He oído que algunos escritores lo llaman el túnel. Algo que se abre, mágicamente, en sus cabezas y les permite viajar hasta un lugar donde las historias, los hechos y sus personajes se describen con claridad. Entonces el escritor solo actúa como cronista de lo que ve. Escribe o teclea tan rápido como es capaz para no perder detalle, antes de que la puerta vuelva a cerrarse. Mira a sus personajes, observa sus expresiones, siente lo que ellos sienten y los ve marcharse en busca de algo. Y él les sigue, como un espía, y nos lo cuenta después.
La ciencia de la inspiración no es muy diferente para un músico. En mi caso, yo hablaría de algo que «viene del cielo», no me pregunten por qué, pero siempre he pensado que «eso» viene del cielo, como una revelación. Una melodía es algo que todo el mundo ve, pero que muy pocos atrapan. Como si fuera una mariposa huidiza, los compositores tenemos una red en la cabeza. Hay redes más grandes, más certeras y otras no tan bien dotadas, pero en cualquier caso, todos nos desvivimos por lo mismo: capturar esa melodía, ese suspiro de magia que «presentimos» que existe a nuestro alrededor, dominarlo y, como si se tratara de una vieja reliquia, restaurar todos y cada uno de sus pequeños y maravillosos detalles que solo un ser supremo ha sido capaz de diseñar. Somos, de alguna manera, médiums capaces de hablar con otro mundo. Un mundo de fantasmas bellos y escurridizos. Fantasmas que están ahí para recordarnos que somos algo más que un animal nacido entre dolores y destinado a morir. Fantasmas que podrían explicarnos el origen del mundo, el tiempo y las estrellas.
PETER HARPER,
Contemporary Music Writer Magazine,
8 de febrero de 2003
PRIMERA PARTE
1
El temporal, que algún agente del servicio de meteorología amante de lo bíblico había bautizado como el Luzbel, llevaba días anunciándose. Iba a ser un tanto excepcional incluso para Donegal, así que ojo: quizá volasen algunas tejas, o alguna farola del tendido eléctrico. El tipo de Radio Costa nos avisaba cada sesenta minutos: «Llenen el depósito de sus generadores. ¿Cómo van de congelados? ¿Latas de judías en tomate? ¿Suficientes? Y tampoco se olviden de comprar velas y cerillas. Y para los que viven muy cerca de la costa, amarren bien sus botes. Y si pueden, saquen los veleros a dique seco por una noche.»
Esa misma mañana habían avisado de vientos de cincuenta y cinco nudos y recomendaron evitar la conducción en carretera a partir de la media tarde. También recomendaron prepararse para fuertes lluvias e inundaciones en el interior. En cuanto a las casas de la costa, todo el mundo se preparaba para una noche de mil demonios.
Yo había ido a Clenhburran bien temprano para hacer unos recados y compras de última hora. Clenhburran era el único pueblito en varias millas a la redonda, lo cual significa mucho cuando todo lo que te une al mundo exterior es una tortuosa y estrecha carretera entre rocas y acantilados.
La primera tarea de mi lista aquella mañana era llevar a reparar mi segadora en el almacén de John Durran.
—¿Ya ha protegido sus ventanas, señor Harper? —me preguntó el propio Durran según me vio entrar en la tienda—. Usted vive en Tremore Beach, ¿no es cierto? Allí pegará con bastante fuerza esta noche.
Durran era otro de los que se estaban haciendo de oro con el momentum creado por el ciclón. En uno de los laterales de la tienda, junto a la puerta, había una pila de tableros de conglomerado de dos o tres metros de altura. Colgado del techo, encima de los tableros, un cartel fosforescente alertaba a los clientes de la tienda: «¡Protejan sus ventanas!»
También había una oferta especial en generadores de gasolina, velas, estufas de propano y otros elementos de supervivencia. Los pocos turistas o residentes de fin de semana que había por allí llenaban sus carros y Durran se frotaba las manos. Una pena —para él— que aún faltase un mes para el inicio oficial de la temporada alta.
Le respondí que estaba preparado para la noche aunque en realidad no había puesto ningún tablero en mis ventanas. Leo Kogan, mi único vecino en la playa, tampoco lo había hecho, y además me había desaconsejado hacerlo: «No será para tanto.» Hasta ese día había confiado en su experiencia, como veterano residente en la playa, pero reconozco que el ambiente «preguerra nuclear» que se respiraba en la tienda de Durran, más algunas casas completamente forradas en madera que había visto desde la carretera mientras conducía esa mañana, habían comenzado a ponerme un poco nervioso.
Empujé la segadora hasta el taller y le expliqué a Brendan, el mecánico, que el día anterior la había vuelto a estrellar —por segunda vez en dos meses— contra la misma alcantarilla de hormigón semiescondida en mi césped.
—Una Outils Wolf nueva y ya tiene unas cuantas marcas de guerra, señor. Si quiere le podemos instalar una plancha de metal o algo en esa alcantarilla.
Le expliqué que la agencia de alquiler se iba a hacer cargo de eso —si es que realmente lo hacían en este milenio— y le pregunté para cuándo la tendría lista.
—Hay que cambiarle la hoja y mirar ese motor —explicó Brendan—, quizá dos o tres días.
Acordé regresar al almacén en ese tiempo y salí dando un paseo hacia el puerto. Al bajar por Main Street, vi a los pescadores protegiendo sus barcos, e incluso Chester, el viejito de la tienda de periódicos y tabaco, avisó de que algo «grande» se avecinaba esa noche.
—¿Se ha fijado en que no hay gaviotas? —dijo mientras colocaba mi pedido en la bolsa: un Irish Times, un cartón de Marlboro y el último best seller de misterio—. Con un día tan claro y ni una sola buscando comida. Eso es porque lo huelen, ¿sabe? Se han ido todas al interior y ahora mismo estarán cagando en los tejados de Barranoe o Port Laurel, quién sabe. Si me pregunta, yo creo que viene algo gordo. Nunca he visto semejante día antes de una tormenta desde 1951. Esa noche volaron ovejas y tractores por encima de los campos. El letrero de la tienda, ese que ve ahí fuera, salió volando y mi primo Barry lo encontró en la carretera de Dungloe, a varias millas de aquí.
Pero de nuevo recordé a mi vecino, Leo, que me había insistido en que no me preocupara; que excepto por la molesta arena que se pegaba en los cristales y alguna que otra teja suelta, no ocurriría nada espectacular. Y él llevaba tres años viviendo en la playa. De hecho, ni siquiera la llegada del ciclón esa noche le había hecho cambiar sus planes de cena. La fecha llevaba en el calendario desde hacía dos semanas y el día anterior había llamado para confirmar. «¿Crees que será prudente cruzar la playa esa noche, con semejante Apocalipsis a punto de descargar sobre la costa?»
«¡Solo son dos millas, Peter! —había respondido él con su habitual optimismo—, ¿qué te puede pasar en dos millas?»
