Capítulo 1

1

Cada año, tres semanas después de Navidad, Preston y Constance Whittier abandonaban Nueva York para irse de vacaciones. Cuando los niños eran pequeños, su querida ama de llaves alemana, Frieda, y la niñera que estuviera trabajando en aquel momento en la casa, se quedaban a cargo de sus seis hijos. Volvían renovados y llenos de energía después de su interludio romántico de dos o tres semanas a solas. A los dos les encantaba esquiar, y uno de sus lugares de escapada favoritos eran los Tres Valles, en los Alpes franceses. Iban a Courchevel, Val d’Isère o Megève, en Francia, o a Zermatt o St. Moritz, en Suiza. De vez en cuando esquiaban en Aspen o Vail, en Colorado, pero como sus hijos eran mayores, preferían disfrutar de sus vacaciones sin niños en Europa más que en Estados Unidos.

A menudo, aprovechando las vacaciones escolares de invierno, iban a esquiar con sus hijos a Aspen. Pero los viajes a Europa eran un regalo especial que se hacían Connie y Preston. Y normalmente, antes de regresar a Nueva York y reemprender la vida familiar, terminaban su viaje con un fin de semana en París o Londres. Cuando los niños se hicieron mayores, bromeaban con sus padres sobre el viaje y lo llamaban su «luna de miel invernal».

La familia veraneaba en Shelter Island, en una casa enorme que acabaron vendiendo cuando los niños dejaron de pasar los veranos con ellos y mantenerla se convirtió más en una carga que en una alegría. Connie y Preston habían empezado a optimizar su vida en los últimos años, recortando gastos innecesarios y evitando proyectos que les supusieran mucho trabajo. En verano alquilaban una casa en Maine, en los Hamptons o en Cape Cod, lo bastante espaciosa para que los hijos que así lo desearan pudieran ir a visitarlos unos días o algún fin de semana. Alquilar era más fácil que ser propietario, y el dolor de cabeza de mantener una casa de veraneo había pasado a ser el problema de otros, no el suyo. Sus hijos nunca los visitaban todos al mismo tiempo, así que no necesitaban una casa de grandes dimensiones. Pero Preston y Connie seguían aferrados a la tradición de su luna de miel invernal, como así la llamaban también ellos ahora. Para el matrimonio era importante, y durante todo el año esperaban con ilusión aquella salida. Después de cuarenta y tres años de matrimonio, para ellos seguía siendo como una luna de miel. Constance tenía sesenta y cinco años y el tiempo le había pasado volando. Le costaba creer que todos sus hijos fueran ya adultos. Incluso su «bebé», Annabelle, una sorpresa de última hora, acababa de cumplir ya los veintiuno.

El mayor, Lyle, tenía cuarenta y dos años, estaba casado y era padre de dos hijos, niño y niña: Tommy, de diez, y Devon, de siete. Su esposa, Amanda, había sido una decepción para todos. Diez años atrás, cuando Lyle disfrutaba de su soltería y de una pujante carrera como comercial especializado en desarrollo urbanístico e inmobiliario, dejó embarazada a una chica con la que no estaba saliendo muy en serio y decidió casarse con ella. Amanda nunca consiguió establecer una relación de afecto con la familia, ni la familia consiguió establecerla con ella. Era una chica socialmente ambiciosa. Constance la consideraba muy avariciosa, mientras que la actitud de Preston hacia su nuera era más condescendiente. Amanda era brillante, animada, divertida y sexy, y sabía mostrarse encantadora con Lyle, pero ya desde los primeros tiempos del matrimonio, Connie vio que su hijo no era feliz. Pero Lyle nunca se quejó. Era fiel a más no poder y, después de aceptar casarse con Amanda, se impuso como objetivo que el matrimonio funcionase.

Amanda nunca trabajó una vez casada. Tenía gustos caros, exigía mucho de Lyle y, en opinión de Connie, daba poco a cambio, pero Connie adoraba a sus nietos y disfrutaba pasando tiempo con ellos.

Annabelle, de veintiún años, y Benjie, de veintiocho, los dos hijos menores de Preston y Connie, seguían viviendo en casa. A Connie le gustaba tener a sus hijos pequeños siempre cerca y a mano. Los mayores, todos ellos con carreras profesionales bien definidas, se habían marchado hacía ya años. Gloria, la siguiente después de Lyle, tenía un puesto importante en Wall Street y brindaba generosamente consejos financieros a sus hermanos y hermanas, se lo pidieran o no. Había adquirido un apartamento precioso en el Upper West Side. Visitaba a menudo la casa de sus padres, pero era feliz viviendo sola, incluso ahora, con treinta y nueve años.

Los gemelos, Caroline y Charlie, se habían comprado a medias un apartamento en el SoHo. Con treinta y tres años, trabajaban tremendamente duro en la próspera marca de moda femenina que habían creado entre los dos. Pasaban el día entero trabajando y habían transformado un antiguo almacén en un loft, una vivienda que adoraban. Inseparables desde pequeños, de adultos habían optado por vivir y construir juntos un negocio. Y la solución les funcionaba bien a los dos.

