Título original: The Vampire Lestat

Traducción: Hernán Sabaté

1.ª edición: diciembre, 2013

© 2013 by Anne O’Brien Rice

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 18.627-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-442-3

Maquetación ebook: Caurina.com

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

Este libro está dedicado con cariño

a Stan Rice, Karen O'Brien

y Allen Daviau.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

SÁBADO NOCHE EN LA CIUDAD

LA EDUCACIÓN JUVENIL Y LAS AVENTURAS DEL VAMPIRO LESTAT

PRIMERA PARTE

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SEGUNDA PARTE

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TERCERA PARTE

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CUARTA PARTE

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QUINTA PARTE

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SEXTA PARTE

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SÉPTIMA PARTE

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EPÍLOGO

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DIONISO EN SAN FRANCISCO

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SÁBADO NOCHE EN LA CIUDAD

1984

Soy el vampiro Lestat. Soy inmortal. Más o menos. La luz del sol, el calor prolongado de un fuego intenso... tales cosas podrían acabar conmigo. Pero también podrían no hacerlo.

Mido un metro ochenta, una estatura que resultaba bastante impresionante hacia 1780, cuando yo era un joven mortal. Ahora no está mal. Tengo el cabello rubio y tupido, largo hasta casi los hombros y bastante rizado, que parece blanco bajo una luz fluorescente. Mis ojos son grises pero absorben con facilidad los tonos azules o violáceos de la piel que los rodea. También tengo una nariz fina y bastante corta, y una boca bien formada, aunque resulta demasiado grande para el resto del rostro. Una boca que puede parecer muy mezquina, o extremadamente generosa, pero siempre sensual. Mis emociones y estados de ánimo se reflejan siempre en mi expresión. Mi rostro está continuamente animado.

Mi condición de vampiro se pone de relieve en la piel, extremadamente blanca y que refleja excesivamente la luz: ello me obliga a maquillarme para aparecer ante cualquier tipo de cámara.

Cuando estoy sediento de sangre, mi aspecto produce verdadero horror: la piel contraída, las venas como sogas sobre los contornos de mis huesos... Pero ya no permito que tal cosa suceda, y el único indicio firme de que no soy humano son las uñas de mis dedos. A todos los vampiros nos sucede lo mismo: nuestras uñas parecen de cristal. Y hay gente que se fija sólo en eso aunque no advierta nada más.

Ahora soy lo que en Norteamérica llaman una superestrella del rock. He vendido cuatro millones de copias de mi primer álbum y voy camino de San Francisco para dar el primer concierto de una gira nacional que me llevará de costa a costa con mi grupo. MTV, el canal por cable de música rock, lleva dos semanas pasando mis videoclips día y noche. También los pasan en el Top of the Pops inglés y en el continente, así como en algunas partes de Asia además de en Japón. Las cintas que recogen la serie completa de videoclips se están vendiendo por todo el mundo.

También soy autor de una autobiografía que se publicó la semana pasada.

Respecto a mi inglés, idioma que utilizo en la autobiografía, lo empecé a aprender de boca de los marineros que conducían las barcazas por el Mississippi hasta Nueva Orleans, doscientos años atrás. Después, aumenté mis conocimientos con las obras de los escritores anglosajones, desde Shakespeare a Mark Twain y Rider Haggard, a quienes leí con el transcurso de las décadas. El último aporte lo recibí de los relatos policiacos de la revista Black Mask, a principios del siglo XX.

Eso fue en Nueva Orleans, en 1929.

Cuando escribo, tiendo a emplear un vocabulario que me habría resultado natural en el siglo XVIII, a utilizar frases en el estilo de los autores que he leído. Cuando hablo, en cambio, a pesar de mi acento francés, parezco una mezcla entre marinero fluvial y el detective Sam Spade. Por lo tanto, espero que no me lo tengáis en cuenta si a veces mi estilo resulta contradictorio. Si, de vez en cuando, hago añicos la atmósfera de alguna escena dieciochesca.

Desperté en el siglo XX el año pasado.

Dos cosas fueron las que me hicieron volver a la actividad.

En primer lugar, la información que me estaba llegando a través de las voces amplificadas que habían empezado a llenar el aire con sus cacofonías por la misma época en que me había retirado a dormir.

Me refiero, por supuesto, a las voces de las radios y de los fonógrafos y, más adelante, de los aparatos de televisión. Oía las radios de los coches que pasaban por las calles del viejo Garden District, cerca de donde yo yacía, y me llegaba el sonido de los fonógrafos y televisores de las casas que rodeaban mi morada.

Veréis: cuando un vampiro deja de beber sangre y se limita a reposar en la tierra —es decir, en nuestra jerga, cuando «se entierra»—, pronto queda demasiado débil para resucitarse a sí mismo, y entra en un estado de sopor.

En ese estado, fui absorbiendo las voces lentamente, envueltas en mis propias imágenes mentales, como les sucede a los mortales cuando sueñan. Sin embargo, en algún momento de los últimos cincuenta y cinco años empecé a «recordar» lo que estaba oyendo, a seguir los programas de esparcimiento, a escuchar los boletines de noticias, las letras y los ritmos de las canciones populares.

Y, muy lentamente, empecé a entender el calibre de los cambios que había experimentado el mundo. Comencé a prestar atención a ciertos tipos concretos de información sobre guerras o nuevos intentos, a ciertos nuevos modos de hablar.

A continuación, fui despertándome a un estado de vigilia. Me di cuenta de que ya no estaba soñando. Estaba pensando en lo que oía. Estaba perfectamente despierto. Me hallaba sepultado bajo tierra y me sentía sediento de sangre viva. Medité sobre que tal vez estaban ya curadas todas las viejas heridas que yo había recibido. Quizá me habían vuelto las fuerzas. Quizás incluso habían aumentado, como sin duda habría sucedido, con el paso del tiempo, de no haber sido herido. Deseé averiguarlo.

Comencé a obsesionarme con la idea de beber sangre humana.

La segunda cosa que me hizo volver a la actividad —el motivo decisivo, en realidad— fue la repentina presencia, cerca de mi lugar de reposo, de un grupo de jóvenes cantantes de rock que se hacían llamar La Noche Libre de Satán.

Los jóvenes se instalaron en una casa de Sixth Street —a menos de una manzana de donde yo dormitaba bajo mi casa de Prytania, cerca del cementerio Lafayette— y empezaron a ensayar sus piezas de rock en el desván en algún momento de 1984.

Yo escuchaba el fragor de sus guitarras eléctricas, el frenesí de sus voces. Eran canciones tan buenas como las que oía por las emisoras de radio o los equipos estéreos, y más melodiosas que la mayoría. Pese a la contundencia de la batería, su música tenía algo de romántica. El piano eléctrico sonaba como un clavicordio.

Capté imágenes de los pensamientos de los músicos y así supe qué aspecto tenían, qué veían cuando se miraban entre ellos o ante un espejo. Eran unos jóvenes mortales esbeltos, nervudos y, en conjunto, encantadores; dos chicos y una chica, seductoramente andróginos y hasta un poco salvajes en sus movimientos y en su indumentaria.

Cuando se ponían a tocar, su música sofocaba todas las demás voces amplificadas a mi alrededor. Sin embargo, eso, para mí, no resultaba ningún problema.

Tuve ganas de levantarme y de unirme a aquel grupo de rock llamado La Noche Libre de Satán. Sentí deseos de cantar y de bailar.

Pero no puedo decir que, en un primer momento, esos deseos tuvieran mucho de pensamiento elaborado. Me guiaba, más bien, un impulso irrefrenable, lo bastante poderoso como para hacerme salir de las entrañas de la tierra.

Me sentía fascinado por el mundo de la música rock, por cómo sus cantantes podían gritar sobre el bien y el mal, proclamarse ángeles o demonios, entre las ovaciones y el entusiasmo de los mortales. A veces, parecían la personificación de la locura. Y, sin embargo, la complejidad de sus actuaciones resultaba tecnológicamente deslumbrante. Era un espectáculo bárbaro y cerebral como no creo que el mundo haya visto nunca en el pasado.

Por supuesto, todo aquel delirio era metafórico. Ninguno de aquellos cantantes creía en ángeles o demonios, por muy bien que interpretaran sus papeles. Y también los actores de la antigua Commedia italiana habían parecido igual de osados, de inventivos, de escandalosos.

Sin embargo, había en ellos algo totalmente nuevo: los extremos a que llevaban la actuación, la brutalidad y el desafío que expresaban... y el modo en que eran aceptados por el mundo, desde el más rico al más pobre.

También había algo de vampirismo en la música rock. Debía de sonarle sobrenatural incluso a quienes no creían en lo sobrenatural. Me refiero a cómo la electricidad podía sostener indefinidamente una nota, a cómo se podía superponer una armonía tras otra hasta que uno se sentía disolver en el sonido. ¡Qué profunda sensación de temor reverencial despertaba aquella música! El mundo no la había experimentado nunca de la misma forma hasta entonces.

Sí, quise acercarme más a ella. Quise hacerla. Tal vez llevar a la fama a aquel grupito desconocido. La Noche Libre de Satán. Estaba dispuesto a volver a la vida.

Me llevó alrededor de una semana hacerlo. Me alimenté con la sangre fresca de los animalillos que viven bajo tierra, cuando podía capturarlos. Después, empecé a excavar con las manos hacia la superficie, donde pude recurrir a las ratas. Después, no me costó mucho cazar algunos felinos, hasta llegar, finalmente, a la inevitable primera víctima humana, aunque tuve que esperar mucho para encontrar el tipo concreto de individuo que buscaba: un hombre que hubiera matado a otros mortales y no sintiera remordimientos de ello.

Por fin, caminando muy pegado a la verja, se acercó alguien así, un joven de barba entrecana que había matado a otro en cierto lugar muy lejano, al otro lado del mundo. Un auténtico homicida, sin la menor duda. ¡Y, ah, ese primer sabor a lucha humana y a sangre humana!

Robar ropas de las casas próximas y recuperar parte del oro y las joyas que había escondido en el cementerio Lafayette no me representó ningún problema.

Naturalmente, de vez en cuando tenía un sobresalto. El hedor de gasolina y a productos químicos me ponía enfermo. El zumbido de los aparatos de aire acondicionado y el ruido de los aviones al pasar sobre mi cabeza me producían dolor de oídos.

Con todo, a la tercera noche de haber reaparecido, ya circulaba rugiendo por Nueva Orleans en una gran motocicleta Harley-Davidson de color negro, haciendo un ruido ensordecedor. Buscaba más homicidas de los que alimentarme. Llevaba unas espléndidas ropas de cuero negro que había quitado a mis víctimas y, en el bolsillo, un pequeño walkman Sony estéreo cuyos minúsculos auriculares hacían sonar dentro de mi cabeza el Arte de la Fuga, de Bach, mientras daba gas por las avenidas.

Volvía a ser el vampiro Lestat. Estaba de nuevo en acción. Nueva Orleans volvía a ser mi territorio de caza.

En cuanto a mis fuerzas, se habían triplicado respecto a lo que eran antes. De un salto, podía alcanzar el tejado de una casa de cuatro pisos desde la calle. Podía arrancar rejas de las ventanas y doblar por la mitad una moneda. Si quería, podía escuchar las voces y los pensamientos humanos a manzanas de distancia.

Al final de la primera semana, contraté en un rascacielos de acero y cristal del centro de la ciudad a una bella abogada que me ayudó a conseguir un certificado legal de nacimiento, una cartilla de la Seguridad Social y un permiso de conducir. Buena parte de mis viejas riquezas estaban ya camino de Nueva Orleans desde unas cuentas numeradas del inmortal Banco de Inglaterra y de la Banca Rothschild.

Pero lo más importante de todo era que yo me encontraba muy concentrado en hacer comprobaciones. Y constaté que cuanto me habían contado las voces amplificadas acerca del siglo XX era verdad.

He aquí lo que descubrí mientras deambulaba por las calles de Nueva Orleans en 1984:

El sombrío y aterrador mundo industrial, del que hacía tanto tiempo me había retirado a mi largo sueño, se había consumido por fin, y la vieja conformidad y pacata pudibundez burguesa habían perdido su dominio de la mentalidad norteamericana.

La gente volvía a ser atrevida y erótica como en los viejos tiempos, antes de las grandes revoluciones de la clase media de fines del siglo XVIII. Incluso su aspecto recordaba al de esos tiempos.

Los hombres ya no lucían el uniforme a lo Sam Spade —traje y sombreros grises, camisa y corbata—, sino que, si lo deseaban, podían vestirse con sedas y terciopelos y colores chillones. Tampoco tenían ya que cortarse el cabello como legionarios romanos; cada uno lo llevaba a la medida que quería.

Y las mujeres... ¡ah!, daba gloria ver a las mujeres, desnudas bajo el calor primaveral como si estuvieran en tiempo de los faraones egipcios, con reducidísimas faldas cortas o vestidos como túnicas, o luciendo pantalones de hombre y camisetas ajustadas sobre sus cuerpos curvilíneos, a su elección. Se maquillaban y lucían aderezos de oro o de plata aunque fuera para ir a la tienda de la esquina, o bien aparecían sin adornos y con el rostro absolutamente limpio de cosméticos: no importaba. Se rizaban el cabello como María Antonieta, o lo llevaban corto, o se dejaban melena y la llevaban suelta.

Quizá por primera vez en la historia, resultaban tan fuertes e interesantes como los hombres.

Y todo esto sucedía no sólo entre los ricos, que siempre han poseído un cierto carácter andrógino y una cierta alegría de vivir que los revolucionarios de las clases medias llamaron, en el pasado, decadencia, sino entre la gente normal del país.

