SÍGUENOS EN
@megustaleerebooks
@megustaleer
@megustaleer
Queridos lectores:
Ahora que vais a zambulliros en esta novela, querría rendir homenaje a mi editor, Bernard de Fallois, que nos dejó en enero de 2018.
Era un hombre fuera de lo común que poseía un sentido excepcional de la edición. Se lo debo todo. Fue el golpe de fortuna de mi vida. Lo voy a echar mucho, muchísimo, de menos.
¡Leamos!
Para Constance
Solo las personas familiarizadas con la región de los Hamptons, en el estado de Nueva York, se enteraron de lo sucedido el 30 de julio de 1994 en Orphea, una ciudad de veraneo pequeña y encopetada a orillas del océano.
Esa noche, Orphea inauguraba su primer festival de teatro y aquel acontecimiento, de alcance nacional, había atraído a un público considerable. Ya desde media tarde, los turistas y la población local habían empezado a agolparse en la calle principal para presenciar los numerosos actos festivos que había organizado el ayuntamiento. Los barrios residenciales se habían quedado vacíos de vecinos hasta tal punto que tenían pinta de ciudad fantasma: no quedaban paseantes por las aceras, ni parejas en los porches, ni niños patinando por la calle, ni había nadie en los jardines. Todo el mundo estaba en la calle principal.
A eso de las ocho, en el barrio completamente vacío de Penfield, el único rastro de vida era un coche que recorría despacio las calles desiertas. Al volante, un hombre escudriñaba las aceras con destellos de pánico en la mirada. Nunca se había sentido tan solo en el mundo. No había nadie para ayudarlo. No sabía qué hacer. Andaba buscando desesperadamente a su mujer: había salido a correr y no había vuelto.
Samuel y Meghan Padalin se hallaban entre los escasos vecinos que habían decidido quedarse en casa en esa primera noche de festival. No habían conseguido entradas para la obra inaugural, cuya taquilla había tomado la gente por asalto, e ir a participar en las festividades populares de la calle principal y del paseo marítimo y el puerto deportivo no había despertado en ellos el menor interés.
A última hora de la tarde, Meghan había salido, como todos los días, a eso de las seis y media, para ir a correr. Salvo los domingos, que era el día en que le concedía al cuerpo algo de descanso, hacía el mismo circuito todas las tardes de la semana. Salía de su casa y subía por la calle Penfield hasta Penfield Crescent, que trazaba un semicírculo alrededor de un parquecillo. Se detenía allí para realizar una serie de ejercicios en el césped —siempre los mismos— y luego regresaba a su casa por el mismo camino. Aquel recorrido le llevaba exactamente tres cuartos de hora. Cincuenta minutos a veces si alargaba los ejercicios. Pero nunca más tiempo.
A las siete y media, a Samuel Padalin le pareció raro que su mujer no hubiera regresado aún.
A las ocho menos cuarto, había empezado a preocuparse.
A las ocho, andaba arriba y abajo por el salón.
A las ocho y diez, por fin, no aguantó más y cogió el coche para recorrer el barrio. La forma más lógica de proceder le pareció ir siguiendo el camino que solía recorrer Meghan. Y eso fue lo que hizo.
Se metió por la calle Penfield y subió hasta Penfield Crescent, donde giró. Eran las ocho y veinte. Ni un alma por la calle. Se detuvo un momento para mirar el parque, pero no vio a nadie. Cuando volvía a arrancar, divisó una forma en la acera. Al principio, le pareció un montón de ropa. Hasta que se dio cuenta de que se trataba de un cuerpo. Entonces salió precipitadamente del coche, con el corazón palpitante: era su mujer.
A la policía, Samuel Padalin le dijo que al principio había pensado en un vahído por culpa del calor. Se temió un ataque al corazón. Pero, al acercarse a Meghan, vio la sangre y el agujero detrás de la cabeza.
Se puso a gritar y a pedir ayuda, sin saber si tenía que quedarse junto a su mujer o si ir corriendo a llamar a la puerta de las casas para que alguien avisase a emergencias. Lo veía todo borroso y le daba la impresión de que le fallaban las piernas. Sus voces atrajeron por fin a un vecino de una calle paralela, quien avisó a emergencias.
Pocos minutos después, la policía cerró el barrio.
Fue uno de los primeros agentes en llegar quien, al trazar el perímetro inicial de seguridad, se fijó en que la casa del alcalde de la ciudad, muy próxima al cuerpo de Meghan, tenía la puerta entornada. Se acercó, intrigado. Comprobó que la habían reventado. Sacó el arma, subió de una zancada las escaleras de entrada y anunció su presencia. No hubo ninguna respuesta. Empujó la puerta con la punta del pie y vio que un cadáver de mujer yacía en el pasillo. Pidió refuerzos en el acto, antes de seguir avanzando despacio por la casa con el arma en la mano. A la derecha, en un saloncito, se topó, espantado, con el cuerpo de un niño. Luego, en la cocina, se encontró al alcalde, en un charco de sangre, asesinado también.
Habían matado a toda la familia.
Lunes 23 de junio-martes 1 de julio de 2014
La primera y última vez que vi a Stephanie Mailer fue cuando se coló en la recepción amistosa que me organizó la policía estatal de Nueva York con motivo de mi retirada del cuerpo.
Aquel día, una multitud de policías de todas las brigadas se había reunido bajo el sol del mediodía frente a la tarima de madera que colocaban en las grandes ocasiones en el aparcamiento del centro regional de la policía estatal. Yo me encontraba allí subido, junto a mi superior, el mayor McKenna, que había sido mi jefe durante toda mi carrera y me estaba tributando un ferviente homenaje.
—Jesse Rosenberg es un capitán de policía joven, pero por lo visto le corre mucha prisa irse —dijo el mayor, dando pie a las risas de los asistentes—. Nunca habría imaginado que pudiera irse antes que yo. La verdad es que la vida está mal hecha: a todo el mundo le gustaría que yo me fuera, pero aquí sigo; y a todo el mundo le gustaría que Jesse se quedara, pero Jesse se nos va.
Tenía cuarenta y cinco años y dejaba la policía sereno y feliz. Después de veintitrés años de servicio, había decidido aceptar la pensión que ya me correspondía para sacar adelante un proyecto que llevaba mucho tiempo acariciando. Aún me quedaba una semana de trabajo, hasta el 30 de junio. Luego empezaría un capítulo nuevo de mi vida.
—Me acuerdo del primer caso importante de Jesse —siguió diciendo el mayor—. Un cuádruple asesinato espantoso que resolvió brillantemente, cuando nadie lo creía capaz de hacerlo. Era aún un policía muy joven. A partir de ese momento todo el mundo se percató del temple de Jesse. Todos los que se han codeado con él saben que ha sido un investigador excepcional; incluso creo que puedo decir que ha sido el mejor de todos nosotros. Lo bautizamos «capitán cien por cien» porque resolvió todas las investigaciones en las que participó, lo que lo convierte en un investigador único. Policía admirado por sus colegas, experto al que muchos consultan e instructor de la academia durante largos años. Te lo voy a decir, Jesse: ¡hace veinte años que te envidiamos todos!
Los asistentes volvieron a soltar la carcajada.
—No hemos entendido muy bien cuál es ese nuevo proyecto que te espera, Jesse, pero te deseamos suerte en esa empresa. Has de saber que te echaremos de menos, que la policía te echará de menos; pero sobre todo te echarán de menos nuestras mujeres que se pasaban las verbenas de la policía mirándote como si fueran a comerte vivo.
Un torrente de aplausos celebró el discurso. El mayor me dio un cordial abrazo y luego me bajé del estrado para ir a saludar a cuantos habían tenido el detalle de acudir antes de que se abalanzasen sobre el bufé.
Me quedé solo por un momento y se me acercó una mujer muy guapa de unos treinta años a la que no recordaba haber visto en la vida.
—¿Así que es usted el famoso «capitán cien por cien»? —me preguntó con tono seductor.
—Por lo visto —contesté sonriente—. ¿Nos conocemos?
—No. Me llamo Stephanie Mailer. Soy periodista del Orphea Chronicle.
Nos dimos la mano. Stephanie me dijo:
—¿Le molesta si lo llamo «capitán noventa y nueve por ciento»?
Fruncí el ceño.
—¿Está usted insinuando que he dejado sin resolver alguna de mis investigaciones?
Por toda respuesta sacó del bolso la fotocopia de un recorte del Orphea Chronicle fechado el 1 de agosto de 1994 y me lo alargó:
CUÁDRUPLE ASESINATO EN ORPHEA:
MATAN AL ALCALDE Y A SU FAMILIA
El sábado, a última hora de la tarde, el alcalde de Orphea, Joseph Gordon, su mujer y su hijo de diez años aparecieron muertos en su domicilio. La cuarta víctima se llama Meghan Padalin, de treinta y dos años. La joven, que había salido a correr en el momento de los hechos, fue seguramente un testigo desafortunado. La mataron de varios tiros en plena calle, delante de la casa del alcalde.
Ilustraba el artículo una foto mía y de mi compañero a la sazón, Derek Scott, en el lugar del crimen.
—¿Adónde quiere ir a parar? —le pregunté.
—No resolvió este caso, capitán.
—¿Qué me está contando?
—En 1994 se equivocó de culpable. Pensaba que querría saberlo antes de dejar la policía.
Al principio creí que se trataba de una broma de mal gusto de mis colegas, antes de advertir que Stephanie iba muy en serio.
—¿Está usted investigando por su cuenta? —le pregunté.
—En cierto modo, capitán.
—¿«En cierto modo»? Va a tener que decirme algo más si pretende que la crea.
—Digo la verdad, capitán. Tengo una cita dentro de una hora que debería permitirme conseguir la prueba irrefutable.
—¿Una cita con quién?
—Capitán —me dijo con tono divertido—, no soy una principiante. Es la clase de exclusiva que un periodista no quiere arriesgarse a perder. Le prometo que lo haré partícipe de lo que descubra en cuanto llegue el momento. Mientras tanto, tengo que pedirle un favor: que me permita consultar el informe de la policía estatal.
—¡Usted lo llama un favor y yo lo llamo chantaje! —repliqué—. Empiece por enseñarme su investigación, Stephanie. Esas alegaciones son muy graves.
—Me hago cargo, capitán Rosenberg. Y, precisamente por eso, no me apetece que se me adelante la policía estatal.
—Le recuerdo que tiene la obligación de compartir con la policía toda la información de interés que obre en su poder. Es lo que marca la ley. También podría ir yo a hacer una inspección en su periódico.
A Stephanie pareció decepcionarla mi reacción.
—Qué se le va a hacer, «capitán noventa y nueve por ciento» —dijo—. Suponía que le iba a interesar, pero debe de estar usted pensando ya en su jubilación y en ese nuevo proyecto que ha mencionado el mayor en el discurso. ¿De qué se trata? ¿Va a arreglar un barco viejo?
—No es asunto suyo —contesté, muy seco.
Se encogió de hombros e hizo como que se iba. Yo estaba seguro de que era un farol y, en efecto, se detuvo tras dar unos pocos pasos y se volvió hacia mí.
—Tenía la respuesta ante los ojos, capitán Rosenberg. Sencillamente, no la vio.
Yo me sentía intrigado y molesto a la vez.
—Creo que me he perdido, Stephanie.
Ella alzó entonces la mano y me la colocó a la altura de los ojos.
—¿Qué ve, capitán?
—Su mano.
—Le estaba enseñando los dedos —me enmendó.
—Pero yo veo su mano —respondí, sin entenderla.
—Ese es el problema —me dijo—. Ha visto lo que quería ver y no lo que le han enseñado. Y eso fue lo que se perdió hace veinte años.
Fueron sus últimas palabras. Se marchó, dejándome, junto con su enigma, su tarjeta de visita y la fotocopia del periódico.
Al divisar en el bufé a Derek Scott, mi antiguo compañero, que en la actualidad vegetaba en la brigada administrativa, me apresuré a acercarme a él y le enseñé el recorte.
—No has cambiado nada, Jesse —me dijo, sonriente y divertido al ver de nuevo aquel antiguo caso—. ¿Qué quería esa chica?
—Es una periodista. Según ella, nos colamos en 1994. Afirma que no acertamos en la investigación y que nos equivocamos de culpable.
—¿Qué? —dijo Derek, atragantándose—. Pero eso es de locos.
—Ya lo sé.
—¿Qué ha dicho exactamente?
—Que teníamos la respuesta ante los ojos y que no la vimos.
Derek se quedó perplejo. Él también parecía alterado, pero decidió quitarse esa idea de la cabeza.
—No me lo creo ni por asomo —masculló, al cabo—. No es más que una periodista de segunda que quiere destacar sin esforzarse mucho.
—Puede que sí —contesté pensativo—. Y puede que no.
Recorrí el aparcamiento con la vista y divisé a Stephanie que se estaba metiendo en su coche. Me hizo una seña y me gritó: «Hasta pronto, capitán Rosenberg».
Pero no hubo ningún «hasta pronto».
Porque ese fue el día en que desapareció.
Me acuerdo del día en que empezó todo aquel asunto. Fue el sábado 30 de julio de 1994.
Esa noche, Jesse y yo estábamos de servicio. Nos habíamos parado a cenar en el Blue Lagoon, un restaurante de moda donde Darla y Natasha trabajaban de camareras.
En aquella época, Jesse llevaba ya años con Natasha. Darla era una de sus mejores amigas. Tenían ambas el proyecto de abrir un restaurante juntas y dedicaban los días a hacerlo realidad: habían encontrado un local y ahora andaban pidiendo los permisos de obra. Por las noches y los fines de semana atendían en el Blue Lagoon y apartaban la mitad de lo que ganaban para invertirlo en su futuro local.
