5 de mayo del año 417 d.C.
Glastonbury Tor
Traición.
Cruda y brutal, siempre se presentaba con la forma del amigo y aliado más cercano. La herida que provocaba en el alma era tan profunda que la víctima, desangrada y débil, se preguntaba si alguna vez sería capaz de confiar en alguien de nuevo.
Quedaba a la deriva, lleno de angustia. Incapaz de respirar por el dolor provocado.
Y lo peor de todo era que siempre sucedía en el momento más inesperado. Y más inoportuno.
Las circunstancias de su nacimiento fueron brutales, por lo que Falcyn Drago nunca se había considerado inmune a sus fétidas garras. Más bien al contrario. De hecho, se había amamantado con su amargo y desagradable regusto. Había aprendido a esperarla de cualquier persona que estuviera cerca de él. En todo momento. Y, por triste que pudiera parecer, nadie lo había decepcionado por escapar a ella.
Ni una sola vez.
Todo lo contrario, parecían enorgullecerse de apuñalar su vulnerable corazón con la mayor crueldad posible.
Ni siquiera se había librado su propio hermano, Max, que en ese instante se hallaba frente a él, desplegando toda su santurrona y ufana gloria. Un detalle que habría resultado irritante si hubiera adoptado su verdadera forma de dragón, pero que con aspecto humano, tal como estaba, hacía que la traición le abrasara más hondo.
Y dolía aún más.
—¡Joder, Maxis! ¿No te bastó con dejar que Hadyn muriera solo entre los humanos? ¡Ahora también me arrebatas a mi hijo!
Los ojos verdosos de Maxis adoptaron un tono dorado y enrojecieron a medida que la furia se apoderaba de él.
—¡Eso es injusto! Intenté por todos los medios salvar a nuestro hermano. ¿Cómo te atreves a echármelo en cara? ¡Habría dado mi vida por él!
—¡Y una mierda! ¡Debería haberte estrangulado en cuanto saliste del huevo!
Max lo agarró del cuello y lo estampó contra la pared de piedra de la estancia en la que Falcyn pensaba que encontraría a su hijo, pero en la que en cambio había descubierto que se encontraba excluido para toda la eternidad del plano existencial en el que vivía su pequeño.
¡Por culpa de Max! La carne de su carne.
Su peor pesadilla.
Los ojos de Max mostraban la profunda desesperación que sentía.
—Ojalá lo hubieras hecho, hermano, ojalá.
La agonía de su hermano abrasó a Falcyn, pero no tanto como el sufrimiento propio, que lo quemaba por dentro y que solo le permitía sentir una absoluta desesperación. Qué idiota era al preocuparse por los sentimientos de Max cuando saltaba a la vista que a su hermano le importaban bien poco los suyos. Las lágrimas lo cegaron.
—Maddor era lo único que tenía en este mundo. ¿Cómo has podido hacerlo?
Un tic nervioso sacudió el mentón de Max mientras se alejaba de él.
—No tenía alternativa. ¡Joder, Falcyn! Sé razonable. Los adoni solo quieren utilizarte. Te usaron para engendrar una criatura híbrida contigo, sin tu consentimiento y a tus espaldas, ¿eso te parece bien?
—¡Igraine iba a ser mi esposa!
—Igraine es una puta infiel. Una hechicera adoni que mató a dos maridos antes de que tú aparecieras. ¿Crees que a ti no iba a traicionarte?
—¿Como has hecho tú?
Max se alejó como si lo hubiera abofeteado, pero debería habérselo pensado antes de decir esa estupidez. Porque ambos sabían que Max jamás sobreviviría en un enfrentamiento en serio con él.
—Hermano, si Igraine te hubiera querido de verdad, no le habría importado que yo hechizara a tu hijo, ¿no crees?
Cierto. La verdad era un trago aún más amargo.
Por eso odiaba tanto a Max. Porque por fin sabía, sin el menor asomo de duda, que era tan difícil amarle como su «querida» madre afirmó en cuanto lo trajo a este abominable mundo.
Max tomó una entrecortada bocanada de aire.
—Fuimos maldecidos nada más nacer, lo sabes muy bien. Los dioses nos despreciaron y nuestras madres nos abandonaron. La única esperanza en lo que a tu hijo se refiere es que sea más hombre que dragón. Así no sufrirá sus ataques ni se fijarán en él. No intentarán controlarlo.
—¡Era una decisión que no te correspondía tomar a ti!
