la culpa más agudamente incluso que el dolor de su pie.

A Galladon obviamente no le importaba si Raoden lo seguía, se iba en otra dirección o se quedaba mirando una mancha de la pared. El hombretón de piel oscura regresó por donde habían venido, dejando atrás el cuerpo gimoteante en el arroyo, la espalda vuelta hacia Raoden en una postura de completa indiferencia.

Al ver marcharse al dula, Raoden intentó ordenar sus pensamientos. Lo habían educado toda la vida para la política: años de preparación lo habían entrenado para tomar decisiones rápidas. Decidió confiar en Galladon.

Había algo agradable en el dula, algo que Raoden encontraba indefinidamente atractivo aunque estuviera cubierto por una pátina de pesimismo tan gruesa como la capa de mugre del suelo. No era solo la lucidez de Galladon, no solo su actitud tranquila. Raoden había visto los ojos del hombre cuando miraba al muchacho doliente. Galladon decía aceptar lo inevitable, pero sentía tristeza por tener que hacerlo así.

El dula encontró su antiguo puesto en los escalones y se sentó de nuevo. Tras tomar aliento con decisión, Raoden se acercó y se plantó expectante delante del hombre.

Galladon alzó la cabeza.

—¿Qué?

—Necesito tu ayuda, Galladon —dijo Raoden, agachándose ante los escalones.

Galladon hizo una mueca.

—Esto es Elantris, sule. Aquí no existe eso llamado ayuda. Dolor, locura y un montón de suciedad son las únicas cosas que encontrarás.

—Casi parece que lo crees.

—Estás preguntando en el lugar equivocado, sule.

—Eres la única persona no comatosa que he visto aquí que no me ha atacado —dijo Raoden—. Tus acciones resultan mucho más convincentes que tus palabras.

—Tal vez simplemente no he intentado hacerte daño porque sé que no tienes nada que dar.

—No lo creo.

Galladon se encogió de hombros y se puso de lado; se apoyó contra el edificio y cerró los ojos.

—¿Tienes hambre, Galladon? —preguntó Raoden en voz baja. El hombre abrió los ojos—. Solía preguntarme cuándo daba de comer el rey Iadon a los elantrinos —musitó Raoden—. Nunca oí decir que trajeran suministros a la ciudad, pero siempre supuse que los enviaban. Después de todo, me decía, los elantrinos siguen con vida. Nunca comprendí. Si la gente de esta ciudad puede subsistir sin que le lata el corazón, entonces probablemente puede subsistir sin comida. Naturalmente, eso no implica que el hambre remita. Me he despertado hambriento esta mañana, y sigo estándolo. Por la mirada de esos hombres que me han atacado, imagino que el hambre solo empeora.

Raoden buscó bajo la túnica manchada y sacó algo fino que alzó para que Galladon lo viera. Un trozo de carne seca. Los ojos de Galladon se abrieron de par en par y su expresión pasó del aburrimiento al interés. Hubo un destello en sus ojos, un poco del mismo salvajismo que Raoden había visto en los otros esa mañana. Más controlado, pero estaba allí. Por primera vez, Raoden advirtió cuánto estaba jugándose en su primera impresión sobre el dula.

—¿De dónde ha salido eso? —preguntó Galladon lentamente.

—Se me ha caído de la cesta cuando los sacerdotes me traían aquí, así que me lo he guardado bajo la saya. ¿Lo quieres o no?

Galladon tardó un poco en responder.

—¿Qué te hace pensar que no te atacaré y me lo quedaré sin más? —No era una pregunta retórica: Raoden notó que Galladon estaba considerando emprender esa acción. Hasta qué punto era todavía una incógnita.

—Me has llamado «sule», Galladon. ¿Cómo podrías matar a alguien a quien has llamado amigo?

Galladon permaneció sentado, transfigurado por el trocito de carne. Un fino reguero de saliva escapó por una comisura de su boca sin que se diera cuenta. Miró a Raoden, que estaba cada vez más ansioso. Cuando sus ojos se encontraron, algo chispeó en los de Galladon y la tensión se quebró. El dula dejó escapar súbitamente una profunda y sonora carcajada.

—¿Hablas duladen, sule?

—Solo unas pocas palabras —dijo Raoden modestamente.

—¿Un hombre educado? ¡Ricas ofrendas para Elantris hoy! Qué rulo tan intrigante. De acuerdo, ¿qué quieres?

—Treinta días —respondió Raoden—. Durante treinta días me guiarás y me contarás lo que sabes.

—¿Treinta días? Sule, estás kayana.

—Tal como yo lo veo —dijo Raoden, haciendo ademán de volver a guardarse la carne en el fajín—, la única comida que entra en este lugar lo hace con los recién llegados. Debe pasarse mucha hambre con tan pocas ofrendas y tantas bocas que alimentar. El hambre tiene que ser enloquecedora.

—Veinte días —dijo Galladon, mostrando de nuevo un atisbo de su anterior intensidad.

—Treinta, Galladon. Si tú no me ayudas, otro lo hará. —Galladon apretó la mandíbula un instante.

—Rulo —murmuró, y luego tendió la mano—. Treinta días. Por fortuna, no planeaba hacer ningún viaje largo durante el mes próximo.

Raoden le lanzó la carne con una risa.

Galladon la capturó al vuelo. Entonces, aunque su mano se acercó por reflejo a su boca, se detuvo. Con un cuidadoso movimiento, se guardó la carne en un bolsillo y se levantó.

—Bien, ¿cómo he de llamarte?

Raoden no respondió de inmediato. «Probablemente sea mejor que por ahora nadie sepa que pertenezco a la realeza.»

—Sule me parece bien. —Galladon se echó a reír.

—Ya veo que eres de los que defienden su intimidad. Muy bien. Es hora de llevarte a hacer el recorrido especial.

Imagen decorativa

CAPÍTULO 2

S arene bajó del barco para descubrir que era viuda. Fue una noticia inesperada, por supuesto, pero no tan devastadora como podría haber sido. Después de todo, ni siquiera había llegado a conocer a su marido. De hecho, cuando Sarene había emprendido el viaje desde su tierra, ella y Raoden tan solo estaban prometidos. Había supuesto que el reino de Arelon esperaría su llegada para poder celebrar la boda. En su patria, al menos, se tenía en cuenta que ambos miembros de la pareja estuvieran presentes cuando contraían matrimonio.

—Nunca me gustó esa cláusula del contrato nupcial, mi señora —dijo el acompañante de Sarene, una bola de luz del tamaño de un melón que flotaba a su lado.

Sarene dio una patadita de fastidio mientras veía cómo los sirvientes cargaban su equipaje en un carruaje. El contrato de bodas era un documento monstruoso de cincuenta páginas, y una de sus muchas cláusulas hacía que su compromiso fuera legalmente vinculante si ella o su prometido morían antes de la ceremonia nupcial.

—Es una cláusula bastante común, Ashe —dijo—. De ese modo, el tratado que se deriva de un matrimonio político no se rompe si le sucede algo a uno de los contrayentes. Nunca he visto que la revocaran.

—Hasta hoy —respondió la bola de luz, la voz grave y las palabras bien enunciadas.

—Hasta hoy —admitió Sarene—. ¿Cómo iba yo a saber que el príncipe Raoden no duraría los cinco días que nos ha llevado cruzar el mar de Fjorden? —Frunció el ceño, pensativa, antes de solicitar—: Cítame la cláusula, Ashe. Necesito saber qué dice exactamente.

—«Si se diere el caso de que un miembro de la mencionada pareja fuera llamado en presencia de Domi el Misericordioso antes del momento previsto para la boda, entonces el compromiso será considerado equivalente al matrimonio en todos los aspectos legales y sociales» —recitó Ashe.

—No hay mucho margen de discusión, ¿verdad?

—Me temo que no, mi señora.

Sarene frunció distraída el ceño, se cruzó de brazos y se acarició la mejilla con el dedo índice, contemplando a los sirvientes. Un hombre alto y recio dirigía el trabajo con ojos aburridos y expresión resignada. El hombre, un ayudante de la corte arelena llamado Ketol, era la única persona que el rey Iadon había enviado a recibirla. Ketol había sido el que le había «informado de que lamentablemente» su prometido «había muerto de una súbita enfermedad» durante su viaje. Hizo la declaración en el mismo tono aburrido y falto de interés que empleaba para dirigir a la cuadrilla.

—Así que —aclaró Sarene—, en lo que se refiere a la ley, ahora soy princesa de Arelon.

—Exacto, mi señora.

—Y la viuda de un hombre a quien no he conocido.

—Exacto nuevamente. —Sarene sacudió la cabeza.

—Mi padre va a morirse de risa cuando se entere. Nunca dejará de recordármelo.

Ashe latió levemente, molesto.

—Mi señora, el rey nunca se tomaría a la ligera un hecho tan solemne. La muerte del príncipe Raoden, sin duda, ha causado gran pesar en la familia soberana de Arelon.

—Sí. Tanta pena que ni siquiera han podido venir a recibir a su nueva hija.

—Tal vez, mi señora, el rey Iadon hubiese venido si hubiera tenido noticia de nuestra llegada...

Sarene frunció el ceño, pero el seon tenía razón. Su llegada antes de tiempo, varios días antes de la fiesta principal de los esponsales, se había preparado como una sorpresa para el príncipe Raoden. Ella quería unos días al menos para estar con él en privado y en persona. Su secretismo, sin embargo, había actuado en su contra.

—Dime, Ashe. ¿Cuánto tiempo suelen esperar los arelenos entre la muerte de una persona y su entierro?

—No estoy seguro, mi señora —confesó Ashe—. Me marché de Arelon hace mucho tiempo y viví aquí tan poco que no recuerdo muchos detalles. Sin embargo, según mis estudios las costumbres arelenas suelen ser por regla general similares a las de tu tierra.

Sarene asintió y luego llamó al ayudante del rey Iadon.

—¿Sí, mi señora? —preguntó Ketol en tono perezoso.

—¿Se está celebrando un velatorio por el príncipe? —preguntó Sarene.

—Sí, mi señora —contestó el ayudante—. Ante la capilla korathi. El entierro tendrá lugar esta tarde.

—Quiero ver el ataúd.

Ketol se detuvo.

—Oh... Su Majestad ha pedido que os llevemos ante él inmediatamente...

—Entonces no pasaré mucho tiempo en la tienda funeraria —dijo Sarene, encaminándose a su carruaje.

SARENE OBSERVÓ con ojo crítico la abarrotada tienda funeraria, esperando mientras Ketol y unos cuantos sirvientes le despejaban el camino hasta el ataúd. Tuvo que admitir que todo era irreprochable: las flores, las ofrendas, los sacerdotes korathi orantes. La única rareza era lo abarrotada que estaba la tienda.