En el Blue Lagoon les habría parecido muy adecuado llevar la gerencia o trabajar en la cocina, pero el dueño les decía: «Con esa carita y ese culito, donde tenéis que estar es en la sala. Y no os quejéis, que os sacáis mucho más en propinas de lo que ganaríais en los fogones». En esto último no le faltaba razón: muchos clientes iban al Blue Lagoon solo para que los atendieran ellas. Eran guapas, dulces y sonrientes. Lo tenían todo a su favor. No cabía duda de que su restaurante iba a tener un éxito clamoroso y todo el mundo hablaba ya de él.
Darla estaba soltera. Y reconozco que yo, desde que la había conocido, no me la quitaba de la cabeza. Le daba la murga a Jesse para ir al Blue Lagoon, cuando estaban Natasha y Darla, a tomar un café con ellas. Y, cuando se reunían en casa de Jesse para trabajar en su proyecto de restaurante, yo me plantaba allí para intentar seducir a Darla, cosa que solo conseguía a medias.
A eso de las ocho y media de aquella famosa noche del 30 de julio, Jesse y yo estábamos cenando en el bar mientras cruzábamos alegremente unas cuantas palabras con Natasha y Darla, que andaban por allí. De repente mi busca y el de Jesse sonaron a un tiempo. Nos miramos con expresión preocupada.
—Para que los dos buscas suenen a la vez tiene que ser algo grave —comentó Natasha.
Nos indicó la cabina telefónica del restaurante y un aparato que había en la barra. Jesse fue a la cabina y yo opté por la barra. Las dos llamadas fueron breves.
—Tenemos una llamada general por un asesinato cuádruple —les expliqué a Natasha y a Darla tras colgar, mientras me abalanzaba hacia la puerta.
Jesse se estaba poniendo la chaqueta.
—Acelera —le dije en tono de regañina—. La primera unidad de la brigada criminal que se presente en el lugar del crimen se queda con el caso.
Éramos jóvenes y ambiciosos. Se trataba de la oportunidad de conseguir nuestro primer caso importante juntos. Yo tenía más experiencia que Jesse y la graduación de sargento. Mis superiores me apreciaban muchísimo. Todo el mundo decía que iba a hacer una carrera de policía brillante.
Fuimos corriendo por la calle hasta el coche y nos metimos en él a toda prisa; yo en el asiento del conductor y Jesse, en el del copiloto.
Arranqué como una tromba y Jesse cogió la baliza giratoria, que estaba en el suelo. La puso en marcha y, por la ventanilla abierta, la colocó encima del techo del coche camuflado, iluminando la noche con un destello rojo.
Así fue como empezó todo.
Me había imaginado que mi última semana en la policía la iba a pasar vagueando por los pasillos y tomando cafés con los compañeros para despedirme de ellos. Pero llevaba tres días encerrado en mi despacho de sol a sol, repasando la investigación del cuádruple asesinato de 1994 que había sacado de los archivos. La visita de Stephanie Mailer me había impactado: no podía pensar en otra cosa que no fuera ese artículo y esa frase que había dicho ella: «Tenía la respuesta ante los ojos. Sencillamente, no la vio».
Pero me parecía que lo habíamos visto todo. Cuantas más vueltas le daba al caso, más convencido estaba de que se trataba de una de las investigaciones más sólidas de toda mi carrera: allí estaban todos los datos, las pruebas contra el hombre que se tenía por el asesino eran abrumadoras. Derek y yo habíamos trabajado con una formalidad y una minuciosidad implacables. No encontraba el menor fallo. Así que ¿cómo nos íbamos a haber equivocado de culpable?
Precisamente aquella tarde se presentó Derek en mi despacho.
—¿Qué andas haciendo, Jesse? Todo el mundo te está esperando en la cafetería. Los compañeros de secretaría te han hecho una tarta.
—Ya voy, Derek, lo siento, estoy un poco distraído.
Miró los documentos que tenía desperdigados por el escritorio, cogió uno y exclamó:
—¡Ah, no! No me digas que te has tragado las chorradas de esa periodista.
—Derek, solo quería asegurarme de que...
No me dejó acabar la frase:
—¡Jesse, la investigación era a prueba de bomba! Lo sabes tan bien como yo. Venga, ven, que todo el mundo te está esperando.
Asentí.
—Dame un minuto, Derek. Ahora mismo voy.
Suspiró y salió de mi despacho. Eché mano de la tarjeta de visita que tenía delante y marqué el número de Stephanie. Tenía el teléfono apagado. Ya había intentado llamarla la víspera, sin conseguirlo. Ella no había vuelto a ponerse en contacto conmigo desde que nos vimos el lunes y decidí no insistir más. Ya sabía dónde encontrarme. Acabé por decirme que Derek tenía razón, no había nada que permitiera dudar de las conclusiones de la investigación de 1994, y fui a reunirme con mis compañeros a la cafetería con el ánimo tranquilo.
Pero, al volver a subir a mi despacho, una hora después, me encontré con un fax de la policía estatal de Riverdale, en los Hamptons, que comunicaba la desaparición de una joven: Stephanie Mailer, de treinta y dos años, periodista. No se sabía nada de ella desde el lunes.
El corazón me dio un vuelco. Arranqué la hoja del aparato y me abalancé hacia el teléfono para hablar con la comisaría de Riverdale. Desde allí un policía me explicó que los padres de Stephanie habían ido a primera hora de la tarde, preocupados porque no sabían nada de su hija desde el lunes.
—¿Por qué los padres han ido primero a la policía estatal sin pasar por la local? —pregunté.
—Eso hicieron, pero la policía local por lo visto no se lo tomó en serio. Así que he pensado que más valía llevar el asunto más arriba, directamente a la brigada de delitos graves. A lo mejor no es nada importante, pero prefería darle la información.
—Ha hecho bien. Ya me encargo yo.
La madre de Stephanie, a la que llamé en el acto, me contó lo preocupada que estaba. La última vez que había hablado con su hija había sido el lunes por la mañana. Desde entonces, nada. El móvil se encontraba apagado. Tampoco había podido localizarla ninguna de las amigas de Stephanie. Al final, había ido al piso de su hija con la policía local, pero no había nadie.
Fui enseguida a ver a Derek a su despacho de la brigada administrativa.
—Stephanie Mailer —le dije—, la periodista que vino el lunes, ha desaparecido.
—¿Qué me estás contando, Jesse?
Le alargué el aviso de desaparición.
—Míralo tú mismo. Hay que ir a Orphea. Hay que ir a ver lo que pasa. Todo esto no puede ser una coincidencia.
Derek suspiró.
—Jesse, ¿no se supone que dejas la policía?
—No hasta dentro de cuatro días. Todavía me quedan cuatro días de policía. El lunes, cuando la vi, Stephanie decía que tenía una cita que iba a proporcionarle los datos que le faltaban a su investigación...
—Deja el caso a algún compañero —me sugirió Derek.
—¡De ninguna manera! Derek, esa chica me aseguró que en 1994...
No me dejó terminar la frase:
—¡Cerramos el caso, Jesse! ¡Es historia! ¿Qué te ha entrado de repente? ¿Por qué quieres a toda costa volver a meterte en eso? ¿De verdad te apetece volver a vivir todo aquello?
Lamenté que no me apoyase.
—Así que ¿no quieres ir a Orphea conmigo?
—No, Jesse. Lo siento. Creo que se te ha ido la cabeza.
Así que me fui yo solo a Orphea, veinte años después de haber pisado por allí por última vez. Desde el cuádruple asesinato.
Había que prever una hora de trayecto desde el centro regional de la policía estatal; pero, para ganar tiempo, me salté los límites de velocidad encendiendo la sirena y las luces de mi coche camuflado. Cogí la autopista 27 hasta el desvío de Riverhead y luego la 25 en dirección noroeste. El último tramo pasaba por un paisaje esplendoroso, entre un bosque exuberante y unos estanques cubiertos de nenúfares. No tardé en tomar la carretera 17, recta y desierta, que llevaba a Orphea y por la que circulé como una flecha. Un panel de carretera gigantesco me anunció que estaba a punto de llegar.
BIENVENIDO A ORPHEA, NUEVA YORK
Festival nacional de teatro, 26 de julio-9 de agosto
Eran las cinco de la tarde. Entré por la calle principal, frondosa y colorida. Vi pasar los restaurantes, las terrazas y las tiendas. Había un ambiente apacible, de vacaciones. Como faltaba poco para celebrar el Cuatro de Julio, habían adornado las farolas con banderas de estrellas y carteles que anunciaban los fuegos artificiales el día de la fiesta nacional por la noche. Por todo el paseo marítimo y el puerto deportivo, que bordeaban macizos de flores y setos recortados, los paseantes deambulaban entre las casetas que ofrecían excursiones para observar a las ballenas y alquilaban bicicletas. Aquella ciudad parecía sacada de los decorados de una película.
Mi primera parada fue en el puesto de la policía local.
El jefe, Ron Gulliver, que dirigía la policía de Orphea, me recibió en su despacho. No tuve necesidad de recordarle que ya habíamos coincidido veinte años atrás: se acordaba de mí.
—No ha cambiado —me dijo dándome un apretón de manos.
Yo no podía decir lo mismo. Había envejecido mal y engordado bastante. Aunque ya se había pasado la hora de comer y era pronto para cenar, estaba comiendo espaguetis en una bandejita de plástico. Y, mientras le explicaba por qué había ido allí, engulló la mitad del plato de una forma repugnante.
—¿Stephanie Mailer? —dijo extrañado, con la boca llena—. Ya nos hemos ocupado de ese caso. No se trata de una desaparición. Ya se lo he explicado a los padres que está visto que son unos plastas. ¡Salen por la puerta y vuelven a entrar por la ventana!
—A lo mejor son solo unos padres preocupados por su hija —le hice notar—. Llevan tres días sin saber nada de Stephanie y dicen que eso es algo muy poco habitual. Comprenderá que quiera ocuparme de esto con la diligencia necesaria.
—Stephanie Mailer tiene treinta y dos años y hace lo que quiere, ¿no? Créame, si tuviera yo unos padres como los suyos, también tendría ganas de escaparme, capitán Rosenberg. Puede estar tranquilo; Stephanie se ha ido por unos días, así de sencillo.
—¿Cómo puede estar seguro?
—Me lo ha dicho el redactor jefe del Orphea Chronicle, su superior. Ella le mandó un mensaje al móvil el lunes por la noche.
—La noche en que desapareció —comenté.
—Pero ¡si ya le digo que no ha desaparecido! —dijo irritado el jefe Gulliver.
Cada vez que soltaba una exclamación, de la boca le salían fuegos artificiales al pomodoro . Retrocedí un paso para evitar que me impactaran en la camisa inmaculada. Gulliver tragó y, luego, siguió diciendo:
—Mi adjunto ha acompañado a los padres a casa de su hija. Han abierto con un duplicado de la llave y han pasado revista: todo estaba en orden. El mensaje que ha recibido su redactor jefe confirmó que no había razón para preocuparse. Stephanie no tiene que rendirle cuentas a nadie. Lo que haga con su vida no es cosa nuestra. Nosotros hemos cumplido con nuestro trabajo. Así que, por favor, no venga a darme la lata.
—Los padres están muy preocupados —insistí— y, si usted me lo permite, me gustaría comprobar personalmente que todo va bien.
—Si le sobra el tiempo, capitán, por mí no se corte. Bastará con que espere a que mi adjunto, Jasper Montagne, vuelva de patrullar. Es él quien se ha hecho cargo de todo.
Cuando el sargento primero Jasper Montagne llegó por fin, me topé con un armario de luna gigantesco, con músculos muy marcados y expresión temible. Me contó que había acompañado a los señores Mailer a casa de Stephanie. Habían entrado en el piso: ella no estaba. Nada que destacar. Ninguna señal de lucha, nada anómalo. Montagne revisó después las calles adyacentes buscando el coche de Stephanie, en vano. Incluso llamó a los hospitales y a las comisarías de la zona: nada. Stephanie se había ausentado, y punto.
Como yo quería echar una ojeada al piso de Stephanie, se ofreció a acompañarme. Vivía en Bendham Road, una callecita tranquila cerca de la calle principal, en un edificio estrecho construido en tres niveles. En la planta baja había una ferretería; un inquilino vivía en el único piso de la primera planta y Stephanie, en el de la segunda.
Estuve llamando mucho rato a la puerta del piso. Tamborileé y grité, pero inútilmente: estaba claro que no había nadie.
—Ya ve que no está —me dijo Montagne.
Giré el picaporte: la puerta estaba cerrada con llave.
—¿Se puede entrar? —pregunté.
—¿Tiene la llave?
—No.
—Yo tampoco. El otro día abrieron los padres.
—Así que no se puede entrar.
—No. ¡No vamos a empezar a reventarle la puerta a la gente porque sí! Si quiere quedarse tranquilo del todo, vaya al periódico local y hable con el redactor jefe; le enseñará el mensaje que recibió de Stephanie el lunes por la noche.
—Y ¿el vecino de abajo? —pregunté.
—¿Brad Melshaw? Lo interrogué ayer. No ha visto nada ni ha oído nada de particular. No merece la pena ir a su casa: es cocinero en el Café Athéna, el restaurante de moda que está en la parte alta de la calle principal; allí se encuentra ahora mismo.
No por eso me dejé apabullar: bajé un piso y llamé en casa de Brad Melshaw. En vano.
—Ya se lo dije —suspiró Montagne bajando las escaleras mientras yo me quedaba un rato más en el rellano, esperando que me abriesen.
Cuando me metí a mi vez por las escaleras para bajar, Montagne ya había salido del edificio. Al llegar al portal, aproveché que estaba solo para pasarle revista al buzón de Stephanie. Echando una ojeada por la abertura vi que había una carta dentro y conseguí atraparla con la punta de los dedos. La doblé en dos y me la metí discretamente en el bolsillo de atrás del pantalón.
