LA LARGA DESPEDIDA

 

 

 

 

Quienes nacieron a mediados del siglo XX en el campo crecieron en un mundo ya antiguo. Un mundo que poco se diferenciaba del existente cien años antes. Las estructuras agrarias son lentas por naturaleza. Los ritmos del campo son más pausados. Por el contrario, los niños de la ciudad vivían en un ambiente bien distinto: en él dominaban las máquinas, y también las ruinas que resultaban de la destrucción mecanizada. El campo se hallaba casi un siglo retrasado antes de dar finalmente el salto a la modernidad tecnológica. Sin embargo, es cierto que las máquinas —que a mediados del siglo XIX eran raras excepciones experimentales— también iban incrementando su presencia en los entornos rurales. Eran cada vez más pequeñas y prácticas, y su uso más cotidiano, y no se asemejaban tanto a las máquinas de asedio medievales o a los dinosaurios de Parque Jurásico. Cada vez era más frecuente verlas en el campo, transportadas por pequeños tractores, unos vehículos que el siglo XIX no conocía, o solo en forma de enormes máquinas de vapor. A mediados del siglo XX, los tractores podían ser de quince o veinte caballos de potencia; tenían nombres cortos y pegadizos, como Fendt, Deutz, Lanz o Faun, y, con algunas excepciones, como el Lanz gris, iban pintados de verde. Cuando los recordamos, nos parecen frágiles saltamontes en comparación con los mamuts de hoy, con sus doscientos caballos y sus cabinas insonorizadas.

Aparte de estos estruendosos pioneros de la mecanización rural, cuyos bruscos y ruidosos movimientos contrariaban la imagen romántica del siglo XIX, pocas cosas habían cambiado. Los caballos —los pesados caballos de tiro belgas, los fuertes trakehners y los pequeños y robustos haflingers— seguían siendo las fuerzas de transporte y de tiro más difundidas y utilizadas en los estrechos y sinuosos caminos, en las pendientes de los campos y en los barrancos arbolados. Guardo en mi memoria la imagen invernal del vaho que exhalaban y de sus cálidos flancos; y también el olor de su pelaje castaño y sus brillantes crines en verano. Todavía recuerdo el horror que sentí al ver por primera vez los clavos de hierro y cabeza cuadrada que, cuando los herraban, clavaban con martillo en lo que me parecían sus plantas. Escenas tan tremendas solo las había presenciado en las imágenes de la Pasión de Cristo que guardaban las iglesias. Más tarde, cada vez que oía decir que alguien había «clavado» una cosa, en el sentido de haber acertado en su descripción, me venían a la mente aquellos clavos de cabeza cuadrada.

En los establos de los agricultores que todavía vivían de las cosechas y aún no habían cambiado su modesta economía por el trabajo en las fábricas, los habitáculos de los caballos eran las partes más pequeñas, pero también las más nobles, de sus fincas. Vacas, terneros, bueyes, cerdos y gallinas estaban más a la vista, y además apestaban y armaban jaleo; en pocas palabras, eran la plebe de la granja. Los caballos, en cambio, eran raros, preciosos y olían bien; comían de buenas maneras y sufrían de forma más ostensible: sus cólicos eran especialmente temidos. De pie en sus establos como esculturas vivientes, asentían con sus hermosas cabezas o manifestaban desconfianza o sospecha con las orejas. Los caballos tenían sus pastos propios, en los que nunca se extraviaría una vaca, por no hablar de un cerdo o un ganso. A ningún ganadero se le ocurría rodear el prado de sus caballos con alambre de espino, no pocas veces usado con vacas y, sobre todo, ovejas. Para los caballos bastaba un poco de madera o una simple valla electrificada para evitar que escapasen. No se encarcela a los aristócratas. Basta con recordarles su palabra de honor de que no huirán.

002.jpg

Ilustración 2. Breve saludo antes de un largo viaje. Los caminos se separan.

© CFO Förlaget HB.

 

003.jpg

Ilustración 3. Competencia en caballos de fuerza: el motor diésel tiene doce caballos; el motor de avena solo dos, pero huele mucho mejor.

© Deutsches Museum Archiv, Múnich.

 

Estaba yo con mi abuelo, un día de la década de 1950, de pie sobre un cerro desde donde podíamos contemplar nuestra granja y sus alrededores y hasta una parte de la foresta, surcada por un sendero que ascendía por el monte. Súbitamente se rompió el silencio que solía envolver la soledad del campo: algo que parecía una hormiga jorobada subía lenta y ruidosamente la loma. Al aproximarse a nosotros, reconocimos en esa hormiga al viejo mercedes diésel de uno de mis tíos. El pesado vehículo se acercó con gravedad olímpica. Mi abuelo hizo un comentario desdeñoso sobre él; lo llamó «caja de trilla», y observó con creciente escepticismo cómo mi primo, al volante de la bestia, se apartaba del camino para venir directamente hasta donde estábamos nosotros atravesando el prado. Cuando solo había recorrido unos metros sobre la hierba húmeda, perdió el control, se ladeó, resbaló y se enredó con la cerca electrificada que rodeaba el prado de los caballos; finalmente un tocón lo detuvo y despidió una humareda azulada. Conforme el humo se disipaba, pudimos ver al olímpico con los rayos dentro: atrapado en la cerca electrificada, el tractor se había transformado en una especie de jaula de Faraday inversa, cuyas numerosas partes metálicas conducían cada descarga eléctrica hacia donde se hallaba su ocupante.

Todos los intentos de liberar al conductor y al vehículo fracasaron, hasta que un pesado caballo de tiro belga vino al rescate. Enganchado al parachoques trasero del diésel, tiró del vehículo atollado con la fuerza descomunal de un gigante y lo colocó en tierra seca. Recuerdo un cuadro de J. M. W. Turner que muestra a un humeante remolcador de vapor tirando de un orgulloso buque de guerra con sus velas recogidas, el Fighting Temeraire, para conducirlo a su último atraque para el desguace. En nuestra anécdota, el destino, irónicamente —como tantas veces—, volvió atrás la página de la historia: fue el caballo, veterano de guerra retirado, el que tiró del vehículo; el viejo mundo acudía en auxilio del nuevo.

Porque la verdad es que, en aquellos años, ya estaba decidido que el ser humano y el caballo irían por caminos separados. En el futuro, el hombre recorrería el suyo, allanado y asfaltado, en vehículos automóviles. El caballo estaba literalmente superado; era ya uno de esos seres que Condoleezza Rice, exsecretaria de Estado de Estados Unidos, llamó una vez «los atropellados por la historia». Durante siglos, la humanidad representó al vencido siendo atropellado y pisoteado por el caballo que monta el vencedor. En la transición del siglo XIX al XX, fue el caballo el atropellado o, más bien, el arrollado por la historia. Durante la mayor parte de la historia conocida, el caballo había ayudado al hombre a vencer a sus más peligrosos enemigos: otros hombres. Y ahora, abandonado en el camino, veía a su vencedor alejarse sobre ruedas. Seiscientos años de pólvora no habían conseguido disputarle al caballo su posición como el arma de guerra más importante del hombre, pero cien años de guerra mecanizada bastaron para tornarlo obsoleto. El caballo ha sido uno de los vencidos de la historia reciente.

La separación de hombre y caballo, de fuerza mecánica y fuerza animal, no se produjo de manera tan sencilla como nos la imaginamos. El jinete o cochero no se hizo automovilista de la noche a la mañana. La separación se produjo en varias fases repartidas en un periodo de siglo y medio, desde principios del siglo XIX, cuando los ingenieros experimentaban con vehículos y ruedas movidas por el vapor, hasta mediados del siglo XX, cuando los automóviles con motor de explosión superaron en número al caballo como principal medio de transporte. Lo más sorprendente a primera vista es que, durante la mayor parte de esta época, el uso de los caballos continuó aumentando, en lugar de disminuir, como cabría esperar. Fue hacia el final de este periodo, en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando el uso del caballo se redujo, y muy rápidamente. El último siglo de la era del caballo fue testigo no solo del éxodo histórico del caballo, sino también de su apoteosis: nunca antes la humanidad dependió tanto de los caballos como en la época en que los motores de combustión interna empezaban a rugir en Mannheim y Cannstatt.

Si, a pesar de ese siglo y medio, hablo en ocasiones del último siglo de los caballos, no es por pereza mental o porque suene mejor. El final de la era del caballo se ajusta casi exactamente a lo que se acostumbraba a llamar el «largo siglo XIX»: el periodo que comienza con Napoleón y termina con la Primera Guerra Mundial. Desde entonces, prácticamente todas las formas técnicas, desde las empleadas en el transporte hasta las militares, para las cuales el caballo había proporcionado tradicionalmente la necesaria fuerza de tracción, se sustituyeron por los motores de combustión o los eléctricos. Sin embargo, en la práctica, esta conversión se dilató considerablemente en el tiempo:[1] las dos guerras mundiales volvieron a necesitar en grado superlativo de los caballos y no fue hasta mitad de siglo cuando la fuerza de tracción fue abaratándose lo suficiente como para conducir a una drástica disminución del número de caballos en Europa. Es en ese momento en el que la separación no solo es un hecho, también es un proceso concluido.

Con la perspectiva de un historiador, la separación del hombre y el caballo constituye el capítulo central en la historia del fin de la predominancia agrícola en el mundo. Hasta mediados del siglo XX, las civilizaciones mecanizadas y técnicamente avanzadas del mundo occidental todavía acusaban el peso de las estructuras rurales, las aldeas de campesinos, los mercados, los rebaños y los campos de cultivo de cereales. Si retrocedemos otros cincuenta años hasta principios del siglo pasado, el dramático éxodo del mundo natural y el ambiente pastoril es aún más patente: «Hacia 1900 —escribe el filósofo Michel Serres—, la mayoría de las personas de nuestro planeta trabajaban en la economía agrícola y en la producción de alimentos; hoy en día, los agricultores representan en Francia, al igual que en otros países comparables, el uno por ciento de la población. Esta es sin duda una de las brechas históricas más profundas desde el Neolítico».[2]

En este cuadro de transformación radical de la vida y las condiciones de trabajo tradicionales en los países de industrialización rápida, hay que incluir la despedida de los caballos como una fase del éxodo humano del mundo analógico. Nietzsche habló de la muerte de Dios para describir una de las experiencias más perturbadoras que les tocó vivir a los humanos del siglo XIX: la pérdida de una esfera trascendente que anteriormente se consideraba segura. Las gentes sentían que el más allá se les escapaba. Los ciudadanos del siglo XXI conocen un malestar similar: el que les causa la impresión de estar perdiendo el control del más acá.

