Título original: Same Soul, Many Bodies

Traducción: Carlos Mayor

1.ª edición: enero 2011

© 2004 by Weiss Family Limited Partnership 1, LLP

© Ediciones B, S. A., 2014

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-666-4590-4

Maquetación ebook: Caurina.com

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Cita

 

 

 

 

 

Una única alma existe en muchos cuerpos.

Plotino

Contenido

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NOTA DEL AUTOR

PRÓLOGO

1 LA INMORTALIDAD

2 GEORGE: EL CONTROL DE LA IRA

3 VICTORIA, EVELYN Y MICHELLE: LA SALUD

4 SAMANTHA Y MAX: LA EMPATÍA

5 HUGH Y CHITRA: LA COMPASIÓN

6 PAUL: LA PACIENCIA Y LA COMPRENSIÓN

7 AMY, JOYCE, ROBERTA Y ANNE: LA NO VIOLENCIA

8 BRUCE: LAS RELACIONES PERSONALES

9 PATRICK: LA SEGURIDAD

10 JOHN: EL LIBRE ALBEDRÍO Y EL DESTINO

11 LA CONTEMPLACIÓN Y LA MEDITACIÓN

12 DAVID: LA ESPIRITUALIDAD

13 JENNIFER Y CRISTINA: EL AMOR

14 GARY: EL FUTURO

AGRADECIMIENTOS

ACERCA DEL AUTOR

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NOTA DEL AUTOR

En este libro no he reproducido de forma literal las sesiones mantenidas con mis pacientes, como hacía anteriormente, ya que varios de ellos han sido reconocidos debido a que sólo cambié sus nombres. En esta ocasión me he tomado la libertad de alterar ocupaciones y profesiones, datos geográficos (ciudades, calles, etcétera) u otra información que pudiera servir para identificarles. También he modificado ligeramente el diálogo entre médico y paciente por motivos de confidencialidad. No obstante, lo que he escrito es totalmente fiel a las conversaciones mantenidas.

Sin duda, el lector podrá detectar algunos anacronismos en el diálogo, como sucedió con determinados críticos en mis anteriores libros. Para ellos, por ejemplo, la fecha de antes de Cristo que Catherine menciona en Muchas vidas, muchos maestros deja la historia sin efecto; sin embargo, para los escépticos, esta «prueba de inverosimilitud» era un detalle que no les dejaba ver el bosque. Se explica fácilmente: todos los recuerdos de mis pacientes han pasado por el filtro de las mentes del siglo xx; son conscientes del presente, aunque sus recuerdos procedan del pasado o, en el caso de este libro, del futuro.

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PRÓLOGO

En los últimos tiempos, he visitado repetidamente un lugar al que antes había ido en contadas ocasiones: el futuro.

Cuando Catherine acudió a mí como paciente psiquiátrica hace veinticuatro años, recordó con asombrosa precisión las vidas anteriores que había llevado en épocas tan distantes entre sí como el segundo milenio antes de Cristo y mediados del siglo xx, y con ello cambió mi vida para siempre. Yo era psiquiatra, un científico formado en Yale y Columbia; entonces me topé con una mujer que me hablaba con todo lujo de detalles de experiencias vividas siglos atrás que no podía haber conocido en esta vida y, ayudado por otros expertos, logré darles validez. En mi «ciencia» no había nada que pudiera explicarlo. Lo único que sabía era que ella me contaba lo que realmente había visto y sentido.

A medida que avanzaba la terapia, Catherine iba recordando lecciones de los sabios (guías o espíritus incorpóreos poseedores de una gran erudición que la rodeaban cuando estaba ausente de su cuerpo), enseñanzas que desde entonces han sido trascendentales en mi pensamiento y han gobernado mi conducta. Catherine podía adentrarse tanto en el pasado y había tenido experiencias tan trascendentes que, al escucharla, me sentía envuelto en una especie de magia, en cierto misterio. Me hablaba de reinos de cuya existencia yo jamás había tenido noticia. Me llenaba de júbilo, de asombro... y de miedo. ¿Quién iba a creerme? Para empezar, ¿me lo creía yo mismo? ¿Acaso estaba loco? Parecía un chiquillo dueño de un secreto cuya revelación iba a cambiar para siempre la concepción de la vida y, pese a ello, imaginaba que nadie me creería. Tardé cuatro años en reunir el valor necesario para escribir sobre los viajes de Catherine y sobre los míos propios en Muchas vidas, muchos maestros. Temía que fuera a suponer mi expulsión del colectivo psiquiátrico, pero, al mismo tiempo, estaba cada vez más convencido de que lo que escribía era cierto.

En los años transcurridos desde entonces, mi certeza se ha visto reforzada y muchos otros, pacientes y terapeutas, han reconocido que mis descubrimientos son válidos. A estas alturas ya he ayudado a más de cuatro mil pacientes haciéndoles retroceder mediante hipnosis a sus vidas pasadas, por lo que mi sensación inicial de sorpresa ante la existencia de la reencarnación (por no decir, la fascinación que me produjo el descubrimiento) ha ido desapareciendo. Pero ahora algo vuelve a sorprenderme y, por ello, me siento muy motivado: ahora puedo transportar a mis pacientes al futuro y, además, verlo con ellos.

