1. La aguja y el pajar

La mejor manera de empezar una historia es con otra. Para narrar el caso de Israel Vallarta y Florence Cassez, los protagonistas de esta novela documental o de esta novela sin ficción, debo dirigir la mirada hacia un personaje en apariencia secundario: su nombre es Valeria Cheja, acaba de cumplir 18 años y estudia en una preparatoria privada de la Ciudad de México. Una adolescente de clase media como tantas: vanidosa, fiestera, ávida de mundo. Observémosla la mañana del 31 de agosto de 2005: el cabello negro, la camiseta blanca y los pants azules con jaspes también blancos del uniforme. Valeria suele pasar por sus amigas en el Seat rojo que le regalaron sus padres, pero hoy debe exponer en su primera clase y prefiere marcharse sola, consciente de que cada mañana la Ciudad de México se transforma en un campo de batalla donde millones de automovilistas se rebasan y amontonan en filas interminables a una velocidad que rara vez excede los veinte kilómetros por hora.

El aire fresco golpea su rostro cuando, cerca de las 07:40, sale al patio, arroja su mochila en el asiento del copiloto, toma su lugar frente al volante y enciende el motor. Entre su casa y el Colegio Vermont median unos veinte kilómetros y Valeria sabe que, si no se da prisa, el trayecto puede tomarle el doble de tiempo. La joven toma San Francisco Culhuacán y, poco antes de doblar hacia Taxqueña, un Volvo blanco se detiene frente a ella. La joven supone que el conductor ha sufrido una avería y frena en seco; por el retrovisor se percata de que una camioneta negra bloquea el paso a sus espaldas. El susto apenas le permite distinguir a los dos enmascarados que descienden del automóvil. Uno de ellos estrella la ventanilla de su lado izquierdo, le grita que no se mueva y la amenaza con una pistola, en tanto el otro la obliga a pasarse al asiento trasero del vehículo y se acomoda al volante; un tercer sujeto aborda la van negra.

Valeria se da cuenta de que el primero es el jefe de la banda, pues los demás se limitan a seguir sus instrucciones. Cuando el Volvo arranca de nuevo, éste le ordena quedarse callada y el sujeto a su lado la obliga a sumir el rostro en el asiento. El Seat avanza unos metros, gira en una callejuela y se estaciona. Uno de sus captores le cubre la cabeza con una manta, la obliga a bajar y la trepa en la camioneta sin ventanas; finalizado el trasiego, los tres vehículos se ponen otra vez en marcha. Asfixiada por el roce de la cobija, a la joven se le ocurre balbucir que está a punto de sufrir un ataque de asma. Los secuestradores le quitan la manta del rostro y le preguntan si necesita alguna medicina.

«Me dan miedo las armas», se justifica Valeria, fingiendo que se ahoga.

«No te preocupes, las vamos a esconder», responden sus captores y guardan rifles y pistolas debajo del asiento.

No será la primera vez que Valeria se valga de su astucia para obtener concesiones de sus secuestradores. Al cabo de diez minutos, la camioneta aminora la velocidad, da un rápido giro, atraviesa una verja —la joven escucha el rechinido de un portón metálico— y se estaciona en un patio interior. Los secuestradores la cargan en hombros, la introducen en la propiedad y la depositan en una incómoda silla de madera. El jefe de la banda, a quien los demás llaman Patrón, le pregunta cuánto dinero cree que su familia podría pagar como rescate. Pese al aturdimiento, Valeria inventa que Mayco Diseños, la empresa textil de su madre, atraviesa por severas dificultades económicas y le explica al Patrón que está sometida a un par de auditorías del Seguro Social y de Hacienda.

El secuestrador le exige entonces su celular; Valeria rebusca en su bolsillo y le entrega el Nextel que le regaló su madre.

Son las 07:50.

«Márcale a tu mamá», ordena el Patrón. Laura Maya Tinajero apenas tarda en contestar. «Estoy bien, no te preocupes», alcanza a musitar Valeria antes de que el Patrón le arrebate el aparato.

El secuestrador le explica a Laura que tienen a su hija en su poder, pero que nada va a pasarle si coopera con ellos; le ordena no dar aviso a la policía, le comenta que Valeria lo ha puesto al tanto de los problemas de la empresa y le pregunta qué cantidad estaría dispuesta a pagar por su libertad. Sin saber qué hacer, Laura confirma la mentira y alega carecer de efectivo. El Patrón le exige diez millones de pesos.

«¿Cuál es el nombre de su padre, doña Laura?», le pregunta. Tomada por sorpresa, Laura responde que se llama Humberto. «A partir de ahora tiene que llamarme así», le indica el Patrón antes de cortar la llamada.

Cerca de las 08:00, el secuestrador vuelve a marcarle a Laura para saber si ya tiene idea del monto que será capaz de reunir. Más flexible, le propone una rebaja de cinco millones.

Valeria, entretanto, ha permanecido inmóvil en la silla. Alguien le retira la manta de la cabeza y ella siente cómo le acomodan el cabello, le colocan una borla de algodón en cada ojo y proceden a vendarla. Poco después la trasladan a uno de los sillones de la sala, un poco más mullido.

A las 10:45, el Patrón le llama otra vez a su madre para indicarle dónde se encuentra el Seat de Valeria. Laura le ordena a un empleado de la empresa que vaya a recogerlo y, sin atender las indicaciones de los secuestradores, pide ayuda a la policía. Hacia las 11:00 se presenta en su domicilio la agente Murgui, de la Dirección de Análisis Técnico de la Procuraduría General de la República; acostumbrada a este tipo de crisis, lleva consigo un maletín con una grabadora, un teléfono y un identificador de llamadas. Desde ese momento, la agente acude a diario a su casa para aconsejarla; también se entrevista con el padre de Valeria, el empresario judío Benjamín Cheja, y con la madre de Laura.

Para tranquilizar a Valeria, el Patrón le explica que son profesionales y le adelanta que, si su familia hace lo que piden, quedará libre en poco tiempo. También le explica que están arreglando su cuarto y que deberá esperar a que esté listo; Valeria finge mostrarse comprensiva y le dice que entiende que todo el mundo debe buscarse una forma de ganarse la vida. Pasa varias horas allí, sentada y vendada, oyendo las voces de los comentaristas televisivos y las conversaciones y movimientos de sus captores. «Aquí han estado políticos súper importantes», le presume el Patrón, «empresarios y gente así.»

Un escalofrío recorre la espalda de Valeria. «¿Y no han matado a nadie?», cuestiona. «Hace tiempo tuvimos a un señor casado, con un hijo», le contesta el Patrón para amedrentarla y le cuenta que pidieron mucho dinero por su rescate y al final el hijo ofreció un millón de pesos. «Por esa cantidad preferimos matarlo.» También le revela que en otra ocasión tuvieron en su poder a una niña («como de tu edad»), hija de un político importante. El padre confesó que, si bien sería capaz de reunir el dinero del rescate, no tendría modo de justificarlo ante la prensa. «Y entonces también tuvimos que matarla.»

Dejando atrás este tono macabro, el Patrón vuelve a interrogarla sobre las propiedades de su familia y Valeria reitera la misma historia de problemas financieros. El líder de la banda le confiesa que la seguían desde hacía un mes y que pertenecen a la banda que la detuvo en el Periférico el viernes anterior. Valeria recuerda que esa tarde unos sujetos le impidieron el paso, pero, como iba con un grupo de amigos, los dejaron ir luego de revisar sus papeles.

Horas más tarde, los secuestradores depositan un plato de comida sobre la mesa; Valeria apenas prueba bocado mientras el Patrón continúa el interrogatorio. Ella escucha cómo los demás se sientan a comer y pide permiso para ir al baño. Otro de los captores la acompaña a la planta alta; en el camino ella repara en el desnivel entre el comedor y el pasillo y por debajo de la venda entrevé los mosaicos azules del piso.

Por la noche la trasladan a otro cuarto y, un poco más tarde, a la que será su habitación durante el resto de su encierro, en la planta alta. El Patrón le explica que puede quitarse la venda cuando ellos no estén, pero que cada vez que toquen a la puerta deberá colocarse contra la pared con una almohada o las sábanas sobre la cabeza. Además del colchón, Valeria encuentra un televisor de veinte pulgadas, un equipo de DVD, una mesita y un ventilador. Del techo pende un foco sostenido por un cable negro. En el baño adyacente, al cual se accede atravesando el leve desnivel, descubre un lavabo color crema y una bañera y un excusado blancos.

«Te me imaginas mucho a mi hija», le susurra el Patrón. «Te juro que no vas a estar mucho tiempo aquí. No te preocupes, nadie va a tocarte ni a hacerte daño.»

Valeria le ruega que se quede, ya que desconfía de sus empleados. El Patrón permanece con ella unos minutos; luego le explica que tiene cosas que hacer y desciende a la planta baja. A las 21:07, le marca otra vez a Laura.

«Quisiera que me dé alguna respuesta.»

A la madre de Valeria se le quiebra la voz. El Patrón se esfuerza por tranquilizarla y después la vuelve a intimidar. «Nosotros no vamos a ceder», se enfada y le indica que el dinero del rescate deberá estar en billetes de doscientos, quinientos y mil. Laura insiste en que no tiene ese dinero y, furioso, el secuestrador cuelga.

Transcurre un lento y angustioso día sin que Laura reciba noticias de los secuestradores. Valeria permanece en su cuarto, adonde le llevan sopa de pasta y una milanesa. Por la noche la visita el Patrón, un hombre locuaz y pródigo en opiniones que se queda a platicar con ella largo rato.

A las 07:42 del 2 de septiembre, Laura recibe una nueva llamada mientras la acompaña, como de costumbre, la agente Murgui. La madre de Valeria le dice al secuestrador que ha logrado reunir casi cien mil pesos.

«Ay, señora, ya empezamos mal», se enfurruña éste, «teníamos confianza en que no iba a decir tonterías.» Laura insiste en que no tiene la cantidad que le pide. «Pues qué lástima, de veras, era una chica muy linda.»

La comunicación se interrumpe; segundos más tarde, el Patrón vuelve a marcar y le grita a Laura que, si vuelve a colgarle el teléfono, no volverá a llamar. «Se le dijo que no avisara a nadie», la regaña. Humberto le dice entonces algo significativo: «No se deje usted llevar por gente que no tiene la misma sangre de usted y de su hija.»

La negociación prosigue en la misma tónica: el secuestrador exige su pago y Laura reitera que no tiene más que cien mil pesos. Como si fuese el regateo en un mercado, éste le propone una rebaja sustancial: ya tampoco serán cinco millones, sino lo que ella tenga a bien reunir.

