Título original: Blood Canticle
Traducción: Camila Batlles
1.ª edición: junio, 2014
© 2013 by Anne O’Brien Rice
© Ediciones B, S. A., 2013
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
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Depósito Legal: B 11615-2014
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-806-3
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Para Stan Rice 1942-2002
el amor de mi vida
Celebra, joven, tu juventud, deja que tu corazón te reconforte en los días de tu juventud y sigue los dictados de tu corazón y lo que vean tus ojos, pero ten presente que Dios te juzgará por todo ello.
Eclesiastés, 11,9. Versión Rey Jacobo
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Deseo ser santo. Deseo salvar a millones de almas. Deseo hacer el bien en todo el mundo. ¡Deseo combatir el mal! Deseo ver mi estatua, realizada a tamaño natural, en todas las iglesias. Mido un metro ochenta centímetros de estatura, tengo el pelo rubio y los ojos azules.
Un momento.
¿Sabe usted quién soy?
Estoy pensando que quizá sea usted un lector nuevo y todavía no haya oído hablar de mí.
En tal caso, permítame que me presente, cosa que me encanta hacer al comienzo de cada uno de mis libros.
Soy el vampiro Lestat, el vampiro más potente y entrañable que haya sido creado jamás, un ser sobrenatural impresionante, de doscientos años, aunque fijados para siempre en la forma de un varón de veintidós años con unas facciones y un cuerpo por los que usted estaría dispuesto a morir... y quizá lo haga. Soy increíblemente ingenioso e innegablemente encantador. La muerte, la enfermedad, el tiempo y la gravedad no significan nada para mí.
Sólo tengo dos enemigos: la luz del día, que me convierte en un ser inerme y vulnerable a los rayos abrasadores del sol, y la conciencia. Dicho de otro modo, estoy condenado a ser un habitante eterno de la noche y un vampiro eternamente atormentado.
¿No le parezco irresistible?
Antes de que prosiga con mi fantasía permítame que le asegure:
Que sé perfectamente cómo ser un excelente escritor posrenacentista, post siglo xix, posmoderno y pospopular. No deconstruyo nada. Es decir, lo que va usted a leer aquí es una historia con todas las de la ley, con un comienzo, un desarrollo y un fin. Me refiero a un argumento, unos personajes, la correspondiente intriga y lo que haga falta.
Conseguiré satisfacerle. Así que tranquilícese y siga leyendo. No se arrepentirá. ¿Cree que no deseo captar nuevos lectores? Mi nombre es sinónimo de sed, querido. ¡Estoy deseando apoderarme de usted!
No obstante, dado que me he tomado un respiro en mi obsesión por convertirme en santo, permítame que dedique unas palabras a mis leales seguidores. Ustedes, los nuevos, síganme. No les costará ningún esfuerzo. ¿Por qué iba yo a hacer algo que les resultara difícil? Sería como echar piedras a mi propio tejado.
Bien, a todos los que me adoráis. A mis millones de seguidores.
Decís que queréis volver a tener noticias mías. Dejáis rosas amarillas frente a la puerta de mi casa, en Nueva Orleans, con notas escritas de vuestro puño y letra en las que decís: «Vuelve a hablarnos, Lestat. Danos un nuevo libro. Nos chiflan tus Crónicas Vampíricas, Lestat. Hace mucho que no sabemos nada de ti. Regresa, Lestat, por favor.»
Pero dejad que os pregunte, estimados seguidores míos (no os apelotonéis para contestarme), ¿qué diablos ocurrió cuando os ofrecí Memnoch el Diablo, eh? Fue la última entrega de las Crónicas Vampíricas que yo mismo escribí.
Si, ya sé, comprasteis el libro. No me quejo de eso, queridos lectores. De hecho, el libro más vendido de las Crónicas Vampíricas ha sido Memnoch. ¿Qué os parece ese detalle tan prosaico? Pero ¿lo aceptasteis con entusiasmo? ¿Lo comprendisteis? ¿Lo leísteis dos veces? ¿Creísteis lo que relataba en él?
Yo había visitado la corte de Dios Todopoderoso y las horripilantes simas de la Perdición, chicos, y os relaté mis confesiones, hasta mi último confuso y angustiado balbuceo, rogándoos que me explicarais por qué huí de esa terrorífica oportunidad de convertirme realmente en un santo. ¿Y qué hicisteis vosotros? ¡Os quejasteis!
«¿Dónde se había metido Lestat, el vampiro?» Eso era lo que deseabais saber. ¿Dónde estaba Lestat, ataviado con su elegante levita negra, mostrando sus diminutos colmillos cada vez que sonreía, paseándose calzado con sus botas inglesas por el rutilante inframundo de todas las ciudades siniestras y estilosas repletas de víctimas humanas que se retuercen de dolor, la mayoría merecedoras de recibir el beso vampírico? ¡No parabais de repetirlo!
¿Dónde estaba Lestat el insaciable ladrón de sangre y destructor de almas, Lestat el vengador, Lestat el taimado, Lestat el... esto... Lestat el Magnífico?
Exactamente: Lestat el Magnífico. Es un magnífico nombre para darme en este libro. Porque, bien mirado, soy magnífico. Hombre, alguien tiene que decirlo. Pero volvamos a vuestras quejas y protestas sobre Memnoch.
«¡No queremos esa piltrafa de chamán!», exclamasteis. «Queremos a nuestro héroe. ¿Dónde está su clásica Harley? Queremos que se monte en ella y se lance a toda velocidad por las avenidas y callejuelas del Barrio Francés. Queremos oírle cantar a pleno pulmón mientras escucha música a través de sus diminutos audífonos, luciendo sus gafas de color púrpura, con su pelo rubio ondeando al viento.»
Vale, tíos, mola, me gusta esa imagen. De veras. Aún conservo la moto. Y sí, adoro las levitas, de hecho me las hacen a medida; eso no os lo discuto. Y luego están las botas, por supuesto. ¿Queréis saber cómo voy vestido en estos momentos?
¡Pues no pienso decíroslo!
En todo caso, aún no.
Pero reflexionad sobre lo que trato de deciros.
Os ofrezco aquí esta visión metafísica de la Creación y la Eternidad, toda la historia (más o menos) de la cristiandad, un montón de meditaciones sobre los misterios del cosmos, ¿y qué recibo a cambio? «¿Qué clase de novela es ésta? —preguntasteis—. ¡No te dijimos que fueras al cielo y al infierno! ¡Queremos que vuelvas a ser el exquisito monstruo de siempre!»
¡Mon Dieu! Me ponéis malo. De veras, os lo digo en serio. Por más que os amo, por más que os necesito, por más que no puedo vivir sin vosotros, ¡me ponéis malo!
Vale, tirad este libro a la papelera. Escupidme. Insultadme. ¡A que no os atrevéis! Expulsadme de vuestra órbita intelectual. Echadme de vuestra pandilla. Arrojadme al contenedor de basura del aeropuerto. ¡Dejadme en un banco en Central Park!
¿A mí qué me importa?
No. No quiero que hagáis eso. No lo hagáis.
¡NI SE OS OCURRA!
Quiero que leáis cada página que he escrito. Quiero que mi prosa os envuelva. Si pudiera, bebería vuestra sangre y os recogería en mi interior en cada recuerdo, en cada latido, en cada marco de referencia, triunfo temporal, pequeña derrota, momento místico de rendición. De acuerdo, me vestiré a tono con la ocasión. ¿Acaso no lo hago siempre? ¿Existe alguien que, vestido con harapos, esté más atractivo que yo?
Suspiro.
¡Detesto mi vocabulario!
¿Cómo es posible que, por más que lea, acabe siempre expresándome como un punk internacional de pacotilla?
Por supuesto, una de las razones es mi obsesión por ofrecer un relato al mundo mortal que pueda ser leído prácticamente por cualquiera. Quiero ver mis libros en los suburbios y bibliotecas de universidades. ¿Captáis la onda? Pese a mi sed cultural y artística, no soy un elitista. ¿O no os habías enterado?