Tras la parada en el edificio de Stephanie, Montagne me llevó a la redacción del Orphea Chronicle, a dos pasos de la calle principal, para que pudiera hablar con Michael Bird, el redactor jefe del periódico.
La redacción se hallaba en un edificio de ladrillo rojo. Por fuera tenía buena pinta, pero, en cambio, por dentro estaba muy destartalado.
Michael Bird, el redactor jefe, nos recibió en su despacho. Ya vivía en Orphea en 1994, pero no me acordaba de haberme cruzado con él nunca. Bird me explicó que, por una serie de circunstancias, había vuelto a tomar las riendas del Orphea Chronicle tres días después del cuádruple asesinato y que por eso se había pasado la mayor parte de ese período con las narices metidas en papelotes y no sobre el terreno.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando Stephanie Mailer para usted? —le pregunté a Michael Bird.
—Unos nueve meses. La contraté el pasado mes de septiembre.
—¿Es buena periodista?
—Muy buena. Le da más nivel al periódico. Es importante para nosotros porque nos resulta difícil conseguir siempre contenidos de calidad. El periódico anda muy mal de dinero, ¿sabe?; sobrevivimos porque el local nos lo presta el ayuntamiento. La gente ya no lee la prensa y a los anunciantes ya no les interesa. Antes, éramos un periódico regional importante, leído y respetado. Ahora, ¿por qué va usted a leer el Orphea Chronicle si puede leer The New York Times en internet? Por no hablar de los que han dejado de leer y se conforman con las noticias de Facebook.
—¿Cuándo vio a Stephanie por última vez? —le pregunté.
—El lunes por la mañana. En la reunión semanal de la redacción.
—Y ¿le llamó la atención algo en particular? ¿Algún comportamiento inusual?
—No, nada especial. Sé que los padres de Stephanie están preocupados, pero, como les expliqué ayer, y también al subjefe Montagne, Stephanie me mandó un mensaje el lunes por la noche, ya tarde, para decirme que tenía que ausentarse.
Se sacó el móvil del bolsillo y me enseñó el mensaje en cuestión, que había recibido a las doce, durante la noche del lunes al martes.
Tengo que irme una temporada de Orphea. Es importante. Ya te lo explicaré todo.
—Y ¿no ha vuelto a saber de ella después de ese mensaje?
—No. Pero la verdad es que no estoy preocupado. Stephanie es una periodista de carácter independiente. Va a su ritmo con sus artículos. No me meto gran cosa en lo que hace.
—¿En qué está trabajando ahora mismo?
—En el festival de teatro. Todos los años, a finales de julio, tenemos un festival de teatro muy importante en Orphea...
—Sí, estoy al tanto.
—Bueno, pues a Stephanie le interesaba contar el festival desde dentro. Está redactando una serie de artículos sobre ese tema. En este momento anda entrevistando a los voluntarios que permiten que funcione el festival.
—¿Entra dentro de su estilo eso de «desaparecer» así?
—«Ausentarse», diría yo —matizó Michael Bird—. Sí, se ausenta con regularidad. Ya sabe que en el oficio de periodista hay que salir muy a menudo de la redacción.
—¿Le habló Stephanie de una investigación de mucha envergadura que tenía entre manos? —seguí preguntando—. Afirmaba que tenía una cita importante en relación con ella el lunes por la noche.
No concreté más aposta porque no quería dar más detalles. Pero Michael Bird negó con la cabeza.
—No —me dijo—; nunca me ha hablado de eso.
Al salir de la redacción, Montagne, que consideraba que no había de qué preocuparse, me invitó a irme de la ciudad.
—El jefe Gulliver querría saber si se va a marchar ahora.
—Sí —le contesté—; creo que ya lo tengo todo hecho.
Ya en mi coche, abrí el sobre que había encontrado en el buzón de Stephanie. Era el extracto de una tarjeta de crédito. Lo leí con atención.
Aparte de los gastos habituales (gasolina, artículos del supermercado, algunas retiradas de efectivo en el cajero, compras en la librería de Orphea), me fijé en que había muchos pagos de peajes de la entrada a Manhattan: Stephanie había estado yendo con regularidad a Nueva York últimamente. Pero, sobre todo, había comprado un billete de avión para Los Ángeles: ida y vuelta rápida del 10 al 13 de junio. Unos cuantos gastos in situ —en particular en un hotel— confirmaban que, en efecto, había hecho el viaje. A lo mejor tenía un ligue en California. En cualquier caso, era una joven que se movía mucho. No había nada que pudiera extrañar en el hecho de que se ausentara. Yo podía entender muy bien a la policía local: no había ningún indicio que favoreciera la tesis de una desaparición. Stephanie era mayor de edad y libre de hacer lo que quisiera sin tener que rendirle cuentas a nadie. A falta de indicios, estaba yo también a punto de renunciar a esa investigación cuando me llamó la atención un detalle. Algo no encajaba: la redacción del Orphea Chronicle. Aquel escenario no casaba en absoluto con la imagen que me había hecho de Stephanie. Cierto era que no la conocía, pero, por el aplomo con que se había dirigido a mí tres días antes, me la habría imaginado más bien en The New York Times que en el periódico local de una pequeña ciudad de veraneo de los Hamptons. Fue ese detalle el que me impulsó a ahondar un poco más y a ir a ver a los padres de Stephanie, que vivían en Sag Harbor, a veinte minutos de allí.
Eran las siete de la tarde.
*
En ese preciso instante, en la calle principal de Orphea, Anna Kanner aparcaba delante del Café Athéna, donde había quedado para cenar con Lauren, su amiga de la infancia, y Paul, el marido de esta.
Lauren y Paul eran los amigos a quienes Anna veía con más frecuencia desde que se había ido de Nueva York para afincarse en Orphea. Los padres de Paul tenían una casa de veraneo en Southampton, a unas quince millas de allí, donde iban con regularidad a pasar fines de semana largos; salían de Manhattan el mismo jueves para evitar el tráfico.
Cuando Anna se disponía a bajarse del coche, vio a Lauren y a Paul sentados ya a una mesa en la terraza del restaurante y se fijó sobre todo en que los acompañaba un hombre. Al comprender en el acto lo que ocurría, Anna llamó por teléfono a Lauren.
—¿Me has montado una cita, Lauren? —le preguntó en cuanto descolgó.
Hubo un momento de silencio apurado.
—Puede que sí —contestó Lauren al cabo—. ¿Cómo lo sabes?
—Mi instinto —le mintió Anna—. Vamos a ver, Lauren, ¿por qué me haces esto?
El único reproche que podía hacerle Anna a su amiga era que se pasaba la vida metiéndose en su vida sentimental e intentando colocarla con el primero que pasara.
—Este te va a encantar —aseguró Lauren, tras haberse alejado de la mesa para que el hombre que los acompañaba no oyera la conversación—. Fíate de mí, Anna.
—¿Sabes qué, Lauren? En realidad, no es la noche ideal. Todavía estoy en la oficina y tengo un montón de papeleo pendiente.
A Anna le pareció divertido ver a Lauren ponerse frenética en la terraza.
—¡Anna, te prohíbo que me des plantón! ¡Tienes treinta y tres años!, ¡necesitas un tío! ¿Cuánto tiempo hace que no follas?, ¿eh?
Ese era el argumento al que Lauren recurría en última instancia. Pero lo cierto es que Anna no estaba de humor para aguantar una cita amañada.
—Lo siento mucho, Lauren. Además, estoy de guardia...
—¡Ay, no empieces con tus guardias! En esta ciudad no pasa nunca nada. ¡También tienes derecho a divertirte un poco!
En ese momento, un coche tocó el claxon y Lauren la oyó a la vez en la calle y por el teléfono.
—¡Te he pillado, guapa! —exclamó corriendo por la acera—. ¿Dónde estás?
A Anna no le dio tiempo a reaccionar.
—¡Ya te veo! —exclamó Lauren—. ¡Si te crees que ahora te vas a escaquear y a dejarme plantada...! ¿Te das cuenta de que siempre te quedas sola en casa después de cenar, como una abuela? Me pregunto si fue una buena decisión venir a enterrarte aquí...
—¡Ay, Lauren, ten piedad! ¡Es como estar oyendo a mi padre!
—¡Pues si sigues así te vas a morir sola, Anna!
Anna se echó a reír y salió del coche. Si le hubiesen dado una moneda por cada vez que había tenido que oír eso, ahora nadaría en una piscina llena de dinero. Sin embargo, no podía por menos de reconocer que, tal y como estaban las cosas, Lauren no dejaba de tener razón: era una recién divorciada sin hijos que vivía sola en Orphea.
Según Lauren, los sucesivos fracasos amorosos de Anna tenían una doble causa: por una parte estaba su falta de buena voluntad y, por otra, su profesión, que «asustaba a los hombres». «Nunca les digo de antemano a qué te dedicas —le había explicado Lauren en varias ocasiones al comentarle a Anna las citas que le preparaba—. Creo que los intimida».
Anna fue a la terraza. El candidato del día se llamaba Josh. Tenía ese aire tan desagradable de los hombres que se sienten demasiado seguros de sí mismos. Saludó a Anna mientras se la comía con los ojos, cosa que la incomodó, y resoplaba fatigosamente. Y ella supo en el acto que esa noche no iba a conocer a su príncipe azul.
*
—Estamos muy preocupados, capitán Rosenberg —me dijeron al unísono Trudy y Dennis Mailer, los padres de Stephanie en el salón de su casa de Sag Harbor, muy coqueta.
—Llamé a Stephanie el lunes por la mañana —explicó Trudy Mailer—. Me dijo que estaba en una reunión de la redacción del periódico y que me volvería a llamar. Y no llegó a hacerlo nunca.
—Stephanie siempre devuelve las llamadas —aseguró Dennis Mailer.
Me había dado cuenta enseguida de por qué los señores Mailer podían haber irritado a la policía. Con ellos, todo cobraba unas dimensiones dramáticas, incluso el café que no acepté al llegar:
—¿No le gusta el café? —se desesperó Trudy Mailer.
—¿Prefiere un té? —dijo Dennis Mailer.
Cuando por fin conseguí que atendieran, pude hacerles unas cuantas preguntas preliminares. ¿Tenía Stephanie problemas? No; en eso eran categóricos. ¿Tomaba drogas? Tampoco. ¿Tenía novio? ¿Algún ligue? No, que ellos supieran. ¿Podría tener algún motivo para desaparecer del mapa? Ninguno.
Los señores Mailer me aseguraron que su hija no era de esas que les ocultan cosas a sus padres. Pero no tardé en descubrir que no era del todo cierto.
—¿Por qué fue Stephanie a Los Ángeles hace dos semanas? —pregunté.
—¿A Los Ángeles? —se extrañó la madre—. ¿Qué quiere usted decir?
—Hace dos semanas, Stephanie hizo un viaje de tres días a California.
—No estábamos enterados —se lamentó el padre—. No le pega nada irse a Los Ángeles sin avisarnos. ¿A lo mejor tuvo algo que ver con el periódico? Es siempre bastante discreta en lo que se refiere a los artículos en los que trabaja.
Yo tenía serias dudas de que el Orphea Chronicle pudiera permitirse enviar a sus periodistas a hacer reportajes a la otra punta del país. Y fue precisamente el hecho de que estuviera empleada en ese periódico lo que trajo consigo, a continuación, cierto número de interrogantes.
—¿Cuándo y cómo llegó Stephanie a Orphea? —pregunté.
—Vivía en Nueva York estos últimos años —me explicó Trudy Mailer—. Estudió Literatura en la universidad Notre-Dame. Quería ser escritora desde muy pequeña. Ha publicado ya algunos cuentos, dos de ellos en The New Yorker . Cuando acabó los estudios, trabajó en la Revista de Letras de Nueva York, pero la despidieron en septiembre.
—Y eso ¿por qué?
—Problemas económicos, por lo visto. Las cosas fueron muy deprisa: encontró trabajo en el Orphea Chronicle y decidió volverse a vivir aquí. Parecía contenta de haberse alejado de Manhattan y regresar a un entorno más tranquilo.
Pasó un ángel. Luego el padre de Stephanie me dijo:
—Capitán Rosenberg, no somos de esos que molestan a la policía por bobadas, créame. No habríamos dado la alerta si mi mujer y yo no estuviéramos convencidos de que ocurre algo fuera de lo habitual. La policía de Orphea nos ha dejado muy claro que no existen indicios reales. Pero incluso cuando Stephanie iba a Nueva York y volvía en el día nos enviaba un mensaje o nos llamaba al regresar para decirnos que todo había ido bien. ¿Por qué mandarle un mensaje a su redactor jefe y no a sus padres? Si hubiese querido que no nos preocupásemos, también nos habría enviado un mensaje a nosotros.
—Hablando de Nueva York —salté yo—, ¿por qué Stephanie iba con tanta regularidad a Manhattan?
—No estaba diciendo que fuese con frecuencia —aclaró el padre—; solo ponía un ejemplo.
—No, va con mucha frecuencia —dije—. Y muchas veces el mismo día y a la misma hora. Como si tuviera una cita regular. ¿A qué va?
Otra vez los señores Mailer parecían no saber de qué les estaba hablando. Trudy Mailer, cayendo en la cuenta de que no había conseguido convencerme por completo de la gravedad de la situación, me preguntó entonces:
—¿Ha ido usted a su casa, capitán Rosenberg?
—No, me habría gustado poder entrar en su piso, pero la puerta estaba cerrada y no tenía llave.
—¿Le gustaría ir ahora mismo a echar una ojeada? A lo mejor ve usted alguna cosa que no hayamos visto nosotros.