Sobre las seis de la tarde, cuando me desperté de la siesta, el frente tormentoso era ya como una larga alfombra sobre el cielo del atardecer. Me recosté en el sofá y observé a través de los grandes ventanales del salón: en el horizonte, una titánica formación de nubes, alta como un abismo y tan amplia como permitía la vista, avanzaba como un implacable ejército. Sus negras entrañas relampagueaban prometiendo una batalla encarnizada contra la tierra.
Me puse en pie y el best seller de misterio —cuyas primeras cincuenta páginas habían conseguido hacerme dormir— se cayó sobre la cálida alfombra de motivos aztecas que decoraba el centro del amplio salón. Recogí una guitarra que también descansaba en el suelo y la coloqué entre las almohadas. Después me acerqué a los ventanales, abrí la gran puerta corrediza y salí al exterior. Me recibió un viento furioso, que agitaba el césped y las plantas de mi jardín como sonajeros. La valla, una hilera de blancas estacas que rodeaban el terreno, también resistía el poderoso embate. Abajo, en la playa, la arena se levantaba formando nubes y acribillando la costa. Recibí decenas de punzantes granos en mi rostro.
Viendo aquella monstruosa tormenta acercarse a la costa, me sentí como un pequeño insecto a punto de ser engullido por un gigante. Recordé las tablas de John Durran y me arrepentí de no haberme llevado unas cuantas. Maldita sea, aquello era como un monstruo a punto de comerse la costa, Pete, ¿en qué estabas pensando?
Volví adentro y cerré el mirador. El cierre nunca se ajustaba bien del todo, pero le di un buen golpe hasta que quedó herméticamente cerrado. «Tranquilo, señor Harper, no es el fin del mundo.» Subí a la primera planta y revisé y comprobé, una a una, todas las ventanas que daban al norte.
Arriba, la casa consistía en un gran dormitorio principal y otra habitación con dos camas (que en unas semanas tendría sus primeros huéspedes: mis hijos), además de un cuarto de baño. Bajo el tejado había un pequeño desván lleno de cajas polvorientas y viejas maletas. Por primera vez en meses subí allí para asegurarme de que el tragaluz estuviera bien cerrado. De paso me aprovisioné de unas cuantas velas que repartí por la casa, por si la luz se iba en plena noche.
Desconecté todos los enchufes y volví a la planta baja. La cocina solo tenía una ventana de cara al mar, que era de doble cristal, y parecía tan firme como la dentadura de un caballo. Salí por la puerta de la cocina al jardín trasero. Recogí un par de sillas de madera y las dejé plegadas dentro del cobertizo. Allí había herramientas y maderas que algún habitante anterior de la casa habría comprado por alguna razón. Incluso una pequeña hacha con la que alguna vez había partido leña. Especulé con la idea de ponerme manos a la obra y montar algún tipo de protección por mi cuenta, pero lo descarté de inmediato. Probablemente solo conseguiría cortarme un dedo con esa hacha, o algo peor. Y en aquel lugar, sin nadie que pudiera oírme, moriría desangrado y solo.
Cerré el cobertizo y regresé a la casa.
En el salón, los cristales temblaban sacudidos por aquellas furiosas ráfagas de viento. ¿Llegarían a romperse? Lo mejor era no arriesgarse. Encontré un plástico bastante grande en el pequeño trastero del recibidor. Lo habíamos utilizado durante la mudanza para envolver mi Steinway & Sons y pensé que al menos aquello protegería el piano en caso de que los cristales se rompieran y la lluvia se colara en el salón. Una vez cubierto el piano (un media cola de dos metros de largo y casi trescientos cincuenta kilos de peso), desbloqueé las ruedas y lo empujé hasta alejarlo del ventanal. Dejó tras de sí un espacio limpio rodeado de cuadernos, libros de partituras, botes de lapiceros y muchas bolas de papel. Apagué y cerré mi MacBook Pro y lo coloqué en lo más alto de una estantería alejada de la ventana. Lo mismo hice con un teclado digital que usaba para mis grabaciones. Hecho esto el salón quedó listo para recibir a la madre de todas las tormentas. Los cristales habían comenzado a recibir gotas de lluvia y a lo lejos se oían ocasionales truenos, pero todavía ni un rayo.
Entonces sonó el teléfono.
Corrí hasta él y respondí. Oí la voz de Leo al otro lado.
—Buenas noches, Harper, estamos a punto de empezar. ¿Vienes o qué?
Con todo ese trajín casi había olvidado mi cita con los Kogan.
—Perdona, Leo, se me ha ido el santo al cielo —dije, acercándome con el teléfono al mirador—. Oye, ¿sigues pensando que no necesitaremos las tablas en las ventanas?
Le oí reírse, lo cual me tranquilizó solo un poco.
—Durran te ha metido el miedo en el cuerpo, ¿eh? Bien por él. Escucha, Pete, a menos que empiecen a caer meteoritos, dudo mucho de que nada te rompa las ventanas esta noche. Pero ven antes de que esa nube gigante alcance la costa. Dicen que habrá muchos rayos.
Le prometí que estaría allí en diez minutos. Después colgué y me reí un poco de mi propio miedo. «¿No querías vivir en la playa? ¡Alma de urbanita!»
Subí escaleras arriba y me metí bajo la ducha caliente para terminar de desperezarme. Me había echado una larga siesta esa tarde, después de regresar del pueblo. La noche anterior no había pegado ojo, todo por culpa de una llamada, a última hora, de Pat Dunbar, mi agente, que me había revuelto las tripas.
Pat, de cincuenta y seis años, sobrepeso, un amago de ataque cardiaco, divorciado y vuelto a casar con una esbelta joven rusa de veintiún años, vivía en ese momento en Londres, aunque solía pasar meses en una espléndida villa en el Mediterráneo. Fumaba menos que antes, pero seguía bebiendo igual que siempre. Teníamos una relación casi de padre e hijo, solo que yo era (o solía ser, al menos) un hijo que producía una comisión del veinte por ciento.
—Me encontré con Alexander Wells en la gala de los BAFTA —dijo, tras haber iniciado la conversación con un educado ¿qué tal en tu isla desierta?—, hablamos de ti. Quería saber qué estabas haciendo, si tenías un hueco. Están grabando una nueva serie sobre el pirata Drake. Bueno, era un pirata solo para los españoles. En Inglaterra era un héroe o algo parecido. Es una serie de barcos y guerras.
—Conozco a Francis Drake —dije, mientras me tensionaba un poco. Ya sabía en qué dirección venía Pat.
—Vale. Perfecto. Me saltaré el contexto histórico. Entonces, ¿cuándo empezamos? Están buscando un compositor y lo necesitan en un mes. Le dije que hablaría contigo. ¿Podrías reunirte con él en Londres... digamos la semana que viene?
Supongo que era inevitable. Pat era mi agente, no mi madre.
—¿Pensabas que te iba a preguntar por tu salud?
—Pat, ya sabes lo que hay —respondí—. Estoy comprometido con otra cosa. Al menos hasta septiembre. No voy a dejarlo a medias.