La antigua sensualidad aristocrática pertenecía ahora a todo el mundo. Estaba vinculada a las promesas de la revolución de las clases medias y todos los individuos tenían derecho al amor, al lujo y a las cosas elegantes.

Los grandes almacenes se habían convertido en palacios de embrujo casi oriental con sus mercaderías expuestas entre moquetas de tonos suaves, música espectral y luz ámbar. En las droguerías, abiertas las veinticuatro horas, las botellas de champú verdes y violetas brillaban como piedras preciosas en las refulgentes estanterías de cristal. Las camareras acudían al trabajo en automóviles de finas líneas tapizados de cuero. Los trabajadores portuarios se daban un baño en la piscina climatizada del jardín de su casa cuando volvían del trabajo. Las mujeres de la limpieza y los fontaneros, al final de la jornada, vestían ropas de buena calidad y corte exquisito.

De hecho, la pobreza y la suciedad, habituales en las grandes ciudades de la Tierra desde tiempos inmemoriales, habían desaparecido casi por completo.

No encontraba uno inmigrantes cayendo muertos de inanición en cualquier calleja. No había barrios pobres superpoblados donde durmieran ocho o diez personas en una habitación. Nadie arrojaba los desperdicios a las alcantarillas.

El número de mendigos, tullidos, huérfanos y enfermos incurables se había reducido hasta el punto de no apreciarse en absoluto su presencia por las calles inmaculadas de la ciudad.

Hasta los borrachos y lunáticos que dormían en los bancos de los parques y en las estaciones de autobuses comían carne con regularidad e incluso tenían radios que escuchar y llevaban ropas que habían sido lavadas.

Pero esto era sólo en la superficie. Me quedé asombrado al comprobar otros cambios más profundos provocados por aquel pasmoso sistema de vida.

Por ejemplo, algo completamente mágico había sucedido con las épocas.

Lo viejo ya no era sustituido rutinariamente por lo nuevo. Al contrario, el inglés que oía a mi alrededor era el mismo que conocía del siglo XIX. Incluso la antigua jerga «no hay moros en la costa» o «mala suerte» o «ahí está el asunto» seguía «funcionando». Al propio tiempo, otras frases novedosas y fascinantes como «te han lavado el cerebro» o «es muy freudiano» estaban en labios de todos.

En el mundo artístico y del espectáculo, todos los siglos anteriores estaban siendo «reciclados». Los músicos interpretaban por igual a Mozart que una música de jazz o de rock.

La gente iba a ver Shakespeare una noche, y una película francesa al día siguiente.

Uno podía comprar cintas de madrigales medievales en una enorme tienda iluminada con fluorescentes y escucharlas en el equipo estéreo del coche mientras corría por la autopista a ciento cincuenta por hora. En las librerías, la poesía del Renacimiento estaba a la venta junto a las novelas de Dickens o de Ernest Hemingway. Los manuales de educación sexual coexistían en la misma estantería con el Libro de los Muertos egipcio. A veces, la riqueza y la pulcritud que me rodeaban se convertían en una especie de alucinación, y yo me sentía como a punto de desmayarme.

En los escaparates de las tiendas, contemplaba estupefacto ordenadores y teléfonos de formas y colores tan puros como las conchas de moluscos más exóticas de la naturaleza. Limusinas plateadas de enormes proporciones navegaban por las estrechas callejas del barrio francés como indestructibles monstruos marinos. Deslumbrantes torres de oficinas desgarraban el cielo nocturno como obeliscos egipcios al lado de los desvencijados edificios de ladrillo de la vieja Canal Street. Incontables programas de televisión vertían su incesante flujo de imágenes en el aire acondicionado de las habitaciones de hotel.

Pero, en verdad, yo no estaba sufriendo una serie de alucinaciones. El siglo XX había heredado la tierra en todos los sentidos de la expresión.

Y una parte no pequeña de este imprevisto milagro era la inocente curiosidad de las gentes en medio de su libertad y de su prosperidad. El Dios cristiano estaba tan muerto como en el siglo XVIII, y ninguna nueva religión mitológica había ocupado el lugar de la anterior.

Como contrapartida, hasta la gente más sencilla de esta época era impulsada por una vigorosa moralidad secular, más fuerte que cualquier moral religiosa que yo hubiera conocido. Los intelectuales marcaban la pauta, pero, por todo el país, personas muy corrientes y normales se preocupaban apasionadamente de «la paz», «los hombres» y «el planeta», como impulsadas por un celo místico.

En este siglo se proponían eliminar el hambre. Y acabar a toda costa con la enfermedad. Discutían con ardor sobre la ejecución de criminales condenados, sobre el aborto. Y combatían las amenazas de la «contaminación ambiental» y del «holocausto nuclear» con la misma ferocidad con que siglos atrás la había empleado el hombre contra la brujería y las herejías.

En cuanto a la sexualidad, ya no era un asunto envuelto en supersticiones y temores. El tema se había despojado de sus últimas connotaciones religiosas. Por eso la gente se paseaba medio desnuda. Por eso se besaban y se abrazaban por las calles. Ahora se hablaba de ética y de responsabilidad y de la belleza del cuerpo. Había barreras muy efectivas para librarse de un embarazo o del contagio de eventuales enfermedades venéreas. ¡Ah, el siglo XX! ¡Ah, las vueltas que da el mundo! El futuro había sobrepasado mis sueños más descabellados. Había dejado como estúpidos a los agoreros del pasado.

Medité mucho sobre esta moralidad secular libre de pecados, sobre este optimismo, sobre este mundo brillantemente iluminado donde el valor de la vida humana era mayor de lo que había sido nunca.

En la amarillenta penumbra de luz eléctrica de una espaciosa habitación de hotel, me senté ante la pantalla del televisor para ver una película de guerra, asombrosamente bien hecha, titulada Apocalypse Now. Era una gran sinfonía de sonido y color que cantaba a la centenaria batalla del mundo occidental contra el mal. «Debe hacerse amigo del horror y del terror moral», dice el comandante loco en la salvaje jungla camboyana, a lo que el hombre occidental contesta lo que siempre ha respondido: «No.» No. El horror y el terror moral no pueden tener disculpa jamás. No tienen valor real. El mal en estado puro no tiene cabida real.

Y eso significa que yo no tengo cabida, ¿verdad?

Excepto, quizás, en el arte que repudia el mal —los cómics de vampiros, las novelas de horror, los viejos relatos fantásticos del Romanticismo— o en los cantos rugientes de los astros del rock que representan en el escenario las batallas contra el mal que cada mortal libra en su interior.

Aquella desconcertante irrelevancia para el desarrollo general de las cosas era suficiente para que un monstruo surgido del pasado volviera al seno de la tierra, para hacerle enterrarse y llorar. O para hacerle convertirse en un cantante de rock. Bien pensado...

Me pregunté dónde estarían los demás monstruos del pasado. ¿Cómo existirían otros vampiros en un mundo donde cada muerte quedaba registrada en gigantescos ordenadores electrónicos, y donde los cuerpos eran conducidos a criptas refrigeradas? Probablemente, se esconderían en las sombras como repugnantes insectos, como siempre habían hecho, por mucho que filosofaran y celebraran reuniones.

Muy bien: si yo alzara la voz junto a mi grupito de rock, La Noche Libre de Satán, tardaría muy poco en hacerles salir a todos a la superficie.

Continué mi educación en el mundo moderno. Conversé con mortales en estaciones de autobús y gasolineras y en elegantes locales de copas. Leí libros. Me atavié con brillantes ropas de ensueño en las tiendas elegantes. Llevaba camisas blancas de cuello de cisne y chaquetas de safari de color caqui tostado, o lujosas americanas de terciopelo gris con bufanda de cachemira. Me oscurecía el rostro con maquillaje para poder pasar bajo las luces de los supermercados abiertos noche y día, los locales de hamburguesas, las callejas carnavaleras donde se sucedían los clubs nocturnos.

Estaba aprendiendo. Estaba entusiasmado.

Y el único problema que tenía era que escaseaban los asesinos de quienes alimentarse. En este mundo reluciente de inocencia y abundancia, de gentileza y jovialidad y estómagos llenos, los ladrones rebanapescuezos del pasado y sus peligrosos escondrijos portuarios habían casi desaparecido. Así pues, tuve que esforzarme para conseguir una vida. Sin embargo, siempre he sido un cazador y me gustaban los tenebrosos salones de billar, llenos de humo y con una única luz bañando el tapete verde rodeado de ex presidiarios tatuados, tanto como los brillantes clubs nocturnos forrados de satén de los grandes hoteles de cemento. Y cada vez aprendía más cosas de mis presas: los traficantes de drogas, los proxenetas, los asesinos que se juntaban a las pandillas de motoristas. Y estaba más resuelto que nunca a no beber sangre inocente.

Por fin, llegó el momento de visitar a mis vecinos, el grupo de rock La Noche Libre de Satán.

A las seis y media de una tarde de sábado cálida y húmeda, llamé al timbre del cuarto de ensayo del desván. Los hermosos jóvenes estaban echados en el suelo con sus camisas de seda irisadas y sus pantalones de lona ajustados, fumando un poco de marihuana y quejándose de su cochina mala suerte para conseguir «bolos» en el sur.

Parecían unos ángeles bíblicos, con su cabello largo, limpio y desgreñado, y sus movimientos felinos; sus aderezos eran egipcios. Y se maquillaban la cara y los ojos incluso para ensayar.

Me sentí abrumado de excitación y de amor con sólo mirar a aquel trío, Alex y Larry y la apetitosa Dama Dura.

Y en un espeluznante momento en que el mundo pareció quedarse quieto bajo mis pies, les revelé quién era. La palabra «vampiro» no les resultó nada nuevo. En la galaxia donde aquellos jóvenes brillaban, un millar de cantantes habían lucido ya el disfraz teatral de la capa negra y los colmillos.

Pese a todo, revelar aquella verdad prohibida a los mortales me hizo sentir muy extraño. En doscientos años, jamás se la había revelado a nadie que no estuviera ya marcado para convertirse en uno de nosotros. Ni siquiera se lo había confiado nunca a mis víctimas antes de que cerrasen los ojos.

Y ahora, en cambio, se lo dije clara y abiertamente a aquellas hermosas criaturas. Les dije que quería cantar con ellos y que, si confiaban en mí, terminarían ricos y famosos. Que yo les sacaría de aquel desván y les conduciría al gran mundo montados en una ola de ambición sobrenatural y despiadada.

Sus ojos se empañaron mientras me miraban, y la pequeña estancia del siglo XX, de estuco y tablero, se llenó de risas y de entusiasmo.

Me armé de paciencia con ellos. ¿Por qué no iba a hacerlo? Yo sabía que era un demonio y que podía imitar casi todos los sonidos y movimientos humanos, pero, ¿cómo podía hacérselo entender? Me coloqué ante el piano eléctrico y empecé a tocar y a cantar.

Al principio imité las canciones rock, y luego fui evocando viejas letras y melodías, canciones francesas enterradas en lo más profundo de mi alma pero nunca abandonadas del todo, y las fundí con unos ritmos brutales imaginando ante mí un pequeño teatro parisiense, abarrotado allí lejos en un tiempo de hacía cientos de años. Un peligroso apasionamiento henchía mi ser, casi amenazando mi equilibrio. Era peligroso que aquel sentimiento surgiera tan pronto. Pese a ello, continué cantando y golpeando las bruñidas teclas blancas del piano eléctrico, y algo se me rasgó en el alma. No importaba que aquellas tiernas criaturas mortales que me rodeaban no lo supieran nunca.

Me bastaba con que estuvieran exultantes, que les encantara aquella música espectral e inconexa, que estuvieran gritando, que vieran un futuro de prosperidad; me bastaba con ver en ellos nacer y crecer el ímpetu del que habían carecido hasta entonces. Conectaron las grabadoras y empezamos a tocar y a cantar juntos, haciendo lo que llamaban una jam session. El desván se llenó del aroma de su sangre y de nuestras atronadoras canciones. A continuación, sin embargo, recibí una sorpresa como nunca había imaginado ni en mis sueños más extraños, algo tan extraordinario como la propia revelación que hacía un rato había yo hecho a aquellas criaturas. De hecho, resultó tan abrumadora que me habría podido impulsar a retirarme de su mundo y volver a enterrarme.

No quiero decir con ello que habría vuelto a caer en el estado de sopor profundo, pero seguramente me habría apartado de La Noche Libre de Satán y me habría pasado unos cuantos años vagando, aturdido y tratando de recuperarme del golpe.

Lo que sucedió fue que los dos chicos —Alex, el delgado y nervudo batería de aspecto delicado, y su rubio hermano, Larry, el más alto— reconocieron mi nombre cuando les revelé que era Lestat.

No sólo lo reconocieron, sino que lo relacionaron con toda una serie de informaciones acerca de mí que habían leído en un libro.

De hecho, les pareció magnífico que no pretendiera ser un vampiro cualquiera. Ni, por supuesto, el conde Drácula. Todo el mundo estaba harto del conde Drácula. Los jóvenes consideraron maravilloso que me hiciera pasar por el vampiro Lestat.

—¿Cómo que «hacerme pasar»? —protesté, pero ellos se burlaron de mi exagerada teatralidad, de mi acento francés.

Les contemplé durante unos instantes y probé a sondear sus pensamientos. Por supuesto, no había esperado que me creyeran un vampiro de verdad; pero que hubieran leído algo sobre un vampiro de ficción con un nombre tan insólito como el mío... ¿qué explicación tenía?

Noté que empezaba a perder la confianza en mí mismo. Y cuando pierdo la confianza, mis poderes se resienten. El pequeño estudio de ensayo pareció empequeñecer, y los instrumentos, los cables y las antenas tenían algo de insectos amenazadores.

