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Agradecimientos

Gracias a todos los grandes historiadores clásicos y modernos por sus magníficos tratados y monografías sobre la antigua Roma sin cuya información esta obra nunca habría sido posible. Gracias a todo el equipo de Ediciones B, por la ilusión que han puesto en esta novela y su continuación; gracias en especial a Faustino Linares, Lucía Luengo, Verónica Fajardo, Carmen Romero y al magnífico equipo de diseño gráfico. También quiero agradecer a los comerciales de la editorial su esfuerzo en la distribución de Africanus para que el libro llegue cada vez a más sitios. Y muy en particular tengo que agradecer a todos aquellos lectores que bien mediante mensajes en mi página web, bien con mensajes en diferentes foros de Internet, me han animado a seguir escribiendo. Sus comentarios, en su mayoría elogiosos, en ocasiones críticos, pero siempre revestidos de un gran respeto, son el mayor estímulo que un escritor puede encontrar especialmente en aquellos momentos de desfallecimiento que, inexorablemente, aparecen durante la creación de una obra de esta envergadura.

Gracias a mis padres por quererme tanto y por aficionarme a la lectura y a mi familia por estar siempre conmigo. Y gracias a mis amigos por entenderme y apoyarme: A Salva por leerse y corregir con minuciosidad una primera versión de esta novela y animarme a que luchara por que esta obra se publicase, a José Javier, por no tomarme por loco mientras escribía (él sabe lo valioso de su opinión a este respecto pues es psiquiatra), y a Emilio y Pepe por resistir con paciencia (y alguna cerveza) mis interminables historias sobre la segunda guerra púnica con un apreciable interés.

E infinitas gracias a mi mujer por creer en mí primero como compañero y luego como escritor, creyendo en esta novela desde un principio, leyéndose, capítulo a capítulo, cada pedazo de la misma, sin desfallecer y con paciencia. Y un agradecimiento muy especial a nuestra pequeña hija Elsa, por comer bien, dormir mucho y llorar muy muy poco durante los meses finales de edición y corrección de las pruebas de esta obra de entretenimiento titulada Africanus, el hijo del cónsul.

AFRICANUS.pdf

Ingrata patria, ne ossa quidem mea habes

[Patria ingrata, ni siquiera tienes mis huesos.]

Epitafio en la tumba de Escipión, el Africano

M. VALERIUS MAXIMUS, 5, 3, 2B

Prooemium

A finales del siglo III antes de Cristo, Roma se encontró al borde de la destrucción total, a punto de ser aniquilada y arrasada por los ejércitos cartagineses al mando de uno de los mejores estrategas militares de todos los tiempos: Aníbal. Ningún general de Roma era capaz de doblegar a este todopoderoso enemigo, genial en el arte de la guerra y hábil político, que llegó hasta las mismas puertas de la ciudad del Tíber, habiendo pactado con el rey Filipo V de Macedonia la aniquilación de Roma como Estado y el reparto del mundo conocido entre las otras dos potencias mediterráneas: Cartago y Macedonia. La historia iba a ser escrita por los enemigos de Roma y la ciudad de las siete colinas no figuraría en ella, no tendría espacio ni en los libros ni en los anales que habrían de rememorar aquella guerra, aquel lejano tiempo; Roma apenas representaría unas breves líneas recordando una floreciente ciudad que finalmente sería recluida a sus murallas, sin voz en el mundo, sin flota, sin ejército, sin aliados; ése era su inexorable destino hasta que o bien la diosa Fortuna, o quizá el mismísimo Júpiter Óptimo Máximo o el puro azar intervinieron en el devenir de los hombres y las mujeres de aquel tiempo antiguo y surgió un solo hombre, alguien inesperado que no entraba en los cálculos de sus enemigos, un niño que habría de nacer en la tumultuosa Roma unos pocos años antes del estallido del conflicto bélico más terrible al que nunca se había enfrentado la ciudad; alguien que pronto alcanzaría el grado de tribuno, un joven oficial de las legiones que iniciaría un camino extraño y difícil, equivocado para muchos, que, sin embargo, cambió para siempre el curso de la historia, que transformó lo que debía ocurrir en lo que finalmente fue, creando los hechos que ahora conocemos como la génesis de un imperio y una civilización secular en el tiempo y en la historia del mundo. Aquel niño recibió el nombre de su progenitor, Publio Cornelio Escipión, que fuera cónsul de Roma durante el primer año de aquella guerra. Las hazañas de el hijo del cónsul alcanzaron tal magnitud que el pueblo, para distinguirlo del resto de los miembros de su familia, los Escipiones, le concedió un sobrenombre especial, un apelativo referente a uno de los territorios que conquistó, ganado con extremo valor en el campo de batalla y que lo acompañaría hasta el final de sus días: Africanus. Sería la primera vez que se honraba a un general con una distinción semejante, dando así origen a una nueva costumbre que en los siglos venideros heredarían otros cónsules preeminentes y, finalmente, los emperadores de Roma. Sin embargo, tanta gloria alimentó la envidia.

Ésta es su historia.

Dramatis personae

Publio Cornelio Escipión (padre), cónsul en el 218 a.C. y procónsul en Hispania

Pomponia, mujer de Publio Cornelio

Cneo Cornelio Escipión, hermano del anterior; cónsul en el 222 a.C. y procónsul en Hispania

Publio Cornelio Escipión (hijo),Africanus, hijo y sobrino de los cónsules mencionados arriba

Lucio Cornelio Escipión, hermano menor

Tíndaro, pedagogo griego, tutor de los Escipiones

Cayo Lelio, decurión de la caballería romana

Emilio Paulo (padre), cónsul en el 219 y 216 a.C.

Lucio Emilio Paulo, hijo de Emilio Paulo

Emilia Tercia, hija de Emilio Paulo

Quinto Fabio Máximo (padre), cónsul en el 233, 228, 215, 214, 209 a.C. y censor en el 230 a.C.

Quinto Fabio, hijo de Quinto Fabio Máximo

Marco Porcio Catón, protegido de Quinto Fabio Máximo

Sempronio Longo, cónsul en el 223 y 218 a.C.

Cayo Flaminio, cónsul en el 217 a.C.

Terencio Varrón, cónsul en el 216 a.C.

Cneo Servilio, cónsul en el 217 a.C.

Claudio Marcelo, cónsul en el 222, 215, 214, 210 y 208 a.C.

Claudio Nerón, procónsul

Minucio Rufo, jefe de la caballería

Lucio Marcio Septimio, centurión en Hispania

Quinto Terebelio, centurión en Hispania

Mario Juvencio Tala, centurión en Hispania

Sexto Digicio, oficial de la flota romana

Ilmo, pescador celtíbero

Tito Maccio, tramoyista en el teatro, comerciante, legionario

Druso, legionario

Rufo, patrón de una compañía de teatro

Casca, patrón de una compañía de teatro

Praxíteles, traductor griego de obras de teatro

Marco, comerciante de telas

Amílcar Barca, padre de Aníbal, conquistador cartaginés de Hispania

Asdrúbal, yerno de Amílcar y su sucesor en el mando

Aníbal Barca, hijo mayor de Amílcar

Asdrúbal Barca, hermano menor de Aníbal

Magón Barca, hermano pequeño de Aníbal

Asdrúbal Giscón, general cartaginés

Himilcón, general en la batalla de Cannae

Magón, jefe de la guarnición de Qart Hadasht

Maharbal, general en jefe de la caballería cartaginesa

Sífax, rey de Numidia occidental

Masinisa, númida, general de caballería, hijo de Gaia, reina de Numidia oriental

Filipo V, rey de Macedonia

Filémeno, ciudadano de Tarento

Régulo, oficial brucio

Rey de Faros, rey depuesto por los romanos, consejero del rey Filipo V

LIBRO I

UNA FRÁGIL PAZ

Vel iniquissiman pacem iustissimo bello anteferrem.

[Preferiría la paz más inicua a la más justa de las guerras.]

CICERÓN,

Epistulae ad familiares, 6, 6, 5.

1

Una tarde de teatro

Roma.

Año 519 desde la fundación

de la ciudad. 235 a.C.

El senador Publio Cornelio Escipión caminaba por el foro. Llevaba el cabello corto, casi rasurado, tal y como era costumbre en su familia. A sus treinta años, andaba erguido, dejando a todos ver con claridad su rostro enjuto y serio, de facciones marcadas, en las que una mediana nariz y una frente sin ceño se abrían paso en silencio. Ese día iba a asistir a un gran acontecimiento en su vida, aunque en ese momento tenía la mente entretenida con otro suceso sobresaliente en Roma: Nevio estrenaba su primera obra de teatro. Apenas habían transcurrido cinco años desde que se había representado la primera obra de teatro en la ciudad, una tragedia de Livio Andrónico, a la que el senador no había dudado en acudir. Roma estaba dividida entre los que veían en el teatro una costumbre extranjera, desdeñable, fruto de influencias griegas que alteraban el normal devenir del pensamiento y el arte romano puros; y otros que, sin embargo, habían recibido estas primeras representaciones como un enorme salto adelante en la vida cultural de la ciudad. Quinto Fabio Máximo, un experimentado y temido senador, del que todos hablaban como un futuro próximo cónsul de la República, se encontraba entre los que observaban el fenómeno con temor y distancia. Por el contrario, el senador Publio Cornelio Escipión, ávido lector de obras griegas, conocedor de Menandro o Aristófanes, era, sin lugar a dudas, de los que constituían el favorable segundo grupo de opinión.

Publio Cornelio llegó junto a la estructura de madera que los ediles de Roma, encargados de organizar estas representaciones, ordenaban levantar periódicamente para albergar estas obras. Al ver el enjambre de vigas de madera sobre el que se sostenía la escena, no podía evitar sentir una profunda desolación. Pensar cuántas ciudades del Mediterráneo disfrutaban de inmensos teatros de piedra, construidos por los griegos, perfectamente diseñados para aprovechar la acústica de las laderas sobre las que se habían edificado. Tarento, Siracusa, Epidauro. Roma, en cambio, si bien crecía como ciudad al aumentar su poder y los territorios y poblaciones sobre los que ejercía su influencia, cuando se representaba una obra de teatro tenía que recurrir a un pobre y endeble escenario de madera alrededor del cual el público se veía obligado a permanecer de pie mientras duraba el espectáculo o a sentarse en incómodos taburetes que traían desde casa. Como consolación, el senador pensaba que, al menos ahora, ya había posibilidad de ver sobre la escena actores auténticos recreando la vida de personajes sobre los que él había leído tanto durante los últimos años. Una mano en el hombro, por la espalda, acompañada de una voz grave y potente que enseguida reconoció, interrumpió sus pensamientos.

—¡Aquí tenemos al senador taciturno por excelencia! —Cneo Cornelio Escipión abrazó a su hermano con fuerza—. Ya sabía yo que te encontraría por aquí. Venga, vamos a ver una obra de teatro, ¿no? A eso has venido.

—No esperaba verte por aquí hoy.

—Hombre, hermano mío. —Cneo hablaba en voz alta de forma que todos alrededor podían escucharle. Era un gigantón de dos metros que no necesitaba abrirse camino entre el tumulto de gente que se había agolpado en torno al recinto del teatro ya que, como por arte de magia, siempre se abría un pequeño sendero justo un par de metros antes de que llegara su persona. Cneo era más alto, más fuerte, menos serio y más complaciente en la mesa que su hermano, lo que quedaba reflejado en su incipiente barriga que los años de adiestramiento y empleo militar mantenían relativamente difuminada—. Tanto hablar del teatro, el teatro esto, el teatro aquello... me dije, vayamos a ver qué es eso del teatro y... bueno...

—¿Bueno qué?

—¡Y, por todos los dioses! ¡Si ese viejo remilgado de Fabio Máximo ha dicho que lo mejor que puede hacer un buen romano es no acudir a estas representaciones, pues eso era ya lo que me faltaba para decidirme a venir! ¡Que los dioses confundan a ese idiota!

—Así que eso es lo que anda diciendo Fabio —respondió Publio—. Interesante. Ya entiendo por qué hay tanta gente. Creo que con sus palabras ha conseguido que venga más gente que nunca. Hay que felicitarle. Estoy seguro de que los actores agradecerán tanto debate sobre sus representaciones. Parece que Fabio Máximo no entiende que si deseas que algo pase desapercibido lo mejor es no mencionarlo. Supongo que futuras generaciones irán aprendiendo esto. En cualquier caso, me alegro. Cuanta más gente vea estas cosas mejor. Quizá así consigamos que en Roma se construya alguna vez un teatro digno de representar a Aristófanes o Sófocles.

—No sé; no creo que esto del teatro llegue a interesar tanto como para levantar esos enormes edificios de piedra de los que siempre hablas. Si me dijeras para ver gladiadores o mimos, cosas que sí gustan, entonces quizá sí... Pero desde luego hoy aquí hay un gentío notable —concluyó oteando desde lo alto de su sobresaliente punto de observación.

Así, conversando, los dos hermanos entraron en el recinto. Se había hablado ya en más de una ocasión de la posibilidad de levantar también una estructura de madera frente a la escena que soportase unas gradas de forma que el público pudiera sentarse y disfrutar con más comodidad del espectáculo, pero, de momento, todo aquello no eran más que conjeturas. Sólo había algunos bancos en las primeras filas para las principales autoridades de la ciudad, los ediles y algunos senadores.

—Resultará complicado conseguir una posición más céntrica. Mejor nos quedamos aquí —comentó Publio.

Su hermano se giró y le miró sacudiendo la cabeza, como quien perdona la vida a alguien a quien aprecia mucho pero que sabe que está equivocado en algo muy concreto. Sin más comentarios, Cneo se adentró entre el tumulto de gente, dando alguna voz al principio y luego, a medida que la densidad de la muchedumbre aumentaba, apartando a unos y otros con decididos y potentes empujones. Cneo avanzaba hacia el centro del recinto para conseguir una posición mejor para ver a los actores y lo hacía como un tribuno en un campo de batalla buscando la posición óptima para su unidad. Publio seguía la senda que su hermano iba abriendo. Unos soldados se revolvieron molestos ante aquel torrente de empellones, mas, al ver ante ellos dibujarse la imponente figura de Cneo adornada con la toga propia de un patricio, decidieron hacer como que no había ofensa y ocuparse de sus asuntos. Así, en unos minutos, Publio y Cneo alcanzaron el centro del recinto justo frente a la escena tras los bancos de las autoridades y quedaron dispuestos para asistir a la representación. Una vez allí, Publio se dirigió a su hermano.

—Gracias. Con tu extremada delicadeza hemos conseguido, sin duda, una excelente posición para el espectáculo. Siempre tan sutil, Cneo. Te veo hecho todo un político.

—Ya sabes que el que tiene que llegar a cónsul en nuestra familia eres tú. A mí que me dejen un ejército y que me pongan unos millares de bárbaros o cartagineses delante. Con eso me entretendré.

Publio no respondió nada. Quién sabe, viendo cómo se desarrollaban los acontecimientos políticos quizá algún día tendrían ante sí a unos cuantos de esos cartagineses, aunque no tenía tan claro que el verbo «entretenerse» fuera el más adecuado para describir semejante situación.

Tito Maccio era un joven de veinte años, huérfano, llegado a Roma desde Sársina, en el norte de la región de Umbría. Ésta había caído bajo el control romano unos años antes. Después de algunas peripecias y no pocos sufrimientos en las calles de Roma, había alcanzado una cierta estabilidad a sus veinte años como mozo de tramoya en una de las incipientes compañías de actores que se dedicaban a representar obras de teatro en la ciudad. Su labor consistía esencialmente en clasificar las ropas de los actores y tenerlas preparadas para facilitárselas a cada uno a medida que éstos entraban en escena. También se ocupaba de limpiar las mismas antes y después de cada representación y, en fin, de todo aquello que fuera necesario con relación al espectáculo, incluso, si se terciaba, actuar. Después de haber mendigado por las calles, aquello le parecía una muy buena opción de vida. Entre bastidores Tito observaba a los actores declamar y en ocasiones memorizaba los textos de aquellos personajes que más le agradaban. Esto resultaba útil sobre todo cuando tenía que sustituir a algún actor que estaba enfermo o, más frecuentemente, con una resaca demasiado grande como para poder salir a escena.

Cuando entró de niño en aquella compañía había un anciano liberto de origen griego que se ocupaba de traducir textos de los clásicos como Eurípides, Sófocles, Aristófanes o Menandro, entre otros muchos, que le tomó cierto aprecio. Quizá aquel anciano encontró su extrema soledad, en un país extranjero y sin familia ni amigos, reflejada en aquel niño mendigo de cara resuelta que luchaba por sobrevivir en una ciudad cruel para el pobre, el esclavo y el no romano. El anciano lo tomó a su cargo y le enseñó a leer latín primero y después griego; y cuando sus ojos empezaron a fallarle, Tito, familiarizándose poco a poco con el arte de la escritura, empezó a copiar al dictado las traducciones que este anciano le hacía. Praxíteles, que así se llamaba, falleció cuando Tito apenas tenía trece años. Una mañana fue a llevarle agua para lavarse como hacía siempre y se lo encontró en el lecho de la habitación que la compañía de teatro había alquilado para cobijo del anciano que tan buen servicio les daba. Praxíteles estaba tendido, relajado, pero con los ojos abiertos y sin respirar. Tito se quedó en silencio junto a aquel hombre de quien tanto había aprendido y se dio cuenta de que aun sin que éste fuera nunca condescendiente o especialmente cariñoso con él, siempre se había mostrado afectuoso. De pronto se sintió del todo solo y pensó que nunca jamás sentiría un dolor y una pena igual en su vida. Estaba muy equivocado, pero en aquel momento no era consciente de las turbulencias del futuro. Cuando se rearmó de valor para afrontar la situación abandonó la estancia y salió al encuentro de Rufo, el amo de la compañía, que estaba negociando en el foro las posibles nuevas representaciones de la misma para la próxima Lupercalia, la festividad de la purificación que tenía lugar a mediados de febrero. Faltaba tiempo aún pero era conveniente cerrar los convenios con las autoridades públicas lo antes posible.