Acepté con el único propósito de cerrar aquella investigación. Una ojeada al piso de Stephanie acabaría de convencerme de que la policía de Orphea estaba en lo cierto: no existía ningún indicio que permitiera suponer una desaparición preocupante. Stephanie podía ir a Los Ángeles y a Nueva York cuando le viniera en gana. En cuanto a su trabajo en el Orphea Chronicle, podía pensarse sin inconvenientes que, después del despido, había aprovechado una oportunidad a la espera de que surgiese algo mejor.
Eran las ocho en punto de la tarde cuando llegamos delante del edificio de Stephanie, en Bendham Road. Subimos los tres a su piso. Trudy Mailer me dio la llave para que abriese la puerta; pero, cuando le iba a dar la vuelta en la cerradura, ofreció resistencia. La puerta no estaba cerrada con llave. Noté una fuerte subida de adrenalina: había alguien dentro. ¿Se trataba de Stephanie?
Apreté despacio en el picaporte y la puerta se entornó. Con una seña avisé a los padres de que guardaran silencio. Empujé la puerta con suavidad y esta se abrió sin ruido. Vi en el acto el desorden del salón: alguien había ido a hacer un registro.
—Bajen —les susurré a los padres—. Vuelvan al coche y esperen a que vaya a buscarlos.
Dennis Mailer asintió y se llevó a su mujer. Desenfundé el arma y di unos pasos por el piso. Lo habían puesto todo patas arriba. Empecé por pasarle revista al salón: habían volcado las estanterías y destripado los almohadones del sofá. Me fijé en varios objetos desperdigados por el suelo y no noté la silueta amenazadora que se me acercaba por detrás en silencio. Fue al volverme para dar una vuelta por las demás habitaciones cuando me di de bruces con una sombra que me roció la cara con un espray de pimienta. Me ardieron los ojos y se me cortó la respiración. Cegado, me doblé en dos. Me golpearon.
Cayó un telón negro.
*
Las ocho y cinco de la tarde en el Café Athéna.
Por lo visto, el Amor llega sin avisar, pero no cabía duda de que aquella noche el Amor había decidido quedarse en casa y obligar a Anna a padecer aquella cena. Josh llevaba una hora hablando sin parar. Ese monólogo entraba en el campo de la proeza. Anna, que había dejado de escuchar, se entretenía contando los «yo», los «mí» y los «me» que le salían de la boca como cucarachitas que, con cada palabra, le daban un poco más de asco. Lauren, que no sabía ya dónde meterse, iba por la quinta copa de vino blanco, mientras que Anna se limitaba a beber cócteles sin alcohol.
Por fin, agotado seguramente por sus propios proyectos, Josh agarró un vaso de agua y se lo bebió de un trago. Tras ese momento de silencio, muy de agradecer, se volvió hacia Anna y le preguntó con tono afectado: «Y tú, Anna, ¿a qué te dedicas? Lauren no me lo ha querido decir». En ese instante, sonó el teléfono de Anna. Al ver el número que aparecía en pantalla se dio cuenta en el acto de que se trataba de una emergencia.
—Lo siento —se disculpó—. Tengo que contestar.
Se levantó de la mesa y se apartó unos pasos antes de volver a toda prisa y anunciar que, por desgracia, tenía que irse corriendo.
—¿Ya? —se lamentó Josh visiblemente decepcionado—. Ni siquiera hemos tenido tiempo de conocernos.
—Ya lo sé todo de ti; era... fascinante.
Dio un beso a Lauren y a su marido, saludó a Josh con un ademán de la mano que quería decir «¡hasta nunca!» y se marchó a toda prisa de la terraza. El pobre Josh debió de quedarse muy impresionado porque le fue pisando los talones, acompañándola hasta la acera.
—¿Quieres que te lleve a algún sitio? —le preguntó—. Tengo un...
—Mercedes cupé —lo interrumpió ella—. Ya lo sé, ya me lo has dicho dos veces. Eres muy amable, pero he aparcado aquí mismo.
Abrió el maletero de su coche mientras Josh se quedaba plantado detrás de ella.
—Le pediré tu número a Lauren —dijo—. Vengo mucho por esta zona, podríamos tomar un café.
—Muy bien —contestó Anna para que se fuera mientras abría una bolsa grande de lona que abultaba mucho en el maletero.
Josh continuó:
—De hecho, sigues sin decirme en qué trabajas.
En el preciso instante en que acababa la frase, Anna sacó de la bolsa un chaleco antibalas y se lo puso. Mientras se estaba ajustando las correas, vio que a Josh se le dilataban las pupilas y las clavaba en el escudo reflectante en el que ponía en mayúsculas:
POLICÍA
—Soy subjefa de la policía de Orphea —le dijo ella, sacando una funda donde llevaba metida el arma y que se colgó del cinturón.
Josh se quedó mirándola, atónito e incrédulo. Anna se subió al coche camuflado y arrancó a la carrera, poniendo en marcha los relámpagos azules y rojos de las balizas giratorias, que brillaban en la luz del crepúsculo, antes de hacer lo mismo con la sirena, lo que atrajo la mirada de todos los transeúntes.
Según decía la central, a un agente de la policía estatal acababan de atacarlo en un edificio que le pillaba muy cerca. Habían avisado a todas las patrullas disponibles y al oficial de guardia.
Bajó por la calle principal a toda velocidad: los peatones que estaban cruzando volvieron a las aceras buscando refugio y, en ambos sentidos de la circulación, los coches se apartaban a los lados al verla acercarse. Iba por el centro de la calle pisando a fondo el acelerador. Tenía experiencia con las llamadas de emergencia en las horas punta de Nueva York.
Cuando llegó delante del edificio, ya estaba allí una patrulla de policía. Al entrar en el portal, se topó con uno de sus compañeros que bajaba las escaleras. Él le dijo a voces:
—¡El sospechoso ha huido por la puerta trasera del edificio!
Anna cruzó toda la planta baja hasta la salida de emergencia, en la parte de atrás del edificio, que daba a una callejuela desierta. Reinaba un extraño silencio: aguzó el oído, acechando algún sonido que pudiera orientarla antes de reanudar la carrera y llegar a un parquecito vacío. Silencio total de nuevo.
Le pareció oír un ruido en los matorrales, sacó el arma de la funda y entró precipitadamente en el parque. Nada. De pronto, le pareció ver correr una sombra. La persiguió, pero no tardó en perder el rastro. Acabó por pararse, desorientada y sin resuello. La sangre le golpeaba las sienes. Oyó un ruido detrás de un seto: se acercó despacio, con el corazón palpitante. Vio una sombra que avanzaba con pasos cautelosos. Esperó el momento propicio y luego dio un brinco apuntando con el arma al sospechoso y ordenándole que no se moviera. Era Montagne, que la estaba apuntando también.
—Joder, Anna, ¿de qué vas? —exclamó.
Ella suspiró y volvió a enfundar el arma mientras se doblaba por la cintura para recobrar el aliento.
—¿Qué coño estás haciendo aquí, Montagne? —le preguntó.
—¡Eso debería preguntártelo yo! ¡No estás de servicio esta noche!
Como subjefe, Montagne, técnicamente, era su superior jerárquico. Anna no era más segunda adjunta.
—Estoy de guardia —explicó Anna—. Me han llamado de la central.
—¡Pensar que estaba a punto de pescarlo! —dijo Montagne, irritado.
—¿De pescarlo? He llegado antes que tú. Solo había una patrulla delante del edificio.
—He ido por la calle de detrás. Podrías haber dado tu posición por radio. Eso es lo que hacen los compañeros de equipo. Comunican la información, no van a lo loco.
—Estaba sola y no tenía radio.
—Tienes una en el coche, ¿no? ¡Siempre estás dando por culo, Anna! ¡Desde el primer día que llegaste, no paras de dar por culo a todo el mundo!
Escupió en el suelo y volvió hacia el edificio. Anna lo siguió. Ahora los vehículos de emergencia tenían tomada Bendham Road.
—¡Anna! ¡Montagne! —los increpó el jefe Ron Gulliver al verlos llegar.
—Lo hemos perdido, jefe —refunfuñó Montagne—. Podría haberlo cogido si Anna no lo hubiera jodido todo, como siempre.
—¡Vete a la mierda, Montagne! —exclamó ella.
—¡A la mierda te vas tú, Anna! —vociferó Montagne—. ¡Ya puedes irte a tu casa, esto es asunto mío!
—¡De eso nada, es mío! He llegado antes que tú.
—¡Haznos un favor a todos y quítate de en medio! —rugió Montagne.
Anna se volvió hacia Gulliver para ponerlo por testigo.
—Jefe... ¿puede intervenir?
Gulliver aborrecía los conflictos.
—No estás de servicio, Anna —dijo con voz apaciguadora.
—¡Estoy de guardia!
—Déjale el caso a Montagne —zanjó Gulliver.
Montagne sonrió victorioso y se dirigió hacia el edificio, dejando a Anna y a Gulliver a solas.
—¡No es justo, jefe! —arremetió ella—. Y ¿permite que Montagne me hable así?
Gulliver no quería hablar del tema.
—¡Anna, por favor, no montes un número! —le pidió amablemente—. Todo el mundo nos está mirando. Es lo que menos necesito ahora mismo.
Miró a la joven con cara de curiosidad y, luego, le preguntó:
—¿Tenías una cita?
—¿Por qué me pregunta eso?
—Te has pintado los labios.
—Me pinto los labios muchas veces.
—Esto es diferente. Tienes cara de tener una cita. ¿Por qué no te vuelves? Nos vemos mañana en comisaría.
Gulliver se encaminó a su vez hacia el edificio, dejándola sola. Oyó de repente una voz que la llamaba y volvió la cabeza. Era Michael Bird, el redactor jefe del Orphea Chronicle .
—Anna —le preguntó al llegar a su altura—, ¿qué está pasando aquí?
—No tengo nada que comentar —contestó ella—; no estoy a cargo de nada.
—Pronto lo estarás de todo —sonrió él.
—¿A qué te refieres?
—¡A cuando dirijas tú la policía de la ciudad! ¿No acabas de pelearte por eso con el subjefe Montagne?
—No sé de qué estás hablando, Michael —afirmó Anna.
—¿De verdad? —contestó él con fingida expresión de asombro—. Todo el mundo sabe que vas a ser la próxima jefa de policía.
Ella se alejó sin responder y regresó a su coche. Se quitó el chaleco antibalas, lo arrojó en el asiento de atrás y arrancó. Habría podido regresar al Café Athéna, pero no le apetecía nada. Se volvió a casa y se instaló en el porche con una copa y un cigarrillo para disfrutar de aquel anochecer tan agradable.
Llegué a Orphea el sábado 14 de septiembre de 2013.
El trayecto desde Nueva York me llevó apenas dos horitas; sin embargo, tenía la impresión de haber recorrido el planeta. De los rascacielos de Manhattan pasé a esa ciudad pequeña, apacible, que bañaba el sol suave del atardecer. Después de subir por la calle principal, crucé mi nuevo barrio para ir a la casa que había alquilado. Circulaba con calma, observando a los paseantes, a los niños que se apiñaban ante la camioneta de un vendedor de helados, a los vecinos concienzudos que, a ambos lados de la calle, atendían sus macizos de flores. Reinaba una tranquilidad absoluta.
Por fin llegué a la casa. Se me brindaba una nueva vida. Los únicos vestigios de la que llevaba antes eran mis muebles, que había mandado desde Nueva York. Abrí la puerta de la calle, entré y encendí la luz del vestíbulo, sumido en la oscuridad. Me quedé estupefacta al descubrir que mis cajas tenían empantanado el suelo. Recorrí a paso de carga la planta baja: todos los muebles seguían embalados, no habían montado nada, mis cosas estaban amontonadas en unas cajas apiladas al azar en las habitaciones.
Llamé en el acto a la empresa de mudanzas que había contratado. Pero la persona que me contestó me dijo, muy seca: «Creo que se equivoca, señora Kanner. Estoy mirando su documentación y está claro que marcó las casillas equivocadas. El servicio que pidió no incluía el desembalaje». Y colgó. Salí de la casa para no seguir viendo ese caos y me senté en las escaleras del porche. Me sentía muy contrariada. Apareció una silueta con una botella de cerveza en cada mano. Era mi vecino, Cody Illinois. Había coincidido con él en dos ocasiones: cuando fui a ver la casa y después de firmar el contrato, cuando vine para preparar la mudanza.
—Quería darle la bienvenida, Anna.
—Muy amable —contesté haciendo una mueca.
—No parece de buen humor —me dijo.
Me encogí de hombros. Me alargó una cerveza y se sentó a mi lado. Le expliqué mi contratiempo con la empresa de mudanzas, se ofreció a ayudarme a desembalar mis cosas y, pocos minutos después, estábamos montando la cama en lo que iba a ser mi habitación. Entonces le pregunté:
—¿Qué debería hacer para integrarme aquí?
—No tiene por qué preocuparse, Anna. Le caerá bien a la gente. Siempre puede apuntarse de voluntaria para el festival de teatro del verano que viene. Es un acontecimiento que une mucho.
Cody fue la primera persona con quien hice amistad en Orphea. Regentaba una librería maravillosa en la calle principal que no tardó en convertirse en mi segunda casa.
Aquella noche, después de irse Cody y cuando estaba ocupada abriendo cajas de ropa, me llamó mi exmarido.
—¡Qué falta de formalidad, Anna! —me dijo cuando cogí el teléfono—. Te has ido de Nueva York sin despedirte de mí.
—Me despedí de ti hace mucho, Mark.
—¡Ay! ¡Eso duele!
—¿Por qué me llamas?
—Me apetecía hablar contigo, Anna.
—Mark, a mí no me apetece «hablar». No vamos a volver a estar juntos. Eso se acabó.
Hizo caso omiso de mi comentario.
—He cenado con tu padre esta noche. Ha estado muy bien.
—Deja a mi padre en paz, ¿quieres?
—¿Acaso tengo yo la culpa de que me adore?