En un país tradicionalmente agrario como Francia, que nunca ha olvidado el significado latino de la palabra «cultura» —como en «agricultura» y «viticultura»—,[3] se ha vivido esta transformación con particular dramatismo. Los dioses del vino y de la fruta se retiraron del campo, y con ellos desapareció la vieja forma de vida humana. La despedida del caballo se ha convertido en un marcador histórico de la pérdida del mundo rural. «Pertenezco a un pueblo desaparecido —se lamenta el historiador del arte y escritor Jean Clair—. Cuando nací, todavía representaba el 60 por ciento de la población francesa. Hoy se ha quedado en el 2 por ciento. Un día se reconocerá que el acontecimiento más importante del siglo XX no fue el ascenso del proletariado, sino la desaparición de la agricultura.»[4] Los campesinos y los ganaderos han desaparecido, y con los campesinos, algunas veces antes que ellos, los animales: «Los caballos fueron los primeros en irse a finales de los años cincuenta. Se habían vuelto inútiles y desaparecieron para siempre».[5]

Con la perspectiva de la filosofía de la historia, la separación de hombre y caballo parece la disolución de una singular comunidad de trabajadores. En un esfuerzo comunitario, aunque impuesto unilateralmente, las dos especies juntas realizaron lo que Hegel llamó «el trabajo de la historia». Por una extraña coincidencia, que invita a la especulación, la disolución de esta antigua comunidad acontece exactamente en el mismo periodo acotado por las Lecciones de filosofía de la historia universal,[6] de Hegel, y aquellas teorías que, a mediados del siglo XX, empezaron a difundir la idea de un «fin de la historia».[7] Exactamente quince décadas abarca el fin de la era del caballo, desde los primeros presagios a principios del siglo XIX hasta la despedida definitiva a mediados del siglo XX. Estas décadas se extienden desde Hegel, quien en 1806 vio al emperador francés como el «alma del mundo a caballo», hasta Arnold Gehlen, quien en las décadas de 1950 y 1960 desarrolló su teoría de la posthistoria.

El filósofo y antropólogo Gehlen distinguió tres edades del mundo: a un periodo muy largo de la prehistoria siguió la fase de la auténtica historia, intrínsecamente agraria, que a su vez fue reemplazada por la industrialización y la entrada en la fase de la posthistoria.[8] Como si se adhiriera a este esquema, también el historiador Reinhart Koselleck, hablando por primera vez en 2003 de la «era del caballo», distinguió tres grandes épocas del mundo. Dividió la totalidad del pasado en la era precaballo, la era del caballo y la era poscaballo.[9] El historiador recurrió a la simplicidad de esta cronología tripartita porque veía en ella una nueva perspectiva de la historia universal: «Sabiendo muy bien que todas las periodizaciones [...] se basan en preguntas que determinan nuestra perspectiva, busco un criterio que esquive toda delimitación entre una historia antigua, otra intermedia y otra contemporánea».[10]

En el presente ensayo sobre el fin de la era del caballo comparto las expectativas de Koselleck. Pero, a diferencia de él, lo enfoco en la relativamente estrecha zona de transición en la que acontece esta particular salida de la historia. La historia de la «desequinización», como Isaak Bábel ha llamado a este proceso,[11] tiene su propia duración y su propio calado histórico. Acontece como consecuencia de unos procesos de disolución y transformación que se prolongaron durante más de un siglo y que, en ciertos aspectos, aún no han concluido. No solo en la narrativa de Koselleck de 2003 vemos la larga sombra de la era del caballo. También se aprecia en nuestros relatos, en las imágenes de nuestra vida cotidiana y en figuras de nuestro lenguaje. De hecho, el fin de la era del caballo no solo abarca un periodo relativamente largo, sino también una multitud de realidades y observaciones de los más diversos ámbitos de la vida. Ningún otro ser histórico-natural aparte del ser humano nos hace tan inexcusable una «historia total».

Son innumerables y diversas las historias que podrían contarse en las que el caballo tiene un papel protagonista: historias de la técnica, el transporte, la agricultura, la guerra, las urbanizaciones, la energía... Pero, junto a estas historias «reales» del mundo material, hay otras que también quieren ser contadas: historias de conocimientos, símbolos, obras artísticas, ideas y conceptos. Incluso modalidades recientes de la historiografía, como la sound history, la historia del relieve acústico de mundos desaparecidos, encontrarían en el caballo un tema de valor excepcional. Todas estas narraciones son plausibles, y todos los caballos que describen existieron realmente en algún momento: pudieron ser productos de la cría, o de investigaciones, o del arte; ninguna de estas criaturas es más real o más válida que las demás.

Un grafiti en un muro, una metáfora o la sombra de un sueño no son menos reales que un ser de carne y hueso. La historia en general, no solo la del caballo, se compone tanto de los primeros como de los segundos. Jules Michelet dijo una vez que, en sus comienzos, la historia le parecía ser al mismo tiempo demasiado poco material y demasiado poco espiritual. Es un riesgo que hay que asumir al escribir una historia del caballo que sea ambas cosas, material y sensible y, a la vez, espiritual o, como se diría hoy, intelectual.

 

 

En los comienzos de la era del caballo hay una paradoja; en realidad, es la paradoja original de toda la historia. Un mamífero inteligente, el ser humano, se adueña de otro mamífero: el caballo. Lo domestica y lo cría, se hace amigo suyo y lo utiliza para sus fines. Lo asombroso de este proceso es que funciona incluso si los fines del humano son contrarios a la naturaleza de su colega cuadrúpedo. A diferencia del hombre, el caballo es por naturaleza un animal que huye. Cuando no está compitiendo con otros por asuntos sexuales (los famosos sementales que se pelean), no busca enfrentamientos ni disputas; el instinto de buscar presas es algo desconocido para el gran herbívoro. La velocidad con que emprende la huida es el medio que tiene para escapar de la amenaza de cazadores y carnívoros. Esta es precisamente la característica que atrajo la atención y despertó el interés de otro mamífero: el humano. Inicialmente no se vio al caballo como fuente de proteínas, ni siquiera como bestia de carga o de tiro, ni ocupó pronto un lugar central en la historia humana. Como bestia de carga y de tiro entró, al lado del buey y el asno, por el patio trasero de la historia, o, digamos, por la entrada de servicio. Solo como animal veloz se puso el caballo a la vanguardia de la simbiosis de historia y naturaleza. Un puesto que, a pesar de todos los éxitos históricos de otros animales, desde el camello hasta el elefante, logró conservar indiscutido durante seis mil años.

La cualidad más importante que permitió al caballo entrar en la historia es la velocidad, algo que vio claramente Oswald Spengler. Durante casi seis milenios se asoció al caballo la experiencia de una magnífica aceleración y velocidad, así como al camello en el mundo árabe, y esa velocidad se mantenía incluso montado; una experiencia histórica que, cinco generaciones después de la invención del automóvil y cuatro de la del vuelo motorizado, ha caído en el olvido. El caballo era la máquina veloz por excelencia; permitía dominar un territorio de una manera impensable sin él. Gracias al caballo, era posible conquistar grandes territorios y gobernar vastos dominios; más aún: asegurarlos y conservarlos. Spengler llamó a este hecho, siguiendo a Nietzsche, la «gran política»: el caballo introdujo la posibilidad histórica de la política de poder, la política de conquista a gran escala. La máquina veloz devino en una máquina de guerra de primer orden, y su capacidad de devorar las distancias hizo posible un aumento exponencial del alcance de las comunicaciones. La aptitud para la domesticación y la cría, junto con la posibilidad de conducirlo —en pocas palabras: como vector animal—, convirtió al veloz caballo en «animal político» y en el más importante compañero del Homo sapiens.

Con ello volvemos a la paradoja inicial. Como vector, no era raro que el caballo de silla o de tiro se empleara como caballo de batalla. Una y otra vez, el pacífico herbívoro tuvo que renunciar a su instinto natural para acompañar al hombre en sus batallas y pisotear a sus enemigos. En contra de su naturaleza, el asustadizo animal que huye se transforma en encarnación de un terror que pone en fuga al hombre depredador: ¿quién correría el riesgo de ser atropellado o acabar a merced de sus cascos? El animal que huye, empleado como arma físicamente superior en las luchas de los depredadores humanos con sus semejantes: tal es la dialéctica originaria de la era del caballo, de la tensión subyacente al «pacto centáurico».

Comparado con esta alianza histórica, cualquier otro pacto que el humano haya sellado en su historia ha sido frágil y efímero; ni siquiera las relaciones del hombre con sus dioses han mostrado un grado comparable de estabilidad. Lo cual hace más pasmoso su final: justo en el momento en que la alianza devino más estrecha e intensa, comenzó a desvanecerse sin remedio. Casi en silencio, y sin que lo notase la mayoría de los contemporáneos, esta alianza se desintegró. La gran figura dramática se desmoronó, y seis milenios de asociación centáurica terminaron sin la menor ceremonia. Lo que sucedió después apenas quedó en una sátira: mientras que una parte de la antigua alianza, la humana, se alió pasajeramente con todo tipo de máquinas —automóviles, objetos voladores y ordenadores portátiles—, la otra parte pasó al retiro histórico como instrumento deportivo, terapéutico, signo de estatus y como apoyo de la pubertad femenina. Solo se le concederían apariciones fugaces en su papel arcaico de inspirador de terror para cargar en las manifestaciones obreras o alejar las protestas ciudadanas de las zonas comerciales.

Paralelamente a su máximo ascenso y caída, el caballo protagonizó a lo largo del siglo XIX una extraordinaria carrera literaria e iconográfica. Las grandes novelas de aquel siglo del caballo, cuando no se desarrollan en alta mar, sino en tierra, son, en buena parte, novelas con caballos; motivos e historias relacionadas con caballos las recorren como tendones y venas. Esto es así incluso en los escritores más urbanos de la época: Stendhal, Balzac, Flaubert, Tolstói y Stevenson. Todas las grandes ideas que en el siglo XIX obraron como fuerzas motrices de la historia —libertad, grandeza humana o compasión, pero también las corrientes subterráneas de la historia entonces descubiertas, como la libido, el inconsciente y lo tenebroso— conducen de una manera u otra al caballo. Por supuesto, el caballo no es la esfinge. Pero fue ciertamente el gran portador de muchas ideas e imágenes, su inspirador intelectual, su logopeda. Cada vez que el hombre del siglo XIX topaba con un muro mental o una barrera emocional, recurría al caballo para que lo ayudara a avanzar: un animal que aligeraba las ideas y compartía los sufrimientos.

En el fondo de la historia de esta separación que narraré en las siguientes páginas, hay un proceso de sublimación. Conforme el viejo y sólido mundo de los caballos, con sus carruajes y soldados de caballería, comenzaba a desmoronarse bajo la presión de una civilización cada vez más mecanizada, los caballos tenían una presencia más imaginaria y quimérica, convertidos en fantasmas de la modernidad, y cuanta más presencia mundana perdían, más acechaban a las mentes de una humanidad que se había apartado de ellos. Tal vez sea este el precio que pagamos por la «enorme pérdida de tradición histórica ingenua» que Hermann Heimpel lamentaba en la convención anual de los historiadores alemanes de 1956 en Ulm: «Con cada caballo que desaparece, perdemos algo de una forma de vida que todavía conecta nuestra época con la de Carlomagno».[12]

Cuando termina una era, el drama histórico acontecido puede repetirse como comedia, decía Marx citando libremente a Hegel. Y así también la era del caballo, que en su ocaso emitió un último destello cómico. Procedía de una cola de caballo rojiza balanceándose tentadoramente, mientras detrás de ella se cerraba de golpe la puerta de la historia. Corría el año 1957, cuando Max Frisch acababa de publicar su novela Homo faber. La vieja era de los centauros había terminado; empezaba la joven era de las amazonas adolescentes con pantalones vaqueros, y Frisch se esforzó mucho por describir sus contornos: «Su cola de caballo rojiza balanceándose sobre su espalda, los omóplatos debajo del jersey negro, el rosario de las vértebras marcándose de arriba abajo del espinazo; y luego sus caderas, sus muslos jóvenes dentro de los pantalones ajustados, arrugados en las pantorrillas; sus tobillos...». Y, sin embargo, todos estos detalles secundarios —espalda, caderas, muslos, pantorrillas y tobillos— se vuelven terciarios frente al signo de tormenta que se balancea con su combinación de inocencia y animalidad. Habrían de pasar siete años antes de que el Ford Mustang se convirtiera en el modo apropiado de transporte para cabalgar hacia el Oeste. Pero aquel signo de la historia, que presagiaba el fin de una vieja época y el comienzo de la nueva, oscilaba ya incitante.

