En un rincón remoto de su alma disfrutaba siendo la causa del insomnio de alguien cuya existencia ni siquiera imaginaba apenas dos semanas antes.
DAVID VOGEL
El viento de la aceleración agitó el pelo que le enmarcaba la cara y los mechones más largos palpitaron sobre sus ojos y le cubrieron la boca. Las puntas cortadas unos días antes tenían un sabor amargo. En el instante en que el marinero de la camiseta raída tiró de la amarra y la subió a bordo sin que rozara el agua, con un movimiento de singular destreza, y desde el muelle su compañero, maniobrando los cabos, levantó la pasarela haciéndola girar sobre sobre sí misma, como si domara un imponente caballo blanco, Clementina advirtió de golpe la sensación de alejarse de la tierra firme, algo tan agradable como peligroso. Fue suficiente con que la popa del hidroala se apartara ronroneando del muelle con un movimiento brusco, bastaron unas pocas brazas de agua oscura entre el cemento y la embarcación para formar una imagen irreparable, como si se hubiera abierto un abismo, y avante, ya en mar abierta, la bruma matinal tragándose la tierra y la sensación de que quienes se habían embarcado no volverían a pisarla durante meses o años, igual que esos barcos que no regresarán a casa hasta que llenen sus bodegas.
Mirando el muelle, el paisaje de colinas, las villas, las palmeras, las grúas, los contenedores, las hileras de ventanas entornadas desteñidas por el aire marino, mirando atrás mientras el hidroala coleteaba con los motores al mínimo hacia la bocana del puerto, Clementina esperaba que Erri llegara de un momento a otro y la rodeara con sus brazos, primero por las caderas para luego ir subiendo por el jersey y abrazarla con fuerza por debajo del pecho generoso. Quizá permanecía allí mirando fijamente cómo se alejaba la orilla, a pesar del viento frío, justo para que Erri pudiera inaugurar de esa forma aquel breve y frenético viaje. Pero él, unos pasos más allá, fumaba en el extremo opuesto de la cubierta apoyado en la batayola, rodeado por las maletas de los turistas, con una actitud que podía interpretarse como ansiosa o circunspecta.
Cuando Clementina ya no se lo esperaba y del puerto empequeñecido por la distancia solo se distinguían los faros erguidos en la embocadura, mientras estaba a punto de dar media vuelta y buscar su asiento bajo cubierta, helada y harta de apartarse el pelo que le azotaba la cara porque de repente el hidroala había perdido velocidad y levantaba la proa fuera del agua transformando su estela en un tumulto de espuma, Erri dio un brinco hacia ella y la cogió por detrás, bloqueándola. Después apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos. Más que protector, su abrazo era infantil, torpe, pero eso no le restaba carga amorosa, todo lo contrario: a Clementina la invadió una alegría desconocida y se rio sin intentar soltarse. Estrechó las manos de él, calientes, entre las suyas, heladas.
No fue fácil llegar al hotel, pues por discreción o por un pudor bastante singular a aquellas alturas de su relación, no quisieron pedir indicaciones a nadie. Erri caminaba siempre tres o cuatro pasos por delante de Clementina, aparentemente seguro de la dirección que debían tomar por las callejuelas empinadas que subían y doblaban desembocando en escalinatas estrechas, en realidad dando la impresión de no querer andar a su lado, de que se avergonzara de dejarse ver junto a ella como una pareja, es decir, como una pareja cualquiera. O eso le parecía a Clementina, que le pidió varias veces medio en broma que aflojara el paso. Su bolsa en bandolera era voluminosa y le extrañó que Erri, que solo llevaba una mochila pequeña a la espalda, no se ofreciera a llevársela.
Clementina siempre cometía el mismo error, el de abarrotar de cosas aquella bolsa de flores sin forma que vacía y abandonada en el suelo parecía un trapo, liviana como su estampado, pero que una vez llena se volvía pesada y voluminosa igual que el alijo de un ladrón con un botín jugoso y que ahora le rebotaba en la cadera a cada paso. En la bolsa había metido: dos vestidos de seda, una túnica de rayas de colores para llevar encima de los cuatro trajes de baño —tres biquinis y un bañador, pero sucinto, muy escotado—, un par de sandalias planas de cuerda, unas zapatillas de goma para caminar sobre la rocas, unas sandalias de tacón, unas deportivas, tres camisetas, un jersey grueso, otros pantalones vaqueros además de los que llevaba puestos pero azul claro, cómodos y holgados, un cinturón ancho de cuero para resaltar la cintura de los dos vestidos elegantes, un sombrero de una paja especial que no se chafaba aunque estuviera aplastado allí en medio, es más, que emergería de las capas de ropa con las alas milagrosamente extendidas, intacto, dos novelas, ambas de escritoras americanas galardonadas con premios de prestigio, de las que Clementina sabía que apenas tendría tiempo de leer algún párrafo, y un neceser amarillo transparente con artículos de higiene y cosméticos que incluían dos cremas solares de protección alta, una para la cara y otra para el cuerpo. La crema antiestrías no se la había llevado.
