Créditos

Título original: Black Ice

Traducción: Victoria Morera

1.ª edición: noviembre, 2014

© 2014 by Becca Fitzpatrick

© Ediciones B, S. A., 2014

para el sello B de Bolsillo

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

DL B 20065-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-904-6

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

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Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Agradecimientos

Abril

Un año después

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Un año después

Epílogo

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Dedicatoria

Para Riley y Jace,

quienes me cuentan historias

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Agradecimientos

Agradecimientos

Esta novela ha sido escrita por muchas manos.

Gracias a Zareen Jaffery, mi editora, por tu sabiduría y dedicación. Algunas de las mejores partes de esta novela son mérito tuyo.

Christian Teeter y Heather Zundel, una escritora no podría tener unas primeras lectoras ni hermanas mejores. Nunca me preocupó que no me dijerais, exactamente, lo que opinabais de Hielo negro. Al fin y al cabo, siempre, desde que era pequeña, me habéis dicho lo que opináis sobre mi ropa, mi cabello, mis novios y mis gustos sobre la música y el cine. ¡Sois lo mejor de lo mejor!

No puedo dejar de mencionar a Jenn Martin, mi asistente, cuyo cerebro funciona de un modo muy diferente al mío: el suyo es organizado. Jenn, gracias por ocuparte de todo lo demás para que yo pudiera concentrarme en escribir.

Gracias a mis amigos de Simon & Schuster. Entre ellos, a Jon Anderson, Justin Chanda, Anne Zafian, Julia Maguire, Lucy Ruth Cummins, Chrissy Noh, Katy Hershberger, Paul Crichton, Sooji Kim, Jenica Nasworthy y Chava Wolin. No podría haber encontrado un equipo editor mejor. ¡Chocad esos cinco y un montón de abrazos a todos!

Katherine Wiencke, gracias por corregir Hielo negro.

Como siempre, valoro la perspicacia y visión para los negocios de mi agente, Catherine Drayton. Y, hablando de agentes, también tengo el placer de trabajar con la mejor agente de derechos en el extranjero de la industria. Gracias, Lyndsey Blessing, por poner mis novelas a disposición de los lectores en otras partes del mundo.

Erin Tangeman, del bufete de abogados Nebraska Attorney General’s Office, merece todas mis alabanzas por su gestión de las cuestiones legales relacionadas con mis novelas. Cualquier error es responsabilidad mía.

Gracias a Jason Hale por la idea de las pegatinas de la pesca con mosca en el parachoques del Wrangler de Britt.

Sé que Josh Walsh, como hombre modesto que es, está cansado de que lo mencione en mis libros, pero valoro profundamente sus conocimientos farmacéuticos.

Por último, querido lector, la verdad es que, en última instancia, esta novela está en tus manos gracias a ti. Nunca te estaré lo bastante agradecida por leer mis novelas.

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Abril

Abril

La oxidada camioneta Chevy se detuvo. Lauren Huntsman se dio un golpe en la cabeza contra la ventanilla del copiloto y se despertó bruscamente.

Parpadeó varias veces con somnolencia. Tenía la cabeza llena de fragmentos rotos y desparramados de recuerdos que, si lograba unirlos, formarían una unidad; una ventana que le permitiría acordarse de lo que había ocurrido aquella noche, pero ahora esa ventana estaba rota en mil pedazos en el interior de su dolorida cabeza.

Se acordaba de una ruidosa música country, de risas estridentes y de un televisor que, colgado de una pared, emitía los momentos más importantes de unos encuentros de la NBA. Una iluminación tenue. Unas estanterías con docenas de botellas de color verde, ámbar y negro.

Negro.

Ella pidió un trago de aquella botella porque le producía una agradable borrachera. Una mano firme vertió el licor en su vaso y ella se lo bebió de un trago.

—Otro —pidió, y dejó el vaso vacío sobre la barra.

Se acordaba de que se había balanceado pegada a las caderas del vaquero mientras bailaban al son de una música lenta. Le quitó el sombrero. Le quedaba mejor a ella. Se trataba de un Stetson negro que hacía conjunto con su ajustado vestido negro, su bebida negra y su humor de perros. Afortunadamente, resultaba difícil estar de malhumor en un antro cutre como aquel. El bar constituía una rara piedra preciosa en el ambiente estirado y cursi de Jackson Hole, Wyoming, donde estaba pasando las vacaciones con su familia. Había salido a hurtadillas y sus padres nunca la encontrarían en aquel lugar. Esta idea fue, para ella, como un faro en el horizonte. Pronto iría demasiado pedo para recordar su aspecto. Sus críticas miradas ya empezaban a diluirse en su memoria, como la pintura aguada que resbala sobre la tela.

Pintura. Color. Arte. Ella había intentado huir allí, a un mundo progresista de tejanos y dedos manchados de pintura, pero ellos no se lo habían permitido y la habían apartado de aquellos ambientes. No querían a una artista de espíritu libre en la familia. Querían una hija con un diploma de Stanford.

Si la quisieran, ella no se pondría vestidos baratos y ajustados que enfurecían a su madre ni se apasionaría por causas que atentaban contra el egoísmo y la rígida y elitista moral de su padre.

Casi deseó que su madre estuviera allí para verla bailar y deslizarse por la pierna del vaquero; cadera con cadera; mientras le murmuraba al oído las cosas más escandalosas que se le ocurrían. Solo dejaron de bailar cuando él se fue a la barra para conseguirle otra copa. Ella habría jurado que sabía de un modo diferente a las anteriores. O quizás estaba tan pedo que se imaginaba que tenía un sabor amargo.

Él le preguntó si quería ir a algún lugar privado.

Lauren solo titubeó durante unos segundos. Si su madre lo desaprobaría, entonces la respuesta era obvia.