 

 

Los inmensos servicios que el caballo prestó mientras se mantuvo el pacto centáurico se precipitan ahora, en la era poscaballo, al pozo del olvido. El caballo no es la parte maldita de la historia, su lado proscrito o infame; es simplemente su parte olvidada. Pero es una parte más extensa y compleja: hay que vencer la tentación de describir parcamente todos los aspectos de la historia del caballo; la tentación de precipitarse e ir a la deriva entre hechos y teorías, novelas y remontes, bridones y destinos. Esto podría resultar estéticamente atractivo, pero es poco práctico. Para ser más sistemático, trataré de historias que es mejor contar de forma paratáctica, es decir, una detrás de otra. Es lo que haré en cuatro largos capítulos.

004.jpg

Ilustración 4. El mundo antiguo salva al nuevo de un hundimiento: dos caballos tiran de un automóvil en una playa del mar Báltico.

© Foto: Max Schirner.

 

En el primer capítulo narraré historias reales: de ciudades, carreteras y accidentes, de médicos rurales y soldados de caballería, de espacios, caminos y energías. En el segundo, historias de conocimientos: del saber sobre los équidos que entendidos, criadores, pintores e investigadores han adquirido a lo largo de los últimos siglos y que hoy está parcialmente, si no del todo, olvidado. En el tercero, historias de metáforas e imágenes: representaciones en las que el siglo XIX plasmó sus ideas de poder, libertad, grandeza, compasión y terror. Esta sucesión refleja las tres economías en las que el caballo desempeñó su viejo papel protagonista como movilizador, como gran convertidor de energía, saber y pathos. Y en el cuarto y último capítulo reuniré y contaré historias de caballos y hombres que he escuchado, leído o vivido. Las he sistematizado lo mejor que he podido y, siguiendo las líneas de las tres economías, muestro cómo otros historiadores han tratado el tema del caballo y su historia, y hago algunas propuestas de relatos.

¿Qué enfoque habría que dar a toda esta historia? ¿Debe narrarse como tragedia o como comedia? ¿Como un ascenso o como un descenso? ¿Haciendo una crítica cultural o dejándola en un sereno estudio estructural? Siendo la historia de una separación, sería natural decidirse por la forma estética de la despedida. ¿No se trata de despedirse de un mundo humano, de una civilización próxima a la naturaleza, de una cultura refinada, de un mundo analógico? Pero la despedida, decíamos, se produjo hace ya mucho tiempo, y la historia terminó definitivamente hace medio siglo. ¿No invita este hecho a la forma dramática del epílogo? Ambas formas son atrayentes y su efecto teatral es indudable. Dejan mucho margen al sentimiento, pero ¿cuánto al conocimiento? Quien quiera saber cómo se desarrolló la historia y lo que aún nos puede decir, debería optar, si tuviera dudas, por formas más abiertas y fragmentarias: más comparaciones y menos conclusiones.

De todas maneras, la historia de los caballos no admite últimas palabras. El tema requiere una «historia total», como apunté más arriba, junto con lo que había planeado al comienzo de mis reflexiones. ¡Qué poco sabía entonces de los espíritus que estaba invocando! El caballo ha hecho correr ríos de tinta formando un océano de literatura impresa, pero jamás ha habido una síntesis, como la que me atrevo a hacer con este libro, que se opusiera al laberinto de todo lo publicado; el archivo es un sueño irrealizable. El caballo no nació en Troya, sino en Alejandría, como un fantasma de su gran biblioteca, y quien haya examinado las representaciones escultóricas y los textos en los que ese fantasma había tomado posesión de las mentes de artistas, escritores y doctos hasta obsesionarlas, hará lo posible por recuperar ese rudo mundo de establos, pistas de circo y prados.

Y eso no es todo. Los problemas epistémicos son más profundos y cuestionan la posibilidad de la exposición misma. Quien intente escribir sobre doscientos o trescientos años de historia equina se encontrará con densas capas de literatura sobre el papel del caballo en diversos y muy diferenciados contextos culturales. En cada paso que dé se moverá sobre abismos de controversias académicas que no podrá abarcar y aún menos reproducir. Cien años de investigación de la antropología estadounidense sobre los indios no pueden resumirse en un puñado de páginas. Hay quien quiso ser un Franz Boas y acabó siendo un Karl May. Este problema general de carencia de una base sólida lo conocen todos los autores de síntesis históricas, especialmente los historiadores globales. Con una plétora de notas, como las que yo mismo he dejado en mi texto, se ponen hasta cierto punto las cartas sobre la mesa. Sin embargo, las cuestiones esenciales son más eludidas que respondidas; más que resultados positivos se nos antojan aquí desiderata. Y cuanto más discurso retórico encontramos en estudios y trabajos especializados, tanto más patente es, por su otra cara, el silencio de los verdaderos protagonistas: el caballo enmudece.

«El caballo no tiene patria», dijo el mariscal Ney, pero ¿no es hora de concederle el derecho a permanecer en nuestras narraciones del pasado? Hace casi dos décadas tuve la idea de escribir una historia del largo siglo XIX que no se centrase en los sospechosos habituales, desde Napoleón y Metternich hasta Bismarck, sino en el secreto héroe y protagonista de aquel siglo: el caballo. En aquel entonces, todavía soñaba con darle voz y voto a este protagonista histórico. Ese sueño fue irrealizable, no por la oscuridad del tema que podría causar la insuficiencia de material, pues, al contrario, los archivos están a rebosar. Uno no escribe desde el establo, sino siempre desde la biblioteca. Quienes otorgan al caballo el papel protagonista, o incluso le permiten expresarse en primera persona, como hicieron algunos autores sensibles de la literatura equina o universal, desde Théodore Sidari (Mémoires d’un cheval d’escadron, París, 1864), John Mills (The Life of a Racehorse, 1865), Anna Sewell (Black Beauty, 1877), León Tolstói (Historia de un caballo, 1886), Mark Twain (A Horse’s Tale, 1905) y D. H. Lawrence (St Mawr, 1925), hasta Michael Morpurgo (War Horse, 1982), casi nunca abandonan la biblioteca y sus palabras proceden de su torre de marfil. No quiero decir con esto que no podamos estudiar la particular inteligencia y la vida emocional del caballo; al final de este libro haré algunas propuestas relativas a esta posibilidad. Pero mi esperanza inicial quedó frustrada. Mi primer auténtico libro sobre el caballo tendrá que esperar hasta que me reencarne como caballo. El que tiene el lector en sus manos no es un libro sobre el caballo, sino más bien el libro de un historiador sobre el fin de la era en que el hombre y el caballo hicieron historia juntos. Y recalco que no la escribieron, sino que la hicieron, pues escribirla es algo que ha hecho una parte del dúo, y una vida humana no es suficiente para leer todo lo que esa parte tuvo que decir de la otra.

Durante mucho tiempo pensé que tendría que escribir este libro para historiadores. Como si me interesara demostrar a mis colegas que durante largos años habían hecho caso omiso de tan importante personaje histórico y habían dejado pasar oportunidades de conocer su papel. Y me alegraría mucho que alguno de ellos leyera mi libro y aprovechara algo de él. Pero al final lo escribí para ponerle una amable, aunque inmodesta, dedicatoria: para todos y para nadie; aunque esto es cierto solo en parte. Lo escribí para mi madre, que amaba y entendía a los caballos. Nunca sabré si le habría gustado. Han pasado diez años desde la última vez que podría habérselo preguntado.

doc-4.xhtml

 

 

 

 

EL PACTO CENTÁURICO


Energía

doc-5.xhtml

 

 

 

 

Si puedo pagar seis sementales,

¿no habrán de ser sus fuerzas las mías?

Si pasos has de dar fundamentales

en veinticuatro patas te confías.

 

GOETHE, Fausto I

 

La figura del centauro se yergue en el siglo XIX como un emblema. Ninguna otra criatura de las fábulas y leyendas griegas representa mejor el rumbo de una época que tan hechizada estuvo por promesas de energía en abundancia. Era la época del hombre-caballo, de la criatura que es más que hombre. El centauro es la suprema energía, el alborotador del zoo mitológico, un impetuoso mozo que gusta de la bebida y la pendencia; invitémoslo a cenar y arriesgaremos más que unos platos rotos. En ningún otro ser mitológico se halla tan arraigada la posibilidad, siempre presente, de la violencia. Es una máquina explosiva, toda dinamismo e impulsividad, donde la inteligencia y la astucia del hombre se combinan con la fuerza y la rapidez del caballo; es la beligerancia salvaje con la instancia metódica. Lo que se manifiesta como agresividad centáurica es pura erupción de energía. En el mundo de este fogoso ungulado, la mujer solo existe como fácil botín, como sabina que se toma y se lleva. Ocasionalmente podrá actuar cual gentleman y tender la mano a alguna belleza para ayudarla a subir a sus lomos,[13] pero al momento siguiente estará galopando con ella, echando chispas y cargando el aire de energía erótica. En los asuntos del amor, este personaje no ha cambiado nada desde los tiempos de Ovidio.

El joven centauro que ve por vez primera a un hombre hace un descubrimiento decepcionante. Ve una criatura defectuosa, una mitad de él. «Un día, mientras caminaba por un valle donde los centauros rara vez vagan —escribió Maurice Guérin—, encontré a un hombre. Era el primero sobre el que puse mis ojos, y lo desprecié. No es más que la mitad de lo que soy, me dije. [...] Seguro que es un centauro arrojado allí por los dioses, condenado a moverse de esa manera.»[14] El hombre es consciente de su inferioridad y debilidad, y por eso domestica, cría y adiestra caballos, la parte animal de su existencia errática. Cuanto más estrecho y firme es el vínculo entre los dos, cuanto más «centáurica» es su asociación, tanto mayores son la energía, la fuerza y el dinamismo con que cuenta el hombre. Fue inevitable que, llegado el ocaso de la era del caballo, naciera una nueva cultura centáurica: en sus batallas a caballo por la conquista del Oeste, los indios y los vaqueros —como los mongoles, los cosacos y los mamelucos antes que ellos— hicieron realidad por última vez la antigua fantasía de esta fusión. Y colonizaron generaciones de mentes infantiles.