Lyle era el único de los seis hermanos que estaba casado. Gloria, Charlie y Caroline estaban ocupados con sus respectivas carreras y no había indicios de matrimonio en el horizonte para ninguno de ellos, ni siquiera de relaciones románticas serias en sus mundos vertiginosos. Benjie necesitaba la ayuda de sus padres y, con veintiún años, Annabelle era aún demasiado joven para el matrimonio y no mostraba el más mínimo interés por él. Aunque sí estaba ansiosa por tener su propio apartamento y estaba en negociaciones con sus padres para que le permitieran hacerse con uno. En estos momentos, la independencia de la supervisión paterna era su único objetivo. Pero había abandonado recientemente la universidad, una decisión que no había hecho en absoluto felices a sus padres, y había vuelto a instalarse en casa. Lo cual estaba perjudicando la posibilidad de convencerlos de que lo que necesitaba ahora era más libertad. De modo que las perspectivas de instalarse en un apartamento propio habían quedado pospuestas por el momento. Y Benjie se sentía encantado de tenerla de nuevo en casa con él.

Connie y Preston se conocieron en el baile de debut de ella en Nueva York, cuando la habían presentado en sociedad en un anticuado rito social al que seguía aferrándose su familia. Preston le sacaba diez años y no le prestó atención en aquel momento. Connie no era más que una de las veinticinco chicas de dieciocho años con bonitos vestidos blancos que hacían reverencias a los reunidos en aquel acto e iban acompañadas por chicos de su misma edad. Sus vidas volvieron a cruzarse en el primer trabajo de Connie, poco después de que ella se graduase en Vassar. Había empezado a trabajar como editora junior en una editorial, donde Preston era ya un editor respetado y con experiencia. Él se fijó en ella de inmediato, puesto que destacaba tanto por su belleza como por su inteligencia. Se casaron el verano siguiente y enseguida formaron una familia.

Connie dejó de trabajar para criar a los hijos que pensaban tener. Preston acabó convirtiéndose en el director de la editorial y se mantuvo en ese puesto durante el resto de su carrera. Ahora, con setenta y cinco años, llevaba diez jubilado. Les gustaba poder pasar más tiempo juntos. Preston había disfrutado de una carrera profesional sobresaliente y tenían intereses similares. Nunca se cansaban de estar juntos y entre ellos seguía existiendo la chispa del romanticismo, que crecía hasta transformarse en una llama firme durante las lunas de miel invernales que pasaban en Europa.

Su entorno familiar era similar. La familia de Preston había amasado una gran fortuna a principios del siglo XX con el negocio del acero y del cobre. El crac del 29 les había pasado factura, igual que el discurrir del tiempo, pero no los borró por completo del mapa, como sí había sucedido con otros. La familia pasó a tener menos que antes, y tuvo que empezar a vivir con más cuidado. Pero ni Preston ni Connie eran personas de lujos. Y a pesar de que la fortuna de Preston había ido disminuyendo con los años, disponían de dinero suficiente para vivir bien. Preston había hecho inversiones inteligentes y ganaba un sueldo respetable. Podían mantener con comodidad a sus seis hijos y llevar un estilo de vida sólido y estable sin extravagancias. Y mientras que sus hijos habían recibido una buena educación y algún día acabarían heredando una suma modesta, nunca serían tan «ricos» como lo fue su familia. El valor de la casa y las inversiones de Preston los hacían vulnerables a los impuestos, y lo que quedara tendría que dividirse entre seis. Lo que heredaran los ayudaría a comprarse una casa, educar a sus propios hijos y emprender negocios. Con sus herencias vivirían con comodidad, pero ninguno de ellos sería muy rico con lo que sus padres les dejaran.

La madre, Connie, había heredado una pequeña fortuna de sus padres y abuelos aristócratas, pero la familia de ella nunca había sido tan adinerada como la de Preston y la herencia se había quedado en casi nada con el paso de los años. Pero Preston mantenía sin problemas a la familia.

El bien más valioso que tenían para dejar a sus hijos era la casa en la que habían vivido desde antes de que naciese Lyle. Era una vieja mansión que adquirieron por una suma ridículamente pequeña en una subasta por ejecución hipotecaria de cuya existencia se había enterado Connie a través de la prensa. Nadie quería una casa de aquel tamaño y por ello lograron comprarla por un precio que podían permitirse en aquel momento. Estaba en los East Seventies, entre la Quinta Avenida y Madison, una dirección postal impresionante de por sí. En su día había sido una casa muy elegante. Y ellos, a pesar de su tamaño y su historia, habían conseguido convertirla en un hogar. El emplazamiento la convertía en un activo enorme y esperaban que sus hijos pudieran venderla algún día por un precio considerable. Comprarla había sido una gran oportunidad. Cuando Connie se la enseñó, Preston temía que fuera demasiado grande, pero con los seis hijos que acabaron teniendo, terminó siendo una elección perfecta. Tenía molduras bellísimas, unos techos altos magníficos, elegantes ventanas francesas y varias estancias con paneles de madera. Connie y Preston siempre se esforzaron en mantenerla en perfecto estado, pero con algo de modernización y restauración, unos nuevos propietarios dispuestos a gastar dinero en ella podrían recuperar fácilmente su majestuosidad. De encontrar el comprador adecuado, conseguirían una fortuna. La casa había sido su mejor inversión y valía ahora mucho más de lo que habían pagado por ella cuarenta y dos años atrás.

Era imposible que sus seis hijos quisieran volver a vivir juntos de adultos, sobre todo después de casarse y tener sus propios hijos. Habría que venderla, y así lo habían estipulado ambos en sus respectivos testamentos. Los hijos de Connie y Preston sentían un apego profundo hacia aquella casa, pero venderla aumentaría de forma significativa el dinero que pudieran dejarles, y eso era lo que visualizaban para el futuro de sus hijos cuando ellos ya no estuvieran. Ahora, con solo los dos menores viviendo con ellos, tenían mucho más espacio del que necesitaban. Por el momento, solo Lyle estaba casado y tenía hijos, pero cuando los demás también formaran su propia familia, tampoco querrían la casa. No sería práctico para ellos, y Connie y Preston no se imaginaban a ninguno de sus hijos vendiendo a otro hermano su parte de la casa.