Rufo se encontraba junto con dos ediles de Roma, encargados de organizar los diferentes acontecimientos festivos, cuando Tito llegó a su encuentro. Rufo hizo como que no le veía. Al fin, una vez que después de diez largos minutos hubo terminado sus conversaciones con los ediles, se dirigió al inoportuno Tito, que había permanecido junto a él como un pasmarote, inconsciente de su impertinencia, aturdido como estaba por los acontecimientos.

—¿Y a ti qué se te ha perdido en el foro esta mañana? ¿Por qué no estás con el griego terminando la traducción de la comedia de Menandro que os encomendé? Ésta no es forma de justificar el alojamiento y la comida que os pago.

Tito pensó en replicar con improperios pero de su boca sólo salió la sencilla y simple realidad.

—Praxíteles ha muerto. —Y sin esperar instrucciones se marchó del foro dejando que Rufo digiriese las implicaciones de aquel suceso para su futuro económico.

Rufo, no obstante, era un hombre curtido en el desastre y la crueldad. Militar retirado, a sus cuarenta años había matado, violado, robado, luchado con honor y luchado sin honor alguno en el campo de batalla y con dagas en las peligrosas noches de Roma. Tenía una poblada melena de pelo negro que se resistía a tornarse gris pese a su edad, como si tuviera un pacto de juventud con los dioses a cambio de quién sabe qué extraños servicios. Avanzaba siempre como si se tambaleara, con un corpulento cuerpo sazonado de heridas y coronado por un ceño profundo permanente en lo alto de su frente. Hablaba latín y algo de griego, pero su capacidad lectora era más que discutible. Con todo, Rufo poseía una sobresaliente destreza: el oportunismo. Había discernido como nadie el gran impacto que suponía la novedad del teatro como espectáculo en Roma y, antes que ningún otro, había juntado actores de diferentes partes de la península itálica, se había hecho con los servicios de Praxíteles y había fundado una compañía estable que daba un buen servicio a los ediles de Roma a un más que razonable precio para las arcas del Estado. Mantenía en la pobreza a actores y demás miembros de la compañía, pero eso no preocupaba a las autoridades siempre que se cumplieran los compromisos acordados en cuanto a número de representaciones y mínima calidad de la puesta en escena.

La muerte de Praxíteles suponía un importante escollo en el natural futuro de la compañía, pero, como la fortuna a veces es caprichosa y parece vanagloriarse en favorecer a quien menos lo merece, Rufo pronto detectó que no hacían falta tantas traducciones del griego como antes, sino que empezaba a haber autores latinos propios que, para satisfacción suya y de su economía, ya escribían las obras directamente en latín.

Meses después de la muerte de Praxíteles, Rufo preguntó a Tito si él se sentía capaz de traducir obras del griego. Tito meditó su respuesta y concluyó que sí, pero como movido por un resorte, enseguida respondió con decisión de forma contraria.

—No, lo siento, no podría —y nunca más le volvió a preguntar Rufo sobre aquel tema. Tito había visto dónde había llegado Praxíteles con su griego y no quería seguir su misma suerte. Albergaba mejores expectativas para su vida que trabajar traduciendo por un mendrugo de pan y una humilde alcoba y siempre en las manos de aquel hombre cruel y avaro. Desde entonces Tito se especializó en todo lo referente a la tramoya: trajes, disfraces, calzado de los actores y supervisar el levantamiento de la escena cada vez que había representación. Curiosamente, aquel trabajo parecía ser más valorado por Rufo que todos los esfuerzos del anciano griego por producir unas traducciones en correcto y fluido latín. Tito estaba sorprendido porque sabía de lo injusto de la valoración, pero se guardaba para sí mismo sus opiniones y se dejaba llevar en aquel mundo de locos por lo que los demás consideraban como de mayor mérito.

Aquella tarde del 235 antes de Cristo, se representaba la primera obra de uno de los nuevos autores que tan bien le habían venido a Rufo: Nevio. Se trataba de una tragedia ambientada en Grecia. Para ello Tito había dispuesto todo lo necesario: pelucas blancas para los personajes ancianos, pelirrojas para los esclavos, un sinfín de todo tipo de máscaras para las más diversas situaciones escénicas, y coturnos, unas sandalias altas empleadas para realzar la estatura de los personajes principales que en una tragedia serían dioses personificados por actores, que, como era lógico, no podían estar a la misma altura que el resto de los personajes. Una amplia serie de mantos y túnicas griegas completaba el vestuario.

Todo estaba dispuesto. El público llenaba los alrededores del escenario, la tarde era agradable y la temperatura suave. Roma iba a vivir una velada de teatro al aire libre.

2

El paso del estrecho

Los Pilares de Hércules

(Gibraltar). 235 a.C.

Decenas de pequeñas embarcaciones navegaban lentamente. En una de las lanchas, atestada de armas arrojadizas, espadas, escudos, lanzas, algún caballo, víveres y soldados, Amílcar dirigía toda la operación. A su lado, un adolescente de trece años, su joven hijo Aníbal, es decir, «el favorito de Baal», el dios supremo de los cartagineses, observaba admirado.

Amílcar tenía bajo su mando un gran ejército dispuesto para conquistar Hispania, pero no tenía barcos con que transportarlo. Meses atrás rogó a los sufetes, los dos cónsules de Cartago, que dieran orden de reconstruir la flota púnica para poder enviar estas tropas a Iberia, pero éstos se negaron, siguiendo los avisos del Consejo de Ancianos. La gran flota púnica había sido destruida en la gran confrontación contra Roma de unos años antes y, entre otras terribles penurias y humillaciones, Cartago tenía prohibido reconstruir una nueva flota que los romanos observarían como una amenaza inminente. Si lo hacían, explicaron los sufetes, Roma no tardaría ni unas semanas en declarar la guerra y atacar, antes de que Cartago estuviera recuperada del anterior conflicto.

El sufete se dirigió directamente a Amílcar.

—Si deseas conquistar Hispania para Cartago y fortalecer el Estado con sus riquezas, eso te honra, general, sin embargo, lo que pides, una flota para trasladar al ejército, eso es imposible. Tienes permiso para intentar esa conquista pero tendrás que discernir otros medios.

Amílcar no era hombre que se amilanara con facilidad. Combatió con valor y pertinaz resistencia a los romanos en Sicilia dificultando en extremo el avance de las legiones del Estado latino y, posteriormente, derrotó por completo a los mercenarios africanos que se levantaron contra la que creían ya una Cartago en decadencia. Así pues, Amílcar aceptó el reto de los sufetes. Se levantó y ante todos los senadores de Cartago exclamó.

—Llevaré el ejército a Iberia, cuyas riquezas navegarán hacia Cartago en menos de un año.

Y antes de que nadie pudiera preguntarle sobre la forma en que pensaba acometer tal empresa, el general abandonó el cónclave senatorial y, escoltado por varios soldados y oficiales próximos a su causa y a la familia de los Barca, partió de la ciudad.

Durante semanas Amílcar dirigió su ejército por toda la costa norte de África, aprovisionándose en las numerosas poblaciones costeras amigas de Cartago. Atravesó las montañas y los estrechos pasos resistiendo ataques de tribus en continua rebeldía con Cartago. Cruzó la costa norte de Numidia y Mauritania en una marcha larga y agotadora para hombres y bestias, hasta que, al cabo de dos meses, llegó a los Pilares de Hércules. Allí contempló, desde la costa africana, las playas del sur de Hispania. Sólo los separaba un estrecho de aguas embravecidas pero de tan sólo veinte o treinta kilómetros[1] de anchura. En unas semanas fue agrupando todas las barcas de pesca de las poblaciones próximas y mandó construir pequeñas balsas y barcazas de transporte. No se trataba de construir barcos de guerra, sino de disponer de pequeños transportes que fueran y volvieran durante varios días, llevando en cada viaje armamento, soldados, animales y víveres. La tarea sería tediosa, lenta y muy peligrosa. Especialmente difícil resultaría embarcar, uno a uno, a las decenas de elefantes que llevaba consigo.

Amílcar alcanzó la costa de Hispania y fue el primero en pisar tierra. Tras él su caballo y varios soldados que empezaron a descargar todo lo que llevaban en la barcaza: trigo, dardos, lanzas, escudos. Era impresionante mirar hacia el sur. El mar estaba repleto de centenares de embarcaciones que, como una flotilla de pequeños barcos, se acercaban a las costas. El oleaje, no obstante, arreciaba con fuerza. Un elefante, al verse rodeado de aquella inmensidad de océano, se puso nervioso y empezó a bramar y moverse. Uno de sus adiestradores intentó calmarlo primero y luego controlarlo a golpes que asestaba con una maza de hierro en la cabeza del animal, pero la bestia estaba ya fuera de sí y cualquier esfuerzo era inútil para controlarla. En la pugna, la barcaza se desestabilizó y volcó, y soldados, armas y víveres fueron al agua junto con el elefante. El mar se tragó a hombres y bestia en cuestión de segundos. De forma parecida varias barcazas volcaron y se perdieron numerosos hombres, material y animales. Sin embargo, al caer la tarde del tercer día, el gigantesco ejército cartaginés había cruzado el estrecho sin disponer de una flota, sin despertar las suspicacias de Roma. Sigilosamente, aunque decididos, aquellos soldados formaron en la playa. Amílcar revisó unidades, equipos, caballería y elefantes y, cuando todo estuvo dispuesto, con el sol poniéndose, ordenó avanzar varios kilómetros hacia el interior. Dio orden también de recoger las barcas y esconderlas tras las dunas de la playa.

Al día siguiente, un barco mercante acompañado de una quinquerreme militar romana pasó por la zona. Un legionario actuaba como vigía. Desde lo alto de la nave observó restos de madera flotando en el mar. Dio la alarma y el capitán ordenó que recogieran aquellos fragmentos. Una vez en el barco, constataron que se trataba de pequeños trozos que no podían sino pertenecer a alguna embarcación pesquera. El capitán preguntó al vigía si se observaba algún movimiento extraño en la costa. La respuesta del legionario fue rotunda.

—¡Nada!

—Bien —concluyó el oficial al mando del barco—. En el informe de a bordo que figure que se han avistado restos del naufragio de alguna pequeña barca de pesca. Sin más novedad. Sigamos rumbo al noreste, a Sagunto.

Y se alejaron de la costa.

3

El hijo del senador

Roma, 235 a.C.

La representación acababa de empezar y todo marchaba bien. Hasta el momento ningún actor se había olvidado del texto y el público parecía seguir la historia con cierto interés. De cuando en cuando el murmullo de los que hablaban era excesivo y Tito tenía que moverse entre los espectadores pidiendo silencio para que los que deseaban escuchar pudieran hacerlo y, de súbito, llegó el desastre: desde fuera del recinto del teatro se empezó a escuchar música de flautas y los gritos de algún artista de calle anunciando la próxima actuación de un grupo de saltimbanquis y equilibristas y, lo peor de todo, un combate de gladiadores como colofón al espectáculo. Era frecuente que diferentes grupos callejeros se aproximaran al teatro para aprovechar la labor que la representación había conseguido con gran esfuerzo de toda la compañía de actores: congregar a un notable gentío. Parte del público, poco interesado en el transcurso de aquella tragedia, volcó su interés en los recién llegados saltimbanquis y fue saliendo del teatro. Los actores se esforzaron en declamar más alto elevando el tono de voz al máximo de su capacidad para intentar reavivar el interés de los que allí se habían reunido, pero todo esfuerzo resultaba inútil. Poco a poco se fue vaciando el recinto hasta que apenas quedó un tercio del aforo inicial. Tito estaba descorazonado y Rufo, iracundo. Aunque los ediles habían pagado por anticipado la representación, si ésta no era de interés, se cuestionarían volver a contratar a la compañía.

En el exterior del recinto el grupo de artistas callejeros daba volteretas en el aire una tras otra a un ritmo enfermizo; luego uno de ellos se tendió en el suelo y el resto saltaba dando una voltereta sobre aquél. Al fondo se podía observar a dos fornidos guerreros, sus musculosos brazos relucientes por el aceite con el que se habían untado, armados con espadas y escudos dispuestos a entrar en combate para satisfacción del gentío que empezaba a rodearlos.

En el teatro, Publio permanecía absorto en la representación de tal forma que el desplazamiento del público hacia el exterior del teatro le había pasado completamente desapercibido. Cneo, por el contrario, entre adormilado y aburrido, estaba considerando seriamente ausentarse junto con el resto de la gente que ya lo había hecho. Un buen combate de gladiadores parecía, a todas luces, un entretenimiento mucho mayor que la pesada y lenta historia que se les estaba presentando sobre el escenario. Sin embargo, veía a su hermano tan absorbido por la representación que intentaba aún concentrarse para ver si podía él quedar igual de prendado por lo que los actores contaban. Pero no. Resultaba del todo imposible. Al cabo de unos minutos se decidió y se dirigió a su hermano.

—Publio, yo me voy, te espero fuera.

—¿Eh...? Bien, sí, bien. Nos vemos fuera. Cuando termine salgo —fue su respuesta; pero aún no se había dado Cneo la vuelta para marcharse cuando apareció entre ellos un esclavo de casa de los Escipiones.

—¡Amos, amos! ¡Ha llegado el momento! ¡Ha llegado el momento!

A esta interpelación Publio sí que reaccionó con rapidez dejando de lado la representación.

—¿Estás seguro? ¿Sabes bien lo que dices?

—Sí, mi amo. Sí. Vengan a casa. ¡Rápido!

Y el esclavo los dirigió a la salida. Velozmente sortearon al público superviviente de la representación. Luego en el exterior bordearon el tumulto que se había formado alrededor de los dos gladiadores que habían empezado su lucha. El ruido de las espadas sobresalía por encima del de los gritos de la gente. Publio aceleró la marcha.

—¡Vamos, vamos! ¡Hay que regresar a casa lo antes posible!

En el teatro Tito contemplaba desolado el recinto medio vacío y escuchaba a los actores declamando a gritos sus intervenciones para hacerse oír por encima de la algarabía que llegaba de fuera. Una tarde de teatro en Roma. Tito sintió que aquél no podía ni debía ser su mundo por mucho más tiempo. Había de dejar aquel barco antes de que se hundiera del todo. Nunca pensó que tuviera madera de héroe.

Publio y Cneo llegaron a casa corriendo. Al irrumpir en el atrio los recibió el llanto de un niño. Una anciana esclava que ejercía de comadrona lo traía desnudo. Lo habían lavado. Era un varón. Ése podría ser el primogénito, el futuro pater familias del clan, siempre que su padre lo aceptase como tal. La anciana se arrodilló ante los recién llegados y a los pies de Publio, sobre el suelo de piedra, dejó el cuerpo del niño, desnudo, llorando. Su padre observó al bebé unos segundos. Éste era el momento clave en el destino de aquel niño, pues su progenitor tenía por ley el derecho de aceptarlo o repudiarlo si consideraba que había presagios funestos, que había nacido en un día impuro o que tenía algún defecto. Publio Cornelio Escipión miró a su hijo en el suelo. El niño proseguía con su llanto. Cneo, respetuoso con la importante decisión que debía tomar su hermano, se había retirado unos pasos. En el centro del atrio, junto al impluvium que recogía el agua de lluvia, quedaron padre e hijo a solas. Publio se arrodilló, contempló de cerca al bebé y asintió con la cabeza. Cogió entonces al niño y lo levantó por encima de sus hombros.

—Que se prepare una mesa en honor de Hércules. Éste es mi hijo, mi primogénito, que llevará mi mismo nombre: Publio Cornelio Escipión y que un día me sustituirá a mí como pater familias de esta casa.

La anciana comadrona y Cneo respiraron. Publio devolvió el niño a la esclava.

—Llévalo junto a su madre —y preguntó—, ¿está bien la madre?

—La madre está bien, descansando, dormida, pero bien. Dijo que deseaba verles en cuanto llegaran.

—Bien, bien. Que descanse unos minutos. Ahora me acercaré a verla.

La esclava se retiró y Cneo dejó escapar por fin sus emociones.

—¡Bueno, hermano mío! ¡Por todos los dioses, esto tendremos que celebrarlo por todo lo alto! Tendremos buen vino en esta casa y algo de comer, ¿no?

Aquella noche hubo un festín en la gran residencia de los Escipiones. Vinieron clientes y amigos de toda la ciudad. Se bebió y se comió hasta la medianoche. Y al terminar la velada, cuando se fueron todos los invitados y la casa quedó tranquila, Publio se sentó junto a su mujer. El recién nacido estaba acurrucado próximo a los senos de Pomponia. El senador se sintió feliz como no lo había sido nunca. La noche estaba tranquila, raramente sosegada para una noche en la bulliciosa Roma. En la calle, al abrigo de la oscuridad, tres hombres se acercaron a la puerta de la casa del senador. Uno llevaba un hacha afilada, otro una enorme maza y el tercero una escoba. Se acercaron hasta detenerse justo frente a la puerta. En el silencio de la madrugada Publio escuchó varios golpes fuertes en la puerta de entrada. Nadie de la casa salió a abrir. El senador permaneció impasible. Los tres esclavos, una vez cumplido el rito de sacudir la puerta con sus herramientas para así cortar, golpear y barrer cualquier mal que pudiera afectar al recién nacido, tal y como correspondía a los dioses Intercidona, pilumnus y Deuerra, se alejaron y fueron a acostarse contentos. Ése era un día feliz en casa de su amo.

4

El triunfo de Fabio

Roma, 233 a.C.

La procesión de senadores que había partido desde el Campo de Marte ascendió por la Vía Sacra y de esa forma llegó al foro boario. Era el principio de la larga comitiva del triunfo del cónsul Quinto Fabio Máximo, vencedor contra las tribus ligures del norte de la península itálica a las que había derrotado y empujado hacia los Alpes, liberando así las colonias y ciudades protegidas por Roma en aquella región de los constantes ataques, asedios y pillaje de aquellos bárbaros.