Otro suspiro.
¡Estoy desesperado! Una psique constantemente hiperactiva, que es la suerte de todo vampiro. Debería estar asesinando a algún tipo despreciable, chupándole la sangre como si fuera un caramelo. Pero aquí me tenéis, escribiendo un libro.
Por eso no existe en el mundo dinero ni poder capaz de silenciarme durante mucho tiempo. La desesperación es el origen de la fuente. ¿Y si todo eso no tuviera ningún sentido? ¿Y si los elegantes muebles franceses decorados con cuero u oro de imitación no importaran lo más mínimo en el cuadro general? ¡Uno puede temblar de desesperación tanto en las habitaciones de un palacio como en una pocilga! ¡Y no digamos en un ataúd! Pero olvidaos del ataúd. Ya no soy lo que llamaríamos un vampiro de ataúdes. Eso es pura filfa. Aunque confieso que antiguamente me gustaba dormir en ellos. En cierto aspecto, no hay nada como... Pero ¿por dónde iba?
Ah, sí, pasemos a otro tema, pero...
Por favor, antes de proseguir, permitid que proteste por el impacto que sufrió mi mente debido a mi confrontación con Memnoch.
Prestad todos atención, tanto los lectores nuevos como los antiguos:
¡Fui atacado por lo divino y lo sacramental! Se dice que la fe es un don, ¡pero os aseguro que se parece más a un accidente de carretera! Me sacudió la psique. El hecho de ser un vampiro de pleno derecho es duro cuando has visto las calles del cielo y el infierno. Y vosotros tendríais que concederme cierto espacio metafísico.
De vez en cuando me entra la neura y me digo: ¡QUIERO DEJAR DE SER MALVADO!
No respondáis todos a la vez: «¡Queremos que sigas siendo el malo, nos lo prometiste!»
Vamos, debéis tener en cuenta que padezco. Es justo.
Por otra parte, soy tan bueno haciendo de malo... El eslogan de siempre. Si no lo he mandado estampar en una camiseta, lo haré. En realidad, no quiero escribir nada que no pueda estamparse en una camiseta. En realidad, me gustaría escribir novelas enteras en camisetas. Para que vosotros pudierais decir: «Llevo puesto el capítulo ocho del nuevo libro de Lestat, que es mi favorito. Anda, si tú llevas el capítulo seis...»
De vez en cuando confieso que me pongo... ¡Bueno, ya basta!
¿ES QUE NO HAY FORMA DE LIBRARME DE ESTO?
No pararás de susurrarme al oído, ¿verdad?
Camino por Pirate’s Alley, con el aspecto de un vago cubierto de polvo moralmente imperativo, cuando te acercas subrepticiamente y dices: «Despierta, Lestat», y yo me vuelvo rápidamente y ¡pumba!, choco como Superman contra ese artilugio tan americano que es una cabina telefónica ¡y voilà! Aparezco de nuevo ataviado de pies a cabeza de terciopelo, y te agarro por el cuello. Nos encontramos en el vestíbulo de la catedral (¿adónde creías que iba a llevarte? ¿No quieres morir en tierra sagrada?), y tú venga suplicarme. ¡Vaya, hombre, me ha pasado! Sólo quería dar un pequeño sorbo, no digas que no te avisé. Bien pensado, ¿realmente te avisé?
De acuerdo, olvídalo, qué más da, deja de estrujarte las manos, anda, tranquilízate, corta el rollo, ¿vale?
Me rindo. ¡Por supuesto que en esta historia vamos a deleitarnos en la maldad pura!
¿Quién soy yo para renegar de mi vocación como un cuentacuentos católico por excelencia? A fin de cuentas, las Crónicas Vampíricas las inventé yo, ¿sabéis?, y cuando me dirijo a vosotros, no soy simplemente un monstruo, sino que escribo porque os necesito, no puedo respirar sin vosotros. Sin vosotros me siento impotente...
... Y he vuelto, un suspiro, un estremecimiento, una carcajada, unos pasos de claqué y estoy casi listo para tomar el armazón de este libro y pegar sus cuatro esquinas con la infalible supercola de un apasionante relato. Va a ser espectacular, os juro por el fantasma de mi difunto padre que, en mi mundo, no existe técnicamente la digresión. Todos los caminos conducen a mi persona.
Silencio.
Un latido.
Pero antes de que nos centremos en el tiempo presente, permitidme gozar de mi pequeña fantasía. La necesito. No soy sólo un personaje de relumbrón, chicos, ¿es que no lo veis? No puedo remediarlo.
Por lo demás, si no soportáis leer esto, pasad directamente al capítulo dos. ¡Vamos!
Y para aquellos de vosotros que me amáis sinceramente, que deseáis asimilar cada matiz del relato que vais a leer, os invito a acompañarme. Por favor, seguid leyendo:
Deseo ser un santo. Deseo salvar a millones de almas. Deseo hacer el bien en todas partes. Deseo ver mi estatua de yeso realizada a tamaño natural en todas las iglesias del mundo. Mi cuerpo de metro ochenta de estatura, los ojos de cristal azules, ataviado con una larga túnica de terciopelo de color púrpura, observando, con las manos ligeramente separadas, a los fieles que rezan al tiempo que me tocan un pie.
«Lestat, cúrame de mi cáncer, haz que encuentre mis gafas, ayuda a mi hijo a desengancharse de las drogas, haz que mi marido me quiera.»
En Ciudad de México, los jóvenes se acercan a las puertas del seminario sosteniendo en la mano una de mis estatuillas, y algunas madres lloran ante mí en la catedral mientras exclaman: «¡Salva a mi hijita, Lestat! ¡Cúrame de mis dolores, Lestat! ¡Puedo caminar, Lestat! ¡Mirad, la estatua se mueve, derrama lágrimas!»
En Bogotá, Colombia, los narcotraficantes deponen sus armas ante mí. Los asesinos se postran de rodillas musitando mi nombre.
En Moscú, el patriarca se inclina ante mi imagen sosteniendo en brazos a un niño paralítico, y éste se cura. Miles de personas en Francia regresan a la Iglesia gracias a mi intercesión, y la gente murmura ante mí: «Me he reconciliado con la ladrona de mi hermana, Lestat, he renunciado a mi pérfida amante. He denunciado al banco por estafar a la gente, Lestat, hoy es el primer día que asisto a misa en muchos años, Lestat, voy a ingresar en el convento y nada ni nadie puede detenerme.»
En Nápoles, cuando el Vesubio entra en erupción, pasean mi estatua por las calles en procesión para frenar la lava antes de que destruya las poblaciones costeras. En Kansas, miles de estudiantes desfilan frente a mi imagen rogándome que les ayude a practicar el sexo seguro o a abstenerse de practicarlo. En toda Europa y América me invocan durante la misa para una intercesión especial.
En Nueva York, un grupo de científicos anuncia al mundo entero que, gracias a mi intercesión, han conseguido fabricar una droga sin olor, sin sabor e inocua que provoca el subidón de las pastillas de diseño, la cocaína y la heroína juntas, y que además es baratísima —todo el mundo puede comprarla—, y totalmente legal. ¡Esto acaba definitivamente con el negocio del narcotráfico!
Senadores y congresistas sollozan y se abrazan al oír la noticia. Erigen de inmediato mi estatua en la Catedral Nacional.
En todas partes escriben himnos en mi honor. Inspiro poesías piadosas. Se imprimen millones de ejemplares de mi edificante biografía (una docena de páginas), ilustrados a todo color. La gente acude en masa a la catedral de San Patricio, en Nueva York, para depositar sus peticiones escritas a mano en una cesta frente a mi imagen.