Lyle era el que más éxito profesional estaba cosechando por ahora, ganaba mucho dinero y las cosas le iban muy bien. Gloria cobraba un buen salario y comisiones. Pero la casa no tenía sentido para Lyle y Amanda como pareja con solo dos hijos, y tenían ya, además, un apartamento precioso en el East Side, un poco más hacia el centro. La casa tampoco tenía sentido para Gloria, que, pese a haber cumplido ya los treinta y nueve, seguía soltera después de una serie de relaciones sin futuro y un compromiso roto a los veintitrés, justo antes de ir al altar. Insistía en que el matrimonio no estaba hecho para ella y en que tenía que volcar toda su energía en su carrera profesional. Connie dudaba de que algún día se casara y pensaba que, si llegaba a hacerlo, sería muy adelante. Gloria, además, adoraba su apartamento en el West Side, en un famoso edificio antiguo con vistas al parque. Charles y Caroline estaban concentrados en que su negocio en el mundo de la moda fuera un éxito y les encantaba el loft que compartían en el SoHo. Vivían y trabajaban juntos.

Y después de que Annabelle dejara la universidad casi al final de la carrera, porque decía que se «aburría», el principal objetivo de sus padres era que retomara pronto sus estudios y se graduara o consiguiera un trabajo, antes que comprarle un pequeño apartamento tipo estudio. Annabelle no podía permitirse pagar un alquiler por el momento y por eso estaba viviendo en casa. Benjie seguiría con ellos, aun siendo mayor que Annabelle, y estaba feliz así.

De manera que Connie y Preston lo tenían muy claro: la casa tendría que venderse algún día. Esperaban poder permanecer en ella hasta que se les volviese demasiado engorrosa de gestionar. Pero, hasta la fecha, disfrutaban de buena salud y seguían felices viviendo allí. Adoraban su viejo caserón y no tenían intención de venderlo en un futuro próximo. No tenían razones para hacerlo. Podían aún permitírselo e ir postergando el mantenimiento, reparando solo lo más urgente.

Frieda, su ama de llaves de siempre, seguía con ellos. Tenía ya sesenta y ocho años. Rondaba asimismo por la casa un joven que contrataban de vez en cuando, si tenían trabajos pesados que Preston no podía hacer solo, porque a él le gustaba matar el tiempo manteniéndolo todo en buen estado, gestionando con ingenuidad pequeños proyectos. Pero los temas de electricidad y fontanería le iban grandes.

Preston jugaba al golf con otros amigos jubilados y Connie seguía jugando al tenis una vez por semana con un grupo de amigas. De vez en cuando, iban algún fin de semana a Vermont para esquiar. Estaban en forma los dos y el esquí era un deporte que adoraban. Llevaban una vida placentera y se sentían orgullosos de sus hijos, aunque Annabelle les preocupaba en este momento. Necesitaba retomar los estudios o encontrar un trabajo y, no estaba haciendo ninguna de las dos cosas. Sus padres eran de la opinión de que la noche de Nueva York le atraía demasiado, pues no paraba de asistir a fiestas y salir con sus amigos. Sus otros hijos habían tenido las ideas más claras a su edad. Lyle se había graduado en Yale y luego estudió un máster en negocios en Columbia. Gloria estudió en Harvard, tanto el grado como también un máster en negocios. Los gemelos habían estudiado en la Parsons School of Design y desde adolescentes supieron que querían dedicarse a la industria de la moda. Habían emprendido su negocio justo después de graduarse. Caroline era la diseñadora y Charlie, que tenía también un gran sentido de las tendencias de la moda, era el director financiero. Benjie tenía un trabajo que le encantaba en una protectora de animales y vivía consagrado a ello. Annabelle era la única que no tenía una dirección definida, aunque todavía era muy joven. Su madre estaba muy atenta a su evolución, igual que también con la de Benjie. Preston siempre se sintió satisfecho dejando la responsabilidad de la crianza de sus hijos a Connie. Había estado más implicado con los cuatro mayores, pero con setenta y cinco años tenía la sensación de que ya se le había pasado la edad de regañar a Annabelle por llegar tarde, por dormir hasta el mediodía o por quiénes eran sus amigos. Connie sabía hacerlo mejor y le gustaba seguir en primera línea de la maternidad, más cerca de sus hijos. Preston se conformaba con asesorar a sus hijos mayores, si le pedían consejo, pero ya no quería hacer de policía con ellos; los mayores, de todos modos, hacía años que ya no lo necesitaban. Disfrutaba con la relación adulta de respeto mutuo que mantenía ahora con ellos.

Durante dos o tres maravillosas semanas de enero, Connie y Preston no pensaban en nada de eso. Los niños ya no eran niños y podían apañárselas solos mientras sus padres jugaban y disfrutaban el uno del otro. Era una de las ventajas de la madurez, y ambos la aprovechaban al máximo. Este año no estaba siendo distinto a los demás y, hasta el momento, en Courchevel, el esquí había ido estupendamente y las comidas habían sido excelentes. Se alojaban en el mismo hotel familiar de los últimos años. No era lujoso, pero sí acogedor, confortable y romántico. Sus hijos no habían tenido noticias de ellos desde su llegada a Francia, y tampoco esperaban tenerlas. Eran lo bastante mayores como para dejar que sus padres disfrutaran con tranquilidad de su luna de miel invernal. Y los hermanos mayores se comunicaban a menudo con Annabelle y Benjie para asegurarse de que seguían bien. Charlie pasaba a ver a Benjie con frecuencia y Caroline llamaba a Annabelle, que no se tomaba muy bien las llamadas de su hermana.

