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El arado

Imaginemos una catástrofe.

El fin de la civilización. Nuestro moderno, complejo e intrincado mundo se acaba. No importa por qué. Quizá es debido a la gripe porcina o a una guerra nuclear, a robots asesinos o a un apocalipsis zombi. Y ahora imaginemos que nosotros —seres afortunados— somos algunos de los pocos supervivientes. No tenemos teléfono. Aunque, de todas formas, ¿a quién llamaríamos? No hay internet. No hay electricidad. No hay combustible.[1]

Hace cuatro décadas, el historiador de la ciencia James Burke planteó este escenario en su serie de televisión Connections, donde hizo una sencilla pregunta: rodeados por las ruinas de la modernidad, sin acceso a la potencia de la tecnología moderna, ¿por dónde empezar? ¿Qué necesitamos para mantenernos a nosotros —y los rescoldos de la civilización— con vida?

Su respuesta fue una máquina simple pero con gran poder transformador.[2] El arado. Y tiene sentido, porque el arado fue el principio de la civilización. En última instancia, el arado hizo posible la economía moderna. Y, como consecuencia, también hizo posible la vida moderna, con todos sus beneficios y frustraciones: la satisfacción que supone la abundancia y la calidad de los alimentos, la comodidad de una rápida búsqueda en internet, la bendición del agua limpia y potable, la diversión de un videojuego. Pero también la contaminación del aire y el agua, la confabulación de los estafadores y la pesada rutina de un trabajo tedioso, o de no tener trabajo.

Hace doce mil años, casi todos los humanos eran nómadas que recorrían el mundo cazando y alimentándose de lo que tenían a mano. Pero, en aquel tiempo, el planeta estaba dejando atrás un período glacial: el entorno era cada vez más cálido y seco. Los que habían estado cazando y recorriendo las montañas y los altiplanos vieron cómo las plantas y los animales a su alrededor se iban muriendo. Los animales migraban a los valles de los ríos en busca de agua, y los seres humanos los seguían.[3] Este cambio ocurrió en muchos lugares en momentos diferentes: hace más de once mil años en Eurasia occidental, hace casi diez mil en India y China, y más de ocho mil en Mesoamérica y los Andes. Al final, acabó extendiéndose a casi todas partes.[4]

Estos valles, fértiles pero limitados geográficamente, cambiaron la forma en que los humanos conseguían la comida que necesitaban: vagando en su busca se obtenía una menor recompensa que cultivando las plantas del lugar. Esto significaba revolver la superficie del suelo para extraer los nutrientes y que la humedad penetrara la tierra, lejos de la luz del sol abrasador. Al principio, lo hicieron con palos afilados que hundían con sus manos, pero pronto adoptaron un sencillo arado que arrastraban un par de bueyes. Funcionaba extraordinariamente bien.

La agricultura comenzó en serio. Ya no era la alternativa desesperada a una vida nómada en vías de extinción, sino una fuente de prosperidad real. Cuando la agricultura arraigó —hace dos mil años en la Roma imperial, novecientos años en la China de la dinastía Song—, los agricultores fueron cinco o seis veces más productivos que los cazadores-recolectores que los habían precedido.[5]

Reflexionemos sobre lo siguiente: es posible que una quinta parte de la población produzca suficiente comida para alimentar al resto. ¿Qué hacen los cuatro quintos restantes? Pues bien, tienen la libertad de especializarse en otras tareas: hornear pan, cocer ladrillos, talar árboles, construir viviendas, extraer minerales, fundir metal, hacer carreteras. En otras palabras, construir ciudades, crear una civilización.[6]

No obstante, existe una paradoja: más abundancia puede conllevar más competencia. Si las personas normales y corrientes solo logran subsistir, los poderosos no pueden quitarles demasiado, no al menos si pretenden volver y desvalijarlas de nuevo en la siguiente cosecha. Pero, cuanto más puedan producir las personas normales y corrientes, más les podrán confiscar los poderosos. La abundancia de la agricultura crea gobernantes y gobernados, amos y sirvientes: una desigualdad en la riqueza que era desconocida para las sociedades de cazadores-recolectores. Permite que aparezcan reyes y soldados, burócratas y sacerdotes, ya sea para organizar la sociedad con inteligencia o para vivir de forma ociosa del trabajo de los demás. Las primeras sociedades de agricultores podían ser increíblemente desiguales. El Imperio romano, por ejemplo, parece que llegó al borde de los límites biológicos de la desigualdad: si los ricos se hubieran apropiado de un poco más de recursos del imperio, la mayoría de los demás ciudadanos habrían muerto de hambre.[7]

Sin embargo, el arado hizo algo más que apuntalar la creación de la civilización, con todos sus beneficios y desigualdades: los diferentes tipos de arado llevaron al surgimiento de diferentes tipos de civilización.

Los primeros y simples arados que se usaron en Oriente Medio cumplieron muy bien su función durante unos miles de años. Luego, llegaron al Mediterráneo occidental, donde se convirtieron en herramientas ideales para cultivar una tierra seca y llena de grava. Pero, después, se desarrolló una herramienta muy diferente el arado de vertedera, primero en China, hace más de dos mil años, y mucho más tarde en Europa. El arado de vertedera surca el suelo formando un rizo largo y grueso y volteando la tierra.[8] En tierra seca, es una acción contraproducente porque expone al sol la preciada humedad. Pero, en las tierras húmedas y fértiles del norte de Europa, el arado de vertedera era claramente superior, pues mejoraba el drenaje y cortaba las raíces profundas de las malas hierbas, de manera que ya no eran competencia para sus cosechas, sino abono.

El desarrollo del arado de vertedera cambió por completo la distribución de las tierras fértiles en Europa. Las poblaciones del norte, que padecían unas condiciones muy duras para la agricultura, vieron cómo las tierras mejores y más productivas ya no estaban en el sur. Hace unos mil años, gracias a esta prosperidad que trajo el nuevo arado, comenzaron a aparecer y crecer nuevas ciudades, donde se desarrolló una estructura social diferente de las ciudades mediterráneas. El arado de tierra seca solo necesitaba un par de animales para tirar de él, y funcionaba a la perfección entrecruzando los surcos en campos cuadrados y simples. Todo esto generó que la agricultura fuera una práctica individual: un agricultor podía vivir por sí mismo con su arado, su buey y su parcela de tierra. Pero el arado de vertedera para el suelo húmedo y arcilloso requería un conjunto de ocho bueyes —o, mejor, caballos—, y… ¿quién poseía tal riqueza? Era especialmente eficiente en franjas de tierra largas y estrechas, a menudo a pocos metros de la franja de tierra de otro agricultor. A consecuencia de esto, la agricultura se convirtió en una práctica comunitaria: los individuos debían compartir el arado y los animales de tiro y resolver sus desacuerdos. Se congregaron en pueblos. El arado de vertedera dio pie a que se estableciera el sistema feudal en el norte de Europa.[9]

El arado también reconfiguró la vida familiar. Era un instrumento pesado, por lo que se consideró que arar era cosa de hombres. Pero el trigo y el arroz exigían más preparación que los frutos secos o las bayas, de modo que las mujeres se quedaban cada vez más tiempo en el hogar para preparar la comida. Un estudio sobre esqueletos sirios de hace nueve mil años reveló que las mujeres padecían de artritis en las rodillas y los pies, al parecer porque debían revolver y moler el grano arrodilladas.[10] Y, dado que las mujeres ya no debían llevar a sus bebés de un lugar para otro cuando iban en busca de comida, los embarazos fueron más frecuentes.[11]