Pequeños duplicados de mi persona adornan tocadores, encimeras, escritorios y mesas de ordenadores en todo el mundo. «¿No has oído hablar de él? Si le rezas, a partir de ahora tu marido se comportará como un corderito, tu madre dejará de chincharte, tus hijos vendrán a verte cada domingo; luego, envía el dinero a la iglesia como muestra de gratitud.»
¿Dónde están mis restos? No existen. Todo mi cuerpo se ha convertido en una reliquia, diseminada por el mundo entero: pedacitos resecos de carne, huesos y pelo conservados en unos estuches de oro llamados relicarios, algunos fragmentos depositados en la parte posterior hueca de crucifijos, otros, en medallones que las personas lucen colgados del cuello. Siento todas esas reliquias. Me refocilo consciente de su influencia. «Lestat, ayúdame a dejar de fumar. Tengo un hijo gay, Lestat, ¿irá al infierno? —¡Por supuesto que no!—. Me estoy muriendo, Lestat. Nada puede devolverme a mi padre, Lestat, este dolor es insoportable. ¿Existe realmente Dios, Lestat? —¡Sí!»
Yo respondo a todo el mundo. Paz, la certeza de lo sublime, la irresistible alegría de la fe, el cese del dolor, la profunda abolición de todo cuanto carece de significado.
Soy importante. Soy vasta y prodigiosamente conocido. ¡Soy inevitable! ¡Formo parte de la historia presente! Escriben artículos sobre mí en las páginas del New York Times.
Y, a todo esto, estoy en el cielo con Dios. Estoy con el Señor en la Luz, el Creador, la Fuente Divina de todas las cosas. Me ha sido revelada la solución de los misterios. ¿Por qué no? Conozco las respuestas a cualquier pregunta.
Dios me dice: «Debes aparecerte a las personas. Es el deber de todo gran santo. Es lo que esperan que hagas en la Tierra.»
De modo que abandono la Luz y desciendo lentamente hacia el planeta verde. Cuando penetro en la atmósfera terrestre experimento una ligera y prudente pérdida del conocimiento inefable. Ningún santo puede llevar ese conocimiento inefable al mundo porque éste no lo comprendería.
Me adorno con mi antigua personalidad humana, por así decir, pero sigo siendo un gran santo, y estoy totalmente preparado para aparecerme a las personas. ¿Que adónde me dirijo? ¡Adónde voy a dirigirme!
La Ciudad del Vaticano, el reino más pequeño de la Tierra, está en silencio.
Me acerco al dormitorio del Papa. Se parece a la celda de un monje: una pequeña cama y una silla. No puede ser más sencillo.
Juan Pablo II, de ochenta y dos años, está sufriendo: el dolor que siente en los huesos le impide dormir, los temblores debidos a la enfermedad de Parkinson son muy fuertes, la artrosis le afecta todo el cuerpo, el tiempo ha hecho estragos en él.
El Papa abre los ojos despacio. Me saluda en inglés.
—San Lestat —dice—. ¿Por qué has venido a verme a mí? ¿Por qué no te has aparecido al padre Pío?
No es una gran reacción.
Pero sé que el Papa no pretende ofenderme. Su pregunta es comprensible. El Papa ama al padre Pío. Ha canonizado a centenares de santos. Probablemente los amaba a todos. Pero por el padre Pío siente un amor especial. En cuanto a mí, no sé si me amaba cuando me canonizó, porque aún no he escrito la historia referente a mi canonización. Al padre Pío le canonizaron una semana antes de que yo escribiera todo esto.
(Vi toda la ceremonia en la tele. A los vampiros nos encanta la tele.)
Siento el gélido silencio de los aposentos papales, tan austeros pese a sus palaciegas dimensiones. En la capilla privada del Papa hay unas velas encendidas. El Papa gime de dolor.
Yo impongo sobre su cuerpo mis manos sanadoras y elimino su sufrimiento. Sus músculos se relajan. El Papa me mira con un solo ojo, manteniendo el otro cerrado, como suele hacer, y de pronto se produce entre nosotros una especie de complicidad; o, mejor dicho, percibo algo de él que todo el mundo debería conocer.
Su profunda generosidad, su intensa espiritualidad no sólo son fruto de su amor absoluto hacia Jesucristo, sino de la vida que llevó bajo el comunismo. La gente olvida ese dato. El comunismo, pese a sus atroces abusos y crueldades, es esencialmente un jactancioso código espiritual. Y antes de que ese puritano gobierno influyera en su juventud, Juan Pablo vivió las violentas paradojas y los horripilantes dislates de la Segunda Guerra Mundial, los cuales le enseñaron a cultivar el autosacrificio y el valor. Este hombre siempre ha vivido en un mundo espiritual. Las privaciones y el sacrificio están imbricados en sus historias como la doble hélice.
No es de extrañar que no pueda por menos de recelar de las tumultuosas voces de los prósperos países capitalistas. No comprende cómo puede brotar la pureza de la abundancia, cómo puede el exceso dar paso a la sublime inmensidad de una visión, cómo pueden nacer el altruismo y el afán de hacer el bien cuando todas las necesidades están de sobra satisfechas.
¿Puedo abordar este tema con él en estos apacibles instantes? ¿O debo asegurarle que no tiene que preocuparse por la «codicia» del mundo occidental?
Le hablo suavemente. Empiezo analizando estos puntos. (Sí, ya lo sé, él es el Papa y yo un vampiro que escribe esa historia; pero en esta historia soy un gran santo. ¡No voy a sentirme intimidado dentro de los límites de mi propia obra!)
Le recuerdo que los sublimes principios de la filosofía griega surgieron en medio de la opulencia, y él asiente lentamente con la cabeza. El Papa es un hombre culto y un filósofo. Mucha gente ignora también ese dato acerca de él. Pero yo debo convencerle de algo infinitamente más profundo.
Lo veo claramente. Lo veo todo.
Nuestro mayor error en todo el mundo es nuestra insistencia en considerar cada nuevo acontecimiento como una culminación o un clímax. El gran «por fin» o «grado superlativo». Un fatalismo constitucional tiñe persistentemente el presente cambiante. Un inexorable alarmismo acoge cada novedad. Llevamos dos mil años «saliéndonos de madre».
Esto proviene naturalmente de nuestra susceptibilidad a contemplar el «ahora» como el día del Juicio Final, una obsesión apocalíptica que perdura desde que Jesucristo subió al cielo. Debemos acabar con ello. Debemos comprender que nos hallamos en los albores de una era sublime. Ya no es preciso conquistar a nuestros enemigos. Éstos serán devorados, transformados.
Pero lo que deseo recalcar es que el modernismo y el materialismo —unos elementos que la Iglesia ha temido durante mucho tiempo— están en pañales desde el punto de vista filosófico y práctico. Su naturaleza sacramental acaba de revelarse hace poco.
¡Dejemos a un lado las infantiles torpezas! La revolución electrónica ha transformado el mundo industrial más allá de lo imaginable en el siglo xx. Aún estamos con los dolores de parto. ¡Poneos de una vez manos a la obra! Trabajad en ello. Desarrolladlo.
Para millones de personas de los países desarrollados la vida cotidiana no sólo es cómoda sino una combinación de prodigios que raya lo milagroso. Esto ha dado paso a unos nuevos deseos espirituales infinitamente más valerosos que los objetivos misioneros de antaño.
Debemos reconocer que el ateísmo político ha fracasado estrepitosamente. Pensad en ello. Todo el sistema se ha ido al garete. Salvo quizá la isla de Cuba. Pero ¿qué demuestra Castro? Incuso los hombres que ejercen más poder en América exhalan un aire de virtuosismo. Por eso estallan gigantescos escándalos corporativos. Por eso la gente se enfurece tanto. Si no hay moral, no hay escándalos. De hecho, quizá tengamos que analizar de nuevo todos los sectores de la sociedad que hemos etiquetado ciegamente como «seculares». ¿Quién no posee unas profundas e inquebrantables creencias altruistas?