La portezuela del copiloto se abrió y la visión de Lauren dejó de balancearse el tiempo suficiente para centrarse en el vaquero. Por primera vez, se fijó en que tenía el puente de la nariz torcido. Probablemente, era un recuerdo de una pelea de bar. Saber que tenía un carácter explosivo debería haber hecho que lo deseara más, pero, extrañamente, deseó conocer a un hombre que supiera dominarse en lugar de dejarse llevar por arrebatos infantiles. Este era el tipo de actitud civilizada que su madre defendería. Lauren se fustigó interiormente y culpó al cansancio de su irritante sensiblería. Necesitaba dormir. ¡Pero ya!

El vaquero le quitó el Stetson y volvió a ponérselo sobre su enmarañado pelo rubio.

—Quien lo encuentra, se lo queda —quiso protestar ella, pero las palabras no salieron de su boca.

Él la levantó del asiento y la colgó de su hombro. Se le subió la falda del vestido y ella intentó bajarla, pero las manos no le obedecían. Notaba la cabeza tan pesada y frágil como uno de los jarrones de cristal de su madre. De repente, y de una forma alucinante, su cabeza se volvió más ligera y pareció separarse de su cuerpo. No recordaba cómo había llegado hasta allí. ¿Había sido en una camioneta?

Lauren contempló los talones de las botas del vaquero, que avanzaban por la embarrada nieve. Su cuerpo rebotaba con cada paso, lo que hacía que se le revolviera el estómago. El aire helado y el penetrante olor de los pinos hicieron que le escociera el interior de la nariz. Las cadenas de un columpio rechinaron y el viento silbó levemente en la oscuridad. Aquel sonido la hizo suspirar. Y estremecer.

Lauren oyó que el vaquero abría una puerta. Intentó mantener los párpados abiertos el tiempo suficiente para percibir su entorno. Por la mañana, llamaría a su hermano y le pediría que fuera a buscarla. ¡Siempre que pudiera darle alguna indicación!, pensó irónicamente. Su hermano la llevaría de vuelta al hotel. Le daría una bronca por ser alocada y autodestructiva, pero iría a buscarla. Siempre lo hacía.

El vaquero la dejó de pie y la agarró por los hombros hasta que se mantuvo en equilibrio. Lauren miró lentamente alrededor. Estaba en una cabaña. Él la había llevado a una cabaña de troncos. El salón en el que se encontraban estaba amueblado con muebles rústicos de madera de pino, del tipo que parecían horteras en cualquier lugar menos en una cabaña. Una puerta abierta que se hallaba situada al fondo del salón conducía a un pequeño trastero cuyas paredes estaban cubiertas de estanterías de plástico. El trastero estaba vacío salvo por un poste que iba del suelo al techo y una cámara con trípode que lo enfocaba.

A pesar del aturdimiento que sentía, el miedo se apoderó de Lauren. Tenía que pirarse. Algo muy malo iba a suceder.

Pero sus pies no la obedecieron.

El vaquero la colocó de espaldas al poste y, cuando la soltó, las piernas de Lauren se doblaron. Los tacones de aguja de sus zapatos se rompieron cuando sus piernas se estiraron en el suelo. Estaba demasiado borracha para volver a ponerse de pie. La cabeza le daba vueltas y parpadeó frenéticamente mientras intentaba localizar la puerta del trastero. Pero cuanto más se esforzaba en concentrarse, más deprisa giraba la habitación a su alrededor. Sintió náuseas y se inclinó a un lado para que el vómito no le manchara el vestido.

—Te dejaste esto en el bar —declaró el vaquero, y le puso su gorra de béisbol de los Cardinals.

La gorra se la había regalado su hermano unas semanas antes, cuando la admitieron en Stanford. Seguramente, sus padres se lo habían contado. De una forma sumamente sospechosa, se la regaló poco después de que ella les anunciara que no pensaba ir a Stanford ni a ninguna otra universidad. Su padre se puso tan rojo y contuvo tanto la respiración que Lauren creyó que le saldría humo de las orejas como a un personaje de dibujos animados.

El vaquero le raspó la mejilla con los nudillos de la mano mientras le quitaba la cadena de oro que colgaba de su cuello.

—¿Es valioso? —le preguntó mientras examinaba de cerca el medallón con forma de corazón.

—... mío —declaró ella a la defensiva.

Podía quitarle su apestoso Stetson, pero el medallón era de ella. Sus padres se lo habían regalado doce años atrás, la noche de su primer espectáculo de ballet. Fue la primera y única vez que aprobaron una de sus iniciativas. Era la única prueba de que, en el fondo, ellos la querían. Aparte del ballet, su infancia había estado dominada y moldeada por ellos.

Dos años antes, cuando ella tenía dieciséis, empezó a tener una visión de la vida propia. Arte, teatro, música indie, provocación, danza contemporánea, manifestaciones con activistas políticos e intelectuales que dejaron la universidad para realizar estudios alternativos (¡nada de marginados!) y un novio con una mente brillante y torturada que fumaba hierba y garabateaba poesía en las paredes de las iglesias, los bancos de los parques, los coches y en la hambrienta alma de Lauren.

Sus padres dejaron clara su oposición al nuevo estilo de vida de Lauren. Respondieron con toques de queda más severos, normas más estrictas, menos libertad y más represión. La rebeldía fue la única manera que se le ocurrió de plantarles cara. Lloró cuando abandonó el ballet, pero lo hizo porque quería hacerles daño. No podían elegir las partes o aspectos de ella que querían. O la aceptaban incondicionalmente, o la perderían por completo. Este fue el trato. Cuando cumplió dieciocho años, su determinación era firme como el hierro.