El Patrón sube poco después a la habitación de Valeria; ella se coloca contra la pared y uno de los secuestradores le venda los ojos. El jefe de la banda la convida a la mesa, ambos desayunan sendos platones de cereal y él le explica que al parecer le dieron mal sus datos, pues sólo secuestran a gente rica. Le advierte, sin embargo, que debe cuidarse de los ojetes que tiene a su alrededor y le adelanta que muy pronto se dará cuenta de quién la ha entrampado. «Yo ya quiero que te vayas», le confía el Patrón y, en una suerte de síndrome de Estocolmo a la inversa, añade que no quiere ningún rescate porque Valeria ha sido una niña muy valiente.

La joven pasa el resto de la mañana en su habitación. A la hora de la comida, dos sujetos le suben otra vez sopa de pasta y una milanesa. Ella vuelve a su juego: exige papas fritas, botanas y películas en video; los secuestradores cumplen su petición. Valeria tira la comida chatarra al excusado, pero su capricho le permite creer que mantiene cierto control sobre su vida. El resto del día revisa sus cuadernos de la escuela, oye la radio y ve un poco de tele.

En su conversación de la noche anterior, el Patrón le pidió que todas las tardes, a la misma hora, escuche un programa de radio de Amor FM, en el 95.3 del cuadrante: una de esas emisiones de autoayuda en las que el conductor da un sinfín de consejos sobre todos los tópicos posibles. Por la noche, mientras los dos cenan espalda contra espalda, el líder de la banda la examina sobre lo que aprendió en la radio, endilgándole interminables reflexiones sobre la vida. Un secuestrador con vena de filósofo.

Tras otro día sin noticias, el 4 de septiembre, a las 12:57, Laura recibe un nuevo telefonema. El Patrón le ordena dejar fuera a Benjamín, el padre de Valeria; ella le dice que ha logrado reunir ciento ochenta mil pesos. Sin prestar demasiada atención, éste vuelve a preguntarle por sus propiedades, su camioneta —Laura le explica que no ha pagado los abonos en seis meses— y la colegiatura de la escuela, cotejando sus respuestas con la información que alguien le ha proporcionado. Laura, por su parte, trata de generar en él cierta empatía contándole de la enfermedad de su madre.

Otro miembro de la banda irrumpe esa tarde en el cuarto de Valeria. Su voz es más gruesa que la del Patrón; su tono, violento y amenazante. Le dice que no entiende por qué su jefe la consiente tanto, que está harto y que ella terminará por pagarlo. Cuando el Patrón visita a Valeria por la noche, la encuentra llorando; le toma la mano y trata de apaciguarla. «Estoy empezando a encariñarme contigo», le dice y añade con su estilo de lector de manuales de autoayuda: «Para mí también es doloroso tenerte acá. Aunque la jaula sea de oro, jaula es.»

Por su parte, Valeria le entrega una larga carta para su mamá; convencida de que jamás volverá a ver a su familia, le escribe que no la han maltratado y le pide tratar de ser feliz. El Patrón promete enviarla por la mañana.

A las 21:55, Laura recibe una nueva llamada. Le parece que la voz del otro lado del teléfono no es la misma de las ocasiones anteriores. Sin tomar en cuenta sus recelos, el secuestrador le pregunta sobre la renta que paga por su casa, las ganancias de la empresa y las máquinas que utiliza. «No coincide, señora, no coincide», refunfuña. «¿Cómo le hace para pagar la vida que llevan, la escuela, la comida, la gasolina, tantas cosas?»

Como el Patrón se mantiene ausente a la mañana siguiente, dos de sus hombres suben a la habitación de Valeria con comida. Mientras almuerza, le cuentan que llevaban siguiéndola un mes y que habían querido secuestrarla el lunes anterior, pero Valeria manejaba muy rápido. En otra ocasión tampoco pudieron detenerla porque iba con su madre y le repiten que no entienden por qué el Patrón quiere liberarla sin recibir el dinero, que éste nunca antes ha tomado esa actitud y que ella ha roto todas las reglas. Para tratar de apaciguarlos, Valeria les habla de futbol y les pregunta por sus equipos favoritos. Por la noche, cuando el Patrón sube a su cuarto, ella le regala un dibujo donde aparece al lado de su madre y el secuestrador ocupa el lugar de su padre: la manera de contrarrestar la escalofriante posibilidad de que el secuestrador se esté enamorando de ella. Éste promete liberarla.

A las 15:02 del 5 de septiembre, el Patrón vuelve a comunicarse con Laura; le pide que consiga unas bolsas negras, de las que se usan para la basura, para poner el dinero del rescate en billetes de varias denominaciones. Auxiliada por la agente Murgui, ella cuenta los fajos, previamente fotografiados con sus respectivos números de serie, y los coloca en las bolsas de plástico. A las 15:55, el Patrón vuelve a marcarle para saber si ha finalizado su encomienda. La negociación se enreda unos minutos cuando el secuestrador le pide a Laura que ella misma entregue el dinero en su Mercedes y ella le dice que no puede salir, que debe quedarse con su mamá y que enviará a su chofer en un coche distinto.

«¿Y a qué hora espero a mi hija?», pregunta Laura. El Patrón le promete dejarla por la noche en un lugar seguro. Laura le pasa el teléfono a su chofer y el secuestrador le da instrucciones. Tras un enrevesado diálogo sobre el celular que habrán de usar para comunicarse, el Patrón accede al intercambio. Con la venia de la agente de la AFI, el chofer se pone en marcha y deposita las bolsas de basura con el dinero en el lugar convenido.

A las 17:44, Laura recibe la llamada de confirmación. «Le tengo una noticia», le anuncia Humberto. «Relájese, por favor, ya usted cumplió, ahora me toca cumplirle a mí. Relájese, deme usted tiempo de que mande y a la niña la traigan para acá. Yo se la pongo en un lugar sana y salva, ¿okey?»

«Gracias, señor, gracias», se emociona Laura.

«Ya tiene usted mi confianza al cien», añade el Patrón. «Ahora permítame demostrarle yo quién soy, hasta en esto yo también sé cumplir, señora. Cuídese mucho, cuide mucho a su hija, a su señora madre. Pero cuídese mucho, y cuídese de los ojetes que tiene usted alrededor, señora. No le puedo decir de dónde, puede ser un vecino, puede ser un familiar, puede ser inclusive alguien de su trabajo.»

Cerca de las 20:00, los secuestradores suben a la habitación de Valeria, le ponen sus tenis y su chamarra azul marino y le vendan los ojos como la primera vez. «Te tenemos una noticia buena y una mala», le anuncian. «¿Cuál quieres primero?» Muerta de miedo, Valeria responde que la mala. «Primero la buena. Ya te vas a ir», juegan con ella. «Y ahora la mala: ¿qué estarías dispuesta a dar para irte?» La joven imagina lo peor. «No», se ríen, «ya te vas.»

El Patrón sube a la habitación, carga a Valeria en hombros para bajar la escalera y la monta en un vehículo compacto tipo Pointer. Circulan unos quince minutos hasta detenerse en una calle oscura. El jefe de la banda la ayuda a bajar y camina unos pasos junto a ella. «Que Dios te bendiga», le dice y le da un beso en la nuca. «Perdóname por lo que te hicimos. Si alguna vez necesitas algo, sintoniza el mismo programa de radio, yo siempre lo escucho. Marca y di al aire: Humberto, necesito tu ayuda, y yo estaré allí.» El secuestrador le quita la venda y, como Yahvé con la mujer de Lot o Hades con Orfeo, la conmina a no volver la vista atrás.

A las 21:20, Laura contesta la última llamada del Patrón, quien le dice que su hija ya se encuentra en la colonia frente a su casa. Laura pregunta si debe ir por ella y él le recomienda esperarla en casa. «Le pido mil perdones, pero pues era un trabajo más para esta gente y en este caso me tocó a mí estar entre usted y ella.»

Observemos esa calle oscura en las inmediaciones de Coyoacán mientras Valeria camina hacia el portal de su casa y, ante las miradas conmovidas de sus hermanos y de la agente Murgui, se lanza en brazos de su madre.

Un secuestro como el sufrido por Valeria no es una excepción en el México de 2005: se trata de una práctica que, en las postrimerías del sexenio de Vicente Fox, el empresario que bajo las siglas del Partido Acción Nacional desplazó al régimen de la Revolución tras más de siete décadas en el poder, se ha vuelto casi normal. Debemos retrotraernos a esos años, antes de que se inicie la guerra contra el narco, para calibrar el malestar social frente a lo que se percibe como una repentina y pertinaz amenaza a la seguridad pública.

En esos momentos yo no vivo en México, pero con frecuencia me llegan ecos de nuevos levantones: una palabreja del bajo mundo que empieza a volverse moneda corriente en nuestro vocabulario. Abundan los secuestros de grandes y pequeños empresarios —los más expuestos y quienes más critican al gobierno por su inacción—, pero también de restauranteros, burócratas, profesionistas e incluso estudiantes y amas de casa. Todos conocemos a alguien que ha sufrido al menos un secuestro exprés: el asaltante aborda por la fuerza el taxi en donde viajas, te retiene hasta pasada la medianoche y te obliga a extraer el monto máximo del cajero automático en dos ocasiones; si te va bien, al final obliga al conductor a abandonarte en un descampado.

Fox afronta, entre mil promesas incumplidas de la transición democrática, esta epidemia de inseguridad. Para combatirla ha decretado que la antigua Policía Federal, tan desprestigiada durante el antiguo régimen a causa de su corrupción y sus motivaciones políticas, se transforme en la reluciente Agencia Federal de Investigaciones, a cuya cabeza ha colocado a quien se presenta como el mayor experto en el combate al crimen organizado: un ingeniero convertido en espía y luego en jefe policiaco. A su vez, éste le encarga a su hombre de mayor confianza el combate al secuestro.

Retengamos sus nombres: Genaro García Luna, director de la AFI, y Luis Cárdenas Palomino, director de Investigación Policial de la corporación.

La tarde del 13 de septiembre de 2005, Valeria y su madre acuden a la sede de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (mejor conocida por sus siglas: SIEDO) para declarar en torno al secuestro. Es muy probable que hayan estado allí antes de esta fecha, pues la joven fue liberada desde el 5, pero, si ocurrió así, no queda registro en el expediente. Localizada entonces en un desgarbado inmueble en la Plaza de la República, frente al Monumento a la Revolución —los restos del Palacio Legislativo planeado por Porfirio Díaz que jamás llegó a terminarse—, la SIEDO es una dependencia de la Procuraduría que, al igual que la AFI, se ha convertido en pilar de la nueva política de seguridad de Fox.

