Título original: Die kunst des klaren denkens
Traducción: Nuria Villagrasa
1.ª edición: junio, 2016
© 2016 by Carl Hanser Verlag München
© Ediciones B, S. A., 2016
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
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ISBN DIGITAL: 978-84-9069-476-3
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Contenido
Portadilla
Créditos
Prólogo
El sesgo de supervivencia
La ilusión del cuerpo de nadador
El efecto del exceso de confianza
La prueba socia
La falacia del coste irrecuperable
La reciprocidad
El sesgo de confirmación
El sesgo de confirmación
El sesgo de autoridad
El efecto contraste
El sesgo de disponibilidad
La trampa de «empeorará antes de mejorar»
El sesgo del relato
El prejuicio de retrospectiva
La sabiduría de chófer
La ilusión de control
La tendencia incentivo-superrespuesta
La regresión a la media
La fatalidad de la dula
El sesgo de resultado
La paradoja de la abundancia
El sesgo de agradar
El efecto de dotación
El milagro
Pensamiento de grupo
El descuido de la probabilidad
El sesgo del riesgo cero
El error de la escasez
La desestimación de las probabilidades previas
La falacia del jugador
El ancla
La inducción
La aversión a la pérdida
La pereza social
El crecimiento exponencial
La maldición del ganador
El error fundamental de atribución
La falsa causalidad
El efecto halo
Las vías alternativas
La ilusión del pronóstico
La falacia de la conjunción
Encuadre
El sesgo de acción
El sesgo de omisión
El sesgo de autoservicio
La adaptación hedónica
El sesgo de autoselección
El sesgo de asociación
La suerte del principiante
La disonancia cognitiva
El descuento hiperbólico
Epílogo
Bibliografía
Agradecimientos
Sobre la ilustradora
Prólogo
Todo empezó una noche de otoño de 2004. A invitación del editor Hubert Burda, viajé a Múnich para participar en lo que se llamó un «intercambio informal con intelectuales». Nunca antes me había considerado un «intelectual» (estudié empresariales y me hice empresario, es decir, lo contrario de un intelectual), pero había publicado dos novelas y evidentemente eso bastaba.
En la mesa estaba Nassim Nicholas Taleb, por entonces un oscuro financiero de Wall Street con inclinaciones por la filosofía. Le fui presentado como experto en la Ilustración inglesa y escocesa, sobre todo en David Hume. Obviamente me habían confundido. No dije nada, sonreí algo inseguro a mi alrededor y dejé que la pausa así producida pareciera una prueba de mis vastos conocimientos filosóficos. De inmediato, Taleb acercó una silla libre y me la ofreció dando palmaditas en el asiento. Por suerte, tras unas pocas frases, la conversación se desvió de Hume a Wall Street, donde al menos podía participar. Nos divertimos con los errores sistemáticos que cometen los directores ejecutivos, sin excluirnos a nosotros mismos. Hablamos del hecho de que, al examinar en retrospectiva sucesos improbables, estos parecían mucho más probables. Nos reímos de los inversores que apenas podían separarse de sus acciones con las cotizaciones por debajo del precio de compra.
Poco después, me envió unas páginas de su manuscrito, que comenté y en parte critiqué, y acabaron formando parte del éxito de ventas mundial El cisne negro. El libro catapultó a Taleb a la liga de las estrellas intelectuales mundiales. Con una creciente hambre intelectual, devoré la bibliografía sobre heurísticas y sesgos. En paralelo, se intensificó el intercambio con numerosas personas a las que se podría considerar la intelligentsia de la Costa Este norteamericana. Años después, me di cuenta de que, junto a mi trabajo de escritor y empresario, había completado un auténtico estudio de psicología social y cognitiva.