—... mío —repitió.

Tuvo que hacer uso de toda su capacidad de concentración para pronunciar esta palabra. Tenía que recuperar el medallón y tenía que pirarse. Lo sabía. Pero una extraña sensación se había apoderado de ella; era como si, a pesar de ver lo que ocurría, no sintiera ninguna emoción.

El vaquero colgó el medallón en el pomo de la puerta y, cuando tuvo las manos libres, le ató las muñecas con una áspera cuerda. Apretó el nudo y Lauren realizó una mueca de dolor. No podía hacerle esto, pensó ella con un sentimiento de desapego. Había accedido a ir allí con él, pero no había accedido a aquello.

—Suél...tame —balbuceó.

Su exigencia sonó tan débil y poco convincente que Lauren se ruborizó. Le encantaba el lenguaje; todas las palabras que guardaba en su interior: palabras bonitas, claras, cuidadosamente elegidas, vigorizantes... Deseó sacarlas de su mente en aquel instante, pero cuando hurgó en su interior, solo encontró un agujero. Las palabras habían caído de su desordenado cerebro.

Inclinó el cuerpo hacia delante, pero fue inútil. Él la había atado al poste. ¿Cómo conseguiría recuperar el medallón? La idea de perderlo para siempre hizo que el pánico creciera en su interior. ¡Si su hermano le hubiera devuelto la llamada! Para ponerlo a prueba, le había dejado un mensaje en el que le decía que iba a salir de copas. Lo ponía a prueba continuamente, casi todos los fines de semana, pero aquella era la primera vez que él no respondía su llamada. Ella necesitaba saber que se preocupaba por ella hasta el punto de impedir que cometiera una estupidez.

¿La había dado finalmente por perdida?

El vaquero se iba. Cuando llegó a la puerta, levantó ligeramente el ala de su Stetson. La miró con suficiencia y codicia. Lauren se dio cuenta de la enormidad de su error. Ella ni siquiera le gustaba. ¿Le haría chantaje amenazándola con difundir unas fotos comprometedoras? ¿Por eso había una cámara en la habitación? Debía de saber que sus padres pagarían lo que fuera para evitarlo.

—Tengo una sorpresa para ti en el cobertizo que hay en la parte de atrás —comentó él arrastrando las palabras—. No te largues de aquí, ¿me oyes?

Lauren empezó a respirar deprisa y caóticamente. Quería explicarle lo que pensaba de su sorpresa. Pero sus ojos se cerraron un poco más y cada vez le costaba más volver a abrirlos. Se echó a llorar.

Ya se había emborrachado otras veces, pero nunca como ahora. Seguramente, él la había drogado. Debió de echar algo en su bebida que la hacía sentirse torpe y confusa. Frotó la cuerda contra el poste. O lo intentó. El sueño hacía que le costara moverse. Tenía que evitar dormirse. Algo terrible sucedería cuando él regresara. Tenía que convencerlo de que no lo hiciera.

Antes de lo que esperaba, su figura oscureció el vano de la puerta. Las luces del salón lo iluminaban por detrás y proyectaban una sombra que lo doblaba en altura en el suelo del trastero. Se había quitado el Stetson y parecía más robusto de lo que recordaba, pero no fue en eso en lo que Lauren se fijó. Su mirada se dirigió a las manos de él. Tiraba de una cuerda entre ellas, como si quisiera comprobar que resistiría.

Se acercó a ella y, con manos agitadas, le rodeó el cuello con la cuerda. Estaba detrás de ella y utilizó la cuerda para presionar su cuello contra el poste. Unas lucecitas brillaron en el interior de los párpados de Lauren. Él tiraba de la cuerda con fuerza. Ella supo, instintivamente, que estaba nervioso y excitado. Lo notó en el intenso temblor de su cuerpo. Percibió los jadeos entrecortados de su respiración, que cada vez era más intensa, pero no debido al esfuerzo, sino a la adrenalina. El terror hizo que se le revolviera el estómago. Él estaba disfrutando. Un extraño sonido ahogado llenó sus oídos y se dio cuenta, horrorizada, de que se trataba de su voz. El sonido pareció asustarlo. Soltó una maldición y tiró de la cuerda con más fuerza.

Ella gritó una y otra vez interiormente. Gritó mientras la presión en su garganta aumentaba y la arrastraba al borde de la muerte.

Él no quería fotografiarla. Quería matarla.

No permitiría que aquel espantoso lugar fuera su último recuerdo. Cerró los ojos, se desmayó y se sumergió en la oscuridad.

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Un año después

Un año después

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Si me moría, no sería por hipotermia.

Llegué a esta conclusión mientras apretujaba el saco de dormir de plumas de ganso en la parte trasera del Wrangler y lo sujetaba junto con las cinco bolsas de ropa y equipo, las mantas polares, los forros de seda para los sacos de dormir, las botas de montaña y las esterillas. Cuando estuve convencida de que nada saldría volando durante el viaje de tres horas a Idlewilde, cerré la puerta trasera del jeep y me limpié las manos en mis shorts tejanos.

La voz melodiosa de Rod Stewart cantó en mi móvil: «If you want my body...» Yo retuve la llamada para cantar con él: «... and you think I’m sexy.» Al otro lado de la calle, la señora Pritchard cerró de golpe la ventana de su salón, pero yo, sinceramente, no podía desperdiciar un tono de llamada perfecto.

—Hola, tía —me saludó Korbie mientras hacía explotar un globo de chicle—. ¿Vienes o qué?

—Solo hay un pequeño problema. El jeep está a tope —le expliqué mientras exhalaba un suspiro exagerado. Korbie y yo éramos amigas íntimas de toda la vida, aunque nos tratábamos más bien como hermanas. Tomarnos el pelo formaba parte de la relación—. Ya he metido los sacos de dormir y el equipo, pero tendremos que dejar una de las bolsas, la azul marino con asas rosa.