Valeria realiza su declaración poco antes de las 18:00 y su madre un par de horas más tarde. La joven afirma que no pudo distinguir los rostros de sus captores porque siempre estuvieron encapuchados, la obligaban a volverse contra la pared cuando entraban a su habitación y la mantenían con los ojos vendados.

La averiguación previa termina en manos del agente del Ministerio Público federal Alejandro Fernández Medrano, un abogado de Guadalajara de 28 años, rechoncho y lenguaraz, cuya carrera en la institución avanza con las mejores expectativas. En el enredado sistema criminal mexicano, corresponde al Ministerio Público —un órgano autónomo dependiente del Poder Ejecutivo— la tarea de investigar las denuncias presentadas por los ciudadanos y determinar si existen elementos suficientes para consignar a los sospechosos y acusarlos ante un juez. A su vez, el Ministerio Público se vale de la Policía Federal, reencarnada en la AFI, para investigar los delitos. Un sistema tan complejo y meticulosamente regulado como ineficaz. Y una metáfora perfecta del país.

Uno podría imaginarlos como las versiones mexicanas de otras célebres parejas de investigadores: Sherlock Holmes y el doctor Watson; Starsky y Hutch; Cagney y Lacey. O, de manera más próxima, Matthew McConaughey y Woody Harrelson, los atormentados protagonistas de True Detective. Me refiero a los agentes de la AFI que reciben la orden de investigar el secuestro de Valeria: José Luis Escalona y José Aburto. El primero tiene 30 años, sólo llegó a concluir el bachillerato, es moreno y corpulento, está casado y se desempeña como Agente de Investigación C; su compañero tiene 25, es soltero, estudió la licenciatura en Derecho y también es Agente de Investigación C, un rango no demasiado elevado en la jerarquía policial.

Entre el 13 y el 26 de septiembre, ambos desarrollan una línea de trabajo que los lleva a relacionar el modus operandi de los secuestradores de Valeria con seis casos ocurridos entre el 6 de junio de 2001 y el 17 de mayo de 2005. Hay que recalcar que dicho modus operandi no parece distinguirse del empleado por cualquier banda de secuestradores: detener a la víctima colocando un coche frente a ella (en este caso, el Volvo blanco), trasladarla a otro vehículo (la camioneta negra sin ventanas), taparle el rostro con una manta y vendarle los ojos. El único dato relevante que esgrimen para justificar sus sospechas es una declaración de Valeria según la cual sus cuidadores le confesaron ser profesionales y dedicarse a secuestrar «gente rica, personas importantes y hasta políticos».

La agente Murgui es la responsable de conducirlos hacia estas pistas. Aunque carece de cualquier formación como perito en fonología, es ella quien concluye que Humberto (es decir, el Patrón) participó en otros seis secuestros. Tras escuchar un sinfín de grabaciones almacenadas en el banco de voces de la PGR, concluye que la voz del Patrón es idéntica a la del sujeto que negoció los rescates de los empresarios judíos —el dato no será irrelevante— Elías Nousari, Emilio Jafif y Shlomo Segal, así como los de Margarita Delgado y Roberto García. La agente Murgui también vincula el secuestro de Valeria con el de Ignacio Figueroa, cuyo caso es el único que se resolvió de manera sangrienta, pues, a diferencia de los anteriores, liberados tras pagar sus respectivos rescates, su cadáver fue hallado en el interior de un coche el 9 de julio de ese 2005.

El 27 de septiembre, Laura se presenta de nuevo en las oficinas de la SIEDO y Fernández Medrano la hace escuchar una a una las grabaciones de estos seis casos. Según su declaración, firmada a las 20:00, la madre de Valeria reconoce la voz del secuestrador de Ignacio Figueroa como la del primer hombre que se puso en contacto con ella, es decir, el primer sujeto que se hizo llamar Humberto. Laura basa su certeza en que ambos usan expresiones como «créame, yo creo en usted», «desgraciadamente esta vez le tocó a usted», «sólo cumplo con las órdenes que me dan» o «yo solamente estoy haciendo mi trabajo».

Para esclarecer el crimen, los agentes Escalona y Aburto tienen a continuación una idea genial: emprender una serie de recorridos por el sur de la ciudad, en compañía de Valeria, en busca del Volvo blanco y la casa de seguridad donde ella estuvo presa. Esa zona de la Ciudad de México, dividida entre las delegaciones Coyoacán, Tlalpan y Xochimilco, abarca unos 475 kilómetros cuadrados y cuenta con una población cercana al millón seiscientos mil habitantes, por lo que resulta natural que durante largas semanas los agentes Escalona y Aburto no sean capaces de localizar ni la casa ni el coche.

Imaginemos la escena: según su propio testimonio, un día sí y otro también los agentes Escalona y Aburto se presentan en el domicilio de Valeria; cada vez más acostumbrada a su presencia, ella los saluda con cordialidad y aborda la patrulla. ¿Y entonces? Avanzan hacia el lugar del secuestro e inician su rondín por el congestionado sur de la Ciudad de México tratando de repetir el itinerario que los captores siguieron el 31 de agosto. Recordemos que ella está cubierta con una manta, que se siente aterrada y sofocada, y que su memoria de los giros y sobresaltos en el camino, e incluso del tiempo que tomó el trayecto hasta la casa de seguridad, no puede ser muy precisa. Supongo que la patrulla a veces se encamina por San Francisco Culhuacán, otras por Taxqueña o Calzada de Tlalpan; a veces se dirigen hacia el norte, a veces hacia el sur; en otras ocasiones prefieren el oriente o el poniente. Días y días agotados en la imposible búsqueda de un Volvo blanco o de una casa de seguridad de la que no tienen ninguna descripción porque, según Valeria, ella jamás vio la fachada del inmueble. Aun así, los agentes Escalona y Aburto perseveran, confiando en hallar la aguja en el pajar.

Hasta que la encuentran.

A principios de diciembre (en sus informes los agentes no refieren ni la fecha ni la hora del hallazgo, aunque debió ocurrir el día 2), la joven y los agentes de la AFI realizan otro de sus rondines cuando, según sus informes, al circular por Viaducto Tlalpan a la altura de la desviación hacia la carretera federal a Cuernavaca, una vía rápida de cinco carriles por lado, avistan un Volvo gris plata sin placas. Según Escalona y Aburto, Valeria no sólo reconoce de inmediato el automóvil, sino a su conductor.

Los agentes Escalona y Aburto consideran que la situación puede tornarse peligrosa y dejan a Valeria en compañía de otro agente de la AFI (no queda claro en qué momento lo llaman, esperan a que llegue, le confían a su testigo y reemprenden la marcha sin perder de vista al sospechoso) y siguen al Volvo gris plata hasta que se detiene en el kilómetro 29.5 de la carretera federal, a la altura de Ahuacatitla, frente a una propiedad con un portón de metal donde se aprecia un letrero que dice Rancho Las Chinitas, en la colonia San Miguel Topilejo.

Tras constatar este hecho, los agentes regresan por Valeria y la llevan de vuelta a su casa. Al escribir estas líneas, me preocupo por constatar en Google Maps que la distancia entre la casa de Valeria y Las Chinitas es de unos veinte kilómetros, que a buena velocidad se recorren en unos treinta y cinco minutos, un tiempo mucho mayor a los diez fijados por Valeria y los agentes.

Debo detenerme aquí para imaginar, o tratar de imaginar, cómo se realizó el hallazgo. La patrulla de los agentes Escalona y Aburto circula a buena velocidad por Viaducto Tlalpan; en el asiento trasero, Valeria mira hacia un lado y hacia otro en un agónico intento por localizar un Volvo blanco. De pronto, Aburto o Escalona le señalan un vehículo —que sí es un Volvo, pero no blanco, sino gris—, y le dicen: mira, ¿no será aquél? Valeria se concentra y, pese a que tanto la patrulla como ese automóvil avanzan a buena velocidad, reconoce a su conductor. ¿Cómo? Tendríamos que suponer que los policías se emparejan de su lado izquierdo (el único modo de apreciar de cerca al piloto) y entonces la joven recuerda, ¿qué? ¿La forma de su cabeza, su mentón, su corte de pelo? Según los agentes, Valeria no tiene dudas: es el Patrón.

Una de las ventajas del novelista es que apenas cuesta trabajo distinguir una escena inverosímil. En otras palabras: una escena falsa.

A partir del día siguiente, los policías vigilan la propiedad y fotografían a su ocupante, si bien en el expediente jamás detallan fechas u horas. Tengo en mis manos la copia de una de las imágenes supuestamente tomadas en esos días, donde aparece un hombre moreno, con el cabello muy corto y barba de candado, delante de un Volvo que parece gris (con certeza no es blanco). Tras preguntar a los vecinos, los agentes averiguan su nombre: Israel Vallarta Cisneros.

Otra fotografía muestra el interior de Las Chinitas, en la cual se aprecia el patio central y el empedrado con una cruz de piedra en el centro: ello sólo puede significar que los agentes Escalona y Aburto ingresaron en la propiedad antes de la detención de Vallarta, sin disponer de una orden de cateo y cuando, según asegurarán más adelante, se encontraban allí tres personas secuestradas. Una foto más, tomada por agentes de la policía que se disfrazan de empleados de Telmex, incluye a un sobrino de Israel, Juan Carlos Cortez Vallarta.

El 3 de diciembre, los agentes Escalona y Aburto siguen a Israel cuando éste se dirige en el Volvo gris plata hacia el oriente de la ciudad y lo observan detenerse en tres lugares antes de volver a Las Chinitas. Según el recuento de los policías, Vallarta primero se apea en dos casas en la delegación Iztapalapa (según ellos, en la segunda mantiene contacto durante treinta minutos con dos jóvenes que habitan en el lugar) y luego recorre media ciudad para dirigirse a la colonia Vértiz Narvarte, donde según los agentes permanece cuarenta o cuarenta y cinco minutos antes de volver al rancho.