Los errores de lógica, tal como utilizo aquí ese concepto, son desviaciones sistemáticas respecto de la racionalidad, de los pensamientos y comportamientos óptimos, lógicos y sensatos. La palabra «sistemático» es importante, porque solemos equivocarnos en la misma dirección. Por ejemplo, sobrevaloramos nuestros conocimientos con más frecuencia que los infravaloramos. O bien el riesgo de perder algo nos mete más prisa que la perspectiva de ganar algo. Un matemático lo calificaría de distribución asimétrica de errores de lógica. Por suerte, pues la asimetría a veces hace que los errores sean previsibles.
Para no perder por imprudencia el patrimonio que había acumulado a lo largo de mi actividad literaria y empresarial, empecé a recopilar errores de lógica sistemáticos junto con notas y anécdotas personales. No tenía intención de publicar esa lista, la hice solo para mí. Pronto me di cuenta de que no solo me resultaba útil en el terreno de la inversión de capitales, sino también en la vida empresarial y privada. El conocimiento de los errores de lógica me convirtió en alguien más sereno y sensato: reconocía a tiempo mis propios errores de lógica y podía evitarlos antes de que causaran graves perjuicios. Y por primera vez advertía si los demás actuaban de forma insensata y podía estar preparado para tratarlos, quizás incluso con ventaja. Pero, sobre todo, de ese modo había conjurado el fantasma de la irracionalidad; tenía a mano categorías, nociones y razones para ahuyentarlo. Desde Benjamin Franklin, los rayos y truenos no son más raros, ni más débiles ni más silenciosos, pero son menos espantosos... y lo mismo me pasa a mí desde entonces con mi propia insensatez.
Los amigos a quienes se lo conté pronto empezaron a interesarse por mi pequeño compendio. Ese interés desembocó en una columna semanal en el Frankfurter Allgemeinen Zeitung y en el semanario suizo SonntagsZeitung, en innumerables presentaciones (sobre todo para médicos, inversores, consejos de administración y directores ejecutivos), y finalmente en esta obra. Voilà. Ahora la tienen en sus manos; no su suerte, pero sí al menos un seguro frente a un infortunio autoinfligido demasiado grande.
ROLF DOBELLI, 2011

El sesgo de supervivencia
Por qué habría que visitar cementerios
Da igual adónde mire Reto, por todas partes ve estrellas del rock. Aparecen en televisión, en las portadas de las revistas, en los programas de conciertos y en páginas de seguidores en internet. Sus canciones se oyen con fuerza: en el centro comercial, en la propia lista de reproducción, en el gimnasio. Las estrellas del rock están ahí. Son muchas. Y tienen éxito. Animado por el éxito de innumerables héroes de la guitarra, Reto formó una banda. ¿Lo logrará? La probabilidad es de un pelo por encima de cero. Como tantos otros, presumiblemente acabará en el cementerio de los músicos fracasados. Esta necrópolis cuenta con diez mil veces más músicos que los escenarios, pero a ningún periodista le interesan los fracasados, salvo las estrellas caídas. Eso hace que el cementerio sea invisible para los profanos.
El «sesgo de supervivencia» (survivorship bias) significa que, como los éxitos generan una mayor visibilidad en el día a día que los fracasos, se sobrestima sistemáticamente la perspectiva de éxito. Como profano, usted sucumbe (igual que Reto) a una ilusión. Ignora lo minúsculamente pequeña que es la probabilidad de éxito. Detrás de cada escritor de éxito se ocultan cien más cuyos libros no se venden. Y detrás de estos, otros cien que no han encontrado editorial. Y detrás de esos, cientos con un manuscrito empezado en el cajón. Pero nosotros solo oímos hablar de los triunfadores e ignoramos lo improbable que resulta el éxito literario. Lo mismo vale para fotógrafos, empresarios, artistas, deportistas, arquitectos, premios Nobel, presentadores de televisión y reinas de la belleza. A los medios de comunicación no les interesa en absoluto enterrar a los fracasados en los cementerios. Tampoco ellos son culpables de eso. Significa que esa reflexión debe asumirla usted, si quiere reducir el sesgo de supervivencia.
