Introducción

¿Por qué el mundo es como es?

No digo esto a modo de meditación filosófica (¿por qué estamos todos aquí?), sino en un profundo sentido científico: ¿cuáles son las razones que hay detrás de los rasgos principales del mundo, el paisaje físico de continentes y océanos, montañas y desiertos? ¿Y cómo el terreno y las actividades de nuestro planeta, y más allá de estas nuestro entorno cósmico, han afectado a la aparición y el desarrollo de nuestra especie y a la historia de nuestras sociedades y civilizaciones? ¿De qué maneras la propia Tierra ha sido la protagonista a la hora de modelar el relato humano, un personaje con rasgos faciales distintivos, un humor variable y propenso a ocasionales arrebatos de mal genio?

Quiero analizar cómo la Tierra nos hizo. Desde luego, cada uno de nosotros está hecho literalmente de ella, como toda la vida del planeta. El agua de nuestro cuerpo fluyó una vez Nilo abajo, cayó como lluvia monzónica sobre India y se arremolinó alrededor del Pacífico. El carbono presente en las moléculas orgánicas de nuestras células fue extraído de la atmósfera por las plantas que comemos. La sal en nuestro sudor y nuestras lágrimas, el calcio en nuestros huesos y el hierro en nuestra sangre surgieron por erosión de las rocas de la corteza terrestre, y el azufre de las moléculas de proteína presente en nuestro pelo y nuestros músculos fue expulsado por los volcanes.[1] La Tierra también nos ha proporcionado las materias primas que hemos extraído, refinado y ensamblado para generar nuestras herramientas y tecnologías, desde las hachas de mano elaboradas toscamente de la primera Edad de Piedra hasta los ordenadores y móviles de hoy en día.

Fueron las fuerzas geológicas activas de nuestro planeta las que impulsaron nuestra evolución en África oriental como una especie de simio singularmente inteligente, comunicativo y habilidoso,(1) mientras que un clima planetario fluctuante nos permitió migrar por el mundo para convertirnos en la especie animal más ampliamente extendida de la Tierra. Otros procesos y acontecimientos a gran escala crearon los diferentes paisajes y regiones climáticas que han dirigido la aparición y el desarrollo de civilizaciones a lo largo de la historia. Estas influencias planetarias sobre el relato humano van desde las que parecen triviales hasta las más profundas. Veremos cómo un periodo de frío y sequía continuados en el clima de la Tierra es la razón de que la mayoría de nosotros comamos en el desayuno una tostada de pan o un cuenco de cereales; cómo la colisión de los continentes creó el Mediterráneo como un caldero burbujeante con diversas culturas, y cómo las bandas climáticas opuestas de Eurasia promovieron sistemas de vida fundamentalmente contrapuestos que modelaron durante milenios la historia de pueblos de todo el continente.

Nos preocupa cada vez más el impacto de la humanidad sobre el ambiente natural. En el transcurso del tiempo nuestra población se ha disparado, ha consumido cada vez más recursos materiales y ha conseguido fuentes de energía con una competencia cada vez mayor. Ahora Homo sapiens ha acabado por sustituir a la naturaleza como la fuerza ambiental dominante en la Tierra. La construcción de ciudades y carreteras, el represamiento de ríos y la actividad industrial y minera tienen un efecto profundo y duradero, que remodela el paisaje, cambia el clima global y causa extinciones generalizadas. Los científicos han propuesto dar nombre a una nueva época geológica que dé cuenta de este predominio de nuestra influencia sobre los procesos naturales del planeta: el Antropoceno, la «era reciente de la humanidad».[2] Pero como especie todavía estamos inextricablemente unidos a nuestro planeta, y la historia de la Tierra está grabada en nuestra constitución, de la misma manera que nuestras actividades han dejado sus marcas distintivas en el mundo natural. Para comprender de verdad nuestro relato hemos de examinar la biografía de la Tierra: las características de su paisaje y del entramado subyacente, la circulación atmosférica y las regiones climáticas, la tectónica de placas y los antiguos episodios de cambio climático. En esta obra analizaremos qué es lo que nuestro entorno nos ha hecho a nosotros.

En mi libro anterior, Abrir en caso de apocalipsis,[3] me propuse resolver un experimento mental: quería descubrir cómo podríamos reiniciar la civilización desde cero después de un hipotético apocalipsis. Utilicé la idea de la pérdida de todo lo que damos por sentado en nuestra vida cotidiana para estudiar cómo nuestra civilización opera entre bastidores. El libro era esencialmente una investigación de los descubrimientos científicos y las innovaciones tecnológicas clave que nos permitieron construir el mundo moderno. Lo que pretendo hacer esta vez es ampliar la perspectiva, no solo explorar el ingenio humano que nos llevó hasta donde nos encontramos en la actualidad, sino seguir los hilos de la explicación remontándonos todavía más hacia atrás en el tiempo. Las raíces del mundo moderno se hunden en la noche de los tiempos, y si les seguimos la pista profundizando cada vez más a través de la faz cambiante de la Tierra, descubriremos líneas de causación que a menudo nos llevarán directamente hasta el nacimiento de nuestro planeta.

Quien haya conversado con niños entenderá lo que quiero decir aquí. Para un niño de seis años curioso que pregunta cómo funciona algo o por qué ese algo es como es, nuestra respuesta inmediata nunca es satisfactoria. Abre la puerta a otros misterios. Una primera pregunta sencilla lleva invariablemente a toda una serie de «¿por qué?», «pero ¿por qué?», «¿por qué es así?». Con una curiosidad insaciable, el niño intenta captar el sentido de la naturaleza que subyace al mundo en el que se encuentra. Quiero examinar nuestra historia de la misma manera, perforando hacia abajo a través de razones cada vez más fundamentales e investigar cómo facetas del mundo aparentemente no relacionadas entre sí comparten de hecho un vínculo profundo.

La historia es caótica, desordenada, aleatoria: unos pocos años con poca lluvia provocan hambrunas y agitación social; un volcán entra en erupción y aniquila los pueblos circundantes; un general toma una decisión errónea en medio del clamor sudoroso y el derramamiento de sangre en el campo de batalla, y un imperio resulta destruido. Pero, más allá de las contingencias concretas de la historia, si observamos nuestro mundo a una escala lo suficientemente amplia, desde el punto de vista tanto del tiempo como del espacio, pueden discernirse tendencias estables y constantes incontrovertibles, y pueden explicarse las causas profundas que hay tras ellas. Desde luego, la constitución de nuestro planeta no lo ha predeterminado todo, pero no obstante, pueden distinguirse ciertos temas dominantes.

Nuestra investigación se extenderá por un periodo de tiempo asombroso. Toda la historia humana se ha desarrollado sobre un mapa esencialmente estático, dentro de un único fotograma de la película de la Tierra. Pero el mundo no ha tenido siempre este aspecto, y aunque los continentes y océanos cambian a lo largo de escalas temporales lentas, los rostros que ha tenido la Tierra en el pasado han influido mucho en nuestro relato. Contemplaremos la naturaleza cambiante de la Tierra y el desarrollo de la vida en nuestro planeta a lo largo de los últimos miles de millones de años; la evolución de los humanos a partir de nuestros antepasados simios durante los últimos cinco millones de años; el aumento de las capacidades humanas y la dispersión de nuestra especie por el mundo a lo largo de los últimos cien mil años; el avance de la civilización durante los últimos diez mil años; las tendencias más recientes del intercambio comercial, la industrialización y la globalización del último milenio, y finalmente analizaremos cómo hemos llegado a ensamblar este maravilloso relato del origen durante el último siglo.