—Y tú no deberías haber permitido que los adoni te utilizaran. Conoces tan bien como yo cuáles son las reglas de la magia. Ahora querrán saldar la deuda.
Falcyn dio un respingo al oír otra verdad difícil de afrontar.
—Quería protegerlo. Ahora... —Señaló el velo que separaba ese mundo del plano al que Igraine se había llevado a su hijo para criarlo lejos de él. Nada podía hacer por el niño. Mientras Maddor viviera en el plano feérico de su madre, no podría llegar hasta él. Ni siquiera sus inmensos poderes se lo permitían—. No vuelvas a dirigirme la palabra, Maxis. No quiero saber nada más de ti.
Adoptó su forma de dragón y extendió las alas con intención de emprender el vuelo.
—Hermano, ten cuidado con esos ultimátums. Al igual que sucede con la magia, sus consecuencias son terribles.
Falcyn le escupió una bocanada de fuego.
—¡Las mías también, Max!
—¡Rémi! ¡No puedes matar daimons en la puerta de entrada! —Dev Peltier atravesó a la carrera la planta del bar del Santuario, seguido por su cuñado Fang Kattalakis, un lobo.
—Claro que puedo —aseguró su gemelo, cuya voz le llegó a través del auricular que llevaba en la oreja—. ¡Mírame!
Dev sopesó la idea de usar sus poderes para teletransportarse e impedir así el inminente desastre que supondría que su hermano gemelo le arrancara el corazón a un daimon en mitad de una concurrida calle de Nueva Orleans controlada por las cámaras de la policía, pero así solo empeoraría las cosas.
A buen seguro, ambos pasarían una temporadita fantástica en algún laboratorio del gobierno rodeados de medidas de seguridad extremas y jamás volverían a verlos ni a saber de ellos.
Fang y él lograron llegar a tiempo de inmovilizar a esa montaña alta y musculosa que a veces pasaba por un ser humano, antes de que Rémi se merendara a la rubia bajita que permanecía tan tranquila apoyada en una farola.
El cabrón se debatió con todas sus fuerzas mientras lo alejaban de su pretendida víctima, a la que no parecía preocuparle en absoluto lo cerca que había estado de morir a manos de una criatura salvaje, mitad oso, mitad humano.
Rémi le mordió a Dev en el hombro en su afán por liberarse.
—¡Joder! —masculló su hermano—. Espero que te hayas vacunado contra la rabia, chaval.
Rémi gruñía como solo podía hacerlo un ser capaz de transformarse en oso y continuó forcejando con ellos e intentando abalanzarse contra la mujer, que seguía sin moverse.
De hecho, la daimon bostezó. Después, le echó un vistazo a su reloj y se miró las uñas como si la escena la aburriera soberanamente.
—¿Puedo irme ya? ¿Lo tenéis bien sujeto?
Fang alucinó ante la indiferencia de su voz.
—Medea, teniendo en cuenta lo que pasó la última vez que os presentasteis aquí, lo tuyo es muy fuerte.
—Pues sí. Por eso soy la mala de la peli. Me han dicho que mi hermanastro está arriba, jugando al póquer con tu hermanito. Así que, si no te importa... —Entró en el Santuario como si el bar no estuviera lleno de criaturas dispuestas a comérsela de aperitivo.
Rémi siguió despotricando.
—¡Mataron a mamá y a papá! ¿Vas a permitir que entre en el bar como si tal cosa?
Dev rodeó el cuello de su hermano con un brazo para inmovilizarlo.
—Sí, porque si la tocas perderemos otra vez la licencia. ¡Piensa en tus sobrinos y sobrinas, y en el peligro que eso supondría para ellos!
La última vez que perdieron la licencia, el Santuario fue asolado y sus padres acabaron muertos, así como varios amigos.
Rémi miró a Fang, y Dev comprendió que sus palabras por fin habían conseguido detener la locura transitoria de su hermano y su sed de venganza. La hermana de ambos, la mujer de Fang, acababa de dar a luz a un niño y a una niña. La mujer de Dev estaba embarazada después de haber renunciado a su inmortalidad para poder crear una familia. No podían arriesgarse a que sus enemigos atravesaran las puertas del local y arrasaran el Santuario.
Otra vez.
Además, tenían que mantener el limani en pie para evitar que alguien empezara una guerra, ya fueran los arcadios, los katagarios o los demonios. Todos habían sufrido graves pérdidas durante la última batalla que había destrozado a su familia. Y en ese momento tenían mucho más que perder.