Uno de los objetos más importantes pesaba unos pocos gramos y solo ocupaba unos cuantos centímetros: las gafas de natación.
No habría podido ponérselo todo, aplicarse las cremas solares, leer las dos novelas, abrigarse con el jersey y alternar los biquinis con el bañador, aunque se hubiera quedado en la isla dos semanas en vez de dos días. Había preparado la bolsa a escondidas de su marido y enseguida pensó que lo primero que haría a la vuelta sería deshacerla con la misma cautela y secar los bañadores todavía mojados o húmedos en el lavadero, donde él nunca ponía los pies.
Erri tenía prisa por llegar al hotel para hacer el amor enseguida. Tenía unas ganas insoportables y eso lo ponía nervioso y lo volvía casi indiferente hacia la persona con la que se disponía a hacerlo.
El hotel debía de haber conocido tiempos mejores. A Clementina le costaba recordar cómo era. El lujo necesita un mantenimiento continuo, si se abandona se deteriora con más rapidez que lo humilde. Lo había elegido porque era el hotel al que iban sus padres cuando era prácticamente el único que había en la isla y los clientes eran casi todos extranjeros excéntricos. Después, durante bastantes años, fueron de vacaciones con ella y sus dos hermanas mayores, hasta que la costumbre de pasar la segunda semana de septiembre en la isla se interrumpió sin más explicaciones, o al menos a Clementina, que entonces contaba diez años, nadie se las dio. Tuvo que esperar otros diez para saber la verdad, es decir, que en aquel invierno su madre había tenido una aventura con el novio de su hermana mayor, aunque más que una aventura había sido una pasión arrolladora, que la había consumido hasta hacerle perder la prudencia, por aquel joven guapo y vanidoso que estaba encantado de alternar a su antojo a la veinteañera con la cuarentona de la misma sangre, con los mismos ojos y el mismo pelo. El padre de Clementina había silenciado el escándalo bajo un manto de discreción y la madre había entrado en razón tras meses de auténtico delirio, de noches fuera de casa, de escenas histéricas e incluso de un intento de suicidio; pero la espontaneidad de los viajes y las vacaciones improvisadas de los padres con las tres hijas, aquella unión familiar tan envidiable y compenetrada, se interrumpió bruscamente y no volvieron a recuperarla.
Pero era demasiado pronto y en el hotel no tenían lista su habitación. «¿Cuánto hay que esperar?», preguntó Erri, con voz ahogada y una sonrisa nerviosa provocada por la lujuria que a duras penas reprimía. «Pues un par de horas», le respondieron sin mucha amabilidad. Mientras tanto podían dejar las maletas e ir a dar una vuelta o bañarse en la playa, había tiempo de sobra. «Y hace un día tan bonito...» Les dejaron cambiarse en el baño de la planta baja.
Con la temporada a punto de terminar, en el puerto quedaban pocos sitios abiertos donde alquilar equipos de pesca submarina, barcas y zódiacs. Ya habían sacado a la playa muchas embarcaciones para llevarlas al varadero. Erri se dirigió a una chica que lavaba con una manguera la quilla de una barca volcada en el muelle: la frotaba y la mojaba aquí y allá, de manera infantil, quizá por falta de experiencia, de ganas o porque le divertía jugar con el agua. «Mi marido no está, se ha quedado en casa porque tiene fiebre», dijo ruborizándose intensamente, por lo general era él quien se encargaba de alquilar las barcas y los escúteres, pero por temor a perder un cliente que tal vez fuera el único del día la chica enseguida añadió que podía hacerlo ella. Prometió rebajar el precio de una lancha pequeña con un motor bastante potente y nuevo, toldo, colchoneta para tomar el sol y todo lo necesario. Gastos de combustible en función del consumo. Erri estaba de acuerdo y siguió a la chica hasta una sombrilla y una mesita adosada a la cresta rocosa que rodeaba el viejo puerto. Mirándola de espaldas, se fijó en el vestido corto de color turquesa, la cola de caballo decolorada, las rodillas huesudas que se rozaban, los zuecos. Sin que hubiera ninguna necesidad, pues hacía fresco y la zona todavía estaba a la sombra, la chica se empeñó en abrir la sombrilla estampada con innumerables latas de una bebida energética. Para ella era una manera de inaugurar su actividad en ausencia de su marido.