—Primero van los senadores —explicaba Pomponia a su hijo de apenas dos años; el pequeño Publio observaba el tumulto de gente y la larga comitiva con ojos admirados sin entender muy bien a qué venía todo aquello—. ¡Mira, ahí están tu padre y tu tío!

Publio y Cneo Cornelio Escipión, en calidad de senadores de Roma, desfilaban con el resto de los miembros del máximo órgano de gobierno de la ciudad. Era tradición que, en cualquier triunfo personal de un cónsul, el conjunto del Senado desfilara en primer lugar, dejando claro, tanto al pueblo de Roma como al general al que se agasajaba, que todos estaban supeditados a la autoridad de aquel parlamento. Tras los senadores, decenas de legionarios en perfecta formación desfilaban portando insignias arrebatadas a los ligures, armas de los derrotados y otros despojos de guerra; a continuación, encadenados, innumerables cautivos eran obligados a arrastrarse por las calles de Roma bajo la atenta mirada del pueblo. Los derrotados mezclaban su rencor con la admiración que aquella floreciente urbe despertaba a sus ojos: hermosos templos engalanados de guirnaldas salpicaban el camino, miles de personas vestidas con lujosas prendas y centenares de soldados apostados a ambos lados de la ruta ferozmente armados.

Tras los cautivos que luego se venderían como esclavos y las armas, venía la exposición de los tesoros arrebatados a los ligures: oro, plata, joyas, incluso estatuas que éstos a su vez habían arrancado a las ciudades que fueron objeto de sus ataques. Acto seguido avanzaban pesada y lentamente doce bueyes blancos camino del altar de Júpiter Capitolino, donde debían ser sacrificados por el victorioso general que, al coincidir su victoria con el hecho de ostentar la máxima magistratura de la ciudad, uno de los dos consulados que anualmente se elegían, tenía derecho a este triunfo. Y, concluyendo aquel séquito, venían los doce lictores o guardias personales del magistrado, que anunciaban la llegada del cónsul vencedor montado en una cuadriga tirada por cuatro caballos blancos que se deslizaba plácida sobre la calzada portando a Quinto Fabio Máximo, vestido para la ocasión con una larga túnica púrpura. Un esclavo en la misma cuadriga sostenía una corona de laurel sobre la cabeza del cónsul al tiempo que susurraba palabras en su oído recordándole que aquélla era una celebración pasajera y que seguía bajo las órdenes del Senado de Roma. Fabio Máximo, no obstante, disfrutaba al completo de aquel baño de multitudes y desde lo más profundo de su corazón desdeñaba las palabras que el esclavo, tozudamente, perseveraba en repetir. Había tardado cuarenta y ocho años en llegar a cónsul y aquél era un cargo que le gustaba demasiado como para dejarlo así como así. Lo importante ahora era el momento presente, la gran victoria; luego vendría su estrategia para dominar el Senado.

5

Un nuevo comerciante

Roma, año 228 a.C.

Corría el año 526 desde la fundación de Roma y Fabio Máximo ostentaba la máxima magistratura, al ser elegido por segunda vez en poco tiempo como uno de los dos cónsules que debían gobernar el Estado durante aquel año. Eran tiempos de tranquilidad en la ciudad, que vivía todavía con un sentimiento de relativo sosiego después de los encarnizados enfrentamientos de la flota romana durante el año anterior para combatir los navíos piratas de la costa ilírica, que suponían una constante amenaza para los puertos de aquella región y, más importante aún, para la seguridad de los barcos mercantes.

Tito Maccio veía cómo con las rutas marítimas cada vez más seguras y con el creciente dominio de Roma sobre el mar, los negocios y el comercio proliferaban por toda la ciudad. El teatro seguía languideciendo en un doloroso parto que parecía no terminar nunca de dar los frutos deseados. Nevio, Pacuvio, Ennio y otros estrenaban tragedias y comedias que interesaban a pequeñas minorías ilustradas pero que quedaban lejos de entusiasmar al pueblo en general. La gente seguía mostrándose mucho más atraída por los combates de gladiadores y los espectáculos de saltimbanquis, equilibristas y mimos que salpicaban diferentes rincones de la ciudad y que seguían aprovechándose de las representaciones teatrales para luego llevarse el público allí reunido. Este estado de cosas condujo a Tito Maccio a tomar una determinación clave en su vida y en su destino: dejar el teatro. Abandonar aquel mundo de muchos esfuerzos y escasas recompensas y adentrarse, con los pequeños ahorros que había conseguido, en el comercio. Encargado de las mil cosas de la compañía y, entre otras, de todo lo relacionado con la vestimenta de los actores, se había familiarizado con muchos comerciantes de telas, túnicas, togas y otros elementos necesarios del vestido diario de los romanos y por allí decidió encaminar su futuro. Lo tenía ya todo organizado: había seleccionado quiénes serían sus proveedores, los precios de entrada de los productos y los precios a los que los pondría a la venta; hasta había alquilado ya un local en una de las insulae más próximas a los mercados junto al Tíber. Todo estaba perfectamente planeado, excepto algo que quedaba pendiente: comunicárselo a Rufo.

Tito había pensado durante semanas la mejor fórmula de dar a conocer su decisión al director de la compañía, aguardando el momento adecuado para comentar sus planes: esperaba al final de cada representación, detrás del escenario, mientras Rufo calculaba el número de gente que había permanecido hasta el final, ya que los ediles de Roma hacían lo mismo. La verdad es que las cosas no habían ido nada bien en las últimas obras, de forma que Tito no se atrevía a hablar con el director. Sin embargo, el tiempo pasaba y ya tenía el local preparado y su decisión firme tomada. No podía esperar más tiempo. Una tarde, tras la representación de una obra de Livio Andrónico, Tito se acercó por fin a Rufo.

—Quería comentarle una cosa.

—Ahora no tengo tiempo. Ocúpate de recoger bien todos los trajes y guardarlos de forma que no queden arrugados. Las togas de los dioses parecía que hubieran estado enmarañadas durante meses —fue toda la respuesta de Rufo, que hizo ademán de marcharse.

—Me voy. Mañana mismo dejo de venir al teatro y de ocuparme de vestidos, textos, escenario y todas esas cosas —comentó Tito a toda velocidad y él sí que se volvió e inició su salida por la parte trasera del escenario donde se encontraban.

—¡Eh, tú! ¡Mentecato! ¡Por Cástor y por Pólux! ¿Se puede saber qué clase de sandez estás diciendo?

—Que me marcho, que estoy cansado de este trabajo. Es mucho esfuerzo, nadie me agradece nada y se gana muy poco, estoy prácticamente en la miseria y...

—¿Y...?

—¡Y además a la gente apenas le interesa lo que hacemos aquí; más nos valdría subirnos al escenario con diez flautas y un número de mimo! ¡Al menos usted le saca beneficio pero nosotros no sacamos nada!

Rufo estaba rojo de ira, pero era hombre que sabía calcular sus acciones con respecto a las repercusiones económicas que éstas pudieran tener en el negocio. Tito Maccio era un elemento interesante en el engranaje de la compañía. Igual podía organizar vestidos, pelucas, calzado para una obra, que supervisar el levantamiento de la escena o incluso actuar cuando era preciso.

—¿Quieres más dinero? ¿Es eso? Te puedo doblar el dinero que percibes.

Tito meditó un instante, pero estaba demasiado decidido a alejarse de aquel mundo y ni aunque le quintuplicase lo que cobraba podría llegar ni a la mitad de lo que había calculado que podría estar ganando como comerciante de telas. Y aunque así fuera, no tener un amo que te ordena y te desprecia a partes iguales era un lujo que deseaba disfrutar.

—No, me marcho. Gracias por la oferta pero llega demasiado tarde.

Fue entonces cuando Rufo tradujo su ira en palabras que, si bien no pronunció muy alto, llegaron claras y precisas como dardos afilados a los oídos de Tito.

—Bien, pues si te marchas y me dejas tirado, despreciado, que sepas que recordaré bien lo acontecido aquí hoy. Algún día vendrás, oh sí, volverás, porque todos vuelven. ¿Crees que eres el único cansado de esta vida que se forja sueños de grandeza y me deja? Esto ya ha pasado antes y todos vuelven arrastrándose e imploran que los vuelva a aceptar y yo siempre digo no. No soy esencialmente rencoroso pero devuelvo siempre con la misma moneda con la que me pagan. Ahora lárgate de aquí y no vuelvas jamás. —Y con estas palabras, Rufo se dio media vuelta y se alejó del lugar.

Tito se quedó allí, solo, rumiando por unos instantes lo que Rufo había presagiado, pero sacudió al fin la cabeza y salió del escenario directo al mercado. Era una tarde suave y el viento fresco que subía desde el río apaciguó sus ánimos y la tensión vivida en la discusión con Rufo. Ante él una nueva vida se abría. Éste era su auténtico principio.

6

Amílcar

Hispania, 228 a.C.

Amílcar Barca, general en jefe del ejército cartaginés en la península ibérica, observaba el valle. Los exploradores no habían detectado movimientos de las tribus locales y, sin embargo, su instinto de guerrero le hacía dudar. La campaña contra los indígenas de la región estaba siendo más costosa de lo esperado. Su resistencia al poder de Cartago era tenaz, terca, pero la determinación de Amílcar era firme. Su gran plan no admitía vuelta atrás en su iniciativa de dominar aquel país. Necesitaban los recursos de la región, el control de las minas de Sierra Morena, acceso libre por los ríos y por las costas. El sur y gran parte del este estaban ya bajo su control, pero era necesario atajar las resistencias del interior. Por eso había cruzado el Tajo. Su objetivo era someter a todos los celtíberos entre aquel río y el Duero. Eso sería suficiente para mantener el dominio de la región y explotar sus riquezas para poder ejecutar la segunda parte del plan, la auténticamente importante: la conquista de la península itálica, la derrota de Roma y la devolución de la hegemonía del Mediterráneo a Cartago. Hispania sería la base de operaciones desde la que llevar a cabo sus designios.

Amílcar descendió hacia el valle cabalgando a lomos de su caballo, seguido de cerca por sus generales y, tras ellos, su joven hijo de veintiún años. Aníbal llevaba nueve años en Hispania con su padre. Junto a él había asistido a las deliberaciones que tenían lugar entre los generales antes de cada ataque, antes de cada batalla, antes del asedio de cualquier población. Y desde su adolescencia había entrado en combate. Y, como el resto de los miembros de la familia Barca, Aníbal era conocedor del plan de su padre, más allá de lo que los generales cartagineses sabían o podían intuir y más allá de lo que los políticos de Cartago imaginaban. Para los sufetes —cónsules de Cartago—, y su Consejo de Ancianos, Amílcar estaba asegurando un territorio, el de Iberia, para poder explotar sus riquezas y resarcir a Cartago de las inmensas penurias de su derrota en la última confrontación con Roma, que, además de conllevar pagos de guerra, implicó la pérdida de territorios como Sicilia. Aníbal, sin embargo, sabía que los planes de su padre iban mucho más allá que llenar las vacías arcas del Estado.

Descendieron por el valle. El ejército fue avanzando por la llanura en formación de a cuatro. Una larga hilera donde los elefantes y otras tropas pesadas quedaban al final. Al principio avanzaban los generales y parte de la caballería, seguidos de la infantería ligera. El sol se había nublado y una helada brisa empezó a deslizarse desde las montañas. Amílcar pensó en detener la marcha, pero pronto empezaría a anochecer, así que concluyó que era mejor atravesar aquel valle y establecer un campamento en las colinas próximas que se vislumbraban en la distancia. Ésa sería una buena posición defensiva en caso de ataque. Estaba meditando sobre estas opciones cuando por el otro extremo del valle apareció un grupo de guerreros iberos con varias decenas de carros tirados por bueyes. Las bestias avanzaban lentamente porque los iberos habían llenado los carros con troncos. Detrás de los vehículos venían varios centenares de guerreros armados. La formación resultaba insólita y el avance extremadamente lento hasta el punto de que los soldados cartagineses, que habían detenido su marcha, se echaron a reír. Amílcar, por el contrario, permanecía serio, oteando en la distancia intentando entender el sentido que tendría todo aquello. Estaba claro que era una fuerza inferior a la necesaria para poder plantar cara a su ejército. Se volvió y observó a sus soldados en formación, su progresión hacia el valle detenida al quedar todos mirando la extraña maniobra de los iberos. Amílcar escuchaba a sus propios oficiales despreciando a aquellos guerreros que se atrevían a retar con semejante arsenal a un ejército púnico muy superior, con infantería ligera y pesada, caballería, y elefantes.

—¡Es absurdo! ¿Qué pretenden? ¿Luchar con bueyes contra nuestros elefantes?

—¡A lo mejor nos van a lanzar los troncos!

—¡Ja, ja, ja...! —nuevas risas que se extendían por todas las unidades. Amílcar, sin embargo, estaba disgustado.

—¿Quién ha dado orden de detener nuestro avance? —gritó—. ¡Que siga entrando en el valle el grueso de las tropas! ¡Y no quiero más risas hasta que todo el ejército esté en formación de ataque!

Los oficiales callaron y se ocuparon de transmitir las órdenes. En ese momento se vieron varias antorchas encendidas entre los iberos que brillaban con especial fuerza en esa última hora del atardecer. Acercaban las llamas a los troncos de los carros que previamente habían untado con pez de forma que en un instante todas las decenas de carros ardían. El viento bajaba desde la ladera de las montañas hacia el valle, de forma que los bueyes, en su lento descenso, empezaron a sentir el intenso calor de las llamas empujadas por la brisa hacia sus cuerpos. Las bestias sintieron su piel quemándose y despavoridas y presas del pánico se lanzaron en una imposible huida de aquel calor abrasador arrojándose hacia el valle, pero por más que corrían las llamas los perseguían. Antes de que los cartagineses pudieran reaccionar, carros en llamas empujados por bueyes enloquecidos los alcanzaban desordenando las formaciones, pisoteando a muchos soldados y sembrando el caos y el terror. Súbitamente aparecieron varios grupos de guerreros por ambos flancos. Primero eran decenas pero se multiplicaban con increíble rapidez. Los cartagineses no entendían bien lo que pasaba pero pronto la vanguardia de las tropas ligeras quedó rodeada por varios centenares de iberos que lanzaron un feroz ataque contra las sorprendidas tropas púnicas, que aún luchaban por deshacerse de la embestida de los bueyes y de las llamas de los troncos, muchos de ellos ardiendo esparcidos por el suelo al haber volcado. Amílcar se percató de cómo se incorporaban más grupos de iberos: la gran mayoría parecían estar echados en el suelo en pequeños grupos. Habían disimulado su presencia entre los árboles de las laderas del valle e incluso algunos se habían ocultado con matorrales tumbándose en el suelo a la espera de recibir la orden de ataque. Serían unos mil en total. Todo era cuestión de resistir la acometida mientras el grueso de las tropas entraba en el valle y se rehacían las formaciones, con la infantería pesada y los elefantes. Los cartagineses, que ya empezaban a superar la sorpresa de los carros incendiados, recibieron a aquellos guerreros primero lanzando una andanada de jabalinas y luego con sus espadas desenvainadas. Decenas de iberos cayeron bajo la lluvia de proyectiles, pero la gran mayoría de luchadores indígenas alcanzó a las tropas. El combate era tumultuoso y desordenado, lo que perjudicaba la optimización de los recursos púnicos. Amílcar se vio envuelto por enemigos. Una decena de jinetes cartagineses rodearon a su general. Aníbal observaba el peligro en el que se encontraba su padre desde unos cien pasos de distancia, mientras combatía junto con otro escuadrón de soldados cartagineses. Asdrúbal, yerno de Amílcar, desde la entrada del valle ordenó a los soldados dejar paso a los elefantes para que éstos pudieran acceder lo antes posible y asistir a las desordenadas líneas de vanguardia y así repeler la acometida de los iberos. Éstos, enfervorecidos por el éxito inicial de su ataque sorpresa, se cebaron en rodear al que adivinaban por su amplia capa, su brillante y adornado casco y su propio porte, como general en jefe. Amílcar y los suyos pusieron pie a tierra, pues la proximidad de los iberos y el nerviosismo de los caballos hacían imposible combatir desde la montura. Aníbal vio a su padre bajar del caballo y comprendió la gravedad de la situación. Por el otro extremo de la llanura veía entrar los primeros elefantes que irrumpían bramando en el valle azuzados por sus adiestradores, pero aún quedaban muy lejos. No lo pensó.

—¡Seguidme los que podáis! ¡El general está en peligro! —Y sin esperar respuesta de sus soldados, salió del grupo cartaginés y se abrió paso a espadazos entre los iberos. Embestía con tal ferocidad que, una vez que derribó a dos guerreros enemigos, el resto se hizo atrás.

Varias decenas de soldados siguieron el ataque de Aníbal. Nuevos refuerzos iberos les salían al paso, pero la determinación de Aníbal era tal que enemigo tras enemigo caían bajo sus golpes. La sangre fluía por el filo de su espada hasta llegarle a la mano y luego al codo. Tenía gotas de salpicaduras por el rostro y alguien le había herido en un brazo, pero seguía firme, avanzando en dirección a su padre. Ya no se veía a Amílcar, sino sólo un montón de iberos en círculo asestando golpes. Aníbal presentía lo peor. El resto de los soldados que le acompañaban había comprendido lo que ocurría y parecía haberse contagiado del mismo espíritu de rabia que empujaba a Aníbal.

Amílcar combatía rodeado de enemigos. Uno a uno caían los pocos soldados cartagineses que luchaban por protegerle. Eran decenas de iberos los que se habían lanzado contra ellos. A lo lejos parecían oírse los bramidos salvajes y desoladores de los elefantes, pero parecían no llegar nunca. En ese momento sintió la primera herida, profunda, en el costado. Un sesgo que le hizo doblarse. A su lado cayó otro soldado cartaginés. Escuchó la voz del resto.