Al final, el fuego desapareció de los ojos de Rémi, que dejó de luchar contra ellos.
—¿Ya te has calmado?
Rémi asintió con la cabeza.
Dev lo soltó y se alejó mientras miraba a Fang.
—¿Quién ha sido el imbécil que ha puesto al rabioso en la puerta esta noche?
Fang lo miró, contrariado.
—El imbécil he sido yo. Muchas gracias. Lo confundí contigo. Uno de los dos podía hacerme el puto favor de cortarse el pelo para que os pueda distinguir.
Dev puso los ojos en blanco y señaló el tatuaje del arco doble y la flecha que llevaba en el bíceps.
—Ya tengo una marca que me distingue de los demás imbéciles con los que estoy emparentado, ¿lo sabías?
Fang resopló mientras Rémi se alejaba en dirección a la puerta.
—¡Oye, tú! —Dev lo agarró de un brazo y lo detuvo—. ¿Qué te propones, chavalín?
—Mamá debería haberte comido cuando naciste. O al menos antes de destetarte.
Dev replicó con un resoplido.
—No puedes entrar ahí y empezar una pelea con ella. No hace falta que te recuerde que hay un montón de turistas humanos en el bar y que esta noche Max está preocupado por su pareja. El pobre lleva días sin asomar la nariz, así que no podemos contar con su ayuda para borrar los recuerdos de los humanos si ven algo que no deberían ver.
Rémi arrugó la nariz, un gesto que delataba sus ganas de pelea.
—¿No puede encargarse su hermano de eso?
Buena pregunta. Quizá Falcyn tuviera los mismos poderes que Max. O a lo mejor no. Y aunque los tuviera, no había garantías de que estuviera dispuesto a usarlos, porque ayudar a los demás no era exactamente una prioridad para ese dragón cascarrabias.
—Ni idea. ¿Quieres preguntárselo tú?
Ese cabrón de Falcyn era la única criatura sobre la faz de la Tierra que tenía peor carácter que Rémi. Sin contar a Zarek, el antiguo Cazador Oscuro. Aunque Falcyn le daba mil vueltas a Zarek sin ni siquiera tener que esforzarse.
La prueba es que Rémi se acobardó de inmediato ante la idea de hablar con el dragón, y su hermano jamás se acobardaba.
—No pienso quitarle la vista de encima —masculló Rémi antes de entrar en el bar.
Dev gruñó ante la mirada burlona de Fang.
—Lo sé. Dev, vigila a tu hermano.
—Y busca a alguien que se encargue de la puerta.
—¿Dónde tienes el auric...? —Dev dejó la pregunta en el aire al recordar que uno de los pasatiempos preferidos de su hermana Aimée era mordisquearle la oreja a Fang en el almacén cuando nadie los veía. Torció el gesto, asqueado por la idea de que su hermana tocara a alguien de forma sensual—. Da igual. Se lo diré a Cherif. Lo reconocerás con facilidad. Es el que se parece a mí, pero no soy yo.
—Ese también puede ser Quinn.
—No me lo recuerdes.
Lo de ser cuatrillizos era una mierda. Solo Aimée y el Cazador Oscuro Aquerón eran capaces de distinguirlos.
Y Sam, la mujer de Dev. Ella nunca lo había confundido con sus hermanos, una de las muchas razones por las que la quería.
—¡Date prisa, oso! —lo azuzó Fang—. Solo nos faltaba que tu hermano líe alguna con el bar lleno de humanos.
Dev gruñó de nuevo y se alejó en busca de Rémi antes de que ese oso se comiera de verdad a la daimon y comenzara otra guerra que no les convenía.
Medea puso cara de asco al ver a los humanos congregados en el oscuro y ruidoso bar, bailando al ritmo de la música de un grupo local llamado los Howlers. Le hizo gracia el nombre: los aulladores. Puaj, cómo los odiaba a todos. Claro que para ser sincera, serían un buen festín si quisiera darse un capricho, aunque no necesitara su sangre para alimentarse, al contrario que otros de su especie.
Para ella era más bien una divertida forma de venganza.
Más tentada de lo que debería estar, se obligó a no pensar en esos cuellos que tan fácil sería desgarrar y se alejó en busca del conocido rostro de su hermano. Aunque Urian y ella eran técnicamente enemigos que luchaban en bandos opuestos en esa guerra, era una de las pocas personas a las que Medea consideraba amigas.
En ese momento tenía noticias importantes que Urian necesitaba oír.
—¡Hola, guapa! ¿Me estabas buscando?