Como muy tarde, el sesgo de supervivencia le pillará en cuestiones de dinero: un amigo crea una nueva empresa. Del círculo de inversores potenciales también forma parte usted. Ve la oportunidad, podría convertirse en la próxima Microsoft. Quizá tenga usted suerte. ¿Qué aspecto tiene la realidad? El escenario más probable es que la empresa apenas arranque de la parrilla de salida. Lo más probable es la bancarrota a los tres años. De las empresas que superan los tres años, la mayoría quedan reducidas a una pyme con menos de diez empleados. Conclusión: se ha dejado deslumbrar por la presencia mediática de las empresas de éxito. Así pues, ¿no corremos riesgos? Sí. Pero hágalo consciente de que el diablillo del sesgo de supervivencia deforma las probabilidades como un cristal pulido.
Veamos, por ejemplo, el Dow Jones. Se compone de ruidosos supervivientes. Porque en un índice de acciones no constan las empresas pequeñas y las fallidas, es decir, la mayoría. Un índice bursátil no es representativo de la economía de un país. Del mismo modo que la prensa no informa representativamente sobre toda la multitud de músicos. También la enorme cantidad de libros sobre el éxito y cómo alcanzarlo deberían despertar su escepticismo: los fracasados no escriben libros ni dan conferencias sobre su fracaso.
El sesgo de supervivencia se volverá bastante difícil si usted mismo forma parte del montón «superviviente». Aunque su éxito se base en la pura casualidad, descubrirá puntos en común con otros afortunados y los interpretará como «factores de éxito». No obstante, al visitar el cementerio de los fracasados (personas, empresas, etcétera), se daría cuenta de que estos también habían aplicado con frecuencia esos supuestos «factores de éxito».
Si suficientes científicos investigan un fenómeno concreto, sucederá que un par de esos estudios, por pura casualidad, aportarán resultados estadísticamente relevantes, por ejemplo, sobre la relación entre el consumo de vino tinto y una mayor esperanza de vida. De ese modo, estos (falsos) estudios enseguida logran un elevado nivel de popularidad. Un sesgo de supervivencia.
Pero ya basta de filosofía. El sesgo de supervivencia significa que usted sobrevalora sistemáticamente la probabilidad de éxito. Para remediarlo, visite lo más a menudo que pueda las tumbas de los proyectos, inversiones y carreras que en su día prometían mucho. Un paseo triste, pero saludable.

La ilusión del cuerpo de nadador
¿Harvard es una universidad buena o mala? No lo sabemos
Cuando el ensayista y agente de bolsa Nassim Taleb tomó la decisión de hacer algo contra sus obstinados kilos, echó un vistazo a diversos deportes. Los corredores le daban una impresión flaca y triste. Los culturistas parecían anchos y tontos. Los tenistas, uf, ¡tan de clase media alta! Pero los nadadores le gustaron. Tenían esos cuerpos elegantes y bien formados. Así que decidió meterse dos veces por semana en el agua clorada de la piscina local y entrenarse en serio. Tardó bastante tiempo en darse cuenta de que había caído en la trampa de una ilusión. Los nadadores profesionales no tienen esa constitución física perfecta porque entrenen mucho. Es al revés: son buenos nadadores porque tienen ese cuerpo. Su constitución física es un criterio de selección, no el resultado de su actividad.
Las modelos hacen publicidad de cosméticos. Así, algunas consumidoras llegan a la conclusión de que los cosméticos las embellecerán. Sin embargo, no son los cosméticos los que convierten a las mujeres en modelos. Las modelos han nacido bellas por casualidad, y en realidad solo por eso se las tiene en cuenta para la publicidad de cosméticos. Como en el caso de los nadadores, la belleza es un criterio de selección, no un resultado.
