Créditos
Título original: Dangerous Lies
Traducción: Gema Moral
1.ª edición: diciembre 2015
© 2015 by Becca Fitzpatrick
© Ediciones B, S. A., 2015
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-234-9
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Notas
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1
Unos airados golpes sacudieron la puerta de la habitación del motel. Permanecí absolutamente quieta sobre el colchón, mi piel caliente, húmeda y pegajosa. A mi lado, Reed atrajo mi cuerpo hacia el suyo.
Se acabaron los diez minutos, pensé.
Intenté no llorar al posar la cabeza en el cálido hueco del cuello de Reed. Mi mente absorbía hasta el último detalle, atesorando el momento con mimo para poder revivirlo durante mucho, mucho tiempo, después de que me llevaran.
Sentí el loco impulso de huir con él. A un lado del motel había un callejón, visible desde la habitación donde me tenían encerrada. Detalles como dónde íbamos a escondernos y cómo íbamos a evitar acabar en el fondo del río Delaware con bloques de cemento atados a los pies me impidieron ceder a ese impulso.
Los golpes se hicieron más fuertes. Acercando su cabeza a la mía, Reed respiró profundamente. También él intentaba recordarme.
—Seguramente habrá micrófonos en la habitación. —Hablaba tan bajo que estuve a punto de confundir sus palabras con un suspiro—. ¿Te han dicho adónde te llevan?
Meneé la cabeza de un lado a otro, y en su rostro, cubierto de cortes y con los pómulos hinchados, expresó desaliento.
—Ya, a mí tampoco.
Se colocó de rodillas con cautela, ya que también tenía el cuerpo magullado, y buscó a lo largo del cabecero de la cama. Abrió el cajón de la mesita de noche y volvió las hojas de la Biblia. Miró debajo del colchón.
Nada. Pero sin duda habían puesto micrófonos en la habitación. No confiaban en que no habláramos de aquella noche, aunque mi testimonio era lo último en lo que estaba pensando. Después de todo lo que había aceptado hacer por ellos, no podían darme siquiera diez minutos, diez minutos en privado con mi novio antes de que nos separaran.
—¿Estás enfadado conmigo? —susurré sin poderlo evitar. Estaba metido en aquel lío por mi culpa, por culpa de mi madre. Eran sus problemas los que habían acabado por arruinar su vida y su futuro. ¿Cómo no iba a estar molesto conmigo, aunque solo fuera un poco? Su vacilación hizo que sintiera una ira profunda e infinita hacia mi madre.
—No —dijo él entonces. En voz baja, pero con firmeza—. No digas eso. No ha cambiado nada. Estaremos juntos. No será ahora, pero sí pronto.
Sentí un alivio inmediato y claro. No debería haber dudado de él. Reed era el hombre de mi vida. Me amaba y me había demostrado una vez más que podía contar con él.
Se oyó una llave en la cerradura.
—No olvides la cuenta de Phillies —susurró Reed con apremio. Lo miré a los ojos. En los segundos que siguieron, mantuvimos una conversación sin palabras. Con una leve inclinación de cabeza le dije que le comprendía.
Después lo abracé con tanta fuerza que oí cómo se quedaba sin respiración. Lo solté justo cuando el alguacil Price abrió la puerta de un empujón. A su espalda, dos berlinas Buick de color negro aguardaban en el aparcamiento con el motor en marcha.
Nos lanzó una mirada.
—Hora de largarse.
Un segundo marshal, al que no reconocí, condujo a Reed al exterior. Reed echó la vista atrás y me sostuvo la mirada. Intentó sonreír, pero solo un lado de la boca se volvió hacia arriba. Estaba nervioso. Empezó a latirme con fuerza el corazón. Era el momento. La última oportunidad para escapar.
—¡Reed! —grité, pero él ya estaba dentro del coche. No se le veía la cara tras el cristal ahumado. El coche abandonó el aparcamiento con un viraje y aceleró. Diez segundos más tarde lo había perdido de vista. Fue entonces cuando el corazón se me desbocó del todo. Estaba ocurriendo de verdad.
Apreté con fuerza el asa de la maleta entre los dedos. No estaba lista. No podía abandonar el único lugar que conocía. Abandonar a mis amigos, mi casa, mi escuela... y a Reed.
—El primer paso es siempre el más duro —dijo el alguacil Price, conduciéndome al exterior por el codo—. Mírelo de esta forma. Podrá iniciar una nueva vida, reinventarse a sí misma. No piense ahora en el juicio. Faltan meses para que tenga que ver a Danny Balando, puede que años. Sus abogados no harán más que entorpecer el caso. He visto a abogados defensores retrasar juicios con excusas tan dispares como haber perdido la tarjeta para peajes, o un atasco en la autopista Schuylkill.
—¿Retrasar?
—Los retrasos llevan a la exculpación. Por norma general. Pero esta vez no. Con su testimonio, Danny Balando acabará en prisión. —Me apretó el hombro con convicción—. El jurado la creerá. Balando se enfrenta a la perpetua sin posibilidad de libertad condicional, y es lo que recibirá.
—¿Permanecerá en prisión durante el juicio? —pregunté con inquietud.
—Encarcelado sin fianza. No podrá hacerle nada.
Escondida en un lugar seguro durante las últimas setenta y dos horas mientras esperaba a que procesaran al camello de mi madre por un cargo de asesinato en primer grado y múltiples cargos por posesión y tráfico de drogas, me había sentido como una prisionera.
Durante los últimos tres días, un par de alguaciles de los US Marshals me habían estado protegiendo en todo momento. Dos por la mañana, otros dos durante el día, y un par más para el turno de noche. No se me permitía hacer ni recibir llamadas telefónicas. Me habían confiscado todos los aparatos electrónicos. Me habían proporcionado un vestuario compuesto de prendas disparejas que uno de los alguaciles había recogido del armario de mi casa. Y ahora, como testigo principal en un caso federal pendiente de juicio, dado que Danny Balando se había declarado inocente de los cargos, estaba a punto de ser trasladada a mi cárcel definitiva. Paradero desconocido.
—¿Adónde me llevan? —pregunté.
Price carraspeó.
—Thunder Basin, Nebraska. —Había un levísimo matiz de disculpa en su tono, que me indicó todo lo que necesitaba saber. Era un acuerdo de mierda. Yo les estaba ayudando a poner entre rejas a un peligroso criminal y, a cambio, ellos me desterraban de la civilización.
—¿Y a Reed?
—Ya sabe que no puedo decírselo.
—Es mi novio.
—Así es como mantenemos a salvo a los testigos. Ya sé que no resulta fácil para usted, pero estamos haciendo nuestro trabajo. Le hemos conseguido los diez minutos que pidió, saltándonos un montón de normas. Lo último que quiere un juez es que uno influya en el testimonio del otro.
Me obligaban a separarme de mi novio, ¿y esperaban que les diera las gracias?