De hecho, una vez intenté llevar a Catherine al futuro, pero no me habló del suyo, sino del mío, y vio mi muerte con claridad (lo cual fue, como mínimo, inquietante).

—Cuando concluya tu labor terminará tu vida —me aseguró—, pero para eso falta mucho tiempo. Mucho.

Luego pasó a otro nivel y ya no descubrí nada más. Meses después, le pregunté si podíamos volver a adentrarnos en el futuro. En aquella ocasión, yo hablaba directamente con los sabios, además de con el subconsciente de Catherine, y fueron ellos los que respondieron:

—No está permitido.

Quizá ver el futuro la habría asustado demasiado. O quizá no era buen momento. Yo era joven y, probablemente, no habría reaccionado con tanta competencia como ahora ante los extraordinarios peligros que plantean las progresiones.

Para empezar, la progresión hacia el futuro resulta más difícil para el terapeuta que el retroceso al pasado, ya que el futuro aún no ha sucedido. ¿Y si lo que experimenta el paciente es fantasía, y no realidad? ¿Cómo comprobarlo? No podemos. Cuando regresamos a vidas anteriores sabemos que los hechos ya han sucedido y que, en muchos casos, pueden demostrarse, pero supongamos que una mujer en edad fértil ve que el mundo será destruido dentro de veinte años. «No pienso traer a un hijo a este mundo —se dice—. Moriría demasiado pronto.» ¿Quién puede asegurar que su visión es real? ¿Y que su decisión ha sido lógica? Tendría que ser una persona muy madura para comprender que lo que había visto podría ser una distorsión, una fantasía, una metáfora, un simbolismo, el futuro verdadero o quizás una mezcla de todas esas cosas. ¿Y qué sucedería si una persona viera su muerte dentro de dos años, pongamos que por culpa de un conductor ebrio? ¿Se alarmaría? ¿Dejaría de conducir? ¿Provocaría esa visión ataques de ansiedad? «No —me dije entonces—. Vamos a dejarlo.» Empezaron a preocuparme los vaticinios que acarreaban su propio cumplimiento y la inestabilidad de las personas. El riesgo de que alguien actuara movido por ideas erróneas era demasiado grande.

Sin embargo, en los veinticuatro años transcurridos desde lo de Catherine, algunos de mis pacientes se han adentrado en el futuro de forma espontánea, a menudo hacia el final de su terapia. Si confiaba en que fueran capaces de comprender que lo que presenciaban podría ser una fantasía, les animaba a continuar.

—Se trata de crecer y experimentar —les decía—, buscar una ayuda para tomar decisiones correctas y sensatas en el presente; pero vamos a evitar cualquier recuerdo (¡sí, recuerdos del futuro!), cualquier visión, cualquier conexión que tenga que ver con escenas de muerte o de enfermedades graves. Esto es sólo para aprender.

Y eso era precisamente lo que hacían sus mentes. El valor terapéutico era considerable. Comprobé que esos pacientes tomaban decisiones más sensatas y elegían mejor. Podían analizar una bifurcación en un futuro cercano y decirse: «¿Qué sucederá si tomo este camino? ¿Sería mejor tomar el otro?» Y, a veces, sus futuros se hacían realidad.

Algunas de las personas que recurren a mí describen acontecimientos precognitivos (es decir, saben qué va a suceder antes de que suceda). Quienes investigan las experiencias de muerte cercana escriben sobre ello; es un concepto que se remonta a tiempos prebíblicos. Pensemos en Casandra, que podía predecir el futuro con exactitud, pero a la que nadie creía.

La experiencia de una de mis pacientes demuestra la fuerza y los peligros de la precognición. Empezó a soñar con el futuro y, a menudo, lo que soñaba acababa cumpliéndose. En el sueño que la hizo acudir a mi consulta, su hijo sufría un terrible accidente de tráfico. Era «real», me decía. Lo había visto con claridad y la aterraba la idea de que su hijo pudiera morir así. No obstante, el hombre del sueño tenía el pelo cano, y su hijo era un joven moreno de veinticinco años.

—Mire —le contesté, presa de una repentina inspiración, mientras pensaba en Catherine, convencido de que mi consejo era acertado—, sé que muchos de sus sueños se han hecho realidad, pero no por ello tiene que cumplirse éste. Hay espíritus que pueden intervenir (llámelos ángeles, guardianes, guías, Dios; son energías más elevadas, conciencias superiores que nos rodean). En términos religiosos, esto se denomina «gracia», la intervención de un ser divino. Rece, envíe luz, haga lo que pueda a su manera.

Tomó mis palabras al pie de la letra y rezó, meditó, pidió un deseo, revisualizó. Pero, aun así, el accidente sobrevino.

Sin embargo, no fue mortal. No había por qué haberse alarmado. Sí, su hijo sufrió heridas en la cabeza, pero enseguida se hizo patente que no había lesiones graves. No obstante, el accidente le resultó traumático desde el punto de vista emocional, ya que, cuando los médicos retiraron los vendajes del cráneo, comprobaron que se le había encanecido el pelo.

