Nota_de_la_autora

Nota de la autora

Fue en Navidad del año 2013 cuando me preguntaron si me gustaría reeditar Not Quite an Angel, que se publicó por primera vez en 1995 con mi antiguo pseudónimo, Lucinda Edmonds.

Me había gustado revisar The Italian Girl (antes Aria) el año anterior y, mientras celebrábamos la Navidad en familia, una imagen empezó a formarse en mi mente de un paisaje galés nevado y una hermosa casa con un enorme árbol de Navidad en el vestíbulo...

Quité el polvo a mi único manoseado ejemplar de la novela, la leí por primera vez en dieciocho años y me sorprendió gratamente qué historia tan apasionante narraba. No obstante, mi estilo literario ha evolucionado con los años y sabía que podía hacerlo incluso mejor (ahora comprendo por qué algunas novelas tardan varios años en escribirse: a veces solo la distancia permite a un autor despegarse verdaderamente de un manuscrito). Así pues, me puse a trabajar, sin saber dónde me metía, y me enfrasqué tanto que acabé escribiendo una novela completamente nueva: Las raíces del ángel.

Aunque la novela conserva muchos elementos del original, he reescrito los papeles y diálogos de los personajes clave, he desarrollado los escenarios, y varios capítulos y tramas son completamente nuevos. Incluso he resucitado un personaje que siempre me arrepentí de haber eliminado en la novela original. Me siento privilegiada de haber tenido la oportunidad de insuflar nueva vida a esta historia.

Espero que la disfrutes.

LUCINDA RILEY, 2015

Nochebuena, 1985

Marchmont Hall,

Monmouthshire, Gales

1

David Marchmont lanzó una mirada a su pasajera mientras conducía por el estrecho camino comarcal. Ya estaba nevando mucho, lo que hacía que la carretera, ya peligrosamente helada, fuera aún más insegura.

—Ya queda poco, Greta, y parece que llegamos justo a tiempo. Creo que este camino estará intransitable por la mañana. ¿Te suena alguna cosa? —preguntó con vacilación.

Greta se volvió hacia él. Su tez marfileña seguía tersa, aunque tenía cincuenta y ocho años, y sus enormes ojos azules dominaban lo que David siempre había considerado su cara de muñeca. La edad no había atenuado la intensidad de su color, pero ya no brillaban de emoción ni de enfado. Su luz se había apagado hacía tiempo, y seguían tan vacíos e inocentes como la réplica inanimada de porcelana a la que le recordaba.

—Sé que viví aquí. Pero no me acuerdo, David. Lo siento.

—No te preocupes —la tranquilizó él, sabiendo cuánto la angustiaba no hacerlo. Y pensando también que, si él pudiera borrar de su memoria la imagen dantesca del hogar de su infancia justo después del incendio (aún recordaba el olor acre a humo y madera carbonizada), a buen seguro que lo haría—. Por supuesto, las obras de rehabilitación de Marchmont ya están prácticamente terminadas.

—Sí, David, lo sé. Me lo explicaste la semana pasada cuando viniste a casa a cenar. Preparé chuletas de cordero y nos bebimos una botella de Sancerre —dijo ella, a la defensiva—. Me dijiste que dormiríamos en la mansión.

—Exacto —convino David sin alterarse, entendiendo que Greta siempre sintiera la necesidad de describirle los acontecimientos recientes con todo lujo de detalles, aunque no pudiera recordar nada anterior a su accidente. Mientras conducía por la carretera surcada de hielo y notaba cómo los neumáticos apenas se agarraban a la ligera pendiente, se preguntó si llevar a Greta a Marchmont para Navidad era una buena idea. A decir verdad, se había quedado asombrado cuando ella por fin había aceptado su invitación, después de llevar años intentando convencerla para que saliera de su piso de Mayfair y de recibir siempre una firme negativa.

Por fin, tras una minuciosa reforma de tres años que había devuelto a la mansión gran parte de su antiguo esplendor, él había creído que era el momento oportuno. Y por alguna razón, de forma inesperada, ella también. Al menos, David sabía que la mansión estaría físicamente acogedora y cómoda. Aunque, dadas las circunstancias, tanto para Greta como para él, no sabía si lo estaría emocionalmente...

—Ya está oscureciendo —observó Greta sin emoción—. Y solo son poco más de las tres.

—Sí, pero espero que la luz aguante el tiempo suficiente para que al menos veamos Marchmont.

—Donde yo vivía.

—Sí.

—Con Owen. Mi marido. Que era tu tío.

—Sí.

David sabía que Greta solo había memorizado la información del pasado que había olvidado. Como si se estuviera examinando. Y era él quien había sido su profesor, ateniéndose al consejo de los médicos que la trataban de eludir cualquier acontecimiento traumático, lo que no incluía mencionar nombres, fechas y lugares que pudieran activarle algo en el subconsciente y brindarle la llave para recuperar la memoria que había perdido. De forma esporádica, cuando iba a visitarla y charlaban, le parecía percibir en Greta un atisbo de reconocimiento por algo que él mencionaba, pero no podía estar seguro de que ello se debiera a lo que él le había explicado desde entonces o bien ella lo recordaba de verdad. Y después de tantos años, los médicos —convencidos al principio de que Greta recuperaría la memoria poco a poco, pues no había nada que indicara lo contrario en los numerosos TAC cerebrales que le habían practicado desde el accidente— hablaban ahora de «amnesia selectiva» provocada por un trauma. En opinión de estos, Greta no quería recordar.

David tomó despacio la traicionera curva del camino, sabiendo que unos pocos segundos más tarde aparecerían los portones por los que se accedía a Marchmont. Aunque era el propietario legal y se había gastado una fortuna en rehabilitar la mansión, solo era su custodio. Con las obras de rehabilitación casi terminadas, Ava, la nieta de Greta, y su marido, Simon, habían dejado la Caseta del Guarda para instalarse en Marchmont Hall. Y cuando David muriera, Ava heredaría la hacienda. El momento no podía ser más oportuno, pues solo faltaban unas pocas semanas para que el matrimonio tuviera su primer hijo. Y quizá, pensaba David, los últimos años de una historia familiar tan malograda podrían por fin enterrarse con el aliento de una nueva vida inocente.

Lo que complicaba aún más la situación eran los acontecimientos que habían sucedido después de que Greta perdiera la memoria... Acontecimientos de los que él la había protegido, preocupado por cómo podían afectarle. Después de todo, si no recordaba de qué modo había empezado todo, ¿cómo iba a lidiar con el final?

En conjunto, la situación significaba que Ava, Simon y él tenían que hacer equilibrios durante sus conversaciones con Greta, dispuestos a refrescarle la memoria pero siempre atentos a lo que hablaban delante de ella.

—¿La ves, Greta? —preguntó David cuando cruzaron los portones y apareció Marchmont Hall.

De origen isabelino, la mansión de poca altura se erigía con elegancia contra un horizonte de onduladas colinas que se alzaban hacia los majestuosos picos de las Montañas Negras. Por debajo de ella, el río Usk serpenteaba por el ancho valle y los campos que lo bordeaban brillaban por la reciente nevada. La vetusta fachada de ladrillo rojo culminaba en tres frontones y los intrincados cristales de las ventanas con parteluz reflejaban los últimos rayos rosáceos del sol invernal.

Aunque las viejas vigas, al estar tan resecas, habían sido el alimento ideal para las ávidas llamas del incendio y el tejado se había desplomado, el armazón exterior, en cambio, había resistido. Según le había explicado la brigada de bomberos, se debía en parte al oportuno aguacero que había caído con fuerza más o menos una hora después de que prendiera la primera ascua. Solo la naturaleza había librado a Marchmont Hall de la devastación y al menos había quedado algo para que David pudiera rehabilitarla.

—Oh, David, está mucho más bonita que en las fotos que me has enseñado —susurró Greta—. Con tanta nieve, parece una postal de Navidad.

Y, en efecto, cuando aparcó el coche lo más cerca posible de la entrada, David vio por una ventana el cálido resplandor de lámparas ya encendidas y las lucecitas intermitentes de un árbol navideño. La estampa estaba tan reñida con el ambiente sombrío y austero del hogar de su infancia, grabado a fuego en su memoria, que lo invadió una inesperada euforia ante su evidente transformación. Puede que el incendio hubiera quemado el pasado, tanto metafórica como físicamente. Ojalá siguiera su madre con ellos para ver su extraordinaria rehabilitación.

—Sí que está bastante bonita, la verdad. Bien —dijo cuando abrió la puerta del coche y le cayó encima nieve del techo—, salgamos por patas. Volveré a por las maletas y los regalos después.

David rodeó el coche para abrir la puerta del acompañante y, cuando Greta bajó con cautela, sus zapatos de ciudad desaparecieron, junto con sus tobillos, en la honda nieve. Cuando alzó la vista para contemplar la mansión y volvió a mirarse los pies hundidos en la nieve, la asaltó un recuerdo.

«Ya he estado aquí...»

Petrificada, atónita de que ese momento por fin hubiera llegado, se afanó por atrapar el retazo de recuerdo. Pero ya no estaba.

—Vamos, Greta, vas a pillar un catarro de campeonato aquí fuera —dijo David, ofreciéndole el brazo. Y juntos recorrieron los pocos metros hasta la puerta de Marchmont Hall.

Después de saludar a Mary, la sirvienta que llevaba más de cuarenta años trabajando en Marchmont Hall, David acompañó a Greta a su habitación y la dejó para que se echara un rato. Imaginaba que la tensión de decidir marcharse de su piso por primera vez en muchos años, sumada al largo viaje desde Londres, debía de haberla dejado agotada.

Luego entró en la cocina en busca de Mary. Ella estaba en la isla central recién instalada, extendiendo con el rodillo la masa para hacer pastel de carne picada. David miró alrededor, admirando las relucientes encimeras de granito y los elegantes muebles integrados que cubrían las paredes. La cocina y los baños eran la única concesión que David había hecho al diseño moderno en la rehabilitación de Marchmont Hall. El resto de las estancias imitaban el modelo original, una labor ingente que había requerido semanas de investigación y días enteros dedicados a revisar fotografías de archivo en bibliotecas y a rebuscar entre sus propios recuerdos de infancia. Había contratado ejércitos de artesanos locales para asegurarse de que todo, desde los suelos de piedra hasta los muebles, se pareciera lo más posible a la antigua Marchmont Hall.

—Hola, señorito David. —Mary le sonrió cuando alzó la vista—. Jack ha llamado hace diez minutos para decir que el tren de su Tor se ha retrasado por culpa de la nieve. Deberían llegar en una hora a lo sumo. Se ha llevado el Land Rover, así que no tendrán problemas para volver.

—Ha sido muy amable ofreciéndose a recogerla. Sé cuánto le cuesta encontrar un rato libre con todas las responsabilidades que tiene en la hacienda. Dime, ¿qué te parece la cocina nueva, Mary?

—Es maravillosa, señorito. Todo es nuevísimo —respondió la sirvienta con su suave acento galés—. No me puedo creer que sea la misma casa. Ahora hace tanto calorcito que casi no necesito encender las chimeneas.

—¿Y tu piso es cómodo? —El marido de Mary, Huw, había fallecido hacía unos años y ella se había sentido aislada viviendo sola en el chalet de la hacienda. Así que, mientras trabajaba con el arquitecto en los nuevos planos de la casa, David había incorporado una serie de habitaciones al amplio desván para Mary. Después de lo que había sucedido, estaba más tranquilo teniendo a una persona en la mansión de forma permanente si Ava y Simon tenían que salir de viaje.

