ALEXIS O EL TRATADO DEL INÚTIL COMBATE

 

 

 

 

 

Para él

 

Esta carta, amiga mía, será muy larga. He leído con frecuencia que las palabras traicionan al pensamiento, pero me parece que las palabras escritas lo traicionan todavía más. Ya sabes lo que queda de un texto después de dos traducciones sucesivas. Y además, no sé cómo arreglármelas. Escribir es una elección perpetua entre mil expresiones de las que ninguna me satisface y, sobre todo, no me satisface sin las demás. Yo debería saber, sin embargo, que sólo la música permite la coordinación de acordes. Una carta, incluso la más larga, nos obliga a simplificar lo que no debiera simplificarse: ¡nos expresamos siempre con tan poca claridad cuando tratamos de hacerlo de una forma completa! Yo quisiera hacer aquí un esfuerzo, no sólo de sinceridad, sino también de exactitud; estas páginas contendrán muchas tachaduras: ya las contienen. Lo que yo te pido (lo único que puedo aún pedirte) es que no te saltes ninguna de estas líneas que me habrán costado tanto. Si es difícil vivir, es aún mucho más penoso explicar nuestra vida.

Quizá hubiera hecho mejor en no marcharme sin decir nada, como si me diera vergüenza o como si tú hubieras comprendido. Debería habértelo explicado en voz baja, muy lentamente, en la intimidad de una habitación, en esa hora sin luz en que se ve tan poco que casi nos atrevemos a confesarlo todo. Pero te conozco, amiga mía. Eres muy buena. En un relato como éste hay algo lastimero que te hubiera podido inducir a enternecerte; por haberte compadecido de mí, creerías haberme comprendido. Te conozco. Hubieras querido ahorrarme lo que tiene de humillante una explicación tan larga; me habrías interrumpido demasiado pronto y, a cada frase, yo hubiera tenido la debilidad de esperar que me interrumpieras. También tienes otra cualidad (un defecto, quizá) de la que hablaré más adelante y de la que no quiero abusar más. Soy demasiado culpable para contigo y tengo que obligarme a establecer una distancia entre tu compasión y yo.

No se trata de mi arte. No acostumbras a leer los periódicos, pero amigos comunes han debido informarte de lo que llaman «mis éxitos», lo que viene a decir que mucha gente me alaba sin haberme oído y otros sin comprenderme. No se trata de eso. Se trata de algo no en verdad más íntimo (¿puede haber algo más íntimo que mi obra?), pero que me parece más íntimo porque lo he mantenido escondido. Sobre todo, se trata de algo más miserable. Pero ya lo ves: vacilo. Cada palabra que escribo me aleja un poco más de lo que yo quisiera expresar; esto prueba únicamente que me falta valor. También me falta sencillez. Siempre me ha faltado. Pero la vida tampoco es sencilla y no es mía la culpa. Lo único que me decide a continuar es la certeza de que no eres feliz. Nos hemos mentido tanto y hemos sufrido tanto con nuestras mentiras que no arriesgamos gran cosa tratando de encontrar la curación en la sinceridad.

Mi juventud, mi adolescencia más bien, fue absolutamente pura o lo que la gente conviene en llamar así. Sé que una afirmación semejante siempre se presta a sonrisas, porque prueba generalmente falta de clarividencia o falta de franqueza. Pero creo no equivocarme y estoy seguro de no mentir. Estoy seguro, Mónica. Yo era, a los dieciséis años, como tú deseas sin duda que sea Daniel a esa edad y déjame decirte que estás equivocada al desear una cosa así. Estoy persuadido de que es malo exponerse tan joven a tener que relegar toda la perfección de la que uno fue capaz entre los recuerdos de su más lejano pasado. El niño que yo fui, el niño de Woroïno, ya no existe, y toda nuestra existencia tiene por condición la infidelidad para con nosotros mismos. Es peligroso que nuestros mismos fantasmas sean precisamente los mejores, los más queridos, aquellos que más añoramos. Mi infancia está tan lejos de mí como la ansiedad de las vísperas de fiesta o como el entumecimiento de esas tardes demasiado largas en las que permanecemos sin hacer nada, pero deseando que ocurra algo. ¿Cómo puedo esperar recuperar aquella paz, si ni siquiera sabía darle un nombre? La he apartado de mí al darme cuenta de que no era todo mi «yo». Tengo que confesar enseguida que apenas estoy seguro de añorar esa ignorancia que llamamos paz.

¡Qué difícil es no ser injusto con uno mismo! Te decía antes que mi adolescencia había transcurrido sin turbaciones. Así lo creo. Me he inclinado con frecuencia sobre aquel pasado un poco pueril y tan triste. He tratado de recordar mis pensamientos, mis sensaciones, más íntimas que mis pensamientos y hasta mis sueños. Los he analizado para ver si descubría en ellos algún significado inquietante que se me hubiera escapado entonces y para estar seguro de no haber confundido la ignorancia del espíritu con la inocencia del corazón. Ya conoces los estanques de Woroïno: dices que parecen grandes pedazos de cielo gris caídos sobre la tierra que se esforzaran por regresar en forma de niebla. De niño me daban miedo. Comprendía ya que todas las cosas tienen su secreto, los estanques como todo lo demás; que la paz, como el silencio, es sólo una superficie y que el peor de los engaños es el de la tranquilidad. Mi infancia, cuando la recuerdo, se me aparece como una idea de quietud al borde de una gran inquietud que sería después toda mi vida. Estoy pensando en algunas circunstancias, demasiado poco importantes para contarlas, en las que entonces no me fijé, pero en las que distingo ahora los primeros toques de alarma (estremecimientos de la carne y estremecimientos del corazón), como ese soplo de Dios del que hablan las Escrituras. Hay ciertos momentos de nuestra existencia en que somos, de manera inexplicable y casi aterradora, lo que llegaremos a ser más tarde. ¡Me parece, amiga mía, haber cambiado tan poco! El olor de la lluvia entrando por una ventana abierta, un bosque de álamos bajo la bruma, una música de Cimarosa que las viejas señoras me hacían tocar porque, imagino, les recordaba su juventud, incluso una clase particular de silencio que no he encontrado más que en Woroïno bastan para borrar tantos pensamientos, tantos acontecimientos y penas que me separan de la infancia. Casi podría admitir que el intervalo no ha durado ni una hora, que sólo se trata de uno de esos períodos de semisueño en los que yo caía con frecuencia en aquella época, durante los cuales la vida y yo no teníamos tiempo para modificarnos mucho. Sólo tengo que cerrar los ojos: todo está exactamente igual que entonces. Me encuentro, como si nunca me hubiera dejado, con aquel muchacho tímido, muy dulce, que no creía tener que ser compadecido y que se me parece tanto que sospecho, injustamente quizá, que pudo parecérseme en todo.

Me contradigo, ya lo veo. Sin duda ocurre como con los presentimientos, uno se figura haberlos tenido porque hubiera debido tenerlos. La consecuencia más cruel de lo que me esforzaré en llamar nuestras culpas (aunque sólo sea para amoldarme al uso) es que contaminan hasta el recuerdo del tiempo en que no las habíamos cometido. Esto es, precisamente, lo que me inquieta; porque, en fin, si me equivoco, no puedo saber en qué, y nunca decidiré si mi inocencia de entonces era menor de lo que yo antes aseguraba o bien si soy ahora menos culpable de lo que pienso.