—¿Por qué me haces esto, Mark? ¿Para vengarte?
—¿Estás de mal humor, Anna?
—Sí —dije furiosa—, ¡estoy de mal humor! ¡Tengo los muebles en piezas sueltas que no sé cómo montar, así que la verdad es que tengo que hacer cosas más importantes que escucharte!
Me arrepentí en el acto de esas palabras, porque agarró la ocasión por los pelos para proponerme acudir a echar una mano.
—¿Necesitas ayuda? ¡Cojo el coche ahora mismo y enseguida llego!
—Ni se te ocurra.
—Estaré ahí dentro de dos horas. Nos pasaremos la noche montando los muebles y arreglando el mundo... Será como en los viejos tiempos.
—Mark, te prohíbo que vengas.
Colgué y apagué el teléfono para que me dejase en paz. Pero al día siguiente por la mañana tuve la desagradable sorpresa de ver a Mark presentarse delante de mi casa.
—¿Qué haces aquí? —pregunté con tono desabrido al abrir la puerta.
Me sonrió de oreja a oreja.
—¡Qué recibimiento tan grato! He venido a ayudarte.
—¿Quién te ha dado mis señas?
—Tu madre.
—¡No puede ser! ¡La mato!
—Anna, sueña con volver a vernos juntos. ¡Quiere tener nietos!
—Adiós, Mark.
Sujetó la puerta en el momento en que iba a darle con ella en las narices.
—Espera, Anna; por lo menos, déjame que te ayude.
Me hacía tanta falta que me echasen una mano que no pude decir que no. Y, además, de todas formas ya había venido. Me montó su numerito de hombre perfecto: movió los muebles, clavó los cuadros en las paredes y colgó una lámpara de techo.
—¿Vas a vivir sola aquí? —acabó por decir entre dos golpes de taladro.
—Sí, Mark. Aquí empieza mi nueva vida.
*
El lunes siguiente fue mi primer día en la comisaría. Eran las ocho de la mañana cuando me presenté en la ventanilla de recepción vestida de paisano.
—¿Viene a poner una denuncia? —me preguntó el policía sin levantar la vista del periódico.
—No —contesté—. Soy su nueva compañera.
Me miró, me sonrió amistosamente y luego gritó sin dirigirse a nadie en concreto: «Muchachos, ¡ha llegado la chica!». Vi aparecer a una cuadrilla de policías que me observaba como si fuera un bicho raro. El jefe Gulliver se acercó y me tendió una mano amistosa: «Bienvenida, Anna».
Me acogieron con mucha cordialidad. Saludé a todos mis compañeros nuevos, cruzamos unas cuantas palabras, me invitaron a un café y me hicieron muchas preguntas. Alguien exclamó alegre: «Chicos, voy a empezar a creer en Papá Noel; ¡se jubila un viejo consumido y lo sustituye una jovencita estupenda!». Todos se echaron a reír. Por desgracia, aquel ambiente campechano no iba a durar.
A primera hora de la mañana estaba ya en la carretera camino de Orphea.
Quería entender a toda costa lo que había sucedido la víspera en casa de Stephanie. Para el jefe Gulliver, se trataba de un simple allanamiento de morada. Yo no me lo creí ni por un segundo. Mis compañeros de la policía científica se habían quedado hasta bien entrada la noche, tratando de encontrar huellas, pero no dieron con nada. Por mi parte, basándome en lo violento del golpe recibido, estaba bastante convencido de que el agresor era un hombre.
Había que localizar a Stephanie. Sentía que el tiempo apremiaba. Ahora, circulando por la carretera 17, aceleré en la última recta que había antes de entrar en la ciudad sin poner en marcha ni las luces, ni la sirena.
Hasta el momento de dejar atrás el panel que indicaba el límite de Orphea, no me fijé en el coche de policía camuflado que se ocultaba detrás y que se puso a perseguirme de inmediato. Aparqué en el arcén y vi por el retrovisor que salía del vehículo y se me acercaba una mujer joven y guapa, de uniforme. Estaba a punto de conocer a la primera persona que iba a acceder a ayudarme a desenredar aquel caso: Anna Kanner.
Mientras se acercaba a la ventanilla abierta, enarbolé, sonriente, el distintivo de policía.
—Capitán Jesse Rosenberg —leyó en mi tarjeta de identificación—. ¿Alguna emergencia?
—Me parece que la vi ayer brevemente en Bendham Road. Soy el policía al que arrearon un golpe.
—Subjefa Anna Kanner —se presentó la joven—. ¿Qué tal la cabeza, capitán?
—La cabeza muy bien, gracias. Pero le confieso que me tiene alterado lo que sucedió en esa casa. El jefe Gulliver piensa que fue un allanamiento, pero yo no me lo he creído ni por un segundo. Me pregunto si no habré metido las narices en un caso muy peculiar.
—Gulliver es más tonto que una mata de habas —me dijo Anna—. Mejor hábleme de su caso, me interesa.
Me di cuenta entonces de que Anna podría ser una aliada valiosísima en Orphea. Más adelante iba a descubrir que era, además, una policía fuera de lo común. En aquel momento le propuse:
—Anna, si es que me permites tutearte, ¿puedo invitarte a un café? Te lo voy a contar todo.
Pocos minutos después, sentados ante la mesa de un dinner de carretera pequeño y tranquilo, le expliqué a Anna que todo había empezado cuando Stephanie Mailer se acercó a principios de semana para hablarme de una investigación que estaba haciendo acerca del cuádruple asesinato de Orphea en 1994.
—¿Qué es eso del cuádruple asesinato de 1994? —preguntó Anna.
—Asesinaron al alcalde de Orphea y a su familia —expliqué—. Y también a una mujer que pasaba por allí y había salido a correr. Era la noche de la inauguración del festival de teatro de Orphea. Y fue, sobre todo, el primer caso importante del que me ocupé. Mi compañero, Derek Scott, y yo fuimos los que resolvimos el caso entonces. Pero resulta que el lunes pasado Stephanie vino a decirme que creía que no habíamos acertado, que el caso no estaba resuelto y nos habíamos equivocado de culpable. Y, a continuación, ella desaparece y alguien se mete ayer en su casa.
A Anna pareció intrigarla mucho mi relato. Así que, después del café, fuimos los dos al piso de Stephanie, cerrado y precintado, cuya llave me habían dejado sus padres.
Lo habían puesto manga por hombro, todo estaba desordenado. El único dato concreto de que disponíamos era que no habían forzado la puerta del piso.
Le dije a Anna:
—Según los señores Mailer, el único duplicado lo tenían ellos. Eso quiere decir que la persona que entró tenía las llaves de Stephanie.
Como ya le había contado lo del mensaje que Stephanie le envió a Michael Bird, el redactor jefe del Orphea Chronicle, a Anna se le ocurrió:
—Si alguien tiene las llaves de Stephanie, a lo mejor también tiene su móvil.
—¿Quieres decir que ese mensaje no lo mandó ella? Pero, entonces, ¿quién?
—Alguien que quería ganar tiempo —sugirió Anna.
Me saqué del bolsillo de atrás del pantalón el sobre que había extraído la víspera del buzón y se lo alargué.
—Es el extracto de la tarjeta de crédito de Stephanie —expliqué—. Hizo un viaje a Los Ángeles a principios de mes y todavía nos queda por determinar a qué fue. Según las comprobaciones que he hecho, ya no volvió a coger ningún avión. Así que, si se ha ido voluntariamente, ha sido en coche. He lanzado un aviso general de búsqueda de la matrícula: si anda circulando por alguna parte, la policía de tráfico la encontrará enseguida.
—Has actuado rápido —me dijo Anna impresionada.
—No hay tiempo que perder —contesté—. También he pedido unos extractos de sus llamadas telefónicas y de su tarjeta de crédito de estos últimos meses. Espero tenerlos esta misma noche.
Anna le echó una ojeada rápida al extracto.
—La última vez que usó la tarjeta fue el lunes a las diez menos cinco de la noche en el Kodiak Grill —constató—. Es un restaurante de la calle principal. Deberíamos ir. A lo mejor alguien vio algo.
El Kodiak Grill se encontraba en lo alto de la calle principal. El gerente, tras consultar los turnos semanales, nos indicó a qué miembros del personal allí presentes les tocaba trabajar el lunes por la noche. Una de las camareras a quienes preguntamos reconoció a Stephanie en la foto que le enseñamos.
—Sí —nos dijo—, la recuerdo. Estuvo aquí a principios de semana. Una chica guapa; estaba sola.
—¿Le llamó la atención a usted algo en particular para acordarse de ella entre todos los clientes que pasan a diario por aquí?
—No era la primera vez que venía. Pedía siempre la misma mesa. Decía que estaba esperando a alguien que no venía nunca.
—Y el lunes ¿qué pasó?
—Llegó a eso de las seis, al principio del turno. Y estuvo esperando. Acabó por pedir una ensalada César y una Coca-Cola y, por fin, se fue.
—A eso de las diez, ¿verdad?
—Es posible. No me acuerdo de la hora; pero estuvo mucho rato. Pagó y se fue. Es todo lo que recuerdo.
Al salir del Kodiak Grill, nos fijamos en que el edificio contiguo era un banco que tenía fuera un cajero automático.
—Tiene que haber cámaras —me dijo Anna—. A lo mejor grabaron a Stephanie el lunes.
Pocos minutos después, estábamos en el angosto despacho de un vigilante del banco que nos enseñó el ángulo de las diferentes cámaras del edificio. Una de ellas grababa la acera y se veía la terraza del Kodiak Grill. Reprodujo para nosotros los vídeos del lunes a partir de las seis. Escudriñando a los transeúntes que pasaban por la pantalla, de repente la vi.
—¡Alto! —exclamé—. Es ella, es Stephanie.
El vigilante congeló la imagen.
—Ahora retroceda despacio —le pedí.
En la pantalla, Stephanie anduvo hacia atrás. El cigarrillo que llevaba en los labios se rehízo y, luego, lo encendió con un mechero dorado, lo cogió con los dedos y lo guardó en un paquete que metió en el bolso. Siguió retrocediendo y cambió de trayectoria en la acera hasta llegar a un pequeño monovolumen azul, en cuyo interior se sentó.
—Es su coche —dije—. Un Mazda azul de tres puertas. La vi subirse a él el lunes en el aparcamiento del centro regional de la policía estatal.
Le pedí al vigilante que volviera a pasar la secuencia hacia delante y vimos a Stephanie salir del coche, encender un cigarrillo y fumar dando unos pasos por la acera antes de encaminarse al Kodiak Grill.
Adelantamos luego la grabación hasta las diez menos cinco, la hora en que Stephanie había pagado la cena con su tarjeta. Al cabo de dos minutos, la vimos aparecer otra vez. Fue con paso nervioso hasta el coche. Cuando iba a subirse a él, sacó el teléfono del bolso. Alguien la llamaba. Contestó, fue una llamada breve. Daba la impresión de que no hablaba, sino que se limitaba a escuchar. Tras colgar, se sentó dentro del coche y se quedó un rato inmóvil. Se la podía ver con toda claridad a través de los cristales. Buscó un número en la agenda del teléfono y llamó, pero volvió a colgar en el acto. Como si no pudiera establecer comunicación. Esperó otros cinco minutos, sentada al volante. Parecía nerviosa. Hizo después otra llamada: esta vez la vimos hablar. La conversación duró alrededor de veinte segundos. Por último arrancó y desapareció en dirección al norte.
—Puede que esta sea la última imagen de Stephanie Mailer —susurré.
Nos pasamos media tarde haciéndoles preguntas a los amigos de Stephanie. La mayoría vivía en Sag Harbor, donde había nacido ella.
Ninguno había sabido nada de Stephanie desde el lunes y todos estaban preocupados. Tanto más cuanto que los señores Mailer también les habían telefoneado, con lo que su preocupación había ido a más. Habían intentado localizarla por teléfono, por correo electrónico y recurriendo a las redes sociales, y habían ido a llamar a su puerta, pero sin conseguir nada.
De todas esas conversaciones sacamos en claro que Stephanie era una joven formal en todos los aspectos. No tomaba drogas, no se pasaba con la bebida y se llevaba bien con todo el mundo. Sus amigos sabían más que sus padres de su vida íntima. Una de sus amigas nos aseguró que en los últimos tiempos salía con alguien:
—Sí, tenía un chico, un tal Sean, y lo trajo a una fiesta. Era raro.
—¿Qué es lo que era raro?
—La química que había entre ellos. Algo no encajaba.
Otra amiga nos aseguró que Stephanie estaba entregada al trabajo:
—Últimamente ya casi no veíamos a Stephanie. Decía que tenía muchísimo trabajo.
—¿En qué estaba trabajando?
—Ni idea.
Otra más nos habló del viaje a Los Ángeles:
—Sí, hizo un viaje a Los Ángeles hace quince días, pero me dijo que no lo comentase.
—¿Para qué fue?
—Ni idea.
El último amigo que había hablado con ella era Timothy Volt. Stephanie y él se habían visto el domingo anterior por la noche.
—Vino a casa —nos explicó—. Estaba solo y tomamos unas copas.
—¿Le pareció nerviosa o preocupada? —pregunté.
—No.
—¿Qué clase de chica es Stephanie?
—Una chica estupenda, brillantísima, pero con un genio que ya, ya..., y, además, terca como una mula. Cuando se le mete algo en la cabeza, ya no hay quien se lo saque.
—¿Le contó a usted algo sobre el trabajo que tenía entre manos?
—Algo. Decía que estaba ahora mismo con un proyecto muy gordo, sin entrar en detalles.
—¿Qué tipo de proyecto?
—Un libro. Por lo menos, por eso fue por lo que volvió aquí.
—¿Cómo dice?