—¡Si no llevas mi bolsa, ya puedes despedirte de mi jodido dinero para la gasolina!

—¡Sabía que utilizarías la carta de niña rica!

—Si lo soy, ¿por qué esconderlo? En cualquier caso, deberías culpar a toda la gente que se divorcia y contrata a mi madre para el papeleo. Si la gente arreglara sus asuntos con un simple beso, mi madre estaría en el paro.

—Entonces tendrías que mudarte. En lo que a mí concierne, el divorcio mola.

Korbie se rio.

—Acabo de llamar a Bear. Ni siquiera ha empezado a empacar sus cosas, pero me ha prometido que se reunirá con nosotras en Idlewilde antes de que anochezca.

La familia de Korbie era la propietaria de Idlewilde, una pintoresca cabaña situada en el parque nacional Grand Teton, y, durante la semana siguiente, Idlewilde sería lo más cerca que estaríamos de la civilización.

—Le he dicho que si tengo que sacar a los murciélagos de los aleros yo sola, puede estar seguro de que tendrá unas largas y castas vacaciones de primavera —continuó Korbie.

—Todavía me alucina que tus padres te dejen pasar las vacaciones con tu novio.

—Bueno... —empezó Korbie titubeante.

—¡Lo sabía! ¡Sabía que escondías algo!

—Calvin irá de carabina.

—¿Qué?

Korbie realizó un sonido gutural.

—Viene a casa para las vacaciones de primavera y mi padre lo obliga a acompañarnos. No he hablado con él, pero probablemente estará cabreado. Odia que nuestro padre le organice la vida. Sobre todo ahora que ya está en la universidad. Estará de un humor de perros y seguro que la tomará conmigo.

Me flaquearon las rodillas y me apoyé en el parachoques del jeep. Respirar me dolía. De repente, el fantasma de Calvin estaba por todas partes. Me acordé de la primera vez que nos besamos. Fue mientras jugábamos al escondite junto al río que hay detrás de su casa. Calvin toqueteó el cierre de mi sujetador y metió su lengua en mi boca mientras los mosquitos silbaban junto a mis oídos. Malgasté cinco páginas de mi diario relatando hasta la saciedad lo que ocurrió.

—Llegará a la ciudad en cualquier momento —añadió Korbie—. De acuerdo, que venga es un asco, pero tú ya lo has superado, ¿no?

—Sí, sí, ya lo he superado —le contesté confiando que mi voz sonara despreocupada.

—No quiero que te sientas incómoda, ¿sabes?

—¡Por favor, hace siglos que no pienso en tu hermano! ¿Y si os vigilo yo? —solté a continuación—. Diles a tus padres que no hace falta que venga.

La verdad es que no estaba preparada para volver a ver a Calvin. ¿Y si me escaqueaba y no iba al viaje? Podía fingir que estaba enferma. Lo malo es que se trataba de mi viaje. Yo había trabajado duro para realizarlo y no permitiría que Calvin arruinara mis planes. Ya había arruinado demasiadas cosas en mi vida.

—No colará —replicó Korbie—. Además, Calvin se reunirá con nosotros directamente en Idlewilde esta noche.

—¿Esta noche? ¿Y sus cosas? No tiene tiempo de empacarlas —señalé yo—. Nosotras llevamos días empacando.

—¡Estamos hablando de Calvin! Él es... medio montañero. ¡Espera... Bear está en la otra línea! Enseguida te llamo.

Colgué y me tumbé en la hierba. «Inhala... Exhala...» Justo cuando había decidido seguir adelante, Calvin aparecía de nuevo en mi vida y me arrastraba al ring para un segundo asalto. Era para echarse a llorar. Para variar, Calvin tenía que decir la última palabra, pensé con cinismo.

No me extrañaba que no necesitara tiempo para preparar sus cosas. La verdad es que, prácticamente, había crecido ejercitando el alpinismo en Idlewilde. Seguramente, ya tenía el equipo preparado en el armario; listo para utilizarlo en cualquier momento.

Rebobiné mi memoria varios meses, hasta el otoño. Calvin ya llevaba cinco semanas en Stanford cuando me dejó. Por el teléfono. Una noche que yo realmente lo necesitaba a mi lado. Pero no quería pensar en ello. Me dolía demasiado recordar cómo se había desarrollado aquella noche. Y cómo había terminado.

Korbie sintió lástima por mí y, de una forma poco habitual y confiando en que esto me animara, me permitió planificar nuestras últimas vacaciones de primavera del instituto. Nuestras otras dos amigas íntimas, Rachel y Emilie, irían a Hawái. Korbie y yo hablamos de ir con ellas a las playas de Oahu, pero yo debía de ser masoca, porque dije adiós a Hawái y le anuncié que, al cabo de seis meses, empacaríamos nuestras cosas para hacer alpinismo en las Teton. Si, en aquel momento, Korbie adivinó por qué elegí ir a aquellas montañas, fue lo bastante sensible para no mencionarlo.

Yo sabía que las vacaciones de Calvin se solaparían con las nuestras. También sabía que le encantaba acampar y hacer alpinismo en aquellas montañas, y esperaba que, cuando se enterara de que íbamos a ir allí, se apuntara a ir con nosotras. Deseaba, desesperadamente, pasar tiempo con él, conseguir que me viera de otra manera y que se arrepintiera de haber sido tan estúpido como para dejarme.