Es posible que este cambio que generó el arado, de las sociedades de cazadores-recolectores a las de agricultores, también modificara la política sexual. La tierra que poseemos es un activo que podemos legar a nuestros hijos. Y, si hemos nacido hombre, empezaremos a preocuparnos cada vez más de que realmente sean nuestros hijos: a fin de cuentas, nuestra mujer se pasa todo el día en casa mientras nosotros estamos en el campo. ¿Es verdad que solo está moliendo grano? Así que una teoría —especulativa pero interesante— es que el arado incrementó el control de los hombres sobre la actividad sexual de las mujeres. Si de veras fue este un efecto del arado, ha tardado mucho en desaparecer.[12]

El arado, por lo tanto, hizo mucho más que aumentar el rendimiento de las cosechas. Lo cambió todo, e incluso llevó a que algunos se hayan preguntado si, al fin y al cabo, su invención fue una buena idea. No es que no funcione —fue una idea brillante—, sino que, además de ser una pieza fundamental de la civilización, parece que preparó el terreno para la aparición de la misoginia y la tiranía. Las pruebas arqueológicas también sugieren que la salud de los primeros agricultores fue bastante peor que la de los cazadores-recolectores, sus ancestros inmediatos. Con una dieta basada en arroz y trigo, nuestros antepasados sufrieron carencia de vitaminas, hierro y proteínas. Cuando, hace diez mil años, la sociedad de cazadores-recolectores se convirtió en agrícola, la altura media de hombres y mujeres menguó cerca de quince centímetros, y se conservan muchas pruebas de parásitos, enfermedades y malnutrición infantil. Jared Diamond, autor de Armas, gérmenes y acero, considera que la adopción de la agricultura fue «el peor error de la historia de la raza humana».

Nos podemos preguntar, entonces, por qué la agricultura se propagó tan deprisa. Ya hemos visto la respuesta: el excedente de comida permitió que las poblaciones crecieran y se crearan sociedades con especialistas: constructores, sacerdotes y artesanos, pero también soldados. Los ejércitos —aunque estuvieran compuestos por tropas raquíticas— fueron lo bastante poderosos como para expulsar a todas las tribus de cazadores-recolectores, excepto a aquellas que se encontraban en las tierras más marginales. Incluso allí, las pocas tribus nómadas que aún hoy subsisten siguen una dieta relativamente saludable, con una gran variedad de frutos secos, bayas y animales. A un bosquimano del Kalahari le preguntaron por qué su tribu no había imitado a sus vecinos y había adoptado el arado a lo que contestó: «¿Por qué deberíamos hacerlo, si hay tantos frutos de mongongo en el mundo?».[13]

Así que eso dice unos de los pocos supervivientes del fin de la civilización. ¿Reinventaríamos el arado y comenzaríamos todo de nuevo? ¿O deberíamos contentarnos con los frutos de mongongo?

cap-2

Introducción

Tal vez los bosquimanos de Kalahari no quieran adoptar el arado, pero la civilización moderna les ofrece otras oportunidades potencialmente lucrativas: 100 mililitros de aceite de mongongo prensado en frío se venden actualmente por 27,66 euros en evitamins.com, cortesía de la empresa Shea Terra Organics.[1] Al parecer, es muy bueno para el cabello.

El aceite del fruto del mongongo es uno más de los aproximadamente diez mil millones de productos y servicios que, a día de hoy, se ofrecen en los centros económicos más importantes del mundo.[2] El sistema económico global que brinda estos productos es vasto y de una complejidad imposible. Conecta a casi cada persona de una población de 7.500 millones en todo el planeta. Proporciona un lujo extraordinario a cientos de millones de ellas, pero también deja de lado a otros cientos de millones, lleva al límite el ecosistema de la Tierra y —como nos recordó el crac de 2008— tiene la alarmante costumbre de caer en crisis de vez en cuando. Nadie está al cargo de este sistema. De hecho, ningún individuo podría esperar nunca hacerse una idea de poco más que de una fracción de lo que ocurre.

¿Cómo podemos entender este desconcertante sistema del que dependen nuestras vidas?

Uno de estos diez mil millones de productos, este libro, intenta responder a esta pregunta. Prestémosle atención. (Si estamos escuchando el audiolibro o leyendo en una tableta, deberemos retrotraernos al recuerdo de cómo se siente un libro en nuestras manos.) Recorramos con los dedos la superficie del papel. ¿No es increíble? Es flexible, para que se pueda coser en forma de libro y podamos pasar las páginas sin necesidad de una bisagra elaborada. Es fuerte, para que se pueda convertir en finas hojas. Y, no menos importante, es lo bastante barato como para que pueda servir en muchos otros usos que serán más efímeros que este objeto: para empaquetar, para hacer diarios que caducarán en pocas horas, para limpiar…; bueno, para limpiar lo que queramos.

El papel es un material increíble, a pesar de ser un producto de usar y tirar; de hecho, es un material increíble, en parte, porque es de usar y tirar. Pero en una copia física de este libro hay algo más que papel.

Si observamos la contraportada, veremos un código de barras, quizá más de uno. Este es un sistema para escribir un número que pueda leer con facilidad un ordenador, y el código de este libro es diferente al de cualquier otro que se haya escrito. Otros códigos de barras diferencian una Coca-Cola de una lejía industrial, de un paraguas y de un disco duro portátil. Estos códigos son algo más que una ventaja cuando hay que cobrar un producto. Su desarrollo ha reconfigurado la economía mundial, ha cambiado el lugar donde se fabrican los productos y dónde podemos comprarlos. Y, aun así, suele pasar desapercibido.

En este libro también encontramos un aviso de copyright que nos informa de los derechos de autor. Nos dice que, aunque este libro te pertenece a ti, las palabras me pertenecen a mí. Pero ¿qué significa esto? Es el resultado de una metainvención, de una invención sobre invenciones: un concepto llamado «propiedad intelectual». Un concepto que ha determinado profundamente quién gana dinero en el mundo moderno.

No obstante, en este juego hay todavía una invención aún más fundamental: la escritura misma. La capacidad para plasmar nuestras ideas, recuerdos e historias es una piedra angular de nuestra civilización, aunque ahora estamos descubriendo que la escritura se inventó con un objetivo económico, para ayudarnos a coordinar y planificar las idas y venidas de una economía cada vez más sofisticada.

Todas estas invenciones nos cuentan una historia no solo del ingenio humano, sino también de los sistemas invisibles que nos rodean: de las cadenas de suministro global, de la información omnipresente, del dinero y de las ideas y, sí, incluso de la tubería del váter en la que desaparece el papel que tiramos.

Este libro arroja luz sobre los fascinantes detalles de cómo funciona la economía al seleccionar cincuenta inventos determinados, entre ellos el papel, el código de barras, la propiedad intelectual y la escritura. En cada caso descubriremos qué ocurre cuando analizamos de cerca un invento, o cuando tomamos distancia y nos percatamos de conexiones inesperadas. Por el camino, obtendremos las respuestas a algunas preguntas sorprendentes. Por ejemplo:

• ¿Qué tienen que ver Elton John y la promesa de una oficina libre de papeles?

• ¿Qué descubrimiento estadounidense fue prohibido en Japón durante cuatro décadas, y cómo perjudicó las carreras de las mujeres japonesas?

• ¿Por qué los agentes de policía creyeron que debían ejecutar dos veces a un asesino londinense en 1803, y cómo se relaciona esto con los dispositivos electrónicos portátiles?

• ¿Cómo una innovación monetaria destruyó el palacio de Westminster?

• ¿Qué producto se lanzó al mercado en 1976, fracasó de inmediato, pero fue aupado por el premio Nobel de economía Paul Samuelson a la misma altura que el vino, el alfabeto y la rueda?