Siempre que confundimos el criterio de selección con el resultado nos dejamos engañar por la «ilusión del cuerpo de nadador» (swimmer’s body illusion). Sin esa ilusión, la mitad de la publicidad no funcionaría.
Pero no se trata solo de cuerpos atractivos. Harvard tiene la reputación de ser una de las mejores universidades. Numerosas personas de gran éxito han estudiado en Harvard. ¿Significa eso que Harvard es un buen centro? No lo sabemos. Quizá la universidad sea horrible, pero capta a los estudiantes mejor dotados del mundo. Yo viví así la Universidad de St. Gallen. Su reputación es excelente, pero la enseñanza (hace veinte años) era mediocre. Por algún motivo —una buena selección de los estudiantes, el clima en el angosto valle, ¿la comida del comedor?—, pese a todo, muchos de sus graduados se han convertido en algo.
Los cursos de MBA (máster en administración de empresas) de todo el mundo seducen con estadísticas de ingresos. Los interesados cuentan con que un MBA aumenta el sueldo en un equis por ciento de media. El sencillo cálculo debe demostrar que las exorbitantes tasas universitarias quedan cubiertas en poco tiempo. Muchos caen en la trampa. No quiero suponer que los centros manipularon las estadísticas. Y aun así sus declaraciones no tienen valor. Los que no aspiran a un MBA están hechos de una pasta distinta que los que aspiran a un MBA. La diferencia salarial de los últimos tiene cientos de razones distintas del título de MBA. De nuevo tenemos aquí la ilusión del cuerpo de nadador: el criterio de selección se confunde con el resultado. Cuando se plantee seguir unos estudios de posgrado, búsquese motivos diferentes al aumento de sueldo.
Cuando pregunto a la gente afortunada dónde radica el secreto de su suerte, suelo oír frases como: «Hay que ver el vaso medio lleno en vez de medio vacío.» Como si esas personas no pudieran aceptar que han nacido afortunadas y ahora se inclinaran por ver lo positivo en todo. Los afortunados no quieren reconocer que la felicidad es en gran parte innata y permanece constante a lo largo de la vida. La ilusión del cuerpo de nadador también se da como autoilusión. Si después los afortunados encima escriben libros, el engaño se vuelve pérfido.
Por eso, ahora trace una amplia curva para evitar los libros de autoayuda. En el cien por cien de los casos, están escritos por personas con una tendencia natural a la suerte. Pues bien, despilfarran consejos en cada página. Se obvia que hay miles de millones de personas a las que esos consejos no les funcionan, porque los desafortunados no escriben libros de autoayuda.
Conclusión: en cualquier lugar donde se recomiende algo de valor —músculos de acero, belleza, elevados ingresos, larga vida, aura, suerte—, observe bien. Antes de tirarse a la piscina, eche un vistazo al espejo. Y sea sincero consigo mismo.

El efecto del exceso de confianza
Por qué sobrestima sistemáticamente sus conocimientos y capacidades
La zarina Catalina II de Rusia no era conocida por su castidad. Numerosos amantes retozaron en su cama. Cuántos fueron lo revelaré en el próximo capítulo, aquí se trata en primer lugar de otra cosa: ¿cuánta confianza podemos depositar en nuestros conocimientos? Para esto una pequeña tarea: defina el intervalo del número de amantes de la zarina de forma que su estimación sea correcta en un 98 por ciento y falsa en un 2 por ciento. Ese intervalo podría ser, por ejemplo, de veinte a setenta. Eso significaría que usted calcula que Catalina no tuvo menos de veinte amantes ni más de setenta.
Nassim Taleb, que en una ocasión me planteó esta misma tarea, ha interrogado del mismo modo a cientos de personas. A veces ha preguntado por la longitud del Misisipí, otras veces por el consumo de queroseno de un Airbus, otras por el número de habitantes de Burundi. Además, se puede elegir libremente el intervalo y, como ya se ha dicho, equivocarse hasta en un 2 por ciento. El resultado fue sorprendente. En vez del 2 por ciento de los consultados, el 40 por ciento se equivocó con su intervalo estimado. Marc Alpert y Howard Raiffa, los dos investigadores que tropezaron por primera vez con este inaudito fenómeno, lo denominaron overconfidence, es decir, «exceso de confianza».