Cuando Lyle se despertó el sábado por la mañana, encontró una nota de Amanda en la cocina. Decía simplemente que volvería tarde y que había quedado con unas amigas. Le había dejado apuntada la hora y el lugar del partido de fútbol de Tommy, lo que significaba que no estaría en casa para acompañarlo ella. A Lyle no le importaba llevar a Tommy al fútbol. Le encantaba, de hecho. Durante la semana, trabajaba duro y le gustaba pasar tiempo con sus hijos los fines de semana. Amanda solía ir de compras con las amigas los sábados. Lo de hoy no era un hecho excepcional, aunque Lyle habría preferido que estuviera en casa con ellos. A menudo, Amanda consideraba el sábado como su «día libre», ya que Lyle estaba en casa, podía ocuparse de los niños y ella quedaba exenta de esa obligación. Prefería estar con las amigas.

Lyle levantó a los niños, les dijo que se vistieran y les preparó mientras el desayuno. Después, como tenía tiempo de sobra hasta la hora del partido de Tommy, preparó la comida para Tommy y Devon y se sentó con ellos a la mesa de la cocina para que le explicaran todo lo que habían hecho durante la semana. Disfrutaba siendo un padre activo. A Tommy le gustaba que su padre fuera a verlo a los partidos y Devon nunca se quejaba por tener que acompañarlos. Aspiraba poder entrar en el equipo de fútbol femenino al año siguiente, cuando cumpliera los ocho. Le gustaban los deportes y admiraba a su hermano mayor. Aunque Tommy le sacaba tres años, se llevaban bien, en general. Tommy estaba en quinto, y Devon, en segundo.

Cuando salieron de casa hacía frío, y eso que iban bien equipados para el tiempo de enero. Lyle le mandó a Devon ponerse un jersey adicional debajo de su chaqueta de plumas de color rosa. El partido empezaba a las dos y Lyle calculaba que estarían por el parque hasta las cuatro. Había preparado termos con chocolate caliente para beber durante el partido y había cogido también galletas. Fueron andando hasta el garaje y desde allí pusieron rumbo hacia el campo de fútbol, situado en el lado oeste de Central Park. Varias madres volvieron la cabeza al verlos llegar y caminar en dirección a las graderías. Tommy se quitó la chaqueta y corrió a reunirse con el equipo y su entrenador. Lyle le había dicho que se pusiera una camiseta térmica debajo de la equipación, con la sudadera que llevaba su nombre grabado a la espalda. Lyle tomó asiento en las graderías, Devon se acurrucó a su lado y él le pasó el brazo por los hombros. Además de la chaqueta, y para no pasar frío durante el partido, Devon llevaba un gorrito de punto también de color rosa, manoplas y orejeras a juego y botas forradas. La niña se parecía mucho a él, tenía el pelo oscuro y grandes ojos marrones. Tommy era blanquito de piel, con pelo rubio y ojos azules, como su madre.

—Hola, Lyle —dijo una de las madres, saludándolo. Era una mujer rubia y atractiva que había ido a ver el partido también con su hija. Como Lyle acompañaba a menudo a Tommy a los partidos, todo el mundo lo conocía—. ¿Dónde está Amanda?

—Hoy anda ocupada —respondió Lyle simplemente, sin apuntar el motivo de su ausencia. No entendía que fuese necesario. No prestaba ninguna atención a las madres que lo miraban con admiración.

Saludó entonces a uno de los padres que se acercó a hablar con él y tomó asiento a su lado, mientras Devon permanecía pegada a él, en el otro. Estuvieron charlando hasta que empezó el partido y volcaron su atención en sus respectivos hijos. Las madres solían hablar más entre ellas, mientras sus hijas e hijos más pequeños jugaban a su alrededor.

Uno de los compañeros de Tommy marcó un gol y Tommy falló otro. Lyle lo vitoreó y le gritó palabras de ánimo.

Al final, el equipo de Tommy ganó. Y, aunque él no marcó ningún gol, jugó un partido más que respetable. A diferencia de otros padres, Lyle nunca le metía presión a su hijo para que ganaran. En el transcurso del partido, dos madres se acercaron a charlar con él. Lyle era amable con todo el mundo, pero jamás flirteaba con las mujeres. Era alto, con el mismo pelo oscuro que había tenido en su día su padre y con cálidos ojos castaños. Amanda y él formaban una pareja muy atractiva. Amanda se cuidaba mucho y acudía al gimnasio tres o cuatro veces por semana. Tenía una figura estupenda y no aparentaba su edad. Había cumplido ya los treinta y siete, pero podría pasar sin problema por una mujer con diez años menos.

Tenían una empleada del hogar que hacía las veces de niñera y que era de total confianza, lo que le garantizaba a Amanda mucho tiempo libre. Pasaba los días de compras o comiendo con las amigas, en clase de yoga o en el gimnasio. Molly llevaba a los niños en coche al colegio y los recogía, Amanda nunca. Siempre tenía alguna cosa que hacer en su agenda y a menudo regresaba a casa después de que los niños volvieran del colegio. Todo habría sido más fácil para Lyle si Amanda se llevara mejor con su familia, especialmente con sus hermanas, pero Amanda nunca había hecho grandes esfuerzos en ese sentido y sabía muy bien lo que su familia política pensaba de ella. Todo el mundo estaba convencido de que había cazado a Lyle para que se casase con ella, pero Lyle había accedido por propia voluntad al matrimonio, como siempre afirmaba ante sus padres y hermanos en defensa de su esposa.