—Oh, sí, gracias. Y además tiene unas vistas maravillosas del valle. ¿Cómo está Greta? A decir verdad, me quedé asombrada cuando me dijo que venía para Navidad. Dios santo, nunca creí que vería este día. ¿Qué piensa ella?

—Casi no ha dicho nada —respondió David, sin estar seguro de si Mary se refería a la reacción de Greta a las obras o a su regreso a la mansión después de tantos años—. Ahora está descansando.

—Ha visto que la he instalado en su antiguo cuarto, por si eso le refresca la memoria. Aunque ahora está tan distinto que ni yo lo reconozco. ¿Cree de verdad que no sabe quién soy? Pasamos por mucho las dos juntas cuando vivía en Marchmont.

—Por favor, intenta no dejar que te afecte, Mary. Me temo que a todos nos ocurre lo mismo.

—Bueno, quizá sea lo mejor si no recuerda parte de lo que pasó —respondió ella con aire triste.

—Sí —convino David con un suspiro—. Va a ser una Navidad muy rara, en todos los aspectos.

—Ni que lo diga, señorito. No hago más que buscar a su madre por la casa y entonces caigo en que ya no está. —Mary contuvo las lágrimas—. Para usted es peor, claro, señorito David.

—Bueno, a todos nos va a costar acostumbrarnos. Pero al menos tenemos a Ava y a Simon, con su hijo en camino, para ayudarnos a superarlo. —David le pasó el brazo por los hombros para reconfortarla—. Oye, ¿puedo probar uno de tus deliciosos pastelitos de carne picada?

Ava y Simon regresaron a la mansión veinte minutos después y se reunieron con David en el salón, que olía a pintura y al humo de la leña que ardía en la inmensa chimenea de piedra.

—Ava, estás estupenda. Rebosante de salud. —David sonrió cuando la abrazó y estrechó la mano a Simon.

—Parece que me haya hinchado de golpe en el último mes. Es evidente que voy a tener un jugador o jugadora de rugby —respondió Ava, mirando a Simon con cariño.

—¿Pido a Mary que nos prepare una tetera? —preguntó David.

—Ya voy yo —se ofreció Simon—. Ava, cariño, siéntate con tu tío y pon los pies en alto. La han llamado en plena noche por una vaca que estaba de parto y pasándolo mal —dijo a David al salir, encogiéndose de hombros con resignación.

—Y espero que alguien me eche una mano a mí cuando esté de parto y pasándolo mal —replicó Ava con una risita, mientras se arrellanaba en uno de los sillones recién tapizados—. Simon siempre me está dando la lata para que afloje el ritmo, pero soy veterinaria. No puedo dejar a mis pacientes y que se mueran, ¿no? Es decir, la comadrona no me dejaría, ¿verdad?

—No, Ava, pero sales de cuentas dentro de seis semanas y a Simon le preocupa que estés cargando demasiado las tintas, eso es todo.

—Cuando venga el suplente a la consulta después de Navidad, todo será mucho más fácil. Pero, con este tiempo, no puedo prometer que no vayan a llamarme para que atienda a ovejas con hipotermia. Los granjeros hicieron bien bajándolas de las colinas antes de que llegara el mal tiempo, pero siempre se dejan alguna. En fin, tío David, ¿qué tal estás? —Ava siempre lo había llamado «tío», aunque, en teoría, eran primos de segundo grado.

—Estoy muy bien, gracias. Grabé mi programa de Navidad en octubre y desde entonces, bueno... De hecho —David se ruborizó de repente—, estoy escribiendo mi autobiografía.

—¿En serio? Seguro que será interesante leerla.

—Mi vida lo es, desde luego, y ese es el problema. Hay partes de las que no puedo hablar, obviamente.

—No... —Ava se puso seria—. Si te soy sincera, y ya sabes que siempre lo soy, me sorprende que hayas accedido a escribirla. Es decir, siempre te has cuidado mucho de no hablar nunca de tu vida privada.

—Sí, pero, por desgracia, un periodista sensacionalista ha decidido que va a escribir la versión no autorizada, así que yo he decidido que más vale que lo deje todo bien claro antes. Es decir, en la medida que pueda dadas las circunstancias.

—Vale. Entonces entiendo por qué quieres hacerlo. Dios santo —dijo Ava con un suspiro—, después de tener una madre que fue actriz de cine y un primo que es un cómico conocido, aborrezco que pueda hacerme famosa. No dirás nada de... lo que me pasó, ¿verdad, tío David? Me moriría si lo hicieras. Sobre todo después de la última vez, en la que aparecí en primera plana con Cheska en el Daily Mail.

—Claro que no, Ava. Estoy haciendo todo lo posible para dejar a la familia al margen. El problema es que, sin eso, casi no tengo nada que explicar. En mi vida no ha habido drogas, crisis nerviosas, problemas con la bebida ni asuntos de faldas, así que el libro será un aburrimiento. —David suspiró y sonrió con ironía—. Hablando de mujeres, Tor debe de estar a punto de llegar.

—Me alegro de que venga, tío David. Le tengo mucho cariño. Y cuantos más seamos esta Navidad, mejor.

—Bueno, al menos por fin hemos conseguido que venga tu abuela.

—¿Dónde está?

—Arriba, descansando.

—¿Y cómo se encuentra?

—Igual, la verdad. Pero estoy muy orgulloso de que haya tenido el valor de venir. —David vio los faros de un coche por la ventana—. Debe de ser Tor. Iré a ayudarla con el equipaje.

Cuando David salió del salón, Ava reflexionó sobre la leal y duradera relación de este con Greta. Sabía que se conocían desde siempre, pero se preguntaba qué tenía ella que le atraía tanto. La tía abuela de Ava, la madre de David, LJ, quien había fallecido hacía solo unos meses, decía que su hijo siempre había amado a Greta. Y sin duda Greta aún tenía un aspecto muy juvenil, casi como si perder la memoria le hubiera borrado las señales físicas de haber vivido cincuenta y ocho años, lo que habitualmente se manifestaba en la cara como un mapa emocional exterior.

Ava odiaba reconocerlo, pero su abuela le parecía bastante vacía e infantil. En las pocas ocasiones que había visto a Greta a lo largo de los años, había tenido la sensación de que era como hablar con un huevo de Fabergé, perfecto por fuera pero hueco por dentro. Sin embargo, por otra parte, puede que el accidente le hubiera arrebatado toda su sustancia y personalidad. Greta vivía como una reclusa y rara vez se aventuraba a salir de su piso. Que Ava supiera, esa era la primera vez que pasaba más de unas pocas horas fuera de él.

Sabía que no debería juzgar a su abuela, ya que no la había conocido antes del accidente, pero, por otro lado, reconocía que siempre la había comparado con LJ, cuyo espíritu indomable y entusiasmo por la vida hacían que Greta, incluso después de todo lo que le había sucedido, pareciera endeble y sosa. «Y ahora —pensó, mordiéndose el labio—, Greta está aquí en Navidades y LJ no.»

Se le hizo un nudo en la garganta, pero tragó saliva, sabiendo que su tía abuela no querría que estuviera triste.

«Hay que seguir adelante», había dicho siempre que los había golpeado la tragedia.

Ava no podía evitar desear con toda su alma que LJ se hubiera quedado un poco más para poder presenciar el nacimiento de su hijo. Al menos había vivido para verla casarse con Simon y había muerto sabiendo que Marchmont, y Ava, no corrían peligro.

David volvió a entrar en el salón acompañado de Tor.

—Hola, Ava. Feliz Navidad, y todo eso. Dios mío, qué frío. ¡Vaya viaje! —dijo Tor, acercándose a la chimenea para calentarse las manos al fuego crepitante.

—Bueno, has llegado, y justo a tiempo, por lo visto. Jack me ha dicho que esta noche ya no habrá más trenes a Abergavenny —observó David.

—Sí, debo reconocer que no me apetecía pasar la Navidad en una pensión de Newport —dijo Tor en tono irónico—. Y la casa está preciosa, Ava. Simon y tú debéis de estar encantados.

—Sí —respondió Ava—. Es preciosa, y te estamos muy agradecidos, tío David. Simon y yo jamás habríamos tenido los recursos para rehabilitarla por nuestra cuenta.

—Bueno, de todas formas, como ya sabes, un día será tuya. Ah, Simon. —David lo miró cuando entró en el salón—. Té recién hecho. Justo lo que todos necesitamos.

Greta se despertó sintiéndose desorientada e incapaz de recordar dónde estaba. Presa del pánico, buscó un interruptor en la oscuridad y encendió la luz. El fuerte olor a pintura le refrescó la memoria cuando se incorporó en la cómoda cama y admiró la habitación recién decorada.

Marchmont Hall... La casa de la que tanto le había hablado David a lo largo de los años. Mary, la sirvienta, le había dicho antes que esa era su antigua habitación, donde había traído a Cheska al mundo.

Se levantó y se acercó a la ventana. Seguía nevando. Intentó recuperar el fugaz recuerdo que había acudido a ella nada más llegar a la mansión, y suspiró desanimada cuando su mente se negó con terquedad a revelar sus secretos.

Después de lavarse en el elegante cuarto de baño privado, se puso una blusa de seda color crema que había comprado hacía unos días. Se pintó los labios y se quedó mirando su reflejo en el espejo, nerviosa por tener que abandonar el refugio de su dormitorio.

Había tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para tomar la decisión de reunirse con su familia en Marchmont para Navidad. Tanto le había costado que, después de acceder y de ver la expresión atónita de David al oírle decir que sí, había sufrido graves ataques de pánico que la habían tenido despierta hasta la madrugada, sudando y temblando. Había ido a ver a su médico, quien le había prescrito betabloqueantes y sedantes. Con los ánimos que le había dado y la perspectiva de pasar aun otra deprimente Navidad sola, había conseguido hacer el equipaje, subir al coche de David e ir a Marchmont.

Puede que los médicos discreparan de su motivación; argüirían en su habitual jerga de psicólogos que quizá estaba lista, por fin, y que su subconsciente la consideraba lo bastante fuerte para regresar. Y sin duda, desde que había tomado la decisión, había soñado vívidamente por primera vez desde el accidente. Por supuesto, ninguno de sus sueños tenía sentido, pero la sorpresa de tener lo que los médicos llamarían un flashback cuando había bajado del coche y había contemplado Marchmont Hall hacía unas horas daba cierto crédito a su análisis.

Sabía que aún tenía muchos retos que superar. La «compañía», por lo pronto, y durante un periodo prolongado. Y entre las personas que pasarían la Navidad en la mansión había una en especial con la que no le apetecía nada relacionarse: Tor, la amiga de David.

Si bien había visto a Tor de forma esporádica cuando su sobrino la había llevado a merendar a su piso de Mayfair, nunca había pasado más de unas pocas horas con ella. Aunque, a primera vista, Tor había sido amable y educada, y parecía interesada en lo que ella tenía que decir, que no era mucho, Greta había notado que la trataba con condescendencia, como si fuera una anciana senil con una deficiencia mental.

Miró su reflejo en el espejo. Podía ser muchas cosas, pero eso, desde luego, no.

Tor era profesora en la Universidad de Oxford. Intelectual, independiente, atractiva, sin ser nada del otro mundo; eso pensaba siempre de ella, y después se reprendía por su instintivo menosprecio de una rival.