• ¿Qué tienen en común la presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, y el gran emperador chino-mongol Kublai Kan?

Algunos de estos cincuenta inventos, como el arado, son absurdamente simples. Otros, como el reloj, se han convertido en objetos sofisticados hasta el asombro. Algunos son palpables, como el cemento. Otros, como la responsabilidad limitada de una empresa, son invenciones abstractas que no podemos tocar de ninguna manera. Otros, como el motor diésel, fueron al principio desastres comerciales. Pero todos tienen una historia que contar y que nos ayudará a comprender los milagros diarios que nos rodean, milagros que a veces encarnan los objetos en apariencia más corrientes. Algunas de estas historias se centran en fuerzas económicas vastas e impersonales; otras son relatos del genio o la tragedia de los seres humanos.

Este libro no trata de identificar los cincuenta inventos más significativos económicamente. No es una lista en forma de libro con una enumeración de las invenciones más importantes. De hecho, algunas que serían perfectas candidatas no aparecen aquí: la imprenta, la hiladora Jenny, el motor de vapor, el avión o el ordenador.

¿Qué justifica estas omisiones? Tan solo que hay otras historias que contar: por ejemplo, el intento de desarrollar un «rayo mortífero» que, en cambio, llevó a descubrir el radar, un dispositivo esencial para que los viajes aéreos sean seguros. O la invención que llegó a Alemania poco antes de que Gutenberg inventara la imprenta, y sin la que la impresión sería factible en lo técnico pero desastrosa en lo económico. (Lo has adivinado: el papel.)

No pretendo dejar de lado a los ordenadores, sino que los comprendamos mejor. Pero esto significa fijarse en un conjunto de inventos que lograron que sean las herramientas para todo tipo de tareas que son hoy en día: el compilador de Grace Hopper, que hizo que la comunicación entre ordenadores y humanos fuera mucho más fácil; la criptografía asimétrica, que garantiza la seguridad en el comercio electrónico; y el algoritmo de búsqueda de Google, que logra que la World Wide Web sea inteligible.

A medida que investigaba estas historias, algunas cuestiones resurgían una y otra vez. El arado ilustra muchas de ellas: por ejemplo, la manera en que las nuevas ideas modifican el equilibrio del poder económico, creando a la vez ganadores y perdedores; cómo los cambios en la economía pueden tener efectos inesperados en nuestra forma de vida, como transformar las relaciones entre hombres y mujeres; y cómo un invento como el arado abre la puerta a nuevas invenciones, como la escritura, los derechos de propiedad, los fertilizantes químicos y muchas otras.

Así que he intercalado entre las diversas historias unos interludios para reflexionar sobre estas cuestiones comunes. Y, cuando hayamos terminado el libro, podremos aunar todas estas lecciones para preguntarnos cómo deberíamos pensar en la innovación hoy en día. ¿Cuál es la mejor manera de alentar nuevas ideas? ¿Cómo podemos pensar con claridad sobre qué efectos pueden tener estas ideas, y actuar con previsión para maximizar los beneficios y mitigar los perjuicios?

Es demasiado fácil quedarnos con una visión superficial de los inventos: la de verlos tan solo como la solución a un problema. Los inventos curan el cáncer. Nos llevan a nuestro destino en vacaciones mucho más rápido. Son divertidos. Generan dinero. Y, por descontado, es verdad que los inventos tienen éxito porque resuelven un problema que alguien, en algún lugar, quiere resolver. El arado tuvo éxito porque ayudó a los agricultores a producir más comida con menos esfuerzo.

Sin embargo, no deberíamos caer en la trampa de pensar que los inventos no son más que soluciones. Son mucho más que eso. Configuran nuestra vida de manera impredecible y, a pesar de que resuelven un problema para alguien, a menudo crean un problema para otra persona.

Que estos cincuenta inventos configuraran nuestra economía no se debió solo a que nos ayudaran a producir más y producir más barato. Cada uno de ellos afectó a una compleja red de conexiones económicas. A veces nos complicaron la vida; otras, rompieron viejos límites; y, en ocasiones, crearon patrones completamente nuevos.

cap-3

I

GANADORES Y PERDEDORES

Existe una palabra para aquellos cabezotas que no comprenden los beneficios de las nuevas tecnologías: «luditas». Los economistas —siempre dispuestos a adoptar cualquier jerga novedosa— incluso hablan de la «falacia ludita», la creencia discutible en que el progreso tecnológico produce un desempleo masivo. Los primeros luditas fueron tejedores y obreros textiles que destruyeron telares mecánicos en Inglaterra hace doscientos años.

«Por aquel entonces, hubo algunos que creyeron que la tecnología generaría desempleo. Estaban equivocados —comenta Walter Isaacson, biógrafo de Albert Einstein, Ben Franklin y Steve Jobs—. La revolución industrial aumentó tanto la riqueza de Inglaterra como la del total de personas que trabajaban, incluso en la industria textil.»[1]

Es cierto. Pero desdeñar a los luditas como necios retrógrados sería injusto. Estos no destruyeron telares mecánicos porque temieran de forma equivocada que las máquinas empobrecerían a Inglaterra, sino porque temían, con razón, que las máquinas los empobrecerían a ellos. Eran trabajadores capacitados que sabían que los telares devaluarían sus habilidades. Comprendieron a la perfección las implicaciones de la tecnología que se avecinaba y tuvieron razón en temerla.[2]

El dilema ludita no es inusual. Las nuevas tecnologías casi siempre crean nuevos ganadores y nuevos perdedores. Incluso una nueva trampa para ratones es una mala noticia para los fabricantes de trampas tradicionales. Y, en efecto, tampoco es una buena noticia para los ratones.

El proceso por el que cambia la configuración del terreno de juego no siempre es claro. A los luditas no les preocupaba que los sustituyeran las máquinas, sino que los sustituyeran trabajadores más baratos y menos capacitados que utilizarían esas máquinas.[3]

Por esta razón, siempre que aparece una nueva tecnología vale la pena preguntarse quién va a ganar y quién va a perder como resultado de su advenimiento. A menudo, la respuesta nos puede sorprender.

cap-4

2

El gramófono

¿Quién es el cantante solista mejor pagado del mundo? En 2015, según la revista Forbes, fue Elton John. Los datos disponibles indican que ganó cien millones de dólares. U2, al parecer, ganó el doble, pero son cuatro integrantes. Y solo hay un Elton John.[1]

Hace doscientos años la respuesta a la misma pregunta habría sido diferente: la cantante mejor pagada del mundo era miss Billington. Elizabeth Billington fue, según dicen, la mejor soprano inglesa que haya existido jamás. Sir Joshua Reynolds, el primer presidente de la Royal Academy of Arts, la pintó una vez de pie, sosteniendo un libro de música en las manos, con algunos de sus rizos sujetos con alfileres y otros sueltos, mientras escuchaba cantar a un coro de ángeles. El compositor Joseph Haydn consideró que el retrato no le hacía justicia: los ángeles, a su entender, deberían haber estado escuchando a miss Elizabeth Billington.[2]

La soprano también causaba sensación fuera de los escenarios. La tirada completa de una injuriosa biografía sobre ella se vendió en menos de un día. El libro incluía las copias de unas supuestas cartas íntimas que intercambiaba con sus famosos amantes, entre ellos, según dicen, el príncipe de Gales, el futuro rey Jorge IV. Una muestra más digna de su fama tuvo lugar cuando recuperó la salud después de pasar seis semanas enferma durante una gira por Italia: la ópera de Venecia se iluminó durante tres días.[3]

Era tan desbordante su reputación —algunos dirían que mala fama— que provocó una guerra de precios por sus actuaciones. Los directores de las que eran las dos principales óperas de Londres, el Covent Garden y el Drury Lane, se pelearon con tanta desesperación para hacerse con sus servicios que acabó firmando con ambos y cantó en los dos recintos. En la temporada de 1801, ganó al menos diez mil libras. Incluso para ella era una suma considerable, y dio mucho que hablar en su época. Pero, en valores actuales, serían unas 687.000 libras, o casi un millón de dólares: tan solo un 1 por ciento de lo que gana Elton John.