«Jamás me obligó a que me casase con ella —les recordaba cuando el tema salía a colación, algo que, para su desazón, seguía sucediendo aún de vez en cuando—. Fui yo el que quiso hacerlo. Tomé esa decisión. Era lo correcto». Gloria, la hermana con la que menos edad se llevaba, era la más franca al respecto y se refería siempre a Amanda como una cazafortunas. Lyle siempre argumentaba que se habría casado con ella de todos modos, pero su familia no estaba tan segura. En aquellos tiempos, cuando empezaron a salir, Lyle era de los que iban de flor en flor, pero ahora había cambiado. Era guapo y seguía atrayendo la mirada de las mujeres, pero él, por respeto a Amanda, fingía que no se daba cuenta. Sin dudarlo un instante, Lyle le sugirió contraer matrimonio en cuanto supieron lo del embarazo. Consideró que era lo correcto. No había utilizado protección en varias ocasiones y ella se lo había permitido. Se había hecho el machito, la dejó embarazada y había pagado el precio por ello. No se arrepentía de su decisión, por los niños, aunque la pasión que sentía por ella se había esfumado muy pronto y durante los últimos años había sido inexistente para ambos.

Amanda tampoco hacía ningún esfuerzo para mejorar la situación. El deseo entre ellos había desaparecido hacía mucho tiempo. No tenían nada en común. A ella le gustaba el estilo de vida que él le ofrecía y el hecho de no tener que trabajar, pero no se derretía solo de verlo, como sí había sucedido en los inicios de su relación. Lyle apenas recordaba aquel sentimiento y se había acostumbrado a vivir sin cariño y sin caricias delicadas. De hecho, el sexo solía ser mejor después de una discusión, lo que sucedía a menudo.

Tampoco estaban tan unidos como Lyle esperaba que estuvieran. Amanda no era una persona cariñosa, ni con él ni con los niños. Pero era su esposa e, igual que pensaban sus padres, Lyle consideraba que el matrimonio era un compromiso para toda la vida y, en consecuencia, intentaba sacar el máximo de lo que tenía, que no era gran cosa. Amanda no mostraba ningún interés por los temas intelectuales y no le gustaba la vida familiar, que era lo más importante para Lyle. Tampoco le interesaban los negocios de su marido y apenas hablaban entre ellos. Amanda evitaba en todo lo posible pasar tiempo con él.

Terminado el partido, Lyle llegó a casa con los niños hacia las cinco de la tarde. Los niños fueron a sus habitaciones a ver vídeos hasta que llegara la hora de cenar. Lyle imaginaba que Amanda estaría de vuelta en casa a esas horas y se puso a trabajar en el ordenador mientras esperaba. Amanda llegó a casa a las siete menos veinte, más tarde de lo habitual, teniendo en cuenta que había salido a las ocho de la mañana, bastante antes de que abrieran las tiendas.

Había estado en casa de una amiga para una clase de gimnasia, después se habían duchado y vestido y habían salido. Y se habían parado en el Plaza a tomar un Martini una vez terminadas las compras, motivo por el cual había vuelto tan tarde. A Amanda le encantaba salir con sus amigas y la vida hogareña con Lyle le parecía espantosa.

—¿Dónde demonios has estado? —le preguntó Lyle, enojado porque volviera tan tarde. No le importaba que Amanda tuviese tiempo para sí misma, pero le molestaba que fuera los fines de semana.

—Por ahí, de compras. Nos hemos parado a tomar una copa antes de volver a casa.

—Los niños te han echado de menos —replicó Lyle sin más—. Y también muchos padres. Todo el mundo ha estado preguntándome dónde estabas.

Lyle envidiaba a las parejas, como sus padres, que hacían cosas juntos. Amanda siempre había sido independiente, incluso al principio de su matrimonio. Sus padres se habían divorciado siendo ella muy pequeña y no tenía un modelo que imitar para el matrimonio.

—¿Y qué les has dicho? —preguntó Amanda.

—Lo que siempre digo cuando no vas a ver los partidos de Tommy. Que estabas ocupada.