—Hay mucha gente —le comentó a Ashe.

—El príncipe era muy apreciado, mi señora —respondió el seon, flotando tras ella—. Según nuestros informes, era la figura pública más popular del país.

Sarene asintió y recorrió el pasillo que Ketol había abierto para ella. El ataúd del príncipe Raoden se hallaba en el mismo centro de la tienda, guardado por un anillo de soldados que dejaban acercarse a las masas solo hasta un punto. Mientras avanzaba, Sarene notó verdadero pesar en el rostro de los asistentes.

«Así que es verdad —pensó—. El pueblo lo amaba.»

Los soldados le abrieron paso y ella se acercó al ataúd. Estaba tallado con aones (la mayoría símbolos de esperanza y paz) al modo korathi. El féretro de madera estaba rodeado por un anillo de lujosas viandas: una ofrenda para el difunto.

—¿Puedo verlo? —preguntó, volviéndose hacia uno de los sacerdotes korathi, un hombre pequeño de aspecto amable.

—Lo siento, hija mía —dijo el sacerdote—. Pero la enfermedad del príncipe lo desfiguró desagradablemente. El rey ha pedido que se permita al príncipe dignidad en la muerte.

Sarene asintió, volviéndose hacia el ataúd. No estaba segura de lo que había esperado sentir al contemplar al hombre muerto con quien se hubiera casado. Se sentía extrañamente... furiosa.

Descartó momentáneamente esa emoción dedicándose en cambio a contemplar la tienda. Su aspecto era demasiado formal, incluso. Aunque los visitantes estaban obviamente apenados, la tienda, las ofrendas y los decorados parecían estériles.

«Un hombre de la edad y el supuesto vigor de Raoden —pensó—. Muerto de estertores tusivos... Podría ser... pero no parece muy probable.»

—¿Mi... señora? —preguntó Ashe en voz baja—. ¿Ocurre algo? —Sarene hizo una seña al seon y regresó al carruaje.

—No sé —respondió—. Hay algo que no encaja, Ashe.

—Eres de naturaleza recelosa, mi señora —recalcó Ashe.

—¿Por qué no está Iadon velando a su hijo? Ketol ha dicho que celebraba cortes, como si la muerte de su hijo ni siquiera le molestara. —Sarene negó con la cabeza—. Hablé con Raoden justo antes de salir de Teod y parecía bien. Aquí pasa algo extraño, Ashe, y quiero saber qué es.

—Cielos... —murmuró Ashe—. Sabes, mi señora, tu padre me pidió que intentara que no te metieras en líos.

Sarene sonrió.

—Esa sí que es una tarea imposible. Vamos, tenemos que ir a ver a mi nuevo padre.

SARENE SE APOYÓ contra la ventanilla del carruaje, contemplando la ciudad pasar mientras se dirigían a palacio. Guardaba silencio, un solo pensamiento apartaba todo lo demás de su mente.

«¿Qué estoy haciendo aquí?»

Le había hablado a Ashe con aplomo, pero siempre había sido capaz de ocultar sus preocupaciones. Cierto, sentía curiosidad por la muerte del príncipe, pero Sarene se conocía muy bien. En buena parte, esa curiosidad no era otra cosa que un intento por apartar de su mente el sentimiento de inferioridad y torpeza, cualquier cosa antes que reconocer que era una mujer brusca y recia que había dejado atrás su esplendor. Tenía veinticinco años: tendría que haberse casado mucho antes. Raoden había sido su última oportunidad.

«¡Cómo te atreves a morirte así, príncipe de Arelon!», pensó indignada. Sin embargo, lo irónico de la situación no se le escapaba. Era la conclusión adecuada que aquel a quien había creído llegar a apreciar se muriera incluso antes de haberlo conocido. Ahora estaba sola en un país ajeno, atada políticamente a un rey en quien no confiaba. Era una sensación de soledad aterradora.

«Has estado sola otras veces, Sarene —se recordó—. Lo superarás. Encuentra algo para mantener la mente ocupada. Tienes una corte nueva que explorar. Disfrútala.»

Con un suspiro, Sarene centró la atención en la ciudad. A pesar de tener considerable experiencia en el cuerpo diplomático de su padre, nunca había visitado Arelon. Desde la caída de Elantris, Arelon había estado oficiosamente en cuarentena para la mayoría de los otros reinos. Nadie sabía por qué la ciudad mística había sido maldecida y a todos les preocupaba que la enfermedad elantrina pudiera extenderse.

Sarene se sorprendió, sin embargo, por el lujo que vio en Kae. Las avenidas de la ciudad eran anchas y estaban bien cuidadas. La gente de la calle iba bien vestida, y no vio a un solo mendigo. A un lado, un grupo de sacerdotes korathi con sus túnicas azules caminaba en silencio entre la multitud, guiando a un extraño personaje ataviado de blanco. Ella contempló la procesión preguntándose qué podía ser hasta que el grupo dobló una esquina.

Desde su punto de vista, Kae no aparentaba pasar por ninguna de las penalidades económicas que se suponía que Arelon estaba sufriendo. El carruaje dejó atrás docenas de mansiones rodeadas de verjas, cada una construida en un estilo arquitectónico diferente. Algunas eran enormes, con grandes alas y tejados pintados, siguiendo la moda de Duladel. Otras tenían aspecto de castillo cuyos muros de piedra hubieran sido transportados directamente desde el ambiente castrense de Fjorden. Sin embargo, todas las mansiones tenían una cosa en común: riqueza. La gente de aquel país podía estar pasando hambre, pero Kae, sede de la aristocracia de Arelon, no parecía haberse dado cuenta.

Naturalmente, una sombra inquietante planeaba sobre la ciudad. La enorme muralla de Elantris se alzaba en la distancia, y Sarene se estremeció al contemplar sus imponentes sillares desnudos. Había oído historias sobre Elantris durante la mayor parte de su vida adulta, relatos de la magia que había producido una vez y las monstruosidades que ahora habitaban sus oscuras calles. No importaba lo llamativas que fueran las casas, no importaba lo ricas que fueran las calles, ese único monumento se alzaba como testigo de que no todo iba bien en Arelon.

—Me pregunto por qué viven siquiera aquí.

—¿Mi señora? —dijo Ashe.

—¿Por qué construyó el rey Iadon su palacio en Kae? ¿Por qué eligió una ciudad que está tan cerca de Elantris?

—Sospecho que los motivos son principalmente económicos, mi señora —dijo Ashe—. Solo hay un par de puertos navegables en la costa norte de Arelon, y este es el mejor.

Sarene asintió. La bahía formada por la unión del río Aredel con el océano creaba un puerto natural envidiable. Pero con todo...

—Tal vez los motivos sean políticos —musitó—. Iadon tomó el poder en tiempos turbulentos... tal vez piensa que permanecer cerca de la antigua capital le da autoridad.

—Tal vez, mi señora.

«No es que importe demasiado», pensó. Aparentemente, la proximidad a Elantris, o a los elantrinos, no aumentaba las posibilidades de que te alcanzara la Shaod.

Se apartó de la ventanilla y miró a Ashe, que flotaba sobre el asiento junto a ella. Todavía tenía que ver a un seon en las calles de Kae, aunque las criaturas (que según se decía eran antiguas creaciones de la magia de Elantris) se suponía que eran más comunes en Arelon que en su tierra. Si entornaba los ojos, apenas podía distinguir al reluciente aon en el centro de la luz de Ashe.

—Al menos el tratado está a salvo —dijo Sarene por fin.

—Suponiendo que te quedes en Arelon, mi señora —comentó Ashe con su voz grave—. Al menos, eso es lo que dice el contrato nupcial. Mientras te quedes aquí y «seas fiel a tu marido», el rey Iadon debe respetar su alianza con Teod.

—Ser fiel a un muerto —murmuró Sarene con un suspiro—. Bueno, eso significa que tengo que quedarme, con marido o sin marido.

—Si así lo decides, mi señora.

—Necesitamos este tratado, Ashe. Fjorden está expandiendo su influencia a un ritmo increíble. Hace cinco años hubiese dicho que no teníamos de qué preocuparnos, que los sacerdotes de Fjorden nunca serían un poder en Arelon. Pero ahora... —Sarene sacudió la cabeza. El colapso de la república duladen había cambiado muchas cosas.

»No deberíamos habernos mantenido tan apartados de Arelon estos últimos diez años, Ashe —dijo—. Probablemente no me encontraría en esta situación si hubiéramos forjado fuertes lazos con el nuevo gobierno areleno hace una década.

—Tu padre tenía miedo de que su revuelo político contagiara Teod —dijo Ashe—. Por no mencionar al Reod... nadie estaba seguro de que lo que había golpeado a los elantrinos no afectara también a la gente normal.

Sarene zanjó la conversación con un suspiro mientras el carruaje aminoraba la marcha. Su padre sabía que Fjorden representaba un peligro y comprendía que las antiguas alianzas debían forjarse de nuevo: por eso estaba ella en Arelon. Ante ellos, las puertas del palacio se abrieron. Sin amigos o con ellos, había llegado, y Teod dependía de ella. Tenía que preparar a Arelon para la guerra que se avecinaba... una guerra que se había vuelto inevitable desde la caída de Elantris.

EL NUEVO PADRE de Sarene, el rey Iadon de Arelon, era un hombre delgado de rostro afilado. Conversaba con varios de sus administradores cuando Sarene entró en la sala del trono. La joven se pasó de pie casi quince minutos sin que él la saludara siquiera. Personalmente, a Sarene no le importaba la espera (eso le daba la oportunidad de observar al hombre a quien había jurado obedecer), pero no podía evitar sentirse un poco herida en su dignidad por el tratamiento. Su título de princesa de Teod debería haberle valido una recepción que fuera, si no grandiosa, al menos puntual.

Mientras esperaba, se le ocurrió de inmediato una cosa. Iadon no parecía un hombre que llorara la muerte de su hijo y heredero. No había ningún signo de pesar en sus ojos, no se veía la fatiga abotargada que acompaña generalmente a la desaparición de un ser querido. De hecho, el aire de la corte parecía notablemente libre de signos de duelo.

«¿Es Iadon entonces un hombre sin corazón? —se preguntó con curiosidad—. ¿O es simplemente alguien que sabe controlar sus emociones?»

Los años pasados en la corte de su padre habían convertido a Sarene en una experta en el carácter de los nobles. Aunque no sabía qué estaba diciendo Iadon (le habían dicho que se quedara al fondo de la sala y esperara a que le dieran permiso para acercarse), la actitud y los modales del rey le daban una idea de su carácter. Iadon hablaba con firmeza, dando instrucciones directas, deteniéndose de vez en cuando para apuntar con un fino dedo el mapa que tenía desplegado sobre la mesa. Era un hombre de fuerte personalidad, decidió: un hombre que tenía las ideas claras sobre cómo quería que se hicieran las cosas. No era mala señal. De momento, Sarene decidió que se trataba de un hombre con quien podría trabajar.