¿Cómo se explica esta diferencia? ¿Por qué Elton John vale cien Elizabeth Billington?

Casi sesenta años después de la muerte de la cantante, el gran economista Alfred Marshall analizó el impacto del telégrafo eléctrico. En aquella época interconectaba América, el Reino Unido, India e incluso Australia. Gracias a este medio de comunicación tan moderno, escribió, «hombres que, en un momento dado, han llegado a una posición de mando son capaces de emplear su genio constructivo o especulativo en empresas más grandes y que cubren un área más extensa que nunca».[4] Los grandes industriales del mundo cada vez eran más ricos y se enriquecían más deprisa. La distancia entre ellos y los emprendedores menos exitosos se estaba ampliando.

Pero, decía Marshall, no en todas las profesiones ocurría lo mismo. Para comparar, se fijó en las artes escénicas. «El número de personas a las que puede alcanzar la voz humana —observó— es estrictamente limitado», y, por lo tanto, también lo era su capacidad para ganar dinero.

Dos años después de que Marshall escribiera estas palabras —la Nochebuena de 1877—, Thomas Edison registró la patente del fonógrafo. Fue la primera máquina capaz de grabar y reproducir el sonido de la voz humana.

Al principio, nadie sabía muy bien qué hacer con esta tecnología. Un editor francés llamado Édouard-Léon Scott de Martinville ya había desarrollado algo que llamó el fonoautógrafo, un aparato que generaba un registro visual del sonido de la voz humana de forma parecida a como un sismógrafo registra un terremoto. Pero parece que a monsieur Martinville no se le ocurrió que alguien quisiera convertir ese registro de nuevo en sonido.[5]

Pronto quedó clara la aplicación de esa nueva tecnología: se podía grabar a los mejores cantantes del mundo y vender las grabaciones. Al principio era como hacer calcos en papel carbón con una máquina de escribir: una canción solo se podía replicar en tres o cuatro fonógrafos a la vez. En la década de 1890 hubo una gran demanda para escuchar las canciones del cantante afroamericano George W. Johnson. Se dice que para satisfacer esta demanda Johnson cantó día tras día la misma canción hasta que se quedó sin voz; pero cantarla cincuenta veces al día generaba tan solo doscientas grabaciones.[6] Cuando Emile Berliner fue capaz de grabar en un disco en lugar de en el cilindro de Edison, se abrió el camino para la producción en masa. Luego llegaron la radio y la televisión. Actores como Charlie Chaplin podían acceder a un mercado mundial con tanta facilidad como los industriales de los que hablaba Alfred Marshall.[7]

Para los Charlie Chaplin y Elton John del mundo, las nuevas tecnologías significaron más fama y más dinero. Pero para los artistas del montón fue un desastre. En los tiempos de Elizabeth Billington, muchos cantantes más o menos decentes podían ganarse la vida actuando en directo en los teatros, pues miss Billington, a fin de cuentas, no podía estar en todas partes. Pero cuando podemos escuchar en casa a los mejores cantantes del mundo, ¿por qué pagar para ver en directo una actuación modesta?

El fonógrafo de Thomas Edison preparó el terreno para una dinámica en la industria de las actuaciones por lo cual el mejor se llevaba todo. Los mejores cantantes pasaron de ganar lo que obtenía miss Billington a enriquecerse como Elton John. Mientras tanto, aquellos cantantes tan solo un poco peores pasaron de ganarse medianamente la vida a tener problemas para pagar las facturas a fin de mes. Una pequeña diferencia cualitativa suponía una gran diferencia económica. En 1981, un economista llamado Sherwin Rosen denominó este fenómeno «economía de las superestrellas». Imaginémonos, dijo, la fortuna que habría ganado miss Billington si hubieran existido los fonógrafos en 1801.[8]

Las innovaciones tecnológicas también han creado economías de superestrella en otros sectores. La televisión por satélite, por ejemplo, ha supuesto para los jugadores de fútbol lo que el gramófono para los músicos o el telégrafo para los industriales del siglo XIX. Si hace unas pocas décadas hubiéramos sido el mejor futbolista del mundo, solo nos habría visto jugar un estadio lleno de aficionados. Ahora, cada movimiento será observado por cientos de millones de personas en todos los continentes. Parte de este cambio se debe a que el fútbol se puede retransmitir. Pero igualmente importante ha sido el aumento en el número de canales de televisión. Cuando las ligas de fútbol que merecían la pena fueron más escasas que los canales, la guerra competitiva entre ellos se volvió frenética.

A medida que se expandía el mercado del fútbol, también aumentaba la distancia en los salarios entre los mejores y los solo muy buenos. No hace mucho, en la década de 1980, los futbolistas ingleses mejor pagados ganaban el doble que los que jugaban en —digamos— el quincuagésimo mejor equipo del país. Ahora, los salarios medios de la Premier League son veinticinco veces más altos que los de los jugadores de dos divisiones por debajo.[9]

Los cambios tecnológicos pueden modificar de forma espectacular lo que gana cada uno, aunque también pueden ser devastadores porque son repentinos y porque las personas a las que afecta, a pesar de que tengan las mismas capacidades, pierden de golpe mucho más poder adquisitivo. Tampoco es fácil saber cómo reaccionar: cuando la desigualdad la genera un cambio en el epígrafe tributario, una confabulación corporativa o un gobierno que favorece unos intereses determinados, al menos tenemos un enemigo. Pero no podemos prohibir Google y Facebook para proteger el sustento de los periodistas de los diarios.

A lo largo del siglo XX, otras innovaciones —el casete, el CD, el DVD— mantuvieron el modelo económico que había creado el gramófono. Pero al acabar el siglo aparecieron el formato MP3 y las conexiones rápidas a internet. De repente, ya no teníamos que gastarnos veinte dólares en un disco de plástico para escuchar nuestra música favorita, sino que podíamos encontrarla gratis en la red. En 2002, David Bowie advirtió al resto de músicos de que se iban a enfrentar a un futuro muy diferente: «La música se va a convertir en algo parecido al agua o la electricidad —afirmó—. Más nos vale estar preparados para hacer muchas giras porque la realidad es que será lo único que nos quede».[10]

Parece que Bowie tenía razón. Los músicos han dejado de pensar en las entradas a los conciertos como una vía para vender discos y han empezado a utilizar los discos como una vía para vender entradas a los conciertos. Sin embargo, no hemos vuelto a los días de miss Billington: la amplificación del sonido, el rock en los estadios, las giras mundiales y los contratos de publicidad implican que los músicos más admirados aún pueden disfrutar de una audiencia enorme. La desigualdad sigue viva y coleando: el 1 por ciento superior de los artistas gana más de cinco veces en los conciertos que el 95 por ciento inferior.[11] El gramófono habrá quedado en el olvido, pero la capacidad de los cambios tecnológicos para determinar quién gana y quién pierde sigue con nosotros.

cap-5

3

El alambre de púas

Según cuenta la historia, a finales de 1876 un joven llamado John Warne Gates levantó una valla de alambre en la plaza militar de San Antonio (Texas). Encerró allí a algunos de los bueyes más salvajes e indómitos del estado, o así los describió. Otros aseguran que aquel ganado era de lo más dócil, e incluso hay quienes dudan de la veracidad de la historia. Pero esto no es lo importante.[1]

Gates —un hombre que más tarde recibió el apodo Me-apuesto-un-millón Gates— empezó a apostar con los allí presentes si aquellos bueyes malcarados y asilvestrados se atreverían a cruzar una cerca de alambre que parecía tan frágil. No se atrevieron.