El discurso sobre la inminente desaparición de la equitación y del transporte con caballos empezó pronto, una vida humana antes de que el primer automóvil rodara vacilante por una carretera. Lo que motivó ese discurso fue una catástrofe, y el desencadenante, una invención. En 1815 se produjo la erupción del Tambora, un volcán al este de Bali, que oscureció el cielo en el hemisferio sur y, al año siguiente, en el hemisferio norte, hasta el extremo de que provocó una caída general de la temperatura y una sucesión de malas cosechas. Las hambrunas y el aumento del precio de la avena fueron sus consecuencias: «Los caballos se disputaban los cereales y el heno, que empezaban a escasear, y eran sacrificados para su consumo o morían de inanición».[15] Como atinadamente dice el historiador de la tecnología Hans-Erhard Lessing, fue una ocasión para el inventor: en 1817, Karl Drais presentó el primer modelo de su Laufmaschine, que describió como «máquina para el transporte sin caballo» e ideó con el fin de romper unilateralmente el antiguo pacto centáurico, que de por sí era unilateral. Una vez así presentado, el discurso sobre el inminente final de la era del caballo nunca cesaría del todo, el espíritu inventivo y las fantasías de la técnica lo mantuvieron vivo hasta finales del siglo XIX, cuando se iniciaron, y rápidamente adquirieron una dinámica incontenible, los procesos reales de eliminación y sustitución impulsados por la electricidad y los motores de combustión interna.

En 1935, un autor entonces desconocido publicó un libro titulado Reiterbuch, que era una despedida del viejo mundo equino a punto de hundirse en el olvido. Se trataba de la primera publicación de Alexander Mitscherlich. El joven, procedente del círculo de Ernst Jünger, pero que se había pasado al de Ernst Niekisch, nimbaba en ella la «figura» del jinete y rastreaba sus cambios de aspecto a través de los milenios. En todos sus pasajes cumbre se apreciaba el resplandor de atardeceres históricos y el tono dulce de la elegía: «Ya no es la luz de las escenas grandiosas la que hoy cae sobre el corcel y el jinete. [...] Su ritmo de trote ha dejado de sonar. Las huellas de los cascos se han borrado. El dominio del caballo se ha reducido. [...] Otras huellas sigue el hombre desde que se habituó al compás de los motores».[16]

La «visión» histórica de Mitscherlich acabó en una crítica de la civilización mecanizada y motorizada. A diferencia de los «instrumentos eternos» de la humanidad, como la espada y el corcel, que sirvieron al hombre para una expansión y un incremento naturales de sus fuerzas y de «inspiración a su pensamiento original»,[17] la maquinaria le robó su expresión vital: «... el hombre degrada la expresión y el movimiento de su humana figura a la neutralidad, se esconde en el aparato».[18] En las «prótesis totales» de la nueva era se acurruca un ser enajenado de sí, debilitado: «... cuantas más de estas prótesis pone a su servicio, más se debilita la figura humana a la que sirven».[19] El epílogo que Mitscherlich dedica al jinete que ha descendido del corcel para desaparecer en la cabina de su vehículo motorizado se inscribe, por los términos empleados y las imágenes mentales —la técnica como profecía, la neutralidad de la energía generada por la técnica, el debilitamiento del sujeto—, en el contexto de la crítica conservadora de la cultura y de la técnica típica de los años treinta. En forma de nota al pie al libro de Jünger, Der Arbeiter, y, frente a la tecnovisión de este, más agresiva, Mitscherlich contrapone una escena sentimental de hoja de calendario.

Cuando, en las páginas siguientes, describa de qué manera se produjo real e históricamente la sustitución del caballo como animal proveedor de energía y de los sistemas a él asociados (agricultura, transporte de mercancías, transporte público, ejército...) en diversos órdenes de la vida, la elegía y la crítica cultural brillarán por su ausencia. La disolución del pacto centáurico no conllevó, después de todo, la completa desaparición de los caballos.[20] Por el contrario, desde el mínimo histórico de 1970 en Alemania, con 250.000 caballos, el número ha ido nuevamente en aumento, y en la actualidad se estima en más de un millón. También es de un millón el número de personas que practican regularmente la equitación en Alemania, con una significativa asimetría a favor de las mujeres y las niñas. Y son 300.000 las personas empleadas en la industria de la equitación, las cuales se ganan la vida con la cría, el mantenimiento, los servicios veterinarios, el adiestramiento y los cuidados. Venden equipamientos, imparten clases de equitación, organizan competiciones y ferias, escriben para revistas (las librerías de las estaciones alemanas ofrecen de media dos docenas de publicaciones sobre caballos y equitación). Y no olvidemos los estudios especializados sobre caballos que pueden cursarse en diversas escuelas superiores de la República Federal: en Berlín, Osnabrück y Nürtingen con licenciatura, y en Gotinga incluso con un máster.

Además, para quienes viven de dicha industria, esta supervivencia deportiva y sentimental de la era del caballo ha perdido su seriedad histórica. Hoy en día, los vínculos que mantienen humanos y caballos se sustentan en las relaciones sentimentales, las comunidades de aficionados y la camaradería deportiva. El pacto centáurico era, por el contrario, mucho más sólido. Era una alianza al viejo estilo, todavía regida por la ley de la necesidad. Hombres y caballos compartieron sus destinos hasta el día en que decidieron seguir en el futuro por caminos separados. En las siguientes páginas veremos cómo se llegó a tal decisión y lo que sucedió después.

doc-6.xhtml

EL INFIERNO DE LOS CABALLOS

 

 

 

 

Desde que tenemos el tren, los caballos corren peor.

 

THEODOR FONTANE, Der Stechlin

 

LA TRÍADA CON DANTE

 

Cuando Friedrich Schiller murió en mayo de 1805 tras una larga enfermedad, dejó una serie de proyectos dramáticos sin realizar. Una de las piezas que planeó escribir se titulaba Die Polizey. Era una tragedia ambientada en el París revolucionario y escenificaba un gigantesco sistema de vigilancia de ciudadanos y control de información. En el corazón de la obra se encuentra la oficina del todopoderoso jefe de policía. Su adversario no es el oscuro mundo criminal, sino las intrigas nocturnas en la ciudad. París, escenario de la acción, es en este drama un personaje más, pero de dimensiones sobrehumanas. Como en la mayoría de los proyectos no realizados del tempranamente fallecido dramaturgo, en Die Polizey el trabajo poético no estaba aún comenzado y no hay ningún verso. Solo existe el esbozo en prosa cual esqueleto de una obra teatral salpicado de notas y aderezado de frutos de sus lecturas y curiosos hallazgos. Uno de los más llamativos es esta frase: «París, el paraíso de las mujeres, el purgatorio de los hombres y el infierno de los caballos».[21]

005.jpg

Ilustración 5. Energías salvajes: Centauro femenino, dibujo a pluma de Eugène Fromentin.

© James Thompson/Barbara Wright: La vie et l’oeuvre d’Eugène Fromentin, Courbevoie (París), 1987.

 

006.jpg

Ilustración 6. «Tolstói solía montar a caballo en invierno y en verano. Por la mañana trabajaba y tomaba café, y luego salía de casa, asía con mano experta las crines de la cruz junto con las riendas, introducía el pie en el estribo y colocaba una pierna sobre la espalda del animal; en esa postura se sentía ligero y elástico. [...] Kramskoy decía que, cuando Tolstói montaba, era el hombre más apuesto que jamás había visto.» (V. Shklovsky, Leo Tolstoy). Tolstói en su caballo Demir, 1908.

© Archive Photos, Staatliches Museum Landsitz Tolstois Jasnaja Poljana.

 

Schiller no inventó esta lapidaria sentencia tripartita; solo modificó ligeramente su ritmo.(1) Louis-Sébastien Mercier, a quien cita, habla del «paradis des femmes, le purgatoire des hommes & l’enfer des chevaux».[22] Para su drama de París, el poeta encuentra en el Tableau de Paris, de Mercier, una fuente inagotable de citas y observaciones. Toma de Mercier la imagen aparentemente moderna del aparato policial como una gran máquina, y también la de la ciudad como un Moloch cuyo ambiente más idóneo es la noche. Schiller no pasa por alto el contexto demográfico del comentario de Mercier, como prueban ya las siguientes palabras de sus notas: «mortalidad anual en P. 20.000».[23] Esta estadística también procede de Mercier, quien bajo el encabezado Population de la capitale introduce el dato de que los hombres de París mueren antes y más jóvenes que las mujeres. Por eso, añade Mercier, la gente corriente dice que París es el paraíso de las mujeres y el purgatorio de los hombres. Solo los caballos y las moscas mueren antes.

Tampoco fue Mercier quien inventó tan bonita frase. Ya dos siglos antes era corriente la frase sobre las mujeres, los caballos y los hombres. Al parecer tuvo su origen en 1558, en una sentencia de Bonaventure des Périers. En la trigésima primera narración de sus Nouvelles récréations et joyeux devis, publicadas póstumamente, se lee que París es «el paraíso de las mujeres, el infierno de los mulos y el purgatorio de los suplicantes».[24] A finales del siglo XVI, John Florio en sus Second Fruits fue el primero en expresar esta idea en su forma clásica: el paraíso para las mujeres, el purgatorio para los hombres y el infierno para los caballos.[25] Y, de nuevo, treinta años después, en 1621, Robert Burton se llevó la ocurrencia del paraíso para las mujeres y el infierno para los caballos de vuelta a Inglaterra para comparar su país con Italia, donde todo se invierte y el paraíso pertenece a los caballos;[26] sin embargo, fue Mercier quien puso en circulación la frase lapidaria. Dante acude raudo a nuestra mente cuando pintamos el infierno y su tricolon se queda en nuestra memoria, pero todos lo usan de modo selectivo. El canónigo de Hamburgo F. J. L. Meyer, tras su viaje por Francia, publicó en 1802 unas Cartas desde la capital y el interior de Francia,[27] en las que elogia la calidad de la policía y lamenta la suerte de los caballos justamente en París. No es caro viajar a París, pero allí, escribe, los caballos y sus arneses se hallan en un estado miserable. Mujeres, hombres, mortalidad: todo el contexto demográfico desaparece de la superficie del cuadro, y solo queda la miseria de los caballos, que en adelante recorrerá como un tópico la literatura decimonónica en torno a París.