—¿Y qué hay de mi madre? —Directa, sin emoción.
Price llevó rodando mi maleta hacia la parte posterior del Buick, evitando deliberadamente mi mirada.
—Enviada a rehabilitación. No puedo decirle adónde, pero si se esfuerza, estará lista para reunirse con usted a finales del verano.
—Los dos sabemos que no es eso lo que quiero, así que dejemos este juego.
Price se mostró sensato y lo dejó correr.
Aún no había amanecido y ya estaba acalorada y sudada a pesar de los pantalones cortos y la camiseta sin mangas. Me pregunté cómo podía ir cómodo Price con tejanos y camisa de manga larga. No miré el arma que llevaba al hombro, en la pistolera, pero notaba su presencia. Me recordaba que el peligro no había pasado. No estaba segura de que llegara a pasar algún día.
Danny Balando no dejaría de buscarme. Estaba en la cárcel, pero el resto de su cártel de drogas campaba por sus respetos. Podía pagar a cualquiera de ellos para que cumpliera sus órdenes. Su única esperanza radicaba en darme caza y matarme antes de que pudiera testificar.
Price y yo nos metimos en el Buick y él me tendió un pasaporte con un nombre que no era el mío.
—No puedes volver, Stella. Jamás.
Toqué el cristal de la ventanilla con las yemas de los dedos. Al abandonar Filadelfia en las horas que preceden al amanecer, pasamos por una panadería. Un chico con delantal barría el umbral de la entrada. Pensé que tal vez levantaría la vista y haría una pausa para observarme hasta que me perdiera de vista, pero no interrumpió su trabajo. Nadie sabía que me iba.
De eso se trataba.
Las calles estaban desiertas y de un negro reluciente a causa de la lluvia recién caída. Oía el chapoteo del agua bajo los neumáticos, intentando no perder por completo la compostura. Aquel era mi hogar. Era el único sitio que conocía. Dejarlo atrás me hacía sentir como si renunciara a algo tan vital como el aire. De pronto me pregunté si sería capaz de seguir adelante con todo aquello.
—No me llamo Stella —dije al fin.
—Normalmente dejamos que los testigos mantengan el nombre de pila, pero el suyo es poco corriente —explicó Price—. Es una precaución extra. El nombre nuevo suena parecido al antiguo, y eso debería ayudarla a adaptarse.
Stella Gordon. Stell-a, Stell-a, Stell-a. Repetí el nuevo nombre mentalmente hasta que las sílabas encajaron. Detestaba ese nombre.
El Buick aceleró al incorporarse a la interestatal. Pronto vi señales indicando el aeropuerto, y en ese momento, un fuerte dolor me atenazó el pecho. Mi avión despegaba al cabo de cuatro horas. Me costaba respirar, el aire se negaba a entrar, se metía a empujones como algo sólido. Me sequé las palmas de las manos en los muslos.
Aquello no parecía un nuevo inicio. Alargué el cuello para no perder de vista las luces de Filadelfia, o Philly, como decimos los nativos. A medida que el coche las dejaba atrás, sentía que mi vida estaba llegando a su fin.
2
2
El sol iluminaba las llanuras de Nebraska, atravesando un banco de nubes en el horizonte con sus intensos rayos rosáceos y dorados. Era casi el ocaso y el terreno se extendía en una interminable sucesión de maizales, salpicado tan solo por la elevada silueta de algún molino de viento o silo de grano.
Atrás habían quedado los esbeltos rascacielos de luces brillantes, las históricas fachadas de ladrillo de los comercios de la Main Line, empapeladas de llamativos anuncios, y los exuberantes y cuidados jardines y las carreteras sinuosas de los barrios residenciales. Nada de ajetreo de personas apresurándose por llegar al metro para ir al centro de la ciudad, nada de bocinas de coches lanzando entrecortadas ráfagas cacofónicas al hacerse más denso el tráfico.
El alguacil Price y yo pasamos junto al ganado que pastaba a ambos lados de la desierta autopista espantando moscas con el rabo. Algunas alzaron la voluminosa cabeza triangular para mirar con curiosidad en nuestra dirección, haciendo que me preguntara cuándo habrían visto un coche por última vez. Bajé un poquito la ventanilla. El aire que entraba silbando olía a vegetación y a algo vivo y extraño. Tres chicos descamisados, flacos como alambres, caminaban descalzos junto a la autopista con cañas de pescar apoyadas en los hombros tostados por el sol.
Me parecía oír la voz de mi mejor amiga, Tory Bell. Te han enviado a la tierra de Los chicos del maíz. Peores que los traficantes de drogas italianos. Aquí no vas a durar ni veinticuatro horas.
—Las clases han terminado ya —dijo Price—. Todo el verano para hacer lo que le venga en gana. Ha tenido suerte.
—Qué suerte —dije.
—Aquí estará a salvo.
Esperó a que yo respondiera, pero ambos sabíamos que no estaba a salvo. Todas las mañanas me despertaría preguntándome si sería el día en que me encontraría Danny.
—Vivirá con Carmina Songster. Policía retirada. Muy competente. Sabe la verdad sobre usted y le servirá de tapadera.
—¿Y si no me cae bien?
—Carmina le cae bien a todo el mundo. La llaman Gran. Todo el mundo la llama Gran.
—¿Y me va a proteger?
Price volvió la cabeza para mirarme desde detrás de las Ray Ban.
—Un consejo de amigo. Cómo le vaya este verano dependerá de usted. Demonios, podría ser incluso mejor que tolerable. Sé que está enfadada con su madre...
—No la meta en esto —dije, poniéndome tensa.
—Carmina puede llamarla cuando esté usted preparada. Tiene el número de la clínica.
Lo fulminé con una mirada glacial y llena de significado.
—He dicho que no quiero hablar de ella.
—Tiene derecho a sentirse traicionada y dolida, pero su madre va a mejorar. De verdad lo creo. No se dé por vencida. Ahora la necesita a usted más que nunca.
—¿Y cuando yo la necesitaba a ella qué? —le espeté—. Hace tiempo que dejé de contener el aliento esperando a que mejorara. Ella es la responsable de que yo esté aquí, en lugar de estar en casa con mis amigos en un mundo en que todo tiene sentido. —Me quedé sin aliento.
Price guardó silencio unos minutos antes de contestar.
—Después de presentarle a Carmina, tengo que regresar, pero ella sabe cómo ponerse en contacto conmigo. Llámeme siempre que quiera.
—Ella no es de mi familia. Usted no es de mi familia. Así que dejemos esto también.
Se quedó muy callado y comprendí que mi comentario le había dolido. Estaba poniendo su vida en peligro para protegerme, lo menos que podía hacer yo era demostrarle algo de gratitud. Pero lo que había dicho era cierto. Para él yo era un trabajo. No éramos familia, yo no tenía familia. Tenía un padre al que no veía nunca y que había rechazado la oferta del fiscal para entrar en el programa de protección de testigos conmigo. No podía volver a ponerme en contacto con él nunca más. Y tenía una madre en rehabilitación, a la que esperaba no volver a ver jamás. La familia implicaba amor, compromiso, un sentimiento de solidaridad. Cuando menos implicaba vivir juntos.