No necesito decirte que éramos muy pobres. Hay algo patético en los apuros económicos de las viejas familias nobles, que parecen continuar viviendo sólo por fidelidad. Sin duda me preguntarás a qué: a la casa, supongo, a los antepasados o simplemente a lo que en otros tiempos han sido. La pobreza, Dios mío, no tiene mucha importancia para un niño; tampoco la tenía para mi madre ni para mis hermanas, porque todo el mundo nos conocía y nadie nos creía más ricos de lo que éramos. Aquellos ambientes tan cerrados de entonces tenían esas ventajas: consideraban menos lo que eras que lo que habías sido. El pasado, por poco que uno piense, es algo infinitamente más estable que el presente, por lo que parece de una consecuencia mucho mayor. No nos prestaban más atención de la que nos hacía falta; lo que estimaban en nosotros era a un cierto capitán general, que vivió en época muy remota, de la que nadie, siglo más o menos, recordaba la fecha. Me doy cuenta también de que la fortuna de mi abuelo y las distinciones obtenidas por mi bisabuelo eran a nuestros ojos unos hechos mucho más importantes, incluso mucho más reales que nuestra propia existencia. Esta forma anticuada de ver las cosas te hará probablemente sonreír. Reconozco que se pueden ver de otra forma completamente opuesta y también razonable, pero, en fin, aquélla nos ayudaba a vivir. Como nada podía impedir que fuéramos los descendientes de aquellos personajes casi legendarios, nada podía impedir tampoco que continuaran honrándolos en nosotros; eran la única parte de nuestro patrimonio verdaderamente inalienable.

Nadie nos reprochaba tener menos dinero ni menos crédito del que ellos habían tenido. Era natural. Querer igualarnos a aquellas gentes célebres hubiera tenido no sé qué de inoportuno, como una ambición fuera de lugar.

El coche que nos llevaba a la iglesia hubiera parecido anticuado en cualquier otro sitio que no fuera Woroïno, pero pienso que allí, un coche nuevo habría chocado mucho más, y si los vestidos de mi madre duraban demasiado tiempo, nadie se daba cuenta. Nosotros, los Géra, no éramos, por así decirlo, más que el final de un linaje en aquel viejísimo país de Bohemia del Norte. Hubiera podido creerse que nosotros no existíamos, que unos personajes invisibles, pero mucho más imponentes, continuaban llenando con su imagen los espejos de nuestra casa. No pienses que trato de ser efectista, sobre todo al final de una frase, pero podría decirse que en las viejas familias nobles son los vivos los que parecen la sombra de los muertos.

Tienes que perdonarme por entretenerme tanto hablando de ese Woroïno de antaño, porque lo he querido mucho. Es una debilidad, no lo dudo, y no deberíamos encariñarnos con nada, por lo menos de una forma especial. Y no es que allí fuéramos muy felices; al menos, la alegría no habitaba en nuestra casa. No creo recordar ninguna risa, ni siquiera una risa de jovencita que no fuera una risa apagada. No se acostumbra a reír mucho en las viejas familias. Terminamos incluso por habituarnos a hablar sólo en voz baja, como si temiéramos despertar recuerdos que deben dormir en paz. Pero tampoco éramos desgraciados, y debo decir también que nunca oí llorar; sólo que éramos un poco tristes. Dependía de nuestro carácter más que de las circunstancias y todo el mundo a mi alrededor admitía que se puede ser feliz sin dejar de estar triste.

La casa era entonces igual que ahora: blanca, toda columnas y ventanas, de un gusto francés que prevaleció en la época de Catalina, pero entonces estaba mucho más desvencijada que hoy, puesto que fue reparada gracias a ti, cuando nos casamos. No te será difícil imaginar cómo estaba entonces: recuerda el estado en que se encontraba cuando viniste por primera vez. Seguramente no fue construida para vivir en ella una vida monótona, supongo que la mandó construir alguno de mis abuelos con ansias de lujo, para organizar en ella fiestas (en los tiempos en que se organizaban fiestas). Todas las casas del siglo dieciocho son así: parecen haber sido construidas para recibir a los invitados y nosotros somos como visitantes que se encuentran incómodos. Por más que hiciéramos, aquella casa era demasiado grande y siempre hacía demasiado frío. Creo también que no era muy sólida y es cierto que la blancura de las casas como la nuestra, tan desolada bajo la nieve, nos hace pensar en la fragilidad. Se comprende que fueron concebidas para países de clima mucho más cálido y por gentes que se tomaban la vida con más tranquilidad. Pero ahora sé que esta casa de apariencia frágil, que parece haber sido hecha para resistir sólo un verano, durará infinitamente más que nosotros, y quizá más que toda nuestra familia. Puede que algún día vaya a parar a manos extrañas; le será indiferente, porque las casas tienen su vida particular que nosotros no entendemos y la nuestra les importa muy poco.

Vuelven a mi memoria unos rostros serios, un poco cansados, rostros pensativos de mujeres en unos salones demasiado claros. Aquel antepasado del que antes te hablaba había querido que las habitaciones fueran espaciosas para que la música sonara en ellas mejor. Le gustaba la música. En mi familia no se hablaba de él con frecuencia; preferían no decir nada; se sabía que había dilapidado una gran fortuna y quizá le guardaban rencor por ello o bien había algo más. Después venía mi abuelo; se había arruinado en la época de la reforma agraria; era liberal; tenía ideas que podían haber sido muy buenas pero que lo habían empobrecido y la gestión de mi padre también fue deplorable. Mi padre murió joven. Lo recuerdo muy poco; sé que era severo con nosotros, como lo son a veces las personas que se reprochan no haberlo sido con ellas mismas. Naturalmente, esto es sólo una suposición y yo no sé nada, en realidad, acerca de mi padre.

Me he dado cuenta de una cosa, Mónica: dicen que en las casas viejas siempre hay algún fantasma; yo nunca vi ninguno y, sin embargo, era un niño miedoso. Quizá comprendiese ya que los fantasmas son invisibles porque los llevamos dentro. Pero lo que hace que las casas viejas nos resulten inquietantes no es que haya fantasmas, sino que podría haberlos.

Creo que aquellos años de infancia han determinado mi vida. Aunque tengo otros recuerdos más cercanos, más diversos, quizá mucho más definidos, parece como si esas impresiones nuevas, al ser menos monótonas, hubieran tenido menos tiempo para dejar huella en mí. Todos somos distraídos porque tenemos nuestros sueños; sólo la continua repetición de las cosas termina por impregnarnos de ellas. Mi infancia fue solitaria y silenciosa; me hizo tímido y por consiguiente taciturno.

¡Cuando pienso que hace casi tres años que te conozco y que me atrevo a hablarte por primera vez! Y eso porque lo hago por carta y porque es necesario.

Es terrible que el silencio pueda llegar a ser culpable. Es la más grave de todas mis culpas pero, en fin, la he cometido. Pequé de silencio ante ti y ante mí. Cuando el silencio se instala dentro de una casa, es muy difícil hacerlo salir; cuanto más importante es una cosa, más parece que queramos callarla. Parece como si se tratara de una materia congelada, cada vez más dura y masiva: la vida continúa por debajo, sólo que no se la oye. Woroïno estaba lleno de un silencio que parecía cada vez mayor y todo silencio está hecho de palabras que no se han dicho. Quizá por eso me hice músico. Era necesario que alguien expresara aquel silencio, que le arrebatara toda la tristeza que contenía para hacerlo cantar. Era preciso servirse para ello no de las palabras, siempre demasiado precisas para no ser crueles, sino simplemente de la música, porque la música no es indiscreta y cuando se lamenta no dice por qué. Se necesitaba una música especial, lenta, llena de largas reticencias y sin embargo verídica, adherida al silencio para acabar por meterse dentro de él. Esa música ha sido la mía. Ya ves que no soy más que un intérprete, me limito a traducir. Pero sólo traducimos nuestras emociones: siempre hablamos de nosotros mismos.