Pero mientras le decía eso, Lyle se preguntó si su esposa tendría un amante, aunque no creía que fuera el caso. Lo que sucedía, simplemente, era que ya no sentía interés por él. Y que le interesaba mucho más lo que el dinero de él pudiera comprarle. Siempre fue generoso con ella y nunca le había echado en cara que hubieran tenido que casarse casi por obligación. Él había cumplido su parte del trato. Amanda era ahora su familia. Y siempre se había portado muy bien con ella, por mucho que el matrimonio hubiera sido una decepción para ambos. Nunca la había obligado a llevarse bien con su familia. Amanda y Gloria, su hermana, habían tenido varios encontronazos al principio, cuando Gloria le había suplicado encarecidamente a Lyle que no se casara con aquella chica. Amanda era demasiado distinta a las mujeres con las que había salido Lyle hasta entonces. No tenía estudios universitarios y carecía de objetivos profesionales. Había trabajado como modelo de vez en cuando, también de camarera en algún restaurante. Vivía sin familia desde los dieciséis años y era evidente que quería casarse con un hombre con dinero. Gloria le había sugerido a su hermano que costease los gastos del niño, pero que no se casase con ella, pero a él no le había parecido correcto. En el momento en que vio a Tommy por primera vez, se emocionó. A lo largo de los últimos años, la paternidad era cada vez más importante para él y le aportaba muchas más satisfacciones que el matrimonio. Con el tiempo, le había sugerido a Amanda la posibilidad de tener un segundo hijo, puesto que le parecía lo más normal. Amanda no se mostró entusiasmada con la propuesta, pero pensó que un segundo hijo consolidaría más si cabe el acuerdo entre los dos y obligaría a la familia de él a aceptarla. Pero no había sido así. Siguió siendo tan poco aceptada con dos hijos como lo era con uno. El segundo bebé solo sirvió para convencer a la familia de Lyle de que jamás abandonaría a su esposa, y Lyle quería a Devon tanto como quería a Tommy. La atracción física que sentía hacia Amanda se esfumó por completo después de que naciera Devon, por mucho que ella se pusiese de nuevo en forma enseguida y siguiera siendo guapa y joven. A Amanda no le interesaba en absoluto la vida familiar. Se había criado en una familia donde su padre pegaba a su madre alcohólica y acabó abandonándolas y, después de que su madre falleciera de cirrosis cuando ella tenía solo dieciséis años, empezó a vivir de forma independiente. Amanda no tenía ni idea de dónde estaba su padre, ni siquiera sabía si seguía con vida. Lyle sentía lástima por ella. Se había criado sin ninguna de las ventajas de las que él había disfrutado: una familia que lo quería, unos padres estables, una educación y dinero suficiente. Respetaba lo que Amanda había conseguido sobrevivir, pero, por otro lado, comprendía que aquello le había endurecido el carácter.

Amanda tenía gustos caros y, por mucho que él ganara, nunca era suficiente para ella. Gastaba el dinero a manos llenas, sobre todo en cosas para sí misma. Aquel día volvió a casa con un montón de bolsas de tiendas carísimas llenas a rebosar. Nunca pedía perdón por sus gastos y se comportaba como si Lyle tuviera la obligación de pagarle todos los caprichos. Se sentía con derecho a tener derecho a todo aquello y el agradecimiento nunca salía a relucir. Amanda fue directa a su vestidor para guardar las compras mientras Lyle hacía esfuerzos para no enojarse con ella. Finalmente se levantó para ir a preguntarle qué harían para cenar. No quería pelearse con ella estando los niños en casa.

—Pidamos algo —dijo Amanda con despreocupación. Molly, la asistenta, no trabajaba los fines de semana y Amanda nunca hacía el esfuerzo de cocinar. Lyle cocinaba de vez en cuando los domingos por la noche. Ella jamás—. Estoy cansada.

Lyle respondió con un gesto de asentimiento y fue a preguntar a los niños qué querían. Ambos dijeron que pizza y Lyle se dispuso a hacer el pedido. Amanda dijo que se prepararía una ensalada y Lyle decidió apuntarse a cenar pizza con los niños. Cuando se sentaron para cenar, Tommy le comentó a su madre que habían ganado el partido y ella se quedó mirándolo, como si no supiese de qué le hablaba. Tommy sabía que a su madre no le importaba el fútbol o quién ganara, pero siempre buscaba su aprobación y quería impresionarla. La expresión del rostro de Amanda le dolió en el alma a Lyle. Ni siquiera intentaba disimular. Cuando los niños se levantaron de la mesa después de cenar, seguía enojado con ella.

—Como mínimo podrías fingir que te importa que haya ganado su equipo —dijo mientras tiraba a la basura los restos de pizza y dejaba de mala gana los platos en el fregadero—. Para él es importante.

Tommy se pasaba el día luchando por capturar la atención de su madre, igual que Lyle había hecho durante años, aunque él hacía ya tiempo que había dejado de tomarse esa molestia. Antes estaba seguro de que detrás de aquel muro había una mujer cariñosa, pero ahora sabía que no. Tommy aún no había llegado a esa conclusión. Los abusos que Amanda había sufrido de niña la habían convertido en una mujer fría y carente de sentimientos.

Amanda miró con frialdad a Lyle.

—Sabe que no me gusta el deporte —replicó tan tranquila.

A Amanda no le interesaba nada que no fuera ella misma, sus compras y sus amigas. A Lyle y a ella nunca les había gustado el mismo tipo de gente. A ella le gustaba la gente dura y áspera, los diamantes en bruto, gente más como ella. Después de diez años de matrimonio, consideraba a Lyle aburrido y carca. Nunca se había adaptado al estilo más conservador con el que él se había criado. De joven, Lyle era más atrevido, pero enseguida se había vuelto un hombre asentado. Amanda sabía de sobra que jamás conseguiría estar a la altura de la familia de su marido y, por ello, había dejado de intentarlo. Los odiaba. Lyle era el puente entre dos frentes en disputa y vivía atrapado en medio de los dos. A Amanda le gustaba la ropa sexy, los vestidos cortos y ceñidos, con un gran escote a ser posible, que le sirvieran para exhibir su figura, y Lyle nunca la había criticado por ello, por mucho que su hermana Gloria dijera que era una hortera. Lyle era tolerante y respetaba a todo el mundo. En diversas ocasiones le había pedido a Amanda que moderara un poco su estilo cuando quedaran con su familia, pero ella seguía haciendo lo que le venía en gana, para desafiarlos y recordarles, cada vez que tenía ocasión, que diez años antes se había proclamado vencedora cuando se había casado con Lyle embarazada de tres meses. No necesitaba restregárselo por la cara a la familia vistiéndose de forma llamativa. Pero lo hacía igualmente siempre que tenía oportunidad, sin importarle en absoluto cómo se sintiera Lyle o lo incómodo que le resultara. Los padres de Lyle nunca hacían comentarios al respecto, pero sus hermanas sí.