—Enseñadme ese libro —dije entonces. Los chicos trajeron de la otra habitación una pequeña novela en edición barata que se caía en pedazos. La encuadernación había desaparecido, la cubierta estaba rota y el libro se mantenía junto gracias a una goma elástica.

Tuve una especie de escalofrío sobrenatural al contemplar la cubierta. Entrevista con el vampiro. Trataba de un muchacho mortal que conseguía de uno de los no muertos que le contara su historia.

Con permiso de los jóvenes, pasé a la otra habitación, me eché en la cama y empecé a leer. Cuando llevaba leída más de la mitad, cerré el libro y dejé la casa de los músicos. Me detuve de pie con el libro bajo una farola de la calle, y allí permanecí hasta que lo hube terminado. Luego lo guardé con cuidado en el bolsillo interior de la chaqueta. No volví a presentarme ante el grupo hasta siete noches después.

Durante gran parte de ese tiempo continué deambulando, surcando la noche en mi moto Harley-Davidson con las Variaciones Goldberg, de Bach, sonando a todo volumen. Y continué preguntándome: «¿Qué quieres hacer ahora, Lestat?»

El resto del tiempo lo dediqué a estudiar con renovado interés. Leía los gruesos volúmenes de historias y enciclopedias de la música rock, las crónicas de sus principales artistas. Escuchaba discos y estudiaba en silencio cintas de vídeo de conciertos. Y, cuando la noche quedaba vacía y en calma, oía las voces de Entrevista con el vampiro cantándome como si lo hicieran desde la tumba. Leí el libro una y otra vez; y por fin, en un momento de furia y desdén, lo rompí en pedazos.

Finalmente, tomé una decisión.

Me reuní con mi joven abogada, Christine, en el despacho a oscuras del rascacielos de oficinas, sin más luces que las del centro urbano para vernos. La muchacha tenía un aspecto encantador, recortada contra la pared acristalada; tras ésta, los edificios en penumbra formaban un paisaje áspero en el que ardía un millar de antorchas.

—Ya no basta con que mi pequeño grupo de rock tenga éxito —le dije—. Debemos crearnos una fama que lleve mi voz y mi nombre a los más remotos rincones del mundo.

Con palabras inteligentes y pausadas, como suelen hacer los abogados, Christine me aconsejó que no arriesgara mi fortuna. Sin embargo, cuando insistí con obsesiva confianza, aprecié cómo la iba seduciendo, cómo se disolvía lentamente su sentido común.

—Para las filmaciones y vídeos, quiero los mejores directores franceses —le indiqué—. Debes traerlos aquí de Nueva York y de Los Ángeles. Hay dinero de sobra para eso. Y, sin duda, aquí podrás encontrar los estudios donde preparar nuestra obra. Sobre esos jóvenes productores de grabación que hacen las mezclas de sonido, también debes traer los mejores. No importa cuánto invirtamos en esta empresa. Lo importante es que esté bien organizada y que hagamos el trabajo en secreto hasta el momento de la presentación, cuando nuestros álbumes y filmaciones aparezcan al mismo tiempo que el libro que me propongo escribir.

Finalmente, la cabeza de la abogada se llenó de sueños de riqueza y poder. Su estilográfica se deslizaba rauda mientras tomaba notas.

¿Y cuáles eran mis sueños mientras seguía hablándole? Soñaba con una rebelión sin precedentes, con un magno y aterrador desafío a los de mi especie en todo el mundo.

—Respecto a los vídeos —dije—, debes encontrar directores que lleven a cabo mis visiones. Los filmes serán consecutivos y contarán la misma historia que el libro que quiero escribir. En cuanto a las canciones, muchas de las cuales he compuesto ya, debes ocuparte de encontrar los mejores instrumentos; sintetizadores, guitarras eléctricas, violines, sistemas de sonido de primera categoría. Más tarde nos ocuparemos de otros detalles: el diseño de las indumentarias de vampiros, el modo de presentación ante las emisoras de televisión de música rock, la organización de nuestro primer concierto con público en San Francisco... Todo eso lo estudiaremos a su debido tiempo. Lo importante ahora es que hagas las llamadas telefónicas precisas, que consigas la información que necesitas para empezar.

No volví a ver a los chicos de La Noche Libre de Satán hasta haber cerrado los acuerdos previos y haber estampado las primeras firmas. Una vez fijadas las fechas y alquilados los estudios, formalizamos los contratos definitivos.

A continuación, Christine me acompañó a adquirir una enorme limusina para mis queridos jóvenes músicos, Larry y Alex y la Dama Dura. Teníamos una enorme cantidad de dinero y una serie de papelotes que firmar.

Bajo los robles amodorrados de aquella tranquila calle de Garden District, llené de champán sus brillantes copas de cristal.

—¡Por El Vampiro Lestat! —brindamos todos a la luz de la luna. Aquél iba a ser el nuevo nombre del grupo; y también iba a ser el título del libro que me proponía escribir. La Dama Dura me echó al cuello sus bracitos apetitosos y nos besamos con ternura entre las risas generales y los vapores del vino. ¡Ah, el olor a sangre inocente!

Y cuando los músicos se hubieron marchado en el imponente vehículo tapizado en terciopelo, di un paseo en solitario hacia St. Charles Avenue bajo la noche refrescante, pensando en el peligro que iban a correr mis pequeños amigos mortales.

El peligro no provendría de mí, por supuesto. Pero cuando el largo período de secreto terminara, los tres muchachos se encontrarían, sin comerlo ni beberlo, en el centro de la atención internacional, tras la siniestra y osada figura de su líder y cantante. «Muy bien —pensé—: yo les rodearía de guardaespaldas y moscones en todo momento y lugar. Les protegería de otros inmortales como mejor pudiera. Y si los inmortales seguían comportándose como en los viejos tiempos, nunca se arriesgarían a un vulgar enfrentamiento con un grupo de humanos mortales como aquél.»

Mientras recorría la bulliciosa avenida, oculté mis ojos tras unas gafas de sol reflectantes. Monté en el desvencijado tranvía de St. Charles para llegar hasta el centro de la ciudad. Luego, abriéndome paso entre los transeúntes de aquellas primeras horas de la noche, entré casualmente en una elegante librería de dos plantas llamada De Ville Books y me detuve ante el pequeño ejemplar de bolsillo de Entrevista con el vampiro que descubrí en una estantería.

Me pregunté cuántos de mi especie se habrían fijado en el libro. De momento, no importaban los mortales, que lo consideraban una obra de ficción. ¿Cómo reaccionarían los otros vampiros? Porque, si existe una ley que todos los vampiros consideran sagrada es no hablar nunca de nosotros a los mortales. Uno no revela nunca sus «secretos» a un humano, a menos que pretenda transmitir a éste el Don Oscuro de nuestros poderes. Un inmortal no revela el nombre de sus congéneres, ni dónde puedan tener su guarida.

Mi amado Louis, el narrador de Entrevista con el vampiro, se había saltado todas estas normas. Había ido mucho más allá que yo con mi reducida revelación a los muchachos del conjunto: él se lo había contado a miles de lectores. Sólo le había faltado trazar un plano y marcar con un aspa el lugar exacto de Nueva Orleans donde yo reposaba, aunque no quedaba claro hasta qué punto lo conocía de verdad, ni cuáles eran sus intenciones.

Fuera como fuese, lo cierto era que otros vampiros lo perseguirían hasta atraparle por lo que había hecho. Y había formas muy sencillas de destruir a un vampiro, sobre todo en estos tiempos. Si aún seguía existiendo, Louis era ahora un proscrito y viviría bajo la permanente amenaza de nuestra propia especie, más terrible de la que podría suponer jamás ningún mortal.

Aquél era un motivo más para mis deseos de que el libro y el grupo El Vampiro Lestat alcanzaran la fama lo antes posible. Tenía que encontrar a Louis. Era preciso que hablara con él. En realidad, después de leer su relato de cómo habían sucedido las cosas, ansiaba verle, anhelaba sus ilusiones románticas e incluso su falta de honradez. Anhelaba incluso su caballerosa malicia y su presencia física, el sonido engañosamente suave de su voz.

Por supuesto, algo tiraba de mí pidiéndome odiarle por las mentiras que decía de mí, pero el amor que sentía por él era mucho más fuerte que la inclinación hacia ese odio. Louis había compartido conmigo los años oscuros y románticos del siglo XIX, era mi compañero como no lo había sido ningún otro inmortal.

Y ansiaba escribir mi libro por él, no como respuesta a su maliciosa Entrevista con el vampiro, sino para narrar todo lo que yo había visto y aprendido antes de entrar en contacto con él, la historia que no había tenido ocasión de contarle en el pasado.

Ahora, a mí tampoco me importaban ya las viejas normas.

Quería saltármelas todas. Y quería usar el conjunto musical y el libro para hacer aparecer no sólo a Louis, sino también a todos los otros demonios que había conocido y amado a lo largo del tiempo. Quería encontrar a los perdidos, despertar a quienes dormían como yo lo había hecho.

Antiguos y recién llegados, hermosos y perversos y locos y despiadados... todos vendrían a por mí cuando contemplaran los vídeos y escucharan los discos, cuando toparan con el libro en los escaparates de las tiendas y supieran exactamente dónde encontrarme. Yo sería Lestat, la superestrella del rock. Sí, que vinieran a San Francisco para mi primera actuación en público. Allí estaría.

Pero había otra razón para mi aventura... una razón todavía más peligrosa, más desquiciada y placentera. Quería que los mortales supieran de nuestra existencia. Quería proclamarla al mundo igual que la había revelado a Alex, Larry y la Dama Dura, y a mi dulce abogada, Christine.

Y no importaba que ellos no me creyeran. No importaba que pensaran que todo era un montaje. La realidad era que, después de dos siglos de clandestinidad, yo aparecía abiertamente entre los mortales. Pronunciaba mi nombre en voz alta, declaraba sin temor mi condición... ¡Existía!

También en esto, sin embargo, iba mucho más allá que Louis. Su historia, pese a sus peculiaridades, había pasado por mera ficción. En el mundo mortal, su libro era tan inocuo como los decorados del viejo Teatro de los Vampiros en el París donde los locos habían simulado ser actores interpretando papeles de locos en un escenario remoto e iluminado a gas.

Yo saldría ante las cámaras bajo los focos como soles. Extendería las manos y tocaría con mis dedos helados un millar de manos cálidas y deseosas de asirlos. Primero les aterrorizaría, si era posible, y luego, si podía, les hechizaría y les convencería de la verdad.

Y suponed —suponedlo sólo— que cuando los cadáveres empezaran a aparecer en cantidades cada vez mayores, que cuando los más próximos a mí empezaran a prestar atención a sus inevitables sospechas... ¡imaginad que el montaje dejara de serlo y se hiciera real!

¿Qué sucedería si mi público se convencía, si comprendía realmente que este mundo todavía albergaba al vampiro, aquel ser demoníaco surgido del pasado...? ¡Ah, qué grande y gloriosa guerra libraríamos entonces!

Los vampiros seríamos conocidos; ¡y perseguidos y combatidos por el hombre en aquella brillante selva urbana como ningún otro monstruo mítico lo había sido jamás!

¿Cómo podía no encantarme esa idea? ¿Cómo no iba a merecer la pena correr el mayor peligro, sufrir la más total y atroz derrota? Incluso en el momento de la destrucción, me sentiría más vivo que nunca.

Pero, a decir verdad, no creía que llegáramos nunca a eso, a que los mortales creyeran en nosotros. Los mortales nunca me han dado miedo.

La guerra que iba a desencadenarse era la otra, ésa en la que todos mis compañeros se me unirían... o vendrían juntos a combatirme.

Ésa era la auténtica razón de que existiera el conjunto El Vampiro Lestat. Ése era el juego por el que había apostado.

Pero esa otra posibilidad deliciosa de que se produjeran realmente la revelación y el desastre... ¡En fin, eso le añadiría mucho interés al asunto!

Dejé atrás el deprimente erial de Canal Street y subí de nuevo la escalera hasta mis aposentos en el anticuado hotel del barrio francés. Era un lugar tranquilo y adecuado para mí, con las estrechas callejas de casitas de estilo español del Vieux Carré, que tan bien conocía, extendiéndose bajo las ventanas.

Puse en el aparato gigante de televisión la cinta de Muerte en Venecia, la hermosa película de Visconti. En cierta escena, un actor decía que el mal era una necesidad. Que era alimento para el espíritu.

No lo creí, pero deseé que fuera cierto. Así podría ser simplemente Lestat, el monstruo, ¿no es cierto? ¡Y yo tenía siempre un gran talento para monstruo! ¡Ah, en fin...!

Puse un nuevo disquete en el ordenador portátil y empecé a escribir la historia de mi vida.

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LA EDUCACIÓN JUVENIL Y LAS AVENTURAS DEL VAMPIRO LESTAT

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PRIMERA PARTE

LA APARICIÓN DE LELIO

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1

El invierno en que cumplí veintiún años, salí a caballo en solitario para acabar con una manada de lobos.

Esto sucedía en las tierras de mi padre, en la región francesa de Auvernia, durante las últimas décadas que precedieron a la Revolución Francesa.

Era el peor invierno que yo recordaba, y los lobos se dedicaban a robar las ovejas de nuestros campesinos e incluso merodeaban de noche por las calles del pueblo.

Aquéllos eran años amargos para mí. Mi padre era el marqués; y yo, su séptimo hijo y el menor de los tres que habían sobrevivido hasta la edad adulta, no tenía derechos al título ni a las tierras y carecía de perspectivas. Así habrían sido las cosas para un hijo menor aunque la mía hubiera sido una familia acaudalada, pero todas nuestras riquezas se habían consumido mucho tiempo atrás. Augustin, mi hermano mayor y heredero legítimo de cuanto poseíamos, había gastado la pequeña dote de su esposa no bien se había casado.