Hablando claro, Tor era todo lo que ella no era, pero hacía feliz a David y Greta sabía que debía alegrarse por ello.

Al menos, David había dicho que Ava estaría con su marido, Simon. Ava, su nieta...

Si había algo de su amnesia que la disgustaba especialmente, era Ava. Sangre de su sangre, la hija de su hija... No obstante, aunque la había visto cada cierto tiempo en las dos últimas décadas y la apreciaba mucho, se sentía culpable por no poder forjar con ella el vínculo que toda abuela debería tener con su nieta. Aunque no recordara su nacimiento, debería sentir por instinto un lazo emocional más profundo, ¿no?

Greta creía que Ava sospechaba, como había hecho LJ, que ella recordaba más de lo que decía y que por algún motivo fingía no hacerlo. Pero, pese a años de sesiones con psicólogos, hipnotizadores y practicantes de cualquier otro tratamiento para la amnesia sobre el que había leído, su memoria seguía en blanco. Greta sentía que vivía en un vacío, como si fuera una mera observadora del resto de la humanidad, para la que era fácil recordar.

El ser humano al que más unida se sentía era su querido David, quien había estado con ella cuando por fin había abierto los ojos después de un coma de nueve meses y se había pasado los últimos veinticuatro años cuidándola lo mejor que sabía. De no ser por él, dado el vacío de su existencia, estaba segura de que habría perdido la esperanza hacía muchos años.

David le había dicho que se habían conocido hacía cuarenta años, cuando ella tenía dieciocho y trabajaba en Londres en un teatro llamado el Windmill justo después de la guerra. Al parecer, ella le había explicado en una ocasión que sus padres habían muerto en el bombardeo alemán de Londres, pero jamás había mencionado a ningún otro pariente. David le había explicado que eran muy buenos amigos, y Greta suponía que su relación no había pasado de ahí. David también le había contado que al poco de conocerse ella se había casado con un hombre llamado Owen, su tío, el antiguo propietario de Marchmont.

A lo largo de los años, Greta había abrigado el eterno deseo de que la amistad que David le había descrito hubiera sido algo más. Lo amaba; no por lo que había sido para ella antes del accidente, sino por todo lo que significaba en el presente. Por supuesto, sabía que él no le correspondía, y no tenía motivos para creer que alguna vez lo hubiera hecho. David era un cómico de gran fama y éxito y continuaba siendo extremadamente atractivo. Además, llevaba seis años con Tor, quien siempre iba de su brazo en los actos benéficos y ceremonias de entrega de premios.

En sus peores momentos, Greta sentía que era poco más que una obligación; que David solo estaba cumpliendo con su deber, por su buen corazón y porque eran parientes políticos. Cuando el hospital por fin le había dado el alta, después de dieciocho meses, y había regresado a su piso de Mayfair, David había sido la única persona que la había visitado con regularidad. Su culpa por depender de él había aumentado con los años y, aunque David le decía que no le costaba nada pasar a verla, ella siempre intentaba no ser una carga, con lo que a menudo fingía que estaba ocupada cuando no era cierto.

Greta se alejó de la ventana, sabiendo que debía armarse de valor para bajar a reunirse con su familia. Abrió la puerta de la habitación, salió al pasillo y se detuvo al principio de la suntuosa escalera de madera de roble, cuyos balaustres labrados y recargados copetes en forma de bellota relucían a la tenue luz de la araña que pendía sobre ella. Cuando observó el gran árbol de Navidad que se alzaba desde el recibidor, olió la fragancia fresca y delicada del abeto y, una vez más, se le avivó la memoria. Cerró los ojos y respiró hondo, tal como los médicos le habían dicho que hiciera, para intentar concretar el vago recuerdo.

Cuando los residentes de Marchmont Hall se despertaron el día de Navidad, afuera había un idílico paisaje nevado. A la hora de comer se zamparon un ganso con verduras cultivadas en la hacienda. Después se reunieron en el salón junto a la chimenea para abrir sus regalos.

—Oh, abuela —exclamó Ava cuando desenvolvió una suave mantita blanca para bebé—, nos vendrá muy bien. Gracias.

—Además, a Tor y a mí nos encantaría compraros un cochecito, pero como ninguno de los dos sabe nada de todos esos artilugios modernos que los padres utilizan en estos tiempos, os hemos extendido un cheque —dijo David, entregándoselo a Ava.

—Esto excede la generosidad, David —observó Simon, rellenándole la copa.

Greta se conmovió cuando Ava le regaló una fotografía enmarcada de las dos, tomada cuando esta era una minúscula niñita y ella aún estaba hospitalizada.

—Solo es para recordarte lo que te espera —dijo su nieta, sonriendo—. ¡Dios santo, vas a ser bisabuela!

—Sí, ¿verdad? —Greta soltó una risita ante la perspectiva.

—Y estás prácticamente igual que cuando te conocí —comentó David con galantería.

Sentada en el sofá, Greta observó a su familia con placer. Quizá fuera el efecto de haber bebido mucho más vino durante la comida del que estaba habituada, pero, por una vez, no se sentía de más.

Después de desenvolver los regalos, Simon insistió en llevarse a Ava arriba para que descansara, y David y Tor salieron a dar un paseo. David pidió a Greta que los acompañara, pero ella rehusó con tacto. Necesitaban pasar tiempo juntos, y tres siempre eran multitud. Se quedó un rato sentada junto a la chimenea y se echó una agradable siestecita. Cuando se despertó, miró por la ventana y vio que el sol ya estaba bajo, pero aún brillaba y arrancaba destellos a la nieve.

Llevada por un impulso, decidió que también le vendría bien tomar el aire y fue en busca de Mary para preguntarle si podía prestarle unas botas y un buen abrigo.

Cinco minutos después, calzada con unas botas de agua que le venían enormes y cubierta con un viejo abrigo, Greta echó a andar a zancadas por la nieve virgen, respirando el maravilloso aire puro y vivificante. Se detuvo, sin saber hacia dónde ir, confiando en que un instinto interior la guiara, y decidió dar un paseo por el bosque. Mientras paseaba, alzó la vista para mirar el intenso azul del cielo y una inesperada alegría le corrió por las venas al contemplar la extrema belleza del paisaje. Era una sensación tan poco habitual que casi brincó mientras zigzagueaba entre los árboles.

Al llegar a un claro, vio un majestuoso abeto que se alzaba en el centro y destacaba entre las altas hayas sin hojas que componían el resto del bosque por la intensa tonalidad verde de sus frondosas ramas cargadas de nieve. Cuando se acercó, vio que había una lápida debajo del árbol, con la inscripción tapada por la nieve. Suponiendo que debía de ser la tumba de un animal de compañía de la familia, quizá de uno que ella había conocido, Greta alargó la mano y quitó los duros copos helados raspándolos con el guante.

Despacio, la inscripción empezó a aparecer.

JONATHAN (JONNY) MARCHMONT

Querido hijo de Owen y Greta

Hermano de Francesca

NACIDO EL 2 DE JUNIO DE 1946

FALLECIDO EL 6 DE JUNIO DE 1949

Que Dios guíe los pasos de su angelito hasta el Cielo.

Greta leyó y releyó la inscripción; luego cayó de rodillas en la nieve, con el corazón palpitándole.

Jonny... Las palabras de la lápida decían que el niño fallecido era su hijo...

Sabía que Francesca, Cheska, era su hija, pero nadie había mencionado a ningún niño. La inscripción decía que había fallecido con solo tres años...

Llorando de exasperación y desconcierto, Greta miró el cielo y vio que empezaba a oscurecer. Paseó la vista por el claro con impotencia, como si los árboles pudieran hablarle y darle respuestas. Postrada de rodillas, oyó que un perro ladraba a lo lejos. La imagen de otro momento le vino a la mente; ya había estado en ese claro y había oído un perro... Sí, ¡sí!...

Se volvió y se quedó mirando la tumba.

—Jonny... hijo mío... por favor, déjame recordar. Por el amor de Dios, ¡déjame recordar lo que pasó! —gritó, casi atragantándose con las lágrimas.

Los ladridos del perro fueron apagándose y, cuando dejaron de oírse, Greta cerró los ojos y vio de inmediato la vívida imagen de un bebé diminuto en sus brazos, acurrucado contra su pecho.

—Jonny, mi querido Jonny... mi niño...

Mientras el sol se escondía tras los árboles camino del valle, anunciando la llegada de la noche, Greta abrió los brazos para abrazar la lápida cuando, por fin, empezó a recordar...

Greta

Londres, octubre de 1945

2

El estrecho camerino del teatro Windmill olía a perfume en barra Leichner n.° 5 y a sudor. No había suficientes espejos, de manera que las jóvenes se empujaban para hacerse sitio mientras se pintaban los labios, cardaban el pelo y fijaban los elaborados peinados con chorritos de agua azucarada.

—Supongo que aparecer medio desnudas tiene sus ventajas; al menos, no hay que preocuparse por hacerse carreras en las medias de nailon —dijo entre risas una atractiva joven morena mientras se miraba en el espejo y se recolocaba hábilmente los pechos para lucirlos con su escotado traje de lentejuelas.

—Sí, pero el jabón con fenol no te deja precisamente la piel como una rosa cuando te has quitado el maquillaje, ¿eh, Doris? —respondió otra joven.

Llamaron con brío a la puerta y un joven asomó la cabeza por ella, indiferente según parecía a los cuerpos ligeros de ropa que tenía ante sus ojos.

—¡Cinco minutos, señoritas! —gritó antes de retirarse.

—En fin —dijo Doris con un suspiro—. Quien no baila, no cobra. —Se levantó—. Solo doy gracias por que no haya más ataques aéreos. Pasé muchísimo frío hace un par de años, sentada en aquel maldito sótano prácticamente en paños menores. El trasero se me puso morado. Venga, chicas, salgamos a dar a nuestro público algo con lo que soñar.

Doris salió del camerino y las otras jóvenes lo hicieron detrás de ella, charlando amigablemente, hasta que solo quedó una, pintándose los labios a toda prisa con un pincelito.

Greta Simpson nunca llegaba tarde. Pero ese día no se había levantado hasta después de las diez, pese a tener que estar en el teatro a las once. Eso sí, había valido la pena correr los ochocientos metros hasta la parada del autobús, pensó mientras se miraba en el espejo ensimismada. La noche anterior con Max, en la que habían bailado hasta la madrugada y luego habían paseado junto al río cogidos de la mano mientras el sol salía sobre Londres, hacía que todo mereciera la pena. Se abrazó el cuerpo con fuerza al recordar sus brazos rodeándola y sus apasionados besos.

Hacía cuatro semanas que había conocido a Max en el club Feldman’s. Por lo general, Greta estaba demasiado cansada después de cinco funciones en el Windmill para hacer nada aparte de irse a casa a dormir, pero Doris le suplicó que la acompañara para celebrar que cumplía veintiún años y ella acabó accediendo. Las dos jóvenes eran como la noche y el día: Greta, callada y reservada; Doris, descarada y provocativa, con un marcado acento obrero. No obstante, habían trabado una cierta amistad y Greta no quería defraudarla.

La pareja se dio el gusto de coger un taxi para el corto trayecto hasta Oxford Street. Feldman’s estaba abarrotado de soldados británicos y estadounidenses desmovilizados, así como de la flor y nata de la sociedad londinense que frecuentaba el club de swing más de moda en la ciudad.