Amanda no se esforzaba en absoluto por encajar en la familia. Tenía lo que quería: un hombre que le pagaba las facturas. Los niños no eran más que un accesorio para ella, algo que poder utilizar contra su esposo para conseguir lo que quería. Y Lyle sabía ahora, y llevaba varios años sabiéndolo, que jamás podría convertirla en algo que no era. Sabía que de ningún modo encajaría en la visión que él tenía de lo que debía ser una madre y una esposa, y que no tenía ningún deseo de intentarlo. Que nunca lo haría. Amanda pensaba que su familia eran una banda de esnobs aburridos, y los odiaba a todos. Lyle sabía que Amanda nunca se parecería a su madre, ni a ninguna de sus hermanas, ni siquiera a las esposas de sus amigos, y que por mucho que la presionara o intentase razonar con ella, no conseguiría cambiarla y, por lo tanto, la aceptaba tal y como era e intentaba sacar el máximo partido de ello. A Amanda le gustaba exhibirse, mostrarse sexy y llamativa. Y Lyle hacía tiempo que había hecho las paces con eso. Había dejado de intentar cambiarla. Su esposa no sentía ninguna empatía hacia él ni hacia sus hijos. Lo único que deseaba era disfrutar de una vida social más estridente con gente como ella, y Lyle se negaba a llevar ese tipo de vida.

Después de cenar, Lyle se sentó con sus hijos a ver una película, luego acostó a Devon y más tarde asomó la cabeza en la habitación de Tommy, que estaba entretenido con uno de sus programas favoritos, para decirle buenas noches. Tras cerrar la puerta de su hijo, Lyle entró en su dormitorio, donde encontró a Amanda ya acostada y viendo un programa de telerrealidad.

—Deberías pasar más tiempo con los niños —le dijo. Era una frase común entre ellos que a ella no le gustaba nada escuchar. Amanda subió el volumen de la tele para no oírlo—. Has estado todo el día fuera. Como mínimo, podrías haber pasado luego un rato con ellos.

—¿Por qué? —respondió ella, sin mirarlo—. Estoy toda la semana con ellos. A ti te tienen solo los fines de semana. Sábado y domingo tendrían que ser mis días libres —dijo, aunque entre semana la niñera pasaba más tiempo con los niños que ella.

—Los padres no tenemos «días libres» y la que está con ellos toda la semana es Molly, no tú. Cuando los niños llegan a casa del colegio, no estás nunca.

—Tampoco había nadie cuando yo llegaba a casa del colegio y no me morí por eso. Además, justo cuando ellos llegan es la hora de mi clase de yoga —replicó, fastidiada por que su marido estuviera siempre insistiendo en que tenía que pasar más tiempo con los niños.

—Tenemos dos hijos. Y te pido que pases más tiempo con ellos. No es mucho pedir, me parece. Mi madre siempre estaba en casa cuando llegábamos del colegio —dijo Lyle, poniéndose cada vez más tenso.

—Pues la mía siempre estaba en el bar de la esquina, emborrachándose o ya borracha del todo —dijo ella con frialdad.

Se levantó de la cama, salió de la habitación y Lyle la siguió hasta el vestidor, una estancia que estaba llena a rebosar de todas las cosas que Amanda se compraba, gracias a él. Nunca se acordaba de recordarle ese detalle.

—Si yo te importo un comino, Amanda, me da igual. Pero te pido que, al menos, finjas por ellos. Necesitan de su madre mucho más de lo que les estás dando. Sé que tu infancia no fue fácil. Pero nuestros hijos te necesitan —dijo Lyle con toda la delicadeza que le fue posible, intentando, sin éxito, no atacarla directamente.

—Los niños están perfectos —repuso ella sin alterarse, incluso viendo que a Lyle se le empezaba a tensar la mandíbula.

—Lo están ahora. Pero quizá algún día no lo estén tanto.

No quería que los niños saliesen como ella: duros, fríos, amargados, egoístas y avariciosos. Eran niños dulces y cariñosos, y no quería que se estropeasen por culpa de una madre sin sentimientos.

—Lo juzgas todo según los estándares de tu familia —dijo ella, en tono acusador—. Son gente patética y dependientes los unos de los otros. Los gemelos aún viven juntos con treinta y tres años. Gloria hace diez años que no tiene una relación seria y pasa la mitad de su tiempo con tus padres. Tú los llamas por teléfono a la que me despisto. Benjie vive en casa como un niño en vez de estar ingresado en algún centro con gente como él. Y Annabelle se está convirtiendo en una puta y tu familia está tan ciega que ni siquiera se da cuenta. Parece que vayáis con el lirio en la mano, que seáis todos unos santos, cuando lo que sucede en realidad es que no tenéis ni idea de lo que es la vida.

Lyle entendía que Amanda había tenido una infancia y una juventud muy complicadas, pero la descripción que acababa de hacer de su familia le ofendió en lo más profundo. Los valores y los vínculos que los unían no significaban nada para ella.

—Ya sé que los odias, y que a veces han sido duros contigo. Tuvimos un mal inicio con ellos. Pero no estás siendo justa. Y lo que has dicho sobre Benjie no es correcto. En casa está muy bien; tiene un trabajo y mi madre lo gestiona de una manera estupenda. En la protectora de animales desempeña un trabajo magnífico. Lleva cinco años trabajando allí y todo el mundo lo adora. Está de maravilla —replicó Lyle con firmeza, siempre ansioso por proteger a su hermano.