Iba a revisar esa opinión dentro de muy poco.

El rey Iadon le indicó que se acercara. Ella ocultó con cuidado su malestar por la espera y se aproximó con el aire adecuado de noble sumisión. Él la interrumpió a media reverencia.

—Nadie me había dicho que fueras tan alta —declaró.

—¿Mi señor? —preguntó ella, alzando la cabeza.

—Bueno, supongo que la única persona a quien le habría importado ya no está aquí para verlo. ¡Eshen! —exclamó, haciendo que una mujer casi invisible que aguardaba al otro lado de la sala diera un respingo para obedecerlo.

—Llévala a sus aposentos y encárgate de que tenga muchas cosas que la mantengan ocupada. Bordados o lo que sea que os entretiene a las mujeres.

Con eso, el rey se volvió hacia su siguiente cita: un grupo de mercaderes.

Sarene se detuvo en mitad de la reverencia, aturdida por la completa falta de cortesía de Iadon. Solo años de formación en la corte la impidieron quedarse boquiabierta. Rápida pero sin hacerse notar, la mujer a quien Iadon había llamado (la reina Eshen, nada menos, la esposa del rey) se acercó y tomó a Sarene por el brazo. Eshen era baja y delgada, su pelo aónico castaño apenas veteado de gris.

—Ven, niña —dijo Eshen con voz aguda—. No debemos hacer perder su tiempo al rey.

Sarene permitió que la condujera por una de las puertas laterales de la sala.

«Domi Misericordioso —murmuró para sí—. ¿Dónde me he metido?»

—... Y TE ENCANTARÁ cuando salgan las rosas. He ordenado a los jardineros que las planten para que puedas olerlas sin tener siquiera que asomarte a la ventana. Ojalá no fueran tan grandes.

Sarene frunció el ceño, confundida.

—¿Las rosas?

—No, querida —continuó la reina, sin apenas detenerse—, las ventanas. No vas a creer lo mucho que brilla el sol cuando entra a través de ellas por las mañanas. Les pedí (a los jardineros, quiero decir) que buscaran algunas de color naranja, porque adoro el naranja, pero hasta ahora solo han encontrado algunas amarillo pálido. «Si las quisiera amarillas os habría pedido que plantarais siempreninas», les dije. Tendrías que haberlos visto pedir disculpas... Estoy segura de que las tendremos naranjas a finales de año. ¿No crees que serán preciosas, querida? Naturalmente, las ventanas seguirán siendo demasiado grandes. Tal vez pueda ordenar sellar un par de ellas.

Sarene asintió, fascinada... no por la conversación, sino por la reina. Sarene daba por supuesto que los conferenciantes de la academia de su padre eran capaces de no decir nada y hablar mucho, pero Eshen los superaba a todos. La reina pasaba de un tema a otro como una mariposa buscando un sitio donde posarse, sin encontrar nunca uno adecuado para una estancia prolongada. Cualquiera de los temas habría sido combustible potencial para una conversación interesante, pero aquella mujer no dejaba que Sarene se apoderara de uno el tiempo suficiente para hacerle justicia.

Sarene inspiró para calmarse, diciéndose que tenía que ser paciente. No podía echarle la culpa a la reina por ser lo que era; Domi enseñaba que todas las personalidades eran dones que disfrutar. La reina era encantadora, a su propio e inestable modo. Desgraciadamente, después de conocer tanto al rey como a la reina, Sarene empezaba a sospechar que tendría problemas para encontrar aliados políticos en Arelon.

Algo más molestaba a Sarene... Había algo extraño en la manera en que actuaba Eshen. Nadie podía hablar tanto como la reina: no hacía una sola pausa. Era casi como si la mujer se sintiera incómoda con ella. Entonces, en un momento de iluminación, Sarene comprendió a qué se debía. Eshen hablaba de cualquier tema imaginable excepto del más importante: el difunto príncipe. Sarene entornó los ojos, recelosa. No podía estar segura (Eshen era, después de todo, una persona muy volátil), pero parecía que la reina actuaba con demasiada alegría para ser una mujer que acababa de perder a su hijo.

—Aquí está tu habitación, querida. Hemos desempaquetado tus cosas y añadido también algunas. Tienes ropa de todos los colores, incluso amarilla, aunque no se me ocurre por qué querrías vestir ese color. Horrible. No es que tu pelo sea horrible, claro. Rubio no es lo mismo que amarillo, no. Igual que un caballo no es una verdura. No tenemos aún un caballo para ti, pero puedes utilizar cualquiera de los que hay en los establos del rey. Tenemos montones de bellos animales, verás, Duladel está precioso en esta época del año.

—Por supuesto —dijo Sarene, examinando la habitación. Era pequeña, pero se adecuaba a sus gustos. Demasiado espacio podía ser imponente, igual que demasiado poco podía ser agobiante.

—Ahora, necesitarás esta, querida —dijo Eshen, señalando con una manita un montón de ropa que no estaba colgada como el resto... como si la hubieran traído recientemente. Todos los vestidos del montón compartían un solo atributo.

—¿Negros? —preguntó Sarene.

—Desde luego. Estás... estás de... —Eshen tropezó con las palabras.

—Estoy de luto —terminó por ella la frase Sarene. Dio una patadita de insatisfacción en el suelo: el negro no era uno de sus colores favoritos.

Eshen asintió.

—Puedes llevar uno de estos en la celebración del funeral de esta tarde. Debería ser una ceremonia bonita: yo hice los preparativos.

Cuando empezó a hablar de sus flores favoritas de nuevo, el monólogo no tardó en degenerar en un discurso sobre lo mucho que detestaba la cocina de Fjordell. Amablemente, pero con firmeza, Sarene condujo a la mujer a la puerta, asintiendo con educación. En cuanto llegaron al pasillo, Sarene puso la excusa de que estaba fatigada del viaje y acabó con el torrente verbal de la reina cerrando la puerta.

—Esto no va a servirme mucho tiempo —se dijo para sí.

—La reina tiene una fuerte tendencia a la conversación, mi señora —reconoció una voz profunda.

—¿Qué has averiguado? —preguntó Sarene, acercándose a elegir un vestido de la pila de ropa negra mientras Ashe entraba flotando por la ventana abierta.

—No he encontrado tantos seones como esperaba. Creo recordar que antaño esta ciudad rebosaba de ellos.

—Yo también me he dado cuenta —dijo Sarene, probándose por encima un vestido delante del espejo, y luego descartándolo con una negación de cabeza—. Supongo que ahora las cosas son distintas.

—Sí que lo son. En cuanto a tus instrucciones, he preguntado a los otros seones qué sabían de la inoportuna muerte del príncipe. Por desgracia, mi señora, se mostraron reacios a hablar del tema... consideran extremadamente aciago que el príncipe muriera justo antes de casarse.

—Sobre todo para él —murmuró Sarene, quitándose la ropa para probarse el vestido—. Ashe, está pasando algo raro. Creo que alguien ha asesinado al príncipe.

—¿Asesinado, mi señora? —La grave voz de Ashe era de reprobación, y latió levemente al oír el comentario—. ¿Quién haría una cosa así?

—No lo sé, pero... hay algo extraño en la muerte del príncipe. No parece que la corte esté de duelo. Mira la reina, por ejemplo. No parecía triste cuando me hablaba... Por lo menos cabría esperar que estuviera un poco trastornada por el hecho de que su hijo muriera ayer.

—Hay una explicación sencilla para eso, mi señora. La reina Eshen no es la madre del príncipe Raoden. Raoden nació de la primera esposa de Iadon, que murió hace más de doce años.

—¿Cuándo volvió a casarse?

—Justo después del Reod —dijo Ashe—. Unos meses después de llegar al trono.

Sarene frunció el ceño.

—Sigo sospechando —decidió, estirando la mano torpemente para abrocharse la parte posterior del vestido. Luego se miró en el espejo, estudiando el vestido con ojo crítico—. Bueno, al menos me queda bien... aunque me hace parecer pálida. Tenía miedo de que me llegara hasta las rodillas nada más. Estas mujeres arelenas son todas demasiado bajas.

—Si tú lo dices, mi señora —repuso Ashe. Sabía tan bien como ella que las mujeres arelenas no eran tan bajas: incluso en Teod, Sarene era una cabeza más alta que la mayoría de las otras. Su padre la llamaba de niña Palo de Leky, el nombre del alto y fino poste que marcaba la meta de su deporte favorito. Incluso después de ganar algo de peso durante la adolescencia Sarene seguía siendo innegablemente larguirucha.

—Mi señora —dijo Ashe, interrumpiendo sus cavilaciones.

—¿Sí, Ashe?

—Tu padre está desesperado por hablar contigo. Creo que tienes noticias que se merece oír.

Sarene asintió, reprimió un suspiro, y Ashe empezó a latir brillante. Un momento después la bola de luz que constituía su esencia se convirtió en una cabeza resplandeciente, parecida a un busto. El rey Eventeo de Teod.

—¿Ene? —preguntó su padre, mientras los labios de la brillante cabeza se movían. Era un hombre robusto, con una gran cara ovalada y gruesa barbilla.

—Sí, padre. Estoy aquí.

Su padre se encontraba seguramente de pie junto a un seon similar (probablemente Dio), quien habría cambiado para convertirse en un simulacro brillante de la cabeza de Sarene.

—¿Estás nerviosa a causa de la boda? —preguntó Eventeo, ansioso.

—Bueno, respecto a esa boda... —dijo ella lentamente—. Probablemente querrás cancelar tus planes de venir la semana que viene. No habrá mucho que ver.

—¿Qué?

Ashe no se había equivocado: su padre no se rio cuando se enteró de que Raoden había muerto, sino que su voz adquirió un matiz de profunda preocupación. Su rostro brillante mostró una inquietud que fue en aumento cuando Sarene le explicó que la muerte era tan vinculante como una boda.

—Ay, Ene, lo siento —dijo su padre—. Sé lo mucho que esperabas de este matrimonio.

—Tonterías, padre. —Eventeo conocía demasiado bien a su hija—. Ni siquiera lo había visto en persona, ¿cómo podría haber esperado nada?

—No lo habías conocido en persona —dijo la voz tranquilizadora de su padre—, pero hablaste con él a través del seon y le escribiste todas esas cartas. Te conozco, Ene, eres una romántica. Nunca hubieras decidido pasar por todo esto si no hubieras estado completamente convencida de que podías amar a Raoden.