El castillo de mi padre, sus posesiones y el pueblo cercano constituían todo mi universo. Y yo era inquieto de nacimiento: era el soñador, el irritado, el protestón. No soportaba quedarme junto al fuego charlando de viejas guerras y de los tiempos del Rey Sol. La historia no significaba nada para mí.

Pero, en ese mundo sombrío y anticuado, me había convertido en el cazador y pescador. Yo traía el faisán, el venado y la trucha de los torrentes de montaña —todo lo que necesitábamos y se dejaba cazar—, para alimentar a la familia. A esas alturas de mi existencia, la caza y la pesca se habían convertido en mi vida y, al mismo tiempo, en unas actividades que yo no compartía con nadie más. Y era una suerte que me dedicara a ellas, pues había años en que, sin las piezas que cobraba, nos habríamos muerto literalmente de inanición.

Por supuesto, cazar y pescar en las tierras y ríos de los antepasados de uno eran ocupaciones de nobles, y únicamente nosotros teníamos derecho a hacerlo. Ni el más rico de los burgueses podía alzar su arma en mis bosques o probar suerte en sus arroyos. Pero, en contrapartida, el burgués no necesitaba ni empuñar un arma. Él tenía el dinero.

Dos veces en mi vida había intentado escapar de aquella existencia, y sólo había conseguido que me devolvieran a ella con las alas rotas. Pero de eso ya hablaré más adelante.

Ahora recuerdo la nieve que cubría todas aquellas montañas, y los lobos que asustaban a los campesinos y nos robaban las ovejas. Y pienso en el viejo dicho que corría por Francia aquellos días, según el cual si uno vivía en Auvernia, no podía llegar nunca más allá de París.

Entended que, como yo era el amo y el único en la familia capaz todavía de montar a caballo y disparar un arma, era lógico que los aldeanos acudieran a mí para quejarse de los lobos y pedirme que los matara. Y era mi deber hacerlo.

Tampoco sentía el menor temor a los lobos. En toda mi vida no había visto ni tenido noticia de que un lobo atacara a un hombre y, por mí, los habría exterminado con veneno, pero la carne, sencillamente, escaseaba demasiado, y la de los lobos me servía como cebo.

Así pues, a primera hora de una mañana muy fría de enero, tomé las armas para matar a los lobos uno por uno. Disponía de tres pistolas de chispa y de un excelente fusil del mismo tipo, y me llevé las cuatro piezas junto con mis mosquetes y la espada de mi padre. Cuando ya me disponía a dejar el castillo, añadí a este pequeño arsenal un par de armas antiguas a las que no había prestado atención hasta aquel momento.

Nuestro castillo estaba lleno de viejas armaduras. Mis antepasados habían combatido en incontables guerras feudales desde los tiempos de las Cruzadas, con san Luis, y, colgada en las paredes sobre los chirriantes trajes de metal, había una gran cantidad de lanzas, hachas de guerra y mazas.

Esa mañana tomé conmigo dos de estas últimas, una especie de garrote con puntas metálicas y una maza de estrella de buen tamaño, consistente en una bola de hierro unida a una cadena y a un mango, que podía descargarse con inmensa fuerza contra un atacante.

Recordad que estamos en el siglo xviii, la época en que los parisienses de peluca blanca caminaban de puntillas con zapatillas de satén de tacón alto, tomaban rapé y se daban toquecitos en la nariz con pañuelos de encaje.

Y, mientras, yo salía de caza con botas de cuero sin curtir y abrigo de piel de ante, con aquellas armas antiguas atadas a la silla y mis dos mejores mastines a mi lado, con sus collares de puntas metálicas.

Ésa era mi vida. Idéntica a la que podría haber llevado en la Edad Media. Y yo sabía suficientes cosas de los viajeros ricamente ataviados que pasaban por el camino de postas; ellos me permitían apreciar nuestras profundas diferencias. Los nobles de la capital llamaban «cazaconejos» a los caballeros de provincias como nosotros. Naturalmente, nosotros nos burlábamos de ellos llamándolos lacayos del rey y de la reina. Nuestro castillo había resistido mil años, y ni siquiera el gran cardenal Richelieu, en su guerra contra nuestra clase, había conseguido derribar sus viejas torres. De todos modos, como ya he dicho antes, yo no le prestaba mucha atención a la historia.

Mientras cabalgaba montaña arriba, me sentía desgraciado y furioso.

Deseé librar una buena batalla con los lobos. Según los aldeanos, había cinco animales en la manada, y yo tenía mis armas y dos perros de mandíbulas poderosas, capaces de partirle en un instante el espinazo a una alimaña.

Avancé más de una hora por las laderas a lomos de mi yegua, hasta llegar a un pequeño valle que conocía lo suficiente como para no dejarme confundir por la nieve caída. Y cuando empecé a cruzar la amplia y yerma hondonada en dirección a los árboles desnudos del bosque, escuché el primer aullido.

Segundos después, llegó otro y, a continuación, un tercero; el coro cantaba con tal armonía que no pude precisar el número de animales de la manada. Sólo tuve la certeza de que me habían visto y de que se hacían señales para reunirse; que era precisamente lo que yo había esperado que hicieran.

Creo que en ese instante no tenía miedo alguno, pero, de todos modos, sentí algo que me erizó el vello de los brazos. El campo, en toda su inmensidad, parecía vacío. Preparé las armas y ordené a los perros que dejaran de gruñir y me siguieran, mientras una vaga sensación me urgía a darme prisa en salir del campo abierto y ponerme al abrigo de los árboles.

Los perros dieron la alarma con sus roncos ladridos. Volví la cabeza y vi a los lobos a cientos de metros, avanzando raudos hacia mí, por el valle nevado. Eran tres enormes lobos grises los que me seguían, en fila india.

Aceleré el paso de la yegua hacia el bosque.

Parecía que no me costaría llegar a éste antes de que los tres lobos me dieran alcance, pero estos animales son tremendamente listos y, mientras galopaba hacia los árboles, vi aparecer delante de mí, hacia la izquierda, al resto de la manada: cinco ejemplares adultos. Había caído en una emboscada y no conseguiría llegar a tiempo a la protección de los troncos. Y la manada la componían ocho lobos, no cinco, como me habían asegurado los aldeanos.

Ni siquiera entonces tuve el suficiente buen juicio para sentir miedo. No tuve en cuenta el hecho evidente de que aquellos animales debían de estar muy hambrientos o no se habrían acercado tanto al pueblo. Su natural reserva hacia el hombre había desaparecido por completo.

Me apresté a la batalla. Colgué la maza al cinto y apunté con el fusil. Abatí a un gran macho a unos metros de distancia y tuve tiempo de volver a cargar mientras mis perros y la manada se atacaban.

Las alimañas no podían hacer presa en el cuello de los perros debido a los collares de afiladas puntas metálicas y, en la primera escaramuza, mis animales no tardaron en dar cuenta de uno de los lobos con sus poderosas mandíbulas. Volví a disparar y abatí otro.

Pero la manada había rodeado a los perros. Mientras yo seguía disparando, cargando lo más deprisa que podía y tratando de apuntar bien para no darles a los perros, vi que el menor de éstos caía con las patas traseras rotas. La sangre formaba regueros en la nieve, el segundo perro se mantuvo aparte de la manada mientras ésta trataba de devorar a su agonizante compañero, pero, apenas un par de minutos más tarde, los lobos también le habían abierto el vientre y yacía muerto.

Mis mastines, como ya he dicho, eran animales muy fuertes que yo mismo había alimentado y entrenado, y cada uno pesaba más de noventa kilos. Siempre me los llevaba a cazar y, aunque ahora hablo de ellos como simples perros, entonces sólo los trataba por el nombre y, al verlos morir, comprendí por primera vez a qué me enfrentaba y qué podía suceder.

Pero todo esto había ocurrido en cuestión de minutos.

Cuatro lobos yacían muertos y otro estaba malherido sin remedio. Pero aún quedaban tres más, uno de los cuales había detenido su salvaje festín con las entrañas de los perros para fijar en mí sus ojos rasgados.

Disparé el fusil, fallé, disparé el mosquete, y la yegua se encabritó mientras el lobo se lanzaba hacia mí. Como movidos por cuerdas, los otros lobos se volvieron, abandonando también sus presas recién muertas. Sacudí bruscamente las riendas y dejé que mi montura corriera a su aire, en línea recta hacia la protección del bosque.

No volví la cabeza ni siquiera cuando escuché los gruñidos y los chasquidos de las mandíbulas casi a mi altura. Pero entonces noté la dentellada de los colmillos en el tobillo. Tomé el otro mosquete, me volví a la izquierda y disparé. Me pareció que el lobo se erguía sobre las patas traseras, pero quedó fuera de mi visión demasiado pronto para asegurarlo, al tiempo que la yegua se encabritaba otra vez. Estuve a punto de caer y noté que sus ancas cedían bajo mi cuerpo.

Casi habíamos alcanzado el lindero del bosque y desmonté antes de que la yegua terminara de caer. Me quedaba una pistola cargada. Me volví, sostuve el arma con ambas manos, apunté de lleno al lobo que se lanzaba sobre mí y le volé el cráneo.

Quedaban ahora dos alimañas. La yegua emitía unos estentóreos relinchos que se convirtieron en un agudo alarido de agonía, el sonido más terrible que he oído nunca a criatura alguna. Los dos lobos habían caído sobre ella.

Di unos rápidos pasos sobre la nieve, notando la solidez de la tierra rocosa bajo mis pies, y llegué a los árboles. Si lograba encaramarme a uno, podría cargar de nuevo las armas y disparar a los lobos desde arriba. Sin embargo, no vi un solo tronco con las ramas lo bastante bajas para trepar por ellas.

Probé a subir por un tronco, pero mis pies resbalaron en la corteza helada y caí de nuevo al suelo mientras los lobos se acercaban. No me daba tiempo a cargar la única pistola que me quedaba. Tendría que valerme sólo de la maza de estrella y la espada, pues el garrote se me había caído hacía un buen trecho.

Creo que, mientras me ponía a duras penas en pie, me di cuenta de que probablemente iba a morir. Sin embargo, en ningún momento me pasó por la cabeza rendirme. Estaba enloquecido, lleno de furia. Casi gruñendo, hice frente a las alimañas y miré directamente a los ojos al más próximo de los dos lobos.

Abrí las piernas para afirmarme sobre el terreno. Con la maza en la mano izquierda, desenvainé la espada con la diestra. Los lobos se detuvieron. El primero, después de sostenerme la mirada, agachó la cabeza y trotó unos pasos hacia un lado. El otro esperó, como si estuviera pendiente de alguna invisible señal. El primero volvió a mirarme un momento con aquel aire extrañamente tranquilo, y luego se lanzó hacia delante.

Empecé a voltear la maza de modo que la bola con puntas formara círculos a mi alrededor. Capté mis propios jadeos, casi gruñidos, y me di cuenta de que tenía las rodillas dobladas como para saltar adelante. Dirigí el arma hacia el costado de la mandíbula del animal, impulsándola con todas mis fuerzas, pero no conseguí más que rozarle.

El lobo se apresuró a alejarse y su compañero se puso a correr en círculos a mi alrededor, avanzando de vez en cuando hacia mí y retirándose inmediatamente.

No sé cuánto rato se prolongó esto, pero entendí claramente su estrategia. Los lobos se proponían fatigarme y tenían la fuerza y la astucia necesarias para conseguirlo. Para ellos, la caza se había convertido en un juego.

Yo daba vueltas, lanzaba golpes, me defendía hasta casi caer de rodillas en la nieve. Probablemente, el lance no duró más de media hora, pero no hay modo de medir el tiempo en una situación así.

Y, cuando las piernas empezaron a fallarme, intenté una jugada desesperada. Me quedé inmóvil, con los brazos caídos y las armas a los costados. Y los lobos se acercaron para acabar conmigo de una vez, como yo esperaba que hicieran.

En el último instante, volteé la maza, noté cómo la bola golpeaba el hueso, vi la cabeza del lobo levantada a mi derecha y, con el filo de la espada, le abrí la garganta de un tajo.

El otro lobo ya estaba a mi lado y noté cómo sus dientes desgarraban mis pantalones. El animal podía desencajarme la pierna en cuestión de segundos, pero descargué la espada contra el costado de su hocico, reventándole el ojo. La bola de la maza cayó a continuación sobre el lobo y éste soltó la presa. Con un salto hacia atrás, encontré el espacio suficiente para mover la espada otra vez y la hundí hasta la empuñadura en el tórax del animal antes de retirarla de nuevo.

Todo había terminado.

La manada estaba exterminada y yo seguía vivo.

Y los únicos sonidos en el valle solitario cubierto de nieve eran mi propia respiración y los quejumbrosos relinchos de mi yegua moribunda, que yacía a unos metros de mí.

No estoy seguro de que me hallara en mis cabales, en ese instante. No estoy seguro de que las cosas que me pasaran por la mente fueran pensamientos. Tenía ganas de dejarme caer en la nieve y, sin embargo, me encontré alejándome de los lobos en dirección a mi agonizante montura.

Cuando estuve más cerca de ella, la yegua alzó el cuello, luchó por incorporarse sobre sus patas delanteras y volvió a emitir uno de aquellos agudísimos alaridos de súplica. El eco repitió el sonido en las montañas. Y pareció llevarlo hasta el cielo. Me quedé mirándola, contemplando su cuerpo roto y oscuro contra la blancura de la nieve, sus cuartos traseros inútiles y el forcejeo de sus patas delanteras, su hocico alzado hacia el cielo, las orejas echadas atrás y los ojos enormes casi en blanco al emitir sus gimientes relinchos. Parecía un insecto con la mitad posterior aplastada contra el suelo, pero no se trataba de ningún insecto. Era mi yegua, mi agonizante yegua. Vi que trataba de incorporarse otra vez.