—Si estuviera en una familia normal, lo habrían ingresado en un centro hace muchos años. No puede vivir solo. ¿Y qué pasará cuando tus padres no estén? No cuentes con traerlo aquí. No pienso montar un asilo en casa por tu hermano —dijo Amanda con crudeza.

Lyle la miró echando chispas por los ojos. A veces podía llegar a ser cruel, desalmada. Lyle adoraba a su hermano Benjie, que tenía un coeficiente intelectual elevado y estaba en el extremo alto del espectro autista. Mostraba algunos síntomas de asperger en lo referente a sus habilidades sociales, pero en otros sentidos era muy capaz, además de ser un chico alegre y encantador.

—Benjie se apaña muy bien y es una persona maravillosa. No necesita ninguna residencia y, no te preocupes, jamás lo traeré a vivir con nosotros. Estás tan paralizada por tu pésima infancia que ni siquiera muestras un comportamiento decente con tus propios hijos. Si eres incapaz de ser una buena madre con ellos, cómo vas a ser considerada con mi hermano. Y nunca ingresará en ningún lado mientras yo viva para impedirlo. A menudo es más inteligente que todos nosotros juntos, aun teniendo de vez en cuando problemas de sociabilidad. Cuidado con lo que dices, Amanda. Estás cruzando límites muy peligrosos. He aguantado muchas cosas por ti. Y si esperas que siga haciéndolo, te ruego que te mantengas alejada del tema de mi familia.

Amanda se quedó mirándolo, pero, a pesar de haber oído lo que acababa de decirle, no hizo ademán de haber tomado nota. No le gustaba que estuvieran diciéndole continuamente que tenía que pasar más tiempo con sus hijos. Pasaba con ellos todo el tiempo que le apetecía, lo cual no era mucho. Al no pensar tanto en sus hijos, se estaba compensando por todo lo que ella no había tenido. Amanda interpretaba como amor el dinero que su marido gastaba con ella. Era lo único que entendía.

—Si tus padres tuvieran sentido común, venderían ese elefante blanco de casa que tienen y dividirían el dinero entre vosotros, para poder vivir todos mejor. ¿Por qué tenéis que esperar hasta que mueran? No necesitan un caserón tan grande como ese. Annabelle se largará de allí en cinco minutos y solo quedarán ellos y Benjie.

—Eso depende de ellos. Tienen todo el derecho a vivir donde quieran. Es su dinero y su casa, no la nuestra. Y yo no estoy aquí sentado esperando a que me llueva su dinero. Con lo que gano tenemos más que suficiente. Y me siento feliz por poder disfrutar todavía de mis padres.

Lyle se planteó por un momento que Amanda le estaba diciendo todo esto para iniciar una discusión, aunque ya se lo había dicho en otras ocasiones, no muy a menudo, pero bastantes veces. Sabía lo que pensaba de él, de su familia, de que funcionasen como una sola unidad, y sabía también lo que acabaría heredando.

—Pero si vendieran la casa, tendríamos aún mucho más —insistió Amanda, con cabezonería.

El dinero lo era todo para ella, lo único que le interesaba de su marido y la razón por la cual seguía estando casada.

—Es su hogar y el lugar donde nos criamos todos. Para ti, no es más que dinero.

La avaricia de Amanda no conocía límites. No albergaba sentimientos sobre lo que era importante para la familia. Sus padres, sus hermanos y la casa no significaban nada para ella.

—Sois un poco como la familia Addams. A veces me provocáis escalofríos —dijo Amanda con dureza.

Escalofríos y un estilo de vida que jamás habría tenido y que ni siquiera parecía valorar. Quería más dinero que poder gastar, como si no tuviese aún suficiente.

—Creo que lo más inteligente por tu parte sería mantenerte al margen del tema de mi familia —dijo Lyle, furioso y cerrando de un portazo la puerta del vestidor.

Se calzó las zapatillas deportivas, se puso un plumífero grueso y salió a correr bajo el frío antes que perder los nervios con ella.

Cuando regresó, Amanda ya se había dormido. Se duchó, se acostó en su lado de la cama y permaneció despierto mucho tiempo, pensando en su matrimonio. Sabía que había hecho lo correcto diez años antes, cuando se casó con ella, y eso le servía de consuelo, pero los efectos de aquella decisión se estaban haciendo más duros a cada año que pasaba, y a menudo se preguntaba cómo acabaría todo. Amanda caminaba continuamente por un campo de minas y un día le explotaría alguna. La familia era sagrada para Lyle y allí era donde Amanda aprovechaba para herirlo. La forma de actuar de Amanda lo obligaba a recordar en todo momento quién era ella, como si necesitara aún más recordatorio. Porque si ni siquiera sus propios hijos significaban algo para ella, mucho menos significaba su esposo, aparte del hecho de servirle para gozar de un estilo de vida que ella consideraba que le correspondía por derecho. Amanda estaba pisando terreno peligroso. Lyle le había sido fiel durante diez años, y eso era mucho más de lo que ella se merecía. La familia lo era todo para Lyle: sus padres, sus hermanos y sus hijos. Al final, todos ellos eran Whittier, pero Amanda no lo era. Había decidido permanecer fuera del círculo de la familia y, si lo seguía presionando, acabaría pagando un precio por ello. Amanda lo sabía, pero seguía apretando las tuercas de todos modos. Habían llegado casi al punto de ruptura.

A veces se preguntaba si era eso lo que ella quería, si pretendía empujarlo hasta el límite. Y entonces ¿qué pasaría?