En el proceso, viajaremos hasta los confines de la historia... y más allá. Los historiadores descifran e interpretan los registros escritos para exponer el relato de nuestras civilizaciones más antiguas. Los arqueólogos que cepillan y quitan el polvo de utensilios antiguos y ruinas pueden ilustrarnos acerca de nuestra prehistoria inicial y nuestra vida como cazadores-recolectores. Los paleontólogos han dado sentido a nuestra evolución como especie. Y para mirar detenidamente incluso más atrás en el tiempo, nos basaremos en revelaciones procedentes de otros campos de la ciencia: estudiaremos los registros conservados en estratos que constituyen el entramado mismo de nuestro planeta; leeremos las inscripciones antiguas del código genético almacenadas en la biblioteca de ADN del interior de cada una de nuestras células, y fisgaremos a través de telescopios para inspeccionar las fuerzas cósmicas que modelaron nuestro mundo. Las hebras narrativas de la historia y de la ciencia estarán entretejidas a lo largo de todo el libro, y constituirán la urdimbre y la trama de su tejido.

Cada cultura ha desarrollado su propio relato original, desde el tiempo del sueño de los aborígenes australianos hasta el mito de la creación de los zulúes. Pero la ciencia moderna ha construido un relato cada vez más completo y fascinante de cómo llegó a formarse el mundo que nos rodea y de cómo ocupamos nuestro lugar en su seno. En vez de basarnos únicamente en nuestra imaginación, ahora podemos dilucidar la crónica de la creación al usar estas herramientas de la investigación. Este es, pues, el relato de los orígenes por antonomasia: el de toda la humanidad y también el del planeta en el que vivimos.

Analizaremos por qué la Tierra ha experimentado a lo largo de las últimas decenas de millones de años una tendencia prolongada al enfriamiento y a la desecación, y cómo esto creó las especies de plantas que acabamos cultivando y los mamíferos herbívoros que domesticamos. Investigaremos cómo la última edad de hielo permitió que nos dispersáramos por todo el globo, y por qué la humanidad no llegó a asentarse y a desarrollar la agricultura hasta el periodo interglacial actual. Consideraremos cómo hemos aprendido a explotar y a extraer de la corteza del planeta una enorme variedad de metales que han impulsado una sucesión de revoluciones en los ámbitos de la elaboración de herramientas y de la tecnología a lo largo de la historia, y cómo la Tierra nos ofreció las fuentes de energía fósil que han alimentado a nuestro mundo desde la Revolución industrial. Trataremos la era de la exploración en el contexto de los sistemas fundamentales de circulación de la atmósfera y de los océanos de la Tierra, y veremos cómo los marinos llegaron a comprender poco a poco las pautas de los vientos y las corrientes oceánicas para establecer rutas de comercio transcontinentales e imperios marítimos. Exploraremos cómo la historia de la Tierra ha creado las preocupaciones geoestratégicas de hoy en día y sigue influyendo en la política moderna; cómo el mapa político del sudeste de Estados Unidos continúa siendo modelado por sedimentos procedentes de un mar que existió hace 75 millones de años, y cómo las pautas electorales en Gran Bretaña reflejan la localización de depósitos geológicos que datan del periodo Carbonífero, hace 320 millones de años. Es mediante el conocimiento de nuestro pasado que podremos comprender el presente y prepararnos para encarar el futuro.

Iniciaremos el relato de nuestro origen último con la pregunta más profunda de todas: ¿qué procesos planetarios causaron la evolución de la humanidad?

cap-2

1

La creación de nosotros

Todos somos simios.

La rama humana del árbol evolutivo, la de los llamados «homininos», es parte del grupo animal más amplio de los primates.(2) Nuestros parientes vivos más cercanos son los chimpancés. La genética sugiere que nuestra divergencia respecto de ellos fue un proceso sumamente largo, que empezó hace ya trece millones de años, y que el entrecruzamiento continuó hasta hace quizá siete millones de años.[1] Sin embargo, al final nuestras historias evolutivas se separaron, y una rama dio origen a los actuales chimpancé común y bonobo, mientras que la otra se diversificó en las diferentes especies de homininos, una de las cuales, Homo sapiens, la nuestra, constituía solo una ramita. Si consideramos nuestro desarrollo de esta manera, los humanos no evolucionamos a partir de los simios, sino que todavía lo somos, de la misma manera que seguimos siendo mamíferos.

Todas las transiciones principales en la evolución de los homininos tuvieron lugar en África oriental. Esta región del mundo se encuentra entre el cinturón de pluviselvas que rodea al ecuador del planeta, que comprende el Congo, la Amazonia y las islas tropicales de Indonesia. Por lo tanto, por derecho, África oriental debería estar también densamente arbolada, pero en cambio se caracteriza sobre todo por praderas secas, por sabanas. Si bien nuestros ancestros primates eran moradores de los árboles que vivían a base de frutos y hojas, algo drástico ocurrió en esta región del mundo, nuestro lugar de origen, que transformó el hábitat de bosques frondosos y lo convirtió en sabanas áridas, y a su vez impulsó nuestra trayectoria evolutiva desde primates que se columpiaban en los árboles hasta homininos bípedos que cazaban en las praderas doradas.

¿Cuáles fueron los factores planetarios que transformaron esta región concreta para crear un ambiente en el que podían evolucionar animales inteligentes y adaptables? Y puesto que nosotros somos solo una de varias especies similares de homininos inteligentes, usuarios de utensilios, que evolucionaron en África, ¿cuáles fueron las razones últimas por las que Homo sapiens prevaleció hasta heredar la Tierra como el único superviviente de nuestra rama evolutiva?

ENFRIAMIENTO GLOBAL

Nuestro planeta es un lugar en constante actividad, que cambia sin cesar su faz. Si hiciéramos avanzar rápidamente las imágenes desde los tiempos más remotos, veríamos los continentes deslizándose entre multitud de configuraciones diferentes, colisionando con frecuencia y fusionándose solo para desgarrarse de nuevo, con vastos océanos que se abren y después se reducen y desaparecen. Surgen grandes cadenas de volcanes que chisporrotean, el suelo tiembla a causa de los terremotos, y encumbradas cordilleras surgen del terreno antes de ser erosionadas y convertirse en polvo. El motor que impulsa toda esta actividad ferviente es la tectónica de placas, y constituye la causa última que hay detrás de nuestra evolución.

La piel externa de la Tierra, la corteza, es como una cáscara de huevo quebradiza que encierra el manto, más cálido y viscoso, que hay debajo. Esta cáscara está resquebrajada, fragmentada en muchas placas separadas que recorren la faz del planeta. Los continentes están conformados por una corteza más gruesa de rocas menos densas, mientras que la oceánica es más delgada pero más pesada, y por ello no está tan elevada como la corteza continental. La mayoría de las placas tectónicas están hechas de corteza tanto continental como oceánica, y estas balsas se empujan constantemente unas a otras para alcanzar su posición relativa, mientras se mecen sobre el manto caliente y agitado y cabalgan a merced de sus corrientes.