Medea torció el gesto al escuchar la trillada pregunta. Pero lo peor de todo era que ese humano asqueroso apestaba a alcohol barato y a la colonia que habría comprado de oferta en alguna tienducha.
—Déjame tranquila.
—Oh, ¿por qué te pones así, nena? Sé buena y quédate un ratito conmigo.
El tipo la agarró del brazo con fuerza para mantenerla a su lado.
Medea soltó una carcajada y se mordió el labio con gesto seductor.
—Cariño, ni te imaginas lo que me gustaría hacerte...
El hombre enarcó las cejas.
—¿Ah, sí?
—Ajá...
Medea se coló entre sus brazos abiertos mientras imaginaba que lo destripaba en el suelo.
En un abrir y cerrar de ojos alguien lo apartó y lo zarandeó como si fuera un perro con su juguete preferido.
—Lárgate.
El humano hizo ademán de atacar, pero se lo pensó mejor al ver al hombre que lo había vapuleado. Su presencia lo desinfló por completo, y se alejó a toda prisa.
Pero Medea no lo culpaba. Ese Cazador Katagario era enorme, incluso para la media sobrenatural. Alto. Musculoso. Con una piel morena por la que cualquier mujer babearía. Descubrió horrorizada que no era inmune a su atractivo.
De hecho, le faltaba el aire mientras contemplaba unos claros y relucientes ojos azules. Entre eso y el pelo negro, había estado a punto de confundirlo con un Cazador Onírico. La verdad era que sus poderes bien podían pasar por los de un dios.
Eran tan poderosos que el aire crepitaba a su alrededor. Su presencia le recordaba a la de Aquerón Partenopaeo, un dios atlante que se hacía pasar por un Cazador Oscuro, quién sabe por qué. Y por si eso fuera poco, no podía identificar la especie a la que pertenecía. Oso, lobo, halcón, león, leopardo, pantera, tigre, dragón, jaguar, guepardo o chacal. Así de poderoso era.
—¿Qué eres?
Falcyn sintió que sus labios esbozaban una inusual sonrisilla. Algo muy raro en él. Pero claro, hacía mucho tiempo que no tenía delante un bocadito tan apetecible. El color de su pelo, rubio platino natural, resultaba poco habitual. Y resaltaba al máximo sus ojos negros.
No era una daimon común y corriente. Había algo mucho más fuerte en su interior. Algo que podía degustar y oler. Su aroma era como miel sobre la lengua.
—Una criatura hambrienta... —susurró Falcyn.
Ella puso los ojos en blanco y lo rodeó para alejarse.
Un sonido extraño surgió de la garganta de Falcyn, algo todavía más inusual que la sonrisa. Tan extraño que tardó unos segundos en comprender que se trataba de una carcajada.
Nadie lo había tratado nunca con semejante desdén. Sobre todo, porque quien se atrevía a hacerlo acababa muerto y él usaba sus huesos para limpiarse los dientes. Sin darse cuenta de lo que hacía, comenzó a seguirla.
Ella se detuvo en mitad de la multitud y se volvió para fulminarlo con la mirada.
—Ah, ahora lo entiendo. Eres un perro. Muy bien, Fido, estoy segura de que en el bar hay muchos humanos que estarían encantados de llevarte a casa y hacerte mimitos. Pero yo no, así que largo. —Chasqueó la lengua como una persona haría para comunicarse con su mascota o con un perro callejero del que quisiera librarse—. Vamos, fuera de aquí.
Falcyn se humedeció los labios mientras ella retomaba su camino.
—Así que eres la reina malvada de los daimons. Me habían dicho que eras otra cosa, pero ¿cuántos saben que llevas sangre demoníaca en las venas?
Ella enarcó una ceja al escuchar la pregunta y después esbozó una sonrisa malévola que se la puso dura al instante.
—¿Antes o después de que los mate? —Entrecerró los ojos y lo taladró con la mirada, dejándole claro que estaba evaluándolo antes de la batalla—. Te equivocas en lo del título. La reina es mi madre.
—Entonces ¿quién eres tú?
—La niña mimada de papá.
Falcyn soltó una carcajada ronca. Algo que hizo que todos los arcadios y los katagarios que lo rodeaban lo miraran boquiabiertos.
Dejó de lado su aire fanfarrón cuando se dio cuenta del inusual comedimiento que los demás demostraban.
Y del miedo. Sobre todo, porque esas criaturas no le tenían miedo a nada.
Salvo a él. Sí, así de peligroso era.