Recorrimos el resto del trayecto en silencio. Me desentendí de Price para contemplar el sol que se fundía bajo el horizonte. No imaginaba que él solo pudiera ocupar tanto espacio. Allí fuera, sin edificios ni bosques ni colinas que lo ocultaran de la vista, el sol no era una simple esfera; parecía expandirse como tembloroso oro líquido, como un grueso brochazo de pintura sobre la línea del horizonte.
Había oscurecido ya cuando Price tomó un desvío para enfilar una carretera rural. Nubes de polvo cubrieron las ventanillas. Los baches sacudían el coche y yo iba dando botes en el asiento. Altos y retorcidos álamos flanqueaban la carretera, y por un instante me pregunté cómo sería trepar por sus gruesas e inclinadas ramas hasta llegar a lo alto de la copa. De niña, soñaba con tener mi propia casita en un árbol con un neumático por columpio. Pero ahora ya era demasiado mayor para desear esas cosas.
Vislumbré apenas la silueta de una casa de dos plantas. Tenía la extensión de césped más grande que había visto, y álamos que se elevaban por encima del tejado. El césped daba paso a campos abiertos y más allá no se veía nada más que un cielo de color zafiro salpicado de estrellas.
Aquella inmensidad resultaba casi abrumadora. Me sentía completamente sola. Había viajado hasta los confines del mundo; no había nada más allá de aquel lugar. Si daba unos cuantos pasos más, caería tal vez por el borde de la Tierra.
Nerviosa por esta idea, abrí de nuevo una rendija de la ventanilla para respirar aire fresco, pero la brisa era húmeda y pegajosa. Los insectos nocturnos zumbaban con un suave y monótono ritmo. Era una calma inquietante y vacía como ninguna otra que hubiera experimentado. De repente añoré los sonidos que me eran familiares. Jamás me acostumbraría a aquel lugar.
Price aminoró la velocidad al llegar al buzón, comprobando el número con el documento que sostenía en la mano. Tras confirmar que era la casa correcta, enfiló el sendero de entrada de una imponente casa de tablillas blancas.
La casa tenía porche tanto en la planta baja como en la primera planta, con dos barandillas blancas que recorrían la fachada en toda su longitud. Una enorme bandera americana colgaba de la segunda, ondeando suavemente bajo la brisa. Varias banderas más pequeñas clavadas en el césped trazaban un camino desde los escalones del porche hasta el sendero de entrada que discurría a lo largo de la casa. Al final del sendero, montones de vistosas flores crecían en toneles de whisky.
—Hemos llegado —dijo Price, apagando el motor. Accionó la apertura del maletero, donde aguardaba mi maleta.
Sabía que tenía que bajarme del coche, pero mis piernas se negaban a moverse. Miraba la casa fijamente, incapaz de imaginarme allí dentro. Pensé en mi verdadera casa. El año anterior, como regalo de cumpleaños (o más bien para disculparse por no haberme inscrito en la autoescuela porque estaba demasiado ocupada colocándose, y casualmente el momento había coincidido en el tiempo), mi madre había contratado a un decorador para que me cambiara la habitación. Yo lo había elegido todo. Estanterías pintadas de blanco, una araña de luces de estilo vintage, paredes de color azul Tiffany, y un escritorio victoriano de caoba que habíamos comprado en nuestro último viaje a Nueva York. Mi diario seguía guardado bajo llave en el cajón superior. Mi vida estaba allí. Todo estaba allí.
Cuando salíamos del coche, una mujer se levantó del columpio del porche y descendió los peldaños. Los tacones de sus rojas botas camperas sonaron con fuerza sobre la madera envejecida.
—Ha encontrado el sitio —dijo. Llevaba tejanos entremetidos en las botas y una camisa de tela vaquera con unos cuantos botones abiertos en el escote. Los cabellos plateados le llegaban justo hasta los hombros. Nos examinó con penetrantes ojos azules—. Estaba disfrutando de un vaso de limonada escuchando a las cigarras. ¿Le apetece beber algo?
—Es una oferta que no puedo rechazar —replicó Price—. ¿Stella?
Miré a uno y a otro. Ellos me observaron con sonrisas contenidas. Sentí que empezaba a darme vueltas la cabeza y parpadeé unas cuantas veces, intentando enderezar el mundo. Las botas rojas de la mujer empezaron a dar vueltas como un caleidoscopio y comprendí que había perdido la batalla. De repente me encontraba de vuelta en Philly, con un hombre desangrándose en el suelo de nuestra biblioteca y la pared del fondo salpicada de tejido humano. Sentí el peso de la cabeza de mi madre en mi regazo y unos sollozos extraños, histéricos brotándome de la garganta. Oí sirenas de policía en la calle y la sangre que me zumbaba en los oídos.
—¿Quizá prefieres que te acompañe a tu habitación, Stella? —dijo la mujer, sacándome de mis recuerdos.
Sentí que me tambaleaba y Price me sujetó por el codo.
—Llevémosla adentro. Ha sido un viaje largo. Una noche de descanso hará maravillas.
—No —dije, recobrándome lo suficiente para desasirme de él.
—Stella...
—¿Qué quiere de mí? —le espeté, encarándome con él—. ¿Quiere que beba limonada y me comporte como si todo esto fuera normal? No quiero estar aquí. Yo no he pedido esto. Todo lo que conozco ha desaparecido. ¡Nunca... nunca se lo perdonaré! —barboté las palabras antes de que me diera cuenta. Tenía el cuerpo tenso y sudoroso. Me froté los ojos, negándome a llorar. Al menos hasta que estuviera sola y pudiera correr el riesgo de desmoronarme. Me clavé las uñas con fuerza en la palma de la mano para arrancar el dolor de mi corazón y concentrarlo en un lugar más soportable.
Antes de llevar mi equipaje hasta la casa, vi a la mujer, Carmina, apretando los labios, y a Price dedicándole una mueca de disculpa como diciéndole que el comportamiento adolescente era impredecible. Me daba igual lo que pensaran. Si creían que estaba siendo egoísta y difícil, seguramente tenían razón. Y si convertía aquel verano en un infierno para Carmina, tal vez me dejaría marcharme antes para vivir por mi cuenta. No era la peor idea que había tenido.
Price subió rápidamente los peldaños del porche y sujetó la puerta con malla metálica para dejarme pasar.
—Quizá será mejor posponer la visita a la casa hasta mañana. Puede que lo que necesite ahora sea dormir —dijo Carmina.
—No puedo ser el único que está agotado —convino Price de inmediato.