Allí donde dos placas se embisten, a lo largo de lo que se conoce como «límite de placa convergente», algo ha de ceder. El borde anterior de una de las dos placas se introduce debajo de la otra y es arrastrado hasta el calor del manto, que funde las rocas, algo que desencadena terremotos frecuentes y alimenta un arco de volcanes. Dado que las rocas de la corteza continental son menos densas y por lo tanto flotan más, es casi invariablemente la porción de corteza oceánica la que se hunde debajo de la otra en una colisión de placas. Este proceso de subducción continúa hasta que el océano intermedio ha sido engullido, los dos pedazos de corteza continental se fusionan y una cordillera montañosa grande y arrugada señala la línea de impacto.

Los límites divergentes, o constructivos, son los lugares en que dos placas se separan. El manto caliente asciende de las profundidades y ocupa este desgarrón, como sangre que mana de un corte en el brazo, y se solidifica para formar nueva corteza rocosa. Aunque un nuevo rift(3) expansivo puede abrirse en medio de un continente, rasgándolo en dos, esta corteza reciente es densa y se sitúa en un nivel bajo, con lo cual queda cubierta de agua. Los límites constructivos forman nueva corteza oceánica; un ejemplo notable de semejante fisura de la expansión del fondo oceánico es la dorsal mesoatlántica.[2]

La tectónica de placas es un tema primordial de la Tierra al que volveremos a lo largo del libro, pero por ahora nos centraremos en cómo el cambio climático que produjo en el transcurso de la historia geológica reciente propició las condiciones para nuestra propia creación.

Los últimos 50 millones de años, aproximadamente, han estado caracterizados por un enfriamiento del clima global. A este proceso se lo denomina «enfriamiento del Cenozoico», y hace 2,6 millones de años culminó en el periodo actual de edades de hielo pulsantes, que consideraremos en detalle en el próximo capítulo. Esta tendencia global al enfriamiento a largo plazo fue provocada en gran parte por la colisión continental de India contra Eurasia y el levantamiento del Himalaya. La posterior erosión de esta elevada cordillera rocosa extrajo mucho dióxido de carbono de la atmósfera, lo que dio lugar a una reducción del efecto invernadero que antes aislaba al planeta (véase el capítulo 2) y condujo a un descenso de las temperaturas. A su vez, las condiciones generalmente más frescas dieron lugar a una menor evaporación de los océanos, lo que creó un mundo menos lluvioso y más seco.

Aunque este proceso tectónico se produjo a unos 5.000 kilómetros de distancia, en el océano Índico, tuvo también un efecto regional directo sobre el escenario de nuestra evolución. La cordillera del Himalaya y la meseta del Tíbet crearon un potentísimo sistema de monzones sobre India y el Sudeste Asiático. Pero este enorme efecto de succión atmosférica sobre el océano Índico también se llevó la humedad de África oriental, al reducir la pluviosidad que experimentaba. Se cree que otros acontecimientos tectónicos globales contribuyeron a la aridificación de esta región. Hace unos 3-4 millones de años, Australia y Nueva Guinea derivaron hacia el norte, y al hacerlo cerraron un brazo de mar oceánico conocido como canal marítimo Indonesio. Este bloqueo redujo el flujo hacia el oeste de aguas cálidas del Pacífico Sur, y en su lugar aguas más frías del Pacífico Norte fluyeron a través del Índico central. Un océano Índico más frío redujo la evaporación, lo que a su vez supuso menos pluviosidad para África oriental.[3] No obstante, cabe destacar que otro trastorno tectónico enorme estaba teniendo lugar en la misma África, uno que demostró ser fundamental para la creación de la humanidad.

UN SEMILLERO DE EVOLUCIÓN

Hace unos 30 millones de años, un penacho de manto caliente se elevó bajo el nordeste de África. La masa continental fue forzada a crecer hacia arriba del orden de un kilómetro[4] como una enorme espinilla. La piel de la corteza continental sobre esta cúpula hinchada se extendió y se volvió más delgada hasta que al final empezó a rasgarse por la parte media en una serie de fisuras. El Rift de África oriental se desgarró siguiendo una línea aproximadamente norte-sur, formando una rama oriental a través de las actuales Etiopía, Kenia, Tanzania y Malaui, y una rama occidental que corta a través del Congo y después continúa a lo largo de su frontera con Tanzania.

Este proceso de desgarramiento de la Tierra fue más intenso hacia el norte, y rompió directamente la corteza para permitir que el magma se filtrara a través de la extensa herida y creara una nueva corteza de roca basáltica. Después, el agua inundó esta fisura profunda para dar lugar al mar Rojo; otra fisura se convirtió en el golfo de Adén. Estas grietas de expansión del fondo marino arrancaron un fragmento del Cuerno de África para formar una nueva placa tectónica, la arábiga. La unión en forma de Y del Rift africano, el mar Rojo y el golfo de Adén recibe el nombre de «triple intersección», y directamente en el centro de dicha intersección se halla un triángulo de tierras bajas, la región de Afar, que se extiende por el nordeste de Etiopía, Yibuti y Eritrea.[5] Más tarde volveremos a esta importante zona.

El Rift de África oriental recorre miles de kilómetros desde Etiopía hasta Mozambique. Puesto que continúa aumentando el penacho de magma que surge bajo él, el Rift sigue abriéndose. Este proceso «tectónico extensional» provoca que bloques enteros de roca se fracturen a lo largo de fallas y se desprendan; los flancos son empujados hacia arriba como empinadas escarpaduras y los bloques que hay en medio se hunden para formar el fondo del valle. Hace entre 5,5 y 3,7 millones de años, este proceso creó el paisaje actual del Rift, un valle amplio y profundo que se encuentra aproximadamente a un kilómetro por encima del nivel del mar y que está revestido a cada lado por cordilleras.[6]

Un efecto importante del aumento de esta protuberancia de la corteza y de las cordilleras elevadas del Rift fue bloquear la pluviosidad sobre gran parte de África oriental. El aire húmedo que procede del océano Índico es forzado hacia arriba, a altitudes más altas, donde se enfría y se condensa, y cae en forma de lluvia cerca de la costa. Esto crea condiciones más secas tierra adentro, un fenómeno conocido como «sombra de la lluvia».[7] Al mismo tiempo, el aire húmedo procedente de las pluviselvas es bloqueado también por las tierras altas del Rift, y no puede dirigirse hacia el este.[8]

El resultado de todos estos procesos tectónicos (la creación del Himalaya, el cierre del canal marítimo Indonesio y, en particular, el levantamiento de las altas cordilleras del Rift africano) fue que África oriental se resecó. Y la formación del Rift cambió no solo el clima sino también el paisaje, y en el proceso transformó los ecosistemas de la zona. El África oriental dejó de ser un área uniforme y llana, ocupada por bosque tropical, y se convirtió en una región montañosa accidentada con mesetas y valles profundos, y con una vegetación que va desde el bosque nuboso hasta la sabana y el matorral de desierto.[9]

Aunque el Gran Rift empezó a formarse hace unos 30 millones de años, buena parte del levantamiento y de la aridificación tuvo lugar durante los últimos 3-4 millones de años.[10] A lo largo de este periodo, el mismo que fue testigo de nuestra evolución, el escenario de África oriental pasó del que puede verse en Tarzán al representado en El rey león.[11] Esta desecación a largo plazo, que redujo y fragmentó el hábitat forestal y lo sustituyó por sabana, constituyó uno de los principales factores que impulsaron la divergencia de los homininos a partir de los simios arborícolas. La extensión de las praderas secas ocasionó también una proliferación de grandes animales herbívoros, especies de ungulados, como los antílopes y las cebras, que los humanos acabarían cazando.