El tema aparece también en Eduard Kollof, corresponsal en París del Morgenblatt für gebildete Leser («Diario matutino para lectores cultos»), publicado por Cotta. En 1838, Kollof informó sobre «El transporte en París» con la siguiente descripción del tráfico infernal de la capital: «Cuando uno ve la gran cantidad de carruajes que, desde muy temprano y hasta el anochecer, ruedan sin cesar por las calles de París, se asombra de que haya alguien caminando por una acera. Cabriolets, simones, deltas, lutetiennes, tilburys, calesas, coupés y landaus, de un caballo y de dos caballos, postchaises de cuatro caballos, diligencias de seis; todos circulan día y noche, en una y otra dirección sin detenerse; a veces se les rompe un eje, vuelcan y ocasionan mil accidentes en la capital de Francia, a la que desde hace tiempo se la llama el paraíso de las mujeres, pero que, con más razón, merece su otro nombre, el de infierno de los caballos, y con más propiedad se la podría llamar el infierno de los peatones».[28]

Incluso entre diplomáticos y escritores árabes era corriente la expresión «infierno de los caballos». Entre ellos, el visir Idriss ibn Muhamed al-Amraoui, que en 1860 visitó la corte de Napoleón III como emisario del sultán Mohamed IV (1859-73). Amraoui usa la fórmula de un ilustrado antecesor suyo, el egipcio Sheich Rifa’a Rafi’a al-Tahtawi, que años antes había viajado por Francia.[29] El visir muestra escaso interés por la demografía de París o las condiciones del tráfico en esta capital. A sus ojos, la fórmula de «paraíso de las mujeres e infierno de los caballos» adquiere un significado diferente y más importante: el poder que la mujer tiene en los hogares, que en ocasiones traspasa sus muros.[30] El visitante oriental ve en el poder de la mujer un peligro cultural que hace aconsejable mantener la distancia con Occidente. Los caballos de los franceses, en cambio, merecen el desdén del experto árabe: «No se ven caballos tan magníficos como los que nosotros tenemos».[31]

 

 

LIGEROS ROCES

 

El panorama de París que, en los años ochenta del siglo XVIII, en vísperas de la Revolución, trazó Mercier se componía de numerosos textos en prosa o ensayos que se leen como descripciones de cuadros. El conjunto se descompone en fragmentos caleidoscópicos, en una serie de cuadros particulares que muestran situaciones caóticas: gritos, empujones, ajetreo, gesticulaciones y, en ocasiones, olores y vapores. Como ocurre con las abigarradas ilustraciones de los libros infantiles, en las detallistas captaciones de Mercier nos parece reconocer figuras, rostros y escenas que nos resultan familiares. Entre ellas se encuentra también un protagonista del Tableau de Paris. Lo reconocemos en cada ángulo de la variopinta imagen de la ciudad, cualquiera que sea el tema de que trate el ensayo: el espíritu, la economía, el lujo, el estado de la ciudad o la moral y la salud de sus habitantes. Cualquiera que sea la rúbrica o el asunto tratado, el caballo aparece siempre de manera imprevista.

En esos momentos, el gran cuadro urbano de Mercier se convierte en una novela de las dos especies que comparten un espacio común. En el Tableau, la fábula de las «grandezas y miserias» revela una convivencia muy estrecha. Cuando especies diversas viven y se reproducen en un determinado biotopo, se habla de biocenosis. En nuestro caso son solamente dos especies las que comparten el biotopo; las demás especies acompañantes —perros, gatos, ratas, palomas— no desempeñan ningún papel desde el punto de vista histórico. En el espacio urbano, la coexistencia de personas y caballos se percibe como un ménage à deux. Por supuesto, humanos y animales conviven estrechamente en el campo, y lo hacen desde tiempos inmemoriales, incluso compartiendo techo en una comunidad doméstica, es decir, constituyendo un sinoicismo. Pero en la vivienda del campesino, el caballo no es el único compañero doméstico del humano; también lo son animales como vacas, bueyes, ovejas, cabras, cerdos, gansos y gallinas, por no hablar de ratones, piojos y otros parásitos. Las vidas de los humanos y los animales a menudo están separadas por una pared muy delgada; unos se oyen a otros comer y emitir sonidos, como hablar, unos huelen a otros, y todos ahuyentan a las mismas moscas. La ciudad, con su reducida diversidad de especies, parece distanciar más a hombres y caballos; sin embargo, los acerca hasta fusionarlos y les impone un mismo hábitat. Ella une las dos ramas de sus habitantes en un destino común.

Todo esto no está exento de fricciones y tensiones. Informaciones sobre el París de fines del siglo XVIII y del siglo XIX se hacen eco de las quejas vecinales por las condiciones de hacinamiento y el hedor de la ciudad, los peligros para los viandantes y el ruido de los carruajes tirados por caballos. Aún hoy encontramos en Europa lugares donde podemos hacernos una idea del aspecto que debió de tener y el olor que debió de despedir una ciudad cohabitada por caballos; en Viena y en Roma hay lugares donde los coches de caballos esperan a los turistas. Pero ¿quién puede imaginar el aspecto y los ruidos de una ciudad en el siglo XIX? Todo el mundo conoce el ruido que hace una motocicleta de reparto de periódicos en las madrugadas, los chirridos del tranvía, los bocinazos de los taxis y el horrísono frenazo de un autobús. Pero ¿quién puede imaginar los restallidos de los látigos, los sonidos de las ruedas y los cascos sobre el adoquinado a horas muy tempranas, cuando el sueño es ligero y fugaz? El ruido de la ciudad se vuelve insoportable cuando las dos especies, caballos y humanos, están demasiado cerca, cuando los rudos cocheros azotan a sus fatigadas bestias. Arthur Schopenhauer calificó el chasquido de los látigos como «el ruido más infame e irresponsable», que perturba la concentración de quien trabaja con la mente. «El verdadero asesino de los pensamientos es exclusivamente el chasquido del látigo. Su misión es moler cualquier momento de ingenio que acaso tenga uno aquí o allá. Solo se podría disculpar si para impulsar a los animales de tiro no se dispusiera de ningún medio más que ese, el más espantoso de todos los sonidos. Pero es todo lo contrario: ese maldito chasquear de látigo no solo es innecesario sino inútil. El efecto psíquico sobre los caballos que con él se pretende queda paralizado y suprimido por la costumbre que el incesante abuso del látigo ha generado: ya no aceleran su paso, según puede verse especialmente en los carros de alquiler que, vacíos y en busca de clientes, van a paso lento y chasquean el látigo sin cesar; un toque más ligero con el látigo tendría más efecto.»[32]

El estruendo de caballos, coches y carros marca el ritmo con que la ciudad vibra. Mercier describe cómo, a cada hora del día, el ruido de la ciudad cambia. Desde la mañana, el diagrama sonoro varía casi con cada hora que pasa. Lo peor es el alboroto hacia las cinco de la tarde, cuando todos conducen sus carruajes, se empujan y atascan calles enteras. A las siete de la tarde, el ruido se desvanece y la ciudad se aquieta. Los trabajadores regresan a pie a sus casas, pero a las nueve vuelve el ruido, por ser la hora a la que la burguesía va al teatro. Hacia la medianoche reina de nuevo el silencio, solo roto por el estruendo ocasional de los coches de los que regresan a casa, no de los que actúan. A la una de la madrugada, seis mil agricultores entran en la ciudad cargados de verduras, frutas y flores. A partir de las dos, los carros y coches de los noctámbulos que regresan a sus hogares sacan a los parisienses de su sueño...[33] En la prosa de Mercier, escuchamos no solo el estrépito de las diligencias y el trote de las herraduras sobre los adoquines, sino también la hipersensibilidad de los habitantes al ruido que hace la masa de sus compañeros equinos.[34] En este escándalo de la vida por obra del ruido, nada cambiará durante mucho tiempo. Cuando, cien años después, Emile Zola escribía el Vientre de París, el ruido que día y noche envolvía a la ciudad conservaba todavía la misma cualidad infernal, y los que lo producían eran los mismos.

 

 

EL DECIMOTERCER FRANCÉS

 

El 18 de enero de 1766 se produjo una disputa, junto a la Place des Victoires, entre un cochero de simón y un elegante caballero cuyas consecuencias fueron investigadas por la policía y quedaron registradas en los archivos.[35] El cochero se había detenido para que se apeara un cliente; al ver el caballero que aquel carruaje le impedía continuar su viaje en el suyo, montó en cólera, se apeó, agredió al caballo con la espada y lo hirió en el abdomen. Finalmente tuvo que pagar al cochero los daños infligidos y los cuidados al caballo herido. Se hizo un atestado, y el iracundo caballero hubo de firmarlo con un nombre que la posteridad asociaría a la crueldad: marqués de Sade.

Ya a mediados del siglo XVIII París era la capital de los caballos. El auge político, económico y cultural que comenzó a experimentar París, brevemente interrumpido por la Revolución, pero luego promovido y sostenido, sería impensable sin la gran cantidad de caballos que había en la capital. El caballo era, por así decirlo, la condición económica y energética de todo lo que por primera vez París exhibía, causando asombro en todo el mundo: las nuevas formas de política simbólica y estrategia militar, el ejercicio de la hegemonía cultural, la rápida circulación de dinero, mercancías y noticias, la difusión de las artes y la moda, y la exhibición de riqueza y maneras de vivir. Hacia 1880, en la cumbre de la era del caballo, cerca de ochenta mil de estos animales poblaban la ciudad.[36] En su capital, el país demostraba ser una nación rica en caballos: en 1789, en vísperas de la Revolución, cerca de dos millones de caballos pastaban en los prados de Francia; en 1850, su número había aumentado a casi tres millones, un nivel que se mantuvo constante, con ligeras fluctuaciones, hasta la Primera Guerra Mundial.[37] De no haber sido por la pérdida de Alsacia-Lorena, Francia habría tenido, en vísperas de la Gran Guerra, 3,8 millones caballos. Por supuesto, la población humana también aumentó: de 36,5 millones en 1852 a 41 millones en 1906.[38] Pero la ratio entre personas y caballos, la proporción entre las dos especies, solo cambió en unos puntos por mil. Aún hoy, cada decimotercer francés es un caballo.

Sin embargo, esto no sitúa a Francia en el primer puesto en cuanto a población caballar. En el siglo XIX, Gran Bretaña tenía un caballo por cada diez habitantes; la proporción en Estados Unidos era de 1 : 4, y en Australia, de 1 : 2. A fines del siglo XIX vivían en Londres 300.000 caballos.[39] Aunque, en el siglo XIX, la ciudad hizo un uso de los caballos mayor que en cualquier época anterior de la historia, el número de caballos por habitante en las densas aglomeraciones poblacionales era menor que en la totalidad de la nación. También había diferencias entre las ciudades, como ocurría en Estados Unidos: en las ciudades más dispersas y de tipo rural del Medio Oeste había una proporción mayor de caballos que en las pobladas metrópolis de la Costa Este.[40] Incluso cuando la proporción era «solo» de 26,4 habitantes por caballo, como en Nueva York en 1900, los números absolutos siguen siendo asombrosos. Imagínese cómo debió de ser la vida en una ciudad como Manhattan cuando había 130.000 caballos empleados en distintas labores al mismo tiempo.[41] ¿Qué debía de sentir el viandante de Nueva York si un día encontraba Broadway atascado con caballos muertos y vehículos trabados unos con otros?[42] ¿Cómo debía de oler una ciudad como Nueva York en 1900, donde los caballos dejaban 1100 toneladas de estiércol y 270.000 litros de orina al día, y donde todos los días se retiraban unos veinte cadáveres de caballos?[43] Las cifras eran aún más elevadas en la ciudad de Londres, considerablemente más grande: 26.000 caballos eran convertidos cada año en los desolladeros en comida para gatos y fertilizantes.[44] Las fotografías de la época solo transmiten un pálido reflejo de la estrecha coexistencia que humanos y caballos tuvieron que soportar en el fin de siglo (véanse ilustraciones 7, 8, 9 y 10).