Yo no estaba cansada, pero tenía tantas ganas de encerrarme tras una puerta como ellos, así que no discutí. Me daba igual que me hiciera parecer obediente. Carmina tardaría muy poco en darse cuenta de que, por mucho que el Departamento de Justicia me hubiera dado una nueva vida y una tapadera, yo no iba a fingir que estaba de acuerdo con todo aquello.
El interior de la casa olía a agua de rosas. El bonito papel estampado en flores de las paredes se iba despegando, y en la sala de estar vislumbré unos sofás de raída pana azul. Sobre la chimenea colgaba la cabeza de una especie de ciervo con astas. Jamás había visto nada tan rústico y hortera.
Carmina encabezó la marcha por la gastada escalera. En la pared había agujeros de clavos, pero los retratos se habían quitado. Por primera vez sentí curiosidad sobre Carmina. Quién era. Por qué vivía sola. Si antes tenía familia y qué había pasado con ella. Pero deseché las preguntas al instante. Aquella mujer no significaba nada para mí. Era una sustituta de mi madre proporcionada por el gobierno hasta que yo cumpliera los dieciocho años a finales de agosto y legalmente pudiera vivir por mi cuenta.
Al final de la escalera, Carmina abrió una puerta.
—Dormirás aquí. Hay toallas limpias en la cómoda y lo básico para el aseo personal en el cuarto de baño de al lado. Mañana podemos pasar por la tienda y comprar lo que haga falta. El desayuno es a las siete en punto. ¿Alguna restricción en la dieta que deba conocer? ¿No serás alérgica a los cacahuetes, no?
—No.
—Pues hasta mañana entonces —dijo ella, asintiendo complacida—. Que duermas bien.
Carmina cerró la puerta y yo me senté en el borde de la cama individual. Los muelles emitieron un chirrido discordante. La ventana estaba abierta y entraba una brisa cálida y húmeda. Me pregunté por qué Carmina no ponía el aire acondicionado. No pensaría dejar las ventanas abiertas todas las noches, ¿no? ¿Eso era seguro?
Cerré la ventana, eché el pestillo y corrí las cortinas de algodón azul de un tirón, pero inmediatamente el aire caliente se hizo sofocante. Me levanté el pelo para abanicarme el cuello. Luego me quité la ropa y me dejé caer de nuevo en la cama.
La habitación era pequeña, con las dimensiones justas para dar cabida a la cama y la cómoda de roble. El techo a dos aguas hacía que las paredes parecieran cernirse aún más sobre mí. Seguí con la mirada el rastro de rectángulos azules en el techo deslucido donde los pósters, ahora desaparecidos, habían conservado el color original de la pintura. Pintura azul, cortinas azules, sábanas azules. Y un polvoriento guante de béisbol en el estante superior del armario abierto. Allí debía de haber vivido un chico. ¿Adónde se habría ido?
A algún lugar muy lejano, sin duda. En cuanto yo cumpliera los dieciocho también me iría lejos de aquel lugar.
Metí la mano en el bolsillo delantero de mi maleta y saqué un puñado de cartas. Contrabando. Se suponía que no debía llevar conmigo nada de mi antigua vida, nada que constituyera una prueba de que procedía de Filadelfia, y sentí la emoción de aquella pequeña rebeldía, aunque fuera accidental. Llamadme sentimental, pero últimamente llevaba conmigo las cartas de Reed a todas partes. Cuanto más inestable se iba volviendo mi vida familiar, más consuelo encontraba en ellas. Cuando me sentía sola, me recordaban que tenía a Reed. Él me quería. Él me apoyaba. Hasta hacía tres noches, tenía las cartas guardadas en el bolso. Las había pasado a la maleta para evitar que las descubrieran. Algunas eran recientes, pero otras se remontaban a dos años atrás, cuando Reed y yo habíamos empezado a salir juntos. Prometiéndome a mí misma racionarlas, agarré una de las primeras y devolví el resto a su escondite.
ESTELLA,
NO SÉ SI ALGUIEN TE HABRÁ DEJADO ALGUNA VEZ UNA NOTA DEBAJO DEL LIMPIAPARABRISAS, PERO ME HA PARECIDO QUE SERÍA DE LA CLASE DE COSAS QUE TE PARECERÍA ROMÁNTICA.
¿RECUERDAS AQUELLA NOCHE EN EL TREN, CUANDO NOS CONOCIMOS? NO TE LO HE DICHO NUNCA, PERO TE HICE UNA FOTO A ESCONDIDAS. FUE ANTES DE QUE TE DEJARAS EL MÓVIL EN EL ASIENTO Y YO FUI TRAS DE TI PARA DÁRTELO (TODO UN HÉROE QUE SOY). BUENO, EL CASO ES QUE FINGÍA MANDAR MENSAJES PARA QUE NO TE DIERAS CUENTA DE QUE TE HACÍA UNA FOTO. AÚN LA TENGO EN EL MÓVIL.
TE QUIERO. AHORA HAZME EL FAVOR DE DESTRUIR ESTO PARA QUE PUEDA CONSERVAR LA DIGNIDAD INTACTA.
XREED
Apreté la carta contra mi pecho y noté que se relajaba mi respiración. Por favor, que pueda volver pronto a verlo, rogué en silencio. No sabía cuánto tiempo me servirían las cartas para seguir adelante. Pero la carta de aquella noche había cumplido con su cometido; la sensación de soledad abandonó mi cuerpo, dejándome con un profundo agotamiento físico.
Me tumbé de lado esperando dormirme enseguida. En cambio, cada vez era más consciente de la silenciosa quietud. Era un sonido vacío, esperando a ser llenado. Mi imaginación no perdió el tiempo inventando explicaciones para los leves crujidos de las paredes, que se encogían al disiparse el calor diurno. No podía borrar de mi mente la imagen de los negros ojos de Danny Balando cuando acabé sumiéndome en un intranquilo sueño.
3
3
El ruido sordo de un cortacésped entraba por la ventana del dormitorio, que había abierto en medio de la noche tras despertarme mareada de calor y bañada en sudor. El zumbido del motor se fue acercando, pasó justo debajo de la ventana y se alejó hacia el extremo más alejado del césped. Entreabrí un ojo soñoliento y encontré el reloj de la mesita de noche.
Al instante me sentí invadida por la ira y la indignación. Aparté las sábanas de una patada, asomé la cabeza por la ventana y grité:
—¡Eh! ¿Ha visto la hora que es?
El tipo que empujaba el cortacésped no me oyó. Cerré la desvencijada ventana con un golpe. Amortiguó el ruido mínimamente.
Le hice la peineta al tipo. No lo vio. Los primeros rayos del amanecer asomaban por detrás de él, iluminando miles de motas de polen y mosquitos que zumbaban en torno a su cabeza como un halo, mientras empujaba el cortacésped por el jardín de Carmina. Tenía la punta de las botas manchadas de verde por la hierba, y llevaba un sombrero vaquero tostado calado sobre los ojos. También llevaba auriculares en las orejas y le vi mover los labios siguiendo la letra de una canción.