—¡Han herido al general! ¡Han herido al ge...!

Aquel soldado no pudo terminar. Una espada ibera cercenó su garganta al tiempo que su grito interrumpido advertía a sus compañeros del desastre infinito. Los iberos terminaron con el resto de la escolta y se abalanzaron sobre Amílcar. Éste se alzó una vez más y opuso su escudo como resistencia. Por alguna razón no tenía fuerza para utilizar el otro brazo y combatir con su espada. No se percataba de lo profundo de la herida que le había cortado los músculos de su antebrazo derecho. En ese momento llegó un golpe definitivo por la espalda y sintió su cuerpo temblar y caer al suelo de bruces, con el rostro hacia la tierra empapada por el arroyo que cruzaba el valle. Los iberos fueron a rematarle pero en ese instante cayeron sobre ellos un grupo de cartagineses rugiendo en tropel y asestando golpes mortales cargados de odio y venganza. Aníbal en especial abatió a tres iberos en tres golpes certeros en menos de cinco segundos. Los elefantes empezaron a llegar y hábilmente dirigidos por sus conductores aplastaban a los aterrorizados iberos que nunca antes habían visto semejantes bestias. En cuestión de minutos todos los guerreros que habían rodeado al general cartaginés fueron masacrados y en poco tiempo todo el ataque quedó repelido. Sin embargo, para Aníbal, todo había llegado tarde, infinitamente tarde.

En un minuto de miseria y dolor, Aníbal se arrodilla junto al cuerpo de su padre. Ha caído junto a un arroyo boca abajo. Las heridas no parecen mortales pero al volver el cuerpo descubre los ojos abiertos de Amílcar, vacíos, mirando al cielo. Al caer y perder el conocimiento por los golpes de los iberos, se ha ahogado en el barro del riachuelo. Un profundo silencio embarga el ánimo de los cartagineses alrededor de padre e hijo, hasta que desde lo más hondo de su ser Aníbal gira su rostro hacia el sol del atardecer y lanza un alarido desgarrador, largo y vibrante que retumba en las montañas y en las almas de todos los que lo escuchan.

Un par de centenares de iberos se repliegan aturdidos aún por la carga de los elefantes. Avanzan en el atardecer por el bosque oscuro, un poco confusos en sus sensaciones, entre complacidos por haber abatido al jefe de los invasores pero también apesadumbrados por los amigos caídos. De pronto, desde el valle un aullido roto de dolor y furia llegó trepando por las laderas. Los más jóvenes sonrieron. Sin duda habían matado a alguien importante. Los más mayores sintieron en la zozobra que transmitía aquel grito malos presagios para el futuro. Alguien que siente tanto dolor necesitará mucha sangre antes de sentirse saciado en su venganza.

7

Una lección de historia

Roma, 228 a.C.

Tíndaro, el pedagogo griego de los hijos del senador Publio Cornelio Escipión, instruía a los niños en las estrategias de guerra seguidas por los romanos contra el rey Pirro de Épiro. El joven Publio de siete años y su hermano pequeño Lucio de apenas cuatro escuchaban absortos el relato de su tutor. Estaban absolutamente maravillados por algo nuevo en las descripciones de las batallas: al luchar contra Pirro los romanos tuvieron que combatir contra elefantes traídos por el rey griego. Los cónsules de Roma intentaron todo tipo de tácticas para contrarrestar la enorme potencia de aquellas bestias al irrumpir en campo abierto, que destrozaban todo a su paso: si levantaban barricadas, las aplastaban, y a todos los que se refugiaban tras ellas; si se les lanzaban proyectiles, eran innumerables los dardos y jabalinas que debían impactar en una de las bestias antes de que ésta se derrumbara. Era, en fin, posible acabar con los elefantes, pero no sin antes pagar un elevadísimo coste de vidas que dejaba diezmado al ejército romano. Centenares de legionarios eran sistemáticamente aplastados bajo las gigantescas pezuñas de aquellos animales o zarandeados e incluso desmembrados por sus musculosas trompas. Además, los bramidos de las bestias y los alaridos de pánico y dolor de los que caían bajo su embestida llenaban de pavor a los supervivientes. Las maniobras de las legiones y la destreza de sus soldados resultaban superiores a la formación en falange de los hoplitas griegos de Pirro, pero los elefantes, aunque por escaso margen, convertían con frecuencia una batalla igualada en una victoria pírrica. Roma terminó imponiéndose pero el coste humano fue demoledor. Y ahora, un nuevo enemigo de Roma, sometido de momento, pero todavía amenazante, capturaba y adiestraba decenas de elefantes para su ejército de mercenarios y soldados africanos: Cartago. El pedagogo miró a los niños que, con los ojos abiertos de par en par, casi sin parpadear, seguían su relato, y les preguntó.

—¿Serán los romanos de hoy capaces de volver a derrotar a nuevos ejércitos que alineen en sus filas decenas de elefantes?

Los niños, callados, esperaban que el tutor les diera la respuesta, pero éste guardó silencio, como si meditara. Ni Publio ni Lucio podían concebir que el pedagogo les planteara una pregunta para la que nadie tenía respuesta.

En ese momento se escuchó un poderoso vozarrón en el vestíbulo.

—Anuncia mi llegada —Cneo Cornelio Escipión daba instrucciones al esclavo que le acababa de abrir la puerta y, sin esperar respuesta, se abalanzó sobre los niños que, al verle llegar, olvidaron por completo a su tutor, al rey Pirro y a todos sus elefantes y se arrojaron con los brazos abiertos para abrazar a su tío—. Bien, bien, bien; aquí están las dos fieras salvajes de Roma que me atacan... Me tengo que defender... Peligra mi vida...

Cneo se arrojó al suelo del atrio y empezó a fingir un duro combate con los dos niños que se revolcaban con él en el suelo. El pedagogo griego sacudía la cabeza en señal de clara desaprobación al tiempo que recogía rollos de papiro, unas tablillas de cera y pequeñas figuras de soldados con las que ilustraba las tácticas en las diferentes batallas que explicaba a sus pupilos. Pomponia, la mujer del senador Publio, entró en el atrio.

—Cneo, si Publio se entera de que nuevamente interrumpes al pedagogo griego que ha designado como tutor de los niños, se va a enfadar.

—Es una perniciosa influencia; indisciplina y anarquía; es un mal ejemplo —comentaba en voz baja el tutor aludido mientras recopilaba todos los materiales de su enseñanza.

Cneo se levantó del suelo. Había cogido a los niños, llevándolos asidos por los brazos; cada brazo sostenía un niño como si de sacos de sal se tratase. Los críos sacudían las piernas y se arqueaban intentando desasirse del abrazo de su tío con resultados totalmente infructuosos. Acompañaban todos sus movimientos y patadas de un sinfín de risas.

—Son pequeñas fieras que necesitan acción, adiestramiento militar; espada, combate y menos arengas en griego y viejas historias del pasado. Nuestro ejército no tiene ya nada que ver con los de hace cincuenta años —comentó Cneo.

Pomponia mantuvo fija su mirada en el gigantesco general romano apretando los labios. Cneo desistió en sus comentarios y en su actitud y soltó a los niños.

—De acuerdo, de acuerdo. Marchad, niños, con vuestro tutor... y escuchadle bien, ya que eso es lo que ha decidido vuestro padre.

—Noooooo, noooooo —imploraban ambos niños al tiempo—. Queremos luchar.

—Sí, ser legionarios —comentó Lucio.

—¡Y espadas! —gritó Publio.

Pomponia puso orden sin levantar la voz.

—Los dos, con Tíndaro, al jardín, y no quiero oír ni una sola palabra más o no habrá cena, sino azotes.

Los niños sabían que su madre era extremadamente estricta con las órdenes que daba y, pese a ser contraria a sus deseos, siguieron la instrucción al pie de la letra.

—Hasta luego, tío Cneo —dijo Publio y, acompañado de su hermano, salió hacia el jardín de la parte posterior de la domus.

Cneo y Pomponia quedaron a solas. La mujer invitó entonces al hermano de su marido a reclinarse en el triclinium. En aquel momento llegó Publio padre. Entró en casa y saludó con un abrazo a su hermano y con un beso suave en la mejilla a su mujer.

—Bien, veo que llego en la hora justa —comentó al ver la comida que un esclavo disponía en el centro de tres triclinia—. Me alegro de llegar antes de que mi hermano se lo coma todo.

—Eso no es cierto —respondió Cneo—; siempre me preocupo de dejar algo para los Lares y los Penates, los dioses de nuestra casa.

—Sí, ya veo, tendré que ser divinizado para que mi hermano me deje comida que merezca la pena, pero bueno, ¿sabéis la noticia?

Cneo y Pomponia se miraron y luego con caras de desconocimiento se volvieron hacia Publio.

—No —dijo Cneo—. No sé nada. ¿Qué ha pasado?

Publio cogió un racimo de uvas y mientras comía fue explicándose.

—Noticias de Hispania... Amílcar, Amílcar de la familia de los Barca, el general cartaginés contra el que luchamos en Sicilia y que tantos problemas nos creó, ha muerto. No está claro cómo, parece que en una incursión hacia el interior de aquella región en algún enfrentamiento con tribus de la zona. En cualquier caso lo que parece seguro es que ha muerto.

—Bueno —comentó Cneo—, un general cartaginés muerto, uno menos del que preocuparnos; no veo yo por qué tanto revuelo.

—Hermano, Amílcar profesaba un gran resentimiento contra Roma, eso es claro y conocido por el Senado. Su fallecimiento podría reducir por un lado la expansión de Cartago por Hispania y, al tiempo, quizá calmar los ánimos.

—¿Y se sabe a quién elegirán como general en jefe los sufetes y el Senado cartaginés? —preguntó Cneo.

—No lo sé. Parece que las tropas han elegido a Asdrúbal, su yerno, pero falta la ratificación del Senado de Cartago. En cualquier caso creo que esto puede reducir las tensiones con los púnicos, especialmente si la familia Barca pierde fuerza.

Pomponia entró entonces en la conversación.

—Y este Amílcar...

—¿Sí? Dime, mujer —invitó Publio, dejando el racimo ya vacío de uvas en la mesa, junto al resto de la fruta.

—¿Este general cartaginés tiene hijos?

Publio meditó en silencio. Algo había oído de los hijos de este general, especialmente de uno al que llamaban Aníbal.

—Sí, varios, aunque parece que hay uno que destaca por su valor, un tal Aníbal.

—Aníbal —Pomponia repitió el nombre, como subrayándolo, mirando distraídamente al suelo, sin decir más.

Publio se quedó entonces con aquel nombre en su mente y, sin saber por qué, se acordó de sus propios hijos. El silencio que se había creado en la conversación permitió que la voz de su hijo mayor en el jardín, recitando un pasaje en griego, llegara a la estancia donde se encontraba con su hermano y su mujer comiendo. Se sintió orgulloso y su satisfacción no le permitió ponderar con más detenimiento la extraña conexión que su mente, por un breve instante, había llegado a establecer entre aquel hijo del general cartaginés muerto y su propio primogénito.

Tíndaro sacó una pizarra y tiza y dibujó un mapa del mundo.

—Bien —empezó aclarándose la garganta; los niños sabían que venía una lección larga—. Veamos: si empezamos por Occidente, ¿qué tenemos aquí? Tíndaro señalaba el extremo oeste de su mapa.

—¡Hispania! —gritó Publio orgulloso.

—Correcto. Bien. Hispania, donde tenemos los iberos y algunas ciudades griegas en la costa y los celtas en el interior. Iberos y celtas, ambos pueblos bárbaros. Luego, cruzando los montes Pirineos nos encontramos con la... —se detuvo mirando al pequeño Lucio.

—¿Galia? —respondió el menor de los hermanos con voz dubitativa.

Tíndaro asintió en reconocimiento por el esfuerzo del más joven de los dos hermanos.

—La Galia. Cruzamos el río Ródano y nos encontramos al norte con los Alpes y al sur con la Galia Cisalpina. En todas estas regiones habitan los galos, pueblo celta también con el que está Roma en permanente lucha. Tenemos los insubrios, los ligures, bueno, pero no entraremos ahora en más detalles. Si vamos al otro lado del mar, al sur, está Mauritania, Numidia y África. En Numidia reina Sífax, aunque en constante pugna con el sector occidental de la región apoyado por Cartago, la ciudad que controla África y con la que se libró la gran guerra por Sicilia y Cerdeña. En fin. Llegamos a Italia, con Roma en su centro, Etruria al norte, Campania al sur, y más al sur aún las antiguas colonias griegas de la Magna Grecia. En Italia, además de Roma destacan por su importancia...

—Capua, la capital de Campania y Tarento, en la Magna Grecia, ambas bajo dominio romano —volvió a responder Publio con seguridad.

—Sí, muy bien, Publio. Vayamos ahora hacia Oriente. —Tíndaro no parecía vivir con gran agrado la extensión de Roma sobre antiguas ciudades independientes griegas—. Y llegamos a Grecia, la cuna de la civilización, la democracia y el orden, de donde yo provengo. Aquí tenemos una amplia serie de ciudades libres que se asocian en diferentes ligas. Tenemos la liga etolia con Naupacto y las Termópilas, junto al reino de Épiro que es bañado por el Adriático. Y al sur de la liga etolia, tenemos la liga aquea con Olimpia, Esparta, Argos o Corinto. También están otras ligas de menor importancia como la Beocia, la Fócida o la Eubea. En éstas encontramos ciudades como Tebas. Y luego Atenas, está aquí, al sur de Tebas. Bien, bien, bien. —Tíndaro se detuvo un instante contemplando su mapa.

—¿De dónde vienes tú, Tíndaro? —era la voz del joven Publio.

—¿Yo? —el pedagogo se vio sorprendido; era la primera vez que alguien le hacía aquella pregunta en mucho tiempo. Era curioso. Parecía que aquel pequeño quisiera saberlo todo—. Yo vengo de Tarento, pero he viajado por muchas de estas ciudades. En otro tiempo, cuando era joven. Pero no nos desviemos de la lección de hoy. Al norte de Grecia y el reino de Épiro, tenemos en el Adriático, la costa Ilírica, con el reino de Faros, refugio de piratas y constante fuente de conflictos en el mar. Y un poco hacia el este, encontramos el siempre temible reino de Macedonia, con su capital Pella. ¿Quién partió de aquí para conquistar Asia?

—Alejandro.

Nuevamente era Publio quien respondía. Tíndaro volvió a asentir. Eso sólo lo había comentado una vez y hacía semanas. Tenía memoria.

—Alejandro Magno, en efecto —prosiguió el pedagogo—, y ahora este reino es gobernado por Antígono III Dosón, que accedió al trono el año pasado y que ostenta como descendiente de una de las dinastías establecidas por los generales del gran Alejandro tras su muerte. El rey Antígono tiene un joven primogénito, algo mayor que vosotros, al que le han puesto el nombre de Filipo, en honor al padre de Alejandro, el unificador de Grecia. Cuando este muchacho acceda al trono será conocido como Filipo V. Al norte de Macedonia están los tracios, otro pueblo bárbaro, siempre rebelde y complicado. Si seguimos hacia Oriente, encontramos otros pequeños reinos marítimos como Rodas o Pérgamo, hasta alcanzar las grandes regiones de Oriente: Asia Menor, Siria y Persia, todas bajo el poder de otro rey descendiente de los diadocos, los generales de Alejandro. El rey que gobierna todo este vasto imperio es Seleúco II, de ahí que lo llamemos también el imperio Seleúcida. Es una región extensísima, el mayor de los reinos del mundo conocido y, sin embargo, sólo una parte del grandísimo imperio que consiguió tener bajo su control Alejandro Magno. Y para terminar, este gran reino limita con otros dos de gran importancia: al suroeste tiene frontera con Egipto, el Egipto de los faraones, conquistado también por Alejandro y que tras su muerte quedó en manos de su general Ptolomeo, estableciéndose así otra dinastía de origen macedónico y griego; en la actualidad gobierna el reino de Egipto Ptolomeo III Evergetes. Ambos, el rey de Egipto y el rey Seleúco llevan casi veinte años gobernando. Y bien, llegamos al otro extremo del mapa, más allá del río Indo, donde encontramos el lejano reino de la India, donde Alejandro detuvo al fin su marcha. Algunos dicen que por la rebelión de sus tropas, otros que por la férrea resistencia del forjador de una gran dinastía: el emperador indio Chandragupta. En cualquier caso, este poderoso y hábil gobernante estableció allí un gran reino que fue creciendo con sus sucesores hasta el rey Asoka, cuyo reciente fallecimiento ha dejado la región en una situación incierta. Y en fin, éste es el mundo conocido. Como veis, Roma es sólo un pequeño punto, en esta región occidental del orbe. Una ciudad importante sí pero, como os he explicado, lejos del poder y la gloria de otros grandes reinos.