Las palabras tenían un regusto de verdad, y de repente la soledad de Sarene regresó. Se había pasado todo el viaje a través del mar de Fjorden en un estado de incrédulo nerviosismo, entusiasmada y a la vez aprensiva por la perspectiva de conocer al hombre que habría de convertirse en su esposo. Más entusiasmada, sin embargo, que aprensiva.

Había estado fuera de Teod muchas veces, pero siempre acompañada por otros compatriotas. Aquella vez había viajado sola por delante del resto del séquito de la boda para sorprender a Raoden. Había leído y vuelto a releer tantas veces las cartas del príncipe que había empezado a considerar que lo conocía, y la persona que había construido a partir de esas hojas de papel era alguien complejo y compasivo a quien deseaba conocer con toda su alma.

Pero ya no lo conocería nunca. Se sentía más que sola, se sentía rechazada... otra vez. No querida. Había esperado todos esos años, sufrido junto a un padre paciente que no sabía cómo los hombres de su patria la evitaban, cómo les asustaba su personalidad decidida, incluso arrogante. Finalmente, ella había encontrado a un hombre que estaba dispuesto a soportarla, y Domi se lo había arrebatado en el último momento.

Sarene finalmente empezó a dejar escapar parte de las emociones que había mantenido bajo férreo control desde que había desembarcado. Se alegraba de que el seon transfiriera solo sus rasgos, pues la hubiera mortificado que su padre viera la lágrima que corría por su mejilla.

—Eso es una tontería, padre —dijo—. Se trataba de un matrimonio puramente político y todos lo sabíamos. Ahora nuestros países tienen algo más en común que el idioma... nuestras familias reales están emparentadas.

—Ay, cariño... —susurró su padre—. Mi pequeña Sarene. Tenía tantas ganas de que esto saliera bien... No sabes cuánto rezamos tu madre y yo para que encontraras allí la felicidad. ¡Idos Domi! No tendríamos que haber pasado por todo esto.

—Yo te hubiese obligado, padre. Necesitábamos imperiosamente el tratado con Arelon. Nuestra Armada no mantendrá a Fjorden alejado de nuestras costas demasiado tiempo... toda la Marina svordisana está bajo el control del Wyrn.

—Pequeña Sarene, tan crecida ya —dijo su padre a través del enlace seon.

—Crecida y plenamente capaz de casarse con un cadáver. —Sarene se rio débilmente—. Probablemente sea lo mejor. No creo que el príncipe Raoden hubiera resultado ser como lo imaginaba... tendrías que ver a su padre.

—He oído historias. Esperaba que no fueran ciertas.

—Pues sí que lo son —dijo Sarene, dejando que su insatisfacción con el monarca areleno consumiera su pena—. El rey Iadon es el hombre más desagradable que he conocido en mi vida. Apenas me prestó atención antes de despedirme, como diciendo, «vete a coser o a hacer cualquier otra cosa que hagáis las mujeres». Si Raoden se parecía en algo a su padre, creo que estoy mejor así.

El silencio se prolongó durante un momento antes de que su padre respondiera:

—Sarene, ¿quieres volver a casa? Puedo anular el contrato si quiero, no importa lo que estipulen las leyes.

La oferta era tentadora... más tentadora de lo que ella estaba dispuesta a admitir. Sopesó las distintas posibilidades.

—No, padre —dijo por fin, negando inconscientemente con la cabeza—. Tengo que quedarme. Esto fue idea mía y la muerte de Raoden no cambia el hecho de que necesitamos esta alianza. Además, si regresara a casa incumpliría la tradición: ambos sabemos que Iadon es ahora mi padre. No estaría bien que me acogieras de nuevo en tu casa.

—Yo siempre seré tu padre, Ene. Domi maldiga las costumbres: Teod siempre estará abierta para ti.

—Gracias, padre —respondió Sarene en voz baja—. Necesitaba oír eso. Pero sigo pensando que debería quedarme. Por ahora, al menos. Además, puede ser interesante. Tengo una corte nueva llena de gente con la que jugar.

—Ene... —dijo su padre, aprensivo—. Conozco ese tono. ¿Qué estás planeando?

—Nada. Hay unos cuantos asuntos en los que quiero meter las narices antes de dar por perdido definitivamente este matrimonio.

Tras unos instantes de silencio, su padre prorrumpió en carcajadas.

—Domi los ampare... No saben qué les hemos enviado. Ve despacito con ellos, Palo de Leky. No quiero recibir una nota del ministro Naolen dentro de un mes diciéndome que el rey Iadon se ha escapado para ingresar en un monasterio korathi y el pueblo areleno te ha nombrado su monarca.

—De acuerdo —dijo Sarene con una sonrisa débil—. Esperaré al menos dos meses, entonces.

Su padre estalló en otra de sus características carcajadas: un sonido que le hizo a Sarene más bien que ninguna de sus palabras de consuelo o ninguno de sus consejos.

—Espera un momento, Ene —dijo su padre cuando dejó de reír—. Déjame que llame a tu madre. Querrá hablar contigo. —Entonces, al cabo de un momento, se rio—. Va a quedarse muerta cuando le diga que ya has matado al pobre Raoden.

—¡Papá! —dijo Sarene... Pero él se había marchado ya.

Imagen decorativa

CAPÍTULO 3

N adie del pueblo de Arelon saludó a su salvador cuando llegó. Era una afrenta, naturalmente, pero no inesperada. El pueblo de Arelon (sobre todo aquellos que vivían cerca de la infame ciudad de Elantris) era conocido por sus costumbres impías y herejes. Hrathen había venido a cambiar eso. Tenía tres meses para convertir todo el reino; de lo contrario, el Santo Jaddeth (señor de toda la creación) lo destruiría. Por fin había llegado el momento de que Arelon aceptara las verdades de la religión derethi.

Hrathen bajó por la plancha. Más allá de los muelles, con su continuo bullicio de cargas y descargas, se extendía la ciudad de Kae. Un poco más allá, Hrathen vio una alta muralla de piedra: la antigua ciudad de Elantris. Al otro extremo de Kae, a la izquierda de Hrathen, el terreno subía hasta convertirse en una alta colina, al pie de lo que serían las montañas Dathreki. Tras él se hallaba el océano.

En general, Hrathen no estaba impresionado. En épocas pasadas, cuatro ciudades pequeñas rodeaban Elantris, pero solo Kae, la nueva capital de Arelon, seguía habitada. Kae era demasiado desorganizada, demasiado extensa, para ser defendible, y su única fortificación parecía ser un pequeño muro de piedra de dos metros de altura, más una frontera que otra cosa.

Retirarse a Elantris sería difícil, y solo parcialmente efectivo. Los edificios de Kae proporcionarían una cobertura maravillosa para una fuerza invasora, y unas cuantas de las estructuras periféricas de Kae habían sido construidas casi contra la muralla de Elantris. Aquella no era una nación acostumbrada a la guerra. Sin embargo, de todos los reinos del continente syclano (la tierra llamada Opelon por los arelenos), solo Arelon había evitado ser dominada por el Imperio de Fjorden. Naturalmente, eso era también algo que Hrathen cambiaría pronto.

Hrathen se alejó del barco. Su presencia causaba cierto revuelo entre la gente. Los estibadores detuvieron su trabajo al verlo pasar, mirándolo con asombro. Las conversaciones murieron cuando los ojos cayeron sobre él. Hrathen no se detuvo por nadie, pero eso no importaba, pues la gente se apartaba rápidamente de su camino. Podría haberse debido a sus ojos, pero se debía más bien a su armadura. Rojo sangre y brillante a la luz del sol, el peto de un sumo sacerdote imperial derethi era impresionante incluso para quien estaba acostumbrado a verlo.

Estaba empezando a pensar que tendría que encontrar él solo el camino a la capilla derethi de la ciudad cuando divisó una mancha roja entre la multitud. La mota pronto se convirtió en una figura gruesa y calva ataviada con la túnica roja derethi.

—¡Mi señor Hrathen! —llamó el hombre. Hrathen se detuvo, permitiendo que Fjon (el arteth jefe derethi de Kae) se acercara. Fjon bufó y se secó la frente con un pañuelo de seda—. Lo siento muchísimo, Gracia. El registro indicaba que venías en un barco diferente. No he averiguado que estabas a bordo hasta que casi habían terminado de descargar. Me temo que he tenido que dejar atrás el carruaje; no podía atravesar la multitud.

Hrathen entornó los ojos con fastidio, pero no dijo nada. Fjon continuó farfullando un momento antes de decidir finalmente acompañar a Hrathen a la capilla derethi, pidiendo de nuevo disculpas por la falta de transporte. Hrathen siguió a su grueso guía con paso medido, insatisfecho. Fjon trotó a su lado con una sonrisa en los labios, saludando ocasionalmente a la gente que se cruzaba en la calle, gritando amabilidades. La gente respondía del mismo modo... al menos hasta que veía a Hrathen, con su capa color sangre agitándose tras él y su exagerada armadura tallada con ángulos agudos y líneas cortantes. Entonces todos guardaban silencio, los saludos se marchitaban y los ojos seguían a Hrathen hasta que pasaba de largo. Como debía ser.

La capilla era una alta estructura de piedra rematada con grandes tapices rojos y altas torres. Allí, al menos, Hrathen encontró algo de la majestuosidad a la que estaba acostumbrado. Dentro, sin embargo, se enfrentó a una visión perturbadora: una multitud de gente dedicada a una especie de actividad social, se congregaba, ignorando la sagrada estructura en donde se hallaba, riendo y bromeando. Era demasiado. Hrathen había oído, y creído, los informes. Ahora tenía la confirmación.

—Arteth Fjon, reúne a tus sacerdotes —dijo Hrathen, las primeras palabras que pronunciaba desde su llegada a suelo areleno.

El arteth dio un brinco, como sorprendido de oír sonidos procedentes de su distinguido visitante.

—Sí, mi señor —dijo, e hizo señas para que la reunión terminara. Requirió un rato largo y frustrante, pero Hrathen soportó la espera con cara inexpresiva. Cuando la gente se marchó por fin, se acercó a los sacerdotes. Sus pies acorazados resonaban contra el suelo de piedra de la capilla. Habló por fin, dirigiendo sus palabras a Fjon.

—Arteth —dijo, usando el título derethi del hombre—, el barco que me trajo zarpará para Fjorden dentro de una hora. Tienes que subir a bordo.

Fjon se quedó boquiabierto. Estaba alarmado.

—¿Qué...?

—¡Habla en fjordell, hombre! —exclamó Hrathen—. ¿Diez años entre los paganos arelenos te han corrompido hasta el punto de olvidar tu lengua materna?

—No, no, Gracia —respondió Fjon, pasando del aónico al fjordell—. Pero yo...