Me metí un camisón por la cabeza y salí al pasillo.
—¿Carmina? —Caminé silenciosamente hasta el final del pasillo y llamé a la puerta de su dormitorio.
La puerta se entreabrió.
—¿Qué ocurre? ¿Qué quieres?
Su habitación estaba tan oscura que no le veía la cara, pero detecté la preocupación en su voz y oí que buscaba algo a tientas en el suelo, seguramente la ropa.
—Hay alguien cortando el césped.
Ella dejó caer la ropa y se enderezó.
—¿Y?
—Solo son las cinco.
—¿Me has despertado para decirme qué hora es?
—No puedo dormir. Hace demasiado ruido.
Los muelles del colchón crujieron cuando ella se sentó en la cama, dejando escapar un suspiro de exasperación.
—Chet Falconer. Vive carretera adelante. Quiere acabar el trabajo antes de que apriete el calor. Bien por él. ¿No tienes uno de esos aparatitos de música? Ponte una canción y no le oirás.
—No me permitieron traerme el iPhone.
—Un iPhone no es lo único por aquí con lo que se puede escuchar música. Prueba en el cajón de abajo de la cómoda de tu habitación. Y ahora vuelve a la cama, Stella.
Se inclinó hacia delante y me cerró la puerta en las narices.
Erguí la espalda y volví a mi habitación caminando envarada. Eché una mirada malévola por la ventana, observando a Chet Falconer mientras terminaba otra hilera y le daba media vuelta al cortacésped. Desde aquel ángulo no podía verle la cara, pero una mancha de sudor le había empapado la parte delantera de la blanca camiseta, y cuando se detuvo para enjugarse la cara con la manga, el borde de la camiseta se levantó, dejando al descubierto un firme estómago. Tenía los brazos bronceados y musculosos, y daba golpecitos con el pulgar en el mango del cortacésped para seguir el ritmo de la música que estuviera escuchando. Era obvio que había empezado la mañana bebiéndose una cafetera entera. Dado que yo no podía decir lo mismo, me limité a mirarle con el ceño fruncido. Sentí la tentación de abrir la ventana y gritarle alguna obscenidad, pero entre los auriculares y el cortacésped era imposible que me oyera.
Me tumbé boca abajo sobre la cama y apreté la almohada fuertemente sobre mi cabeza. El cortacésped seguía zumbando a través del cristal de la ventana como un insecto furioso. Siguiendo el consejo de Carmina, abrí de un tirón el cajón inferior de la cómoda y estuve a punto de atragantarme de risa.
Dentro había un walkman Sony, con radio AM/FM y reproductor de casetes. Le soplé encima para quitarle el polvo, pensando que no había viajado hasta Nebraska sino al siglo anterior.
Revisé las cintas de casete esparcidas por el fondo del cajón, leyendo las etiquetas escritas a mano: Poison, Whitesnake, Van Halen, Metallica.
¿Carmina tenía un hijo? ¿Era aquel su dormitorio antes de que, sabiamente, se hubiera pirado de Thunder Basin?
Elegí Van Halen, porque era la única cinta que no necesitaba rebobinarse. Le di al play, me acurruqué bajo las sábanas y subí el volumen hasta que dejé de oír el zumbido del cortacésped de Chet Falconer.
Bajé a la cocina a las diez, siguiendo el olor a bacón y huevos para encontrar el camino. No recordaba la última vez que había comido bacón con huevos. En Disneylandia, seguramente, cuando tenía siete años, acompañando unas tortitas en forma de Mickey Mouse. La idea de comer en una mesa con platos auténticos, por no hablar de que alguien cocinara para mí, era impensable. Mi desayuno normal consistía en un latte con leche desnatada y gachas de avena integral del Starbucks. Me lo tomaba en el coche de camino a clase.
Cuando entré en la cocina, encontré la mesa limpia y la comida había desaparecido. A través de la puerta con malla metálica que conducía a la parte de atrás, vi a Carmina de rodillas en el jardín, arrancando malas hierbas. A juzgar por la enorme pila que tenía al lado, llevaba allí un buen rato.
—Creo que me he perdido el desayuno —dije, acercándome.
—Eso parece —replicó sin alzar la vista.
—¿Me ha guardado algo?
—Que yo sepa, el bacón y los huevos no saben bien fríos.
—Vale, lo capto. Si te duermes, te lo pierdes —dije, encogiéndome de hombros. Si creía que iba a salirse con la suya matándome de hambre, es que no tenía mucha experiencia como madre. Yo podía pasar perfectamente con una taza de café. No sería la primera vez—. ¿Cuándo se come?
—Cuando hayamos ido a presentar unas cuantas solicitudes para trabajos de verano.
—No quiero trabajar.
—Las clases han terminado, así que la mayoría de los trabajos de verano ya se ha cubierto, pero algo te encontraremos —prosiguió ella.
—No quiero trabajar —repetí con mayor firmeza. Jamás había trabajado. Mi familia no era de dinero (no vivíamos en una gran finca en la Main Line, y no podía vestirme habitualmente al estilo de Jackeline Onassis), pero tampoco vivíamos al día. Mi madre había sido presentada en sociedad en Knoxville, y aunque se había gastado todo lo que podía considerarse como su dote, para ella era importante mantener las apariencias. Simplemente no podía permitir que me vieran trabajando. Mi padre era director en una empresa de capital riesgo, y tras divorciarse de mi madre hacía más de dos años, la había dejado con dinero suficiente para que no tuviera que trabajar. Hasta hacía unos cuantos días, yo vivía con mi madre en un barrio residencial, en una bonita casa de piedra gris ubicada al final de una larga calle sin salida flanqueada de árboles. Dadas las circunstancias, no había tenido la motivación ni el deseo de sudar la gota gorda por el salario mínimo.
Y desde luego no estaba acostumbrada a recibir órdenes. Mi madre era más una compañera de piso que una madre; a menudo éramos como barcos que se cruzan en la noche. Hacía años que nadie me decía qué debía hacer.
Carmina se sentó en cuclillas y me miró de frente.
—¿Qué vas a hacer durante todo el verano, niña? ¿Estar de brazos cruzados compadeciéndote de ti misma? No será bajo mi techo. Una chica de tu edad tiene que aprender a valerse por sí misma.
Me pasé la lengua por los dientes, sopesando mis palabras. Si Carmina quería pelea, podía complacerla. Pero si ella, que era adulta, me incitaba a pelear, parecía lógico pensar que tenía una intención oculta. Quizá creía que si yo me ponía a gritar y a chillar y sacaba de dentro todo mi dolor, de repente me convertiría en una persona nueva. Una persona que quisiera pasar el verano en Thunder Basin. Una persona que quisiera hacerle la vida fácil a Carmina.