En el pasillo que conducía a mi habitación, había un grabado moderno que a nadie interesaba. Era, pues, sólo mío. No sé quién lo habría puesto allí; lo he visto después en casa de tanta gente que se dice artista que he terminado por aborrecerlo, pero entonces lo contemplaba con frecuencia. Representaba a unos personajes que miraban a un músico y yo sentía casi terror ante las caras de aquellos seres a quienes la música parecía revelar algo. Tendría unos trece años: puedo asegurarte que ni la música ni la vida me habían revelado nada todavía. Por lo menos, yo lo creía así. Pero el arte expresa las pasiones con un lenguaje tan hermoso que hace falta más experiencia de la que yo tenía entonces para comprender lo que quieren decir. He vuelto a leer las pequeñas composiciones que yo escribía en aquellos tiempos: son razonables y mucho más infantiles de lo que eran mis pensamientos. Siempre ocurre así: nuestras obras representan un período de nuestra existencia que hemos pasado ya, en la época en que las escribimos.

La música me ponía en un estado de entumecimiento muy agradable, un poco singular. Parecía como si todo se inmovilizara, salvo el latir de las arterias; como si la vida hubiera huido de mi cuerpo y fuera muy bueno estar tan cansado. Era un placer, era casi un sufrimiento. Durante toda mi vida he pensado que el placer y el sufrimiento son dos sensaciones muy parecidas; supongo que cualquier persona de naturaleza reflexiva pensará igual. También recuerdo mi sensibilidad particular al tacto: hablo de una sensibilidad inocente como, por ejemplo, tocar un tejido suave, el cosquilleo de las pieles que parecen algo vivo o la epidermis de un fruto. No hay en ello nada reprobable. Estas sensaciones eran demasiado corrientes para extrañarme mucho; no nos interesa lo que nos parece sencillo. Yo les prestaba emociones más profundas a los personajes de mi grabado, puesto que no eran niños. Los suponía participantes de un drama. Somos todos iguales: le tenemos miedo al drama, pero a veces somos lo bastante románticos para desear que ocurra y no nos damos cuenta de que ha empezado ya.

También había un cuadro que representaba a un hombre tocando el clavecín; paraba de tocar para escuchar su vida. Era una copia muy antigua de una pintura italiana. Creo que el original es célebre, pero no sé su nombre; ya sabes que soy muy ignorante. No me gustan mucho las pinturas italianas, pero aquélla me gustaba. Claro que no estoy aquí para hablarte de pintura.

Quizá no valiera gran cosa. La vendieron cuando empezó a escasear el dinero, junto con algunos muebles viejos y unas antiguas cajas de música esmaltadas, que no sabían tocar más que una sola melodía y que se saltaban siempre la misma nota. Algunas contenían una marioneta. Al darles cuerda, la muñequita daba unas cuantas vueltas a la derecha y otras a la izquierda, después se paraba. Era delicioso. Pero no estoy aquí para hablarte de marionetas.

Lo confieso, Mónica, creo que hay demasiada complacencia hacia mí en estas páginas, pero tengo tan pocos recuerdos que no sean amargos, que debes perdonarme por entretenerme tanto hablando de los que sólo son tristes. No me guardes rencor por referirte con detenimiento los pensamientos de un niño que sólo yo conozco. Te gustan los niños. Confieso que, quizá sin darme cuenta, espero disponerte así a la indulgencia desde el principio, en este relato que va a requerir mucho de tu parte. Trato de ganar tiempo: es natural. No obstante, hay algo ridículo en rodear de frases una confesión que debiera ser sencilla: sonreiría, si pudiera sonreír. Es humillante pensar que tantas aspiraciones confusas, tantas emociones (sin contar los sufrimientos) tienen una explicación fisiológica. Al principio, esta idea me avergonzaba, pero luego terminó por tranquilizarme. También la vida no es más que un secreto fisiológico. No veo por qué el placer tiene que ser despreciable por ser sólo una sensación, cuando el dolor también lo es. Respetamos el dolor porque no es voluntario, pero ¿acaso no es una incógnita saber si el placer lo es o si no lo sufrimos también? Y aunque no fuera así, el placer escogido libremente no me parecería por ello más culpable. Pero no es éste el momento de hacerse todas estas preguntas.

Presiento que lo que estoy escribiendo se hace cada vez más confuso. Seguramente me bastaría, para hacerme comprender, con emplear unos términos precisos, que ni siquiera son indecentes porque son científicos. Pero no los emplearé. No creas que les tengo miedo: no se debe tener miedo a las palabras, cuando se ha consentido en los hechos. Sencillamente, no puedo. No puedo, no sólo por delicadeza y porque me dirijo a ti, sino porque tampoco puedo ante mí mismo. Sé que hay nombres para todas las enfermedades y aquello de lo que quiero hablarte pasa por ser una enfermedad. Yo mismo lo creí así durante mucho tiempo. Pero no soy médico y ni siquiera estoy seguro de ser un enfermo. La vida, Mónica, es más compleja que todas las definiciones posibles; toda imagen simplificada corre el riesgo de ser grosera. No creas tampoco que apruebo a los poetas por evitar los términos exactos, ya que sólo saben hablar de sus sueños. Hay mucha verdad en los sueños de los poetas, pero no toda la vida está contenida en ellos. La vida es algo más que la poesía, algo más que la fisiología e incluso que la moral en la que he creído tanto tiempo. Es todo eso y es mucho más: es la vida. Es nuestro único bien y nuestra única maldición. Vivimos, Mónica. Cada uno de nosotros tiene su vida particular, única, marcada por todo el pasado sobre el que no tenemos ningún poder y que a su vez nos marca, por poco que sea, todo el porvenir. Nuestra vida. Una vida que sólo a nosotros pertenece, que no viviremos más que una vez y que no estamos seguros de comprender del todo. Y lo que digo aquí sobre una vida «entera» podría decirse en cada momento de ella. Los demás ven nuestra presencia, nuestros ademanes, nuestra manera de formar las palabras con los labios: sólo nosotros podemos ver nuestra vida. Es extraño: la vemos, nos sorprende que sea como es y no podemos hacer nada para cambiarla. Incluso cuando la estamos juzgando estamos perteneciéndole; nuestra aprobación o nuestra censura forman parte de ella; siempre es ella la que se refleja en ella misma. Porque no hay nada más: el mundo sólo existe, para cada uno de nosotros, en la medida en que confine a nuestra vida. Y los elementos que la componen son inseparables: sé muy bien que los instintos que nos enorgullecen y aquellos que no queremos confesar tienen, en el fondo, un origen común. No podríamos suprimir ni uno de ellos sin modificar todos los demás. Las palabras sirven a tanta gente, Mónica, que ya no le convienen a nadie; ¿cómo podría un término científico explicar una vida? Ni siquiera explica lo que es un acto; lo nombra y lo hace siempre igual; sin embargo, no hay dos hechos idénticos en vidas diferentes, ni quizá a lo largo de una misma vida. Después de todo, los hechos son sencillos; es fácil contarlos; puede que ya los sospeches. Pero aunque lo supieras todo, aún me quedaría explicarme a mí mismo.

Esta carta es una explicación, no quisiera que fuera una apología. No estoy tan loco como para desear que me apruebes, ni siquiera que me admitas: sería demasiado exigir. Sólo deseo ser comprendido. Ya me doy cuenta de que viene a ser lo mismo y que es mucho lo que te pido. Pero me has dado tanto en las cosas pequeñas que casi tengo derecho a esperar tu comprensión en las grandes.