Hasta hace unos meses, en las contadas ocasiones en que hacía progresar a mis pacientes hacia el futuro, procuraba no salir de sus propias vidas. Sólo hacía progresiones cuando creía que el paciente tenía la fortaleza psicológica necesaria para soportarlas y, muchas veces, me quedaban tantas dudas como a ellos sobre el sentido de las escenas que evocaban.

Sin embargo, la primavera pasada algo cambió mientras daba una serie de talleres a bordo de un crucero. En esas sesiones suelo hipnotizar en grupo a los asistentes para transportarlos a una vida anterior y después de vuelta al presente. Algunos retroceden en el tiempo, otros se duermen y otros se quedan como estaban, sin llegar a ser hipnotizados. En aquella ocasión, uno de los presentes (Walter, un hombre adinerado, un genio del software) hizo una progresión por sí mismo. Y no se quedó en su propia vida, ¡sino que avanzó un milenio!

Walter traspasó unas nubes oscuras y se encontró en un mundo nuevo. Había algunas zonas (por ejemplo, Oriente Próximo o el norte de África) «prohibidas», tal vez debido a la radiación o a una epidemia, pero el resto del mundo era precioso. Lo habitaban muchas menos personas, quizá por una catástrofe nuclear, o por una plaga, o porque había descendido la tasa de fertilidad. Walter se quedó en el campo, así que no pudo decir nada de las ciudades, pero la gente estaba a gusto, contenta, incluso feliz; decía que no tenía palabras para describir su estado con precisión. Lo que había provocado el descenso de población había sucedido hacía mucho tiempo, y lo que él vio resultaba idílico. No estaba seguro de la fecha, pero sí de que habían pasado más de mil años desde la actualidad.

La experiencia le ayudó emocionalmente. Era lo bastante rico para soñar con la idea de cambiar el mundo, pero, en aquel momento, comprendió que eso no está en la mano de ningún hombre. «Hay demasiados políticos —decía—, que no están abiertos a conceptos como el amor al prójimo o la responsabilidad planetaria.» Lo que de verdad importaba era el propósito de trabajar por un mundo mejor, además de los actos benéficos que él pudiera hacer en persona. Cuando regresó a esta vida, se sentía algo triste, posiblemente porque ya no estaba en aquel futuro paradisíaco, o tal vez le apenaba la calamidad que se cernía sobre nosotros y, hasta cierto punto, intuía que era algo inevitable, como nos sucede a casi todos.

Una vez despierto, describió las escenas gráficas e impactantes que había visto, las sensaciones y los sentimientos que había experimentado, uno de los motivos por los que no creo que todo sea producto de su imaginación. Sin embargo, su entusiasmo no se acercaba ni mucho menos al que sentía yo: por fin era consciente de las repercusiones. Había descubierto que pasado, presente y futuro forman un todo, y que lo que suceda en el futuro puede influir en el pasado, del mismo modo que el pasado repercute en el futuro. Aquella noche escribí lo siguiente: «Podemos adentrarnos en el futuro si lo hacemos con prudencia. El futuro, sea cercano, sea lejano, puede servirnos de guía; puede retroalimentar el presente para instigarnos ahora a elegir mejor y decidir mejor. Podemos cambiar lo que hacemos hoy en función de lo que nos diga el mañana. Y eso altera nuestros futuros, que toman una dirección más positiva.»

¡Piensen en lo que ello implica! Del mismo modo que hemos tenido un número limitado de vidas pasadas, tendremos una cantidad finita de vidas futuras. Conocer lo que ya ha sucedido y lo que va a suceder puede permitirnos determinar el futuro del mundo y también nuestros propios futuros. Esto enlaza con el antiguo concepto de karma: se cosecha lo que se siembra. Si plantamos mejores semillas, si mejoramos los cultivos, si hacemos mejores acciones, nos veremos recompensados en las recolecciones futuras.

Desde entonces, he progresado a muchas otras personas. Algunas han avanzado en sus propias vidas, otras en el futuro del planeta. La ciencia ficción, el cumplimiento de los deseos y la imaginación: todos ellos son explicaciones factibles para lo que han visto mis pacientes, aunque también cabe la posibilidad de que en verdad hayan estado allí. Quizá la gran lección que puedo extraer de esta vida es qué nos reserva el futuro y cómo podemos influir todos en él. Dicha información (al menos la que poseo en este momento) influirá en mis próximas vidas, y en las de ustedes, al realizar nuestro viaje rumbo a la inmortalidad.

La flexibilidad del futuro y nuestra presencia en él son los conceptos que se tratan en este libro. La compasión, la empatía, la no violencia, la paciencia y la espiritualidad son lecciones vitales que todos debemos aprender. En esta obra voy a mostrarles, con los ejemplos de algunos de mis pacientes más destacables, por qué son tan importantes, y también voy a añadir algunos ejercicios sencillos para empezar a enseñarles cómo interiorizarlas a lo largo de su existencia. Puede que algunos de ustedes lleguen a experimentar regresiones, pero no se desanimen si no es así, ya que, si aprenden estas lecciones, esta vida y las que lleven en el futuro serán más felices, más fáciles y más ricas desde el punto de vista emocional, y se sentirán más realizados. Es más, si todos nosotros logramos interiorizar esas enseñanzas, el futuro en sí será mejor para la humanidad como colectivo, ya que, seamos o no conscientes de ello, todos luchamos para alcanzar el objetivo final, que es el Amor con mayúscula.