Incluso cuando el compinche de Gates, un vaquero mexicano, cargó contra el ganado aullando maldiciones en español y blandiendo una tea ardiente en cada mano, la alambrada resistió. A Me-apuesto-un-millón Gates no le preocupaba demasiado ganar la apuesta. Tenía en mente un proyecto mucho mayor: iba a vender un nuevo tipo de valla, y pronto le llovieron los pedidos.

Los publicistas de la época pregonaron esta valla como «El mayor descubrimiento de la época», patentada por J. F. Glidden, procedente de DeKalb (Illinois). John Warne Gates la describió de manera más poética: «Más ligera que el aire, más fuerte que el whisky, más barata que el polvo».[2] Nosotros la llamamos, simplemente, alambre de púas.

Afirmar que el alambre de púas es el mayor descubrimiento de la época tal vez parezca una hipérbole, incluso pasando por alto el hecho de que los publicistas no sabían que Alexander Graham Bell estaba a punto de obtener la patente por el teléfono. Pero, aunque las mentes modernas piensen que, en efecto, el teléfono fue transformador, el alambre de púas provocó enormes cambios en el oeste estadounidense, y mucho más rápido.

El diseño del alambre de púas de Joseph Glidden no fue el primero, pero sí el mejor. Es familiarmente moderno: se trata del mismo que podemos encontrar hoy en día en cualquier campo. Las púas se enroscan alrededor de un hilo de alambre, y luego otro hilo se enrosca al primero para evitar que las púas se desplacen.[3] Los ganaderos se lanzaron sobre ellas.

Había una razón para que los ganaderos estadounidenses tuvieran tanta necesidad del alambre de púas. Pocos años antes, en 1862, el presidente Abraham Lincoln había aprobado la Ley de Asentamientos Rurales, que especificaba que cualquier ciudadano honrado —incluso las mujeres y los esclavos liberados— podía reclamar como suyos hasta 160 acres de tierra en los territorios del oeste. Todo lo que tenían que hacer era construir una casa y trabajar la tierra durante cinco años. La idea era que esa ley mejoraría tanto la tierra como a los ciudadanos estadounidenses, pues crearía propietarios de tierra libres, virtuosos y trabajadores que estarían muy implicados en el futuro de la nación.[4]

Parece sencillo. Pero las llanuras eran grandes extensiones de tierra desconocida llenas de matojos altos y frondosos: una tierra más adecuada para los nómadas que para los colonos. Durante mucho tiempo había sido el territorio de los nativos americanos. Después de que llegaran los europeos y migraran al oeste, los vaqueros vagaban con libertad guiando al ganado por las llanuras ilimitadas.

Pero los colonos necesitaban vallas, entre otras cosas para evitar que ese ganado en libertad pisoteara sus cosechas. Y no había mucha madera, sin duda no la suficiente para vallar kilómetros y kilómetros de lo que a menudo se llamaba «el desierto americano».[5] Los ganaderos intentaron cultivar setos de zarzas, pero crecían muy despacio y eran inamovibles. Las vallas de alambre sin púas tampoco funcionaban: el ganado las atravesaba sin problemas.

La falta de vallas era un problema general. El Departamento de Agricultura de Estados Unidos dirigió un estudio en 1870 y concluyó que, hasta que alguna de aquellas alternativas no resolviera el problema, sería imposible colonizar el oeste.[6] A su vez, en el oeste estadounidense aparecían, una tras otra, soluciones potenciales: en aquella época se idearon más vallas diferentes que en el resto del mundo.[7] ¿Y qué idea triunfó en este fermento intelectual? El alambre de púas.

Este invento cambió lo que no pudo cambiar la Ley de Asentamientos Rurales. Hasta que no vio la luz, las llanuras eran un espacio sin límites, más parecidas a un océano que a un pedazo de tierra cultivable. La propiedad privada de la tierra no era habitual porque no era factible.

El alambre de púas se difundió porque resolvía uno de los principales problemas que tenían los colonos. Pero también suscitó enfrentamientos feroces, y no es difícil adivinar por qué. Los ganaderos estaban intentando delimitar sus propiedades, unas parcelas que antaño habían sido el territorio de varias tribus de nativos americanos. Y, veinticinco años después de la Ley de Asentamientos Rurales, se decretó la Ley Dawes, que asignaba cierta tierra a las familias de nativos y dejaba el resto para los ganaderos. Olivier Razac, autor de un libro sobre el alambre de púas, afirma que, además de liberar tierra para los cultivos de los colonos, la Ley Dawes «ayudó a destruir los fundamentos de la sociedad india». No nos debe sorprender, por lo tanto, que estas tribus llamaran al alambre de púas «la soga del diablo».

Los vaqueros más mayores también creían en el principio de que el ganado debía pacer libremente por las llanuras: la ley del campo abierto. Odiaban el alambre, ya que provocaba heridas y graves infecciones a los animales. Cuando llegaban las tormentas, el ganado intentaba dirigirse al sur, pero a veces se quedaba encallado en las púas y morían miles de reses.

Otros vaqueros adoptaron ese alambre para vallar sus ranchos privados. Y, aunque una de las ventajas era que podían representar un límite legal, muchas de estas vallas eran ilegales, intentos de apropiarse tierra común con propósitos personales.

Cuando el alambre de púas empezó a propagarse por el oeste, también comenzaron los conflictos.[8] En las «guerras de las alambradas», bandas enmascaradas con nombres como Blue Devils o Javelinas cortaban las vallas y dejaban amenazas de muerte advirtiendo a los propietarios de que no las restituyeran. Hubo tiroteos e incluso algunas muertes. Al final, las autoridades tomaron medidas. Las guerras de las alambradas acabaron, el alambre de púas permaneció. Hubo ganadores y perdedores.

«Me pone enfermo —dijo un ganadero trashumante en 1883— pensar que las cebollas y las patatas irlandesas están creciendo donde deberían estar pastando los potros mustangos y donde los novillos de cuatro años deberían estar engordando para venderse en el mercado.»[9] Y si los vaqueros estaban indignados, a los nativos americanos les fue todavía peor.

Estos feroces conflictos en la frontera reflejaban un viejo debate filosófico. El filósofo inglés del siglo XVII John Locke —que influyó de forma profunda en los padres fundadores de Estados Unidos— abordó el problema de cómo alguien podía llegar a poseer su propia tierra de forma legal. Al principio de los tiempos nadie era dueño de nada: la tierra era un don de la naturaleza o de Dios. Pero el mundo de Locke estaba lleno de propiedades privadas, ya pertenecieran al rey o a un simple propietario rural. ¿Cómo habían llegado a hacerse con los bienes de la naturaleza? ¿Era el resultado inevitable de que un tipo con una banda de matones se adueñara de todo lo que pudiera? Si era así, entonces la civilización estaba fundada en el robo violento. Y esta no era una conclusión cómoda para Locke ni para sus ricos mecenas.