El judeocristianismo es la religión del Occidente secular, por más que millones de seres afirmen lo contrario. Sus profundos postulados han sido interiorizados por los agnósticos más remotos e intelectuales. Sus expectativas inciden en Wall Street al igual que los corteses saludos que la gente intercambia en una atestada playa californiana o en una cumbre de los jefes de Estado de Rusia y Estados Unidos.
No tardarán en aparecer los tecnosantos —suponiendo que aún no lo hayan hecho— para fundir la pobreza de millones de personas con torrentes de bienes y servicios bien distribuidos. Las comunicaciones eliminarán el odio y las diferencias mientras los cafés virtuales de Internet surgen como setas en los barrios pobres de Asia y Oriente. La televisión por cable llevará innumerables programas novedosos al vasto mundo árabe. Incluso penetrará en el mercado de Corea del Norte.
Las minorías en Europa y América serán total y provechosamente asimiladas mediante la tecnología informática. Como he dicho, la ciencia médica hallará unos sustitutos económicos e inocuos para la cocaína y la heroína y eliminará de este modo el nefasto negocio del tráfico de drogas. La violencia dará paso a un refinamiento en el debate y al intercambio de conocimientos. Los actos terroristas seguirán siendo obscenamente precisos debido a su rareza, hasta que cesen por completo.
En cuanto a la sexualidad, la revolución a este respecto es tan vasta que los de esta época no alcanzamos a comprender todas sus ramificaciones. Al principio las faldas cortas, el corte de pelo a lo garçon, las citas en coche, la incorporación de la mujer al mundo laboral y el amor gay nos dejaron boquiabiertos. Nuestros conocimientos científicos y el control de natalidad nos han dado un poder hace unos siglos inimaginable y el impacto inmediato no es sino una sombra de lo que ocurrirá en el futuro. Debemos respetar los inmensos misterios del esperma y el óvulo, los misterios de la química de género y la elección y atracción sexual. Todos los hijos de Dios se beneficiarán de nuestros crecientes conocimientos, pero repetir esto no es más que el principio. Debemos tener el valor de abrazar la belleza de la ciencia en el nombre del Señor.
El Papa escucha. Sonríe.
Yo prosigo.
La imagen de Dios Encarnado, hecho Hombre debido a la fascinación que le inspira su Creación, triunfará en el tercer milenio como emblema supremo del sacrificio divino y al amor insondable.
En mi opinión, se requieren miles de años para comprender al Cristo Crucificado. ¿Por qué, por ejemplo, bajó a la Tierra para vivir treinta y tres años? ¿Por qué no veinte? ¿O veinticinco? Podríamos cavilar sobre esto eternamente. ¿Por qué empezó Jesús como un bebé? ¿Quién quiere ser un bebé? ¿El hecho de que fuera un bebé forma parte de nuestra salvación? ¿Y por qué eligió esa época de la historia? ¡Y ese lugar!
Ahí hay tierra, grava, arena y piedras por todas partes. Jamás he visto tantas piedras como en Tierra Santa. La gente iba descalza, con sandalias, en camello... Imaginad esos tiempos. ¡No me extraña que lapidaran a la gente! ¿Tuvo quizá la sencillez del atuendo y el peinado algo que ver con el hecho de que Jesucristo bajara a la Tierra en esa época? Yo creo que sí. Si consultáis algún libro sobre el vestir en el mundo —una buena enciclopedia que abarque desde la antigua Sumer hasta Ralph Lauren—, no hallaréis atuendo y peinado más sencillos que los de la Galilea del siglo i.
«Hablo en serio», le dije al santo padre. Jesucristo tuvo este dato en cuenta, seguro. Es lógico. Sabía que las imágenes de Él proliferarían exponencialmente.
Por lo demás, creo que Jesucristo eligió la crucifixión porque en todas las imágenes aparecería con los brazos extendidos como si abrazara amorosamente al mundo. Cuando uno contempla la crucifixión bajo ese prisma, todo cambia. Ves a Jesucristo abrazando al mundo. Él sabía que tenía que ser una imagen durable. Sabía que teníamos que poder hacer abstracción de ella. Que tenía que ser reproducible. No es casualidad que podamos lucir una imagen de la espeluznante muerte de Jesucristo colgada del cuello en una cadena. Dios piensa en esas cosas.
El Papa sigue sonriendo.
—Si no fueras un santo, me reiría de ti —dije—. Por cierto, ¿cuándo esperas la llegada de esos tecnosantos?
Me siento feliz. El Papa se parece al viejo Wojtyla, el pontífice que siguió practicando el esquí hasta los setenta y tres años. Mi visita ha valido la pena.
A fin de cuentas, no podemos ser todos como el padre Pío o la madre Teresa. Yo soy san Lestat.
—Saludaré al padre Pío de parte vuestra —murmuró.
Pero el sueño había vencido al Papa. Tras emitir una breve risa, se había quedado dormido. Ahora ya conozco mi fuerza. He conseguido adormecerlo con mi cháchara. Pero ¿qué esperaba, especialmente del Papa? Trabaja duro. Sufre. Este año ha viajado a Asia y a Europa oriental, y dentro de poco irá a Toronto, a Guatemala y a México. No sé cómo se las arregla para llevar este trajín.
Apoyo la mano en su frente.
Y me marcho.
Bajo la escalera que conduce a la Capilla Sixtina. Está desierta y oscura, como era de prever. Pero no temáis, mis ojos de santo son tan eficaces como mis ojos de vampiro, y puedo contemplar la impresionante magnificencia del lugar.
Estoy solo, aislado de todo el mundo y todas las cosas. Deseo tenderme en el suelo boca abajo, como hace un sacerdote cuando se ordena. Deseo ser un sacerdote. ¡Deseo consagrar la hostia! Ardo en deseos de hacerlo. NO QUIERO HACER EL MAL.
Pero lo cierto es que mi fantasía sobre san Lestat empieza a disiparse. Sé que es una ficción y no puedo mantenerla.
Sé que no soy un santo y nunca lo seré. Ningún estandarte con mi efigie ha ondeado jamás bajo el sol de la plaza de San Pedro. Ninguna multitud de cientos de miles de personas ha pedido a voces mi canonización. Ninguna procesión de cardenales asistió a la ceremonia, porque ésta no se ha celebrado jamás. Y no poseo una fórmula sin olor, sin sabor e inocua que imite las pastillas de diseño, la cocaína y la heroína juntas, de modo que no puedo salvar al mundo.
Ni siquiera me encuentro en la Capilla Sixtina. Estoy muy lejos, en un lugar cálido, pero igual de solitario.
Soy un vampiro. Durante más de doscientos años he disfrutado siéndolo. Estoy lleno hasta las cejas de la sangre de otros. Estoy contaminado por ella. Estoy tan maldito como lo estaba esa prostituta antes de tocar el borde de la túnica de Jesús en Cafarnaum. Vivo por y para la sangre. Soy ritualmente impuro.
Y no soy capaz más que de obrar un solo milagro. Nosotros lo llamamos el truco oscuro y estoy a punto de realizarlo.
¿Creéis que mis remordimientos me detendrán? En absoluto, jamás, mais non, de eso nada, ni mucho menos, ni lo soñéis.
Os dije que regresaría, ¿no es cierto?
Soy un ser irreprimible, imperdonable, indómito, desvergonzado, egoísta, contumaz, desalmado, desmadrado, furioso, intrépido e impenitente que no tiene salvación.
Pero tengo una historia que contaros, queridos.
Oigo las campanas del infierno llamándome. ¡Ha llegado el momento de ponerse manos a la obra!
De modo que corto y pasamos a:
2
Blackwood Farm: exterior, por la tarde.