No quiero que me imagines más solitario de lo que era. A veces tenía amigos, chicos de mi edad, quiero decir. Generalmente, en épocas de fiesta, cuando venía mucha gente, también llegaban algunos niños que yo no conocía. O bien, en los aniversarios, cuando íbamos a casa de algunos parientes lejanos que parecían existir sólo un día al año, puesto que sólo pensábamos en ellos ese día. Casi todos aquellos niños eran tímidos, como yo, o sea que no nos divertíamos. Había algunos descarados, tan revoltosos que todos estábamos esperando que se fueran, y otros que no lo eran menos, pero que, aunque nos atormentaran, no protestábamos porque eran hermosos y su voz sonaba bien. Ya te dije que yo era un niño muy sensible a la belleza. Presentía ya que la belleza y los placeres que nos procura merecen toda clase de sacrificios e incluso de humillaciones. Yo era humilde por naturaleza. Creo que me sometía a toda suerte de tiranías con delicia. Me resultaba muy dulce ser menos hermoso que mis amigos; me sentía feliz viéndolos; no imaginaba nada más. Era feliz queriéndolos y no pensaba siquiera en desear su cariño. El amor (perdóname) es un sentimiento que no he vuelto a experimentar desde entonces; se necesitan demasiadas virtudes para ser capaz de amar; me extraña que en mi infancia haya podido creer en una pasión tan vana, casi siempre engañosa y que no es necesaria, ni siquiera para la voluptuosidad. Pero el amor en los niños forma parte de su candor: se figuran que aman porque no sospechan que desean. Aquellas amistades no eran frecuentes, quizá por eso fueron siempre inocentes. Mis amigos se marchaban o bien éramos nosotros los que regresábamos a casa: la vida solitaria volvía a formarse a mi alrededor. Pensaba escribirles alguna carta, pero me sentía tan poco capaz de evitar las faltas de ortografía que no las enviaba. Además, no sabía qué decir. Los celos son un sentimiento censurable, pero hay que perdonar a los niños que los sienten puesto que tantas personas razonables han sido víctimas suyas. He sufrido mucho con los celos, aunque no lo confesara: empezaba ya a tener miedo de ser culpable. En fin, lo que te estoy contando es muy pueril: todos los niños han conocido pasiones semejantes y no hay razón, ¿verdad?, para ver en ello un peligro muy grave.

He sido educado por mujeres. Yo era el hijo más pequeño de una familia numerosa; era de naturaleza enfermiza; mi madre y mis hermanas no eran muy felices: varias razones para que me quisieran mucho. Hay tanta bondad en el cariño de las mujeres que, durante largo tiempo, he creído tener que darle gracias a Dios. Nuestra vida, tan austera, era fría en apariencia: teníamos miedo de mi padre, más tarde de mis hermanos mayores. Nada nos acerca tanto a otros seres como el tener miedo juntos. Ni mi madre ni mis hermanas eran muy expansivas. Su presencia era como esas lámparas bajas, muy suaves, que alumbran apenas pero cuya luz difuminada impide la oscuridad y que nos sintamos solos. Nadie se figura lo tranquilizador que es, para un niño inquieto como yo era entonces, el cariño apacible de las mujeres. Su silencio, sus palabras sin importancia llenas de paz interior, sus ademanes familiares que parecen amansar las cosas; sus caras sin relieve, pero tranquilas y que, sin embargo, se parecían tanto a la mía, me han enseñado la veneración. Mi madre murió muy pronto. Tú no la has conocido; la vida y la muerte me arrebataron también a mis hermanas, pero entonces eran tan jóvenes que podían parecer hermosas. Creo que todas ellas llevaban ya su amor dentro, igual que más tarde, una vez casadas, llevarían a su hijo o la enfermedad que las haría morir. No hay nada más conmovedor que los sueños de las jovencitas en los que tantos instintos dormidos se expresan vagamente; tienen una belleza patética, porque se gastan en vano y la vida no permitirá su realización. Debo decir que muchos de aquellos amores eran muy imprecisos: se trataba de algunos jóvenes de la vecindad y ellos no lo sabían. Mis hermanas eran muy reservadas, rara vez se hacían confidencias unas a otras. Incluso llegaban a ignorar lo que sentían. Naturalmente, yo era demasiado pequeño para que confiasen en mí, pero las adivinaba, me asociaba a sus penas. Cuando el que ellas amaban entraba de improviso, mi corazón latía quizá más fuerte que los suyos. Pienso que es peligroso, para un adolescente muy sensible como yo era entonces, aprender a ver el amor a través de los sueños de las jovencitas, incluso cuando son puras y él cree serlo también.

Por segunda vez, estoy al borde de la confesión: vale más que me decida enseguida y con toda sencillez. Mis hermanas, lo sé, tenían amigas que convivían familiarmente con nosotros y de las que me sentía casi hermano. Por lo tanto, nada parecía impedir que yo me enamorase de alguna de aquellas jóvenes y quizá tú misma encuentres singular que no fuera así. Justamente, era imposible. Una intimidad tan familiar, tan reposada, apartaba de mí la curiosidad y la inquietud del deseo, suponiendo que yo hubiera sido capaz de sentirlo. No creo que la palabra veneración sea excesiva cuando me refiero a una mujer buena. Lo creo cada vez menos; sospechaba ya entonces (incluso exagerándolo) lo que tienen de brutal los gestos físicos del amor y me hubiera repugnado unir aquellas imágenes de vida doméstica, razonable, perfectamente austera y pura a otras ideas más apasionadas. No se siente pasión por lo que se respeta ni quizá por lo que se ama. Sobre todo, no se enamora uno de quien se le parece y yo no difería mucho de las mujeres. Tu mérito, amiga mía, no está sólo en poder comprenderlo todo, sino en comprenderlo antes de habértelo dicho. Mónica, ¿me entiendes?

No sé cuándo lo comprendí yo mismo. Algunos detalles que no puedo darte me confirman que haría falta remontarme muy atrás, hasta los primeros recuerdos que conservo, y que los sueños son a veces precursores del deseo. Pero un instinto no es todavía una tentación: la hace posible solamente. Antes, te habré dado la sensación de querer explicar mis inclinaciones en razón de influencias exteriores: seguramente contribuyeron a fijarlas, pero me doy cuenta de que las verdaderas razones son siempre más íntimas, mucho más oscuras, y las entendemos mal porque se esconden dentro de nosotros. No basta con tener ciertos instintos para que esto nos aclare su causa y, después de todo, nadie podrá explicarla totalmente. Así que no insistiré. Únicamente quisiera demostrar que mis instintos, justamente porque eran naturales en mí, podían desarrollarse durante largo tiempo sin que yo me diera cuenta. La gente que habla de oídas se equivoca casi siempre, porque sólo ven lo de fuera y lo ven de una forma grosera. No se figuran que los actos que juzgan reprensibles puedan ser al mismo tiempo fáciles y espontáneos, como lo son la mayoría de los actos humanos. Echan la culpa a los malos ejemplos, al contagio moral y sólo retroceden ante la dificultad de explicarlos. No saben que la naturaleza es más diversa de lo que suponemos: no quieren saberlo porque les es más fácil indignarse que pensar. Elogian la pureza, pero no saben cuánta turbiedad puede contener la pureza. Ignoran, sobre todo, el candor de la culpa. Entre los catorce y quince años, yo tenía menos amigos que antes porque me había vuelto más huraño. No obstante (ahora me doy cuenta), estuve a punto de ser feliz una o dos veces de una forma inocente. No explicaré las circunstancias que me lo impidieron: es demasiado delicado y tengo tantas cosas que decir que no me quiero entretener hablando de circunstancias.

