No pienses en gustarle a nadie más que a ti, de verdad; no pienses en lo que puede pensar ese que ni siquiera sabe el color de tus ojos. Y piensa en ti, que te conoces hasta cada lunar.
Si hiciéramos todo lo que nos dicen, si nos pusiéramos sólo lo que se lleva y no lo que realmente nos gusta ponernos, si comiésemos sólo lo que no engorda y si eligiéramos siempre lo que se supone que es lo correcto, todo sería un aburrimiento. Y peor aún, no seríamos nosotros.
Así que, primero, TÚ. Y segundo, tú también. Y después ya veremos, pero por si las moscas, también tú.
Que hagas lo que te dé la gana y con quien te dé la real gana. No te escondas, no te limites ni te rayes la cabeza. Basta de darle mil vueltas a algo que sólo requiere una. Que te pongas lo que te apetezca para ir a donde sea, y si no se lleva, pues mejor, más original. Come como te dé la gana, tú más que nadie conoces tu cuerpo y lo que puedes o no tomar, no dejes que nadie decida por ti.
Perdemos demasiado tiempo tratando de gustar a todo el mundo cuando en realidad a quien tenemos que gustar es a nosotros mismos, que para eso nos vemos todos los días. Que nos miremos en el espejo y nos sintamos orgullosos, porque somos quien queremos ser. Que hagamos lo que sea, cómo, cuándo, dónde y por lo que queramos, porque es nuestra vida y somos los únicos que tomamos decisiones en ella.
Recuerda: primero tú.
He pasado por situaciones duras, por épocas difíciles y por momentos en los que las cosas no iban nada bien, pero aun con todo eso, me considero una persona superafortunada.
Afortunada, porque en esos momentos donde todo está oscuro y casi no te encuentras, hay alguien que te da la mano y te rescata del mundo. Alguien que sabe quedarse a tu lado, en silencio, simplemente para que recuerdes que no estás solo. Alguien que quizá no pueda darte solución a cada uno de tus problemas ni respuesta a todas tus preguntas, pero sabe entenderte e intenta salvarte de eso que tienes ahí dentro en tu cabecita.
Afortunada, porque cuando todo va regular, casi no queda nadie. Quizá hay mucha gente a tu alrededor, pero las personas que realmente te ayudan se cuentan con una mano, y a veces incluso te sobran dedos. Y esas pocas personas consiguen sacarte una sonrisa cuando para ti era imposible, cuando tú casi no tenías ganas de nada y, mucho menos, de enseñar los dientes. Una persona que te abraza y parece que se para el mundo, porque, al fin y al cabo, un abrazo era lo único que necesitabas. Y esa persona lo sabía de sobra.
Por eso cuando hablo de suerte, y mira que yo no soy muy de eso, hablo de esas personas que merecen la pena, que te demuestran cada día que están ahí y que pase lo que pase no se irán. Personas que te quieren de verdad, te cuidan e intentan hacerte mejor cada día.
Personas que te recuerdan que, suerte, es la tuya con ellos.
No es el dolor lo que duele.
Lo que duele es el vacío que dejó al marcharse, y los rincones donde solías encontrártelo cada tarde, el creer que volverás a hacerlo. Lo que duele son las fotografías que te recuerdan ese «quiero y no puedo». Y la ausencia, ese hueco que se queda siempre en el corazón sin poder llenarlo nunca más.
No es el dolor.
Lo que duele son las sonrisas que se escapan sin darnos cuenta cuando escuchamos su nombre. Lo que duele son todos los abrazos que nos quedaron por dar, los momentos que nos quedaron por vivir y las sonrisas que nos quedaron por regalar.
Lo que duele son las ganas de querer, simplemente, mirarle, hablarle, tocarle.
Y no poder hacerlo.
Cómprate una hucha y ahorra.
Cuando veas que va a explotar, ábrela, cuenta el dinero y busca un destino.
Si existe una buena manera de gastar el dinero es viajando. Porque en realidad eso no es gastar, es vivir. Así que no lo dudes, no lo pienses ni un segundo y vete. Vete a donde sea, da igual si es al pueblo de al lado o a no sé cuántos kilómetros más allá. Si son tres días o una semana. ¡Eso no importa!
Búscate un buen acompañante, o dos, o los que sea. Y viaja. Déjate llevar.