Se hizo una breve pausa. Conocía a Pat Dunbar desde hacía años y me apostaría algo a que estaba repitiendo mis palabras al aire, imitando la cara de un imbécil.
—No te estoy pidiendo que dejes nada a medias, Pete —volvió a decir, tratando de suavizar su tono—. Respeto tus decisiones. Las he respetado siempre, ¿verdad? ¿No es cierto? Solo te pido que tengas un detalle con la realidad. Que salgas de ese retiro budista por un fin de semana, te pongas un traje y te tomes un café con Wells y su productor. Que te cuenten sus ideas. Te conozco, les vas a escribir el tema principal en una servilleta después del minuto cinco de la conversación. ¿Qué me dices?
Aquí tienen a Pat Dunbar, pensé, el genio de la psicología barata, intentando una técnica de ultramotivación.
—Tengo que ser fiel a mis proyectos, Pat. Reunirme con Alex Wells no es más que comprometerme. Quedaremos mal, tú y yo, si no voy completamente convencido. Lo sabes. Hay que llevar los dientes largos a esas reuniones, y además ya tengo un proyecto entre manos.
—¿Lo tienes? —respondió él—. ¿Estás tan seguro de eso?
—¿A qué te refieres? —dije un poco molesto.
—Sí, lo sé: tu proyecto personal —dijo Pat—, un disco experimental. Eso es lo que le llevo diciendo a todo el mundo en los últimos once meses. «Pete está tomándose un tiempo para sí mismo.» Once meses, chaval, ¿sabes la de cosas que pasan en ese tiempo? He rechazado...
—Lo sé, Pat. Me has hecho la lista varias veces: dos proyectos de seis cifras en videojuegos, una película, y con esta serán tres series.
—¿Me permites que te diga algo que no quieres oír? La gente comienza a olvidarse de ti. Te estás creando fama de raro, de impredecible, y eso es como la peste: la peor reputación que uno puede labrarse. Por mucho que reluzcan tus premios BAFTA, tus Globos de Oro y esa nominación al Oscar, todavía no eres un Elfman, ni un Williams, ni un Zimmer, recuérdalo, ¿vale? Siento ser cabrón, pero creo que necesitas que alguien te lo diga. No te puedes permitir ciertas extravagancias todavía.
Bueno, esa era la bronca que me estaba esperando desde hacía tiempo. Había llegado por fin. Había cruzado el límite de la paciencia del mismísimo Pat Dunbar.
Cuando terminó se quedó callado unos segundos. Nos dejó respirar, a los dos.
—Mira, Pete... sabemos que lo has pasado mal, ¿vale? Yo también me he divorciado. Sé la mierda en la que estás metido. Clem te metió un buen hachazo y ahora estás enfadado con todo. Pero tienes que ayudarte a ti mismo.
—Eso es lo que pretendo hacer —dije.
—¿Escondiéndote del mundo?
—No me escondo. Necesitaba paz. Alejarme de todo —«De ti también», pensé—. Además, solo estaba haciendo mierda. Lo sabes.
—No era mierda. Estabas tocado por el divorcio. Llámalo accidente. Estos tipos tienen mucha prisa y no pueden esperar a nadie. Luché hasta el límite por mantenerte dentro. No pudo ser.
Hablábamos del desastre que —entre otras cosas— había dado pie a mi exilio. La película que no había podido terminar. La FOX. Sus abogados. Un golpecito más en la cabeza del señor Harper y en sus finanzas, tras mi divorcio con Clem.
—Mira, Pat —dije tomando la iniciativa—. Sé que eres mi amigo. Sé que todo lo dices con buena intención, además de tu preciado veinte por ciento, pero ahora no quiero regresar. Noto que estoy a punto de dar un paso adelante, de mudar la piel. Lo de Clem, toda esta maldita pesadilla, creo que me va a ayudar de cierta manera. Pero necesito tiempo.
Ahora Pat estaría recostado en su sofá, con la cabeza apoyada y mirando al techo. «Lo he intentado, he hecho todo lo que he podido.»
—De acuerdo, Harper. No voy a insistir. Le diré a Wells que no. Siempre he confiado en tu instinto. Tienes un buen instinto. Sigue con tu álbum, sigue curándote y avísame cuando quieras trabajar, ¿vale?
Colgué el teléfono. El «sigue curándote» resonó en mi cabeza.
Pero era cierto. ¿A quién iba a engañar? No me atrevía a ver a Alexander Wells porque no me sentía seguro. Pat lo sabía, la FOX lo sabía, la BBC lo sabía. Todo el mundillo estaba enterado. Un directo a la mandíbula, mal encajado, y Peter Harper había perdido su mirada de tigre. Componía algo, lo escuchaba y lo mandaba a la basura. En el fondo debería agradecerle a Pat que siguiera jugándose su reputación conmigo.
Un blog dedicado al mundo del espectáculo me dedicó la siguiente entrada unos meses atrás: «Se tiró medio año prometiéndole algo a la FOX, con un adelanto más que suculento, y dicen que solo fue capaz de entregar una maqueta de sonidos de la jungla mezclados con violines. Dicen que su divorcio le ha sentado mal. Yo diría que lo ha tirado de la silla.»
Durante los últimos tres meses, mi vida creativa había sido una frustrante agonía de intentos y errores. Una espiral maniacodepresiva en la que una noche creía tener algo maravilloso, la melodía que marcaría el punto de inflexión de mi vacío creativo, y a la mañana siguiente lo escuchaba y me hacía vomitar (figurativamente, menos un par de veces que pasó de verdad). Me levantaba del piano, desesperado, y tenía que salir de casa para no explotar y, como consecuencia directa de explotar, beber, y me marchaba a dar un paseo por las rocas de Tremore Beach, buscando cangrejos, deseando sutil e infantilmente que una ola imprevista acabase con aquel sufrimiento, o un paseo por los acantilados hasta las ruinas del monasterio de Monaghan, donde solía hablar con Dios y pedirle, con gran vergüenza, que me echase un cable. Aunque la mayoría de las veces salía al jardín y me dedicaba a segar la hierba, que se había convertido en el mayor entretenimiento de mi vida monacal. Y tenía un césped precioso, digno del palacio de Buckingham.
Después de la ducha y el afeitado, me puse una camisa limpia y una americana. Sentaba bien salir del uniforme de vaqueros y camiseta de vez en cuando. Cogí la botella de vino chileno que había comprado en el Andy’s esa mañana, apagué todas las luces y me dirigí a la entrada. Las llaves colgaban junto a la puerta. Las tomé y las dejé caer en el bolsillo de mi pantalón. Después alcancé la manilla de la puerta y sentí el frío de la noche transmitido a través del metal, un leve temblor entre mis dedos, porque la puerta se agitaba con el viento del exterior.
Y entonces ocurrió. Lo que tantas veces iba a recordar a partir de entonces. Una voz me habló y dijo:
«No salgas de casa.»