Doris consiguió una mesa en un rincón y pidió un cóctel Gin & It para cada una. Greta miró alrededor y pensó en lo mucho que había cambiado el ambiente de Londres desde el Día de la Victoria, hacía tan solo cinco meses. Una sensación de euforia lo impregnaba todo. En julio había salido elegido un nuevo gobierno laborista, con Clement Attlee al timón, y su lema «Plantémosle cara al futuro» resumía las renovadas esperanzas del pueblo británico.

De repente, Greta se sintió exultante, después de haber dado un sorbo a su cóctel y empaparse del ambiente del club. La guerra había terminado tras seis largos años. Sonrió para sus adentros. Era joven, era bonita y eran tiempos de emociones y nuevos comienzos. Y Dios sabía lo bien que le vendría volver a empezar...

Mientras miraba alrededor, se había fijado en un joven especialmente atractivo que estaba en la barra con un grupo de soldados rasos estadounidenses. Hizo a Doris un comentario sobre él.

—Sí, y seguro que será un salido. Todos los yanquis lo son —dijo Doris, llamando la atención de uno de los soldados del grupo y sonriéndole con descaro.

No era ningún secreto en el Windmill que Doris era pródiga en sus afectos. Y cinco minutos después, un camarero se acercó a su mesa con una botella de champán.

—Obsequio de los caballeros de la barra —dijo.

—Es fácil cuando se sabe hacer, cariño —susurró Doris a Greta mientras el camarero servía el champán—. Esta noche no va a costarnos un penique a ninguna de las dos. —Le guiñó el ojo con complicidad y ordenó al camarero que pidiera a los «caballeros» que se acercaran para que ella pudiera darles las gracias en persona.

Dos horas después, ebria de champán, Greta se encontró bailando en brazos de Max. Había descubierto que era un oficial militar estadounidense que trabajaba enWhitehall, la sede del Ministerio de Defensa británico.

—Casi todos los muchachos están a punto de volver a casa, que es donde yo iré en unas semanas —le explicó Max—. Solo tenemos que poner unas cuantas cosas en orden antes. Caray, voy a echar de menos Londres. Es una ciudad bárbara.

Pareció sorprendido cuando Greta le dijo que trabajaba en «el mundo del espectáculo».

—¿Te refieres a actuar sobre un escenario? ¿Eres actriz? —le preguntó con el ceño fruncido.

Greta percibió de inmediato que la verdad no iba a causarle buena impresión y enseguida rectificó.

—Trabajo como recepcionista de un agente teatral —se apresuró a añadir.

—Oh, entiendo. —Max relajó las facciones de inmediato—. El mundo del espectáculo no te va nada, Greta. Tú eres lo que mi madre llamaría una verdadera dama.

Media hora después, Greta consiguió soltarse de los brazos de Max y dijo que debía regresar a casa. Él asintió con educación y la acompañó a la calle para pararle un taxi.

—Ha sido una noche maravillosa —le dijo mientras la ayudada a subir—. ¿Puedo volver a verte?

—Sí —respondió ella, antes de poder contenerse.

—Genial. ¿Podemos vernos aquí mañana por la noche?

—Sí, pero trabajo hasta las diez y media. Tengo que ver un espectáculo en el que actúa uno de nuestros clientes —mintió Greta.

—Vale, te estaré esperando aquí a las once. Buenas noches, Greta, no te retrases mañana.

—No lo haré.

Camino de casa en el taxi, Greta descubrió que su mente era una mezcla de emociones encontradas. Su sentido común le dictaba que sería inútil empezar una relación con un hombre a quien solo le quedaban unas pocas semanas en Londres, pero Max parecía un caballero, y eso era muy agradable comparado con el público masculino, a menudo tosco, que frecuentaba el Windmill.

Sentada en la parte de atrás del coche, pensó con tristeza en las circunstancias que la habían llevado a acabar en la entrada de artistas del Windmill apenas cuatro meses atrás. En todas las revistas y periódicos que había leído cuando era adolescente, «Las chicas del Windmill» siempre le habían parecido glamurosas, vestidas con sus bonitos trajes y retratadas con montones de sonrientes británicos famosos. Tras su precipitada huida del mundo completamente distinto que antes habitaba, el Windmill había sido su primera parada al llegar a Londres.

La realidad, como ya sabía, era bien distinta...

Ya en la pensión, después de acostarse en la estrecha cama, con una chaqueta sobre el pijama para protegerse del frío otoñal que hacía en el cuarto sin calefacción, Greta comprendió que Max era su pasaporte a la libertad. Y decidió que haría lo que fuera necesario para convencerlo de que ella era la mujer de sus sueños.

Tal como habían quedado, Max y Greta tuvieron su encuentro en Feldman’s a la noche siguiente, y desde entonces se habían visto prácticamente cada tarde. Y pese a todas las advertencias de Doris sobre los yanquis demasiado bien pagados y demasiado obsesionados con el sexo, Max siempre se había comportado como un perfecto caballero. Unos días atrás había invitado a Greta a una cena seguida de un baile en el Savoy. Mientras estaba sentada a la mesa del suntuoso salón de baile y escuchaba a Roberto Inglez y su Orquesta, decidió que le encantaba que su rico y apuesto oficial estadounidense la agasajara. Y, cada vez más, también estaba aprendiendo a quererlo.

Gracias a sus conversaciones, Greta empezaba a comprender que Max había llevado una vida muy privilegiada pero un tanto protegida antes de llegar a Londres hacía unos meses. Le había explicado que había nacido en Carolina del Sur, hijo único de unos padres con dinero, y que vivían en las afueras de la ciudad de Charleston. Greta se quedó boquiabierta cuando le enseñó una fotografía de la elegante casa blanca con columnas en la que vivían. Max le había dicho que su padre tenía varios negocios prósperos en los estados del sudeste de Estados Unidos, entre ellos una gran fábrica automotriz que parecía haber prosperado durante la guerra. Cuando se marchara de Inglaterra para regresar a casa, pasaría a formar parte del negocio familiar.

Greta sabía por las flores, las medias de nailon y los restaurantes caros a los que la invitaba que Max tenía dinero de sobra, así que, cuando él empezó a hablar de «nuestro» futuro, una llama de esperanza de que quizá podían tenerlo prendió en su corazón.

Esa noche, Max la llevaba a cenar al Dorchester y le había pedido que se pusiera algo especial. Zarpaba con rumbo a Estados Unidos dentro de dos días y no había dejado de repetirle cuánto la echaría de menos. Quizá regresara a Londres para visitarla, o quizá, solo quizá, pensaba Greta, ella lograra ahorrar lo suficiente para viajar a Estados Unidos y verlo...

Sus ensoñaciones románticas se vieron interrumpidas por unos golpecitos en la puerta. Alzó la vista cuando por ella asomó una cara afable y familiar.

—¿Ya estás lista, Greta? —preguntó David Marchmont.

Como siempre, el distinguido acento inglés que tan reñido estaba con su personaje la pilló por sorpresa. Además de ser el asistente de dirección, David también actuaba en el Windmill como cómico, haciéndose llamar Taffy —una pícara alusión a sus raíces galesas y al modo en que todos solían dirigirse a él en el teatro—, y presentando su divertido monólogo con un marcado acento galés.

—¿Me das dos minutos? —le pidió Greta, recordando de golpe lo que tenía que hacer esa noche.

—Pero no más, me temo. Te llevaré entre bastidores y ordenaré tu atrezo. —David frunció un poco el entrecejo cuando la miró—. ¿Seguro que esto te parece bien? Estás blanca como el papel.

—Estoy bien, en serio, Taffy —mintió ella, notando cómo se le aceleraba el corazón—. Salgo en un momento.

Cuando él cerró la puerta, Greta suspiró hondo mientras acababa de retocarse el maquillaje.

Trabajar en el Windmill era mucho más duro de lo que había imaginado. Revudeville se representaba cinco veces al día y, cuando las vedetes no actuaban, ensayaban. Todo el mundo sabía que la mayoría de los hombres del público no iban para ver a los cómicos ni las otras actuaciones del espectáculo de variedades, sino para mirar con la boca abierta a las despampanantes jóvenes que desfilaban por el escenario con sugerentes trajes.

Greta hizo una mueca y contempló con aire culpable su elegante abrigo rojo cereza, colgado de la percha junto a la puerta. Había sido incapaz de resistirse a él en un arrebato especialmente derrochador en Selfridges, pues quería estar lo más guapa posible para Max. El abrigo rojo era un símbolo demasiado gráfico de los problemas económicos que la habían llevado hasta ese momento —Greta tragó saliva—: a punto de aparecer prácticamente desnuda ante centenares de hombres que la mirarían con lujuria.

Hacía unos días, cuando el señor Van Damm le había pedido que actuara en los atrevidos tableaux vivants del Windmill, una tarea que requería permanecer inmóvil en una postura elegante mientras las otras chicas del Windmill andaban alrededor de ella, Greta había vacilado ante la perspectiva de desnudarse casi por completo. Unas pocas lentejuelas para taparle los pezones y un tanga minúsculo eran todo lo que tendría para proteger su pudor. Pero empujada por Doris, quien ya llevaba más de un año apareciendo en los tableaux, y el hecho de no haber pagado el alquiler, había aceptado a regañadientes.

Se estremeció al pensar en lo que Max, que era baptista y tenía una familia muy religiosa, opinaría de su trayectoria profesional. Pero necesitaba con urgencia el dinero extra que ganaría actuando en los tableaux.

Cuando echó un vistazo al reloj de pared, se dio cuenta de que más le valía darse prisa. El espectáculo ya había empezado y ella tenía que hacer su gran entrada en menos de diez minutos. Abrió el cajón del tocador y dio un trago rápido de la petaca que Doris tenía escondida allí, con la esperanza de que el alcohol le diera valor para salir. Volvieron a llamar a la puerta.

—Siento tener que apremiarte, pero será mejor que espabilemos —dijo Taffy detrás de ella.

Mirándose por última vez en el espejo, Greta salió al pasillo poco iluminado y se arrebujó con la bata como si eso la protegiera.

Al ver su cara de preocupación, Taffy se adelantó y le cogió las manos con dulzura.

—Sé que debes de estar nerviosa, Greta, pero se te pasará en cuanto salgas.

—¿De verdad? ¿Me lo prometes?

—Sí, te lo prometo. Imagínate que eres la modelo de un pintor en un estudio en París, posando para un bonito cuadro. He oído que allí se desnudan a la mínima de cambio —bromeó, intentando levantarle el ánimo.

—Gracias, Taffy. No sé qué haría sin ti. —Le sonrió agradecida y dejó que la acompañara por el pasillo que conducía a los bastidores.

Siete horas y tres angustiosas actuaciones después, Greta volvía a estar en el camerino. Su tableau vivant había causado sensación y, gracias al consejo de Taffy, había conseguido vencer sus miedos y posar bajo los fuertes focos con la cabeza bien alta.

—Bueno, ya ha pasado lo peor; la primera vez siempre es la que más cuesta —dijo Doris, guiñándole el ojo, mientras estaban sentadas una al lado de la otra, Greta quitándose el espeso maquillaje y Doris retocándose el suyo para el espectáculo de la noche—. Bien, tú solo concéntrate en estar despampanante para luego. ¿A qué hora has quedado con tu americano?

—A las ocho, en el Dorchester.

—Guau, te va eso de vivir por todo lo alto, ¿eh? —Doris le sonrió en el espejo, se levantó y cogió su tocado de plumas—. Bueno, a mí me toca salir otra vez a escena, mientras tú te paseas por el West End como Cenicienta con tu apuesto príncipe. —Le dio un apretón en el hombro—. Diviértete, cariño.

