Lo que me recordó que ya no estaba en Inglaterra fue el bigote: un ciempiés gris, sólido, que oscurecía el labio superior del hombre dándole un aire decidido; un bigote a lo Village People, de vaquero, un cepillo en miniatura que reclamaba que le tomaran en serio. No había bigotes así en mi tierra; era incapaz de apartar mis ojos de él.
—¿Señora?
La única persona a la que había visto con un bigote como ese era el señor Naylor, nuestro profesor de matemáticas, que lo llevaba lleno de migas de galletas Digestive. Nos gustaba contarlas durante la clase de álgebra.
—¿Señora?
—¡Ah, perdón!
El hombre de uniforme me indicó que avanzara con su dedo rechoncho. No apartó la mirada de la pantalla. Esperé junto a la cabina mientras el sudor acumulado se secaba delicadamente en mi vestido. Levantó una mano, agitando cuatro dedos rollizos. Varios segundos después entendí que me estaba pidiendo el pasaporte.
—Nombre.
—Lo pone ahí —dije.
—Su nombre, señora.
—Louisa Elizabeth Clark —respondí mirando por encima del mostrador—, aunque nunca uso el segundo, Elizabeth. A mi madre le gustaba llamarme Louisita, hasta que se dio cuenta de que si lo dices muy deprisa suena como «loquita». Mi padre cree que me pega. No es que esté loca. Quiero decir, ustedes evidentemente no querrán locos en su país, ¡ja, ja! —Mi voz rebotó nerviosa en la pantalla de plexiglás.
El hombre me observó por primera vez. Tenía los hombros firmes y una mirada que te paralizaba como un táser. No sonrió. Se limitó a esperar a que se desvaneciera mi sonrisa.
—Lo siento —dije—. La gente de uniforme me pone nerviosa.
Eché un vistazo a la sala de inmigración a mi espalda. La serpenteante cola había dado tantas vueltas sobre sí misma que se había convertido en un impenetrable e inquieto mar de gente.
—Me siento rara haciendo esta cola. Creo sinceramente que es la cola más larga que he hecho en mi vida, y comenzaba a preguntarme si debía empezar mi lista de Navidad.
—Ponga su mano en el escáner.
—¿Siempre es tan enorme?
—¿El escáner? —preguntó el agente frunciendo el ceño.
—La cola.
Pero ya no me escuchaba. Contemplaba la pantalla.
Puse mis dedos sobre la pequeña almohadilla y entonces sonó mi teléfono.
Mamá: «¿Has aterrizado?». Iba a teclear una respuesta con la mano que tenía libre cuando el hombre se volvió bruscamente hacia mí.
—Señora, en esta zona no está permitido el uso de teléfonos móviles.
—Es mi madre. Quiere saber si ya he llegado.
Intenté apartar el teléfono de su campo visual y pulsar subrepticiamente el emoticono «pulgar arriba».
—¿Motivo del viaje?
«¿Qué?», fue la respuesta inmediata de mi madre. Había aprendido a enviar mensajes de texto. Ahora se encontraba como pez en el agua haciéndolo y escribía más rápido que hablaba. Es decir, básicamente a velocidad de vértigo. «Ya sabes que mi móvil no ve las figuritas. ¿Eso es un SOS? ¡Louisa, dime que estás bien!».
—¿Motivo del viaje, señora? —preguntó de nuevo con el bigote crispado por la irritación—. ¿Qué va a hacer en Estados Unidos? —añadió.
—Tengo un nuevo empleo.
—¿Cuál?
—Voy a trabajar para una familia de Nueva York, en Central Park.
Por un instante las cejas del hombre parecieron elevarse un milímetro. Comprobó la dirección en mi formulario.
—¿En qué va a trabajar?
—Es algo complicado. Voy a ser una especie de acompañante.
—Una acompañante.
—Verá, yo antes trabajaba para un hombre. Le hacía compañía, pero también le daba las medicinas, le sacaba a pasear y le alimentaba. No era tan raro como puede sonar, de hecho, su problema era que había perdido el uso de las manos. No es que fuera un pervertido… Lo cierto es que mi último trabajo acabó siendo algo más, porque es difícil no encariñarse con la gente a la que cuidas y Will, el hombre del que le hablo, era extraordinario, y nosotros…, bueno, nos enamoramos.
Sentí demasiado tarde que se me saltaban las lágrimas y me limpié los ojos con un gesto brusco.
—Así que creo que será algo parecido. Salvo por la parte del enamoramiento y la de la comida.
El agente de inmigración clavó su mirada en mí. Yo intenté sonreír.
—La verdad es que normalmente no suelo llorar cuando hablo de trabajo. No soy una loquita de verdad a pesar de mi nombre. Le amaba y él me amaba a mí. Entonces él…, bueno, decidió acabar con su vida. Así que esta es mi oportunidad de volver a empezar.
Las lágrimas se deslizaban por las comisuras de mis ojos, avergonzándome. No podía pararlas. Al parecer era incapaz de parar nada.
—Lo siento, será por el jet lag. Deben de ser las dos de la madrugada, hora local, ¿verdad? Además, ya nunca hablo de él. Quiero decir que tengo un novio nuevo fantástico. Es técnico de emergencias sanitarias y muy sexi. Es como ganar la lotería de los novios, ¿verdad? ¿Un técnico en emergencias sexi?
Hurgué en mi bolso en busca de un pañuelo de papel. Cuando levanté la mirada vi que el agente me alargaba una caja. Saqué uno.
—Gracias. De todos modos, mi amigo Nathan, de Nueva Zelanda, trabaja aquí y me ha ayudado a conseguir este empleo. En realidad, todavía no sé cuáles son mis obligaciones, aparte de cuidar a la esposa deprimida de un señor rico. Pero he decidido que esta vez voy a cumplir las expectativas que Will tenía puestas en mí, porque las cosas no me salieron bien la primera vez. Acabé trabajando en un aeropuerto.
Me quedé paralizada.
—Esto…, ¡no es que trabajar en un aeropuerto sea algo malo! Estoy segura de que el control de inmigración es un trabajo importante, realmente importante. Pero yo tengo un plan. Cada semana de las que esté aquí voy a hacer algo nuevo y voy a decir sí.
—¿Decir sí a qué?
—A cosas nuevas. Will siempre decía que yo no me permitía nuevas experiencias. Así que ¡ese es mi plan!
El agente revisaba mis papeles.
—No ha rellenado bien la dirección. Necesito un código postal.
Deslizó el formulario hacia mí. Consulté el número en la dirección que aparecía en la hoja de papel impresa que llevaba y rellené el formulario con mano temblorosa. Eché un vistazo a mi izquierda; la cola de mi sección se inquietaba. En la de al lado, dos agentes interrogaban a una familia china. Los llevaron a una sala contigua entre las protestas de la mujer. De repente me sentí muy sola.
El agente de inmigración echó un vistazo a la gente que esperaba. Y entonces, de repente, selló mi pasaporte.