—De acuerdo —dije, esforzándome por hablar con serenidad—. ¿Qué tipo de trabajo cree que puedo conseguir?
Carmina frunció el ceño, demostrando que mi suposición era certera. Esperaba que yo me rebelara, que me desahogara descargando mi ira. Quería que lo hiciera. Pues tenía una mala noticia para ella. La poli jubilada había perdido su perspicacia. No me tenía calada. Y a mí no se me ocurría una victoria mayor.
—Bueno —dijo por fin pensativamente—, puedes servir comidas. He oído que el Sundown Diner busca camarera para su drive-in. O podrías trabajar en los maizales; siempre andan buscando peones. Pero es un trabajo duro y caluroso y se trabajan muchas horas por un salario que no es nada del otro mundo.
—De acuerdo —dije, todavía fría y serena—. Voy a darme una ducha y a prepararme.
Al llegar a mi habitación ya había cambiado de opinión sobre el trabajo. Seguramente lo iba a detestar, pero no podía ser peor que estar todo el día en casa sin hacer nada con Carmina. Además, tenía la sensación de que estaba convencida de que una mocosa malcriada y maleducada como yo iba a fracasar en cualquier trabajo manual, estaba dispuesta a demostrarle que se equivocaba. Un trabajo de verano no podía ser tan difícil. Hacer hamburguesas era asqueroso, pero no se necesitaba ser ingeniero. Y si conseguía el trabajo del restaurante, tendría aire acondicionado. Seguro que Nebraska había adoptado semejante comodidad moderna.
Me pareció algo irónico que yo, la típica princesita del castillo de la colina, me viera obligada a adoptar el disfraz que menos deseaba, el de criada pobre y trabajadora. Me pregunté si el alguacil Price y el resto de sus amigos del Departamento de Justicia lo habrían planeado todo para darme una lección de humildad. Seguramente lo encontraban divertido. «Adelante, chicos. Reíros todo lo que queráis. Cuando todo esto termine, seguiréis llevando trajes baratos y tratando con la escoria. Mientras tanto, el gobierno tendrá que descongelar las cuentas de mi familia, yo recuperaré mi dinero, y este humillante verano no será nada más que un recuerdo lejano.»
Media hora más tarde salía del cuarto de baño con los cabellos húmedos y la piel impregnada del olor barato de Ivory. Llevaba unos tejanos cortados y una camiseta blanca sencilla. No me había puesto más maquillaje que unos rápidos toques de crema hidratante y un poco de brillo labial. Aunque había tanta humedad que no necesitaba ninguna de las dos cosas.
Carmina se había trasladado al jardín delantero para seguir arrancando hierbajos. Estaba arrodillada junto al macizo de flores del final del sendero, arrojando hierbajos en un cubo. Cuando cerré de golpe la puerta del porche, alzó la mirada bajo la ancha ala de su sombrero de paja.
—¿Qué clase de trabajo esperas conseguir vestida así? —preguntó, sentándose en cuclillas para examinarme.
—Me da igual.
—Si te da igual, tendrás que conformarte con lo que no quiera nadie más.
—Alguien tiene que hacerlo.
—Veo que las ganas no te faltan. Bueno, pues sube a la camioneta.
En el sendero había una vieja camioneta Ford con la pintura azul desconchada. Me subí en el asiento del copiloto tras abrir con dificultad la pesada puerta. El interior de ambas puertas estaba oxidado y el relleno de espuma asomaba por los asientos rajados. La guantera estaba abierta. Intenté cerrarla, pero el mecanismo de seguridad debía de haberse roto, por lo que la tapa volvió a abrirse de golpe en la misma posición que la había encontrado. Puse los ojos en blanco, esperando que la siguiente sorpresa no fuera una rata correteando por mis pies.
—Estoy impaciente por pedirte prestada esta chatarra —dije sarcásticamente por lo bajini cuando Carmina se acomodó tras el volante.
—Cómprate tú una camioneta. Para eso se gana un salario. —Apretó el pedal del acelerador, giró la llave del contacto y el motor cobró vida—. Me compré esta camioneta con el sueldo de mi primer trabajo. Fue agradable sentirse una mujer independiente. Por nada del mundo te privaría de esa satisfacción.
—¿De qué año es?
—Del 79.
Solté un silbido.
—Es más vieja de lo que pensaba.
—¿Eso es lo que crees? —Se rio con ganas—. Niña, ¿no te ha dicho nadie que eres tan viejo como te sientes? A juzgar por esa cara larga y mustia que tienes, no soy la que tiene que preocuparse.
Cuando bajábamos por el camino de grava que conducía a la calle asfaltada por la que llegaríamos al pueblo, pasamos por delante de una casa de dos plantas de ladrillo rojo a la sombra de un bosquecillo de álamos. Había macetas de flores colgadas en el porche y el estilo arquitectónico tenía el encanto, y el potencial, de una casa de huéspedes rural.
En ese momento, Chet Falconer apareció por una esquina de la casa llevando una caja de herramientas oxidada en una mano y una escala en la otra. Tampoco entonces le veía el rostro, pero reconocí el sombrero vaquero y la camiseta blanca.
—¿Qué edad tiene? —pregunté.
—Diecinueve. —Un segundo después, Carmina me miró a los ojos como si de pronto hubiera percibido algo importante—. Oh, no. Ni hablar. Ni se te ocurra. Ese chico ya tiene suficientes problemas.
—¿Qué clase de problemas?
—Solo hay una clase de problemas, la clase de la que te mantienes alejada —dijo Carmina con un tono que me convenció de que no iba a revelarme nada más, por mucho que insistiera. Pues vale. Sabía ser paciente. Seguramente ella no se daba cuenta de que, al no decirme nada, me convencía más que nunca de seguir indagando sobre nuestro hombre misterioso.
Observé los brazos de Chet exhibiendo músculos al depositar la caja de herramientas sobre el porche y apoyar la escala contra el costado de la casa. Una cosa era segura, tenía un cuerpo estupendo. Tal vez los chicos del campo sabían cómo moldearlo.
—Hace muchas tareas de mantenimiento para tener diecinueve años —dije—. Sus padres deben de ser unos negreros.
Carmina me lanzó una mirada de desaprobación.
—Sus padres murieron. Él es el hombre de la casa. Si no se ocupa de ella, no lo hará nadie.
Me costaba creer que tuviera la casa para él solo. En tres meses, yo podía ser como él y vivir sola en la ciudad que yo eligiera. No podía volver a Filadelfia, pero había otros sitios que me gustaban. Boston encabezaba la lista.
—¿A qué universidad irá en otoño?
—A ninguna.
—¿Se va a quedar en Thunder Basin a cortar céspedes el resto de su vida?
Carmina apartó los ojos de la carretera para mirarme. Vi en ellos un destello. Ira, pesar. Una chispa de dolor.
—¿Te parece mal? —preguntó con frialdad.