El pedagogo dio por terminada su lección, suspiró y los dejó por aquel día. Lucio se fue a estar junto a su madre, pero el pequeño Publio se quedó en el jardín. Tíndaro, a petición suya, le había dejado los soldados con los que los instruía en estrategia militar. Publio dispuso un grupo tal y como lo había hecho Pirro con un nutrido grupo de elefantes en la vanguardia. Enfrente situó las dos legiones romanas en formación: primero la infantería ligera con los vélites reclutados entre los más jóvenes y los más pobres de la ciudad; éstos llevaban el gladio o espada corta de dos filos y unas largas jabalinas que, una vez clavadas en el escudo enemigo, no podían ser separadas, dejando el arma defensiva inútil; como protección portaban un pequeño escudo redondo o parma y un casco de cuero llamado galea, casi siempre hecho de piel de lobo, el animal protegido por Marte, dios de la guerra; detrás los vélites, y siguiendo la tradición bélica en la que le instruían, dispuso los hastati, los príncipes y los triari, por ese orden; todos llevaban una fuerte coraza de cuero reforzada en el centro del pecho con una sólida placa de hierro de aproximadamente veinte centímetros cuadrados; la cabeza iba recubierta con el cassis, un casco coronado con un penacho adornado de plumas púrpuras o negras; como protección, todos estos soldados llevaban grandes escudos convexos hechos con dos planchas superpuestas y con una punta de hierro en el centro que los soldados usaban para desviar las armas que se les dirigiesen, evitando así que quedaran pegadas en el escudo. Además, llevaban una espada y el pilum o lanza para atacar al enemigo lanzándolo a veinticinco o cuarenta pasos de distancia, dependiendo de la fortaleza y habilidad de cada legionario; por fin, los triari, los soldados de la retaguardia, los más expertos de toda la legión, llevaban una pica más larga usada para el combate cuerpo a cuerpo. Publio organizó las formaciones de ambos bandos con la infantería en el centro y los escuadrones de caballería de ambos ejércitos en las alas respectivas; sin embargo, Pirro contaba con la ayuda adicional de los poderosos elefantes. ¿Cómo compensar eso? El pequeño Publio se tumbó en el suelo con su rostro muy próximo a los soldados que representaban ambos ejércitos. En el silencio del jardín sólo se oía el agua de la pequeña fuente del centro y el murmullo de las voces de sus padres y su tío Cneo hablando, pero Publio no escuchaba a nadie, absorto por completo en desentrañar alguna forma en la que contrarrestar la carga de los elefantes. En clase había sugerido que los romanos incluyeran bestias como ésas en sus propias filas pero Tíndaro lo había desechado como imposible porque en la península itálica no había elefantes.

—Quizá en el futuro, pero hoy día Roma no tiene elefantes y otros enemigos sí —explicó el tutor griego—, y ésa es una realidad de la que el ejército romano no puede huir, aunque muchos deseen hacer caso omiso.

—¿Caso omiso? —había preguntado Publio.

—Quiero decir que hay generales romanos que no prestan atención a este tema y deberían hacerlo o, al menos, eso es lo que yo pienso.

Y eso es lo que también pensaba el pequeño Publio. Se quedó allí, dormido, meditando sobre los elefantes. Su padre lo sorprendió en el suelo y lo despertó.

—Ése no es sitio para dormir, joven soldado.

Publio se frotó los ojos.

—No, lo siento..., pensaba en los elefantes del rey Pirro.

—¿Los elefantes...? Bien..., ése es un buen asunto para meditar. ¿Y has llegado a alguna conclusión?

—No, pero es peligroso no contar con elefantes cuando otros ejércitos sí disponen de ellos. ¿Alguna vez hemos ganado a los elefantes?

Su padre le miró con intensidad.

—¿Tíndaro no os ha hablado aún de Claudio Metelo?

El niño sacudió la cabeza.

—Bien, pues el cónsul Claudio Metelo sí que derrotó a un ejército cartaginés y sus elefantes. Eso fue en la ciudad de Panormus, en Sicilia. El general enemigo era un tal Asdrúbal que vino a asediar la ciudad que defendía Metelo. Esto ocurrió hará unos... veinte o... veinticinco años... —el senador se quedó un momento ponderando las fechas—, bien, en cualquier caso, fue hace tiempo. Lo importante es que Asdrúbal llevaba varias victorias consecutivas con los elefantes, igual que había conseguido también el rey Pirro del que os hablaba Tíndaro, y se enfrentaron contra Metelo seguros de una nueva victoria, pero el cónsul había ideado un plan.

Publio padre estaba disfrutando con la intriga de la historia al observar la total atención de su hijo al relato.

—¿Un plan? ¿Qué plan?

—Fosos. Metelo ordenó excavar fosos en el campo frente a la ciudad el día anterior al de la batalla. Cuando Asdrúbal mandó atacar a sus elefantes, éstos avanzaron sobre nuestra infantería apostada a las puertas de la ciudad. Los vélites, que eran los que estaban más avanzados, se replegaron. Los cartagineses creyeron que huían atemorizados y los elefantes los persiguieron hacia la ciudad, pero cuando los vélites llegaron a la zona de los fosos, se refugiaron en ellos para resguardarse de la carga de los elefantes. Al mismo tiempo, Metelo había concentrado un gran número de arqueros en un lateral y apostados por todas las fortificaciones de la ciudad, y ordenó lanzar una lluvia de flechas sobre los elefantes a la vez que los vélites, protegidos en sus fosos, lanzaban sus jabalinas. Gran parte de las bestias cayeron en la emboscada o huyeron asustadas. Luego Metelo aprovechó la confusión para conseguir una gran victoria y atrapar decenas de elefantes perdidos. Fue un gran día para Roma.

—Entonces sí que se puede vencer a los elefantes.

—Bueno sí... y no. Metelo fue muy inteligente: supo aprovecharse de las circunstancias y tuvo tiempo de preparar una defensa adecuada para la carga de los elefantes. Entre otras cosas sabía que los cartagineses avanzarían sobre la ciudad y se ayudó de las fortificaciones de la misma para su emboscada. El problema permanece en campo abierto. Ahí las ventajas siguen siendo para los elefantes. ¿Te cuento el desembarco de Régulo en África?

—¿Los romanos hemos luchado en África?

—Sí, pero salimos derrotados. Vencimos a Cartago pero realmente nuestra victoria final fue en el mar. En tierra de África, conseguimos algunas victorias pero al final Régulo perdió cerca de la capital cartaginesa. Hay quienes piensan que se perdió porque Régulo no esperó los refuerzos que debían llegar de Roma. En fin, fuera como fuera lo que ocurrió es que Cartago hizo venir a mercenarios desde Grecia y los puso a las órdenes de un gran guerrero espartano, Jantipo. Este general dispuso unos ochenta elefantes en la vanguardia de su formación, la infantería detrás y la caballería en las alas. Los romanos dispusieron su infantería en el centro y la caballería también en los extremos. Jantipo mandó avanzar a sus elefantes. La infantería romana, dispuestos unos manípulos detrás de otros, constituyendo una inmensa masa de soldados, consiguió resistir la primera embestida de los elefantes, pero luego resultaba imposible luchar cuerpo a cuerpo con su enorme fortaleza; los romanos avanzaron entre los elefantes y recompusieron su formación detrás de los mismos, pero al avanzar así la caballería cartaginesa, superior a la nuestra, consiguió rodear toda la infantería. Una vez rodeados era cuestión de tiempo. Sólo unos dos mil hombres y algunos jinetes escaparon. Hasta el propio Régulo cayó preso. No, vencer a los elefantes en campo abierto no es sencillo. Hijo mío, si alguna vez te ves enfrentado a una fuerza que cuente con esos animales y la batalla deba ser en campo abierto, sigue mi consejo: retírate. Retirarse para atacar más adelante, en mejor ocasión, no es un deshonor.

El pequeño Publio le escuchaba con los ojos abiertos de par en par, sin parpadear, digiriendo el consejo de su padre.

—Y ahora ve a ver a tu madre, que está preocupada porque no has venido a comer.

El pequeño Publio asintió y salió disparado hacia la estancia donde le esperaba Pomponia. Su padre se quedó contemplando las pequeñas figuras de soldados y elefantes distribuidos en diferentes formaciones sobre el suelo del jardín.

8

Una ciudad protegida por los dioses

Hispania, 227 a.C.

Asdrúbal despidió a Aníbal en la costa.

Los cartagineses llevaban semanas construyendo un puerto al abrigo de la fortaleza que habían conquistado junto al mar. En el muelle Asdrúbal abrazó a Aníbal.

—Ten buen viaje y que Baal vele por ti. Cuando termines tu formación en Cartago, tal y como era deseo de tu padre, te espero aquí para seguir adelante con nuestros planes.

Aníbal devolvió el abrazo y, sin mirar atrás, subió al barco, una trirreme cartaginesa que velozmente le llevaría de vuelta a su patria. Era una partida dolorosa, agria, pero necesaria para cumplir los anhelos de su padre y sólo por eso aceptó las órdenes de Asdrúbal. Debía regresar a Cartago, terminar su formación pública, política y militar, reafirmar los vínculos de su familia con la metrópoli y luego regresar a Hispania.

La nave partió hacia África aprovechando la subida de la marea y el viento favorable.

En tierra, los cartagineses seguían edificando una muralla en la colina que dominaba aquel puerto natural que estaban fortificando. Se trataba de una pequeña península conectada a Iberia por un estrecho istmo. Alrededor de la península todo era agua: al oeste y al sur el mar Mediterráneo y al norte, una laguna natural que impedía el ataque desde ese lado. El ejército púnico levantó murallas que protegían toda la península de un ataque por mar, y un muro de más de seis metros en el sector este, donde estaba el istmo, atravesado por una puerta guarnecida por torres, que quedaba como el único acceso a aquella nueva ciudad que estaban construyendo.

Asdrúbal paseaba satisfecho del trabajo de sus hombres. Aquélla sería la capital púnica en Hispania, desde donde partirían sus ejércitos para asentar sus posiciones en todo aquel vasto país. Una extensión de Cartago fuera de África que se convertiría en referente del poder púnico creciente, que intimidaría a iberos, celtas y, por qué no, a los propios romanos. Una ciudad inexpugnable por tierra y por mar y un excelente puerto de comunicación por el que Cartago recibiría las riquezas de aquel territorio y por el que a la Iberia cartaginesa llegarían víveres, suministros y refuerzos desde la capital. Desde que los romanos habían detectado las incursiones cartaginesas en Hispania, se habían mostrado opuestos a las mismas y sólo un pacto confuso, estableciendo el Ebro como frontera límite para los posibles dominios cartagineses, parecía haber calmado un poco los ánimos. La estrategia ahora era asegurarse el control de todas las regiones al sur de ese río y necesitaban una base de operaciones. Ese puerto, esa ciudad sería su centro neurálgico en la región.

Al cabo de varios meses la fortaleza estaba lista. A ella llevaron numerosos cautivos iberos, rehenes, hijos e hijas de jefes de diferentes clanes de la región, con los que chantajear a numerosas tribus para que no se alzaran contra el poder absoluto de Cartago en Hispania, ahora ya bajo su poder desde el sur del Tajo y el Ebro hasta Gades.

Asdrúbal ascendió hasta una colina que luego llevaría su nombre, Arx Hasdrubalis, al norte de la nueva ciudad desde la que se divisaba la laguna, y allí ofreció sacrificios a los dioses Baal y Melqart y la diosa Tanit. A ellos rezó y rogó que bendijeran aquella ciudad y que la hicieran infranqueable para cualquier enemigo, ya viniera por tierra o por mar. Era una ofrenda generosa: una decena de bueyes. Los dioses se sintieron satisfechos y cumplirían su promesa.

Al finalizar el sacrificio Asdrúbal se volvió hacia la multitud de soldados que se había reunido próxima al altar y proclamó el nombre de la nueva ciudad.

—¡Baal, Melqart y Tanit protegerán esta fortaleza, la nueva capital de nuestros dominios en esta región y que desde ahora será conocida y temida por todos con el nombre de...! —Y calló unos segundos mientras alzaba su rostro al cielo— ¡... Qart Hadasht!

9

Nuevas miras

Roma, 227 a.C.

La tienda de Tito Maccio iba bien. No es que se estuviera enriqueciendo, pero había conseguido saldar cada mes con unos ingresos que cubrían holgadamente sus gastos y le dejaban un remanente suficiente para alquilar una habitación, comer a su gusto y permitirse algunos caprichos: alguna ánfora de buen vino, una cena en alguna taberna de cierto nivel o, por qué no, una visita a alguna casa de dudosa reputación en busca de placeres prohibidos. No era una vida boyante, pero también se veía compensada por una mayor tranquilidad. Si bien era cierto que tenía que atender a los proveedores, regatear con ellos y luego estar con cada cliente, escuchar sus peticiones e intentar dar el mejor servicio posible, siempre era más descansado que todo el conjunto de actividades de las que se tenía que ocupar en el teatro de Rufo. Alguna vez había echado de menos algo de la incertidumbre y desenfado del ambiente teatral, pero no lo suficiente como para lamentar su decisión de abandonar aquel mundo. De hecho en todo aquel año ni tan siquiera había asistido a alguna de las obras que, sin su colaboración ya, se habían puesto en escena en Roma.

No, Tito Maccio tenía otras cosas en mente: la expansión del negocio. Y ésta se encontraba en las nuevas telas venidas de Oriente, especialmente la seda. Andando por el foro encontró un corrillo donde reconoció a varios mercaderes de telas competidores suyos, pero con los que mantenía una relación de deportiva cordialidad. El agrupamiento de comercios había empujado a los clientes a acudir a aquel barrio de la ciudad, próximo al río, donde se habían instalado, de forma que lo que podría haber sido una negativa competencia se había transformado en una interesante colectividad de intereses mutuos. Un hombre en el centro del corro de comerciantes parecía haber encandilado a aquellos hombres.

—Creedme —decía Blasso, que era como se hacía llamar aquel hombre de mediana edad, túnica de lana blanca, limpia, bien peinado y con sandalias nuevas, claramente un hombre que cuidaba su imagen—. Es en estas inversiones en donde está el futuro de vuestro negocio. Perdéis gran cantidad de dinero al adquirir vuestros productos en la propia Roma, pagando el sobreprecio en cada mercancía de su traslado desde Fenicia o Siria; imaginad cuánto podríais ahorrar si entre varios fletaseis un barco que os trajera directamente las mercancías desde Tiro o Biblos o Alejandría. Al principio supondría una inversión, pero en un par de viajes podríais vender al mismo precio que ahora pero triplicando el beneficio en cada venta. ¡Pensadlo, amigos!

Los comerciantes escucharon con interés, pero al final el grupo se deshizo sin que se concretara nada. Quedaron sólo dos mercaderes hablando con aquel hombre a los que se les unió Tito. Uno de los comerciantes planteaba sus dudas.

—¿Y los piratas? El mar está infestado de ellos. ¿Cómo sabemos que todo nuestro dinero no acabará en un naufragio o en manos de los piratas?

—El mar es ya seguro—empezó a explicarse aquel hombre que había captado la atención de los mercaderes. Tenía un acento griego, aunque usara nombre latino—. Desde que nuestra gloriosa flota asestó un golpe mortal a los piratas de Iliria, éstos se guardan mucho de atacar nuestros barcos. Además, es frecuente que los mercantes vayan en grupo escoltados por trirremes o quatrirremes romanas.

Los dos mercaderes y Tito Maccio invitaron a Blasso a tomar vino y comer en una taberna junto al foro. Querían saber más. Especialmente Tito.

LIBRO II

VIENTOS DE FURIA

Bellum ita suscipiatur, ut nihil aliud nisi pax quaesita videatur.

[La guerra debe emprenderse de tal manera que parezca que sólo se busca la paz.]

CICERÓN,

De Officiis, 1, 23, 80.

10

Un león enjaulado

Alta mar, costa norte

de África, 224 a.C.

El capitán de la pequeña flota cartaginesa de tres trirremes observaba con uno de sus oficiales al hijo del gran Amílcar caminando por la cubierta del buque.

—Parece nervioso —comentó el oficial. Y es que Aníbal paseaba de un extremo al otro del barco, dando vueltas sobre la misma ruta trazada, volviendo sobre sus pasos una y otra vez—. Parece un león enjaulado.

El capitán asentía lentamente con la cabeza. El hijo de Amílcar, después de unos años en Cartago, regresaba a Hispania reclamado por Asdrúbal para reincorporarse a las tareas de conquista y dominio de la península ibérica. En su fuero interno bullía un sentimiento de rabia contenida durante cuatro largos y lentos años alejado de su objetivo: vengar la muerte de su padre sometiendo a aquellas tribus que los habían emboscado aquel trágico atardecer en aquel valle maldito y abandonado por los dioses. Aníbal recordaba la estratagema ibera de los bueyes arrastrando los troncos, el fuego, la emboscada y el horror de la lucha. Caminaba de un lado a otro del barco, sin detenerse desde que partieran de Cartago y sin pensar en parar hasta llegar a Qart Hadasht.

El capitán del barco respondió a su oficial.

—No parece un león enjaulado, es un león enjaulado lo que llevamos en este barco... y lo vamos a soltar en Iberia. Sólo los dioses saben qué pasará a partir de ese momento. Por mi parte te digo que ya me cuidaré mucho de no cruzarme en su camino.

11

Un barco mercante

Roma, 223 a.C.

Tito estaba en su tienda, haciendo inventario cuando uno de sus colegas y compañeros inversionistas entró en el local.

—¡Lo hemos perdido todo, Tito! ¡Todo...! —El hombre parecía tener más que decir, pero su ansia no le permitía seguir hablando. Se limitaba a repetir sus mensajes entre estrepitosos suspiros—. Lo hemos perdido todo...

Tito se acercó y le llevó un vaso con agua fresca del ánfora que guardaba para él.

—A ver, Marco, explícate. Tranquilo. Bebe.

Marco bebió con avidez. Estaba sudoroso y no hacía calor. Era puro nervio.

—Blasso, Blasso ha venido y me ha dicho que el barco se ha hundido.

Marco y Tito fueron los únicos mercaderes que se atrevieron a invertir en el barco mercante que Blasso les había propuesto a un conjunto de comerciantes en el foro hacía unos años. Las cosas no habían ido del todo mal y, aunque durante los dos primeros no vieron ningún beneficio en su inversión, en los últimos años la cosa había mejorado. Como Blasso vio que no obtenía suficiente dinero de los mercaderes de telas, había ido vendiendo su proyecto a tantos comerciantes como pudo, desde panaderos a vendedores de pescado, o comerciantes de sandalias, vino o cerámica. Entre todos los que se apuntaron al proyecto se fletó un barco mercante que iba y venía de Roma a las costas de Fenicia, Siria y Egipto con los productos que cada comerciante encargaba. En el último año las cosas empezaban a mejorar y la tienda de Tito rebosaba de productos y de nuevos clientes.