—Buena suerte, Louisa Clark —dijo.
Le miré fijamente.
—¿Ya está?
—Ya está.
—¡Muchísimas gracias! —exclamé sonriendo—, ¡qué amable! Quiero decir, es un poco raro estar sola al otro lado del mundo por primera vez, y ahora siento que acabo de conocer a la primera persona agradable y…
—Señora, circule por favor.
—Claro, lo siento.
Reuní mis pertenencias y me aparté un mechón de pelo sudado de la cara.
—Y, señora…
—¿Sí? —respondí, preguntándome qué habría hecho mal ahora.
Contestó sin apartar la vista de la pantalla.
—Tenga cuidado con a qué dice sí.
Nathan estaba esperándome en «Llegadas» tal y como había prometido. Busqué entre la multitud, insegura, con la secreta convicción de que no vendría nadie, pero allí estaba, agitando su enorme mano por encima de los cuerpos en movimiento a su alrededor. Levantó el otro brazo, sonriendo de oreja a oreja, y se abrió paso para llegar hasta mí. Me dio un gran abrazo levantándome en vilo.
—¡Lou!
Cuando le vi, algo dentro de mí se encogió inesperadamente, algo relacionado con Will, la pérdida y las emociones básicas que despierta el haber estado sentada en un vuelo de siete horas demasiado movido. Me alegré de que me abrazara tan fuerte, porque así tuve un momento para tranquilizarme.
—¡Bienvenida a Nueva York, pequeñaja! Ya veo que no has perdido el buen gusto en el vestir.
Me elevó sujetándome de los hombros, sonriendo. Me alisé el vestido estampado de leopardo estilo años setenta. Pensé que debía parecer Jackie Kennedy en su época Onassis… si Jackie Kennedy se hubiera tirado encima la mitad del café durante el vuelo.
—¡Cuánto me alegro de verte!
Cogió mis pesadas maletas como si estuvieran llenas de plumas.
—Venga. Vamos a casa. El Prius está en el taller, así que el señor G me ha prestado su coche. El tráfico es espantoso, pero al menos llegarás con estilo.
El elegante automóvil del señor Gopnik era negro, tan grande como un autobús, y las puertas cerraban con ese enfático y discreto tong que delata un precio de seis cifras. Nathan metió mi equipaje en el maletero y yo me instalé en el asiento delantero dando un suspiro. Miré el teléfono y respondí los catorce mensajes de mamá con uno que decía simplemente que estaba en el coche y que llamaría al día siguiente. Después respondí al mensaje de Sam, que decía que me echaba de menos, con un «Aterrizada. Bsssss».
—¿Cómo está tu galán? —preguntó Nathan mirándome de reojo.
—Bien, gracias. —Añadí unas cuantas «sssss» más, solo para asegurarme.
—¿A que no le gustó la idea de que vinieras aquí?
Me encogí de hombros.
—Pensó que me hacía falta venir.
—Es lo que pensábamos todos. Te ha llevado un tiempo encontrar tu camino, nada más.
Dejé el teléfono, me recosté en el asiento y miré los nombres desconocidos que salpicaban la autopista. Neumáticos Milo, Gimnasio Richie, Ambulancias y camiones U-Haul, casas deterioradas, de pintura desconchada y escaleras torcidas, canchas de baloncesto y conductores bebiendo a sorbos de vasos de plástico sobredimensionados. Nathan encendió la radio, oí a alguien llamado Lorenzo hablar de un partido de baloncesto y, por un instante, perdí el sentido de la realidad.
—Así que tienes hasta mañana para ponerte manos a la obra. ¿Quieres hacer algo? He pensado que podría dejarte dormir y después arrastrarte hasta un brunch. Tienes que vivir una experiencia gastronómica neoyorquina completa en tu primer fin de semana aquí.
—Suena estupendo.
—No vuelven del club de campo hasta mañana por la tarde. La semana pasada fue un poco movida por aquí. Ya te contaré cuando hayas dormido.
Me quedé mirándole.
—Sin secretos, ¿de acuerdo? Esto no va a ser…
—No son como los Traynor. Solo la típica familia disfuncional multimillonaria.
—¿Ella es agradable?
—Mucho. Es algo difícil de llevar, pero es estupenda. Por cierto, él también.
Era la mejor descripción que se podía obtener de Nathan. Se quedó callado, nunca ha sido muy amigo de cotilleos. Yo, sentada en el suave Mercedes GLS climatizado, luchaba contra las oleadas de sueño que amenazaban con anegarme. Pensé en Sam, durmiendo profundamente a varios miles de kilómetros, en su vagón de tren. Pensé en Treena y Thom acurrucados en mi pisito de Londres. De repente la voz de Nathan interrumpió mis pensamientos.
—¡Mira!
Abrí mis ojos somnolientos y… ¡ahí estaba!, al otro lado del puente de Brooklyn, Manhattan, brillante, un millón de fragmentos dentados de luz, inspiradora, bruñida, condensada de manera imposible y hermosa. Era una vista tan familiar por la televisión y las películas que no podía creer que la estuviera viendo de verdad. Me enderecé en el asiento, estupefacta, mientras acelerábamos hacia la metrópolis más famosa del planeta.
—Esta vista nunca cansa, ¿eh? Es algo más imponente que Stortfold.
Hasta ese momento no me había dado cuenta de verdad. Mi nuevo hogar.
—Hola, Ashok, ¿qué tal te va?
Nathan atravesó el vestíbulo de mármol con mis maletas, mientras yo me quedaba mirando las baldosas blancas y negras y las barandillas de bronce, intentando no tropezar, mientras mis pasos resonaban en el gigantesco espacio. Parecía el vestíbulo de un gran hotel ligeramente desvaído: el ascensor de bronce bruñido, los suelos alfombrados con los colores del edificio, rojo y oro, la recepción un poco demasiado oscura para resultar agradable. Olía a cera de abejas, a zapatos relucientes y a dinero.
—¡Hombre! ¿A quién tenemos aquí?
—Esta es Louisa. Va a trabajar con la señora G.
El portero uniformado salió de detrás de su mesa y me tendió la mano. Tenía una gran sonrisa y una mirada que parecía haberlo visto todo.
—Encantada de conocerle, Ashok.
—¡Inglesa! Tengo un primo en Londres. En Croydon. ¿Conoce Croydon? ¿Ha estado por allí? Es un muchacho grandote, ¿sabe a lo que me refiero?
—La verdad es que no conozco Croydon —dije. Vi que torcía el gesto—. Pero mantendré los ojos bien abiertos por si le veo la próxima vez que pase por allí —añadí.
—Bienvenida al Edificio Lavery, Louisa. Si necesita algo o quiere saber lo que sea, solo tiene que decírmelo. Estoy aquí veinticuatro horas al día, siete días a la semana.
—No bromea, a veces creo que duerme debajo de la mesa —dijo Nathan, y a continuación me indicó el ascensor de servicio con las puertas de color gris apagado que había al fondo del vestíbulo.