—Gracias —dijo Greta cuando Doris salió del camerino.

Sabía lo afortunada que era por tener la noche libre. Había prometido al señor Van Damm que trabajaría horas extra la semana siguiente. Alborozada, se puso el vestido de fiesta nuevo que había comprado con los chelines de más que sabía que ganaría con su reciente ascenso y volvió a maquillarse con esmero antes de ponerse su querido abrigo rojo y salir a toda prisa del teatro.

Max la estaba esperando en el vestíbulo del Dorchester. La tomó de las manos y la contempló.

—Estás impresionante esta noche, Greta. Debo de ser el hombre con más suerte de todo Londres. ¿Entramos? —Le ofreció el brazo y los dos se dirigieron sin prisas al restaurante.

Él no le hizo la pregunta que ella estaba deseando oír de sus labios hasta que se hubieron terminado los postres.

—¿Que si quiero casarme contigo? Esto... Oh, Max, ¡hace tan poco que nos conocemos! ¿Estás seguro de que es lo que quieres?

—Segurísimo. Reconozco el amor cuando lo siento. Llevarás una vida distinta en Charleston, pero será una buena vida. Nunca te faltará de nada, te lo prometo. Por favor, Greta, di que sí y pasaré el resto de mi vida haciendo todo lo posible para que seas feliz.

Greta miró el rostro hermoso y franco de Max y le dio la respuesta que ambos querían oír.

—Siento no tener tu anillo aún —añadió él, tomándole la mano izquierda y sonriéndole—, pero quiero que tengas el anillo de compromiso de mi abuela cuando lleguemos a Estados Unidos.

Greta le sonrió extasiada.

—Lo único que importa es que vamos a estar juntos.

Durante el café, hablaron de sus planes: Max zarparía a su país dentro de dos días y Greta lo seguiría en cuanto resolviera el preaviso en el trabajo y hubiera hecho la maleta con sus pocas pertenencias.

Más avanzada la noche, ya en la pista de baile, Max la arrimó más a él, ebrio de romanticismo y euforia.

—Greta, lo entiendo si esto es inapropiado, pero como acabamos de prometernos y tenemos tan poco tiempo antes de que yo me vaya, ¿vendrías conmigo al hotel? Te juro que no te comprometeré, pero al menos podremos hablar en intimidad...

Greta vio que estaba ruborizado. Por lo que Max le había explicado, suponía que probablemente aún era virgen. Y, si iba a ser su marido, no había nada de malo en besarse y abrazarse, ¿no?

Más tarde, en su hotel de Saint James, Max la abrazó. Greta sintió cómo crecía su excitación, y también la de él.

—¿Puedo? —preguntó Max con timidez, con los dedos en los tres botones traseros del cuello de su vestido.

Greta se dijo que unas horas antes había aparecido casi desnuda delante de unos tipos que ni tan siquiera conocía; por tanto, ¿qué había de vergonzoso en ofrecer el presente de su inocencia y hacer el amor al hombre que iba a ser su esposo?

Al día siguiente, mientras estaba sentada en el camerino del Windmill sujetándose el pelo con un par de horquillas, Greta no pudo evitar sentirse inquieta. ¿Era casarse con Max la decisión correcta?

Aparecer en la gran pantalla era su ambición desde que le alcanzaba la memoria, y su madre no había hecho nada para desalentarla. Estaba tan obsesionada con el cine que incluso había puesto a su única hija el nombre de la legendaria Garbo. Además de llevar a Greta a incontables sesiones de tarde en el cine Odeon de Manchester, también la había apuntado a clases de dicción e interpretación.

Pero, reflexionó Greta, si su destino fuera ser actriz de cine, ya se habrían fijado en ella, ¿no? Siempre había directores pasándose por el Windmill para echar un vistazo a sus famosas vedetes. En los cuatro meses que llevaba en el teatro, la organización Rank se había llevado a dos de sus amigas para que debutaran en la gran pantalla. Esa era la razón por la que muchas jóvenes, ella incluida, trabajaban en el Windmill. Todas vivían con la esperanza de que un día llamaran a la puerta del camerino y dieran a la joven elegida el recado de que un caballero de un estudio de cine quería «charlar con ella».

Negó con la cabeza cuando se levantó y se preparó para salir del camerino. ¿Cómo podía siquiera pensar en no casarse con Max? Si se quedaba en Londres, puede que aún estuviera en el Windmill dentro de dos, o tres, o cuatro años, soportando la degradación y hasta el cuello de deudas. Con tantos jóvenes muertos en la guerra, sabía que tenía suerte de haber encontrado un hombre que parecía quererla y, por lo que le había dicho, también podía darle una vida estable y cómoda.

Ese día era el último que Max pasaría en Londres. Zarpaba a Estados Unidos a la mañana siguiente. Esa noche habían quedado en el hotel Mayfair para cenar y ultimar los planes del viaje de Greta. Después pasarían la última noche juntos antes de que él se marchara al amanecer para subir a su barco. Aunque lo echaría de menos, sería un alivio poner fin al engaño de cómo se ganaba realmente la vida. No soportaba mentirle constantemente, tener que inventarse que su exigente jefe la obligaba a quedarse trabajando en el despacho hasta tarde.

—¡Greta, cariño! ¡Están a punto de subir el telón! —Taffy la arrancó de su ensimismamiento.

—¡Tranquilo, ya voy! —Le sonrió y lo siguió por el pasillo poco iluminado hacia el escenario.

—Oye, Greta, ¿te apetecería tomar una copa después de la función? —susurró Taffy, esperando detrás de ella entre bastidores—. Acabo de hablar con el señor Van Damm y va a darme un puesto fijo. ¡Me apetece celebrarlo!

—Oh, Taffy, ¡qué buena noticia! —Greta se alegró sinceramente por él—. Te lo mereces. Tienes mucho talento —dijo, y le dio un abrazo. Con su más de metro ochenta de estatura, su alborotado pelo rubio y sus risueños ojos verdes, siempre lo había encontrado atractivo y le parecía que él tenía debilidad por ella. A veces salían a comer algo y David practicaba con ella chistes nuevos para su número de «Taffy». Se sentía culpable de no haberle dicho aún que estaba prometida.

—Gracias. Entonces, ¿qué me dices de tomar esa copa?

—Lo siento, Taffy. Esta noche no puedo.

—Entonces, ¿quizá la semana que viene?

—Sí, la semana que viene.

—¡Greta! ¡Nos toca! —gritó Doris.

—Lo siento, tengo que irme.

David la vio salir a escena y suspiró. Los dos habían compartido algunas veladas fantásticas, pero justo cuando él empezaba a pensar que ella podía corresponderle, Greta había comenzado a cancelar sus citas. Él sabía el motivo, al igual que todo el teatro. Salía con un rico oficial estadounidense. ¿Y cómo podía un cómico mal pagado, decidido a colmar de risas un mundo que tan poco se había reído en los últimos años, competir con un apuesto norteamericano de uniforme? David se encogió de hombros. En cuanto ese yanqui se hubiera ido a su país... Bueno, esperaría el momento propicio.

Max Landers se sentó y miró con incomodidad el ruidoso público que lo rodeaba, formado exclusivamente por hombres. Él no había querido ir, pero los muchachos de su despacho de Whitehall, que habían salido a celebrar su última noche en Londres y ya iban medio borrachos, habían insistido en que el espectáculo del Windmill era una atracción que no deberían perderse antes de marcharse de Londres.

Max no prestó atención ni a los cómicos ni a los cantantes, sino que estuvo contando los minutos que faltaban para poder escabullirse y reunirse con su adorada prometida, su Greta, más avanzada la noche. Iba a ser duro para ella cuando zarpara por la mañana, y por supuesto tendría que preparar el terreno con sus padres, quienes querían que se casara con Anna-Mae, su novia del instituto en Charleston. Tendrían que entender que había cambiado. Era un muchacho cuando se marchó, pero ahora era un hombre, y estaba enamorado. Además, Greta era una auténtica dama inglesa y estaba seguro de que los conquistaría con su encanto.

Max apenas miró el escenario cuando los aplausos resonaron en todo el teatro y el telón bajó después del primer acto.

—¡Eh! —Su amigo Bart le dio un puñetazo en el brazo y él se sobresaltó—. Tienes que ver el próximo acto. Es lo que hemos venido a ver. —Bart dibujó con las manos la silueta de un cuerpo de mujer—. Por lo visto, te pone a cien, tío —dijo sonriendo.

Max asintió.

—Sí, Bart. Claro.

El telón volvió a levantarse, con un aplauso atronador y fuertes silbidos. Max alzó la vista para mirar a las jóvenes prácticamente desnudas del escenario. ¿Qué clase de mujer podía hacer tal cosa?, se preguntó. En su opinión, eran poco mejores que las putas.

—Oye, son fantásticas, ¿verdad? —dijo Bart, con los ojos brillándole de lujuria—. Mira la tía del centro. ¡Caray! Casi en cueros, pero qué sonrisa tan bonita.

Max miró a la joven, que estaba tan quieta que casi podría ser una estatua. Se parecía un poco... Se inclinó hacia delante y se fijó mejor.

—¡Hostia! —Soltó la palabrota entre dientes y el corazón casi se le salió del pecho cuando escrutó los grandes ojos azules que miraban por encima del público, los dulces labios y el abundante pelo rubio recogido en un peinado alto. Apenas fue capaz de mirar los familiares senos turgentes con sus tiesos pezones apenas tapados por unas pocas lentejuelas, o la seductora curva del vientre que conducía a sus partes íntimas...

Era su Greta, sin ningún género de duda. Volvió la cabeza y vio a Bart comiéndose a su prometida con los ojos.

Supo que iba a vomitar. Se levantó y salió del teatro a toda prisa.

Greta sacó su tercer cigarrillo de la pitillera de plata que Max le había regalado, lo encendió y consultó su reloj por enésima vez. Ya se retrasaba más una hora. ¿Dónde demonios estaba? El camarero de la coctelería no dejaba de lanzarle miradas suspicaces mientras ella estaba sentada sola a una mesa. Sabía exactamente qué pensaba.

Apuró el cigarrillo, lo apagó y volvió a mirar la hora. Si Max no aparecía a medianoche, se iría a la pensión y lo esperaría en su cuarto. Él sabía dónde vivía, pues había ido a recogerla a la pensión en una o dos ocasiones, y estaba segura de que tendría una buena razón para no presentarse.

Pasó la medianoche y la coctelería se vació. Greta se levantó despacio y también se marchó. Cuando llegó a la pensión, le decepcionó no ver a Max esperándola en la calle. Entró y puso agua a hervir en el pequeño hornillo.

—Cálmate —se dijo mientras echaba en una taza una cucharadita del valioso café en polvo que Max le había regalado—. Llegará enseguida, ya verás.

Se quedó sentada muy tiesa al borde de la cama, sobresaltándose cada vez que oía pasos en la calle y obligándolos mentalmente a detenerse delante de su puerta y subir la escalera. No quería cambiarse ni quitarse el maquillaje por si llamaban al timbre. Por fin, a las tres de la madrugada, temblando de frío y miedo, se echó sobre la cama y lloró mientras miraba el papel pintado de la pared, despegado por la humedad.