Los libros hubieran podido aclararme muchas cosas. He oído recriminar su influencia muchas veces. Sería muy fácil para mí hacerme la víctima, quizá mi caso pareciera así más interesante, pero la verdad es que los libros no han tenido ninguna influencia sobre mí. Nunca me han gustado los libros. Cuando los abres, estás esperando alguna revelación trascendental, y cuando los cierras, te sientes desilusionado. Además, habría que leerlo todo y no bastaría con una vida entera. Los libros no contienen la vida, sólo contienen sus cenizas. Supongo que a eso lo llaman la experiencia humana. En casa había una gran cantidad de volúmenes antiguos, en una habitación donde no entraba nadie. La mayoría eran libros piadosos, impresos en Alemania, llenos de aquel misticismo moravo que tanto gustaba a mis abuelas. A mí también me gustaba aquella clase de libros; los amores que nos pintan tienen los mismos transportes y arrebatos que cualquier otro amor, pero sin el remordimiento: puede uno abandonarse a ellos sin temor. También había algunas otras obras muy diferentes, la mayoría escritas en francés, en el siglo dieciocho, y que no se suelen dejar en manos de los niños. Pero no me gustaban. Sospechaba ya entonces que la voluptuosidad es un tema muy serio: se debe hablar con seriedad de aquello que nos puede hacer sufrir. Recuerdo algunas de las páginas que hubieran podido despertar mis instintos, pero que yo saltaba con indiferencia porque las imágenes que me ofrecían eran demasiado precisas; es una mentira pintarlas desnudas, ya que las vemos siempre envueltas en una nube de deseo. No es verdad que los libros nos tienten, ni tampoco los acontecimientos, puesto que sólo lo hacen cuando nos llega la hora o el tiempo en que cualquier cosa hubiera sido para nosotros una tentación. Tampoco es verdad que algunas precisiones brutales nos informen sobre el amor; no es fácil reconocer, en la simple descripción de un gesto o de un movimiento, la emoción que más tarde producirá en nosotros.

El sufrimiento es uno. Se habla del sufrimiento como se habla del placer, pero se habla de ellos cuando ya nos dominan. Cada vez que entran en nosotros nos sorprenden como una sensación nueva y tenemos que reconocer que los habíamos olvidado. Son diferentes porque nosotros también lo somos: les entregamos cada vez un alma y un cuerpo modificados por la vida. Y, sin embargo, el sufrimiento no es más que uno. No conoceremos de él, como no conoceremos del placer, más que algunas formas, siempre las mismas, de las que estamos presos. Habría que explicar esto: nuestra alma, supongo, no tiene más que un teclado restringido y aunque la vida se empeñe en hacerlo sonar, sólo podrá obtener dos o tres pobres notas. Recuerdo la atroz insipidez de algunas tardes en que me apoyaba sobre las cosas como para abandonarme, mis excesos musicales, mi necesidad enfermiza de perfección moral; quizá no fueran más que la transposición del deseo. También recuerdo algunas lágrimas derramadas cuando no había por qué llorar; reconozco que todas mis experiencias sobre el dolor estaban ya contenidas en la primera. He podido sufrir más, pero no he sufrido de manera diferente, y por otra parte, cada vez que sufrimos, creemos que nuestro sufrimiento es mayor que la primera vez. Pero el dolor no nos enseña nada sobre sus causas. Si yo hubiera creído algo, habría creído estar enamorado de una mujer. Sólo que no imaginaba de quién.

Me enviaron a Bratislava. Mi salud no era muy buena; se habían manifestado molestias nerviosas y todo ello había retrasado mi partida. Pero la instrucción que yo había recibido en casa ya no era suficiente y pensaban que mi afición a la música hacía que se retrasaran mis estudios. La verdad es que mis resultados no eran muy brillantes. No fueron mejores en el colegio: fui un alumno muy mediocre. Por otra parte, mi estancia en aquella academia fue extremadamente breve. Pasé en Bratislava poco menos de dos años. Pronto te diré por qué. Pero no vayas a imaginarte aventuras extrañas: no pasó nada, o por lo menos, no me ocurrió nada a mí.

Tenía dieciséis años. Siempre había vivido metido dentro de mí mismo. Los largos meses que pasé en Bratislava me enseñaron a ver la vida, es decir, la vida de los demás. Fue, por lo tanto, una época penosa. Cuando vuelvo mi memoria hacia ella veo un muro grande y grisáceo, la tristeza de las camas puestas en fila, el despertar matinal lleno de frío de la madrugada, cuando la carne se siente miserable y la existencia es regular, insípida y desalentadora como un alimento ingerido a la fuerza. La mayoría de mis condiscípulos pertenecían a la misma clase social que yo, y ya conocía a algunos de ellos. Pero la vida en común desarrolla la brutalidad. Me sentía herido por sus juegos, sus costumbres y su lenguaje. No hay nada más cínico que la conversación de los adolescentes, sobre todo cuando son castos. Muchos de mis compañeros vivían con una especie de obsesión por la mujer, quizá menos censurable de lo que yo imaginaba, pero que ellos expresaban de una manera baja y soez. Durante los paseos colectivos, habíamos apercibido algunas criaturas que podrían inducir a lástima, pero que preocupaban mucho a los mayores de mis compañeros; a mí me causaban una repugnancia extraordinaria. Me había acostumbrado a pensar en las mujeres rodeándolas de todos los prejuicios del respeto y las odiaba cuando ya no eran dignas de él. Mi educación severa lo explicaba en parte, pero me temo que hubiera algo más en esa repulsión: no era sólo una simple prueba de inocencia. Tenía ilusión de pureza. Sonrío pensando que nos ocurre así muy a menudo: nos creemos puros cuando en realidad no deseamos lo que estamos despreciando.

No le echo ninguna culpa a los libros; tampoco acuso a los malos ejemplos, aún menos. Sólo creo en las tentaciones interiores. No niego que algunos ejemplos me trastornaron, pero no de la forma que te imaginas. Me sentí aterrorizado. No digo que me indignase, es un sentimiento demasiado sencillo. Creí estar indignado. Yo era escrupuloso y estaba lleno de eso que llaman buenos sentimientos. Le concedía una importancia casi enfermiza a la pureza física probablemente porque, sin yo saberlo, también se la concedía a la carne. La indignación me parecía, por lo tanto, natural y además necesitaba un nombre para designar lo que sentía. Ahora sé que era miedo. Siempre había tenido miedo, un miedo indeterminado, incesante, miedo de algo que debía ser monstruoso y paralizarme de antemano. Desde entonces, el objeto de ese miedo se precisó. Era como si acabara de descubrir una enfermedad contagiosa que se fuera extendiendo a mi alrededor y que, aunque yo me afirmase lo contrario, sentía que podía alcanzarme. Antes sabía confusamente que existían aquellas cosas, pero no me las figuraba así o bien (puesto que tengo que decirlo todo) el instinto, en la época de mis lecturas, estaba menos agudizado. Me imaginaba todo aquello a la manera de hechos un poco vagos, que habían ocurrido en otros tiempos o en sitios lejanos, pero que no tenían para mí ninguna realidad. Ahora los estaba viendo por todas partes. Por la noche, en mi cama, me sofocaba pensándolo y creía sinceramente que me sofocaba de asco. Ignoraba que el asco es una de las formas de la obsesión y que, si deseamos algo, es más fácil pensar en ello con horror que no pensar. Pensaba en ello continuamente. La mayoría de los chicos de quienes yo sospechaba quizá no fueran culpables, pero yo terminaba por sospechar de todo el mundo. Tenía por costumbre hacer examen de conciencia: hubiera debido sospechar de mí mismo. Naturalmente, no lo hice. Me era imposible creer, sin prueba material alguna, que yo estaba al mismo nivel. Todavía pienso que difería de los demás.