Tomé el fusil de la silla, lo cargué y, mientras ella seguía agitando la cabeza y trataba en vano, una vez más, de ponerse en pie con su lastimero alarido, le descerrajé un tiro en el corazón.

Ahora, la yegua parecía en paz. Yacía inmóvil y sin vida, la sangre manaba de ella y el valle había quedado en silencio. Yo estaba temblando. Escuché un desagradable sonido sofocado que salía de mi garganta y vi caer los vómitos en la nieve antes de darme cuenta de que eran míos. Me sentía envuelto por el olor de los lobos, y por el de la sangre. Cuando intenté caminar, estuve a punto de caer rodando.

Sin embargo, sin detenerme ni siquiera un instante, volví entre los lobos muertos y llegué junto al que casi había acabado conmigo, el último en morir. Me lo eché a los hombros y, cargado así, emprendí el trayecto de vuelta al castillo.

Probablemente tardé un par de horas. Como antes, no sé cuánto tiempo transcurrió. Pero lo que había aprendido o sentido mientras combatía a aquellos lobos, fuera lo que fuese, continuó calando en mi mente incluso mientras caminaba. Cada vez que tropezaba o caía, algo en mi interior se endurecía, se volvía peor.

Cuando llegué a las puertas del castillo, creo que ya no era Lestat. Era alguien completamente distinto cuando entré tambaleándome en el gran salón portando sobre los hombros aquel lobo. El calor del cadáver ya había disminuido mucho, y el repentino fulgor de las llamas me irritó los ojos. Me sentía completamente extenuado.

Y aunque empecé a hablar cuando vi a mis hermanos levantarse de la mesa y a mi madre dándole unas palmaditas en las manos a mi padre, que ya estaba ciego y quería saber qué sucedía, no recuerdo qué dije. Sé que tenía una voz muy apagada y la sensación de estar describiendo en términos muy simples lo sucedido. «Y entonces esto... y entonces lo otro...» En este mísero estilo.

Pero, de pronto, mi hermano Augustin me devolvió a la realidad. Se acercó a mí, con la luz del fuego a su espalda, e interrumpió claramente el murmullo monótono de mis palabras con su voz:

—¡Cerdo embustero! —masculló fríamente—. ¡Tú no has matado ocho lobos!

En su rostro se reflejaba una torva expresión de desprecio, pero lo más notable fue otra cosa: casi en el mismo instante de pronunciar esas palabras, mi hermano se dio cuenta, por alguna razón, de que con sus palabras acababa de cometer un grave error.

Tal vez fue mi expresión. Tal vez fue el murmullo indignado de mi madre o el silencio elocuente de mi otro hermano. Probablemente fue mi mirada. Fuera lo que fuese, la reacción fue casi instantánea y en el rostro de Augustin se reflejó la más curiosa mueca de turbación.

Empezó a balbucir lo increíble que resultaba, y que debía haber estado al borde de la muerte y que haría preparar de inmediato un buen caldo para mí y todas esas cosas, pero no sirvió de nada. Lo que había sucedido en aquel breve instante era irreparable.

Debí de perder el conocimiento. Y, cuando lo recuperé, estaba tendido sobre la cama, a solas. Los perros no estaban en la cama conmigo, como siempre en invierno, porque los dos estaban muertos; aunque el fuego del hogar no estaba encendido, me metí bajo las mantas, sucio y ensangrentado, y caí en un profundo sueño.

Permanecí en la habitación durante días.

Supe que los aldeanos habían subido a la montaña, encontrado los lobos y traído sus restos al castillo; Augustin vino a verme para contármelo, pero no le contesté.

Pasó tal vez una semana. Cuando pude tolerar de nuevo la cercanía de otros canes, bajé a la perrera y escogí dos cachorros ya un poco crecidos para que me hicieran compañía. Por la noche dormía entre ellos.

Los criados entraban y salían, pero nadie me molestó.

Y por fin, en silencio y casi sigilosamente, entró en la alcoba mi madre.

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2

Ya había anochecido. Yo estaba sentado en la cama con uno de los perros tendido a mi lado y el otro tumbado bajo mis rodillas. El fuego crepitaba.

Y entonces hizo aparición por fin mi madre, como debería haber esperado que sucedería.

La reconocí por su especial modo de moverse en las sombras; y, mientras que de haber sido otra persona quien se acercaba la habría echado a gritos, a ella no le dije nada. Yo sentía por mi madre un amor profundo e inconmovible. No creo que nadie más lo sintiera. Y una cosa que siempre me hacía quererla era que jamás decía nada vulgar. Expresiones como «cierra la puerta», «toma la sopa», «quédate quieto en la silla» no salían jamás de sus labios. Se pasaba el día leyendo y, de hecho, era el único miembro de la familia que tenía cierta educación. Así pues, cuando mi madre hablaba era realmente para decir algo. Por eso no me molestó su presencia en aquellos momentos.

Al contrario, despertó mi curiosidad. ¿Qué me diría? ¿Y serviría de algo que lo hiciera? Yo no había querido que acudiera, ni siquiera había pensado en ella, y no aparté los ojos del fuego para así poder mirarla.

Con todo, había entre nosotros un profundo entendimiento. Cuando me habían traído de vuelta al castillo tras mi intento de huida, había sido ella quien me mostró el camino para recuperarme del dolor que el asunto me causó. Había obrado milagros conmigo, aunque nadie a nuestro alrededor llegó a darse cuenta nunca.

Su primera intervención se había producido cuando yo tenía doce años, y el viejo párroco, que me había enseñado unos poemas de memoria y a leer un par de himnos en latín, quiso enviarme a la escuela en un monasterio cercano.

Mi padre se negó y dijo que podía aprender en mi propia casa todo lo que debía saber. Fue mi madre la que levantó la vista de sus libros para iniciar una batalla dialéctica con él, a base de gritar y vociferar. Yo iría a esa escuela, afirmó, si lo deseaba. Tras esto, vendió una de sus joyas para pagarme libros y ropa. Todas las joyas las había heredado de una abuela italiana, y cada una tenía su historia; seguro que fue una decisión dura para ella, pero la tomó al instante.

Mi padre se enfadó y le recordó que, de haber sucedido aquello antes de perder la vista, su voluntad se habría impuesto sin la menor discusión. Mis hermanos le aseguraron que su hijo menor no iba a estar mucho tiempo fuera. Volvería corriendo, decían, tan pronto como me obligaran a hacer algo que no quisiera.

Pues bien, no volví corriendo a casa. La escuela del monasterio me encantó.

Me encantaron la capilla y los himnos, la biblioteca con sus miles de viejos volúmenes, las campanadas que dividían la jornada y los ritos siempre repetidos. Me gustaba la limpieza del lugar, el hecho aleccionador de que todas las cosas allí se cuidaban y reparaban, que el trabajo nunca cesaba a lo largo y ancho del gran edificio y de los jardines.

Cuando alguien me corregía, lo cual no sucedía a menudo, me producía una profunda felicidad saber que, por primera vez en mi vida, alguien trataba de convertirme en una buena persona, alguien era consciente de que yo podía aprender cosas.

Al cabo de un mes, declaré mi vocación. Aspiraba a entrar en la orden. Deseaba pasar la vida en aquellos claustros inmaculados, en la biblioteca, escribiendo sobre pergamino y aprendiendo a leer los libros antiguos. Quería enclaustrarme para siempre con una gente que creía que yo podía ser bueno si quería.

Allí me apreciaban, y tal cosa me resultaba de lo más inusual. En aquel lugar, nadie se molestaba ni se irritaba conmigo.

El padre superior escribió de inmediato a mi casa pidiendo permiso para mi ingreso y, francamente, pensé que a mi padre le alegraría librarse de mí.

Pero, tres días después, llegaron mis hermanos para llevarme a casa con ellos. Lloré y supliqué que no me llevaran, pero el padre superior no podía hacer nada en mi favor.

No bien estuvimos de vuelta en el castillo, mis hermanos me quitaron los libros y me encerraron. Yo no lograba entender por qué estaban tan enfadados, aunque capté la insinuación de que, de algún modo, me había portado como un estúpido. Yo no podía dejar de llorar y no hacía más que dar vueltas y vueltas en la estancia, descargaba mis puños sobre los objetos que contenía y lanzaba puntapiés sobre la puerta.

Después, mi hermano Augustin empezó a entrar de vez en cuando para hablar conmigo. Al principio, Augustin dio muchos rodeos, pero, finalmente, quedó de manifiesto que un miembro de una gran familia francesa no iba a terminar como un pobre hermano lego. ¿Cómo podía haber malinterpretado yo la situación hasta aquel punto? Si me habían enviado al monasterio, era sólo para que aprendiese a leer y a escribir. ¿Por qué siempre tenía que tomarme yo las cosas tan a la tremenda? ¿Por qué me comportaba habitualmente como un animal salvaje?

En cuanto a profesar las órdenes con auténticas perspectivas de futuro dentro de la Iglesia... bien, yo era el hijo menor de la familia, ¿verdad? Pues entonces debía pensar en mis obligaciones para con mis sobrinos.

Traducido en pocas palabras, todo esto venía a decir: no tenemos dinero para proporcionarte una auténtica carrera eclesiástica, para hacerte obispo o cardenal como corresponde a nuestro rango, de modo que tendrás que desarrollar tu vida aquí, pobre y analfabeto. Ahora, baja al salón a jugar una partida de ajedrez con tu padre.

Cuando entendí la situación, sentado a la mesa para cenar con el resto de la familia, me eché a llorar y murmuré unas palabras que nadie comprendió, diciendo que aquella casa nuestra era «un caos». Como castigo por hacerlo, me mandaron de nuevo a mi habitación.

Entonces subió a verme mi madre.

—Si no sabes qué es el caos, ¿por qué utilizas esa palabra? —me preguntó.

—Sí que lo sé —repliqué, y empecé a hablarle de la suciedad y el deterioro que reinaban en el castillo y a describirle la limpieza y el orden que había encontrado en el monasterio, un lugar donde uno podía perfeccionarse, si se lo proponía.

Ella no discutió mis palabras y, pese a mi juventud, advertí que apreciaba con agrado la inusual profundidad de lo que yo estaba diciendo.

A la mañana siguiente, mi madre me llevó de viaje.

Cabalgamos juntos durante media jornada hasta alcanzar el impresionante castillo de un noble vecino y, una vez allí, el caballero y mi madre me condujeron a la perrera, donde ella me indicó que escogiera una pareja entre una camada de cachorros de mastín.

Jamás había visto nada tan tierno y cautivador como aquellos cachorros. Y los perros adultos nos miraban como leones soñolientos. Sencillamente, magníficos.

Estaba tan emocionado que casi no pude decidirme por ninguno, y volví con el macho y la hembra que el noble caballero me recomendó escoger. Hice todo el camino de vuelta llevando a los perrillos en el regazo, dentro de una cesta.

Y, al cabo de un mes, mi madre me compró también mi primer fusil de chispa y mi primer caballo de montar. No me explicó por qué hacía todo aquello, pero yo, a mi manera, comprendí qué era lo que ponía en mis manos. Me ocupé de los perros, los entrené y establecí un gran criadero a partir de ellos.

Con aquellos mastines, me convertí en un verdadero cazador, y, a los dieciséis años, mi vida se desarrollaba en el campo abierto.

En cambio, en el castillo, resultaba más latoso que nunca. En realidad, nadie quería oírme hablar de recuperar los viñedos, de volver a plantar los campos abandonados o de impedir que los arrendatarios de las tierras siguieran robándonos.

Era impotente para cambiar nada. El silencioso flujo y reflujo de la vida sin cambios me resultaba devastador.

Todos los días de fiesta acudía a la iglesia sólo para romper la monotonía de mi vida y, cuando se presentaban en el pueblo los feriantes, siempre iba a verles, ávido de aquellos pequeños espectáculos que no podía contemplar en ninguna otra ocasión, de cualquier cosa que me sacara de la rutina.

No importaba que fueran los mismos prestidigitadores, mimos y acróbatas de años anteriores. Siempre eran algo más que el lento transcurso de las estaciones y que los ociosos e inútiles comentarios sobre glorias pasadas.

Pero ese año, el año que cumplí dieciséis, llegó una troupe de cómicos italianos con un carromato pintado en cuya parte posterior montaron el escenario más elaborado que yo había visto nunca. Representaron la vieja comedia italiana de Pantaleón y Polichinela y los jóvenes amantes, Lelio e Isabella, y el viejo doctor y todas las escenas habituales.

Me sentí extasiado con su actuación. Nunca había visto nada semejante, tan lleno de ingenio, de vitalidad, de agilidad. Me entusiasmó la representación, aunque a veces los actores hablaban tan deprisa que no podía seguirles.

Cuando la compañía terminó la obra y hubo pasado el platillo entre los espectadores, me mezclé entre los actores en la taberna y les invité a unos vinos, que en realidad no podía pagar, sin más propósito que poder hablar con ellos.

Sentía un amor imposible de expresar por aquellos hombres y mujeres. Ellos me explicaron que cada actor tenía un papel para toda la vida y que no utilizaban textos aprendidos de memoria, sino que lo improvisaban todo en el escenario. Cada actor conocía su nombre, su personaje, y entendía a éste y le hacía hablar y actuar como consideraba adecuado. En eso consistía la grandeza del género.

Un género que era denominado Commedia dell’arte.