La vida de una especie significa la muerte de la otra. La ciudad del siglo XIX, afectada por la fiebre de la mecanización, no era ambiente saludable para los caballos que vivían y se utilizaban en ella. Su músculos, tendones, cascos y articulaciones solo podían soportar pocos años la dureza del trabajo de tracción que el tráfico urbano les imponía, y luego eran vendidos a industrias que les hacían transportar cargas más ligeras o se les permitía pasar sus últimos años en el campo. Los caballos de la ciudad se jubilaban a la edad de cinco años, y su vida media era de unos diez, especialmente para los caballos de ómnibus, mientras que los caballos de tranvía tendían a agotarse a los cuatro años.[45] A muchos les llegaba antes el final debido a alguna cojera permanente: un triste destino ejecutado por la bala de un veterinario. Entre 1887 y 1897, los empleados de la neoyorquina ASPCA (American Society for the Prevention of Cruelty to Animals) sacrificaban anualmente entre 1800 y 7000 caballos. Al contrario de lo que popularmente suele imaginarse, el animal muerto no quedaba abandonado junto al bordillo; la eliminación de cadáveres era un proceso mecanizado: un cabrestante accionado con la fuerza de unos caballos lo arrastraba hasta un carro, donde se lo cubría con una lona y era transportado fuera de la ciudad.[46] En las urbes de los países europeos, donde se comía carne de caballo, se veían a menudo grupos de caballos, muchos sobre tres patas a causa de una cojera, camino del matadero. En Francia, los propietarios solían cortar las crines de sus caballos destinados al matadero para quedarse con ellas. Desde mitad del siglo, creció la indignación de la población parisiense ante la visión de los caballos así esquilados en su última despedida.[47]

La creciente dependencia de los caballos para la expansión y la mecanización del transporte urbano cambió la relación de la ciudad con el campo que la rodeaba. Las granjas ya no eran solamente suministradoras de verduras, carne y leche para el consumo de la población urbana; a lo largo del siglo XIX, los campesinos de los alrededores de las ciudades se ocuparon cada vez más de la cría y la alimentación de los caballos. Los requerimientos de la economía equina desplegaban nuevas y lucrativas ramas comerciales. «Una economía basada en el caballo —dicen los historiadores estadounidenses McShane y Tarr— demandaba enormes insumos de tierra, trabajo y capital. [...] La economía propulsada por los caballos requería vastos terrenos, tanto para el pasto en zonas rurales antes de la migración de los animales como para la provisión de forraje para su alimentación posterior.»[48] Los tres millones de caballos que, en 1900, poblaban las ciudades de Estados Unidos consumían ocho millones de toneladas de heno y casi nueve millones de toneladas de avena cada año. Para producir tal cantidad de forraje se necesitaban doce millones de acres de tierra, esto es, cuatro acres por caballo.[49]

No solo el tráfico dentro de la ciudad hizo crecer la demanda de caballos. Esta también aumentó en el campo. Desde fines del siglo XVIII el caballo desplazó definitivamente al buey y al asno como principal proveedor de tracción animal. Las principales razones de este cambio fueron, además de la expansión y la mejora de la red de carreteras y su firmeza,[50] las mejoras realizadas en vehículos (carros y coches) y en herramientas agrícolas, como el arado y la rastra, y más tarde también los aperos de la siega. La velocidad era ya el factor más importante en la economía: ahorrar tiempo equivalía a aumentar los beneficios. Gracias a su rapidez, el caballo podía compensar su diferencia con el buey, que lo aventajaba en fuerza de tracción y frugalidad nutricional. En adelante, la creciente demanda de caballos iría a la par con la de yeguadas y establecimientos especializados en la cría caballar. Mediado el XIX, la cría de caballos ocupaba el corazón del sistema agrario en la mayoría de los países europeos y norteamericanos. Ningún otro producto agrario, ya fuera la carne, los cereales o la lana, tenía un valor sistemático comparativamente mayor.

El caballo aportaba algo que acabaría siendo más importante y fundamental para la economía moderna que las proteínas, los carbohidratos y los tejidos: la energía. La proporcionaba en una forma pura, inmediatamente disponible, sin necesidad de transformación o traslado. Si, como dijo Michel Foucault, el régime scolaire produjo a los escolares, es decir, alumnos o estudiantes, y el régime pénitentiaire a los reclusos del sistema penal moderno, el nuevo régimen agrario produjo, además del conocido repertorio de proteínas, grasas y carbohidratos, sobre todo la energía motriz animal. En el siglo XIX, el caballo llegó a ser su principal suministrador. La máquina caballo proporcionaba la energía de tracción que requería el sistema moderno de tráfico y transporte en las ciudades entonces en expansión. Por supuesto, la domesticación y la cría de un segundo animal hábil, compañero del Homo habilis, tuvo un precio. Pasemos a sus implicaciones sociales y técnicas.

 

 

PERCANCES DEL SISTEMA

 

París, la capital del siglo XIX, era también la capital del tráfico: no es de extrañar que hubiera tantos accidentes. Dondequiera que se hable del tráfico, antes o después se menciona algún accidente. Independientemente de quién o qué suministre la fuerza de tracción, ya sea caballo, buey, locomotora o motor de combustión, siempre aparece el accidente en el punto de fuga de los textos que tratan de los medios técnicos, los costes y los riesgos de cualquier forma de locomoción. Empezando por Ícaro y concluyendo con el Concorde, todas y cada una de las formas de transporte entrañan riesgos y su propio y particular tipo de accidente. En la historia de la técnica, cada época tiene su propio capítulo «De la verdad». En él se habla de los accidentes: como si la colisión, el percance o el fallo del sistema desvelaran la verdadera esencia de la técnica.

Una vez más se nos ofrece Mercier como el informador más temprano y prolífico. «Los carruajes y los jinetes causan numerosos accidentes», escribe en Gare! Gare!,[51] «que no parecen importar lo más mínimo a la policía».[52] Para dar legitimidad a su crítica del tráfico, Mercier se basa en sus propias experiencias. Estuvo presente en una de las primeras colisiones en cadena (al menos de las que se registraron): «Fui testigo del desastre ocurrido el 28 de mayo de 1770. Su causa fue una masa de vehículos bloqueando la calle por la que transitaba la mayor cantidad de gente, una enorme multitud bajo la débil luz de los bulevares. A punto estuve de perder la vida. Entre doce y quince personas la perdieron, unas en el acto y otras más tarde a consecuencia del tremendo apelotonamiento. Tres veces me arrojaron al suelo, cada vez por un coche diferente, y por poco no acabé bajo las ruedas de uno de ellos».[53]

No fue la criminalidad de una parte de los habitantes lo que hizo que la ciudad de fines del siglo XVIII y durante el XIX fuera un lugar peligroso, sino el centaurismo forzado, el tránsito callejero de vehículos de caballos, la estrecha y obligada coexistencia de hombres y caballos. Durante todo el siglo XIX, el número de accidentes en ciudades y carreteras causados por carruajes —atropellos, vuelcos, choques y velocidades excesivas— no dejó de aumentar. En 1867, el tránsito de vehículos con caballos en las calles de Nueva York causó un promedio de cuatro peatones muertos y cuarenta heridos por semana; también en otras capitales la tasa de accidentes fue muy superior a la actual del tráfico automovilístico.[54] Incluso a principios del siglo XX, cuando empezaron a aparecer automóviles en las calles, la causa principal de los accidentes siguió siendo principalmente el uso y abuso de los caballos. El 53 por ciento de los accidentes registrados en Francia en 1903 los causaron vehículos de caballos, un tercio en las ciudades y dos tercios en las carreteras.[55] Las cifras de Estados Unidos al comenzar el siglo eran de 750.000 accidentes anuales con lesiones graves.[56] En la literatura del siglo XIX que describe ciudades o viajes, abundan las quejas por los conductores imprudentes, los cocheros ebrios, los atropellos, los viandantes heridos y los viajeros atemorizados. El peor enemigo del viajero no es el temido salteador de caminos, sino su mejor amigo: el caballo.

Pero el animal no es el verdadero causante del accidente. Es el sistema del tránsito basado en la tracción equina. En él hay hombres (cocheros, jinetes, transportistas y policías) y vehículos, arneses y otros instrumentos. Un papel nada desdeñable desempeña aquí el estado de la red de caminos y carreteras y el escaso control de la velocidad de las partes móviles del sistema. Para conocer a fondo las causas de tantos accidentes es preciso tener a la vista la totalidad del «sistema centáurico», considerar cada parte del conjunto en su interacción y articulación con las demás. Todo comienza con la naturaleza de los caballos. Estos son animales inquietos, se asustan fácilmente y ceden a su reflejo de huida. Un movimiento repentino en los bordes de su campo visual, como el de otro animal, o la hoja de un periódico llevada por el viento, es suficiente: el caballo se asusta, pierde la cabeza y se desboca. El desbocamiento de un caballo puede tener consecuencias fatales, especialmente entre el gentío de la ciudad y cuando contagia a otros caballos. El mayor accidente en la historia de Nueva York ocurrió en 1823 y lo provocó una reacción en cadena de caballos presas del pánico.[57]

007.jpg

Ilustración 7. Broadway en un día lluvioso de 1860. Foto de E. Anthony.

© Frederick S. Lightfoot: Nineteenth-Century New York in Rare Photographic Views, Nueva York, 1981.

 

008.jpg

Ilustración 8. Paraíso de las mujeres, purgatorio de los hombres e infierno de los caballos: París en 1880.

© Collection Leonard Pitt, Berkeley, CA, Estados Unidos.