—Stephanie es muy ambiciosa. Sueña con ser una escritora famosa, y lo conseguirá. Se ganaba la vida trabajando en una revista literaria hasta septiembre del año pasado... no me acuerdo del nombre.
—Sí —asentí—, la Revista de Letras de Nueva York.
—Eso es. Pero en realidad no era más que algo accesorio, para pagar las facturas. Cuando se licenció, dijo que quería volver a los Hamptons para estar tranquila y poder escribir. Recuerdo que me dijo un día: «Si estoy aquí, es para escribir un libro». Creo que necesitaba tiempo y tranquilidad y que aquí los encontró. Y, además, si no, ¿por qué iba a aceptar un trabajo fuera de plantilla en un periódico local? Ya le digo que es ambiciosa. Pica alto. Si ha venido a Orphea, es que existe una buena razón. A lo mejor no conseguía concentrarse en el barullo de Nueva York. Se ve muchas veces eso de que los escritores se retiren al campo, ¿no?
—¿Dónde escribía?
—En su casa, supongo.
—¿En ordenador?
—No lo sé. ¿Por qué?
Al salir de casa de Timothy Volt, Anna me comentó que no había ordenador en casa de Stephanie.
—A menos que el «visitante» de ayer por la noche se lo llevase —dije.
Aprovechamos que estábamos en Sag Harbor para ir a ver a los padres de Stephanie. Estos no habían oído hablar nunca del novio llamado Sean y Stephanie no había dejado ningún ordenador en casa de ellos. Por precaución, preguntamos si podíamos echar una ojeada a la habitación de Stephanie. No la había ocupado desde que acabó los estudios secundarios y estaba intacta: los carteles en la pared, los trofeos de campeonatos deportivos, los peluches encima de la cama y los libros de texto.
—Stephanie lleva años sin dormir aquí —nos informó Trudy Mailer—. Al acabar en el instituto se fue a la universidad y se quedó en Nueva York hasta que la despidieron en septiembre de la Revista de Letras de Nueva York .
—¿Hay alguna razón concreta para que Stephanie decidiera mudarse a Orphea? —pregunté, sin revelar lo que Timothy Volt me había confiado.
—Como ya le dije ayer, se había quedado sin trabajo en Nueva York y le apetecía volver a los Hamptons.
—Pero ¿por qué a Orphea? —insistí.
—Supongo que porque es la ciudad más grande de la comarca.
Me arriesgué a preguntar:
—Y, en Nueva York, señora Mailer, ¿tenía Stephanie enemigos? ¿Algún conflicto con alguien?
—No, nada de eso.
—¿Vivía sola?
—Compartía piso con una joven que también trabajaba en la Revista de Letras de Nueva York, Alice Filmore. La vimos una vez, cuando fuimos a ayudar a Stephanie a recoger los pocos muebles que tenía, cuando decidió irse de Nueva York. La verdad es que no tenía más que dos o tres baratijas, lo llevamos todo directamente al piso de Orphea.
Al no haber encontrado nada en su casa, ni en casa de sus padres, resolvimos regresar a Orphea y mirar el ordenador de Stephanie en la redacción del Orphea Chronicle .
Eran las cinco cuando llegamos a las oficinas del periódico. Fue Michael Bird quien nos hizo de guía por los escritorios de los empleados. Nos indicó el de Stephanie, bien ordenado, que tenía encima un monitor, un teclado, una caja de pañuelos, una cantidad astronómica de bolígrafos iguales colocados en una taza de té, un cuaderno de notas y unos cuantos papeles revueltos. Los miré deprisa por encima, sin encontrar en ellos nada interesante, antes de preguntar:
—¿Ha podido alguien entrar en su ordenador estos últimos días, mientras no estaba ella?
Al mismo tiempo, pulsé la tecla que se suponía que encendía el ordenador.
—No —me contestó Michael—; los ordenadores están protegidos con una contraseña individual.
Como no se encendía, volví a apretar el botón de arranque mientras seguía haciéndole preguntas a Michael:
—¿No hay ninguna posibilidad de que alguien haya mirado el ordenador de Stephanie sin que ella se enterase?
—Ninguna —nos aseguró Michael—. La contraseña solo la sabe Stephanie. Nadie más, ni siquiera el informático. Por cierto, que no sé cómo va usted a mirarlo si no tiene la contraseña.
—Tenemos especialistas que ya se encargarán de eso, no se preocupe. Pero de momento me gustaría que se encendiera.
Me agaché para comprobar que la CPU estaba bien conectada, pero no había CPU. No había nada.
Alcé la cabeza y pregunté:
—¿Dónde está el ordenador de Stephanie?
—Pues ahí debajo, ¿no? —me contestó Michael.
—¡No, no hay nada!
Michael y Anna se agacharon en el acto para comprobar que solo estaban los cables, colgando en el vacío. Y Michael exclamó, desconcertado:
—¡Alguien ha robado el ordenador de Stephanie!
A las seis y media, una oleada de vehículos de la policía de Orphea y de la policía estatal, juntos y revueltos, estaban aparcados a lo largo del edificio del Orphea Chronicle .
En el interior, un oficial de la brigada científica nos confirmó que había habido, en efecto, un allanamiento. Michael, Anna y yo fuimos tras él, en procesión, hasta un local auxiliar del sótano que hacía también las veces de trastero y de salida de emergencia. Al fondo de la habitación, una puerta daba a unas escaleras empinadas que iban hasta la calle. Habían roto el cristal y había bastado con meter una mano por el hueco para girar el picaporte desde dentro y abrir la puerta.
—¿Nunca vienen a esta habitación? —pregunté a Michael.
—Qué va. Nadie baja al sótano. Solo están los archivos y nunca los miramos.
—¿Y no hay alarma, ni cámaras? —preguntó Anna.
—No, ¿quién iba a tomarse molestias por esto? Créame, si tuviéramos dinero sería antes que nada para las cañerías.
—Hemos intentado encontrar rastros en los picaportes —explicó el policía de la brigada científica—, pero hay un montón de huellas y de mugre de todo tipo, o sea que no se pueden aprovechar. Tampoco hemos encontrado nada en los alrededores del escritorio de Stephanie. En mi opinión, entró por esta puerta, subió al primer piso, cargó con el ordenador y se marchó por el mismo camino.
Volvimos a la sala de redacción.
—Michael —pregunté—, ¿podría ser un miembro de la redacción quien haya hecho esto?
—¡No, por favor! —se ofendió Michael—. ¿Cómo puede suponer algo así? Tengo plena confianza en mis periodistas.
—Entonces, ¿cómo explica que alguien ajeno a la redacción haya podido saber cuál era el ordenador de Stephanie?
—No tengo ni idea —suspiró Michael.
—¿Quién es el primero en llegar por las mañanas? —preguntó Anna.
—Shirley. Suele ser ella la que abre la oficina todas las mañanas.
Llamamos a Shirley. La interrogué.
—¿Durante los últimos días ha visto algo inusual al llegar al periódico?
Shirley, perpleja al principio, hizo un esfuerzo por recordar y de repente se le iluminó la mirada.
—Yo no he visto nada. Pero sí es cierto que el martes por la mañana, Newton, uno de los periodistas, me dijo que su ordenador estaba encendido. Sabía que lo había apagado la víspera porque se había ido el último. Me montó un número, asegurando que alguien le había encendido el ordenador a sus espaldas, pero yo pensé que, sencillamente, se le había olvidado apagarlo.
—¿Cuál es el escritorio de Newton? —pregunté.
—El primero, junto al de Stephanie.
Apreté el botón de arranque del ordenador, a sabiendas de que no podía haber ya huellas aprovechables porque lo habían usado entretanto. Se encendió la pantalla.
ORDENADOR DE: Newton
CONTRASEÑA:
—Empezó por encender un ordenador —dije—. Vio aparecer el nombre y se dio cuenta de que no era el que buscaba. Entonces encendió el siguiente y apareció el nombre de Stephanie. No tuvo que seguir buscando.
—Lo cual demuestra que ha sido alguien ajeno a la redacción quien lo ha hecho —intervino Michael, con calma.
—Lo que significa, sobre todo, que el allanamiento ocurrió en la noche del lunes al martes —dije yo—. Es decir, la noche de la desaparición de Stephanie.
—¿La desaparición de Stephanie? —repitió Michael, intrigado—. ¿Qué quiere decir con eso de «la desaparición»?
Por toda respuesta, le pregunté:
—Michael, ¿podría imprimirme todos los artículos que escribió Stephanie desde que llegó al periódico?
—Por supuesto. Pero ¿va a decirme lo que ocurre, capitán? ¿Cree que le ha sucedido algo a Stephanie?
—Lo creo —le dije—. Y opino que algo grave.
Al salir de la redacción, nos topamos con el jefe Gulliver y con el alcalde de Orphea, Alan Brown, que comentaban la situación en la acera. El alcalde me reconoció en el acto. Hubiérase dicho que acababa de ver a un fantasma.
—¿Usted, aquí? —dijo extrañado.
—Me habría gustado volver a verlo en otras circunstancias.
—¿Qué circunstancias? —preguntó—. ¿Qué sucede? ¿Desde cuándo se desplaza la policía estatal por un vulgar allanamiento?
—¡No tiene autoridad para intervenir aquí! —añadió el jefe Gulliver.
—Ha habido una desaparición en esta ciudad, jefe Gulliver, y las desapariciones son de la competencia de la policía estatal.
—¿Una desaparición? —preguntó el alcalde Brown, atragantándose.
—¡No ha habido ninguna desaparición! —exclamó el jefe Gulliver, exasperado—. ¡No tiene ni un solo indicio, capitán Rosenberg! ¿Ha llamado a la oficina del fiscal? ¡Ya debería haberlo hecho si lo tiene tan claro! A lo mejor debería llamarlos yo.
No contesté y me fui.
Esa noche, a las tres de la madrugada, el cuartelillo de bomberos de Orphea recibió el aviso de un incendio en el número 77 de Bendham Road, las señas de Stephanie Mailer.
30 de julio de 1994, la noche del cuádruple asesinato.
Eran las nueve menos cinco cuando llegamos a Orphea. Habíamos cruzado Long Island en un tiempo récord.
Aparecimos, con la sirena aullando, por la esquina de la calle principal, que estaba cerrada al tráfico debido a la inauguración del festival de teatro. Un coche de la policía local, que se encontraba aparcado allí, nos abrió camino por el barrio de Penfield. El barrio estaba acordonado por completo e invadido por vehículos de emergencias que habían venido de todas las ciudades vecinas. Habían acordonado Penfield Lane con cintas de balizamiento y, tras ellas, se agolpaban los curiosos que acudían desde la calle principal para no perderse ni una pizca del espectáculo.
Jesse y yo éramos los primeros investigadores de la criminal en llegar. Nos recibió Kirk Harvey, el jefe de policía de Orphea.
—Soy el sargento Derek Scott, de la policía estatal —me presenté, enarbolando el distintivo—. Y este es mi adjunto, el inspector Jesse Rosenberg.
—Soy el jefe Kirk Harvey —nos saludó el policía, visiblemente aliviado por poder pasarle la responsabilidad a alguien—. No le voy a negar que estoy desbordado del todo. Nunca nos las habíamos tenido que ver con algo así. Hay cuatro muertos. Una auténtica carnicería.
Había policías corriendo en todas direcciones, gritando órdenes y contraórdenes. Yo era allí, de hecho, el oficial con mayor graduación y decidí tomar las riendas.
—Hay que cerrar todas las carreteras —ordené al jefe Harvey—. Ponga controles. Voy a pedir refuerzos a la policía de tráfico y a todas las unidades de la policía estatal que estén disponibles.
A veinte pasos yacía el cuerpo de una mujer con ropa deportiva en un charco de sangre. Nos acercamos despacio. Un policía montaba guardia a su lado, esforzándose en no mirarla.
—La ha encontrado su marido. Está aquí mismo, en una ambulancia, si quiere interrogarlo. Pero lo más espantoso es lo que hay ahí dentro —nos dijo, indicando la casa junto a la que nos hallábamos—. Un chiquillo y su madre...
Nos encaminamos de inmediato hacia la casa. Quisimos acortar el camino por el césped y nos encontramos con el calzado hundido en cuatro centímetros de agua.
—¡Mierda! —renegué—. Me he empapado los pies y lo voy a poner todo perdido. ¿Por qué está esto inundado? Hace semanas que no llueve.
—Un tubo del aspersor que se ha roto, sargento —me informó desde la casa un policía de guardia—. Están intentando cortar el agua.
—Sobre todo, no toquen nada —ordené—. Que lo dejen todo tal cual hasta que intervenga la brigada científica. Y que acordonen el césped para que la gente pase por las baldosas. No quiero que el agua contamine toda la escena del crimen.
Me limpié los pies lo mejor que pude en los peldaños de las escaleras del porche. Luego entramos en la casa: habían abierto la puerta a patadas. Ante nosotros, en línea recta, en el pasillo, había una mujer caída en el suelo y acribillada a balazos. Junto a ella, una maleta abierta y a medio llenar. A la derecha, un cuartito de estar donde estaba el cuerpo de un niño de unos diez años a quien habían matado a tiros y que se había desplomado entre las cortinas como si lo hubieran derribado antes de que le diera tiempo a esconderse. En la cocina, un hombre de unos cuarenta años tendido bocabajo, caído en un charco de sangre: lo habían matado mientras intentaba huir.
El olor a muerte y a vísceras era insoportable. Salimos a toda prisa de la casa, palidísimos y conmocionados por lo que habíamos visto.
No tardaron en llamarnos desde el garaje del alcalde. Unos policías habían encontrado más equipaje en el maletero del coche. Parecía claro que el alcalde y su familia estaban a punto de irse.