Pero no fue el único factor. Debido a su formación tectónica, el valle del Rift se convirtió en un ambiente muy complejo, con una serie de entornos diferentes muy próximos entre sí: bosques y praderas, cordilleras, escarpaduras, colinas, mesetas y llanuras, valles y profundos lagos de agua dulce en la superficie[12] Esto ha sido descrito como un ambiente en mosaico, que ofrecía a los homininos una gran diversidad de alimentos, recursos y oportunidades.[13]

La ampliación del Rift y el afloramiento de magma se vieron acompañados por ristras de violentos volcanes que expulsaban piedra pómez y cenizas sobre toda la región. Este valle de África oriental está tachonado de volcanes, muchos de los cuales se formaron solo en los últimos pocos millones de años. La mayoría se encuentran dentro del mismo valle del Rift, pero algunos de los mayores y más antiguos están en los bordes, entre ellos los montes Kenya, Elgon y Kilimanjaro, que es la montaña más alta de África.

Las frecuentes erupciones volcánicas vertieron coladas de lava que se solidificaron en crestas rocosas que entrecruzan el paisaje. Estas podían ser atravesadas por homininos de pies ligeros, y, junto con las empinadas paredes de los precipicios, el Rift quizá proporcionase barreras y obstáculos naturales infranqueables para los animales que cazaban. Los primeros cazadores eran más capaces de predecir y controlar los movimientos de sus presas, limitaban sus rutas de huida y las dirigían a una trampa para la matanza. Estas mismas características quizá ofrecieran también a los vulnerables primeros humanos cierta protección y seguridad frente a los depredadores que merodeaban por el paisaje.[14] Parece que este terreno irregular y variado proporcionó a los homininos el ambiente ideal en el que medrar. Los primeros humanos, que, como nosotros, eran relativamente débiles y no tenían la velocidad de un guepardo o la fuerza de un león, aprendieron a trabajar juntos y a sacar partido de la configuración del terreno, con toda su complejidad tectónica y volcánica, para que les ayudara a cazar.

La tectónica activa y el vulcanismo crearon y después mantuvieron estas características de un paisaje variado y dinámico a lo largo de nuestra evolución. De hecho, al ser el Rift africano una región tan activa desde el punto de vista tectónico, el territorio ha cambiado mucho desde la época de la primera ocupación por humanos. A medida que el Rift ha continuado ensanchándose, las zonas que antaño estaban ocupadas por los homininos en la superficie del valle han quedado ahora elevadas en los flancos de dicha falla; hoy en día es ahí donde encontramos fósiles de homininos y pruebas arqueológicas, completamente separados de sus escenarios originales. Y se cree que fue este gran rift, que en la actualidad es la región más relevante y longeva con tectónica extensional del mundo, el que fue crucial para nuestra evolución.

DE LOS ÁRBOLES A LOS UTENSILIOS

El primer hominino indiscutible del que hemos descubierto buenos restos fósiles es Ardipithecus ramidus, que vivió hace unos 4,4 millones de años en los bosques que bordeaban el valle del río Awash, en Etiopía. Esta especie tenía más o menos la misma estatura que los chimpancés actuales, con un cerebro de tamaño equivalente y dientes que sugieren que llevaba una dieta omnívora. Los esqueletos fosilizados indican que todavía vivían en los árboles y que habían desarrollado solo un primitivo bipedismo, la capacidad de andar erguidos sobre dos patas. Hace unos 4 millones de años, los primeros miembros del género Australopithecus (el «simio del sur») compartían diversos rasgos con los humanos modernos, como una forma corporal delgada y grácil (pero con un cráneo cuya forma era todavía más primitiva), y eran capaces de andar bípedamente. Australopithecus afarensis, por ejemplo, es bien conocido a partir de los fósiles que nos han llegado. Uno de ellos es el esqueleto en extremo completo de una hembra que vivió hace 3,2 millones de años en el valle del río Awash, a la que se acabó conociendo como Lucy.(4)

Lucy medía solo alrededor de 1,1 metros, pero tenía una columna vertebral, una pelvis y unos huesos de las piernas muy parecidos a los de los humanos modernos. De modo que, mientras que ella, y otros miembros de A. afarensis,(5) todavía tenían un cerebro pequeño, del tamaño del de un chimpancé, su esqueleto indica claramente un estilo de vida consistente en marchas bípedas de larga distancia. En realidad, un lecho de cenizas volcánicas situado en Laetoli, Tanzania, ha conservado tres conjuntos de huellas de pies de hace 3,7 millones de años. Es probable que las produjeran miembros de A. afarensis, y se parecen notablemente a las que podríamos dejar en la arena durante un paseo por la playa.

En la evolución humana, el desarrollo del bipedismo apareció claramente mucho antes que los aumentos más considerables del tamaño del cerebro; andamos por los caminos antes de hablar por los codos. Estos fósiles de Australopithecus, junto con los de las especies anteriores de Ardipithecus, muestran también que el bipedismo no evolucionó como una adaptación a los ambientes abiertos, de sabana herbácea, como se había creído con anterioridad, sino que apareció cuando los homininos vivían todavía entre árboles en áreas forestales.[15] Pero el bipedismo se convirtió sin lugar a duda en una adaptación cada vez más útil a medida que los bosques se reducían y se fragmentaban. Nuestros primitivos antepasados homininos podían desplazarse entre islas de bosques y después aventurarse en las praderas. El bipedismo les permitía ver por encima de las hierbas altas y minimizaba la superficie de su cuerpo expuesta al ardiente sol, lo que les ayudaba a mantenerse frescos en el calor de la sabana. Y los pulgares oponibles, que resultaron tan útiles para sostener y manipular utensilios, son también una herencia evolutiva de nuestros ancestros primates que vivían en los bosques. La mano, elaborada por la evolución para agarrar una rama de árbol, nos adaptó de antemano para sostener el mango de un garrote, un hacha, una pluma y, en último término, la palanca de control de un reactor.

Hace aproximadamente 2 millones de años, las especies de homininos del género Australopithecus se habían extinguido y de ellas había surgido nuestro género, Homo. Homo habilis («hombre hábil») fue la primera especie, tenía una forma corporal grácil similar a la de los primeros australopitecinos y un cerebro solo ligeramente mayor.[16] Sin embargo, un aumento espectacular del tamaño del cuerpo y del cerebro, así como un cambio importante del estilo de vida, se produjeron con Homo erectus, que apareció hace unos 2 millones de años en África oriental. Por debajo del cráneo, el esqueleto de H. erectus es muy parecido al de los humanos anatómicamente modernos, lo cual incluye adaptaciones para correr largas distancias y un diseño del hombro que habría permitido el lanzamiento de proyectiles. También se cree que poseían otros rasgos que compartían con nosotros, como una larga infancia de desarrollo más lento y un comportamiento social avanzado.