Pero después de meses de no saber nada de él, por fin había captado el mensaje: Calvin no estaba interesado en pasar las vacaciones en las Teton porque yo ya no le interesaba. No quería volver a salir conmigo. De modo que dejé a un lado toda esperanza y endurecí mi corazón. Había terminado definitivamente con Calvin. Ahora realizaría el viaje solo por mí.

Aparté los recuerdos de mi mente e intenté concentrarme en mis siguientes pasos. Calvin volvía a casa. Después de ocho meses, lo vería y él me vería a mí. ¿Qué le diría? ¿Resultaría incómodo?

¡Claro que resultaría incómodo!

Me avergonzó que mi siguiente pensamiento fuera absolutamente vanidoso: me pregunté si había ganado peso desde la última vez que nos vimos. No lo creía. En todo caso, mis piernas estaban más esculpidas porque, durante el invierno, había corrido y levantado pesas como preparación para la salida a la montaña. Intenté centrarme en la idea de que, ahora, mis piernas eran sexys, pero esto no hizo que me sintiera mejor. En realidad, tenía ganas de vomitar. Estaba claro que no podía volver a ver a Calvin. Creía que lo había superado, pero, en aquel momento, el dolor invadió de nuevo mi pecho.

Me obligué a respirar hondo varias veces seguidas para reponerme y escuché la radio del Wrangler, que sonaba de fondo. En aquel momento, no emitía ninguna canción, sino el pronóstico del tiempo.

«... dos frentes tormentosos se dirigen al sureste de Idaho. Esta noche, el riesgo de lluvia será del noventa por ciento con posibilidad de fuertes vientos y tormentas eléctricas.»

Me puse las gafas de sol sobre la cabeza y escudriñé el cielo azul de un horizonte a otro: ni sombra de nubes. En cualquier caso, si era verdad que iba a llover, quería estar en la carretera antes de que empezara. Me alegré de irme de Idaho y alejarme de la tormenta rumbo a Wyoming.

—¡Papá! —grité aprovechando que las ventanas de nuestra casa estaban abiertas.

Segundos después, mi padre apareció en el umbral de la puerta. Volví la cara hacia él y puse mi expresión más inocente.

—Necesito dinero para la gasolina, papi.

—¿Qué ha pasado con tu mensualidad?

—He tenido que comprar cosas para el viaje —le informé.

—¿Nadie te ha explicado que el dinero no crece en los árboles? —se burló él mientras me contemplaba y sacudía la cabeza con una actitud paternal.

Yo me levanté de un salto y lo besé en la mejilla.

—En serio que necesito dinero para la gasolina.

—Sí, ya lo supongo. —Abrió su cartera, exhaló un leve suspiro y me dio cuatro billetes de veinte dólares viejos y arrugados—. No permitas que el depósito se vacíe por debajo de un cuarto de su capacidad, ¿me oyes? En las montañas hay pocas gasolineras y no hay nada peor que quedarse tirado ahí arriba.

Me guardé el dinero y le sonreí angélicamente.

—Será mejor que duermas con el móvil y una cuerda de remolcar debajo de la almohada. Por si acaso.

—Britt...

—Solo estaba bromeando, papá —repliqué mientras soltaba una risita—. No me quedaré tirada en las montañas.

Subí al Wrangler. Había bajado la capota y el sol había calentado el asiento. Enderecé la espalda y miré mi reflejo en el retrovisor. A finales de verano, mi cabello sería tan claro como la mantequilla. Y habría añadido diez pecas a todas las que ya tenía. Había heredado genes alemanes por parte de mi padre y suecos por la de mi madre. ¿Riesgo de sufrir quemaduras solares? Sí, de un ciento por ciento. Tomé el sombrero de paja que estaba en el asiento del copiloto y me lo ajusté a la cabeza. Como remate, iba con chanclas.

El atuendo perfecto para el 7-Eleven.

Diez minutos más tarde, estaba en la gasolinera llenando un vaso con Slurpee de frambuesas azules. Bebí un sorbo y rellené el vaso. Willie Hennessey, que estaba al otro lado del mostrador, me lanzó una mirada recriminatoria.

—¡Nada, nada, no te cortes! —exclamó.

—Ya que me lo ofreces... —respondí alegremente.

Bebí otro sorbo con la pajita y volví a llenar el vaso.

—Se supone que soy el encargado de mantener el orden y hacer cumplir la ley en este lugar.

—Solo han sido dos sorbitos, Willie. Nadie se va a arruinar por dos sorbitos. ¿Desde cuándo eres tan tiquismiquis?

—Desde que empezaste a robar el granizado y a fingir que no sabes hacer funcionar el surtidor obligándome a salir y llenar el depósito de tu jeep. Cada vez que vienes me dan ganas de cerrar.

Yo arrugué la nariz.

—No quiero que las manos me huelan a gasolina. Y tú eres muy bueno llenando el depósito, Willie —contesté con una sonrisa halagüeña.

—La práctica hace al experto —murmuró él.

Recorrí los pasillos en busca de Twizzlers y Cheez-Its y pensé que, si a Willie no le gustaba llenar depósitos de gasolina, debería buscar otro empleo. Entonces sonó la campanilla de la puerta. No oí ningún sonido de pasos, pero, de repente, unas manos cálidas y callosas me taparon los ojos desde detrás.

—¿Quién soy?

Su familiar olor a jabón me dejó helada. Recé para que no notara en las manos que me había ruborizado. Durante un minuto larguísimo, no encontré mi voz: se había encogido y rebotaba dolorosamente en mi garganta.

—Dame una pista —declaré confiando en que mi voz sonara aburrida..., o ligeramente enojada. Cualquier cosa menos dolida.

—Bajo. Gordo. Con unos dientes repugnantes.