Fue como una voz sin rostro. Como un fantasma escondido en mis oídos. Un susurro que podría haber sido el viento. Lo oí dentro de mí, en alguna parte: «No abras esa puerta. Esta noche no...» Mi mano se quedó posada sobre la manilla. Mis pies congelados, fundidos en el suelo de baldosas.
Miré hacia atrás, a la oscuridad del salón. A lo lejos, en el océano, relumbró un rayo y el salón se iluminó por un instante. Allí no había nadie, por supuesto. Esa voz no pertenecía a ningún fantasma. Era mía. Había surgido de mi propia cabeza.
«¿Es lo que estás pensando...? ¿Es esa voz? ¿Otra vez?»
En toda mi vida, hasta ese momento, solo la había oído en otra ocasión. Tan nítida, tan clara en su mensaje...
«Maldita sea, pero aquella vez fue solo miedo —me dije a mí mismo—. Lo mismo que esta noche. No seas crío, Peter Harper. Esas cosas no existen.»
(«Pero ¿no tuviste razón aquella otra vez?»)
—Vamos, no seas crío —dije en voz alta, en la soledad de mi recibidor.
Apagué la luz, salí de casa y cerré la puerta con fuerza, como si quisiera espantar un fantasma.
2
Conduje por las dunas, en una confusión de agua, viento y arena, hasta lo alto de una colina que separaba mi casa de la de Leo y Marie. Los locales la llamaban «el Diente de Bill», en honor a un legendario contrabandista de la zona. Decían que también fue una de las playas donde los nazis desembarcaron armas para el ejército republicano irlandés en el transcurso del famoso Plan Kathleen, durante la guerra mundial. Aunque, como todas las historias que se contaban en Clenhburran, ningún libro la confirmaba ni tampoco la desmentía. Sencillamente, era cosa tuya creértelo o no.
Un viejo y retorcido olmo cuyas ramas mostraban el castigo infligido por siglos de viento era la única señal antes del pequeño barranco de diez metros que caía suavemente sobre la playa. También era el punto donde el camino se bifurcaba: hacia Clenhburran, a través del humedal, o en dirección a las únicas dos casas de aquella playa. A la izquierda, Peter Harper. A la derecha, Leo y Marie Kogan.
Paré un segundo. En la oscuridad de la noche, distinguí el blanco crespón de las olas batiéndose en la playa. A lo lejos, algunos rayos habían comenzado a caer sobre el océano. Era una vista espectacular en aquella costa negra, sin luces, donde solo el brazo dorado de un faro aparecía a veces, rastreando la noche desde algún cabo lejano.
En cinco minutos vi aparecer las luces de la casa de los Kogan, construida en el mismo final de la playa, donde un grueso brazo de pizarra negra marcaba el límite entre la suave arena y los afilados y peligrosos arrecifes. Era también una construcción bastante compacta, a la que habían sumado una extensión (de manera un tanto ilegal según me había confesado Leo) para ganar espacio para un garaje que ahora estaba conectado a la cocina.
Aparqué el coche frente a la valla, junto a un monovolumen Ford que jamás antes había visto, y caminé hacia la casa calándome con aquella lluvia que caía como una ráfaga de proyectiles, aderezada con las molestas partículas de arena, que pinchaban como miles de agujas en la piel. Leo debía haber visto mis luces y salió a buscarme con un paraguas.
Era un hombre de mi misma altura y una complexión atlética, envidiable para rondar los sesenta años. Mandíbula prominente, cabello blanco rapado al uno y una larga sonrisa que no le costaba mostrar a la mínima ocasión. Vino corriendo, sorteando algunos charcos que se habían formado en el camino de planchas de piedra que surcaba su jardín frontal. Nos encontramos a medio camino y nos palmeamos el hombro a forma de saludo. Hablar con aquel viento hubiera sido del género idiota. Después corrimos hacia la casa.
—Ya pensaba que te ibas a rajar —me dijo nada más saltamos bajo el protector tejado de su recibidor y rebufamos quejándonos del mal tiempo—, son cuatro gotas de nada.
—Pues claro —dije hilando su sentido del humor—, un chaparroncito veraniego.
Miramos al horizonte, con los ojos entornados para esquivar la arena. El gigantesco frente estaba ya a cinco o seis millas de la costa, aunque era difícil precisarlo. Había comenzado a descargar un rayo tras otro sobre el océano.
Leo me cogió del brazo.
—Démonos prisa antes de que nos convirtamos en pollo frito.
El hogar de Leo y Marie era un lugar cómodo, no muy ostentoso, decorado a propósito para darle un aire rústico, pero que contaba con delicadezas como un gran televisor Bang & Olufsen, un piano de pared que Marie llevaba aprendiendo a tocar durante los últimos años y una buena biblioteca, en la que abundaban varios libros de viajes y buenísimas recopilaciones de fotografía. Por las paredes, sobre las cómodas y en las estanterías se desplegaba una colección de preciosos paisajes de Irlanda, pintados a pastel y acuarela y firmados por Marie («M. Kogan»). Yo mismo tenía uno que me había regalado un par de meses atrás, y que ahora reposaba sobre mi chimenea.
Marie vino a recibirme nada más entrar. Era una mujer alta y esbelta, que destilaba elegancia. Siempre había creído que procedería de alguna familia rica o aristocrática, hasta que una vez me contó que sus padres habían tenido un negocio de venta al por mayor en Nevada. Al igual que Leo, también parecía haber hecho un pacto con el diablo en lo que a su físico se trataba. En cierta ocasión, mi amiga Judie Gallagher había bromeado diciendo que quizá fuesen vampiros, porque Marie tenía el cutis casi mejor que ella a sus veintinueve años. Pero lo cierto es que era una mujer que hacía girar los cuellos (y algunos casi romperse) entre los hombres maduros del pueblo.
Esa noche también estaban invitados los O’Rourke, Frank y Laura, los dueños de la tienda de flores y artesanías de Main Street, con quien Marie se había amigado recientemente y a los que yo conocía de vista. Leo me había confesado que le parecían un poco arrogantes —«aman su propia voz y despotrican de los aldeanos de la zona como si no tuvieran nada que ver con ellos»—, pero admitía que a veces había que hacer esfuerzos por socializarse, sobre todo en una comunidad tan pequeña como Clenhburran, donde en invierno apenas alcanzábamos los ciento cincuenta habitantes.
Tras besarme en las mejillas, Marie me presentó a los O’Rourke, que en ese momento estaban sentados en un sofá junto al fuego de la chimenea, alabando un brandy que Leo acababa de servirles y que pronto terminó en mi copa también. Laura, la mujer, se levantó nada más verme entrar e hizo un extraño aspaviento. Entrelazó los dedos de sus manos y dijo que «era un verdadero honor» conocerme: «Tengo varios discos suyos y me encantan todas las canciones, son, son... —dijo haciendo un sitio en el sofá y batiendo con la mano el espacio que acababa de crear para mí—. ¡Tengo tantas preguntas para usted! Leo nos dijo que a veces toca usted para ellos —dijo, señalando el piano—. Quizá pueda honrarnos a nosotros también...»