Un pequeño cementerio rural junto a un pantano rodeado de cipreses, en el que hay aproximadamente una docena de tumbas de cemento, la mayoría sin rastro alguno de las antiguas inscripciones, y una de esas tumbas alzadas rectangulares está cubierta de hollín debido a un reciente incendio, y todas ellas están rodeadas por una pequeña verja de hierro y cuatro gigantescos robles cuyas ramas casi rozan el suelo, y el cielo presenta un perfecto color lila, y el calor del verano es dulce y acariciador y...
Por supuesto que luzco mi levita de terciopelo negro (un primer plano: ceñida a la cintura, con botones de metal) y mis botas de motero, y una flamante camisa de hilo adornada con puños y una chorrera de encaje (¡siento lástima del imbécil que se burla de mi atuendo!). Esta noche no me he cortado mi melena rubia que me llega a los hombros, como hago a veces para cambiar de look, y he prescindido de mis gafas de color violeta porque me tiene sin cuidado que mis ojos llamen la atención. Tengo la piel profundamente tostada debido a mi intento de suicidio de hace años de exponerme al sol abrasador en el desierto de Gobi, y estoy pensando...
... En llevar a cabo un truco oscuro, sí, en obrar el milagro, porque allí arriba, en la Casa Grande, te necesitan, conque deja de quejarte, Príncipe Mocoso, que eres un jeque entre los vampiros, y ponte manos a la obra, que en la Casa Grande se ha producido una situación delicada.
HA LLEGADO EL MOMENTO DE CONTAROS LO QUE OCURRIÓ:
Tras salir de mi escondite secreto empecé a pasearme arriba y abajo, lamentando con amargura la muerte de otra bebedora de sangre que había perecido en este cementerio, sobre la tumba ennegrecida que he mencionado antes, en un inmenso incendio, voluntariamente, abandonándonos anoche sin más explicaciones.
Era Merrick Mayfair, que sólo llevaba tres años o menos entre los no muertos. Yo la había invitado a Blackwood Farm para que me ayudara a exorcizar a un espíritu maligno que había estado atormentando a Quinn Blackwood desde que era niño. Quinn, que se había convertido recientemente en un vampiro, había acudido a mí para pedirme que le ayudara a librarse de ese fantasma, el cual, lejos de abandonarle tras su transformación de mortal en un vampiro, se había hecho más poderoso y malvado, provocando la caída y la muerte del ser mortal más querido para Quinn, su tía abuela Queen, de ochenta y cinco años. Yo le había pedido a Merrick Mayfair que exorcizara a ese espíritu malvado para siempre.
Ese fantasma se llamaba Goblin, y, dado que Merrick Mayfair había sido una erudita y una bruja antes de recibir la sangre oscura, supuse que tendría la fuerza necesaria para librarse de él.
El caso es que Merrick Mayfair se presentó y resolvió el tema de Goblin, y, tras construir un elevado altar de carbón y leña, le prendió fuego, y no sólo quemó el cadáver del malvado, sino que se abrasó junto a él. El espíritu desapareció, y también Merrick Mayfair.
Como es natural, traté de rescatarla del fuego, pero su alma había abandonado su cuerpo y por más que derramé mi sangre sobre sus carbonizados restos, no conseguí reanimarla.
Mientras caminaba arriba y abajo, propinando patadas al suelo y levantando el polvo del cementerio, pensé que los inmortales que desean obtener la sangre oscura mueren con mayor facilidad que los que no la solicitamos. Quizá la ira de la violación que eso conlleva nos mantiene vivos durante siglos.
Pero como he dicho, en la Casa Grande había ocurrido algo.
Al tiempo que me paseaba de un lado a otro pensé en llevar a cabo un truco oscuro, sí, en crear a otro vampiro.
Pero ¿cómo se me había ocurrido semejante idea? ¡A mí, que en mi fuero interno deseo ser un santo! Era imposible que la sangre de Merrick Mayfair clamara desde la Tierra exigiendo la creación de otro vampiro, eso es absurdo. Para colmo, era una de esas noches en que cada bocanada de aire que aspiraba constituía un pequeño desastre metafísico.
Alcé la vista y contemplé Blackwood Manor, según la llaman ellos, una mansión construida sobre el altozano, con columnas blancas, que sostienen el edificio de dos plantas, y numerosas ventanas iluminadas, el lugar que había sido causa de mi dolor y mi fortuna durante las últimas noches, y traté de descifrar cómo resolver el asunto en bien de todos los implicados en él.
Primera consideración: Blackwood Manor estaba repleta de incautos mortales, a quienes, aunque apenas conocía, estimaba mucho, y al decir incautos me refiero a que no sospechaban que su querido Quinn Blackwood, dueño y señor de la mansión, o su nuevo y misterioso amigo, Lestat, fueran vampiros, pues eso era lo que Quinn deseaba fervientemente, que no ocurriera nada malo, porque ése era su hogar y por más que él fuera un vampiro, no estaba dispuesto a romper los vínculos con su gente.
Entre esos mortales estaba Jasmine, la polifacética ama de llaves, una mujer superatractiva (confío en seguir abundando en ella a media que prosiga con el relato, pues no me resisto a hacerlo), y antigua amante de Quinn; y el hijito de ambos, Jerome, engendrado por Quinn antes de transformarse en un vampiro, un chaval de cuatro años que no cesaba de subir y bajar corriendo la amplia escalera de caracol, calzado con unas zapatillas deportivas blancas algo grandes para su estatura; y la Gran Ramona, la abuela de Jasmine, una majestuosa señora de raza negra con el pelo blanco recogido en un moño, que sacudía la cabeza hablando para sí mientras preparaba en la cocina la cena para no se sabe quién; y su nieto Clem, un negro alto y musculoso con aire felino, que había sido el chófer de tía Queen, la señora de la casa recientemente fallecida, a quien todos seguían llorando respetuosamente, y que, vestido con un traje negro y una corbata a juego, estaba junto a la puerta de entrada mirando con recelo la puerta del dormitorio de Quinn, y no sin motivo.
Al fondo del pasillo del piso superior se encontraba Nash Penfield, el antiguo tutor de Quinn, en su dormitorio, sentado junto a Tommy Blackwood, un chico de trece años que era tío de Quinn, pero a quien éste consideraba un hijo adoptivo. Ambos estaban conversando sentados delante del frío hogar veraniego. Tommy, un joven muy atractivo, lloraba suavemente la muerte de la gran dama a la que acabo de referirme, con la cual había recorrido toda Europa durante tres años, «adquiriendo cultura», como diría Dickens.
En la parte posterior de la finca estaban Allen y Joel, «los hombres del cobertizo», sentados en una parte iluminada del mismo, leyendo el Weekly World News y riendo a carcajadas, mientras en la televisión daban un programa sobre fútbol. Frente a la casa había una gigantesca limusina y otra en la parte trasera.
En cuanto a la Casa Grande, permitid que os la describa detalladamente. Me encantaba. Poseía unas proporciones perfectas, cosa que no siempre ocurre con las casas americanas de estilo neogriego, pero esta mansión, que presidía el extenso terreno, era más que agradable y acogedora, con su larga avenida bordeada de pacanas y sus majestuosas ventanas.
¿El interior? Consistía en lo que los americanos llaman unas habitaciones gigantescas. Sin una mota de polvo, limpias y aseadas. Repletas de relojes sobre las repisas de las chimeneas, espejos, retratos y alfombras persas, así como la inevitable mezcolanza de muebles de caoba del siglo xix que la gente combina con nuevas reproducciones de los estilos clásicos Hepplewhite y Luis XIV para darles un aire que denominan tradicional o antiguo. ¿Eh? Y todas invadidas por el inevitable zumbido del aire acondicionado, que no sólo refresca mágicamente la atmósfera sino que ofrece «la privacidad del sonido», lo cual ha conseguido transformar el Sur en esta época.
Ya sé, ya sé. Debí describir la escena antes de describir a las personas. ¿Y qué? No pensaba con lógica. No cesaba de darle vueltas a la lamentable suerte de Merrick Mayfair.