Después de todos aquellos meses, volví a oír su voz suave y burlona. Me sonó extraña y familiar a la vez. Sentirlo tan cerca me puso de los nervios y tuve miedo de gritarle. Allí mismo, en el 7-Eleven. Aunque, si se acercaba más a mí, tenía miedo de no gritarle. Y quería gritarle. Me había pasado ocho meses ensayando lo que le diría y estaba lista para soltárselo.

—En ese caso debes de ser... Calvin Versteeg.

Mi voz sonó cortés y natural. Estaba convencida. Y esto me produjo un gran alivio.

Cal se colocó delante de mí y apoyó un codo en la estantería del extremo del pasillo. Me sonrió con picardía. Dominaba su maldito encanto desde hacía años. Yo piqué el anzuelo en su momento, pero ahora era más fuerte.

Ignoré su bonito rostro y le di una rápida ojeada sin demostrar el menor interés. Por lo visto, aquella mañana no se había peinado. Y llevaba el pelo más largo de lo que yo recordaba. Cuando practicaba el alpinismo, en pleno verano, el sudor goteaba de los extremos de sus cabellos y estos adquirían el color de la corteza de los árboles. El recuerdo hizo que algo me doliera interiormente. Aparté a un lado la nostalgia y lo miré con frialdad.

—¿Qué quieres?

Sin pedirme permiso, giró la pajita hacia él y bebió un trago de mi granizado. Después, se secó la boca con el dorso de la mano.

—Háblame de la acampada.

Yo puse el granizado fuera de su alcance.

—¡No es una acampada, vamos a hacer alpinismo!

Para mí era importante dejar claro este detalle. Cualquiera podía acampar, pero para practicar el alpinismo se requería habilidad y coraje.

—¿Ya tenéis todo lo necesario? —continuó él.

—Sí, y también algunos caprichos. —Me encogí de hombros—. Una chica necesita su lápiz de labios.

—Seamos sinceros: Korbie no te dejará salir de la cabaña. Le horroriza el aire libre y tú no sabes negarle nada. —Se dio unos golpecitos en la cabeza con dos dedos—. Os conozco, chicas.

Lo miré indignada.

—Caminaremos durante una semana entera. Realizaremos una ruta de setenta kilómetros.

Bueno, quizás estaba exagerando. De hecho, Korbie solo había accedido a caminar cuatro kilómetros diarios como mucho y había insistido en hacerlo en círculos alrededor de Idlewilde por si necesitaba acceder con urgencia a las comodidades de la cabaña y la televisión por cable. Aunque yo nunca esperé caminar durante una semana entera, había planeado dejar a Korbie y a Bear en la cabaña y realizar salidas de un día yo sola. Quería poner a prueba mi entrenamiento. Evidentemente, como Calvin nos acompañaría, pronto averiguaría nuestros verdaderos planes, pero de momento mi prioridad consistía en impresionarlo. Estaba harta de sus continuas insinuaciones en el sentido de que no podía tomarme en serio. De todos modos, aunque luego me criticara, siempre podía alegar que yo quería caminar durante toda la semana y que había sido Korbie quien se había negado. Calvin podía aceptar esta excusa.

—Ya sabes que muchos caminos todavía están cubiertos de nieve, ¿no? Y los refugios aún no han abierto, de modo que habrá poca gente. Incluso el centro Jenny Lake de los guardias forestales está cerrado. Así que, en esta época, la seguridad personal es responsabilidad de cada uno. Nadie te garantiza que, en caso de necesidad, acudan a rescatarte.

Yo lo miré con los ojos muy abiertos.

—¡No me digas! No me he lanzado a la aventura a ciegas, Calvin —solté yo—. Lo tengo todo estudiado. Todo irá bien.

Él se frotó la boca mientras ocultaba una sonrisa. Sus pensamientos eran perfectamente claros para mí.

—En realidad no crees que pueda hacerlo, ¿no? —declaré mientras intentaba no parecer ofendida.

—Lo único que creo es que os lo pasaréis mejor si vais a Lava Hot Springs. Allí podréis bañaros en las piscinas de aguas termales.

—Llevo entrenándome para este viaje todo el año —argumenté yo—. Lo que pasa es que no sabes cuánto me he esforzado porque no has estado por aquí. Hace ocho meses que no nos vemos y ya no soy la chica que dejaste atrás. Ya no me conoces.

—Está bien —declaró él, y levantó las manos indicando que solo se trataba de una sugerencia inocente—. ¿Pero por qué Idlewilde? Allí no hay nada que hacer. Al segundo día, Korbie y tú estaréis más que aburridas.

No entendía por qué estaba tan decidido a disuadirme de ir a Idlewilde. Él adoraba aquel lugar y sabía, tan bien como yo, que allí se podían hacer un montón de cosas. Entonces lo comprendí. La cuestión no era que fuéramos o no a Idlewilde. Lo que Calvin no quería era acompañarnos. No quería pasar tiempo conmigo. Si conseguía que yo renunciara al viaje, su padre no lo obligaría a acompañarnos y podría hacer lo que quisiera durante sus vacaciones.

Mientras asimilaba aquella dolorosa información, carraspeé.

—¿Cuánto te pagan tus padres para que nos acompañes?

Me miró de arriba abajo con una actitud crítica fingida y exagerada y respondió:

—No lo suficiente.

De modo que así era cómo iba a ir la historia: un poco de flirteo sin consecuencias por aquí, un poco de guasa por allá... Tomé, mentalmente, un rotulador negro y taché el nombre de Calvin con una enorme X.

—Para que quede claro, yo estaba en contra de que vinieras. ¿Tú y yo pasando tiempo juntos otra vez? No me imagino nada peor.

Aquellas palabras habían sonado mejor en mi mente, pero ahora flotaban entre nosotros y me parecieron mezquinas y desagradables: justo las que habría dicho una ex novia despechada. Pero yo no quería que él supiera que yo todavía me sentía dolida. No cuando él era todo sonrisas y guiños de complicidad.