Entrecrucé una mirada asesina con Leo, quien me devolvió una sonrisa de piedra, y después decidí sacar lo mejor de mí para atender a las infinitas preguntas de Laura O’Rourke, mientras esperaba que su marido Frank —un hombre de cara delgada y ojos vidriosos, como de un batracio— jugase su papel como moderador social y le aconsejara, en algún momento, no abrumarme con tanta pregunta. Pero esto no llegó a suceder. Sentado a su lado, con brandy hasta casi el borde del vaso, recibí el ataque de la señora O’Rourke sin interrupciones. «Le vi por televisión en la gala de los BAFTA de hace dos años. Usted salió a recoger el premio de manos de Darren Flynn y Kate Winslet. Oh, Dios mío, no me puedo creer que ahora mismo esté aquí sentado conmigo. —Y al decir esto puso su mano sobre mi rodilla y echó una carcajada cuyo sonido me hizo reírme a mí también. Leo se rio y el señor O’Rourke apuró su brandy dispuesto a rellenarse la copa enseguida—. Cuénteme, señor Harper, ¿cómo es Kate en persona...?»
Aguanté como pude, soltando alguna que otra anécdota gastadísima, y percatándome de que todo lo que contaba pertenecía a mi vida de dos años atrás, hasta que Marie nos llamó a la mesa, cosa que agradecí infinitamente.
Los O’Rourke tomaron asiento primero y Laura se encargó de reservarme un sitio entre ella y su marido, pero esquivé la emboscada haciéndome el despistado y terminé sentado en una esquina, junto a Leo y frente a Marie, que en esos momentos había hecho aterrizar una fuente de ensalada templada de pasta y gambas en vinagreta. Y antes de que la señora O’Rourke pudiera contraatacar con alguna de sus preguntas hice un comentario sobre la tormenta con la esperanza de desviar el tema por el resto de la cena.
—Se está poniendo feo —dije—. Me ha parecido oír que llegaríamos a vientos de cien millas por hora.
—Es normal llegar a los cincuenta y cinco nudos, incluso un poco más —comentó Leo—. Pero no con tanta electricidad ni fuegos artificiales. Hablé por radio con el servicio de meteorología de Donegal esta tarde y dicen que durará hasta la madrugada.
—¿Radioaficionado? —le preguntó entonces Frank O’Rourke a Leo.
—No... apenas uso la radio más que para hablar con protección civil, o con Donovan y otros pescadores de vez en cuando. La tengo más como una medida de emergencia. El teléfono por aquí viene y va.
—Sí —convino O’Rourke—, es malo en Clenhburran, así que no me imagino cómo debe ser por aquí.
—¿Qué le parece a usted vivir en un lugar tan solitario, señor Harper? —intervino entonces Laura—. ¿No le da miedo, quizás? Aunque no debe preocuparse; aquí nunca pasa nada.
—Me alegro de oírlo —respondí—, en realidad...
—Aunque últimamente se han oído cosas, ¿sabe? —continuó ella aprovechando mi pequeño silencio—. A los Kennedy, por ejemplo, les debieron entrar en su tienda el año pasado.
Y también he oído que desvalijaron una casa cerca de Fortown mientras sus dueños dormían dentro. Son casos aislados, pero antes, según dicen, no había ocurrido jamás. Se habla de una banda de Europa del Este, aunque Frank opina que es todo un bulo que se han inventado los vendedores de alarmas.
—Y yo me adscribo a esa opinión —dijo Leo—. No creo que ningún delincuente vaya a venir hasta esta esquina del mundo a robar un televisor. Yo, por mi parte, me niego a tener miedo.
—Bien dicho, Leo —dije.
—¿Y tú, Marie? —preguntó Frank. Se había quedado en silencio por un segundo, con la mirada perdida en el interior de su copa—. ¿Cómo llevas todo eso de estar solos en esta playita perdida?
—No lo pensamos, realmente —respondió Marie—. Hemos vivido en sitios mucho más peligrosos y nunca nos pasó nada, bueno, exceptuando algún robo, algún pequeño susto. Pero estoy con Leo, ¿quién vendría hasta esta esquina perdida del mundo a robar nada, eh? Hay sitios mucho más fáciles para una banda de ladrones...
Un relámpago destelló afuera, seguido a muy pocos segundos de un terrible trueno que frenó la conversación sobre ladrones y la devolvió al tema meteorológico.
—En fin, dicen que no será la última tormenta de este verano. Se espera mucha lluvia en agosto. Quizá volvamos a tener inundaciones como hace dos años.
Frank O’Rourke contó entonces como un amigo suyo perdió varios miles de euros en género en una noche durante las inundaciones de Galway en 2008. Leo opinó que todo el planeta se estaba volviendo loco con el cambio climático.
—Yo jamás había visto un cumulonimbo como el de esta noche —intervino Marie entonces.
—¿Cumulonimbo? —pregunté yo.
—Esa forma en las nubes. Es rara. Inusual por aquí. Todo esto tiene que ver con el cambio climático, no me cabe duda. Lo leí en una National Geographic. El clima de Irlanda está ligado a la corriente del golfo de México. No sería tan templado sin ese flujo de agua caliente, que ahora está comenzando a detenerse. Eso es lo que provoca estos vendavales. Y también algunas variaciones curiosas en las migraciones de aves.
Fuera de la casa, la tormenta iba cobrando virulencia y las descargas de rayos comenzaron a repetirse cada minuto. En el salón, la luz de las lámparas iba y venía. En algunos momentos nos quedábamos completamente a oscuras, a solas con la luz de la chimenea, y en otras, un trueno estallaba sobre nuestras cabezas interrumpiendo la conversación, que se reanudaba entre chistes.
Pero ni toda esa acción era capaz de distraer a Laura O’Rourke, que nada más terminar el primer plato, reanudó su interrogatorio sobre mí. «¿Por qué eligió Clenhburran para instalarse?» «¿Piensa quedarse mucho tiempo?»
El primer plato y el vino me habían alegrado y predispuesto a la charla. Le respondí que era la segunda vez que me recluía en Donegal para terminar de componer una obra. La primera fue casi quince años atrás, y entonces lo hice en la casa de unos amigos en las faldas del Lagirslan, frente a una playa no muy diferente a la que ahora veía cada mañana.
—Crecí en Dublín —dije—, y de niño solía venir a Donegal en verano con mis padres. Es un lugar que todavía me hace sentir bien, protegido. Supongo que me recuerda a los días felices de mi niñez.
Tan pronto terminé de decir aquello, me di cuenta de que acababa de tocar un tema peligroso, del que no me apetecía hablar. Laura O’Rourke lo vio claro como el agua.
—¿Tiene usted familia? —preguntó.
—Sí —respondí con la voz de alguien que no quiere ser oído—, dos hijos.
—Que vendrán en un par de semanas, ¿no es cierto, Pete? —intervino Leo entonces.