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LA INMORTALIDAD

Todos somos inmortales.

No me refiero simplemente a que, antes de morir, transmitimos nuestros genes, nuestras convicciones, nuestras peculiaridades y nuestras costumbres a nuestros hijos, y ellos, a su vez, a los suyos; aunque, desde luego, esto es así. Tampoco me refiero a que nuestros logros (la obra de arte, el invento para la confección de zapatos, la idea revolucionaria, la receta para hacer tarta de arándanos) nos sobreviven, aunque, desde luego, esto también es así. Lo que quiero decir es que la parte más importante del ser humano, el alma, vive eternamente.

Sigmund Freud afirmó que la mente funcionaba en distintos niveles. Entre ellos, está lo que él denominó el inconsciente, del que, como su propio nombre indica, no somos conscientes, y que almacena toda nuestra experiencia y nos empuja a actuar como actuamos, a pensar como pensamos, a responder como respondemos y a sentir como sentimos. Freud comprobó que sólo si accedemos al inconsciente podemos descubrir quiénes somos para, con ello, alcanzar la curación. Hay quien ha escrito que eso es precisamente el alma, el inconsciente de Freud. Y en mi trabajo de regresión, y últimamente de progresión, de pacientes a sus vidas pasadas y futuras para que puedan curarse con más facilidad, esto es también lo que veo: el funcionamiento del alma inmortal.

Creo que todos poseemos un alma que existe después de la muerte del cuerpo físico y que regresa una y otra vez a otros cuerpos en un intento progresivo de alcanzar un plano superior. (Una de las preguntas que surgen con frecuencia es: «¿De dónde salen las almas, si ahora hay mucha más gente que cuando se creó el mundo?» Una respuesta sería que hay numerosas dimensiones en las que viven las almas, que no sólo existen en la Tierra; si la población del planeta se reduce en el futuro, las almas pasarán a otras esferas.) Esto no puede demostrarse de forma empírica; el alma no tiene ADN o, al menos, no tiene un ADN físico como el que describieron Crick y Watson. Sin embargo, los casos de los que se tiene conocimiento son abrumadores y, para mí, sin lugar a dudas, concluyentes. Lo he visto casi todos los días desde que Catherine me llevó con ella hasta momentos del pasado tan dispares como la Arabia del año 1863 antes de Cristo o la España de 1756.

Por ejemplo, tenemos a Elizabeth y a Pedro (Lazos de amor), que se habían amado en vidas anteriores y se reencontraron en la presente; a Linda (A través del tiempo), guillotinada en Escocia, casada en Italia siglos después con el que ha sido su abuelo en esta vida, y anciana más tarde en Holanda, rodeada por su extensa y querida familia; a Dan, y a Laura y a Hope (Los mensajes de los sabios), y a unos cuatro mil más (sobre algunos he escrito, sobre muchos, no) cuyas almas han recorrido vidas pasadas y han llevado consigo su parte inmortal hasta el presente.

(Algunos de esos pacientes recordaban idiomas que habían hablado en vidas anteriores y que en ésta jamás habían aprendido o estudiado, un fenómeno conocido como xenoglosia que supone una «prueba» importante de que lo que relataban era cierto.)

Cuando mis pacientes se veían en otras vidas, los traumas que les habían conducido hasta mí quedaban mitigados y, en algunos casos, llegaban a desaparecer. Ése es, pues, uno de los propósitos fundamentales del alma: progresar hacia la curación.

Si fuera yo el único que hubiera visto esos casos, el lector tendría razón al creer que sufro alucinaciones o que he perdido el juicio; pero no: hace miles de años que los budistas y los hindúes acumulan casos sobre vidas pasadas, la reencarnación se mencionaba en el Nuevo Testamento hasta tiempos de Constantino, cuando los romanos la censuraron, y hasta es posible que el propio Jesús creyera en ella, ya que preguntó a los apóstoles si reconocían en san Juan Bautista al profeta Elías, que había vivido novecientos años antes, resucitado. De hecho, se trata de un principio esencial del misticismo judío; en algunas sectas se enseñaba de forma habitual hasta principios del siglo xix.

Cientos de terapeutas han grabado miles de sesiones sobre vidas pasadas, y muchas de las experiencias de sus pacientes se han comprobado. Yo mismo he verificado detalles y hechos concretos de los recuerdos de vidas anteriores de Catherine y otros pacientes, información precisa que resulta imposible atribuir a la «falsa memoria» o a la fantasía. Ya no dudo de que la reencarnación es real. Nuestras almas han vivido antes y volverán a vivir. Ésa es nuestra inmortalidad.

Justo antes de morir, el alma, esa parte del ser que es consciente cuando abandona el cuerpo, se detiene durante un instante, flotando en el aire. En ese estado, puede diferenciar el color, escuchar voces, identificar objetos y repasar la vida que acaba de dejar atrás. Ese fenómeno se conoce como «experiencia extracorporal» y se ha documentado en miles de ocasiones; son especialmente conocidos los casos de Elizabeth Kubler-Ross y Raymond Moody. Todos lo experimentamos al morir, pero son pocos los que han regresado a la vida presente para contarlo.