—¿Ah, sí? Pues el carabina acaba de adelantar tu toque de queda en una hora —bromeó él.

Yo señalé con la cabeza más allá del ventanal de la tienda, en dirección al BMW X5 con tracción a cuatro ruedas que estaba aparcado en la calle.

—¿Es tuyo? —le pregunté—. ¿Otro regalo de tus padres? ¿O en Stanford haces algo más que perseguir a las chicas? Algo como tener un trabajo respetable.

—Mi trabajo consiste en perseguir a las chicas. —Esbozó una sonrisa odiosa—. Aunque yo no lo llamaría respetable.

—¿Así que no tienes novia?

No tuve valor para mirarlo a la cara, pero me sentí muy orgullosa del tono indiferente de mi voz. Me dije a mí misma que no me importaba cuál fuera su respuesta. De hecho, si él había pasado página, eso era un incentivo más para que yo hiciera lo mismo.

Él me miró.

—¿Por qué me lo preguntas? ¿Tú sí que tienes novio?

—Pues claro.

—¡Sí, ya! —soltó él—. Si lo tuvieras, Korbie me lo habría contado.

Yo me mantuve en mis trece y arqueé las cejas con suficiencia.

—Lo creas o no, hay cosas que Korbie no te cuenta.

Calvin frunció el ceño.

—¿Quién es él? —me preguntó con recelo.

Me di cuenta de que se estaba planteando si creerme o no.

La mejor manera de reparar una mentira es, precisamente, no contar otra, pero, de todos modos, eso fue lo que hice.

—No lo conoces. Es nuevo en la ciudad.

Calvin sacudió la cabeza.

—Demasiado fácil. No te creo.

Sin embargo, el tono de su voz sugería que podía llegar a creerme.

Sentí la imperiosa necesidad de demostrarle que yo había seguido adelante tanto si habíamos cerrado nuestra relación como si no. En nuestro caso era que no. Y no solo eso, sino que había encontrado un tío mucho, muchísimo mejor que él. Mientras Calvin estaba ocupado siendo un empalagoso mujeriego en California, yo no..., repito, yo no me pasaba los días lloriqueando y contemplando viejas fotografías de él.

—Compruébalo por ti mismo. Es aquel —dije sin pensármelo dos veces.

Calvin siguió con la mirada mi gesto en dirección a un Volkswagen Jetta rojo que estaba repostando en el surtidor más cercano a la tienda. El tío que llenaba el depósito debía de ser dos años mayor que yo. Tenía el cabello de color castaño y lo llevaba muy corto, lo que dejaba al descubierto la perfecta simetría de sus facciones. Tenía el sol a la espalda y las sombras remarcaban las depresiones de debajo de sus pómulos. No pude distinguir el color de sus ojos, pero deseé que fueran marrones. Por nada en especial, solo porque los de Calvin eran de un verde profundo e intenso. Aquel tío tenía unos hombros rectos y musculosos que me hicieron pensar en un nadador profesional y no lo había visto nunca antes.

—¿Aquel tío? Lo he visto cuando entraba. La matrícula del coche es de Wyoming —declaró Calvin poco convencido.

—Como te he dicho, es nuevo en la ciudad.

—Es mayor que tú.

Lo miré de forma significativa.

—¿Y?

La campanilla de la puerta sonó y mi novio falso entró. De cerca era todavía más atractivo, y sus ojos definitivamente eran marrones, de un marrón viejo, como el de los maderos que el mar arrastra hasta la orilla. Introdujo una mano en el bolsillo trasero del pantalón para sacar su cartera y yo agarré a Calvin del brazo y tiré de él hasta unas estanterías que contenían Fig Newtons y Oreos.

—¿Qué haces? —me preguntó Calvin, y me miró como si tuviera dos cabezas.

—No quiero que me vea —le susurré.

—Porque, en realidad, no es tu novio, ¿no?

—No, no es por eso, es que...

¿Dónde estaba la tercera mentira cuando la necesitabas?

Cal sonrió con malicia, y lo siguiente que supe fue que se había soltado de mi mano y se dirigía tranquilamente hacia el mostrador. Contuve un grito y lo observé a través de los dos estantes superiores.

—¡Hola! —saludó Calvin amigablemente al tío, que iba vestido con una camisa de franela a cuadros, unos tejanos y unas botas de montar.

Él le respondió con un gesto de la cabeza y sin apenas mirarlo.

—He oído decir que sales con mi ex —declaró Calvin con un tono de voz innegablemente maligno.

Me estaba administrando una dosis de mi propia medicina y lo hacía a propósito.

Su comentario atrajo la atención del tío. Examinó a Calvin con curiosidad y noté que me ruborizaba todavía más.

—Ya sabes, tu novia —insistió Calvin—. La que está escondida allí, detrás de las galletas.

Señaló hacia mí. Yo me enderecé y mi cabeza apareció por encima de la estantería superior. Alisé mi camisa y abrí la boca, pero no salió ninguna palabra. Ninguna en absoluto.

El tío miró más allá de Calvin, hacia mí. Nuestras miradas se encontraron brevemente y yo quise indicarle con los labios que podía explicárselo. Pero ni siquiera eso conseguí.

Entonces ocurrió algo alucinante. El tío miró fijamente a Calvin y dijo con una voz serena y relajada:

—Sí, mi novia. Britt.

Yo me estremecí. ¡Sabía cómo me llamaba!

Calvin también pareció impactado.

—¡Ah! ¡Bueno! Lo siento, tío. Creí que... —Alargó la mano—. Me llamo Calvin Versteeg. Soy... el ex de Britt —balbuceó torpemente.