Conoce mundo, vive nuevas experiencias, sonríe, deja que te conozcan, disfruta. Haz fotos, pero no te pases, las mejores fotografías son las que se quedan en la memoria. No dejes que se te escape nada. Aprecia todo lo que tienes a tu alrededor, cierra los ojos y respira el olor de ese sitio, disfruta de las vistas, de lo que te rodea. Aprovecha ese momento, esa compañía, ese nuevo lugar. No dejes que se te escape ni un segundo sin haberlo vivido.
Vive, vive de verdad.
Y cuando vuelvas a casa, cuando sientas que no has podido ser más feliz, que no hay nada como viajar, vuelve a ahorrar.
Y vete otra vez.

Ojalá esto no acabe nunca. Ojalá sigas enamorándote cada día. Y enamorándome. Ojalá sigas teniendo un hueco en tus días para mí. Y sigas teniendo tiempo para regalarme. Aunque sólo sean segundos. Ojalá sigas riéndote como sólo tú sabes. Y sigas mirando de esa forma que derrite a cualquiera. Ojalá me sigas eligiendo para tus momentos más importantes y para las mayores tonterías.
Ojalá quieras. A todo. Y a mí. También.
Ojalá sigas siendo tú, con todo lo que a ello se refiere, con tus virtudes y tus defectos, con tu manera de hacer las cosas. Ojalá sigas aceptándome tal y como soy, aunque sea difícil de llevar a veces. Ojalá sigas quedándote. Venga lo que venga. Ojalá te sigas viendo tan atractivo. Y sigas superando cada beso y cada uno de los escalofríos que producen. Ojalá sigas haciendo de un abrazo el mejor lugar para vivir. Y ojalá sigas teniendo las manos suaves para acariciarme, para recomponerme o para contar todos mis lunares.
Ojalá no dejes de quererme. Ni de recordarme que lo haces. Ojalá sigas siendo un romántico. O al menos lo intentes. Y ojalá sigas teniendo mil detalles que roban sonrisas. Ojalá sigas teniendo ganas de conocer mundo. Conmigo. Curiosidad para saber qué hay ahí fuera. Y de querer dejar huella en un sitio nuevo. Ojalá te queden más locuras para compartir. Y tengas planeadas más sorpresas.
Ojalá sigan habiendo días malos para saber lo buenos que son el resto. Y para saber que sigues ahí, a pesar de todo. Pero ojalá los buenos siempre los superen. Que eso sí, si hemos llegado hasta aquí, es porque lo bueno siempre es mucho más. Ojalá siempre que llegues tarde sea para quedarte. Y que si te vas, siempre vuelvas. Ojalá nunca olvides mi sonrisa ni cada uno de los «te quiero» que te dije. Y ojalá tengas memoria para recordar muchos más. Ojalá tengas tiempo y ganas para seguir conociéndome, pero que no acabes de conocerme del todo. Nunca. Para no dejar de sorprenderte.
Ojalá no te olvides nunca de cómo empezó todo, porque esa es la manera de conseguir que las cosas nunca se acaben.
Me hicieron daño y me fui.
Aún no sé con cuántas dudas, con heridas por el cuerpo y con lágrimas en los ojos. Con un montón de recuerdos debajo del brazo, pero con muchos más momentos bonitos por vivir.
Me fui porque rendirse es de cobardes, pero irse a tiempo es de valientes. Y hay que ser buena, pero no tonta. Saber cuándo irse es lo más complicado. Tomar una decisión a veces nos parece que hará más daño que bien, pero hay que saber que después de una bala, pueden venir dos. Y que tenemos que sobrevivir y ponernos a salvo.
Por eso me fui.
Porque no supe por qué me hicieron daño; porque di lo mejor de mí y aun así me fallaron; porque me dejaron vacía, sin nada. Bueno, sin nada no. Me dejaron con muchas dudas, inseguridades, miedos y no sé qué más.
Y probablemente haya cosas que jamás se puedan olvidar, recuerdos que siempre permanecerán en nuestra memoria y personas en nuestro corazón. Pero hay que seguir, aunque dejes cosas a un lado. Con la conciencia tranquila de haberlo hecho bien y con la fuerza suficiente para seguir dando lo mejor de uno mismo.