—¿Quién eres? —le preguntó Medea con cierta ansiedad en la voz.
—Pregunta incorrecta.
—¿En qué sentido?
—No importa tanto quién soy... sino lo que soy.
Medea sintió que el miedo le provocaba un escalofrío en la espalda.
—No eres uno de ellos, ¿verdad?
Los Cazadores Arcadios y Katagarios fueron creados miles de años antes por el rey de Arcadia en un intento desesperado por evitarles a sus hijos la maldición que el dios griego Apolo había lanzado sobre la raza de su esposa. Ese dios era el abuelo de Medea. En su afán por alargar la vida de sus hijos, el monarca hizo un trato con una divinidad acadia que usó su magia para unir su ADN con el de los animales.
El plan funcionó, de manera que el dios acadio y el rey arcadio crearon dos razas, capaces de cambiar de forma. Aquellos que tenían un corazón humano fueron llamados «arcadios». Su forma natural era humana, pero podían adoptar la apariencia de un animal. Los que tenían un corazón animal fueron llamados «katagarios», y eran capaces de adoptar forma humana.
El «hombre» que tenía delante negó con la cabeza para indicarle que no pertenecía a ninguno de esos dos grupos. Tal como había afirmado, era algo distinto.
Sin embargo, olía igual que un guerrero katagario. Su corazón era animal, así como también su forma natural. Reconocía ese olor almizcleño y sobrenatural que los caracterizaba. Era algo único en el mundo. Y aunque estaba mezclado con una nota distinta, era inconfundible.
No estaba tratando con un hombre, sino con una criatura de inmenso poder.
—Al igual que tú, princesa, soy mucho más viejo que esos cabrones griegos, mucho más letal... e impredecible.
—Sé que no eres un dios.
Se acercó a ella despacio y aunque no acostumbraba a retroceder, Medea dio un paso atrás para evitar que la abrumara su enorme presencia. La magnitud de esos poderes arcanos parecía fortalecerse cuanto más rato pasaba a su lado.
—Es posible, preciosa —le susurró al oído con esa voz grave de barítono—. Pero hay cosas en este mundo que hasta los dioses temen.
Y él era, a buen seguro, una de ellas. Todas las células de su cuerpo se lo decían.
—¡Falcyn!
Medea parpadeó al oír la brusca voz de su hermano.
La criatura que tenía delante ni se inmutó. Le dedicó una extraña sonrisilla y chasqueó la lengua mientras los miraba a ambos.
—¿De verdad te crees capaz de lograr que te obedezca, perrito faldero?
Urian, alto y musculoso, no se alteró por el insulto; lo miró con los ojos entrecerrados mientras acortaba la distancia que los separaba. Llevaba la melena de color rubio platino suelta alrededor de los hombros, lo que acentuaba sus rasgos angulosos, y no apartó en ningún momento la mirada de Falcyn para no perder detalle de sus movimientos. Una actitud que también le dejó claro a Medea lo letal y rápido que era ese ser.
Urian también era una bestia audaz y poderosa, y solo se mostraba cauteloso con aquellos que lo merecían. Al resto los descartaba.
La presencia de su hermano, que se interpuso entre ellos, le ofreció un pequeño respiro.
—Te aconsejo que recuerdes que estás en un limani.
Falcyn resopló.
—Las leyes de Savitar me la traen floja. —Miró a Urian de arriba abajo con desprecio—. Y tú también, por cierto. De tu jefe ya ni hablo. Así que ni se te ocurra sacar a relucir el nombre de Aquerón para apaciguar mi furia. Puede venir a hablar conmigo... sobre cualquier tema.
Urian frunció el ceño al oír sus palabras y su tono bravucón, en especial porque Aquerón era el destino final de todo. Desafiarlo a sabiendas del lugar que ocupaba en el universo demostraba un nivel de ridiculez y valentía poco habitual.
—¿No le tienes miedo a nada?
La mirada de Falcyn se clavó en algún lugar de la multitud que Urian tenía detrás.
—Sí, pero por desgracia ella no está aquí.
Medea dio un respingo al oír esa voz grave que había hablado muy cerca de su oreja. Sobresaltada, se volvió para descubrir a otro desconocido en el atestado bar. Uno que destacaba casi tanto como Falcyn, pero por diferentes motivos. Tenía el pelo tan claro como el suyo, o tal vez más, y los ojos de un inusual tono lavanda. Sin embargo, pese a su palidez, no tenía la piel tan blanca como para parecer albino, sino que era tan moreno como Falcyn.