Locke argumentó que todos somos dueños de nuestro trabajo. Y, si mezclamos este trabajo con la tierra que nos da la naturaleza —por ejemplo, arándola—, entonces habremos aunado algo que sin duda nos pertenece con algo que no le pertenece a nadie. Al trabajar la tierra, dijo, llegamos a poseerla.

No era un argumento puramente teórico. Locke estaba implicado de forma activa en el debate sobre la colonización europea de América. La politóloga Barbara Arneil, experta en Locke, escribe que «la pregunta “¿Cómo crearon los primeros hombres la propiedad privada?” es para Locke la misma pregunta que “¿Quién tiene el derecho de apropiarse de las tierras de América en este momento?”».[10] Y, para sostener este argumento, también debía afirmar que la tierra era abundante y que nadie la reclamaba: es decir, dado que las tribus indígenas no habían «mejorado» la tierra, no tenían derechos sobre ella.

Pero no todos los filósofos europeos aceptaron este argumento. Jean-Jacques Rousseau, el filósofo francés del siglo XVIII, se opuso a los males de las tierras cercadas. En su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, se lamentó del «primer hombre que, al haber vallado una parcela de tierra, consideró adecuado decir “Esto es mío” y encontró hombres simples para que lo creyeran». Este hombre, dijo Rousseau, «fue el verdadero fundador de la sociedad civil».

Para Rousseau, eso no era un cumplido. Pero lo fuera o no, es cierto que las economías modernas se fundamentan en la propiedad privada, en el hecho legal de que la mayoría de las cosas tienen un dueño, en general una persona o una corporación. Estas economías también se basan en la idea de que la propiedad privada es algo bueno, pues da a las personas un incentivo para mejorar e invertir en lo que es suyo, ya sea una parcela de tierra en el Medio Oeste de Estados Unidos, un apartamento en Kolkata o incluso la propiedad intelectual, como pueden ser los derechos de Mickey Mouse. Es un argumento sólido, y fue aplicado sin miramientos por todos aquellos que defendían que los nativos americanos no tenían el derecho de poseer sus propios territorios, puesto que no los estaban explotando de forma activa.

No obstante, la legalidad es abstracta. Para obtener los beneficios de ser propietarios de alguna cosa, también debemos ser capaces de imponer nuestro control sobre ella.[*] Hoy en día se sigue utilizando alambre de púas por todo el mundo para vallar las parcelas de tierra. Y en muchos otros sectores de la economía sigue librándose la batalla para ser propietario en la realidad de lo que nos pertenece en la teoría.

Los músicos tienen los derechos sobre su música, pero —como nos ha explicado amablemente David Bowie— los derechos de autor son una débil defensa frente al software que nos permite compartir archivos.

Nadie ha inventado un alambre de púas virtual que pueda proteger las canciones de forma tan efectiva como la tierra, aunque muchos siguen intentándolo. Las «guerras de las alambradas» de la economía digital no son menos enconadas hoy que en los tiempos del salvaje oeste: los defensores de los derechos digitales se enfrentan a Disney, Netflix y Google, mientras que los piratas informáticos desbaratan cualquier tipo de alambre de púas digital.[11] Cuando se trata de proteger la propiedad en un sistema económico, hay mucho en juego.

No es de extrañar, por lo tanto, que los barones del alambre de púas —Me-apuesto-un-millón Gates, Joseph Glidden y muchos otros— se hicieran ricos. El año en que Glidden registró su patente se produjeron 45 kilómetros de alambre. Seis años después, en 1880, la fábrica DeKalb fabricaría trescientos mil kilómetros, lo suficiente para dar la vuelta al mundo diez veces.[12]

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La información del vendedor

En Shangai, un conductor se registra en un foro en línea y busca a alguien que simula necesitar que lo lleven al aeropuerto. Encuentra a una persona dispuesta. Simula recoger a su nuevo cliente y dejarlo en el lugar acordado. Pero, en la realidad, nunca se encuentran. Luego, el conductor se conecta al foro y le ingresan el dinero. El precio que han acordado es de unos 1,4 euros.

O quizá el conductor da un paso más allá y no solo se inventa el trayecto, sino que también se inventa a la otra persona. Entra en mercado en línea Taobao y se compra un móvil pirateado. Esto le permite crear múltiples identidades falsas. Utiliza una de ellas para solicitarse a sí mismo un trayecto.[1]

¿Por qué lo hace? Porque está dispuesto a asumir el riesgo de que lo atrapen y porque alguien está dispuesto a pagarle para que lleve a otros en coche. Los inversores han sufrido pérdidas de millones de dólares —en China y en todas partes— pagando a la gente para que comparta coche. Por descontado, quieren acabar con los trayectos imaginarios, pero ¿subvencionar trayectos reales? Están convencidos de que es una gran idea.

Todo esto parece raro, incluso perverso. Pero todos los implicados buscan racionalmente incentivos económicos. Para comprender qué ocurre tenemos que analizar un fenómeno que ha engendrado muchas palabras de moda: «capitalismo participativo», «consumo colaborativo», «economía compartida» y «economía de la confianza».

La idea básica es la siguiente: supongamos que vamos a ir del centro de Shangai al aeropuerto en coche. Solo ocupamos un asiento. Ahora imaginemos que otra persona que solo vive a una calle de distancia también tiene que coger un avión. ¿Por qué no llevarla? Esta nos paga una suma modesta, menos de lo que le cuesta otro medio de transporte. Es una buena opción. Y también para quien conduce, pues va al aeropuerto de todas formas.

Hay dos grandes razones que podrían impedir que esto sucediera. La primera y más obvia es que no conocemos la existencia de la otra persona. Hasta hace poco, la única forma en que podíamos solicitar un trayecto era irnos a la carretera con un cartel en el que hubiera escrito AEROPUERTO. No es muy práctico, sobre todo porque los aviones no esperan.

Otras transacciones son incluso más específicas. Digamos que estamos en casa trabajando y tenemos al perro arrimado a nuestra pierna, con la correa en la boca, desesperado por que lo saquemos a pasear. Pero cerca de donde vivimos hay otra persona a la que le gustan los perros y le gusta pasear, y además tiene una hora libre. Está dispuesta a ganarse un dinero paseando al perro, y nosotros estamos dispuestos a pagarle. ¿Cómo contactamos? No podemos, a menos que utilicemos algún tipo de plataforma en línea, como TaskRabbit o Rover.

La función de poner en contacto a personas con necesidades parecidas es una de las maneras más profundas en que internet está reconfigurando la economía. Los mercados tradicionales funcionan a la perfección para algunos bienes y servicios, pero son menos útiles cuando estos son urgentes o inusuales.

Pongamos por ejemplo el apuro en que se encontró Mark Fraser. Corría el año 1995. Mark Fraser daba muchas conferencias y quería con mucho ahínco un puntero láser: eran nuevos y estaban de moda; pero también eran prohibitivamente caros. Sin embargo, a Fraser le obsesionaba la electrónica. No le cabía ninguna duda de que si podía echarle mano a un puntero láser roto podría arreglarlo.[2] Pero ¿dónde lo iba a encontrar? Hoy en día, la respuesta es obvia: Taobao, eBay o cualquier otra página de internet. No obstante, en aquella época, eBay estaba comenzando. ¿Cuál fue la primera venta? El puntero láser roto que compró Mark Fraser.

Fraser, en este caso, asumió un riesgo pequeño. No conocía al vendedor. Solo podía confiar en que no se quedaría con sus 14,83 dólares y desaparecería. Pero en otras transacciones hay mucho más en juego. Esta es la segunda razón por la que no nos llevarían al aeropuerto de Shangai. Nos verían en carretera con el cartel…, pero no tendrían ni idea de quién somos. Tal vez podríamos atacarlos y robarles el coche; o tal vez seamos nosotros quienes desconfiemos: el conductor podría ser un asesino en serie.