Los agentes Escalona y Aburto asientan que la segunda propiedad es un despacho contable cuyos inquilinos son considerados por los vecinos como «gente con actitudes sospechosas». Más relevante resulta la presencia de Israel, jamás documentada —por alguna razón los agentes no se preocupan por tomar fotos—, en Moctezuma 257, el segundo domicilio en Iztapalapa; los agentes Escalona y Aburto descubren que dicho inmueble pertenece a la familia Rueda Cacho, dos de cuyos miembros, José Fernando y Marco Antonio, serán vinculados con el secuestro y homicidio de Ignacio Figueroa al que me referí antes. Recordemos que, al ser confrontada con el banco de voces de la PGR, Laura confirmó que la voz del negociador de este secuestro era la misma del Patrón.

Si un policía sin suerte no es un buen policía, los agentes Escalona y Aburto parecen ser los mejores policías del mundo: en un recorrido aleatorio por una muy extensa y poblada zona de la ciudad no sólo logran que la víctima identifique a uno de sus captores (al cual nunca vio de frente ya que según su dicho inicial siempre estuvo vendada o contra la pared), en un automóvil en marcha (que de pronto deja de ser blanco para adquirir una tonalidad gris plata), sino que, al seguir sus pasos, éste los conduce a la casa de los supuestos secuestradores del fallecido Ignacio Figueroa. Todo encaja.

Provistos con estos elementos, los agentes Escalona y Aburto solicitan las licencias de conducir de los dos sujetos con los que, según ellos, estuvo Israel en Iztapalapa: los hermanos José Fernando y Marco Antonio Rueda Cacho. Una vez con las copias de las identificaciones en su poder, el 3 de diciembre se trasladan a la casa de Valeria para mostrárselas junto con los duplicados de las fotos que le tomaron a Vallarta. Según el informe policiaco, ella no sólo identifica el Volvo, sino a su dueño, a quien reconoce como el Patrón, así como a los dos sujetos que supuestamente hablaron con él frente a la casa de Moctezuma 257: los hermanos Rueda Cacho. O al menos ésta es la historia que los agentes Escalona y Aburto asientan en su informe.

Conforme al registro de entradas de la SIEDO, Valeria se presenta ante Fernández Medrano para ampliar de nueva cuenta su declaración el 5 de diciembre. Permanece allí entre las 18:40 y las 20:40; no obstante, su testimonio aparece fechado el día 4. Este día, Valeria tiene un súbito recuerdo que le permite identificar, ya sin asomo de duda, a Israel Vallarta como el Patrón.

«Al segundo día de mi secuestro», declara, refiriéndose al 1.º de septiembre de 2005, «el jefe de la banda, al que le decían el Patrón, fue a mi habitación y me pregunto qué quería y yo le respondí que un espejo. Me contestó que eso no se podía hacer, pero que iba a hacer una excepción y que iba a mandar a sus muchachos a que me lo trajeran y lo colocaran. Después de una hora llegaron los dos sujetos que también me cuidaban y me dijeron que me tapara la cara porque iban a entrar a dejarme el espejo.»

La insólita generosidad del Patrón no sólo le concede a Valeria la posibilidad de disponer de un espejo, sino de un espejo que, según su relato, mide metro y medio de largo por cincuenta centímetros de ancho. Un espejo monumental que a la postre se transforma en un regalo invaluable: le permite admirarse de cuerpo entero y, adicionalmente, a la manera de los cuentos de hadas, le confiere la posibilidad de entrever el rostro de su secuestrador.

«Después de que dejé de escuchar el ruido del taladro», cuenta Valeria, «pensé que ya habían instalado el espejo, por lo que me levanté un poco la sábana y logré ver a través del espejo la media filiación de quien identifiqué por la voz como el jefe de la banda, sin que dicho sujeto se haya dado cuenta, motivo por el cual ya no quise exponerme a verlo otra vez. Sujeto que logré darme cuenta que era de aproximadamente 35 años de edad, complexión regular, es decir no estaba gordo ni flaco, y de aproximadamente 1.75, piel blanca y cabello corto, un poco quebrado y con entradas de cabello poco pronunciadas.»

Valeria jamás declara que el sujeto lleve barba de candado: un rasgo que sería imposible pasar por alto. En cambio, en la foto que le mostraron los agentes Escalona y Aburto, Vallarta aparecía con este tipo de vello facial.

«El día sábado 3 de diciembre del presente año», indica el testimonio ministerial de Valeria, «me fueron a visitar los mismos elementos de la AFI con los que fui a realizar los recorridos que anteriormente referí, los cuales me mostraron varias impresiones fotográficas en las cuales había impresiones de casas, de varios vehículos y varios sujetos, motivo por el cual inmediatamente identifiqué el vehículo marca Volvo gris plata como el mismo que en los días anteriores habíamos visto y el cual probablemente sea el mismo en el cual me hayan interceptado para secuestrarme.»

Valeria reconoce en la foto a la persona que se encuentra parada al lado del Volvo como el mismo que participó en su secuestro y al cual logró observar a través del espejo. Asimismo, identifica a Marco Antonio y José Fernando Rueda Cacho, a los cuales conoció por medio de un chico con el que salió unas cuantas veces, primo de ellos, Salvador Rueda, y afirma que dichos sujetos asistieron a la fiesta de cumpleaños que le organizó su mamá.

En las fotos de sus licencias, José Fernando luce menor a su edad, con el cabello muy corto, un rostro ovalado y, pese a su semblante de niño, una mirada dura y firme; su hermano Marco Antonio tiene en cambio una quijada amplia y cuadrada, casi agresiva. Por su parte, en las dos imágenes en las que Israel Vallarta se halla junto al Volvo gris plata, aparece vestido con una chamarra oscura y una camisa blanca y tiene la ya mencionada perilla o barba de candado. En la segunda, Israel dialoga con un hombre de negro, con gafas oscuras, al cual posteriormente identificará como un policía preventivo a quien le había pedido ayuda al notar la presencia de personas extrañas cerca de su casa.

Once años después de los hechos, Valeria trabaja en el área de relaciones públicas de una importante empresa de espectáculos. Llega a nuestra cita en el Sanborns del Centro Comercial Santa Fe, en una de las zonas más ricas de la ciudad —un skyline estilo Frankfurt construido en medio de antiguos basurales—, acompañada por su novio, un joven cineasta dueño de su propia compañía productora. Se le nota tranquila, con una vida muy lejana del momento que marcó su vida. Aunque en los años posteriores a su secuestro se negó a dar entrevistas, hoy no tiene empacho en hablar conmigo. Si tras su liberación declaró sin temor a las represalias para prevenir que otras personas sufrieran un destino como el suyo —o peor, pues a fin de cuentas ella no sufrió ningún daño físico—, ahora lo rememora con distancia y aplomo.

Su testimonio actual, un tanto empañado por el tiempo, contradice en algunos puntos sustanciales lo recogido en el expediente. Desde el momento en que rindió su primera declaración ante los agentes de la AFI, éstos le confiaron que ya tenían detectada a la banda que la había secuestrado. Incluso le aclararon que había tenido mucha suerte, pues sus miembros se distinguían por retener a sus víctimas durante largo tiempo y en muchas ocasiones terminaban asesinándolas a pesar de que sus familias pagasen los rescates (como en el caso Figueroa).

Si bien las fechas precisas se confunden en su memoria, Valeria no recuerda haber participado en la investigación hasta que, más o menos a principios de diciembre de 2005, recibió una llamada de la policía cuando se encontraba de vacaciones en Acapulco, urgiéndola a volver a la Ciudad de México. Los agentes le informaron que le tenían una buena noticia: habían localizado a sus secuestradores. Sólo cuando volvió a la capital los agentes le mostraron las fotografías de los hermanos Rueda Cacho y las imágenes de Israel frente al Volvo gris plata.

Hoy, Valeria sigue convencida de que Vallarta es el Patrón, pero reconoce que fueron los agentes quienes la convencieron de su culpabilidad y de que el cambio de color del Volvo se debió a que el secuestro había ocurrido de madrugada. Sólo después de mostrarle estas impresiones, los agentes la llevaron a hacer el rondín para identificar el vehículo. Los agentes Escalona y Aburto no parecían tener entonces tanta suerte como afirmaron en sus informes: el episodio en el que Valeria reconoce el Volvo en Viaducto Tlalpan —así como al Patrón—, nunca sucedió.

Todo lo anterior, sumado al extraño juego de fechas que coloca la ampliación de la declaración de Valeria después de que le hubiesen enseñado las fotografías, lleva a concluir que la AFI vigilaba a Israel desde antes de este secuestro y que las imágenes que le tomaron —en las cuales lucía una barba de candado— eran de una época anterior. Esta historia no se inicia, pues, con Valeria: ella no reconoció directamente a Israel, sino que los agentes Escalona y Aburto le mostraron sus retratos y le aseguraron que él era el líder de la banda.

Convencidos de que el secuestro de Valeria está relacionado con los demás casos de su lista, los últimos días de noviembre los agentes Escalona y Aburto se entrevistan con los empresarios Elías Nousari y Shlomo Segal, los cuales identifican el rancho Las Chinitas a partir de la inexplicable foto tomada en su interior, así como la ruta para llegar a él, que describen llena de curvas. Asimismo, recuerdan el empedrado por el que se accede a la propiedad y los fuertes ladridos de unos perros por la noche. Pero, ¿cómo reconocen el camino sin haberlo recorrido de nuevo? ¿Y cómo están tan seguros de que se trata de la casa de seguridad donde estuvieron presos si, conforme a sus testimonios, permanecieron siempre con los ojos vendados?

Tras este nuevo éxito, Escalona y Aburto buscan a Andrés, el hermano del fallecido Ignacio Figueroa, y le muestran las mismas imágenes que a Valeria. Éste no reconoce ni a Vallarta ni Las Chinitas, pero sí la casa de Moctezuma 257, donde asegura que vivían unos amigos suyos, los hermanos Rueda Cacho, con quienes mantiene una relación de amistad desde hace varios años.

Informado de todo esto, el 6 de diciembre Fernández Medrano accede a emitir un Acuerdo de localización y presentación, dirigido al ingeniero Genaro García Luna, director de la AFI, donde solicita la detención de las tres personas que considera involucradas en el secuestro de Valeria: los hermanos José Fernando y Marco Antonio Rueda Cacho e Israel Vallarta.