Es probable que H. erectus fuese asimismo el primer hominino que vivió como cazador-recolector y que controló el fuego, no solo para calentarse sino posiblemente también para cocinar.[17] Puede que incluso emplearan almadías para desplazarse por masas de agua grandes.[18] Hace 1,8 millones de años, H. erectus se había extendido por África y después se convirtió en el primer hominino que abandonó el continente y se dispersó por Eurasia, quizá en varias oleadas de migración independientes.[19] Esta especie persistió durante casi 2 millones de años. En cambio, los humanos anatómicamente modernos han estado aquí solo durante la décima parte de este tiempo... y tendremos suerte si sobrevivimos no ya 2 millones de años más, sino durante los próximos 10.000.

H. erectus dio origen a H. heidelbergensis hace unos 800.000 años, que hace unos 250.000 años había evolucionado hasta Homo neanderthalensis (los neandertales) en Europa y el hominino denisovano en Asia. El primer humano anatómicamente moderno, Homo sapiens, surgió en África oriental hace entre 300.000 y 200.000 años.

A lo largo de la evolución humana, los homininos se volvieron cada vez más bípedos, y después corredores de larga distancia más eficientes,[20] con cambios en el esqueleto, entre ellos una columna vertebral en forma de S, una pelvis en forma de cuenco y piernas más largas para sostener su postura erguida y su modo de locomoción. El pelo corporal se redujo, excepto en el cuero cabelludo. La forma de la cabeza también se transformó, dando lugar a un hocico menor con un mentón más pronunciado y a una cavidad craneal con más forma de cuenco.[21] De hecho, la diferencia principal entre el género anterior Australopithecus y nuestro linaje Homo fue este aumento del tamaño del cerebro. A lo largo de sus 2 millones de años de evolución, el de los australopitecinos se mantuvo sorprendentemente constante, alrededor de los 450 cm3, más o menos el equivalente al de un chimpancé moderno. Pero H. habilis tenía un cerebro una tercera parte mayor, de unos 600 cm3, y el tamaño cerebral se duplicó de nuevo desde H. habilis hasta H. erectus y de este a H. heidelbergensis. Hace 600.000 años, H. heidelbergensis tenía un cerebro cuyo tamaño era similar al de los humanos modernos, y tres veces mayor que el de los australopitecinos.[22]

Al igual que el aumento del tamaño del cerebro, otro rasgo distintivo de los homininos fue cómo aplicamos nuestra inteligencia a la elaboración de utensilios. Los utensilios líticos (de piedra) más antiguos y extendidos (conocidos como «tecnología olduvayense») se remontan a hace unos 2,6 millones de años, y fueron usados por las últimas especies de Australopithecus, así como por H. habilis y H. erectus. Se usaron cantos redondeados de un río para cascar huesos o nueces sobre otra piedra plana, que actuaba de yunque. Se crearon bordes aguzados al desconchar lascas, y esta piedra modelada se usaba después para cortar y raspar carne de una pieza abatida, o para trabajar la madera.(6)

La tecnología de la Edad de Piedra experimentó una revolución cuando H. erectus heredó utensilios olduvayenses y los refinó en la industria achelense hace 1,7 millones de años. Las herramientas achelenses están trabajadas de manera más esmerada, al extraer de la piedra lascas cada vez más pequeñas para crear hachas de mano en forma de pera, más simétricas y delgadas. Estos utensilios han representado la tecnología dominante durante la inmensa mayoría de la historia humana. Una transformación tardía dio lugar a la tecnología musteriense, usada por los neandertales y los humanos anatómicamente modernos durante toda la Edad de Hielo. En este caso, el núcleo de piedra era preparado y recortado al desportillar el borde, antes de lograr desprender con destreza una lasca grande. El objetivo era más la lasca extraída que el núcleo elaborado; una esquirla delgada y puntiaguda era perfecta como cuchilla, o bien podía usarse como una punta de lanza o de flecha.[23]

Estos instrumentos de piedra, así como astas con lanzas de madera, permitieron a los homininos convertirse en cazadores imponentes y efectivos sin necesidad de que sus cuerpos desarrollaran grandes dientes o garras, a diferencia de otros depredadores. Explotamos palos y piedras como dientes y garras artificiales para cazar y obtener comida o para defendernos, todo ello mientras podíamos mantenernos a una distancia segura de las presas y los depredadores para minimizar el riesgo de heridas.

Estas modificaciones de la forma del cuerpo y del estilo de vida se reforzaron mutuamente. Una carrera más eficiente y capacidades cognitivas elaboradas, unidas al empleo de utensilios y al control del fuego, permitieron una caza más eficaz y una dieta con una proporción creciente de carne para alimentar un cerebro mayor. A su vez, esto nos permitió desarrollar una interacción y una cooperación sociales más complejas, el aprendizaje cultural y la resolución de problemas y, quizá lo más importante de todo, el lenguaje.[24]

EL PÉNDULO DEL CLIMA

De muchas de estas transiciones trascendentales en nuestra evolución sigue habiendo restos en la región de Afar, la depresión triangular que, según hemos visto, se encuentra directamente en la intersección de la triple unión tectónica, en el extremo septentrional —el más antiguo— del Rift. Los primeros fósiles de homininos, los de Ardipithecus ramidus, fueron descubiertos en el valle del río Awash, que recorre el nordeste desde la meseta etíope hacia Yibuti y que fluye directamente a través del triángulo de Afar. Este mismo valle fluvial conservó los restos de 3,2 millones de años de edad de Lucy; de hecho, toda su especie, Australopithecus afarensis, recibió el nombre de esta región. Y los utensilios olduvayenses más antiguos que se conocen fueron encontrados en Gona, Etiopía, que también se halla en el triángulo de Afar. Aun así, toda la extensión del valle del Rift ha sido un caldo de cultivo de la evolución de los homininos.

El clima cada vez más seco y el sistema de rift, con su mosaico de características variadas, que incluye cordilleras volcánicas y escarpes de falla, fueron claramente decisivos a la hora de proporcionar las condiciones ambientales que impulsaron nuestra evolución. Sin embargo, aunque este paisaje tectónico complejo pudo ofrecer oportunidades a los homininos itinerantes, no explica satisfactoriamente cómo aparecieron, para empezar, una versatilidad y una inteligencia tan increíbles. Se cree que la respuesta se reduce a una peculiaridad concreta de la tectónica extensional del gran valle del Rift, y a cómo interactúa con las fluctuaciones del clima.