Esto también sirve para los pronósticos. Las estimaciones de cotizaciones bursátiles en un año o de facturación prevista en el plan trianual de su empresa sucumben exactamente al mismo efecto: sobrestimamos sistemáticamente nuestros conocimientos y capacidades para pronosticar... y encima, enormemente. Con el efecto del exceso de confianza no se trata de si una estimación aislada es cierta o no. El efecto del exceso de confianza prescinde de la diferencia entre lo que la gente sabe realmente y lo que cree saber. Lo realmente sorprendente es que los expertos padecen aún más el efecto del exceso de confianza que los no expertos. Un catedrático de economía se equivoca en una estimación quinquenal del precio del petróleo exactamente igual que un profano de la economía. Solo que él lo hace con un terrible exceso de confianza.
El efecto del exceso de confianza también desempeña un papel en relación con otras capacidades: en las encuestas, el 84 por ciento de los hombres franceses presumen de ser buenos amantes por encima de la media. Sin el efecto del exceso de confianza, exactamente el 50 por ciento debería —lógicamente— estar en lo cierto, pues la «media» significa precisamente que el 50 por ciento está por encima y el otro 50 por ciento por debajo.
Los empresarios son como los que desean casarse: están convencidos de ser la excepción de las estadísticas. La actividad económica se intensificaría si no existiera el efecto del exceso de confianza. Todo dueño de restaurante sueña con abrir el próximo restaurante imprescindible... y la mayoría cierra a los tres años. El rendimiento del capital propio en el sector de la restauración se encuentra crónicamente bajo cero. Dicho de otro modo: los empresarios de la restauración subvencionan sistemáticamente a sus clientes.
Prácticamente ningún gran proyecto se pone en marcha más rápido y con menos costes de lo previsto. Son legendarios los retrasos y los sobrecostes del Airbus A400M, de la ópera de Sidney, de los tres túneles de San Gotardo. La lista se puede alargar a discreción.
¿Por qué sucede así? Aquí concurren dos efectos. Por una parte, el clásico exceso de confianza. Por otra, una sobrestimación «incentivada» de los costes por parte de gente con un interés directo en el proyecto. Los consultores esperan encargos posteriores, los constructores y proveedores lo mismo, los propietarios de la obra se sienten fortalecidos por las cifras optimistas, y los políticos ganan votos. Examinaremos esta tendencia incentivo-sobrerespuesta en otro capítulo. La diferencia es importante: el exceso de confianza no está incentivado, sino que es ingenuo e innato de forma natural.
Tres detalles para terminar: A) Lo contrario, un efecto de falta de confianza, no existe. B) En los hombres, el efecto del exceso de confianza es más acentuado que en las mujeres; estas se sobrevaloran menos. C) No solo los optimistas padecen el efecto del exceso de confianza; también los pesimistas confesos se sobrevaloran, aunque menos.
Conclusión: sea escéptico ante todas las predicciones, especialmente si proceden de supuestos expertos. Y parta siempre de la perspectiva más pesimista en todos los planes. Así tendrá una verdadera opción de valorar la situación con bastante realismo.