—Sí —expliqué—. Vendrán a pasar las vacaciones de verano. Espero que les guste Donegal.
—Oh, claro. Les encantará —se apresuró a decir Marie.
Laura O’Rourke tenía el rostro de haber encontrado un filón, pero de que al mismo tiempo le daba un poco de vergüenza comenzar a picar en él. Puso otra vez esa estirada sonrisa y se dirigió a mí con la pregunta que todos estábamos ya esperando.
—Pero usted está... ¿casado o...?
—Divorciado —respondí.
—Oh. Cuánto lo siento. Es algo terrible cuando hay niños por medio, ¿verdad? Mi prima Beth acaba de...
Entonces Leo se apresuró a servir más vino y a tratar de cambiar de tema. Marie se puso en pie y recogió los platos y comenzó a preguntar cómo queríamos nuestros bistecs. Yo me levanté a ayudarla, y una vez en la cocina, le guiñé un ojo y le susurré:
—Gracias.
Llegó la hora del segundo plato, unos exquisitos bistecs con puré de patata y verduras, y eso me dio un pequeño respiro. Laura O’Rourke pareció perder interés en mí —quizá porque percibió que sería un hueso demasiado duro de roer— y puso su foco en los Kogan. Había oído que procedían de Portland y ella tenía una prima viviendo allí, ¿cuándo habían decidido mudarse a Irlanda? ¿Era cierto que habían vivido en Asia muchos años?
Supongo que en el pueblo circulaban muchas historias sobre nosotros, los «nuevos» vecinos. Quizás era una lógica de pura supervivencia. Una comunidad tan pequeña debe protegerse, y para ello debe estar informada, conocer a sus integrantes y contar con una detallada biografía de cada uno de ellos. Y Laura O’Rourke no hacía otra cosa que obedecer a sus instintos cuando lanzaba todas estas preguntas esa noche. En su caso, Leo era mucho más generoso y espléndido en sus respuestas. Y con una buena dosis de vino encima, no le costó ponerse a hablar de su vida y andanzas por el mundo.
A los veinticinco, contó, había decidido colgar los guantes de boxeo en un tugurio de Nevada y aceptar una oferta de trabajo en San Antonio, Tejas, para comenzar una carrera como profesional de la seguridad. Marie ya era su novia por aquel entonces. Ella bailaba en un gran hotel de Las Vegas los viernes por la noche y había hecho de corista para artistas de renombre como Tom Jones. Salieron de Nevada y se embarcaron en un largo viaje sin retorno. Nunca volvieron a vivir en Estados Unidos excepto por una breve estancia de tres meses, cuando la madre de Marie falleció y ambos quedaron oficialmente huérfanos y desamparados en el mundo. Después, al acercarse a la edad «en la que una persona se ha ganado el derecho a no hacer nada», comenzaron a pensar en lugares donde retirarse. «Por alguna razón siempre había habido dos sitios en nuestra imaginación: Irlanda (o Escocia) y Tailandia. Yo conocía a muchos viejos que se retiraban en Tailandia. A partir de los cincuenta puedes hacerte el visado permanente en ese país, y con una pensión occidental vives sobradamente. Pero Marie siempre hablaba de Europa, de las viejas costas de Irlanda..., y...»
Leo prosiguió hablando de su llegada a Clenhburran, una historia que ya había oído un par de veces. Comencé a distraerme un poco. Mi cabeza viajó lejos de allí. Había otros pensamientos que pugnaban por ser atendidos en mi mente... Esa voz, sobre todo. La voz que había hablado dentro de mí antes de salir de casa...
—A veces la oirás.
... al minuto siguiente ya no estaba allí, en el salón de los Kogan, sino que había vuelto a mi casa de la infancia en el norte de Dublín, cerca del Coombe, a aquel salón pequeño donde la chimenea siempre ardía bien cargada de turba.
—El instinto es fuerte en nuestra familia. Pete, nunca lo olvides.
Mi madre siempre me hablaba de ello con naturalidad. Pero siempre en secreto, solo cuando estábamos a solas. Sobre el sexto sentido. El ángel de la guarda. La voz que nos protegía.
—Escúchala, está ahí para ayudarnos.
Ella y, antes que ella, su madre (mi abuela) lo tenían. A veces les hablaba, les decía cosas para protegerlas, a ellas y a sus familias.
—Y ahora nos contará la historia de tu tío Vincent y el autobús —decía papá cuando nos atrapaba—. Mejor que nunca cuentes esas cosas fuera de casa o algún día te van a encerrar en un manicomio.
—Eres un incrédulo, papá —le regañaba mi madre dulcemente, y después me miraba con sus ojos llenos de estrellas y sonreía—, ¿conoces esa historia, Peter? Mi hermano Vincent, que en gloria esté, pudo haberse muerto mucho más joven. El autobús de su colegio se estrelló contra un camión. Murieron dieciocho niños, el conductor y una profesora. Pero Vincent no estaba allí, fue el único día de su vida que perdió el autobús. ¿Sabes por qué? Estaba a punto de salir de casa y mi madre vio que uno de los botones de su uniforme estaba a punto de caerse. Le dijo que esperara, que traería su costurero y se lo arreglaría en un santiamén. Y mientras lo hacía, y Vinnie protestaba porque llegaría tarde, esa vocecita le habló a mi madre. Y le dijo: «No dejes salir a Vinnie. No hoy.» Y mi madre le arregló el botón lo más despacio que fue capaz. Y se lo cosió a la camisa a propósito, para después hacerse la sorprendida y tener que descosérselo. Y Vinnie protestaba que iba a perder el autobús. «¡Pues lo perderás!», le gritó mi madre. Y así ocurrió. Y ese día murieron todos sus amigos. No quedó ni uno con vida.
Esas historias eran corrientes en mi casa y mi padre a veces llegaba a enfadarse. Le decía a mi madre que aquellas cosas no eran educación para mí, que crecería creyendo en fantasmas y premoniciones, y que bastante religión teníamos ya como para añadir más milagros a la lista de las falsas esperanzas. Además, él pensaba que creer en premoniciones iba en contra del buen cristiano, aparte de ser una idiotez.
—Todas las madres del mundo se preocupan por sus hijos cuando los ven salir de casa. Ese día Dios quiso que aquel autobús se estrellara y tu madre pensó...
Pero esa no era la única vez, insistía mi madre. Y, además, también le había pasado a ella.
—¿Qué pasó aquella mañana del 24 de marzo de 1968? Tú estabas allí, Patrick, a mi lado, en la cama. ¿Lo recuerdas?
—Oh... pues no.
Pero sí lo recordaba, me decía mamá después, en una de esas largas tardes cuando papá se había marchado al pub y yo me quedaba en casa estudiando piano, y ella cosiendo una bufanda en el sofá, al calor del fuego. «Yo me levanté llorando porque había tenido un terrible sueño. Había visto un cementerio, lleno de gente. Irlandeses. Y supe que algo terrible estaba a punto de ocurrir. Se lo conté a tu padre y él me dijo que no me preocupara, que sería una pesadilla, sin más. Pero yo tenía un cuerpo horrible, como si se hubiera muerto mi propio hijo.