Valeria es una piedrecilla en lo alto de una cumbre nevada. El guijarro da vueltas y vueltas y en su descenso multiplica su tamaño al cubrirse cada vez con más capas de hielo hasta llevarse consigo a los hermanos José Fernando y Marco Antonio Rueda Cacho, así como a Israel Vallarta y a su novia, la francesa Florence Cassez; ya convertida en tumulto o avalancha, provocará el desmantelamiento —o la invención— de la que muy pronto será conocida como banda del Zodiaco; producirá uno de los más burdos montajes televisivos de la historia criminal de México; causará un revuelo mediático sin precedentes; tensará las relaciones diplomáticas entre dos países que hasta entonces se veían como amigos o aliados y provocará la enconada rivalidad entre sus presidentes, la cual determinará la cancelación del Año de México en Francia; auspiciará la captura de decenas de personas supuestamente vinculadas con Los Zodiaco, incluyendo a dos hermanos y a tres sobrinos de Israel; polarizará a la sociedad mexicana en torno a la posible liberación de la francesa por los vicios en el proceso; desatará la ira de incontables comentaristas y activistas o falsos activistas; y, a la postre —a más de una década de que Valeria haya puesto en marcha la avalancha, ésta aún no se detiene—, terminará por convertirse en prueba fehaciente de que el sistema de justicia mexicano no sólo estaba (y está) dominado por una arquitectura institucional abstrusa e ineficiente, sino por una corrupción abismal y una aberrante manipulación política, así como por el uso indiscriminado de la tortura, todo lo cual impedía (e impide) cualquier aproximación a la verdad.

Al comenzar esta novela documental o esta novela sin ficción no sé, no puedo saber, si Israel Vallarta y Florence Cassez son inocentes o culpables del secuestro de Valeria. Y no sé, no puedo saber, si participaron en los demás secuestros que se les achacan. Con algo de suerte, espero concluir estas páginas con una idea más clara de los hechos. Por mi parte, inicio este relato, mi propia investigación literaria del caso, como debieron hacerlo la policía y las autoridades judiciales en su momento: con la presunción de que Israel Vallarta y Florence Cassez son inocentes mientras no se demuestre lo contrario.

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2. Los Vallarta y los Cassez

¿Quién es Israel Vallarta? Ésta es, acaso, la pregunta más difícil que me plantearé en este libro. ¿Quién es el personaje central de este relato cuya historia ha quedado opacada por la de su novia, Florence Cassez? ¿Un peligroso criminal o la víctima de una gigantesca conspiración? A ella, al menos en México y Francia, la conoceremos mejor: su repentina fama, debida al azar de su nacionalidad y a la persistencia de su presidente, la llevará a las primeras planas de diarios y revistas en todo el mundo, a comparecer en un sinfín de programas de radio y televisión e incluso a escribir dos libros que detallan su propia versión de los hechos. Todos los mexicanos hemos escuchado su voz un tanto gangosa y atiplada y sus erres francesas, o al menos eso solemos creer. Él permanece, en cambio, olvidado casi por la fuerza. Silenciado primero por las autoridades y luego por los medios. Por ello se impone conocerlos a ambos antes de que esta disparidad, que a ella la transformará en una celebridad global y a él apenas en su sombra, separe sus destinos. Porque su historia también es, al modo de Romeo y Julieta, la de un amor imposible entre dos familias o, en este caso, dos naciones enfrentadas.

Los Vallarta, seis de cuyos miembros han sido acusados de formar parte de la Banda del Zodiaco, presumen con orgullo su filiación con uno de los juristas más insignes de México, Ignacio Luis Vallarta, dos veces gobernador de Jalisco durante la dictadura de Porfirio Díaz y uno de los ministros de la Suprema Corte de Justicia que dejaron una impronta perdurable por su defensa de la legalidad y su compromiso con la justicia. Dos generales del ejército, José Vallarta Chávez y Álvaro Vallarta Ceceña, al lado del notario Guillermo Vallarta Plata, completan la nómina de figuras ilustres en su linaje.

Perteneciente al lado de la familia asentado tanto en Jalisco como en el vecino estado de Nayarit, Jorge Vallarta nació en 1926, en Guanajuato, durante uno de los viajes de su padre, un ingeniero químico que murió cuando su hijo no había cumplido nueve años. Las dificultades económicas provocaron que abandonase los estudios al terminar la secundaria, obligado a ganarse la vida por sí mismo. Un self-made man a la mexicana. Gloria Cisneros también era huérfana. Su padre, Alberto Cisneros, había sido un próspero comerciante que llegó a ser jefe de compras de El Palacio de Hierro. Alberto llegó a detentar un considerable número de acciones de la empresa, que vendió cuando un conocido lo invitó a participar en un negocio redondo: una mina de plata en Taxco. Cuando ésta se reveló seca, perdió todos sus ahorros, se derrumbó en una demencia prematura y murió cuando su hija tenía apenas 2 años.

Las familias Vallarta y Cisneros se frecuentaban desde antes de la debacle y Jorge solía jugar con los hijos pequeños del amigo de su padre. La primera vez que vio a Gloria, a quien le llevaba siete años, era una niña de párvulos que cayó de bruces mientras corría y él no aguantó la risa. A este episodio le siguió una camaradería infantil que se decantó en un precoz romance. Cuando Gloria tenía 14 años y Jorge, 21, los huérfanos se mudaron juntos: pese a los vaivenes de la vida en común, pasarían los siguientes sesenta años lado a lado hasta la muerte de ella, en 2011. Recuerdo a don Jorge como un hombre delgado y sereno, con un rostro melancólico que camuflaba la entereza con que presenció la paulatina destrucción de su familia: tuve ocasión de saludarlo cuando visitaba la casa de su hija Guadalupe, en la colonia de los Doctores, donde dormitaba o se paseaba con una sonrisa frágil y un andar de fantasma, acaso rememorando tiempos más felices.

Jorge y Gloria no se casaron hasta 1980, cuando ella le impuso un tardío ultimátum: o acudían al templo a regularizar su situación —era una fiel testigo de Jehová, fe que le transmitió a la mayor parte de sus hijos, en especial a Jorge y su familia— o lo dejaría para siempre. Doña Gloria era una mujer de armas tomar, además de una generosa ama de casa que no sólo crio a su numerosa progenie, sino que multiplicó los panes para recibir a sus sobrinos y a los amigos de éstos en una familia extendida que sumaba dos decenas de miembros. «No se espantaba ante la vida», dice de ella su hija Guadalupe.

Tras recalar en varios empleos, Jorge fue contratado por la distribuidora de automóviles Marcos Carrillo y se convirtió en uno de sus vendedores estrella. Sus ingresos le permitieron ofrecerles educación profesional a todos sus hijos, con excepción de Israel, el cual abandonó la preparatoria debido a la enfermedad que se abatió sobre su madre. La familia se asentó en Iztapalapa, que entonces no era el atestado suburbio que conocemos hoy —y que suele asociarse con una comunidad tan solidaria como brava, distinguida por sus sangrientas representaciones de la pasión de Cristo—, sino un barrio que iniciaba un febril desarrollo urbano.

En Iztapalapa nacieron Jorge, Yolanda, Soledad, David, Guadalupe, René y Arturo, y sólo los más pequeños, Mario e Israel, en el Pedregal de Carrasco, en el extremo sur de la ciudad, adonde se mudó la familia antes de retornar a Iztapalapa más o menos en la época en que a doña Gloria le fue diagnosticado el mal de Addison, una enfermedad de las glándulas suprarrenales que la condenó a entrar y salir de clínicas y hospitales durante las últimas décadas de su vida.

Don Jorge era un apasionado del futbol y los deportes, no bebía ni fumaba y llevaba una vida modelo. Para su familia, esos primeros años en Iztapalapa fueron idílicos en un entorno que entonces mantenía un carácter casi rural. Mientras doña Gloria sembraba hortalizas, don Jorge solía regalarles a sus hijos distintas clases de animales que éstos adoptaban como mascotas, perros, gallinas, puercos e incluso una vaca que jamás se atrevieron a sacrificar. La mayor afición de don Jorge eran los viajes y con su familia emprendió dilatados trayectos en automóvil de un extremo a otro del país. También le gustaba acampar y con frecuencia los Vallarta pasaban los fines de semana en el parque natural de La Marquesa.

Don Jorge y doña Gloria tenían motivos para sentirse orgullosos de sus hijos. Los Vallarta eran lo que en México se conoce como una familia muégano: en los buenos tiempos solían organizar grandes reuniones, a veces en casa de los abuelos, otras en el taller mecánico de René o en Las Chinitas, el pequeño rancho que Israel rentaba en el sur de la ciudad.

Como demuestran las fotografías que le tomaron los agentes Escalona y Aburto, Israel Vallarta, nacido el 16 de julio de 1970, era un joven guapo. Guapo en el entorno mexicano y acaso más guapo —cuerpo atlético y recio, tez morena clara, mirada firme, pómulos erguidos, cabello negrísimo y barba de candado—, para una extranjera blanca y pelirroja como Florence. Las fotos de su infancia y su juventud lo muestran fornido, correoso, y parece claro que desde la adolescencia estuvo bien consciente de su capacidad para atraer a las mujeres. A los 17, abandonó los estudios —a la misma edad que Florence— para cuidar de su madre. Peregrinó por empleos variopintos: vendedor de computadoras en Iztapalapa, empleado en Bardahl o administrativo en la cadena de restaurantes Ricker, hasta terminar en Casa Domecq y Pepsi-Cola.

Israel no había cumplido 18 cuando se enamoró de Jeanne Imelda Cossío, nueve años mayor que él, madre soltera con un hijo de 8 años, Christian Armando. Al poco tiempo, ella quedó embarazada y, en 1988, dio a luz una hija, Jeanne Saraid. Poco después del parto, Jeanne e Israel se mudaron a un departamento en Chalco, en el Estado de México. Dos años más tarde nació su segunda hija, Karla Anaid. En 1993, compró una casa a crédito en la Unidad Habitacional Tepozanes II, en Los Reyes, otro municipio conurbado del Estado de México, pero la pareja no tardó en tener problemas, al parecer vinculados con el alcoholismo de Jeanne, quien, según un documento que preparó la policía tras el arresto de Israel, intentó suicidarse en febrero de 1994. Unas semanas después se separaron e Israel se llevó por un tiempo a los tres niños, incluyendo a Christian, entonces de 14 años.

Entre junio de 1995 y febrero de 1996, Israel ayudó en el traspaso de un negocio de abarrotes en el municipio de Neza. Según informes recuperados por la AFI, a fines de ese año descubrió que Jeanne tenía un amante, lo cual provocó la ruptura definitiva entre ambos. Se casó entonces con una joven de nombre Érica, de la cual se divorció en menos de un año. Casi de inmediato conoció a Claudia Martínez, una mujer energética y empeñosa, con estudios de contaduría, con quien se fue a vivir a Zapopan, donde Israel compró una casa más o menos en la misma época en que sus padres se hicieron cargo de Karla Anaid. Entre junio de 1997 y enero de 1998, Israel y Claudia, ya casados, se trasladaron a la Ciudad de México y rentaron un departamento en Iztapalapa, cerca de los padres de éste.