Como hemos visto, por regla general el mundo se ha ido enfriando y desecando durante los últimos 50 millones de años aproximadamente, y el solevamiento tectónico y la formación del valle del Rift comportaron que África oriental en concreto se secara y perdiera sus antiguos bosques. Pero, en el marco de esta tendencia global al enfriamiento y la desecación, el clima se volvió muy inestable y sufrió oscilaciones espectaculares. Tal como expondré con más detalle en el próximo capítulo, hace unos 2,6 millones de años la Tierra se adentró en la época actual de edades de hielo, con sus fases alternas glaciares e interglaciares, impulsadas por cambios rítmicos de la órbita y la inclinación terrestres conocidos como «ciclos de Milankovitch». África oriental estaba demasiado alejada de los polos para que llegaran a ella los casquetes de hielo que avanzaban, pero esto no significa que no se viera muy afectada por estos ciclos cósmicos. En particular, el alargamiento periódico de la órbita de la Tierra alrededor del Sol en una forma ovoide más alargada (conocida como «ciclo de excentricidad») ha dado lugar a periodos de clima muy variable en África oriental. Durante cada una de estas fases de variabilidad extrema, el clima oscila entre condiciones muy áridas y otras más húmedas, con el ritmo más rápido del ciclo de precesión terrestre, al que volveremos más adelante.[25]

Aun así, estas periodicidades cósmicas y los cambios de clima que promueven tienen lugar a lo largo de miles y miles de años. Si queremos comprender la evolución humana, el misterio estriba en que procesos que han tenido una notable influencia en África oriental (como el efecto de desecación general producido por el solevamiento tectónico y la generación de rifts en la región, o los ritmos climáticos como la precesión de la Tierra) operan a una escala de tiempo excesivamente lenta si se la compara con la duración de la vida de un animal. Pero la inteligencia, y el comportamiento totalmente versátil que esta permite, constituyen una adaptación similar al uso de un cuchillo multiuso del ejército suizo, que ayuda al individuo a habérselas con diversos retos a medida que el entorno varía de manera significativa en el curso de su vida. Los cambios ambientales a una escala de tiempo mucho mayor puede abordarlos la evolución adaptando el cuerpo o la fisiología de una especie a lo largo de generaciones (como el camello, que lo ha hecho a condiciones constantemente áridas). La inteligencia, por otra parte, es la solución evolutiva al problema de un ambiente que cambia con mayor rapidez de lo que la selección natural puede adaptar el cuerpo. Así, para que existiese una fuerte presión evolutiva que condujera a los homininos hacia un comportamiento cada vez más flexible e inteligente, algo debió de afectar a nuestros antepasados a escalas de tiempo muy cortas.

¿Qué pudo haber de especial en las circunstancias existentes en África oriental que impulsaron la evolución hacia homininos muy inteligentes como nosotros? La respuesta que ha ido surgiendo en los últimos años apunta de nuevo al ambiente tectónico concreto de la región. Como hemos visto, África oriental se estaba elevando con el penacho de magma que surgía bajo ella, y ello distendió la corteza hasta que se produjeron fracturas y fallas. La geografía del gran rift africano se caracteriza por tanto por un fondo de valle plano en el que se han hundido grandes fragmentos de corteza, y que está bordeado a ambos lados por aristas montañosas. En concreto, desde hace unos 3 millones de años se formaron en el fondo del valle numerosas cuencas aisladas que se podían llenar con lagos si las condiciones climáticas producían lluvia suficiente.[26] Estos lagos profundos son importantes porque proporcionaron a los homininos una fuente de agua más segura durante las estaciones secas de cada año que la ofrecida por los arroyos.[27] Sin embargo, muchos de ellos eran también efímeros; aparecían y desaparecían a lo largo del tiempo en función del clima cambiante.

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FIGURA 1. Sistema del valle del Rift de África oriental, que muestra los lagos y las cuencas lacustres amplificadoras.

El paisaje del rift tectónico crea un fuerte contraste entre las condiciones de las tierras altas y las del fondo del valle. La lluvia cae sobre las altas paredes del rift y los picos volcánicos, desde donde después fluye al interior de los lagos que jalonan el fondo del valle, un ambiente mucho más cálido con elevadas tasas de evaporación. Esto significa que muchos de los lagos del valle del Rift son muy sensibles al equilibrio entre precipitación y evaporación, e incluso un pequeño cambio del clima hace que el nivel de agua responda de manera muy rápida y muy considerable, muchísimo más que otros lagos de todo el mundo e incluso de otras regiones de África.[28] Puesto que pequeñas alteraciones del clima regional provocan cambios muy grandes del nivel de estas masas de agua vitales, se los conoce como «lagos amplificadores»; actúan como un amplificador de alta fidelidad que intensifica una señal débil. Y se cree que son estos peculiares lagos amplificadores los que proporcionan el vínculo clave entre las tendencias a largo plazo de la tectónica que creó el valle del Rift y los cambios del clima de la Tierra y las rápidas fluctuaciones de los hábitats que afectaron, directa y espectacularmente, a nuestra evolución.

Dos aspectos concretos de las circunstancias cósmicas de nuestro planeta son importantes aquí: la elongación de la órbita de la Tierra alrededor del Sol (excentricidad) y el giro del eje de la Tierra (precesión). Cada vez que la órbita terrestre adquiría una forma más alargada (excentricidad máxima), el clima en África oriental se volvía muy inestable. Durante cada una de estas fases de variabilidad climática, siempre que el ciclo de precesión conllevaba un poco más de caldeamiento solar en el hemisferio norte, caía más lluvia en las paredes del valle del Rift. Los lagos amplificadores aparecían y aumentaban de tamaño, y sus riberas estaban bordeadas de bosque. Y al revés: durante la fase opuesta del ciclo de precesión, el rift recibía menos lluvia y los lagos disminuían de volumen o desaparecían por completo. Entonces el valle retornaba a un estado muy árido, con una vegetación mínima.[29] Así pues, en general, el ambiente en África oriental a lo largo de los últimos millones de años ha sido sobre todo muy seco, pero también ha habido periodos muy variables en los que el clima cambió con rapidez varias veces, pasando de ser mucho más húmedo a ser otra vez muy árido, y al revés.

Estas fases variables tenían lugar cada 800.000 años, aproximadamente, y durante estos periodos los lagos amplificadores titilaban como una bombilla eléctrica mal enroscada que se enciende y se apaga; cada cambio provocó una variación considerable en la disponibilidad de agua, vegetación y comida, lo que tuvo una influencia profunda en nuestros antepasados. Estas condiciones, que fluctuaban muy deprisa, favorecieron la supervivencia de homininos que eran versátiles y adaptativos, con lo que impulsaron la evolución de un cerebro más grande y de una inteligencia mayor.[30]

Los tres periodos más recientes de esta variabilidad climática extrema tuvieron lugar hace 2,7-2,5, 1,9-1,7 y 1,1-0,9 millones de años.[31] Al estudiar el registro fósil, los científicos han hecho un descubrimiento fascinante. El momento en el que surgieron, o se extinguieron, nuevas especies de homininos, a menudo asociadas con un aumento del tamaño del cerebro, tiende a coincidir con estos periodos de condiciones fluctuantes húmedas-secas. Por ejemplo, uno de los episodios más importantes de la evolución humana tuvo lugar en el periodo variable de hace entre 1,9 y 1,7 millones de años, una fase en la que cinco de las siete cuencas lacustres principales del rift se llenaron y se vaciaron repetidamente. Fue durante esta época cuando el número de especies diferentes de homininos alcanzó su punto máximo, incluida la aparición de H. erectus y su espectacular aumento del tamaño del cerebro. En total, de las quince especies de homininos que conocemos, doce aparecieron por primera vez durante estas tres fases variables.[32] Es más, el desarrollo y la extensión de las diferentes etapas de tecnologías de utensilios que hemos comentado anteriormente (olduvayense, achelense y musteriense) se corresponden asimismo con los periodos de excentricidad de variabilidad climática extrema.[33]

Además, estos periodos de fluctuación no solo determinaron nuestra evolución; también se cree que fueron la fuerza que impulsó a varias especies de homininos a emigrar de su lugar de origen y dirigirse a Eurasia. En el capítulo siguiente analizaremos en detalle cómo Homo sapiens, nuestra especie, pudo dispersarse por todo el planeta, pero las condiciones que impelieron a los homininos a salir de África obedecieron en primer lugar a las fluctuaciones climáticas que tuvieron lugar en el Gran Rift.