—Basta —interrumpió Hrathen de nuevo—. Tengo órdenes del propio Wyrn. Has pasado demasiado tiempo en la cultura arelena... Has olvidado tu sagrada llamada y eres incapaz de ver el progreso del Imperio de Jaddeth. Estas gentes no necesitan un amigo: necesitan un sacerdote. Un sacerdote derethi. Viéndote confraternizar, podría pensarse que eres korathi. No estamos aquí para amar a la gente; estamos aquí para ayudarla. Te irás.

Fjon se desplomó contra una de las columnas de la sala, con los ojos muy abiertos y los miembros carentes de fuerza.

—Pero ¿quién será el arteth jefe de la capilla en mi ausencia, mi señor? Los otros arteths carecen de experiencia.

—Estos son tiempos de cambios, arteth —dijo Hrathen—. Yo me quedaré en Arelon para dirigir personalmente el trabajo aquí. Y que Jaddeth me conceda el éxito.

HABÍA ESPERADO UN despacho con mejor vista, pero la capilla, aunque majestuosa, no tenía más que una planta. Por fortuna, los terrenos estaban bien cuidados y su despacho (la antigua habitación de Fjon) daba a setos bien recortados y arriates de flores cuidadosamente arreglados.

Ahora que había despejado las paredes de cuadros (paisajes agrícolas, en su mayor parte) y se había desprendido de los numerosos efectos personales de Fjon, el orden de la sala se acercaba al nivel apropiado para un gyorn derethi. Todo lo que necesitaba era unos cuantos tapices y tal vez un escudo o dos.

Asintiendo para sí, Hrathen dedicó su atención al pergamino que tenía sobre la mesa. Sus órdenes. Apenas se atrevía a sostenerlo con sus manos profanas. Leyó mentalmente las palabras una y otra vez, grabando en su alma tanto su forma física como su significado teológico.

—Mi señor... ¿Gracia? —preguntó en fjordell una voz tímida. Hrathen alzó la cabeza. Fjon entró en la habitación y se arrojó al suelo en la postura de sumisión, rozándolo con la frente. Hrathen se permitió sonreír, sabiendo que el penitente arteth no podía verle la cara. Tal vez hubiese esperanza todavía para Fjon.

—Habla.

—He hecho mal, mi señor. He actuado de manera contraria a los planes de Nuestro Señor Jaddeth.

—Tu pecado fue la complacencia, arteth. La satisfacción ha destruido más naciones que ningún ejército, y se ha llevado las almas de más hombres que herejes hay en Elantris.

—Sí, mi señor.

—Sigues teniendo que marcharte, arteth —dijo Hrathen. Los hombros del hombre se hundieron levemente.

—¿Entonces no hay esperanza para mí, mi señor?

—Eso que habla es locura arelena, arteth, no orgullo fjordell. —Hrathen agarró al otro sacerdote por el hombro—. ¡Levántate, hermano! —ordenó. Fjon alzó la cabeza, con la esperanza brillando de nuevo en sus ojos—. Tu mente puede haberse manchado de pensamientos arelenos, pero tu alma sigue siendo fjordell. Perteneces al pueblo elegido de Jaddeth, todo fjordell tiene un lugar de servicio en su Imperio. Regresa a nuestra patria, ingresa en un monasterio para volver a familiarizarte con las cosas que has olvidado y se te encomendará otro modo de servir al Imperio.

—Sí, mi señor.

Hrathen apretó con fuerza.

—Comprende esto antes de marchar, arteth. Mi llegada es más una bendición de lo que puedes comprender. No todas las obras de Jaddeth están claras para ti: no trates de averiguar qué piensa nuestro Dios. —Guardó silencio mientras calibraba su siguiente movimiento. Al cabo de un instante, se decidió: aquel hombre todavía tenía valor. Hrathen tenía una oportunidad única para cambiar de un solo golpe mucha de la perversión de Arelon en el alma de Fjon—. Mira ahí en la mesa, arteth. Lee ese pergamino.

Fjon miró la mesa y sus ojos encontraron el pergamino que allí había. Hrathen le soltó para permitirle acercarse a la mesa y leerlo.

—¡Es el sello oficial del mismísimo Wyrn! —dijo Fjon, tomando el pergamino.

—No solo su sello, arteth —dijo Hrathen—. Esa es también su firma. El documento que tienes en las manos fue escrito por Su Santidad en persona. No es solo una carta: es una escritura.

Fjon abrió mucho los ojos y los dedos empezaron a temblarle.

—¿El propio Wyrn?

Entonces, al comprender plenamente lo que sostenía en su indigna mano, dejó caer el pergamino sobre la mesa con un gritito. Sin embargo, no apartó los ojos de la carta. Estaba transfigurado: leía las palabras con la voracidad de un hombre hambriento ante un trozo de carne. Pocas personas tenían la oportunidad de leer palabras escritas por la mano del profeta de Jaddeth y Sagrado Emperador.

Hrathen le dio al sacerdote tiempo para leer el pergamino, releerlo y volverlo a leer. Cuando Fjon alzó por fin la cabeza, había comprensión (y gratitud) en su rostro. Era bastante inteligente. Sabía lo que hubiesen requerido de él las órdenes, si se hubiera quedado a cargo de Kae.

—Gracias —murmuró Fjon. Hrathen asintió educadamente.

—¿Podrías haberlo hecho? ¿Podrías haber cumplido las órdenes del Wyrn?

Fjon negó con la cabeza mientras sus ojos corrían de nuevo al pergamino.

—No, Gracia. No podría haber... no hubiese funcionado, ni siquiera hubiese podido pensar teniendo eso sobre mi conciencia. No envidio tu posición, mi señor. Ya no.

—Regresa a Fjorden con mi bendición, hermano —dijo Hrathen, sacando un sobrecito de una bolsa que había sobre la mesa—. Dales esto a los sacerdotes de allí. Es una carta mía diciendo que aceptaste tu recolocación como debe hacerlo un siervo de Jaddeth. Ellos se encargarán de que te asignen a un monasterio. Tal vez algún día se te permita dirigir de nuevo una capilla... dentro de las fronteras de Fjorden.

—Sí, mi señor. Gracias, mi señor.

Fjon se retiró, cerrando la puerta tras de sí. Hrathen se acercó a la mesa y sacó otro sobre, idéntico al que le había entregado a Fjon. Lo sostuvo unos instantes, luego lo acercó a una de las velas de la mesa. Las palabras que contenía (condenando al arteth Fjon por traidor y apóstata) nunca serían leídas y el pobre y agradable arteth nunca sabría cuánto peligro había corrido.

—CON TU PERMISO, mi señor gyorn —dijo el sacerdote, un dorven menor que había servido a las órdenes de Fjon durante más de una década. Hrathen agitó la mano, permitiendo al hombre que se marchara. La puerta se cerró en silencio mientras el sacerdote salía de la habitación sin levantar la cabeza.

Fjon había causado estragos entre sus subordinados. Incluso una pequeña debilidad se convertiría en un fallo enorme en dos décadas, y los problemas de Fjon eran cualquier cosa menos pequeños. El hombre había sido negligente hasta el escándalo. Había dirigido una capilla sin orden, cediendo ante la cultura arelena en vez de inculcar en la gente fuerza y disciplina. La mitad de los sacerdotes que servían en Kae eran irremediablemente corruptos... incluso hombres que apenas llevaban seis meses en la ciudad. En las semanas siguientes, Hrathen enviaría una auténtica flota de sacerdotes de vuelta a Fjorden. Tendría que elegir a un nuevo arteth jefe para los que se quedaran, por pocos que fueran.

Llamaron a la puerta.

—Adelante —dijo Hrathen. Había entrevistado a los sacerdotes uno a uno, calibrando su grado de corrupción. Hasta el momento no le había impresionado ninguno.

—Arteth Dilaf —dijo el sacerdote, presentándose al entrar. Hrathen alzó la cabeza. El nombre y las palabras eran fjordell, pero el acento no casaba del todo. Parecía casi...

—¿Eres areleno? —preguntó Hrathen, sorprendido.

El sacerdote inclinó la cabeza con el grado adecuado de sumisión; sus ojos, sin embargo, eran retadores.

—¿Cómo te hiciste sacerdote derethi? —preguntó Hrathen.

—Quería servir al Imperio —respondió el hombre, su voz suavemente intensa—. Jaddeth proporcionaba un camino.

«No —advirtió Hrathen—. No es desafío lo que hay en los ojos de este hombre: es fervor religioso.» No abundaban los integristas en la religión derethi; ese tipo de gente se sentía más atraída por la absoluta falta de normas de los Misterios Jeskeri que por la organización militar del Shu-Dereth. Sin embargo, el rostro de aquel hombre ardía de fanatismo. No era mala cosa: Hrathen despreciaba esa falta de control, pero a menudo los integristas le resultaban herramientas útiles.

—Jaddeth siempre proporciona un camino, arteth —dijo Hrathen con cuidado—. Sé más específico.

—Conocí a un arteth derethi en Duladel, hace doce años. Me predicó, y creí. Me dio ejemplares del Do-Keseg y el Do-Dereth, y los leí ambos en una noche. El santo arteth me envió de vuelta a Arelon para que ayudara a convertir a la gente de mi país, y me establecí en Rain. Enseñé allí durante once años, hasta el día en que me enteré de que habían construido una capilla derethi en la misma Kae. Superé mi desagrado por los elantrinos, consciente de que el Sagrado Jaddeth los había abatido con un castigo eterno, y vine a unirme a mis hermanos fjordell.

»Traje conmigo a mis conversos... la mitad de los creyentes de Kae son los que vinieron conmigo de Rain. Fjon se impresionó con mi diligencia. Me concedió el título de arteth y me permitió seguir enseñando.

Hrathen se frotó pensativo la mandíbula, observando al sacerdote areleno.

—Sabes que lo que hizo el arteth Fjon está mal.

—Sí, mi señor. Un arteth no puede nombrar a otro. Cuando hablo con el pueblo, nunca me refiero a mí mismo como sacerdote de Derethi, solo como maestro.

«Un maestro muy bueno», implicaba el tono de Dilaf.

—¿Qué opinas del arteth Fjon? —preguntó Hrathen.

—Era un necio sin disciplina, mi señor. Su laxitud impidió que el reino de Jaddeth creciera en Arelon, y ha dejado en ridículo a nuestra religión.

Hrathen sonrió: Dilaf, aunque no pertenecía a la raza elegida, era obviamente un hombre que comprendía la doctrina y la cultura de su religión. Sin embargo, ese ardor podía ser peligroso. La salvaje intensidad de los ojos de Dilaf apenas estaba bajo control. Habría que vigilarlo con mucha atención, o habría que eliminarlo.

—Parece que el arteth Fjon hizo al menos una cosa bien, aunque no tuviera la autoridad requerida —dijo Hrathen. Los ojos de Dilaf ardieron aún con más fuerza al oír aquello—. Te nombro arteth de pleno derecho, Dilaf.