Israel se resistía a permanecer en medio del tránsito, el esmog y el ruido de la gran ciudad y buscó un lugar que le otorgase la sensación de estar en el campo. Lo halló en una pequeña finca en la salida de la carretera federal a Cuernavaca, Las Chinitas, que en realidad poco tenía de rancho: no había animales ni hortalizas, sino apenas un patio central empedrado, una casa principal y un cuartito adicional en la entrada. Cuando Israel lo encontró no era más que un terreno baldío, pero lo remozó con esmero y, gracias a un crédito hipotecario, se empeñó en comprarlo. Con el tiempo se convirtió en el lugar donde él y sus hermanos continuaron su negocio de hojalatería y en el rincón elegido por los Vallarta para sus reuniones semanales. Tras su detención, las dueñas le aseguraron a la policía que Israel había intentado arrebatarles la propiedad mediante argucias legales poco ortodoxas, mientras que éste sostiene que hasta el día de su detención guardaba todos los depósitos que realizó durante esos años y que desaparecieron, con el resto de sus papeles personales, cuando la policía irrumpió en la propiedad.

Tras el nacimiento de los gemelos Brenda e Israel en 2000, los Vallarta-Martínez se mudaron a Guadalajara, de donde era oriunda la familia de Claudia. En la capital de Jalisco, Israel se dedicó a la compra de casas en preventa que revendía una vez remozadas y decoradas. Claudia, una mujer muy preocupada por su apariencia, sufría por la flacidez del vientre y las caderas a causa del parto. Unos amigos cercanos —Héctor Serrano, quien llegaría a ser secretario de Gobierno de la Ciudad de México, y su esposa— le recomendaron un nuevo sistema, de origen francés, que la ayudaría a recuperar la lozanía y detener su incipiente celulitis. Los resultados fueron sorprendentes y Claudia e Israel le pidieron a los Serrano el nombre del distribuidor de esos aparatos con la idea de acondicionar una parte de su casa para montar una clínica de belleza. El responsable era un francés, Sébastien Cassez, a quien los dos no tardaron en visitar en la Ciudad de México, iniciando una cercana amistad con él y su familia.

A los pocos meses, el spa de Guadalajara funcionaba con un apreciable éxito de clientes. Cada vez que Claudia e Israel estaban en México, se veían con Sébastien y su esposa, Iolany, y luego también con sus hijos, muchas veces en Las Chinitas, donde Israel preparaba carnes asadas. Si bien la distancia dificultaba que las dos parejas se viesen con frecuencia, nunca dejaron de llamarse por teléfono.

Las estancias de Israel en la capital provocaron numerosos conflictos con Claudia. Pronto Israel descubrió que ella y sus suegros llevaban una contabilidad paralela, sin informarle de las auténticas ganancias del spa, y luego descubrió una aparente infidelidad de ella. Acordaron una separación civilizada: Israel se iría a vivir a la Ciudad de México, aunque seguiría visitando a sus hijos los fines de semana sin informarles de sus problemas: ambos acordaron decirles que él había encontrado un trabajo en la capital.

Acompañando a su novia, Vanessa Iolany Mercado Baker, Sébastien Cassez, entonces de 24 años, había arribado a la Ciudad de México en 1998. A la devota hija de un pastor protestante la conoció en Lille cuando ella realizaba unas prácticas profesionales y los dos sufrieron lo que en Francia se conoce como un coup de foudre: ella dejó a su marido y él a su novia, y el 11 de octubre de ese mismo año celebraron su boda en México, a la cual asistieron los padres de Sébastien, aunque no su hermana Florence, demasiado ocupada con su trabajo.

Sébastien se vio obligado a trabajar en negro hasta que consiguió un puesto en el grupo Adecco y, en el 2000, en Géodis, un conglomerado de suministros, al tiempo que nacía su primogénito, Amaury, a quien le siguió un año después la pequeña Damaris. Sébastien conoció a otro expatriado francés, Michel van Welden, quien distribuía en exclusiva para América Latina aparatos de la compañía LPG Systems dedicados a la salud, la belleza y el deporte. Este hombre expansivo, viajero y deportista se convirtió en su guía —y en una suerte de mentor— y lo contrató como director financiero de su empresa.

Sébastien empezó a recibir decenas de pedidos. Fue en esos días cuando un joven ambicioso, elegante y muy seguro de sí mismo acudió a sus oficinas para hacerle un pedido para el spa que pensaba montar con su esposa —una mujer que a Sébastien le pareció tan voluptuosa como frívola— en Guadalajara. Su nombre era Israel Vallarta. «Simpatizamos y me invitó a su casa», escribió Sébastien años después. «Con mi esposa Iolany, nos recibió como reyes en su rancho familiar de México, en compañía de sus hermanos y sus padres. No sólo era un cliente, sino casi un amigo.» Como muestra de esta cercanía, Vallarta le vendió su coche, que el francés pagó a plazos. Su impresión de Israel era la de un hombre de negocios confiable y encantador que, a diferencia de la mayor parte de los mexicanos, siempre cumplía sus compromisos.

Bajo su fachada de bon vivant, Van Welden descuidaba el negocio, fanfarroneaba y no cumplía con su cartera de pedidos; el enfrentamiento se volvió inevitable y Sébastien renunció a su puesto en 2003. Al regresar de unas vacaciones en Francia, se entrevistó con un grupo de empresarios judíos que buscaban establecer una filial en México de Radiancy, una compañía israelí especializada en productos estéticos. Entre ellos destacaba Eduardo Margolis, dueño de empresas de pinturas, automóviles blindados y ventas por televisión.

«No era demasiado enérgico», recuerda Sébastien de su primer encuentro con Margolis. «Escuchaba suavemente lo que uno le proponía, hablaba con una voz quebrada, con un tono apacible. Parecía un hombre calmado y seguro de sí mismo, pero sin consistencia. Sin duda, al principio encontré que se mostraba muy gentil, pero para mí no pertenecía al estilo de vanguardia de nuestros productos.»

Al tanto de la experiencia del francés con Van Welden, Margolis puso sobre la mesa trescientos mil dólares para echar a andar el negocio, lo contrató como director general y le adjudicó el diez por ciento de las acciones. Sébastien comenzó a recibir un salario de 3,500 dólares mensuales mientras Margolis abría una cuenta en Holanda para depositar las ganancias sin pagar impuestos en México.

El proyecto no podía lucir más lucrativo para Sébastien, si bien los socios de Margolis, la mayor parte israelíes que habían trabajado en el ejército o en empresas de seguridad, le generaban cierta desconfianza. Aun así, Sébastien viajó a Israel y se asumió como un pilar de la compañía. Y pudo hacerse una idea de los demás negocios de su socio: a diario lo visitaban decenas de personas, entre ellas varios policías en uniforme; vendía autos blindados al gobierno (mediante otra de sus empresas, Epel) e incluso le tocó contemplar una exhibición de armas.

Sébastien colocó numerosos productos y máquinas de Radiancy entre sus antiguos compradores y muy pronto quiso empezar a recibir las ganancias que le correspondían, pero Margolis siempre encontraba un pretexto para no pagarle. En mayo de 2003, lo invitó a comer para explicarle la dilación: «Primero debo arreglar algunos pequeños problemas de tesorería», le explicó Margolis suavemente. «Ya veremos más tarde, no te preocupes. Pero dime todo lo que necesitas aquí y yo me encargo de dártelo.»

Sébastien obtuvo un par de automóviles de la empresa, pero la presión de Iolany para que cobrase sus dividendos, que conforme a sus cálculos ascendían ya a unos 115 mil dólares, no aminoró. «Okey, vamos a pagarte», estalló Margolis cuando el francés volvió a exigirle su dinero, pero otra vez nada ocurrió. Presionado por su esposa, Sébastien endureció el tono y amenazó con renunciar. «Reflexiona bien tu decisión», lo amenazó su socio, «una vez que entras, ya no sales del Grupo Margolis.»

En enero de 2004, Sébastien renunció al cargo de director comercial de Radiancy, si bien conservó sus acciones, y en marzo creó su propia empresa, Système de Santé et Beauté, para distribuir las mismas máquinas de depilación láser de Van Welden, el cual se había marchado a Estados Unidos. Como parte del acuerdo con su antiguo jefe, Margolis se convirtió en tesorero de la nueva compañía, lo cual significa que su relación no debía ser tan mala como Sébastien afirma. La nueva firma recibió un primer pedido de una máquina LPG en agosto, pero Sébastien descubrió que aún no la tenía en inventario. A fin de no perder el contrato, le pidió una a Margolis. A los pocos días de la entrega, sus clientes le dijeron que no funcionaba y lo obligaron a reintegrarles el sesenta por ciento del pago total de ciento cincuenta mil dólares. Sébastien estaba convencido de que Margolis lo saboteaba, le llamó para devolverle la máquina y exigió de nuevo su pago. Su socio le colgó el teléfono.

En agosto, Israel le llamó a Sébastien, tras dos años sin verlo, para recuperar las facturas de los aparatos que le había vendido. Ese día llegó a sus oficinas en Polanco y tomó el elevador junto con una joven pelirroja que de inmediato llamó su atención y que le pareció levemente conocida. Ambos descendieron en el mismo piso y se dirigieron a la misma oficina. «Te presento a mi hermana Florence», le anunció Sébastien. Ella se retiró a atender sus obligaciones mientras los dos amigos se ponían al tanto de sus vidas.

El francés notó a Israel muy cambiado: delgado y sombrío, se había separado de Claudia y tenía graves problemas financieros, pues se había visto obligado a cerrar el spa tras descubrir la contabilidad paralela de sus suegros. Antes de marcharse, Israel le regaló una pita, un cinturón artesanal hecho con piel de víbora, con el nombre de Sébastien (con el acento en la posición correcta) inscrito en su interior. La amistad entre ambos se renovó ese día, si bien ésta se vio un tanto empañada por la urgencia económica del mexicano, quien le propuso que le recomprase las máquinas y le pagase por adelantado. Sébastien afirma haberle hecho un primer depósito de treinta mil dólares.