Me sentía hechizado. Y me enamoré de la muchacha que hacía el papel de Isabella. Subí al carromato con los actores y examiné todo su vestuario y los decorados pintados y, cuando volvimos a estar ante unas jarras de vino en la taberna, me dejaron representar a Lelio, el joven amante de Isabella, y aplaudieron asegurando que tenía don escénico. Era capaz de interpretar un papel como ellos lo hacían.

Al principio, creí que los elogios no eran más que lisonjas, pero, en realidad, de algún modo no me importó si lo eran o no.

A la mañana siguiente, cuando el carromato abandonó el pueblo, yo iba en su interior, oculto en la parte de atrás con unas cuantas monedas que había conseguido ahorrar y todas mis ropas en un hatillo. Me disponía a ser actor.

Veréis, en la vieja comedia italiana, al personaje de Lelio se le atribuye una gran donosura; como ya he explicado, es el amante y no lleva máscara. Si el actor le aporta buenos modales, dignidad y porte aristocrático, tanto mejor, pues todo ello forma parte del papel.

Pues bien, la troupe consideró que yo poseía todas aquellas características y me preparó inmediatamente para la siguiente representación que tenían previsto ofrecer. Y, el día antes de la actuación, recorrí la ciudad —un lugar mucho mayor y, sin duda, más interesante que nuestra aldea— anunciando la obra junto a los demás actores.

Me sentía en el paraíso, pero ni el viaje ni los preparativos ni la camaradería de mis colegas actores fueron comparables al éxtasis que experimenté cuando por fin hice mi aparición en el pequeño escenario de madera.

Me entregué alocadamente a enamorar a Isabella. Descubrí una facilidad para los versos y para las frases ingeniosas que jamás había sospechado. Escuché el eco de mi voz en los muros de piedra del recinto. Oí las risas que llegaban hasta mí en oleadas desde el público. Casi tuvieron que sacarme a rastras del escenario para detenerme, pero todo el mundo se dio cuenta de que había sido un gran éxito.

Por la noche, la actriz que hacía el papel de mi enamorada me hizo objeto de sus especiales e íntimas muestras de elogio. Me dormí entre sus brazos y lo último que le oí decir fue que, cuando llegáramos a París, actuaríamos en la feria de St. Germain y luego dejaríamos a la troupe para quedarnos en la ciudad; trabajaríamos en el Boulevard du Temple, hasta ingresar en la propia Comédie Française y actuar para María Antonieta y el rey Luis.

Cuando desperté a la mañana siguiente, mi Isabella había desaparecido con todos los demás actores, y en su lugar encontré a mis hermanos.

Nunca supe si habían comprado a mis amigos para que me entregaran, o si sólo los habían asustado. Muy probablemente, lo segundo. Fuera como fuese, fui devuelto a casa otra vez.

Por supuesto, mi familia estaba absolutamente horrorizada ante lo que había hecho. Querer hacerse monje a los doce años era comprensible, pero el teatro era cosa del diablo. Incluso al gran Molière le habían negado un entierro cristiano. ¡Y yo me había escapado con unos harapientos vagabundos italianos, me había pintado la cara de blanco y había actuado con ellos en una plaza pública por unas monedas!

Me molieron a palos y, cuando lancé maldiciones contra todo el mundo, siguieron golpeándome.

Sin embargo, el peor castigo fue ver la expresión de mi madre. Ni siquiera a ella le había dicho que me iba. Y eso le había dolido, cosa que jamás hasta entonces le había sucedido.

De todos modos, en ningún momento me hizo el menor comentario al respecto. Cuando acudió a verme, escuchó mi llanto y vi lágrimas en sus ojos. Y me puso una mano en el hombro, gesto un poco sorprendente en ella.

No quise contarle cómo habían sido los breves días de mi fuga, pero creo que ella lo supo. Algo mágico se había perdido por completo. Y, una vez más, desafió a mi padre y puso fin a las recriminaciones, a los golpes y a las limitaciones de movimientos.

Me hizo sentar a su lado a la mesa, me dedicó una especial atención, incluso trabó conmigo una conversación que resultaba absolutamente forzada para ella, hasta que hubo apaciguado y disuelto el rencor de la familia.

Por último, como hiciera ya una vez, tomó otra de sus joyas y me compró el espléndido fusil de caza que llevé conmigo cuando maté a los lobos.

Se trataba de un arma cara y excelente, y, a pesar de lo desdichado que me sentía, no vi el momento de probarla. Y mi madre añadió al fusil otro regalo, una espléndida yegua zaina con una potencia y una velocidad como jamás había visto en ningún animal. Pero estas cosas eran nimiedades en comparación con el consuelo general que me proporcionó su presencia.

Con todo, la amargura que sentía dentro de mí no remitió.

Nunca olvidé lo que había sentido cuando representaba a Lelio. Me hice un poco más cruel por lo que había sucedido y nunca jamás volví a la feria del pueblo. Me hice a la idea de que no debía escapar de allí nunca más; y, cosa extraña, cuanto más profunda se hizo mi desesperanza, más aumentó mi contribución a la buena marcha de la casa.

A los dieciocho años, sin la ayuda de nadie, yo me encargaba de poner el temor de Dios entre los criados y los arrendatarios. Sin la ayuda de nadie, yo proveía la comida para nuestra mesa. Y, por alguna extraña razón, esto me producía satisfacción. Ignoro por qué, pero me gustaba sentarme a la mesa y pensar que todos se estaban dando cuenta de lo que yo había proporcionado.

Así pues, esos momentos me habían unido a mi madre. Esos momentos habían despertado entre nosotros un afecto mutuo que pasaba inadvertido y que, probablemente, no tenía igual en las vidas de quienes nos rodeaban.

Y ahora había acudido a mí en aquel extraño momento en que, por razones que ni yo mismo entendía, la presencia de cualquier otra persona me resultaba insoportable.

Con los ojos fijos en el fuego, apenas la vi subir al colchón de paja y dejarse caer sentada a mi lado.

Silencio. Sólo se oía el chisporroteo del fuego y la respiración profunda de los perros que dormían junto a mí.

Entonces la miré y me sentí vagamente alarmado.

Había pasado todo el invierno con una tos persistente y ahora parecía realmente enferma; por primera vez, su belleza, que siempre había sido muy importante para mí, parecía vulnerable.

Su rostro era anguloso y sus pómulos resultaban perfectos, altos y muy separados, pero delicados. Tenía la mandíbula fuerte, pero exquisitamente femenina, y unos ojos diáfanos de color azul cobalto, orlados por unas tupidas pestañas cenicientas.

Si algún defecto tenía era, tal vez, que sus rasgos eran demasiado pequeños, demasiado gatunos, y le daban el aspecto de una chiquilla. Los ojos se le hacían aún más pequeños cuando estaba enfadada y, aunque dulces, sus labios solían mostrar un aire de dureza. No expresaban tristeza ni se descomponían, sino que formaban una especie de pequeña rosa roja en su rostro. Las mejillas, en cambio, eran muy finas, y la forma del rostro muy estrecha; cuando se ponía muy seria, sus labios parecían mezquinos aunque no cambiaran en absoluto de expresión.

En aquella ocasión se la veía ligeramente abatida, pero a mí seguía pareciéndome hermosa. Seguía siendo hermosa. Me gustaba mirarla. Tenía un cabello rubio y abundante, y yo había heredado ese rasgo de ella.

De hecho, me parezco a mi madre, al menos en un primer vistazo, aunque mis facciones son más grandes y bastas, y mi boca es más móvil y puede volverse muy mezquina. Y en mi expresión puede apreciarse mi sentido del humor, la capacidad para la picardía y para la risa casi histérica que siempre he conservado, por desgraciado que me sintiera. Ella no solía reírse y podía lanzar una mirada profundamente helada. Aun así, siempre conservaba una dulzura casi infantil.

Pues bien, la miré allí sentada en mi cama —incluso le sostuve la mirada, supongo— y ella empezó a hablarme de inmediato.

—Ya sé qué te sucede —me dijo—. Los odias a todos. Los odias por lo que has tenido que sufrir y ellos ignoran. Ninguno de ellos tiene la imaginación suficiente para entender lo que te sucedió ahí arriba, en la montaña.

Experimenté un frío placer al escuchar estas palabras y respondí con un mudo asentimiento que ella entendió perfectamente.

—Lo mismo me sucedió a mí la primera vez que tuve un hijo —siguió entonces—. Padecí terribles sufrimientos durante doce horas y me sentí atrapada en el dolor, sabiendo que la única liberación era el parto o mi muerte. Cuando todo hubo pasado, sostuve en los brazos a tu hermano Augustin, pero no quise a nadie más cerca de mí. Y no era porque los culpara a ellos. Era sólo que había sufrido tanto, hora tras hora, que había entrado en el círculo infernal y había vuelto a salir de él. Ellos no habían estado en aquel círculo infernal. Y yo me sentía completamente sosegada. En aquel hecho tan corriente, en el acto vulgar de dar a luz, entendí lo que significa la soledad absoluta.

—Sí, eso es —respondí.

Me sentía un poco emocionado.

Ella no añadió nada. Me habría sorprendido que lo hiciera. Una vez dicho lo que había venido a decir, no íbamos a mantener, en realidad, ninguna conversación. Con todo, me puso la mano en la frente —un gesto muy poco usual en ella— y, cuando observó que todavía llevaba las mismas ropas de caza ensangrentadas con las que había vuelto a casa, yo me di cuenta también y advertí lo sucio y maloliente que estaba.

Mi madre guardó silencio unos minutos.

Mientras estaba allí sentado, con la vista fija en el fuego detrás de su silueta, deseé decirle muchas cosas; sobre todo, cuánto la quería.

Sin embargo, fui cauto. Ella tenía un modo muy seco de cortarme cuando le hablaba y, mezclado con mi amor, había un profundo resentimiento hacia ella.

Toda mi vida la había visto leer sus libros italianos y escribir cartas a gente de Nápoles, donde había crecido, pero jamás había tenido paciencia ni para enseñarnos a mí o a mis hermanos el abecedario. Y nada de esto había cambiado tras mi regreso del monasterio. Yo había cumplido los veinte y seguía sin poder leer o escribir más que mi nombre y un puñado de oraciones. Me repugnaba ver los libros de mi madre y odiaba verla absorta en ellos.

Y, de una manera vaga, me disgustaba el hecho de que sólo un sufrimiento extremo por mi parte consiguiera arrancar de ella alguna muestra de calor o de interés.

Con todo, ella había sido mi salvadora. Y no había nadie más que ella. Y tal vez yo estaba todo lo cansado de mi soledad que puede estarlo un joven. En aquel momento la tenía allí, fuera de los confines de su biblioteca, y me prestaba atención. Por fin, me convencí de que no se levantaría para marcharse y me encontré hablando con ella.

—Madre —dije en voz baja—, hay algo más. Antes de que sucediera eso, había veces que sentía cosas horribles. —No hubo ningún cambio en su expresión—. A veces he soñado que los mataba a todos —continué—. En el sueño, mato a mis hermanos y a mi padre. Voy de habitación en habitación acabando con ellos como he hecho con los lobos. Siento dentro de mí el deseo de matar...

—Yo también, hijo mío —intervino ella—. Yo también.

Su rostro se iluminó con una enigmática sonrisa al mirarme. Me incliné hacia delante y la contemplé más detenidamente. Bajé el tono de voz.

—Me veo gritando cuando sucede —añadí—. Veo mi rostro desfigurado en muecas y escucho unos gritos atronadores que surgen de mí. Mi boca es una O perfecta y de mi garganta surgen gritos y alaridos.

Mi madre asintió con la misma mirada comprensiva, como si tras sus ojos destellara una luz.

—Y en la montaña, madre, cuando luchaba con los lobos... Fue un poco lo mismo.

—¿Sólo un poco? —preguntó ella.

Asentí con la cabeza.

—Mientras mataba a los lobos, me sentía alguien distinto de mí. Ahora no sé quién está aquí contigo, si tu hijo Lestat o ese otro hombre, el que disfruta matando.

Ella permaneció en silencio un largo rato.

—No —dijo por último—. Fuiste tú quien mató a los lobos. Tú eres el cazador, el guerrero. Tú eres el más fuerte de todos aquí, y ésa es tu tragedia.

Sacudí la cabeza. Mi madre tenía razón, pero no importaba. Aquello no compensaba la infelicidad que sentía.

Sin embargo, ¿de qué servía pregonarlo?

Ella apartó un momento la mirada; luego la concentró de nuevo en mí y añadió:

—Pero tú eres muchas cosas, no sólo una. Eres el matador y el hombre. No cedas ante el matador que llevas dentro, sólo porque los odies. No tienes que cargar sobre ti el peso del asesinato o de la locura para liberarte de este lugar. Sin duda habrá otros modos.

Las dos últimas frases fueron dos mazazos. El comentario había ido directo al meollo del asunto. Y me desconcertó lo que eso significaba.

Siempre había considerado que no podía ser una buena persona y enfrentarme a ellos. Ser bueno significaba someterme a ellos. Salvo, naturalmente, que encontrara una idea más interesante de la bondad.

Permanecimos sentados en silencio unos instantes. Y pareció surgir una atmósfera de intimidad inhabitual incluso para nosotros. Ella tenía la vista fija en el fuego y se rascaba su espesa cabellera, que llevaba recogida en un moño en la parte posterior de la cabeza.

—¿Sabes qué imagino? —me preguntó, mirándome otra vez—. No tanto en su muerte como en un abandono que prescinda completamente de ellos. Me imagino bebiendo vino hasta estar tan ebria que me quito la ropa y me baño desnuda en los arroyos de la montaña.

Casi me eché a reír, pero era una sublime diversión. La contemplé, dudando por un instante de si la había entendido bien. Pero aquéllas eran las palabras que había pronunciado y no había terminado.