—El barco —continuó Marco, esta vez con algo más de sosiego—, se ha hundido. Dice Blasso que en las costas de Grecia. No está claro si ha sido el mal tiempo o un ataque de piratas, pero se ha perdido todo. ¿Cómo haremos frente a las deudas que tenemos contraídas? ¿Cómo haremos...?

La situación era horrible. Tito cerró la tienda y se sentó a su lado. Sin el nuevo cargamento no sería posible reunir dinero suficiente para responder de las deudas contraídas con algunos prestamistas a los que habían pedido dinero para su aventura comercial. Y además tenía dinero prestado de varios clientes que habían pagado por anticipado buena cantidad de telas que estaban aún por llegar en el nuevo viaje del barco. Si la nave se había hundido, con ella se iban todas sus esperanzas de sacar adelante aquella tienda. Tito contemplaba descorazonado los tejidos amontonados sobre el mostrador de piedra que él mismo había construido, las sedas, las túnicas y las lanas para hacer togas. Todo eso estaba a punto de desaparecer. Se levantó y se sirvió él también un vaso de agua. En silencio engulló el líquido y sus penas. Su sueño de comerciante llegaba a su fin.

Vagó por las calles de Roma durante horas, hasta que sus pasos le condujeron a las tabernas junto al río, próximas al barrio donde la prostitución era el mejor de los negocios. Entró en una de las tabernas y se sentó. Vio cómo escanciaban el vino que acababa de pedir y escuchaba a los marineros hablando de lejanas tierras y de acontecimientos sorprendentes que ocurrían en el mundo.

—El coloso de Rodas se ha venido abajo —comentaba un hombre mayor, tez morena y con grandes arrugas sesgando su rostro curtido por el aire del mar—; un terremoto tremendo, escalofriante. La tierra se sacudía como os muevo yo ahora esta mesa.

El hombre sacudió la mesa y un par de copas se vinieron al suelo haciéndose añicos.

—¡Por Cástor y Pólux! —exclamó uno de sus compañeros en la mesa—. ¡Ahora me pagarás otra copa!

—Venga —aceptó el causante de aquel estrago—, ¡posadero, posadero, otro vaso de vino! ¡Mejor, una jarra más! En fin, así se vino abajo el coloso de Rodas. Más de setenta años llevaba aquella torre en forma de hombre junto al puerto. Treinta y dos metros de altura medía, y al atardecer, con la luz del sol sobre su piel de bronce, brillaba como un dios sobre el mar. Ahora sólo son trozos esparcidos por los muelles.

Tito, contrario a su costumbre de escuchar las historias de los marineros venidos de lejanas tierras, salió del local. En otro momento se habría acercado a la mesa como empezaban a hacer varios curiosos, para escuchar el relato de aquel hombre sobre el derrumbamiento de aquella colosal estatua del puerto griego. Ahora se limitó a salir y reencontrarse con la luz tibia del atardecer sobre el transcurrir lento del agua del Tíber. Se había arruinado. Tendría que subsistir como fuera. Se sentía como el propio coloso, como si le sacudiesen la tierra bajo sus pies. Los dioses eran caprichosos y la Fortuna le desdeñaba. Inspiró con profundidad y se adentró hacia la ciudad y hacia la noche con sus preocupaciones a cuestas.

12

El giro de la espada

Roma, 221 a.C.

Era diecisiete de marzo, el día de los Liberalia, fiestas en honor del dios Líber, a quien se encomendaban los que abandonaban la edad infantil y entraban en la pubertad. El joven Publio había cumplido ya los catorce años. Esa mañana, al levantarse, su madre Pomponia estaba junto a su lecho y lo abrazó de forma larga y especial. Publio no entendía bien qué podía cambiar tanto en su vida. Sabía en qué consistía el rito y no veía nada doloroso ni preocupante. ¿Por qué lo abrazaba su madre con esa intensidad?

Pomponia al fin se separó y le dejó respirar, al tiempo que se dirigía a él.

—Hijo, te haces mayor. Tu padre está orgulloso de ti y yo también. Sobre ti un día reposará el futuro de nuestra familia. Es una pesada carga, hijo mío. Tu familia es poderosa, pero de igual forma tenemos enemigos muy poderosos, aquí en Roma y fuera, en ciudades lejanas. Presiento que te corresponderá vivir tiempos difíciles. Ruego a los dioses que te protejan y te guíen en todas las decisiones que tengas que tomar. —Luego le acarició suavemente la mejilla con el dorso de la mano y terminó cogiendo la bulla, un pequeño colgante de cuero que había llevado desde niño. Al fin soltó el colgante y le dejó a solas para vestirse.

Publio, después de lavarse los brazos, pies, piernas y cara, se puso una túnica ligera y sobre la misma su toga praetexta, la que le correspondía por su edad. Salió entonces al atrio de la casa. Allí le esperaba su padre, su tío Cneo, su madre, su hermano pequeño Lucio y varias personas más que el joven Publio reconoció como amigos o clientes de su padre. Todos le saludaron de forma solemne. Su padre se adelantó y extendió los brazos. Publio sabía lo que debía hacer: se quitó la toga praetexta y se la dio a su padre. Éste la recogió y a cambio le entregó una nueva toga blanca, la toga virilis y una moneda. Publio se vistió con la nueva toga y tomó la moneda. A continuación ambos, padre e hijo, se acercaron al altar de los dioses Lares que protegían la familia. Publio se quitó entonces el colgante que había llevado desde niño y lo entregó a los dioses protectores del hogar. Puso también la moneda que le había dado su padre y la consagró a la diosa Iuventus para que a partir de ahora lo protegiera durante su juventud. Una vez hecho eso, padre e hijo se volvieron y saludaron a la familia y a los amigos e invitados. Publio Cornelio Escipión, como senador de Roma, se dirigió a los presentes.

—Gracias a todos por venir y presenciar el fin de la niñez de mi hijo. Ahora los que deseéis podéis acompañarme en la deductio in forum, el traslado al foro en donde presentaré a mi hijo a los prohombres de nuestra ciudad y, lo más importante, para que su nombre quede inscrito en nuestra tribu de modo que, cuando el Estado le requiera, pueda ser incorporado a filas para luchar por la seguridad y el engrandecimiento de Roma. Luego sacrificaremos un buey en el foro en honor al dios Líber y todos estáis invitados al banquete que daremos en honor de mi hijo, mi heredero.

Todos los presentes asintieron y felicitaron efusivamente al padre, al hijo y al resto de los miembros de la familia.

Cneo había tomado como algo personal el adiestramiento militar de sus sobrinos. Su hermano pensó en contratar los servicios de algún oficial de prestigio o algún legionario experto ya retirado, como era costumbre, pero Cneo se negó en redondo.

—A mis sobrinos los adiestra su padre o los adiestra su tío. No quiero ningún mentecato enseñando a Publio y Lucio a ser buenos soldados. Ellos han de ser más que eso: han de ser los mejores soldados y también los mejores generales.

Publio rechazó la posibilidad de enseñar a sus propios hijos el arte de la lucha en el campo de batalla. Una cosa era dar consejos de estrategia y otra combatir cuerpo a cuerpo con tu propia sangre. Cneo, sin embargo, no parecía tener tantos escrúpulos y, ante la insistencia de su hermano, Publio Cornelio Escipión cedió. Desde entonces, Cneo disponía del tiempo de sus sobrinos todas las tardes de la semana, sin descanso. Las mañanas seguían reservadas para Tíndaro. Cneo pasaba mucho tiempo con los niños. Primero los familiarizó con las diversas armas de las que tanto habían oído hablar a Tíndaro, pero de las que apenas habían visto nada: los escudos redondos ligeros de los vélites, las espadas de doble filo de los legionarios, los pila que se usaban como armas arrojadizas o las lanzas alargadas para el combate cuerpo a cuerpo de los triari. Aquellas tardes siempre terminaban con largas sesiones corriendo por el Campo de Marte en las afueras de Roma donde iban para el adiestramiento. Había días que corrían hasta la extenuación. Pomponia tuvo algunos roces con Cneo por la dureza de ciertos entrenamientos cuando los niños llegaban agotados, prácticamente exhaustos a casa y necesitaban devorar todo lo que se les ponía por delante. Su cuñado se justificaba.

—Cuando tengan que hacer largas caminatas a marchas forzadas, cuando sean perseguidos por un enemigo superior en número o cuando tengan que hacer un rápido avance para sorprender al enemigo, no habrá madres que los protejan. Tienen que ser tan fuertes como un legionario y más aún si han de mandar sobre ellos.

Las discusiones solían terminar con la intercesión de Publio padre que rogaba a Cneo que moderase los entrenamientos. Éste accedía aunque pasados unos días volvía a repetirse exactamente la misma escena. Los niños observaban sin hacer comentarios, generalmente estaban ocupados comiendo. Si se les hubiera preguntado, habrían dicho que por ellos no había ningún problema y que preferían seguir el adiestramiento, pero nadie les preguntaba, claro. Es verdad que con Cneo se agotaban, pero nunca se lo habían pasado mejor en su vida. Su tío les contaba mil anécdotas de batallas y luchas cuerpo a cuerpo al tiempo que les enseñaba cómo combatir. Pronto empezaron a luchar con espadas de madera protegiéndose el cuerpo con corazas de cuero y la cabeza con un casco de piel como si de dos pequeños vélites se tratase. Luchaban entre ellos y luego, por turnos contra el propio Cneo. Más de una vez recibían algún golpe de su tío como señal de que no ponían el escudo en el lugar oportuno para defenderse de las acometidas del oponente. Cuando estos golpes dejaban marcas, las quejas de Pomponia sin duda debían de llegar a oídos del mismísimo Júpiter Óptimo Máximo. En esas ocasiones, Cneo optaba por una retirada silenciosa. Si Publio no ponía fin a aquellos entrenamientos, y si Pomponia nunca se decidió a ejercer su influencia sobre su marido para dar término a los mismos, era porque ambos percibían que los niños habían establecido un estrecho vínculo con su tío, además de que, en el fondo, entendían que aquellos esfuerzos y, en ocasiones, aquellos golpes eran necesarios para ser los mejores, o al menos tan buenos como cualquier otro en el campo de batalla. De hecho, en lo más profundo de su corazón, Pomponia sabía que Cneo tenía cierta razón cuando se justificaba y decía que un golpe ahora con una espada de madera, si bien podía producir daño y un terrible moratón, podía evitar en el futuro que el filo de una espada enemiga penetrase en la piel de su hijo segándole la vida. Por su parte, Publio padre se centró en insistir que durante las mañanas ambos hijos debían continuar asistiendo a las clases de Tíndaro, el tutor griego. Si el pedagogo consideraba que la progresión en el aprendizaje del griego y en la lectura de los textos de Aristóteles y Platón, además de algunos autores de comedias y tragedias, avanzaba por buen camino, entonces podían seguir con los entrenamientos de Cneo. Los niños asumieron el pacto y cumplían incluso por encima de las expectativas de Tíndaro, lo cual transmitía éste a Pomponia y Publio para plena satisfacción de ambos.

La tarde después de la presentación del joven Publio en el foro tampoco hubo descanso. Reunidos en el campo de adiestramiento, Cneo se acercó a los dos hermanos y empezó a hablar dirigiéndose especialmente al mayor.

—Publio, hoy has entrado oficialmente en nuestra tribu y pronto podrás ser llamado a filas si el Estado así lo requiere. Hoy vamos a dejar en tu caso las espadas de madera y empezaremos con las espadas de verdad.

Cneo sacó dos espadas de doble filo de metal y le dio una a Publio. El peso del arma hizo que casi se le cayera, pero sus reflejos juveniles respondieron rápidos y enseguida la asió con fuerza. Luego cogieron ambos, tío y sobrino, los escudos y empezaron a luchar. Lucio los observaba admirado ante el nuevo rumbo de los entrenamientos. Cneo atacaba sin excesiva fuerza. Sus casi dos metros desde los que lanzaba los golpes eran demasiada potencia para su joven aprendiz. Publio se defendía usando toda la destreza que había adquirido con las espadas de madera, sólo que los golpes con el metal eran más duros, más potentes y además había algo que le hacía retroceder mucho más ante el avance de su tío que cuando luchaban con las espadas de madera: tenía miedo. Había visto a gladiadores luchando con espadas de verdad, como las que estaban usando esa tarde, y había presenciado terribles heridas. Cneo paró su ataque y relajó los músculos. Publio hizo lo propio.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué retrocedes sin ni siquiera intentar un golpe?

Publio callaba. Sentía vergüenza.

—¿Tienes miedo de que te hiera?

Publio seguía en silencio.

—Responde, di la verdad. Si no me dices a mí la verdad, ahora que estás aprendiendo, nunca aprenderás nada de mí que merezca la pena. ¿Tienes miedo?

Por fin, Publio se atrevió a responder, pero en voz baja.

—Sí...

—No te he oído. ¿Tienes miedo de que te hiera?

Publio, rojo de ira, levantó el tono de voz hasta casi gritar.

—¡Sí, tengo miedo! ¡Tengo miedo! —Y se quedó frente a su tío, asiendo la espada con fuerza, sonrojado ante su hermano pequeño, respirando con rapidez, casi jadeando.

—Bien. Eso no está mal. Tener miedo ante la lucha es natural. Sólo los locos no tienen miedo. Ahora se trata de que aprendamos a dominar ese miedo.

Las palabras de su tío sosegaron un poco el ánimo de Publio. Por un momento pensó que iba a reírse de él, pero no lo hacía. Tener miedo era normal. Era normal entonces lo que le pasaba. Era una fase. Si era una fase, la superaría, como había superado otras.

—Bien, escuchad los dos. Hoy no lucharemos más. Mañana seguiremos con las espadas de verdad y ya veréis cómo poco a poco os vais acostumbrando. Y si nos hacemos algún corte, ya nos curarán; lo peor será oír a vuestra madre, ésa a mí sí que me da miedo. —Y los tres rompieron a reír—. Ahora escuchadme bien —continuó Cneo—, os voy a enseñar algo que nunca debéis usar de forma inadecuada: es una señal, como un anuncio de vuestro ataque. Observad.

Cneo desenfundó la espada con la mano derecha y, sin soltarla, hizo que ésta describiera con sorprendente rapidez un giro de trescientos sesenta grados, cortando el aire hasta que detuvo el arma en seco como si apuntara a un enemigo que, sin duda, al igual que sus sobrinos quedaría admirado por la agilidad de su oponente.

—Este giro de la espada es una señal de nuestra familia que muchos conocen en el campo de batalla. Significa que un Escipión entra en combate en el campo de batalla o contra un enemigo concreto y que el combate es a muerte; o se consigue la victoria o se muere. Cuando mandéis un ejército, que seguro que lo mandaréis, porque sois nietos de cónsules, vuestros legionarios conocerán esta señal, porque estas cosas, aunque se usan poco, se conocen. Todos los que han estado bajo el mando de un Escipión lo saben. Ahora tomad una espada y practicad hasta hacerlo bien, con claridad y, por favor, sin cortaros.

Los dos, Lucio y Publio, practicaron aquella tarde durante una hora más. A Lucio le costaba bastante, aún le quedaban años de crecimiento que le ayudarían a manejarse mejor con las armas y con frecuencia se le caía la espada. Publio, sin embargo, ante la sorpresa de su tío, captó el movimiento con rapidez y al final de la tarde era capaz de ejecutarlo con razonable destreza.

13

Una noche para la venganza

Qart Hadasht, 221 a.C.

Se deslizó entre las casas. Era una noche sin luna que le protegía en sus propósitos. El esclavo se acercó hasta los muros del palacio de Asdrúbal en Qart Hadasht. Los guardias patrullaban alrededor de los muros. Esperó hasta que los soldados desaparecieron tras la esquina y se acercó a una pequeña puerta de servicio. Estaba nervioso. Con ansia aguardó hasta que desde dentro se escuchó el chasquido de las bisagras. La puerta se abrió. Con sigilo entró en el interior del palacio. Su cómplice desapareció de forma que no pudo verle la cara, pero eso no le importaba. Sabía que su camino era de ida, sin retorno.

Ascendió arropándose en la oscuridad que se agazapaba en las paredes del palacio. Fue rehuyendo el encuentro de los guardias que estaban apostados por los pasillos de la residencia del general en jefe de las tropas cartaginesas en la península ibérica. El esclavo llevaba un puñal en la mano.

El general púnico paseaba por su habitación, examinando planos y revisando documentos. Desde que acordara con los romanos repartir las áreas de influencia en Iberia, al sur del río Ebro para los cartagineses y al norte para los romanos, había disfrutado de un período de relativa calma. Quedaban cuestiones pendientes, claro, como el asunto de Sagunto: una importante ciudad al sur del Ebro, es decir, en el área de dominio cartaginés, pero que claramente se oponía a la dominación púnica de Iberia y que mantenía unos cada vez más impertinentes lazos de amistad con Roma. Sin embargo, la tranquilidad dominaba la región en los últimos meses. Hasta se pudo permitir el lujo de ir a cazar con varios oficiales y amigos venidos desde Cartago. Asdrúbal escupió en el suelo al recordar al estúpido oficial mercenario galo que se había atrevido a disputar la propiedad de uno de los linces que él mismo había cazado. Se regodeó en el recuerdo de su rostro retorciéndose de dolor cuando Asdrúbal le clavó la espada hasta el corazón. No podía admitir discusiones a su criterio y menos de un mercenario a sueldo. Allí, empapando el suelo con un charco de sangre, quedó el cuerpo de aquel infeliz. A su lado se arrodillaba un esclavo suyo que lo acompañaba en la cacería. Asdrúbal miró al esclavo celta por si también éste iba a levantar su voz contra él, pero aquel hombre guardó sus palabras y se limitó a mirarle con odio. Asdrúbal recordó cómo desmontó del caballo y se dirigió a él.

—¿También tú quieres morir?