Uno de esos casos me lo relató (y yo lo mencioné brevemente en Lazos de amor) no la propia paciente, sino su cardiólogo del Centro Médico Monte Sinaí de Miami, un científico, un hombre muy académico y con los pies en el suelo. La enferma, una anciana diabética, estaba ingresada para hacerse unas pruebas cuando sufrió un paro cardíaco (sencillamente, el corazón dejó de latir) y entró en coma. Los médicos no eran nada optimistas, pero aun así se esforzaron denodadamente por revivirla y llamaron a su cardiólogo para que les ayudara. El especialista entró corriendo en la UCI y se le cayó un bolígrafo de oro de aspecto bastante inusual, que fue rodando por toda la habitación hasta detenerse bajo una ventana. Durante una corta pausa en el proceso de reanimación lo recogió.

Según contó la mujer, mientras el equipo médico intentaba salvarla, salió flotando de su cuerpo y contempló toda la escena desde un punto situado sobre el carrito de las medicinas, cerca de la ventana. Naturalmente, lo observaba todo con detenimiento, porque veía que los médicos intentaban salvarle la vida. Estaba deseando llamarles, decirles que se encontraba bien y que no tenían que trabajar con tanta desesperación, pero sabía que no la oirían; cuando intentó darle un golpecito en el hombro a su cardiólogo para reconfortarlo, lo atravesó con la mano y no sintió nada. Veía todo lo que sucedía en torno a su cuerpo, oía todo lo que decían los médicos y, sin embargo, por mucho que lo intentara, no conseguía que la escucharan.

Los esfuerzos de los doctores surtieron efecto. La mujer regresó a la vida.

—He seguido todo el proceso —le dijo a su cardiólogo, que se quedó atónito.

—No puede ser. Estaba inconsciente. ¡Estaba en coma!

—El bolígrafo que se le ha caído es muy bonito —replicó ella—. Debe de ser muy caro.

—¿Lo ha visto?

—Acabo de decírselo —respondió, y pasó a describir el bolígrafo, la ropa de los médicos y las enfermeras, la sucesión de gente que había entrado y salido de la UCI y lo que había hecho cada uno, cosas que no podría haber sabido alguien que no hubiera estado presente.

El cardiólogo seguía impresionado pasados unos días, cuando me lo contó. Me confirmó que todo lo que había dicho la anciana había sucedido realmente y que sus descripciones habían sido del todo exactas. Sin embargo, no cabía duda de que había estado inconsciente; es más, ¡hacía más de cinco años que había perdido la vista! La que veía era su alma, no su cuerpo.

Desde entonces, ese mismo cardiólogo me ha hablado de varios pacientes que, antes de morir, habían visto a personas conocidas y fallecidas hacía mucho tiempo que los esperaban para acompañarlos al otro lado. Se trataba de enfermos que no tomaban ningún tipo de medicación y que, por lo tanto, estaban lúcidos. Uno contó que su abuela esperaba sentada tranquilamente en una silla de la habitación del hospital a que llegara la hora de su nieto. Otra recibió la visita de su hijo, que había muerto de niño. El cardiólogo observó que, entre sus pacientes, la muerte se afrontaba con calma, con serenidad. Aprendió a decirles: «Me interesa mucho lo que usted sienta y experimente. Por muy extraño que le parezca, no se preocupe, puede hablar conmigo.» Cuando se lo contaban, perdían el miedo a la muerte.

Lo más habitual es que las personas que pasan por una reanimación afirmen haber visto luz, por lo general dorada y a lo lejos, como si estuviera al final de un túnel. Nancy Snyderman, una doctora que trabaja como periodista especializada en temas médicos para la cadena televisiva ABC, me permitió hacerle una regresión como demostración y describió su vida como granjera en las grandes llanuras de Estados Unidos en el siglo xix. Al final de su larga existencia, quedó flotando por encima de su cuerpo, observándolo a distancia. Luego tuvo la sensación de que la llamaba una luz, en su caso azul, y de que cada vez se alejaba más de su cuerpo para acercarse a una nueva vida, una vida que aún no estaba clara. Se trata de una típica experiencia de muerte cercana, casi un relato de manual, aunque con una salvedad: Nancy relataba la experiencia de alguien (ella misma en otra vida) que llevaba más de cien años muerto.

¿Adónde se dirige el alma tras abandonar el cuerpo? No estoy seguro; puede que no exista la palabra adecuada para designar ese lugar. Yo digo que es otra dimensión, un estado de conciencia superior. Está claro que el alma existe fuera del cuerpo físico y que establece conexiones no sólo con las demás vidas de la persona que acaba de abandonar, sino con todas las demás almas. Morimos físicamente, pero esa parte de nuestro ser es indestructible e inmortal. El alma es eterna. Probablemente, en el fondo, exista sólo un alma, una energía. Mucha gente lo llama Dios; otros, amor. Pero tampoco es el nombre lo que importa.