—Sí, es de perdedores. Debería irse lo más lejos posible de aquí y conseguir una auténtica vida, un auténtico trabajo.
Carmina no replicó, se limitó a mantener la vista fija al frente, pero yo sabía que había comprendido mi insulto perfectamente. Ser policía en un pueblo de mala muerte como Thunder Basin no era un modo de vida auténtico. Pero el hecho de que permaneciera sentada allí, encajando el desaire con el mentón resueltamente levantado hizo que en cierta manera tuviera la impresión de que aquel asalto lo había ganado ella.
Dedicamos las dos horas siguientes a entrar y salir de locales de comida rápida y cafeterías grasientas que salpicaban las siete manzanas de casas del centro de Thunder Basin. La mayoría de los edificios eran de ladrillo rojo o de hormigón encalado. Una elevada torre de agua y unos cuantos silos de grano constituían el resto del paisaje urbano. En una tienda había clavado un cartel escrito a mano que rezaba: CORTES DE PELO, 7,5 FIADO. Solo la propina de mi corte de pelo habitual en Philly ya triplicaba esa cantidad, pensé fríamente.
Rellené una solicitud en todos los restaurantes, que entregué al encargado. Di mi nombre y mi número de la Seguridad Social falsos, que concordaban con mi pasaporte falso. Carmina me ayudó a rellenar la dirección y el número de teléfono donde podían encontrarme. Marqué las casillas para camarera, friegaplatos y encargada. Me daba igual el trabajo. Los detestaba todos. Pasaría los tres meses siguientes haciendo lo que tuviera que hacer, y luego saldría pitando de allí.
—¿Has visto algo que te guste? —preguntó Carmina durante el trayecto de vuelta.
Miré por la ventanilla la neblina verde que pasaba por delante como un borrón. El terreno era completamente llano, no había colinas que ascender ni valles a los que bajar. La carretera era recta, con pulcras hileras de plantas alzándose a ambos lados, y una cúpula celeste que se cernía sobre mí. Me sentía como una hormiga bajo un vaso. Acalorada, condenada, sin esperanza.
—No.
—Deberías ponerte unos pantalones de vestir y una blusa.
—Nadie los llama ya pantalones de vestir.
—Causan mejor impresión que esos tejanos cortados que enseñan la mitad del muslo.
Me pasé los dedos seductoramente por el muslo hacia arriba.
—Más de la mitad, Carmina. Mucho más de la mitad. Además, no intento impresionar a nadie.
Ella se volvió para mirarme, abriendo los ojos en un gesto teatral.
—No me digas.
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Después de comer, Carmina se fue al grupo de estudio de la Biblia. Me quedé sola en la casa, atrapada. No tenía coche. Solo podía llegar hasta donde me llevaran los pies. Se me ocurrió que si conseguía un trabajo, Carmina tendría que proporcionarme un transporte. No iba a recorrer a pie los ocho kilómetros de ida y vuelta hasta el pueblo. En aquel momento me habría conformado con una bici. Cada vez me convencía más de que tener trabajo no iba a ser la peor manera de pasar el verano.
Vi la camioneta de Carmina alejándose entre sacudidas por la carretera de grava. Dejé caer la cortina de la habitación de mi dormitorio y decidí bajar a ver la televisión. Al menos en la planta baja estaría más fresca. Después de ver la tele, podía sentarme en el columpio del porche a sorber un polo y escuchar a los coyotes. Porque desde luego allí no había nada más que hacer.
Bajé por las escaleras y justo en ese momento, sin más, el pasado se abalanzó sobre mí.
Los traumáticos flashbacks eran más fuertes que los recuerdos. No perdía el conocimiento (estaba consciente), pero los flashbacks eclipsaban mi visión real. Eran muy reales. Y siempre empezaban en el mismo sitio. Era después de la medianoche. Volvía a llegar más tarde de mi hora. No quería arriesgarme a despertar a mi madre (¿a quién quería engañar? Seguro que se había desmayado), así que aparqué el coche más abajo, frente a la casa contigua a nuestra casa de piedra gris. Extrañamente también había un Honda Civic blanco aparcado allí. Los Fogg no dejaban nunca coches aparcados en la calle. Y no tenían un Honda Civic.
Me encogí de hombros y me encaminé rápidamente a la parte posterior de mi casa, hurgando en el bolso en busca de las llaves.
Cuando subí los peldaños de la parte de atrás, me llegó el olor de nuestros setos de boj y de los árboles florecidos. Aunque procuraba estar lo menos posible en casa y evitar a mi madre cuando estaba allí, me encantaba nuestra casa, sobre todo el jardín. Era mi evasión favorita. Holgazaneaba por el jardín, oculta a la sombra de los viejos árboles, soñando despierta mientras escuchaba música de Ben Howard, de los Oh Hellos, o de Boy.
Entré en casa. La luz de la cocina no se encendía. Tampoco la araña del comedor. No se me ocurrió entonces que ocurriera algo malo. Supuse que mi madre había olvidado cambiar las bombillas. A oscuras, me dirigí a tientas a la escalera con paso rápido y ligero. Con suerte no tendría que ver a mi madre hasta el día siguiente.
Cuando pasé por delante de las puertas de cristal biselado de la biblioteca, la vi desplomada en uno de los sillones orejeros de piel. La luz de la luna se filtraba a través de los postigos bañándola en una luz blanca como la cera. Sobre la mesita estaban desperdigados sus accesorios de fiesta, una colorida mezcolanza de pastillas. Empezaba a sentir repugnancia...
Y entonces...
Y entonces mi mirada se desvió hacia las sombras a espaldas de mi madre. Aturdida, contemplé fijamente el cuerpo desplomado de un hombre. Tenía las extremidades extendidas en ángulos extraños. Me acerqué. No quería, pero no pude evitarlo. Seguí caminando hasta encontrarme de pie a su lado, con sus vacíos ojos marrones alzados hacia mí.
En la frente tenía un pulcro agujero de bala.
Salí del flashback jadeando. Busqué a tientas el interruptor de la luz al pie de las escaleras de Carmina, y me sentí aliviada cuando de inmediato la luz ahuyentó la oscuridad.
El muerto estaba en un ataúd a dos metros bajo tierra. Y Danny Balando estaba en la cárcel. No podía hacerme daño. Se había borrado el rastro que me llevaba hasta Thunder Basin; jamás encontraría a Stella Gordon.
Con un frío estremecimiento, volví a subir a mi cuarto y saqué una de las cartas de Reed de la maleta. Lo necesitaba allí conmigo, tranquilizándome, asegurándome que todo iba a salir bien, pero esa noche tendría que conformarme con sus palabras. Me enfurecía que el Departamento de Justicia nos hubiera separado de aquella manera. Iban a hacer posible que mi madre se reuniera conmigo; entonces, ¿por qué no lo hacían también con Reed? De haber podido elegir, habría preferido vivir con él. Ni siquiera habría tenido que pensarlo.