—Tengo tres niños menores de cinco años —replicó Ashok sonriendo—. Puedes creerme si te digo que estar aquí es lo único que me mantiene cuerdo. ¡Mi pobre esposa no puede decir lo mismo! Bueno, señorita Louisa. Si necesita lo que sea, yo soy su hombre.
—¿Drogas, prostitutas, casas de mala reputación? —murmuré al tiempo que se cerraban las puertas del ascensor.
—No. Más bien entradas de teatro, reservas en restaurantes, las mejores lavanderías, etcétera —dijo Nathan—. ¡Cielos, estamos en la Quinta Avenida! ¿A qué te dedicabas en Londres?
La residencia de los Gopnik ocupaba seiscientos cincuenta metros cuadrados en los pisos segundo y tercero de un edificio gótico de ladrillo rojo, un dúplex fuera de lo común en esa parte de Nueva York que daba fe de la riqueza de la familia Gopnik durante generaciones. Nathan me contó que el Lavery era una versión reducida del famoso Edificio Dakota y una de las construcciones de viviendas más antiguas del Upper East Side. Nadie podía comprar o vender uno de sus pisos sin el visto bueno de una junta de residentes impermeable al cambio. En los brillantes condominios del otro lado del parque vivían los nuevos ricos: oligarcas rusos, estrellas del pop, magnates chinos del acero y multimillonarios de la tecnología. Los edificios tenían restaurantes comunes, gimnasio, guardería y una infinidad de piscinas, pero los residentes del Lavery preferían las cosas a la antigua usanza.
Los apartamentos habían pasado de generación en generación; sus habitantes tuvieron que aprender a tolerar la fontanería de la década de 1930, libraron largas y tortuosas batallas para que les autorizaran a cambiar algo más grande que un interruptor de la luz y miraron educadamente hacia otro lado mientras Nueva York mutaba a su alrededor, igual que se ignora a un pobre con un cartel de cartón.
Apenas pude vislumbrar la grandeza del dúplex, con sus suelos de parqué, sus techos altos y cortinas damasquinadas hasta el suelo, mientras nos dirigíamos hacia el ala de servicio, escondida en el extremo del segundo piso, al final de un largo y estrecho pasillo que conducía a la cocina: una anomalía de un pasado distante. Los edificios reformados o más nuevos no tenían ala de servicio. Las criadas y niñeras llegaban desde Queens o Nueva Jersey en el primer tren de la mañana y volvían a sus casas al anochecer. La familia Gopnik había poseído estas minúsculas habitaciones desde que se construyó el edificio. No se podían reformar o vender, estaban vinculadas por escritura a la vivienda principal y eran muy codiciadas como trasteros. No era difícil entender por qué podían ser consideradas trasteros.
—Ya hemos llegado —dijo Nathan abriendo una puerta y soltando mis maletas.
Mi habitación medía aproximadamente tres metros y medio por tres metros y medio. Albergaba una cama doble, una televisión, una cómoda y un armario. Una butaca, tapizada en tela beis, descansaba en el rincón; su asiento hundido hablaba de exhaustos ocupantes previos. Tenía una ventana pequeña que daba al sur, o al norte, o al este. Era difícil de decir porque estaba a unos dos metros de la pared trasera y desnuda de un edificio tan alto que solo podía ver el cielo si pegaba la cara al cristal y estiraba el cuello.
Siguiendo por el pasillo había una cocina común que compartiría con Nathan y una criada cuya habitación estaba al otro lado del pasillo.
Sobre la cama había una ordenada pila de cinco polos verde oscuro y lo que parecían pantalones negros que despedían el brillo del teflón barato.
—¿No te dijeron que tenías que llevar uniforme?
Cogí uno de los polos.
—Polo y pantalones. Los Gopnik creen que el uniforme simplifica las cosas. Así todo el mundo sabe cuál es su lugar.
—Si quiere parecer un golfista profesional.
Miré el diminuto baño, alicatado en mármol marrón y con manchas de cal incrustada, que comunicaba con el dormitorio. Disponía de inodoro, un pequeño lavabo que parecía de la década de los cuarenta y una ducha. A un lado había una pastilla de jabón envuelta en papel y un bote de insecticida para cucarachas.
—La verdad es que es bastante grande para los estándares de Manhattan —dijo Nathan—. Ya sé que parece un poco destartalado, pero la señora G dice que podemos darle una mano de pintura. Ponemos un par de lámparas más, nos damos una vuelta por Crate and Barrel en busca de objetos de decoración y…
—Me encanta —respondí—. Estoy en Nueva York, Nathan. Estoy aquí de verdad —exclamé, volviéndome hacia él con voz repentinamente temblorosa.
Me apretó el hombro.
—Sí, ya estás aquí.
Me las apañé para permanecer despierta el tiempo suficiente como para deshacer las maletas, comprar con Nathan comida para llevar (él lo llamó comida rápida, como los americanos), echar un vistazo a algunos de los ochocientos cincuenta y nueve canales de mi pequeño televisor, la mayoría en un bucle infinito de fútbol americano, anuncios relacionados con problemas digestivos o programas, con escasa iluminación, sobre crímenes de los que nunca había oído hablar. Entonces me dormí. Me desperté sobresaltada a las cinco menos cuarto de la madrugada. Estaba confusa, y era incapaz de localizar el sonido distante de una sirena y el chirrido de un camión que avanzaba marcha atrás. Por fin encendí la luz, recordé dónde estaba y me estremecí de excitación.
Saqué el portátil de la funda y escribí un mensaje de chat a Sam.
¿Estás ahí? Bss
Esperé pero no respondió. Me había dicho que estaría de servicio y estaba tan atontada que me sentía incapaz de calcular la diferencia horaria. Dejé el portátil e intenté dormirme otra vez. (Treena decía que cuando no duermo lo suficiente parezco un caballo triste). Pero los desconocidos sonidos de la ciudad eran como un canto de sirena, y a las seis me levanté y me duché, intentando ignorar el óxido en el agua que salió a presión del cabezal de la ducha. Me vestí (pichi vaquero de verano y una blusa vintage de manga corta, color turquesa, con una imagen de la Estatua de la Libertad) y fui en busca de un café.
Caminé despacio por el pasillo, intentando recordar dónde estaba la cocina de servicio que Nathan me había enseñado la tarde anterior. Abrí una puerta, una mujer se volvió y me miró fijamente. Era de mediana edad, bajita y fornida, con el pelo peinado en ordenadas ondas negras, como si fuera una estrella de cine de los años treinta. Tenía unos ojos hermosos y oscuros, pero tendía a fruncir los labios en un gesto de desaprobación permanente.
—Hum…, ¡buenos días!
Siguió mirándome fijamente.
—So… soy Louisa, la chica nueva, la… asistente de la señora Gopnik.
—No es la señora Gopnik —respondió la mujer; sus palabras quedaron flotando en el aire.