Yo entiendo el alma como una entidad energética que se fusiona con la energía universal y que después vuelve a separarse, intacta, al regresar a una nueva vida. Antes de fundirse con el alma única, contempla desde lo alto el cuerpo que acaba de abandonar y hace lo que yo denomino una evaluación vital, un repaso de la vida que acaba de abandonar. La evaluación se realiza con espíritu de bondad afectuosa y cariño. No se trata de castigar, sino de aprender.

El alma registra las experiencias. Siente el aprecio y la gratitud de todas aquellas personas a las que uno ha ayudado en la vida, y de todos aquellos seres a los que ha amado, con más intensidad ahora que ha abandonado el cuerpo. Del mismo modo, siente el dolor, la rabia y la desesperación de todos aquellos a los que ha hecho daño o traicionado, también de manera acentuada. Así, el alma aprende a no hacer cosas perjudiciales y a ser compasiva.

Una vez terminada la evaluación, el alma parece alejarse más del cuerpo y a menudo encuentra la hermosa luz, como hizo la antepasada de Nancy Snyderman, aunque puede que no suceda de inmediato; pero no importa, la luz siempre está ahí. A veces hay otras almas (llamémoslas sabios, maestros o guías) que son muy experimentadas y que la ayudan en su viaje hasta el alma única. En un nivel determinado, se funde con la luz, pero sin perder la conciencia, para poder seguir aprendiendo al otro lado (al final del viaje inmortal, la fusión será completa), y ese proceso va acompañado de una indescriptible sensación de felicidad y del conocimiento de que sigue individualizada, con lecciones que aprender, tanto en la Tierra como al otro lado. Al final (el tiempo transcurrido varía), el alma decide regresar a otro cuerpo y, cuando se reencarna, pierde la sensación de estar fusionada. Hay quien cree que la separación de esa gloria, de esa dicha que surge de la fusión de luz y energía, produce un hondo pesar, y puede que así sea.

En la Tierra, en el presente, somos individuos, pero la individualización es una ilusión característica de este plano, de esta dimensión, de este planeta. Sí, estamos aquí, somos reales, tangibles, igual que el sillón en el que quizás esté sentado usted mientras lee, pero los científicos saben que un sillón lo componen sólo átomos, moléculas, energía: es un sillón y, al mismo tiempo, energía. Nosotros somos humanos, finitos y, al mismo tiempo, inmortales.

A mi entender, en el nivel superior todas las almas están interconectadas. Creemos que somos entidades individuales, separadas; pero eso es sólo una ilusión, una falsa ilusión que, aunque en la Tierra puede tener sentido, nos impide ver la realidad: estamos conectados con todas las demás almas y, en una esfera distinta, todos somos uno. En este mundo, nuestros cuerpos son densos y pesan según parámetros físicos; sufren dolencias y enfermedades. Pero estoy convencido de que, en reinos superiores, no existen los padecimientos físicos. En esferas aún superiores, no hay nada físico, sólo la conciencia pura. Y más allá (y más, y más allá), en niveles que no podemos llegar a concebir y donde todas las almas conforman una única, ni siquiera existe el tiempo. Esto quiere decir que las vidas pasadas, presentes y futuras podrían discurrir de forma simultánea.

Soy médico y psiquiatra, y curar a la gente es la pasión de mi vida. Creo que a cada uno de nosotros el instinto nos empuja hacia la curación y el crecimiento espirituales, hacia la comprensión y la compasión; en resumen, hacia la evolución. Soy de la opinión de que, espiritualmente, avanzamos, no retrocedemos. El inconsciente (o subconsciente, o mente superconsciente o, también, alma) lleva incorporado un mecanismo que lo conduce por un sendero positivo de evolución espiritual. En otras palabras, evoluciona siempre, en todo momento, hacia la salud. En un nivel superior, el tiempo se mide en función de las lecciones aprendidas, aunque en la Tierra transcurra según los parámetros que ya conocemos. Vivimos dentro del tiempo y, a la vez, fuera de él. Nuestras vidas pasadas y futuras convergen en el presente y, si pueden inducirnos a la curación ahora, de modo que la existencia actual sea más sana y más plena desde el punto de vista espiritual, progresaremos. La retroalimentación es continua, porque su objetivo es ayudarnos a mejorar nuestras vidas futuras, incluso mientras vivimos la presente.

Tengo la impresión de que somos muchos los que dedicamos demasiado tiempo a los niveles de comprensión superiores. ¿Cómo serán? Resulta fascinante considerar la pregunta, pero ahora nuestro objetivo es curarnos cuando todavía habitamos este mundo físico. Veo que hay mucha gente, sobre todo la aficionada a la New Age, que no acaba de conectar con este mundo, con el aquí y el ahora. La progresión en los campos de la contemplación y la meditación es importante, pero quienes se pasan la vida aislados deberían darse cuenta de que somos una especie que vive en sociedad. Y quienes no disfrutan de las delicias de lo físico, de los placeres de los sentidos, no aprenden plenamente la lección que les ofrece esta vida.