El esclavo bajó la mirada y no respondió. Asdrúbal le estuvo examinando unos segundos, meditando sobre si su silencio era provocación o miedo. Se inclinó por lo segundo y decidió dejarle sin prestarle más atención. Ordenó que recogieran al lince y que lo llevaran a Qart Hadasht como trofeo. Asdrúbal, rodeado por sus oficiales, partió de aquel claro del bosque donde habían estado cazando.

Ahora el general cartaginés se encontraba cansado. Había bebido mucho después de la cacería, en el festín. No lamentaba lo que había hecho. No, no había lugar para impertinencias. Si acaso sólo las admitiría de Aníbal. El hijo del gran Amílcar era la única persona a la que tenía respeto y, por qué no admitirlo aquí, en privado, en el silencio de la noche y en su alcoba: algo de miedo. Aquel muchacho albergaba en su pecho una fuerza contenida que en cualquier momento parecía que fuera a desatarse. No había superado aún lo de su padre. Había de reconocer, no obstante, que aquellos sentimientos, aunque quizá torturasen a Aníbal, no le impedían combatir con auténtico valor y destreza.

Asdrúbal se recostó en su lecho y cerró los ojos. Seguramente Aníbal llegará un día a general. Sólo el tiempo sabrá si será un buen o un mal general. El sueño le fue venciendo y en unos minutos Asdrúbal quedó completamente dormido. El vino le hizo roncar y uno de sus estertores fue tan potente que se despertó. Fue a reírse pero se dio cuenta de que no podía respirar y sintió un líquido caliente por el cuello. Se llevó las manos a la garganta y la notó empapada, hirviendo. Abrió los ojos y vio sobre sí el rostro del esclavo de aquel oficial galo que había matado en la cacería. Quiso levantarse pero le asían con fuerza por las muñecas. Intentó gritar y dar la voz de alarma para que sus hombres vinieran a socorrerle, pero sólo entonces se dio cuenta, al faltarle la voz, de que tenía la garganta seccionada por un afilado cuchillo que ahora yacía junto a su rostro.

Los guardias atraparon al esclavo galo antes de que pudiera salir del palacio. Uno de los soldados, preso de rabia, fue a matarlo, desenfundó su espada, pero cuando estaba a punto de ensartarlo, una voz poderosa que retumbó en los altos techos de la estancia le paró en seco.

—¡Quieto, soldado! —gritó Aníbal— ¡Esa muerte es demasiado digna para un esclavo, especialmente para el esclavo que ha asesinado a nuestro general!

Todos los soldados asintieron y el guerrero cartaginés enfundó su espada. Aníbal les ordenó conducir a aquel esclavo a las mazmorras en lo más profundo de los sótanos de palacio. Allí, durante el resto de aquella noche, el galo fue torturado y sus gritos resonaron por toda la ciudad de Qart Hadasht hasta la extenuación absoluta de su vida.

Al día siguiente los oficiales y generales cartagineses debatieron sobre quién elegir como nuevo jefe. Se estudiaron diferentes opciones como Giscón o el general Magón. Hombres expertos y valientes; pero en ese momento uno de los oficiales se volvió y a su espalda, allí mismo, mirando por una ventana del palacio, vio recortada la figura de Aníbal: Aníbal siempre el primero en entrar en combate y siempre el último en descansar; Aníbal siempre voluntario para cualquier escaramuza, para cualquier misión de riesgo, el que más enemigos abatía, el terror de los iberos y los celtas de aquel país; cuando su silueta se dibujaba en el horizonte, los salvajes retrocedían y los pocos que aún se atrevían a desafiarle caían abatidos en la primera acometida. No lo dudó.

—¡Yo propongo a Aníbal Barca, hijo de Amílcar Barca, para que nos mande y nos dirija a todos en estas tierras para que bajo sus órdenes concluyamos la conquista de este país!

El resto de los oficiales se volvió hacia Aníbal. Éste los miró sin decir nada. No se mostró sorprendido, pero tampoco halagado. Permanecía distante. Escuchaba pero sus pensamientos aún le mantenían alejado de lo que allí estaba ocurriendo. Más voces se alzaron gritando su nombre.

—¡Aníbal, Aníbal, Aníbal!

Comprendió entonces, oyendo cómo su nombre era coreado por todos, que su camino quedaba ya definitivamente marcado. Hasta ese momento sólo había tenido planes. Ahora disponía de medios.

Aquella tarde partió un correo hacia Cartago en una trirreme con el nombramiento del nuevo general en jefe del ejército púnico en Iberia. Al día siguiente de recibir el mensaje el Consejo de Ancianos de Cartago ratificó aquel nombramiento.

14

Un ánfora vacía

Roma, 221 a.C.

Durante dos años Tito intentó lo imposible: estirar el dinero y agotar la paciencia de clientes y prestamistas para salvar su negocio, pero todo resultaba ya inútil. Poco a poco su tienda fue vaciándose de productos que, en su gran mayoría, estaban pagados con anterioridad. El poco dinero que ingresaba lo utilizaba en comida y en pagar parte de las deudas contraídas con los banqueros del foro. La impaciencia de alguno de éstos se había traducido ya en amenazas e incluso en algún altercado en la calle. Tito decidió que no era momento de orgullos absurdos y una mañana encaminó sus pasos al foro. Al cabo de media hora localizó su objetivo. Rufo paseaba acompañado de una esclava, de tienda en tienda, adquiriendo comida, túnicas, sandalias, cestos y hasta considerando la compra de algún esclavo más que añadir a sus propiedades. Las representaciones de teatro, sin conseguir imponerse entre el público romano, seguían siendo financiadas regularmente por el erario público y la compañía de Rufo mantenía una cuota razonable de actuaciones. Y eso que la competencia había convertido en frecuente que los miembros de una compañía fueran a las representaciones de otra para abuchear y así encrespar al público intentando de esa forma provocar el fracaso de la representación y que, en consecuencia, ésta ya no fuera contratada. Todo en Roma se compraba y se vendía y la competencia no conocía límites. En medio de todo aquello, la figura de Rufo parecía moverse como pez en el agua. Ninguna marrullería le asustaba porque él era capaz de ser aún más vil y retorcido. Si otra compañía venía a insultar y montar un escándalo, él hacía que toda su compañía y decenas de libertos comprados fueran a abuchear a la contraria. Y siempre estaba la posibilidad de la extorsión y las palizas. Rufo ya estaba considerando seriamente entrar en esa corriente. Quien golpea primero da más fuerte.

Tito se acercó a su antiguo director de compañía.

—Hola, Rufo, ¿cómo va todo?

Rufo le miró con desprecio, pero atendiendo a las ropas limpias que llevaba Tito se detuvo a escucharle. Éste se había puesto su mejor túnica en un intento de guardar las apariencias.

—Hombre, el comerciante de telas. ¿Qué es de tu vida, quieres contratar la compañía para una representación privada en tu nueva domus, o es que me quieres comprar la esclava? —Y lanzó una carcajada al aire.

Tito no se arredró y prosiguió con su plan.

—No, no es eso. Lo de las telas resulta interesante, pero la verdad es que no es lo que esperaba y me preguntaba si no te podría interesar volver a contar conmigo. Ya sabes que podría ocuparme de un montón de cosas y...

Pero Rufo sacudía la cabeza, interrumpiendo su discurso.

—No, no, no, Tito Maccio. A mí no me vas a engañar como a uno de tus cansados clientes o como a uno de esos blandos prestamistas con los que andas en tratos. ¿Crees acaso que no sé de tu desastrosa situación? Roma ha crecido pero no tanto como para que Rufo no conozca a todos los que es interesante conocer y, querido Tito, tú no estás entre ellos. Muy al contrario, sé de tus inversiones y de tu barco perdido junto con otras decenas de buques. Por todos los dioses, parece que el mar aún no es un lugar seguro. De ti me quejaría a los cónsules Minucio Rufo o Lépido y les pediría que protejan tus barcos mercantes de los piratas, aunque no sé si tendrán tiempo de atenderte —y lanzó otra carcajada.

Tito lo vio claro. Decidió humillarse.

—De acuerdo. Las cosas me van mal, muy mal, pero por todos los dioses, cuando trabajé contigo te daba un buen servicio y podría volver a hacerlo ahora y...

—Y a mí qué más me da. Te quisiste marchar y te largaste, pues eso: largo, fuera de mi vista. ¡Despeja la calle que me molestan los lloriqueos infantiles de la escoria como tú! —Y lo apartó de un empujón.

Tito cayó al suelo y empapó su túnica de barro, pues el día anterior había llovido en abundancia y el sol aún no había tenido tiempo de evaporar los charcos. Cuando se levantó para replicarle, Rufo estaba ya lejos, en un puesto de frutas llenando de manzanas la cesta que sostenía su esclava. A su lado escuchó las risas de unos niños que señalaban su túnica manchada de tierra. Tito volvió sobre sus pasos y se arrastró por las calles hasta llegar a su local. Entró y cerró la puerta. El interior estaba vacío. Las paredes desnudas de mercancía ilustraban a las claras su condición actual. Tenía hambre, pero no tenía dinero. En los últimos meses había ido perdiendo peso. Estaba enflaquecido, aunque las túnicas disimulaban su aspecto. Fue a beber agua del ánfora que guardaba tras el mostrador, pero también estaba vacía.

15

La lena de Roma

Roma, 221 a.C.

—Por aquí, vamos. —Publio se dirigía a su hermano pequeño en voz baja.

—No creo que sea buena idea —respondió Lucio que, a regañadientes, había accedido a acompañarle.

Era de noche y todos dormían. Salieron a tientas de su habitación para no despertar a nadie con ninguna vela. En el atrio, la luz de la luna llena hacía resplandecer las teselas del gran mosaico que su padre había hecho instalar recientemente. En él se veía a su abuelo investido de cónsul comandando las legiones. Se deslizaron por encima del mosaico, pasaron por el tablinium y accedieron al peristilo porticado del jardín. Sólo se oía el arrullo constante del agua de la fuente. El aire era fresco. Publio y Lucio se escondieron tras las columnas de un lado y aguardaron allí apostados durante diez minutos. Al fin vieron aparecer a un esclavo joven de la casa acompañado de una mujer a la que no reconocían. En una esquina del jardín el hombre comenzó a desnudar a su acompañante. Al desvestirla quedó al descubierto el cuerpo de una joven de unos dieciséis años. Pronto el esclavo la tendió en el suelo y se echó sobre ella. Publio y Lucio escucharon con intensidad. Se oían murmullos apagados y, al poco tiempo, gemidos amortiguados por una mano interpuesta.

—Calla, que nos van a oír —escucharon decir al hombre.

—Mejor nos vamos —musitó Lucio.

—No. —Publio había desarrollado una relación de autoridad sobre su hermano. Éste calló, aunque no por ello se tranquilizó.

En ese momento todos oyeron la voz clara y fuerte de su padre.

—Por Cástor, ¿qué pasa aquí? ¿Qué ocurre aquí? —Venía acompañado por dos esclavos de confianza de mediana edad que llevaban años en la casa. Llevaban lámparas de aceite de forma que gran parte del jardín quedó iluminado descubriendo a los jóvenes amantes en el suelo.

Publio y Lucio se acurrucaron en las sombras que proyectaban las columnas y tragaron saliva.

—Coged a estos dos. Con el esclavo... llevadlo a la cocina. Mañana saldaré cuentas. Y la mujer... —la miró con atención— no trabaja aquí... pues fuera con ella. Unos azotes y fuera. Si vuelves —añadió dirigiéndose a la muchacha— a entrar en mi casa sin mi permiso, no habrá misericordia.

La muchacha se sintió bendecida por la suavidad de la pena y enseguida se desvaneció entre las sombras detrás de su padre cogida por uno de los esclavos mayores. El otro esclavo se llevaba al joven cocinero por el tablinium y también desaparecieron. El senador se quedó en el jardín junto a la fuente.

Publio y Lucio contuvieron la respiración. Estaban en la sombra y era imposible que los viera o que los oyera, pero el senador empezó a escuchar sobre el silencio, a ver más allá de la oscuridad, reanimando su alma de general en una noche previa a la batalla. La brisa suave de la noche le trajo entonces el mensaje que buscaba en forma de casi imperceptibles olores. Suspiró entonces y se tranquilizó al desentrañar su significado.

—¡Bien, Publio y Lucio, salid de ahí, de entre las columnas si no queréis que me enfade más!

Publio y Lucio se miraron. Lucio parecía preguntar con la mirada «¿pero cómo lo sabe?». Publio se encogió de hombros acompañando el gesto con los ojos abiertos por el asombro. Era imposible que los hubiera visto.

—¡Sois mis hijos pero incluso mi paciencia tiene un límite con vosotros! ¡Es vuestra última oportunidad antes de que os mande azotar o se me ocurra algo peor!

No lo pensaron más y salieron a la luz. En el centro del jardín estaba su padre con la lámpara en la mano. Se acercaron hasta estar de pie a un par de pasos de su padre.

—Nunca, jamás, ¿me entendéis? Nunca dejéis que alguien entre en esta casa sin mi permiso o sin que vuestra madre lo sepa, ¿lo entendéis? Un esclavo ha dejado entrar a una mujer para... Bien, la deja entrar para estar con ella. Eso no debe ocurrir, y si sabéis de algo así, me lo debéis decir enseguida. La seguridad de todos está en juego. La casa es vuestra familia también, es sagrada.

Los niños callaban.

—Y no me digáis que lo acabáis de descubrir, porque llevo detrás de este esclavo algunos días. Bien, hablad, decid algo y que no sea una mentira. Eso no mejorará vuestra situación.

Lucio fue a hablar, pero Publio empezó primero.

—La culpa es mía. Hace unos dos meses que ese esclavo trae a esa muchacha por las noches. Normalmente vengo solo para ver... Esta noche le pedí a Lucio que me acompañara. La culpa es mía. Debería haberte comentado esto antes...

—Sí, eso es lo más grave de este asunto. ¿Por qué no lo hiciste, Publio?

No respondió. ¿Cómo decirle que sentía curiosidad por lo que hacían? Era vergonzoso y peor aún justificar así la falta de fidelidad a su padre. El senador le miró en silencio mientras escudriñaba sus pensamientos.

—Veo que guardáis silencio. Al menos sentís vergüenza. Eso es algo —continuó su padre—, pero no suficiente. No suficiente. Sois Escipiones. Mirad a vuestro alrededor. ¿Qué veis?

Los muchachos miraron las paredes del jardín y del atrio. Había varias estatuas.

—Estatuas, padre —dijo Publio.

—Son vuestros antepasados. Lucio Cornelio Escipión Barbato, vuestro bisabuelo, cónsul, Cneo Cornelio Escipión Asina y Lucio Cornelio Escipión, vuestros abuelos, cónsules ambos también. Vencedores contra los insubres, conquistadores de Córcega, de Aleria. ¿Y en qué se sustenta la fortaleza de nuestra familia?

Los dos muchachos dudaron.

—En la confianza. En la confianza mutua que se transmite de padres a hijos. Si no puedo fiarme de vosotros, yo no soy nadie, y si vosotros no confiáis en mí o en vuestro tío, no valéis nada. ¿Nunca os habéis preguntado por qué nos llamamos Escipiones?

Ambos permanecieron en silencio.

—Porque vuestro bisabuelo, ya anciano y ciego por la avanzada edad, se apoyaba en su hijo Lucio para poder caminar, lo usaba como un scipio, era su bastón. De ahí el nombre que hemos heredado. Vosotros sois mi apoyo, debéis ser mis ojos y mis oídos cuando a mí me fallen, sois mi scipio. De la misma forma que vuestros hijos lo serán para vosotros. No lo olvidéis nunca. Nunca. ¿Está claro?

Ambos asintieron.

—Los dos, a vuestra habitación y no quiero oír ni una palabra más de esto. Si alguien vuelve a entrar sin mi permiso, quiero saberlo al instante, ¿entendido?

—Sí, padre —dijeron los dos al unísono, y velozmente corrieron hacia su habitación.

El día siguiente, por la tarde, al terminar el adiestramiento, Cneo hizo sus valoraciones.

—Vais muy bien. Dentro de poco me va a empezar a dar miedo luchar con vosotros. Especialmente contigo, Publio. Eres rápido con esa espada. Aún te pierden tus ganas de vencer, pero ya madurarás. Y tú, Lucio, has mejorado mucho. En poco tiempo serás tan bueno como tu hermano. Aún te pesa demasiado el arma, pero eso es algo que en un año o dos se arreglará por sí solo. Comeos todas las gachas de trigo que os pongan por delante, y fruta y pescado y carne. Comed bien para luchar bien. Ya me encargaré yo de que no engordéis ni un kilo de más.

Publio y Lucio se miraron y sonrieron. Cneo frunció el ceño y miró su barriga que, si bien no era la de un hombre obeso, desde luego mejoraría con cuatro o cinco kilos menos.

—¡Por Hércules, sois unos ingratos! ¡Os adiestro gratis y lo pagáis riéndoos de vuestro tío! ¡Cuando hayáis luchado en tantas batallas como yo, tendréis derecho a engordar lo que os plazca, pero de momento ni un kilo de más! ¡Mañana os haré correr el doble, os quitaré esa sonrisa de la cara con sudor!

Los dos hermanos callaron. El desliz les iba a costar caro.

—Bien, basta ya de charla. Lucio, para casa. Publio se queda conmigo. Tenemos que hablar tú y yo de unas cuantas cosas.

Los hermanos se sorprendieron. Siempre volvían juntos, pero no querían preguntar. Un pequeño desliz ya lo iban a tener que compensar al día siguiente con esfuerzos extra; mejor no tentar su suerte. Lucio se marchó hacia la ciudad.

Cneo miró a su sobrino.

—Ya me ha contado tu padre el episodio de anoche.

Publio inhaló aire profundamente. Ya le había parecido extraño que aquello no tuviera más consecuencias.