Durante cada fase húmeda, el llenado de los grandes lagos amplificadores y la disponibilidad adicional de agua y comida debían de causar un estallido demográfico, mientras que al mismo tiempo disminuía el espacio habitable a lo largo de la banquina del rift bordeada de árboles. Esto debió de concentrar a los homininos por toda la quebrada del valle del Rift y, finalmente, debió de empujarlos fuera de África oriental con cada pulso del ciclo de precesión, como una bomba climática. Las condiciones más húmedas debieron de permitirles también desplazarse hacia el norte a lo largo de los afluentes del Nilo y de los corredores más verdes de la península del Sinaí y de la región Levantina, para desparramarse en Eurasia.[34] Homo erectus abandonó África durante la fase de clima variable de hace unos 1,8 millones de años, y acabó extendiéndose hasta China. En Europa, H. erectus evolucionó hasta dar origen a los neandertales, mientras que la población que permaneció en África oriental al final dio origen a los humanos anatómicamente modernos hace 300.000-200.000 años.

Nuestra especie se dispersó fuera de África hace unos 60.000 años, como veremos en el capítulo siguiente. Nos encontramos a los descendientes de las oleadas previas de homininos migrantes (neandertales y denisovanos) a medida que nos desplazábamos por Europa y Asia. Pero estos acabaron por extinguirse hace unos 40.000 años, y solo quedaron los humanos anatómicamente modernos. Tras el apogeo de la diversidad de especies diferentes de homininos en África hace unos 2 millones de años,[35] por medio de nuestras interacciones (y el entrecruzamiento) con especies humanas estrechamente emparentadas a medida que nos desplazábamos por Eurasia, Homo sapiens se convirtió en una especie solitaria. En la actualidad somos el único superviviente de nuestro género, en realidad de todo el árbol genealógico de los homininos.

En sí mismo, esto constituye una curiosidad. Gracias a numerosas evidencias arqueológicas, sabemos que los neandertales eran una especie muy adaptable e inteligente. Elaboraban utensilios líticos y cazaban con lanzas, controlaban el fuego y quizá se decoraran el cuerpo e incluso enterraran a sus muertos. También eran físicamente más fuertes que nosotros, Homo sapiens. Aun así, casi tan pronto como llegamos a Europa los neandertales desaparecieron. Tal vez sucumbieran a las rigurosas condiciones climáticas de lo más profundo de la Edad de Hielo (aunque la asombrosa coincidencia con nuestra llegada parece descartar esta explicación), o quizá los humanos anatómicamente modernos se enfrentasen de un modo violento con estos europeos preexistentes y los masacraran hasta hacerlos desaparecer. Pero la explicación más sencilla es que los ganamos en la competencia por los recursos en el ambiente compartido, sin más. Se cree que los humanos modernos teníamos unas capacidades lingüísticas muy superiores, y por tanto una coordinación social y una innovación mucho mejores, así como habilidades más avanzadas en la elaboración de utensilios. Y, a pesar de habernos dispersado desde el África tropical en fecha más reciente, podíamos elaborar agujas de coser y por ello pudimos confeccionar vestimenta más cálida y que se ajustaba al cuerpo cuando la Edad de Hielo atravesó periodos particularmente glaciales.[36]

Los humanos nos impusimos a los neandertales por nuestro cerebro, no por nuestro músculo, y en consecuencia acabamos dominando el mundo. Y la razón para ello probablemente sea que nuestros antepasados tuvieron una historia evolutiva más larga en el clima tan fluctuante de África oriental, lo que les obligó a desarrollar una inteligencia y versatilidad mayores que las de los neandertales. Habíamos pasado más tiempo adaptándonos a la variabilidad húmeda-seca del valle del Rift, y esto también nos hizo más capaces de habérnoslas con los diferentes climas que encontramos en el resto del mundo, incluidas las condiciones ambientales de la Edad de Hielo del hemisferio norte.[37]

En definitiva, el animal humano fue forjado por una combinación peculiar de procesos planetarios, todos los cuales coincidieron en África oriental a lo largo de los últimos millones de años. No fue solo que la región se hubiera desecado cuando la corteza terrestre se elevó debido al penacho de magma que ascendía por debajo, pasando del hábitat relativamente llano y forestal de nuestros antepasados primates a la sabana árida. Todo el paisaje se transformó en un terreno irregular cortado por empinados escarpes de falla y crestas de lava volcánica solidificada; aquel era un mundo fragmentado en un mosaico complejo de diferentes hábitats que continuaron cambiando con el paso del tiempo. En particular, la tectónica extensional de África oriental desgarró el valle del Rift para crear una geografía única de elevadas paredes que recogían la lluvia y un cálido suelo de valle. Los ciclos cósmicos de la órbita de la Tierra y los giros del eje llenaron con regularidad las cuencas del fondo del rift con lagos amplificadores que respondían rápidamente incluso a las fluctuaciones climáticas más moderadas para crear una presión evolutiva poderosa sobre toda la vida en esta región.

Estas circunstancias únicas de los territorios de origen de los homininos impulsaron el desarrollo de especies adaptables y versátiles. Nuestros ancestros dependieron cada vez más de su inteligencia y de trabajar juntos en grupos sociales. Este paisaje diverso, que varió mucho en el espacio y en el tiempo, fue la cuna de la evolución de los homininos, y de ella surgió un simio desnudo y parlanchín lo bastante inteligente para llegar a comprender sus propios orígenes. Los sellos distintivos de Homo sapiens (la inteligencia, el lenguaje, el empleo de utensilios, el aprendizaje social y el comportamiento cooperativo, que nos permitirían desarrollar la agricultura, vivir en ciudades y construir civilizaciones) son consecuencia de esta variabilidad climática extrema, producida a su vez por las circunstancias especiales del valle del Rift. Como todas las especies, somos un producto de nuestro entorno. Somos una especie de simios nacidos del cambio climático y de la tectónica de África oriental.[38]

SOMOS LOS HIJOS DE LA TECTÓNICA DE PLACAS

La tectónica de placas no solo creó el ambiente diverso y dinámico de África oriental en el que evolucionamos como especie, sino que también iba a ser un factor que definiría dónde se aventuraría la humanidad para construir nuestras primeras civilizaciones.

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FIGURA 2. Las principales civilizaciones antiguas y su cercanía a los límites entre placas.

Si observamos un mapa de los límites de las placas tectónicas que entrechocan y le superponemos las localizaciones de las principales civilizaciones antiguas del mundo, se nos revela una relación asombrosamente directa: la mayoría se sitúan muy cerca de los márgenes de las placas. Si se considera la cantidad de territorio disponible en la Tierra para ser habitado, se trata de una correlación sorprendente, y es muy improbable que se haya producido por azar. Parece como si las primeras civilizaciones hubieran elegido acurrucarse cerca de fracturas tectónicas, milenios antes de que los científicos identificaran su existencia. Tiene que haber algo en los límites de las placas que los hiciera tan favorables para el establecimiento de culturas antiguas, a pesar de los peligros de terremotos, tsunamis y volcanes que estas fracturas plantean en la corteza terrestre.