ESTELLA,
ANOCHE ME PELEÉ CON MI PADRE. FUE TRISTE. AHORA QUE TENGO 17 AÑOS, ME ESTÁ PRESIONANDO PARA QUE ME ALISTE. HACE AÑOS QUE LE DIGO QUE NO PIENSO SEGUIR SUS PASOS, PERO ÉL SE NIEGA A ESCUCHARME. FUI A TU CASA PARA PASAR AHÍ LA NOCHE, PERO NO ESTABAS Y NO CONTESTAS AL MÓVIL. LLÁMAME CUANDO RECIBAS ESTO. ESPERO QUE NO TE MOLESTE QUE ME PRESENTE AHÍ CADA DOS POR TRES. DETESTO ESTAR EN MI CASA. CUANDO ESTOY AQUÍ, MI PADRE NO ME DEJA EN PAZ. DESPUÉS DE LA PELEA, ME DIJO QUE SI ME IBA NO ME DEJARÍA VOLVER A ENTRAR. BUENO, PUES ME FUI. NO SÉ QUE VA A OCURRIR AHORA. ANTES ESPERABA QUE MI MADRE ME DEFENDIERA, PERO SÉ QUE NUNCA LO HARÁ. SIEMPRE SE ESCONDE, SE METE EN LA CAMA USANDO LA FIBROMIALGIA COMO EXCUSA PARA NO INVOLUCRARSE. ES UNA ENFERMEDAD, PERO TAMBIÉN ES SU MECANISMO DE HUIDA. TIENE QUE ENFRENTARSE A ELLA Y DE ESTE MODO NO TIENE QUE ENFRENTARSE A NOSOTROS. OJALÁ TUVIERA DINERO SUFICIENTE PARA IRME A VIVIR POR MI CUENTA. ALGÚN DÍA LO HARÉ. Y TE LLEVARÉ CONMIGO.
XREED
Me dolía recordar nuestros planes. Íbamos a escaparnos y a iniciar una nueva vida juntos. Ahora no sabía si volvería a verlo. Reed podía estar en Kentucky o en Kansas. Jamás lo sabría. A menos que fuera en su busca.
Y podía hacerlo, porque sabía cómo encontrarlo.
El alguacil Price había dejado muy claro que no debía jamás, bajo ninguna circunstancia, tratar de ponerme en contacto con ninguna persona de mi vida anterior. Danny Balando y sus peligrosos esbirros no dejarían nunca de buscarme. Solo podrían encontrarme si yo rompía las reglas.
Sabía que ponerme en contacto con Reed era romper las reglas, pero él ya no estaba en Philly. Estaba también en el WITSEC, el programa de protección de testigos. Se habían eliminado sus vínculos con la ciudad, y si los alguaciles habían hecho un trabajo la mitad de bueno haciéndole desaparecer como el que habían hecho conmigo, poniéndome en contacto con Reed no iba a dar ninguna pista a los hombres de Balando sobre mi paradero.
No había visto ningún ordenador en casa de Carmina, y de todas formas no lo habría utilizado. Si quería seguir adelante con aquello, no podía dejar ningún rastro. Antes en el pueblo había visto letreros indicando la dirección de la biblioteca pública. Estaba demasiado lejos para ir andando aquella noche, pero imaginaba que Carmina tendría alguna bicicleta guardada en algún rincón del desvencijado establo que había detrás de la casa. No sabía cuánto duraba el estudio de la Biblia, pero sin duda disponía al menos de una hora.
Atravesé corriendo el jardín de atrás, matando mosquitos a manotazos, abrí las puertas del establo de par en par y paseé la mirada por aquel inmenso espacio. El aire olía a moho y a heno. Y a gasolina. Estaba segura de que el olor a gasolina procedía del gran automóvil oculto bajo una lona que se encontraba al fondo del establo. Alcé la lona y vi que Carmina disponía de un viejo Ford Mustang. Tenía un feo color marrón y había un puñado de avispones muertos sobre el salpicadero, pero no iba a ponerme quisquillosa. ¿Qué posibilidades había de que lograra ponerlo en marcha?
Carmina había dejado las llaves en el asiento del conductor, así que me fue muy fácil encontrarlas.
Tras unos cuantos intentos, el motor del Mustang se encendió con un quejido y el aire se llenó de olor a gasolina quemada. Carmina no me permitía tomar prestada la camioneta, pero no me había dicho nada de no conducir el Mustang.
Me sabía el camino al pueblo, que era todo recto una vez se enfilaba la carretera asfaltada al llegar al final del sendero de grava de Carmina. Una vez en el pueblo, no me costó nada encontrar la biblioteca. Solo había otros tres coches en el aparcamiento, así que tenía dónde escoger. Resultaba raro no tener que recorrer todo el aparcamiento y dar varias vueltas a las calles de los alrededores en busca de un lugar donde aparcar. En Philly casi nunca iba al centro en coche por esa razón. Era mucho más cómodo ir en tren.
Solicité el carnet de la biblioteca en la recepción. Tras comprobar la foto y la dirección de mi pasaporte, la bibliotecaria me dio un carnet provisional. El definitivo me llegaría por correo en un par de semanas. Carmina no sospecharía nada. Le diría que me gustaba leer, lo que era cierto.
Encontré un ordenador desocupado y me metí en Internet. Poco después de que Reed y yo hubiéramos empezado a salir juntos, él había abierto una cuenta privada de e-mail a la que ambos teníamos acceso. En lugar de enviarnos correos, nos escribíamos borradores para que el otro los leyera. Los borradores los eliminábamos después de leerlos. Reed había leído en un artículo que era una técnica que usaban los espías, y aunque a mí me parecía un poco exagerado, no me opuse. Su padre era militar, del ejército. La educación que recibes te determina. Al principio usábamos el correo regularmente... luego lo olvidamos por completo.
Con unos pocos y rápidos pasos, accedí a la cuenta privada de e-mail: Phillies60@gmail.com. La carpeta de borradores estaba vacía.
Intenté no desanimarme. Esperaba encontrar un nuevo mensaje, sobre todo porque Reed me había recordado la cuenta secreta el día anterior por la mañana, antes de abandonar el motel. Quería hacerle saber que estaba bien, así que redacté un breve e-mail.
He llegado sana y salva. Bueno, quizá lo segundo no tanto. Deberías ver este lugar. Casi preferiría estar muerta. Dime algo para saber que estás bien.
Releí mis palabras con cuidado, asegurándome de que eran completamente inofensivas y no suponían ninguna amenaza para mí en el improbable caso de que alguien las interceptara, luego tecleé una breve posdata:
P.D. Han metido a mi madre en desintoxicación. A saber cómo acabará la cosa.
Guardé el borrador y cerré la sesión.
Resoplé. Ahora tendría que ser paciente, virtud que nunca me había gustado y que menos aún había sabido practicar.