Un moralista no vería ninguna diferencia. Sin embargo, me parece que yo no era como ellos e incluso que valía un poco más. Primero, porque sentía escrúpulos y ellos no, con toda seguridad; luego, porque yo amaba la belleza, la amaba con exclusividad y eso hubiera limitado mi elección, lo que no era su caso. En fin, porque yo era más difícil de satisfacer o, si se quiere, más refinado. Fueron incluso estos razonamientos los que me engañaron. Tomé por virtud lo que no era más que delicadeza y las escenas que presencié por casualidad me habrían chocado menos si los protagonistas hubieran sido más hermosos.

A medida que la existencia en común se me hacía más penosa, más sufría por encontrarme sentimentalmente solo. Por lo menos, atribuía mi sufrimiento a una causa sentimental. Todo me irritaba; creía que sospechaban de mí como si ya fuera culpable; el pensamiento, que no me dejaba en paz, me envenenó toda clase de contactos. Me puse enfermo. En fin, más vale decir que me puse peor, porque enfermo lo estaba siempre un poco.

No fue una enfermedad muy grave. Fue mi enfermedad, la de siempre, la que continuaría padeciendo, porque cada uno de nosotros tiene su enfermedad particular al igual que su higiene o su salud y es difícil precisarla del todo. Fue una enfermedad bastante larga: duró varias semanas. Como pasa siempre, me devolvió un poco de calma. Las imágenes que me habían obsesionado durante la fiebre desaparecieron con ella. Sólo me quedó una vergüenza confusa, parecida al mal gusto que deja el ataque y el recuerdo se borró de mi memoria oscurecida. Entonces, como las ideas fijas sólo desaparecen cuando son reemplazadas por otras, vi crecer lentamente mi segunda obsesión: la tentación de la muerte. Siempre me ha parecido muy fácil morir. Mi forma de concebir la muerte apenas difería de lo que yo imaginaba sobre el amor: la veía como un desfallecimiento, una derrota que sería muy dulce. Desde aquel día, toda mi existencia oscila entre esas dos obsesiones: una me cura de la otra, pero no hay ningún razonamiento capaz de curarme de las dos a la vez. Estaba acostado en una cama de la enfermería: miraba, a través de los cristales, el muro gris del patio de enfrente y las voces roncas de los niños subían hasta mí. Yo me decía que la vida sería siempre como aquel muro gris, aquellas voces roncas y aquel malestar producido por mi turbación oculta. Me decía que nada valía la pena y que sería muy cómodo no vivir. Y lentamente, como una especie de respuesta que yo me daba a mí mismo, una música se elevaba dentro de mí. Al principio era una música fúnebre, pero pronto ya no se la podía llamar así porque la muerte no tiene sentido allí donde la vida no alcanza y aquella música planeaba muy por encima de ellas. Era una música apacible y sosegada porque era poderosa. Llenaba la enfermería, me envolvía como el balanceo de un lento oleaje voluptuoso al que no podía resistirme, y por unos instantes me sentía tranquilo. Dejaba de ser el joven enfermizo y asustado de sí mismo y me convertía en lo que yo era de verdad, porque todos nos transformaríamos si nos atreviéramos a ser lo que somos. A mí, demasiado tímido para buscar aplausos e incluso para soportarlos, me parecía fácil ser un gran músico, revelar a las gentes aquella música nueva que latía dentro de mí como un corazón. La tos de algún enfermo, en el rincón opuesto de la habitación, me interrumpía de repente y me daba cuenta de que mis arterias latían demasiado deprisa, simplemente.

Me curé. Conocí las emociones de la convalecencia y sus lágrimas a flor de párpado. Mi sensibilidad, agudizada por el sufrimiento, sentía cada vez más repugnancia por el ambiente del colegio. Sufría por falta de soledad y de música. Durante toda la vida, la música y la soledad han representado para mí el papel de calmantes. Los combates interiores que se habían librado dentro de mí, sin que me diera cuenta, seguidos de mi enfermedad, habían agotado mis fuerzas. Estaba tan débil que me volví muy piadoso, con esa espiritualidad fácil que nos da una gran debilidad: me permitía despreciar sinceramente aquello de lo que antes te hablaba y en lo que pensaba a veces, todavía. Ya no podía vivir en un ambiente que yo creía manchado. Le escribía a mi madre unas cartas absurdas, exageradas pero que sin embargo eran sinceras, suplicándole que me sacara del colegio. Le decía que allí me sentía muy desgraciado, que quería llegar a ser un gran músico, que no tendrían que gastar más dinero y que pronto llegaría a bastarme por mí mismo. Y sin embargo, el colegio me era menos odioso que antes. Varios de mis condiscípulos, que al principio habían sido brutales conmigo, se mostraban ahora un poco mejores; yo era tan fácil de contentar que sentía un gran agradecimiento; pensaba que me había equivocado y que no eran tan malos. Siempre recordaré que un chico a quien nunca había hablado, dándose cuenta de que yo era muy pobre y de que mi familia no me enviaba nunca nada, quiso repartir conmigo no sé qué golosina. Yo me había vuelto de una sensibilidad ridícula que me humillaba; tenía tanta necesidad de afecto que me puse a llorar y recuerdo que me avergoncé de mis lágrimas como si fueran un pecado. Desde aquel día, fuimos amigos. En otras circunstancias, aquel comienzo de amistad me hubiera hecho demorar mi partida: entonces me confirmó en el deseo de marcharme lo antes posible. Escribí a mi madre cartas aún más apremiantes. Le rogaba que viniera a por mí sin demora.

Mi madre fue muy buena. Siempre ha sido muy buena conmigo. Vino a buscarme ella misma. Hay que decir también que mi pensión costaba cara y cada semestre constituía una preocupación para los míos. Si el resultado de mis estudios hubiera sido mejor, es probable que no me hubieran retirado del colegio, pero yo no hacía nada y mis hermanos pensaban que aquello era tirar el dinero. Creo que tenían algo de razón. Mi hermano mayor acababa de casarse, lo que había representado un suplemento de gastos. Cuando regresé a Woroïno, vi que me habían relegado a un ala del edificio bastante alejada pero, naturalmente, no me quejé. Mi madre insistía para que tratase de comer, quiso servirme ella misma; me sonreía con aquella débil sonrisa que parecía excusarse por no poder hacer más. Su rostro y sus manos me parecieron gastados, como su vestido, y me di cuenta de que sus dedos, que yo tanto admiraba por su finura, empezaban a estropearse debido al trabajo, como los de las mujeres pobres. Sentí que la había decepcionado un poco, que había esperado para mí un porvenir mejor que el de músico, probablemente mediocre. No obstante, estaba contenta de volver a verme. No le conté mis tristezas del colegio; ahora me parecían imaginarias comparándolas con las penas y esfuerzos que suponía la simple existencia para mi familia; además, era muy difícil contárselo. Hasta por mis hermanos sentía yo una especie de respeto: administraban lo que todavía llamaban «la hacienda»; era más de lo que yo hacía, más de lo que podría hacer nunca y empezaba a comprender vagamente que aquello tenía su importancia.