La noche era calurosa y el joven vicealcalde Brown, que llevaba traje, sudaba: corría cuanto podía calle principal abajo, abriéndose paso entre el gentío. Se había marchado del teatro en cuanto lo avisaron de los acontecimientos y tomó la decisión de ir a Penfield Crescent a pie, convencido de que llegaría antes andando que en coche. Tenía razón: el centro de la ciudad, abarrotado de gente, estaba intransitable. En la esquina de la calle Durham, algunos vecinos, enterados de que circulaba un inquietante rumor, lo vieron y lo rodearon para que les contara algo más: ni siquiera contestó y echó a correr como un loco. Torció a la derecha, a la altura de Bendham Road, y siguió hasta una zona residencial. Pasó primero por calles desiertas de casas apagadas. Luego divisó de lejos el barullo. Según se acercaba, veía crecer el halo de las luces y los zumbidos de las balizas giratorias de los vehículos de emergencias. Crecía la muchedumbre de mirones. Algunos lo llamaban, pero hizo caso omiso y no se paró. Se abrió camino hasta llegar al cordón policial. El subjefe Ron Gulliver, al divisarlo, lo dejó pasar en el acto. A Alan Brown aquella escena lo superó al principio: el ruido, las luces, un cuerpo en la acera, tapado con una sábana blanca. No sabía adónde ir. Vio entonces con alivio el rostro conocido de Kirk Harvey, el jefe de la policía de Orphea, con quien estábamos hablando Jesse y yo.
—Kirk —le dijo el vicealcalde Brown al jefe, abalanzándose hacia él—, ¿por Dios, qué ocurre? ¿Es cierto el rumor? ¿Han asesinado a Joseph y a su familia?
—A los tres, Alan —contestó el jefe Harvey, muy serio.
Señaló con la cabeza la casa, donde había policías yendo y viniendo.
—Los han encontrado a los tres ahí dentro. Una carnicería.
El jefe Harvey nos presentó al vicealcalde.
—¿Tienen alguna pista? ¿Algún indicio? —nos preguntó Brown.
—Nada de momento —le contesté—. Lo que me anda rondando por la cabeza es que haya sucedido la noche de la inauguración del festival de teatro.
—¿Cree que hay una relación?
—Es demasiado pronto para decirlo. Ni siquiera entiendo qué hacía el alcalde en su casa. ¿No tenía que haber estado ya en el Gran Teatro?
—Sí, habíamos quedado a las siete. Al ver que no llegaba, intenté telefonear a su casa, pero no contestó nadie. Como la obra tenía que empezar, improvisé el discurso de inauguración, lo pronuncié en su lugar y su asiento se quedó vacío. Fue en el descanso cuando me informaron de lo que sucedía.
—Alan —dijo el jefe Harvey—, hemos encontrado maletas en el coche del alcalde Gordon. Él y su familia parecían a punto de irse.
—¿«A punto de irse»? ¿Cómo que «a punto de irse»? ¿De irse adónde?
—Aún son posibles todas las hipótesis —le expliqué—. Pero ¿notó que el alcalde estuviera nervioso últimamente? ¿Le dijo que lo estuvieran amenazando? ¿Le preocupaba su seguridad?
—¿Amenazando? No, nunca dijo nada semejante. ¿Acaso es que...? ¿Puedo entrar en la casa?
—Vale más no contaminar la escena del crimen —lo disuadió el jefe Harvey—. Y, además, no es agradable de ver, Alan. Una auténtica carnicería. Al niño lo mataron en el salón; a la mujer de Gordon, Leslie, en el pasillo; y a Joseph, en la cocina.
El vicealcalde Brown notó que se tambaleaba. De repente tuvo la impresión de que le fallaban las piernas y se sentó en la acera. Se le volvieron a posar los ojos en la sábana blanca que tenía a unas decenas de metros.
—Pero, si todos los muertos están en la casa, ¿entonces quién está ahí? —preguntó señalando el cuerpo.
—Una pobre joven, Meghan Padalin —le contesté—. Había salido a correr. Debió de tropezarse con el asesino cuando este se iba de la casa y la mató también.
—¡No es posible! —dijo el vicealcalde tapándose la cara con las manos—. ¡Es una pesadilla!
El subjefe Ron Gulliver se reunió en ese momento con nosotros. Se dirigió directamente a Brown:
—La prensa tiene muchas preguntas. Alguien debería hacer una declaración.
—No..., no sé si puedo enfrentarme a algo así —tartamudeó Alan, muy pálido.
—Alan —contestó el jefe Harvey—, es necesario. Ahora eres el alcalde de esta ciudad.
Eran las ocho de la mañana. Mientras Orphea se despertaba despacio, en Bendham Road, repleta de camiones de bomberos, el jaleo había llegado al colmo. Del edificio donde vivía Stephanie ya no quedaban más que unas ruinas humeantes. Las llamas habían destruido su piso por completo.
Anna y yo, en la acera, mirábamos las idas y venidas de los bomberos, ocupados en enrollar mangueras y recoger material. No tardó en acercarse su jefe.
—Ha sido un incendio provocado —nos dijo con tono categórico—. Menos mal que no hay heridos. Solo estaba en el edificio el inquilino del primer piso y le dio tiempo a salir. Fue él quien nos avisó. ¿Podrían venir conmigo? Querría enseñarles algo.
Entramos tras él en el edificio y subimos luego las escaleras. El aire estaba acre y lleno de humo. Al llegar al segundo, nos encontramos con la puerta del piso de Stephanie abierta de par en par. Parecía completamente intacta. Y la cerradura, también.
—¿Cómo han entrado sin romper la puerta, ni forzar la cerradura? —preguntó Anna.
—Eso es lo que quería enseñarles —contestó el jefe de bomberos—. Cuando llegamos, la puerta estaba abierta, como la están viendo ahora.
—El incendiario tenía las llaves —dije.
Anna me miró muy seria.
—Jesse, creo que la persona a quien sorprendiste aquí el jueves por la noche ha venido a rematar el trabajo.
Fui hasta el rellano para mirar dentro del piso: no quedaba nada. Los muebles, las paredes, los libros: todo estaba carbonizado. Quien había prendido fuego a la vivienda solo tenía una finalidad: quemarlo todo.
En la calle, Brad Melshaw, el inquilino del primero, sentado en los peldaños de un edificio contiguo, envuelto en una manta y tomando un café, contemplaba la fachada que habían ennegrecido las llamas. Nos explicó que había terminado su turno en el Café Athéna alrededor de las once y media de la noche.
—Volví directamente a casa —nos dijo—. No noté nada de particular. Me di una ducha, vi un poco la televisión y me quedé dormido en el sofá, como me ocurre con frecuencia. A eso de las tres de la mañana, me desperté sobresaltado. La casa estaba llena de humo. Me di cuenta enseguida de que venía del hueco de las escaleras y, al abrir la puerta de entrada, vi que el piso de arriba ardía. Bajé en el acto a la calle y pedí ayuda por el móvil. Por lo visto, Stephanie no estaba en casa. Le ha pasado algo, ¿no?
—¿Quién le ha hablado de eso?
—Lo dice todo el mundo. Esta es una ciudad pequeña, ¿sabe?
—¿Conoce bien a Stephanie?
—No. Como vecinos que se cruzan, y poco más. Tenemos horarios muy diferentes. Se vino a vivir aquí en septiembre del año pasado. Es simpática.
—¿Le mencionó un proyecto de viaje? ¿Le dijo algo de que iba a ausentarse?
—No. Ya le he dicho que no teníamos tanta confianza como para que me hablase de esas cosas.
—Podría haberle pedido que le regase las plantas o que le recogiera el correo.
—Nunca me ha pedido ese tipo de favores.
De pronto, a Brad Melshaw se le alteró la mirada. Y entonces exclamó:
—¡Sí! ¿Cómo se me ha podido olvidar? La otra noche discutió con un policía.
—¿Cuándo?
—El sábado pasado por la noche.
—¿Qué ocurrió?
—Yo volvía del restaurante a pie. Eran alrededor de las doce. Había un coche patrulla aparcado delante del edificio y Stephanie hablaba con el conductor. Le decía: «No puedes hacerme esto, te necesito». Y él le contestó: «No quiero volver a saber nada de ti. Si vuelves a llamarme, te denuncio». Puso el coche en marcha y se fue. Ella se quedó un ratito en la acera. Parecía hundida en la miseria. Esperé en la esquina, desde donde había presenciado la escena, hasta que subió a su casa. No quería que se sintiera violenta.
—¿De qué tipo de coche patrulla se trataba? —preguntó Anna—. ¿De la policía de Orphea o de otra ciudad? ¿Policía estatal? ¿Policía de tráfico?
—No lo sé. En ese momento no le di importancia. Y estaba oscuro.
Nos interrumpió el alcalde Brown, que se me echó encima.
—¿Supongo que habrá leído el periódico de hoy, capitán Rosenberg? —me preguntó furioso, desplegando ante mí un ejemplar del Orphea Chronicle .
En primera plana había una foto de Stephanie debajo del siguiente titular:
¿HA VISTO A ESTA JOVEN?
Stephanie Mailer, periodista del Orphea Chronicle , lleva sin dar señales de vida desde el lunes. Extraños acontecimientos están ocurriendo en relación con esta desaparición. La policía estatal investiga.
—No estaba al corriente de este artículo, señor alcalde.
—¡Estuviera al corriente o no, capitán Rosenberg, es usted el causante de todo este jaleo! —dijo Brown, irritado.
Me volví hacia el edificio que habían destruido las llamas.
—¿Afirma que no está sucediendo nada en Orphea?
—Nada de lo que no pueda encargarse la policía local. Así que no venga a provocar más desorden, ¿quiere? Las arcas municipales no están muy boyantes y todo el mundo cuenta con el verano y con el festival de teatro para reflotar la economía. Si los turistas se asustan, no vendrán.
—Permítame que insista, señor alcalde: creo que puede tratarse de un caso muy grave...
—No tiene ni un indicio, capitán Rosenberg. El jefe Gulliver me decía ayer que no hay ni rastro del coche de Stephanie desde el lunes. ¿Y si se hubiera ido sin más? He hecho unas cuantas llamadas referidas a usted y por lo visto se retira este lunes.
Anna me miró con una cara muy rara.
—Jesse —me dijo—, ¿dejas la policía?
—No voy a ninguna parte hasta que se aclare este asunto.
Me di cuenta de lo lejos que llegaba la influencia del alcalde Brown cuando, tras irme con Anna de Bendham Road camino de la comisaría de Orphea, recibí una llamada de mi superior, el mayor McKenna.
—Rosenberg —me dijo—, el alcalde de Orphea me persigue por teléfono. Asegura que estás sembrando el pánico en su ciudad.
—Mayor —le expliqué—, ha desaparecido una mujer y eso tal vez guarde relación con el cuádruple asesinato de 1994.
—El caso del cuádruple asesinato está cerrado, Rosenberg. Y deberías saberlo porque lo resolviste tú.
—Ya lo sé, mayor. Pero estoy empezando a preguntarme si no nos perdimos algo por entonces...
—¿Qué historia es esa?
—La joven desaparecida es una periodista que había vuelto a abrir la investigación. ¿Eso no indica que hay que indagar?
—Rosenberg —me dijo McKenna con tono de fastidio—, según el jefe de la policía local no tienes el menor indicio. Me estás jorobando el sábado y vas a quedar como un idiota dos días antes de dejar la policía. ¿De verdad que es eso lo que quieres?
Me quedé callado y McKenna añadió, con voz más cordial:
—Mira, me marcho con mi familia al lago Champlain a pasar el fin de semana y voy a hacerlo teniendo buen cuidado de que se me olvide el móvil en casa. Estaré ilocalizable hasta mañana por la noche y volveré a mi despacho el lunes por la mañana. Así que tienes hasta el lunes a primera hora para dar con algo sólido que me puedas presentar. En caso contrario, te vuelves como un buen chico a la oficina como si no hubiera pasado nada. Nos tomamos algo para celebrar tu despedida de la policía y no quiero volver a oír hablar nunca más de esta historia. ¿Está claro?
—Entendido, mayor. Gracias.
Tenía el tiempo contado. En el despacho de Anna empezamos a pegar los diferentes indicios en una pizarra magnética.
—Según el testimonio de los periodistas —le dije a Anna—, el robo del ordenador en la redacción debe de haber ocurrido en la noche del lunes al martes. En el piso entraron el jueves por la noche y, para terminar, el incendio de esta noche.
—¿Adónde quieres ir a parar? —me preguntó Anna, alargándome una taza de café hirviendo.
—Pues a que todo hace pensar que lo que esa persona buscaba no estaba en el ordenador de la redacción, con lo que se vio obligada a ir a registrar el piso de Stephanie. Sin éxito, está claro, ya que ha corrido el riesgo de volver la noche siguiente para prenderle fuego. ¿Por qué comportarse así, si no es con la esperanza de destruir los documentos al no haber podido hallarlos?
—¡Así que lo que buscan a lo mejor anda todavía por ahí! —exclamó Anna.
—Exactamente —asentí—. Pero ¿dónde?
Me había llevado los extractos de las llamadas y de los movimientos bancarios de Stephanie, que había conseguido la víspera en el centro regional de la policía estatal y los dejé encima de la mesa.
—Empecemos por intentar descubrir quién llamó a Stephanie a la salida del Kodiak Grill —dije, rebuscando en los documentos hasta dar con la lista de las últimas llamadas hechas y recibidas.
Stephanie había recibido una llamada a las diez y tres minutos. Luego había hecho dos llamadas seguidas a la misma persona. A las diez y cinco y a las diez y diez. La primera llamada había durado un segundo apenas; la segunda, veinte.
Anna se sentó delante de su ordenador. Le dicté el número de la llamada que había recibido Stephanie a las diez y tres minutos y ella lo introdujo en el sistema de búsqueda para identificar al correspondiente abonado.
—¡No puede ser, Jesse! —exclamó Anna.