No es una preocupación del todo ridícula: el autostop era algo bastante popular hace unas décadas, pero después de algunos asesinatos difundidos en la prensa amarilla pasó de moda.[3]

La confianza es un componente esencial en los mercados, tan esencial que a veces ni siquiera nos damos cuenta de ella, como un pez que no es consciente del agua. En las economías desarrolladas se pueden apreciar por todas partes elementos que suscitan la confianza: marcas, garantías de que nos devolverán el dinero y, por supuesto, las transacciones que repetimos con un vendedor que es fácilmente localizable.

Pero la nueva economía compartida carece de estos elementos de confianza. ¿Por qué deberíamos montarnos en el coche de un extraño o comprar el puntero láser de una persona que no conocemos? En 1997, eBay introdujo una característica que nos ayudaría a resolver este problema: la información del vendedor. Jim Griffith fue el primer director de atención al cliente de eBay; en aquel momento, afirma, «nadie había visto nada parecido». La idea de que ambas partes se califiquen después de una transacción es ahora omnipresente. Compramos algo en internet, puntuamos al vendedor y el vendedor nos puntúa a nosotros. Si utilizamos un servicio para compartir coche, como Uber, puntuamos al conductor y el conductor nos puntúa a nosotros. Si dormimos en un piso Airbnb, puntuamos al anfitrión y el anfitrión nos puntúa a nosotros. Los analistas como Rachel Botsman consideran que el «capital de la reputación» que creamos en estas páginas acabará siendo más importante que nuestra capacidad crediticia. Es posible, pero estos sistemas no son del todo seguros. No obstante, logran algo crucial: nos ayudan a superar nuestra prudencia natural.

Unos pocos comentarios positivos nos tranquilizan sobre una persona a la que no conocemos. Jim Griffith afirma sobre la información del vendedor: «No estoy seguro de que [eBay] hubiera crecido tanto sin ella».[4] Las plataformas en línea para contactar con otras personas seguirían existiendo, por supuesto —eBay ya existía antes—, pero quizá hoy en día las consideraríamos como el autostop: una demanda muy específica de los inusualmente aventureros, no una actividad de masas que está transformando sectores completos de la economía.

Plataformas como Uber, Airbnb, eBay y TaskRabbit crean verdadero valor. Permiten acceder a un servicio que, de otra forma, se habría perdido: una habitación libre, una hora libre, un asiento libre. Facilitan que las ciudades sean flexibles cuando hay picos de demanda: es posible que solo permitamos el uso de una habitación solo en ocasiones, cuando, por ejemplo, algún gran acontecimiento provoque un aumento en los precios.

Pero también hay perdedores. A pesar de todos los emotivos adjetivos —«colaborativos», «compartidos», «de confianza»—, estos modelos no están formados solo por conmovedoras historias de vecinos uniéndose para compartir un taladro. Con mucha facilidad pueden conllevar un capitalismo despiadado. Los hoteles y las empresas de taxis tradicionales están horrorizados por la competencia de Airbnb y Uber. ¿Se trata de un conveniente intento de acabar con la competencia, o tienen razón cuando se quejan de que las nuevas plataformas pasan por alto regulaciones importantes?

Muchos países tienen leyes para proteger a los trabajadores, como un límite de horas, condiciones laborales o un salario mínimo. Muchas de las personas que prestan servicio en plataformas como Uber no están solo monetizando un espacio libre, sino que están tratando de ganarse la vida, pero sin las protecciones de un empleo formal: quizá, precisamente, porque estas mismas plataformas, con sus condiciones, los han dejado sin trabajo.

Algunas regulaciones también protegen a los clientes. Por ejemplo, de la discriminación. Los hoteles no nos pueden denegar una habitación si somos una pareja del mismo sexo, pero los anfitriones de Airbnb pueden rechazar huéspedes después de mirar su información como clientes o sus fotos. Airbnb crea confianza al profundizar en la conexión personal, y esto significa mostrar imágenes de gran tamaño de las personas con quienes hacemos la transacción. También nos permite actuar según nuestros prejuicios personales, ya sea de forma consciente o no. Se ha demostrado que las personas de minorías étnicas han sufrido las consecuencias.[5] Cómo deben regularse estas plataformas es un dilema que trae de cabeza a todos los legisladores del mundo.

Las regulaciones son importantes, pues este es un gran negocio, sobre todo para los mercados emergentes en los que todavía no hay una cultura de tener un coche en propiedad. Y es un negocio con efecto dominó: cuantas más personas utilizan la plataforma, más atractiva se vuelve. Por esta razón, Uber y sus rivales —Didi Chuxing en China, Grab en el sudeste asiático, Ola en India— han invertido mucho dinero en subvencionar trayectos y han dado créditos a los nuevos clientes: quieren ser los primeros en hacerse grandes.

Y, por supuesto, algunos conductores han tenido la tentación de defraudarlos. ¿Recordamos cómo lo hicieron? Utilizando un foro digital para encontrar a alguien dispuesto a fingir ser un cliente o, en un mercado por internet, para comprar un móvil pirateado. Poner en contacto a personas con necesidades particulares es verdaderamente útil.

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La búsqueda en Google

—Papá, ¿qué pasa cuando morimos?

—No lo sé, hijo. De hecho, nadie lo sabe.

—¿Por qué no lo buscas en Google?

En efecto, es posible que los niños crezcan creyendo que Google lo sabe todo. Quizá es lo que cabría esperar. «Papá, ¿a qué distancia está la Luna de la Tierra?»; «¿Cuál es el pez más grande del mundo?»; «¿De verdad existen las mochilas propulsoras?». Todas estas preguntas se pueden responder fácilmente pulsando unas teclas. No es necesario ir a la biblioteca para consultar la Enciclopedia Británica, el Libro Guinness de los récords o… En fin, quién sabe cómo un padre pre-Google habría descubierto las últimas innovaciones en las mochilas propulsoras. No habría sido sencillo, sin duda.

Tal vez Google no sea lo bastante inteligente como para saber si hay vida después de la muerte, pero la palabra «Google» surge en las conversaciones más a menudo que «inteligente» o «muerte», según los investigadores de la Universidad Lancaster, en el Reino Unido.[1] Google solo ha necesitado dos décadas para ser omnipresente en la cultura desde que comenzó como un humilde proyecto universitario en Stanford.

Es difícil recordar lo deficientes que eran las tecnologías de búsqueda antes de Google. En 1998, por ejemplo, si tecleábamos «coches» en Lycos —que por entonces era el motor de búsqueda líder—, la página de resultados estaba repleta de webs porno.[2] ¿Por qué? Los propietarios de estas páginas habían introducido muchas menciones de palabras populares, como «coches», quizá en un tamaño de fuente muy pequeño o en color blanco sobre fondo blanco. El algoritmo de Lycos detectaba muchas menciones de «coches» y llegaba a la conclusión de que la página podía ser de interés para alguien que buscara esa palabra. Es un sistema que hoy en día casi nos hace reír, y es fácil de burlar.

Al principio, a Larry Page y Serguéi Brin no les interesaba diseñar una manera mejor de hacer búsquedas. Su proyecto en Stanford tenía una motivación más bien académica. En el ámbito universitario, la frecuencia con la que se cita un ensayo publicado es un indicador de su credibilidad, y, si lo citan otros ensayos que a su vez son ampliamente citados, gana todavía más credibilidad. Page y Brin se dieron cuenta de que cuando buscabas una página en la incipiente World Wide Web no había forma de saber qué otras páginas estaban relacionadas con ella. Los vínculos de internet son lo mismo que las citas académicas. Si podían encontrar la forma de analizar todos esos vínculos, podrían clasificar la credibilidad de cualquier página sobre cualquier asunto.