Dilaf se inclinó, tocando el suelo con la cabeza. Sus modales eran completamente fjordell, y Hrathen nunca había oído hablar tan bien a un extranjero la Lengua Sagrada. Aquel hombre podría ser útil, en efecto; después de todo, una queja común contra el Shu-Dereth era que favorecía a los fjordell. Un sacerdote areleno contribuiría a demostrar que todos eran bienvenidos al Imperio de Jaddeth... aunque los fjordell fueran más bienvenidos.

Hrathen se felicitó por crear una herramienta tan útil, completamente satisfecho hasta el momento en que Dilaf alzó la cabeza. La pasión seguía brillando en sus ojos... pero también había algo más. Ambición. Hrathen frunció levemente el ceño, preguntándose si no acababan de manipularlo.

Solo podía hacer una cosa.

—Arteth, ¿has jurado ser odiv de algún hombre?

Sorpresa. Los ojos de Dilaf se abrieron de par en par mientras miraban a Hrathen, brillando de inseguridad.

—No, mi señor.

—Bien. Entonces lo serás mío.

—Mi señor... soy, por supuesto, tu humilde servidor.

—Serás más que eso, arteth —dijo Hrathen—, si eres mi odiv, yo seré tu hroden. Tú serás mío, en corazón y alma. Si sigues a Jaddeth, lo seguirás a través de mí. Si sirves al Imperio, lo harás bajo mis órdenes. Lo que quiera que pienses, hagas o digas será por orden mía. ¿Comprendido?

En los ojos de Dilaf ardía fuego.

—Sí —susurró. El fervor del hombre no le permitía rechazar una oferta semejante. Aunque su rango inferior de arteth no cambiaría, ser odiv de un gyorn representaba un enorme aumento del poder y la respetabilidad de Dilaf. Estaba dispuesto a ser el esclavo de Hrathen, si esa esclavitud lo llevaba más arriba. Era algo muy fjordell: la ambición era la única emoción que Jaddeth aceptaba con tanto agrado como la devoción.

—Bien —dijo Hrathen—. Entonces tu primera orden es seguir al sacerdote Fjon. Tiene que estar subiendo al barco que vuelve a Fjorden en este mismo momento... Quiero que te asegures de que así lo hace. Si desembarca por algún motivo, mátalo.

—Sí, mi gyorn.

Dilaf se levantó del suelo. Por fin podía dar salida a su entusiasmo. Todo lo que Hrathen tenía que hacer era mantener ese entusiasmo enfocado en la dirección adecuada.

Hrathen se quedó de pie un momento cuando el loco areleno se hubo marchado, luego sacudió la cabeza y regresó a su mesa. El pergamino todavía se encontraba tal como había caído de los dedos indignos de Fjon; Hrathen lo recogió con una sonrisa, reverente. No era un hombre que se complaciera con las posesiones: ponía la mirada en logros mucho mayores que la simple acumulación de bagatelas inútiles. Sin embargo, de vez en cuando aparecía un objeto tan único que Hrathen simplemente gozaba sabiendo que le pertenecía. Tales cosas no se poseían por su utilidad, ni por su poder para impresionar a los demás, sino porque poseerlas era un privilegio. El pergamino era uno de esos objetos.

La propia mano del Wyrn lo había escrito delante de Hrathen. Era una revelación que procedía directamente de Jaddeth: una escritura con un único destinatario. Pocas personas llegaban a conocer a los nombrados por Jaddeth, e incluso entre los gyorns las audiencias privadas eran raras. Recibir órdenes directamente de la mano del Wyrn... era la más exquisita de las experiencias.

Hrathen contempló de nuevo las sagradas palabras, aunque hacía tiempo que había memorizado hasta el último detalle.

Atiende las palabras de Jaddeth, a través de Su siervo el Wyrn Wulfden IV, Emperador y Rey.

Sumo Sacerdote e Hijo, tu petición ha sido concedida. Ve a los pueblos paganos del oeste y anúnciales mi advertencia final, pues aunque mi Imperio es eterno, mi paciencia se acabará pronto. No dormiré mucho más dentro de una tumba de roca. El Día del Imperio está cercano, y mi gloria pronto brillará, un segundo sol surgido de Fjorden.

Las naciones paganas de Arelon y Teod han sido negras manchas en mi tierra durante demasiado tiempo. Trescientos años han servido mis sacerdotes entre aquellos manchados por Elantris, y pocos han atendido su llamada. Sabe esto, Sumo Sacerdote: mis fieles guerreros están preparados y esperan solo la palabra de mi Wyrn. Tienes tres meses para convertir al pueblo de Arelon. Al final de ese período, los santos soldados de Fjorden caerán sobre la nación como depredadores a la caza, rasgando y rompiendo la indigna vida de aquellos que no escuchan mis palabras. Solo pasarán tres meses antes de la destrucción de todos cuantos se oponen a mi Imperio.

El tiempo de mi ascensión se acerca, hijo mío. Sé firme y sé diligente.

Palabras de Jaddeth, Señor de toda la Creación, a través de su servidor el Wyrn Wulfen IV, Emperador de Fjorden, Profeta del Shu-Dereth, Gobernador del Sagrado Reino de Jaddeth y Regente de Toda la Creación.

El momento había llegado por fin. Solo dos naciones resistían. Fjorden había recuperado su antigua gloria, perdida doscientos años antes cuando el Primer Imperio se había hundido. Una vez más, Arelon y Teod eran los dos únicos reinos que se resistían al dominio fjordell. Esta vez, con el poder de la llamada santa de Jaddeth detrás, Fjorden vencería. Luego, con toda la humanidad unida bajo el mandato del Wyrn, Jaddeth podría alzarse de Su trono subterráneo y reinar con gloriosa majestad.

Y Hrathen sería el responsable de ello. La conversión de Arelon y Teod era su urgente deber. Tenía tres meses para cambiar el temperamento religioso de una cultura entera: una tarea monumental, pero era vital que tuviera éxito. Si no lo tenía, los ejércitos de Fjorden destruirían todo ser viviente de Arelon, y de Teod después; las dos naciones, aunque separadas por el agua, eran iguales en raza, religión y obstinación.

La gente tal vez no lo supiera todavía, pero Hrathen era lo único que se interponía entre ellos y la aniquilación. Habían desafiado arrogantes a Jaddeth y Su pueblo durante demasiado tiempo. Hrathen era su última oportunidad.

Algún día lo llamarían su salvador.

Imagen decorativa

CAPÍTULO 4

L a mujer gritó hasta agotarse, pidiendo ayuda, suplicando piedad, llamando a Domi. Arañó la ancha puerta dejando marcas de uñas en la película de mugre. Al cabo de un rato, se desplomó en un silencioso montón, temblando con sollozos ocasionales. Ver su agonía le recordó a Raoden su propio dolor: el agudo aguijonazo de su dedo del pie, la pérdida de su vida exterior.

—No esperarán mucho más —susurró Galladon, la mano firme sobre el hombro de Raoden, conteniendo al príncipe.

La mujer finalmente se puso en pie, tambaleándose, aturdida, como si hubiera olvidado dónde se encontraba. Dio un único e inseguro paso a la izquierda, la mano apoyada en la muralla, como si eso fuera un consuelo, una conexión con el mundo exterior, en vez de la barrera que la separaba de él.

—Se acabó —dijo Galladon.

—¿Así de fácil? —preguntó Raoden. Galladon asintió.

—Ella ha elegido bien... o al menos lo mejor que se puede elegir. Observa.

En un callejón situado directamente al otro lado del patio se agitaron unas sombras; Raoden y Galladon estaban observando desde el interior de un desvencijado edificio de piedra, uno de los muchos que flanqueaban la entrada al patio de Elantris. Las sombras se convirtieron en un grupo de hombres que se acercaron a la mujer con paso decidido y controlado, hasta rodearla. Uno tendió la mano y se apoderó de su cesta de ofrendas. A la mujer no le quedaban fuerzas para resistirse; simplemente, volvió a desplomarse. Raoden sintió los dedos de Galladon clavarse en su hombro cuando involuntariamente tiró hacia delante con intención de enfrentarse a los ladrones.

—No es una buena idea. ¿Kolo? —susurró Galladon—. Guarda tu valor para ti mismo. Si torcerte un dedo estuvo a punto de dejarte fuera de combate, piensa cómo será uno de esos garrotes golpeando tu valiente cabecita.

Raoden asintió, relajándose. Habían robado a la mujer, pero no parecía que corriera ningún otro peligro. Dolía, sin embargo, mirarla. No era una joven doncella: tenía la recia figura de una mujer acostumbrada a parir hijos y a llevar adelante una casa. Una madre, no una damisela. Las profundas arrugas de su rostro hablaban de sabiduría ganada duramente y de valor, y de algún modo eso hacía que mirarla fuera más difícil. Si una mujer así podía ser derrotada por Elantris, ¿qué esperanza había para Raoden?

—Te he dicho que había elegido bien —continuó Galladon—. Puede que tenga un poco menos de comida, pero no tiene ninguna herida. Ahora bien, si se hubiera vuelto a la derecha (como hiciste tú, sule), habría quedado a la dudosa merced de los hombres de Shaor. Si hubiera seguido adelante, entonces Aanden habría tenido derecho a sus ofrendas. El giro a la izquierda es decididamente mejor: los hombres de Karata se quedan con tu comida, pero rara vez te hacen daño. Es mejor tener hambre que pasarte los próximos años con un brazo roto.

—¿Los próximos años? —preguntó Raoden, volviéndose para mirar a su alto y oscuro compañero—. ¿No habías dicho que nuestras heridas durarían una eternidad?

—Solo lo suponemos, sule. Muéstrame un elantrino que haya conseguido no volverse loco hasta el fin de la eternidad, y tal vez pueda demostrar la teoría.

—¿Cuánto suele durar aquí la gente?

—Un año, tal vez dos.

—¿Qué?

—¿Creías que éramos inmortales? ¿Que porque no envejecemos duraremos para siempre?

—No sé —dijo Raoden—. Dijiste que no podíamos morir, ¿no?

—No podemos —respondió Galladon—. Pero los cortes, las magulladuras, los dedos torcidos... se acumulan. Solo se puede soportar hasta cierto punto.

—¿Se suicidan? —preguntó Raoden en voz baja.

—Esa no es una opción. No, la mayoría se quedan tirados, murmurando o gritando. Pobres rulos.

—¿Cuánto tiempo llevas tú aquí, entonces?

—Unos pocos meses.

Eso fue otra impresión más que añadir a un montón ya bastante inestable. Raoden había supuesto que Galladon llevaba en Elantris unos cuantos años. El dula hablaba de la vida en aquel lugar como si hubiera sido su hogar durante décadas y fuera impresionantemente diestro en navegar por la enorme ciudad.