»Al mediodía, recuerdo que estaba en la cocina escuchando la radio y alguien anunció que un vuelo entre Cork y Londres había desaparecido en el mar. Tenía una sartén en la mano y se me cayó al suelo, y poco faltó para que yo me fuera detrás. Después, esa misma tarde, se supo que un avión de Aer Lingus se había estrellado a varias millas de Wexford, matando a sesenta y una personas y la tripulación... Tu padre llegó a casa con la cara pálida, se metió en la cama y no quiso hablar del tema en un año por lo menos, pero ocurrió como te lo digo.»
Esa era la historia más peculiar, pero había otras, tantas... a veces era solo una terrible sensación que terminaba siendo cierta («Katty Kennedy tenía la cara de un muerto esta mañana»... y al cabo de tres meses íbamos a su funeral: cáncer de huesos), otras veces era una voz («¿Dónde está el disolvente que dejé en la cocina? —preguntaba papá... y mamá decía que lo había tirado por la ventana y que nunca volviera a dejar nada semejante en su cocina—. Una voz me ha hablado de una garganta abrasada, y una persona volviéndose muda para el resto de su vida»). Y papá, claro, siempre cerraba los ojos, suspiraba, y le decía que no contase esas cosas cuando estuviera fuera de casa. Ah, mamá, mamá...
«Somos especiales, Pete. Tú eres especial. Mira qué cosas tan bellas escribes al piano. Eso sale de alguna parte, de una parte celestial de ti mismo. Eres un pequeño ángel, ¿lo sabías? Quizás algún día también tú oigas esa voz.»
—Pero yo no quiero oír voces, mamá... Papá dice que es de locos, que me encerrarán si lo digo a la gente.
Entonces mi madre me cubría los ojos con su mano, me cerraba los párpados y me acariciaba la nariz como si fuera a robármela.
—Locura es vivir la vida como si nunca fuera a acabarse, Peter Harper. Aprovéchala. Admítela. No le tengas miedo y ella te dará cuanto le pidas.
Cuanto pidas.
¿Una copa de vino?
Cuanto pidas.
—... ¿Sigue entre nosotros, señor Harper?
Abrí los ojos, o mejor dicho, los activé, porque en realidad ya estaban abiertos, pero cerrados al mismo tiempo, y vi a la señora O’Rourke sosteniendo la botella de vino sobre mi vaso.
—Le preguntaba si quiere más vino...
—No... —respondí, todavía regresando desde mis recuerdos—. No, gracias. Creo que ya he tenido suficiente.
Tras el postre estaba un poco cansado y aburrido de Laura O’Rourke, cuya presencia bloqueaba cualquier intento de conversación con mis amigos Leo y Marie, pero accedí a tomar un té en los sofás enfrentados junto a la chimenea. Laura, de pie con una taza de té, alabó la colección de pinturas de Marie. Le preguntó cuándo pensaba comenzar un taller de pintura para las mujeres del pueblo.
—En realidad aprendí por mi cuenta —respondió ella—, y por lo tanto no creo que fuese una buena maestra.
Laura O’Rourke mostró su descontento con la respuesta. Añadió que le gustaría tener un cuadro de Marie y comentó que «tenía un hueco perfecto en su salón».
—Si quiere, Marie le puede hacer un retrato —añadió Leo entonces—. Además de pintar buenos paisajes es una retratista excelente.
—¿Es cierto eso, Marie? —pregunté yo—. Si lo hubiera sabido antes ya te hubiera pedido uno.
—Oh, bueno. Antes solía ganarme la vida con ello —respondió ella—. En los hoteles donde trabajaba Leo, yo hacía retratos a algunos clientes y...
—Le hizo uno a la mujer de François Mitterrand, y no es broma —interpuso Leo, quien se mostraba como la mejor arma promocional de su tímida esposa—. Y también a Billy Cristal. Con eso nos pagamos media casa —terminó diciendo como una broma.
—Pero todos los que tiene aquí son de Irlanda —observó la señora O’Rourke, mirando a las paredes—. ¿No guarda ninguno de otros países?
Marie negó sonriendo.
—La mayoría los he ido regalando o vendiendo por el camino. Cuando llegué a Irlanda no traía ninguno conmigo y ahora ya me falta sitio en casa para colgarlos. Ya ve. Estoy pensando en donar algunos para la parroquia.
Después del té empecé a bostezar. La tormenta había dejado de retumbar ahí fuera y las luces de la casa llevaban un buen rato sin atenuarse por la violencia de los rayos. Además, Laura O’Rourke había mencionado el piano por segunda vez y, aunque me había hecho el loco, sabía que lo volvería a intentar. Pensé que era un gran momento para volverme a casa. Me levanté del sofá disculpándome por ser un muermo en pleno viernes por la noche.
Los O’Rourke anunciaron que harían una cena muy pronto en su casa y que les encantaría tenerme de invitado. «Quizá cuando lleguen sus hijos podemos ir a navegar en el velero de Frank.»
Acepté diplomáticamente y después le di las gracias a Marie por la estupenda cena. Me puse la chaqueta y Leo me acompañó afuera.
Había dejado de llover, pero el viento seguía soplando con fuerza. Leo, que iba un poco tocado, hizo un comentario sobre los O’Rourke: dijo que se sentía como la víctima de un interrogatorio siempre que estaba con ellos. Yo me eché a reír y le dije que conocía la sensación. Entonces, según llegábamos hacia el coche, vi que Leo miraba a algo fijamente en el cielo. Alcé mi vista y lo vi yo también.
Una nube monstruosa esperaba posada sobre la playa. La luz de la luna que lograba colarse entre las nubes perfilaba su gigante silueta. Era un gordo y enorme pastelillo de merengue negro, de una milla y media de diámetro, doblado sobre sí mismo en una extraña espiral que rezumaba pequeños tornados que morían nada más nacer.
—Vaya... qué mal aspecto tiene —dije sin dejar de mirarlo.
—Sí. Mejor que te des prisa antes de que eso reviente —respondió Leo—. ¿Seguro que no quieres quedarte un rato más?
Miré hacia la gran nube, preñada de negrura, como un gran Dios de la furia a punto de reventar. Estaba quieta, justo encima del Diente de Bill, por donde yo tendría que pasar en dos minutos.
«No salgas, Pete.»
Pero por otro lado, ¿cómo quedaría delante de los O’Rourke si volvía a entrar con el rabo entre las piernas? «Me quedaré un rato más. Hay una nube horrible posada sobre la playa, y además tengo un mal presagio sobre esta noche. ¿Les he hablado de las premoniciones en mi familia?»
«Esta noche, no.»
Recordé a mi tío Vincent y su botón. Me hubiese encantado tener una disculpa para no poder irme. Quizá, con mucha suerte, el motor no arrancaría. O quizá Leo me obligara a quedarme. O quizá...