Como ya he dicho, hasta hace poco sólo había practicado regresiones con mis pacientes para que vieran y comprendieran sus vidas pasadas. Ahora he empezado a hacer con ellos progresiones hacia el futuro. No obstante, aunque sólo estudiemos nuestras vidas anteriores, podremos descubrir cómo hemos evolucionado en ellas. Cada vida es una experiencia de aprendizaje y, si extraemos enseñanzas de las existencias pasadas, podremos modificar el presente a nuestro libre albedrío, un libre albedrío consciente, claro, el libre albedrío del alma.

El alma elige a nuestros padres, ya que nuestro impulso es continuar el aprendizaje para avanzar en el proceso de curación. Por esa misma razón, decidimos qué hacer en la vida presente. No optamos por unos padres maltratadores, porque nadie quiere que le peguen, y, sin embargo, hay padres que se convierten (mediante el ejercicio del libre albedrío) en maltratadores, aunque en una próxima vida, o tal vez en esta misma, aprenderán a ser compasivos y pondrán fin a esa conducta.

Yo elegí regresar como hijo de Alvin y Dorothy Weiss, y ser psiquiatra. En mi vida anterior fui miembro de la resistencia checa y me asesinaron en 1942 o 1943. Quizá la forma en que morí me empujó a realizar mi presente estudio de la inmortalidad; quizá mi deseo de investigar y enseñar proceda de otra vida como sacerdote en la antigua Babilonia. Sea como fuere, elegí volver como Brian Weiss para aprovechar al máximo mi aprendizaje personal y compartirlo con los demás dedicándome a la curación. Opté por mis padres porque, con ellos, sabía que sería fácil aprender. Mi padre reverenciaba el mundo académico y quería que fuera médico. También le gustaba la religión y me instruyó en el judaísmo, aunque sin obligarme a nada. Así pues, me convertí en rabino laico, en psiquiatra. Mi madre era cariñosa y nada crítica. De ella heredé una seguridad en mí mismo que, con el paso de los años, me permitió arriesgar mi carrera profesional y mi estabilidad económica al publicar Muchas vidas, muchos maestros. Ninguno de mis progenitores era espiritual, en el sentido que la New Age da a la palabra, y ninguno de los dos creía en la reencarnación. Según parece, los elegí porque me ofrecían el apoyo y la libertad necesarios para adentrarme en el camino de la vida que acabé eligiendo. ¿Participó alguien más en mi decisión? Eso me pregunto yo. Espíritus, guías, ángeles: ¿son todos ellos partes del alma única? No lo sé.

Es cierto que un alma determinada eligió volver como Saddam Hussein, y otra como Ossama Bin Laden. Mi opinión es que su objetivo era el mismo que el nuestro: aprovechar al máximo sus oportunidades de aprendizaje. En un principio, no decidieron regresar para hacer sufrir a nadie, para provocar violencia, para hacer saltar a otras personas por los aires y convertirse en terroristas, sino para resistirse a esos impulsos, seguramente porque habían sucumbido a ellos en vidas anteriores. Volvieron para someterse a una especie de examen en esta escuela en la que vivimos... y suspendieron con todas las de la ley.

Todo son especulaciones, desde luego, pero me parece que sus almas se reencarnaron en ellos con la idea de encontrar alternativas a la violencia, a los prejuicios y al odio. (Por ese mismo motivo regresa el alma del padre maltratador.) Acumularon riquezas y poder, y tuvieron que elegir entre la violencia y la compasión, entre el prejuicio y el aprendizaje, entre el odio y el amor. Esta vez, ya sabemos por qué se decantaron. Tendrán que regresar de nuevo, atenerse a las consecuencias de sus actos y de nuevo vérselas con esas decisiones, hasta que sean capaces de avanzar.

Los alumnos me preguntan por qué iba a elegir nadie reencarnarse para vivir en una zona infestada de ratas en Bogotá o en Harlem. Los monjes budistas que he conocido, el séquito del Dalai Lama, se ríen ante esa pregunta, porque consideran que la vida es una representación teatral. El hombre de los suburbios interpreta un papel, sin más, y en la próxima vida ese actor reaparecerá como un príncipe. Yo creo que elegimos volver a un cuchitril lleno de ratas porque tenemos que entender qué significa ser pobre; en otras vidas, ya seremos millonarios. Tenemos que ser ricos, pobres, hombres, mujeres, sanos, enfermos, grandes, pequeños, fuertes y débiles. Si en una vida tengo dinero y hay otro ser que vive como yo viví una vez, en los suburbios de Bogotá, sentiré deseos de ayudarle, porque supondrá un paso adelante en mi realización personal.

Hay dos elementos fundamentales que debemos tener en cuenta. Para empezar, no podemos aprenderlo todo en una sola existencia, pero no importa, porque disponemos de vidas infinitas que aún están por llegar. En segundo lugar, cada vez que regresamos, lo hacemos para curarnos.

Nuestras vidas son una serie de peldaños en la escala evolutiva. ¿Dónde nos encontramos, pues, cuando estamos completamente curados y superamos el último escalón? Seguramente en el nivel espiritual superior, que unos llaman «cielo» y otros «nirvana».

Para mí, nuestro planeta se creó como laboratorio de emociones, sensaciones, sentimientos y relaciones. Aquí podemos estar enamorados y sentir un placer y una alegría inmensos; podemos oler las flores, tocar la piel de un bebé, contemplar el esplendor de un paisaje, escuchar la música del viento. De eso se trataba. ¡Menuda aula!