—Mason.

Mason miró la mano de Calvin, pero no se la estrechó. Dejó tres billetes de veinte dólares sobre el mostrador, se acercó a mí y me besó en la mejilla. Se trató de un beso superficial, pero, de todos modos, mi pulso se aceleró. Él esbozó una sonrisa cálida y sexy.

—Por lo que veo, todavía no has superado tu adicción a los Slurpee, Britt.

Yo le devolví la sonrisa lentamente. Si él se apuntaba a aquel juego, yo también.

—Te he visto llegar y necesitaba algo que me refrescara —declaré mientras me daba aire con la mano y lo miraba con adoración.

Las arrugas de los extremos de sus ojos se marcaron y supuse que se estaba riendo interiormente.

—Deberías pasar luego por casa, Mason, porque me he comprado un brillo de labios nuevo y querría probarlo.

—¡Ah! ¿Practicaremos el juego de los besos? —comentó él sin alterarse en absoluto.

Yo lancé una mirada disimulada a Calvin para averiguar cómo llevaba lo de nuestro flirteo y, para mi satisfacción, parecía que estuviera mordiendo un limón.

—Ya me conoces..., yo siempre picante —le contesté a Mason con voz aterciopelada.

Calvin carraspeó y cruzó los brazos sobre su pecho.

—¿No deberías irte ya, Britt? Es importante que llegues a la cabaña antes de que oscurezca.

Algo indescifrable nubló la mirada de Mason.

—¿Te vas de acampada? —me preguntó.

—No, me voy a practicar alpinismo —lo corregí yo—. A las Teton. Iba a decírtelo, pero...

¡Mierda! ¿Qué razón podía tener para no contarle a mi novio lo del viaje? ¡Tan cerca de conseguirlo y ahora iba a fastidiarlo todo!

—Ya, supongo que no te pareció importante porque, como yo también me voy de la ciudad, de todos modos, no nos veríamos —concluyó Mason con soltura.

Nuestras miradas volvieron a encontrarse. Atractivo, de reacciones rápidas, dispuesto a todo..., incluso a fingir que era el novio de una chica que no conocía de nada, y un mentiroso alarmantemente bueno. ¿Quién era aquel tío?

—Sí, exacto —murmuré yo.

Calvin ladeó la cabeza hacia mí.

—Cuando estábamos juntos, yo nunca me largué una semana sin decírtelo.

«No, te largaste ocho meses —pensé con malicia—. Y rompiste conmigo en la noche más importante de mi vida. Jesús dijo que nos perdonáramos los unos a los otros, pero siempre hay excepciones.»

—Por cierto, papá quiere que vayas a cenar a casa la semana que viene —le dije a Mason.

Calvin soltó un gemido ahogado. En determinada ocasión, cuando me llevó a casa cinco minutos después de la hora límite, mi padre nos esperaba en el porche dando golpecitos en su mano con un palo de golf. Se acercó a nosotros, le propinó un golpe al Ford F-150 negro de Calvin con el palo y le produjo una bonita y redonda abolladura. «La próxima vez que la traigas a casa tarde, me cargaré los faros —declaró—. No seas tan estúpido como para necesitar tres advertencias.»

En realidad, no lo dijo en serio, pero como yo era la benjamina de la familia y la única chica, mi padre era muy susceptible con los chicos con los que yo salía. La verdad es que mi padre era un hombre cariñoso y encantador. Sin embargo, Calvin no volvió a llevarme a casa tarde nunca más.

Y mi padre nunca lo invitó a cenar.

—Dile a tu padre que me iría bien que me diera más consejos sobre la pesca con mosca —declaró Mason siguiendo con nuestra farsa.

Milagrosamente, también había adivinado cuál era el deporte favorito de mi padre. Aquel encuentro empezaba a resultar realmente... raro.

—¡Ah, y otra cosa, Britt! —Apartó el pelo de mi hombro y yo permanecí totalmente inmóvil. Su gesto me cortó la respiración—. Ve con cuidado. Las montañas son peligrosas en esta época del año.

Yo me quedé mirándolo boquiabierta hasta que se alejó de la estación de servicio.

Sabía cómo me llamaba... Me había salvado el culo... ¡Sabía cómo me llamaba!

Está bien, mi nombre estaba impreso en la camiseta morada del campamento de música que llevaba puesta, pero Calvin no se había dado cuenta.

—Creía que me estabas mintiendo —me dijo Calvin estupefacto.

Yo le tendí a Willie un billete de cinco dólares por mi Slurpee y guardé el cambio.

—Por muy agradable que sea la conversación, debería hacer algo más productivo; como rayar ese BMW tuyo. Es demasiado bonito.

—¿Como yo?

Calvin arqueó las cejas esperanzado.

Yo me llené los carrillos de Slurpee y fingí que pretendía escupírselo a la cara. Él se separó de mí de un brinco y, para mi satisfacción, borró definitivamente su sonrisa de suficiencia de su cara.

—¡Nos vemos esta noche en Idlewilde! —exclamó mientras yo salía de la tienda.

Como respuesta, levanté el pulgar.

Levantar el dedo medio habría resultado demasiado obvio.

Cuando pasé junto a su BMW, me di cuenta de que no había cerrado las puertas con llave. Miré atrás para asegurarme de que no me estaba mirando y, en un abrir y cerrar de ojos, tomé una decisión. Subí al asiento del copiloto, desajusté el espejo retrovisor, vertí Slurpee en las alfombrillas y tomé su colección de CDs antiguos de la guantera. Lo que hice fue mezquino, pero me hizo sentir un poquito mejor.

Le devolvería los CDs por la noche... Después de rayar algunos de sus favoritos.