Pensarás que mi regreso fue triste; al contrario, estaba feliz. Me sentía salvado. Probablemente adivinarás que era de mí mismo de quien me sentía salvado. Era un sentimiento ridículo, puesto que lo he experimentado varias veces después, lo que demuestra que nunca fue definitivo. Mis años de colegio no habían sido más que un interludio: ya no me acordaba de ellos. Aún no me había desengañado de mi pretendida perfección; me satisfacía vivir según el ideal de moralidad un poco triste que oía ponderar a mi alrededor. Creía que aquella existencia duraría siempre. Me puse a trabajar en serio: conseguí llenar de tal forma mis días de música que los momentos de silencio me parecían simples pausas. La música no nos facilita pensar, sino soñar, y con los sueños más imprecisos. Yo parecía temer todo lo que pudiera distraerme de éstos o quizá precisarlos. No había reanudado ninguna de mis amistades de infancia y cuando los míos iban de visita, les rogaba que me dejaran en casa. Era una reacción contra la vida en común impuesta por el colegio; también era una precaución, pero yo la tomaba sin confesármela a mí mismo. Por nuestra región pasaban muchos vagabundos zíngaros: algunos son buenos músicos y ya sabes que esa raza es a veces muy bella. Antes, cuando era más pequeño, hablaba con los niños a través de las rejas del jardín y, no sabiendo qué decirles, les daba flores. No sé si mis flores los contentaban mucho. Pero después de mi regreso, me había vuelto razonable y sólo salía durante el día, cuando el campo estaba claro.

Yo no tenía ninguna segunda intención. Pensaba lo menos posible. Recuerdo con un poco de ironía que me felicitaba por dedicarme por completo al estudio. Era como un enfermo con fiebre, que no encuentra desagradable su entumecimiento, pero que tiene miedo de moverse porque el menor gesto podría darle escalofríos. Aquello era lo que yo llamaba serenidad. Más adelante aprendí que hay que tenerle miedo a esa calma, en la que uno duerme cuando están cerca los acontecimientos. Nos suponemos tranquilos quizá porque ya hayamos decidido algo, sin nosotros darnos cuenta.

Y fue entonces cuando ocurrió, en una mañana igual a las demás en que nada, ni mi espíritu ni mi cuerpo me avisaban de forma más clara que de costumbre. No digo que las circunstancias me sorprendieran: se me habían presentado en otras ocasiones sin que yo las acogiera, pero las circunstancias son así; son tímidas e infatigables; van y vienen delante de nuestra puerta, siempre iguales a ellas mismas y de nosotros depende el tenderles la mano para detenerlas al paso. Era una mañana como todas las mañanas posibles, ni más ni menos luminosa. Yo paseaba por el campo, por un camino bordeado de árboles. Todo estaba silencioso como si todo se escuchara vivir; mis pensamientos, te lo aseguro, no eran menos inocentes que aquel día que comenzaba. Por lo menos, no puedo recordar ningún pensamiento que no fuera inocente porque, cuando dejaron de serlo, ya no podía controlarlos. En este momento en que parezco alejarme de la naturaleza, tengo que alabarla por estar presente en todo en forma de necesidad. La fruta sólo cae a su hora, aunque su peso la arrastrara desde hacía tiempo hacia el suelo: la fatalidad sólo es esa maduración íntima. Me atrevo a contarte esto de una manera vaga: yo paseaba sin ningún propósito; no fue culpa mía si aquella mañana me encontré con la belleza...

Volví a casa. No quiero dramatizar las cosas: te darías cuenta de que me alejo de la verdad. Lo que yo sentía no era vergüenza, menos aún remordimiento: era más bien estupor. No había imaginado tanta sencillez en lo que me horrorizaba de antemano: la facilidad de la culpa desconcertaba al arrepentimiento. Esta sencillez que el placer me enseñaba la he vuelto a encontrar más tarde en la pobreza, el dolor, la enfermedad y la muerte, quiero decir en la muerte de los demás y espero algún día encontrarla en mi propia muerte. Es nuestra imaginación la que se esfuerza en vestir las cosas, pero las cosas son divinamente desnudas. Regresé a casa. La cabeza me daba vueltas. Nunca he podido recordar cómo pasé aquel día; el temblor de mis nervios fue lento en morir dentro de mí. Sólo puedo recordar que entré en mi habitación, por la noche, y las lágrimas absurdas, pero no amargas, que fueron para mí como un desahogo. Durante toda mi vida había confundido el deseo y el temor; ya no sentía ni lo uno ni lo otro. No digo que fuera feliz: no estaba acostumbrado a la felicidad; sólo estaba estupefacto de sentirme tan poco perturbado.

Toda felicidad es inocencia. Aunque te escandalice, tengo que repetir esa palabra que parece siempre miserable porque nada prueba mejor nuestra miseria que la importancia de la felicidad. Durante algunas semanas, viví con los ojos cerrados. No había abandonado la música; al contrario, sentía una gran facilidad para moverme en ella, como con esa ligereza que se siente en el fondo de los sueños. Parecía como si los minutos matinales me liberaran de mi cuerpo para todo el día. Mis impresiones de entonces, por muy diversas que fueran, sólo son una en mi memoria: se hubiera dicho que mi sensibilidad, al no estar limitada a mí solo, se había dilatado en las cosas. La emoción de la mañana se prolongaba en las frases musicales de la tarde; ciertos matices, ciertos olores, alguna antigua melodía de la que me prendé entonces siguen siendo para mí eternas tentaciones porque me traen el recuerdo de otro. Y luego, una mañana, ya no vino. Mi fiebre acabó: fue como un despertar. Sólo puedo comparar esto al asombro producido por el silencio cuando cesa la música.

Tuve que reflexionar. Naturalmente, sólo podía juzgarme según las ideas admitidas a mi alrededor: me hubiera parecido más abominable aún no horrorizarme de mi culpa que haberla cometido, por lo tanto, me condené severamente. Lo que me asustaba, sobre todo, era el haber podido vivir así y ser feliz durante varias semanas antes de darme cuenta de mi pecado. Trataba de recordar las circunstancias de aquel acto: no lo conseguía. El recuerdo de mi culpa me trastornaba mucho más que la misma culpa en el instante en que la vivía, porque en aquellos momentos yo no me miraba vivir. Me imaginaba haber cedido a una locura pasajera; no me daba cuenta de que mis exámenes de conciencia me hubieran conducido rápidamente a una locura mucho peor. Era demasiado escrupuloso para no esforzarme por ser lo más desgraciado posible.

Tenía en mi habitación uno de esos espejitos que están un poco turbios, como si algún aliento hubiera empañado el cristal. Puesto que me había ocurrido algo tan grave, creía ingenuamente que yo tenía que haber cambiado, pero el espejo sólo me devolvía la imagen de siempre: un rostro indeciso, asustado y pensativo. Lo frotaba con la mano, menos para borrar la marca de un contacto que para asegurarme de que era de mí de quien se trataba. Quizá lo que haga la voluptuosidad tan terrible sea que nos enseña que tenemos un cuerpo. Antes, sólo nos servía para vivir. Después, sentimos que aquel cuerpo tiene su existencia particular, sus sueños, su voluntad y que, hasta la muerte, tendremos que contar con él, cederle, transigir o luchar. Sentimos (creemos sentir) que nuestra alma sólo es su mejor sueño. Solo, ante un espejo que descomponía mi angustia, he llegado a preguntarme qué tenía yo en común con mi cuerpo, con sus placeres o sus sufrimientos, como si no le perteneciera. Pero le pertenezco, amiga mía. Este cuerpo que parece tan frágil es sin embargo más duradero que mis virtuosas resoluciones, quizá más que mi alma, porque a veces el alma muere antes que él. Esta frase, Mónica, quizá te escandalice más que toda mi confesión: tú crees en la inmortalidad del alma. Perdóname por estar menos seguro que tú, o por tener menos orgullo; con frecuencia, el alma no me parece más que una simple respiración del cuerpo.