—Y luego imagino que voy al pueblo —dijo— y entro en la posada y me llevo a la cama a todos los hombres que acuden allí: hombres bastos, hombres grandes, ancianos y muchachos. Me imagino allí tendida, tomándoles uno tras otro y dejándome llevar por una sensación de triunfo, por un total abandono sin la menor preocupación por lo que pueda sucederles a tu padre o a tus hermanos, si están vivos o muertos. En ese momento, me siento puramente yo misma. Yo no pertenezco a nadie.

Me sentí demasiado escandalizado y asombrado para responder, pero, de nuevo, aquello me resultó terriblemente divertido. Pensé en mi padre y en mis hermanos y en los pomposos tenderos del pueblo e imaginé cómo reaccionarían ante tal conducta, y me pareció una situación casi hilarante.

Si no me reí a carcajadas fue, probablemente, por una especie de respeto hacia la imagen de mi madre desnuda. Sin embargo, no pude quedarme callado del todo. Solté una ligera risilla y ella asintió con una sonrisa mientras enarcaba las cejas, como si dijera: «Nosotros nos entendemos.»

Finalmente, estallé en carcajadas, descargué el puño sobre mi rodilla y golpeé con la coronilla la cabecera de la cama. Entonces, mi madre casi se echó a reír. Tal vez lo estaba haciendo para sus adentros, con su estilo discreto y callado.

Curioso instante. Tuve una visión casi brutal de mi madre como un ser humano completamente aparte de todo lo que la rodeaba. Nosotros dos nos entendíamos, en efecto, y el resentimiento que sentía hacia ella no tenía importancia ahora.

Mi madre se quitó el alfiler del cabello y dejó que éste le cayera libremente sobre los hombros.

Tras esto, permanecimos sentados en silencio durante tal vez una hora. No hubo más risas ni más palabras, sólo el resplandor del fuego y la presencia de ella junto a mí.

Ella había vuelto el rostro para contemplar el fuego. Su perfil, con la delicadeza de la nariz y los labios, era una visión muy hermosa. Entonces, movió la cabeza para mirarme de nuevo, y, con la misma voz uniforme y sobria, desprovista de toda emoción desmedida, me reveló:

—Ya nunca me iré de aquí. Me estoy muriendo.

Me quedé anonadado. El asombro y el desconcierto que había sentido antes no fueron nada comparados con lo que sentí en aquel instante.

—Todavía viviré esta primavera —continuó— y es posible que el verano también, pero no resistiré otro invierno, lo sé. El dolor de los pulmones es demasiado insoportable.

Lancé un pequeño gemido de angustia. Creo que me incliné hacia delante y exclamé: «¡Madre!»

—No digas nada más —replicó ella.

Creo que le desagradaba oírse llamar madre, pero yo no había podido evitar la palabra.

—Sólo deseaba decírselo a otra alma —continuó—. Oírlo en voz alta. Estoy absolutamente horrorizada con esa idea. Me da miedo.

Quise cogerle las manos entre las mías, pero sabía que ella no lo permitiría. No le gustaba que la tocaran. Nunca pasaba sus brazos en torno a nadie. Así pues, fueron nuestras miradas las que se abrazaron. Y los ojos se me llenaron de lágrimas al mirarla.

Ella me dio unas palmaditas en la mano.

—No le des muchas vueltas a eso —me dijo—. Yo no lo hago. Sólo de vez en cuando. Pero debes prepararte para seguir viviendo sin mí cuando llegue la hora. Tal vez te resulte más difícil de lo que piensas.

Quise decir algo, pero no me salieron las palabras.

Mi madre salió de la alcoba como había entrado, en completo silencio.

Y, aunque en ningún momento había dicho nada de mis ropas ni de mi barba, ni del aspecto horrible que yo presentaba, mi madre me envió a los criados con ropas limpias, la navaja de afeitar y agua caliente. Sin decir palabra, dejé que se ocuparan de mí.

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3

Empecé a sentirme un poco más fuerte. Dejé de pensar en lo sucedido con los lobos y concentré los pensamientos en mi madre.

Recordé sus palabras, «absolutamente horrorizada», y no supe qué pensar de ellas, salvo que parecían reflejar la verdad exacta. Así me sentiría yo si estuviera muriéndome lentamente. Antes preferiría haber acabado mi vida en la montaña, con los lobos.

Pero en su confidencia había mucho más. Tras su permanente silencio, mi madre siempre se había sentido desgraciada. Le disgustaban tanto como a mí la inercia y la falta de perspectivas de nuestras vidas. Y ahora, después de tener ocho hijos, tres vivos y cinco fallecidos, estaba cerca de la muerte. Aquél era su final.

Decidí abandonar la cama y la habitación si eso la hacía sentirse mejor, pero, cuando lo intenté, no pude. La idea de que estuviera muriéndose me resultaba insoportable. Recorrí paso a paso la estancia una y otra vez, comí todo lo que me trajeron, pero seguí sin acudir a su encuentro.

Sin embargo, cuando casi se cumplía un mes de los hechos, acudieron al castillo unos visitantes que reclamaban mi presencia.

Mi madre acudió a verme y dijo que debía recibir a los comerciantes del pueblo, que querían honrarme por haber matado los lobos.

—¡Bah, al diablo con eso! —respondí.

—No —insistió ella—. Tienes que bajar. Te traen regalos. Ve a cumplir con tu deber.

Todo aquello me fastidiaba.

Cuando entré en el salón, encontré esperándome a los ricos tenderos, todos ellos hombres a quienes conocía bien. Todos venían engalanados para la ocasión, pero entre ellos destacaba un joven a quien no reconocí en un primer momento.

Tenía aproximadamente mi edad, y era muy alto. Cuando nuestras miradas se cruzaron, recordé quién era. Nicolas de Lenfent, el hijo mayor del pañero, a quien su padre había enviado a estudiar a París.

Ahora, el muchacho era como una aparición.

Vestido con una espléndida casaca de brocado en colores rosa y oro, calzaba chinelas de tacones dorados y llevaba una llamativa pechera de encaje italiano. Únicamente su cabello seguía siendo el de antes, oscuro y muy rizado, y le daba un aspecto un tanto infantil pese a llevarlo atado a la nuca con una delicada cinta de seda.

Todo aquello era moda parisiense, de la que yo veía pasar por la casa de postas.

Y ahora tenía que ir a su encuentro con mis raídas ropas de lana y mis gastadas botas de cuero y unos encajes amarillentos, mil veces zurcidos.

Nos saludamos con sendas reverencias, pues él era, al parecer, el portavoz de los reunidos. A continuación, el joven Nicolas extrajo de su humilde envoltorio de estameña negra una magnífica capa de terciopelo rojo forrada de piel. Un objeto magnífico, hermosísimo. A mi interlocutor le brillaban intensamente los ojos cuando me miró. Se hubiera dicho que estaba admirando a un soberano.

—Os ruego que aceptéis esta capa, monseñor —dijo con voz sincera—. Hemos utilizado la piel más fina de los lobos para forrarla y hemos pensado que os será de utilidad en invierno, cuando salgáis de cacería a caballo.

—Y esto también, monseñor —añadió su padre, presentándome un par de botas de gamuza negras, forradas de piel y finamente cosidas—. Para la cacería, monseñor.

Me sentí un poco abrumado. Aquellos hombres, que tenían la clase de riqueza con la que yo sólo podía soñar, expresaban en sus gestos la mayor deferencia hacia mí y me rendían respeto como aristócrata.

Acepté la capa y las botas y les di las gracias con la misma efusividad con que siempre agradecía las cosas a cualquiera.

Y, a mi espalda, escuché a mi hermano Augustin comentar:

—¡Ahora sí que se pondrá realmente imposible!

Noté que me ruborizaba. Era ultrajante que hubiera hecho tal comentario en presencia de aquellos hombres, pero cuando miré a Nicolas de Lenfent vi en su rostro la expresión más afectuosa.

—Yo también soy imposible, monseñor —me susurró mientras le daba el beso de despedida—. ¿Me permitiréis algún día venir a hablar con vos para que me contéis cómo acabasteis con todos? Sólo el imposible puede hacer lo imposible.

Ninguno de los tres comerciantes me había hablado jamás de aquel modo. Por un instante, Nicolas y yo volvimos a ser dos chiquillos. Y solté una carcajada. Su padre pareció desconcertado. Mis hermanos dejaron de cuchichear. Pero Nicolas de Lenfent continuó sonriendo con parisiense serenidad.

Cuando la delegación se hubo marchado llevé la capa de terciopelo rojo y las botas de gamuza a la habitación de mi madre.

Estaba leyendo, como siempre, mientras se cepillaba el cabello con gesto indolente. Bajo la débil luz que entraba por la ventana, le vi por primera vez canas en el pelo. Le comenté lo que había dicho Nicolas de Lenfent.

—¿Por qué dice que es imposible? —quise saber—. Dijo esa frase con intención, como si se refiriera a algo concreto.

Ella se echó a reír.

—Se refiere a algo, desde luego —respondió después—. Está castigado. —Apartó los ojos del libro y me miró—. Ya sabes que toda la vida le han educado para ser una pequeña imitación de aristócrata. Pues bien, durante su primer año como estudiante de Leyes en París, fue a enamorarse locamente del violín. Al parecer, escuchó a un virtuoso italiano, uno de esos genios de Padua, tan excepcional que la gente murmura sobre si habría vendido su alma al diablo. Tras oírle, Nicolas lo abandonó todo inmediatamente para acudir a tomar lecciones de Wolfgang Mozart. Incluso vendió sus libros. No hizo otra cosa que tocar y tocar el instrumento, hasta suspender los exámenes en Leyes. Insiste en que quiere ser músico, ¿te imaginas?

—Y su padre está fuera de sí, ¿no es eso?

—Exacto. Incluso le rompió el violín, y ya sabes lo que representa una mercadería cara para un buen pañero.

Sonreí.

—¿Y, así, Nicolas se ha quedado sin violín?

—No, ya tiene otro instrumento. No tardó en escapar a Clermont y allí vendió su reloj para comprar el nuevo violín. Tiene razón cuando dice que es imposible, y lo peor es que toca bastante bien.

—¿Le has oído?

Mi madre apreciaba la buena música, pues había crecido escuchándola en Nápoles. Yo, en cambio, sólo conocía el coro de la iglesia y la música popular de las ferias.

—Sí, el domingo pasado, cuando iba a misa —respondió—. Nicolas estaba tocando en el dormitorio del piso superior, encima de la tienda. Todo el mundo podía oírle y su padre le estaba amenazando con romperle las manos.

Solté un leve jadeo ante tal crueldad. Me sentía profundamente fascinado. Creo que empecé a quererle en ese mismo instante, por lanzarse de aquel modo a hacer lo que deseaba.

—Naturalmente, el muchacho nunca llegará a nada —siguió comentando mi madre.

—¿Por qué no?

—Es demasiado mayor. No se puede empezar a aprender violín a los veinte años. De todos modos, ¿qué sé yo? A su modo, tiene una forma mágica de tocar. Y tal vez le venda su alma al diablo.

Me eché a reír, un poco inquieto. Aquello sonaba a magia.

—¿Por qué no bajas al pueblo y te haces amigo suyo? —me sugirió.

—¿Por qué diablos tendría que hacerlo? —le repliqué.

—Vamos, Lestat. A tus hermanos no les hará mucha gracia. Y el viejo comerciante no cabrá en sí de gozo. Su hijo y el hijo del marqués...

—No son razones suficientes.

—Nicolas ha estado en París —añadió ella.

Me miró durante un instante. Luego se concentró de nuevo en su libro y volvió a pasarse de vez en cuando el cepillo por el cabello con el mismo gesto indolente.

La contemplé mientras leía, furioso. Quería preguntarle cómo se encontraba, si tenía mucha tos aquel día, pero no fui capaz de hacerle el menor comentario.

—Baja al pueblo y habla con él, Lestat —insistió ella, sin volver a mirarme.

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4

Tardé una semana en decidirme a ir en busca de Nicolas de Lenfent.

Me puse la capa de terciopelo rojo forrada de piel y las botas de gamuza forradas, y descendí por la serpenteante calle principal del pueblo, en dirección a la posada.

La tienda del padre de Nicolas estaba frente por frente con la posada, pero no vi a Nicolas ni escuché su violín.

Yo no tenía dinero más que para un vaso de vino, y no supe muy bien qué decir cuando el posadero se me acercó y, con una reverencia, dejó delante de mí una botella de su mejor vino.

Naturalmente, aquella gente siempre me había tratado como el hijo del amo, pero aprecié que las cosas habían cambiado mucho tras la cacería de los lobos y, cosa extraña, ello me hizo sentir aún más solo de lo habitual.

Pero apenas me había servido el primer vaso cuando apareció Nicolas, un gran torbellino de color en la puerta abierta del local.

Por fortuna, no iba vestido con la elegancia de la otra vez, pero, aun así, todo cuanto llevaba —seda, terciopelo y cuero nuevo— rezumaba riqueza.

En cambio, venía sonrojado como si hubiera estado corriendo; llevaba el cabello revuelto y enredado y tenía un brillo de excitación en los ojos. Me hizo una reverencia, esperó a que le invitara a sentarse y luego me preguntó:

—¿Cómo hicisteis, monseñor, para matar esos lobos?

Cruzó los brazos sobre la mesa y me miró fijamente.

—¿Por qué no me contáis vos cómo es París, monseñor? —repliqué, y advertí de inmediato que mis palabras habían sonado burlonas y bruscas—. Lo siento —añadí al instante—. Me gustaría saberlo, de veras. ¿Habéis estudiado en la Universidad? ¿De veras os ha dado Mozart clases? ¿Qué hace la gente en París? ¿De qué conversan? ¿Qué piensan?