 

Era necesario acostumbrar a los caballos al tránsito y a la ciudad, y en el ámbito militar, a los disparos y los cañonazos. Pero no solo el animal necesitaba ser criado y adiestrado de una manera concreta; también el humano debía adaptarse a las nuevas circunstancias, a la vida en sistemas cada vez más complejos y dinámicos, lo que significa que también necesitaba ser adiestrado para tolerar el tránsito moderno. El cochero ebrio, blasfemo y desconsiderado no era ya una ofensa moral para las almas sensibles; era un riesgo. Había que ponerle unos límites, unas reglas por cuyo cumplimiento debía velar la policía, y, si procedía, citarlo en los juzgados. Los esfuerzos por regular la velocidad del tránsito se remontan al Renacimiento: en 1539, Francisco I de Francia habló por primera vez en un decreto de los peligros de la excesiva velocidad, los adelantamientos y los giros bruscos en las calles de las ciudades y los caminos del reino.[58] Pero no fue hasta finales del siglo XVII cuando la policía dio los primeros pasos para limitar la velocidad y la conducción temeraria. Hacia 1780 aparecieron por primera vez, tanto en Inglaterra como en Francia, aquellos elementos de que nos habla Latour, en los que los intereses sociales —la protección de los viandantes— y las precauciones técnicas —la división de las calles en dos niveles— se combinaban a la perfección.[59] Hablamos de las aceras, cuyos elevados bordillos limitaban lateralmente el acceso de los carruajes y aislaban el espacio de los viandantes, creando así dos canales separados para ambas corrientes del tránsito.[60]

El bordillo, esa faja pétrea del ancho de una mano que, unas décadas más tarde recorrería cientos de kilómetros de la ciudad, no era la única respuesta arquitectónica a la progresiva centaurización de la metrópoli y sus habitantes. Si la ciudad del siglo XIX cambió radicalmente la ecología campestre y la economía agrícola colocando al caballo en el centro del sistema agrario, el caballo modificó a su vez la ecología y la arquitectura de la ciudad. Los miles y decenas de miles de caballos que vivían y trabajaban en las metrópolis no solo necesitaban comer y beber, sino también alojamiento. En una escala apenas hoy imaginable, la ciudad del siglo XIX incluía establos urbanos cuya construcción, a menudo descuidada y, por lo común, de madera y ladrillo, los convertía en focos de riesgo sanitario y de incendios.[61] En 1867 se contaron en Boston 367 establos, que alojaban a 7,8 caballos de promedio cada uno. Se hallaban repartidos por toda la ciudad, pues era preciso albergar los caballos de labor y de transporte en las cercanías del puerto y de las estaciones, y los caballos para cabalgar y de tiro de la clase acomodada debían estar al alcance de sus propietarios.[62] Al igual que las cocheras y sus cobertizos, que hoy se conservan en algunos patios de fincas urbanas, también los establos solían hallarse detrás de las casas o en el centro de las manzanas; la mayoría eran de una o dos plantas, y ocasionalmente hasta de cuatro plantas (véase ilustración 10). En la mayor terminal de ómnibus de Londres, situada en Farm Lane, había setecientos caballos repartidos en dos plantas alrededor de un gigantesco patio interior cuadrado.[63] Del mismo modo que la estrecha convivencia de humanos y caballos había cambiado la forma aristocrática de vivir y también la de su particular entorno arquitectónico —hasta se adjuntaron escaleras para caballos en los palacios—, la forzada centaurización urbana del siglo XIX modificó el cuerpo arquitectónico de las ciudades.

También aumentó el mobiliario de las calles: desde mediados del siglo XIX, las grandes ciudades europeas y americanas añadieron nuevos abrevaderos para los caballos. Hasta 1890, la sociedad protectora de animales americana, la ASPCA, hizo construir más de cien abrevaderos.[64] Una de las fuentes más refinadas para que bebieran los caballos se construyó en 1894 en la West 155th Street de Nueva York, gracias a un legado del empresario John Hooper. La fuente diseñada por George Martin Huss tenía, además de un gran pilón para los caballos, una serie de pequeños recipientes cerca del suelo para los perros y un grifo para la gente.[65]

 

 

LA EDAD DE ORO

 

Otro factor muy significativo en el juego de tensiones entre la ciudad, el campo, la técnica, la sociedad y el lujo lleva el nombre de una variedad de cereales: la avena. Junto al heno y el agua, la avena era el combustible más importante en una economía basada en la fuerza de los caballos. La avena es rica en proteínas tolerables para el delicado aparato digestivo de los caballos; incluso la paja de la avena es nutritiva. Con el uso cada vez mayor de caballos hubo un florecimiento de los cultivos de avena para llenar sus vientres y fortalecer sus cuerpos; y cuando el uso de los caballos disminuyó, lo mismo ocurrió con los campos de avena.[66] El uso creciente del maíz para la producción de biocombustible en el mercado energético actual recuerda el incremento de la producción de avena desde el siglo XVIII. El hecho de que la avena aumente la vitalidad de los caballos y haga brillar su pelaje explica por qué este cereal era tan intensamente consumido en los establos de las clases altas: «Gracias a una nutrida población de cuatro mil familias nobles en la década de 1780 —escribe el historiador Daniel Roche—, París es escaparate de los más hermosos caballos. También es el lugar donde reciben los más sofisticados cuidados».[67]

Con el caballo, la ciudad del siglo XIX no solo afronta nuevos peligros, sino que también adquiere una nueva belleza. La ciudad se llena de míseras e insignificantes criaturas, pero también hay cada vez más animales rápidos y hermosos y lujosos vehículos. Caballos y carruajes por igual se convierten en objetos de consumo ostentoso. «El veloz caballo —escribe Thorstein Veblen— es en general caro, derrochador e inutilizable como animal de labor. La utilidad que pueda tener [...] adopta en el mejor de los casos la forma de una exhibición de fuerza y agilidad que al menos puede satisfacer la sensibilidad estética. Al fin y al cabo, podemos admitir que en esto radica su utilidad.»[68] Con su demanda, no menos importante por la variedad, el sentido estético estimula el ingenio de artesanos y empresarios. Ya Mercier se asombraba a fines del XVIII de la abundancia de tipos de carruajes, una gama que crecía de año en año. En 1838, Eduard Kollof llegó a decir que si se propusiera describir todos los carruajes que circulaban por las calles de la capital francesa, podría fácilmente componer un libro.[69] Solo entre el cabriolet y el fiacre prosperaban incontables ligeros «coches bastardos», la mayoría abiertos: «françaises, prisiennes, eoliennes, zéphyrines, atalantes, cabriolets compteurs»; sin embargo, el viejo fiacre «sigue siendo, a pesar de sus numerosos competidores y rivales, [...] el preferido de padres, abuelas y novios».[70]

Hacia el final de la era del caballo, en 1941, el autor italiano Mario Praz escribió un gran peán a la edad de los carruajes, a su noble elegancia y su «ritmo constante y solemne», que «ningún automóvil alcanzará jamás». Mientras haya fastuosos equipajes, los aristócratas podrán presumir, según Praz, «en medio de los ensordecedores crujidos y repiqueteos, de haber conservado un símbolo exterior de la clase elegida, un último sello de la vieja caballería en el umbral de la era moderna. Una sucesión de elegantes carruajes creaba antaño un friso como el de los jóvenes jinetes de las panateneas, donde hombres y caballos desfilaban como en una incesante, maravillosa, graciosa y animada danza de la tierra [...] Viena fue una vez una ciudad “sobre cuatro ruedas”, donde los carruajes abiertos exhibían hermosas damas vienesas con elegantes vestidos».[71]

La moda es el arte de la implantación de sutiles diferencias donde no hay una necesidad genuina para ello. La diferenciación basada exclusivamente en la moda, en el motivo estético, fue una característica constante durante todo el siglo. Todavía en 1910, la firma Studebaker, la mayor constructora de coches de caballos de Estados Unidos, producía 115 tipos diferentes de coches ligeros de dos ruedas, así como muchas otras variedades de carruajes. Sobre estos números se deslizaba ya la sombra del fin de una era. Veinte años después, Studebaker, que ya desde 1895 había experimentado con horseless carriages («carruajes sin caballos»), se dedicaba exclusivamente a la producción de automóviles.[72]

Con la agricultura y el ejército, la ciudad era el mayor usuario de caballos en el siglo XIX. Los militares, tanto del ejército francés como los de otras naciones, demostraron ser discípulos aventajados de Napoleón; mientras ampliaban continuamente sus ejércitos, se concentraron de modo especial en la caballería y la artillería transportada por caballos. Hacia 1900, las reservas en tiempo de paz del ejército francés eran de 145.000 caballos, un número que, en caso de movilización, podía ascender en poco tiempo a 350.000.[73] A pesar de la temprana experimentación con las máquinas de vapor, la utilización del caballo fue en continuo aumento en la agricultura de los países industrializados. Las máquinas como la segadora, patentada en 1834, no la redujeron, sino que, por el contrario, la alentaron; las primeras trilladoras que, cincuenta años más tarde, aparecieron en California eran movidas por veinte o cuarenta animales, «más o menos los mismos caballos [...] que se necesitaban para transportar un obelisco», escribe Sigfried Giedion, recordándonos de paso las portentosas construcciones de la Antigüedad.[74] La maquinaria agrícola solo podía ahorrar mano de obra aumentando la utilización de los animales. Dado que una de las principales tareas de la economía agraria en el siglo XIX era la cría de caballos y su alimentación (animales destinados a las ciudades, los ejércitos y la industria minera y siderúrgica), se establecía en este punto una especie de bucle o retroalimentación en el seno de la economía del siglo XIX, basada en la energía proporcionada por los caballos.

En la ciudad, el uso de caballos esencialmente servía a dos propósitos principales: el transporte de bienes y el desplazamiento de personas. El rápido crecimiento de las ciudades de Europa occidental y Norteamérica hacían necesario el transporte público, es decir, medios de transporte económicos y puntuales con recorridos establecidos. Los ómnibus de tracción animal que circulaban en París desde mediados de la década de 1820, y en Londres desde la década de 1830, se extendieron también por América en pocos años; en 1833, Nueva York era apodada la «Ciudad de los ómnibus».[75] En la misma década, el nuevo medio de transporte conquistó prácticamente todas las redes urbanas de Estados Unidos. El ómnibus trasladaba a un sector del público que, como explican McShane y Tarr, «podía pagar el billete, pero no los carruajes».[76] Conforme disminuían las tarifas, y las clases medias y bajas aumentaban, mayor era la presencia de los ómnibus en las ciudades. En la segunda mitad del siglo hubo una creciente competencia con los tranvías de caballos, esto es, con los ómnibus sobre raíles. Estos combinaban una mayor comodidad para los pasajeros con un esfuerzo menor para los animales de tiro; un tranvía podía transportar el triple de pasajeros que un ómnibus, y esta eficiencia redujo las tarifas. Así fue como los raíles cambiarían a su discreta manera la faz de la ciudad, tanto como unos decenios más tarde la verticalidad de los rascacielos. Hacia 1880, los horsecars de Nueva York, tirados por casi 12.000 caballos y mulas, transportaban a más de 160 millones de pasajeros al año.[77] En ciudades más pequeñas, el creciente número de pasajeros, animales de tiro, vagones y kilómetros de rieles,[78] desproporcionado para su población, evidencia la suburbanización de las ciudades: la expansión de la red de transporte público hizo posible el viajero diario, que trabajaba en la ciudad y habitaba y dormía en los suburbios.