Creía en Dios. Tenía de Él una concepción muy humana, lo que quiere decir muy inhumana, y me juzgaba abominable ante Él. La vida, la única que puede explicarnos cómo es la vida, nos explica los libros por añadidura: algunos pasajes de la Biblia, que había leído negligentemente, adquirieron para mí una nueva intensidad; me horrorizaron. A veces me decía que las cosas habían sucedido y que nada podría impedirlo, que tenía por lo tanto que resignarme. Pensar esto, igual que pensar en la condenación eterna, me calmaba. En el fondo de toda gran impotencia encontramos un sentimiento de tranquilidad. Me prometí solamente que no volvería a ocurrir nunca más; se lo prometí a Dios, como si Dios aceptara nuestras promesas. Mi culpa sólo había tenido a un cómplice por testigo y éste ya no estaba. Es la opinión de los demás la que confiere a nuestros actos una especie de realidad. Puesto que nadie sabía nada de los míos, no tenían más realidad que la de los gestos que hacemos en sueños. Mi espíritu fatigado se refugiaba tanto en la mentira, que hubiera podido afirmar que no había pasado nada: no es más absurdo negar el pasado que comprometer el porvenir.

Lo que yo había sentido no era amor: ni siquiera pasión. Por muy ignorante que yo fuera, me daba cuenta de ello. Era como una fuerza exterior que me hubiera arrastrado. Echaba toda la responsabilidad sobre él, que solamente la había compartido. Me persuadía de que el haberme separado de él había sido voluntario y meritorio. Sabía muy bien que no era verdad, pero en fin, hubiera podido serlo: también conseguimos engañar a nuestra memoria. A fuerza de repetirnos lo que hubiéramos debido hacer, termina por parecernos imposible no haberlo hecho. El vicio consistía para mí en la costumbre del pecado; no sabía que es más difícil ceder una sola vez que no ceder jamás. Al explicar mi culpa como un efecto de las circunstancias, a las que yo me proponía no exponerme nunca más, las separaba de mí para no ver en ellas más que un accidente. Amiga mía, tengo que confesarlo: desde que me había jurado no cometer nunca más mi pecado, sentía un poco menos el haberlo probado una vez.

Quiero ahorrarte la relación de nuevas transgresiones que me quitaron la ilusión de creerme sólo a medias culpable. Me reprocharías el complacerme en ello; quizá tengas razón. Ahora estoy tan lejos del adolescente que yo era, de sus ideas, de sus sufrimientos, que me inclino sobre él con una especie de amor; tengo ganas de compadecerlo y casi de consolarlo. Este sentimiento, Mónica, me lleva a reflexionar: me pregunto si no es el recuerdo de nuestra juventud lo que nos turba ante la de los demás. Estaba asustado de la facilidad con que yo, tan tímido, tan lento de espíritu, llegaba a prever las posibles complicidades; me reprochaba no tanto mis faltas como la vulgaridad de las circunstancias, como si hubiera dependido de mí el escogerlas menos vulgares. No tenía la tranquilidad de creerme irresponsable: me daba cuenta de que mis actos eran voluntarios, pero yo sólo los quería cuando los estaba cometiendo. Se hubiera dicho que el instinto, para tomar posesión de mí, esperaba a que la conciencia se fuera o a que cerrase los ojos. Yo obedecía, alternándolas, a dos voluntades contrarias que no chocaban entre sí, puesto que se sucedían una a la otra. Algunas veces, sin embargo, se me ofrecía una ocasión que yo no aprovechaba porque era tímido. Así que mis victorias sobre mí no eran más que otras derrotas; nuestros defectos son a veces los mejores adversarios de nuestros vicios.

No tenía a nadie a quien pedir un consejo. La primera consecuencia de las inclinaciones prohibidas es la de encerrarnos dentro de nosotros mismos: hay que callar o bien no hablar más que con nuestros cómplices. He sufrido mucho, en mis esfuerzos por vencerme, por no poder encontrar ni estímulo ni piedad, ni siquiera ese poco de estima que merece toda buena intención. Nunca tuve intimidad con mis hermanos; mi madre, que era piadosa y triste, se hacía sobre mí ilusiones enternecedoras; me habría sentido culpable si le hubiera quitado la idea muy pura, muy dulce y un poco insulsa que se hacía de su hijo. Si me hubiera atrevido a confesarme a los míos, lo que menos me habrían perdonado hubiera sido precisamente esa confesión. Habría puesto a aquella gente en una situación difícil que la ignorancia les evitaba; me hubiesen vigilado, pero no me habrían ayudado. Nuestro papel, dentro de la vida familiar, está ya fijado con relación al resto de la familia. Somos el hijo, el hermano, el marido, ¿qué sé yo? Ese papel nos es particular como nuestro nombre, el estado de salud que se nos supone y la consideración que deben o no mostrarnos. El resto no tiene importancia, el resto es cosa nuestra. Sentado a la mesa o en un salón tranquilo, había momentos de agonía en que me sentía morir. Me extrañaba que no lo viesen. Parece entonces como si el espacio entre nosotros y los nuestros se agrandase hasta volverse infranqueable; nos debatimos en la soledad como en el centro de un cristal. Llegaba incluso a pensar que aquella gente podía ser lo bastante prudente como para comprender, no intervenir y no extrañarse de nada. Esta hipótesis, pensándolo bien, pudiera quizá explicarnos a Dios. Pero cuando se trata de gente corriente es inútil prestarles esa clase de sabiduría: les basta con la ceguera.

Si piensas en la vida familiar que te he descrito, comprenderás que una existencia menos triste hubiera sido también más pura. Y además pienso, por otra parte, creo que con justeza, que nada nos empuja tanto a las extravagancias del instinto como la regularidad de una vida demasiado razonable. Pasamos el invierno en Bratislava. El estado de salud de una de mis hermanas hacía necesaria la estancia en la ciudad, cerca de los médicos. Mi madre, que hacía todo lo que podía por mi porvenir, insistió en que tomase lecciones de armonía; decían a mi alrededor que había progresado mucho. Es cierto que trabajaba como trabajan los que buscan refugio en una ocupación. El músico que me enseñaba (era un hombre bastante mediocre, pero lleno de buena voluntad) aconsejaba a mi madre que me enviara al extranjero para completar mi educación musical. Yo sabía que la existencia allí sería difícil, y sin embargo deseaba marcharme. Estamos atados por tantas ligaduras al lugar en que hemos vivido que nos parece que al alejarnos será también más fácil alejarnos de nosotros mismos.

Mi salud, que había mejorado mucho, ya no era un obstáculo, sólo que mi madre me encontraba demasiado joven. Quizá temiera las tentaciones a las que me expondría una vida más libre; se figuraba, supongo, que la vida en familia me había preservado de ellas. Muchos padres son así. Comprendía que me era necesario ganar algo de dinero, pero pensaba sin duda que podía esperar. No adiviné, entonces, lo patético de su negativa. Ignoraba que le quedase tan poco tiempo de vida.

Una noche, en Bratislava, poco después de la muerte de mi hermana, volví a casa más desesperado que de costumbre. Había querido mucho a mi hermana. No pretendo que su muerte me afligiera exageradamente; estaba demasiado atormentado para conmoverme en demasía. El sufrimiento nos hace egoístas porque nos absorbe por entero: sólo más tarde, en forma de recuerdo, nos enseña la compasión. Regresé a casa algo más tarde de lo que me había propuesto, pero no le había fijado hora a mi madre. La encontré, al abrir la puerta, sentada en la oscuridad. En los últimos años de su vida, a mi madre le gustaba permanecer sin hacer nada cuando se acercaba la noche. Parecía como si quisiera habituarse a la inacción y a las tinieblas. Su rostro, supongo, tomaba entonces esa expresión más serena, más sincera también, que tenemos cuando estamos completamente solos y todo está oscuro. Entré. A mi