Nicolas se rió por lo bajo ante la andanada de preguntas. No pude evitar reírme también. Pedí otro vaso y le acerqué la botella.

—Decidme, ¿estuvisteis en los teatros de París? ¿Visteis la Comédie Française?

—Muchas veces —respondió él, sin mucho entusiasmo—. Pero escuchad, la diligencia va a llegar en cualquier momento y se armará aquí mucho alboroto. Permitidme el honor de invitaros a cenar en una estancia privada del piso de arriba. Me encantaría que aceptarais...

Y, sin darme tiempo a formular una protesta de cortesía, dio las órdenes pertinentes y fuimos conducidos a una pequeña habitación, tosca pero acogedora.

Yo no había entrado casi nunca en una estancia pequeña de madera, y ésta me encantó desde el primer momento. La mesa estaba ya puesta para la comida que traerían más tarde, el fuego caldeaba de verdad el lugar, al contrario que las llamas directas y rugientes de las chimeneas del castillo, y el grueso cristal de la ventana estaba lo bastante limpio para poder divisar el azul invernal sobre las montañas cubiertas de nieve.

—Ahora os contaré todo lo que queráis saber sobre París —aceptó mi interlocutor, mientras esperaba gentilmente a que yo me sentara primero—. Sí, estuve en la Universidad —dijo, una vez que nos hubimos acomodado, y lanzó una risilla despectiva como si no mereciera la pena extenderse en ello—. Y estudié con Mozart, quien, de no haber andado escaso de alumnos, me habría dicho que yo era un caso perdido para la música. En fin, ¿por dónde queréis que empiece? ¿Por el hedor de la ciudad, o por su ruido infernal? ¿Por las multitudes hambrientas que le atosigan a uno en todas partes? ¿Por los ladrones dispuestos a rebanaros el gaznate detrás de cualquier esquina?

Deseché todo aquello con un ademán. La sonrisa de Nicolas era muy distinta a su tono de voz; sus gestos eran abiertos y atrayentes.

—Uno de esos grandes teatros parisienses... —dije—. Describídmelo... ¿cómo es?

Creo que estuvimos en la pequeña habitación cuatro horas completas, sin hacer otra cosa que beber y conversar.

Nicolas trazó planos de los teatros sobre la mesa; utilizaba para ello un dedo mojado. Me habló de las obras que había visto, de los actores famosos, de las casitas de los bulevares. Pronto me estaba describiendo todas las cosas de París, olvidado ya su cinismo. Mi curiosidad le daba alas para hablar de la Île de la Cité, y del Barrio Latino, de la Sorbona, del Louvre.

Nos adentramos en asuntos más abstractos, en cómo se presentaban los sucesos en los periódicos, en las tertulias de los estudiantes en los cafés. Me contó que el pueblo estaba inquieto y que era desafecto a la monarquía. Que aspiraba a un cambio en el gobierno y que no tardaría mucho en rebelarse. Me habló de los filósofos, Diderot, Voltaire, Rousseau.

No entendí todo lo que me contaba, pero, con su hablar rápido, sarcástico a veces, me proporcionó una imagen maravillosamente completa de lo que estaba sucediendo en París.

Por supuesto, no me sorprendió saber que la gente instruida no creía en Dios, sino que estaba infinitamente más interesada en la ciencia; que la aristocracia era objeto de grandes antipatías; y que lo mismo sucedía con la Iglesia. Ésta era una época guiada por la razón, no por la superstición, y cuantas más cosas decía Nicolas, mejor lo entendía yo. Pronto se puso a describirme la Enciclopedia, la gran recopilación de conocimientos supervisada por Diderot. Luego me habló de los salones a los que había asistido, las juergas, las veladas con las actrices. Me describió los bailes públicos en el Palais Royal, donde solía aparecer María Antonieta entre la gente del pueblo.

—He de confesar —dijo finalmente— que todo esto suena mucho mejor en esta habitación de lo que es en realidad.

—No os creo —repliqué yo con suavidad.

No quería que dejase de hablar. Quería que siguiera contando cosas eternamente.

—Estamos en tiempo de incredulidad, monseñor —comentó Nicolas mientras llenaba los vasos de ambos con una nueva botella de vino—. Muy peligrosos.

—¿Peligrosos? ¿Por qué? —dije—. ¿Por poner fin a la superstición? ¿Qué otra cosa podría haber mejor?

—Habláis como un auténtico hombre del siglo XVIII, monseñor —respondió él con una sonrisa de ligera melancolía—. Pero ya nadie da valor a nada. No hay más que moda. Incluso el ateísmo es una moda.

Yo siempre había tenido una mentalidad escéptica en religión, aunque por ninguna razón filosófica. En mi familia, nadie creía mucho en Dios, ni entonces ni en el pasado. Por supuesto, ellos decían que sí a la costumbre, y todos asistíamos a misa. Sin embargo, todo eso eran obligaciones sociales. Hacía mucho tiempo que la religión había muerto en nuestra familia, igual quizá que en miles de familias de aristócratas. Por mi parte, ni siquiera en el monasterio había creído en Dios. Había creído en los monjes que me rodeaban.

Traté de explicárselo a Nicolas en palabras sencillas sin que se ofendiera, porque para su familia las cosas eran de otra manera. Incluso su miserable y ambicioso padre (a quien yo admiraba en secreto) era fervientemente religioso.

—Sin embargo, ¿pueden los hombres vivir sin esas creencias? —preguntó él casi con tristeza—. ¿Pueden los hijos afrontar el mundo sin ellas?

Empecé a comprender la razón de su sarcasmo y cinismo. Todavía estaba muy reciente su pérdida de fe, y hablar de ello era un trago amargo para él.

Con todo, por acerbo que fuera su sarcasmo, emanaba de mi interlocutor una gran energía, una pasión irreprimible. Y eso me atrajo de él. Creo que sentí amor por él. Un par de vinos más y quizá terminaría confesándole algo absolutamente ridículo por el estilo.

—Yo he vivido siempre sin creencias —afirmé.

—Sí, ya lo sé —respondió él—. ¿Recordáis la historia de las brujas, esa vez que llorasteis en el lugar de las brujas?

—¿Que lloré por las brujas?

Le miré unos instantes sin saber a qué se refería, pero pronto se agitó dentro de mí un doloroso sentimiento de humillación. Demasiados de mis recuerdos tenían aquel mismo regusto. Y en aquel momento tenía que recordar haber llorado por unas brujas.

—No recuerdo —contesté.

—Éramos pequeños y el sacerdote nos estaba enseñando las oraciones. Un día el sacerdote nos llevó a ver el lugar donde habían quemado a las brujas muchos años antes, y encontramos las viejas estacas y el suelo ennegrecido.

—¡Ah, ese lugar! —Me recorrió un escalofrío—. ¡Qué sitio tan horrible!

—Os pusisteis a gritar y a llorar. Incluso mandaron llamar al propio marqués, porque vuestra niñera no conseguía calmaros.

—Era un niño terrible —murmuré, tratando de quitarle importancia al asunto.

Por supuesto que lo recordaba todo ahora: los gritos, el traslado a casa, las pesadillas con las hogueras. Alguien que me humedecía la frente y decía: «Lestat, despierta.» Pero no había revivido la escena desde hacía años. Cuando pasaba por las cercanías de aquel lugar, lo único que evocaba era el emplazamiento en sí: el bosquecillo de estacas ennegrecidas, las imágenes de hombres, mujeres y niños quemados vivos.

Nicolas me estudiaba.

—Cuando vuestra madre acudió a buscaros, dijo que todo aquello era obra de la ignorancia y la crueldad. Estaba furiosa con el sacerdote por contaros esas viejas historias.

Asentí. El horror último había sido oír que toda aquella gente de nuestro propio pueblo, olvidada desde hacía tanto tiempo, había muerto por nada; que eran inocentes. «Víctimas de la superstición», había declarado ella. «No había brujas de verdad.» No era extraño que yo no dejara de gritar y gritar.

—Mi madre, en cambio —dijo Nicolas—, me contó una historia diferente: que las brujas estaban en alianza con el diablo y que habían arruinado las cosechas y que, convertidas en lobos, mataban ovejas y niños...

—¿Acaso no sería mejor el mundo si nunca más se quemara a nadie en el nombre de Dios? —pregunté—. ¿Si no se continuara creyendo que Dios puede ordenar al hombre hacer tal cosa a su semejante? ¿Cuál es el peligro de un mundo racional donde horrores como éste no se produzcan?

Él se inclinó hacia delante y frunció el entrecejo con aire malicioso.

—Los lobos no os hirieron en la montaña, ¿verdad? —inquirió en tono festivo—. ¿No os habréis convertido en hombre lobo, monseñor, sin que nadie lo haya advertido? —Acarició el forro de la capa de terciopelo que aún cubría mis hombros y continuó—: Recordad lo que dijo el buen cura: que en esa época habían quemado a un buen número de hombres lobo. Entonces constituían una amenaza habitual.

Me eché a reír.

—Si me volviera lobo —respondí—, una cosa os puedo asegurar. No me quedaría por aquí a matar niños. Me alejaría de este pueblo repugnante y miserable donde todavía asustan a los niños con cuentos de quemas de brujas. Huiría camino de París y no me detendría hasta ver sus murallas.

—Y entonces descubriríais que París es otro agujero repugnante y miserable —replicó él—, donde a los ladrones les rompen los huesos en la rueda a la vista del populacho en la Place de Grève.

—No —insistí—. Vería una ciudad espléndida donde nacen grandes ideas en las mentes de ese populacho, ideas que habrán de iluminar hasta el rincón más oscuro de este mundo.

—¡Ah, sois un soñador! —exclamó Nicolas, pero estaba encantado.

Cuando sonreía, su belleza destacaba todavía más.

—Y conoceré gente como vos —proseguí—, gente que tiene ideas en la cabeza y verbo fácil para expresarlas, y nos sentaremos en los cafés y beberemos juntos y nos enfrentaremos apasionadamente con palabras y seguiremos conversando el resto de nuestras vidas en un divino frenesí.

Él alargó el brazo, me lo pasó en torno al cuello y me besó. Casi volcamos la mesa de lo felices y borrachos que estábamos.

—Mi señor, el matador de lobos —me susurró.

Con la tercera botella de vino, empecé a contar mi vida como nunca lo había hecho: expliqué lo que sentía cada día al adentrarme a caballo por las montañas, al alejarme hasta perder de vista las torres del castillo de mi padre, al cabalgar por los campos arados hasta el lugar donde el bosque parecía casi encantado.

Las palabras comenzaron a fluir de mis labios como antes lo habían hecho de los suyos, y pronto nos encontramos hablando de mil cosas que habíamos sentido en nuestros corazones, confidencias de secretas soledades, y las palabras parecían fundamentales, como lo habían sido en aquellas raras ocasiones con mi madre. Y mientras describíamos nuestras mutuas añoranzas e insatisfacciones, nos expresábamos con gran vivacidad, con cosas como «¡sí, sí!» y «¡exactamente!», y «entiendo perfectamente a qué os referís», y «sí, claro, uno siente que no puede soportarlo», etcétera.

Otra botella y un nuevo fuego. Le pedí a Nicolas que tocara el violín para mí y corrió a buscarlo inmediatamente a su casa.

Caía ya la tarde. El sol entraba al sesgo por la ventana y el fuego del hogar estaba muy vivo. Y... estábamos muy borrachos. No habíamos llegado a pedir la cena y yo me sentía más feliz que nunca en mi vida. Me acosté en el apelmazado colchón de paja del camastro con las manos detrás de la cabeza, observándole mientras sacaba el instrumento.

Se llevó el violín al hombro y empezó a puntear las cuerdas mientras las afinaba ajustando las clavijas.

Después levantó el arco y lo dejó caer con fuerza sobre las cuerdas para hacer sonar la primera nota.

Me incorporé hasta quedar sentado y apoyado con la espalda contra la pared de madera; le miré fijamente, pues no podía creer en el sonido que empecé a escuchar.

Entró en la melodía desgarrándola, arrancando las notas del violín. Y cada una de ellas era translúcida y vibrante. Nicolas tenía los ojos cerrados, la boca un poco distorsionada, el labio inferior ligeramente ladeado; y lo que me encogió el corazón casi tanto como la propia tonada fue ver cómo todo su cuerpo se fundía en la música, cómo su alma se apretaba al instrumento como si fuera un sensible oído más.

Jamás había escuchado música como aquélla, tales vigor e intensidad, los rápidos y brillantes torrentes de notas que surgían de las cuerdas. Estaba interpretando una pieza de Mozart y tenía toda la alegría, la ligereza y el intenso encanto de cuanto Mozart escribió.

Cuando terminó, yo estaba mirándole, y me di cuenta de que yo tenía mi cabeza apretada entre ambas manos.

—¿Qué os sucede, monseñor? —exclamó él, casi con impotencia.

Me puse en pie y le estreché entre mis brazos y le besé en ambas mejillas y besé el violín.

—Deja de llamarme monseñor —le dije—. Llámame por mi nombre.

Me tendí de nuevo en la cama y hundí el rostro en el brazo y rompí a llorar y, una vez hube empezado, no pude parar. Él se sentó a mi lado, me abrazó y me preguntó por qué lloraba, y, aunque no pude explicárselo, advertí que estaba abrumado por el efecto que me había producido su música. En ese instante, no había en Nicolas el menor sarcasmo, la más mínima amargura.

Creo que, esa noche, él me llevó al castillo de mi familia.

Y, a la mañana siguiente, yo estaba en la zigzagueante calle empedrada, delante de la tienda de su padre, arrojando piedrecitas a su ventana.

Y, cuando al fin asomó la cabeza, le pregunté:

—¿Quieres bajar a continuar nuestra conversación?