—Usted debe de ser… —Me estrujé el cerebro afectado por el desfase horario, pero no conseguí recordar ningún nombre. ¡Venga, vamos!, me decía a mí misma—. Lo siento mucho. Esta mañana estoy empanada. Jet lag.
—Soy Ilaria.
—Ilaria, claro, lo siento —dije tendiéndole la mano. Ella no la estrechó.
—Yo sí sé quién eres.
—Esto…, ¿puede decirme dónde guarda Nathan la leche? Me gustaría tomar un café.
—Nathan no bebe leche.
—¿En serio? Antes sí tomaba.
—¿Crees que te estoy mintiendo?
—No. No era eso lo que…
Dio un paso a la izquierda y señaló una alacena la mitad de grande que las demás y bastante a trasmano.
—Esa es la tuya.
Abrió la puerta del frigorífico para guardar el zumo y vi en su estante una botella de leche de dos litros. La cerró y me dirigió una mirada implacable.
—El señor Gopnik estará en casa esta tarde a las seis y media. Ponte el uniforme para recibirle —me informó mientras echaba a andar por el pasillo haciendo ruido con las zapatillas.
—¡Un placer haberla conocido! ¡Estoy segura de que nos veremos mucho! —contesté a su espalda.
Miré fijamente el frigorífico durante un instante y decidí que probablemente no era demasiado temprano para ir a comprar leche. Después de todo estaba en la ciudad que nunca duerme.
Puede que Nueva York estuviera despierta, pero el Lavery estaba envuelto en un silencio tan denso que parecía que la comunidad entera se había tomado una buena dosis de somníferos. Recorrí el pasillo y cerré suavemente la puerta principal, tras comprobar ocho veces que había cogido el bolso y las llaves. Pensé que al ser tan pronto y estar dormidos los residentes podría examinar con mayor detenimiento dónde había ido a parar.
Mientras avanzaba de puntillas, con la lujosa alfombra amortiguando mis pasos, un perro comenzó a ladrar detrás de una de las puertas, emitiendo un sonido agudo y rabioso, y una voz anciana gritó algo que no pude entender. Apresuré el paso para no despertar a los demás residentes, y en vez de bajar por la escalera principal bajé en el ascensor de servicio.
No había nadie en el vestíbulo y salí a la calle. Me envolvieron un clamor y una luz tan intensos que tuve que parar unos momentos para conservar el equilibrio. Ante mí, el verde oasis de Central Park parecía abarcar kilómetros. A la izquierda, las calles laterales ya estaban concurridas. Unos tipos grandes vestidos con monos descargaban cajas de una furgoneta, vigilados por un policía con brazos como jamones cruzados sobre el pecho. El camión de la limpieza zumbaba aplicadamente. Un taxista charlaba con un hombre a través de la ventanilla abierta. Repasé mentalmente las conocidas vistas de la Gran Manzana. ¡Coches de caballos! ¡Taxis amarillos! ¡Edificios imposiblemente altos! Mientras lo observaba todo, pasaron a mi lado dos turistas con aspecto exhausto que empujaban cochecitos de bebé. Llevaban vasos de café de poliestireno en la mano; seguramente aún vivían en otra franja horaria lejana. Manhattan se extendía en todas direcciones, enorme, bañada por el sol, abarrotada y brillante.
Mi jet lag se evaporó con los últimos instantes del amanecer. Respiré hondo y eché a andar, consciente de que estaba sonriendo e incapaz de dejar de hacerlo. Anduve ocho manzanas sin ver ningún supermercado abierto. Llegué a la avenida Madison, pasando por delante de tiendas de lujo con enormes escaparates y las puertas cerradas. Entre una y otra había algún restaurante esporádico, con las ventanas oscurecidas, como ojos cerrados, y un hotel que despedía destellos dorados cuyo portero con librea ni me miró cuando pasé.
Anduve cinco manzanas más y me fui dando cuenta de que este no era el tipo de barrio donde la gente baja un momento al supermercado. Me había imaginado Nueva York con cafeterías en cada esquina, atendidas por camareras insinuantes y hombres con sombreros de ala ancha blancos, pero todo parecía enorme y brillante y ni remotamente daba la impresión de que tras sus puertas te pudiera estar esperando una simple tortilla de queso o una taza de té. La mayoría de los viandantes eran turistas, o cuerpos duros y fuertes que pasaban corriendo embutidos en licra y ajenos a todo, con los auriculares puestos, moviéndose ágilmente entre los sin techo de cara sucia y ceño fruncido que los fulminaban con la mirada. Por fin di con una cafetería grande, de una famosa cadena, donde parecían haberse reunido la mitad de los madrugadores de Nueva York. Se inclinaban sobre sus teléfonos en los reservados o sobrealimentaban a alegres bebés mientras una música ligera de fondo se filtraba por los altavoces de la pared.
Pedí un café capuchino y un muffin. Antes de que pudiera abrir la boca, el camarero lo había partido en dos, calentado y bañado en mantequilla, sin dejar de hablar en ningún momento de un partido de béisbol con su colega.
Pagué, me senté con el muffin envuelto en papel de aluminio y di un mordisco. Incluso sin el hambre canina provocada por el desfase horario, era lo más delicioso que había comido nunca.
Me senté junto a una ventana y contemplé durante una media hora las calles de Manhattan a primera hora de la mañana. Me llenaba la boca alternativamente de suave muffin mantecoso y de café cargado y caliente, dando rienda suelta a mi omnipresente monólogo interior (¡Estoy tomando café de Nueva York en una cafetería de Nueva York! ¡Camino por una calle de Nueva York! ¡Como Meg Ryan! ¡O Diane Keaton! ¡Estoy en la auténtica Nueva York!) y, por un momento, entendí exactamente lo que Will había intentado explicarme hacía dos años. Durante aquellos pocos minutos, con la boca llena de comida extraña y los ojos colmados de paisajes desconocidos, viví el momento. Era plenamente consciente, los sentidos agudizados, todo mi ser abierto a las nuevas experiencias que me rodeaban. Estaba en el único lugar del mundo donde podía estar.
Entonces, al parecer por nada, las dos mujeres de la mesa de al lado se enzarzaron en una pelea a puñetazos. Volaron café y trozos de pastas por encima de ambas mesas mientras los camareros intentaban separarlas. Me sacudí las migas del vestido, cerré el bolso y decidí que probablemente ya era hora de regresar a la paz del Lavery.
Cuando volví a entrar, Ashok estaba apilando periódicos en montones numerados. Se incorporó sonriendo.
—Vaya, buenos días, señorita Louisa. ¿Qué tal ha ido su primera mañana en Nueva York?
—Ha sido fabulosa, gracias.
—¿Iba tarareando Let the River Run mientras bajaba la calle?
Me paré en seco.
—¿Cómo lo has sabido?
—Todo el mundo lo hace la primera vez que viene a Manhattan. ¡Hasta yo lo hago algunas mañanas y no me parezco nada a Melanie Griffith!
—¿Hay un supermercado por aquí? He tenido que andar kilómetros para poder tomarme un café y no tengo ni idea de dónde se compra la leche.