Salir hasta que salga el sol. El «Escribiendo…» del chico que te gusta. Un masaje. El mar. Reunirte con todas tus amigas después de un tiempo. Cenar en tu restaurante favorito. No poner el despertador un domingo por la noche. Hacerte una foto con tu amiga y que salga bien a la primera. Quitarte el sujetador. El aperitivo que te pone tu abuela con un primer, segundo y tercer plato cuando vas a verla, sea la hora que sea. La marca del biquini. Los reencuentros. Un beso en el cuello, y en la frente. Ir a comprar y que tu madre no te deje sola en la cola del supermercado. Comer chocolate el primer día de dieta. Que no se te encrespe el pelo cuando te has tirado horas y horas arreglándotelo. Reír cuando no se puede. Un abrazo inesperado. Encontrar en rebajas lo que tanto buscabas. Dar con un aparcamiento a la primera y aparcar bien sin tener que entrar y salir tropecientas veces. Recibir una carta. Cantar en la ducha. Un plato de jamón. Las sorpresas. Llorar de emoción. Sonreír sin darte cuenta. Hacer un regalo y acertar. Que tu novio se dé cuenta del nuevo color de tu pintalabios. Vestirte como te dé la real gana. Un paseo por la playa. La música. Pintarte la raya del ojo a la primera. Que se te pongan los pelos de punta por algo. Acabar como una cuba el día que no ibas a salir. Y no tener resaca. Los abrazos. Bailar hasta que te duelan los pies. Un hombro en el que llorar. Un día de sol en pleno invierno. Ver fotos de hace años. Las carcajadas que acaban con dolor de barriga. Escuchar canciones antiguas y que se vuelvan tus preferidas. Viajar. Un atardecer bonito. Mirar y que te esté mirando. Decir «Te quiero». Volver a casa después de un tiempo. Ver nevar. Brindar por una buena noticia.
La vida, pequeños momentos.
En algún momento de nuestra vida todos nos hemos sentido perdidos, sin saber cómo seguir o por qué camino tirar. Y no pasa nada, absolutamente nada. Porque aunque no sepas por dónde vas, tienes que tener muy claro que llegarás.
Tomar una decisión siempre ha sido difícil, y más aún cuando no tienes ni las opciones, porque estás completamente perdido, porque no tienes ni idea de lo que quieres. Pero no pasa nada. Es normal que no lo sepamos, por eso debemos dejar que el tiempo pase, dejar de pensar y elegir sólo aquello que nos llena.
Porque en este mundo hace falta más gente que ame lo que hace.
Por eso no hagas lo que te dicen, lo que crees que deberías hacer, lo que se supone que es lo correcto o lo que te puede llevar a lo más alto. Esa no es la decisión correcta. Elige lo que te apasiona, lo que te llena de verdad y lo que hace que te tires horas y horas trabajando sin importar el cansancio o todo lo demás.
Sólo eligiendo eso serás completamente feliz.
Porque hay que elegir con cabeza, valorar muchas cosas y pensar en lo mejor, pero al final, lo único que importa es aquello que te provoca una sonrisa. Y puedes estar en lo más alto, con todos a tu favor y haciendo lo que dicen que es lo mejor, pero si al hacerlo no se te escapa una sonrisa o no llegas a casa diciendo «Estoy haciendo lo que me gusta», no servirá para nada.
Y es que, al fin y al cabo, sólo merecerá la pena si consigues hacer de tu hobby tu trabajo.

Está claro, fue amistad a primera vista.
La vi y me dije: «Es la persona perfecta para todas mis locuras». Y así fue, no me equivoqué.
Me hizo falta una mirada para saber que podía contar con ella, para saber que el trompazo me lo podía dar, y que ella iba a reírse, pero que después me levantaría. Siempre. Al instante supe que no estaba sola y que, pasase lo que pasase, ella estaría ahí, incluso cuando tuviéramos la peor pelea de nuestra vida. Porque ella llegó en el momento exacto, en ese en el que nuestros caminos se cruzaron caprichosamente para que nos mirásemos de arriba abajo y acabásemos mirando hacia el mismo lugar. Supe que su risa combinaba perfectamente con la mía y que juntas podríamos hacer la carcajada perfecta. Y aquí estamos, llorando de risa.
Enseguida me di cuenta de que mi armario había crecido y que mi cama se había quedado un poco más pequeña. Que el álbum de los recuerdos iba a explotar, y la memoria del móvil, también. Supe que sería mi compañera de vida, y que no se bajaría en ninguna estación, porque el siguiente tren puede que no vuelva nunca. Y separadas somos menos que un verano sin sol.
Y por suerte, no tuvo que volver a pasar. Sin duda fue amistad a primera vista. Porque fue de esas personas que ves y sabes que tienes que agarrarla bien fuerte, y cuidarla, para que se quede siempre a tu lado. Porque realmente merece la pena.
Y no me equivoqué porque, hasta hoy, seguimos juntas.