Los mismos procesos podían observarse, con un ligero desplazamiento temporal, en Europa y en Japón. La ciudad de Berlín, una metrópoli un poco retrasada, anduvo largo tiempo a la zaga del desarrollo internacional antes de ser también ella alcanzada por aquella imparable modernidad técnica. Los primeros ómnibus de Berlín aparecieron en 1846 y conectaban el centro de la ciudad con sus suburbios, como Charlottenburg. Inicialmente de limitada circulación, experimentaron a partir de los años sesenta un auge que luego se vio frenado por la competencia del tranvía de caballos (desde 1865). El más rápido, cómodo y barato tranvía redujo la circulación de los ómnibus, que no se movían con más rapidez que un peatón (5,6 km/h de promedio), al centro de la ciudad. El 25 de agosto de 1923, solo tres cuartos de siglo después de su introducción, el último ómnibus de caballos berlinés hacía el trayecto desde la Potsdamer Platz hasta la estación de Halensee. El breve verano de los caballos urbanos ya había pasado.[79]

La expansión de la economía basada en el caballo a lo largo del siglo XIX no solo cambió el estilo de vida y las formas de desplazarse de los habitantes de las ciudades, también dio origen a nuevas ocupaciones y profesiones, las distribuyó de acuerdo con nuevos criterios, distintos de los tradicionales relativos a rangos y estamentos, y, como resultado, alteró el sistema del prestigio social. «La omnipresencia de los caballos —escribe el historiador francés Jean-Pierre Digard— hizo al cochero, al coracero, al desollador, al chalán, al húsar, al campesino, al tratante de caballos, al herrador, al palafrenero, al caballerizo, al mayoral de diligencias y al veterinario figuras familiares de la sociedad del siglo XIX. [...] El caballo había penetrado en cada resquicio de la sociedad, había impregnado toda la cultura.»[80] La cría, la tenencia y los usos del caballo fueron asuntos que requerían conocimientos y experiencias muy especiales que era preciso adquirir. El saber de los caballos dejó de ser privilegio natural de la nobleza. El homme de cheval, que hace su aparición en el curso del siglo XIX, es un nuevo tipo de origen indeterminado.[81] Con el caballo había entrado inadvertidamente en escena un agente de democratización.

Sin embargo, ese siglo no fue la edad de oro del caballo. Los sacrificios que tuvo que hacer nuestro animal como máquina universal en la ciudad y en el campo, como combatiente en los campos de batalla y como minero a cielo abierto fueron demasiado grandes, demasiado crueles y demasiado dolorosos. El siglo XIX llevó el uso y abuso de los caballos a un nivel único en la historia, y el siglo XX siguió temporalmente por el mismo camino.[82] Pero el siglo XIX no solo explotó, atormentó y sacrificó caballos; también los estudió, crio, cuidó y admiró, y a su manera y dentro de sus posibilidades también los amó. Como el más importante proveedor de energía de uso universal, los puso —junto a los obreros— en el corazón de su economía, y en torno a ese centro bipolar reordenó su sistema de necesidades, mas también la expresión de sus deseos y pasiones, su sensibilidad y su sentido de lo bello. Quien quiera ver este sistema, esta fabulosa interconexión de economía, ecología, técnica, sociedad y estética, integralmente como un «sistema centáurico», encontrará que el siglo XIX fue la edad de oro de dicho sistema, aunque, para ser más preciso, tendrá que referirse solamente a la segunda mitad del siglo XIX. El gran auge de la explotación de los caballos se inició realmente a fines de la década de 1840, y desde que, al comienzo del siglo siguiente, aumentaron tanto en número como en potencia sus competidores mecánicos, especialmente el automóvil y el tranvía eléctrico, la disolución de este sistema fue ya inevitable. La edad de oro apenas duró medio siglo. En 1903, ya se contaban en París más de setenta fábricas dedicadas a la producción de automóviles.[83]

 

 

EL PRECIO DE LA ENERGÍA

 

Cuando hablamos de la Revolución industrial de los siglos XVIII y XIX, solemos pensar en las grandes invenciones técnicas, como la máquina de vapor, la Spinning Jenny, los profundos cambios en el modo de producción, la división del trabajo y la forma de vida que estas innovaciones provocaron. En este sentido, también nosotros los humanos del siglo XXI somos todavía hijos de Karl Marx. Aquí, Sigfried Giedion, el historiador de la tecnología en la modernidad, ha ampliado notablemente la perspectiva de sus lectores, enseñándoles a ver las transformaciones que la mecanización ha producido en procesos de la existencia humana tan elementales como caminar, sentarse, habitar, comer o matar.[84] Sin embargo, tampoco Giedion ha apreciado, pese a su predilección por los detalles y la historia anónima, la contribución que, de grado o forzadamente, hizo el caballo al nacimiento de la modernidad, una labor histórica de enorme calado y hasta hoy apenas reconocida, un continente hundido que, después de todo lo que en los últimos años ha producido la historiografía en Francia y en Estados Unidos, todavía aguarda su descubrimiento: digna tarea en pro de un nuevo realismo suficientemente informado de los aspectos ecológicos, antropológicos, simbólicos e histórico-culturales.

La industrialización de la producción y la mecanización del entorno hicieron que la demanda de energía se disparase. La energía del vapor, las mejoras en el aprovechamiento del agua y el viento, la producción y consumo de electricidad y la extracción y el empleo eficiente de combustibles fósiles fueron la respuesta. Una gran proporción de la demanda de energía —de energía cinética— tuvieron que proporcionarla los animales de tiro, pues con los nuevos productos, materias primas y mercados, y con la necesidad cada vez mayor de transporte de personas, mercancías y, sobre todo, noticias, esto es, de comunicación, se incrementó también la demanda de energía de tracción y transporte. Esta demanda solo podía satisfacerla la máquina de vapor, pero no la utilizada en los pesados arados y tractores de vapor, sino la máquina de vapor sobre raíles; solo con la aparición de los relativamente pequeños y ligeros motores de combustión interna de Otto y Diesel fue posible dar el gran salto a las carreteras. Los caballos tuvieron que salvar la distancia espacial (desde la estación hasta lo más interior del campo) y el abismo temporal de algo más de un siglo. Después de que, a fines del siglo XVIII, la velocidad del tráfico alcanzara un primer punto crítico, el tardo buey, su viejo y fuerte competidor en el suministro de energía de tracción, quedó atrás, y el caballo se erigió en el rey de las carreteras. Durante un siglo, el «motor de avena» fue el propulsor universal e insustituible de un mundo que imponía la mecanización.

Han transcurrido más de tres siglos desde que por primera vez se procediera a medir la fuerza del caballo. A este fin se hizo una comparación: si queremos medir una fuerza, necesitamos una escala, y esta escala la proporciona otra fuerza. En la tarde del 10 de julio de 1688, los miembros de la Academia de Ciencias de París discutían sobre la fuerza del caballo y la compararon con la de los hombres.[85] Un caballo, comprobaron los académicos utilizando un aparato especial, podía levantar hasta un metro un peso de 75 kg en un segundo, un rendimiento equivalente al obtenido por la acción de siete hombres. Un caballo equivalía, por lo tanto, a siete hombres. Una mitad del centauro mostraba su capacidad en la fuerza de la otra mitad. ¿Pero no estaba ya el hombre reflejado en esa ecuación, reducido a su simple masa? ¿No corresponden los 75 kg al peso medio de un hombre adulto? Aunque se mantuvo la relación de 75 kg por metro y segundo, James Watt inventó el término «caballo de fuerza» (o horsepower), todavía en uso como medida de la potencia de los automóviles; sin embargo, en la mayoría de los países hace tiempo que fue sustituido por la medida en kilovatios. La familiaridad y el sentido intuitivo de la ecuación, pero también su magia numérica en la relación de ambas especies, la han mantenido viva: un caballo equivale a siete hombres.

El efecto visible y mensurable de la energía, de la fuerza de trabajo del caballo, no solo tiene una medida, sino también un precio. Cuando no había una alternativa práctica al uso del caballo en la agricultura, el transporte de bienes y pasajeros, el servicio postal y la minería, el caballo fue el «tractor» universal e indiscutido. Solo con la aparición del tranvía eléctrico en los años ochenta y, dos décadas más tarde, el avance del automóvil (al que siguieron el autobús, el camión, el tractor y toda clase de vehículos oruga), entró en crisis el «motor de avena». Se tardó el tiempo de dos generaciones para que finalmente se admitiera que el tranvía superaba al caballo en rendimiento, velocidad y resistencia. La última generación del siglo XIX se dio cuenta de que los caballos eran motores costosos, sensibles e inestables. La energía animal que proporcionaba el caballo era más cara que la eléctrica o la de los motores de combustión interna. «La fuerza de las máquinas —se leía en 1899 en la Deutsche Verkehrszeitschrift, una revista de transporte alemán—, no satisfecha con haber expulsado al caballo de las vías, empieza a echarlo también de las calles. El caballo mecánico es más ligero, fuerte, rápido, resistente, limpio, fácil de manejar y, bajo ciertas condiciones, ya es más barato que el otro. En cuanto se cumplan las condiciones para una mayor asequibilidad del vehículo autoimpulsado, el caballo desaparecerá de nuestras calles como animal de tiro.»[86]

009.jpg

Ilustración 9. Caos de tráfico en Chicago, hacia 1905.

© Clay McShane/Joel A. Tarr: The Horse in the City. Living Machines in the Nineteenth Century, Baltimore, 2007.

 

010.jpg

Ilustración 10. Establos de dos plantas de una compañía de ómnibus. Berlín, hacia 1900.

© (F Rep. 290 [02] Nr. 0200033).

 

En el campo, donde el caballo podía ser alimentado y alojado con menos gastos, la balanza estuvo a su favor durante mucho tiempo en comparación con el uso de tractores motorizados. En la ciudad y su sistema de transporte, en cambio, el caballo fue pronto reemplazado por sus rivales mecanizados. Estos eran superiores en tres aspectos. En primer lugar, el económico: el vehículo motorizado ofrecía mayores prestaciones por un precio menor. El forraje, el establo y el agua costaban, sobre todo en la ciudad, mucho dinero. En segundo lugar, el aspecto técnico: los caballos son animales sensibles, pueden soportar las tensiones del transporte urbano solo unos pocos años y no se pueden sustituir sus partes gastadas o defectuosas.[87] Y en tercer lugar, el aspecto ecológico o higiénico: los caballos llenaban de excrementos y orina, además de las moscas que atraían, la ciudad del siglo XIX. Si hoy en día se considera al automóvil como una fuente de contaminación y polución urbanas, en aquellos tiempos era el caballo el que ensuciaba y hacía insalubre la ciudad. Al comenzar el siglo empezó a arraigar la opinión de que, dicho en el lenguaje de hoy, el coste ecológico y económico del caballo era demasiado grande. Ya podía Guillermo II decir y repetir que el automóvil era para él «un fenómeno pasajero» y que creía en el futuro del caballo: la mayor revolución en el uso de recursos energéticos desde el Neolítico solo era cuestión de tiempo.

Fue un caso de déjà vu cuando, durante la campaña electoral para ocupar la alcaldía de Nueva York en 2013, los dos candidatos declararon que, si eran elegidos, expulsarían definitivamente de la ciudad las escasas docenas de coches de caballos aún existentes en ella. Aunque sus argumentos recurrían al tema de la protección animal —el aire contaminado, los duros pavimentos—, quienes conocían el mercado inmobiliario local vieron otros motivos detrás de esta promesa: los establos de esos caballos, que se hallaban cerca del río Hudson, y distribuidos además a la manera clásica, en dos plantas, se levantaban sobre terrenos muy atractivos por los que los patrocinadores de la campaña anticaballo tenían un interés especulativo. Cualquiera que fuese el motivo, se desencadenó una lucha por los derechos de los caballos en la ciudad; las organizaciones protectoras de los animales y los medios de comunicación se implicaron en el caso. Como dijo el corresponsal del Süddeutsche Zeitung, «la tendencia más moderna de Nueva York para el futuro era el siglo XIX».[88]