Más adelante, Israel le dijo a su amigo que, como parte del pago, le diese su camioneta para regalársela a don Jorge. Sébastien le dijo que sólo podía prestársela, pues era propiedad de Radiancy y, para justificar sus apuros, le contó a Israel de su enfrentamiento con Margolis. Vallarta le recomendó un abogado, Jaime López Miranda, quien había saltado a los medios por haber defendido al comediante Flavio, para que lo ayudase a demandar a su socio y tesorero. Conociendo el temperamento de Margolis, Sébastien se resistía a dar este paso, pero Iolany lo amenazó con el divorcio. El 21 de diciembre, López Miranda le envió una carta a Margolis donde le anunciaba una pronta acción judicial. Sébastien supo que había cruzado un límite definitivo.

«Tienen suerte de que no esté en México, porque les pondría una pistola en la cabeza antes de secuestrar a sus hijos», le gritó Margolis a Iolany, quien tuvo la mala fortuna de responder a su llamada telefónica.

Cinco sujetos vestidos de civil se presentaron en las oficinas de SSB con una orden judicial; según le explicaron al administrador, Margolis acusaba a Sébastien de haber entrado ilegalmente a Radiancy y de haber sustraído un aparato para revendérselo a otros miembros de la comunidad judía, los cuales prestaron su testimonio para confirmarlo. El administrador le dijo a los policías que Sébastien no se encontraba en el edificio y les prohibió la entrada. Prevenido, éste se dio a la fuga y López Miranda presentó un amparo para impedir su detención.

Iolany le contó lo ocurrido a Israel, con quien seguía manteniendo una buena amistad aunque él fuese la pareja de Florence, con quien ella mantenía una relación particularmente tensa. Al escuchar cómo Margolis había amenazado a los niños, a quienes consideraba sus sobrinos, Israel se puso frenético. Buscó a dos amigos, antiguos miembros del ejército, y se presentó en las oficinas de Epel, la empresa de autos blindados de Margolis, en plena Avenida Mazaryk. En cuanto vio salir al empresario, lo encaró y lo insultó a viva voz: «Sébastien no está solo. ¡Si no le pagas lo que debes y lo dejas en paz, éstos te van a cortar el cuello!»

Incapaz de resistir la presión, Sébastien se llevó a su familia a las Antillas y a Cancún; antes de partir, le pidió a Israel que le devolviese la camioneta de Margolis y a cambio le entregó su coche, un Passat blanco, que Israel le regaló a su padre. A principios de 2005, López Miranda repitió la maniobra intimidatoria de Israel y, acompañado por otro grupo de guardaespaldas, volvió a amenazar a Margolis con «acciones drásticas». Contra todo pronóstico, el empresario pareció encajar su derrota y aceptó pagarle a Sébastien.

Cuando Florence aterrizó en el aeropuerto de la Ciudad de México, el 11 de marzo de 2003, imaginaba que este país un tanto exótico, que antes sólo había visitado para unas cortas vacaciones en la playa, podría concederle las oportunidades que se le cerraban en Francia. Nacida en Lille en 1973, en el Flandes francés —en el departamento que ahora se llama Nord-Pas de Calais-Picardie—, Florence era hija de Bernard Cassez, un empresario textil, y de Charlotte Crepin, secretaria de un notario, dos miembros de la pequeña burguesía de provincias y, además de Sébastien, su consentido, tenía otro hermano mayor, Olivier. De niña nunca se distinguió como alumna; siempre demostró, en cambio, una iniciativa e independencia poco comunes. Su cabello pelirrojo y sus ojos verde-grises, que tanto llamarían la atención de los mexicanos, su temple firme, su cuerpo esbelto y su voz rasposa jamás pasaban inadvertidos.

«Desde que me acuerdo, siempre he sido impaciente», escribió de sí misma en su segundo libro autobiográfico. «Con los años, me descubrí igualmente orgullosa. La primera vez que estos dos rasgos de carácter se impusieron sobre el resto, marcando uno de mis primeros virajes decisivos, fue en el liceo. Yo tenía 16 años y me aburría.»

Florence había sido tímida y retraída —el color de su cabello, considerado de mala suerte en Europa, siempre la hizo víctima de acoso—, pero tras la separación de sus padres durante unos meses, cuando ella tenía 16 o 17, se transmutó en una joven rebelde y arisca con una apariencia «un tanto punk», en palabras de su hermano, que había dejado atrás las clases de ballet, equitación o gimnasia que le pagaban sus padres. «Nos íbamos de fiesta juntos», recuerda Sébastien en un libro que se mantiene inédito, «pero al final ella siempre salía con alguno de mis amigos. Era chocante, como si me los confiscara.»

Al abandonar el liceo antes de obtener su diploma, Florence se sintió obligada a demostrarles a sus padres que era capaz de hacerse cargo de sí misma. Respondió a un anuncio de los almacenes Eurodif y se mudó a Amiens para trabajar en una de sus sucursales; al cabo de unos meses se convirtió en jefa de área y jefa de sección. En 2001, fue ascendida a directora de la sucursal de Calais y, para cuando había cumplido 27 años, se sentía orgullosa de supervisar a veintisiete vendedoras. Llevaba un año en su nuevo encargo cuando se enteró que la empresa planeaba unir tres áreas en una jefatura zonal y Florence pensó que el puesto debería corresponderle: lo exigió una y otra vez, sin jamás recibir respuesta. Enfurecida, llenó una vacante en H&M tras ser contactada por unos headhunters. Allí no tendría un cargo de dirección, sino apenas la responsabilidad de la sección de joyería y lencería, pero el salario no era malo. Nada más concluir un curso de formación en Roubaix, se incorporó a sus nuevos deberes. El cambio se reveló un desacierto: su nueva jefa recibió la encomienda de licenciar a una de las tres vendedoras que trabajaban en su área y no dudó en deshacerse de ella.

Hacía varios meses que Florence no se hablaba con su madre, pero no le quedó más remedio que regresar a Béthune, una pequeña ciudad de veinticinco mil habitantes, donde Charlotte y Bernard se habían instalado. Con esta complicada historia familiar a cuestas, la joven trasegó de un empleo a otro hasta recalar en un pequeño restaurante; luego de arduos meses de trabajo, el propietario le propuso que se asociaran y ella estuvo a punto de firmar los papeles cuando recibió la intempestiva llamada de Sébastien. Al tanto de sus altibajos laborales y emocionales, su hermano la invitaba a reunirse con él en México.

La inabarcable capital mexicana, con su luz cegadora y ese clima tórrido y lluvioso que desconcierta a los septentrionales, no resultó fácil para Florence. Sébastien le dijo que debería pasar una temporada al lado de Iolany para familiarizarse con el español, pero la relación entre las dos mujeres osciló de la desconfianza a la antipatía. Para una mexicana como Iolany, la impulsiva hermana de su marido representaba un incordio; Florence, por su parte, se sentía inútil y menospreciada. Además, su cuñada le hablaba siempre en francés y no la ocupaba para otra cosa que hornear pasteles. Para colmo, el clima de inseguridad que imperaba en la capital provocaba que su hermano le impidiese salir sola: a los 30, Florence ni siquiera era capaz de salir de compras.

Desasosegada, le suplicó a su hermano que la contratase; Sébastien le explicó que sus socios eran muy complicados —fue la primera vez que le habló de Margolis— y la envió al aeropuerto de Toluca, a una hora de la capital, como responsable de etiquetar los productos provenientes del exterior. Al cabo de unos meses, en los cuales ella nunca dejó de sufrir burlas por parte de sus compañeros (y durante los cuales tuvo su primer noviecito mexicano), Florence decidió regresar a Francia para pasar las vacaciones de fin de año con Olivier. A su vuelta, en enero de 2004, Sébastien accedió a contratarla en SSB, cuyas oficinas estaban en el mismo edificio de Radiancy, en la calle Lope de Vega 405, en la exclusiva zona comercial de Polanco, lo que permitió que un día, cuando bajaba con su hermano al estacionamiento, Florence se topase por primera vez con Eduardo Margolis.

«Vamos a comer abajo», le propuso Sébastien. «Margolis dice que, si el lugar te gusta, te puedes convertir en gerente.» Su hermano le habló en muy buenos términos del empresario judío. «A este hombre le encanta mi forma de trabajar», le presumió a Florence. «Me dijo que, si mi hermana tiene los mismos instintos comerciales que yo, también tiene que trabajar con ella…»

A Florence le disgustó el ambiente del restaurante; su dueño, en cambio, resultó tal como se lo había descrito su hermano: encantador y vivaz, con esa condescendencia de quien está acostumbrado a nunca escuchar una negativa. Margolis insistió en contratarla, pero Florence no se sintió cómoda con sus halagos y adujo que su español todavía era rudimentario. «Tal vez en unos meses», le prometió.

En SSB, sus conflictos con Iolany, quien también se había incorporado a la empresa, eran cada vez más turbulentos. En la primavera de 2004, mientras Florence comenzó a recorrer —y descubrir— la Ciudad de México en los taxis que la conducían de norte a sur y de este a oeste para mostrar los productos de belleza de su hermano, Lupita, una compañera del trabajo, le propuso compartir un departamento. Feliz de abandonar la forzada convivencia con Iolany, el 15 de julio de 2004 Florence firmó el contrato de alquiler. Lupita le abrió las puertas a un nuevo mundo y ella al fin comenzó a sentirse a gusto en su país de adopción.

En agosto de 2004, Florence tomó el elevador para subir a su oficina al lado de un joven de treinta y tantos años, moreno y simpático, que no le causó gran impresión. Cuando Florence contrajo una infección, su hermano le dijo que tenía que salir de viaje, pero que un amigo suyo podía acompañarla al médico. «Israel es mi hombre de confianza», le dijo para convencerla.

Israel pasó a recogerla con su excuñado, Alejandro Mejía, y los dos la llevaron a la clínica. De vuelta en su casa, Israel le pidió su teléfono; a la mañana siguiente pasó por ella y la invitó a desayunar. Sólo entonces él se acordó de un incidente previo: semanas atrás la había visto pasar a toda prisa, un tanto perdida en el centro de Coyoacán, mientras él y sus hijos veían a un mimo. «Traías esta misma pañoleta y esta misma chamarra de mezclilla», le recordó Israel y ella le confirmó que ese día había estado allí.