—Debería habérmelo dicho, señorita Louisa. Venga por aquí. —Hizo un gesto con la mano tras el mostrador de recepción y abrió una puerta que daba a una oficina oscura, abarrotada y revuelta, que no casaba bien con el bronce y el mármol del vestíbulo. Había pantallas del sistema de seguridad sobre una mesa y, entre ellas, un televisor antiguo y un gran libro de contabilidad junto a una taza, algunos libros de tapa blanda y un montón de fotografías de niños desdentados y sonrientes. Tras la puerta se escondía una nevera vieja.
—Tenga, tome esta, ya me la devolverá después.
—¿Todos los porteros son así de amables?
—No todos. Pero el Lavery es diferente.
—¿Dónde compra la gente?
Hizo un gesto con la mano.
—La gente de este edificio no hace la compra, señorita Louisa. Ni siquiera piensan en la compra. Le juro que la mitad de ellos creen que la comida llega ya cocinada como por arte de magia a sus mesas.
Miró a su espalda y bajó la voz.
—Apuesto a que el ochenta por ciento de las mujeres que viven en este edificio no han hecho un guiso desde hace cinco años. Además, la mitad de ellas no comen, punto.
Cuando le miré se encogió de hombros.
—Los ricos no viven como usted o como yo, señorita Louisa, y los neoyorquinos ricos…, bueno, ¡nadie vive como ellos!
Cogí el cartón de leche.
—Cualquier cosa que necesite la traen a domicilio. ¡Ya se acostumbrará!
Quería preguntarle por Ilaria y la señora Gopnik (que al parecer no era la señora Gopnik), así como por la familia a la que estaba a punto de conocer. Pero ya no me miraba a mí sino al pasillo.
—¡Muy buenos días, señora De Witt!
—¿Qué hacen todos esos periódicos en el suelo? Esto parece un quiosco, es lamentable.
Una anciana pequeñita chasqueaba la lengua, inquieta, ante las pilas del New York Times y el Wall Street Journal que quedaban por desembalar. A pesar de lo temprano que era iba vestida como si fuera a una boda, con un abrigo color frambuesa, un sombrerito rojo y grandes gafas de sol de carey que ocultaban su carita arrugada. Llevaba de una correa a un carlino jadeante que me dirigió una mirada hostil con sus ojillos protuberantes (o más bien me pareció que me miraba: era difícil saberlo a ciencia cierta porque sus ojos viraban en todas direcciones). Decidí ayudar a Ashok a quitar de en medio los periódicos para que la anciana pudiera pasar, pero cuando me agaché el perro saltó hacia mí gruñendo; yo di un brinco hacia atrás y estuve a punto de caerme sobre el New York Times.
—¡Por Dios bendito! —dijo una voz débil pero imperiosa—, ¡estás poniendo nervioso a mi perro!
Mi pierna había percibido el susurro de los dientes del carlino y mi piel latía por su cercanía.
—Por favor, asegúrese de que cuando volvamos haya desaparecido esta basura. Como llevo diciéndole ya algún tiempo al señor Ovitz, este edificio está de capa caída. Ashok, he dejado una bolsa delante de mi puerta. Bájela inmediatamente o todo el pasillo acabará oliendo a lirios rancios. ¡Dios sabe por qué la gente regala lirios con lo fúnebres que son! ¡Dean Martin!
Ashok rozó con la punta de los dedos el borde de su gorra.
—¡Por supuesto, señora De Witt!
Esperó a que se fuera antes de volverse hacia mí y mirar mi pierna.
—¡Ese chucho ha intentado morderme!
—Sí, se llama Dean Martin y es mejor que te apartes de su camino. Es el residente más malhumorado de todo el edificio, y eso es decir mucho.
Volvió a sus periódicos, descargó la siguiente pila sobre la mesa y luego paró haciéndome un gesto para que me apartara.
—No se preocupe por esto, señorita Louisa. Pesan mucho y usted ya tiene bastante con los de arriba. ¡Que tenga un buen día!
Se fue antes de que pudiera preguntarle a qué se refería.
El día transcurrió volando. Pasé el resto de la mañana ordenando mi pequeño cuarto, limpiando el baño, colocando las fotos de Sam, de mis padres, de Treena y de Thom para sentirme más en casa. Nathan me llevó a comer cerca de Columbus Circle, donde pedí un plato del tamaño de una rueda de carro y bebí tanto café cargado que me temblaban las manos cuando volvíamos. Nathan fue señalándome sitios que podían serme de utilidad: ese bar abre hasta tarde, esa camioneta de comida rápida tiene unos falafeles riquísimos, ese cajero automático es seguro… Mi cerebro bullía con nuevas imágenes e información novedosa. A media tarde me sentí mareada de repente y noté las piernas cargadas, de modo que Nathan me acompañó andando de vuelta a casa, con su brazo entrelazado con el mío. Agradecí el interior fresco y tranquilo del edificio y que el ascensor de servicio me evitara tener que subir por las escaleras.
—Échate la siesta —me recomendó Nathan mientras me quitaba los zapatos—, pero no duermas más de una hora o tu reloj biológico se volverá loco.
—¿Cuándo decías que volvían los Gopnik? —pregunté arrastrando las palabras.
—Normalmente en torno a las seis. Ahora son las tres, así que tienes algo de tiempo. Descansa un ratito y volverás a sentirte un ser humano.
Cerró la puerta y me tumbé, agradecida, en la cama. Estuve a punto de quedarme dormida, pero de repente me di cuenta de que si esperaba más ya no podría hablar con Sam. De manera que cogí mi portátil, intentando superar el sopor. «¿Estás ahí?», tecleé.
Pocos minutos después la imagen se expandió con un sonido efervescente y allí estaba, en el vagón de tren, su enorme cuerpo inclinado hacia la pantalla. Sam, técnico en emergencias sanitarias, hombre-montaña. Un novio demasiado reciente. Nos sonreímos como bobos.
—¡Hola, preciosa! ¿Cómo estás?
—¡Bien! —dije—, me gustaría enseñarte mi habitación, pero temo dar a las paredes si giro la pantalla. —Di vueltas con el portátil para que pudiera ver mi pequeño dormitorio en toda su gloria.
—A mí me gusta, debe de ser porque tú estás dentro.
Miré la ventana gris que había a sus espaldas. Me la imaginaba perfectamente, con la lluvia chisporroteando sobre el techo del vagón de tren. El cristal empañado parecía reconfortante: madera, vapor y las gallinas fuera refugiadas bajo una carretilla empapada. Sam me miraba fijamente y me froté los ojos, lamentando, de repente, no haberme maquillado un poco.
—¿Has ido al trabajo?
—Sí. Creen que estaré a punto para retomar por completo todas mis funciones dentro de una semana. Tengo que poder levantar a alguien sin que se me salten los puntos —respondió llevándose la mano instintivamente al abdomen donde había recibido un disparo solo unas semanas atrás: la llamada rutinaria que casi acaba por matarlo y que había sentado los cimientos de nuestra relación. Me invadió una sensación desequilibrante y visceral.