La invadió el pánico: no tenía la menor idea de cómo localizar a Max. Su barco zarpaba de Southampton y sabía que él tenía que presentarse a las diez de la mañana. ¿Y si no se ponía en contacto con ella antes de partir? Ni tan siquiera tenía sus señas en Estados Unidos. Max había prometido darle toda la información sobre su pasaje y el resto del viaje durante la cena.

Cuando las estrellas se desvanecieron con el amanecer, también lo hicieron los sueños de Greta de tener una nueva vida. Estaba segura de que Max no acudiría; a esa hora, estaría camino de Southampton, dispuesto a salir de su vida para siempre.

Greta llegó al Windmill a la mañana siguiente, sintiéndose aletargada y agotada.

—¿Qué pasa, corazón? ¿El soldadito americano se ha largado sin ti, pobrecita mía? —gorjeó Doris.

—¡Déjame en paz! —gritó Greta con aspereza—. Además, sabes que no es un soldado cualquiera; es oficial.

—No hace falta que te pongas desagradable, solo era una pregunta. —Doris se la quedó mirando, claramente ofendida—. ¿Le gustó a Max el espectáculo ayer? —preguntó.

—Eh... ¿A qué te refieres?

—Anoche tu novio estaba entre el público. —Doris dejó de mirarla y se concentró en perfilarse los ojos—. Supuse que lo habías invitado —añadió con énfasis.

Greta tragó saliva, debatiéndose entre disimular que no sabía que Max hubiera estado en el teatro y asegurarse de que Doris decía la verdad.

—Sí, esto... claro que lo invité. Pero nunca miro al público. ¿Dónde estaba sentado?

—Oh, en el lado izquierdo. Me fijé en él porque justo después de que subieran el telón para que saliéramos las jolies mesdames, se levantó y se marchó. —Doris se encogió de hombros—. Desde luego que hay gente rara, sobre todo los tíos.

Esa noche, Greta entró en su cuarto con la certeza absoluta de que jamás volvería a tener noticias de Max Landers.

3

Ocho semanas después, Greta se dio cuenta de que Max le había dejado un legado a consecuencia del cual era improbable que ella llegara a olvidar su breve pero apasionada aventura. No le cabía ninguna duda de que estaba embarazada.

Desconsolada, entró en el Windmill por la puerta de artistas. Se encontraba fatal, después de pasarse la madrugada vomitando y, entre las carreras al baño, intentando decidir qué demonios iba a hacer. Entre otras cosas, el bulto de su barriga le impediría seguir trabajando en el Windmill en cuestión de semanas.

No había dormido nada la noche anterior por el miedo que le atenazaba la boca del estómago. Mientras daba vueltas en la cama, incluso se había planteado regresar a casa. Pero, en el fondo, sabía que eso era imposible.

Estremeciéndose por el recuerdo de esa época, se obligó a concentrarse en su difícil situación actual. Cuando se sentó delante del espejo del camerino, fue presa de la desesperación. Dejar el Windmill para echarse en brazos de un rico marido estadounidense era fácil, pero lo que ahora le esperaba era, en el mejor de los casos, una plaza en uno de los centros que se ocupaban de las mujeres en su situación. Aunque la dirección del Windmill era amable, las normas morales impuestas a las vedetes eran inquebrantables. Y estar soltera y embarazada era el mayor pecado que una vedete podía cometer.

Greta sabía que su vida estaba arruinada. Todos sus planes de casarse o de ser actriz de cine se frustrarían si tenía al bebé. A menos que... Se quedó mirando su aterrado rostro en el espejo, pero comprendió que era su única salida. Tendría que pedir a Doris la dirección de un tal «don Arreglos». Sería lo más justo para su hijo nonato, ¿no? Ella no tenía nada que ofrecerle: ni un hogar, ni dinero ni un padre.

El telón bajó a las once menos cuarto y las vedetes regresaron cansadas al camerino.

—Doris —susurró Greta—, ¿podemos hablar un momento?

—Claro, corazón.

Greta esperó a que las otras jóvenes hubieran entrado en el camerino antes de hablar. Con toda la calma de que fue capaz, le pidió la dirección que necesitaba.

Doris la escrutó con sus ojos pequeños y brillantes.

—Oh, madre mía. Ese soldadito te hizo un regalo de despedida, ¿verdad?

Greta bajó la cabeza y asintió. Doris suspiró y le puso una mano en el brazo en actitud compasiva. Podía ser dura como el acero en ocasiones, pero bajo su apariencia descarada había un corazón de oro.

—Claro que te daré la dirección, cariño. Pero es caro, ¿sabes?

—¿Cuánto cuesta?

—Depende. Dile que eres amiga mía y a lo mejor te hace un descuento.

Greta volvió a estremecerse. El tono de Doris era como si estuvieran hablando de ir a la peluquería a rizarse el pelo.

—¿No es peligroso? —se atrevió a preguntar.

—Bueno, yo he tenido dos y sigo aquí para contarlo, pero he oído algunas historias de terror —observó Doris—. Cuando te lo haya hecho, vete a casa y túmbate hasta que pare la hemorragia. Si no para, vete rápidamente al hospital. Venga, te escribiré la dirección. Pásate mañana y te dará hora. ¿Quieres que te acompañe?

—No, no hace falta. Pero gracias, Doris —respondió Greta agradecida.

—No hay de qué. Las chicas tenemos que cuidarnos unas a otras, ¿no? Y recuerda, cariño, no eres la primera ni serás la última.

A la mañana siguiente temprano, Greta tomó un autobúsa Cricklewood en Edgware Road. Encontró la calle donde vivía don Arreglos y la recorrió despacio. Se detuvo delante de un portón y miró la casa de ladrillo rojo que había detrás. Respirando hondo, abrió el portón, enfiló el camino y llamó a la puerta. Un momento después, vio moverse un visillo y oyó que descorrían un cerrojo.

—¿Sí?

Un hombre minúsculo, que guardaba un inquietante parecido con los dibujos del enano saltarín de los libros de cuentos de su infancia, abrió la puerta.

—Hola. Yo... esto... Me manda Doris.

—Entonces, será mejor que entre.

El hombre abrió más la puerta para dejarla pasar y Greta entró en un lóbrego recibidor.

—Por favor, espere ahí. Estoy terminando con una paciente —dijo, señalándole una sala sin apenas muebles.

Greta se sentó en un sillón lleno de manchas y, arrugando la nariz por el olor a gato y moqueta vieja, cogió un estropeado número de Woman y lo hojeó. Se descubrió mirando las instrucciones para tejer una chaquetita de bebé y se apresuró a cerrar la revista. Volvió a recostarse en el sillón y miró el techo, con el corazón palpitándole.

Unos minutos después, oyó que alguien gemía calladamente en una habitación próxima. Tragó saliva cuando el hombre entró en la sala y cerró la puerta.

—Muy bien, señorita, ¿qué puedo hacer por usted?

Era una pregunta absurda, y ambos lo sabían. Los gemidos seguían oyéndose, aunque la puerta estuviera cerrada. Greta tenía los nervios destrozados.

—Doris dice que usted quizá podría resolver mi... mi problema.

—Quizá. —El hombre la miró de hito en hito mientras se alisaba los pocos mechones de graso pelo castaño que le tapaban la calva—. ¿De cuánto está?

—De unas ocho semanas, creo.

—Eso está bien, sí. —El hombre asintió.

—¿Cuánto me costará, por favor?

—Bueno, normalmente cobro tres guineas, pero, como es amiga de Doris, se lo haré por dos.

Greta hincó las uñas en el sillón y asintió.

—Bien. Bueno, si no le importa esperar una media hora, podría atenderla de inmediato. No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, ¿no? —dijo, encogiéndose de hombros.

—¿Podré ir a trabajar mañana?

—Eso depende de cómo vaya todo. Algunas muchachas sangran mucho, otras casi nada.

Llamaron a la puerta y una mujer de aspecto adusto asomó la cabeza. Ignorando a Greta, llamó al hombre con el dedo.

—Disculpe, tengo que ir a ver cómo sigue mi paciente. —Se dio media vuelta y se marchó a toda prisa.

Greta enterró la cabeza entre las manos. «Algunas muchachas sangran mucho, otras casi nada...»

Se levantó del sillón, salió de la lúgubre sala dando traspiés y corrió por el pasillo para abrir la puerta de la casa. Descorrió el oxidado cerrojo y giró el pestillo.

—¡Señorita, señorita! ¿Dónde...?

Greta dio un portazo al salir y huyó calle arriba, con las lágrimas nublándole la vista.

Esa noche, después del espectáculo, Doris se acercó a ella con disimulo.

—¿Has ido a verlo?

Greta asintió.

—¿Cuándo vas a... ya sabes?

—Pues... la semana que viene.

Doris le acarició el hombro.

—No te pasará nada, cariño, hazme caso.

Greta se quedó sentada hasta que las otras vedetes hubieron salido del camerino. Cuando estuvo vacío, apoyó la cabeza en la mesa y lloró. Los gemidos de la mujer anónima la perseguían desde que se había ido de aquella horrible casa. Y aunque era consciente de que estaba condenándose a una vida de espantosa incertidumbre, sabía que era incapaz de abortar.

No oyó los suaves golpes en la puerta del camerino y dio un brusco respingo cuando notó una mano en el hombro.

—¡Eh! Tranquila, soy yo, Taffy. No quería asustarte. Solo he venido a comprobar que no quedaba nadie. ¿Qué pasa, Greta?

Cuando ella alzó la vista, Greta vio la afable cara de Taffy mirándola con aire compasivo en el espejo, y buscó algo con lo que limpiarse la moquita. Su preocupación la conmovía, sobre todo porque sabía que apenas le había hecho caso desde que había conocido a Max. Taffy le pasó un pañuelo de cuadros impecable.

—Ten. ¿Quieres que me vaya? —Taffy vaciló detrás de ella.

—Sí, eh, no... oh, Taffy... —exclamó Greta, sollozando con desconsuelo—. ¡Tengo un problema gravísimo!

—¿Y por qué no me lo cuentas? Te sentirás mejor, sea lo que sea.

Greta volvió la cara hacia él y negó con la cabeza.

—No merezco la compasión de nadie —gimoteó.

—No digas tonterías. Ven aquí y deja que te dé un abrazo. —David la rodeó con sus fuertes brazos y la tuvo abrazada hasta que sus sollozos dieron paso a meros hipidos. Después empezó a quitarle el maquillaje corrido por las lágrimas—. Vaya disgusto, ¿no? Bueno, como decía mi abuela, nada es nunca tan malo como parece.

Greta se separó de él, incómoda de repente.

—Lo siento, Taffy. Ya estoy bien, en serio.

Él la miró, nada convencido.

—¿Has comido? Podrías desahogarte mientras te tomas un buen plato de empanada con puré. Opino que siempre va bien con las penas del corazón. Que es donde supongo que radica tu problema.

—Prueba un poco más abajo —masculló Greta, y lo lamentó de inmediato.

David hizo todo lo posible por no dejar traslucir sus verdaderas emociones.

—Entiendo. Y ese yanqui se ha largado sin más, ¿verdad?

—Sí, pero... —Ella lo miró atónita—. ¿Cómo sabes quién es?

—Greta, trabajas en un teatro. Todos, desde el portero hasta el director, están al tanto de la vida de los demás. Una monja con voto de silencio sería incapaz de guardar un secreto en este sitio.

—Siento no haberte hablado de él. Debería haberlo hecho, pero...

—Lo pasado, pasado está. Vamos, voy a esperar fuera mientras te cambias y después te llevaré a cenar.