—No... creo que si me doy prisa, estaré en casa antes de que eso empiece a sacudirnos —le dije a Leo, palmeándole el brazo—. Cuídate, amigo. Y vuelve a casa. Seguro que tu nueva amiga tiene alguna pregunta más que hacerte.
Leo se echó a reír mientras yo saltaba las escaleras del porche y aterrizaba en el jardín. Corrí hasta mi coche y me monté en él. Leo todavía estaba allí, esperando a verme arrancar. Metí la llave y giré el contacto. El Volvo solía calarse a menudo, y en los días de tormenta, algunas baterías de coche se descargan. Te obligan a quedarte en casa de unos amigos, a pasar la noche...
El motor arrancó a la primera.
3
Conduje despacio por la estrecha carretera de grava que ascendía sobre las dunas, mientras notaba el viento agitando las dos toneladas de acero de mi Volvo V40 como si estuviera hecho de papel. Los focos atravesaban la noche como dos espadas de luz y trataba de no perder de vista el borde derecho de la carretera, pues a medida que me alejaba de la casa de Leo y ascendía hacia el Diente de Bill, la carretera se iba elevando y en cierto punto aquello se convertía en un pequeño barranco sin otra protección que los matorrales de la duna.
Sobre mí, la gran y poderosa Diosa de la Tormenta había comenzado a retumbar, a emitir rumores de parto.
Pisé un poco el acelerador. Pensé que no quería estar en la carretera cuando esa gran Madre del Fuego comenzase a chillar histérica y a lanzar a sus hijos sobre la tierra. Pero en cuanto superé la cuesta y llegué a la cima de la colina, vi algo que me obligó a pisar el pedal de freno.
Una rama, cruzada en medio de la carretera.
Era una gran rama, una de las cuatro o cinco principales que aún lucía el hermoso y viejo roble del Diente de Bill. Pude distinguir como uno de los extremos estaba ennegrecido, aún humeante, y supuse que un rayo debía haberla arrancado del árbol. Y después el viento huracanado de las últimas dos horas la habría empujado hasta colocarla en el centro del camino.
Adelanté la cabeza y eché un vistazo a través del parabrisas, hacia arriba. El gran merengue negro había comenzado a rotar justo encima del coche. Se veían resplandores en sus tripas y se oían amagos de trueno, como ronquidos a medio apagar de un gigante al que hemos perturbado en su sueño.
Si en vez de conducir un Volvo V40 hubiera sido un Land Rover Discovery como el de Leo, ni siquiera me lo hubiese planteado: marcha corta y pasar por encima, ya me encargaría de volver a la mañana siguiente y quitarla de en medio a hachazos. Pero los bajos de mi viejo coche no iban a soportar semejante acrobacia y temía reventar una o dos ruedas en el intento. Además, los O’Rourke vendrían por el mismo camino más tarde, en algún momento, y quizá no tuvieran la suerte de verla a tiempo.
Así que decidí que lo haría tan rápido como pudiese.
Salté del coche y, en cuanto lo hice, me di cuenta de que aquello era peligroso. Todo lo que sabía de tormentas eléctricas me decía que no debía estar allí. En lo alto de una colina, junto a un árbol, bajo una nube a punto de reventar.
«Esta noche, no.»
Había oído en alguna parte que los coches cerrados (así como los aviones) no tienen peligro en las tormentas eléctricas, debido a un efecto por el cual la electricidad recorre la superficie sin afectar a su contenido. Estuve a punto de volver a dentro. Quizá fuese mejor tratar de rodearla... pero qué demonios. «Vamos allá. Saca pecho y sé un hombre; nunca pierdas tu amor propio y tu gusto masculino por las gilipolleces temerarias, aunque sea a costa de diñarla.»
El viento soplaba bien fuerte en esos instantes. Miré aquel viejo roble, mutilado y humeante, y percibí el olor que desprendía; a quemado, pero no como una chimenea o una barbacoa, sino al quemado de una bombilla, o de un cable viejo. Me recordó a la vez que mi hija Beatrice metió los dedos en un enchufe del salón cuando tenía tan solo cuatro años. La luz de toda la casa saltó de pronto y cuando la encontramos en el salón, tenía los pelos de las cejas de punta. Y olía así.
Encima de mi cabeza la gran espiral de merengue negro eructó un poderoso rugido que hizo temblar la tierra. Alcé la vista una última vez y pude distinguir una especie de luz en el interior de aquella gran madre preñada. Un remolino de luz azul.
«Los rayos nunca caen dos veces en el mismo sitio», me dije a mí mismo.
«Vamos, cuanto antes acabes, mejor.»
Me acerqué a la rama y la tomé por un extremo. La condenada pesaba más de lo que habría podido anticipar. Comencé a arrastrarla como si se tratase de la manecilla de un gigantesco reloj que habría que poner en hora, dirigiéndome hacia el borde de la carretera. Al fondo, la playa estaba completamente a oscuras. Solo se distinguían los crespones blancos de las olas rompiendo en la arena.
Cuando llegué al borde, la rama hacía una perfecta paralela con la carretera. Eso era más que suficiente. La dejé caer pesadamente y me limpié las manos en los vaqueros. Después di un paso en dirección a mi coche, y entonces noté algo a mi alrededor.
Había luz. Mucha luz.
Primero pensé que eran los faros del Volvo. Quizás hubiese puesto las antiniebla por error, antes de salir, pero el caso es que todo estaba muy iluminado, quizá demasiado iluminado.
Aturdido, comencé a caminar hacia el coche y entonces noté algo que me recorría el cuerpo. Un cosquilleo fluía por mis vértebras, mi cuello y que iba a morir en mis manos. Las miré y observé que el vello estaba completamente erizado. Cada uno de los pelos de mi brazo estaba erecto, como las púas de un erizo. Era como si alguien hubiera colocado un gigantesco imán encima de mi cabeza.
Encima de mi cabeza.
Levanté la vista hacia arriba. Ese remolino de luz azul, dando vueltas aceleradamente, como un disco a mil revoluciones por minuto. «Los rayos no caen dos veces en el mismo sitio.»
Sentí algo en las sienes. Y la luz del coche doliéndome en los ojos, convirtiéndose en una gran blancura. Tuve tiempo de darme cuenta de lo que pasaba. Fueron unos pocos segundos y creo que traté de alcanzar el Volvo, pero no llegué. Entonces lo sentí: algo me mordió el cuerpo; el rostro, el hombro, las piernas. Me agitó como un muñeco y me hizo volar.
Aquella caja fuerte de mil toneladas cayó en el centro de mi cabeza. Me aplastó, me hizo caer sobre mis rodillas al suelo, y después reventó como si llevase dentro mil kilos de explosivo. Mis oídos no pudieron con aquel sonido. Se apagaron. Se quedaron en blanco.
Después oí mi propio grito y sentí que caía al suelo, y esperé a que mi cuerpo chocase contra la tierra, pero eso no llegó a pasar. Seguí cayendo en una negrura sin final.