En el valle del Indo, la civilización de Harappa surgió alrededor del año 3200 a. C. como una de las tres primeras del mundo (junto con las de Mesopotamia y Egipto),[39] en una depresión que recorre el pie del Himalaya. La colisión entre placas tectónicas pliega cordilleras de montañas altas (como el Himalaya, creado por el choque de India sobre Eurasia), pero el peso inmenso de la cordillera también flexiona hacia abajo la corteza a lo largo de aquella para crear una cuenca baja de subsidencia. Los ríos Indo y Ganges, que fluyen desde el Himalaya, recorren esta cuenca de antepaís, donde depositan los sedimentos erosionados de las montañas para producir suelos muy fértiles para la agricultura primitiva. Se podría decir que la civilización de Harappa nació de la colisión continental entre India y la placa Euroasiática.

En Mesopotamia, los ríos Tigris y Éufrates fluyen también a lo largo de una cuenca de subsidencia presionada por los montes Zagros, que se formaron cuando la placa Arábiga quedó subducida bajo la euroasiática (según se muestra en la página 82).[40] Por lo tanto, los suelos mesopotámicos se enriquecieron de forma parecida con sedimentos erosionados de esta cordillera.[41] Las civilizaciones asiria y persa surgieron directamente sobre esta intersección entre las placas Arábiga y Euroasiática.

Los minoicos, griegos, etruscos y romanos se desarrollaron asimismo muy cerca de límites de placas en el seno del complejo entorno tectónico de la cuenca mediterránea. En Mesoamérica, la civilización maya surgió hacia el año 2000 a. C. y se extendió por buena parte del sudeste de México, Guatemala y Belice, construyendo ciudades importantes entre las montañas elevadas por la subducción de la placa de Cocos bajo las placas norteamericana y caribeña. Y la cultura azteca, posterior, floreció cerca del mismo límite convergente de placa, con sus terremotos y volcanes, como el Popocatépetl, la sagrada «montaña humeante» de los aztecas.(7)

Y no son solo las cuencas deprimidas a los pies de cordilleras elevadas por colisiones continentales las que contienen tierra cultivable rica. Los volcanes producen también suelo agrícola fértil. Surgen en una línea amplia alejada unos cien kilómetros de la línea de subducción, allí donde una de las placas se hunde más profundamente en el caliente interior y se funde, liberando burbujas de magma que ascienden para alimentar las erupciones más arriba, en la superficie. Las civilizaciones del Mediterráneo, como los griegos, los etruscos y los romanos, surgieron en zonas de rico suelo volcánico en la banda en la que la placa Africana se subduce bajo las placas menores que constituyen la región Mediterránea.[42]

Las tensiones tectónicas también mantienen abiertas fracturas en rocas o empujan hacia arriba bloques de corteza en lo que se conoce como «falla cabalgante», que a menudo crea manantiales de agua. La extensa línea de montañas conectadas a lo largo de Eurasia meridional, compactadas por la colisión de las placas africana, arábiga e india, coincide con la banda árida que recorre la superficie de la Tierra. Esta incluye los desiertos Arábigo y de Thar, y es creada por la porción descendente y seca de circulación en la atmósfera (a la que volveremos en el capítulo 8). Aquí estas fallas cabalgantes suelen hallarse en la unión entre desiertos estériles y bajos y montañas o mesetas elevadas e inhóspitas, de modo que las rutas comerciales suelen recorrer estos límites geológicos. Pueblos que jalonan el camino acomodan a los mercaderes viajeros, cuya sed sacian los manantiales situados a los pies de las montañas.[43] No obstante, aunque los movimientos tectónicos pueden proporcionar fuentes de agua en ambientes que de otro modo serían áridos, estos asentamientos son también vulnerables a terremotos destructivos con cada nuevo deslizamiento de la corteza.[44]

En 1994, la pequeña aldea de Sefidabeh, en el desierto del sudeste de Irán, resultó totalmente destruida por un terremoto. Lo más curioso era que Sefidabeh es una localidad absolutamente remota: una de las pocas paradas de una extensa ruta comercial hasta el océano Índico, es el único asentamiento en cien kilómetros a la redonda. Y sin embargo, parece que el terremoto se centró en la aldea con una precisión asombrosa. Resulta que Sefidabeh había sido edificada justo sobre una falla cabalgante situada a gran profundidad; a tanta que no había creado en la superficie ninguna señal evidente de su existencia, como un escarpe revelador, de modo que no había sido identificada con anterioridad por los geólogos. Visto en retrospectiva, la única señal era una cresta nada notable, suavemente plegada, que corría a lo largo del pueblo, y que se había estado formando poco a poco a lo largo de cientos de miles de años de movimientos telúricos. El asentamiento había crecido allí porque este continuo cabalgamiento tectónico mantenía fontanas en la base de la cresta, las únicas fuentes de agua en kilómetros a la redonda. La falla tectónica había creado las condiciones que permitían la vida en el desierto, pero también tenía el potencial de matar.[45]

Los manantiales que proporcionan estas fallas cabalgantes han sido usados durante miles de años, y explican la localización de muchos asentamientos antiguos en límites tectónicos. Sin embargo, en el mundo moderno se están convirtiendo cada vez más en un motivo de preocupación. La capital de Irán, Teherán, empezó como una agrupación de pequeños pueblos en una ruta comercial importante en la base de la cordillera de Elburz. La ciudad creció con rapidez a partir de la década de 1950, y en la actualidad está densamente habitada, con una población de más de ocho millones de residentes que supera los diez millones durante las horas laborables.[46] Pero los pequeños pueblos comerciales que ocuparon al principio este lugar a lo largo de los siglos se vieron dañados de forma repetida o totalmente destruidos por las sacudidas de terremotos, pues esta falla cabalgante se mueve para mitigar el estrés tectónico creciente. La ciudad de Tabriz, situada al noroeste de Teherán, siguiendo la cordillera, fue devastada por terremotos en 1721 y 1780, cada uno de los cuales mató a más de cuarenta mil personas en una época en que la población de cualquier ciudad era solo una fracción minúscula de la actual. Si otro gran terremoto sacude esta falla cabalgante —o, más bien dicho, cuando lo haga—, los efectos sobre Teherán podrían ser devastadores. La gente se ha instalado en estas fallas cabalgantes durante milenios, atraída por las reservas de agua que crean y por las rutas comerciales que recorren el límite del paisaje, y las grandes ciudades modernas que se han desarrollado allí son ahora particularmente vulnerables debido a esta herencia geológica.[47]

Somos hijos de la tectónica de placas. En la actualidad, algunas de las mayores ciudades del mundo se asientan sobre fallas tectónicas, y de hecho muchas de las primeras civilizaciones de la historia surgieron a lo largo de los límites de las placas que constituyen la corteza de la Tierra. Y, algo más fundamental todavía, los procesos tectónicos en África oriental fueron cruciales para la evolución de los homininos y para forjar nuestra especie particularmente inteligente y adaptable. Volvamos ahora al peculiar periodo de la historia de nuestro planeta que permitió a la humanidad migrar desde nuestro lugar de nacimiento en el gran valle del Rift y llegar a dominar todo el globo.