—¡Ojalá estuvieras aquí! —dije sin pensar.
—Ya me gustaría. Pero es el primer día de tu aventura y va a ser estupendo. Además, dentro de un año estarás sentada aquí…
—Ahí no —le interrumpí—, en tu nueva casa cuando esté terminada.
—En mi nueva casa cuando esté terminada —repitió—. Miraremos las fotos de tu teléfono y pensaré en secreto: ¡Dios mío, otra vez no, que no me vuelva a hablar de Nueva York!
—¿Me escribirás? Una carta llena de amor y de nostalgia regada de lágrimas solitarias…
—Ay, Lou, ya sabes que no soy escritor. Pero te llamaré. Y estaré contigo dentro de cuatro semanas.
—Está bien —dije, mientras notaba cómo se me hacía un nudo en la garganta—. Bueno, debería echarme una siesta.
—Yo también —contestó—, y pensaré en ti.
—¿De forma asquerosamente porno, o a la manera romántica de Nora Ephron?
—¿Cuál de las dos me daría menos problemas? —Sonrió—. Tienes buen aspecto, Lou —afirmó tras un minuto—, pareces… llena de entusiasmo.
—Me siento llena de entusiasmo. Soy una persona realmente cansada que a la vez se siente a punto de explotar. Es un poco confuso. —Puse mi mano sobre la pantalla y un segundo después él hizo lo mismo. Imaginé el tacto de su piel.
—Te quiero. —Seguía sin salirme natural.
—Y yo a ti. Besaría la pantalla, pero sospecho que solo obtendrías una vista de los pelillos de mi nariz.
Cerré el ordenador sonriendo y unos segundos después estaba dormida.
Alguien gritaba en el pasillo. Me desperté aturdida, sudorosa, creyendo que era un sueño, y me senté en la cama. De verdad había una mujer chillando al otro lado de la puerta. Pasaron mil ideas por mi confuso cerebro: titulares sobre asesinatos, Nueva York y cómo informar de un crimen. ¿A qué número había que llamar? No era el 999 como en Inglaterra. Exploré mi cerebro, pero no encontré nada.
—¿Por qué tengo que hacerlo? ¿Por qué tengo que sentarme y sonreír mientras esas brujas me insultan? ¡No oyes ni la mitad de lo que dicen! ¡Eres un hombre! ¡Es como si llevaras tapones en los oídos!
—¡Cálmate, cariño, por favor! No es el momento ni el lugar.
—¡Nunca es momento ni lugar porque siempre hay alguien aquí! Voy a tener que comprar apartamento para poder discutir contigo…
—No entiendo por qué te molesta tanto. Tienes que darle…
—¡No!
Algo cayó sobre el suelo de parqué. Ya estaba totalmente despierta y el corazón me latía a mil por hora. Hubo un silencio denso.
—Ahora me vas a decir que era herencia de tu familia.
Pausa.
—Es que lo era.
Se oyó un sollozo ahogado.
—¡Me da igual, igual! Me ahogo en la historia de tu familia, ¿me oyes? ¡Me ahogo!
—Agnes, tesoro, en el pasillo no. Vamos. Podemos hablar de esto más tarde.
Me quedé muy quieta sentada en el borde de la cama.
Se oyeron unos cuantos sollozos más, luego se hizo el silencio. Esperé, me levanté y me acerqué a la puerta, apretando mi oreja contra ella. Nada. Miré el despertador; eran las 16:46.
Me lavé la cara y me puse rápidamente el uniforme. Me cepillé el pelo y luego me deslicé en silencio fuera de mi habitación y eché a andar por el pasillo.
Me detuve.
Al final del pasillo, junto a la cocina, había una joven en posición fetal. Un hombre mayor la abrazaba con la espalda apoyada contra la pared recubierta de paneles de madera. Casi estaba sentado, con una rodilla levantada y la otra extendida, como si la hubiera cogido al caer y el peso le hubiera tirado al suelo. No podía ver el rostro de la mujer, pero sí una pierna larga y esbelta que surgía de forma poco elegante de debajo de un vestido marinero; una mata de cabellos rubios ocultaba su rostro. Tenía los nudillos blancos de lo fuerte que se agarraba a él.
Los vi y tragué saliva. Reconocí al señor Gopnik.
—No la necesito ahora, gracias —dijo quedamente.
La voz murió en mi garganta, volví rápidamente a mi habitación y cerré la puerta. El corazón me palpitaba en el pecho con tanta fuerza que estaba segura de que lo estaban oyendo.
Miré sin ver la televisión durante la hora siguiente; no podía quitarme de la cabeza la imagen de las dos personas entrelazadas. Pensé en enviar un mensaje de texto a Nathan, pero no sabía muy bien qué decirle. Así que a las 17:55 volví a salir de mi habitación, intentando encontrar el camino de la puerta de acceso a la zona principal. Entré en un comedor enorme y vacío, pasé por lo que parecía un dormitorio de invitados y por dos puertas cerradas más, siguiendo el rumor de una conversación que oía a lo lejos. Mis pies se deslizaban suavemente sobre el suelo de parqué. Por fin llegué al salón y me detuve ante la puerta abierta.
El señor Gopnik estaba sentado ante la ventana, hablando por teléfono con las mangas de su camisa azul claro arremangadas y una mano apoyada en la nuca. Me invitó a entrar sin dejar de hablar por teléfono. A mi izquierda había una mujer rubia (¿la señora Gopnik?), sentada en un sofá rosa de estilo antiguo, que pulsaba las teclas de su iPhone sin descanso. Parecía haberse cambiado de ropa y durante un momento me sentí confusa. Esperé, incómoda, hasta que él acabó de hablar y se puso de pie con un pequeño gesto, me di cuenta, de dolor. Di otro paso hacia él para que no tuviera que avanzar más y le estreché la mano. Estaba caliente y, aunque tomó la mía con suavidad, pude sentir su fuerza. La joven seguía tecleando en su teléfono.
—¡Louisa! Me alegro de que haya llegado bien. Espero que tenga todo lo que necesita —dijo exactamente en la forma en la que suele decirlo la gente cuando no esperan que necesites nada.
—Todo está muy bien, muchas gracias.
—Esta es mi hija Tabitha. ¿Tab?
La chica levantó una mano y esbozó un indicio de sonrisa antes de volver a su teléfono.
—Por favor, perdone a Agnes. No ha podido venir a darle la bienvenida. Se ha acostado una horita. Tiene una migraña horrible. Ha sido un fin de semana muy largo.
Su rostro denotaba una fatiga que ocultó rápidamente. Nada en su conducta delataba la escena que había presenciado menos de dos horas antes. Sonrió.