Como es natural, Quinn había afirmado haber visto la luz del cielo al recibir a su indeseable fantasma y a Merrick, y para él la escena en este cementerio había constituido una teofanía, algo muy distinto de lo que había representado para mí. Yo sólo había visto a Merrick inmolándose. Rompí a llorar, a gritar y maldije con todas mis fuerzas.
De acuerdo, dejaré de hablar de Merrick. Pero tenedla presente, porque más adelante volveré a referirme a ella. ¿Quién sabe? Quizá la mencione cada vez que me apetezca. A fin de cuentas, ¿quién está escribiendo este libro? No tengáis en cuenta ese exabrupto. Os prometí una historia y la tendréis.
El caso es que, debido a lo que ocurría en esos momentos en la Casa Grande, yo no tenía tiempo para lamentarme. Habíamos perdido a Merrick. Al igual que a la dinámica e inolvidable tía Queen. Me sentía sumido en una profunda congoja. Pero había ocurrido algo increíblemente asombroso, y Quinn me necesitaba de inmediato.
Por supuesto, nadie me obligaba a interesarme por lo que ocurría en Blackwood Farm.
Podía haberme marchado tranquilamente.
Quinn, el vampiro neófito, acababa de acudir a Lestat el Magnífico (sí, me gusta ese título) para que le ayudara a librarse de Goblin, y, técnicamente, puesto que Merrick se había llevado el espíritu consigo, yo había concluido mi labor aquí y podía haberme desvanecido en el crepúsculo estival mientras el personal de la mansión se preguntaba «¿quién era ese bombonazo?», pero no podía abandonar a Quinn.
Quinn estaba en una situación difícil con esos mortales. Y yo estaba profundamente enamorado de Quinn. Quinn, que tenía veintidós años cuando fue bautizado con la sangre oscura, era un visionario y un soñador, inconscientemente encantador e invariablemente amable, un sufrido cazador nocturno que sólo se alimentaba de la sangre de los condenados y gozaba en compañía de seres afectuosos y edificantes.
(¿Afectuosos y edificantes? ¿Como yo, por ejemplo? Está claro que el chico comete errores. Claro que yo estaba tan enamorado de Quinn que había montado toda una representación para impresionarle. ¿Quién puede reprocharme que ame a seres que me inspiran amor? ¿Acaso es un pecado imperdonable en un monstruo a tiempo completo como yo? No tardaréis en comprobar que hablo constantemente sobre mi evolución moral. Pero de momento me ceñiré a esta historia.)
Yo puedo «enamorarme» de cualquiera: hombre, mujer, niño, vampiro o el mismo Papa. Da lo mismo. Soy la quintaesencia del cristiano. Veo los dones de Dios en todo el mundo. Pero prácticamente cualquiera se enamoraría de Quinn. Es muy fácil amar a personas como Quinn.
Pero volvamos al asunto que nos ocupa. Lo cual me lleva de nuevo al dormitorio de Quinn, donde éste se hallaba en ese delicado momento.
Antes de que él y yo nos levantáramos esa noche —yo había llevado a mi estimado joven de casi dos metros de estatura, con los ojos azules y el pelo negro, a uno de mis escondrijos secretos—, en Manor House se había presentado una chica mortal que les había sobresaltado a todos.
Ése era el motivo de que Clem no apartara la vista del dormitorio de Quinn, de que la Gran Ramona no cesara de murmurar y de que Jasmine anduviera muy preocupada de un lado a otro calzada con sus zapatos de tacón, estrujándose las manos. Hasta el pequeño Jerome estaba muy excitado: no paraba de subir y bajar por la escalera de caracol. Incluso Tommy y Nash habían interrumpido sus lamentos matutinos para echar un vistazo a la atribulada joven mortal y ofrecerle su ayuda.
No me fue difícil explorar las mentes de todos para captar lo sucedido, este tremendo y extraño suceso, y también exploré la mente de Quinn, para comprobar el resultado.
De paso decidí explorar la mente de la joven mortal, la cual se hallaba sentada en la cama de Quinn, rodeada por una increíble cantidad de flores, un maravilloso cúmulo de flores diseminadas de forma aleatoria sobre la colcha, conversando con Quinn.
Yo me había convertido en una cacofonía de mentes que me informaban de todo desde el principio. El asunto me produjo un breve escalofrío de terror que traspasó mi valerosa alma. ¿Debía realizar el truco oscuro? ¿Convertir a otro mortal en uno de nosotros? ¡Horror! ¡Dolor y misericordia! ¡Socorro, asesino, policía!
¿Deseo realmente despojar a otra alma de su actual destino mortal? ¿Yo, que aspiro a ser un santo? ¿Que hace un tiempo me codeé con ángeles? ¿Que afirmo haber visto a Dios Encarnado? ¿Transportar a otro ser humano —¡estremeceos!— al ámbito de los no muertos?
Comentario: una de las ventajas de amar a Quinn es que yo no le había creado. El chico había llegado a mí libre de gastos. Confieso que me sentí como debía de sentirse Sócrates rodeado por apuestos jovencitos que acudían a él en busca de consejo, bueno, hasta que apareció alguien con la mortal cicuta.
Regresemos al momento presente: si existía alguien en el mundo que rivalizaba conmigo para conseguir el corazón de Quinn, era esa chica mortal, y Quinn estaba en su habitación ofreciéndole en unos frenéticos susurros la promesa de nuestra sangre, el maldito don de nuestra inmortalidad. Sí, esa explícita oferta había brotado de labios de Quinn. ¡Por lo que más quieras, chico, demuestra que tienes carácter!, pensé. ¡Anoche viste la luz del cielo!
La chica se llama Mona Mayfair. Pero nunca conoció ni oyó hablar de Merrick Mayfair. De modo que no os molestéis en relacionarlas. Merrick era una cuarterona, nacida entre los Mayfair «de color» que vivían en el centro de la ciudad, y Mona era miembro de los Mayfair blancos del Garden District y probablemente jamás habrá oído hablar sobre Merrick ni su piel de color. En cuanto a Merrick, nunca había mostrado el menor interés en la célebre familia de blancos. Tenía su propia vida.
Pero Mona era una bruja en toda regla —al igual que lo había sido Merrick—, y ¿qué es una bruja? Pues una persona que adivina el pensamiento, que atrae a los espíritus y a los fantasmas como un imán, y que posee además otros poderes esotéricos. Quinn me había contado lo suficiente sobre el ilustre clan de los Mayfair durante los últimos días para deducir que los primos de Mona, todos ellos hechiceros y hechiceras, si no me equivoco, estarían en esos momentos buscando afanosamente a la chica, preocupados de que le hubiera ocurrido algo.
De hecho, yo había echado un vistazo a esa extraordinaria tribu (uno de ellos era un sacerdote hechicero, nada menos, ¡un sacerdote hechicero! ¡No puedo ni imaginármelo!), con motivo del funeral para tía Queen, y no alcanzaba a entender por qué tardaban tanto en aparecer en busca de Mona, a menos que se lo estuvieran tomando con calma por motivos que pronto averiguaremos.
A los vampiros no nos gustan los hechiceros. ¿No adivináis el motivo? Cualquier vampiro que se respete, aunque éste o ésta tenga tres mil años, es capaz de engañar a los mortales, al menos durante un tiempo. Y los jóvenes como Quinn pueden pasar por seres humanos. Jasmine, Nash y la Gran Ramona habían aceptado a Quinn como ser humano. ¿Que es un excéntrico? ¿Que estaba clínicamente loco? Sí, estaban convencidos de ello. Pero también de que era un ser humano. Y Quinn podía vivir entre ellos durante bastante tiempo. Y como ya he explicado, también creían que yo era humano, aunque es probable que no hubiera podido engañarles durante mucho tiempo.