Para ello, en primer lugar, Page y Brin tenían que descargarse todo internet. Esto causó cierta consternación. Se tragó casi la mitad de la banda ancha de Stanford. Administradores de webs enfurecidos se quejaron en masa a la universidad de que Google estaba sobrecargando sus servidores. Un museo de arte en línea creyó que Stanford quería robarles todos sus contenidos, y amenazaron con una demanda. Pero, a medida que Page y Brin refinaban su algoritmo, pronto se dieron cuenta de que habían encontrado por casualidad una nueva y potente manera de buscar en internet.[3] Sencillamente, las páginas porno con una gran cantidad de diminutos «coches coches coches» no tenían muchos vínculos con otras páginas que hablaran de coches. Si buscábamos «coches» en Google, era muy probable que su análisis de los vínculos de las diversas páginas diera resultados sobre… coches.

Con un producto tan obviamente útil, Page y Brin atrajeron inversores y Google pasó de ser un proyecto de dos universitarios a convertirse en una empresa privada. Ahora es una de las más importantes del mundo, con beneficios de decenas de miles de millones de euros.[4] Pero, durante los primeros años, Page y Brin gastaron dinero a espuertas sin tener mucha idea de cómo iban a recuperarlo. No eran los únicos. Fue la época de la burbuja y el declive de las puntocom: las acciones de las empresas de internet con pérdidas alcanzaban precios absurdos, basados tan solo en la esperanza de que, al final, se les ocurriría un modelo viable de negocio.[5]

En 2001 Google encontró el suyo, y en retrospectiva parece evidente: la publicidad de pago por clic. Las empresas le dicen a Google cuánto están dispuestas a pagar si alguien clica en su página después de buscar unas palabras específicas. Google muestra anuncios de los mejores postores junto con los demás resultados de la búsqueda. Desde la perspectiva de las empresas, el atractivo es claro: solo pagan cuando alguien que ha mostrado interés en lo que ofrecen clica en su página. (Escribe en Google «qué ocurre cuando mueres»: hay un anunciante interesado en pagar a Google para que cliquen en su página: los mormones.) Es mucho más eficiente que pagar la publicidad en los periódicos: incluso si los lectores se ajustan a nuestro público objetivo, inevitablemente la mayoría de las personas que vean el anuncio no estarán interesadas en lo que vendemos. No es de extrañar que los ingresos por los anuncios en los periódicos se hayan desplomado.[6]

La lucha de los medios para encontrar nuevos modelos económicos es solo uno de los impactos económicos más evidentes de la búsqueda en Google. Pero la invención de la tecnología de búsqueda funcional ha creado valor de muchas maneras. Hace unos pocos años, los consultores de McKinsey trataron de hacer una lista de las más importantes.[7]

Primero, nos ahorra tiempo. Los estudios sugieren que buscar en Google es tres veces más rápido que en la biblioteca, y esto sin contar el tiempo que empleamos en ir hasta ella. De la misma forma, encontrar una empresa en línea es tres veces más rápido que usar las tradicionales Páginas Amarillas impresas. McKinsey considera que las ganancias en productividad alcanzan los cientos de miles de millones de euros.

Otro beneficio es la transparencia de precios, que en la jerga económica significa que podemos estar en una tienda, sacar el móvil, buscar en Google si el producto que queremos es más barato en otro lugar y utilizar este dato para regatear. Molesto para la tienda, pero muy útil para el cliente.

También hay efectos «de larga estela». En las tiendas físicas, el espacio es un lujo. Las tiendas en línea pueden ofrecer más variedad, pero solo cuando los motores de búsqueda son lo bastante potentes como para encontrar lo que busca el cliente. La compra en línea con una búsqueda efectiva implica que los clientes con un deseo específico tendrán más probabilidades de encontrar lo que quieren, en lugar de conformarse con el producto más parecido que puedan hallar cerca de donde viven. Y también significa que los empresarios pueden lanzar productos de nicho con más posibilidades de que encuentren un mercado.

Todo esto son buenas noticias para los clientes y las empresas. Pero también hay algunos problemas.

Uno de ellos son los anuncios. En general, funcionan como cabría esperar: si buscamos en Google «cerveza artesanal», aparecerán anuncios de cerveza artesanal. Pero algunos tipos de búsqueda atraen a empresas fraudulentas que quieren de cualquier manera que algún despistado pinche en su enlace. Si buscamos en Google «cerrajero cerca de mí», por ejemplo, los primeros resultados incluyen empresas creíbles que ofrecen un precio bajo por abrirnos la puerta de casa, un precio que sube de repente cuando llega el cerrajero y asegura que hay una complicación imprevista.[8] También existen anuncios parecidos para aquellos que se han dejado la cartera en el asiento trasero de un taxi de Nueva York, o que necesitan comprar un billete de avión con poca antelación. Si somos presa del pánico, no nos daremos cuenta de que no hemos conseguido lo que esperábamos con nuestra búsqueda. Algunas de estas empresas son directamente fraudulentas; otras saben llegar hasta el límite sin cruzarlo. Tampoco está muy claro en qué medida se esfuerza Google para evitar estos casos.[9]

Tal vez la cuestión de fondo es que parece que es tan solo responsabilidad de Google, dado que es quien controla el mercado de las búsquedas. Gestiona alrededor del 90 por ciento de todas las búsquedas mundiales, y muchas empresas dependen de su aparición en una de las primeras posiciones en las búsquedas orgánicas.[10] Además, Google modifica sin cesar el algoritmo que las determina. Nos da algunos consejos generales sobre cómo obtener una buena posición, pero no es transparente respecto a cómo clasifica los resultados. De hecho, no puede serlo: cuanto más revele, más fácil será para los tramposos. Volveríamos a buscar «coches» y saldrían páginas porno.

No hay que buscar mucho en internet —comenzando por Google, por supuesto— para encontrar a empresarios y consultores de búsquedas estratégicas que se dan de bruces con el poder de la empresa para fomentar su creación o destruirlas. Si Google cree que estamos utilizando tácticas inaceptables, degradará nuestra clasificación. Un bloguero se quejaba de que Google es «juez, jurado y ejecutor (…). Te penaliza si sospecha que has roto las reglas [y] en realidad no sabes cuáles son las reglas, solo puedes suponerlas».[11] Intentar averiguar cómo complacer al algoritmo de Google es como tratar de apaciguar a una deidad que, en última instancia, es desconocida, omnipotente y caprichosa.

Quizá pensemos que esto no representa un problema. Mientras los primeros resultados sean útiles para quien hace la búsqueda, se puede decir que los que han quedado relegados han tenido mala suerte. Y si los primeros resultados no son útiles, entonces otro par de estudiantes de Stanford verán su oportunidad e ingeniarán una nueva forma de buscar. ¿Verdad? Tal vez sí, tal vez no. Las búsquedas fueron un sector competitivo a finales de la década de 1990. Pero ahora es posible que se trate de un monopolio natural, es decir, una industria muy cerrada en la que es muy difícil que nuevos agentes puedan tener éxito.

¿La razón? Una de las mejores formas de mejorar las búsquedas consiste en analizar qué vínculos han pinchado los usuarios que antes han hecho la misma búsqueda, así como el resto de las búsquedas del usuario en cuestión.[12] Y Google tiene, de lejos, muchos más datos que los demás. Esto podría indicar que seguirá determinando nuestro acceso al conocimiento en las próximas generaciones.