—De modo que… esta noche puede hacer lo que quiera, pero a partir de mañana por la mañana acompañará a Agnes a donde quiera ir. Su cargo oficial es de «asistente», y tendrá que asistirla día a día en lo que necesite. Tiene una agenda muy apretada. He pedido a mi secretario que la ponga al corriente de la agenda familiar, y le enviarán por e-mail cualquier modificación. Échele un vistazo en torno a las diez de la noche, que es cuando hacemos los últimos cambios. Conocerá al resto del equipo mañana.
—Estupendo, muchas gracias. —Tomé nota de la palabra «equipo» y tuve una breve visión de futbolistas dando vueltas por la casa.
—¿Qué hay de cenar, papi?
Tabitha habló como si yo no estuviera presente.
—No lo sé, cariño. Creí que habías dicho que cenarías fuera.
—No sé si me apetecerá volver a cruzar la ciudad esta noche. A lo mejor me quedo.
—Como quieras, pero dile a Ilaria lo que decidas. ¿Tiene alguna pregunta, Louisa?
Intenté pensar en algo útil que decir.
—¡Ah! Y mamá me ha pedido que te pregunte si habías encontrado el cuadro pequeño, el Miró.
—Cariño, no voy a volver sobre el tema. El cuadro se queda aquí.
—Pero mamá dice que ella lo eligió. Lo echa en falta. A ti nunca te ha gustado.
—Esa no es la cuestión.
Desplacé mi peso de una pierna a otra, sin estar segura de si debía retirarme.
—Sí es la cuestión, papá. Mamá echa algo terriblemente de menos y a ti te da igual.
—Vale ochenta mil dólares.
—A mamá no le importa el dinero.
—¿Podemos hablar de esto más tarde?
—Luego estarás ocupado. Prometí a mamá que arreglaría este asunto.
Retrocedí un paso disimuladamente.
—No hay nada que hablar. El acuerdo se firmó hace dieciocho meses y lo tratamos todo. ¡Ah, querida, estás aquí! ¿Te encuentras mejor?
Me di la vuelta. La mujer que acababa de entrar en la habitación era increíblemente hermosa. Iba sin maquillar y llevaba el pálido cabello rubio sujeto en un moño poco apretado. Tenía grandes pómulos salpicados de pecas y la forma de sus ojos sugería una ascendencia eslava. Supuse que tendría más o menos mi edad. Avanzó descalza hasta donde se encontraba el señor Gopnik y le besó mientras acariciaba su nuca con la mano.
—Estoy mucho mejor, gracias.
—Esta es Louisa —dijo él.
La mujer se volvió hacia mí.
—Mi nueva aliada —comentó.
—Tu nueva asistente —corrigió el señor Gopnik.
—Hola, Louisa —saludó, ofreciéndome su mano fina y estrechando la mía. Sentí que me recorría con la mirada, como si intentara averiguar algo. Entonces sonrió y yo no pude evitar devolverle la sonrisa.
—¿Ilaria ha puesto bonita tu habitación?
Tenía una voz suave y hablaba con un ligero acento de Europa del Este.
—Todo es perfecto, muchas gracias.
—¿Perfecto? Vaya, te conformas con facilidad. Tu habitación parece un armario. Cualquier cosa que no gusta, dínoslo, y haremos que resulte más agradable. ¿A que sí, cariño?
—¿Tú no vivías en una habitación más pequeña que esa, Agnes? —dijo Tab sin levantar la mirada de su iPhone—. Creo recordar que papá me dijo que compartías habitación con unos quince inmigrantes.
—¡Tab! —La voz del señor Gopnik transmitía una suave advertencia.
Agnes respiró hondo y levantó la barbilla.
—De hecho, mi cuarto era más pequeño. Pero lo compartía con unas chicas estupendas. No había problemas. Cuando gente es agradable y educada se soporta cualquier cosa, ¿no crees, Louisa?
Tragué saliva.
—Sí.
Ilaria entró en la habitación aclarándose la garganta. Llevaba el mismo polo y los mismos pantalones oscuros que yo, pero cubiertos por un delantal blanco. No me miró.
—La cena está servida, señor Gopnik.
—¿Hay comida para mí, Ilaria querida? —dijo Tab, con el brazo apoyado lánguidamente en el respaldo del sofá—. A lo mejor me quedo.
Ilaria adoptó una expresión cálida de repente. Era otra persona la que tenía ante mí.
—Por supuesto, señorita Tabitha. Siempre cocino de más los domingos por si decide quedarse.
Agnes estaba en medio de la habitación y creí percibir un destello de pánico en su rostro. Apretó las mandíbulas.
—En ese caso me gustaría que Louisa cenara con nosotros también —comentó.
Se hizo el silencio.
—¿Louisa? —dijo Tab.
—Sí. Me gustaría conocerla mejor. ¿Tienes planes para esta noche, Louisa?
—N… no —tartamudeé.
—Entonces cenas con nosotros. Ilaria, has hecho comida de más, ¿sí?
Ilaria miró fijamente al señor Gopnik, que parecía absorto consultando algo en su móvil.
—Agnes —dijo Tab un momento después—, ¿todavía no te has enterado de que nosotros no comemos con los empleados?
—¿Quiénes son esos «nosotros»? No sabía que hubiera un reglamento. —Agnes se miró la mano y pareció inspeccionar su alianza con estudiada calma—. Cariño, ¿se te ha olvidado pasarme el reglamento?
—Con todo respeto, y vaya por delante que Louisa me parece encantadora —insistió Tab—, existen límites por el bien de todos.
—Estaré encantada de hacer lo que dispongan… —empecé a decir—. No quiero causar ningún…
—Bien, con todo respeto, Tabitha, me gustaría cenar con Louisa. Es mi nueva asistente y vamos a pasar juntas todos los días. Así que no veo problema en querer conocerla un poco mejor.
—No hay problema —respondió el señor Gopnik.
—Papá…
—No hay problema, Tab. Ilaria, por favor, ¿podría poner la mesa para cuatro? Gracias.
Ilaria abrió mucho los ojos. Me miró y sus labios formaron una delgada línea que reflejaba su ira, como si hubiera sido yo la que había alterado la jerarquía doméstica. Luego desapareció en el comedor, y pudimos oír claramente el enérgico ruido producido por la cubertería y la cristalería. Agnes suspiró y se apartó el pelo de la cara. Me dirigió una sonrisa fugaz de conspiradora.
—Vamos —dijo el señor Gopnik un minuto después—. Louisa, quizá le apetezca una copa.
La cena fue un evento callado y doloroso. Me intimidaban la gran mesa de caoba, la pesada cubertería de plata y las copas de cristal, y me sentía fuera de lugar con mi uniforme. El señor Gopnik estuvo callado casi todo el rato y desapareció un par de veces para atender llamadas de su oficina. Tab miraba su iPhone, evitando deliberadamente relacionarse con nadie. Ilaria servía pollo en salsa de vino tinto con toda su guarnición, y luego retiraba los platos vacíos con, en palabras de mi madre, cara de perro apaleado. Puede que fuera la única que oyera el duro golpe con el que puso el plato ante mí o el sonido, apenas audible, que emitía cada vez que pasaba por detrás de mi silla.