La prueba social
Si millones de personas afirman una tontería, no por eso se hará realidad
Usted va de camino a un concierto. En un cruce se encuentra con un grupo de personas en el que todos miran al cielo. Sin pensarlo, también usted levanta la vista. ¿Por qué? La prueba social. En medio del concierto, en un compás ejecutado a la perfección, alguien empieza a aplaudir, y de repente aplaude toda la sala. También usted. ¿Por qué? La prueba social. Después del concierto está en el guardarropa para recoger su abrigo; observa cómo la gente delante de usted pone una moneda en un plato, aunque teóricamente el servicio de guardarropa está incluido en el precio de la entrada. ¿Qué hace usted? También dejará propina a discreción. La prueba social (a veces denominada imprecisamente como gregarismo) dice: me comporto correctamente si me comporto como los demás. Dicho de otro modo: cuantas más personas encuentran correcta una idea, más correcta es esa idea, lo que por supuesto es absurdo.
La «prueba social» (social proof) es el mal tras las burbujas y el pánico de la bolsa. La prueba social se encuentra en la moda, en las técnicas de gestión empresarial, en el ocio, en la religión y las dietas. La prueba social puede paralizar culturas enteras, piense en los suicidios colectivos de las sectas.
El simple experimento de Solomon Asch —realizado por primera vez en 1950— muestra cómo la presión del grupo doblega el sentido común. A un sujeto de experimentación se le muestran líneas de distintas longitudes. Entonces la persona debe indicar si una línea es más larga, igual de larga o más corta que una línea de referencia. La persona está sentada sola en la sala y valora correctamente todas las líneas mostradas, pues la tarea es sencilla. Entonces entran otras siete personas en la sala, todos actores, pero el sujeto de experimentación no lo sabe. Uno tras otro dan una respuesta falsa, dicen «más corta» aunque la línea es claramente más larga que la de referencia. Después le toca al sujeto de experimentación. En el 30 por ciento de los casos, da la misma respuesta falsa que la persona anterior, por pura presión del grupo.
¿Por qué actuamos así? Porque ese comportamiento ha demostrado ser una buena estrategia de supervivencia en nuestro pasado evolutivo. En caso de estar hace cincuenta mil años con sus amigos cazadores-recolectores en el Serengueti, si de repente todos sus compañeros salen corriendo, ¿qué hace usted? ¿Se queda quieto, se rasca la frente y piensa si lo que ve es realmente un león o solo un animal inofensivo parecido a un león? No, sigue a sus amigos lo más rápido que puede. Luego podrá reflexionar, cuando esté a salvo. Quien actuara de forma diferente ha desaparecido del acervo genético. Este modelo de conducta está tan profundamente arraigado que aún hoy lo aplicamos, incluso donde no aporta ventajas para la supervivencia. Solo se me ocurre un caso en que la prueba social resulta útil: en caso de tener entradas para un partido de fútbol en una ciudad desconocida y no saber dónde se encuentra el estadio. Entonces tiene sentido seguir a los que parecen hinchas de fútbol.
Las comedias y las tertulias utilizan la prueba social al reproducir risas en momentos estratégicos, lo que está demostrado que induce a los espectadores a la propia risa. Uno de los casos de prueba social más impresionantes es el discurso «¿Queréis una guerra total?» de Joseph Goebbels en 1943. Hay un vídeo en YouTube. Si se hubiera preguntado individual y anónimamente, es muy difícil que alguien hubiera estado de acuerdo con esa absurda propuesta.
La publicidad se aprovecha sistemáticamente de nuestra debilidad ante la prueba social. Funciona mejor donde la situación resulta poco clara (un incontrolable número de marcas de coche, productos de limpieza, cosméticos, etcétera, sin ventajas e inconvenientes claros) y donde aparecen las personas «como tú y yo». Por eso, en vano encontrará en la televisión un ama de casa africana que alabe un producto de limpieza.
Sea escéptico cuando una empresa le asegure que su producto es el «más vendido». Un argumento absurdo, pues ¿por qué debe ser mejor el producto solo porque sea el «más vendido»? El escritor Somerset Maugham lo expresó así: si cincuenta millones de personas afirman una tontería, no se hará realidad por eso.
Posdata del último capítulo: la zarina Catalina II de Rusia tuvo aproximadamente cuarenta amantes, de los que se conoce el nombre de veinte.