—Pero, Taffy, yo...

—¿Sí?

Greta le dirigió una débil sonrisa.

—Gracias por portarte tan bien.

—Para eso están los amigos, ¿no?

Taffy la llevó al café de siempre enfrente del teatro. Greta descubrió que estaba muerta de hambre y devoró su empanada con puré mientras le explicaba su difícil situación.

—Así que pedí a Doris la dirección y he ido a verlo esta mañana. Pero, Taffy, no te puedes hacer una idea de cómo era el sitio. Ese don Arreglos... llevaba las uñas sucias. No puedo... No puedo...

—Lo entiendo —la tranquilizó él—. ¿Y tu americano no sabe que estás embarazada?

—No. Zarpó a la mañana siguiente de ir al Windmill y verme en cueros. No tengo su dirección en Estados Unidos y, aunque la tuviera, después de verme actuar, es poco probable que acepte llevarme con él, ¿no? Su familia es muy tradicional.

—¿Sabes dónde vive en Estados Unidos?

—Sí, en una ciudad que se llama Charleston. Está en el Sur, parece. Oh, Taffy, me hacía tanta ilusión ver las luces de Nueva York.

—Greta, si Max vive donde dices, dudo que hubieras llegado a ver Nueva York. Está a cientos de kilómetros de Charleston, casi tan lejos como Londres de Italia. Estados Unidos es un país inmenso.

—Lo sé, pero todos los americanos que conozco parecen muy progresistas y nada remilgados como nosotros los británicos. Creo que me habría ido bien.

Taffy la miró, sintiendo una contradictoria mezcla de irritación y compasión ante su ingenuidad.

—Bueno, por si te anima, querida, la ciudad a la que estabas a punto de irte a vivir está en pleno centro de lo que llaman el Cinturón Bíblico. Sus habitantes siguen las Escrituras tan al pie de la letra que, a su lado, la moral incluso de nuestros ingleses más religiosos parece relajada.

—Max dijo que era baptista —reflexionó Greta.

—Pues ahí lo tienes. Sé que no es un consuelo, pero, sinceramente, Greta, Charleston dista tanto del ambiente de Nueva York como la casa de las montañas galesas en la que me crie dista de Londres. Allí te habrías sentido como pez fuera del agua, sobre todo después de la vida que has llevado aquí. Personalmente, creo que has tenido suerte.

—Puede. —Greta sabía que Taffy intentaba consolarla, pero todos sabían que Estados Unidos era el Nuevo Mundo, el país de las oportunidades, con independencia de dónde se viviera—. Pero si dices que tienen una moral tan estricta, ¿por qué Max...?, bueno, ya sabes... —Greta se ruborizó.

—A lo mejor pensó que podía saltarse las reglas si estabais prometidos —sugirió David sin mucha convicción.

—Creía que Max me quería, en serio. Si él no me hubiera pedido matrimonio, yo nunca, nunca habría...

Greta se interrumpió, avergonzada y consternada. David le tomó la mano y se la apretó.

—Lo sé —dijo con dulzura.

—Yo no soy como Doris, de veras. Max... ha sido el primero. —Los ojos volvieron a inundársele de lágrimas—. ¿Por qué parece que todo ha de irme mal en la vida?

—¿Ah, sí, Greta? ¿Quieres hablarme de ello?

—No —se apresuró a responder—. Solo estoy regodeándome, compadeciéndome por el error tan terrible que he cometido.

Mientras veía cómo Greta forzaba una sonrisa, Taffy se preguntó qué la había llevado al Windmill cuando estaba claro que era una joven culta cuyo acento indicaba que era de buena familia. Greta estaba por encima de las otras vedetes y, para ser sincero, esa era la razón por la que se había sentido atraído por ella. Pero, obviamente, ese no era el momento de preguntárselo, de modo que cambió de tema.

—¿Quieres al niño, Greta?

—A decir verdad, no lo sé, Taffy. Estoy confundida y asustada. Y avergonzada. Creía de verdad que Max me amaba. ¿Por qué me...? —se lamentó, sin terminar la frase—. Cuando estaba en esa horrible casa esperando para ver al don Arreglos de Doris, no solo he salido corriendo porque me asustaba la operación. No podía dejar de pensar en esta criaturita que llevo dentro. Luego, camino de casa, me he cruzado con dos o tres madres que llevaban a sus bebés en cochecitos. Y me he dado cuenta de que, por minúscula que sea, está viva, ¿no?

—Sí, Greta, lo está.

—En ese caso, ¿puedo cometer un asesinato por mi error? ¿Negar al bebé su derecho a vivir? No soy religiosa, pero creo que jamás me perdonaría por haberlo matado. Por otra parte, ¿qué futuro nos espera a los dos si lo traigo al mundo? Ningún hombre volverá a mirarme nunca. ¿Una vedete del Windmill preñada a los dieciocho? Un pésimo historial, ¿no?

—Bueno, yo te recomiendo que lo consultes con la almohada. Lo más importante es que no estás sola. Y... —Taffy expresó la idea que había ido perfilando mientras escuchaba su triste historia— yo puedo estar en situación de echarte una mano, de proporcionarte un sitio donde vivir si decides seguir adelante con el embarazo. Ese don Arreglos no tiene demasiada buena pinta, ¿no? Podría acabar matándoos a los dos, y eso no lo querríamos, ¿verdad?

—No, pero aún no estoy convencida de tener alternativa.

—Créeme, Greta, siempre hay alternativa. ¿Y si hablas con el señor Van Damm? Estoy seguro de que ya habrá tenido casos como el tuyo.

—¡Oh, no! ¡No podría hacerlo! Sé que es amable, pero el señor Van Damm exige que sus vedetes tengan una conducta intachable. Cuida muchísimo la imagen del Windmill. Me pondría de patitas en la calle mañana mismo.

—Tranquilízate, solo era una idea —respondió David, levantándose para pagar la cuenta—. Venga, voy a subirte a un taxi. Vete a casa y descansa un poco. Pareces agotada, Greta.

—No, en serio, Taffy, puedo coger el autobús.

—Insisto.

Después de parar un taxi delante del café, Taffy le dejó unas monedas en la menuda mano y le puso un dedo en los labios cuando ella volvió a protestar.

—Por favor, me preocuparé si no lo coges. Dulces sueños, Greta, y no te preocupes, ahora estoy aquí.

—Gracias otra vez por portarte tan bien, Taffy.

Cuando le dijo adiós con la mano mientras el taxi se alejaba, David se preguntó por qué intentaba ayudarla, pero la respuesta era simple. Al margen de lo que Greta hubiera hecho, había sabido que la amaba nada más verla.

4

A la mañana siguiente, los dos volvían a estar sentados en el café enfrente del Windmill. Greta se había escabullido del ensayo matutino para reunirse con David, arguyendo que estaba mareada y necesitaba tomar el aire, lo cual no distaba mucho de la verdad.

—Estás blanca como el papel —dijo él—. ¿Te encuentras bien?

Greta tomó un buen sorbo de su aguachinado té y añadió otro terrón de azúcar.

—Estoy cansada, nada más.

—No me sorprende. Anda, ten la mitad de mi sándwich.

—No, gracias. Me entran náuseas solo de olerlo. Comeré algo más tarde.

—Hazlo sin falta. ¿Qué has pensado? —Taffy la miró expectante.

—He decidido que no puedo seguir adelante con la... operación, así que eso no me deja alternativa. Voy a tener al bebé y sufrir las consecuencias.

—De acuerdo. —David asintió despacio—. Bueno, ahora que te has decidido, voy a explicarte cómo podría ayudarte. Lo que tú necesitas es tener un sitio donde vivir y un poco de paz e intimidad hasta que llegue el niño. ¿Sí?

—Sí, pero...

—Calla, y escucha mi propuesta. Dispongo de una casita en Monmouthshire, en la frontera con Gales. He pensado que podrías ir allí a pasar una temporada. ¿Has estado alguna vez en esa zona?

—No, nunca.

—Pues entonces no sabrás el sitio tan especial que es. —Taffy sonrió—. La casita está en una gran hacienda llamada Marchmont, cerca de las Montañas Negras, en un hermoso valle no muy lejos de la ciudad de Abergavenny.

—Qué nombre tan curioso. —Greta consiguió sonreír sin entusiasmo.

—Supongo que te acostumbras al idioma cuando te crías ahí. En fin, como trabajo en Londres, ahora mismo no necesito la casa. Mi madre también vive en la hacienda. La llamé anoche y está dispuesta a cuidar de ti. Gran parte del terreno está cultivado, así que hay suficientes productos frescos para alimentarte durante este invierno. La casita es pequeña, pero está limpia y es acogedora. Podrías irte del Windmill, tener el bebé y, si quieres, volver a Londres sin que nadie sepa nada. Bueno, ya está. ¿Qué te parece?

—Me parece maravilloso, pero...

—Greta, lo único que puedo hacer es ofrecerte una alternativa —dijo David al percibir vacilación y temor en sus ojos—. Y sí, aquello es muy distinto de Londres. No hay luces rutilantes, no hay nada que hacer por la noche y es posible que te sientas sola. Pero al menos estarás protegida y calentita.

—Esa... esa hacienda es donde tú te criaste, ¿verdad?

—Sí, aunque estuve en un internado desde los once años y, después, fui a la universidad. Luego estalló la guerra y me marché con mi regimiento, así que no he vuelto tan a menudo como me habría gustado. Pero, Greta, nunca has visto nada tan bonito como una puesta de sol sobre Marchmont. Tenemos más de doscientas hectáreas, la mansión está rodeada de un bosque que da cobijo a innumerables especies de plantas y pájaros y está regado por un río salmonero. Es un paraje precioso.

Un rayo de esperanza por un futuro mejor empezó a brillar en la mente de Greta.

—¿Dices que tu madre ha dicho que no le importa que vaya? ¿Sabe... sabe lo del niño?

—Sí, lo sabe, pero no te preocupes, Greta. Mi madre no se escandaliza por nada y es muy abierta. Y, para serte sincero, creo que le gustará tener compañía. La mansión de la hacienda se utilizó como clínica de convalecencia durante la guerra y, desde que se fueron todos los trabajadores y pacientes, echa de menos la actividad.

—Te lo agradezco muchísimo, Taffy, pero no querría abusar de tu amabilidad. Tengo muy poco dinero para pagar un alquiler. De hecho, no tengo nada.

—No tienes que pagar un solo penique. Serías mi invitada —confirmó él—. Como he dicho, la casita está vacía y es tuya si la quieres.

—Eres muy generoso, de verdad. Si aceptara tu ofrecimiento —dijo ella despacio, sabiendo que, fuera como fuera la casita, tenía que ser preferible a un centro para madres solteras—, ¿cuándo podría ir?

—En cuanto quisieras.

Dos días después, Greta comunicó al señor Van Damm que dejaba su trabajo en el Windmill. Cuando él le preguntó la razón, pese a abrigar la fuerte sospecha de que ya la sabía, Greta solo dijo que su madre estaba enferma y tenía que volver a casa para cuidar de ella. Salió del despacho nerviosa, pero sintiéndose mejor por haber tomado una decisión. Ese mismo día, informó a su casera de que dejaría libre su habitación al final de la semana y pasó sus últimos días en el teatro intentando no preocuparse por el futuro. Todas las vedetes le firmaron una tarjeta y Doris se despidió de ella con un abrazo mientras, con discreción, le daba un sobre donde había unos patucos de lana.