Empiezan a circunnavegar la isla. El motor ronronea y borbota sordamente, regular. La excitación va en aumento tan pronto como dejan atrás el puerto, a su derecha. Cuando doblan el promontorio, ante su vista se abre una línea espectacular de acantilados de todos los colores que pueden imaginarse, grises, ocres, rojos, blancos, con vetas e incrustaciones negras brillantes, inclinadas de derecha a izquierda. Cada uno oculta el siguiente. La mar está en calma, profunda. El sol, ya alto, calienta, el viento se debe solo a la velocidad.
No hace ni un cuarto de hora que costean la pared de roca cuando se abre la primera cala donde el agua deja de ser azul oscuro y se vuelve verde y menos profunda. Está plana e inmóvil como gelatina transparente. Erri ralentiza y se acerca más a la costa para observar el fondo, Clementina le pide que pare la lancha para bañarse.
—¿Vienes?
Pero Erri le dice con señas que no y echa el ancla. Echará y levará anclas muchas veces durante ese día.
Clementina nada rápido, para ella estar sola en el agua fresca es su mayor placer. Impulsarse hacia delante, hacia delante, sumergida en el agua, pero también deslizándose por su superficie. Es un placer que supera al de la compañía de cualquiera. Infinitamente más grande y libre porque no le impone ninguna obligación. No espera nada y no va a ninguna parte con ese movimiento. Son las olas que ella misma provoca con sus brazadas las que alejan al resto del mundo, la sustancia trémula y amenazadora de sus interrogantes. Incluso el mundo sumergido, mágico, le concierne hasta cierto punto. Tiene suficiente con lo que puede ver a través de las gafas entre una y otra toma de aire: son paisajes abstractos, una ráfaga de burbujas, una mirada hacia la roca submarina que bulle de peces, ráfagas plateadas, rayos de sol que se hunden oblicuos hasta tocar el fondo arenoso gris pálido.
Después se acuerda de que le ha dicho a Erri que solo se daría un chapuzón y cambia de dirección, acelera el ritmo de las brazadas hasta que avista la sombra de la quilla en el fondo. Habrá unos cuatro metros de profundidad, cinco como mucho. Agarrado al borde, como si no supiera nadar, como un viejo que se mete en el agua solo para refrescarse, está Erri, el cuerpo de Erri, treinta y siete años, moviendo lentamente las piernas en lo azul. Un bóxer rojo y un torso rubio. Clementina se sumerge a hurtadillas, contiene la respiración hasta que no puede más y emerge a su lado salpicándolo.
Erri quiere hacer el amor con ella inmediatamente, no veía la hora de que ella volviera a la barca. Quiere hacerlo allí mismo, en el agua, ella se gira y se agarra al borde con las manos al contrario. Cuando se abrazan el contacto los deja prácticamente indiferentes; sin embargo, ambos gozan ruidosamente. Unos instantes después se desensartan el uno del otro y Erri maldice el frío que de repente lo atenaza, da manotazos en el agua, y Clem se echa a reír jadeando. «Es como estar anestesiado...»
Más tarde daba el sol en una playa minúscula, pero ya no era el calor de pleno verano, como si también fuera, por decirlo así, transparente. La barca había dejado de girar sobre la cadena del ancla y flotaba inmóvil en la superficie del mar igual que una silueta de cartón de colores chillones. Al poco de desembarcar se habían quedado dormidos, o más bien habían perdido el conocimiento sobre la dureza de los guijarros, en posiciones incómodas, absurdas: Clementina completamente desnuda, con la cara aplastada contra las piedras; Erri con las piernas abiertas y un brazo sobre la cara. Al entreabrir los ojos por un instante, inmediatamente cegados por el sol, y despegar el brazo húmedo de la cara, percibiendo el zumbido de la sangre mezclado con los chasquidos acompasados de los guijarros que el ir y venir perezoso de las olas hacían rodar, Erri se dio cuenta de que aquel momento tan intenso no podía durar mucho. Un mes, o incluso una sola semana, sobreexpuestos a aquel goce monótono parecido a una vibración que nunca cambia de frecuencia ni de intensidad, a un silbido que resuena desde tiempos inmemoriales, acabaría completamente con sus cuerpos y sus pensamientos. Tal vez ese era el significado de las sirenas, pensó, la esencia de su trampa: una alegría inhumana. El vacío del cielo ardiente, pero fresco, la ingenuidad de la pulsación de aquella luz que cegaba sin herir, la pureza plana de los colores, tan vívidos que obviaban la mirada humana, aquel tiempo tan clásico e inmóvil, ¿quién hubiera podido sostenerlos? El ritmo de las olas breves, tan leves, impalpables, agotadoras como caricias repetidas una y otra vez, como un gato que no para de beber leche en su cuenco, hizo que deseara un poco de sombra donde resguardarse. La mujer desnuda a su lado dio un respingo, se estremeció, Clem despertó con un sobresalto, antes de abrir los ojos se apartó el pelo pegado a la cara murmurando algunas palabras apenas comprensibles. Tenía las marcas de los guijarros en la frente y