Pero con los hechiceros la historia es muy distinta. Los hechiceros detectan todo tipo de detalles sobre otros seres. Tiene que ver con el involuntario y constante ejercicio de sus poderes. Lo presentí durante el funeral, por el mero hecho de respirar el mismo aire que la doctora Rowan Mayfair y su marido, Michael Curry, y que el reverendo Kevin Mayfair. Por fortuna, todos estaban distraídos por multitud de estímulos, de modo que no tuve que largarme apresuradamente.
¿Por dónde iba? Ah, sí. Habíamos quedado en que Mona Mayfair era una bruja, poseedora de un extraordinario talento. Y después de recibir la sangre oscura, hacía aproximadamente un año, Quinn, a pesar de que la chica se estaba muriendo, había jurado no volver a verla por temor a que se percatara de que el mal lo había despojado de la vida, y no quería contaminarla.
No obstante, Mona Mayfair, voluntariamente y para asombro de todos:
Se había presentado hacía una hora, conduciendo la gigantesca limusina de la familia, que había birlado al chófer frente al Hospital Mayfair, en el que llevaba agonizando desde hacía más de dos años. (Mona aprovechó que el chófer había salido a dar una vuelta a la manzana y fumarse un cigarrillo para sentarse al volante y salir disparada, mientras el pobre desgraciado corría tras ella.)
Acto seguido Mona visitó todas las floristerías en las que conocían a los Mayfair, una tras otra, escogió gigantescos ramos de flores, o ramitos de flores individuales, todo lo que pudo conseguir inmediatamente; atravesó luego el largo puente sobre el lago para dirigirse a Blackwood Manor, pisando a fondo el acelerador, vestida con la camisa del hospital, presentando un aspecto horroroso —un tambaleante esqueleto con la piel cubierta de moratones y una larga melena roja—, y ordenó a Jasmine, Clem, Allen y Nash que llevaran las flores a la habitación de Quinn, asegurándoles que él le había dado permiso para depositarlas sobre su cama con dosel. Él estaba enterado. No tenían por qué preocuparse.
Pese al susto que se habían llevado, todos habían hecho lo que Mona les había ordenado.
A fin de cuentas, todos sabían que Mona Mayfair había sido el gran amor de Quinn antes de que su querida tía Queen, viajera impenitente y excelente cronista, insistiera en que Quinn la acompañara en su «último viaje» a Europa, que se prolongó durante tres años, para averiguar a su regreso que Mona se hallaba en el Hospital Mayfair, incomunicada, sin que él pudiera ir a verla.
Posteriormente Quinn recibió la sangre oscura por obra de la venialidad y la violencia, y transcurrió otro año durante el cual Mona permaneció incomunicada en el hospital, demasiado débil para escribir siquiera una nota o contemplar los ramos de flores que Quinn le enviaba a diario, y...
Volvamos al ansioso grupo de sirvientes que llevaron las flores a la habitación de Quinn.
La esquelética joven, que tenía aproximadamente veinte años, por eso la llamo joven, no podía subir la escalera de caracol, de modo que el galante Nash Penfield, el antiguo tutor de Quinn, que Dios había creado para que encarnara al perfecto caballero (y que era responsable de buena parte de los modales y la cultura que poseía Quinn), la llevó en brazos escaleras arriba y tras asegurarle ella que las rosas no tenían espinas, la depositó en lo que Mona llamó su «nido de flores», y ella se recostó en la cama con dosel mezclando algunas frases de Shakespeare con otras de su propia cosecha:
—Depositadme, vestida, sobre mi lecho de bodas y retiraos, para dejar que más tarde cubran mi tumba con flores.
En ese momento Tommy, el chico de trece años, apareció a la puerta de la habitación y, al ver a Mona, desolado como estaba por la muerte de la querida tía Queen, se llevó tal impresión que se puso a temblar y Nash, que no salía de su estupor, se lo llevó mientras la Gran Ramona se quedaba junto a Mona, murmurando con una entonación dramática digna del Vate:
—¡Esta chica se está muriendo!
Al oír esas palabras, la pequeña y pelirroja Ofelia se echó a reír. ¿Qué iba a hacer la pobre? Y pidió un refresco de cola light y bien frío.
Jasmine temió que la joven se fuera al otro barrio en ese mismo momento, lo cual no era improbable, pero la joven dijo que no, que esperaría a Quinn, y les pidió a todos que se retiraran, y cuando Jasmine regresó apresuradamente con el burbujeante refresco de cola en un vaso con una pajita, la chica apenas lo probó.
Uno puede vivir toda su vida en América y no ver jamás a un ser humano en ese estado.
Pero en el siglo xviii, cuando yo nací, era bastante frecuente. En aquella época la gente se moría de hambre en las calles de París. Morían como moscas. En el siglo xix se había producido la misma situación en Nueva Orleans, cuando empezaron a llegar los irlandeses medio muertos de hambre. Por las calles se veía a muchos mendigos irlandeses en los huesos. Ahora uno tendría que ir a «las misiones extranjeras» o a determinados hospitales para ver a gente en el estado en que se hallaba Mona Mayfair.
La Gran Ramona declaró que ése era el lecho en el que había muerto su propia hija (la Pequeña Ida), y que no era la cama indicada para una joven enferma. Pero Jasmine, su nieta, le ordenó que se callara y Mona se puso a reír a mandíbula batiente, hasta que empezó a dolerle todo el cuerpo y a punto estuvo de ahogarse. Pero sobrevivió.
Mientras me hallaba en el cementerio, examinando esos maravillosos espejos en los que se reflejaban los hechos más recientes, calculé que Mona debía de medir aproximadamente un metro cincuenta y cinco centímetros: estaba destinada a tener una salud delicada. Tiempo atrás había sido famosa por su belleza, pero la enfermedad —provocada por un parto traumático que pese a mis esfuerzos seguía siendo un misterio para mí— había causado tales estragos en su organismo que ya no pesaba más que unos treinta kilos y su abundante cabellera roja no hacía sino acentuar el macabro espectáculo de su absoluto deterioro. Mona estaba tan cerca de la muerte que lo único que la mantenía con vida era su voluntad.
Fue gracias a su voluntad y a la brujería —el arte de los hechiceros y hechiceras— que Mona consiguió las flores y que el personal de la casa la ayudara sin poner reparos.
Pero una vez que hubo llegado Quinn, una vez que se hubo sentado junto a ella y que Mona hubo logrado llevar a cabo su atrevido plan pese a su lamentable estado, el dolor que sentía en sus órganos internos y sus articulaciones empezó a derrotarla. También sentía un dolor lacerante en toda la superficie de la piel. El mero hecho de sentarse rodeada de aquellas maravillosas flores suponía para ella un tormento.
En cuanto a mi valeroso Quinn, renegó de todos los actos execrables que había podido cometer en su vida y le ofreció a Mona su sangre oscura, lo cual no me sorprendió, aunque confieso que habría preferido que no lo hubiera hecho.
Es difícil contemplar cómo alguien se muere cuando sabes que posees ese poder paradójicamente malvado. Y Quinn seguía enamorado de ella, de forma natural y antinatural, y no soportaba verla sufrir. Nadie habría podido soportarlo.
No obstante, como ya he explicado, Quinn había recibido la noche anterior una teofanía al ver a Merrick y al espíritu que era su doble pasar a la Luz.
Así que ¿por qué diablos no se había contentado Quinn con sostener la mano de Mona y acompañarla en sus últimos instantes? Estaba claro que la chica no iba a vivir hasta medianoche.
Lo cierto era que Quinn no tenía valor para dejarla morir. Debo añadir que jamás habría ido a su encuentro, que la había protegido denodadamente del secreto de su transformación, pero ella había venido a reunirse aquí con él, en su mismo dormitorio, rogándole que la dejara morir en su cama. Y Quinn era un vampiro macho, y ése era su territorio, su guarida, por así decir, y sus hormonas masculinas, por muy vampiro que fuera, habían empezado a segregar ciertos fluidos y se había apoderado de él un monstruoso afán de poseerla junto con una increíblemente imaginativa idea de salvarla.