En los años venideros, la prueba de fuego será determinar si queremos respetar esa escuela o destruirla, algo que la tecnología moderna ya nos permite. No estoy seguro de que nuestro libre albedrío sea capaz de tomar esa decisión; puede que sea nuestro destino. Si una mente superior y única decide que nuestro planeta merece ser preservado, no será destruido. En caso contrario, si acabamos con la Tierra, no por ello dejarán de existir nuestras almas; ya encontrarían otra escuela, aunque quizá no tan hermosa como ésta ni tan física.

Todas nuestras almas tienen la misma edad, son eternas, pero algunas avanzan más deprisa que las demás. Sad-dam Hussein podría estar en tercero de primaria, mientras que el Dalai Lama ya habría empezado un curso de posgrado. Al final, todos acabaremos nuestros estudios en el alma única. La rapidez de nuestro progreso dependerá del libre albedrío.

Ese libre albedrío al que me refiero aquí no es lo mismo que la capacidad de nuestra alma de elegir a nuestros padres y nuestras circunstancias; se trata, más bien, de la voluntad humana, que en la Tierra controlamos nosotros mismos. Lo distingo del destino, que a menudo nos une a otro ser en lo bueno y en lo malo. Es el libre albedrío el que nos permite decidir qué comemos, qué coche tenemos, qué ropa llevamos, adónde vamos de vacaciones. El libre albedrío nos faculta también para seleccionar a nuestras parejas, aunque probablemente sea el destino el que haga que nos atraigan, y viceversa. Conocí a Carole, mi esposa, en los montes Catskill, en el estado de Nueva York, donde trabajaba de ayudante de camarero en un hotel en el que ella se alojó. El destino. El curso de nuestra relación (al igual que el de cientos de millones) dependió en cambio de nuestra voluntad, de nuestro libre albedrío. Los que elegimos salir juntos y casarnos fuimos nosotros.

Del mismo modo, podemos decidir aumentar nuestra capacidad de amar o de ser compasivos; podemos optar por llevar a cabo los pequeños actos de bondad que nos aportan una satisfacción interna; podemos escoger la generosidad frente al egoísmo, el respeto frente al prejuicio. En todos los aspectos de nuestras vidas, podemos tomar la decisión basada en el amor y, al hacerlo, nuestras almas evolucionarán.

El doctor John E. Mack, ganador del premio Pulitzer y catedrático de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de Harvard, señala lo siguiente: «En la actualidad, somos testigos de la confluencia de la ciencia, la psicología y la espiritualidad, tras siglos de fragmentación ideológica y disciplinaria. Tanto la física moderna como la psicología en profundidad están revelándonos un universo en el que [...] todo lo que percibimos a nuestro alrededor está conectado mediante resonancias, físicas y no físicas, que pueden lograr que la justicia, la verdad y el amor universales sean algo más que una simple fantasía utópica.

»El quid de esa posibilidad es lo que en el mundo laico occidental ha dado en llamarse estados de conciencia “no comunes”, algo que las grandes tradiciones religiosas del mundo denominan de formas muy diversas, como sentimiento religioso primario, unidad mística, conexión con la esencia del ser o amor universal. [...] El quid de esos estados de conciencia o ser es una posible expansión del yo fuera de sus límites habituales.»

Yo diría «alma» en lugar de «yo», y añadiría que esos límites rebasan el universo mensurable.

He tardado veinticuatro años en dar con la pura verdad que conforma la esencia del presente libro: somos inmortales, somos eternos, nuestras almas jamás morirán. Así pues, deberíamos empezar a comportarnos como si supiéramos que la inmortalidad es una bendición que nos ha sido concedida. O, para ser más claros: deberíamos prepararnos para la inmortalidad aquí y ahora, hoy y mañana, y todos los días que nos quedan por vivir. Si nos preparamos, nuestras almas ascenderán por la escala evolutiva, se acercarán más a la curación, al estado superior. En caso contrario, reciclaremos nuestra vida actual (es decir, nos quedaremos estancados) y pospondremos para una existencia futura el aprendizaje de la lección que podríamos haber superado en ésta.

¿Cómo nos preparamos? ¿Cómo actuamos los inmortales? En esta vida, nos preparamos aprendiendo a relacionarnos mejor con los demás; a ser más afectuosos, más compasivos; a estar más sanos física, emocional y espiritualmente; a ayudar a los demás; a disfrutar de este mundo y, sin embargo, fomentar su evolución, promover su curación. Al prepararnos para la inmortalidad, disiparemos los miedos actuales, nos sentiremos más a gusto con nosotros mismos, creceremos espiritualmente. Y, al mismo tiempo, sanaremos nuestras vidas futuras.

Ahora, gracias a las progresiones que mis pacientes han experimentado y que me han narrado, podemos ver los resultados de nuestra conducta actual y, de ese modo, adaptarla al futuro. Y es que acelerar el proceso de curación, de evolución, es lo más terapéutico que podemos hacer, lo mejor, no sólo por nuestras propias almas, sino por todos los habitantes del mundo. Eso es lo que he aprendido de mis pacientes.