Raoden miró hacia el patio, pero la mujer se había ido ya. Podría haber sido una de las criadas del palacio de su padre, la esposa de un rico mercader o una simple ama de casa. La Shaod no respetaba las clases: de todas tomaba por igual. Ella se había marchado tras entrar en el pozo abierto que era Elantris. Él debería haber podido ayudarla.

—Y todo por una simple hogaza de pan y unas cuantas hortalizas mustias —murmuró Raoden.

—Puede que no te parezca mucho ahora, pero espera unos cuantos días y verás. La única comida que entra en este lugar es en los brazos de los recién llegados. Espera, sule. Sentirás también el deseo. Hay que ser fuerte cuando llama el hambre.

—Tú lo haces.

—No muy bien... y solo llevo aquí unos meses. No sé qué me impulsará a hacer el hambre dentro de un año.

Raoden hizo una mueca.

—Espera a que pasen mis treinta días antes de convertirte en una bestia primitiva, por favor. Odiaría pensar que no valgo mi precio en carne.

Galladon guardó silencio un instante, luego se echó a reír.

—¿No te asusta nada, sule?

—La verdad es que todo lo que hay aquí me asusta... pero soy bueno ignorando el hecho de que estoy aterrorizado. Si alguna vez me doy cuenta de lo asustado que estoy, probablemente me encontrarás intentando esconderme debajo de aquellas piedras del empedrado. Ahora, cuéntame más sobre esas bandas.

Galladon se encogió de hombros, se apartó de la puerta rota y tomó una silla rota. Estudió sus patas y luego, cuidadosamente, se sentó. Se levantó justo a tiempo cuando las patas crujieron. Arrojó la silla con disgusto y se sentó en el suelo.

—Hay tres secciones en Elantris, sule, y tres bandas. La sección del mercado la gobierna Shaor, ya conociste ayer a unos cuantos miembros de su corte, aunque estaban demasiado ocupados lamiendo la mugre de tus ofrendas para presentarse. En la sección del palacio encontrarás a Karata: ella es quien tan amablemente ha librado a esa mujer de su comida hoy. El último es Aanden. Se pasa la mayor parte del tiempo en la zona de la universidad.

—¿Un hombre culto?

—No, un oportunista. Fue el primero en darse cuenta de que muchos de los textos más antiguos de la biblioteca estaban escritos en vitela. Los clásicos de ayer se han convertido en el almuerzo de mañana. ¿Kolo?

—¡Idos Domi! —juró Raoden—. ¡Eso es atroz! Los antiguos pergaminos de Elantris contienen innumerables obras originales. ¡Tienen un precio incalculable!

Galladon le dirigió una mirada resignada.

—Sule, ¿tengo que volver a repetirte mi discurso sobre el hambre?

¿De qué sirve la literatura cuando te duele tanto el estómago que los ojos te lloran?

—Ese argumento es terrible. Unos pergaminos de piel de cordero de hace dos siglos no pueden saber muy bien.

Galladon se encogió de hombros.

—Mejor que la mugre. De todas formas, parece que Aanden se quedó sin pergaminos hace unos meses. Trataron de cocer los libros, pero no les salió muy bien.

—Me sorprende que no hayan intentado cocerse unos a otros.

—Claro que lo han intentado —dijo Galladon—. Por suerte, algo nos pasa durante la Shaod: aparentemente la carne de un muerto no sabe demasiado bien. ¿Kolo? De hecho, es tan terriblemente amarga que nadie puede engullirla.

—Es bueno ver que el canibalismo haya sido descartado de una forma tan lógica como opción.

—Ya te lo he dicho, sule. El hambre obliga a la gente a hacer cosas raras.

—¿Y eso lo justifica todo? —Sabiamente, Galladon no contestó. Raoden continuó—: Hablas de hambre y dolor como si fueran fuerzas irresistibles. Cualquier cosa es aceptable si el hambre te obliga a hacerla. Suprime nuestras comodidades y nos convertimos en animales.

Galladon negó con la cabeza.

—Lo siento, sule, pero así es como funcionan las cosas.

—No tiene por qué ser así.

DIEZ AÑOS NO era tiempo suficiente. Incluso a pesar de la densa humedad de Arelon, a la ciudad le hubiese hecho falta más tiempo para deteriorarse tanto. Elantris parecía llevar siglos abandonada. Su madera se pudría, su yeso y sus ladrillos se desintegraban, incluso algunos edificios de piedra empezaban a desmoronarse. Y, cubriéndolo todo, la omnipresente película de mugre marrón.

Raoden se estaba acostumbrando a caminar por el irregular y resbaladizo empedrado. Trataba de mantenerse a salvo de la mugre, pero la tarea resultaba imposible. Toda pared con la que rozaba y todo saliente que agarraba dejaban su marca en él.

Los dos hombres recorrían despacio una calle ancha, mucho más que ninguna de las de Kae. Elantris había sido construida a una escala enorme, y aunque el tamaño resultaba impresionante desde fuera, solo ahora comenzaba Raoden a comprender lo gigantesca que era la ciudad. Galladon y él llevaban horas caminando, y su compañero decía que todavía estaban relativamente lejos de su destino.

Sin embargo, no se apresuraban. Esa era una de las primeras cosas que le había enseñado Galladon: en Elantris, uno se tomaba su tiempo. Todo lo hacía el dula con precisión, con movimientos relajados y cuidadosos. El menor rasguño, no importaba lo poco importante que fuera, se añadía al dolor elantrino. Cuanto más cuidadoso era uno, más vivía sin perder la cordura. Así pues, Raoden seguía a Galladon, tratando de remedar su paso atento. Cada vez que empezaba a parecerle excesiva tanta cautela, le bastaba con mirar una de las numerosas formas que yacían acurrucadas en las aceras y las esquinas para que su determinación regresara.

Los hoed, los llamaba Galladon: aquellos elantrinos que habían sucumbido al dolor. Perdidas sus mentes, sus vidas no eran más que una tortura continua e implacable. Rara vez se movían, aunque algunos tenían suficiente instinto primitivo para permanecer agazapados en las sombras. La mayoría estaban callados, aunque pocos permanecían completamente en silencio. Al pasar, Raoden oía sus murmullos, gemidos y sollozos. La mayoría repetía palabras y frases para sí mismos, un mantra para acompañar al sufrimiento.

—Domi, Domi, Domi...

—Tan hermosa, una vez fue tan hermosa...

—Basta, basta, basta. Haz que pare...

Raoden se obligó a no oír las palabras. Su pecho empezaba a constreñirse como si sufriera con los pobres despojos sin rostro. Si prestaba demasiada atención, se volvería loco antes de que el dolor se lo llevara.

Sin embargo, si dejaba vagar su mente, invariablemente volvía a su vida en el exterior. ¿Continuarían sus amigos sus reuniones clandestinas? ¿Podrían Kiin y Roial mantener unido al grupo? ¿Y qué sería de su mejor amigo, Lukel? Raoden apenas había podido llegar a conocer a la nueva esposa de Lukel; ahora nunca llegaría a conocer a su primer hijo.

Aún peores eran los pensamientos sobre su propio matrimonio. Nunca había conocido a la mujer con la que iba a casarse, aunque había hablado con ella a través del seon en muchas ocasiones. ¿Era en verdad tan lista e interesante como parecía? Nunca lo sabría. Iadon probablemente había ocultado la transformación de Raoden y fingido que su hijo había muerto. Sarene nunca llegaría a Arelon: en cuanto se enterara de la noticia, se quedaría en Teod y buscaría otro marido.

«Si al menos hubiera podido verla una sola vez.» Pero esos pensamientos eran inútiles. Ya era un elantrino más.

Así que se concentró en la ciudad. Resultaba difícil creer que Elantris hubiera sido alguna vez la ciudad más hermosa de Opelon; probablemente del mundo. La mugre era todo lo que veía, la podredumbre y la erosión. Sin embargo, bajo la suciedad se hallaban los restos de la antigua grandeza de Elantris. Una torre, lo que quedaba de un delicado bajorrelieve, grandes capillas y enormes mansiones, arcos y columnas. Diez años antes esa ciudad había resplandecido con su propio brillo místico, una ciudad de puro blanco y dorado.

Nadie sabía qué había causado el Reod. Había quienes tenían la teoría (la mayoría, sacerdotes derethi) de que la caída de Elantris había sido causada por Dios. Los elantrinos anteriores al Reod habían vivido como dioses ellos mismos, permitiendo otras religiones en Arelon, pero sufriéndolas igual que un amo deja que su perro lama la comida caída al suelo. La belleza de Elantris, los poderes que poseían sus habitantes, habían impedido que el común de la población se convirtiera al Shu-Keseg. ¿Por qué buscar una deidad invisible cuando tenías a dioses viviendo ante ti?

Llegó con una tempestad: eso sí lo recordaba Raoden. La tierra se estremeció, una enorme grieta se abrió en el sur y todo Arelon tembló. Con la destrucción, Elantris había perdido toda su gloria. Los elantrinos habían pasado de ser brillantes seres de pelo blanco a criaturas de piel tumefacta y cabeza calva, como si sufrieran una horrible enfermedad, en avanzado estado de deterioro. Elantris había dejado de brillar para volverse oscura.

Y eso había sucedido hacía solo diez años. Diez años no era tiempo suficiente. La piedra no se desintegraba después de solo una década de negligencia. La suciedad no tendría que haberse amontonado tan rápidamente, no con tan pocos habitantes, la mayoría de los cuales estaban incapacitados. Era como si Elantris estuviera empeñada en morir, una ciudad suicida.

—LA ZONA DEL mercado de Elantris —dijo Galladon—. Este era uno de los mercados más colosales del mundo. Aquí venían mercaderes de todo Opelon para vender sus exóticos artículos a los elantrinos. Aquí también se podían comprar las más lujosas magias elantrinas. No lo daban todo gratis. ¿Kolo?

Se encontraban en el terrado de un edificio: al parecer, algunos elantrinos preferían los terrados a los tejados a dos aguas o las cúpulas, pues en las azoteas podían sembrarse jardines. Ante ellos se extendía una zona de la ciudad muy parecida al resto de Elantris: oscura y ruinosa. Raoden suponía que sus calles habían estado decoradas con los pintorescos toldos de los vendedores callejeros, pero los únicos restos de aquello eran el ocasional harapo cubierto de mugre.

—¿Podemos acercarnos más? —preguntó Raoden, asomándose al alféizar para contemplar el mercado.

—Puedes hacerlo tú si quieres, sule —respondió Galladon—. Pero yo me quedo aquí. A los hombres de Shaor les gusta cazar gente: probablemente sea uno de los pocos placeres que les quedan.