Pero yo sabía con toda certeza que Quinn no conseguiría realizar el truco oscuro sobre Mona. No lo había hecho nunca y la joven estaba demasiado delicada. La habría matado. No había salida. Maldita sea, por lo que a mí concernía, esa chica, ansiosa de recibir la sangre oscura, podía irse al infierno. Tenía que intervenir. ¡El vampiro Lestat tenía que ir a resolver la situación!
Ya sé lo que estáis pensando. Pensáis: «¿Es esto una comedia, Lestat? No queremos una comedia.» ¡No lo es!
Es que me estoy quedando sin los innobles subterfugios que he estado esgrimiendo, ¿no lo veis? No me refiero al glamour, hay que cuidar la imagen, queridos. Sólo estamos perdiendo los elementos que tendían a abaratar mi discurso y erigir una barrera formada por giros extrañamente artificiales, más o menos.
De acuerdo. Sigamos. Tomé el camino humano y entré por la puerta principal, haciendo girar el mecanismo de la cerradura con mis poderes mentales y sobresaltando a Clem, a quien dirigí una afable sonrisa.
—Hola, Clem, soy Lestat, el amigo de Quinn. A propósito, prepara el coche, porque dentro de un rato nos vamos a Nueva Orleans, ¿vale, tío?
Luego subí por la escalera de caracol, sonriendo al pequeño Jerome al pasar junto a él, y abrazando brevemente a Jasmine al toparme con ella en el pasillo, tras lo cual hice girar telepáticamente la cerradura de la puerta de la habitación de Quinn y penetré en ella.
¿Penetré en ella? ¿Por qué no digo que entré y sanseacabó? Ésos son los giros extrañamente artificiales a los que me refería antes. Lo cierto es que entré como una bala en la habitación.
Os revelaré un pequeño secreto. Nada de lo que se ve telepáticamente es ni una décima parte tan vívido como lo que ve un vampiro con sus ojos. La telepatía es genial, desde luego, pero nuestra visión es casi intolerablemente vívida. Por eso la telepatía no desempeña un papel importante en este libro. En cualquier caso, soy un sensualista.
Al ver a Mona sentada a los pies de la gigantesca cama con dosel me sentí profundamente conmovido. Los dolores que sufría esa chica eran más atroces de lo que imaginaba Quinn. Incluso le dolía sentir el brazo de Quinn alrededor de sus hombros. Sin pretenderlo calculé que debería de haber muerto hacía dos horas. Sus riñones habían dejado de funcionar, su corazón latía débilmente y la pobre no podía llenar sus pulmones con el aire suficiente para respirar profundamente.
Pero al verme abrió mucho sus maravillosos ojos verdes y su agudo intelecto comprendió, a un nivel místico, más allá de las palabras, lo que Quinn trataba de decirle: que podía detener el proceso de su muerte, que podía permanecer junto a nosotros, que sería nuestra para siempre. El estado vampírico, el no muerto. El asesino inmortal. Fuera de la vida para siempre.
Ya te conozco, brujita. Vivimos eternamente. Mona casi sonrió.
¿Conseguiría el truco oscuro subsanar los daños que había sufrido su escuálido cuerpo? ¡Por supuesto!
Hace doscientos años, en una habitación en la isla de St. Louis, vi cómo la decrepitud y la tuberculosis desaparecían del cuerpo depauperado de mi madre mientras la sangre oscura obraba en ella su magia. En aquella época yo era un simple postulante, movido a llevar a cabo la transformación por el amor y el terror que sentía. Fue la primera vez que lo hice. Ni siquiera sabia cómo se llamaba.
—Deja que yo realice el truco oscuro, Quinn —dije inmediatamente.
Vi que emitía un suspiro de alivio. Era tan inocente, estaba tan confundido. Desde luego, no me hacía gracia que me pasara ocho centímetros, pero no tenía importancia. Yo le llamaba «hermanito» afectuosamente, de corazón. Estaba dispuesto a hacer lo que fuera por él. Y además estaba Mona. Una joven bruja, una belleza, un espíritu feroz, prácticamente nada más que espíritu y un cuerpo que trataba desesperadamente de permanecer en esta Tierra.
Quinn y Mona se abrazaron. Observé que Mona le asía de la mano. ¿Presentía acaso que yo era un ser sobrenatural? No apartaba los ojos de mí.
Me paseé unos instantes por la habitación, nervioso. Hasta que por fin asumí el control de la situación. Se lo expliqué a Mona con elegancia. Quinn y yo éramos vampiros, sí, pero ella, nuestra estimada amiga, podía someterse o no a la transformación. ¿Por qué no le había contado Quinn lo de la Luz? Quinn la había visto con sus propios ojos. Conocía el grado del perdón celestial mejor que yo.
—Pero tú puedes elegir la Luz otra noche, chérie —dije. Rompí a reír a carcajadas. No podía parar. Era prodigioso.
Mona llevaba mucho tiempo enferma, llevaba mucho tiempo sufriendo. Y ese parto, ese hijo que había tenido, que había sido un monstruo, se lo habían arrebatado, y yo no lograba penetrar en ese misterio. Pero dejemos ese tema a un lado. El concepto que tenía Mona de la eternidad consistía en sentirse completa durante una bendita hora, en poder respirar durante una bendita hora sin experimentar dolor. ¿Cómo podía elegir eso? No, esa chica no tenía elección. Vi el largo pasillo que había recorrido inexorablemente durante tantos años, las agujas que le habían dejado cardenales en los brazos, las magulladuras que le cubrían todo el cuerpo, los fármacos que le habían causado graves efectos negativos, el estado de duermevela debido al atroz sufrimiento, la fiebre, los sueños superficiales y recurrentes, la pérdida de concentración cuando renunciaba a los libros, las películas y las cartas e incluso la desaparición de la oscuridad profunda en el intenso resplandor de las luces del hospital y los sonidos y el fragor inevitables.
Mona me tocó la mano. Asintió con la cabeza. Tenía los labios secos y agrietados. Sobre la frente le caían unos mechones pelirrojos.
—Sí, deseo que lo hagas —dijo.
De labios de Quinn brotaron las inevitables palabras:
—Sálvala.
¿Salvarla? ¿Es que no querían acogerla en el cielo?
—Vienen a buscarte —dije—. Tu familia. —Lo dije sin pensar. ¿Me hallaba yo bajo el influjo de un hechizo mientras la miraba a los ojos? Pero oí con toda claridad a los Mayfair acercarse rápidamente. Ambulancias sin sirenas enfilaban la avenida de pacanas, seguidas por lujosas limusinas.
—No dejéis que me lleven con ellos —exclamó Mona—. Quiero quedarme con vosotros.
—Tesoro, esto es para siempre —dije.
—¡Sí!
Oscuridad eterna, sí, condenación, aislamiento, sí.
Siempre estás con lo mismo, Lestat, eres un demonio, quieres hacerlo, lo deseas, deseas presenciarlo, bestia avariciosa, no quieres entregársela a los ángeles que sabes muy bien que están esperando. Sabes muy bien que el Dios que puede santificar el sufrimiento de Mona la ha purificado y perdonará sus últimos ruegos.
Me acerqué a ella apartando ligeramente a Quinn.
—Suéltala, hermanito —dije. Levanté la muñeca, me produje un pequeño corte con los dientes y deposité mi sangre en los labios de Mona—. Es preciso hacerlo así. En primer lugar debo darle un poco de mi sangre. —Mona besó la sangre. Cerró los ojos. Se estremeció. Estaba conmocionada—. De lo contrario, no puedo transformarla. Bebe, bonita. Adiós, bonita, adiós, Mona.