Además, tenía las orejas un tanto puntiagudas. Por un instante, ante la belleza de sus rasgos, lo tomó por una criatura feérica. Un adoni o algo similar. Pero descartó la idea al ver cómo se movía y percibir su olor.
No, había más de animal que de adoni en él.
Lánguido, pero veloz. Una extraña dualidad que solo presentaban las criaturas capaces de cambiar de forma. Al igual que sucedía con Falcyn, el aire que lo rodeaba crepitaba por los poderes sobrenaturales que ostentaba. Esa criatura era igual de poderosa que Falcyn. Pero de distinto modo.
Sus poderes no resultaban tan misteriosos ni tan siniestros. No era un ser que se complaciera haciendo daño a los demás. De hecho, parecía afable.
Falcyn chasqueó la lengua al verlo.
—Blaise, ¿por qué metes a Xyn en esto? Sobre todo por lo espinoso del tema.
El aludido esbozó una simpática sonrisa.
—Me apetecía irritar a mi hermano mayor. Además, aquí todos te temen. Me necesitas para equilibrar las cosas.
En ese momento, al ver que Blaise se adelantaba caminando con una mano extendida, Medea comprendió que era ciego.
—Si ya has acabado de asustar a la clientela, necesito comentarte un asunto.
—Mejor asustar a la clientela que aguantar tus constantes lloriqueos —replicó Falcyn con desdén.
—Vaya, acabas de herir mis sentimientos.
—Tú no tienes sentimientos.
—Mentira. Tenía muchos, hasta que Kerrigan, Illarion y tú acabasteis con ellos. Pero creo que logré salvar uno o dos. Por favor, intenta no cargártelos también. Puede que algún día los necesite.
Falcyn gruñó a modo de protesta.
—Eso que sientes son las punzadas del hambre.
Blaise sacudió la cabeza entre carcajadas.
—Hambre por una palabra amable, querrás decir.
—Bueno, pues aquí no la vas a conseguir. —Hizo un gesto con la mano en dirección a la escalera, como si su hermano pudiera verlo—. Así que ya te puedes ir largando.
Blaise soltó un hondo suspiro.
—Lo siento, pero no. Debo interrumpir. No puedo esperar.
Falcyn gruñó, en esa ocasión de manera tan fuerte que Medea sintió la vibración en su cuerpo.
Urian la apartó.
—En fin, os dejamos que discutáis tranquilos. Hermanita, vámonos antes de que Godzilla y Mothra se líen a tortas y nos llevemos alguna sin querer.
—¿Quién?
Urian gimió por lo bajo.
—Algún día haremos un maratón de películas para ver si así pillas mis referencias. —Y la empujó hacia la escalera.
Pero Medea no se pudo contener y miró hacia atrás para ver por última vez a ese desconocido cuya presencia aún la hechizaba. Lo malo fue que él también la estaba mirando de una forma tan penetrante que hizo que se sintiera como una liebre que él estuviera planeando comerse para almorzar.
—¿Qué son? —le preguntó a Urian mientras subían la escalera en dirección a la zona menos concurrida del bar.
—Blaise es un mandragón. Falcyn... ni puta idea. Es un híbrido de dragón, pero no es katagario ni arcadio.
—Si son hermanos, también será un mandragón, ¿no?
Urian titubeó.
—En realidad, no creo que sean familia. La idea de los dragones sobre la familia es un tanto peculiar comparada con la nuestra.
El comentario la dejó perpleja.
—A ver, si es un dragón, pero no es un mandragón, ni un katagario, ni un arcadio, ¿cómo es posible que sea humano?
Esas eran las únicas especies de dragones que podían adoptar forma humana.
Al menos que ella supiera, y dado que llevaba más de once mil años sobre la faz de la Tierra, algo sabía sobre las criaturas capaces de cambiar de forma y sobre el mundo sobrenatural al que pertenecía.
Al que ellos también pertenecían.
Más que nada porque su padre era uno de esos seres. Pero Stryker adoptaba forma de dragón porque era un semidiós, no porque tuviera una naturaleza dual. A diferencia de esos seres, no podía mantenerse en forma de dragón mucho tiempo, ni tampoco podía sobrevivir en ella.
Urian dejó de mirarla para observar a los dos dragones que seguían entre la multitud del bar.
—Medea, esa es la pregunta que todos nos hacemos, pero cuya respuesta nadie conoce. Solo sabemos que es una bestia sanguinaria a la que es mejor evitar.