—Es importante —continuó Cneo— que nunca traiciones a tu familia ni en cosas que puedan parecer pequeñas. La familia es lo más importante: la familia y Roma. Ésas son las cosas por las que merece la pena vivir y morir si es necesario, ésas son las cosas por las que rogamos a los dioses que nos protejan y nos ayuden. ¿Está claro?

—Sí, tío.

—Bien. Ahora vámonos. Sígueme.

Entraron en la ciudad, cruzaron el foro y descendieron hasta la zona de los mercados y luego, siguiendo el curso del río, se encontraron en una zona de la ciudad a la que Publio nunca había accedido. Las casas estaban sucias, viejas. Las calles estaban atestadas de gente variopinta, desde el pobre más miserable hasta, ocasionalmente, patricios que paseaban escoltados por esclavos armados y guardias que, a juzgar por el celo que ponían en mantener alejado a cualquier mendigo del camino de su amo, estaban más que bien pagados. Los triunviros patrullaban también aquellas callejuelas con mayor frecuencia que en otros barrios de la ciudad, aunque aquí dejaban pasar por alto la escandalosa presencia de algunas mujeres a medio vestir saludando desde las puertas de sus casas, las pequeñas peleas entre borrachos o el golpe que propinaba alguno de los guardias para defender a algún patricio molesto por el olor de algún esclavo que se cruzaba en su camino. Los triunviros no querían problemas y su presencia era más bien un aviso para que todos se contuvieran y no fueran más allá de golpes o empujones. Otra cosa era si se oía alguna espada desenvainándose. El joven Publio contemplaba a los soldados patrullando con paso firme, la mirada en la distancia, como ausentes y, sin embargo, atentos a cualquier pequeño movimiento.

—Siempre hay más problemas aquí que en ningún otro lugar: sobre todo peleas —dijo Cneo al observar el interés de su sobrino por las patrullas—. Siempre muere alguien por aquí cada día. Nunca vengas solo. Si vuelves sin mí, hazte acompañar por un par de buenos esclavos.

El joven Publio no tenía muy claro por qué su tío podía pensar que él quisiera volver por allí por su cuenta. No parecía para nada un barrio agradable ni que tuviera nada que pudiese merecer el riesgo de moverse entre aquellas gentes violentas, borrachas y nerviosas. No obstante, de pronto se percató de una cosa que los diferenciaba del resto de los patricios que había visto en aquel lugar.

—No llevamos escolta, como los demás patricios —comentó Publio. Cneo sonrió.

—Aquí la escolta soy yo —y continuó abriéndose paso entre el gentío.

Llegaron a una casa más grande que las de su entorno, más limpia, con la fachada sin grietas y una puerta, al contrario que la mayoría de las demás, cerrada. Su tío se acercó decidido y dio dos golpes bien fuertes con la palma de su mano. Una mujer mayor abrió la puerta. Tenía unos cincuenta años y, aunque se había pintado los labios de rojo y echado polvos sobre el rostro, las arrugas eran bien visibles y su pelo, completamente gris. Tenía una expresión seria, molesta, casi de enfado, pero en cuanto alzó la mirada desde el pecho de Cneo hasta contemplar los ojos del hombre que acababa de llamar a su puerta, todas las facciones de su rostro cambiaron por completo el gesto de su cara: ésta se iluminó y una bien trabajada y edulcorada sonrisa pobló aquella faz secada por los años.

—Pero si es el gran general —dijo y abrió la puerta y se separó para dejar suficiente sitio para que Cneo pudiera pasar. Publio le siguió de cerca—. Y nos viene acompañado de un hermoso joven —continuó la vieja meretriz.

—Bien, Publio, te presento a la vieja lena de Roma. Nadie sabe su nombre, pero si preguntas por la lena en este barrio todos te dirigirán a su puerta. Y sigue mi consejo, Publio: nunca le preguntes nada y así no te encontrarás una de sus mentiras.

—Por Cástor y Pólux, qué bajo concepto se tiene de mí —interpeló la lena y continuó dirigiéndose a su nuevo joven invitado—, pero, mi querido joven, no hagáis caso de este hombre que tan mal os habla de mí. Aquí todos los hombres encuentran lo que desean y salen complacidos...

—... y más pobres que cuando entraron. No omitamos ese detalle —apuntó Cneo.

—Bien —la lena habló ahora con indiferencia—, mis servicios tienen un precio y no pido mucho, sino lo justo.

—¿Lo justo? —Cneo elevó el tono con tanta fuerza que dos esclavos armados aparecieron inmediatamente en el vestíbulo. El general no se inmutó—. Vieja lena, no pongas en tu boca palabras demasiado grandes para quien se dedica a este negocio.

—Ya, claro, justicia es una palabra reservada para los patricios.

Cneo no entendió bien si aquello era una aceptación de la crítica recibida o un desafío entre dientes. El joven Publio leyó con más precisión la fina ironía de aquella mujer y tomó buena nota del sentimiento con el que la lena había pronunciado aquella sentencia. ¿Cuánta gente pensaría lo mismo y con esa intención de frío reproche contra los de su clase?

—Bueno, vamos a lo que nos trae aquí. Éste es mi sobrino mayor, alguien que será grande en Roma, así que más te vale tratarlo bien, si no por aprecio, al menos considera que será una gran inversión de futuro complacerle bien. Lo que busco es una joven guapa, dócil, que no sepa demasiado, pero sí lo suficiente para... para ayudar... para empezar... ya me entiendes.

Publio deseó tener alas en los pies como Mercurio para poder volar y desaparecer de aquel lugar. A su tío sólo le faltaba gritar por toda la calle que su sobrino mayor aún no había estado con una mujer. Ya le dolía bastante el tema como para encima tener que hacerlo público. La lena, no obstante, no pareció ni sorprenderle ni concederle mayor importancia a aquel hecho. Su frente arrugada mostraba que meditaba con intensidad.

—Sí... entiendo... y creo que sí, que tenemos exactamente lo que buscas —y dirigiéndose a los esclavos armados que permanecían vigilantes—, traed a Drusila. La llamamos así, Cneo Cornelio, aunque viene de Oriente. Es joven, de dieciséis años, sabe más que suficiente para satisfacer a vuestro sobrino, pero acaba de llegar y no ha sido... probada de manera extensa. Es dócil. En cierta forma, diría que mantiene intacta su ingenuidad. Creo que estará a la altura de las circunstancias.

Al momento llegó un esclavo con una joven delgada, morena, con pelo oscuro lacio cayendo por su espalda desnuda, pues apenas estaba vestida por una túnica de seda de color rojo abierta por detrás y tan fina que dejaba ver a través del tejido semitransparente unos hombros redondeados, una piel fina y tersa, unos senos prietos como manzanas recién cogidas, casi verdes, una cintura que cedía espacio suavemente, hasta de nuevo ampliarse al llegar a una cadera generosa pero no grande, terminando en unas piernas largas y unos pies pequeños que se cerraban en un arco donde los dedos gordos se juntaban en el vértice del ángulo, justo allí, en ese punto del suelo, donde la mirada de la joven permanecía fija.

La joven alargó la mano y, sin saberlo, el joven Publio, a su vez, extendió su brazo con la palma de su propia mano abierta. La joven sonrió al tiempo que asía los dedos del adolescente patricio con suavidad y lo guió con dulzura pero, al mismo tiempo, con decisión, hacia su cuarto, lejos de las miradas de guardias armados, de lenas ancianas o de un nervioso tío.

—Bien —exclamó Cneo, una vez su sobrino quedó en custodia de aquella joven— y para mí, ¿está disponible aquella muchacha ibera que tú ya sabes que tanto me satisface?

La lena no respondió inmediatamente de forma que el propio Cneo se respondió a sí mismo.

—O sea, no lo está; ¿he de entender que está en manos de otro?

La lena callaba mirando al suelo, concediendo. Cneo continuó sacando conclusiones en voz alta.

—Pues al precio que normalmente me la dejáis, no se me ocurre más que alguno de los cónsules haya decidido beneficiarse de sus muchos encantos.

Era un brindis al sol, una exclamación hecha a lo loco, sin intención; sin embargo, la lena permaneció inmóvil, en silencio, Cneo pensó que incluso algo nerviosa, si es que podía decirse que aquella mujer, cuyos ojos habían visto desfilar por su casa a decenas de patricios y senadores, pudiera en algún momento parecer algo desairada.

—Por todos los dioses —concluyó el general—, nunca pensé que alguno de los viejos Rufo o Lépido tuvieran tanta sangre en sus venas —Cneo comprendió que la anciana temía que fuera más allá con sus conclusiones hasta averiguar exactamente cuál de los dos cónsules era el que hoy yacía con su preferida; no quería molestar a aquella mujer que tantos secretos suyos y de tantas otras personas conocía; era menos peligroso un poderoso senador enfurecido que tener a la lena de Roma en tu contra—. En fin, bien por el que sea que disfruta ahora de los encantos de mi favorita, paciencia para mí. Quizá sea mejor así. Teniendo en cuenta lo que probablemente piensas cobrarme por satisfacer a mi sobrino, no tengo claro que pueda permitirme satisfacerme a mí mismo también. Tengo que enseñar a mi sobrino a valerse pronto por sí mismo en estas cuestiones o mi economía corre grave riesgo de hundirse.

Con estas palabras Cneo estalló en una sonora carcajada, lo que sin duda relajó a la lena que, antes de que su invitado lo pidiera, reclamó una buena jarra de vino para entretener a tan ilustre y, especialmente, comprensiva, persona.

Publio sintió las suaves caricias de aquella joven de la que ni conocía el nombre por cada recoveco de su piel. Primero la joven usó sus dedos, luego la palma de sus manos para culminar con su lengua lamiendo cada centímetro de su ser. En pocos minutos el sobrino de Cneo tuvo una enorme erección. El detenimiento de las caricias, el suspense por lo que aún debía venir era demasiado para poder controlarse. La muchacha empezó a besarle la base de su miembro cuando ya no pudo resistir más y cedió a impulsos que aún no acertaba bien a controlar. Fue como una fuente que regó su propio vientre y la mejilla de la muchacha.

—Lo... lo siento —musitó entre confundido y nervioso.

La muchacha sacudió la cabeza tenuemente, quitando importancia al asunto al tiempo que con el dorso de la mano se limpiaba el rostro. El joven Publio no sabía bien ni qué decir ni qué hacer, si es que quedaba algo por hacer, o si bien ya habían terminado. Su tío era generoso, pues aquellas sensaciones sin duda debían costarle una fortuna, pero era demasiado parco en explicaciones. La chica pareció leer en su ceño fruncido la confusión que corría por sus venas. No hablaba su lengua, pero a base de reiniciar las caricias y los besos suaves se hizo entender con precisión. Aquello no había terminado. El joven Publio se dejó hacer y decidió que él no se iba de allí hasta que aquella chica lo echara.

Al cabo de una hora tío y sobrino volvían a caminar por las calles de aquel barrio de Roma, descendiendo por una estrecha callejuela hasta alcanzar las tabernas junto al Tíber. Publio llevaba consigo una sonrisa entre un poco estúpida y un poco de inmensa satisfacción que lo acompañaría el resto de la mañana. Cneo detuvo la marcha en una de ellas e invitó a su sobrino a entrar. Era una habitación bastante oscura, con aire denso y pesado, ya que la única ventilación que había era la de la estrecha puerta que daba acceso a aquella estancia. Había un mostrador de madera tras el que un hombre de unos cuarenta años, muy grueso, pelo entre negro y cano, barba profusa y cara de muy pocos amigos, servía vino, gachas de trigo y algo de pescado del día a los que tenían el valor suficiente de acercarse a pedirle algo. Su tío parecía ser de estos últimos y, sin levantarse, a voz en grito hizo saber sus deseos.

—¡A ver, buen vino aquí para los dos, y rápido!

Publio observó cómo el posadero miró con intensidad a su tío y cómo sin decir nada se agachó y de debajo del mostrador sacó una jarra y unos vasos. Por un momento pensó que aquel hombre no los llevaría a la mesa, pero el tabernero salió de su fortín y, paso a paso, lentamente, trajo el vino y dejó sobre la mesa jarra y vasos. Su tío puso sobre la mesa una moneda, el tabernero asintió, la cogió y volvió a su puesto de vigilancia.

En el local había otras cinco o seis mesas, todas llenas de gente, quizá hubiera unas veinte personas, muchos mal vestidos, pero también se veía alguna toga brillante, reluciente, de algún patricio o, al menos, un comerciante muy venido a más.

—Este sitio es horrible, lo sé —dijo Cneo mientras escanciaba el vino—, pero sirven el mejor vino. Tiene algún acuerdo con uno de los capitanes de barco que viene con vino desde el sur. No sé por qué exactamente. En estos lugares, Publio, es mejor no indagar sobre el pasado de las personas. No vengas aquí solo, a no ser que seas ya un general de Roma. A los oficiales se les respeta aquí, siempre que hayan demostrado su valor en el campo de batalla. Pero vale ya de historias. Bebamos.

Publio miró su copa y dudó.

—Ya sé, ya sé que no bebes, pero tienes que empezar, y este día es tan bueno como cualquier otro. Tienes que celebrar esa sonrisa de tonto que se te ha puesto y tú verás, te la quito con vino o a golpes. No quiero que te vea tu madre con esa expresión en tu rostro. Por Hércules, las discusiones con tu madre me atemorizan. Lo reconozco.

Cneo cogió su copa y Publio hizo lo propio. Bebieron. Su tío echó un largo trago de vino y él un pequeño sorbo. Sintió una ligera quemazón en la garganta pero el sabor entre dulce y afrutado le agradó. Ya había probado vino en alguna ocasión, a escondidas en casa, con Lucio, fisgando por la cocina por las noches, pero aquel vino era cierto que estaba especialmente sabroso. Siguieron bebiendo.

—¿Qué le ha pasado al esclavo que vimos en el jardín de casa con aquella mujer? —preguntó Publio.

—Ah, el vino te da valor para preguntar lo que no deberías, ¿eh? Bueno, creo que al esclavo le cayeron sólo cuarenta azotes; parece que cocina bien y a tu padre le gusta comer. Es un poco suave como castigo, pero el pollo y el cerdo los hace muy buenos. Los hombres somos así. Arriesgamos nuestra piel y, con frecuencia, nuestro dinero por estar con una mujer. Ya lo irás viendo. Sí, no sacudas la cabeza. Lo de hoy ha costado caro, pero es obvio por tu sonrisa tonta que gracias a todos los dioses ya se te va difuminando, que lo de hoy merecía la pena. Ahora sabes lo bueno que puede ser estar con una mujer. No te aficiones a esto, Publio. Un día conocerás a la mujer por la que te dejarás dar cuarenta y cien y mil azotes si hace falta. Eso ocurre. Dicen que ocurre. Lo importante es que te encontremos una buena patricia romana, de buena familia, que sea guapa para tenerte distraído por las noches, pero que esté contigo en todo momento en esta ciudad de lobos. Un día, Publio, no estaremos ni tu padre ni tu madre ni yo. Tendrás entonces que confiar en aquellos de los que te hayas rodeado: tu mujer, tu hermano y tus amigos, y luego en tus hijos, pero hasta que tengas tu propia familia, serán tu mujer, tu hermano y tus amigos los que te den fuerza. Elige bien a tu mujer. Como ves es importante. En fin, el vino me hace hablar. Tampoco me hagas demasiado caso en todo esto. Hazme caso en el adiestramiento militar. Ahí tengo bastante más claras las cosas.

Cneo siguió escanciando vino hasta que entre ambos terminaron la jarra. Publio se quedó meditando sobre las palabras de su tío: un día estaría sin ellos, sin sus padres y sin Cneo. Nunca había pensado en ello. Era el transcurso inexorable de la vida. Ese día debería llegar alguna vez. En aquel momento, con el dulce sabor del vino en su paladar y el alcohol fluyendo por sus venas se sintió débil. No pensó que fuera capaz de seguir adelante sin la protección de sus padres y de Cneo. Se sentía flojo, con miedo, aturdido por la responsabilidad. Era un Escipión, le habían dicho desde pequeño. Tu padre te asió con orgullo el día de tu nacimiento. Frases que se agolpaban en su mente un poco embotada por el licor de Baco. Estaba claro que el vino no sería el camino para encontrar las fuerzas que necesitaría como futuro paterfamilias. Eran demasiadas cosas para un solo día. Sólo tomó una determinación, allí, compartiendo ya en silencio el último vaso de vino con su tío, en aquella vieja y sucia taberna junto al Tíber, después de haber saboreado el placer sensual de una mujer: se esforzaría al máximo en su adiestramiento militar con su tío, atendería a las lecciones de Tíndaro y escucharía los consejos de su padre sobre el Senado. Igual nunca tendría fuerzas para sacar adelante a la familia, pero por si los dioses se las concedían, mejor sería ir aprendiendo ahora todo lo posible. La voz de su tío acompañada del golpe fuerte que dio sobre la mesa al dejar su vaso vacío y gritar que quería otra jarra le sacó de la profundidad de sus pensamientos.

—¡Por Cástor y Pólux! ¡Ya era hora de que tío y sobrino compartiéramos una buena jarra de vino! ¡Hoy nos vamos a emborrachar!

Publio le miró como a través de una nebulosa. Por su parte él ya se consideraba borracho. No dudó, no obstante, en acercarse a la boca el nuevo vaso de vino que su tío le ofrecía.

Se emborracharon por completo. Al día siguiente, Publio, agonizando de dolor en su estancia, después de vomitar toda la noche, escuchaba los gritos de su madre aturdiendo la resacosa cabeza de su tío al que adivinaba cabizbajo en el centro del atrio, mirando al suelo y aguantando en silencio la lluvia de tenebrosas invectivas que le lanzaba su madre. Al final, como siempre, escuchó la voz serena de su padre imponiendo sosiego y orden. Con esa voz se quedó antes de quedarse dormido y soñar con una mañana fría, una fortaleza inexpugnable y una enorme laguna que la rodeaba.