—Háblame entonces de Shaor. —Galladon se encogió de hombros.

—En un lugar como este, muchos buscan líderes... alguien que los proteja un poco del caos. Como en cualquier sociedad, los que son más fuertes a menudo acaban al mando. Shaor es alguien que encuentra placer en controlar a los demás, y por algún motivo los elantrinos más salvajes y moralmente corruptos encuentran el modo de contactar con él.

—¿Y consigue recibir las ofrendas de un tercio de los recién llegados? —preguntó Raoden.

—Bueno, Shaor se ocupa pocas veces de tales cosas... pero sí, sus seguidores se quedan con un tercio de las ofrendas.

—¿Por qué establecen el compromiso? Si los hombres de Shaor son tan incontrolables como estás dando a entender, ¿qué les convenció para aceptar un acuerdo tan arbitrario?

—Las otras bandas son tan grandes como la de Shaor, sule —explicó Galladon—. En el exterior, la gente tiende a convencerse de su propia inmortalidad. Nosotros somos más realistas. Uno rara vez gana una batalla sin al menos unas cuantas heridas y, aquí, incluso un par de cortes superficiales son más devastadores y más agónicos que una rápida decapitación. Los hombres de Shaor son salvajes, pero no son idiotas del todo. No lucharán a menos que tengan la seguridad de vencer o una recompensa prometedora. ¿Crees que fue tu físico el que impidió que ese hombre te atacara ayer?

—No estaba seguro —admitió Raoden.

—El menor indicio de que pudieras contraatacar es suficiente para espantar a esa gente, sule —dijo Galladon—. Por el placer de torturarte no merece la pena arriesgarse a que les devuelvas el golpe.

Raoden se estremeció de pensarlo.

—Muéstrame dónde viven las otras bandas.

LA UNIVERSIDAD y el palacio hacían frontera una con el otro. Según Galladon, Karata y Aanden mantenían una tregua inestable, y normalmente había guardias en ambos lados, vigilando. Una vez más, el compañero de Raoden lo llevó al terrado de un edificio al que subieron por un tramo de escaleras que no ofrecía ninguna seguridad.

Sin embargo, después de subirlas (y estar a punto de caer cuando uno de los escalones se hundió bajo su peso), Raoden tuvo que admitir que la vista merecía el esfuerzo. El palacio de Elantris era lo bastante grande para resultar magnífico a pesar del inevitable deterioro. Cinco cúpulas remataban cinco alas, cada una con una torre majestuosa. Solo una de las torres, la del centro, estaba todavía intacta, pero se erguía airosa y era, con diferencia, la estructura más alta que Raoden hubiese visto.

—Se dice que ese es el centro exacto de Elantris —le contó Galladon señalando la torre con un gesto—. Antiguamente se podían subir las escaleras que se enroscan a su alrededor y contemplar desde allí la ciudad entera. Hoy en día, yo no me fiaría. ¿Kolo?

La universidad era grande, pero no tan magnífica: cinco o seis edificios chatos y alargados y muchos espacios despejados, probablemente los antiguos terrenos de los jardines, que habrían sido devorados hasta las raíces hacía tiempo por los hambrientos habitantes de Elantris.

—Karata es a la vez la más dura y la más permisiva de los jefes de bandas —dijo Galladon, contemplando la universidad. Había algo extraño en sus ojos, como si estuviera viendo cosas que Raoden no podía ver. Continuó la descripción con su característico tono, como si su boca no fuera consciente de que su mente estaba enfocada en otra parte.

—No suele aceptar miembros nuevos en su banda, y es enormemente territorial. Los hombres de Shaor podrían perseguirte si entraras en su territorio, pero solo si les apetece. Karata no soporta a ningún intruso. Sin embargo, si dejas a Karata en paz, ella te deja en paz a ti, y rara vez hace daño a los recién llegados cuando se queda con su comida. Ya la has visto: siempre se apodera de la comida personalmente. Tal vez no se fía de sus esbirros.

—Tal vez —dijo Raoden—. ¿Qué más sabes de ella?

—No mucho. Los jefes de los grupos de ladrones violentos no tienden a ser de los que se pasan la tarde charlando.

—¿Y ahora quién se toma las cosas a la ligera? —dijo Raoden con una sonrisa.

—Eres una mala influencia, sule. Se supone que los muertos no son alegres. De todas formas, lo único que puedo decirte de Karata es que no le gusta mucho estar en Elantris.

Raoden frunció el ceño.

—¿Y a quién sí?

—Todos odiamos Elantris, sule, pero pocos tenemos valor para intentar escapar. Han capturado a Karata tres veces ya en Kae... siempre en las inmediaciones del palacio del rey. Una vez más y los sacerdotes la mandarán quemar.

—¿Qué quiere del palacio?

—No ha tenido la amabilidad de explicármelo —respondió Galladon—. La mayoría de la gente piensa que pretende asesinar al rey Iadon.

—¿Al rey? ¿Y qué conseguiría con eso?

—Venganza, saciar su sed de sangre. Muy buenos motivos cuando ya estás condenada. ¿Kolo?

Raoden frunció el ceño. Tal vez vivir con su padre (un paranoico obsesionado con la idea de ser asesinado) lo había inmunizado, pero asesinar al rey no le parecía un objetivo factible.

—¿Qué hay del otro jefe de banda?

—¿Aanden? —preguntó Galladon contemplando la ciudad—. Dice que era un noble antes de que lo desterraran aquí... un barón, creo. Ha intentado establecerse como monarca de Elantris y está increíblemente molesto porque Karata controla el palacio. Celebra cortes, diciendo que dará de comer a aquellos que se unan a él... aunque todo lo que han conseguido hasta ahora son unos cuantos libros cocidos. También hace planes para atacar Kae.

—¿Qué? —preguntó Raoden con sorpresa—. ¿Atacar?

—No lo dice en serio. Pero es buena propaganda. Asegura que tiene un plan para liberar Elantris, y con eso ha conseguido bastantes seguidores. Sin embargo, también es brutal. Karata solo hace daño a la gente que intenta colarse en el palacio. Aanden es famoso por celebrar juicios a capricho. Personalmente, sule, no creo que esté muy cuerdo.

Raoden frunció el ceño. Si este Aanden había sido realmente un barón, lo hubiese conocido. Sin embargo, no le sonaba el nombre. O bien Aanden había mentido sobre su pasado, o había elegido un nombre distinto después de entrar en Elantris.

Raoden estudió la zona situada entre la universidad y el palacio. Algo había llamado su atención, tan mundano que no le hubiese dirigido una segunda mirada de no haber sido el primero que veía en Elantris.

—¿Eso es un pozo? —preguntó, incierto. Galladon asintió.

—El único que hay en la ciudad.

—¿Cómo es posible?

—Servicio de fontanería en casa, sule, cortesía de la magia AonDor. Los pozos no eran necesarios.

—Entonces ¿por qué abrieron ese?

—Creo que lo utilizaban en las ceremonias religiosas. Varias congregaciones elantrinas necesitaban agua acabada de recoger de un río.

—Entonces el río Aredel corre por debajo de la ciudad —dijo Raoden.

—Por supuesto. ¿Por dónde si no? ¿Kolo?

Raoden entornó los ojos, pensativo, pero no dio ninguna explicación. Mientras seguía contemplando la ciudad, vio una pequeña bola de luz que flotaba en una de las calles de abajo. El seon deambulaba sin rumbo, flotando ocasionalmente en círculos. Estaba demasiado lejos para distinguir el aon de su centro.

Galladon advirtió lo que estaba mirando Raoden.

—Un seon —comentó el dula—. No son raros en la ciudad.

—¿Es cierto entonces? —preguntó Raoden. Galladon asintió.

—Cuando el amo de un seon es alcanzado por la Shaod, el seon se vuelve loco. Hay varios flotando por la ciudad. No hablan, solo flotan, sin mente.

Raoden apartó la mirada. Desde que lo habían arrojado a Elantris, había evitado pensar en su propio seon, Ien. Raoden había oído decir lo que les pasaba a los seones cuando sus amos se convertían en elantrinos.

Galladon contempló el cielo.

—Va a llover.

Raoden alzó una ceja hacia el cielo sin nubes.

—Si tú lo dices.

—Fíate de mí. Tendríamos que ponernos a cubierto, a menos que quieras pasarte los próximos días con la ropa mojada. Es difícil encender fuego en Elantris; la madera está demasiado mojada o demasiado podrida para arder.

—¿Adónde debemos ir?

Galladon se encogió de hombros.

—Elige una casa, sule. Es muy posible que no esté habitada. —Habían dormido la noche anterior en una casa abandonada, pero Raoden tuvo una idea.

—¿Dónde vives, Galladon?

—En Duladel —respondió inmediatamente Galladon.

—Me refiero a hoy en día.

Galladon pensó un momento, mirando a Raoden con incertidumbre. Entonces, tras encogerse de hombros, le indicó que lo siguiera por las inestables escaleras.

—Ven.

—¡LIBROS! —EXCLAMÓ RAODEN, entusiasmado.

—No tendría que haberte traído aquí —murmuró Galladon—. Ahora no me libraré nunca de ti.

Galladon había guiado a Raoden a lo que parecía una bodega vacía pero que había resultado ser algo bastante distinto. El aire era más seco, aunque estaba bajo tierra, y mucho más frío también. Como para revocar sus anteriores reservas sobre el fuego, Galladon había sacado una antorcha de un hueco oculto y la había encendido con un poco de pedernal y acero. Lo que reveló la luz era, en efecto, sorprendente.

Parecía el estudio de un erudito. En las paredes había pintados aones (los místicos caracteres antiguos anteriores al lenguaje aónico), y varios estantes de libros.

—¿Cómo encontraste este lugar? —preguntó Raoden ansiosamente.

—Me tropecé con él —dijo Galladon, encogiéndose de hombros.

—Todos estos libros ¡tal vez contienen el secreto que se esconde tras los aones, Galladon! —dijo Raoden, sacando uno. Estaba un poco mohoso, pero todavía resultaba legible—. ¿Lo has pensado alguna vez?

—¿Los aones?

—La magia de Elantris. Dicen que antes del Reod, los elantrinos podían crear hechizos poderosos solo dibujando aones.

—Ah, ¿te refieres a esto? —preguntó el hombretón de piel oscura, alzando la mano. Dibujó un símbolo en el aire, AonDeo, y su dedo dejó una brillante línea blanca detrás.

Raoden se quedó boquiabierto y el libro se le cayó de las manos. Los aones. Históricamente, solo los elantrinos habían podido convocar el poder oculto en ellos. Ese poder se suponía desaparecido; se decía que se había perdido con la caída de Elantris.

Galladon le sonrió a través del brillante símbolo que flotaba en el aire entre ambos.