Agnes apenas tocó la comida. Estaba sentada frente a mí y charlaba juguetona, como si fuera su nueva mejor amiga; de cuando en cuando miraba a su marido.
—¿De modo que es tu primera vez en Nueva York? —preguntó—. ¿Dónde más has estado?
—Hum…, en pocos sitios. He empezado a viajar tarde. Estuve recorriendo Europa hace un tiempo y, antes de eso, en Mauricio. Y Suiza.
—Estados Unidos es muy diferente. Cada estado tiene su propio encanto, creo, para nosotros los europeos. Solo he ido a unos cuantos sitios con Leonard, pero fue como visitar países totalmente distintos. ¿Estás emocionada por estar aquí?
—Mucho —dije—, estoy decidida a aprovechar todo lo que Nueva York pueda ofrecerme.
—Habla como tú, Agnes —observó Tab con dulzura.
Agnes la ignoró sin apartar la mirada de mí. Sus ojos eran de una belleza hipnótica y se ahusaban hacia arriba en los extremos. Tuve que recordarme dos veces a mí misma que debía cerrar la boca cuando la contemplaba.
—Háblame de tu familia. ¿Tienes hermanos o hermanas?
Expliqué mi situación familiar lo mejor que supe, haciendo que pareciéramos más los Ingalls que los Addams.
—¿Así que ahora tu hermana vive en tu apartamento de Londres? ¿Con su hijo? ¿Vendrá ella para visita? ¿Y tus padres? ¿Te echarán de menos?
Pensé en la última salida de mi padre al despedirnos: «No te des prisa en volver, Lou. ¡Vamos a convertir tu dormitorio en un jacuzzi!».
—Sí, claro, mucho…
—Mi madre se pasó llorando dos semanas cuando me fui de Cracovia. ¿Tienes novio?
—Sí. Se llama Sam y es técnico en emergencias sanitarias.
—¡Técnico en emergencias! ¿Eso es algo parecido a un médico? Qué bien. Por favor, enséñame foto. Me encanta ver fotos.
Saqué mi teléfono del bolsillo y empecé a buscar hasta que encontré mi foto favorita de Sam, sentado en la azotea de mi edificio con su uniforme verde oscuro. Venía de trabajar y me sonreía mientras bebía una taza de té. El sol se estaba poniendo a sus espaldas, y al mirar la foto recordé exactamente cómo me sentí ahí arriba, con el té enfriándose en la cornisa detrás de mí y Sam esperando pacientemente mientras tomaba foto tras foto.
—¡Qué guapo! ¿También se viene a Nueva York?
—Hum, no. Ahora es algo complicado porque está haciéndose una casa. Además, está su trabajo.
Agnes abrió mucho los ojos.
—Pero tiene que venir, ¡no podéis vivir en países diferentes! ¿Cómo puedes amar a tu hombre si no está aquí contigo? Yo no podría estar lejos de Leonard. No me gusta ni que vaya de viaje de negocios un par de días.
—Sí, ya, supongo que tú querrás asegurarte de no estar nunca demasiado lejos —comentó Tab. El señor Gopnik levantó los ojos de su plato y deslizó la mirada de su esposa a su hija, pero no dijo nada.
—Bueno —dijo Agnes colocando la servilleta sobre sus rodillas—, Londres no está tan lejos. Y el amor es el amor, ¿no crees, Leonard?
—Sin duda lo es —respondió él, y su rostro se distendió brevemente al contemplar la sonrisa de su mujer. Agnes deslizó su mano sobre la suya y la acarició; yo volví rápidamente a clavar la mirada en mi plato.
Reinó el silencio durante un instante.
—Creo que me voy a casa, estoy empezando a sentir náuseas. —Tab echó su silla hacia atrás con un sonoro chirrido y arrojó su servilleta sobre el plato; el lino blanco empezó a empaparse inmediatamente de salsa de vino roja. Tuve que reprimir el impulso de rescatarla. Se levantó y besó a su padre en la mejilla. Él alargó la mano que tenía libre y acarició su brazo con ternura—. Te llamaré esta semana, papá. —Se dio la vuelta—. Louisa, Agnes —saludó haciendo una cortés inclinación de cabeza antes de abandonar la habitación.
Agnes la contempló mientras se marchaba. Puede que musitara algo en voz muy queda, pero Ilaria estaba retirando mi plato y mis cubiertos con un estruendo tan salvaje que era difícil saberlo a ciencia cierta.
Cuando Tab se fue la belicosidad abandonó el cuerpo de Agnes. Pareció marchitarse en su silla, los hombros hundidos de repente, su afilada clavícula bien visible cuando dejó colgar la cabeza. Me levanté.
—Muchas gracias por la cena, estaba todo delicioso.
Nadie protestó. El brazo del señor Gopnik descansaba sobre la mesa de caoba y sus dedos acariciaban la mano de su mujer.
—La veremos por la mañana, Louisa —dijo él sin mirarme. Agnes lo contemplaba con expresión adusta. Salí del comedor y aceleré el paso al pasar delante de la cocina, para que las dagas virtuales de Ilaria no pudieran alcanzarme.
Una hora después recibí un mensaje de texto de Nathan. Estaba tomando unas cervezas con unos amigos en Brooklyn. «He oído que ya has recibido el bautismo de fuego. ¿Estás bien?».
No me sentía con fuerzas de responder algo ingenioso. Ni de preguntarle cómo demonios se había enterado.
«Será más fácil cuando los conozcas. Prometido».
«Te veo mañana», respondí. Tuve dudas por un momento. ¿A qué me había comprometido? Luego tuve unas duras palabras conmigo misma y me sumí en un sueño profundo.
Esa noche soñé con Will. Rara vez soñaba con él; una fuente de tristeza para mí en aquellos primeros días, cuando le echaba tanto de menos que sentía como si alguien hubiera cavado un agujero en mi interior. Los sueños cesaron cuando conocí a Sam. Pero ahí estaban de nuevo, de madrugada, tan vívidos como si se encontrara de pie ante mí. Estaba sentado en el asiento trasero de un coche, una lujosa limusina negra como la del señor Gopnik. Yo le veía desde el otro lado de la calle. Me alivió inmediatamente comprobar que no había muerto, que después de todo no se había ido, y supe instintivamente que no debía ir a dondequiera que se dirigiera. Tenía que detenerle. Pero cada vez que intentaba cruzar la calle, ya de por sí concurrida, aparecía ante mí una nueva hilera de coches de motores rugientes que no me dejaba llegar hasta él. El ruido de los motores ahogaba mi voz que gritaba su nombre. Ahí estaba, fuera de mi alcance, con su piel color caramelo, su leve sonrisa jugueteando en las comisuras de sus labios, diciendo algo al conductor que yo no podía oír. En el último momento me vio, sus ojos se dilataron un poco y yo me desperté, sudando, con el edredón enrollado en las piernas.