Si algo sorprende a las extranjeras de los mexicanos es esa mezcla de galantería y machismo casi extinta en Europa: una cortesía exagerada que implica abrirle a una mujer la portezuela del coche, ayudarla a ponerse o quitarse el abrigo, lanzar piropos a diestra y siniestra y pagar todas las cuentas. Justo el arsenal de atenciones —que incluyó flores, chocolates y un disco con una canción especialmente elegida para ella— que Israel desplegó hacia Florence. Para él, fue un enamoramiento súbito que no se desvanecería ni siquiera en la cárcel. Todavía hoy, Israel sigue refiriéndose a ella como una gran mujer y afirma haberla amado de todas las maneras posibles. Para Florence la relación fue menos pasional o al menos eso ha dejado asentado en sus libros, donde describe a Israel como un hombre gentil e inteligente, propenso a violentas ráfagas de celos, con el cual terminó por entablar más una amistad que un amor perdurable. Israel figura, según la versión que convenga, como el latin lover que conquista a la francesa naïve o como el avezado criminal que convence a la ambiciosa extranjera de sumarse a su empresa criminal —una mala tropicalización de Bonnie & Clyde—, pero en realidad Israel solía verse apabullado por la energía de una mujer acostumbrada a una libertad poco habitual entre sus novias mexicanas. Los libros de Florence no dejan lugar a dudas de que ella dirigía el rumbo de la relación.

Los dos solían pasar largas horas en Las Chinitas, en la súbita calma de ese locus amoenus a unos pasos del tumulto y las aglomeraciones de la capital. Una calma que sólo se vería interrumpida los fines de semana por las visitas de la vasta parentela de Israel, padres, hermanos, nueras y sobrinos reunidos para preparar barbacoas y taquizas al aire libre. El otoño de 2004 lucía particularmente dulce para Florence: maravillada ante esa estación templada, sin las lluvias que se extienden de mayo a septiembre, le encantaba recorrer el campo y las zonas arboladas de las inmediaciones de Las Chinitas en compañía de Israel. Florence descubría en su novio a un hombre cálido y servicial: en una ocasión vieron a un niño a punto de asfixiarse y él fue el único en acudir en su ayuda. Ella sabía que su novio trabajaba con Mario y René, cada uno de los cuales tenía un taller mecánico, y que vendía coches de segunda mano. Nada excesivamente lucrativo, pero suficiente para que él la invitase a salir con frecuencia.

«No me pregunto si lo amo», escribe Florence, «estoy ahí y eso es todo.»

Toda felicidad absoluta es ilusoria: según Florence, a Israel no le gustaban sus amigos y estallaba en rabiosas escenas de celos que a ella le resultaban cada vez más difíciles de tolerar. Otra típica historia binacional: el macho mexicano que no se acomoda a la libertad de la extranjera. Él ofrece la versión contraria: aunque desde el inicio le reveló su acuerdo con Claudia y le advirtió que seguiría visitando a sus hijos y durmiendo en su antigua casa —en el cuarto de huéspedes—, a Florence le resultaba muy difícil aceptar la situación y le llamaba a todas horas cuando él viajaba a Guadalajara.

Al acercarse el fin de año, Florence aprovechó una oferta de vuelo, el mismo 24 de diciembre, para pasar otras vacaciones en Francia en casa de Olivier. Por primera vez se atrevió a presumirle a su familia la nueva vida que había empezado a construir en México y les contó tanto de su trabajo con Sébastien como de su noviazgo con Israel. En su ausencia, Iolany había aprovechado para comenzar a trabajar en las oficinas de su marido y, cuando Florence regresó a México el 31 de diciembre, Sébastien le entregó una computadora y le dijo que sería mejor que trabajase desde casa. Poco después llegó por sorpresa a su departamento, le confesó que los problemas con su esposa habían arreciado por su culpa y le pidió su renuncia. Florence no sabía cómo se ganaría la vida, pero, cuando Israel le propuso que se mudara a Las Chinitas, ella se rehusó por miedo a ocupar el tradicional papel de ama de casa que tanto detestaba.

Al cabo de tres semanas, Florence encontró otro empleo, esta vez en Yarden Design, una firma de arquitectos y decoradores propiedad del diseñador judío Elik Kobi (cabe preguntarse si no llegaría allí por recomendación del único otro judío que conocía, Eduardo Margolis), con un sueldo de ocho mil pesos mensuales. En el despacho, Florence hacía las veces de recepcionista y secretaria, labores a las que se esforzaba por acostumbrarse, aunque lo que más le pesaba eran los constantes exabruptos de su patrón. Para colmo, los celos de Israel no hacían sino multiplicarse; a veces la esperaba por sorpresa afuera de su oficina para cerciorarse de que no saliese con nadie e incluso le reprochó que se despidiese de los guardias de seguridad con un beso.

Según Florence, el 14 de febrero de 2005 Israel aprovechó que tenía un juego de llaves de su departamento y entró a hurtadillas con la idea de darle una sorpresa. Ahí, revisó sus cajones y descubrió una fotografía de Florence con un antiguo novio. Sin contener la rabia, estrelló contra el suelo el florero que le había llevado por San Valentín. En el relato de Israel, el día anterior había buscado a Florence sin tregua y, cuando llamó al departamento, Lupita, su room-mate, le respondió nerviosa que no sabía dónde estaba. Por la mañana fue a buscarla y en efecto encontró en uno de sus cajones la cámara que le había regalado, así como una foto reciente en la que Florence aparecía al lado de su exnovio desnudo. Para colmo, esa misma semana, Lupita le comunicó a Florence que iba a mudarse, dejándola con la obligación de pagar el alquiler. Alquiler que, según Israel, él se encargaba de pagar.

Ajenos a estas turbulencias, los padres de Florence decidieron emprender un viaje a México. Según Israel, fue él quien la convenció de invitarlos a Las Chinitas, tratando de provocar un acercamiento con su madre, con quien ella seguía sin hablarse. La visita permitió que Florence e Israel volviesen a estar juntos y éste se esforzó por conquistar a sus suegros con la tradicional hospitalidad mexicana. A Bernard y Charlotte su yerno les pareció inteligente y encantador y aún hoy hablan de él en buenos términos. Florence acabó por valorar sus atenciones y, tras la partida de sus padres, ambos volvieron a su rutina.

Como era de esperarse, nada cambió. En un arranque de desesperación, Florence renunció al despacho y en junio le comunicó a Israel que pensaba regresar a Francia de forma definitiva. Su experiencia mexicana se resolvía como un doble fracaso, laboral y amoroso. Antes de tomar el avión, depositó sus muebles en Las Chinitas y le dijo a Israel que podía hacer con ellos lo que se le antojase.

«Al menos hablo español», murmuró para sí como único consuelo.

Béthune, a su vuelta el 23 de julio de 2005, era una ciudad fantasma. Allí estaban sus padres y podía ir a Lille con frecuencia, pero a Florence todo le parecía más pequeño y gris que en México. Había perdido más de dos años de su vida, en su currículum no figuraba ninguna actividad de la que pudiera sentirse orgullosa y en el amor tampoco había logrado nada perdurable, su relación con Israel venida a pique a fuerza de peleas, reconciliaciones y nuevas peleas. Lo que más le incomodaba era la sensación de fracaso: odiaba que sus padres o sus hermanos la percibiesen derrotada o vencida.

Ese verano todo salió mal. En época de vacaciones, le fue imposible encontrar un buen trabajo y apenas consiguió un empleo como camarera en un restaurante de Beuvry-lès-Béthune. Justo entonces Bernard le anunció que Sébastien y su familia pasarían con ellos el mes de septiembre. Florence no se sentía capaz de convivir con su cuñada y, tras una acre discusión con su padre, tomó la decisión de usar el boleto que tenía para volver a México.

Israel pasó a recogerla al aeropuerto de la Ciudad de México el 9 de septiembre. Florence insiste en que desde el principio le advirtió que serían sólo amigos y aún hoy elogia a Israel como si hubiese sido un caballero medieval que aceptó de antemano su derrota y renunció a tocarla, pero desde su llegada a México convivió con él tanto o más que cuando eran una pareja oficial. En su relato ex post facto, Florence parece verse obligada a fijar esta distancia, pero entonces eran un hombre y una mujer adultos que dormían en el mismo lugar, lo cual lleva a concluir que su intimidad era menos fría de lo que ella sostiene.

Mientras Florence estuvo en Francia, Israel había intentado reconciliarse con Claudia. Durante un torneo de futbol de su hijo, la familia viajó junta y los cuatro se quedaron en la misma habitación de hotel. Claudia no sabía nada de la relación de Israel con Florence, excepto que era extranjera. Por la noche los dos se quedaron platicando a solas e Israel le pidió que volviesen juntos. Le propuso irse de viaje, recorrer los distintos estados de la República y empezar de nuevo. Claudia prometió pensarlo.

A principios de octubre, Florence llenó una solicitud de empleo del Hotel Fiesta Americana, consiguió varias cartas de recomendación y, dueña ya de un español fluido, pasó todos los exámenes. Contratada como hostess de la zona VIP, empezó a trabajar allí el 1.º de noviembre, con un horario de 15:00 a 23:00 y un sueldo de seis mil pesos al mes. Cuando se lo comunicó a Israel, éste trató de mostrarse entusiasta: aunque lamentaba su partida, aceptó la situación con diplomacia y la ayudó a encontrar un departamento en la calle de Hamburgo, en la colonia Juárez. Jorge, el hermano de Israel, se encargó de pagar la fianza.

Israel le prometió ayudarla a trasladar sus muebles a su nuevo hogar y ella accedió a quedarse en Las Chinitas hasta que su nuevo departamento estuviese listo. Justo entonces Claudia le llamó a Israel y le dijo que estaba dispuesta a volver con él. Así transcurrieron los primeros días de diciembre. El 7, un día antes de la mudanza definitiva, Israel llevó a Florence al Fiesta Americana. «Alguien nos sigue», le aseguró de pronto; ella no prestó demasiada atención.

Al término de su jornada laboral, Israel pasó por Florence y los dos regresaron a Las Chinitas. Según ella, la mañana del 8 de diciembre, luego de desayunar juntos, Israel y dos amigos suyos, Charly y Díter, quienes se quedaban a dormir en el cuarto de trebejos a la entrada de Las Chinitas, acomodaron los muebles de Florence en la camioneta que le había prestado a Israel una de sus cuñadas, la viuda de su hermano Arturo, para depositarlos en el departamento de Hamburgo. Israel afirma que Florence yerra en su recuerdo: su amigo se llamaba Pedro —Peter y no Díter o Dither— y se había quedado en el cuartito semanas atrás; quien los ayudó a empacar fue, según él, su sobrino Juan Carlos.

Pasadas las 10:00, Israel y Florence abordaron la camioneta y, con cierto regusto agridulce —ambos sabían que estaba a punto de iniciarse una nueva etapa en su relación—, tomaron la carretera federal a Cuernavaca rumbo al centro de la ciudad. El frío sol de diciembre iluminaba su camino.