Greta no tardó nada en meter sus pocas pertenencias en dos maletitas. Pagó a su casera y se despidió de la habitación que había sido su hogar en los últimos seis meses.

David la acompañó a la estación de Paddington una neblinosa mañana de diciembre para verla partir en su largo viaje a Abergavenny.

—Oh, Taffy, ojalá vinieras conmigo —dijo Greta, asomada a la ventanilla mientras él aguardaba en el andén.

—Estarás como en casa, Greta. Créeme. Yo nunca haría nada que pudiera perjudicarte, ¿verdad?

—¿Tu madre irá a recogerme de la estación? —preguntó por tercera vez Greta, nerviosa.

—Sí. Y una advertencia: intenta acordarte de llamarme David cuando te refieras a mí. Mi apodo del Windmill no le causará buena impresión, te lo aseguro —dijo él entre risas—. E iré a verte en cuanto pueda, te lo prometo. Esto es para ti. —Le puso un sobre en la mano cuando el jefe de estación tocó el silbato—. Adiós, cariño. Buen viaje, y cuida de los dos.

David se puso de puntillas y la besó en las mejillas. Pensó que Greta parecía una niña de diez años a la que estaban evacuando a un destino desconocido.

Greta no dejó de mover la mano hasta que David fue un minúsculo punto en el andén; después, se dirigió a su vagón y se sentó entre un grupo de soldados licenciados. Estaban fumando y hablando con entusiasmo sobre amigos y parientes que llevaban meses sin ver. El contraste entre ellos y Greta era de un patetismo casi insoportable: los soldados regresaban con sus seres queridos y ella iba rumbo a lo desconocido. Abrió el sobre que David le había puesto en la mano. Dentro había dinero y una nota diciéndole que era para cualquier emergencia.

Cuando vio cómo los conocidos edificios de Londres daban paso a prados ondulados, su miedo empezó a aumentar. Se consoló pensando que si la madre de David resultaba ser una loca y la casa era poco más que un gallinero, ahora tenía dinero suficiente para regresar a Londres y reconsiderar sus planes. En su viaje hacia el oeste, el tren paró en numerosas estaciones y los soldados fueron apeándose poco a poco para ser recibidos en el andén por padres, esposas y novias alborozadas. Ya solo quedaba un puñado de pasajeros cuando Greta cambió de tren en Newport y al final se quedó sola en el vagón. Comenzó a relajarse un poco mientras contemplaba el desconocido paisaje galés por la ventanilla. Cuando el sol comenzó a ponerse, se dio cuenta de que el paisaje había cambiado de forma sutil; era más agreste y espectacular que nada de lo que había visto en Inglaterra. Montañas con las cumbres nevadas aparecieron en el horizonte cada vez más oscuro conforme el tren avanzaba hacia Abergavenny.

Eran más de las cinco, y ya plena noche, cuando el tren por fin llegó a su destino. Greta bajó las maletas de la rejilla, se colocó bien el sombrero y descendió al andén. Soplaba un viento frío y se arrebujó con el abrigo para protegerse el cuerpo. Se dirigió a la salida con aire indeciso y miró alrededor por si había alguien esperándola. Se sentó en un banco a la salida de la minúscula estación mientras sus compañeros de viaje saludaban a quienes habían ido a recibirlos y después se perdían en la noche.

Al cabo de diez minutos, la estrecha explanada estaba casi desierta. Después de pasar unos minutos más tiritando en el banco, Greta se levantó y volvió a entrar en la estación relativamente caldeada. El empleado seguía trabajando tras la ventanilla y ella llamó al cristal con los nudillos.

—Disculpe, señor.

—¿Sí, señorita?

—¿Puede decirme a qué hora sale el próximo tren que enlaza con Londres?

El empleado negó con la cabeza.

—Esta noche no hay más trenes. El próximo pasa mañana por la mañana.

—Oh. —Greta se mordió el labio cuando notó las lágrimas escociéndole en los ojos.

—Lo siento, señorita. ¿Tiene algún sitio donde quedarse esta noche?

—Bueno, tenían que venir a buscarme para llevarme a un sitio que se llama Marchmont.

El empleado se restregó la frente.

—¿Sabe?, eso está a unos cuantos kilómetros de aquí. No puede ir a pie. Y esta noche Tom, el taxista, está en Monmouth con su señora.

—Vaya por Dios.

—Oiga, no se ponga nerviosa aún. Estaré aquí durante otra media hora más o menos —dijo el empleado con amabilidad.

Greta asintió y regresó al banco.

—Virgen santa —se lamentó, suspiró y se sopló en las manos para intentar que no se le entumecieran.

Entonces oyó que un coche se acercaba. Un bocinazo le horadó los tímpanos y unas fuertes luces la deslumbraron. Cuando el ruidoso motor del vehículo que tenía delante enmudeció, una voz de mujer gritó:

—¡Maldita sea! ¡Maldita sea! ¡Hola! ¿Eres Greta Simpson?

Greta intentó distinguir la figura sentada al volante del coche descapotable. La conductora llevaba los ojos tapados con unas enormes gafas de motorista de cuero.

—Sí. ¿Es usted la madre de Taff... de David Marchmont?

—Sí. Pues sube, rapidito. Perdona el retraso. Se me ha pinchado una dichosa rueda y he tenido que cambiarla a oscuras.

—Eh... vale. —Greta se levantó del banco, cogió las maletas y las llevó al coche.

—Mételas atrás, querida, ponte estas gafas y coge esa manta. Puede hacer un poco de viento si la abuelita se pone a más de treinta kilómetros por hora.

Greta cogió las gafas y la manta que le ofrecía. Después de unos cuantos intentos fallidos, el motor arrancó y la conductora salió tan rápido de la explanada marcha atrás que casi se dio contra una farola.

—Pensaba que no venía —se atrevió a decir Greta cuando se incorporaron a la carretera y el coche alcanzó una velocidad aterradora.

—No hables, querida. ¡No oigo una palabra con este estruendo! —gritó la conductora.

Greta se pasó la siguiente media hora con los ojos bien cerrados y los puños apretados, con los nudillos blancos de la tensión. Por fin, el coche redujo la velocidad y se detuvo bruscamente, casi arrojando a Greta sobre el capó por encima del pequeño parabrisas.

—Sé buena y abre la verja, ¿quieres?

Greta bajó del coche con paso vacilante. Se colocó delante de los faros y abrió dos enormes portones de hierro forjado. En el muro contiguo había una ornamentada placa de bronce con la palabra marchmont grabada en ella. El coche cruzó la verja y Greta volvió a cerrarla.

—Anímate, querida. No tardaremos mucho —dijo la conductora en voz alta para imponerse al rugido del motor.

Greta volvió a subir rápidamente al coche y empezaron a recorrer el camino particular lleno de baches.

—Ya hemos llegado. Esta es la Casa de la Alondra. —El coche se detuvo con un temblor, y la conductora bajó de un salto y cogió las maletas de Greta del asiento trasero—. Hogar, dulce hogar.

Cuando Greta se apeó, vio que la mujer se adentraba en un bosquecillo iluminado por la luna. La siguió nerviosa y suspiró aliviada cuando apareció una casita. Los quinqués que alumbraban el interior irradiaban un suave resplandor amarillo. La mujer abrió la puerta y ambas entraron.

—Bien. —Su acompañante se quitó las gafas de motorista y se volvió hacia ella—. Aquí la tienes. ¿Crees que será suficiente?

Era la primera oportunidad que Greta tenía de verla bien y, de inmediato, le llamó la atención el gran parecido que tenía con su hijo. Era muy alta y zanquilarga, con unos penetrantes ojos verdes y el abundante pelo cano muy revuelto y corto. Su conjunto de pantalón de pana, botas de cuero hasta la rodilla y chaqueta de tweed ceñida era a la vez masculino y extrañamente elegante. Greta echó un vistazo al acogedor interior de la casita y miró agradecida la chimenea, con las brasas encendidas.

—Sí. Es preciosa.

—Bien. Un poco sencilla, me temo. Aún no hay electricidad. Íbamos a instalarla justo cuando estalló la guerra. El retrete está afuera y hay una bañera de hojalata en la cocina para los días festivos y las vacaciones, pero tarda tantísimo en llenarse que es más fácil lavarse en el fregadero.

La mujer se acercó a la chimenea a grandes zancadas, cogió un atizador, removió las brasas y añadió tres troncos de la cesta que había al lado.

—Ya está. La he encendido antes de ir a buscarte. El aceite para los quinqués está en una lata en el retrete, los troncos están en el cobertizo de atrás, y en la despensa tienes leche, pan fresco y queso para cenar. Seguro que estás rendida. Pon agua al fuego y hervirá enseguida. Y no te olvides de meter leña en la cocina todas las mañanas. Es una bestia insaciable, si no recuerdo mal. Lo siento, pero tengo que irme. Se nos ha perdido una oveja, ¿sabes? Sospechamos que se ha despeñado por el barranco. David me ha dicho que eres una muchacha bastante autosuficiente, en todo caso me pasaré mañana cuando ya estés instalada. Soy Laura-Jane Marchmont, por cierto —tendió la mano a Greta—, pero todos me llaman LJ. Tú también deberías llamarme así. Buenas noches.

Cerró de un portazo al salir.

Greta movió la cabeza confundida, suspiró y se arrellanó en el sillón raído pero cómodo delante de la chimenea. Tenía hambre y se moría por una taza de té, pero antes necesitaba sentarse un momento para recuperarse del suplicio del día.

Miró el fuego, pensando en la mujer que acababa de irse. Laura-Jane Marchmont no era precisamente como había esperado que fuera la madre de Taffy. A decir verdad, había imaginado una sencilla viuda campesina rubicunda y ancha de caderas. Miró alrededor y empezó a fijarse bien en su nuevo hogar. El salón era acogedor, con un bonito techo de vigas y una gran chimenea que ocupaba toda una pared. Apenas había muebles: solo el sillón, una mesa auxiliar y un estante repleto de libros desordenados. Descorrió el pestillo de una puerta y bajó dos peldaños de piedra hasta llegar a la pequeña cocina. Había un fregadero, un aparador lleno de platos de vajillas diversas, una mesa de pino bien limpia con dos sillas y una despensa, en la que encontró una hogaza de pan recién hecho, un trozo de queso, mantequilla, algunas latas de sopa y media docena de manzanas. Abrió la puerta trasera y encontró a su izquierda el congelador que servía de retrete.

La cocina daba paso a una vieja escalera de madera que conducía a una puerta, detrás de la cual se hallaba el dormitorio. La habitación de techo bajo estaba ocupada casi en su totalidad por una robusta cama de hierro forjado con una alegre colcha de retazos. Un quinqué irradiaba una cálida luz que alargaba las sombras. Greta miró la cama con anhelo, pero sabía que, tanto por el bien del bebé como por el suyo, necesitaba comer antes de dormir.

Después de cenar sopa y pan con queso delante de la chimenea, bostezó. Se lavó lo mejor que pudo en el fregadero de la cocina y se dio cuenta de que en el futuro tendría que calentar el agua si no quería congelarse. Luego, tiritando, cogió las maletas y subió por fin a su habitación.

Tras ponerse el camisón por la cabeza y un jersey encima, se metió agradecida bajo la colcha en la cómoda cama. Cerró los ojos y esperó a que la invadiera el sueño. El silencio, después de su ruidosa habitación de Londres, era ensordecedor. Por fin, vencida por el agotamiento, se quedó profundamente dormida.