—¿Qué? —pregunté abalanzándome hacia la pantalla.
—¡El número corresponde a la cabina telefónica del Kodiak Grill!
—¿Alguien llamó a Stephanie desde el Kodiak Grill nada más salir ella? —dije asombrado.
—Alguien la estaba observando —dijo Anna—. Durante todo el rato que estuvo esperando, alguien la observaba.
Volví a coger la hoja y subrayé el último número que había marcado Stephanie. Se lo dicté a Anna, que lo introdujo en el sistema.
Se quedó pasmada al ver el nombre que aparecía en el ordenador.
—¡No! ¡Tiene que ser un error! —me dijo, poniéndose pálida de repente.
Me pidió que repitiera el número y tecleó frenéticamente, volviendo a introducir la secuencia de cifras.
Me acerqué a la pantalla y leí el nombre que aparecía.
—Sean O’Donnell. ¿Cuál es el problema, Anna? ¿Lo conoces?
—Lo conozco muy bien —respondió aterrada—. Es uno de mis policías. Sean O’Donnell es un policía de Orphea.
*
El jefe Gulliver, al ver el extracto de llamadas, no pudo negarme que interrogase a Sean O’Donnell. Lo hizo volver de patrullar y mandó que lo llevasen a una sala de interrogatorios. Cuando entré en la habitación, en compañía de Anna y del jefe Gulliver, Sean se levantó a medias de la silla como si sintiera las piernas flojas.
—¿Van a decirme qué ocurre? —exigió con tono preocupado.
—Siéntate —le dijo Gulliver—. El capitán Rosenberg tiene unas preguntas que hacerte.
Obedeció. Gulliver y yo nos sentamos detrás de la mesa, frente a él. Anna estaba más atrás, junto a la pared.
—Sean —le dije—, sé que Stephanie Mailer lo llamó el lunes por la noche. Es usted la última persona con la que intentó ponerse en contacto. ¿Qué nos está ocultando?
Sean se agarró la cabeza con las manos.
—Capitán —gimió—, la he cagado del todo. Debería habérselo contado a Gulliver. Y, además, ¡quería hacerlo! Lo siento muchísimo...
—Pero ¡no lo hizo, Sean! Así que ahora tiene que contárnoslo todo.
Antes de hablar soltó un hondo suspiro:
—Stephanie y yo salimos juntos una temporada. Nos conocimos en un bar hace tiempo. Fui yo quien le entró y, para ser sinceros, no pareció muy entusiasmada. Por fin aceptó que la invitase a algo, charlamos un poco y pensé que la cosa no iba a ir más allá. Hasta que le dije que era policía aquí, en Orphea: esto le llamó la atención enseguida. Cambió inmediatamente de actitud y de pronto pareció que yo le interesaba mucho. Nos dimos el número de teléfono y volvimos a vernos unas cuantas veces. Nada más. Pero el asunto cogió carrerilla de pronto hace dos semanas. Nos acostamos. Solo una vez.
—¿Por qué no duró? —pregunté.
—Porque me di cuenta de que quien le interesaba no era yo, sino la sala de archivos de la comisaría.
—¿«La sala de archivos»?
—Sí, capitán. Era muy raro. La mencionó varias veces. Quería a toda costa que la llevase. Pensé que estaba de broma y le decía que era imposible, claro. Pero resulta que, cuando me desperté en su cama hace quince días, me exigió que la llevase a la sala de archivos. Como si le debiese algo a cambio de haber pasado la noche con ella. Me sentí muy herido. Me marché furioso aclarándole que no quería volver a verla.
—¿No tuviste la curiosidad de saber por qué le interesaba tanto la sala de archivos? —preguntó el jefe Gulliver.
—Claro que sí. Una parte de mí quería saber a toda costa. Pero no quería que Stephanie se diera cuenta de que su historia me interesaba. Me sentía manipulado y, como me gustaba de verdad, me dolió.
—Y ¿la ha vuelto a ver luego? —pregunté.
—Solo una vez. El sábado pasado. Esa noche me llamó varias veces, pero no contesté. Creía que se cansaría, pero llamaba sin parar. Estaba de servicio y aquella insistencia era insoportable. Por fin, al borde de un ataque de nervios, le dije que nos viéramos delante de su casa. Ni siquiera salí del coche; le dije que, si me volvía a llamar, la denunciaría por acoso. Me dijo que necesitaba ayuda, pero no le creí.
—¿Qué dijo exactamente?
—Me dijo que necesitaba consultar un expediente relacionado con un crimen cometido aquí y del que tenía información. Me dijo: «Existe una investigación que se cerró en falso. Hay un detalle, algo que nadie vio entonces y que, sin embargo, era muy evidente». Para convencerme, me enseñó la mano y me preguntó qué veía. «Tu mano», contesté. «Lo que tenías que ver eran los dedos.» Con esa historia de la mano y los dedos pensé que me tomaba por tonto. Me fui y la dejé plantada en plena calle, jurándome que nunca más volvería a caer en sus redes.
—¿Nunca más? —pregunté.
—Nunca más, capitán Rosenberg. No he vuelto a hablar con ella desde entonces.
Dejé que reinase un breve silencio antes de echar encima de la mesa el triunfo.
—¡No nos tome por idiotas, Sean! Sé que habló con Stephanie el lunes por la noche, la noche en que desapareció.
—¡No, capitán! ¡Le juro que no hablé con ella!
Enarbolé el extracto de llamadas y se lo puse delante.
—Deje de mentir, lo pone aquí: hablaron veinte segundos.
—¡No, no hablamos! —exclamó Sean—. Es cierto que me llamó. Dos veces. Pero ¡no lo cogí! En la última llamada, me dejó un mensaje en el contestador. Es cierto que hubo conexión, como lo indica el extracto, pero no hablamos.
Sean no mentía. Al mirar su teléfono, descubrimos un mensaje recibido el lunes a las diez y diez y que duraba veinte segundos. Di a «escuchar» y la voz de Stephanie salió de repente del altavoz del teléfono:
Sean, soy yo. Tengo que hablar contigo como sea, es urgente. Por favor... [Pausa.] Sean, tengo miedo. Tengo miedo de verdad.
La voz dejaba traslucir cierto pánico.
—No oí el mensaje en ese momento. Pensaba que eran más lloriqueos. Al final lo oí el miércoles, después de que sus padres fueran a la comisaría a comunicar su desaparición —explicó Sean—. Y no supe qué hacer.
—¿Por qué no dijo nada? —pregunté.
—Tuve miedo, capitán. Y me sentí avergonzado.
—¿Stephanie se sentía amenazada?
—No... En cualquier caso, nunca lo mencionó. Era la primera vez que decía que tenía miedo.
Crucé una mirada con Anna y con el jefe Gulliver y luego le exigí a Sean:
—Necesito saber dónde estaba y qué hacía el lunes por la noche, a eso de las diez, cuando Stephanie intentó hablar con usted.
—Estaba en un bar de East Hampton. Uno de mis amigos es el gerente, estábamos todo un grupo. Pasamos allí la velada. Les daré todos los nombres, pueden comprobarlo.
Varios testigos confirmaron la presencia de Sean en aquel bar desde las siete de la tarde hasta la una de la madrugada la noche de la desaparición. En el despacho de Anna, escribí en la pizarra magnética el enigma de Stephanie: «Lo que teníamos delante de los ojos y no vimos en 1994».
Pensábamos que Stephanie quería ir a los archivos de la comisaría de Orphea para tener acceso al expediente de la investigación del cuádruple asesinato de 1994. Fuimos, pues, a la sala de archivos y encontramos sin dificultad la caja de cartón de gran tamaño donde se suponía que estaba ese expediente. Pero nos quedamos muy sorprendidos, la caja estaba vacía. Había desaparecido todo. Dentro de la caja había solo una hoja de papel que se había vuelto amarillenta con el tiempo y en la que habían escrito a máquina:
Aquí empieza LA NOCHE NEGRA .
Era el principio de la búsqueda del tesoro.
*
El único elemento del que disponíamos era la llamada telefónica hecha desde el Kodiak Grill nada más salir de allí Stephanie. Fuimos al restaurante y volvimos a encontrarnos con la empleada a quien había interrogado la víspera.
—¿Dónde está el teléfono público? —le pregunté.
—Puede usar el teléfono de la barra —me contestó.
—Es todo un detalle, pero me gustaría ver su teléfono público.
Nos condujo, cruzando el restaurante, hasta la parte trasera, donde había dos filas de perchas clavadas en la pared, los aseos, un cajero automático y, en un rincón, un teléfono de monedas.
—¿Hay una cámara? —preguntó Anna, escudriñando el techo.
—No, no hay ninguna cámara en el restaurante.
—¿Se usa mucho esta cabina?
—No lo sé, por aquí suele haber mucha gente yendo y viniendo. Los aseos son solo para los clientes, pero hay siempre personas que entran y preguntan con cara cándida si tenemos teléfono. Decimos que sí. Pero no sabemos si lo que necesitan de verdad es hacer una llamada o hacer pis. Ahora todo el mundo tiene móvil, ¿no?
Justo en ese momento sonó el teléfono de Anna. Acababan de encontrar el coche de Stephanie cerca de la playa.
*
Anna y yo íbamos a toda velocidad por Ocean Road, que empezaba en la calle principal y llevaba hasta la playa de Orphea. La carretera terminaba en un aparcamiento que consistía en un amplio redondel de cemento donde los bañistas aparcaban los coches sin orden ni concierto y sin limitación de tiempo. En invierno, había coches dispersos de algunos paseantes y de padres de familia que iban a volar cometas con sus hijos. Comenzaba a llenarse en los primeros días buenos de primavera. En pleno verano, lo tomaban por asalto desde primera hora de las mañanas bochornosas y la cantidad de coches que conseguían amontonarse allí era espectacular.
A unos cien metros del aparcamiento, había un coche patrulla aparcado en el arcén. Un agente nos hizo una señal con la mano y me paré detrás de su coche. En aquel lugar, un sendero abierto al tráfico se internaba en el bosque. El policía nos explicó:
—El coche lo han visto unos paseantes. Al parecer lleva aparcado aquí desde el martes. Ataron cabos al leer el periódico de esta mañana. Lo he comprobado y la matrícula corresponde al coche de Stephanie Mailer.
Tuvimos que andar unos doscientos metros para llegar al coche, correctamente aparcado en un entrante. Era, en efecto, el Mazda azul que habían grabado las cámaras del banco. Me puse un par de guantes de látex y di deprisa una vuelta alrededor, mirando el interior por las ventanillas. Quise abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. Anna acabó por decir en voz alta lo mismo que me rondaba a mí por la cabeza.
—Jesse, ¿crees que está en el maletero?
—No hay más que una forma de saberlo —contesté.
El policía nos trajo una palanqueta. La metí en la ranura del maletero. Anna estaba detrás de mí, muy cerca, y contenía la respiración. La cerradura cedió con facilidad y el maletero se abrió de golpe. Retrocedí instintivamente y, luego, me incliné para ver mejor el interior y comprobé que estaba vacío.
—No hay nada —dije apartándome del coche—. Vamos a llamar a la científica antes de que se contamine la escena. Creo que esta vez el alcalde opinará que hay que echar mano de todos los medios.
El descubrimiento del coche de Stephanie cambió, realmente, la situación. El alcalde Brown, informado de cómo estaban las cosas, se presentó con Gulliver y, dándose cuenta de que había que iniciar un operativo de búsqueda y de que la policía local no iba a tardar en verse desbordada por los acontecimientos, pidió refuerzos de los efectivos policiales de las ciudades vecinas.
En una hora, Ocean Road estaba cerrada al tráfico por completo desde la mitad hasta el aparcamiento de la playa. Los cuerpos de policía de todo el condado habían mandado hombres, a los que ayudaban patrullas de la policía estatal. Grupos de curiosos se habían agolpado a ambos lados, tras el cordón policial.
Por el lado del bosque, los hombres de la policía científica interpretaban su danza, vestidos con monos blancos, alrededor del coche de Stephanie, que peinaron a fondo. También habían llegado equipos de la unidad canina.
No tardó su responsable en convocarnos en el aparcamiento de la playa.
—Todos los perros siguen la misma pista —nos dijo cuando llegamos—. Empiezan en el coche, tiran por ese caminito que va haciendo eses desde el bosque, entre las hierbas, y llegan aquí.
Nos señaló con el dedo el trazado de un sendero que era un atajo que tomaban los paseantes para ir de la playa al camino forestal.
—Todos los perros señalan un alto en el aparcamiento. En este lugar donde estoy. Luego pierden el rastro.
El policía estaba literalmente en el centro de aparcamiento.
—Y ¿eso qué quiere decir? —pregunté.
—Que se subió a un coche aquí, capitán Rosenberg. Y que se fue en ese vehículo.
El alcalde se volvió hacia mí.
—¿Qué le parece, capitán? —me preguntó.
—Creo que alguien estaba esperando a Stephanie. Había quedado con alguien. La persona con quien está citada en el Kodiak Grill la espía, sentada a una mesa del fondo. Cuando sale del restaurante, la llama desde la cabina y la cita en la playa. Stephanie está intranquila: pensaba en una cita en un lugar público y resulta que tiene que ir a la playa, que está desierta a esas horas. Llama a Sean, que no le contesta. Por fin decide aparcar en el sendero del bosque. ¿Quizá para contar con un plan de retirada? ¿O, si no, para acechar la llegada de su misteriosa cita? En cualquier caso, cierra el coche con llave. Baja hasta el aparcamiento y se sube al vehículo de su contacto. ¿Adónde se la llevó? Solo Dios lo sabe.
Hubo un silencio escalofriante. Después, el jefe Gulliver, como si estuviera cayendo en la cuenta de la magnitud de la situación, susurró:
—Así empieza la desaparición de Stephanie Mailer.